El mundo gaseoso

Ahí fuera hay un mundo real, sólido, donde la gente trabaja, piensa, está ociosa, conversa, canta, enseña, pinta, ama y vive intercambiando servicios y cuidados mutuos en una organización complejísima y con una eficacia antes nunca lograda por la especie. Ahí fuera el personal es amable, te cede el paso, cumple las normas sanitarias, las de tráfico, las fiscales, salvan vidas en hospitales y donde las instituciones no llegan hay personas que dan de comer al hambriento. Ahí fuera recomponen mentes desmadejadas y corazones rotos y crean vacunas en un santiamén que salvan a millones de congéneres. Ayer mismo descubrieron una posible nueva partícula elemental que daría una explicación más aproximada del universo que habitamos.

Sin embargo, si sigues el acontecer del mundo real por los espejos deformantes de los medios informativos o las redes, constatarás que esto es un desastre del que solo se salvan el informante que es un dechado de saberes y tú que eres listo por leerle o seguirle. Por eso, cuando me acerco a un informativo a un periódico  a una tuitería o similar me parece estar viviendo el día de la marmota. Repiten una y otra vez, al estilo Vasile (Tele 5), el mismo mantra grosero y lisérgico donde los peores instintos y bajezas humanas se regurgitan y se rumian ante la mirada bovina del respetable. Lo real, lo sólido no vende. Por eso las primeras planas son gaseosas, las copan el analfabetismo funcional de Miguel Bosé y Victoria Abril y en un suelto, una vez al año, en página impar, cabe toda la sabiduría de Luis Enjuanes, por poner un ejemplo. Los dramas de Meghan Markle y Rocío Carrasco ocupan horas, días, semanas, meses en sus páginas y sus teles mientras las colas del hambre o la inmigración son piezas de relleno, por poner otro ejemplo. Las ayusadas de la muñeca que maneja el ventrílocuo Miguel Ángel Rodríguez en Madrid abren telediarios y suman votos a tutiplén, por añadir un ejemplo más. Y es que la posibilidad de que el mundo sólido y real tenga un reflejo fidedigno en su mundo gaseoso tiende a cero. En las redes es peor porque nacieron con el pecado original del anonimato, y abunda el espécimen que pide que le sujeten el cubata para arreglar el mundo en un tuit de cien caracteres, sin sujeto ni predicado. Lo único loable es que, aunque no te libras de sus epítetos, insultos y descalificaciones, evitas la tufarada de alcohol de su aliento y la estridencia de su voz aguardentosa.

Recuerdo que, allá por el 2001, acudí a la representación de La cena de los idiotas de Francis Veber, en el Teatro Infanta Isabel, desde entonces albergo la certeza de que, tanto Vasile como Zuckerberg, Dorsey y demás magnates de los medios, cuando nos congregan a sus cenáculos informativos nos toman por idiotas.

J. Carlos

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