Archivo mensual: diciembre 2019

Navidad 2019

Querido amigo:

Los romanos sacrificaban a los animales para que el arúspice leyera sus entrañas donde se pronosticaba el porvenir. Hoy leemos las entrañas de los periódicos y todo son malos augurios. Eso nos pasa por sacrificar periódicos y medios digitales que tienen el hígado graso y los riñones empedrados. Te confieso que, por salud, una o dos veces por semana prescindo del espectáculo sangriento de la evisceración de las noticias y de los pronósticos apocalípticos de los sacerdotes oficiantes. En uno de esos días que me alejé del ruido mediático me enteré, por ejemplo, que el óvulo cuando es fecundado emite destellos de luz como una verbena o un árbol de Navidad. Es penetrar el espermatozoide y sus encimas producen la liberación, en el óvulo, de chispas de zinc fluorescentes que duran hasta dos horas después de la fecundación. Así que entramos en la vida con un espectáculo de luz y, seguramente también de sonido. En cuanto los científicos afinen sus instrumentos podremos oír el ruido del zinc uniéndose a esa catarata de minúsculas moléculas que chispean con un ritmo acompasado de pandereta y castañuelas. Se me ocurre que si la vida empieza en una sola célula con un espectáculo como de fuegos artificiales, imagínate el gasto lumínico de treinta billones de  células a lo largo de la vida.

Y  qué me dices de la huella ecológica. Me he metido en una aplicación que, con una breve encuesta, me predice las toneladas de CO2 que genero al año y no bajo de las diez ni haciendo trampas. Ya me estoy imaginando la carta de Hacienda a mis hijos cuando la palme: “Señores causahabientes, en el plazo de seis meses deberán abonar la cantidad de… resultante de la deuda ecológica que legó el causante. Contra esta resolución cabe recurso…” Decaerán también los obituarios porque, a los adjetivos hagiográficos glosando los honores del fallecido, habrá de añadirse la coda de la huella ecológica que legó a la especie para propagar la epidemia del enfisema pulmonar y acercarla al punto de extinción y, esa coda no la aguanta ni la biografía de un Nobel como Higgs, ni estrellas como Messi o Rosalía. Para huella la que imprimen las ciudades en Navidad malbaratando la luz. Los alcaldes ovulan por estas fechas y les fecunda el espermatozoide del populismo. Encienden esferas gigantes con secuencias de colores, enarbolan en las plazas conos metálicos desnudos sin más abrigo que unos cordones llenos de lucecitas y coronan las calles principales con estelas de luz que forman figuras geométricas. Los fractales de luz se construyen y deconstruyen a ráfagas para hurtarnos la vista de los rincones oscuros donde se acumulan cartones y mantas que ocultan bultos sospechosos. Las chispas que alumbran la vida, como te dije, duran dos días, después se apagan. Las chispas de estos alcaldes se prolongan durante dos meses. Los de Madrid y Vigo andan midiendo quién tiene la onda lumínica más larga. No se han enterado de que la luz sin dejar de ser una onda se comporta como una partícula porque le da la gana. El caso es que se gastan nuestros impuestos en fotones, aunque esas mismas partículas te acerquen a ti al enfisema y a la especie a la extinción.

Te confieso que esto de la emergencia climática me produce tanto desasosiego que diariamente me acerco al Retiro y le hago caricias y carantoñas a los árboles. Prefiero darles un abrazo, pero casi siempre hay gente y me da mucha vergüenza. Un día que salté la verja de hierro y me abracé al ahuehuete del Parterre me sorprendió un jardinero y, aunque aguanté estoico su reprimenda, fue duro leer en su mirada la acusación velada de pervertido. Te participo que no he notado esa comunión íntima con el universo que otros proclaman ni se me han disparado los niveles de oxitocina. Será porque soy de tierra del pan donde mis ancestros desarbolaron los bosques y desenraizaron los tocones durante siglos para roturar el campo. Fuimos el granero de Europa. Hace años le pregunté a mi tío por qué no plantaban árboles en la plaza del pueblo, me miró ceñudo. Son sucios, me dijo, lo llenan todo de hojas en otoño y dan mucha guerra, hay que regarlos y podarlos. Para liberarme de esa tara genética entro en sus alcorques y meto mano a los plátanos de sombra y a las acacias y a los olmos de Siberia y a los arces negundos; cuando subo a la sierra, como no me ve nadie, los achucho. Debo estar superando la tara porque leí que un pino carrasco puede absorber hasta cincuenta toneladas de CO2 al año y esa noche tuve un sueño selvático. Yo era un retoño de pino y mamá me explicaba que teníamos hojas como agujas para enhebrar los rayos de sol. Los humanos, decía, son unos bárbaros. ¿Sabes que sacrifican a los animales para ingerir su carne? También se comen nuestras semillas, se alimentan de nuestras hojas, nos podan el ramaje, mutilan las flores… Estamos intentando que entiendan nuestro lenguaje químico para explicarles cómo alimentarse del sol, del aire y de la tierra sin condenar al holocausto a otros seres vivos y a su descendencia, pero no hay manera son muy torpes, concluyó.

Visto lo visto, he decidido apuntarme a una de estas plataformas que calcula las emisiones en tus viajes, también permite compensar la huella ecológica con una pequeña aportación que dedican a reforestar y poner otros paliativos en las heridas que infligimos a la naturaleza. Cotiza barato, unos veinte Euros por tonelada. Toda sea por aliviar a mis hijos y a mis nietos de la gravosa carga con la que estamos atufando el planeta.

Mi deseo para ti en esta Navidad es que cultives la esperanza. La esperanza es verde jade de bosque joven, verde oliva de selva vieja, verde esmeralda de mar tranquila.

Felices Pascuas.

       18 de diciembre de 2019

      J. Carlos

P.S.: Al clicar en tu dispositivo para leer esta pieza has liberado siete gramos de  CO2 a la atmósfera. Esta ronda la pago yo. Plantaré un rosal para saldar la cuenta.

Microrrelatos XI

 

El tendero Chen

A diario compro el pan en la tienda china que hay a la vuelta de casa. Chen me guarda siempre una barra de picos. Si no hay clientela charlamos un rato, como hoy. De otras ocasiones ya sé que antes de hornear pan y vender refrescos se dedicaba a sexar pollos. Me tiene contado que soplaba el plumaje amarillo del culo y con la yema del dedo índice constataba si había una bolita de carne o dos cuernecitos. Para que rompa a hablar, que no es fácil, le he preguntado qué hacían con ellos. Las hemblas en cajas vendel a glanjas; cada gallina dos mil huevos. Pollitos macho en cinta tlanspoltadora caen cajón con ejes de cuchillas. Me sobrecoge el espanto. Necesito saber qué hacen con los cadáveres picados de los pollitos. Se lo pregunto. Me contesta: Pastillas caldo sopa, lelleno pasteles calne… ¡Qué barbaridad!, exclamo ¿Los picabais vivos y después nos lo vendíais como comida? Vosotros, replica, dejáis ahogal en Mediteláneo niños Áflica, eso peol. No es lo mismo, le digo levantando la voz y apuntándole con el índice al pecho, nosotros no les obligamos a embarcar son las mafias que les engañan con el señuelo de una vida mejor y, hombre por Dios, no los picamos para caldo de sopa. Se calla, alarga la mano con la bolsa de papel en la que ha metido la barra con unas pinzas de metal. Le doy una moneda de Euro. Me devuelve cuarenta céntimos y con un hilo de voz dice: Tú buen cliente, no enfadal, pero tú y yo comel pez de Mediteláneo y pez antes limpia huesos niños ahogados.

 

                                                    La pupila

Fui al aseo e echarme el colirio nuevo en el ojo, al contacto del líquido con la córnea experimenté un dolor intenso como si me hubieran introducido unas pinzas y me lo estuvieran arrancando. Y, efectivamente, la gota de colirio resbaló por la córnea, se deslizó por la mejilla y cayó al lavabo arrastrando con ella mi pupila. Desde entonces percibo dos imágenes, la que está delante de mi cara que siempre va conmigo y otra que me devuelve la pupila encerrada en una gota que anda bogando extraviada por mundos líquidos y gaseosos. Cuando conseguí sobreponerme al dolor, mi pupila se deslizaba por el desagüe. Al principio resultaba difícil mantener el equilibrio mientras procesaba dos imágenes distintas y alejadas entres sí. Tampoco podía dormir porque la imagen de la pupila perdida no se apaga nunca. Después mi cerebro aprendió a disociar las dos imágenes y a dormir con un ojo abierto como los delfines.

Las alcantarillas vistas desde la superficie de las aguas negras son un hallazgo arquitectónico de bóvedas, galerías y encrucijadas. Hasta que la pupila llegó al Manzanares las nauseas me tuvieron la boca cerrada y el estómago vacío. Habían pasado dos días. En el río pude apreciar el cromatismo cambiante de las horas y medir los ojos del puente de Toledo. A la altura de Legazpi quedó atrapada en unos carrizos durante unas horas hasta que el aleteo de un pato la arrancó de su inmovilismo. Siguió hasta el Jarama arrimada a la orilla derecha donde crecen juncos, sauces, álamos blancos y álamos negros. El calor y una ráfaga de viento la condensaron en un halo de vapor que fue ascendiendo por encima del vuelo de los buitres. Contemplar los jardines del Palacio de Aranjuez desde la quietud de una nube de algodón mientras con la otra retina recorres el cuerpo desnudo de la mujer que amas es una experiencia casi mística. Roló el viento y empujó la masa nubosa hacia Portugal. Allí las bajas presiones trajeron nimbos grises y la pupila terminó precipitándose con una gota de lluvia sobre unas rocallas amusgadas. Cuajó en el rocío mañanero y resbaló, al mediodía, por entre las junturas de las rocas. Salió más abajo, purificada, flotando sobre el manantial de Sobreiros.

Unas semanas después estaba encarcelada dentro de una botellita de plástico de la marca Edén. Estuvo dos meses largos varada en una cueva oscura y angosta hasta que una madrugada la subieron en un camión de reparto. Se me desbocaron lo índices de adrenalina cuando en el trayecto reconocí las calles de Oporto. Todavía era posible recuperar mi pupila. Cuatro horas después de que el mozo descargara el pedido de agua en el Café Majestic despegaba mi avión en Barajas. El taxi que había tomado tras aterrizar en Oporto ya estaba entrando en la ciudad cuando el camarero sirvió la botella a una joven de ojos oliváceos y sonrisa fácil que leía el Bestiario de Cortázar. Vertió la mitad del contenido en la copa. Al cruzar la puerta del establecimiento me dio un mareo porque ella paladeaba el agua en su boca como si catara un vino añejo y mi pupila bajaba y subía en su lengua como en un tobogán.

Estoy sentado en su mesa, charlamos. No he podido probar el café que me han servido porque estoy viendo cómo el ácido gástrico de su estómago degrada su comida. Hablamos de Cortázar y del personaje de “Carta a una señorita en París” que vomita conejitos blancos. Aprovecho que flaquea la conversación para tomarle la mano, hinco la rodilla en tierra y, muy serio, le ofrezco mil euros si es capaz de llenar con su orín la botella. Le da un ataque de risa.

 

                                                   El mensaje

Le delató su teléfono. Dos líneas se iluminaron en el móvil durante unos segundos. Qué manía tienen las aplicaciones de abrir una ventana y encenderse como fósforos. Y qué vista la de su mujer que desde el butacón enhebró el monólogo de la pantalla que descansaba en la mesilla auxiliar: “Estoy en la bañera con tus doce velas. Va por ti. Tq”. Al volver de fumar de la terraza le apuntaba con el teléfono a la cara como si fuera a disparar. Después entró en modo fiscal: desde cuándo, cuántas veces, dónde, por qué… Como acusado negó la mayor, alegó que no le dolían tanto las falsas acusaciones como la falta de confianza y, ante la evidencia de la prueba, explicó que había sido un juego inocente de intercambio de palabras que nunca pasó a mayores, una chiquillada. A su mujer la rabia le duró dos o tres meses, la desconfianza todavía perdura como esas manchas de viejo que aparecen de improviso y se quedan con uno hasta la muerte. Lo que desconoce es que Jacqueline y su marido se vieron una sola vez, fue en la cena de clausura de un seminario en la Facultad de Medicina de Toulouse al que fue invitado como conferenciante.

Para restañar la herida fue necesario un lo siento, borrar el teléfono de Jacqueline de su agenda y salir del grupo de Whatsapp en el que participaba con otros profesores.

Su verdadera amante es Elena, compañera de despacho de su mujer y depositaria de confidencias ocasionales, aunque nunca le ha referido lo del mensaje del móvil. En cambio Elena sí le ha contado que tiene un amante del que calla nombre y rasgos. Como él está al tanto de esas confidencias y es de natural morboso, en los encuentros con Elena le pide que se recoja el pelo en un moño e imite los gestos de su esposa cuando le urge el detalle de las intimidades más procaces. Ella le complace anillando los labios para engrosar la voz. Después deshace el moño, se gira y, haciendo de ella misma, va susurrando a un oído imaginario los recorridos húmedos de labios, lenguas, manos…

Vibra su móvil. Le han enviado un mensaje escueto: Va por ti. Tq. Esta vez ha tenido más cuidado, es de Elena, pero en la pantalla aparece el nombre de Bautista, un conserje de su facultad.

 

                                                 Caudillo

Era un país pequeño y tranquilo, nunca había sufrido ni revoluciones ni guerras fratricidas. Tuvo la desgracia de encontrar en su subsuelo vetas abundantes de litio que, por su rareza y por ser un material imprescindible en el aparataje tecnológico adquirió un precio desorbitado. Aquello, al principio, contribuyó a incrementar el bienestar de sus ciudadanos. A los años se sucedieron tensiones sociales a las que no eran ajenas las principales potencias que necesitaban abaratar el mineral. De resultas el ejército dio un golpe de estado. Fue designado un caudillo que apresó a los miembros del gobierno legítimo y sofocó las pocas revueltas populares que se sucedieron. La férrea dictadura que se instauró no sólo clausuró los derechos y libertades fundamentales, también prohibió el cine, la televisión e internet porque eran drogas diabólicas para enajenar a los ciudadanos. El dictador presumía de que, gracias a sus políticas, se había duplicado el índice de natalidad y triplicado el de venta de libros. Ese fue su error. Un día todas las ciudades y pueblos amanecieron amurallados con libros para protegerse de los embates del ejército y, por encima de las almenas, disparaban libros desde catapultas para que los soldados leyesen. El asedio duró un mes. El ejército fue perdiendo la guerra de forma paulatina, cada día había desertores entre la soldadesca que lanzaban sus fusiles por encima de las murallas a cambio de que desde la resistencia le catapultasen nuevos títulos. Y así hasta la rendición final.

 

                                                   Conferencia

El conferenciante, un astrofísico del MIT, mostró en pantalla las ecuaciones para demostrar que el espacio-tiempo no es continuo, es discreto. En lenguaje coloquial nos explicó: nosotros percibimos el espacio-tiempo como un todo continuo, sin embargo parpadea, le ocurre como en las antiguas películas de celuloide que las vemos como escenas vívidas pero no son más que una sucesión de fotos fijas. De modo que –concluyó- entre fotograma y fotograma de realidad, entre salto y salto, volvemos a estar en la nada de dónde venimos.

El turno de preguntas fue tedioso y las respuestas muy técnicas. No entendí ni las unas ni las otras. Sin embargo levanté el brazo y pregunté: ¿Si pudiéramos sumar esos huecos entre parpadeo y parpadeo de realidad, nos saldría un vacío prolongado como un sueño profundo y negro? Su contestación provocó la hilaridad de toda la sala: Recuerde caballero que entre fotograma y fotograma no hay tiempo, ni realidad, ni magnitud con que medir la profundidad o el color. Cuando se fueron extinguiendo las risas y los murmullos volví a la carga: Usted me perdonará, soy neófito en la materia y me he perdido toda la sustancia de su conferencia, aún así me he permitido extraer de su teoría una conclusión, digamos poética, le ruego me indique si también está equivocada, ¿cuándo morimos nos quedamos entre un fotograma que ya se ha ido y otro que todavía no ha llegado? No lo sé –contestó- en todo caso espero que pueda confirmar o refutar esa conclusión antes que yo. Y esta vez la concurrencia no sólo estalló en una sonora carcajada también se calentó las manos a mi costa. Abandoné la sala no sin antes dedicarles un corte de mangas. Lo prolongué en el tiempo y en el espacio no fuera a ser que se quedara en la nada entre dos fotogramas de la realidad.

 

                                                   Accidente

A Enma le faltan los brazos, se los tajó un guardarraíl que protegió su caída por un despeñadero de montaña. Su cuerpo salió rebotado, como su moto, y resbaló unos metros carretera abajo. Gustavo carece de piernas, se las serraron a la altura de medio muslo. Su coche rompió la barrera metálica y se despeñó, hubieron de podárselas como ramas secas para sacarlo del bloque de motor que estaba empotrado contra su asiento. Ahora trabajan en un circo. Él atraviesa la cuerda floja de punta a cabo saltando sobre sus nalgas, en mitad del recorrido salta más alto y vira para ponerse de cara al otro lado de las gradas. De seguido, ella se balancea en el trapecio sentada en una silla. De nuevo, arrecian los aplausos. Se recoloca en la barra y tira la silla al suelo que se rompe en mil pedazos con un estruendo amortiguado por los ayes del público. Éste, con el corazón encogido, asiste al penduleo con que Enma se prepara para ejecutar un doble salto mortal sin red. Arriba, con las manos en una cuerda suspendida espera Gustavo. A su señal, ella se lanza y gira en el aire con su coleta rubia tensa como una cuerda. Cuando da vuelta y media Gustavo salta a su encuentro. Enma abre las piernas para enroscarse en la cintura de él. Los dos oscilan en el aire sobre la cuerda de una punta a otra de la carpa roja, ella le da un beso en la mejilla y, poco a poco, Gustavo va descendiendo a pulso con la sonrisa en los labios. Ella es la primera que toca el suelo, él se coloca de nalgas en su nuca apretando los muñones de sus piernas sobre los hombros de  Enma y así, de pie, como una sola persona, reciben olés, vítores y aplausos. Después se arquean, Gustavo rodea con sus manos los empeines de los pies de ella y dan dos vueltas a la pista rodando como un aro. El público les despide puestos en pie.

Los presentaron en el hospital. Se enamoraron en las sesiones de rehabilitación. No necesito sólo tus piernas le dijo él, necesito tu boca y tus ojos y tu pelo. Ella acercó sus muñones a sus hombros, él la rodeó con sus brazos y se buscaron los labios. En el informe de las aseguradoras no hay contrarios, han cargado la culpa del accidente al sol que, al ras de la montaña, se descolgó de una nube y deslumbró.

        J. Carlos

Greta

             Leo en el periódico que las aves pierden peso y ganan alas. Lo achacan al cambio climático porque necesitan volar distancias más largas en sus migraciones. La naturaleza, que es sabia, hace que se adapten para que gasten menos energía con un cuerpo más pequeño y les dota de mayor envergadura para que vuelen más. Las aves lo tienen fácil se enfrentan a la cruda naturaleza y se adaptan o mueren. La especie humana no se enfrenta a la naturaleza porque vive en una burbuja aislada de la realidad. Pesca y caza en el microcosmos climatizado de un supermercado y vive en nidos con climas alterados, luces artificiales y aires purificados. Para nosotros la naturaleza es eso tan primario que vemos en los documentales de la Dos. No nos adaptamos porque no nos enfrentamos a la naturaleza, nos enfrentamos al relato, mejor dicho, a los relatos. Uno te dice que la Tierra y su atmósfera son como un garaje cerrado donde si enciendes el coche los humos del tubo de escape te matan. Otro afirma que la subida de las temperaturas y sus consecuencias no se debe a la acción del hombre, son ciclos naturales como la noche y el día en los que no podemos influir. Ambos defienden intereses. Unos ganan atufándote con el petróleo. Los otros ganan sembrando el suelo de molinos de viento y de girasoles de vidrio con células solares. La cuestión estriba en que unos intereses acaban con el planeta, los otros lo salvan o, al menos, alargan su vida. Las tabaqueras se forran y crean puestos de trabajo y pagan impuestos pero te infligen un enfisema pulmonar y te condenan a morir con quince o veinte años de antelación. Ahora sabemos que las empresas del humo y la nicotina tenían a sueldo a médicos, políticos, científicos para que nos contaran el relato tramposo de que el tabaco no era nocivo y calmaba los nervios. Pero hay gente que sigue fumando y atufando al prójimo. Un pájaro no lo haría.

A los que en el negacionismo les va el dividendo o el sueldo porque cobran de la producción o el consumo de las energías sucias puedo llegar a enterderles. También comprendo a los ignorantes porque la ignorancia –pobres- es más de creencias que de razones, más de simplezas que de complejidades, más de corazonadas que de certezas. Más difícil es empatizar con los conspiranoicos, aquellos que abrazan el negacionismo en la creencia de que detrás se esconden oscuros grupos de poder con intereses inconfesables. Me temo que el sistema de educación actual del tú vales mucho es un criadero de personalidades paranoides que, cuando se enfrentan a su indigencia mental, no pueden superar la contradicción y ven poderes fácticos, conspiraciones  y otras monsergas.

Estos días he recibido varios Whatsapp con un video que trata de confrontar a Greta Thumberg con Boyan Slat, el chico que con dieciséis años creó un sistema para capturar los plásticos que emergen en la superficie de los mares. Por supuesto ella es una marioneta manejada por oscuros intereses que hizo una huelga a los dieciséis años y dejó de ir a clase los viernes, en tanto Boyan no hizo huelga ni culpó al mundo de haberle robado la infancia. Qué mala es la desesperación y qué estúpida. Ahora va a resultar que para faltar a clase los viernes, manifestarse y cabrearse con el mundo a los dieciséis tienes que ser un Boyan un Mozart o un Einstein. ¿Dónde estaba los viernes el creador del video o su locutora a los dieciséis? ¿Dónde están sus hijos a esa edad? Seguramente haciendo botellón y dejando la basura desparramada por ahí.

Greta Thumberg ha llegado a Madrid. Me encanta. No ella que no la conozco de nada. Me encanta porque todos los negacionistas la tildan de bicho raro, de niña utilizada, de deficiente mental. Debe ser que ya no pueden ni oponer la firma de algún profesor de secundaria al panel de científicos de todo el planeta que apuntan a la actividad humana como causa del cambio climático que está destruyendo el planeta. Cuando no quedan argumentos se dispara el mensajero. Otra señal de que están desesperados. Me encanta Greta porque se ha convertido en un símbolo, un catalizador. Ha conseguido más en la lucha contra el cambio climático esta niña en un año que Greenpeace en sus cuarenta y ocho años de vida. No es casual. Es pura física y química: al igual que las moléculas el cuerpo social cambia de estado en determinadas condiciones de temperatura y presión. La temperatura media terrestre ha subido un grado y la presión de la sequía, el deshielo, los incendios, huracanes, inundaciones hace que el pensamiento colectivo esté cambiando de estado. La niña sueca ha sido la gota que ha roto la tensión superficial en el agua del vaso, por eso ahora las manifestaciones que exigen medidas eficaces contra el cambio climático han dejado de ralear y están engordando. Me encanta Greta como etiqueta del hartazgo. Ya va siendo hora de que los políticos pongan impuestos a los combustibles fósiles y a los plásticos, a las empresas y particulares a tanto la emisión por tonelada de gases contaminantes, a tanto la de metro cúbico de agua sin depurar, a tanto el kilo de depósito peligroso o radiactivo…; que establezcan aranceles a los productos en función de la huella ecológica del país de procedencia. Ya es hora de exigir un plan de reforestación a gran escala que mantenga la temperatura del planeta y absorba la mayor parte de las emisiones nocivas; un plan hidrológico para, al menos, mantener la masa de agua dulce sobre la corteza terrestre; un plan de inversiones en investigación para capturar el exceso de gases de efecto invernadero; y otro plan para salvaguardar las especies con que convivimos y evitar su extinción.

Necesitamos más gente concienciada que haga presión en la calle y en los bolsillos de los que más contaminan. Necesitamos a científicos como Boyan y a símbolos como Greta. Los ladridos de los negacionistas solo dan cuenta de su desesperación y de que van perdiendo la batalla. Y en esta guerra tú y yo sólo nos jugamos un enfisema o unos años menos de vida, pero recuerda que la apuesta es por la destrucción o la salvación de la nave de nuestros nietos.

Por lo demás, ruego a mis amistades se sirvan no enviarme videos tan falsarios que insultan hasta inteligencias tan poco sagaces como la mía.

           J. Carlos