Archivo mensual: noviembre 2018

MICRORRELATOS IV

Año 2034

Resulta muy desagradable ir a desayunar a la tetería Oliver, como todos los domingos, y que los sensores de la puerta vidriada te impidan entrar porque advierten la presencia en tu cuerpo de algún agente patógeno.

Irrita regresar a tu coche, con el estómago vacío, y que no te abra la puerta ni subiendo el tono de voz, ni poniendo tu dedo en el lector de huellas, ni con la aplicación virtual en tu retina.

Pero lo más inquietante es que en la pantalla del móvil se suceden anuncios de testamentarías, funerarias y confesonarios on line.

El táper

Mientras miro perplejo los añicos de vidrio y los regueros azul cobalto sobre el suelo blanco de la cocina, se me destensan los músculos y me domina la placidez. Señal de que sus vapores letales se están expandiendo.

Hoy era mi último día de trabajo. Han sido cuarenta años entre tubos de ensayo, probetas y matraces desarrollando armas químicas. Me merecía una vejez sin agobios. Por eso corté por la mitad el melocotón, extraje el hueso y coloqué en su lugar la ampolla azul. Metí de nuevo la pieza de fruta en el táper y así burle los detectores para salir del laboratorio. Debía entregarla esta noche, en la estatua del viajero de la estación de Atocha, a cambio de una cantidad en una cuenta cifrada a mi nombre.

Según mis cálculos en una hora no habrá vida en un kilómetro a la redonda. Todo porque el táper se abrió al sacarlo de la mochila y las dos mitades del melocotón se estrellaron contra los baldosines. Una de ellas rodó hasta el pasillo como si quisiera huir del desastre.

Celos

 Aurora me saca medio palmo de altura y es una mujer con mucho temperamento. Estábamos los dos sentados en la cafetería merendando unos buñuelos de viento, comentábamos el presupuesto para renovar la cocina, pulir los suelos de madera y pintar los cuartos de los niños. Al otro lado del ventanal cruzó la vecina del tercero derecha con sus botines rojos de media caña haciendo juego con un minúsculo short. Te juro que fue un parpadeo, no me dio tiempo ni de ver el trepidar de sus nalgas, guardé sólo una imagen fija.

Discutimos. Aurora que si te las has comido con los ojos, yo que si ni la he visto. Aurora que se enciende, yo que admito que tal vez miré a la calle, pero sin querer, pensando en la obra que nos va a salir por un pico. Aurora que se arrebata: encima me vacilas, pues hemos terminado. Yo que me callo. Aurora que se levanta, extrae la alianza de su dedo y la arroja dentro de mi taza de café. Luego recoge el bolso y se va dando un portazo.

Estuve en la cafetería hasta que cerró. Después salí a la plaza y me quedé un buen rato plantado, junto al olmo viejo, pensando que este año no podríamos salir de vacaciones por culpa de la maldita obra. Cuando el reloj de la iglesia tañó once veces la campana me inquieté. Era muy tarde.  Eché a correr hacia casa para evitar otra bronca, Aurora se va a la cama a las once en punto y es incapaz de dormir sin sentir en sus pies la piel caliente de los míos.

Condena soberana

En aquel reino todos nacían sin cejas, sin párpados, sin ojos. Desconocían la luz y la sombra. Quiso el azar que naciera un niño distinto. Los dedos de su madre descubrieron la anomalía en cuanto lo sacó del bajo vientre y lo colocó sobre sus pechos. Como pensó que aquellos dos agujeros eran dos heridas llamó al médico y éste dictaminó vendarlo, pero el galeno, tras constatar que con el paso de los días se mantenía sano y la venda estaba seca, ordenó dejarlos al aire. Los padres, temerosos de que se descubriera la monstruosidad del hijo, lo vendaban cada vez que salían con él de casa.

El niño fue creciendo y descubrió que mientras no le tocaran la cara podía prescindir de aquella máscara. Se la quitó para disgusto de su madre, que le tenía advertido que no se desvendara porque caerían sobre él todos los males. Alina, su enamorada, fue la única que recorrió sus párpados con la yema de los dedos. Sólo a ella le contó que los colores no tenían tacto, ni sabor, ni olor, ni gusto. Sólo a ella le describió el cielo y las nubes y el amanecer y la profundidad del mar y el brillo de los relámpagos. Sólo ella supo que los colores desaparecían todas las noches y volvían en la mañana.

Alina era tan feliz y estaba tan arrobada con los prodigios de su novio que se lo contó a su madre. Pronto esos portentos corregidos y aumentados recorrieron todos los oídos del pueblo y todas las bocas hablaban de posesiones diabólicas, pecados y locuras.

Reunidos los Sumos Sacerdotes resolvieron que estaba endemoniado y elevaron propuesta al Soberano con un veredicto: Procede soldarle los agujeros de la cara con hierro candente para que no le entren los demonios.

El Tribunal de Ancianos, por su parte, estimó que era una mera rareza física aunque este defecto le había inducido un brote de locura, por lo que solicitó al Soberano el internamiento en una loquería.

El Comité de Sabios lo consideró un sujeto digno de estudio y elevó su dictamen al Soberano en el sentido de que, los científicos del reino pudieran usarlo a su antojo como cobaya.

El Soberano, vistas todas las propuestas de los Órganos Supremos y, después de escuchar las opiniones de su Consejo de Gobierno, decidió condenarle a ejercer como perro lazarillo real al servicio de Su Majestad hasta el final de sus días.

Soy Juan, tu hijo

Desde que su padre se desorientó por primera vez, hace ahora cuatro años, dejó el trabajo y se ha dedicado sólo a su atención. Ha colocado cartulinas en los dinteles de las puertas de la cocina, el salón, el dormitorio y el baño, también ha pegado etiquetas con el nombre en cada utensilio de la casa y se ha colgado un cartel al cuello escrito con tinta fosforescente: Soy Juan, tu hijo.

Este verano decidió tomarse vacaciones. Contrató a un cuidador de idéntica estatura y rasgos físicos que guardan un cierto parecido con su fisonomía. Antes de dejarle solo al cuidado de su padre le adiestró, durante una semana, para que imitara sus gestos, incluso le exigió vestirse con su propia ropa y llevar puesto el letrero.

Al cabo de treinta días regresó relajado y moreno. Se colgó el cartel y fue al salón a saludar al padre que dormitaba sentado en el viejo sillón de piel granate. Lo despertó con unas carantoñas e intentó darle un beso, pero el padre extendió los brazos para evitarlo; después miró el cartón y, con cierto desdén, le dijo: Váyase de mi casa, es usted un impostor.

Nada

Era casi medianoche, iba sentado en el vagón del metro profundamente dormido. Me desperté sobresaltado por un brusco frenazo del convoy al entrar en la estación de Callao. Abrí los párpados, pero no había nada; ni luz, ni sombra, ni sonido, ni gravedad, ni sensaciones, ni vacío siquiera. Me sentí una gota de conciencia flotando en la nada. Al momento, muy despacio, fueron apareciendo retazos de cosas que iban encajando como un puzle y formando la realidad; era como si se hubieran olvidado de poner el decorado del mundo mientras dormía y ahora estuvieran instalándolo para mí. Vi rellenarse la nada con la estación, el vagón, mis zapatos, mis piernas, el tronco, los brazos. También volvieron, lentamente, el resto de percepciones: espacio, peso, ruidos, el agobio del aire y la sensación de estar encerrado en la cárcel de un cuerpo. Sudaba de angustia. Salí corriendo en cuanto se abrieron las puertas, tenía pánico de volver a fundirme en negro.

Cuando llegué a casa temblaba. Atropelladamente se lo conté a mis padres. Descartad el desvanecimiento –añadí- porque si te desmayas pierdes la conciencia. Mamá me abrazó, papá se limitó a echarme el brazo por los hombros. Mamá fue a la cocina a prepararme una tila, papá trajo tres copas del mueble bar. Ya sentados, papá me explicó que los Borromeo tenemos el cerebro lento y, cuando despertamos de súbito, nuestras neuronas tardan en buscar el mapa que representa las cosas para recrearlas a partir de las minúsculas ondas y partículas que vibran en el vacío. ¿Sabes?, concluyó, ahora te resulta una experiencia turbadora pero pronto desearás que tu cerebro se demore porque en cuanto compone la realidad se pierde la armonía. A veces le pido a tu madre que me pegue un buen susto, mientras duermo, para despertar en un sobresalto y darme un chute de paz.

Rehusé la copa y la cena. Me retiré a mi cuarto hurtándoles un beso. Me sentía como las niñas a quienes explican la bajada de la sangre después de experimentar que se les va la vida por el bajo vientre.

El mendigo

Estaba sentado en la acera mendigando. A sus pies, en vez de un cartón pidiendo limosna tenía una tablet solicitando likes.

J. Carlos

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Bajo coste

La cultura del bajo coste cala como la lluvia fina porque la sociedad se erosiona, como los suelos, por eso pierde parte de su estructura granítica y va adquiriendo una textura entre arcillosa y arenisca. Por bajo coste no me refiero al precio de unos calzoncillos en Primark, o de una barra de pan en el Chino de la esquina. Me refiero  al terremoto del bajo coste que tiene su epicentro en la educación y produce un tsunami en el conocimiento, el trabajo y las  costumbres, que son los vínculos que cohesionan la  sociedad y la hacen libre porque le permiten desarrollar un juicio crítico.

Visto el desastre en modo zoom apenas se aprecian sus consecuencias: Si un profesor asociado universitario gana menos que una cajera del Primark y ese colectivo tiene asignada el 60% del total de las clases, no pretenderás que la enseñanza sea un producto de lujo de los que se exhiben en los escaparates de las tiendas de Serrano. No pretenderás dormir en una habitación impoluta en un hotel de cuatro estrellas, sin polvo añejo ni apéndices pilosos, cuando sabes que a la “Kelly” que la hace le han pagado dos Euros por limpiarla en un santiamén. Tampoco te extrañará si la cena que te trae un ciclista sudoroso y abnegado, que esclaviza Deliveroo haciéndole creer que es un empresario de éxito, te llega fría y con una sobredosis de bacterias; es que lleva una hora varado en la calle, esperando a que la aplicación le avise de que tiene un pedido nuevo, después ha cruzado tres barrios de Madrid, jugándose el pellejo entre coches durante veinte minutos, y todo por el módico precio de cuatro Euros.

Es cuando aplicamos el gran angular que caemos en la cuenta de los estragos: El deterioro del conocimiento produce adanes porque la ignorancia es muy osada. Las redes sociales son un buen exponente de la cultura del bajo coste, si te das un breve garbeo por Twiter advertirás enseguida que la ignorancia se legitima, o se disimula, con el fanatismo cuya única consistencia se basa en el ruido, el insulto y la rabia. No busques razones o argumentos, el fanatismos es corrosivo como la cal viva y tiene la capacidad de disolverlos. Me dirás que, aunque lo de las redes es muy pedestre, es poco sintomático porque está alentado por el anonimato. Vale. Enciende la radio o la televisión o abre cualquier periódico, advertirás que sólo cabe política, fútbol y famoseo; la cultura y la ciencia están extraditadas o, en el mejor de los casos, son cenicientas para lucir sus zapatos de cristal antes de que se apague la magia; y lo que es peor, el más visto, escuchado o leído es el que más desbarre o el que más alto y durante más tiempo grite: ¡goooooooool! Ah, que tienen que vender y en los tiempos líquidos sin espectáculo no hay venta. Pues a eso voy, que la cultura del bajo coste ya permea toda la sociedad y nos aniña, sólo nos gustan los gritones, los que dicen la mayor barbaridad, como cuando éramos niños que nos gustaban los malotes. Fíjate hasta dónde llega nuestra estupidicia que abjuramos de nuestro mayor patrimonio común: el idioma español -el segundo del mundo por lengua materna y el tercero más hablado-, a favor de un idioma de piratas, simple, sin matices y sin nuestras raíces latinas; habrás observado que, desde hace unos años,  cualquier rótulo, producto o novedad que se precie ha de estar en inglés, aunque casi nadie sepa qué coño significa ni conozca las cinco o seis palabras en español que definen con mayor precisión ese objeto, cualidad o acto.

Si hay alguien que reúne las características de esta cultura del bajo coste, un sujeto en quien cristaliza el concepto y le sienta como un guante, ese es el diputado Rufián. Es el prototipo, lo tiene todo: El físico simiesco, la mirada torva, el gesto ceñudo, la voz tonante. Nos ha acostumbrado a la teatralidad de sus perfomances, al matonismo con que masculla sus frases, a la forma de abrir los brazos en abanico como un cura o un orangután. Sabemos por sus dichos y actos de su narcisismo indepe que le priva de raciocinio, de su adanismo ignorante, y del fanatismo por el que mataría o moriría con la fe de converso. Que la precariedad de sus conocimientos se deba a la circunstancia de no haberlos recibido, derive de simple pereza mental, o traiga su causa del fanatismo que obnubila, es algo que deberá preguntársele al interfecto.

J. Carlos

El kilo

Acostumbramos como estamos al ruido que generan los estímulos visuales y auditivos que trae consigo la vida moderna no caemos en la cuenta de las cosas más simples. Como que cada día tenemos que sacrificar algunos animales para extraerles su energía. O que nos llevamos al coleto a los descendientes del arroz, la cebada, la vid, el avellano o el nogal. Si fuéramos budistas tendríamos la boca cerrada para evitar que entre volando un insecto y muera ahogado en nuestra saliva, pero comeríamos con deleite una bellota sin mayores remordimientos. Si fuéramos vegetales no necesitaríamos ser budistas porque no tendríamos que sacrificar otras vidas para subsistir, extraeríamos la energía de los minerales del suelo, del sol y del aire; tampoco nos plantearíamos  el tema moral de si el resto de los seres vivos tienen conciencia o, al menos, sentimientos. Así que para que te levantes cada mañana has de sacrificar en el altar de tu digestión unas decenas de seres vivos que, al ser agredidos y muertos, sufren procesos bioquímicos similares a aquellos que a los humanos nos producen dolor y angustia. Te digo esto porque la naturaleza es sabia y algunas plantas, como la del trigo, para defender a su descendencia de tanta depredación, segregan venenos que nos producen alergias; otras veces utiliza mecanismos más retorcidos: antaño respirábamos el esperma de las plantas sin daño alguno, todavía nos perfumamos cada mañana con él, pero últimamente los granitos de polen se juntan con las motas de hollín que excretan los tubos de escape de los motores, y nos producen afecciones respiratorias que nos matan.

Acostumbrados a esta vida virtual que nos proporcionan las pantallas y a la textura artificial de las ciudades, desoímos la voz de la naturaleza y nuestra propia voz por eso nos creemos todos los cuentos. Recibimos tantos inputs que sólo nos caben titulares que permanecen en nuestra memoria unas horas, porque el acto terrorista de ayer lo trasladamos al trastero de la memoria para dar cabida a unas inundaciones, y a éstas las relegamos por un incendio pavoroso, y al incendio lo ponemos en “modo olvido” por una nueva violación en masa. Se trata de inundar los sentidos con cantidades de estímulos para que el cerebro se distraiga, no vaya a ser que se quede solo consigo mismo y se le ocurra ponerse a pensar. Pensar sí, pensar que estamos solos,  que todas las alegrías y todos los cabreos y todos los odios y todos los amores nacen se desarrollan y mueren en nuestra mente. Por eso es necesario desconectar los sentidos de vez en cuando, ensordecer y encegarse, tener una conversación serena con uno mismo para consensuar de qué estímulos hay que pasar, cuáles han de reforzarse y cuáles no deben siquiera tenerse en consideración. Se trata de encontrar un patrón de peso que ajuste la báscula del cerebro para que no cebe los estímulos tóxicos y para que no adelgace los estímulos positivos. Quién dice estímulos, dice personas.

Hablando de patrones de peso, acabo de leer que, el 20 de mayo próximo, el kilogramo dejará de estar definido como el peso del cilindro de platino-iridiado que se guarda en el sótano del Pavillón Bretuil en Sèbres, París. Resulta que este santo patrón cambia de peso al limpiarlo porque pierde unas moléculas y adelgaza, o porque las impurezas del aire caen en su superficie y engorda; es una minucia, apenas unos 50 microgramos, pero los científicos que son muy puntillosos lo consideran intolerable. Ahora tendrá una definición más precisa que estará en función de un valor universal, la constante de Planck. La noticia me ha producido un ataque de angustia. Imagínate que algún asesor se lo hace saber a Trump  -él no es de leer-, estoy seguro que dictaría un decreto presidencial por el que las medidas de peso oficiales en America first serían la onza y la libra, y para su fiel cumplimiento ordenaría al ejército el arresto de cualquier sospechoso de pesar en kilogramos. Ahora que caigo, como se entere Puigdemont, ordena a los CDR y a sus cachorros de la CRIDA que requisen toda báscula que no mida el peso en Tersas, Lliuras y unzes.

Como ves, ha sido recibir el estímulo de la noticia del kilo y mi cerebro ha vuelto al ruido mediático. Qué difícil es conversar con uno mismo.

J. Carlos

Inútiles

Pato elevando el vuelo JCB_6780

La vida sigue dos leyes inexorables para propagarse y mantenerse: El egoísmo y la utilidad. Las especies que practican el buen samaritanismo y no son capaces de desarrollar defensas contra los elementos u otras especies, sucumben. De la misma forma las especies, o los miembros de las mismas, que resultan inútiles por defectos estructurales, por daños sobrevenidos, o por dificultades en la adaptación al medio, desaparecen.

Hasta ahora a la élite económica de la especie humana le somos útiles porque creamos y fabricamos sus productos y servicios a cambio de un sueldo, después consumimos esos mismos bienes que pagamos con nuestro salario y la élite se queda con el diferencial -plusvalía en el lenguaje marxista-. Actualmente el sistema se ha sofisticado tanto que, nos han convertido también en un producto porque con la añagaza de la gratuidad de muchas aplicaciones se apropian de nuestros datos para transformarlos, mediante algoritmos sofisticados, en nuevas mercancías que terminamos consumiendo y pagando. Quiero ello decir que todavía le resultamos útiles por una cuádruple vía: somos su propiedad como mano de obra, sus yonquis como consumidores, nos han convertido en sus  productos y, biológicamente, ejercemos de cobayas porque guardan en big data todos nuestros parámetros médicos para analizar y usar.

La cuestión radica en si, en un horizonte de dos o tres décadas, esa casta económica demandará tu fuerza de trabajo cuando los algoritmos roboticen la mayor parte de las tareas, o si precisará de tus conocimientos siendo la única propietaria de la Inteligencia Artificial y de la red de datos que le proporcionará de inmediato la solución técnica más adecuada. De verdad crees que necesitarán tu “plusvalía” para comprar unos puerros y un filete de vaca con crema de langosta, que elaborarán en unos minutos con una impresora biológica y un puñado de células madre. Y lo que es más inquietante: ¿Resultarás útil para una casta que, a través de la biotecnología, haya modificado su ADN para prevenir las enfermedades, para vivir mucho más tiempo y para ser hiperinteligente?

Me temo que ni para esclavo servirás. Salvo que se considere un derecho inalienable la propiedad colectiva de los datos y de los conocimientos. No parece que la humanidad esté tomando ese camino.

En todo caso yo no lo veré, pero ahí lo dejo.

J. Carlos

Tuits

Tuit

Confieso que soy incapaz de seguir el hilo de un tuit o de pretender leer la cadena de comentarios que se acumulan debajo de cualquier artículo en los periódicos digitales.

El primer obstáculo es formal. No soporto las faltas de ortografía, me producen un escozor en los ojos como si los fonemas tuvieran arenilla. Cuando hay una palabra mal acentuada me da por pensar que el autor tiene una cara sin el apéndice nasal. Si lleva una b donde debería ir una v imagino que tiene una pierna que cuelga del hombro y un brazo que le sale de la ingle.

El segundo impedimento es de orden. A menudo pareciera que lanzan al azar el sujeto, el verbo y el predicado y lo colocan donde caiga, de forma que si la frase fuera una casa puedes encontrarte el baño en el hall de entrada, el dormitorio en la cocina y el salón de estar en el trastero.

El tercer inconveniente es mental. Se supone que quién se atreve a manifestar por escrito una opinión o una idea se ha informado, ha estudiado la materia, ha analizado los pros, los contras y sus derivadas. Incluso, se da por hecho que ha empatizado o, al menos, ha intentado comprender los puntos de vista de quienes expresan pareceres distintos. Y se espera que, después de concluir su razonamiento, sea capaz de exponer con humildad su criterio con argumentos sólidos. Te recuerdo que antaño la humildad era una virtud bien ponderada, hasta los abogados concluían sus informes con la fórmula siguiente: “Este es mi parecer que gustosamente someto a cualquier otro mejor fundado.”

Te reconozco que si sólo fuera por esas tres “menudencias” seguiría adelante, porque todavía recuerdo el esfuerzo titánico de aquellas personas mayores que siendo analfabetas, porque entonces la escuela no era obligatoria, eran capaces de tomar en sus dedos gordos de labriego un cabo de lápiz y escribir en papel de estraza dos frases seguidas que le podían llevar media tarde, de cuando en cuando se llevaban la mina a la boca y la mojaban para que resbalara mejor sobre el papel.

Con lo que no puedo es con el insulto, es leer la ofensa fétida como pedo de alubia y no puedo seguir. Y no, no creas que se me dispara la adrenalina porque me subleva que la falta de luces, de conocimientos y de razones se tape con vituperios. Que va. Es que me da un atracón de risa. Aunque te parezca increíble he conseguido condicionar mi cerebro como Pavlov hizo con su perro, de forma que en cuanto leo el improperio imagino a quien lo escribió saliendo de un baño público con el papel colgándole de la culera de los pantalones. Así que no puedo seguir leyendo porque para mí la lectura es una cosa muy seria.

J. Carlos