Archivo mensual: junio 2016

La revolución que se nos viene encima.

   impresora 3d

Tengo el descaro de asomarme a esta ventana con una cadencia errática. Trato de enhebrar unas líneas con un hilo argumental que se adapte a mis cortas medidas intelectuales, ideológicas y de pensamiento. Es un traje subjetivo, claro, para unos tirará de la sisa, para otros las mangas me vendrán largas, habrá quien considere que el traje me hace un adefesio, y aún, los habrá que estimen que el traje tiene un corte y una hechuras perfectas pero no encaja en mi defectuoso cuerpo. No es mi intención convencer, ni mucho menos adoctrinar. Sólo aspiro a que mis supuestas ironías te arranquen un sonrisa o, que te concedas unos segundos a repensar sobre las cuestiones que suscito.

Y ahí está mi calvario de cada semana. Qué tema, desde qué perspectiva y, sobre todo, cómo evito recaer en las mismas cuestiones. Me horrorizan los escritores que siempre escriben la misma novela, los músicos que revolotean incansablemente sobre las notas de la misma melodía, los pintores que se encastillan en una sola forma de reproducir su arte. Huyo de los que construyen muros mentales para encarcelar sus ideas o sus creencias. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo.

El tema de hoy me encontró en el metro. Sucedió mientras viajaba en una de esas líneas con trenes cuyos vagones están unidos de forma que, en las rectas puedes ver todo el convoy. Mientras los viajeros hundían sus ojos en sus pantallas de móvil yo chasqué los dedos, hubo quien despegó la vista extrañado. Para disimular bajé los párpados, miré al suelo y, sin sonido, mi lengua y mis labios susurraron Eureka. Ya tenía de qué escribir. Recordé que en Barajas ya hace seis años, de camino a Méjico, subí a un tren sin conductor que une la Terminal 4 con la Terminal satélite. No hace tres meses que otro tren automático me llevó de la estación central de Copenague hasta el aeropuerto. En Estados Unidos ruedan, todavía en pruebas, camiones de diversas marcas de forma autónoma.

Desde que Watt en 1780 descubrió la máquina de vapor, los métodos de producción, transporte y comunicación dieron tal vuelco que, primero los artesanos y después los trabajadores, se alzaron en huelgas y manifestaciones contra el maquinismo porque, a su entender, hacían innecesaria la fuerza de trabajo del hombre y les condenaba al hambre y a la miseria. Las primeras protestas se produjeron en la cuna de la revolución industrial entre 1811 y 1816, dando lugar a un movimiento llamado ludista, en honor a Ned Ludd que en una manifestación destruyó dos telares. Durante todo el siglo XIX el movimiento permaneció latente, apareciendo y despareciendo como el Guadiana, mientras la ciencia daba un salto cualitativo con los inventos del teléfono, el cinematógrafo, la lámpara incandescente, el coche, el dirigible o el avión. Fue en el siglo siguiente cuando la técnica desarrolló esos inventos y, con los nuevos métodos de producción en cadena, cambiaron la faz de la Tierra. Liberaron, en parte, a la humanidad de los trabajos más penosos y se demostró que, el nuevo desarrollo fomentaba hábitos consumistas que retroalimentaban el sistema, y exigían más mano de obra. A fuer de ser sincero te diré que, por el camino hubo dos guerras mundiales que diezmaron la mano de obra y que alentaron las economías con la reconstrucción de las infraestructuras y las ciudades devastadas. Ya se sabe que, durante siglos, las guerras fueron las válvulas por donde se purgaban las economías recalentadas.

Después de la segunda guerra mundial la fuerza de trabajo había mermado considerablemente. Se calcula entre 55 y 60 millones de personas. Había que levantar infraestructuras y reconstruir un continente en ruinas. Se popularizan los electrodomésticos, los coches, los teléfonos, se abarata el transporte. Se consiguen, al socaire de la bonanza económica, y por un mejor reparto de la riqueza a la clase trabajadora, el acceso a vivienda digna, alimento básico y saludable, vestido. El estado de bienestar pone en pie la industria de la educación y de la salud. En suma que, durante dos décadas, de los 50 a los 70 del pasado siglo la mano de obra mantenía un cierto equilibrio con el sistema, a pesar del proceso de maquinización de las tareas repetitivas.

En los años 60 a resultas de los cambios sociales que, a duras penas se imponen a las creencias religiosas, la mujer consigue un cierto grado de emancipación y, con ella, una progresiva incorporación al trabajo. Se mantiene el equilibrio porque la olla económica sigue necesitando más leña que mantenga el fuego de una producción desaforada. Sin embargo, en las tres décadas siguientes, se observa un declive constante en las transferencias salariales frente a las transferencias empresariales. Hasta mediados de los 70, con un solo sueldo familiar se atendían todas las necesidades de sus miembros; después ya se precisan dos sueldos y, a medida que nos acercamos a los 90 se hace imprescindible disminuir el número de hijos si se quiere mantener un nivel digno de vida; demostrando de paso que, el mejor método anticonceptivo es el desarrollo económico de los pueblos.

Por acortar el cuento, te apunto que, en 1948 se inventó el transistor y nació la electrónica. La digitalización, vista en perspectiva, es un avance para la humanidad del mismo calado, o superior, que el de la rueda. Supone dotar a instrumentos creados por el hombre de una memoria dinámica.

Hasta el descubrimiento de la electrónica, el hombre sólo disponía de objetos en los que podía verter su memoria estática, ya fuera en las cuevas de Altamira, en las catedrales, en los libros, en los cuadros, en las fotos… La digitalización le ha permitido fabricar instrumentos y dotarlos de memoria dinámica para realizar tareas muy complejas y repetirlas ad nauseam. Es más, aprenden de la interacción con el medio y se reprograman para ser más eficaces. Están hechos a imagen y semejanza de cualquier ser vivo: tienen un buen número de sensores (sentidos) desde los que reciben inputs que procesan y evalúan para tomar decisiones, aprenden y se reprograman.

El procesamiento de datos le ha pegado un buen bocado al empleo. Justo es decir que, gracias a él, también se han creado un buen número de puestos. Ignoro si el balance ha sido equilibrado, esto es, lo ganado por lo perdido. La robotización industrial ha sido demoledora para el trabajo. En el transporte está en pañales todavía; hay robots que clasifican paquetes, incluso los meten en los contenedores; hay grúas en los puertos que estiban, desestiban y clasifican  millones de toneladas; pero todavía los medios en que viajan (barcos, trenes, camiones, aviones) necesitan mucho personal. La robótica médica, la de oficina, de servicios y la del hogar no han despegado todavía; hay camareros y recepcionistas robóticos en dos o tres establecimientos, entre ellos, en un barco crucero, pero como mera atracción de feria; faltan décadas, pero se llevarán millones de salarios.

La que supondrá una puntilla para el empleo, tal como lo conocemos, es la denominada impresora 3D. Tiene su origen en la impresora de chorro de tinta y, actualmente, ya son capaces de fabricar una pieza, por muy sofisticada que resulte, o un órgano humano, un plato de comida… Seguramente, en una década comprarás tu vajilla desde cualquier dispositivo, te enviarán unas líneas de programa, pondrás en marcha tu impresora y voilà. En década y media harás un pedido de un coche, un mueble, un electrodoméstico con todas las especificaciones que gustes; el programa viajará desde miles de kilómetros a la velocidad de la luz, pero se “imprimirá y ensamblará” en un gran almacén cerca de tu casa. Tardará escasos minutos y no viajará ni por aire, ni por carretera, ni por mar, ni en tren. ¿Te imaginas el desgarro laboral? Añádele drones, coches autónomos, aviones que vuelan solos, accesorios domóticos que conocen tus gustos, te hacen la casa, la compra, la comida, revisan todas tus constantes, te medican con criterio.

Que la humanidad se libre del trabajo manual será una fiesta. Habrá que repartir el magro trabajo creativo e “intelectual”. Disfrutaremos de mucho más tiempo de ocio, de los amigos y de la familia. Pero ¿de qué vive un asalariado sin curro? ¿Habrá un nuevo paradigma en el que el reparto de riqueza no sea sólo mediante la remuneración del capital y del trabajo? Hasta hoy la economía es una cadena con cinco eslabones: capital-remuneración-trabajo-salario-consumo. Si falla cualquiera de los eslabones se rompe la cadena. Con todo, el eslabón más débil es el consumo y si el salario no llega, el consumo se deprime, entra en un vórtice y se produce una crisis de demanda interna. En España nadamos en los bordes de ese vórtice que amenaza con tragarnos.

Aquí, el número de horas trabajadas en 2008 son las mismas que en 2016. Ya sé que el gobierno te dice que se crea empleo. No es cierto, no se crea empleo, sólo se reparte. ¿Sabes que la renta salarial sobre el PIB era del 50,3% en 2009 y que ha bajado al 44.2% en 2012? La demanda interna está en la UVI y según el doctor del Banco de España, un tal Linde, hay que cerrar un poco más el grifo del dispensador del oxígeno salarial. Y es que desde que Luis Ángel Rojo se bajó del sillón de gobernador lo deben rifar en una tómbola, le toca a cualquiera.

Mientras en España no nos llega el oxígeno a los pulmones, la Europa rica y pensante ya está adoptando medidas para hacer frente a la revolución de la memoria dinámica. Saben que han de reformular la ecuación de reparto de la riqueza sin menoscabo del funcionamiento del sistema de mercado. Saben que el abundante trabajo de hoy será una reliquia en una o dos décadas. Los europeos ricos “pagan” toda la educación de sus ciudadanos, “pagan” a los jóvenes hasta que encuentran un trabajo, “pagan” por tener hijos, “pagan” a los desempleados hasta buscarles un puesto de trabajo, “pagan” la salud de sus ciudadanos… porque todos “pagan” sus impuestos. En Suecia están implantando la semana de cuatro días de trabajo sin bajar los salarios. En Suiza, casi un 30% han votado en un referéndum que están dispuestos a que haya una paga –un salario mínimo- a todo ciudadano suizo por el hecho de serlo.

En el entretanto, nuestros políticos van a la guardería de la tele a jugar con los niños al corro de la patata.

J. Carlos

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Fractura ética

tsunami

Los españoles tenemos la suerte de anidar en una franja de tierra con clima templado y sol abundante. La meteorología nos trata con guante de seda, aunque últimamente, por aquello del cambio climático, se le va la mano en algunas ocasiones. La estructura geológica que soporta la corteza peninsular es de las más estables del planeta. Y aunque estamos rodeados de agua por todos los flancos, salvo por el cordón umbilical que nos une a Europa, las olas no suelen enfurecerse ni rebelarse en forma de tsunamis. La orografía no es de menú del día como en otras latitudes; aquí tenemos a la carta mesetas inabarcables, cicatrices geológicas que dibujan cordilleras con un dédalo de valles y montañas, desiertos, océanos azules, mares verdes, playas mansas, playas bravas y, un manto vegetal donde enraízan casi todas las especies. No es extraño que por aquí hayan pasado cien pueblos, desde Finisterre hasta Gibraltar, buscando largos días de luz y noches cuajadas de estrellas.

Mientras nuestra geología terrestre permanece silente, aunque la falla sísmica mediterránea de vez en cuando levanta la voz, nuestra geología ética no acaba de asentarse. Hay dos fuerzas tectónicas, el dinero y el poder, que actúan sobre el subsuelo moral dando lugar a fracturas llamadas fallas. Las placas pueden reptar unas sobre otras produciendo pliegues sobre la corteza, sin producir cataclismos; pero cuando la magnitud supera el punto de ruptura hay un desplazamiento rápido de las placas que genera el terremoto y, si el epicentro se sitúa en el mar, se origina el tsunami.

Llevamos décadas con el subsuelo moral resquebrajado. Hemos asistido con la pasividad del cobarde al enriquecimiento amoral de nuestras élites. Hemos visto crecer, ante nuestros ojos, pliegues en nuestra corteza social que se transformaban en auténticas montañas de escándalos financieros y de latrocinios públicos. Vadeamos, mirando para otro lado, las olas de desahucios, las de la rapiña de las cajas de ahorro, las olas de las preferentes. Apenas se movió el suelo bajo nuestros pies mientras desmantelaban la sanidad y la educación. No nos asustó el fragor tectónico de las cuentas suizas, la lista Falciani, los papeles de Panamá. Permanecimos mudos cuando a nuestros próceres (empresarios, políticos, futbolistas, nobles y ricos por su casa) les pillaban con las manos en la masa de la Hacienda de todos. Votamos a los mismos partidos cuyos gestores encopetan las listas de los más de cien casos de corrupción que pululan en los juzgados, sin que nos tiemble el pulso.

Hay, sin embargo, un choque de placas tectónicas cuyo epicentro se  sitúa en los juzgados y en los platós de televisión, y que  sucede  cuando el gestor o sus patrocinadores hacen una Infanta o un Messi: “Confieso que soy tonto, firmaba sin conocimiento y no me enteraba de nada”. Es una fractura de la moral pública que debería producir una falla sísmica gigantesca o, al menos, un desgarro ético que, como la última gota de agua que rompe la tensión superficial, tendría que desbordar el vaso de nuestra paciencia. Sin embargo, para mi perplejidad, no se produce ningún cataclismo. Deduzco que, si nos dejamos robar impunemente y que se rían en nuestras narices sin que se genere ni un mísero terremoto en la corteza social, es que tenemos una fractura ética que recorre el subsuelo desde Gibraltar hasta Finisterre.

Lo malo es que las fuerzas telúricas siempre emergen por donde menos te lo esperas y, a lo peor, nuestra cobardía de estos años la pagamos con un terremoto en las urnas.

J. Carlos