Archivo mensual: diciembre 2010

Felicitación de Navidad.

Estamos acostumbrados al orden natural de las cosas, la lluvia se derrama después de que los cielos se cubran, anochece cuando el sol se retira, o empieza la primavera cuando lo decreta El Corte Inglés. Gracias a esa costumbre si el sol desaparece en pleno día y con cielo despejado, sabemos que  no es el fin del mundo y no nos rasgamos las vestiduras ni nos inmolamos. Así que cuando imputan la culpa de la crisis a quienes más la padecen y nos meten una dentellada en nuestros derechos por nuestro propio bien, callamos porque pertenece al orden natural de las cosas. Te digo esto porque estoy oyendo, en la radio, el soniquete de los niños de San Ildefonso cantando la lotería, y por esa sucesión de aconteceres inmutable, he caído en la cuenta de que la Navidad se me echa encima sin hacerte partícipe de mis deseos; y no es que no me hayan advertido de la Navidad, que es entrar en el ascensor, en la tienda, descolgar un teléfono,… y escuchar hasta el hartazgo las melodías edulcoradas de los villancicos.

Me gustaría que, de vez en cuando, se rompiera el orden natural de las cosas como ocurre en física cuántica; al parecer hay partículas que son almas gemelas, aunque estén separadas miles de kilómetros se comportan igual y lo que le hagas a una se refleja en la otra. Podría hermanarme con un Madoff cualquiera, sólo por la curiosidad de vagar un rato por su cerebro para descubrir que su codicia fue su pasaporte al fracaso y su mezquindad la semilla del odio que cosecha. Puestos a  preferir, hubiese preferido ser alma gemela de Vicente Ferrer para buscar las claves de su pasión por la humanidad y ponerme al abrigo de su bonhomía, porque estoy convencido de que es el amuleto para que te quieran.

También me gustaría romper otros órdenes naturales, como el de prestar oídos a esos agoreros que nos alertan cada día de la inminencia de catástrofes sin cuento que se ciñen sobre nuestros bolsillos o nuestras cabezas. La de prestar ojos a los que sufren un tipo de enfermedad crónica que les impide reflejar los colores y lo ven todo fundido en negro. La de prestar manos a aquellos que se quejan de todo y por todo porque se consideren víctimas del sistema, de la sociedad, de la mala suerte, de la vida. La de prestar boca a los que enmudecen para que otros les saquen las castañas del fuego y viven parasitando los derechos que aquellos consiguen. La de prestar ideas a todos los que aplauden a los de sus sectas digan lo que digan, a todos lo que chillan, a los que se consideran salvados por la telebasura. La de prestar risa a quienes hacen chistes de las desgracias del prójimo. La de prestar presencia a aquellos que alardean de cómo engañan a sus clientes, proveedores o a la propia Hacienda.

Subvertir el orden de las cosas puede ser hasta divertido. ¿Te imaginas presenciar una obra de teatro en que los actores actuaran por una única vez, contemplar el único cuadro que pintó en su vida el maestro pintor, leer la única novela que escribió el autor, tocar la primera y última escultura que hizo un miguelángel, escuchar la única sinfonía compuesta por un mahler…?

¿Te imaginas que ésta fuera la única Navidad?

Terminó el soniquete y no hubo nada, si acaso, un reintegro. Es el orden natural de las cosas. Estoy acostumbrado.

Casi se me olvida. Mi deseo, que busques la felicidad en las personas que la buscan.

J. Carlos

Aguas turbulentas

AGUAS TURBULENTAS

Dicen que es duro despedir a un padre, aunque esa boca sin dientes sellada a un respirador no sea ya tu padre, ni reconozcas esas manos sarmentosas con dedos llenos de nudos por la artrosis que alguna vez, de pequeño, todavía vivía mamá, te acariciaron el pelo.

De vez en cuando abre los ojos muy redondos, como dos carbones apagados flotando en un líquido amarillento, y me mira suplicante.

Tal vez piense que esto es como cuando se nos volcó el carro cargado de remolacha, al cruzar el vado con el río crecido, y bastó con desatar las riendas y tirárselas hacia donde braceaba como un loco para mantener la boca fuera del agua.

-Padre vayamos por el puente, sólo nos retrasará una hora, que el río viene muy bravo –le dije, pero no me hizo caso. Tenía doce años. Ni entonces ni nunca me hizo caso.

Una de las mulas se fue patas arriba arrastrada por la corriente. La encontró un pastor al día siguiente varada entre los juncos que se forman en el recodo, antes de llegar al molino, tenía la panza hinchada como si la hubieran preñado hace meses.

La otra quedó reventada por dentro, la arrastramos hasta la orilla del camino que bajaba y el veterinario la mandó matar allí mismo. Fue padre el que le cortó la yugular con la navaja de cortar el pan y recibió en la cara y en el brazo de la camisa el primer chorro rojo, luego se formó un reguero que bajaba por la rodera de barro y se desleía en el agua creando líneas del color del vino que serpenteaban al borde del río. Un enjambre de moscas revoloteaba alrededor del cuello del animal y sus ojos se movían asustados como ascuas sopladas por un fuelle. Seguí llorando hasta mucho después de que los ollares dejaran de subir y bajar. Padre con un golpe de cabeza al aire me indicó que debíamos volver a casa andando, y volvimos el uno al lado del otro en silencio. Ni siquiera cuando aparecieron los buitres en lo alto y tropecé, mirando su vuelo circular, me echó una mano para levantarme.

Esta mañana ha venido la enfermera espigada, la del pelo recogido en forma de cola de caballo, para cambiarle la bolsa del gotero. Le ha puesto otra inyección y le ha dado media vuelta hacia adelante a la ruedecilla blanca. También ha mirado las líneas verdes que se encienden en una pequeña pantalla y forman valles, pequeños tesos y hoyos como el horizonte del pueblo.

Mientras arreglaba la cama de padre se le ha subido la falda a medio muslo, se le marcaban las nalgas pequeñas y prietas como dos pelotas de balonmano. Un breve calambrazo me ha recorrido la rabadilla. Lo habría hecho allí mismo: bastaría con subirle un poco la falda y agarrase fuerte a sus caderas. Antes de irse con una sonrisa y un si necesitan algo, la enfermera me ha vuelto a preguntar si hemos tomado alguna decisión, le he contestado que no.

Mi hermano está en Santo Domingo de vacaciones con los hijos, las novias de sus hijos y su segunda mujer. Anoche me dijo por teléfono que le había costado una pasta el viaje y que hubo de cambiar tres veces el periodo de vacaciones para conseguir juntar a toda la familia durante dos semanas, que sería la última vez que estarían juntos, y que si padre moría que lo enterráramos sin él.

Roberto es el mayor, siempre fue el predilecto, tiene sus ojos negros, es verdad, el pelo tieso como él, que les crece en punta como a los erizos; pero es simpático, dicharachero, un seductor; no como papá que era adusto y tenía siempre la boca fruncida con un rictus de amargura.

No sé por qué hablo en pasado de padre.

Padre le costeó la carrera aunque ya no viviera mamá y sólo contáramos con el sueldo de la portería de la Calle Lagasca. Por entonces Roberto se había echado una novia en el Pardo, y tenía que ir a verla cada día, se compró una Derbi con las propinas que le daban los vecinos por hacerles chapuzas. Decía padre que tenía manos de artista.

Roberto y yo nos turnábamos para la limpieza de las escaleras y el portal, pero trajinaba él solo con un cesto de esparto las parvas de carbón que los camiones volcaban sobre la acera, también se encargaba de alimentar la caldera durante todo el invierno y, parte de la primavera si venía destemplada, porque el polvo del carbón a mí me daba alergia. Padre nunca cogió una escoba, se limitaba a doblar el espinazo, descubrirse la gorra de plato cuando pasaba un vecino y leer el periódico en el tabuco cuando no pasaba nadie.

La portería no daba para más, así que yo tuve que pagarme los estudios trabajando en bares y trapicheando con droga. Me pillaron y pasé unos meses a la sombra. Durante ese tiempo esperé a padre cada domingo tras las vidrieras sucias surcadas de barrotes de la sala de visitas. Por fin  apareció cuando me quedaban sólo unos días para salir, no se me olvidará nunca, traía el abrigo gris de espiguilla y un sombrero de fieltro azul oscuro cubriendo su pelo de pincho. Pero no llegamos a hablar. Cuando se cruzó con mis ojos, se dio media vuelta y se fue. Había ido a decirme que cuando saliera no volviera a pisar su casa. Me lo notificó en una carta que me entregaron al día siguiente en el reparto de la correspondencia. Me extrañó oír mi nombre, nadie me había escrito hasta entonces. Tampoco después.

Mi mujer, dice que también es mala suerte porque es un hombre muy duro y da poca guerra. Está un semestre con cada hijo porque la pensión no llega para pagar una residencia privada y las públicas se comen toda la pensión. También dice, que las vacaciones de mi hermano con toda su familia han salido de la pensión del abuelo. Y no le falta razón, como tampoco le falta razón cuando afirma que a Roberto siempre le toca de enero a Junio, por lo que nosotros siempre apechugamos con padre en vacaciones de verano y de Navidad. Pero se calla que cuando lo decidimos así, y ya va para cinco años, fue porque nos quedábamos con las dos extraordinarias del abuelo y, además, no tenemos dinero para salir por ahí de vacaciones. La culpa, siempre se lo digo, es de ella que como es hija de familia numerosa quería tener una caterva de críos. Y los tuvimos, claro.

Siempre fui débil de carácter, ya me lo repetía padre machaconamente como quien clava un clavo, desde que era un mocoso. Mamá, en cambio, siempre creaba escenas como si pintara cuadros para decirme lo mismo. Me hacía acompañarla a la cuadra, agarraba el mandil por las puntas con una mano y lo recogía en forma de saco, con la otra acopiaba con un bote el grano de una artesa y lo echaba dentro del mandil, luego salía al corral y lo desparramaba sobre el suelo llamando a las gallinas.

-Pitas, pitas, pitas. Ves la gallina flaca, hijo. Cuando les echo el grano, todas se lanzan como flechas, se patean, se pican, se empujan, menos la gallina flaca que se queda ahí, pasmada. Como tú, hijo, como tú.

Entra el médico vestido de calle, sin la bata blanca, la cara como el papel del tabaco de liar, el que queda justo encima de la brasa del cigarro, pero más mustio, más amarillento; tiene el pelo lacio y graso y las gafas de concha negras caídas sobre la horquilla de la nariz.

-Termino ya la guardia y quería saber su decisión -me pone una mano en el hombro y continúa-. Como le dije, basta con aumentar la dosis de morfina y descansarán él y ustedes. Tal vez… esta misma noche. Le aseguro que la agonía es muy dolorosa y el proceso irreversible.

-Bueno -carraspeo y trago saliva-. Lo he hablado con mi hermano, esto es delicado, verá, él está fuera, en Santo Domingo, no es fácil conseguir billetes. En fin. Por mi parte…  -vuelvo a carraspear-. No crea que quiero que sufra, no. Entiéndame, a uno estas cosas siempre le pillan de sopetón, y le gustaría tener más tiempo para decirle aquello que no le ha dicho en vida. Es más, quiero pedirle que le quite la sedación. A él le gustaba afrontar las situaciones de cara y con la frente despierta como aquel que dice.

Al doctor se le extravía una sílaba en la boca abierta, ajusta sus gafas de concha negra con el dedo índice y me mira contrariado. Transcurren unos segundos, sigue mirándome. Al fin, asiente. Lo acompaño hasta la puerta.

Mientras vuelvo sobre mis pasos hasta la cabecera de la cama, papá abre los párpados y los carbones de sus ojos me siguen por la habitación. Acerco la boca a su oído.

-Papá, otra vez el hijo descarriado, tu hijo de puta, te tiene que salvar de las aguas turbulentas.

J. Carlos

Contradicciones

Estar viviendo en este momento de la historia de la humanidad es  apasionante por múltiples causas, desde la libertad de que gozamos y el grado de bienestar con que vivimos hasta los avances científicos y tecnológicos, por decirlo grosso modo, pero, sin duda, cada cual tiene otro sinfín de razones y querencias  que le incitan a  volver a abrir cada  mañana el libro de la novela de la vida para seguir leyendo. Y dentro de estas últimas, uno apunta también razones, si quieres espúreas, incluso puedes tacharlas de nimias o de estúpidas, y es que de puro bufas no dejan de apasionarte porque te inducen a la perplejidad

Uno.-  Wikileaks: Al imperio le desnuda Wikileaks y vemos, no sin cierto regocijo, que este imperio tiene un cuerpo más enclenque de lo que parece y lleno de roña y de escaras purulentas: Insulta, menosprecia y denigra a los máximos representantes de países democráticos; ampara a sus delincuentes, ya sean particulares o empresas, presionando a gobiernos, jueces y funcionarios; amilana a los representantes de la cumbre del cambio climático en Copenhage para que fracase… Ysuma y sigue. En fin, nuestro imperio no es un dechado de virtudes, pero todavía bailamos al son que nos toca: Compramos sus dólares y pagamos a toca teja su inmensa deuda, así que cuando el imperio  ve las orejas al lobo le da a la manivela y nos inunda de papel. Hay que reconocer que se saben vender como nadie. Por estos pagos se pone en letra impresa que lo de Wikileaks son meros cotilleos. No es apasionante?

Dos.- Impostores: La industria tabaquera pagó a científicos para que hicieran sesudos estudios -tramposos, claro- aduciendo que fumar era saludable. Las petroleras siguen pagando a abogados, agencias de opinión, medios de comunicación, científicos y otros ad láteres para que propalen la especie de que el cambio climático es una engañifa de cuatro seudoecologistas. Las farmacéuticas financian  congresos de medicina y hacen otros ingresos por detalles como prescribir boticas de su marca. Los nacionalistas han inventando la historia de sus “naciones” a golpe de talonario público ingresado en cuentas de egregios catedráticos de historia y otros plumíferos de postín. Hay algunos deportistas que se dopan o son cómplices en tramas de engaños deportivos. Articulistas que padecen coprolalia. Políticos que atacan constantemente el sentido común. Ejecutivos que quiebran empresas y despiden a miles de trabajadores sin despeinarse y no lo hacen por menos de un millón de euros al año. Delincuentes que se suben al púlpito de las ondas impartiendo doctrina en ética y ciudadanía. Habladores profesionales que imparten su ignorancia universal urbi et orbi, aunque mezclen el ácido úrico de las púberes con la halitosis que sale de sus bocas. Me viene a la memoria una musa de los medios -todavía hoy intocable- que disponía de un negro para que le escribiera novelas, ni siquiera se las escribió, prefirió plagiarlas…  Estos impostores no sólo no se retractan si no que se pavonean de ello y, lamentablemente, siguen viviendo a nuestra costa. Y lo que es peor, no hay escarnio público, les reimos las gracias. No es apasionante?

Tres.- Directivos de bancos: Han hecho mal su trabajo que consiste en,  tomar dinero en depósito y prestarlo a terceros a cambio de un diferencial de interés. Sólo tienen que calcular debidamente el riesgo. Pues bien, ni calcularon bien los riesgos ni el valor de las garantías que respaldaban esas deudas; además, se extralimitaron, especularon y perdieron nuestro dinero jugando en el casino de la economía virtual. Sin embargo, para que no se fuera al garete el sistema los estados -esto es, los ciudadanos de esos estados que pagamos impuestos- los rescataron con avales, financiación y dinero contante y sonante. Consecuencia, los estados se endeudaron. Ahora que los estados necesitan financiar sus déficits producidos fundamentalmente por el coste del rescate de los bancos, aparecen los susodichos directivos  – los mismos que manejan el mercado financiero- y dicen que no se fían del estado que emite esa deuda,  así que o paga un tipo de interés más elevado o no le compran la deuda y quiebra.  No termina ahí  el sindios, aún se permiten el lujo de dar lecciones de teoría económica a los gobiernos de esos  estados: Bajad salarios, incrementad la edad de jubilación, subid los impuestos indirectos, privatizad las pocas joyas que quedan en manos del estado como la sanidad, reducid la inversión pública, disminuid drásticamente el gasto social. Los banqueros  predican con el ejemplo, claro, como Jesús en el desierto: Reducen sus sueldos, sus planes de pensiones, las bagatelas en forma de incentivos por cumplimiento de objetivos, remesas de acciones gratis, coches de empresa, tarjetas platino gratis total. Uno de sus representantes en España se atrevió a decir: Hay que  trabajar más y ganar menos. No es apasionante?

Cuatro.- Otras lindezas:  Siguen matando mujeres porque eran suyas y el alcalde de Valladolid continúa apalancando su consistorial culo en el mismo sillón. Inundaciones en los antiguos cauces de los ríos y en sus tramos inundables pero se sigue habitando y construyendo sobre ellos. Miles de fuerzas policiales sustraidas de la seguridad ciudadana para perseguir la droga que sigue prohíbida y por tal, siendo un semillero de delincuencia, dinero negro, economía sumergida, exclavitud y matadero de adictos. Subida media de la temperatura en todas las superficies: terrestre, marina y en los lagos interiores; se producen huracanes, tornados y lluvias torrenciales donde y cuando antes no se daban; las temperaturas alcanzan picos extremos que nunca se habían coseguido; desaparecen ecosistemas, masa forestal y miles de especies; los desiertos avanzan imparables, mientras los ríos, los lagos y los glaciares menguan. Y digo yo: No será más barato reducir las emisiones  que hacer frente a los gastos de las catástrofes que ocasiona el inexistente cambio climático?

Apasionante, no?

J. Carlos

Madeira

Las islas del archipielago de Madeira asoman sus picos por encima del Atlántico para que las flores, los árboles frutales, los eucaliptus, la laurisilva y otras mil  especies vegetales se multipliquen  a temperatura subtropical y bien regadas de lluvia. Es así que consiguen un colorido y una belleza deslumbrantes que lucen como pavos reales. También para que los más de dos millones de turistas que aparcan sus cuerpos en estas tierras todos los años,  se solacen y admiren este jardín del Atlántico. De los 260.000 maderenses,  más del 80% trabajan al servicio del turismo; el resto dobla el lomo en la agricultura y en la pesca, en la industria vinícola, en la floral y también en la artesanía de bordados y tapicería.  Se calcula que hay más de un millón de emigrantes que tuvieron que buscarse la vida fuera de las islas.

Tierra roja que desmigan las lluvias torrenciales, especialmente en aquellas zonas que asolaron los últimos incendios. El 20 de febrero de 2010 las lluvias se desbocaron y los ríos saltaron sus cauces causando severos daños materiales y  48 muertos, todavía quedan vestigios y el miedo en los rostros. No hace una semana que temblaron los habitantes de su capital, Funchal, ante la densidad y fuerza de las lluvias que volvieron a brincar lo pretiles de piedra en que embarrancan  los lugareños la fuerza de sus ríos. Imagínate una ciudad que se desparrama por las laderas de las montañas hasta el mar, surcada por arroyos, ríos, barrancos y torrenteras con desniveles permanentes de más del 5% al 7%.

Tierra negra quemada en la fragua del volcán que formó la isla de Madeira hace unos cinco millones de años. Hay otra isla, mucho más pequeña, Porto Santo, con arenas ya doradas por el sol y límpias por el agua, y es que la geología la parió hace unos ocho millones de años y le ha dado tiempo a limpiar sus piedras del negro de caldera y, pulilarlas y desmigajarlas. No son las únicas del archipiélago, también surgieron del océcano las islas Desertas y las Salvages, pero éstas, afortunadamente para ellas, no están habitadas.

Tierra preñada de todos los verdes, con picos afilados y rotundos que llegan a marcar 1.861 metros, horadados  por más de 180 túneles. Poderoso caballero es el turismo, el pan de cada día de estas gentes, laboriosas y hospitalarias. Gentes que hicieron 2.200 Kms. de levadas -canales- para llevar las aguas abundantes del norte al sur y que actualmente todavía se utilizan para riego, agua de boca y para producir electricidad.  Gentes que hacen los viales de las calles insertando piedras blancas y negras con las que dibujan todo tipo de arabescos, medias lunas, círculos, nombres… como si pintaran en el suelo. Gentes que miran al cielo ya no por temor a que se agoste la cosecha por falta de lluvia o se pudra por su demasía, sino por si cierran el puerto y dejan de entrar los grandes buques -paquetes les dicen aquí- con mas de tres mil turistas que dejarán una siembra de euros, o si las rachas de viento malogran los aterrizajes y tampoco llega el maná en forma de alemanes e ingleses. No te extrañe de que, además de portugués,  hablen alemán e inglés, les va en ello el pan de cada día.

Tierra que atrajo por su belleza y su clima a personajes como Sisi la emperatriz,  Winstion Churchil y al emperador Carlos I de Austria y IV de Hungría. Éste último murió en Funchal y está enterrado en la Iglesia Nuestra Senhora do Monte. Lo más curioso es que a este emperador lo beatificó Juan Pablo II en 2004. Claro que ese papa beatificaba a cualquiera, lo hizo en 1992 con  Josemaría Escrivá y, por encima, lo elevó a los altares canonizándolo en 2002. San Josemaria ruega por nosostros pecadores.

Y escucha: Qué paz, a pesar de la lluvia que a ratos se amansa y hasta se aparta y cede su lugar al sol. Qué paz, sin leer el periódico, sin ver la tele. Qué paz, sin escuchar que va a pillarnos el apocalípsis uno de estos días y yo sin confesarme. Qué paz, paseando bajo las jacarandas del paseo marítimo, o entre las orquídeas y las flores del paraiso del parque de Santa Catarina. Qué paz, recorriendo el Museo de fotografía de Vicentes con fotos que datan de 1863; está situado en un antiguo estudio fotográfico del siglo XIX que contiene cámaras originales, muebles, y todos los accesorios para retratar y revelar, y  un archivo de más de medio millón de negativos. Qué paz, probando el vino dulce de Madeira que recuerda mucho al Oporto. Qué paz. viendo cómo las olas rompen en el fuerte de San Tiago y levantan una nube de agua blanca. Qué paz,  recordando hace casi veintiocho anhos las vistas de los acantilados desde el comedor del hotel Casino. Qué paz,  perder la perspectiva y la memoria, y no recordar las calles y los lugares, porque es como vivirlos de nuevo. Qué paz,  esta mañana cuando se abrían los arco iris cubriendo los valles como una premonición de que todo mal es pasajero, incluso la lluvia mansa o la niebla que vela los paisajes con un halo de terciopelo.

J. Carlos

Controladores

Estoy en el aeropuerto Francisco Sa Carneiro de Oporto, a la espera de de que salga un improbable avión para Funchal, capital de Madeira. Digo improbable porque el mal tiempo en la isla hace que el calificativo adquiera una consistencia de certeza. He venido en coche desde Madrid, salí a las diez y media de la mañana, decisión arriegada después de oír  las noticias de que unos privilegiados habian secuestrado a unos cuantos millones de españoles, entre los que me cuento, y presintiendo que mi vuelo, con salida prevista a las ocho de la noche, sería  cancelado.

Me parece patético que un colectivo, amparándose no el valor de su trabajo, que es bastante rutinario y simple, sino en la circunstancia de que su dejación afecta a millones de personas al mismo tiempo, tomen la iniciativa de abandonar sus puestos y delinquir contra el derecho a la libre circulación de las personas.

Clama al cielo que los sucesivos Ministros de Fomento amparándose en su propia cobardía, porque eran conscientes de que si ponían coto a sus bravatas les volteaban los aeropuertos patas arriba, les multiplicaran los emolumentos, les redujeran las horas ordinarias de trabajo y les pagaran las extraordinarias a precio de oro. Pero de oro, oiga, que alguno no se despeinaba por menos de un millón de euros al año. Espero que alguien se atreva a subir a la red los sucesivos convenios con las firmas estampadas al pie y los nombres de los Ministros que permitieron que se perpetrara ese robo a mano armada. Además, como no salía del presupuesto del Ministerio, sino de las tasas aeroportuarias que pagamos los sufridos españolitos al volar, miel sobre hojuelas para los susodichos Ministros. Hubiera dado igual que saliera de las partidas del Departamento, como dijo aquella sesuda Ministra, el dinero publico no es de nadie.

Es lamentable que la democracia no tenga suficientes herramientas juridicas, o nuestros políticos no se hayan, al menos hasta ahora, atrevido a ponerlas encima de la mesa, como hizo la marquesa, para parar los pies a estos secuestradores de la libertad de los demas, ergo delincuentes. No es la primera vez que abandonan sus puestos de trabajo con y hasta sin subterfugios, y hay figuras delictivas tanto en la ley que regula la navegación aérea como en el código penal. Basta repasar sus desmanes en los últimos años y ver las medidas que tomaron nuestros gobernantes. Ya se sabe, de aquellos polvos vienen estos lodos.

Como colectivo se merecen el desprecio social. Pero en tanto individuos, espero que los juzguen como presuntos delincuentes y, le pido al Ministerio Publico que solicite las indemnizaciones a que haya lugar con cargo a sus bienes presentes y futuros. Por cierto, podríamos constituirnos todos los perjudicados en asociación y ejercer la acusación particular.

Si algún día tropiezo con uno de estos presuntos delincuentes, simplemente le diría: Qusiera ser tu médico y explicarte que yo no actúo como tú cuando estás enfermo y acudes a mi consulta, y si hago huelga, cumplo con el preaviso de la ley, con los servicios minimos, etc. y, en todo caso, en huelga o no, siempre te salvaré la vida, ya sabes, el juramento hipocrático. Me gustaría ser tu asistente de proteccion civil si sufres un accidente para contarte que, no soy como tú y no miro ni la cara ni la raza del accidentado, ni siquiera me inmuta que pertenezcas a ese odioso colectivo cuando me arremango para ayudarte. Quisiera ser el policía que te salve del atraco aunque me estresen las balas que silban a mi alrededor, o el bombero que sofoca el fuego si arde tu propiedad jugándose la vida, o el simple empleado de banca que te atiende con dolor de muelas. Me gustaria ser el auxiliar de Aena que prepara tu abultada nómina cada mes, sin cabrearse porque ganas cien veces más que él y trabajas bastantes menos horas.

Sí, estoy deseando echarme a un sujeto de estos a la cara para preguntarle como ciudadano que le enseñaron sus padres, que tipo de educación cívica aprendió en el colegio, que libros lee, si es que lee…, que amigos tiene, si es que tiene.

No es indignación, es algo más. Han envilecido nuestros derechos, han emborronado la marca de España, que no es que pasara por sus mejores momentos. Han condenado a la ruina a unos cuantos empresarios y, seguramente, a miles de trabajadores. Se vienen riendo desde hace años en nuestra cara. Ayer, simplemente, se nos mearon encima.

Aplaudo el temple y arrojo del Sr. Blanco. Aplaudo la declaración del estado de alarma. Aplaudo que, por una vez, los chulos y los mafiosos pierdan un pulso. Aplaudo el que alguien manifieste, al menos, que se va a aplicar la ley. Y aplaudo que por fin y, en este tema, haya triunfado el sentido común.

Lamentablemente ya ha empezado el vodevil de la politica y cada cual valora de que lado de la balanza se inclinan según que votos. Hay declaraciones que dan asco, pero así de canalla es la política. Para una vez que hay una causa común que clama al cielo, pues ni por esas.

Todo quedará en agua de borrajas, no les harán ni cosquillas. Lo sé, en cuanto pase el vendaval, algunos perderán unos miseros pelos en la gatera y ya está, el foco mediático alumbrará en seguida a otra parte. Esto mio no es mas que un desahogo, una querencia a lo sumo, no me supongas tan ingenuo.

Termino ya, con una reflexion que me incumbe. Soy un privilegiado porque aunque no he podido tomar el avión por culpa de estos presuntos delincuentes y he debido conducir seiscientos kilometros y perder dinero… al cabo, estoy vivo. Lamentablemente habrá alguien que transitando por carretera y por el mismo motivo que yo, no podrá contar su peripecia porque en los cementerios reina el silencio. ¿Al debe de quién o quiénes lo apuntamos?

El avión que tenia su salida a las veintidós hora portuguesa, tiene retrasada su salida hasta la una.

J. Carlos

Los que viven con el arsénico

Se sorprenden porque hallan una bacteria en el lago Mono de California que, no sólo es capaz de vivir con el arsénico, sino que además lo incorpora en su material genético. Es de la familia de las halomonadaceas y, cuando es cultivada en un medio en el que se va sustituyendo en la dieta el fósforo por el arsénico, acaban asimilando ese segundo elemento.

A mí me sorprende que se soprenda el personal. Es como la vida misma y por estas latitudes tenemos muchos ejemplos. Hay programas de televisión -dicen que de debarte- que chapotean permanentemente en el arsénico, era de esperar que sus presentadores, colaboradores y tertulianos terminaran asimilándolo para seguir viviendo, incluso, estoy seguro de que ya lo han incorporado  en su material genético. Algunas columnas de los patios más rancios en los palacios de Gütenberg son sopicaldos de arsénico, no era de esperar que sus moradores vivieran del fósforo de la inteligencia, más que nada porque por esos lares suele escasear esta última.

La duda que me embarga es la de si aquellos programas o estas columnas son desiertos áridos que traían incorporado el arsénico de origen o, si por el contrario, los seres que los pueblan destilan a su paso el elemento nocivo para el resto de los mortales, pero vital para la propia supervivencia de sus moradores. Vamos, que no sé qué fue primero si el huevo o la gallina.

Y con la duda me quedo. Los nombres los pone usted.

J. Carlos

Hotel Hilton

HOTEL HILTON

También es mala suerte, Verónica, que se quemen los dos últimos pisos del Hilton justo el miércoles a la hora de comer, y que os dieran la habitación 525 porque había una convención y tenían ocupada toda la planta tercera. Lo demás era previsible: Que los supervivientes tomarais la vía de escape de la azotea y desde allí elevarías vuestras plegarias, que os colgaran como títeres del helicóptero del Samur haciendo fintas en el aire. Allí estaban los objetivos de Telemadrid escudriñando cada uno de vuestros gestos y difundiendo vuestras angustias durante casi dos horas. Había que oír a la locutora; qué desparpajo, utilizaba adjetivos que mordían las vísceras y cegaban los ojos de lágrimas, afinaba la voz en los momentos más tensos hasta dejarla chiquita y enardecía a los mirones para que aplaudieran cada rescate. Cinco muertos por asfixia y cuatro hospitalizados con síntomas de intoxicación por monóxido de carbono, entre ellos un bombero.

Si no es por Cristóbal, no lo cuentas. Ya estabais en el pasillo corriendo hacia la escalera exterior, los goznes del ascensor reventaron y una columna de fuego se comió el oxígeno y os lanzó contra la pared. Tras la lengua de fuego, una ráfaga de aire hirviendo y cortinas de humo negro que ensuciaron el poco oxígeno restante. Quedaste inconsciente, él te arrastró hasta el rellano buscando el aire a ras del suelo, luego una mano anónima cogió el otro brazo y escalón a escalón tiraron de tu cuerpo a trompicones sorteando la niebla espesa.

Cristóbal. Más de seis meses lo tuviste a besos furtivos, en el coche al salir del trabajo, como dos novios de los de antes. Tuvo que demostrarte de cien maneras que te quería o, al menos, que le gustabas, o tal vez lo que vino después sucedió porque aquel día en el aparcamiento de El Corte Inglés bajaste las defensas y a partir de ahí el guión ya estaba pautado. A tus cuarenta y dos estás loca por sus huesos, por sus ojos azules, por ese porte aristocrático, porque te hace reír y te sientes alguien y porque tocó el piano para ti en La Fídula un lunes de carnaval y cuando lo tocó te miraba como nadie te ha mirado. Qué importa que tenga su familia. Tú tienes la tuya, un marido escritor famoso y dos hijos. Qué importa que te lleve nueve años, según para qué es como un niño y los miércoles aguanta hasta dos batallas. Qué importa que esté en su despacho de cristal dirigiendo las finanzas de un gran banco y tú estés en mitad de la planta en una mesa corrida y seas una simple analista con un teléfono y cuatro pantallas.

Mírate, con la mascarilla azul cubriéndote la cara, un gotero pinchado en la muñeca y los médicos inyectando antibióticos porque tiemblas toda, como una hoja en una noche de viento. Te cuesta respirar, es como tragar un puñado de arena que lija las paredes de la faringe y cuando llega a los pulmones queda atrapada en un enredo de telas de araña. Tienes los ojos mordidos por el humo, si corres la cortina de los párpados te hiere una luz toda blanca, sin principio ni fin. Los cierras. Después de varios intentos las agujas de luz se atenúan y empiezas a adivinar contornos y perfiles. Hay gente con uniformes verdes y mascarillas, se mueven demasiado deprisa para fijarlos en tu retina. Tienes una caricia en tu frente y otra mano en tu mano; reconoces ese olor, vuelves la vista a la izquierda, las líneas de la cara ondulan y los rasgos parecen líquidos, igual que los desiertos en verano. Cuando los perfiles se solidifican aparece la cara de tu marido y la máquina que amplifica tus latidos se vuelve loca. Cinco miligramos de Diazepám.

Ahora que el destino acaba de regalarte una vida tú sólo piensas en su reacción  porque a estas horas todos se habrán enterado. ¿Qué dirán tus hijos universitarios cuando se enteren que su madre anda por ahí calentando las carnes otoñales en camas de hotel? Y los compañeros, ¿qué pensarán de la modosita? Camisas abrochadas hasta el cuello, faldas dos dedos por encima de la rodilla, la que siempre tiene un hombro dispuesto a cargar con las tristezas ajenas y los oídos abiertos a las confidencias. Y se lía con el jefazo.

Te llegan voces que al cruzar los tímpanos acorchados de tus oídos se desvanecen en murmullos, pero los pitidos de la maquinita te llegan con total nitidez y son regulares; seguramente tu cerebro está discriminando, aunque según tus ojos todo se mueve a cámara lenta y ya ni siquiera recuerdas por qué estabas tan preocupada hace tan solo un momento. Tu marido sigue allí mirándote con los ojos dulces. ¿Qué pensará? Que piense lo que quiera. Si no fuera por la mascarilla le dirías cuatro verdades bien dichas, que esto del Diazepám es como si te hubieras echado al coleto media botella de whisky. Le dirías que, hace siglos que no te dice guapa, pero qué te va a decir si llevas dos meses haciéndote las mechas y hasta ayer no te dijo que notaba algo raro en tu pelo. Le dirías que ya no te hace reír…

Ha entrado en la habitación Cristóbal, tiene vendado un brazo y por encima de los ojos azules tiene chamuscadas las cejas. La maquinita ha emitido tres pitidos muy rápidos, has respirado hondo aunque de tus pulmones duelan hasta las telarañas, y la lucecita verde ha vuelto a su ritmo cansino. Tu marido le da un abrazo y oyes retazos de frases de las que sólo te quedas con palabras sueltas:

―Héroe… gracias… salvado… Verónica.

Cristóbal se acerca, te peina el pelo castaño con los dedos, te besa en la frente, toma tu mano, mueve los labios:

―Enhorabuena… llamado… cliente… Mister Lewis… que sí… gestión… mayor fondo inversión americano… revisión carteras… los miércoles…  hotel Palace.

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J. Carlos

Este cuento está publicado en el libro colectivo: Hasta anegar las torres (Antología de literatura breve). Editado por la Escuela de escritores en 2010.