Archivo mensual: junio 2017

Defraudadores, defraudados y palmeros

 Messi y Ronaldo

Supongo que  a Cristiano Ronaldo le enseñaron a nadar para que cuando viera su reflejo en la superficie del agua no se ahogara como Narciso. Seguramente necesita ese ego hipertrofiado para dibujar sobre el lienzo del campo una Capilla Sixtina cada tarde de fútbol. Cada uno negocia con su ego como puede. Es innegable que los trazos mágicos que salen de sus pies y, especialmente, aquellas pinceladas casi puntillistas que terminan enredadas tras los tres travesaños, producen litros y litros de oxitocina, serotonina y dopamina que riegan los cerebros de los aficionados y les induce un estado de éxtasis beatífico. Y eso se paga muy caro. Para ser exactos, con lo que gana el portugués en un año se pagan mil ochocientos cirujanos. Los cirujanos son esos pequeños dioses, casi anónimos, que dibujan trazas primorosas con el pincel de sus bisturíes. De sus dedos no sale una Capilla Sixtina sobre el lienzo de un quirófano. Ni falta que hace, porque con sus manos, en un año, zurcen más de un millón de cuerpos. Con un salario mil ochocientas veces inferior al de Ronaldo obran el milagro de devolver cientos de miles de vida, otros cientos de miles vuelven andar, a ver, a oír… y, sobre todo, les arrancan el dolor para vivir con dignidad.

Los cirujanos, como los demás trabajadores, encuentran mermada su nómina cada mes porque Hacienda, con buen criterio, se queda con una parte para sufragar los costes de los servicios comunes. Las leyes tributarias atribuyen a la nómina la misma consideración que al cerdo, aprovechan todo, desde el hocico hasta el rabo, desde la oreja hasta la pezuña. Sin embargo, a las rentas que no provienen del trabajo por cuenta ajena les tienen la misma consideración que los franceses al pato, sólo aprovechan el hígado del animal. Como ves, las leyes tributarias son muy sibaritas. Esta falta de consideración hace que nuestro sistema recaudatorio tenga más goteras que una casa con techo de espadaña y, técnicamente, sea más propio de una república bananera que de un país perteneciente a la Europa unida. Circunstancia que aprovechan los grandes despachos fiscalistas –anormalmente poblados de ex inspectores de hacienda- para poner en práctica la denominada ingeniería financiera que, en román paladino, consiste en poner a la Hacienda Pública a cuatro patas y darnos por popa a los contribuyentes de nómina. Los ricos por su casa acuden a esos despachos de postín como las mocas a la mierda: Deportistas, cantantes, banqueros, duques, políticos, tratantes de blancas, mafiosos, reales personas, condes, madames, atracadores, criminales,  ladrones, famosos, modelos. Ya se sabe, la caridad empieza por uno mismo y la codicia es adictiva como el tabaco.

Uno, que es crédulo porque sus padres le educaron así, le gustaría creer en la inocencia de los Ronaldo, Messi, Neymar, Xabi Alonso, Mijatovic, Mourinho, Dani Alves, Di María, Imanol Arias, Ana Duato, Dani Pedrosa… Le gustaría creer que no les movió la codicia, que actuaban de buena fe, que se vieron sorprendidos por avispados asesores que engordaban sus minutas en la misma proporción que ocultaban “legalmente” sus obligaciones al fisco. Pero una cosa es ser crédulo y otra muy distinta gilipollas. ¿Por qué no le hicieron firmar a sus asesores un compromiso por el que asumían personalmente cualquier deuda que Hacienda les reclamara? Y más sencillo, cualquier contribuyente tiene el derecho a que los servicios de la Agencia Tributaria le haga la declaración de la renta, basta con pedir cita y llevar toda la documentación. ¿Por qué no lo hicieron?

Como ciudadano, sus vilezas, me producen asco. Su actitud impostada de inocentes víctimas me cabrea porque nos consideran idiotas al resto de contribuyentes. Escriban en un papel la cantidad defraudada y echen cuenta del número de cirujanos cuyas manos no pudieron salvar vidas, dar vista, oído, piernas, brazos… ni calmar el sufrimiento por culpa de su codicia. Pregúntense cuántos enfermos de hepatitis C han muerto el último año porque no se les pudo suministrar Sovaldi. Pregúntense por qué un usuario de la sanidad pública tiene que esperar cuatro meses para operarse y setenta y dos días para el especialista.

¿Saben? No les deseo que sufran un infarto y que la ambulancia que les asista carezca del equipamiento suficiente por falta de recursos. Tampoco les deseo que sufran un atentado que, hubiera podido evitarse con medios suficientes para hacer un seguimiento del terrorista. Ni que arda su hogar y los equipos de bomberos estén diezmados y mal pagados. No quisiera que sus hijos tengan que trabajar en laboratorios fuera de España por falta de inversión en ciencia y tecnología. Y es que no deseo el mal a nadie. ¿Pueden ustedes mirarse en un espejo y decirse lo mismo?

Lo más cruel de estas historias de egotistas insolidarios -a menudo delincuentes- es que, siempre hay una caterva de palmeros que les jalean, aplauden y exigen no sólo la condonación de sus deudas sino, además, su inimputabilidad. Son toxicómanos con el cerebro jibarizado, necesitados del chute de endorfinas que la vida y obra de estos personajillos les suministran. Incapaces de relacionar las actitudes delincuenciales de su ídolos, con el hecho de que su madre, inválida, muriera esperando que le concedieran una plaza en una residencia de ancianos solicitada cinco años antes.

En cuanto a las manifestaciones de apoyo y solidaridad de los Presidentes de sus clubs de fútbol y de algunos periodistas, me resulta tan natural como el calor en el verano. Es una prueba más de la bajeza moral y espíritu ruin que les adorna.

¡Ah!. Y las acciones de caridad que retransmiten en directo estos cuates para blanquear su imagen y dejarla hecha una patena, que se las metan por ahí. Seguramente les blanqueará el ojete que, tengo entendido, es tendencia entre el famoseo.

J. Carlos

A Liliana

selva amazónica

Mi querida Liliana:

Al recibo de ésta habré pasado a mejor vida. Me andan buscando. Son como perros de presa que huelen mi miedo y más pronto o más tarde darán conmigo. Dice mi confesor que será digna penitencia por mis muchos pecados. ¿Sabe?, le tengo ley al pendejo. Me enseñó a leer y a escribir y consiguió retenerme tres años en el seminario. A él confío estas líneas para que se las haga llegar cuando me quiebren. Ahí donde me ve, soy un devoto de Nuestra Señora de Chiquinquirá. A la Virgen me encomiendo al comenzar cada encargo. Casi siempre me escucha. Sólo dos veces terminó con una balacera.

Cuando recibí el encargo de secuestrarla elevé mi tarifa. Las mujeres dan más quehacer y si son jóvenes y guapas terminan volviendo locos a mis hombres. Soy un profesional y mis normas son muy estrictas: Respeto y buen trato pero prohibida la confraternización.

No está bien, perdone que le diga, que una mamacita adinerada vaya todos los viernes a la misma discoteca y vuelva de madrugada al palacete rosa de la playa siguiendo el mismo itinerario. Nos facilitó la faena. Al carro negro de sus guardaespaldas lo anulamos tirando sobre el asfalto una cadena de pinchos en la última curva, justo después de que pasara su Jaguar descapotado. Meros aficionados. Los desnudamos, nos quedamos con sus pistolas y sus móviles y los metimos en el maletero. Una vez que usted frenó ante el falso control policial con destellos azules y blancos, fui yo quien le tapó la boca con una gasa impregnada en cloroformo. Es corajuda, se aferró a mis dedos con las manos intentando zafarse. A pesar de que me cubría la cara con  un pañuelo, no pude evitar que el olor acre me amodorrara como si hubiera bebido aguardiente de caña. Sus manos cayeron inertes en su regazo. Ya no pudo ver la camilla en que la acomodamos, ni escuchar el ulular de la vieja ambulancia que se dirigió a un hangar del aeropuerto. Tampoco sintió cómo se elevaba la Cesnna sobre la pista punteada de luces verdes. Oficialmente trasportábamos un enfermo muy grave para un trasplante de hígado.

Hice el viaje en el asiento contiguo. Tuve que abrocharle dos botones de su camisa de satén blanco porque desvelaban algo más que el nacimiento de sus senos. Sentí un escalofrío cuando las yemas de mis dedos rozaron su piel. Durante el vuelo hube de estirar su falda de etamina varias veces porque su cuerpo flojo tendía a escurrirse en la banqueta. Cuando la avioneta puso el morro al noroeste su cabeza se deslizó hasta mi hombro y, durante la hora que demoró su sueño, ahorré cualquier movimiento.

Me cautivó la dignidad y el sosiego con que encaró la situación cuando al despertar con los ojos vendados y las muñecas atadas le expliqué su situación. En las otras ocasiones los rehenes al despertar me pedían agua y lloriqueaban. Usted muy digna, se limitó a preguntar la cifra del rescate. Le acerqué un vaso a los labios, aunque no me lo había pedido, el cloroformo reseca la boca. Después con una servilleta de papel le limpié una gota que había quedado rezagada en su barbilla. No movió ni un solo músculo.

El piloto avisó que estaba próximo el aterrizaje. Era una pista de tierra y el aparato dio varios bandazos. En vez de meter la cabeza entre las piernas, usted se irguió en el respaldo y permaneció impasible hasta que el aparato se detuvo. La estuve mirando largamente y con el índice le aparté la melena negra que le tapaba la cara. Gruñó. Fue mi mano la que le guió para bajar la escalerilla. Subimos al Jeep y rodamos a trompicones por caminos de tierra roja, en plena sabana. No le escuché ni una queja. Su comportamiento era singular, sus antecesores en el victimario siempre habían gimoteado y juntado las manos en un gesto de súplica. Creo que fue por entonces que comencé a admirarla. El viaje en canoa por el manglar fue un tormento de mosquitos. Hicimos un alto en la orilla para aliviar nuestras vejigas. Allí le quitamos el pañuelo negro que tapaba sus ojos. Sus pupilas resultaron de un azul purísimo, casi transparente. Rompí mis propias reglas al decirle que las fotos no le hacían justicia. Sólo perdió los nervios esa vez durante todo el tiempo que duró el cautiverio. Al poco de alejarse en la espesura volvió gritando: “cocodrilos, cocodrilos”. Se le dibujó un gesto de incredulidad en la frente cuando le expliqué que eran caimanes, que tomaban el sol en el recodo del río y que no atacaban al hombre, salvo para defenderse. Para tranquilizarla, le señalé los diez pares de ojos que flotaban en el agua salpicada de verdín. No sé si me escuchó, seguía temblando. Nos tienen miedo  -le dije- cuando nos vayamos volverán a tierra para calentar su sangre al sol.  La conduje hasta un matorral, me di la vuelta y esperé. Es estúpido, lo sé, la admiraba por su valor pero su nuevo miedo, lejos de cambiar mi parecer, me avivó un sentimiento antiguo, como de amparo.

Al otro día, ya asentados en aquella covachuela hecha con troncos, juncos y ramas, en medio del infierno selvático donde el calor y la humedad dificultan hasta la respiración, caí en la cuenta de que no habíamos traído ropa para usted. Le tuve que prestar unos pantalones y una camisa. Cuando volvió con la nueva indumentaria no pude sofocar la risa. No dijo ni una palabra pero creo que se guardó los reproches en la boca. Le sobraban tres palmos de todas partes. Esa noche ya no pude conciliar el sueño, sentía la quemazón en la yema de los dedos que habían tocado su piel y me cegaba el recuerdo de sus ojos transparentes. Temeroso de que una serpiente se arrastrara hasta su hamaca de juncos, atendía al ritmo de su respiración con la zozobra de quien escucha la de un recién nacido.

Mi compañero Waldo, negro como tizón y flaco como un junco, caminaba a diario por cuatro horas para comunicarse por teléfono con los jefes y recibir órdenes. Waldo no era su nombre de pila. Se hacía llamar así porque coincidía con el alias por el que todos le conocíamos: “Uve doble”. Cuentan que en una pendencia le marcaron a fuego esa letra en las costillas como al ganado. Yo me quedaba con usted y le inventaba pasatiempos. Ahora sabe pescar a lazo, con cuchillo y con cebo. Recuerdo una mañana, cruzábamos el arroyo sobre el sendero de piedras improvisado. Yo iba delante, usted dio un traspié y se vino sobre mí, faltó poco para caernos al agua. Le ofrecí mi mano hasta alcanzar la orilla, estuvo dudando, pero no me la dio. Tiene que acordarse de ese día, fue el día que encontramos un perezoso. Había bajado de los árboles para hacer sus necesidades. Cuando se disponía a trepar por el tronco lo agarré y lo puse en su regazo. Estuvo jugando con él por más de una hora. Luego estuvimos otro tanto viendo como ascendía lento, muy lento por las lianas. De vuelta me dijo que sólo los había visto por la televisión, en documentales.

La noche que tuvo una pesadilla nos asustó. Gritaba, cruzaba las piernas y se agarraba la entrepierna como si la estuvieran violando. Le toqué el hombro y le chisté en un susurro. Se despertó y se dio la vuelta bruscamente. Improvisé una nana para sosegarla, pero se volvió con los ojos encendidos por el odio y me preguntó, arrastrando las sílabas, ¿cuánto va a durar esto? Entonces se me hizo en el pecho un nudo de angustia.

Waldo trajo malas noticias, los jefes querían que le cortásemos el dedo anular de la mano derecha. Platiqué con él por más de dos horas. Le pedí que consiguiera un dedo de mujer en el que entrara su anillo de esmeralda, a cambio le cedía la mitad de mi parte en el negocio. Antes de partir me hizo sellar un pacto, hicimos un corte superficial en nuestras muñecas y las juntamos para que se fundieran nuestras sangres. Después me miró a los ojos y juró que si no cumplía me daría plomo.

Volvió con dos dedos y barba cerrada de cuatro días. Era una barba crespa que se cerraba por arriba con la corona de sus cejas. Me dijo que no había sido fácil encontrar mujeres blancas en aquellas latitudes. En cualquiera de los dos entraba el anillo, ensobramos el que más se ajustaba y lo enviamos. Los días siguientes estuvo hosco conmigo, me acusó de otorgarle demasiadas licencias y de incumplir mis propias reglas. Tuve que prometerle más plata para que dejara de importunarme. Usted es testigo de que mi comportamiento era muy profesional, al menos, cuando no estábamos solos.

Procuré ser más cuidadoso delante de Waldo. Pero cuando se ausentaba para comunicar con los jefes, me embargaba la ternura de la que nunca fui pródigo, seguramente porque nunca tuve con quién. La miraba pescando en el arroyo. Me reía cuando nadaba hasta un pequeño lago y los pantalones le hacían bolsas de agua por todas partes. Guardo con celo su imagen bajo la cascada que rompía sobre su cuerpo formando diminutos arco iris. Después ya tumbada al sol, sobre la hierba, a veces, contestaba mis preguntas y me hablaba de su vida, su familia, sus amigos… Fingía que la escuchaba con desgana, como una mera forma de pasar el tiempo, pero si se hubiese fijado habría visto la crispación en mis manos. Era tan difícil permanecer apartado y quieto teniéndola tan cerca y con el aire caliente de su voz rebotando en mis oídos.

El último día no paró de llover. Waldo volvió tarde, chorreando y con barro hasta las rodillas. Traía el ceño liso. Era buena señal. Los jefes afirmaban que las negociaciones habían concluido y que pronto se produciría el canje. Querían hablar conmigo al día siguiente. Recién parida la mañana eché la mochila a la espalda y comencé a caminar. Al poco, escuché un grito apagado, volví a la carrera sobre mis pasos. Todavía humeaba la fogata en que habíamos calentado el desayuno. El morocho la montaba con los pantalones en las pantorrillas. Le sobaba los pechos con una mano y empuñaba con la otra el cuchillo con la hoja pegada a su cuello. Me acerqué silencioso por detrás, le sujeté la frente con la mano izquierda y, con la derecha, le rebané el gaznate. Entonces, el tiempo se frenó. Un chorro de sangre dibujó un arco y un chorro de semen, como un escupitajo, se derramó sobre sus muslos. Los líquidos en los que huía la vida parecían suspendidos en el aire. El cuerpo, caía ingrávido, con la lentitud con que se mueve el perezoso. Quedó en el suelo, con las rodillas dobladas y las manos tapando la raja del cuello. La desnudez, que se extendía desde sus caderas hasta sus pantorrillas, era tan negra como la propia tierra.

Si no hubiese visto gotear sangre del cuchillo que aferraba mi mano, hubiese jurado que veía la escena desde lejos, sin participar. Entonces, el tiempo volvió a su ser. Usted se incorporó como un resorte cuando se vio libre del cuerpo, se subió los pantalones y entremetió la camisa. Tenía la cara salpicada de sangre que se diluía con la lluvia y resbalaba por sus mejillas. Dejé caer el cuchillo y con el dorso de la mano le limpié la sangre y las lágrimas. Dio un paso atrás como si mi mano quemara. Era la primera vez que mataba a alguien de los míos. Gajes del oficio. Sus hipidos producían espasmos en todo su cuerpo. Cuando sus gemidos se apaciguaron, me aventuré a tomarla del brazo. Esta vez no se retiró. También me permitió lavarle la cara y el pelo en el arroyo. En aquel momento pensé que eran señales de agradecimiento por haberle salvado la vida, ahora, con la distancia, creo que se compadecía de mí.

Cuando empezamos a caminar el cielo ya se había vaciado. Me pesaban las botas. Me dolían los huesos de tantos días a la intemperie. Cada paso que daba me estaba alejando de usted.  Me preguntó que adónde íbamos. Le respondí, ¿lo recuerda?: “Usted a la libertad y yo a por una bala que me andará buscando”. La vida entró en sus ojos. Reía y lloraba. A mí, por el contrario, la bola de angustia me atascaba la garganta y me robaba el aire. Quité el ramaje y las hojas que escondían la canoa, me ayudó a arrastrarla hasta la orilla. Usted miraba hacia delante con la cabeza alta, yo, cabizbajo, miraba el surco sobre la tierra roja que quedaba atrás. La vi temblar cuando los caimanes se desperezaron. Se quedó mirando absorta sus movimientos torpes, a bandazos, arrastrando sus pesadas colas en zizag hasta que entraban en el agua y se deslizaban con suavidad y sin esfuerzo. Durante la travesía caí en la cuenta de que se me habían gastado todas las palabras. Después de desembarcar le ordené que se pusiera su camisa de satén y su falda de etamina, debía de estar presentable cuando la encontraran. Fue la única vez que no volví la cabeza.

Afectuosamente suyo,

Jairo Escobar Restrepo.

J. Carlos

Efecto halo

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Las emociones son la sal en el manjar de la vida. Vienen a ser las recompensas con que el cerebro nos chuta para que luchemos por la supervivencia y no nos dejemos tentar por el hastío. Sin ellas nuestro paseo por el mundo sería tan plano como un mapa y tan insípido como un zumo de paja. Seguramente las especies no habríamos prosperado sin los placeres de la comida o el sexo, por ejemplo. Sin embargo, no sólo levantan grandes pasiones que esponjan el alma, también producen efectos perversos como la ira, el miedo, la rabia o la desesperación y, otros daños colaterales como el efecto halo.

El efecto halo lo descubrió Edward L. Thorndike en 1920.  Es un sesgo cognitivo que padecemos según el cual, si una persona tiene un rasgo central atrayente como el físico, la fama o el dinero, tendemos a considerar también atrayentes todos los demás rasgos de esa persona. ¿Quién no ha tenido una asignatura cuya materia era menos digerible que un kilo de clavos, y gracias a que el profesor que la impartía nos caía de fábula, llegamos a cogerle el gusto? Sensu contrario, el efecto halo invertido sería el caso de aquella asignatura fácilmente digerible, incluso atrayente, que impartida por el profesor que nos caía como el culo, nos resultó odiosa. Este efecto tiene consecuencias devastadoras en nuestro tiempo y es que, como aquellos que han sido tocados por la lotería de la genética, la fama o el dinero, los tenemos en nuestro salón o en la pantalla de nuestro móvil a golpe de tecla; es verlos y no sólo nos corroe la envidia por su atractivo que contrasta con el nuestro, es que los subimos a los altares y, de seguido, les generalizamos su carácter atractivo a todos los demás rasgos de su personalidad.

Si el bueno de Pau Gasol mete en la pantalla de nuestro salón sus dos metros y trece centímetros de estatura, y nos exhorta a que nos entreguemos a la gente del Banco Popular porque “podemos confiarles hasta nuestro bebé y no nos fallarán”, pues compramos acciones del banco y las sostenemos hasta la ruina y más allá. Ya sabemos que el bueno de Pau no distingue un préstamo de un crédito o un derivado de un futuro, pero es tan majo el chaval que no entramos en minucias y le otorgamos total credibilidad. Antes le había sucedido al admirado José Luis López Vázquez, corría el año 1967, la escena se desarrollaba en una cabina telefónica y el actor gritaba al auricular: “Matilde Matilde que ya he comprado telefónicas”. Eran los inicios del llamado capitalismo popular. Unos años más tarde, en 1973, las “matildes” (acciones de la Compañía Telefónica Nacional de España) se dieron tal “matildazo” que enfrió por décadas la codicia bolsística de los españoles.

Rosa Montero es una trabajadora de la palabra, en sus columnas y artículos apela siempre a los más desfavorecidos. Nadie duda de que es una persona compasiva, bondadosa, luchadora infatigable contra los molinos de la desigualdad. ¿Cómo no la vamos a querer? Así que cuando se permite cantar las alabanzas de la homeopatía, el sesgo cognitivo nos induce a confiar en sus apreciaciones, a pesar de que sabemos que no distingue un ácido de una base y que esta vez no tuvo la decencia profesional de documentarse ni siquiera mínimamente. Si hubiese preguntado a cualquier estudiante de primero de medicina, le habrían testimoniado que la homeopatía es un sacaperras cuyos brebajes son tan inocuos como una disolución de azúcar en H2O. Si se hubiera molestado en preguntar a su médico de cabecera hoy sabría que, algunos sacerdotes de esta pseudociencia inducen, criminalmente, al abandono de las prácticas curativas de la medicina científica a enfermos graves y los abocan a una muerte segura.

El excelente actor Robert de Niro y el histrión famoso del cine Jim Carrey han puesto en solfa las vacunas, no sólo dudando de su eficacia, sino arguyendo que causan perjuicios severos como el autismo. Otra vez el sesgo cognitivo nos juega una mala pasada, pensamos que personajes que están en la cúspide de la pirámide social, tan intocables y lejanos para nosotros como lo era el faraón para los antiguos egipcios, no pueden equivocarse porque saben lo que se cuece en las alturas, tanto más cuando adornan sus afirmaciones con conspiraciones de farmacéuticas internacionales y conjuras planetarias que parecen dignas de un buen guión cinematográfico. Que sus conocimientos de medicina y biología sean más rudimentarios que el lenguaje de los simios, no impide que muchos les presten credibilidad por el efecto halo.

En España endiosamos de tal modo a los presentadores que, basta con que las cámaras los quieran para comprarles toda su chamarilería. A Mariló Montero le compramos sin pestañear la afirmación de que cuando se  hacía un trasplante de órganos, también se transmitía el alma del difunto y, si éste era un asesino, el vivo tendría que pechar con un alma envilecida. Ana Rosa Quintana nos vendió una novela  plagiada por un negro al que había contratado para escribírsela, pero es tan guapa, tan alta y comunica tan bien que ahí sigue reinando en las mañanas televisivas. Ahora ha sido otro presentador alto y guapo llamado Javier Cárdenas, ¿sabes quién te digo?, ese radiofonista que ametralla las palabras a tal velocidad que las vocales se le enredan en el cielo de la boca; sí hombre, el que tiene un programa diario en la televisión pública en prime time. Pues va y, arrimando el ascua al analfabetismo científico que nos asola, denuesta por esa boquita de piñón las vacunas y las asocia al autismo. Me preguntaba en Facebook si su lengua podría ser considerada como un arma de destrucción masiva, ya que según la OMS las vacunas evitan más de un millón de muertes al año. Una pediatra, Lucía Galán, le ha respondido por escrito en el tono sereno y humilde de los que trabajan, estudian y saben; el muy ceporro ha contestado vía Instagram que es ella quien tiene que disculparse. La ignorancia es atrevida, induce a compasión cuando es inocua, pero si pone en juego la vida de nuestros hijos y nietos se convierte en un acto criminal.

Siempre habrá una Gwyneth Paltrow que conocedora del efecto halo, tiene una máquina de imprimir dólares a través de un portal llamado Goop desde el que vende todo tipo de mejunjes, cremas, tratamientos y brebajes para curar cualquier padecimiento sin la menor consistencia objetiva ni científica; por si fuera de tu interés ofrece huevos de jade para la fertilidad, eso sí, debes residenciarlos en el mismo lugar donde se meten las bolas chinas. Siempre habrá una Patricia Beckham que aclara su piel con excrementos de pájaro; supongo que habrá cientos de miles de morenas que la imitan embadurnando de mierda su cutis. Y siempre nos quedará una Isabel Preysler que negará haber sido agraciada en la lotería genética, y que achacará su figura de porcelana a un bebedizo verde. También te negará que permanecer toda la vida ociosa, servida por otros, con dinero de sobras, bien dormida y bien acoyundada por sementales ricos y famosos, ayuda un huevo a la esbeltez de la imagen y a la tersura de la piel

J. Carlos

El miedo está servido

         Atentado Londres

El minuto publicitario está por las nubes en las finales de los eventos deportivos “mundiales”, ya sea la Super Bowl o la Champions League. Se esperaba que la internacional terrorista se aprovechara de la final de Cardiff para depredar cuota de pantalla, había un público cautivo de trescientos cincuenta millones de personas que seguían en directo la confrontación del Real Madrid con la Juventus. La policía cribó el estadio y sus inmediaciones con cordones de seguridad a modo de cedazos, cuyos agujeros disminuían de diámetro a medida que te acercabas al núcleo del suceso planetario. Pero los cerebros de la trama terrorista saben, como cualquier escritor de novela negra, las reglas básicas del oficio: no caer en lugares comunes y sorprender al espectador.

Fue cuando faltaban veinte minutos para el final del encuentro que pusieron la maquinaria de matar en marcha. Con ese cálculo milimétrico daban tiempo a que los reporteros llegaran con sus focos a iluminar su fechoría, de forma que pudieran estar en el aire en el momento de máxima audiencia, justo cuando Ramos elevara la copa en el aire y su tribu se rompiera las gargantas en el éxtasis ritual. Y no fue en Cardiff donde su capacidad de acción estaba menguada hasta lo imposible. Y no fue un explosivo que daría el juego habitual en pantalla, ya cansino, de una columna de humo, cascotes, un sinfín de ambulancias, coches de policía con luces destellantes y un montón de curiosos cariacontecidos tras las vallas. Fue primero un atropello masivo en London Bridge, y un paseo macabro después por Borough Market durante el que tres carniceros rebanaron cuellos a diestro y siniestro.

Un buen cineasta sabe que es más efectivo lo que se silencia que lo que se muestra. No vimos el reflejo de la luz de las farolas en las hojas de los cuchillos de caza, ni la sangre proyectada a borbotones, ni siquiera los estertores agónicos de las víctimas. Vimos el proyectil de la furgoneta blanca con banda amarilla en una esquina contra un semáforo con las puertas y el capó abiertos. Vimos a ciudadanos conminados por la policía a guarecerse bajo las mesas de cafeterías y restaurantes. Vimos a decenas de ciudadanos caminando con las manos sobre sus cabezas, como si fueran delincuentes, con el temor de ser abatidos por una bala amiga o enemiga y con el miedo haciendo estragos en sus tripas. Y esa fue la mejor píldora publicitaria. Era el minuto de oro de la televisión europea. El miedo estaba servido.

Las medidas de seguridad policiales son pasivas. Y tener controlados a unos cuantos millares de ciudadanos europeos fanatizados por sus creencias religiosas, es tan efectivo como tratar de embalsar el agua en tierra porosa. Como dice Fernando Reinares, las políticas de seguridad no están a la altura de las circunstancias”. Hemos de enfrentarnos al “reto que plantean las visiones de una observancia religiosa incompatible con las sociedades abiertas que, respaldadas desde los países del Golfo, se propagan en nuestras entidades islámicas e instrumentalizan los terroristas”.

Es hora de que confinemos las creencias religiosas en las casas, las sinagogas, las iglesias, las mezquitas y los templos. Es hora de que las alejemos de las escuelas y de los gobiernos. Es hora de que aquellas creencias que no respetan los derechos de hombres y mujeres se manden al sumidero de las sectas. Es ya la maldita hora de que nos quitemos el velo de la hipocresía y nos preguntemos: ¿Cuántos céntimos de la gasolina que eché al depósito de mi coche terminarán respaldando observancias religiosas incompatibles con mi sociedad abierta?

Trump firmó hace diez días acuerdos con un país del Golfo por valor de 380.000 millones de dólares, de los que 110.000 corresponden a venta de armamento. Hoy, una línea después de condolerse, ha tuiteado: “Necesitamos el veto migratorio”. Veto que, obviamente no alcanza a ese país, faltaría más. Y es que, It’s about the money, stupid.

Con que el miedo está servido sobre un mantel de hipocresía.

J. Carlos