Archivo mensual: enero 2012

Psicopatías

Psicopatías

Es cierto que en cuanto se lee algo sobre psicopatías, uno tiende a ver su expresión manifestada con nitidez en aquellas personas que menos le gustan, o que le han hecho o le hacen sufrir. Nos ponemos a repasar los rasgos característicos de un psicópata y nos viene a la mente, de forma inmediata, la personalidad de aquel jefe que era un cabrón con pintas, la de aquella mujer que nos dejó tirado como un escupitajo, la de aquel amigo que no nos devolvió el dinero que le prestamos y, encima, va por ahí poniéndonos verdes y aireando los trapos íntimos que un día aciago le contamos…

Es evidente que nos dejamos llevar por nuestras emociones y por nuestro propio ego que, por cierto, se auto limpia y da esplendor cada vez que nos resulta fallida una relación personal o profesional. De ahí que, el propinar las características de psicópatas a nuestros enemigos suele ser, a menudo, un prejuicio; es decir, una forma racional de mantener a salvo nuestro ego y nuestra autoestima. Y, sin embargo:

¿Quién no ha tenido un jefe egocéntrico, maleducado, que interactúa con sus subordinados como si fuesen objetos, que los utiliza para conseguir sus objetivos y se apropia de sus ideas y trabajos sin el menor escrúpulo?

¿Quién no ha lidiado con directivos sin la más mínima empatía, con un narcisismo rayano en la locura, que toman decisiones dañinas para la empresa, los clientes y los trabajadores, sin el menor remordimiento y sólo dirigidas a satisfacer sus intereses personales?

¿Quién no conoce a dictadores megalómanos, con un cierto poder de seducción, que manipulan las mentes, con una capacidad innata para captar las debilidades del prójimo y utilizarlas en su propio y exclusivo beneficio. Sí, me refiero a esos que ponen en marcha mecanismos para sojuzgar a sus ciudadanos –a veces los asesinan también- sin el más mínimo escrúpulo moral ni democrático?

Para nuestra fortuna y la de la humanidad entera, ya existe un escáner que lee la zona del cerebro que contiene nuestras intenciones, antes de realizarlas, y permite ver la actividad del cerebro ante determinados estímulos. Se sabe que los estímulos relacionados con las capacidades de empatía se sitúan justo encima de los ojos, en el lóbulo prefrontal. Es, según los neurólogos, el órgano ejecutor del cerebro, pero no sólo toma las decisiones, sino que también evalúa la ética o moralidad de las mismas. En los escáneres realizados a psicópatas esta zona permanece apagada –sin estimulación eléctrica-, de forma que no hay conexión entre el sistema límbico -área que regula las emociones-, y el lóbulo prefrontal. Es más, tampoco tiene actividad eléctrica la amígdala que se encarga de procesar las emociones, la agresión y la violencia. En suma, el cerebro de un psicópata no le previene si es ética la acción que va a realizar y, por si fuera poco, la amígdala tampoco le avisa del sufrimiento que vaya a causar al prójimo la decisión que adopte. Carecen de empatía.

¡Cuídado! Hay determinados avances en medicina que los carga el diablo al igual que las armas. No saquemos conclusiones precipitadas. Por esa vía del determinismo genético podemos caer en el pozo del ideal fascista de, “condenar a priori” o “eliminar” a las personas que, al menos teóricamente, son más propensas a cometer delitos; o caer en la trampa del neoliberalismo que, consistiría en hacer un mapa genético de cada individuo y fijar, por ejemplo, sus tasas sanitarias en función de sus propensión a determinadas enfermedades y su coste futuro. Para tu tranquilidad te diré que también existen personas cuyos escáneres indican que, ni en la amígdala ni en el lóbulo prefrontal existe actividad eléctrica y nunca han roto un plato ni matado a una mosca. Uno de ellos es el neuroanatomista James Fallon, uno de los científicos que, curiosamente, más sabe de psicopatías.

Visto en perspectiva, es innegable, que nos gustaría que a Hitler, a Stalin, a Mao, a Franco, a Pinochet, a Gadafi, a Kino Jong-il, y a tantos otros, les hubieran hecho un escáner en su día, para analizar si sus lóbulos prefrontales y sus amígdalas estaban apagados o encendidos. Hoy, no sólo los científicos del ramo, sino cualquiera de los ciudadanos del mundo, también desearíamos saciar nuestra curiosidad y conocer los escáneres cerebrales de Hugo Chávez, Fidel Castro, Raúl Castro, Robert Mugabe, Omar Hassan al Bashir, Bashar al Assad, Mahmud Ahmadineyad… Me temo que la foto de sus zonas prefontal y de la amígdala aparecería tan negras como las noches de luna nueva. A este respecto, el psiquiatra polaco Andrew M. Lobaczewski ha estudiado lo que podíamos denominar la psicopatía social, o de cómo los psicópatas siembran la injusticia social y los medios con que se abren paso hacia el poder. Lobaczewski llama a esta enfermedad: Patocracia. Y escirbe: “Durante el transcurso de la historia de la humanidad, ha afectado a movimientos sociales, políticos y religiosos, al igual que a las ideologías que la acompañan… Esto ocurrió como resultado de… la participación de agentes patológicos en un proceso patodinámico similar. Esto explica porqué todas las patocracias del mundo son, o han sido, tan similares en sus propiedades esenciales.”

No quisiera caer en el determinismo y exigir a los gobernantes de los países, a los máximos dirigentes de movimientos sociales y religiosos, y a los presidentes de grandes corporaciones, la presentación de los escáneres de sus cerebros, al igual que se les exige cierta transparencia en sus patrimonios, sus impuestos o sus emolumentos. Ya te digo, se empieza por ahí y se termina creando guetos y patocracias; justo lo que queríamos evitar. Lo apunta el refrán, el infierno está empedrado de buenas intenciones. Y sin embargo…

¿No sospechas, como yo, que adolecen de una preocupante falta de empatía la mayor parte de los prebostes de Wall Street y de las grandes corporaciones multinacionales, los Merkozy y sus adláteres, algunos de los pilotos que navegan por el proceloso mar de las finanzas patrias, varios regentes de las empresas que forman el puzle del Ibex, ciertos dirigentes de nuestra patronal, al menos una centena de los que nos gobiernan, un sinnúmero de ilustres economistas de salón y algún miembro de nuestra Magistratura?

¿No sospechas, como yo, que hay zonas del cerebro de esos ciudadanos que nunca han visto la luz?

¿Serán psicópatas? ¿Estarán enfermos de patocracia?

¡Qué miedo! No lo digo por la ciencia. La ciencia no me da miedo. Ellos sí.

J. Carlos

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El patio de Monipodio

El patio de Monipodio

Hace unas décadas los españolitos tuvimos que rascarnos nuestros menguados bolsillos para pagar la continua fiesta de los dirigentes mafiosos del fútbol. El dinero fresco que había huido de nuestro peculio, palió la bancarrota de muchos clubs y serenó el mercadeo humano de jugadores que, por vergüenza, contuvo sus precios desorbitados durante un par de añitos. Sofocada la culpa por el mero trascurso del tiempo, lo jugadores, esos becerros de oro que tienen la habilidad de hacer magia con una pelota, volvieron a comprarse y venderse, como se compra y vende el ganado vacuno o el bovino, con cifras que mareaban. Ignorante de mí, pregunté a un conocedor de ese singular mercado, si los precios se formaban como en las lonjas de los puertos, esto es, exponiendo la mercancía limpia de rémoras sobre una pila de mármol inclinada para que escurra el agua y, fijando el precio mediante la libre puja en pública subasta. “Que va –me dijo-, es el propio comprador el que pone el precio, varios millones por encima de lo que pida el vendedor, porque cuánto más caro le cueste al club que preside, más comisión se lleva”.

¡Qué triste es perder la inocencia! Desde que aquel conocedor del mercado de carne futbolística me abrió los ojos, cada vez que me tropiezo con una obra pública me tiento el bolsillo y no puedo menos que echar cuentas sobre el valor real y el coste. Es poner la suela de los zapatos sobre la losas de granito, como de nichos funerarios, de la Gran Vía y entrarme ese desasosiego aritmético. No te digo cuando cruzo con el coche los túneles de la M-30 o, si pasando por Cibeles se me ocurre levantar la vista al antiguo Palacio de Comunicaciones. Y si salgo de Madrid por las autopistas radiales, a ese desasosiego aritmético se le añade la evocación de aquellas escenas de película americana, en que el protagonista cruza con su coche el desierto de Arizona en la más estricta soledad.

Si viviéramos en una dictadura se podría pensar que, enterrar el dinero en obras faraónicas, tenía por objeto saciar la megalomanía del Dictador y, con ese entretenimiento, saciaba su sed de sangre. Como no es el caso, y siendo que no se hicieron estudios previos sobre su viabilidad económica, que las desviaciones sobre los presupuestos de partida son abisales y que los sistemas de adjudicación han sido, cuando menos, opacos; sólo cabe colegir que ahí hay alguien que ha pasado el cepillo. No hay inteligencia, por larga o corta que sea, que alcance otra explicación más razonable a la ristra de aeropuertos vacíos como el de Castellón, Ciudad Real, Lérida, Huesca, León…; estaciones de AVE desiertas; tranvías varados, como el de Jaen; obras mastodónticas como La Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia, el puerto de A Coruña, la Ciudad de la Cultura en Santiago, el puerto deportivo de Laredo, la Línea 9 del metro de Barcelona, el Estadio Olímpico de Madrid, las Setas de la Encarnación de Sevilla, el Hospital Universitario General de Asturias…

A tal punto ha llegado mi confusión mental que, veo la cara de un Presidente de Comunidad Autónoma o un Ministro y los confundo con un tal Del Nido. Si plantan la foto en el periódico de un Consejero de obras públicas me parece estar viendo a Lopera. Y el rostro de algún alcalde me recuerda el vivo retrato del infausto Gil y Gil. Total, que una cosa lleva a la otra y me entra como un desasosiego. Porque a mí el fútbol ni fu ni fa, pero me tienen explicado que, el dinero que se amasa con el polvo del ladrillo lleva a la Presidencia de los clubs de fútbol, del mismo modo que el exceso de testosterona lleva a las casas de putas. Y una vez allí, en el palco, se mercadea y se medra, como antiguamente los señorones mercadeaban y medraban en los casinos. Para tu conocimiento te diré que, en aquel entonces, los casinos de postín tenían habitaciones ad hoc, con una señorita o señorito –según los gustos- a la espera de que el señor tuviera a bien terminar la partida o la tertulia.

En este patio de Monipodio en que han convertido el solar patrio, la maquinaria policial ha puesto en bandeja a los jueces los casos en los que, o bien la sensación de impunidad de los políticos delincuentes, o bien su atraso mental, han ido dejando más pistas que el Dioni. Estas últimas semanas, dos Presidentes de Comunidad Autónoma han coincidido en el banquillo de los acusados. El de Valencia, porque eran tan cutres las conversaciones de Francisco Camps y de Ricardo Costa con El bigotes, y la sustancia de los trajes, relojes y caviares Beluga tan de trincones de barrio que, ni empurando a Baltasar Garzón para cargarse la instrucción del sumario de la Gürtel, se salvaban. En el caso de Baleares es que la mierda rezumaba por todas las esquinas y era incontenible. Pero ha sido impagable verlos y oírlos, los poderosos desnudos, como en una jaula de cristal transparente. Te digo que los bonobobos, enjaulados, se comportan con mayor dignidad que el tal Camps. No me extraña que su jefe dijera en su día: ¡Que tropa! Lo que más me preocupa no es ni lo que han trincado, que después nadie devuelve; ni el mal ejemplo a la ciudadanía; ni siquiera es mi mayor preocupación las honradas empresas que hundieron porque no se atenían a sus componendas y comisiones; lo que más me preocupa y sonroja es que denotan un nivel mental muy justito, de andar por casa y poco más. Ya no te cuento el índice de inteligencia de Francisco Javier Guerrero, a la sazón, Director General de trabajo de la Junta de Andalucía, que se esnifaba el dinero de los ERE, junto con el chófer oficial, en noches de lujuria y desenfreno. A éste sujeto la inteligencia no le da ni para pasar el día, aunque tal vez sea suficiente para pasear por el cuadrado de una celda vestido de rayas -o como coños los vistan ahora- de por vida. Y, ¿qué me dices del yerno del Rey, el Sr. Ignacio Urdangarín? Monta una fundación sin ánimo de lucro para llevárselo crudo, acude a lo fácil, a los gestores de lo público que están deseando codearse con las testas coronadas y sus adláteres. Pasa facturas de a treinta mil euracos el folio. Como saquea tanto pero no se fía del estado, cuya Jefatura ostenta su suegro, se lo lleva a paraísos fiscales. Le pillan con las manos en la masa y su suegro lo exilia a Washington, con ochocientos mil euros que salen de los bolsillos de los accionistas de Telefónica, le manda sofocar su cleptomanía y le avisa de que ha dejado muchos rastros de sus fechorías; aún así, sigue trincando. ¿Tanto embriaga el olor del dinero o, tan irrisoria es la justicia de este país que le estimula la sensación de impunidad o, es que simplemente es tonto?

Si Cervantes levantara la cabeza nos diría que ni su fructífera imaginación daba para tanto. Ya se sabe que la realidad siempre supera la ficción.

Propongo ponerles una cámara pegada al culo a todos los políticos, como si vivieran en una jaula de cristal transparente. Es verdad que caeríamos en la cuenta de la cantidad de enanos mentales que pululan en esa profesión, pero, al menos, no trincarían.

Estos lodos vienen de aquellos polvos que han ido levantado pacientemente los políticos de todo signo y condición: Se han cargado al funcionariado, al socaire de que suponían un obstáculo a sus decisiones y una rémora para sus políticas cortoplacistas. Han confundido el estricto sentido del deber y la sumisión a la ley de la función pública como un perjuicio y una deslealtad a sus decisiones políticas. Los han despreciado, vejado, les han reducido el salario e incrementado la jornada. Han sido el chivo expiatorio, el enemigo externo que se han buscado los políticos de turno para seguir medrando –en esto se ha empeñado mucho y ha obtenido un excelente resultado Esperanza Aguirre-. Les han enfrentado al ciudadano común y, especialmente, al parado, tildándolos poco menos que de vagos y maleantes. Les han colocado por encima a una caterva de asesores  y cargos de confianza -amiguetes del partido sin otro criterio que el “sí buana” y cobrar un suculento sueldo de alto cargo a fin de mes-. Incluso se han entrometido en los ascensos de los funcionarios, antes reglados, con plazas creadas ex profeso y con un perfil que se adapta como un guante al funcionario afín ideológicamente. Como dice el catedrático de Derecho Constitucional Francisco J. Bastida: “Este modo clientelar de entender la Administración, en sí mismo una corrupción, tiene mucho que ver con la corrupción económico-política conocida y con el fallo en los controles para atajarla”.

En suma, los políticos, se han quitado de en medio los controles que frenaban su codicia y ahora pueden robar sin que salten las alarmas. Para cuando alguien quiere y puede meterles mano, imputan a un juez por intentar destapar la trama corrupta, y los demás jueces reciben el aviso para navegantes. Tras la imputación vendrá la condena y, lo que es peor, la anulación de las pruebas del trinque. No me extraña, pues, la sensación de impunidad que les invade.

Asistimos, pues, impávidos al espectáculo del robo de nuestras carteras y, para mayor escarnio y vituperio, nos dan una sonora patada en el culo, al tiempo que, mandan a tomar por ese mismo sitio nuestros derechos laborales, sanitarios y educativos. Al final va a resultar que los bonobobos somos nosotros.

J. Carlos

Disonancias

Disonancias

En mayo de 2010 el Sr. Zapatero se cuadró como un buen soldado, puso su mano derecha extendida en ángulo agudo sobre la sien y, antes de que le ordenaran descanso ya estaba acatando las órdenes de la Mariscal Merkel y de su lugarteniente Sr. Sarkozy. De resultas, nos apuntó a los españoles con la metralleta del B.O.E. y apretó el gatillo con el dedo índice, con la misma indolencia con que se rascaría el botón de la barriga. Las ráfagas hicieron diana en las nóminas de los empleados públicos, lastraron las pensiones de los jubilados, pulverizaron la inversión pública del estado, dieron de pleno sobre la ayuda al desarrollo, hirieron de gravedad el gasto farmacéutico y sanitario y mataron el cheque bebé. Más tarde, pertrechado ya con granadas de mano, fue tirando de sus anillas con el mismo dedo índice y con la misma indolencia con que se rascaría las nalgas, y fue arrojándolas sobre los enemigos “del socialismo”: causó lesiones de gravedad al gasto social, la metralla agujereó el corpus social de los derechos de los trabajadores y la onda expansiva se llevó por delante la progresividad tributaria (aplicó el tipo reducido sobre sociedades a cuarenta mil nuevas empresas, incrementó desde ciento veinte a trescientos mil euros el primer tramo de base imponible para aplicarle el tipo reducido y generalizó la libertad de amortización de las inversiones en el Impuesto de sociedades). Después, como el hombre iba sobrao y se sentía como un héroe nacional que había de entregar su vida –política- por España, con profuso derramamiento sangre sobre el campo de batalla, tomó el lanzallamas del Decreto-Ley y llameó, con la subida en dos puntos del IVA, la justicia distributiva de los impuestos reduciéndola a ceniza. No voy a entrar aquí en el daño que estas decisiones de un rampante ultra liberalismo, rayano en la ideología de que hace gala el Tea Party, han causado a la economía española y a su propio partido, al que los ciudadanos le han hecho un Ere de casi cuatro millones y medio de votos. Lo único que quiero destacar es que el ejemplo de Zapatero se acomoda como un guante a la teoría que elaboró el psicólogo social León Festinger en su A Theory of Cognitive Dissonance. Se trata de la disonancia que sentimos cuando dos actitudes, o una creencia y una conducta, entran en conflicto. Según el autor, cuando el sujeto mantiene al mismo tiempo dos pensamientos excluyentes entre sí, o un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias, “se esfuerza en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, llegando, incluso, a un cambio de actitud o de ideas ante la realidad”. Es por ello que los seres humanos estamos predispuestos a prestar atención a aquella información que confirma nuestras creencias e ignoramos aquella información que las refuta. Pero Festinger restringía la disonancia al ámbito personal y, sin embargo, en mi humildísima opinión de lego en la materia, me atrevo a apuntar que, esta teoría es también aplicable al ámbito colectivo. A las pruebas me remito: no conozco a ningún militante socialista que regalara a sus conmilitones agua de colonia para apartar de sus narices el olor fétido que exhalaban las medidas de Zapatero.

Item más, a lo largo de los últimos siete años y medio hemos oído al Sr. Rajoy y a todos sus adláteres vituperar cualquier medida de subida de impuestos. Era nombrarle la bicha delante de una cámara y enarcar las cejas, fruncir el ceño y quedársele un gesto como el de aquel cura exorcista que gritaba levantando el crucifijo sobre el exorcizado: “Va de retro Satanás”. Si hasta en el debate de investidura del veinte de diciembre próximo pasado, Rajoy negó la mayor. Fue investirle, jurar el cargo, nombrar ministros y reunirles en Consejo… Y toma impuestos. ¡Ah!, y sólo es el inicio –Soraya dixit-. Habemus pues, disonancia personal: Escucha en este enlace a Rajoy, Santamaría, Montoro, de Guindos, González-Pons y Cospedal, y dime si no es pura disonancia.

http://www.youtube.com/watch?v=uqDNOfTHbc8.

Sin embargo, en aras de apuntalar mi teoría estimo que, es constatable empíricamente que también habemus “disonancia colectiva”, ya que ni los militantes del PP, ni los medios que arropan al nuevo gobierno se extrañan de tan anormal comportamiento, ni siquiera “se esfuerzan en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí”. ¿Para qué?, ya tienen un chivo expiatorio universal: La culpa es de la herencia recibida: una ruina social y económica –Fátima Báñez dixit-. De las Comunidades y Ayuntamientos que ya gobernaban no se habla, y menos ahora que los reyes magos le han traído el juguete de los números y, ya se sabe, el papel lo aguanta todo.

Convencido como estoy de haber hecho esta nueva aportación a la ciencia de lo que podríamos conceptuar como “disonancia colectiva”, no puedo menos que comulgar con Festinger y admitir con él que lo de las disonancias personales es un drama. Mira si no el pobre Carlos Fabra, que es la disonancia personificada. Todos los años le toca la lotería; digo yo que te toque una vez, o dos, o tres, debe ser abracadabrante, pero que te toque siempre, ha de ser tan cansino como comer sólo jamón de por vida. Además, va el hombre y manda construir un aeropuerto en su pueblo, con el dinero del prójimo que para eso manda, y como no llegan aviones invita a los de a pié a que se paseen por las pistas. ¿Quién no ha soñado con pasear por el aeropuerto de Shipol o el de FK, o el de Fiumicino, con los brazos desplegados como alas y corriendo por las pistas flanqueado por sus fanales modernos de luz halógena? Para colmo de desgracias se hace erigir una estatua de 25 metros de alto con un avión por sombrero, que seguramente será el primero y el único que aterrice en Castellón en muchos años, y antes de plantarla ya le robaron dos dedos y un brazo valorados en 38.000 €. Ahora que está ya plantada, siendo que el cobre se ha encarecido tanto y estando allí sola en aquel paraje tan moderno pero tan inhóspito, ¿quién la cuidará?, ¿cómo podrá dormir cada noche este gran benefactor de la humanidad pensando que le pueden sajar tres dedos, o arrebatarle el cordón de un zapato, o birlarle el billete del sorteo de la lotería que el escultor esculpió dentro del bolsillo derecho de la chaqueta y que, como siempre, resultará agraciado?

Ya ves que soy débil con las disonancias ajenas. Por eso me preocupa en demasía esa madre, y reina para más señas, que se pasea por Washington arropando a su hija, la princesa y a su yerno, el duque. Esa madre que, de creer a Pilar Urbano, se le dulcificaban los labios hasta el empalago hablando de las bondades de Urdangarín: “Es bueno, bueno… buenísimo y con un altísimo sentido moral”. Esa madre que lee o escucha cada mañana, cada tarde y cada noche las hazañas de mafioso de barrio del consorte de su hija, padre de sus nietos. Esa madre que admiraba el palacete de Pedralbes, ese nidito que costó por encima de seis milloncejos de nada. Esa madre que creía que la riqueza le crecía al duquesito como le crecen los callos en las manos al artesano o al agricultor. Es un fastidio que Festinger se muriera en 1989 y no le pueda aconsejar a nuestra reina sobre en qué ideas y creencias nuevas ha de depositar sus afanes para conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna. Porque ver a un yerno en la cárcel es un trago pero a todo nos acostumbramos los mortales del común, pero que una reina tenga que ver a un “yerno real” en la trena y asistir al subsiguiente terremoto en la testa coronada y en la por coronar, es una real disonancia. Sólo así se entiende el estrepitoso error de aparecer en unas fotos arropando a Urdangarín, intentando, tal vez, pasar el incensario de madre real para que el hedor no fuera tan fuerte. Hay olores que no sofocan ni los perfumes elaborados para la realeza con las esencias más exclusivas y sofisticadas. Si uno no proviniera de tan baja alcurnia me atrevería a aconsejar a Su Majestad la reina que, seguramente, sólo hay una manera de atajar la disonancia que le aqueja: Cambie de opinión y atrévase a pensar que se equivocó en sus apreciaciones sobre el duquesito. No sé si su Excelencia conoce el principio de la Navaja de Ockham, también denominado principio de economía o de parsimonia, que se atribuye a Guillermo de Ockham –siglo XIV-: “La explicación más simple y suficiente es la más probable”. Atrévase a pensar, pues, que su yerno es un chorizo y prepárese para aguantar el terremoto en la testa de su marido y en la de su hijo.

J. Carlos