Archivo mensual: febrero 2015

Putrefacción y otras metáforas

Bones

Ayer nos enterábamos de que el cerebro humano es una herramienta hecha de piezas reciclables. En un artículo de la revista Trends in Cognitive Sciences, investigadores de Dartmouth Colleg nos explican que, los circuitos que utilizábamos cien mil años antes para procesar caras y objetos, los estamos reciclando en el último siglo para ejercitar la actividad lectora. Seguramente, cada uno de nosotros hemos tenido alguna experiencia que pone de relieve la plasticidad de nuestro cerebro y de su capacidad de reciclaje. Por si te sirve de ejemplo, te relataré algo que me viene sucediendo y que no sé si he de achacar a este llamemos “reciclaje cerebral”.

Como modesto aficionado a las series forenses que pasan y reponen sin tregua en la televisión, he aprendido, casi sin querer, todas y cada una de las fases por las que transita un cuerpo muerto. No me preguntes cuáles de mis neuronas se han reciclado ni a qué se dedicaban antes, el caso es que me he caído del caballo como San Pablo y he visto la luz: La descomposición de nuestra economía sigue el mismo proceso químico y pasa por las mismas fases que cualquier cadáver humano. A saber:

El corazón de la economía se infartó, allá por el 2007, y ésta resultó cadáver. La banca dejó de bombear sangre, lo que produjo acumulaciones en las partes bajas del cuerpo económico al quedar a merced de la fuerza de la gravedad. La decoloración azulina, observable a simple vista, ponía de manifiesto la destrucción masiva de puestos de trabajo. Entre los seis meses y dos años después de la muerte, los músculos financieros se quedaron rígidos y fueron incapaces de contraerse, el crédito se secó y muchas empresas tuvieron que echar el cierre, lo que indujo un nuevo tsunami que arrastró a tres millones y medio de personas al desempleo. En 2010 y 2011 se desencadena una lucha por el oxígeno que todavía queda en el cuerpo, los organismos aeróbicos, representados por el fisco, intentan atrapar el preciado gas con subidas de hasta cincuenta y dos tasas e impuestos. Agotado el oxígeno y con casi seis millones de parados, en los años 2012 a 2014 entran en acción los organismos anaeróbicos –la troika, los bancos extranjeros con deuda española hasta las cejas, el propio sistema financiero español y los oligopolios caníbales-. Estos organismos bacterianos que parten del tracto intestinal y del sistema respiratorio, comienzan a transformar la deuda privada en deuda pública, con fuerte profusión de gases tóxicos que ahogan al ciudadano. Ahora, justo ahora, en 2015, ya tenemos el cuerpo putrefacto y exhalando aromas de metano, amoniaco y ácido sulfúrico para que desde fuera acudan las moscas azules y las moscardas de la carne -los Fondos buitres, los Soros, los Gate y otros carroñeros- con el fin de que de nuestra economía sólo queden los huesos mondos y lirondos.

Hay otra serie que se llama Bones (Huesos), la seguiré con atención a ver si del estudio de los huesos se puede deducir quién fue el asesino.

También ayer, los yihadistas del EI perpetraron en Nínive otro crimen bestial, destrozaron a martillazos piezas arqueológicas pertenecientes a las civilizaciones asiria y sumeria del Museo de Mosul. Su fanatismo narcisista, supongo, les lleva a concluir que antes de ellos nada ni nadie mereció la pena, sin duda, su cerebro no sólo no se recicla, es que no han aprendido a utilizar otra parte que no sea la reptiliana, si se comportaran como monos nunca destrozarían las estatuas, como mucho se mearían en ellas. A lo que voy, que viendo las imágenes, a este cerebro mío de plastilina no se le ocurre otra cosa que, asociar los añicos de esas esculturas milenarias, con los destrozos de la investigación, la cultura, la enseñanza, la educación, la sanidad… que está perpetrando este gobierno. Querrás creer que me he imaginado a Rajoy con una maza en las manos y su inseparable puro en la boca, haciendo trizas matraces, destrozando camas de hospital, dejando aulas reducidas a escombros…

 J. Carlos

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Escuelas de negocio

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Las escuelas de negocio no han salido de la prehistoria; su filosofía, pedagogía y praxis de enseñanza se basa en la depredación. Enseñan a cazar clientes y otras empresas aprovechándose de su debilidad y para ello, configuran sus másteres como un juego que se practica en la selva económica, igual que una leona con sus crías. En sus programas de estudios están todas las materias para hacer del estudiante un buen depredador económico: Aprenden a reconocer y aprovecharse de los distintos árboles legislativos y a saltar por entre las enmarañadas lianas impositivas; adquieren destrezas para zafarse de las serpientes venenosas de la competencia y de las arañas sindicales y de las ratas de las asociaciones de consumidores; cursan asignaturas en las que se considera al trabajador un mero recurso prescindible que, además de ser caro, enferma, se embaraza y, lo que es peor, piensa; estudian los distintos métodos de adquirir músculo financiero con dietas basadas en resultados, dinero de los accionistas o créditos bancarios; se instruyen en las debilidades de las presas -los clientes y los competidores-; y, sobre todo, reciben conocimientos de cómo influir en la aprobación de las leyes de la selva, a través de lobbies y grupos de presión.

Para acomodar sus estudios a la nueva sociedad tendrán que hacer tantos cambios que no las conocerá ni la madre que las parió. Entretanto y, humildemente, me permito sugerirles que incorporen en sus claustros a científicos. No a premios Nobel, no; basta con profesores de Instituto de Ciencias Naturales. Sólo para que expliquen a sus alumnos que los cuerpos vivos tienen órganos, fluidos y otros seres vivos que cohabitan con ellos en simbiosis, tan ricamente, formando una suerte de mancomunidad solidaria en que el malfuncionamiento de uno solo de estos tres elementos produce la muerte del sujeto. Que les recuerden a los estudiantes de negocios que, si se desgarran nuestras tripas o si matamos a los millones de bacterias que viven en ellas, nos morimos. Luego será más fácil hacerles comprender que una empresa es como un ser vivo con sus órganos (accionistas, trabajadores, directivos, clientes, proveedores…) y sus fluidos (el dinero, el talento y los productos o servicios). Entonces, tal vez, comprendan que si alguno de estos órganos enferma o si un fluido, como la sangre o la savia en un ser vivo, no llega proporcionalmente a cada órgano, la empresa se muere. Incluso, ese profesor de Instituto podría argumentarles que, una empresa es un órgano más en el entramado social que vive por y se aprovecha de: los millones de consumidores, con salarios que le permiten vivir dignamente y consumir; los cientos de proveedores que le suministra esa misma sociedad; de sus infraestructuras viarias, portuarias y aeroportuarias; de sus Instituciones que regulan, coordinan e imparten justicia; de sus transportes; de la formación y del talento que ha sufragado esa sociedad; de la sanidad que cura y previene las enfermedades de sus trabajadores, clientes y proveedores; hasta de su cultura milenaria. En suma, del trabajo de millones de personas que, día a día, hacen que todo funcione para que el producto o servicio de la empresa se elabore, distribuya, llegue y aporte valor al que lo adquirió. Y si todavía no lo entienden, ese profesor de Instituto les preguntaría: Sin el esfuerzo y el empeño de quiénes hicieron las catedrales, la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, el acueducto de Segovia, la Giralda de Sevilla, la muralla de Ávila… ¿qué sería del sector turístico en España?

Esos profesores de Ciencias Naturales mostrarían a los alumnos, imágenes grabadas de cómo colapsa un órgano vivo cuando no le llega el fluido sanguíneo o cuando está mal repartido y, cómo, seguidamente van colapsando el resto de órganos hasta la muerte del sujeto. De igual manera colapsa el órgano trabajador en la sociedad cuando el salario es precario o, cuando al desempleo se le suma la carencia de subsidio. ¡Ojo! –les advertiría- que el cuerpo social, si no se pone remedio, se nos puede quedar más tieso que la mojama. Sabiendo que, si el corazón no distribuye adecuadamente el flujo sanguíneo, algún órgano se queda sin riego y se produce la isquemia por falta de oxígeno, los alumnos concluirían que, en el corpus economicus la competencia desleal no consiste sólo en ejercer el monopolio, hacer dumping  o vender bajo coste; también y, sobre todo, es competencia desleal no devolver a la sociedad, vía impuestos y salarios, lo que los distintos órganos sociales le están proveyendo. Por tanto, las empresas que se embozan tras la economía sumergida, como aquellas que eluden el pago de impuestos con subterfugios de ingeniería fiscal, practican la competencia desleal. Y no sólo es cuestión de ética, es que se aprovechan de todos los recursos que la sociedad les pone a su disposición sin pagar un euro por ello. Vamos, que están utilizando nuestra casa social, nuestros coche social, nuestros trajes, nuestros zapatos, nuestra comida, nuestro talento…, gratis total. Son los nuevos dráculas sociales, chupan nuestra sangre y, sobre todo, la sangre de millones de trabajadores y de miles de pequeñas empresas que se van al garete porque con lo que saquean a la sociedad venden más barato.

A las escuelas de negocio, con todo mi cariño, les dejo una lección natural y un corolario.

Lección: Cuando un virus o una bacteria depredan, matan al sujeto del que vivían y mueren ambos. Si un virus o una bacteria consiguen vivir en simbiosis con otro sujeto, viven ambos.

Corolario: el capitalismo depredador mata y se suicida, el capitalismo simbiótico permanece.

 J. Carlos

Un puñado de añicos

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Cuando le dije que me iba de casa no le salió ni una palabra de la boca. El hámster se balanceaba en la noria, que chirriaba ligeramente. Se quedó mirando a un punto indefinido de la jaula al través de dos lagrimones. No paró de llorar en silencio. Los monigotes de la tele parlotearon de política y de no sé qué incendio con muertos y de guerras. Siguió ahí quieta, ahogando los hipidos, las mejillas líquidas y rojas. Tragué saliva varias veces. Hubo un momento en que sólo se oyeron las subidas y bajadas de mi nuez. Las tortillas de patata que habré comido en esa cocina, siempre guisó de vicio la condenada. Lo añado al debe, eso también lo perderé. Viajes, esfuerzos, caminos paralelos, una procesión de quince años, La niña, la boda, el piso nuevo, los muebles que todavía olían a barniz, los besos…

Estuvo como diez minutos llorando en silencio, se me hizo largo, muy largo. Me quedé callado, sin mover un músculo como un pasmarote. Después gritó, chilló y la emprendió a puñetazos conmigo. Me cubrí el pecho y el rostro, por instinto. Habría sido tan fácil inmovilizarle los brazos. La dejé hacer. Sus senos se bamboleaban rotundos. En ese momento caí en la cuenta de que perdería su cuerpo de carnes prietas y ese ímpetu de fiera en la cama. Los compañeros de trabajo compararán a las hembras, escogerán a la más joven. Las compañeras me odiarán, por solidaridad. Los gritos seguían en la escalera después de echarme de casa y de tirarme a dar con palabras gruesas. Los peldaños quedaron sembrados con un rebujo de epítetos que, a buen seguro, germinaron en las orejas de las vecinas apostadas tras las puertas.

Ahora estoy en el parque de las Tetas. Escombreras que arrancaron de ese Madrid de ahí abajo hoy plantado de ladrillos y chimeneas; algún edil mandó tapar los montones de tierra y de basura con hierba y le sembraron esa piel verde. Habrá huesos de perro enterrados dentro y de hombre también, seguramente. ¿Cuántas parejas, aprovechando la noche, habrán hecho el amor en esas laderas picudas, sobre el colchón de hierba? Será incómodo, resbalarán y la ropa quedará impregnada de verdín. Desde aquí se ve la maraña de calles y los edificios como colmenas, quedan a la altura de tus zapatos, te imaginas que puedes darle un puntapié y llevarte por delante media ciudad. Dos viejos sentados en el banco de hierro miran al suelo, ni se hablan siquiera. A veces nosotros también estuvimos así, sentados, sin hablar siquiera, por algún malentendido, o por orgullo, o por nada. La niña estará en el colegio, sin advertir que la vida ya no será mañana igual que ayer. ¿Cómo se le dice a la niña que te vas, que te has enamorado de otra, que le cambias el mundo porque tienes una vida por vivir, que será más pobre y que no me tendrá cada noche para inventarle cuentos? Allá, al fondo, el sol de invierno se esconde entre las nubes, tras una estela de sangre, parece una herida abierta en el cielo. Estamos en marzo, el viento frío arranca hojas de periódicos y levanta el polvo en pequeñas tolvaneras y las dispara con furia contra las piernas y los rostros. Quisiera no pensar, pero el cerebro me bulle como una cacerola hirviendo. Me subo la solapa del abrigo para cubrirme el cuello, está como acartonado por fuera y, por dentro, la garganta está seca. Trago saliva, hay una nube de angustia que la atasca. ¿Remordimientos? Pienso en los curas del colegio que me hacían creer un malvado pecador cuando, arrepentido, les contaba cada domingo ante el confesionario, padre he vuelto a tocarme. Así me siento ahora, como un malvado pecador. Pero ya está dicho y hecho, no puedo volverme atrás y menos por compasión. Habrá que decírselo a papá, volverá a mirarme como a un fracasado igual que cuando le dije que dejaba la carrera. Si viviera mamá me gritaría, adúltero que eres un adúltero, lo que Dios une que no lo separe el hombre. Después se santiguaría y le daría una de aquellas llantinas, secas, pero con mucho moco, mucho pañuelo y mucho teatro. Luego remataría con un, hijo, ya te lo decía yo, que esa no te conviene, es de las modositas que esconden una lagarta por dentro y tú eres tan inocente.

Habíamos terminado de comer, estábamos todavía sentados a la mesa. Estuvo toda la comida abstraído, algún problema de trabajo, pensé.  Dábamos los primeros sorbos a las tazas de café. Me miró, nunca había visto esos ojos tan tristes ni los había bajado dos veces seguidas antes de fijarlos definitivamente en los míos. Dijo que tenía algo importante que decirme, le costaba sacar las palabras de la boca. Luego, de corrido soltó los tres trallazos: Me voy de casa. Hay otra persona. Lo siento, de verdad que lo siento. El hámster giraba y giraba, como si con su noria me sacara el agua de las entrañas. El vacío empezó en la garganta, se fue expandiendo por el pecho y entró por la boca del estómago. Hizo una pausa y siguió hablando, le veía mover los labios, pero su voz se mezclaba con las voces de la tele y con el chirrido de la noria y dejé de procesar las palabras. El latido de mis sienes mitigó el resto de sonidos, parecía que el corazón se hubiera subido a la cabeza. Cerré los párpados para evitar las lágrimas, creo que fue peor porque a partir de ahí se desbordaron. Me tapé con las palmas de las manos, no por pudor, no, es que no quería que viera mi cara descompuesta, ni el rímel zigzagueando por mis mejillas en regueros azules. No sé cuánto tiempo pasó, cuando abrí los párpados tenía la mano derecha extendida ofreciéndome el pañuelo. Al cogerlo me rozó con sus dedos y los retiré como si me hubiera dado un calambrazo. El pañuelo tenía sus iniciales bordadas. Me gustaba bordar su nombre en sus camisas y en sus pañuelos: PA. Me sequé las mejillas y cogí la punta del pañuelo con el dedo índice para limpiarme las comisuras de los ojos. Con una cierta serenidad le pregunté cuándo se iba, si tenía dónde ir, que cómo íbamos a arreglar las cosas, que cómo se lo diríamos a la niña, y no sé cuántas cosas más. Me fui acelerando al hablar, estaba nerviosa porque con los hipidos se me habían escapado unas gotas de orina. Contestó despacio, me iré mañana, quería hablar esta noche con la niña. Con los labios se le movía el hoyuelo que tiene en la mitad del mentón. La primera vez que nos besamos, deslicé la punta de la lengua en ese hoyuelo después de dejarle que sus labios se mezclaran con los míos. Él siguió hablando, por supuesto la casa es para ti, en cuanto a la niña, bueno, confío en que podamos compartir su custodia, seguirá en el mismo colegio… Una vez me preguntó qué me había enamorado de él, le dije que su sonrisa, mejor dicho, maticé, los movimientos de ese hoyuelo tuyo cuando te ríes, y tu voz, claro. Su hoyuelo tenía vida propia, no dejé de mirarlo y me distraje recordando aquel primer beso, entonces me vino a la nariz una oleada de aquella fragancia suya, y sentí otra vez sus manos acariciando mi pelo, su lengua torpe buscando mi boca y volví a temblar toda. Los ojos se me desaguaron de nuevo. Apreté con el índice y el pulgar los lagrimales. Me soné,  tragué saliva, esbocé una mueca de sonrisa y le pedí perdón. Se puso en pie, vino hacia mí y trató de abrazarme. Cuando me tocó me sentí compadecida. Y eso sí que no. Me incorporé como un resorte y me desasí. Con rabia, cerré los puños y, al tiempo que le golpeaba, salieron las palabras de mi boca como una vomitona.

Siempre hablo en un tono muy bajo, despacio, sin estridencias. De novios me llamaba todas las noches por teléfono, decía que tenía la voz serena y sensual. Ya casados, si tenía algún viaje de trabajo, llamaba antes de acostarse, no me duermo si no escucho tu voz, es como un sedante para mí, decía. Creo que es la primera vez que me han traicionado los nervios en toda mi vida. Sí, chillé, con un tono agudo de falsete, con todos los músculos del cuello en tensión, como una mala actriz. La adrenalina disparaba mis puños, soltaba mi lengua y llenaba el vacío de mi pecho. Grité toda la retahíla de tópicos: que se veía venir, que soy idiota, que si  te pusiste a régimen para la otra. Mientras gritaba le cosía a puñetazos por el salón, retrocedió sin defenderse hasta el pasillo, caminando hacia atrás, sin darme la espalda, con los brazos levantados como un boxeador. Y cuando vi en el cajón de tu mesilla calzoncillos negros de Calvin Klein, te excusaste diciendo que yo siempre te compraba tallas grandes, le espeté.  Se terminó el pasillo y lo acorralé contra la puerta de entrada. Él, entre golpe y golpe, me hacía ademán con la mano para que bajara el tono de voz. A mí no me importaba que el vecindario me oyera. ¿Quieres largarte?, pues lárgate, eres un puñetero egoísta. Nos dejas, como dejaste a la cría de Foxterrier que me traje a casa, no duró ni quince días, lo que tardó en comerte la billetera  y, lo que es peor, tuve que mentir a la niña para encubrirte diciéndole que habían aparecido los dueños. Me dolían los puños y me estaba quedando sin fuerzas, tal vez por eso, se me ocurrió abrir la puerta. La cruzó sumiso. No era yo, era una furia. Quería que se diese la vuelta y entrase en casa, pero empezó a bajar. Me envalentoné y le empujé escaleras abajo, trastabilló sin llegar a caerse. Todavía seguí chillando. Le eché en cara su reciente coquetería, ahora se entiende que todas las noches me pidas las pinzas para arrancarte las canas, y que tenga que plancharte las camisas porque no te gusta cómo te marca los puños la asistenta. Él bajaba despacio, peldaño a peldaño, con la cabeza gacha, como si el cuerpo fuera de plomo, sin mirar atrás.

Cerré de un portazo y me he quedado echa un ovillo, entre la pared y la puerta. He de salir a buscarle para decirle que esa no era yo. Me duelen más las palabras que han salido de mi boca que el hecho de me haya dejado. No puede quedarse con esa imagen mía. Me da igual lo que piensen de mí los vecinos, pero él ha de saber que fue un arrebato, yo no soy así. Tengo que decirle que lo entiendo, que es su vida, que, tal vez, es culpa mía porque el trabajo me absorbe, me he descuidado y he puesto unos kilos. Llego tan agotada que ya no se lo pido, como antes, he dejado que se convierta en una rutina los viernes por la noche. No hemos vuelto a romper la mesa de la cocina, ni siquiera a manchar el tresillo, ni hacerlo contra esta pared en la que estoy recostada. El que primero llegaba a casa se quedaba apostado detrás de la puerta, y cuando el otro abría nos atacábamos como adolescentes y yacíamos en este mismo hall. Quisiera rebobinar y borrar los últimos diez minutos, es la segunda vez en la vida que quiero rebobinar. La primera fue cuando mi padre me soltó un tortazo por llegar tarde a casa y le pegué una patada en la espinilla; no volvió a ponerme la mano encima jamás, pero tampoco volvió a hacerme una caricia. Mañana tengo la presentación anual de los objetivos y no puedo faltar. Llevaré el traje de chaqueta verde, me pondré la camisa blanca con tres botones abiertos y subiré la falda para que no me miren a la cara. A saber qué facha tendré. Más de la mitad de la presentación se la curró él, es muy bueno con el Power Point, y es mañoso con los arreglos de la casa, y tiene mano en la cocina, y es un cielo con la niña, y me quedo embobada escuchándole.   Mis amigas lo idolatran. Tendré que decírselo también a ellas. Y a mis padres, que me dirán que me obcequé en el trabajo y no valoré lo que tenía en casa hasta que lo he perdido. Dios, cómo se cuenta que te han dejado sin resultar patética. Y perderé sus amistades, a Juanma que desborda ingenio, a Luis que sabe tanto de cine, a Ricardo y a Rita que nos enseñaron a bailar el tango y nos llevaron a Argentina el último verano. Es martes, la niña estará en clase de música, tan ajena a todo esto. Volverá en dos horas con el estuche del violín a la espalda. Es muy madura, pero no sé si lo entenderá. ¿Cómo se lo decimos? Dónde venden un libro que te instruya cómo explicárselo a una niña de trece años. Lo tenemos que hacer juntos y hemos de ensayarlo antes. Sonreiremos, le quitaremos importancia, le diremos que casi nada va a cambiar para ella.

Me levanto, salgo corriendo hacia el teléfono, marco su móvil. Por favor, que lo coja, tengo que decirle que borre los últimos diez minutos de nuestro matrimonio, que yo no soy esa. Y que venga, por dios, que vuelva a casa, que tenemos que hablar juntos con la niña. Para su edad, es muy inteligente, lo va a entender, además, somos gente razonable y educada, nos llevaremos como viejos amigos. Marco el número de su móvil. Suena la melodía de Penélope de Serrat, la sigo con el oído, viene del dormitorio. Sobre la cómoda está su teléfono, la pantalla ilumina mi foto. Me la tiró en Le Pic du Midi con los pirineos franceses al fondo, justo en el momento en que el sol se zafó de una nube e inundó mi cara. La canción me eriza la piel. Recuerdo que fuimos a un karaoke toda la pandilla, el salió a cantar, tiene una voz de tenor lírico, escogió la canción con mi nombre, Penélope. Antes de terminar la pieza, se bajó del escenario y se acuclilló para cantarme al oído. Al final, sacó una cajita de terciopelo rojo, la abrió y me dijo, si te pones este anillo estarás unida a mí para siempre. Piénsatelo. Acaricio la alianza, otra vez tengo que ahogar una lágrima. El teléfono se ha callado, cuelgo y vuelvo a marcar. Desconocía que tenía ligado mi número a esa canción. Tampoco sabía que había puesto esa foto mía de estas últimas Navidades. Fuimos los tres solos a La Mongie, a esquiar, la niña decía que tenía frío y se metía con nosotros en la cama. Una de esas noches me dio un vahído, no había bebido en la cena, pensé que era de felicidad. Me he recostado sobre la cama, encima de la colcha, me he puesto su teléfono encima y le llamo una y otra vez, suena Penélope y vibra su móvil en mi pecho. Volverá, seguro, tiene que recoger el teléfono. Esta noche le pediré a la niña que duerma conmigo porque tendré frío.

 J. Carlos

El grano y la paja

Rato champán

Separar el grano de la paja era una tarea tediosa que duraba todo el verano. Cuando las espigas se habían deshidratado por el calor, acudían las cuadrillas con sus hoces, agachaban el lomo desde la salida del sol hasta el ocaso. Cogían con la mano izquierda un puñado de espigas y con la derecha le pegaban un corte seco de hoz, luego las depositaban, a puñados, en montones formando gavillas. Por la noche, para que no se desgranaran con el calor del día, se acarreaban hasta la era, donde se hacía la trilla hasta que la paja quedaba cortada y los granos sueltos, momento que el labrador decidía, al final de la tarde, cogiendo un puñado y soplando sobre el mismo. Luego se arrastraba la trilla y se aparvaba en forma de prisma. Limpiar no era fácil, debía correr el aire, se tomaba un bieldo, se hendía en el montón aparvado y se echaba al viento; la gravedad hacía que el grano cayera en la vertical y la paja saliera aventada unos metros más allá; todavía quedaba el proceso de cribado porque junto al trigo, por su peso,  caían también las granzas. La prodigiosa mente humana ha ideado una máquina, la cosechadora, que a la velocidad de seis a ocho kilómetros por hora, siega, trilla y limpia; el grano fluye hacia un bombo y la paja sale por detrás, empaquetada y todo. La maneja un solo hombre, en un asiento ergonómico, dentro de una cabina con aire acondicionado, escuchando música. Hace un siglo, seguramente, ese trabajo requiriera la concurrencia de trescientas o cuatrocientas personas.

Desafortunadamente las cuestiones empresariales, políticas y sociales son cada vez más complejas, y separar el grano de la paja no es tarea fácil, ni contamos con una máquina tan sofisticada como la cosechadora para que en un santiamén nos haga todo el proceso. Sí, tenemos los medios de comunicación, las redes sociales, internet y las bases de datos, más o menos accesibles y más o menos transparentes. Pero, como dejó escrito Quevedo, poderoso caballero es Don Dinero, y los intereses son, a la postre, los que deciden qué cuchillas, qué molturadores, qué cribos y qué ventiladores hay que utilizar en cada momento, en qué medida, e incluso, en qué dirección ha de soplar el viento. Así que nunca se sabe si una información es publicidad encubierta, si un exceso de información (paja) está escondiendo la verdad (el trigo), o si una postura ideológica es sólo postureo. Por si te sirve de algo, yo utilizo el método de la novela negra, como si quien perpetra la información perpetrara un crimen, y me pregunto: ¿quid prodest? (¿a quién beneficia?). No tiene, ni de lejos, la eficacia de una máquina cosechadora separando el grano de la paja, pero siempre te desvela alguna pista.

Ayer nos enterábamos de que Rato había hecho un curso de voluntariado para aprender a servir el caldo a excluidos sociales en comedores de caridad. ¡Óle y olé!  El mismo Rato que llevó a cabo el timo del tocomocho de las acciones de Bankia a pequeños ahorradores y pensionistas. El mismo Rodrigo que pagaba copas a tutiplén y compraba artículos religiosos con su tarjeta black. El ex presidente del FMI que recibió 6,2 millones Lazard, la mima empresa con la que firmó durante su presidencia dos contratos con Bankia por valor de 13,6 milloncejos de nada. ¿Quid prodest? Seguramente, ese postureo, tranquilizará las conciencias de su grey, la católica. A nadie se le escapa que su confesor le ha perdonado los pecados sociales cometidos y en penitencia le habrá impuesto, además de rezar unos cuantos padrenuestros y de dedicar una cantidad en forma de óbolo para las arcas de su Iglesia, la exigencia de servir a los pobres de solemnidad. Está de enhorabuena, en la Edad Media le hubieran colgado el sambenito y puesto el capirote. Lo que no le habrá impuesto el confesor para el perdón de los pecados es que devuelva todo el dinero a quienes expolió, ya se sabe, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Con la justicia divina quedará cumplido, y en cuanto salgan sus fotos y videos con un mandil blanco, caceando sopa en el plato de un mendigo con barba de siete días, la mitad de la población se dará golpes de pecho, soltará una lagrimita y será perdonado. Amén. Espero que la justicia poética le ponga en el trance de servirle los garbanzos a uno de sus despedidos, a uno de sus desahuciados, o a unos de sus accionistas timados y que le pongan la oreja a caldo. Yo soy unos de los ciudadanos timados (con los 22.000 millones que salieron de nuestros bolsillos más otros 3.000 que habrá que poner más pronto que tarde), y sólo le perdonaré cuando devuelva hasta el último céntimo y pase una temporada con pijama de rayas en el hotelito que, con gusto, le pagaremos los españoles. Es la única forma que tiene la sociedad civil y democrática de que palie, al menos en una pequeña parte, el daño y sufrimientos causados. Se llama justicia.

Las coincidencias nunca vienen solas, también ayer el Sr. Cañizares, a la sazón arzobispo de Valencia, ha propuesto dar a los pobres el 10% de los presupuestos de la diócesis, compartir viviendas para las madres solteras y víctimas de malos tratos e, incluso, se propone vender parte del patrimonio de la Iglesia. Bienvenida la idea y que cunda el ejemplo. Pero, estimado Señor, el que suscribe, un simple ciudadano, entre IRPF, IVA, IBIs, tasas de basura, cuotas de S.S. y otros impuestos, aporta a la Hacienda común más del 55% de lo que gana. ¿No cree su Eminencia que si la Iglesia aportara con sus impuestos lo que venimos aportando los ciudadanos –los que no gozamos de privilegios fiscales, como la institución que usted dirige- no habría necesidad de que los purpurados, como vos, tuvieran que adoptar resoluciones tan drásticas y que quedan tan rebonitas y chachis ante sus feligreses? ¿Por qué Sr. Cañizares no empieza por renunciar a que su sueldo y el de sus sacerdotes se lo paguemos todos los españoles a escote? ¿No sería más justo, caritativo y misericordioso que se lo pagaran sus creyentes de su bolsillo? Piense vuesa merced la cantidad de pobres que no necesitarían acudir a la caridad cristiana, estarían asistidos por la justicia social que han de practicar las instituciones del estado y que proviene de la solidaridad de todos los ciudadanos, con independencia de sus íntimas creencias.

Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho. –Dijo Don Quijote.

J. Carlos