Archivo mensual: noviembre 2012

Rugosidades

Va para seis meses que lo despidieron. Trabajaba en un laboratorio estudiando la Física de las partículas. No le dijo nada a Mercedes, coincidió con lo de la muerte de su madre y no quería darle otro disgusto. Se dio un mes de plazo, incluso preparó la escena frente al espejo. No le salía bien y se dio otro mes y luego otro… Sigue levantándose a la siete, desayunan juntos. Ella madruga un poquito más, se tira de la cama a oscuras, sin hacer ruido. En la cocina enciende el aparato de radio y, mientras se hace el café y se tuestan las dos rebanadas de pan, le fríe un filete con patatas y un lomo de merluza y los mete en la fiambrera. Alfonso se entera de las noticias por boca de su mujer, al tiempo que extiende la mantequilla sobre la tostada.

-Mira que sudadera le he comprado a Alfonsito. Ves, tiene tejido el retrato de su cara. Hay una máquina para eso. Le llevas la foto, la escanea y la entreteje. –Comenta Mercedes.

Antes de salir, Mercedes le pone en bandolera el bolso negro con la fruta y la comida, le centra el nudo de la corbata con el índice y el pulgar y le da un beso en el cuello inhalando la fragancia de Paco Rabanne. Sigue viajando en Metro, como cuando tenía trabajo, aunque ahora se baja cinco paradas antes de la Universidad. Entra en la biblioteca pública y solicita un ordenador y conexión a internet. A sus colegas del resto del mundo tampoco les ha dicho nada. Intercambia con ellos correos electrónicos, fórmulas matemáticas y el empeño de explicar cómo se dotan de masa las partículas al atravesar el Campo de Higgs. Mediada la mañana suena el móvil. Es Mercedes. Le cuenta que ha ido a Correos para enviarle la sudadera al niño, que en Dublín hace mucho frío.

-He pasado también por El Corte Inglés y he comprado un marco de plata. En Navidad, cuando vuelva el niño, nos haces una foto juntos, la que tienes en el despacho es de cuando tenía doce años; además, ese marco nunca me gustó.

A eso de las dos de la tarde da un paseo hasta el Retiro, se sienta en un banco frente a la estatua del Ángel caído y, con la fiambrera sobre las piernas, come. En derredor se congregan palomas y jilgueros, saben que no faltarán patatas fritas y migas de pan. La modorra de la digestión y este sol de otoño que termina entibiando el aire le animan a echar una cabezadita. Le despierta el sobresalto de una hoja de plátano que ha venido a posarse en su cabeza. Saca la libreta del bolsillo y anota una idea que se le ha escapado de un sueño. Se levanta a toda prisa, canturrea, recoge los utensilios de la comida y vuelve, a buen paso, a la biblioteca. Le manda un correo a Mr. Evans de la Universidad de Pricenton:

– La fuerza es única, el hecho de que se manifieste de distinta forma se debe a que el Campo de Higss no es uniforme, como la conciencia humana, tiene rugosidades.

Había soñado que su conciencia de niño era una esfera perfecta y transparente, después los miedos, las pasiones, las medias verdades, el dolor… la habían ido arrugando y ahora estaba erizada de crestas y sembrada de valles abisales. Había un Everest que destacaba y crecía desde que decidió engañar cada día a Mercedes y salir de casa como si tuviera trabajo, como si no pasara nada, como si no se fuera a acabar nunca el subsidio del paro.

El sueño era recurrente, le ponía triste. Pero hoy estaba contento, seguramente había tenido la mejor intuición de su vida. Había caído en la cuenta de que la conciencia impregna todos los actos y lo llena todo, al igual que el Campo de Higgs que es, como una sopa ubicua que llena el universo entero. Así que pensó que si el Campo de Higgs tuviese arrugas, como la conciencia, podían explicarse como una sola las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. Apagó el ordenador, tomó prestada la película Contact basada en la novela de Carl Sagan y se fue a casa caminando, para verla junto a Mercedes por decimocuarta vez. Al pasar por la Avenida  de Felipe II se acercó hasta la esquina con Narváez, donde un corro de gente a la intemperie, miraba expectante cómo una máquina, parecida a una tricotosa, tejía la foto que aparecía en una pantalla de plasma, mientras iba devanando varios ovillos de hilo de seda. Quedaba zurcida con primor sobre jerséis, sudaderas, ponchos y bufandas. Manejaba el aparato una rubia cuarentona que llevaba una máscara veneciana en plata y oro tapándole el rostro. Había quién en vez de una foto propia elegía como motivo la máscara veneciana. Fue después, a la altura de Ventas, que cayó en la cuenta de que esa señora debía tener buen gusto, era el mismo modelo de máscara que él le había regalado a Mercedes cuando fueron al Carnaval de Venecia en la luna de miel.

Tuvo que entrar en casa abriendo con su propia llave. Siempre le abría Mercedes, tal vez estaría haciendo la compra. Sonó el teléfono.

-Papá qué haces en casa tan pronto. No estarás enfermo.

-No hijo. Me he tomado la tarde libre ¿Qué tal por Dublín?

-Muy bien, papá. Esto de las becas Erasmus está muy bien. ¿Cómo van tus quarks y tus leptones?

-Bien, precisamente hoy he tenido una intuición y le he escrito a Mr…

-Papá que se va a cortar. Dile a mamá que llegó el giro, que se ha pasado. ¡Ah! y que no trabaje tanto. Se corta. Besos.

Nada más colgar tuvo otra intuición. Cogió la banqueta de la cocina y se fue al dormitorio. Encima del armario de nogal de tres cuerpos que le regalaron sus suegros cuando se casaron, había una caja de cartón floreada donde Mercedes guardaba la máscara veneciana. Abrió la tapa. Estaba vacía.

Se metió en la cocina. El libro de Simone Ortega estaba a la vista. El delantal también, aunque se lo colocó al revés, con los bolsillos hacia dentro. La cazuela de barro la encontró en seguida, pero para dar con la sal gorda tuvo que registrar los estantes de dos armarios. Pelando los aguacates se hizo un pequeño corte en el pulgar. Mientras se echaba Betadine y enrollaba el dedo con papel absorbente se percató de que la pulpa se estaba oxidando, la troceó con rapidez y la envolvió en papel de aluminio. Sacar la fuente del horno le costó la quemazón en las yemas de todos los dedos de la mano. Cinco minutos bajo el agua del grifo y otros diez buscando las manoplas. El fregadero, inexplicablemente, quedó atestado de platos, fuentes, vasos y otros utensilios de cocina.

Diez minutos antes de las ocho de la noche llegó Mercedes. Alfonso salió a recibirla al oír la llave en la cerradura. Mercedes se asustó al verle, se llevó la mano al corazón, como si se le hubiera volteado.

-¿Qué haces en casa? ¿Estáis en huelga? Es la segunda vez en veinte años que vuelves antes de las ocho y cuarto. ¿Cómo es que te has puesto el delantal?, si tú nunca has lavado ni un plato.

Él se limitó a sonreír mientras le ayudaba a quitarse el abrigo. Lo colgó de la percha y la hizo pasar al comedor. Una vela encendida se reflejaba en la botella de vino de la bodega Protos. Sirvió y brindaron de pie. Le retiró la silla para que se sentara.

Alfonso trajo la fuente de ensalada de aguacates y gambas en una mano y en la otra, que había cubierto con  una manopla, la cazuela de barro con una dorada a la sal. Se sentaron.

-Tengo que pedirte –Empezó titubeante Alfonso.

-No hace falta que me digas nada –Replicó Mercedes.

-Sí, Mercedes, es preciso que te pida que me dejes ir contigo mañana a tejer los rostros de la gente. Tengo que planchar la conciencia que se me ha ido poblando de arrugas, como el Campo de Higgs.

-¿Cómo qué? –Pregunta Mercedes con una sonrisa abierta.

-Nada –responde Alfonso- ¿Dónde guardas mi canoutier de gondolero y mi camisa de rayas? Será como volver a Venecia. Ah y voy a preparar más motivos para zurcir: Einstein sacando la lengua, la representación de un átomo con su nube de electrones, la galaxia Andrómeda que es preciosa…

J. Carlos    

Anuncios

Es la empatía, estúpidos

                                                                                                         Es la empatía, estúpidos

Empatía: “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro” (DRAE)

            En castellano es raro que una palabra tenga una sola acepción. Sin embargo, es una palabra crucial, porque define la facultad que, seguramente, ha permitido que la especie humana progrese, se organice y se haya colocado en el primer peldaño de la evolución de la vida, al menos, en este planeta. Estamos solos con nosotros mismos, intentando aprehender el mundo que nos rodea, y sólo podemos comunicarnos con herramientas equívocas como la lengua, los gestos, la escritura y el arte. Sí, he escrito arte, porque estoy persuadido de que es uno de los lenguajes humanos que con mayor eficacia consigue sintonizar nuestros estados de ánimo con el del autor o con el de sus personajes. No  habría comunicación posible si no tuviéramos la facultad de identificarnos mental y afectivamente con el estado de ánimo del otro y, sin comunicación no habría organización social ni progreso; de hecho los psicópatas, como ya te dejé escrito en esta misma bitácora (Veáse Psicopatías), carecen de empatía por más que sean seductores y nos halaguen y nos engañen.

Las diferencias sociales y culturales producen graves interferencias en esa facultad, al igual que las tormentas solares interfieren las ondas electromagnéticas de nuestros satélites. Es muy posible que enfatices más con María, la protagonista de la película “Lo imposible” que encarna la actriz Naomi Watts, que con el mendigo que te encuentras durmiendo cada noche, tapado con cartones, debajo del cajero de la sucursal del banco de la esquina. ¿Sabes por qué? Tu cerebro es optimista y siempre apostará que puede ocurrirte lo primero pero nunca lo segundo, así que se identifica con lo más probable y aplicará la máxima de que, la caridad empieza por uno mismo. O, si quieres, te emocionará más un desahucio retransmitido en televisión con su ración de vergajazos propinados por la policía, que un niño rumano que te extiende la mano en la terraza en que tomas tu café, con los mocos sorbidos y los ojos negros clavados en la indiferencia de tus pupilas. Sí, porque ya no eres un niño, ni eres rumano; pero cada vez notas más cercano el aliento de la crisis en tu cogote.

Créeme, quien viste un traje de Prada o Versace, quien lleva una corbata Hermes o Gucci, quien calza unos Timberland o Façonable, quien luce en su muñeca un Omega o un Rolex¸ quien se traslada en un coche oficial o de empresa, aquel cuyas suelas de cuero sólo pisan moqueta…, sólo será capaz de empatizar con políticos, banqueros y ricos por su casa. Las interferencias que recibe su cerebro apalancado en la burbuja del bien vivir, le incapacitan para empatizar no sólo con la caterva de desahuciados o con la torrentera de desempleados, ni siquiera se identificará con el estado de ánimo de la empobrecida clase media. No te engañes, desde sus despachos de maderas nobles, los números, las estadísticas y los informes le resultan abstractos, fríos y lejanos, al igual que a ti cuando viajas como turista a un país pobre y ves, al otro lado del cristal del autobús o del taxi que te lleva a tu hotel de cinco estrellas arrimado a una playa privada, que la miseria tiene los pies desnudos y embadurna de mugre y de pupas  la piel. No es broma, a veces, la interferencia es de tal magnitud que puede derivar en psicopatía social o patocracia como la denomina Lobaczewski.

Créeme, si se les hiciera un escáner a los economistas del FMI, a los miembros de la Troika, a nuestro Presidente y a sus Ministros…, cuando están transmitiendo por televisión las manifestaciones de los ciudadanos en Grecia, Portugal, España…; estoy seguro que reflejarían una cuasi desconexión entre sus sistemas límbicos y sus lóbulos prefrontales. Vamos, que estarían casi psicopatizados socialmente.

Sabes bien que no soy médico, por consiguiente, no puedo extender recetas farmacológicas, afortunadamente, porque si no tendrías que duopagarlas y, si vivieras en Cataluña o Madrid, tripagarlas. La receta que te regalo no requiere el título de galeno, basta aplicar el sentido común. Toma nota.

Tómese a los funcionarios del FMI, de la Troika, de la UE, a los miembros de la Comisión Europea y a sus Comisarios, a los Presidentes y a los miembros de los Gobiernos Estatal y Autonómicos, Parlamentarios, Alcaldes, Diputados Provinciales, Concejales y demás cargos públicos. Quítenles sus atuendos. Vístanles de clase media. Métanles con su familia en un piso de barrio obrero de cuarenta metros cuadrados. Manden a sus hijos al instituto público más cercano. Pónganles a currar en un taller mecánico, o en un restaurante, o de cajeros o reponedores en grandes superficies… Páguenles mil euros al mes. Por último, sométanles a un ERE. Transcurridos dos meses, llévenles a presenciar en directo un desahucio. Si en su escáner se visualiza actividad eléctrica entre sus sistemas límbicos y sus lóbulos prefrontales, devuélvanse a sus cargos habituales. En caso contrario aléjenlos de la cosa pública porque su psicopatía es genética y no sobrevenida por interferencias de clase.

            Ya lo dijo en sus Humoradas Don Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira”. Si lo sabría Don Ramón que, además de poeta, fue político y Diputado.

J. Carlos

Gusanos

Lo del bulto del pecho me lo he callado. Armando no le daría importancia, si acaso una sonrisa de no es para tanto y un no te preocupes porque mi hermano el médico dice… y las posibilidades de que sea maligno son mínimas… y si lo fuera, hoy día la cirugía… dos incisiones… y  ni rastro. Pero Luís es distinto,  hace de cualquier cosa un dramón, así que, sería contárselo y verme bajo tierra criando malvas y sus niñas, nuestras hijas, desamparadas, y la lavadora cómo funciona y Elba sabe cómo se lleva la casa, y qué comen las niñas, y las reuniones del colegio, y dónde dices que está la academia de ballet…; déjalo todo apuntado, cariño.

Luís le puso nombre a mis pechos cuando éramos novios. A uno, lo llamó Veleta porque se le escapaba de la mano, y al derecho le puso el nombre de Teide, decía que se ponía tenso y duro como si fuera a entrar en erupción. Con los años se le olvidaron los nombres y las caricias y los lametones. Los viernes por la noche, tras una copa de Calvados, cumple la obligación con la misma diligencia que si se tratara de pegar una póliza y echar una instancia. Sólo al final, en un anticipo de su éxtasis o, como un simple reflejo de Pavlov, toma al Veleta y al Teide con sus manos y los amasa y los engarfia con sus dedos y me hace daño.

Armando es buen amante. En el trabajo reparte órdenes y dicta demandas, contestaciones y diligencias para mejor proveer con la fuerza y la velocidad de un ciclón. Pero los jueves, en los butacones de su despacho, en la cama del hotel o en los asientos de cuero del coche, despliega una liturgia sosegada, arrima con precisión su boca y su nariz a todos los rincones de mi piel, se demora en cada uno de los pechos, los escala con la lengua con parsimonia deliberada. Sólo cuando llega a la cima del pezón lo lame, lo muerde y lo chupa con la fruición de un bebé hambriento.

Ni Armando ni Luís saben que, en la última radiografía el doctor detectó una sombra sospechosa en el pecho izquierdo, el Veleta. Conviene que pidas hora al especialista. Y te lo ponen sobre una bandeja fría, apaisado, como si pesaran un hígado de vaca en la balanza de una casquería. Tres cuartos, ¿se lo hago filetes para empanar o se lo corto en juliana para encebollar?

El sobre blanco que contiene la mamografía y el informe te lo dan cerrado, pero tú lo abres al entrar en el ascensor. Afortunadamente estás sola. Las líneas bailan y tus ojos tardan en enfocar la frase destacada en negrita: Posible fibroadenoma. La palabreja te da una patada en el estómago porque la sabiduría popular te ha dicho que todo lo que termina en noma es malo. Te doblas, es un dolor agudo como si hubieras comido una docena de clavos y estuvieran haciendo un centrifugado en tus entrañas. Buscas el botón de parada, le das un manotazo y te quedas acuclillada en una esquina, a la espera de que los clavos se asienten en el estómago.

Ha habido suerte dice el doctor Montero, calándose las gafas y mirando al trasluz la mamografía. Benigno. Se me aflojaron tanto los músculos que, poco después, cuando me palpó la areola con todos los dedos como si tocara una bocina, me entró la risa floja y se me escaparon unas gotas de orín. Mira, trae la mano, palpa, ¿lo notas?, es redondo y se mueve. No hay duda, es benigno. Por cuestiones de protocolo hemos de hacerte una punción para biopsar el tejido.

Ni Armando con la lengua los jueves, ni Luís con la mano los viernes, han descubierto la incisión. Tampoco la han visto y eso que no la he disimulado con afeites. Son torpes. Por las mañanas, frente al espejo, deslizo mis dedos sobre los puntitos rojos y luego me masajeo siguiendo las instrucciones del doctor. El bulto redondo se mueve y se escapa como un pez, pero no puedo dejar de pensar que por dentro se me están pudriendo. La culpa es de un sueño recurrente que tengo desde aquel día: Los gusanos taladran túneles dentro de mis pechos y sacan su cabecita por esos puntitos rojos para respirar. Son grisáceos, dan asco. Pinzo su cabecita con los dedos, los extraigo y los tiro por el desagüe.

Siempre quedamos en el mismo restaurante, venimos cada uno por su lado. Armando deja en blanco su agenda los jueves por la tarde; a veces, como hoy, sólo puede dejar en blanco hora y media para comer. He llegado con retraso, me han tenido más de un cuarto de hora bloqueada en la calle Jorge Juan. Había una manifestación contra un desahucio. Unas veinte personas formaban un cordón frente al portal, forcejeaban contra una decena de policías que terminaron abriendo un pasillo para dejar el paso franco al agente judicial. Al poco salió una pareja. Él con traje y corbata, portaba una maleta en cada mano. Ella, con una falda hasta media pierna y una chaqueta de paño, tiraba de la mano de un niño de unos seis años que, a su vez, en retahíla, le daba la mano a otro, más pequeño. Los niños vestían un trajecito azul con pantalón corto, de colegial. Los congregados prorrumpieron en un aplauso. Los periodistas acercaron los micrófonos a los padres, a la altura de la boca. Estos respondían con la desgana de la derrota. A partir de ese momento el tráfico empezó a fluir. El taxista aparcó los monosílabos: Muy mal debe estar la cosa si los desahucios ya llegan hasta el barrio de Salamanca. Armando ya esperaba en el restaurante, dejó la carta a un lado al verme llegar, se levantó y, después de besarme, me entregó un ramo de orquídeas. Ya le dije el día que me preguntó si estaba enamorada de él: Me enamoré de tus gestos. Chocamos las copas. Por nosotros. Se inclinó hacia mí y me dijo al oído que el vino bebido en vidrio era desolador, me gusta beberlo en tu boca. Antes de que sirvieran los platos, se recreó recordando la bodega que alquiló un jueves, a finales de septiembre. Subimos al lagar descalzos dispuestos a pisar la uva. Terminamos desnudos, con la piel granate, pegajosa de mosto y quitándonos los hollejos con los labios. La lubina a la sal para el señor, la merluza en salsa verde para la señora, la ensalada de arándanos y nueces en medio. A medida que va llenando el estómago, Armando se sosiega, las pupilas del color de las hojas en otoño recién llovidas, se le dilatan con el vino y la conversación va derivando. Al mayor ya lo he apuntado a piano, los dos pequeños andan con gripe, siempre la cogen a dúo. Las tuyas ¿sigue, sacando sobres en matemáticas? Son tan parecidas que no sé como las distingues. Mi mujer las adora. Bueno, también te adora a ti, dice que eres la madre más sensata y con más sentido común del colegio. Yo te pongo algún defecto, sólo por disimular. Ah sí, ¿cuál? Enrojece y se atusa el caracolillo que le cae a la derecha de la frente. Bueno, le digo…, eso…, pues que si fueras tan lista y sensata no te habrías casado con el simple de Luís. Comiendo el tiramisú suenan dos pitidos en el bolsillo delantero de su chaqueta, extrae el teléfono, desliza el dedo índice por la pantalla, lee. La sien derecha empieza a palpitarle como si tuviera dentro un gusano que intentara trepanarle el cerebro. ¡Joder!, exclama. Los comensales de alrededor apagan sus conversaciones y aguzan el oído. Baja el tono de voz, en confidencia: Que van a modificar la Ley hipotecaria para frenar los desahucios. ¡Qué putada! ¿Sabes cuánto he facturado al banco en el último año? Casi dos kilos. Todo son desahucios. No hay otra cosa. Trabajamos como burros ¡eh!, que tú lo sabes. No hacemos menos de veinte al mes. Y es duro de cojones, que tienes que lidiar con cada papeleta. Esto políticos de mierda no se dan cuenta de que si ponen palos en la rueda nos vamos todos al carajo. ¡Joder! También yo tengo que pagar la hipoteca de La Moraleja y la del dúplex de Marbella. A la salida, el gusano de la sien se ha calmado, tal vez, ya he encontrado el camino y le está haciendo túneles en el cerebro.  Abre galante la puerta del taxi, se queda esperando hasta que arranca, me lanza un beso volando y echa a andar hasta la esquina de Goya con Serrano donde le espera su chófer.

A la altura de Diego de León el semáforo está rojo. Miro a la izquierda. Una pareja de viejos está dando vueltas por el rellano de una sucursal bancaria, caminan desde el cajero automático hasta la pared de enfrente, forrada de carteles que anuncian préstamos fáciles y depósitos al mejor interés. Están embutidos en sendos cartones, a modo de casullas, que cuelgan del pecho y de la espalda. Se puede leer: Por avalar a nuestro hijo nos habéis robado la casa. ¿Cómo podéis dormir?

Bajo del taxi, el portero del inmueble está ayudando al mayor de los Vendrel a cargar la furgoneta. Lleva alimentos no perecederos, distribuidos en bolsas para los comedores de Cáritas. Me saluda azorado, cuando me dé la vuelta para subir los ocho peldaños de la entrada sé que pondrá sus ojos saltones en mi culo. Lleva siete años estudiando arquitectura y, aunque tiene sobresaltado al vecindario del inmueble porque asiste a todas las manifestaciones contra los recortes, nadie le niega unos kilos de legumbres, pasta, o unas latas de sardinas. Es buen chico –dicen- y sus padres no pueden ser más católicos, ni más de derechas  y, al fin y al cabo, la labor que hace para Cáritas es encomiable. Llama a la puerta de cada vecino una vez por semana. Siempre que llama a la mía, coincide con la ausencia de Elba que ya se ha ido a la compra. Lo hago pasar hasta la cocina, entro en la despensa y voy cargando en mi regazo, contra mis pechos, paquetes de arroz, pasta, sal, harina. Juanito ha de coger uno a uno y colocarlos en una bolsa de hule verde. Disfruto de su arrobamiento y del cuidado que pone en no rozar con los dedos ni la tela de mi camisa. A veces, en la despensa me desabrocho un botón más y al coger el último paquete lo descubre y hasta le tiembla el pulso; en ese instante sus ojos saltones parecen a punto de desbordar sus órbitas.

Luís llega tarde a la hora de la cena, como de costumbre. Las niñas ya están acostadas. El único día que llega antes de horas son los viernes. Bien sabe que si no llega a tiempo lo único que puede hacer después de cenar es irse a dormir. Elba nos sirve las acelgas y el pescado hervido con un espolvoreado de eneldo, una pizca de pimentón y un chorrito de aceite de oliva. Tienes los ojos muy rojos. Es el ordenador y la sequedad del ambiente de la oficina. ¿Las niñas? Laura ha venido un poco griposa. Sofía traía el vestido pringado de macarrones con tomate. Silencio largo, miradas caídas en los platos. ¿Las cosas en la empresa? Como siempre, líos. ¿Qué clase de líos?, nunca me cuentas nada. ¿Qué quieres que te cuente? ¿Queda iboprofeno en el botiquín?, me está matando esta espalda. Ya sabes que mi trabajo es muy anodino, buscar pérdidas de agua. Cariño, ¿Por qué no me acercas un colirio?, está en el segundo estante del armario del baño. A condición de que me cuentes algo interesante. Bueno, te puedo contar algo que sucedió la semana pasada. Tuve que dar orden de cortar el agua a una urbanización, es de esas que está casi terminada pero la constructora quebró. Los informes decían que había un gasto inusual de agua en ese sector, estuvimos casi un mes buscando fugas. Resulta que son ocupas, familias que no pagan sus hipotecas y los han echado de sus casas. Pegan una patada a la puerta y se meten en las nuevas que, encima son de lujo. Nos estaban robando el agua. Al echarle las gotas de colirio los capilares rotos de la esclerótica parece que se estremecen, pequeños gusanos rojos que reptan, seguramente buscando el nervio óptico, el camino más directo hasta el cerebro.

En la cama volvió el sueño. Esta vez los gusanos dormían dentro de las sucursales de los bancos. Por la mañana los empleados abrían las puertas y los gusanos salían. Se iban por las calles reptando, se metían en los portales y entraban en los pisos de los que no podían pagar sus hipotecas. Se tragaban a los hipotecados. Al atardecer volvían más gordos, más torpes. El director de la sucursal y los empleados les ayudaban a meter sus cuerpos grasientos de nuevo en la oficina. Me desperté sobresaltada. Luís abrió los ojos, sus escleróticas estaban llenas de charquitos de sangre. ¿Qué te pasa cariño? Nada, mi amor, me habrá sentado mal algo que comí. Perdona si te he despertado. Ya no pegué ojo. Me dio por imaginar que, Armando y Luís incubaba esos gusanos y, éstos, perforaban túneles en sus cerebros para alimentarse de sus ideas, sólo que a uno le nacían en la sien y al otro en los ojos. Me levanté y fui al cuarto de baño. Abrí la bata de muaré y dejé mis pechos al descubierto. No quedaba ni rastro de la incisión. Palpé el bulto que se escapaba de entre los dedos. Pensé en Juanito. Imaginé que sus ojos saltones estaban tras de mí, extasiados, clavados en el espejo. Se endurecieron los pezones, cuando los ensalivaba para aliviar el ardor entró Luís. Buenos días, cariño. Buenos días cielo, ¿qué tal los ojos? Mejor.

A primera hora de la mañana bajé a casa de los Vendrel y le dije a Juanito que quería apuntarme los jueves para colaborar sirviendo comida en los comedores de Cáritas. Me acompañó para hacer los trámites, después tomamos unas cervezas. Tiene los ojos limpios. Fui dos veces al baño y, cada vez, me desabroché un botón de la camisa como cuando me meto en la despensa. Al salir del bar me anudé de su brazo, se lo pegué a Veleta. Me hubiese gustado que sus manos largas y finas buscaran el pez que nada por dentro. Se puso rojo pero su sien no palpitó. Oye, Juanito, y los viernes por la noche Cáritas no realiza alguna actividad. Sí, lleva café caliente a los mendigos y a las prostitutas. Y qué hay que hacer para apuntarse. Volver a las oficinas de Cáritas. Estupendo, pues mañana vamos; bueno, si estás libre y si quieres.

Vibró el móvil en mi bolso, le había quitado el sonido. Había llamadas perdidas de Luís y de Armando. Se iluminó la agenda: Recoger el informe de la biopsia, de nueve a doce. ¿Se te ha olvidado algo? Tenía que haber ido a recoger un informe, ya es tarde. Iré mañana. Mañana vamos a Cáritas ¿no? Claro Juanito, pues ya recogeré el informe el lunes, si tengo tiempo.

J. Carlos