Archivo mensual: mayo 2011

La confirmación

LA CONFIRMACIÓN

Esa tarde, en la escuela, el maestro nos contaba que el ejército del pueblo escogido hizo sonar sus trompetas frente a las murallas de Jericó,  y aquellas se desmoronaron como si hubiesen sido sacudidas por un gran terremoto. En mi imaginación veía a los soldados de Jericó cayendo desde las troneras envueltos en una nube de polvo y aplastados por las piedras. Desde luego esas historias que Don Ladis nos relataba con un elenco de gestos y aspavientos, eran preferibles a repetir a coro los afluentes del Duero o que te sacara a la palestra y te preguntara las virtudes teologales. Después nos indicó que nos pusiéramos todos en pie y comenzamos el último ensayo. Abilio recitó un poema de amor al niño Jesús, que por fin ya se había aprendido de memoria, cuando terminó se acercó al maestro, que hacía de obispo, y le besó el anillo. Era la señal para que todos, a la vez, empezáramos a entonar: “El trece de mayo, la Virgen María bajó de los cielos a Cova de Iría Ave, ave, ave, María…” Tuvimos que repetirla tres veces hasta que quedó a satisfacción de Don Ladis. Antes de abandonar la escuela nos hizo pasar por su mesa y nos dio, a cada uno,  un papel muy fino que tenía dos franjas verticales de colores amarillo y blanco para que hiciéramos una bandera.

De camino a casa con Arsenio, Dientespochos, que era mi vecino, nos asomamos a la puerta de la fragua porque allí los hombres solían contarse historias picantes y decían muchas palabrotas. El herrero tenía aferrada con unas tijeras de hierro una vertedera de un arado al rojo vivo, mientras Clodoaldo y otro hombre le daban martillazos siguiendo el compás; a un lado del hogar estaba Félix, El Loco, que tiraba de la cuerda del fuelle con la cara enrojecida por el calor y un reguero de babas pendiendo de la comisura de los labios. Nos quedamos escuchando pero ese día sólo hablaban del campo y que si no llovía ahora, por San Isidro, la cosecha sería mala. Dientespochos, asomó toda la cabezota a la puerta, se metió los índices a cada lado de los labios, abrió la boca y, mirando al Loco, le enseñó sus dientes negros, haciendo muecas con la lengua. Éste soltó una risotada que delató nuestra presencia. El herrero nos arrojó un puñado de escoria y salimos corriendo.

Dejamos las carteras en casa y paramos el tiempo suficiente para coger un trozo de pan y medio chorizo y nos fuimos corriendo a la atalaya. Allí jugamos a vaqueros con pistolas de calamina que disparaban fulminantes. Si hacías de malo y te pegaban un tiro, te dejabas caer rodando por aquella loma en barbecho y cuando parabas eras un rebozo de tierra. A Luisito que estaba gordo, en una de esas, se le rajó el pantalón por el culo y se decidió que sólo haría de bueno. Corría con la pistola en la mano derecha y con la izquierda se agarraba el descosido. Más abajo, en las eras que lindaban ya con las tapias de los corrales, las chicas mayores jugaban a la comba. Por la calle que subía venían los chicos mayores, quienes iban a recibir la confirmación al día siguiente; traían a Félix, El loco, atado con una cuerda. Antes de llegar a la era, le desataron, le dieron un cigarro y se apostaron en la esquina, escondidos, en silencio. El Loco siguió adelante, chupando el cigarro sin quitárselo de la boca, se recostó sobre la pared de adobe frente a las chicas y se sacó el pingajo. Las chicas huyeron a la carrera y los chicos se fueron riendo detrás de ellas. Enfundamos nuestras pistolas y bajamos al galope para hacer rabiar a Félix. Siempre llevaba una chaqueta de pana marrón y unos pantalones negros también de pana, sujetos con un cordel, nunca llevaba camisa ni calzoncillos. Lo rodeamos entre todos haciendo corro a cierta distancia: “Sácatela, sácatela…” Al principio se reía y nos miraba embobado sin quitarse el cigarro de la boca y echando el humo por la nariz, aunque no la sacó; pero cuando Ricardo, El Pecoso, que era un trasto, le tiró un terrón que impactó en la nariz roja y gorda, fue oír cagüendios y pies para que os quiero.

Antes de la cena, mi padre peló con la navaja una pequeña vara para hacer el mástil de la banderita y mi madre puso a cocer harina con agua y una cucharada de azúcar. Con ese engrudo impregné la parte superior de la vara y la puse sobre el papel fino, lo fui enrollando hasta dar dos vueltas de vara y lo dejé secar. Cuando se endureció enarbolé la banderita y la hice ondear en el aire. Quedó perfecta.

Al día siguiente, trece de mayo, estaba todo el pueblo en la carretera esperando al obispo. Los mozos habían construido un arco con ramas de hojas recién brotadas para darle la bienvenida. El cura y el alcalde se paseaban impacientes hablando de cosas importantes con las manos agarradas en la espalda. Los niños esperábamos en fila, ondeando nuestras banderas, con la vista puesta a lo lejos por si se veía la silueta de un coche. Llegó en un Dos caballos gris, viajaba en el asiento de atrás. El cura de mi pueblo, Don Ángel, y el que bajó del asiento delantero llegaron a la vez a la manilla de la puerta para franquear la salida de monseñor y, al tropezarse, al forastero se le cayó el bonete. Los niños rompimos a reír a pesar de los siseos del maestro. El obispo era alto y corpulento, por lo menos le sacaba dos palmos a Don Ángel, no me explicaba cómo se las habría arreglado para entrar en aquel coche tan pequeño. Tenía las manos y la cara como de cera.  Su sotana era negra igual que la de los curas pero tenía una fila de botones rojos de arriba abajo y ceñía un fajín color púrpura, el mismo color del solideo que le tapaba el pelo canoso y que no se le caía a pesar de las ráfagas de viento.

Después de que María y Abilio, que se atrancó un poco al principio, recitaran sus poemas, comenzó la procesión y entonamos “El trece de mayo”. Íbamos tan despacio que hubiéramos tenido que repetir la cancioncita, al menos, tres veces hasta llegar a la iglesia; pero durante la espera nos había dicho el maestro:

―Los hombres han convencido al cura para cantar después de nosotros el “Oh Santo Isidro”, patrón del pueblo, en rogativa para que riegue los campos yermos, ahítos de sed.

Entonces supuse que ahíto quería decir muerto, pero en fino, porque en mi casa si tenías sed se decía que estabas muerto de sed.

Habíamos dejado la calle mayor y enfilábamos la calle en cuesta de la iglesia. Félix, El loco, estaba esperando solo, en el pórtico, fumando las colillas que quedaban esparcidas por el suelo antes de que tocaran las últimas en la misas de domingo. Los hombre entonaban: “Oh santo Isidro, santo glorioso…” Evelio, como siempre, subió el tono para rematar la canción, con ese falsete que dañaba los oídos: “…y te pedimos la bendición.” Se hizo el silencio. El alcalde, el cura y el maestro se miraron sin saber quién debía proseguir, si los hombre o nosotros. En ese momento, Félix, El Loco, salió del pórtico, se quedó plantado en el peldaño más alto de los escalones, de frente a la procesión. El sol le sacaba brillo a la barba rala y blanca de varios días, pero también destacaba la capa de mugre de su chaqueta. Clodoaldo, el amo de Félix le hacía señales con el brazo para que se marchara, Félix le miró temeroso y arrojó la colilla al suelo. Pasaron unos segundos, la procesión en silencio seguía su camino, los niños en los flancos ondeábamos las banderitas. Dio dos pasos a la derecha, como para irse, luego se volvió hacia nosotros, se llevó la mano a la bragueta y la sacó.

Al obispo le dio un soponcio, mientras nosotros apretábamos lo dientes para no reír. Clodoaldo le pegó un grito y salió corriendo a por él. El loco, rezongando, cruzó el pórtico y se metió dentro de la iglesia. El boticario se quitó la chaqueta y la puso debajo de la cabeza del obispo, luego le desabotonó la sotana y yo descubrí con horror que tenía pantalones y piernas como los demás, pero el solideo seguía pegado a su cabeza. Las viejas empezaron a rezar un rosario. Nuestro cura, Don Ángel, pálido, sostenía entre las suyas la mano del obispo, miraba al cielo y bisbiseaba una plegaria. El alcalde corrió a empapar un pañuelo en el agua de la fuente.

Félix, El loco, apareció en la torre, se encaramó en la campana de los graves. Todas las miradas se concentraron en ese punto. Silencio.

Luego, se oyó la voz de Clodoaldo desde la torre:

―Te he dicho que te bajes de ahí.

― No me da la gana. Mecagüendios.

El loco fue rodeando la campana para zafarse de la mano que intentaba agarrarle de los pies. Clodoaldo tiró de la cuerda atada al badajo para asustarle y hacerle bajar. Sonó la campana: “Taaaaaaaaaaaaan”. Las botas sin cordones se balancearon en el aire. Veintidós metros. Rompió el ay sincopado de las gargantas un sonido seco. La campana todavía siguió vibrando: “taaaaaaaaaan”

Las madres nos taparon los ojos  con sus manos y nos llevaron a casa. Lloré porque con el trajín había perdido mi banderita.

J. Carlos

Aquí, reflexionando

Aquí, reflexionando

Vas descuidado con el calendario y te endilgan un día de reflexión, veinticuatro horas con sus minutos para que hables contigo mismo y tomes una decisión crucial: “A quiénes apoltronar durante los próximos cuatro años”. En el entretanto van unos chicos que andan indignados y asientan sus reales en las plazas de las ciudades para manifestar el hartazgo de un sistema que se agrieta. Sucede que los medios se abalanzan como buitres ante la carnaza y se reproduce el milagro de los panes y los peces; el efecto llamada prospera y la chiquillería se asusta al principio de su propio éxito y, sin embargo, nos dan una lección de lucidez y oportunidad emprendedora, no sólo son capaces de organizarse para preservar en el intento (foros de debate, departamentos de aprovisionamiento, de comida y agua, de comunicación, de obras, de cartelería, de limpieza, ludotecas, guarderías…), sino que tienen la astucia de liberarse de banderas partidistas, debatir sobre problemas reales con orden, auspiciar actos concretos participativos y llenos de sentido común, construir desde un colmenar diverso un discurso político con cierta coherencia, utilizar en provecho de su movimiento las redes sociales, las televisiones y la prensa en general, impedir que los reventadores profesionales les agüen la fiesta, etc.  Y lo que es más singular, cada tarde y cada noche las plazas se vuelven a llenar en un crescendo que empieza a intimidar a los acomodados. Además de la clase política debería tomar nota la clase empresarial, y los head hunter porque por esas plazas de dios hay gente preparada, emprendedora y muy capaz. Y no se engañen señores poderosos, no sólo aborrecen de la clase política, también debaten sobre los banqueros, los empresarios, los salarios mareantes de los directivos o el papel mamporrero de los sindicatos… Pasen por allí y agucen el oído. Estas cosas empiezan con cuatro desarrapados, tal como editorializó algún medio nacional en un análisis sociológico digno de estudio, y no se sabe cómo terminan porque las protestas como las armas las carga el diablo. Ya sé que será flor de unos días, dos semanas a lo sumo, y luego quedará en agua diluida de borrajas como se diluía en mayo el rosario de la Aurora al despuntar el alba, pero tal vez abra un debate social y algunos privilegiados tendrán que enmascarar durante un tiempo su codicia. Nada más, pero algo es algo.

El sistema económico se ha hecho trizas porque los contrapoderes, en forma de regulación,  desaparecieron. Estas cosas pasan.  La caída del muro de Berlín no sólo trajo libertad y prosperidad para millones de personas que vivían bajo la dictadura de un régimen tóxico, también tuvo el efecto nocivo de desatar las bridas del capitalismo salvaje. Sólo el miedo a la ideología del otro lado del telón de acero mantenía embridados a los poderosos, de forma que se avenían a soportar los costes de un cierto estado social y consentían apenas un remedo de igualdad de oportunidades. Pero cuando se hubo asentado el polvo del muro y quedó patente la miserable inanidad del régimen soviético, su depravación humana y su inconsistencia económica, los poderosos rompieron la baraja y exigieron su derecho de pernada proclamando que el capitalismo era la salvación. Con este mantra y con la inestimable ayuda de la intelectualidad más conspicua –encabezada por el infausto Milton Friedman– se ha desarrollado en estas últimas décadas una involución social, iniciada por Thatcher y Reagan, que suprimió los contrapoderes y desembridó al pura sangre del capitalismo salvaje. Y el jamelgo corre por ahí desbocado, pateando la débil construcción del estado social, cargándose los edificios del empleo digno y ciscándose en las murallas de la responsabilidad social. Paradójicamente enarbolan la bandera de la libertad: para despedir, para corromper, para medrar, para comercializarlo todo, para privatizar las joyas de la corona… Bien saben que no hay libertad sin justicia, de sobra conocen que la libertad sin igualdad es una palabra hueca. Que se lo pregunten al parado, o al desahuciado, o al que se endeuda por subirse a una patera jugándose el pellejo.

No te engañes, la política no es el arte de lo posible como afirmaba Bismarck, es el arte de los equilibrios. La cuestión es que los políticos empeñados en seguir el realismo de Bismarck han prescindido de los principios, sólo les interesan los hechos y los resultados, más concretamente, sólo les interesa ver a la luz morosa y corta de un candil los resultados de las encuestas. Y no era eso ¡imbéciles! Eran los principios. Se trataba de que mantuvierais el fiel de la balanza en su sitio. Bastaba con contrapear el poder económico, el político, el religioso, el de los medios… Desgraciadamente habéis practicado lo contrario porque sois vicarios de los poderosos y habéis sucumbido al brillo del oro y a la pomposidad del armiño. Como escribe Martín Garzo: “La libertad sin igualdad genera injusticia; la igualdad sin la libertad, tiranía. Un ejemplo de tiranía son los regímenes comunistas; un ejemplo de injusticia, el feroz liberalismo económico que padecemos, y que está conduciendo al mundo a la catástrofe, ante el entusiasmo de los que no dejan de llenar sus arcas ajenos a la pregunta de dónde viene de verdad su riqueza”. Por eso unos chicos, que están indignados y sin trabajo y sin perspectivas, andan construyendo ágoras por las plazas de las ciudades buscando esos principios.

¿Hay alguien ahí que se atreva a regular los excesos de la banca? ¿Hay alguien ahí que se atreva a exigirle a los bancos que saquen sus pisos al mercado? ¿Hay alguien ahí que limite los salarios de los directivos? ¿Hay alguien ahí que investigue a los terroristas económicos que para llenar sus bolsillos condenan a millones de personas a la miseria?  ¿Hay alguien ahí que restablezca la igualdad de oportunidades? ¿Hay alguien ahí que se comprometa a velar, mantener y fomentar el estado social?¿Hay alguien ahí que se atreva a no llevar en sus listas a imputados por corrupción? ¿Hay alguien ahí que se atreva a poner en marcha un régimen electoral de listas abiertas? ¿Hay alguien ahí que imponga democracia dentro de los partidos? ¿Hay alguien ahí que se atreva a meter en la cárcel a los que defraudan? ¿Hay alguien ahí que se atreva a propugnar la desaparición del Senado, de las Diputaciones provinciales, las televisiones autonómicas, la limitación del número de ayuntamientos, el destierro de los vehículos oficiales y de las visas públicas, a suprimir las comidas a costa del erario público y la contratación de personal que no sea funcionario…? ¿Hay alguien ahí que desfaga el carajal autonómico? ¿Hay alguien ahí que se atreva a aplicar el principio de austeridad en la administración pública y el restablecimiento del equilibrio de poderes? ¿Hay alguien ahí que se atreva a publicar en internet las actas de resolución de cada concurso público, los certificados de obra, cada pago y la justificación de cada incremento? ¿Hay alguien ahí que exija a cada cargo público la publicidad de todos sus gastos con cargo al erario público? ¿Hay alguien ahí que persiga el fraude fiscal? ¿Hay alguien ahí que restablezca un sistema fiscal más progresivo y justo?

Harto ya de reflexionar me pregunto: ¿Hay alguien ahí?

J. Carlos

Saliendo al paso de los días

        Saliendo al paso de los días

  1. El clima se revuelve, en un sólo día le da por mostrarte las cuatro estaciones sucesivamente. Se levanta un viento frío que acuchilla las hojas de los plátanos de mi calle a poco de dar a luz el día entre nubes de pizarra. La candela del aire se templa a media mañana y un ojo de sol pestañea para espejear sobre los pétalos de las rosas que se abren a la primavera. Después de comer sólo quedan algunas legañas blancas como miniaturas pinceladas en las comisuras del horizonte, y en los termómetros se expande el mercurio y crece y se multiplica por sí mismo, a la misma velocidad que se enlentecen los pasos y se acumula el sudor en la frente. Después el bochorno se diluye y desde el norte, en un santiamén, se precipita un muro de ceniza; al poco se derrama en una lluvia fina que persiste hasta bien entrada la noche; cuando vuelves a casa hay un tapiz deshilachado de hojas tempranas sobre el asfalto.
  2. Fue en Plasencia, la culpa fue de “La paradoja del interventor” y esa manía itinerante que le hemos dado a la tertulia. Fuimos a comer y contertuliar con su autor, Hidalgo Bayal. Fue por casualidad y porque si ves la puerta de una iglesia abierta te puede la curiosidad. Se iniciaba un acto religioso, concelebraba con varios sacerdotes el obispo de la localidad. Lo sé porque se cubría la crisma con el solideo morado. Vestía una casulla dorada para la ocasión. Varias decenas de curas ataviados con el alba y el cíngulo asistían desde los bancos de madera. Un incensario había saturado la atmósfera. Cantaban el Kyrie eléison con voces bien entonadas. Volvías a tu niñez, al mundo mágico de las creencias, cuando todo cuadraba porque estaba resuelta la ecuación ontológica de la existencia. Toqué una de las columnas de piedra que sostenía las nervaduras de una bóveda, tenía la textura rugosa de los siglos y me transmitió serenidad. Llamé por teléfono a Julita para acercarle a los oídos ese momento Kyrie eléison Christie eléison y se emocionó.
  3. Vamos a lomos de un grumo del Universo, girando alrededor del sol a 107.000 Km/h. El propio grumo, que llamamos Tierra, gira a 1.600 km/h sobre sí mismo. Todo el sistema solar viaja dando vueltas sobre el centro de la galaxia a 901.000 km/h. El grumo arde por dentro como un horno y la corteza navega sobre ese fluido magmático incandescente. La corteza no es regular, se pliega, se arruga y, a veces, chocan sus pliegues y tiembla. En Lorca ha dejado estragadas vidas y haciendas. Las seguridades en que nos instalamos las borra la maldita estadística de un manotazo: desaparecen los tuyos, se reduce tu casa a escombros y, de pronto, te has quedado sin porvenir. Afortunadamente existen los paliativos de la comunidad organizada en protección civil y la solidaridad y el desapego a uno mismo y a su propia vida. Afortunadamente hay ocasiones en que el objetivo del lucro queda paralizado ante la abrumadora razón de su inconsistencia.
  4. Te repiensas a la noche, al tiempo que la almohada aguanta la pesadez de tu cabeza. Es el momento en que constatas varias certidumbres: Que estás sólo, seas lo que seas, estás encerrado en la caja que forma el osario de tu cerebro. Que los acontecimientos del día te han tratado como el clima, has pasado por todas las estaciones, por la serenidad y el sosiego, por la alegría, la decepción y la indiferencia. Un caldo de hormonas y proteínas combinadas con la temperatura emocional te producen vértigos de depresión y subidones de adrenalina, como isobaras que marcan las bajas presiones que anuncian lluvia y las altas en que domina el anticiclón. Las isobaras de tus emociones también enloquecen como el clima.
  5. La hojarasca de la política lo cubre todo, hojas marchitas, hojas podridas, hojas muertas. Que ganen de una vez y dejen de crispar. Que trinquen cargos, que coloquen a sus amigos en las  empresas que privaticen, que hagan consejeros áulicos a sus familiares hasta el cuarto grado de consanguinidad y segundo de afinidad, que disfruten de los coches oficiales y de viajes en la “business class”, que chupen cámara en sus televisiones, que les hagan muchas entrevistas sus hagiógrafos, que corten todos los días al menos una cinta inaugural, que coman y beban con la platino en los mejores restaurantes, que repartan licencias entre los que les sufragan los costes electorales… Pero dejen ya de joder con la pelota. Paren las ordalías. Y dejen de darse de patadas entre ustedes en los cojones de los ciudadanos.

J. Carlos

Tierra del Burgo y más allá

Tierra del Burgo y más allá

       Antes de rodar por las tierras rojas de Soria, concretamente en Ayllón, paramos a repostar. Están todos los surtidores ocupados y me coloco a la espera del que tengo más cercano, echa carburante un señor alto, trajeado, ya mayor. Pasan los minutos y el buen señor no termina. Al fin, el surtidor de al lado queda libre, cuando miro al buen señor constato que sólo mete dos dedos de la boca de la manguera, aprieta un poco el gatillo y espera a ver si rebosa el depósito y vuelta a empezar. Me dirijo hacia él y le explico que el mecanismo es automático y cuando el depósito se llena salta el gatillo. Cuando vuelve la cara para dar las gracias y excusarse diciendo que no suele echar carburante, resulta que es un diputado que fue presidente de la Junta de Castilla León, además hermano de un buen amigo. Nos saludamos, dale recuerdos a Javier le digo. Y pienso: ¡Qué lejos están los políticos de lo cotidiano!

En San Esteban de Gormaz las nubes ya han sentado sus reales, son blancas y le dan una consistencia de bruma a las piedras oxidadas de la Iglesia de Nuestra Señora del Rivero. Bajando la escalinata, a la derecha, hay una casa humilde, en los aledaños un anciano largo y enteco barre el suelo con una escoba de cepillo con las cerdas desgastadas. Viste una camisa de franela con el cuello raído de tanto uso, unos pantalones grises sobrados de lamparones y una corbata roja también mugrienta. Señala a un gato con pelaje blanco y negro que deambula por el tejado, está harto -nos dice- de que el vecino lo suelte por ahí porque entra hasta la cocina y me birle las viandas. Me puede la curiosidad y le pregunto por la corbata. La llevo desde los once años -responde- A esa edad fui a Bilbao y he trabajado toda mi vida de sastre, desde entonces no me quito nunca esta prenda -concluye-. Después nos dio cumplida cuenta de todo su ajuar: cinco trajes, siete pantalones, doce camisas e innumerables corbatas. Vino a contarnos que era originario de Cáceres, aunque nunca más volvió, pero no quiso darnos  razón de cómo había recalado en San Esteban.

Para llegar a Casarejos hay que cruzar el puente sobre el río Ucero, donde comienza el Cañón del río Lobos, ascender un pequeño puerto y pasar el mirador de La Galiana. En la Cabaña Real de Carreteros, nos recibe Cosme que regenta junto con Juana esta casa rural. Cosme es alto y recio, como su voz. Nos enseña la posada y nos sube una botella de champán a la habitación. En el hogar permanece la imponente chimenea cónica propia de la comarca y salpicados aquí y allá, palas para espalar el grano, horcas de cuatro puntas para tornar la trilla, cántaros en sus cantareras, pucheros y ollas de barro, máquinas de hacer chorizos, planchas de carbón, palanganas, muebles aparadores con vajillas colocadas en estantes cubiertos con labores de ganchillo, y otros muchos trebejos de labranza; en un gesto de modernidad rural también hay tocadiscos y radios antiguas. En el balconcillo de la habitación, que tiene la balaustrada de madera y la panorámica de los campos verdinegros, comemos fresas y bebemos el champán frío sobre una mesa de hierro forjado; cuando caen las primeras gotas de lluvia hemos trasegado más de un tercio de la botella. En el comedor hay gramófonos, estanterías con libros sobre paños de ganchillo, y está Juana que cocina y te sirve la mesa: unos espárragos fritos rellenos de hongos y jamón que son una delicia, unos rollitos de merluza con langostino para degustar con lentitud, y de postre, la costrada soriana, una exquisitez para los lamineros como yo. Cosme va de mesa en mesa tomando la comanda, sirviendo el vino y charlando, a veces, entona boleros con su voz recia.

En el mirador de La Galiana empieza a diluviar, apenas caben en la máquina tres panorámicas aéreas del Cañón del río Lobos porque los farallones se cubren de bruma espesa y gris. Hay que tomar el camino al Burgo de Osma, no se puede recorrer el desfiladero bajo una cortina de agua. En la plaza mayor de El Burgo, bajo el paraguas, sí salen las fotos del Hospital barroco de San Agustín, incluso, cobijado dentro de los pórticos del ayuntamiento puedes hacer virguerías con la cámara, porque el suelo está enaguado y es un espejo donde se reflejan la fachada y los pináculos del Hospital como en un río. Hasta la Catedral caminamos resguardados del diluvio por los soportales de la calle Mayor y, si nos asomamos al arco, se pueden ver las casas construidas sobre la propia muralla. Desembocamos en una plaza irregular enmarcada por edificios nobles, la muralla y la Catedral, y una fuente en medio. Las gárgolas desaguan con estrépito formando auténticas cascadas. Ya dentro del claustro la tormenta se enfurece y truena, entretanto paseamos las salas del museo, entre casullas, dalmáticas, cálices, facistoles, códices, cantorales, cuadros, tallas… y el sepulcro gótico policromado de Pedro de Bourges, el obispo que construyó la primera catedral románica. Ya dentro del recinto catedralicio las vidrieras, esos caprichos que al prestarte la luz en colores te muestran historias, los retablos y la escalinata renacentista de la capilla de San Pedro de Osma.

Siempre que llueve escampa, así que la tarde es propicia para visitar en Gormaz las murallas del antiguo califato y admirar sus defensas: entradas acodadas, dobles murallas, dobles arcos con vanos entre ellos para facilitar la defensa; y desde este altozano forzar la vista hasta el horizonte, con ríos que serpentean, tierras en labrantío de cereal verde y barbechos, arbustos diseminados en los pequeños alcores y, al fondo, bosques de pinos y sabinas.

Calatañazor es una reliquia de casas de adobe y mampostería con chimeneas cónicas, pórticos sostenidos con madera de sabina, calles empedradas y las ruinas de un castillo. Dicen que aquí perdió el tambor Almanzor y, en este enclave, Orson Welles rodó Campanas a medianoche. Casi se nos pasa de largo el Sabinar de Calatañazor, no sé si ha empezado a llover o las ramas de estos árboles centenarios guardan las gotas de la tormenta de la mañana. No importa, es como retroceder mil años y vivir entre seres de otros tiempos con hojas perennes verdinegras, con troncos cónicos si son viejos y cilíndricos los más jóvenes. El bosque está a pié de ladera, bien fertilizado con boñigas de vaca y bostas de caballo y es como un santuario prehistórico. La tierra y el estrato herbáceo huele lo mismo que olía el maizal cuando siendo niño me llevó por primera vez mi padre a ver crecer el maíz. Al final nos enlazamos a un tronco muy viejo, que se desprende en tiras delgadas, como dos niños. Ella desea suerte al árbol y yo le digo: Te sobrevivirá.

Antes de que la tarde se agote hay luz y tiempo para recorrer un pequeño cañón,  flanqueado por sabinas y chopos, con arbustos de gayubas, aliagas, escaramujos tomillos y espliegos, y ver el Ojo de la Fuentona que es una laguna del terciario que también llaman Ojo de mar, donde viene a nacer el río Abión. Es una poza kárstica con dos galerías, una de las cuales no se ha explorado en su integridad aún, pero se ha llegado a una profundidad de ciento quince metros. El sol tiene carrete para captar un corzo pastando y nos permite llegar hasta la Cascada de la Fuentona, que por el diluvio caído por la mañana está en su plenitud. De vuelta, nos cruzamos con otros huéspedes de la Cabaña Real: “Hay que andar y hacer hueco para la cena que Cosme y Juana nos tendrán preparada.”

El domingo amanece con un cielo azul intenso. Hacer las maletas. Visitar la Iglesia de Casarejos. La plaza donde han plantado un mayo altísimo rematado con ramas de pino. Despedir al perro de Cosme que nos sale al paso.  Enfilar el Cañón del Río Lobos y discurrir por su garganta en silencio, antes de que se llene de voces y de gritos turísticos, sólo se oye el croar de las ranas. Ella no ha oído nunca una sinfonía compuesta por tantas ranas. Nos pasan varias parejas en bicicleta mientras hacemos fotos a los nenúfares del río, al llegar a la Ermita de San Bartolomé están descansando, dos de ellos se besan al pié de un tronco muerto como si sus bocas fueran un manantial y estuvieran ahítos de sed. Apenas nos adentramos en la cueva de San Bartolomé y no vamos mucho más allá del paraje del Colmenar de los Frailes. A la vuelta nos vamos cruzando con una  procesión de viandantes, hasta autobuses hay en el parking. Todavía quedan las fuentes del Duero en los picos de Urbión, Castroviejo con sus formaciones caprichosas de piedra, la cascada de la Serena y, claro, la Laguna negra.

J. Carlos

Microrrelatos

LECCIONES

De niño jugó en la carpintería del abuelo, aprendió que un clavo se saca con otro clavo. Al llegar la adolescencia se enamoró y le abandonaron, aprendió que un amor se cura con otro. En la guerra una bala le desgarró por dentro, pensó que con otra bala se acabaría el dolor.

LA ALTURA DEL LARGUERO

Le llamábamos Cuatropatas porque se colgaba de dos muletas a la altura de los sobacos. La polio le ha dejado las piernas raquíticas y como entumecidas. En las tardes de fútbol hace de portero, cambiamos las reglas del juego para que no se penalizara detener el balón con las muletas. Adquirió tal destreza en su manejo que resultaba difícil marcarle un gol. Hace dos domingos, jugando contra el equipo del pueblo de al lado, no sólo detuvo un penalti, sino que desempató en el último minuto. Se lanzaba un corner, subió hasta la portería contraria, remató de cabeza y estrelló la pelota contra la red. Cayó en mala postura. Ahora lo llamamos Dosruedas. Hemos cambiado otra vez las normas, se ha bajado el larguero hasta donde llega con sus manos en alto.

                                   MI PRIMER PENSAMIENTO

Estaba pensando, aburrido, ¿si pudiera encontrar mi primer pensamiento?. Empezó recorriendo los pasillos y los recodos de su cerebro, llamó a las puertas de los recuerdos más antiguos y, buscando, buscando, llegó hasta unos repliegues que formaban los diez o doce primeros pensamientos. Fue levantando uno a uno, con mucho miramiento porque estaban muy deteriorados, hasta llegar al primero. Lo desplegó y leyó: “cuando cierro los párpados se apaga la luz y todos los que me rodean se quedan a oscuras. ¡Pobrecitos!,  cuando yo duermo se quedan ciegos”.

MAGIA

A Violeta le gusta que le escriban poemas y yo no sé juntar palabras que suenen bonito. El empollón de literatura la tiene engatusada, todos sabemos que después de clase le entrega un sobre azul con versos de amor y ella se arroba al recibirlo. La librera me ha vendido un pomo de tinta china, me ha dicho que es mágica. Debo echar unos borrones en una hoja y doblarla mientras pienso en Violeta, en su pelo crespo, en sus ojos negros; después he de meter la hoja en un sobre azul y dormir con él bajo la almohada antes de entregárselo. La librera dice que las palabras se compondrán solas formando un poema.

Ayer tarde escondí mi sobre entre sus apuntes en un descuido y esta mañana ha venido a mi mesa, se me ha encendido la cara cuando me ha dicho:

-Qué bien pintas. Y encima te ha salido mi cara de los días buenos.

RAREZAS

Po allí son gente rara, conocí a un sujeto que tenía un reloj de arena para cada día de su vida. Los tenía todos ordenados por estantes. Tomó el del día de la muerte de su padre y lo volteó, cuando la arena empezó a desgranarse se le descompuso el gesto y al cerrar los párpados se le descolgó una lágrima.

J. Carlos