Archivo mensual: diciembre 2018

Navidad 2018

Navidad 2018

Querido amigo:

Echando cuentas resulta que hace veinte años que escribo estas líneas para mis amigos. Nacieron con el propósito de no caer en los lugares comunes de paz y felicidad que te deseaban durante estas fechas, con copos de nieve y palabras de colores que lucían en la pantalla del ordenador allá por 1999. Después viene el tiempo, que es tu peor enemigo, a demostrarte que tu propósito fue estúpido porque ni sabes ni puedes sustraerte al influjo de los lugares comunes y, si me apuras, tampoco quieres. En este periodo ya contabilizo tres destinatarios a quienes se les acabó la vida, unos cuantos se deshojaron en el camino porque las distancias también separan los apegos, otros desaparecieron por simple economía afectiva, algunos, pocos, pon una media docena, fueron entrando al amparo de nuevos emprendimientos a los que uno se suma mientras la vida le sea generosa. Como la ciencia contable es volátil, una vez practicados los ajustes emocionales, descubres que sigues en este empeño, sobre todo, para recordar a los tres que se quedaron sin futuro, y a los que se fueron en este ínterin aunque no eran destinatarios porque te tenían a la distancia de un abrazo.

“Que veinte años no es nada” escribió y cantó Carlos Gardel. Se equivocaba. En sólo dos décadas ha llegado a nuestras vidas un adminículo, que cabe en la palma de la mano, borrando las distancias geográficas y germinando en todos los lugares de la Tierra, también en los más pobres. Es revolucionario, aunque, tal vez porque lo tenemos tan cerca, no lo valoramos. Tampoco echamos cuentas de que durante este periodo la especie ha puesto sobre la Tierra otros mil quinientos millones de individuos y ha incrementado su esperanza de vida en más de dos años. Es difícil encontrar en la historia humana una etapa más gloriosa. Hoy muere más gente en el mundo a causa de la obesidad que del hambre, y los accidentes de automóvil causan más mortandad que las guerras, el hambre y el terrorismo juntos. Sin embargo, los avances científicos y médicos que nos aseguran un futuro mejor no se perciben. Los medios sólo acercan la lente del zum a la calamidad, reduciendo drásticamente el campo visual,  porque es lo que vende. Los políticos, en un juego suicida, andan a la gresca fomentando el odio y el resentimiento. Hasta los guionistas de cine han gastado su imaginación de tanto usarla y se dedican a crear distopías. Y, claro, el móvil, ese adminículo que nos pone en la yema de los dedos la mayor parte del conocimiento humano, también fomenta el uso de las redes que son un buen caldo de cultivo para la idiocia, y un altavoz de la ignorancia que antaño estaba recluida en la barra de los bares y en el cuadrilátero de las corralas. Pasará, como el sarampión en la niñez, pero en el entretanto conviene poner distancia; no es que estemos ante la rebelión de las masas que pronosticó hace noventa años Ortega y Gasset, porque las masas son gregarias y no se rebelan, pero siempre hay pastores que azuzan los perros del odio con el afán de estabularnos.

Total, que el tejido social está deprimido por la crisis que ha multiplicado la desigualdad y, sobre todo, porque le cuentan un relato que sólo muestra la parte miserable de la humanidad, que es como tratar de explicar lo que es un ser humano utilizando la imagen de una colonoscopia. Las sociedades, como los individuos, también enferman anímicamente, necesitan un equilibrio entre las ganas de vivir y la angustia que genera el futuro. Entre la realidad, que es dura, desigual y asimétrica, y el ruido de la trompetería mediática que profetiza el apocalipsis, se ha roto el equilibrio. La fórmula magistral del ansiolítico para que la sociedad se reponga es cosa de pensadores e intelectuales que, con su mayor saber, entender y pensar nos señalen el camino para elevarnos el ánimo y mitigar los miedos sobre el porvenir. Pero, ¿dónde están hoy los intelectuales? Se ignora, parece que están rumiando su soledad, como si las nuevas tecnologías les hubieran pillado ya seniles e incapaces de usarlas en su favor, que es el favor de todos. Los necesitamos para que practiquen la eutanasia sobre las ideas caducas del populismo, como hacen los árboles con sus hojas para que no sucumban los nudos germinales al frío del invierno, de modo que cuando llegue la primavera, que llegará, nazcan brotes nuevos.

Mi deseo para ti en esta Navidad es que no te dejes robar tu tiempo por los profetas del apocalipsis y, sobre todo, que no te empañen el futuro con promesas de cielos azules, banderas al viento y “Patrias First” de pechos ubérrimos donde mana leche y miel.

J. Carlos

P.D. Por lo demás, te anoto una buena nueva, porque al no ser una calamidad no es portada de ningún medio: Ayer, a las 23:23, nació el solsticio de invierno sobre el pesebre del cielo, llegó con la luz de la luna llena.

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Se llamaba

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Hasta ayer se llamaba Laura, como tú te llamas hoy Rocío o Marisa o Adela. Es un simple cambio del tiempo del verbo. En lo que va de año hemos tenido que cambiar el tiempo del verbo 47 veces, casi una por semana. Si lo examinas con la abstracción de la matemática observarás que hemos cambiado el tiempo verbal con la misma cadencia que vemos cada capítulo de la serie favorita. Si lo examinas a la luz de la religión caerás en la cuenta de que el número casa con las celebraciones de las misas de domingo. Lo examines como lo examines, 47 mujeres este año ya no se llaman, han pasado a “se llamaban” al mismo compás que se sucedían los lunes aciagos o los viernes venturosos o la paella familiar. Todavía faltan 13 días para igualar la estadística de 49 “se llamaban” de la cosecha del 2017.

La vida tiene un precio. En sociedades fallidas como los narco estados y en los países donde gobiernan tiranos el precio de la vida está por los suelos, y en los países en guerra sólo vale el coste de una bala.  En las sociedades avanzadas como la nuestra el precio de la vida está por las nubes, afortunadamente. Cuando hacemos códigos penales, construimos cárceles y nos permitimos cuerpos de policía, incrementamos el precio de nuestra vida. Cuando educamos a nuestros hijos en los códigos de buena conducta y constituimos tribunales para resolver nuestras diferencias se revaloriza la cotización de nuestra vida. Cuando nos costeamos una sanidad que nos alivia el dolor y nos cura sube su valor.

Sin embargo, incomprensiblemente, en nuestros países tan democráticos y tan observadores de los derechos humanos, la cotización del precio de la vida de la mujer sufre una manifiesta depreciación respecto de la del hombre. Si el precio es un consenso respecto del valor que se otorga a un bien en el mercado, y tú formas parte de ese mercado, a lo peor tú con tus actitudes y creencias estás contribuyendo a que se deprecie porque la banalización y cosificación de un ser humano es la vía más rápida para su menoscabo, fíjate en los mendigos. En la bolsa de la vida el precio de una mujer se devalúa mirando para otro lado mientras las mafias convierten a las mujeres en objetos para prostituirlas y, para producir películas porno que las retratan como a perras en celo. Se desploma al ver a un hombre acosando a una mujer y nadie le recrimina su actitud. Se devalúa votando a partidos que sólo segregan testiculina. Se hunde con programas de televisión dónde preguntan cómo visten las mujeres mientras se interesan por lo que han dicho o hecho los hombres. Se derrumba si en tu club, en tu empresa, en tu partido o en tu religión sólo mandan los hombres y te callas. Se deprecia cuando en tu casa educas a tus hijos en roles según el sexo y en tu colegio admites la separación de niños y niñas, si no te molesta que un presentador pregunte a una mujer si “perrea”, o  si te resulta indiferente que Enrique Cerezo diga que él no habla de dinero con mujeres.

Con mejor educación y un consenso ciudadano que consiga apreciar el valor de la vida de la mujer hasta alcanzar la cotización de la del hombre, no frenaremos la maldad, pero a lo mejor reducimos la cadencia del cambio del tiempo verbal al compás de los solsticios.

A los padres, familiares y amigos de Laura Luelmo mi abrazo y mi cariño. A los demás, os grito: Paremos de una maldita vez esta barbarie.

J. Carlos

Constante cosmológica

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Mientras el astrofísico James Farnes, de la Universidad de Oxford, formulaba un nuevo modelo matemático que explicaría de qué pasta está hecha la parte del Universo que no percibimos, el Sr. Quim Torra abogaba por poner unos cuantos muertos en su vida para avivar los rescoldos del “procés”.

Al tiempo que el científico explicaba su teoría de que el cosmos estaría permeado por un fluido oscuro de partículas con masa negativa en el que flotarían los planetas, estrellas y galaxias como palomitas de maíz navegando en un charco de agua en una noche sin luna, el “President” se retiraba al Monasterio de Montserrat para someterse a una cura de adelgazamiento exprés.

Albert Einstein se metió el Universo en el cerebro y trató de explicárnoslo con ecuaciones que tenían la métrica y la belleza de un poema. Pero los científicos son legatarios del grado de conocimiento humano alcanzado en el momento que les toca vivir, y usufructuarios de la capacidad de observación que tengan las herramientas creadas por el hombre hasta entonces; así que con los conocimientos y herramientas de 1917 el bueno de Albert tuvo que coser a su ecuación el remiendo de la Constante cosmológica para que el Universo permaneciera estático y casara con sus creencias. El Sr. Torra, en su indigencia intelectual, sólo tiene el cerebro para fanatismos por eso trató de explicarnos el “procés” con una ecuación que tenía la métrica de la paz y la belleza de las sonrisas, donde las porras que portaban los Mossos eran ramos de rosas y en los cañones de sus armas lucían claveles blancos; cuando se dio cuenta de que aquello permanecía estático como el Universo de Einstein, decidió remedar sus ecuaciones con la Constante cosmológica de cualquier revolución: los muertos. Eligió para ello la vía eslovena.

Cuando Lemaître y Hubble demostraron que el Universo no se estaba quieto, antes al contrario, huía en estampida en todas las direcciones, Einstein confesó a su amigo George Gamow que el introducir la Constante cosmológica en las ecuaciones de la Relatividad General fue el mayor disparate de su vida. Torra ha retirado la constante de los muertos de su discurso con su boca de muñeco, mientras el ventrílocuo Puigdemont, desde su destierro dorado en Waterloo, insiste en la constante eslovena porque sabe que sin muertos la rebelión se queda rígida como un cadáver y, al poco, apesta.

Casi siempre los errores se repiten. Resulta que si tomamos el Universo “visible” y le aplicamos las leyes que lo rigen, las galaxias se deshilacharían por los extremos y por gravedad terminaría colapsando. Para explicar su comportamiento real se necesita aplicar de nuevo una Constante cosmológica de valor similar a la que introdujo Einstein. El problema es que su valor es tan grande que hemos de asumir que ahí fuera hay un 96% de Universo que  nos pasa desapercibido. Es como si de una ballena sólo pudieras observar la piel y tuvieras que deducir por su comportamiento toda su estructura ósea, sus órganos y demás tejidos que la conforman. Debajo de la piel del Universo también hay una estructura corporal formada por la materia oscura, un tejido que repele las galaxias y las mantiene unidas, y una fuerza –la energía oscura- que permea e hincha el espacio como un globo. En Cataluña sólo vemos a una élite supremacista copando las instituciones y los medios de comunicación, comandada por un xenófobo que enardece y jalea a un ejército de tapados. Es la piel de la ballena. Debajo hay tejidos de funcionarios hartos de ser los únicos del Estado que no han cobrado las pagas que le requisaron por la crisis, esqueletos de familias enemistadas por el odio sembrado por los líderes del “procés”, arterias de médicos, capilares de estudiantes, tripas de bomberos, órganos de profesores, vasos linfáticos de policías… todos ellos a cara descubierta, cuya masa empieza a repeler a las galaxias indepes y que, con la energía de sus justas reivindicaciones, hinchan el espacio porque están hasta el último pelo de que, cada vez que exigen una cura para la heridas que les infligió la crisis, les den un trapo con barras y estrella para taparlas

El muñeco y su ventrílocuo quitan y ponen muertos en su vida, unos muertos que serán de otros pero que harán suyos a mayor gloria de la república catalana. Habrá réquiems y honras fúnebres y desfiles y depósito de ramos y llamas votivas y mármoles con letras doradas. El “President” y el fugado no tendrán que oler a cadaverina, ni echar una manta para tapar la indignidad de los fluidos corporales; no verán los cuajarones de sangre seca que tupe bocas y narices; no taparán los ojos que miran tan fijamente la nada; no sufrirán el desgarro de una madre o de un padre metido en el cuerpo para siempre. Ellos ponen y quitan muertos en la pizarra del “procés” porque no son sus muertos, como no era su vaca la del filete que se comió el “President” después de su dieta exprés, pero una vez muerta la metabolizó y la hizo suya, carne de su carne.

La buena noticia es que, si resultara cierta la hipótesis de James Farnes, no necesitaríamos el remiendo de la Constante cosmológica para entender el Universo, bastaría con cambiar un signo en las ecuaciones de la Relatividad General. A lo mejor en Cataluña tampoco se necesita la constante de los muertos, bastaría con que la calle cambiara de signo y no permitiera más que unos supremacistas iracundos tapasen las heridas sociales con el trampantojo de una bandera.

J. Carlos