Archivo mensual: julio 2016

Energía oscura

Retrato de la Galaxia Messier 101

El universo se desboca. Lo descubrió Edward Hubble que fue abogado antes que astrónomo. Los cuerpos celestes se alejan los unos de los otros como si apestaran. Dicen los cosmólogos que llegará un momento en que viajarán a mayor velocidad que la luz y dejaremos de verlos. Será como estar en una cueva a oscuras viendo como los murciélagos pasan volando y salen del cono de luz de nuestra linterna. No te preocupes, desapareceremos mucho antes de que se deje de ver el cielo cuajadito de estrellas.

Mientras tecleo, caigo en la cuenta de que los billones de átomos que vibran formando mis dedos, a lo mejor también huyen los unos de los otros. La culpa de este desaguisado la tiene, según los físicos, la energía oscura. No la llaman así porque consideren que tenga alguna tacha moral, simplemente es que no la “ven” porque es muy suya y no interactúa con ninguna otra fuerza conocida, salvo con la gravedad. Esta energía se reparte por todo el espacio, ejerciendo una presión que lo hincha como el aire que insufla el niño en un globo con la fuerza de sus carrillos.

Si pudiéramos meter todo el universo en un vaso de litro de los de cerveza sólo “veríamos” un culín de 49 mililitros, que es la parte detectable. Si nos lo bebiéramos, nos llevaríamos al coleto, sin darnos cuenta, otros 683 mililitros de energía oscura y 268 de materia oscura. Nosotros juraríamos que, salvo el culín que picaba y refrescaba la garganta, el resto era aire, o sea, nada.

En una esquina de ese cosmos desbocado, hay un insignificante pico de energía “visible” en forma de polvo y agua, la Tierra. Es no más una brizna de escoria excretada en los hornos nucleares de las estrellas que, agotado su combustible, colapsan sobre sí mismas y estallan. De las pavesas de esas cenizas surgimos nosotros, como surgió el agua de la combinación de dos moléculas de hidrógeno con una de oxígeno. Mientras el agua aprendió a solidificarse, a licuarse y a evaporarse en función de la temperatura, nosotros aprendimos a reconocer nuestra propia existencia y, lo que es peor, a saber que en un santiamén la perderíamos. Dice Lawrence Krauss que, “Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y, los átomos en la mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la física: todos somos polvo de estrellas”.

Si pierdes la conciencia y despiertas, te sobresaltas. Tu cerebro tarda unos segundos en abrir la puerta de los recuerdos, trastabilla en la oscuridad hasta que encuentra una explicación razonable. Pasó, por ejemplo, que ayer te inmolaste al dios Baco y hoy despertaste sobre la alfombra, con resaca de marea alta. O, tal vez, lo que encuentren tus neuronas en las estanterías de la memoria sea una mascarilla en la boca y un pinchazo anestésico que te veló la conciencia por unas horas, por eso estás en la cama de un hospital con una raja en el esternón.

Cuando te encuentras con la conciencia de que existes por primera vez, no tienes recuerdos de cómo llegó hasta ti. En las brumas de tu memoria no queda ni rastro. Tus ancestros tampoco dejaron escrito en la carta de tu código genético de dónde venían, ni de cómo llegaron hasta aquí, ni siquiera con qué propósito.

Ante este silencio, las mentes bullen como el agua hirviendo y buscan razones. Si todo efecto tiene una causa, ¿cuál es la causa del efecto de existir? El problema de buscar la causa última es que termina en un tirabuzón, como la cinta de Moebius: ¿Quién creó a nuestro Hacedor? Porque pueden existir hacedoress intermedios. Imagina que un ser de este universo, pero más evolucionado que nosotros, codificó la información y la envió hasta la Tierra cuando se daban los factores y contenía los elementos fundamentales para la vida: carbono, nitrógeno, oxígeno; seguramente ahora, desde su confín del cosmos, está estudiándonos igual que nosotros analizamos en el laboratorio, bajo el microscopio, una cepa de virus de la gripe. O imagina que, un ser inteligente de un universo ya colapsado escribió el código fuente para que, al estallar un nuevo Bing Bang, lo hiciera con el resultado de que surgiéramos nosotros. O, ponte en la tesitura de que el universo colapsa y vuelve a explotar, dado que no interactúa nada más que consigo mismo, vuelve a brotar la vida, y volvemos a repetirnos con las mismas acciones y omisiones como en el Día de la Marmota. En fin, la película Matrix nos indujo a pensar que podríamos ser una realidad virtual, un juego macabro que se desarrolla dentro de un lenguaje matemático. Y así, hasta el infinito y más allá buscando una causa que no dejará de ser un efecto que tendrá, a su vez, otra causa. Ya digo, ad nauseam.

Media vida de la especie humana se ha dedicado a buscar al Creador. Lo hemos encontrado en la luna, en el sol, en los animales, en mitos con virtudes de dioses y bajezas muy humanas que poblaban el Olimpo con vidas de telenovela. Los judíos redujeron la ecuación a una sola incógnita. Teníamos un único Progenitor. Según este pueblo, que lo dejó escrito en una epopeya en forma de libro sagrado, no nos creó por antojo, qué va. Debíamos de cumplir una interminable ristra de reglas morales, culinarias, medicinales, sacrificales y cuajadas de restricciones sobre dónde, cómo, cuándo y con quién practicar el sexo. Ah, y sobre todo, debíamos proclamarle y adorarle por siempre jamás. Si cumplías los mandamientos, tu polvo de estrellas resucitaría de entre los muertos y vivirías, tan ricamente, en el reino del Padre por los siglos de los siglos.

Si te animas a contarlas, sumarás unas cinco mil religiones que se insultan las unas a las otras denominándose sectas y, todas y cada una, se proclaman la única y verdadera. Todas te acojonan con unas tablas de la ley y, si la incumples, arderás eternamente en un infierno que será la delicia de los masoquistas. Sus fieles quieren tanto al prójimo que, te apostolan de palabra, de obra o, por las armas para que ingreses en su fe y te salves. Su dios lo sabe todo y todo lo puede. Sabe que te vas a condenar pero no moverá ni un dedo por ti. Ni una llamada ni un whatsapp. Callado como un muerto porque, dicen, te ha concedido libre albedrío. Hay que ser mala gente para dejar a un hijo pequeño atravesar un río caudaloso y profundo, y no mover ni un labio ni un dedo para salvarlo. Eso sí, de vez en cuando, echa una manita a los suyos en forma de milagro, sobre todo, para enderezar las batallas y que ganen los buenos. Como sus dioses y dogmas son inmutables por naturaleza, caen en solemnes torpezas como la de no renegar de la esclavitud hasta que la evolución ética y cultural de la especie, viene en considerar que es una aberración execrable. Se permiten la falta de piedad de prohibir el uso de un trozo de latex, que evitaría enfermedades y muertes, en aras de una falsa virtud de la pureza, porque siguen confundiendo la limpieza de corazón con la castidad. También condenan de palabra y obra a aquellos que, seguramente por una falta o exceso de hormonas durante el embarazo, tienen una tendencia sexual que no es del agrado de sus dioses. Te digo que, cada una de la cinco mil religiones, tienen más de mil preceptos en contra de la humanidad que degradan a sus dioses hasta hacerles parecer pequeños monstruos.

Darwin, viajando en el Beagle, observó que los seres vivos evolucionaban desde un antepasado común por un proceso de selección natural. Escribió el origen de las especies. Produjo un cataclismo. Su teoría, de la que se derivaba que el hombre procedía del mono, no gustó nada a sus congéneres. Hasta los hermanos Bosch en Badalona caricaturizaron su teoría, no sólo llamaron a su brebaje Anís del Mono, también etiquetaron la botella con el dibujo de un mono humanizado que, las malas lenguas insinúan, es el vivo retrato de Darwin. La ciencia fue demostrando que sus teorías casaban con las de Wallace y, combinadas con las leyes de Mendel se ajustaban, como un guante, a los nuevos avances en genética. Así que, la especie humana, aunque herida en su orgullo, resolvió que, en todo caso, seguía siendo la reina de la creación, y quedaba demostrado que cada individuo había llegado hasta aquí porque todos sus ancestros habían sido los mejores. Las religiones echaron espumarazos por la boca, como cuando la ciencia demostró que no éramos el centro del universo. Como los clérigos saben hacer de la necesidad virtud, en el momento en que las evidencias les llegaron hasta la garganta, resolvieron el tema con unos remiendos de urgencia en sus trajes teológicos. Resultó que dios no nos creó de sopetón, sino que diseñó un sistema para que fuéramos evolucionando. Era mucho más entretenido. Probablemente surgimos de moléculas de ARN o de nanocélulas. Los científicos no se ponen de acuerdo sobre si nuestra cuna fue la Tierra o, vinimos desde fuera en la incubadora de un cometa.

Lawrence Krauss defiende en su libro “Un universo de la nada” que, en el espacio vacío hierve una sopa de partículas entrando y saliendo de la existencia, de forma tan rápida que no podemos verlas, pero al interaccionar con la física cuántica y la gravedad, pueden dar lugar a partículas reales que producen billones de galaxias.

Y aquí seguimos, viajando sobre un grumo formado con pavesas de estrellas. Mirando un cielo que, desde esta esquina del cosmos, aparece velado por una espesa niebla que nos impide “ver” el 95% de lo que contiene. Para sofocar nuestros miedos, hemos construido cien miles de templos a mayor gloria de nuestros dioses. Algunos hombres de buena voluntad construyen Universidades y observatorios astronómicos, en los que plantan antenas y erigen telescopios o, los ponen en órbita. Hay hombres que desde cualquier rama del saber, desgastan sus ojos cada día esperando arrancar pequeñas ronchas a la niebla del universo. Es una lástima que haya muchos más hombres que dedican a condenar, desde los púlpitos, a sus semejantes por su modo de vida o por sus pensamientos. Más les valdría aprender de Mendel o de Lemaître que, siendo sacerdotes, abrieron ventanas al cosmos para que inundara de luz los vitrales de la ciencia.

J. Carlos

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El infantilismo, esa epidemia que nos invade.

infantilismo

Entonces no había guarderías. No nos estabulaban como ganado. En mi pueblo, a los tres años, nos llevaban a la escuela de Marta para que aprendiéramos a leer con el Catón y a escribir con palillero de pluma, también sumábamos y restábamos. Marta era bajita, abultaba poco más que nosotros por lo que era fácil empatizar con ella. Se apoyaba en dos muletas, tenía la voz tan recia que parecía mentira que saliera de un cuerpo tan pequeño y de una persona que prodigaba tanta ternura. Encima del aula había un altillo donde Marta nos tenía dicho que, habitaba una “cabicuerna” y a los niños que se portaran mal los mandaría con aquel monstruo. Cuando nos desmandábamos y blandía la amenaza, agachábamos la cabeza y, de reojo, mirábamos al altillo. Nadie vio nunca aquel animal, pero todo soñamos con él alguna vez y, coincidimos en que tenía cuernos. Todos, en el recreo, juramos que, en uno u otro momento, habíamos oído bramar a la “cabicuerna”.

El mundo, como los motores de los coches, se hace cada vez más complejo. Ya nadie cambia las bujías ni calibra la distancia entre los platinos, entre otras cosas porque ya no existen esas piezas. Los motores, como el mundo, vienen cerrados para que no puedas acceder a ellos, además, contienen mucha cacharrería electrónica programada y críptica. No queda otra que ponerte en manos de los expertos. De chico los expertos del mundo eran tus padres, tus maestros y el cura que tenía siempre en la boca la palabra de Dios. En la juventud desarrollaste un espíritu crítico porque entre lo que te habían enseñado, y la realidad que tú observabas había una brecha considerable. Resulta que te habían mostrado una realidad en blanco y negro y descubriste que había no sólo una gama de grises, también estaban todos los colores del arco iris. Ahora te arrojan a la cara toneladas de terabytes de información para que parezca que puedes tomar decisiones razonadas, pero cuando metes las narices en ese océano de datos tienes la misma sensación que al abrir el capó del coche. Y, claro, lo dejas en manos del mecánico, el experto.

Los mecánicos del márquetin no te dicen con qué materiales están hechas las zapatillas, o qué edad tienen los niños que las cosen, cuántas horas trabajan al día y cuál es su salario. No necesitan hablarte de su ergonomía o flexibilidad. Les basta con un relato en video de veinte segundos que protagoniza un multimillonario futbolista haciendo filigranas con un balón y mostrando unos abdominales como forjados en hierro. De las aguas de colonia ignoras sus aromas o fragancias, desconoces si el fluido, además de H2O, contiene esencias de flores o si sólo le añaden compuestos químicos. Las compras porque una señorita con piernas de ensueño se pone cachonda cuando le alcanza la pituitaria y, a renglón seguido, se va desprendiendo, lascivamente, de sus prendas. Piensas, como un niño, que a ti te ocurrirá otro tanto si te vaporizas el cuello con esa marca.

En este infantilización masiva que nos invade y, aprovechando que hemos mudado el sentido crítico desde el cerebro hasta el lugar donde la espalda pierde su casto nombre, los hijos de la pérfida Albión han vuelto a la guardería. Allí les enseñaban que eran un imperio, que constituían una raza superior y que el mundo siempre se postraría ante ellos para cantar sus alabanzas. Quizá los expertos Nigel Farage y Boris Johnson exageraron un poco con lo del Brexit y no dijeron ni una sola verdad. También nuestro mecánico exagera para inflar la factura. La cuestión es que se han pegado un tiro en el pie y, de paso, han provocado un terremoto financiero y nos han hecho más pobres. Estamos acostumbrados. Cuando eran igual de piratas pero con pata de palo y parche en el ojo, también nos birlaban el oro con la aquiescencia de su Majestad, que repartía las patentes de corso y se llevaba un porcentaje de lo afanado. Si dentro de dos o tres años nos libramos de esa excrecencia en forma de lapa que lastraba a Europa por el oeste, estará bien pagada la recesión de un punto de PIB que inducirá la estúpida decisión de los hijos de la Gran Bretaña.

La epidemia de infantilismo, como la del Zika, no tiene fronteras, pero en España nos llevamos la palma. Nos dicen los expertos, mecánicos de la economía, que habrá que reducir las pensiones porque se financian con lo cotizado por los trabajadores, y cada vez hay menos trabajadores y más pensionistas. Nos lo creemos como nos creíamos que el lobo se comía a la abuelita. Sin embargo, nadie se pregunta por qué los gastos en defensa se financian con impuestos y las pensiones no. En las tarifas del IRPF el salario que ganas con el sudor de tu frente cotiza del 19,5% al 46%, en cambio, quienes tienen la suerte de tener capital (ahorro) y vivir de las rentas, sólo cotizan del 19,5% al 23,5%. Las grandes corporaciones aportan al erario público el 6% efectivo de sus ganancias, las pequeñas y medianas empresas aportan el 15%.

En los breves momentos en que nuestros candidatos dejaban de bailar, tocar la guitarra, andar en cintas estáticas y hacerse los campechanos en los platós de televisión, les oí  prometer que nos darían las chuches del empleo, los caramelos de las moderación y el sentido común; todos nos engolosinaban con la tarta de la recuperación y las guindas del cambio; hubo quien ofrecía el merengue de la bajada de impuestos y, hasta nos prometieron huevos Kinder con el cielo dentro. Algunos metían miedo con la “cabicuerna”. No escuché a nadie que prometiera aplicar el artículo 31.1 de la Constitución: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad.”

Ningún experto entrevistador preguntó al candidato del Gobierno por qué, durante su mandato, las rentas de trabajo aportaron más del 80% de las bases imponibles del IRPF, siendo que sólo se comen una porción del 45% de la tarta (Renta Nacional). Se conoce que los periodistas corifeos estaban más por amigarle con niños de guardería, que son un encanto, oiga, en vez de preguntarle si le parece bien que el 43,64% del total recaudado proceda de impuestos indirectos, que son regresivos porque gravan el consumo y afectan proporcionalmente más a medida que la renta es más baja.

Ganó el que prometió acabar con la corrupción a golpe de martillo, como hizo con los ordenadores de Bárcenas. El gallinero siempre claudica y elige a la zorra que menos miedo le da. Hasta su Ministro del Interior, al que pillamos en las cloacas del estado untando de mierda a los adversarios políticos, sacó un escaño más. Rivera anda llorando por los rincones porque ahora cae en la cuenta de que, mi voto vale la tercera parte que el de un soriano, un alavés o un gerundense. La otra vez, cuando se encontró con un buen manojo de escaños que venían de la misma ley no le vi echar ni una sola lágrima. Sánchez consiguió revalidar el título de peor resultado de la historia de su partido, dejándose otros cinco escaños en la gatera. Pero está contento como unas castañuelas porque el que braceaba a su izquierda se ha quedado más rezagado todavía. Iglesias quiso ser como Julio César, “el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”. Se nos trasvistió de socialdemócrata, comunista y patriota de los de bandera en ristre. Nos quiso seducir con un carácter agridulce como la comida china. Nos arrojó palabras como pompas en forma de corazón de colorines gay. Se la pegó. Anda echando la culpa a los votantes porque son como niños y se creyeron el cuento de la cabicuerna.

Supongo que la televisión y los medios son los mosquitos que inoculan el virus del infantilismo que padecemos. Pensé que las redes harían de antídoto, como las vacunas. Me equivoqué. El anonimato en las redes baja el sentido crítico hasta el culo, de hecho, están infestadas de pedorreras que terminan en una catarata de insultos. Te juro que he oído bramar en las redes con el mismo mugido que hacía la “cabicuerna” desde el altillo de la escuela de Marta.

J. Carlos