Archivo mensual: febrero 2014

Materia oscura

-Volví en busca de los olores de la niñez. Ya sabes que el olfato es como un interruptor que te enciende los recuerdos. –Dice Bárbara girando  la cucharilla en la taza del café.

Están los dos sentados frente a la chimenea en butacones tapizados en pana verde, con una mesita de marquetería de por medio. La luz grisácea que entra desde atrás, por las cristaleras, se refleja en sus cabellos blancos,  parece que emitieran un halo como de aureola. En las caras les brinca la luz roja de las brasas que no para de dibujar y desdibujar las arrugas que les labró la vida.

Mario se gira para recoger de la mesita su servicio de café. Alza los ojos, con disimulo, hasta la vieja foto en blanco y negro de los padres de Bárbara que no pudo o no quiso mirar con descaro cuando entró en el cuarto. Está enmarcada con listones de carey y cuelga de la pared de la derecha. La vista del hombre de la foto le sigue produciendo un trallazo frío que le recorre desde la rabadilla hasta la nuca.

-Y tú, ¿por qué volviste al pueblo? –Pregunta Bárbara.

-A descansar. La muerte de un hijo te deja exhausto. -Responde Mario.

Hasta hoy llevan casi una vida entera sin hablarse. Lo último que se dijeron fueron epítetos por parte de él y silencio por parte de ella. Fue en septiembre del 39, ya había terminado la guerra.

Bárbara se levanta, deja la taza de café sobre la mesita y remueve con la tenaza un tronco de leña en la chimenea. Pone la tenaza sobre el bastidor y se vuelve hacia Mario.

-No fue mi padre quien lo mató.

El hombre enarca las cejas, crispado.

-Déjalo Bárbara. Tengamos la fiesta en paz. -Tiene el platillo con la taza de café en una mano, el asa pinzada con los dedos de la otra. Para evitar que el leve seísmo de sus dedos se transforme en murmullo de porcelanas, se lleva la taza a los labios.

Sólo se oye el leve bisbiseo de los copos de nieve contra los cristales. De tanto en tanto los chasquidos de la lumbre que levantan diminutas ascuas rojizas como estrellas fugaces. Crujidos como quejas de la madera vieja de los techos. Ni siquiera suena el reloj de bronce, sobre la chimenea, una figura de cazador a caballo alanceando a una bestia. Sus manecillas están varadas a las seis y diez.

Rompe el silencio Mario después de dejar el servicio en la mesita y cruzar las manos hasta sosegarlas.

-Qué curioso ambos hemos dedicado la vida a la enseñanza.

Bárbara se pone las gafas que le cuelgan de una cadena. Le mira a los ojos.

 -¿Son verdes o azules? Las niñas hacíamos apuestas. Recuerdo que a la sombra parecían verdes, pero al sol yo juraría que eran azules.

A Mario se le escapa un rubor.

-Ahora tienen cataratas, están vidriosos y han perdido el brillo. Oye, ¿por qué me citaste?

-Tal vez porque en invierno somos muy pocos vecinos, ya mayores. Tú has llegado apenas hace un mes, sabrás que en la temporada de nieve los caminos se atoran y el pueblo queda aislado. Hemos de estar unidos.

¿Sólo por eso? –Insiste Mario.

Supongo que también porque enseñé filosofía en Salamanca y tú física en Stanford y quiero saber cómo se ve la existencia desde el conocimiento de la materia real y no como en mi caso desde el etéreo mundo de las ideas. Me gustaría conocer cómo te fue la vida, cómo es vivir en un país distinto…  Y tú, ¿por qué acudiste a la cita?

-Supongo que me hizo gracia recibir una nota debajo de una piedra en el alfeizar de la ventana.

Mario tiene la voz grave y ronca. Con las últimas palabras el gato blanco ovillado sobre un cojín a los pies de Bárbara se despereza estirando el lomo y las patas.

-O sea que sólo porque te hizo gracia la nota has roto el silencio de más de cincuenta años. -Dice Bárbara.

El gato serpentea a los pies de la mujer, con la cabeza se atusa contra sus tobillos, el lomo ligeramente arqueado y el rabo enhiesto. Cuando recibe la caricia con la palma de la mano de la dueña ronronea ruidosamente.

-Después de que el cáncer terminara con mi hijo, finalizó mi matrimonio. No tenía sentido seguir viviendo sólo con el otro lado de un triángulo que había perdido la base. Tampoco tenía ya sentido la vida y decidí quitarme de en medio. -Dice Mario.

Bárbara se remueve en el asiento como si le hubiese recorrido un escalofrío.

-¡Qué barbaridad! ¿Quieres decir que has venido al pueblo para quitarte de en medio?

-No, ya te dije que vine para descansar. Quería morir un 24 de septiembre, en memoria de mi padre. Sería el mismo día del mismo mes que tu padre le descerrajó un tiro en la sien al mío.

Bárbara aprieta los dientes y sella los labios que tenía entreabiertos. Mario mira ceñudo, la boca fruncida, carraspea y  prosigue

-Ya tenía los dos gramos de morfina que me recetó un colega, pero hace seis meses desistí. Mandé reformar la casa de mis padres y cuando terminaron las obras abandoné Stanford y me vine al pueblo. Quería descansar, sobre todo descansar de mis pesadillas.

Bárbara desanuda con ambos manos el gato de entre sus piernas, se levanta con él sobre el regazo y camina hacia el aparador. Mientras posa el gato sobre el mueble y abre el cajón superior, pregunta.

-¿Qué te hizo desistir?

 -Te parecerá una tontería. Fue la física, ya ves tú. Cuando se descubrió el bosón de Higgs pensé que, si aguanto unos años, llegaré a ver la teoría que unifica todas las fuerzas y habrá una explicación plausible del Universo. Al fin y al cabo es lo que he estado buscando toda la vida.

La mujer ha cogido un papel de entre los manteles bordados.  Lo lleva apretado con las dos manos, bajo la toquilla, contra su pecho.

No fue mi padre –repite Bárbara con un hilo de voz, apenas un suspiro, mientras se sienta.

Mario se yergue con furia, levanta el puño en el aire, el gato pega un salto desde el aparador y sale del cuarto.

-Claro, no fue tu padre el que le pegó un tiro al mío, ni yo me tomé mi venganza cuando te partí la cara en la plaza, a la vista de todos. Claro, ni tú y yo estamos aquí ahora, somos meras ideas, abstracciones. No hay nada fuera de la mente. Pero la realidad es que somos materia que se ha amalgamado aleatoriamente desde hace millones de años para constituirnos en mentes que piensan, que son consciente de sí mimas y sufren y se hacen daño y se duelen y tienen pesadillas. Tu padre me jodió la vida. Puede que no valiera la pena, pero la flecha del tiempo no hay dios que la vuelva para atrás.

Mario, mientras habla, se acaricia las manos como si tuviera frío. Cuando calla, se levanta pesadamente y da un paso hacia la puerta. Ella estira el brazo para entregarle una hoja de papel arruinado por el tiempo.

-Espera Mario, siéntate y lee.

Él sostiene con ambas manos la hoja de papel porque por los dobleces sólo algunas hilachas la mantienen entera. Se deja caer sobre el butacón arrugando las labores de ganchillo que cubren los reposabrazos. Saca las gafas del bolsillo superior de la chaqueta.

Ve la letra de un azul desvaído, en caligrafía redondilla, los márgenes austeros y exactos, las líneas como tiradas con regla. La misma grafía que la del tablero encerado de la escuela de su niñez.

Es la carta de Don Dimas, el maestro, agradeciendo al padre de Bárbara que “aquella noche aciaga del 24 de septiembre del 39” –escribía-, lo hubiera escondido en el maletero de su taxi de gasógeno y llevado hasta un pueblecito de Asturias, donde otros camaradas le enseñaron los caminos hasta la frontera con Francia.

Abajo, la firma simple, rotunda: “Dimas Salcedo”, rubricada con dos trazos horizontales. Deposita la carta sobre la mesita, sin doblarla. La hoja forma pequeños tesos y valles y donde se rompe por el doblez parecen vaguadas o arroyos.

-No fue el primero ni el último a quien salvó mi padre. El taxi era un buen lugar para las confidencias y los vencedores eran casi los únicos que podían pagarlo. -Dice Bárbara.

Mario con el tronco doblado hacia adelante se quita las gafas y se restriega el puente de la nariz y los lacrimales.

-Entonces, ¿quién fue?- Pregunta Mario en algo menos que un susurro.

-Eso no lo sé –contesta Bárbara-. Vinieron a por el maestro. Lo buscaron por todo el pueblo. Cuando se fueron hubo un suspiro de alivio en el vecindario. Tu padre abrió el bar y se brindó por Don Dimas. Se quedó sólo para cerrar, como siempre. Seguramente volvieron los que habían buscado al maestro. Mi padre regresaba de Asturias ya de madrugada, dejó la carretera para evitar sospechas y entró por el camino del cementerio. Los faros alumbraron la pared sur. Había un muerto. Bajó del coche, era tu padre. Le cerró los ojos y le cubrió con una manta por encima. Ese fue su error, la manta.

Mario se echa hacia atrás, se queda quieto observando la simetría de los rosetones en el papel pintado de las paredes. Piensa en la materia oscura que constituye un quinto de la masa del universo. Y se pregunta si ese día no habrá descubierto una parte de la materia oscura de su vida. Esa masa informe que puebla sus pesadillas.

-Bárbara, ¿por qué no me lo dijiste entonces? –pregunta Mario.

-El médico certificó suicidio. Recuerdo tus gritos llamándome hija de asesino mientras me repicabas la cara con ambos puños y recuerdo, por encima de todo, el olor de tu rabia. Pero por nada del mundo iba a comprometer a mi padre. –Responde Bárbara.

Vuelve a oírse el rumor de los copos de nieve sobre los cristales, los chasquidos de las brasas en la chimenea, la madera que sigue su monólogo al expandirse y encogerse. El gato blanco retorna a la estancia, primero asoma la cabeza, da unos pasos hasta la alfombra, se para y gira la cabeza a ambos lados para escuchar cualquier signo de alarma; luego, bordeando por detrás la butaca de Bárbara, se acomoda en el cojín con las orejas tiesas y los ojos atentos.

Mario pone ambos codos sobre los reposabrazos, entrelaza las manos y sobre ellas apuntala la barbilla. Busca las palabras y no acaban de salirle de la boca. Al fin, con un tono de voz muy bajo, consigue articular unas frases

-Es tarde para casi todo, Bárbara, hasta para pedir perdón. ¿Sabes?, aún tengo en el armario del baño el inyectable de morfina y el universo va a seguir ahí aunque nadie le encuentre una explicación.

Bárbara se levanta lentamente, abre la ventana y coge con ambas manos un montoncito de nieve del alfeizar, lo lleva hasta su nariz y aspira profundamente. Cuando levanta la cabeza ha prendido en sus labios una sonrisa.  –Ésta es mi morfina. –Dice-. Y se la acerca al olfato de Mario.

J. Carlos

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Pálpitos

PÁLPITOS

El guarda raíl me segó el antebrazo como una guadaña. Reboté. Todavía di una vuelta de campana y seguí deslizándome unos metros. La cabeza y el tronco quedaron sobre la cuneta pero las piernas ocupaban parte de la carretera. La lluvia me cegaba los ojos. La visera del casco había salido volando. Me incorporé sobre el costado izquierdo sólo para ver el estado de mi Honda. No la habían atropellado, pero perdía aceite que formaba unos hilos de vapor sobre el asfalto. Le pedí al primer conductor, que se había parado y se acercaba con las manos sobre la cabeza, que pusiera en pie mi moto. Fue entonces, al ver mi guante colgando inerte, con líneas de sangre que resbalaban por sus dedos, cuando sentí una quemazón primero y luego un ramalazo de dolor. Tenía a la altura del codo cien cuchillas que cortaban arterias, capilares, huesos… Intenté levantarlo, basculó en el aire, creo que sólo se sostenía por las costuras del codo de la cazadora. Me desmayé.

Desperté tiritando, con un sabor amargo en la boca seca, veía sólo un techo blanco de metal y en mis oídos el ulular constante de una sirena; todo se movía. Intenté incorporarme, cuatro manos me lo impidieron, sólo lograron asustarme más y me revolví, en vano, en la camilla. Fue entonces cuando las cien cuchillas que sajaban el antebrazo me devolvieron a la realidad y todo cobró sentido. Seguía con el casco puesto, llevaba una mascarilla de oxígeno, había un gotero del que salía un tubo que serpenteaba hasta mi mano izquierda y mi brazo derecho estaba embutido en una escarcela azul con hielo. Pregunté por mi moto, me mandaron callar e inyectaron otro líquido en el gotero. El dolor se fue mitigando y los párpados se abatieron pesados sobre los ojos.

Soñé que la Honda era de plastilina azul índigo, chocába contra la arista de un muro de sillares de piedra, fino como la hoja de un cuchillo, y quedaba cortada en dos de adelante a atrás. Yo, con los dedos de ambas manos la recomponía pero de la mano derecha brotaban, sin cesar, gotas de sangre. La moto iba adquiriendo el color del óxido de hierro y se descomponía poco a poco hasta convertirse en un montón de escoria.

La habitación 303 del Ruber Internacional olía a Betadine y sólo se oía el ronroneo del aire acondicionado. Bárbara tenía los ojos enaguados y la cara afilada por la rabia. Por instinto busqué con mi mano derecha el lugar que mi cerebro señalaba para la izquierda. No había nada, sólo encontré la textura rugosa de la venda que envolvía el codo. Retiré la colcha para que los ojos certificaran la pérdida. Me vino la imagen del mendigo sin brazos que pide con un plato atado al cuello, en el paso de peatones que conduce al Museo Arqueológico de Madrid.

―No será porque no te lo tengo dicho. Tu puñetero capricho te va a matar ―gritó Bárbara.

―¿Por qué no me lo han implantado? ―pregunté mirando mi manquera

―Sólo piensas en ti. ¿Y la niña? ¿Qué me dices? Podía estar huérfana a estas horas  y yo viuda ―respondió Bárbara con una mano en la frente y  gesticulando con la otra.

Entró una enfermera con el cabello sujeto atrás con un prendedor y los ojos azules, muy grandes; dio los buenos días con una sonrisa de curso de atención al cliente, me preguntó cómo me encontraba, después levantó la persiana y abrió las cortinas. Miré hacia la ventana, la luz del amanecer perfilaba los contornos, al fondo la sierra de Guadarrama cerraba el horizonte, grumos de ceniza coronados por pinceladas blancas. Me picaba la mano inexistente y me dolían el cúbito y el radio. Me inyectaron más calmantes.

―Llama al despacho, por favor, que me sustituya Satrústegui en el juicio. ―le pedí a mi mujer.

Bárbara, tan pragmática como siempre, lo tenía todo bajo control. La moto la había enviado al desguace; el viaje programado para el verano seguía en pie, sin moto, en su coche, un BMW descapotable, recorriendo Europa hasta Malmö. Supuse que conduciendo ella, claro. “Sin capota. Será como cabalgar contra el viento” –sentenció mi mujer–. Era una frase cruel y miré hacia arriba para sortear una lágrima. Luego, tomando mi única mano entre las suyas, recorrió con sus yemas cada uno de mis dedos, demorándose en cada pliegue y me pidió que me olvidara de las motos por la niña. Me pareció una petición estúpida, ¿cómo se pilota una moto siendo manco? Hice un chasquido con la lengua y prometí olvidarme de las motos. Conseguido su propósito, me contó la atrevida apuesta del Doctor Cifuentes Salazar.

El segundo día, serían las once, vino el Doctor. Hizo su entrada con una revolera. Enjuto, hiperactivo, hablaba ametrallando palabras, reía cualquier ocurrencia como un niño y en los ojos llevaba la fiebre de los alquimistas. Paz, la enfermera, esta vez con la melena suelta, me ayudó a levantarme y a transportar la percha rodante con el gotero. El ascensor paró cuatro pisos más abajo. El doctor utilizó una tarjeta para franquear la puerta del laboratorio. Tres personas con batas blancas manejaban probetas, tubos de ensayo, ordenadores y otras máquinas con pantallas de plasma y muchas lucecitas. En el centro de la sala había tres incubadoras, en las dos primeras se cultivaba piel para quemados, en la tercera estaban los huesos de mi antebrazo y de mi mano; los cubría una fina capa gelatinosa casi transparente. El Doctor me explicó que, las células madre, en cuyos códigos genéticos habían implantado las proteínas con las órdenes para reconstruir mi antebrazo y mi mano, hacían su trabajo. La enfermera me sonrió y me dio una palmadita en la cintura.

A la semana me dieron el alta. Firmé un contrato de confidencialidad. Sería el primer hombre con su brazo renacido, una cobaya humana que estaría dos meses metido en un circo mediático y con cinco millones de Euros en el bolsillo al finalizar la tourné.

Cada viernes, al salir del despacho, acudía al Ruber para que Paz, la enfermera, me extrajera sangre. Siempre llevaba un botón desabrochado de más en el escote de su bata blanca. El feto de mi mano y antebrazo recibía mi sangre desde un corazón mecánico y la purificaba una bomba de diálisis. Me quedaba horas, a veces toda la noche, admirando cómo se iban tramando los capilares y surgían los tendones diminutos como los filamentos de los peces transparentes.

A los cinco meses a los dedos le nacieron las uñas y empezó a formarse la piel, desapareció el aspecto gelatinoso y transparente, era cómo si se hubiese solidificado. Entonces me dejaron tocarlo, tan suave, tan caliente, palpitaba y, de tanto en tanto, hacía levísimos movimientos reflejos.

Después fue el implante, dos semanas de nuevo en la 303 y los ojos azules de Paz cada vez más cerca. Le siguieron miles de ejercicios para que el cerebro y el recién nacido se reconocieran y se acoplaran como dos amantes. Lo que más me costó fue acostumbrarme a la tersura de la piel, sin las arrugas del tiempo, sin vello y con ese color de albaricoque recién madurado.

Ahora, vuelo a Nueva York con el Doctor Cifuentes para presentar el prodigio de mi extremidad urbi et orbe. No le he dicho -están en juego los cinco millones- que, el dorso de mi mano tiene una zona que late como un corazón desbocado. Eso sí, sólo ocurre, y lo tengo comprobado, cuando aferra la empuñadura de la Suzuki de Paz los miércoles por la tarde, rodando juntos, perdidos por esas carreteras de Dios, quemando gasolina y gastando besos.

J. Carlos