Archivo mensual: noviembre 2014

Juegos impropios

Pelea aficionados Atletico-Deportivo

Nuestro cerebro nunca hizo la revolución, nunca tomó la Bastilla, se ha ido reconstruyendo sobre sus propios cimientos. Es como un edificio al que a lo largo de millones de años se han añadido alturas con asiento en los mismos pilares. En los sótanos del cerebro se encuentra el sistema límbico, con la misma estructura y las mismas funciones que las de nuestros ancestros anfibios y reptiles. Este sistema va a su bola, gestiona las emociones son respuestas fisiológicas autónomas de ahí que, ante el miedo, el placer o la agresividad reaccionemos como lo haría una serpiente o un renacuajo.

Esa deficiencia en nuestra arquitectura cerebral la hemos pagado cara a lo largo de la evolución. La historia está alfombrada con un semillero de horrores (guerras, asesinatos, torturas, mutilaciones, violaciones…) que no terminan de sofocar nuestro ardor guerrero. Algo debe fallar en la gestión de nuestras emociones cuando la furia, la rabia y el miedo hacen más ruido que la empatía, la tolerancia y el amor.

La naturaleza es conservadora, pero también es sabia, y se ha puesto manos la obra para encauzar esas emociones, de forma que no terminemos destripándonos los unos a los otros. Como nuestros genes tienen la misión de duplicarse y reproducirse para no desaparecer, han conseguido que la especie desarrolle mecanismos por los que discurran las emociones de manera discreta e incruenta. Éste y no otro es el sentido que tienen las religiones, la literatura y el arte en general: generar emociones individuales o colectivas para que el sistema límbico funcione sin necesidad de matar o violentar al prójimo. Así que hemos inventado el relato estático bajo la forma de religión, cuento, novela, cine, pintura, escultura, música… Y hemos inventado el relato dinámico en forma de juego competitivo con resultado incierto; de ahí surgen los deportes, que van desde los torneos medievales hasta los partidos de fútbol de la actualidad, pasando por la maraña de juegos electrónicos. Con el relato, sea el oral de las cavernas a la luz de la hoguera, el de la mitología de los caldeos, la narración bíblica, El Quijote, la proyección de la película Interestelar, un partido de fútbol, la serie Isabel, o el último juego para Xbox, no hacemos otra cosa que saturar nuestro sistema límbico para que ordene un  buen chute de adrenalina o dopamina. Las consecuencias suelen ser inocuas, se nos anuda la garganta, salta la lágrima fácil, la piel se acobarda; otras veces el vello se eriza y enarbolamos el puño y se nos suelta la lengua hasta la ronquera por culpa del hijo de puta del árbitro.

Sucede que, a veces, el remedio es peor que la enfermedad. Cuando el relator de una religión, el caudillo de un pueblo o el ingeniero social de un nuevo sistema engañan a los niveles superiores del cerebro de los incautos, haciéndoles creer que su relato es real y no ficticio, el sistema límbico suelta sus amarras y las pulsiones de la ira y  del miedo dejan de ser un mero juego y sólo se sacian contra el “enemigo”. Y ya es tarde, porque los cadáveres propios terminan por convencer a lo sensatos que las armas son el único medio para la venganza o la supervivencia.

Sucede que, a veces, los relatores de un juego incruento que se llama fútbol -donde once jóvenes millonarios enfrentan sus habilidades con otros once para ver cuál de ambos equipos cuela más veces una pelota dentro del marco de tres palos-, engañan a débiles mentales que pastan gregariamente en rebaños con nombres significativos, como Frente Atlético, Bukaneros, Riazor Blues, Alkor Hooligans, por ejemplo. Estos relatores, entre los que se encuentran presidentes de club, entrenadores, jugadores, periodistas, etc. inflan sus arengas con el cuento de gestas deportivas sin par, muchísimo más importante que la invención de la rueda o el descubrimiento de la penicilina. Y es que el fútbol mueve montañas… de dinero.

Este domingo, cuando la niebla velaba la mañana madrileña, unos cuantos débiles mentales se han dejado llevar por su sistema límbico, y han entablado su duelo de serpientes o víboras o culebras en la margen derecha del río Manzanares. Todo porque han creído que el relato ficticio de un juego deportivo era una realidad épica incuestionable. Resultado: Francisco Javier Rodríguez Taboada, de 43 años, murió asesinado, lanzado al río como un saco. D.E.P.

Los presidentes de ambos clubs, Atlético de Madrid y del Deportivo de la Coruña, se lavan las manos. El juego propio es dentro del estadio, han venido a decir, lo de las inmediaciones son juegos impropios. Algún día nos explicarán por qué subvencionan, alientan y prestan colaboración a ese nido de víboras, serpientes, y culebras que conforman los Frentes. Pudiera ser que ambos presidentes tengan averiado su sistema de gestión emocional. Lo ignoro. Lo que sí sé es que, permitiendo que se jugara el partido después del desgraciado acontecimiento han demostrado que su nivel de empatía no es superior al de los renacuajos.

J. Carlos

Desahucios

Vivo en un cementerio, vivo solo. El cementerio ocupa la ladera de una atalaya verde que linda con el mar. La casa está al costado este, tiene la fachada de granito cubierta de verdín y una pared medianera con la capilla.

Adela se fue a los once meses y cuatro días.

-Me voy. No me acostumbro a esta soledad, a este silencio- dijo. Ambos sabemos que es mentira.

No hubo más, ni un abrazo, ni un adiós, ni siquiera un beso al aire. Se fue arrastrando la maleta, calle abajo. Montó en el autobús sin mirar atrás. En la mesilla de noche sigue nuestra foto de boda enmarcada en madera de boj, con rastros de salitre en el vidrio.

Conocí a Adela un día de tormenta, se resguardaba de la lluvia bajo el alero de un balcón. Le ofrecí mi paraguas hasta la parada de taxis. Pasamos de largo y seguimos caminando. Fue ella quien advirtió que había dejado de llover hacía rato. Era miércoles y la invité a ver El Apartamento. Luego iríamos al cine, juntos, todos los miércoles de lo siguientes cuatro años. Nos iba bien. Trabajaba de solador y alicataba baños y cocinas. Compramos un pisito de dos habitaciones y la retiré de su trabajo de dependienta en la perfumería. Lo inauguramos con una docena de pasteles, una botella de champán y un dulce viacrucis con parada en cada estación de la casa, la cocina, el comedor, el salón, el baño y los dos dormitorios. Quedé exhausto. Años después, la noche anterior al desahucio, movidos por la rabia, intentamos repetir el viacrucis, pero sólo culminé la primera estación. Resultó amargo.

No me despidieron un día cualquiera. Las calles estaban engalanadas porque llegaba al puerto el primer barco crucero y nuestra ciudad entraba en los circuitos turísticos. Lo recuerdo porque sonaba la sirena del barco cuando el capataz nos dijo,

-Coged los bártulos e iros a casa.

La constructora se había ido al garete. No era la primera obra que se paraba, pero nunca piensas que te va a pasar a ti. Cuando sucede consideras que será algo pasajero. Todavía hoy, los esqueletos de los edificios permanecen erguidos como cadáveres plantados, sin enterrar. A veces he subido hasta el tercer piso, a la cocina de la letra B, el mismo lugar donde nos mandaron a casa. Han arrancado las baldosas del suelo, el cemento está picado y la herrumbre serpentea por las paredes. Lo peor es el ulular del viento que se enrosca, furioso, en la escalera, convocando a los fantasmas que se le han ido asentando a uno por dentro.

Hice algunas chapuzas en los barrios ricos. Los propietarios consideraban que era el mejor momento para reformar sus casas, porque la abundancia de mano de obra tiraba los salarios y los precios de los materiales. Los sábados nos reuníamos los soladores en La Bolera para pactar unos precios dignos. A tres o cuatro intrusos que venían de fuera a comerse nuestro pan, los amenazamos con romperles las piernas. Terminamos engañándonos los unos a los otros. Se pincharon neumáticos y hubo rotura de lunas y rayados de chapas. Todavía hoy, si nos vemos en la calle, cambiamos de acera. Ni los hijos en el colegio se hablan entre sí porque en el odio también se educa.

A la salida del entierro de la madre de Adela, caminábamos despacio como uno solo. Yo tenía un brazo sobre su hombro y la otra mano en su mano. Ella, cabizbaja, con un velo negro sobre la cabeza, se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de papel y se sorbía los mocos siguiendo el ritmo de sus hipidos. Al cruzar la puerta de hierro del cementerio, me dio ligeramente con el codo y movió la cabeza levantando las cejas. Señalaba con los ojos un cartel blanco, apaisado, pegado con cinta americana a dos de los barrotes de la puerta. Se solicitaba un enterrador que había de ejercer de vigilante y jardinero del cementerio. Seiscientos euros, además de casa y los servicios de teléfono, agua, gas y electricidad.

Sonó el móvil. Fue una buena noticia para nosotros. Era del ayuntamiento, había sido el único candidato y, dado que había pasado el plazo establecido, el puesto era mío. También fue buena noticia para mi hermana, le dejaríamos la habitación de los niños libre y ya podrían dormir solos, su marido y ella.

Para celebrarlo compré una botella de champán. Me olvidé de comprar la docena de pasteles. Adela hizo un mohín de desagrado y chistó con la boca. Guardó la botella en la alacena, sólo dijo:

-La beberemos por Navidades -del viacrucis, ni hablamos.

Los primeros días fueron extraños, cuesta acostumbrarse. En las noches sin viento las olas se abaten mansamente contra los arrecifes, les sigue un eco prolongado y parece que mantuvieran una conversación con los muertos. A veces, el mar se embravece y suelta hilachas de espuma que se desmoronan sobre las cruces y la lápidas. En las noches de luna llena las estelas de espuma parecen fuegos fluorescentes de San Telmo. No tenemos miedo, los dos sabemos que lo malo siempre viene del otro lado de las tapias del camposanto. Pero es triste ver a los deudos deshechos en lágrimas al echar las primeras paladas de tierra. Adela y yo les  hacemos compañía en las misas y los responsos, componemos gestos duros de tristeza, entornamos los ojos y les acompañamos en el sentimiento. Las propinas son más generosas. Visto siempre un traje de pana gris con corbata a juego. Adela se pone un vestido largo con cuello alto, de negro riguroso, en los entierros.

Dos veces me ha felicitado el alcalde.

-Desde que está Adela, los parterres están primorosos -dice.

El arco de entrada  de ladrillo y piedra está tocado de buganvilla. La madreselva trepa las tapias. Los jacintos, las rosas y los narcisos flanquean los paseos. Crecen las petunias alrededor de las sepulturas. Las hortensias pespuntean las paredes de la capilla, así lo quiere el cura, afirma que el morado es el color de las almas, porque tiene el púrpura de la iglesia y el azul del cielo.

Nadie se atrevía a visitarnos. Cada vez salíamos menos. Por eso le compré un televisor de plasma de no sé cuántas pulgadas.

-De dónde has sacado el dinero, Juan.

-Las propinas, cariño. En el trance de la muerte la gente es más generosa, además, en el fondo, se sienten bien  porque el que está en el hoyo es otro y no ellos  –Se le queda un gesto de duda en la cara. Ella sabe que las propinan no dan para tanto, los humildes porque están achuchados por esta crisis, y los pudientes porque desde antes del destete ya les enseñan a tener el puño cerrado.

Adela lleva las cuentas de los pagos por cuidar de los panteones y sepulturas en un cuaderno de hule verde. Más de cuarenta tengo apalabrados ya. Hay que seguir pagando la deuda al banco aunque se haya quedado con nuestra casa.

Tenemos otras fuentes de ingresos que confluyen en una libreta de ahorros para intentar recuperar el piso. La ciudad tiene una facultad de medicina forense de una prestigiosa Universidad y siempre andan faltos de cadáveres. Pocas familias compran ataúdes de maderas nobles de caoba o palosanto, cuando acaece, una funeraria de otra ciudad paga con largueza dependiendo del tiempo transcurrido desde la exhumación. A veces, un perista me manda por Whatsapp un juego de fotos del muerto donde se aprecian las joyas o el reloj. No cobro hasta que las vende, vamos a medias. Me pregunto cómo se las apañará para sacar la cámara y apretar el botón en el tanatorio.

La noche que hay faena, Adela permanece despierta hasta que vuelvo. Me desvisto a la intemperie y que me quito la ropa interior, la camisa, los calcetines y el mono de trabajo. Entro desnudo en casa, echo la ropa en la lavadora y me ducho. He comprado un gel desinfectante y un frasco de colonia de litro. El pijama está en el sofá del salón, no me deja dormir en nuestra habitación, dice que huelo a muerto. Ambos sabemos que es mentira. A la madrugada sale del dormitorio de puntillas y, en el lavabo, hace abluciones con agua fría para bajar la hinchazón de los ojos.

Adela nunca va a la Caja a ingresar ese dinero. Lo llama dinero muerto. Lleva también esas cuentas. Nunca toca la libreta de ahorros. Nunca habla del tema. Sólo un día que estaba sentada pelando patatas, se levantó con el cuchillo en ristre, dio dos pasos hasta colocarse a medio palmo de mi nariz. Me miró a un ojo, después al otro, desafiante, antes de romper a hablar:

-Cuando tengamos el dinero para rescatar nuestra casa, se acabó. ¿Me entiendes? Se acabó. Somos peor que los bancos, no sólo desahuciamos muertos, también les robamos. -Había un rastro de saliva blanquiverde en la comisura de sus labios, como si la hubiera estado rumiando.

No dijo su nombre, ni yo se lo pregunté. Me abordó medio embozado en una capa española. Sucedió bajo las arcadas de la plaza mayor una noche en que la niebla opacaba la luz de las farolas. Yo volvía, contento, de cobrar la reparación de un panteón de una familia de abolengo. Tiene una voz grave, rasgada, como si se hubiese tragado añicos de cristales. No cerramos ese día el trato. Le pedí veinticuatro horas para pensarlo. No cabía en mi cabeza que hubiera gente tan rara, gente tan pasada de rosca que le gustaran los muertos. Mentiría si dijera que lo pensé. Volví a la noche siguiente y sellamos el pacto con un apretón de manos. Tenía los dedos largos y nudosos. Había de ser mujer de menos de treinta y cinco años, con el alma recién desahuciada del cuerpo. Los mil euros los depositaría en el alféizar del ventanuco del corral, debajo de una loseta despegada. A cambio, tendría un croquis con la ubicación y, por supuesto, encontraría la lápida descorrida. Nadie debía saberlo. Sólo se produjeron tres óbitos con esas características.

El día que se fue Adela, me extrañó que se levantara antes del amanecer. Mientras se duchaba, me tiré de la cama y salí fuera. Levanté la loseta, estaban los dos billetes de quinientos rotos en pedacitos muy pequeños. Cuando entré ya se vestía, hizo la maleta con la boca sellada, no puso la cafetera al fuego ni las tostadas en el tostador. Abrió la puerta y, antes de franquearla se volvió, tapaba el sol recién nacido con su cabeza y la luz roja dibujaba todo el perfil de su cuerpo. Estaba guapa. Sólo dijo:

-Me voy. No me acostumbro a esta soledad, a este silencio.

Desde entonces, vivo solo, en el cementerio. Uno se acostumbra a hablar alto para poder escuchar alguna voz y te acostumbras a las sábanas húmedas y frías. Terminas por tener deseos de que haya muertos que enterrar con tal de estar un rato entre la gente. Sientes alivio al ver el dolor ajeno y necesitas el roce de las manos tibias de los deudos. Pero no terminas de acostumbrarte a que el tocado de buganvillas del arco de la entrada de ladrillo y piedra se vaya desflorando, a que los jacintos, las rosas y los narcisos no sean más que tallos secos y cabizbajos en las lindes de los paseos, a que las petunias se hayan borrado del contorno de las sepulturas. Sólo las hortensias amustiadas se agarran moribundas a la pared de la capilla.

Desde entonces, vivo solo, en el cementerio. Y no me acostumbro a que el salitre acumulado en el vidrio de la foto de bodas vaya emborronando la imagen de Adela.

J. Carlos

Cerebros

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Algunos de aquellos que tienen el valor, rayano en la heroicidad, de acompañarte a ratos por el camino de la existencia, me han escuchado decir que, daría un mes de mi vida por estar un minuto, al menos, en el cerebro de otro. Debe ser fascinante adecuarte a las medidas de otro cuerpo, palpar las mismas texturas con otra piel, recibir el caudal de luz impresionado por otros ojos, escuchar los golpes de aire golpeando en tímpanos que no son tuyos, inspirar las mismas fragancias que parecen nuevas porque excitan terminaciones nerviosas que no reconoces, averiguar que las papilas gustativas enloquecen con sabores que te repugnaban y, viceversa. Con todo, lo verdaderamente extraordinario sería recorrer la tormenta de emociones, sentimientos, ideas, pensamientos e imágenes que estallarían a cada instante en el recorrido prolijo de las neuronas prestadas.

Estamos condenados a estar solos con nosotros mismos, mientras un montón de carne gris, que no pesa más allá de un kilo cuatrocientos gramos, acorazado entre los huesos del cráneo para preservarlo de su propia debilidad, intenta traducir el flujo de señales eléctricas y campos magnéticos que se te echan encima. Si ya es difícil componer imágenes rotundas y solventes sobre la materia dispersa y alejada entre sí por la infinidad del vacío que la circunda, más complicado es interpretar los lenguajes que nos comunican nuestros congéneres. Así que a la baraúnda de palabras y gestos de nuestro interlocutor, a la posición de cada músculo de su cara, a la frialdad o calidez de sus manos… nuestro cerebro los tamiza, los procesa, los compara con un trillón de datos más que atesora entre sus circunvalaciones y los interpreta; sin posibilidad de apelación, siempre el mismo árbitro, siempre el mismo juez. Me temo que, casi siempre, cualquier interpretación parecida con la realidad objetiva será pura coincidencia; o no, that is the question. Por eso mi querencia de estar, por un minuto, al menos, en el cerebro de otro. Qué tristeza o qué gozada si las percepciones resultan idénticas o totalmente disímiles. Ya no serías el mismo, habrías salido de ti y no dejarías nunca de ser también el otro. Cambiarías radicalmente sólo por el hecho de haber tenido la ocasión de comprobarlo.

Te lo digo porque no soy el único que anda por ahí con estas preocupaciones tan raras, en mi caso son cosas de pequeño burgués mentomentodo que apenas sabe de casi nada. En los casos que te voy a relatar son personas principales de la ciencia que tienen la osadía de intentar comunicar, en corto y por derecho, los cerebros entre sí, sin que medie esa cosa que llamamos consciencia.

Científicos del departamento de neurociencia de la Universidad de Washington, han ideado un sistema aparentemente simple que consiste en que, a un individuo le ponen un casquete en la cabeza para medir sus impulsos electroencefalográficos; al otro sujeto, mantenido en la distancia, le colocan un aparato de estimulación magnética transcraneal sobre la zona del cerebro que controla las funciones motoras. El resto es sencillo, el primero de los cerebros toma la decisión de hacer algo, los señales eléctricas recogidas se envían por internet al casquete del segundo, que las traduce con un decodificador en impulsos magnéticos y suelta el impuso sobre la zona escogida, al igual que cuando juegas a darte un golpe seco por debajo de la rodilla con la pierna colgada y, si aciertas, ésta se dispara sola hacia adelante. Son americanos, claro, la orden que da el primer sujeto, que está viendo un programa de ordenador es, disparar un misil para abatir a unos piratas en el preciso momento en que se disponen a exterminar una ciudad donde viven los buenos. En 650 milisegundos el segundo sujeto, que está a kilómetro y medio y no está viendo nada, da un golpe seco con su dedo sobre la tecla del ordenador y dispara. Aplausos de apoteosis –plas, plas, plas…-

El otro experimento lo lidera Giulio Ruffini, español de Barcelona, que consiguió algo similar el pasado 28 de marzo. En este caso lo sujetos estaban distanciados por 7.700 Kms. con tierra y agua de por medio. El mandante se encontraba en Thiruvananthapuram, capital del estado de Kerala, al sur de la India. El receptor estaba situado en Estrasburgo, a dos pasos del parlamento europeo. El primero consiguió transmitirle al segundo dos palabras: “hola” y “ciao”.

Te lo he contado porque corrobora mi teoría de que andamos solos y perdidos y que cualquiera de nuestras percepciones es, seguramente, errónea. Fíjate si no, en estos dos casos en que reputados científicos ellos, tratando de conectar dos cerebros, concluyen unos que la primera acción que han de transmitir es: dispara; mientras que los otros prefieren transmitir un simple diálogo pacífico: hola y ciao. También te digo que, según mi percepción, si hubieran sido solo científicos españoles lo que hubieran transmitido telepáticamente habría sido una pregunta: ¿estudias o trabajas?

Eso sí, admito que puedo estar totalmente equivocado.

J. Carlos

Día de Difuntos

William-Adolphe_Bouguereau_(1825-1905)_-_The_Day_of_the_Dead_(1859)

Ya te dije que el otoño nos pillaría desprevenidos cuando menos lo esperáramos. Creíamos, ingenuos,  que los tallos de las hojas permanecerían asidos a sus ramas y que las rosas seguirían criando pétalos engañadas por el clima. El sol dobla el espinazo y camina inclinado por la bóveda celeste, se vuelve huraño, como los viejos, y nos hurta cada día unos minutos de luz y unas arrobas de calor.

La vida imita a la naturaleza, son la misma cosa. La vida transita también sus estaciones: Sales del agua en la primavera cuando el mundo es un encantamiento de colores y de aromas, los días se prolongan con la placidez de lo eterno. El verano es una verbena de  luces que te ciega, pero también te endurece y te reseca como al campo. En el otoño se te dobla el espinazo y las hojas de la pasión se desprenden de las ramas del deseo. En el invierno de la vida la noche se alarga, hace frío, mucho frío, sólo entras en calor si avivas la lumbre de los recuerdos. Ya es tarde cuando descubres que, el tiempo y la gravedad te atraen hacia la tierra, inexorablemente, hasta disolverte en ella. No importa quién hayas sido, qué hayas pensado, qué hayas escrito… la tierra siempre se cobra su tributo.

Hoy, 2 de noviembre, es el día de los difuntos. En mi pueblo la tradición exigía el tributo de entregar una hogaza de pan al señor cura. Ignoro su origen, tal vez tendría el significado de dar de comulgar a los muertos. Los monaguillos ese día recibíamos, además de la perra gorda por ayudar en la misa, una hogaza de pan. No me digas el porqué pero su sabor era más hondo y se prolongaba en el paladar por más tiempo, tal vez el panadero se había esmerado más en su elaboración o, como suele ocurrir, era simplemente una construcción sicológica con la que el cerebro nos distrae, del tipo de echar de menos lo que no tienes o desear, hasta la locura, aquello que no consigues o, mirar con mejores ojos aquello que te es ajeno.

Todas las culturas han venerado a los muertos, incluso tenían su dios. Para los celtas su dios de los muertos era Samhain, los aztecas tenían a Mictlantecuhtli, los mayas a Ah-Puch, el de los egipcios era  Annubis, en la mitología babilónica era diosa y se llamaba Ereshkigal, el de los griegos fue Hades, el de los romanos Plutón…  La vida nos parece lo natural, por eso no hay un dios de la vida ni un día para venerarla. Lo extraño, lo inexplicable, lo estúpido es la muerte. Hay una teoría que considera que había un gran día de los muertos para conmemorar a todos aquellos que se ahogaron cuando las aguas anegaron la tierra; la elección católica del 2 de noviembre coincidiría con esta conmemoración ya que, según el relato mosaico, el Diluvio tuvo lugar el decimoséptimo día del segundo mes, esto es, a comienzos de nuestro actual noviembre.

Seguramente, quiénes decidieron la mística religiosa eligieron la fecha de conmemoración de los muertos en otoño, para que nos pille con las defensas psíquicas bajas porque las noches son largas y las hojas se marchitan y las mariposas han muerto. Quieren que expiemos nuestros pecados con buenos óbolos, golpes de pecho y llenando sus iglesias. Los grandes almacenes prefieren que espantemos la idea de la muerte con fiestas de miedo y disfrazados de muertos. El sistema es flexible y lo amalgama todo: Te permite acudir al acto religioso y acojonarte cuando la voz tronante del sacerdote lee el ritual litúrgico “Pulvis es et in pulverum reverteris”, puede que una lágrima te cuelgue de la comisura de los ojos en el momento en que el oficiante, con voz queda, eleve una plegaria por tus difuntos. Y, por la noche, te invita a pintarrajearte como un muerto viviente, trasegar unas copas y brindar por tu salud.

J. Carlos