Archivo mensual: febrero 2020

Desbarate y Asma

                                                   

                                                    Desbarate

Me desbarató la niñez y desde entonces mis noches se poblaron con pesadillas. De un día para otro dejó la casa, la ciudad y el país. Era primo de mi madre. En mi casa nunca más se volvió a pronunciar su nombre ni se habló jamás de lo sucedido. Sólo mamá cuando ya estaba muy enferma me tomó la mano y, con la voz quebrada, exclamó: “Perdóname, hija, quién lo iba a sospechar”. Por primera vez lloramos juntas hasta hartarnos.

                                                        Asma

La sala de espera de la consulta del neumólogo está a rebosar, hace un año te recibía a los diez minutos, ahora se te va media mañana. En la pantalla de la televisión colgada en la pared para distraer a los pacientes reponen programas de humor. Están entrevistando a un tal Carlos Manuel, que dice venir de Ganímedes en la constelación de Orión, para hacernos reír a su costa. Afirma que las plantas son seres inteligentes que han desarrollado una tupida red de comunicación química a través de las raíces del subsuelo en la tierra y de las algas en el mar, de forma que se puede comunicar una escarola en Almería con un cactus en Australia. Según su hilarante teoría el reino vegetal quiere exterminar a la especie humana antes de que ésta acabe con la vida en el planeta, todos sus miembros se coordinan para segregar diversas sustancias nocivas que nos vayan matando en silencio. Son sustancias que nos transmiten en su polen, en sus hojas y en sus frutos. De ahí, concluye, las intolerancias alimentarias y las alergias que ya son pandemia.

En el despacho, el doctor, después de analizar las pruebas médicas que le he traído, ha concluido que mi asma ya ha alcanzado el grado de severa. Me ha recetado un broncodilatador de amplio espectro y me recomienda dormir con la máscara de oxígeno. De vuelta a casa me ha caído sobre el hombro una hoja de un plátano de sombra, me la he quitado de encima de un manotazo como si fuera una tarántula venenosa.

         J. Carlos

Matices

Se me ha muerto una neurona y estoy de luto, no por la neurona, qué va. Sé que la microglía, que es como el camión de la basura del cerebro, primero la fagocita, después la traslada en un cortejo fúnebre fuera del cráneo y, por fin, le da sepultura en el sudor o en la orina. Si no fuera por la microglía las neuronas muertas se amontonarían en un muladar tóxico y perderíamos la cabeza. Estoy de luto porque la neurona se ha llevado a la tumba un recuerdo inocente, de niño de pueblo, y me ha hecho peor persona. Según mis recuerdos de hoy, después de morir la neurona, siendo un niño cogí un palo de escoba y, sin más, le doblé la columna vertebral a una gallina por pura maldad. Menos mal que dejé por escrito cómo sucedieron realmente los acontecimientos y eso me redime. En mi diario se describe que un día de verano me encontraba obrando en el corral a la hora de la siesta. Nunca comenzaba la tarea sin un palo de escoba en la mano porque todo el gallinero se venía en derredor en cuanto olían mis gases intestinales o, tal vez, al verme en cuclillas intuían que me disponía a depositar un rico manjar. Si su instinto se guiaba por una u otra razón, doctores tiene la zoología que lo podrán desentrañar, yo no. La cuestión es que esta especie gallinácea es más impaciente que un niño de teta y no esperaban a que terminara mi obra, atacaban con una táctica de guerra de guerrillas picándome el culo por todos los flancos. Era tal su avidez, que dejaban incólume la deposición que yacía en el suelo y con el arma de sus picos horadaban la entrada a mis entrañas para llevarse la comida antes de caer del esfínter. Huelga decir que el gallo, al ver mi palo en ristre, defendía a sus huestes con pasos marciales ante mí con la cabeza levantada, la cresta roja encendida e hinchada y las alas esponjadas. En posición tan vergonzante su pico quedaba a la misma altura de mis ojos. No era la primera vez que el gallo saltaba como un resorte y, encaramándose sobre mi cabeza con los espolones anclados en el pelo, me picoteaba el cogote. Ante tal asedio hube de incorporarme, espantar al gallo y blandir el palo sobre el bullicio gallináceo. Acerté, por puro azar, sobre el lomo de una pollita joven con pluma de un color blanco crudo. Reconozco que me excedí, tengo la excusa de que cuando dibujé el arco en el aire para asestar el golpe, el gallo seguía haciendo estragos en mi cabeza con su pico y me sangraba la frente por dos arañazos que había firmado con sus garras. La gallina se desmoronó y cayó al suelo, pensé que la había matado. Confieso que me dolía más el temor al castigo que, a buen seguro, me infligiría mi madre que la pérdida del animal. La cogí entre mis manos, la puse de pie y, con un breve impulso, echó a andar con la mitad del cuerpo vencido hacia abajo como si llevara un peso muerto en el lado derecho. Cuando mi madre se levantó de la siesta y vio el ave desvalida intuyó enseguida toda la escena y me acusó de desriñonarla. Confesé. No consta en mi diario que hubiera azotaina. Sí figura que el animal vivió muchos años y, como estaba torpe y las gallinas son poco solidarias, cuando les echaba de comer trigo y cebada desparramaba el grano lo más cerca posible de mi víctima y no dejaba acercarse a sus congéneres hasta que se hubiese saciado. También consta que mi madre no preguntó siquiera por la procedencia de los rasguños sanguinolentos que lucía en mi frente. Menos mal que llevo un diario porque a estas edades se te mueren las neuronas y se llevan, diluidos con tu sudor o tu orina, parte de tus recuerdos, luego tu cerebro une los fragmentos como cuando recompones los añicos de un jarrón y, claro, se pierden los matices. Por eso escribo, para no perder los matices.

 J. Carlos

Lectores asesinos y Tanatopráctico

                                               

                                                 Lectores asesinos

Subí un cuento a Facebook en que el asesino era el lector y la víctima el propio escritor. El arma del crimen era un paquete que contenía un ejemplar del Quijote cuyas páginas habían sido rociadas con Ántrax. Cuando recibí el primer paquete me asusté. Lo devolví sin abrir. Encendí el ordenador y eliminé el relato de mi página. Durante la semana siguiente llegaron doce paquetes más, también los devolví. Desde entonces no he recibido ninguno. Pero es tan grato saber que te leen que he decidido volver a publicarlo.

                                                Tanatopráctico

Desde que vio su primer muerto, un tío lejano que murió de pie aplastado por un camión contra el muro de piedra de una finca, no entendió por qué se le exhibía yacente dentro de un ataúd y con los ojos cerrados siendo que, en las plazas y parques había esculturas en bronce de próceres de pie sobre un pedestal o montados a caballo con los ojos abiertos como si vivieran en una burbuja de tiempo congelado. Sólo en los sepulcros en mármol de algunas iglesias se les esculpía tendidos, los párpados bajados y las manos descansando la una sobre la otra a la altura del ombligo. Estudió tanatopraxia y creó una empresa en la que al cadáver se le exhibía de pie sobre una peana, sostenido por detrás con unas varillas de aluminio disimuladas dentro de las perneras de los pantalones y con un aro cerrado sobre su cintura que soportaba su verticalidad. Les abría los párpados y pegaba sus pliegues. También soldaba sus dientes para que el mentón no cayera por efecto de la gravedad y se les abriera la boca. En el duelo los deudos se hacían fotos con el finado para la posteridad. Con los años nuestro tanatopráctico pulió su arte hasta tal punto que consiguió relajar los músculos de los muertos para esbozar una sonrisa, doblar el brazo y ponerles una copa en la mano para brindar con la concurrencia, o exhibirlos asidos a un atril como si estuvieran dictando una lección. Era caro y sólo se lo podían permitir las familias pudientes. Con el tiempo y los avances en la técnica de embalsamamiento se abarataron los costes de tal manera que, ahora cualquier familia se puede permitir el gasto de una parcelita en el camposanto sobre la que plantar a sus difuntos. Sólo algunos prohombres de la ciencia, de las artes y de la política tienen el privilegio de permanecer erguidos en plazas y jardines fuera de los recintos cerrados de los cementerios. El uno de noviembre se permite a las familias que los desplanten y los paseen por calles, montes y playas. Antes de las doce en punto de la noche han de ser devueltos a sus lugares de descanso eterno.

         J. Carlos

Confesionario

Mi colegio había engullido por un costado a la iglesia románica de San Esteban, de hecho, la pared norte quedó de medianera con el refectorio de la comunidad claretiana y a sus sillares de piedra arenisca de Salamanca se disponían los bancos corridos de una de sus alas. A partir de las siete de la tarde se cerraban todas las puertas del colegio de forma que los que cursábamos en régimen de internado quedábamos recluidos. Los miércoles por la tarde Pascual y yo nos íbamos al cine Principal a ver películas calificadas para mayores, bastaba un pequeño soborno para que el portero hiciera la vista gorda. Era sesión doble, si queríamos llegar a tiempo al colegio nos perdíamos la segunda película. Acumulábamos ya dos faltas graves por llegar después del cierre de puertas, a la tercera nos expulsaban. Habíamos intentado escalar a soga el patio desde el exterior, resultaba demasiado alto; lo intentamos por las alcantarillas, eran tan estrechas que no entraban nuestros cuerpos de quince años. Una vez, desesperados porque por dos minutos llegamos fuera de hora, llamamos a los bomberos avisando de que las cocinas estaban ardiendo, con la confusión logramos colarnos. En la misa dominical confesaba el padre Ariño, casi siempre echaba al arrepentido unas broncas monumentales; aquel día al terminar el acto religioso se acercó una feligresa pero no pudo confesarse porque no había nadie en el confesionario. Era muy raro porque no habíamos visto salir al sacerdote. Sólo cabía una explicación, le había dado un telele. Pascual esperó a que la iglesia se vaciara de gente, abatió la puerta y entró en el confesionario. Soltó una palabrota, sacó su cara entre el cortinaje morado y me conminó a que le siguiera. Tras el mueble había una puerta estrecha que abrimos, daba al púlpito del refectorio de la comunidad; bajamos sus seis escalones, alcanzamos el pasillo y salimos al patio. Como las puertas de la iglesia cerraban a las nueve de la noche los siguientes miércoles agotamos sin problemas la sesión doble del cine Principal. Aquella semana proyectaban la Leyenda de la ciudad sin nombre, volvimos imitando la voz rota de Lee Marvin cuando canta Estrella errante. Lo que ocurrió después no es achacable a la mala suerte sino al exceso de confianza. Sabíamos el horario de cena de los curas, pero aquel miércoles estaba el obispo y habían adelantado la colación. Pascual, más atrevido que yo, iba siempre delante y, al abrir la puerta secreta, se encontró con la comunidad entera cenando en silencio bajo la presidencia del obispo. Sin más, tomó un ejemplar de la vida de los santos de un pequeño anaquel y desde el púlpito, con voz grave y serena, leyó fragmentos de la vida de la Santa Teresa de Jesús. Con el cuerpo en una tembladera volví al confesionario allí me estuve quieto hasta que, media hora después cesó la lectura de Pascual y se apagaron las luces del refectorio. Al día siguiente, a la hora del recreo, vimos salir a  sus padres del dormitorio comunal con la cabeza gacha y una maleta con su ropa. Entretanto él permanecía recluido bajo llave en la sala de espera al lado de la portería. No le dejaron despedirse de nadie, ni de mí siquiera.

        J. Carlos

Deconstrucción

El lunes hicimos una marcha pacífica entre Soto del Real y Miraflores de la Sierra. Digo pacífica porque en el mapa no abundaban las curvas de nivel y las pocas que cruzamos tenían una separación razonable (cuando están muy juntas echas el bofe). Fue en la capilla de San Blas, cuya festividad honramos por puro azar, que caí en la cuenta de que, mientras conversamos y se nos van echando encima los paisajes con lentitud, no hacemos más que deconstruir. Quiero decir que compartimos recuerdos, anécdotas, vivencias, conocimientos y los vamos destilando para extraer su esencia, lo mismo que deconstruye la uva el vinatero para hacer el vino o el trigo el panadero para hacer el pan. Es curioso porque durante la marcha tiene lugar un cortejo conversativo que se parece al de los bailes de mi adolescencia. Empezamos marchando en pelotón y charlando en conjunto, al poco nos adelantamos o nos atrasamos con una pareja con la que gastamos palabras e invertimos audiencia; basta una distracción o un breve receso para una foto y en el cortejo has cambiado de pareja y de asunto; también hay momentos que aprietas el paso o te quedas rezagado y, a solas con tu cerebro, demueles ideas contigo mismo. Fue así que, rezagado, contemplando un San Blas de yeso en su capillita de piedra y cristal que alguien moldeó como una destilación de creencias, que caí en la cuenta de que no hacemos más que deconstruir.

El alfabeto es una deconstrucción. Me imagino a los primeros homínidos descomponiendo lo que veían y asignándoles un sonido. Sería fácil representar a las fieras imitando su gruñido, pero ¿qué sonido le asignas a una puesta de sol? Miles de años más tarde alguien esbozó con sus dedos unos trazos inseguros sobre la tierra para representar lo que veían, pero aquello se borraba con el viento y la lluvia. Cuando descubrieron que los pigmentos minerales y el carbón vegetal aplicados sobre una roca permanecían por siempre se produjo un salto cualitativo, aquello quedaba en herencia a los descendientes. En Mesopotamia ya habían descompuesto la realidad que veían en miles de pictogramas que, con una cuña de caña, dibujaban sobre unas tablillas de arcilla humedecida. Era una ciencia aristocrática que sólo conocían los escribas. Resulta curioso que gran parte del legado de estas tablillas nos ha llegado gracias al fuego, al cocerse la arcilla los pictogramas quedaron indelebles como los dibujos de un alfarero en sus obras de cerámica. Los fenicios siguieron deconstruyendo hasta conseguir nombrar todas las cosas, describir todas las acciones y transmitir todos los sentimientos con una treintena de signos que conformaban su alfabeto. Un griego anónimo llevó este conocimiento a su tierra y en Grecia añadieron las vocales que faltaban a los fenicios de forma que, con veinticuatro letras nos explicaron el mundo y nos legaron la filosofía que había parido Tales de Mileto. Hoy, con esos pocos signos enlatados en libros o encriptados en almacenes de datos electrónicos llamados nubes, puedes acceder al pensamiento, tribulaciones, conocimientos y creación de millones de personas vivas y muertas.

Las siete notas musicales son una deconstrucción para transmitir los sonidos armónicos que por su melodía, ritmos y silencios nos suscitan emociones y constituyen una experiencia estética que llamamos música (el arte de las musas).

La medida de todas las cosas la expresamos con diez números. Por eso la riqueza y la pobreza se significan en cifras como el calor o el frío. También necesitas los dígitos para saber la horma de tu zapato o la longitud del cáncer para conocer su gravedad.

El átomo se deconstruyó con el alfabeto matemático y nos hicieron creer que era como un sistema planetario en pequeño, hasta llegamos a soñar que en un microgramo de materia tal vez se escondía un universo chiquitín con sus billones de galaxias y miles de billones de estrellas. Después en Hirosima y Nagasaki descubrimos que había otra forma de deconstruir la materia y de borrar a la especie de un plumazo.

En Suiza hay un túnel circular de veintisiete km para acelerar las partículas, hacerlas colisionar y dividirlas para buscar el ladrillo elemental de que están compuestas. Por ahora han llegado a la conclusión de que el lenguaje de la materia se expresa con sólo dos elementos: los leptones y los quarks. Digo por ahora porque la ciencia es sólida pero avanza con el ensayo de prueba y error, la fe es gaseosa y estanca.

Hemos avanzado tanto en esto de la deconstrucción que todo los transmisible lo hemos reducido a un lenguaje binario (sí/no, cero/uno). Voz, imagen, cifras, datos, enfermedades, correos, conversaciones, chats, recorridos… todo está reducido a impulsos eléctricos en granjas de datos. La vida de cada uno también está allí deconstruida y canibalizada,

      J. Carlos

 

Gregarios

Da gusto vivir en Occidente porque es un territorio estéril donde la salud de la ética sólo es atacada por gérmenes poco virulentos. Es un territorio limpio de patógenos como un quirófano. Los principios activos del germicida son una porción de cultura milenaria -griega, romana, cristiana-, otra porción de educación universal en valores y un buen puñado de ciencia; se remueve todo, hasta que maride bien, espolvoreando una pizca de leyes con su represión penal y, añadiendo un chorrito del ingrediente mágico: el bienestar material. Si a este desinfectante le antepones la vacuna de dos guerras mundiales entiendes por qué en Occidente ignoramos nuestro lado oscuro. Dice Philippe Claudel, en El archipiélago del perro, que todos tenemos un lado oscuro que, “A menudo lo revelan las circunstancias: guerras, hambrunas, catástrofes, revoluciones, genocidios.” Es verdad. Cuando la vida se porta bien con nosotros y no nos pone en situaciones comprometidas es fácil ser devoto de la ética (algunos ni con esas), pero basta que la vida se encabrone y nos ponga a prueba para que traicionemos nuestros principios.

Que los hados me libren de estar en la piel de los alemanes que veían cómo cosificaban a sus vecinos judíos colocándoles una estrella amarilla, después les echaban de casa, saqueaban sus haciendas y los llevaban como rebaños en vagones cerrados a los campos de exterminio para gasearlos. O de los judíos de hoy que echan de sus casas a los palestinos, los amurallan, los asfixian económicamente y, de vez en cuando, los masacran. Tampoco quiero estar en un avión aterrizado en llamas porque tal vez me descubriría abriéndome paso a codazos, pisoteando a niños y ancianos. Ni en una playa donde las olas rompan contra el cadáver negro de un emigrante; llamaría a las asistencias, sí, me condolería, sí, pero volvería a mi tumbona a tomar el sol y me daría un chapuzón en esas mismas aguas con la conciencia tan limpia y tranquila como cuando le respondo al fontanero que sin IVA.

De las circunstancias que cita Claudel sólo algunas catástrofes quedan fuera del hacer humano, todas las demás son causadas por el hombre y su espíritu gregario. Si no queremos conocer nuestro lado oscuro tenemos que imponer un cordón sanitario al gregarismo. La fe es ciega y no mueve montañas, apacienta corderos y enfrenta rebaños contra rebaños. La fe en Adolf Hitler costó cuarenta y dos millones de muertos. La fe en Iósef Stalin acabó con la vida de cincuenta y dos millones de seres humanos. La fe en Mao Tsé Tung enterró a setenta y dos millones de chinos…

No quiero ser como los tíos conservadores de Eduardo Torres Dulce a quienes les pilló el golpe de Estado de Franco en zona republicana y, para salvar la vida, se alistaron en el Quinto Regimiento de Enrique Líster, como muchos otros de éste y del otro bando. Hasta aquí la anécdota, una mera curiosidad que queda estampada como la imagen en un fotograma o disecada como una mariposa sujeta con un alfiler en una caja entomológica. Lo triste es que la historia no se congela, y, cuando los fotogramas de la vida siguen rodando, ves a esos hombres empuñando las armas contra sus propios correligionarios y familiares porque están en el bando equivocado pero tienen que salvar la vida.

No, no quiero conocer mi lado oscuro. Por eso abomino de los gregarismos. La fe del gregario se basa en la negación de todo lo demás y, específicamente, en traicionar todo aquello que nos hace humanos. Sus profetas son fanáticos como los gatos y los perros, como las abejas y las ratas que todo lo fían al instinto. Ningún perro descubrió la electricidad o el electrón, ni ningún fanático. Ningún gato llegó a la luna o envió sondas a Marte, ni ningún fanático. Ninguna abeja descubrió la penicilina o las ondas electromagnéticas, ni ningún fanático. Ninguna hormiga halló el bosón de Higgs o una onda gravitacional, ni ningún fanático. Los fanáticos y los conversos sí saben cómo pastorear a las masas y torearlas con los trapos de las banderas, saben conducirlas con los perros del odio hasta el aprisco de su ideología y llevarlas al matadero.

Es ver a Trump, Putin, Johnson, Junqueras, Abascal… y me entra la tembladera. Y es que se les nota en la voz, en los gestos y en la mirada un apetito desenfrenado de conocer nuestro lado oscuro.

 J. Carlos