Archivo mensual: septiembre 2015

Confusión

Cataluña in the pendiente

Ayer viendo y oyendo a los protagonistas de las elecciones catalanas, me acordé de Giousé Cozzarelli, la participante en la elección de Miss Panamá 2009, a la que pidieron un comentario sobre una máxima de Confucio. La aspirante puso los brazos en jarras y respondió: “Confucio fue uno de los que inventó la confusión”. A esta aspirante a Miss le confundía su ignorancia. También recordé a Dinio, un cubano famoso por avivar los rescoldos de viejas glorias, que acuñó una expresión que hizo fortuna: “la noche me confunde”. Ayer, a la hora del cierre de los colegios electorales, el cielo alumbró una luna de sangre y se produjo el último eclipse de la tétrada iniciada en abril de 2014. Acontecimiento que algunas mentes confunden con señales de los dioses de catástrofes inminentes. Los que más aciertan a confundirnos son los magos, engañan a nuestros sentidos y nos hacen creer que la realidad no encaja con nuestras percepciones. Todas esas confusiones son asumibles. Lo malo es cuando se nos instala una creencia, entonces estamos perdidos porque nos ocurre como a los ordenadores que, si le metes un segundo anti virus se confunde y lo considera un nuevo virus. Las ideas se tienen, se compran, se alquilan, se usan, se tiran, se pierden… Las creencias se instalan de tal modo que, aquello que no case con la fe se considera un virus y es eliminado.

Sólo así se explica lo de ayer: Militantes de izquierda que proclaman la solidaridad, el intenacionalismo y la libertad -cuyo hábitat es la educación y la igualdad de oportunidades- bailando arrimados, entrepierna contra entrepierna, con la burguesía corrupta y depredadora que privatiza hospitales, incrementa las tasas universitarias y deja en cueros la dependencia. Militantes de la burguesía rancia dispuestos a perder las mamandurrias españolas y europeas, las coimas y las caricias del capital internacional, para estabularse dentro de unas fronteras donde todos se toquen con la barretina y parlem català. Catalanes de a pie que consideran al resto de españoles franquistas, como si los murcianos o castellanos no hubiéramos sufrido la misma dictadura. Votantes de base que ven en cada habitante de otra región al ladrón que les mete la mano en su canut y en su canesú. Catalonios de adopción o de nacimiento que se consideran más importantes, listos e inteligentes que la ralea de vagos y subsidiados de allende las fronteras de la arcádica tierra catalana. Ciudadanos que se creen con derecho a agraviar himnos o banderas que le son ajenas en el corazón, pero que se sienten insultados si les devuelven la pelota. Aquellos que babean con la historia épica que les han diseñado exprofeso, como los niños nacidos en el franquismo babeábamos con los héroes de la Cruzada nacional. Huestes que siguen a sus Moiseses a la tierra prometida con los ojos cerrados, porque si los abren descubren que, esos mismos Moiseses, guardan el 3% que les birlaron del canut común en Andorra o Suiza. Patriotas que aspiran a meterse en su capullo de seda y despertar transformados en una mariposa con alas azules.

Pero para confusión la de nuestro Presidente del gobierno que confundió la Diada de 2012 con una algarabía. Pensó que lo del 9N era un suflé que se desinflaría. Y hace unos días, el 23 de septiembre, zanjó la cuestión catalana con una frase de una altura intelectual que ya quisiera para sí el fénix de los ingenios, “un plato es un plato y un vaso es un vaso”. Frase sin parangón, a la que sólo puede alcanzar en trayectoria y potencia lumínica aquella otra. “los catalanes hacen cosas”. Me temo que la confusión de este hombre no se debe a la instalación de unas u otras creencias. La confusión de este hombre viene de fábrica.

Sucede que mientras andamos en estas confusiones la inversión extranjera huye despavorida, la inversión de los patriotas descansa en paraísos fiscales, el dinero es alérgico a las identidades nacionales. Y en fin, los intereses de la deuda remontan, la bolsa se da otro batacazo, el paro sube, los recortes continúan… Pero qué bien se lo pasan los Sumos Sacerdotes dándose de coces en nuestros culos.

J. Carlos

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Hojas de otoño

otoño

La naturaleza es austera. En otoño los árboles caducifolios se desprenden de sus hojas por economía y supervivencia. Durante la primavera y el verano han utilizado esas manos verdes desplegadas como velas para comerse la luz del sol y beberse el agua del aire. Ahora, cuando la cosecha diaria de luz es tan mezquina que nos les alcanza para hacer la fotosíntesis y alimentar a sus propias hojas, producen células para cegar los conductos alimentarios que unen las ramas con las hojas. Se produce un suicidio asistido, los árboles matan a sus hojas de hambre y de sed hasta que se secan y se desprenden.

La naturaleza es sabia. Esta costumbre del sol de otoño de irse de casa temprano a vivir las noches locas por ahí, y de quedarse a tomar la última copa en un After hours, deja al aire y al agua tristes y fríos como novios despechados. El árbol sabe que si el agua triste y fría que fluye por las tuberías de las hojas se congela, éstas sufrirían una muerte dolorosa, además, quedaría afectado el nudo germinal y ya no habría brotes nuevos en primavera. Esta eutanasia natural produce una belleza plástica insuperable. Nuestros bosques, parques y calles extienden sus tules con una gama de marrones, rojizos, amarillos y anaranjados, que te arropan con una fina capa de  nostalgia y te traen a la memoria a Camille Corot y Camille Pissarro. Y si miras al cielo entre la celosía de las hojas todavía agarradas a las ramas, descubres la misma luz que pintó  Cézanne.

La naturaleza es eficiente. Deberíamos imitarla. Tendríamos que cegar los conductos para dejar de alimentar esos sentimientos que nos lastran. Practiquemos la eutanasia con las ofensas que recibimos y con los desprecios. Participemos en los suicidios asistidos de las palabras que nos hirieron y de las que no llegaron y de los silencios. Es la única manera de preservar el nudo germinal para que nazcan nuevos sentimientos en primavera. Si te desprendes de ese lastre, por economía y supervivencia, al salir a la calle, verás flotando como nenúfares sobre el estanque de hojas secas, las ofensas, los desprecios, las palabras y los silencios. Esa composición  te recordará a Monet que, se entusiasmó con el jardín de agua en su casa de Giverny cuajadito de nenúfares, y lo pintó desde todos los ángulos en todas las estaciones.

La naturaleza es austera, sabia, eficiente y, en otoño, es como una acuarela impresionista en la que se expresa toda la gama cromática.

J. Carlos

Fervorizar

artur-estelada

Los muñidores de patrias son como los misioneros que propagan la palabra de Dios (te alabamos Señor). Se inventan un Creador de la nación, un Cielo o Arcadia feliz que se alcanzará con la independencia, y un Demonio que encarna todos los males y que llaman Imperio. Este artefacto de tres piezas, más sencillo que el mecanismo de un chupete, vale tanto para construir una patria, una ideología, una religión o un equipo de fútbol. Es fácil montarlo, lo difícil es conseguir que funcione, porque la mente de los parroquianos es débil, como la carne, y precisa de iconos o símbolos que instalen la creencia en el sistema límbico, donde bullen las emociones primarias. Ahí tienes la Cruz de los cristianos, la Kaaba del Islam, el Menoráh judío, el Escudo del Real Madrid o la Estelada de Mas y sus acólitos. El símbolo tiene la misma misión del silbato cuyo pitido hacía salivar al perro de Paulov. El artefacto armado con la espoleta de un  símbolo no obedece a leyes físicas ni a postulados racionales, se basa en la fe. Has de creerte, por raro que te parezca, que estás comiendo el cuerpo de un rebelde que ajusticiaron hace dos mil años, llamado Jesús, cuando el cura te da un trozo de oblea. Del mismo modo has de creer que, si te envuelves en una Estelada y comulgas el próximo 27 con tu voto por el sí, se sucederán los milagros: el Moisés, Artur Mas, conducirá a su grey catalana en la larga travesía del desierto y les dará a comer el maná con las coimas del 3%, separará las aguas del proceloso mar fiscal español y subirá al Montserrat, donde Rafael Casanova le entregará las Tablas de la Ley. Amén.

Sin duda, las religiones, las patrias y las ideologías tienen una innegable función social de cohesión. Son instrumentos que han contribuido decisivamente en nuestra evolución como especie, aunque no podemos obviar que en su nombre se han perpetrado las mayores carnicerías humanas y que, aún, se siguen produciendo. Estarás conmigo que hay otros elementos de cohesión social como los equipos de fútbol o los bares que resultan menos cruentos. Incluso hay otras herramientas de cohesión social totalmente pacíficas, y mucho más efectivas, como la sanidad y la educación universal, la atención a la dependencia, el acceso a la cultura, la igualdad de oportunidades, la búsqueda del talento y la aplicación del método científico. Te hablo de herramientas humanas que no tienen creadores, ni cielos, ni demonios. Te hablo de instrumentos que impulsan el progreso y el bienestar social y, con ellos, la ética y la empatía.

Los patriotas, los religiosos y los ideólogos lo tienen fácil. Colocan en los portaestandartes sus banderas, cruces, hoces y martillos para que saliven sus mesnadas y, después, los enfervorizan con arengas donde se mezcla el enemigo que nos roba con cielos azules, tierras prometidas y libertad, libertad, libertad… Sin ir más lejos, ahí tienes el ejemplo del once de septiembre: la Meridiana de Barcelona desbordada por un caudal de telas estampadas con estrellitas azules y barras rojas y gualdas y, debajo, unos cientos de  miles de personas con la prole al hombro y el cerebro inundado de oxitocina, a punto de tocar con las yemas de los dedos, como cualquier santo, el reino de los cielos.

Te lo tengo dicho, los que no profesamos la fe de las patrias sólo tenemos el mecanismo torpe del sexo para darnos un chute de oxitocina. Por no tener, carecemos hasta de banderas y de símbolos que nos hagan babear como al perro de Paulov. Y nuestras arengas no tienen garra, les falta la creencia en el Supremo Hacedor, la fe en un cielo donde esperan las huríes y el invento mágico de un enemigo que nos sojuzga. Los que no profesamos la fe de las patrias sólo nos preocupan cosas insulsas: Queremos vivir en un país en que la sanidad y la educación sean tratadas como las joyas de la corona, donde haya más investigadores de élite que deportista de élite. Soñamos con una ciudadanía crítica que no vota al corrupto ni admite en sociedad al que corrompe. Nos ilusionan unos gobernantes que fomenten la igualdad de oportunidades y la redistribución de la riqueza. Pensamos que en los medios públicos deberían tener cabida los maestros, los científicos, los filósofos, los escritores, y no la retahíla de indigentes culturales y analfabetos funcionales que los copan.

Los que no profesamos la fe de las patrias no nos gusta la nuestra del Toro de la Vega, Sálvame y los recortes, la de la ley mordaza, concertinas y desigualdad. Y nos aterran las nuevas patrias que construyen los del 3%, los mismos que votaron la reforma laboral y practicaron los recortes sociales más salvajes de la piel de toro.

Carecemos de creencias, no tenemos símbolos ni banderas y, además, nuestras propuestas son tan insulsas que no fervorizan ni al Tato así que, si queremos oxitocina, no nos queda otra que practicar sexo. ¡Qué pereza!

J. Carlos

Aylan y las armas de destrucción masiva

trio de las Azoresdiputados aplaudiendo guerra de IraqAylan Kurdi

El precio es al mercado lo que el oxígeno a las células. Si se quiere que el mercado palpite como un ser vivo, hay que suministrarle el combustible del precio. Pero el precio fluctúa como las olas. Por ejemplo, la carne de emigrante ahogado en el Mediterráneo o asfixiado en la bodega de un barco o en la caja de un camión, cotiza a la baja en la Bolsa de los medios y las redes sociales. El mercado está saturado, sobra carne de naufrago. Si te descuidas, al girarte en la hamaca en la playa donde doras tus mantecas al sol, puedes toparte con un cadáver con la barriga hinchada y un pie desnudo. El mar termina devolviéndolo todo con el tiempo. Hace unos días vomitó el mensaje en una botella que alguien botó hace ciento un años. No te extrañes que uno de tus futuros tataranietos encuentre, mientras remueve la arena con sus manitas para construir un castillo, la bota que faltaba a tu naufrago.

Los mercados son caprichosos y, de vez en cuando, surge un valor que los expertos llaman Blue Chip. En la Bolsa de los medios y las redes sociales la carne del niño naufrago Aylan Kurdi se ha puesto por las nubes. Ha alcanzado un valor de máximo histórico, idéntico al que alcanzó en su día la carne de Phan Thi Kim Púc, la niña vietnamita que corría desnuda con la piel abrasada por el napalm yanqui.

La imagen de Aylan Kurdi con el mentón varado en la arena y el tafilete de los zapatos casi sin usar, quema conciencias y deja una marca indeleble, como la del hierro candente penetrando en la piel del ganado. Ha sido difundirla y a nuestros gobernantes se les ha caído de la boca, me temo que transitoriamente, las metáforas de tejados y goteras, plagas, limpiezas y otras lindezas que todavía supuran por esos labios como supura el pus por las heridas abiertas. Ha sido tal el tsunami mediático provocado por el icónico naufrago que, ahora nuestro Gobierno se quiere poner al frente de la manifestación. Tanto es así, que se muestra dispuesto a ampliar el cupo de refugiados. Nótese que hablan de cupos porque el único lenguaje que utilizan con soltura es el lenguaje administrativo de la leche, el vino, el aceite y otros insumos. Cuando las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos de nuevo cuño se organizan para recibir, acoger e integrar a la marea de personas que huyen de la guerra, el terror y la barbarie sólo con lo puesto, como el que sale huyendo del incendio de su casa. Cuando las Asociaciones de refugiados, las Asociaciones de ciudadanos, las ONGs y gran parte de la población española se niegan a que le venden los ojos frente al horror y se muestran solidarios para echar una mano, unos euros, o lo que haga falta. Cuando hasta la Alemania de Merkel está dando una lección moral y ética de humanidad, dignidad y sensatez con su política de acogida. Entonces, y sólo entonces, nuestro Gobierno cicatero, roñoso y servil se apresta a “subir el cupo”. Muchos de los miembros de este Gobierno asean sus conciencias en los confesionarios. Creen que con un acto de contrición desaparecerá de sus conciencias la marca indeleble de Ayland esculpida a fuego. Tienen fe en que una vez bendecidos y perdonados tras el “ego te absolvo…” podrán, sin dolor de corazón ni propósito de enmienda, ordenar a la Guardia Civil que dibuje a fuego de bala las línea de la frontera marítima con África.

La memoria es flaca y las imágenes icónicas de ayer mismo van lastrando su cotización al mismo ritmo que aparecen otras Blue Chips que las sustituyen en el parqué mediático. Qué bajo cotiza ya la foto de los tres mandarines en las Azores. Apenas tiene valor hoy la imagen de Aznar con el ceño fruncido y la vista clavada en la cámara de televisión aseverando que: “Puede estar usted seguro y pueden estar seguras todas las personas que nos ven que les estoy diciendo la verdad. El régimen iraquí tiene armas de destrucción masiva.” Hay otra instantánea que ya está fuera de mercado, es la de los 183 diputados rompiéndose las manos cuando aprobaban la resolución para hacer la guerra a Irak. A pesar de que ya sean “chicharros” en el argot de la Bolsa, a mí se me han quedado clavadas en el sistema límbico como tres agujas incandescentes. Lo triste es que tenían razón: había armas de destrucción masiva, aunque no estaban en Iraq. Las armas de destrucción masiva las tenía el trío de las Azores y las empleó a modo.

Su osadía y nuestro silencio han causado más de tres millones de muertos y un éxodo de más de cuatro millones de refugiados que huyen de Iraq, Afganistán, Siria y Libia. Que no te engañen, Aylan es una víctima más de las armas de destrucción masiva que detonaron los tres jinetes –Bush, Blair y Aznar– una tarde de marzo de 2003, después de echarse unas risas en las Azores.

Los tres jinetes cabalgan hoy sobre las alfombras persas de consejos de administración y salas de reuniones forrándose el riñón. ¿Qué puñetas aconsejarán? ¿Qué desalmados morales acudirán a escuchar sus sermones? Y, ¿qué me dices de los 183 dedos que apretaron el botón del sí en el Congreso de los Diputados? ¿Cuántos de ellos seguirán posando su culo en la butaca de piel del Congreso o en las sillas del Consejo de Ministros? Qué paradoja, esas mismas 366 manos que ayer aplaudieron hasta sonrojarse, hoy acariciarán a sus nietos, que tal vez tengan cumplidos los tres, y éstos sonreirán porque todavía ignoran que, las palmas que su abuelito batió como alas de mariposa, un cuatro de marzo de hace doce años, produjeron un tsunami que sigue arrojando despojos humanos como los de Aylan.

J. Carlos