Archivo mensual: enero 2013

Algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca.

imagesQue la cabra tira al monte es algo sabido, al igual que es harto conocido que, la naturaleza humana tiende a los bajos instintos en cuanto se desinhibe. Y no hay mayor droga para sentirse desinhibido que la impunidad. No me extraña que el latrocinio y la corrupción campen por estos lares porque esos delitos:

O no se persiguen o,

Si se persiguen son los perseguidores los que terminan condenados (véase el caso del juez Garzón único condenado y privado de su carrera y profesión en el caso de la Gürtel) o,

Cuando se demuestran, resulta que había defectos de forma en el procedimiento (caso Naseiro), o habían prescrito (casos Fabra y Tabarés, entre otros)

De terminar juzgando y condenado al corrupto se produce un acuerdo espurio (caso Pallerols) o, se reúne el Gobierno de turno, y al amparo de una ley decimonónica, aplica el indulto (caso del Consejero Delegado del Banco de Santander Sr. Alfredo Saez, indultado por el gobierno interino de Zapatero, y el de los diputados de CIU indultados por el gobierno de Rajoy).

La culpa enervada, el dinero lavado y aquí paz y después gloria. No es de extrañar que el ciudadano se sienta como una puta que, encima, debe poner la cama.

Los ciudadanos ya estamos avisados de los Filesas, Gürtels, Palaus… Somos conscientes de que los partidos políticos son manirrotos y en las campañas electorales esnifan todos los billetes que puedan garrapiñar. Los ciudadanos somos conocedores de que: Aceptan donaciones que son como pagarés que vencen en futuros concursos públicos. Cobran comisiones por obra pública, recalificaciones de suelo y adjudicaciones. También se financian, de forma indirecta, a través de la condonación de préstamos adeudados a los bancos. Los ciudadanos ya estamos al cabo de la calle de que crean la figura del asesor para enchufar a sus conmilitones en las diversas Administraciones públicas. Los ciudadanos intuimos que crean algunas Empresas públicas, Fundaciones y hasta ONGs para colocar a familiares, amigos, deudos y amantes. Los ciudadanos también tenemos acreditado que, gran parte de ese dinero que circula entre las alcantarillas de las empresas y las de los partidos, se pierde entre los bolsillos de algunos avispados que conocen los codos y los recodos por donde circula la mierda. Los ciudadanos percibimos que tanta obra pública innecesaria y tanto sobrecoste sobrevenido, tienen razones ocultas que se manifiestan en la forma de vida y ostentación de algunos personajes cercanos a los partidos y, en ocasiones, en la contumaz suerte que les depara la lotería. Los ciudadanos sospechamos que han utilizado a las Cajas de Ahorro y algunas antiguas empresas públicas, como condominio para repartirse sueldazos, sinecuras, prebendas y planes de pensiones que heredarán hasta sus bisnietos. Los ciudadanos sabemos que para que haya corrompidos ha de haber corruptores y que la ley que rige entrambos es la de la Omertá.

Los ciudadanos somos culpables de haber guardado silencio.

Gracias al elefantiásico ego de Pedro Jota que juega a ser el Rasputín del reino, y a su mal llamado periodismo de investigación, que consiste en que le van con la mierda a casa para que la exponga públicamente siempre que el ventilador esté orientado para que el hedor embargue a sus contrarios; si es de los propios, se pone a buen recaudo para utilizar, en su caso, cuando el Rasputín Pedro Jota cambie de chaqueta o, cuando cambie la dirección del viento. Escribía que, gracias a la impagable labor del ventilador de Pedro Jota, que es amarillo como el submarino, hemos sabido de las correrías del “Duque em Palma do”, y de que en el partido que nos gobierna, algunos de sus directivos, se llevaban “sobre sueldos” en dinero negro, el mismo color que las deposiciones con sangrado del tracto superior gastrointestinal. Lo más triste es que no me asombra. Ya ves, no me asombra el patético surrealismo del cuento de la columnista Amy Martin, que recibía tres mil euros del ala por artículo en una revista de la Fundación Ideas (PSOE). Ni siquiera consigue asombrarme que la condesa consorte de Murillo, Esperanza Aguirre, actualmente dedicada a la caza de talentos, despidiera, según nos cuenta ahora, a su consejero López Viejo y algunos otros de “sus talentos”, que se dedicaban a cooptar “cooperantes” con dinero negro (Gürtel) para financiar los mítines de la lideresa; Los echó sí, pero nos se le ocurrió poner los hechos en conocimiento del fiscal de turno por si fueran constitutivos de delito, y sin que se la haya pasado por su privilegiada cabeza devolver, a los ciudadanos madrileños, el dinero presuntamente afanado.

Pero sí me asombran otras cosas, a saber:

Me asombra que nadie se pregunte el porqué el Sr. Diego Torres chantajea a su socio Urdangarín con un tropel de correos electrónicos; por cierto, el que guarde todos los correos ya es un elemento indiciario de la calaña del personaje. Sólo caben dos opciones: O espera que el Sr. Urdangarín entone un mea culpa urbi et orbi que  exculpe al otrora profesor del IESE, lo cual se antoja una quimera porque abundan las pruebas en contra de ambos, así que sería inútil que Urdangarín optara por comerse sólo el marrón. O piensa que la Casa Real puede intentar doblar la mano a la justicia. Y eso es bastante más que inquietante.

Me asombra, asimismo, que nadie se pregunte el porqué el Sr. Bárcenas chantajea a Rajoy con hasta siete cajas de documentos comprometedores. O espera que el PP se hunda con él en una ceremonia de haraquiri colectivo, cosa harto improbable, a la par que inútil y estúpida. O piensa que Rajoy puede intentar doblar la mano a la justicia. Y eso es bastante más que inquietante. ¿No fue lo que hizo con Garzón? ¿No lo está haciendo su partido actuando como acusación particular en el proceso “Bárcenas” y poniendo palos en las ruedas del proceso? ¿“Le hizo (Rajoy a Bárcenas) un traje fiscal que se adapta a su dinero negro como un guante de látex a los dedos de un cirujano”? –como escribía el viernes en su columna Juan José Millás-.

Te confieso que sí, estoy pasmado de que los ciudadanos sigamos guardando silencio y sorprendido de que, desde los pináculos del poder se piense que aún es posible extorsionar a LA JUSTICIA a la vista de todos, con fanfarrias, bombos y platillos.

J. Carlos

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Botsuana

Hoy quería escribirte sobre la bajeza moral que nos invade como una epidemia. Iba a caer en lugares comunes y en el puñetero desánimo. Prefiero echar unas risas contigo a modo de vacuna ante tanta mierda.

ADVERTENCIA: El relato que adjunto a continuación es fruto exclusivo de mi imaginación y cualquier parecido con la realidad que aprecies será fruto de la tuya.

Botsuana

Supongamos que escribo de Botsuana. Sabrás que más allá del desierto de Kalahari, lindando con una reserva natural de elefantes, hay unas construcciones como palafitos. Son hoteles con encanto para que descansen de su mala conciencia algunos homínidos depredadores del esfuerzo ajeno, gracias al que han amasado grandes fortunas. Pongamos que unas horas antes de que empiece a calentar -el sudor les produce urticaria- esos homínidos salen de sus bungalows y se echan sus fusiles automáticos al hombro. El resto es una historia vulgar. Los nativos les ponen delante un proboscídeo para que le apunten a la sesera, como diez centímetros por encima de los ojos. El paquidermo les contempla, seguramente pensando que los homínidos le van a proporcionar alimento. El sonido viaja más lento que la bala, no llega a oír la deflagración, si acaso ve un pequeño fogonazo. Tampoco da tiempo a que sus neuronas registren el dolor de una bala del calibre 12 que estalla y le ametralla el cerebro. Se desploma como un edificio de dos plantas. El resto de la mañana, los homínidos se chutan con subidones de adrenalina esquilmando leopardos y jirafas. A eso de las doce, retirada. Tardes de juego y alcohol. Y a la hora en que el sol se borra, se retiran a descansar de tan frenética actividad.

-Cogonel, Cogonel –La Princess aporrea la puerta del bungalow del Coronel Ferreira.

-Voy voy –grita Ferreira mientras se levanta en calzoncillos.

-Cogonel venga corriendo, Sumaje se me ha goto por dentgo –Ferreira se queda atónito al abrir la puerta y ver a la princesa vestida con ropa interior de encaje rojo y medias con tirantes negros.

La sigue en la oscuridad por la pasarela, guiándose por el resplandor lechoso de sus hombros y sus piernas. Debería haber cogido una linterna de la mesilla. Y la Beretta que esto puede ser una trampa.  ¡Joder! Y haberme puesto algo encima. La Princess abre la puerta de la estancia real y la luz le siluetea el cuerpo.

-Sumaje, queguido, ya está aquí la fuegza militag.

-Lo que quiero es un médico –grita Sumaje con un gesto de dolor desde la cama.

-Majestad. A sus órdenes. Enseguida le traigo el médico –Sale el Coronel a la oscuridad de la pasarela.

Ferreira a tientas, tanteando la baranda de madera, trota hasta el bungalow del médico. Golpea frenético con el puño. Nadie contesta. Coge carrerilla y estrella su hombro contra la puerta. Se lastima. Oye que dentro cargan un rifle. Se hace un lado, casi al mismo tiempo se abre un boquete en la puerta y saltan esquirlas de madera que le rebotan en la cara y en el cuerpo.

-Hostia, Rendueles – a grito pelao- Estás loco, que soy yo, Ferreira.

-Perdona mi Coronel. ¿Cómo iba yo a pensar?

-¿Eres gilipollas o qué? –Se sacude las esquirlas de madera de la pelambre del pecho con una mano, le quita el arma al Doctor con la otra y le apunta a la sien-: Sólo venía a decirte que el patrón está jodido y que vayas para allá cagando leches. –El Coronel arroja el arma sobre la cama y sale con el Doctor a la carrera.

-Princesa ¿Qué ha sido eso? –pregunta Sumaje.

-Un dispago. Ha sido un dispago. Esto es un golpe de estado. Ahoga vendrán a pog ti.  -Grita La Princess metiéndose debajo de la cama.

Al oír la detonación, dos policías de paisano echan a correr y entran en tromba, con las pistolas desenfundadas y el seguro expedito, en la estancia real. El policía Morales se tira encima del Objetivo para protegerle. Se oye un ay prolongado y lastimero. El otro policía, Cascorro, se aposta en la puerta y apaga la luz.

Grita La Princess desde debajo de la cama. Grita Sumaje de dolor debajo del corpulento Morales.

En el entretanto, los guardaespaldas del jeque Solimán rodean el palafito del Doctor Rendueles. Gritan en inglés para que salgan con las manos arriba. El Coronel en calzoncillos y el Doctor en pijama salen con las manos en alto, recorren la pasarela de madera, bajan las maltrechas escaleras y obedecen la orden de tirarse, a lo largo, en el suelo. Los guardaespaldas los cachean.

Los soldados botsuanos llegan montados en un Jeep y encañonan a los guardaespaldas. Éstos no obedecen y permanecen encañonándose los unos a los otros. El Coronel desde el suelo trata de explicar la situación en un inglés manifiestamente mejorable. Todas las armas dejan de apuntarse y dirigen las bocas de sus ánimas al Doctor y al Coronel. Alguien les ordena que mantengan la posición de cuerpo a tierra y, a la vez, batan las palmas.

En la estancia real, a oscuras, el policía Morales ha arrastrado al Objetivo dentro de un armario y le tapa la boca con la mano para que el enemigo no oiga sus quejidos cada vez más ostentosos. Las Princess sigue gritando fuera de sí debajo de la cama. Cascorro se acerca a tientas, se tira al suelo y le indica llevándose el índice a la boca que se calle, sin percatarse de que no hay luz y la princesa no puede ver su gesto. Entonces saca el pañuelo del bolsillo de su pantalón de faena y se lo mete en la boca. Queda apostado bajo la cama. Tiene una pierna encima de las nalgas de la princesa para inmovilizarla; con la mano izquierda le aprieta el pañuelo contra la boca y, en la derecha, empuña la Star reglamentaria. Apunta a la puerta exterior, a un punto invisible que está a metro y medio por encima de la faja de luz que se cuela del exterior.

El Coronel y el Doctor siguen batiendo palmas por más de media hora.

-Rendueles la que has armado. ¡Joder! Me están comiendo las hormigas.

-Por Dios no te habrás meado mi coronel. Has de saber que hay un gusano que huele el orín y se mete por la uretra.

-Doctor. Has de saber que un soldado íbero no se mea. ¡Coño!

Después de muchas idas y venidas, conversaciones con walki talkies, cotejo de fotos, visados y pasaportes diplomáticos, se esclarece el entuerto. Aparece el  jeque Solimán, con su chilaba y turbante blancos, ordena que se levanten el Coronel y el Doctor.

El Coronel le explica al oído la situación. El jeque ordena al Doctor que acuda presto a atender al paciente.

Médico y militar, sacudiéndose el polvo con las manos, corren por las pasarelas hasta alcanzar el bungalow real. Cascorro pide santo y seña. Sale de debajo de la cama, enciende la luz, les franquea la entrada y se cuadra ante el Coronel.

-A sus órdenes mi Coronel. Objetivo a salvo y la princesa… también.

-Morales –grita Cascorro- ya puedes sacar al pájaro. Todo en orden.

Salen del armario. Morales le quita la mano de la boca al Objetivo –éste masculla palabras ininteligibles-. El policía lo lleva en volandas y lo deposita sobre la cama. Está desnudo y erecto. El Coronel le tapa con la sábana y manda salir a los policías.

Los policías se apostan fuera, uno a cada lado de la puerta. Morales apenas aguanta la risa.

-Joer qué nochecita. ¿Has visto que el pájaro estaba empalmao? Oye, Cascorro, de esto ni mu, ni a tu mujer, ¿eh?… Qué pasa, tío… No pensarás. Oye que ha sido la tía esa, que yo cuando lo cogí y lo arrastré hasta el armario ya estaba así. “A lo mojor” es que de tanto dale que te pego, se le ha roto una vena del aparato porque el tío no paraba de quejarse. Vete tú a saber, el caso es que le he tenido que tapar la boca como a un niño.

-Pues yo lo he pasado de puta madre. Mira chaval –Morales se señala la protuberancia de la bragueta-. Tuve que inmovilizar a la princesa y le puse el mondongo encima.

Dentro del bungalow, el Doctor se acerca a Sumaje, le toma el pulso y le dice:

-Majestad que os pasa. Está muy pálido, Señor. ¿Es el corazón?

-Qué corazón ni qué puñetas –le dice Sumaje con un hilo de voz- Se me ha tronchado el fémur o la cadera. Dame morfina o algo. No aguanto, voy a desmayarme.

Rendueles hace presión con los dedos en la cadera y trata de mover la pierna. Sumaje chilla con las pocas fuerzas que le restan. El Doctor se retira unos pasos y se acerca a Ferreira.

-Mi Coronel esto es grave, tiene la cadera hecha trizas. Hay que evacuar ya.

-No me jodas –le dice por lo bajo el Coronel- Pues anda que estamos a tiro de piedra. La culpa es tuya. Te dije que no le dieras la puñetera Viagra.

-Hombre no creo yo que… -le replica el Doctor-

-Pues ya me dirás cómo coño si no se rompe la cadera en la cama –afirma el Coronel en un susurro- Por cierto, dale algo para que le baje eso, que es un espectáculo.

-Coronel, no tengo medicamentos aquí para bajar la erección. Así que ya sabes, o convences a la princesa o tú mismo. Todo sea por la patria, ¿no? Yo me voy a por la morfina. Ahora vuelvo.

Al salir el Doctor se oyen unos jadeos debajo de la cama. El Coronel se agacha y ve a la princesa en posición fetal y con los ojos cerrados Le quita con precaución el pañuelo de la boca, exigiéndole silencio. La Princess respeta el silencio, le mira con el gesto adusto y le da una bofetada.

-Esto pog su policía que se me ha puesto encima como si yo fuega… Y vístase Cogonel, da usted asco. ¿Qué van hacer con Sumaje?

-El Doctor le va a dar morfina y vamos a evacuar. –El Coronel toma del brazo a La Princess y da uno pasos hacia atrás para que Sumaje no les oiga-. Se le ha roto la cadera. Por cierto Madame, se habrá usted fijado en la situación. Me preguntaba si usted podía aliviar…, quiero decir… el Doctor dice que no tiene medicinas para eso… y, bueno, tiene que ser molesto… Ahora un viaje en jeep de dos horas o tres hasta el aeropuerto, luego otras ocho hasta la capital…

-Me está usted pidiendo Cogonel que haga… Pog quién me ha tomado… Pog dios, yo soy una Princess.

-Princess, por favor. Es por el enfermo. Eso es muy doloroso, se lo digo por experiencia. Por otra parte permítame que le diga, Madame, que para retozar un rato no es necesario ir por ahí tronchando caderas.

-Una es muy fogosa, se dice así ¿no?–alegó La Princess con un deje de malicia-

-No hace falta que lo jure Princess –siguió Ferreira en un tono de bisbiseo- Piense por un momento que tenemos más de cinco millones de parados, a los que hay que decirle que estaba cazando elefantes a veinte mil euros por trompa. Sus súbditos pensarán, no sin cierta razón, que le importan un huevo. Para más Inri, su nieto acaba de dispararse un tiro en un pié. Que lo del tiro en el pié ya es premonitorio, ¡joder! Por si fueran pocas desgracias, el marido de su hija está en un tris de pasar una temporada sin poder broncearse. Compréndalo, Princess, no paseamos por ahí, primero en un jeep y luego en avión, empalmao, para que cualquiera le haga una foto con su móvil. Sólo faltaba que sus súbditos sepan que no sólo se tiraba piezas de cinco toneladas, sino muñecas de cuarenta y cinco kilos. Por favor, Princess.

-Íberos. Qué exagerados. Su pueblo no entendegá lo de la caza mayog, pero Cogonel, si les cuentan lo de la caza menog, le aplaudigán y ggitagán: ¡Togego!, ¡togego!

En ese momento entró el médico con la inyección de morfina.

-Espera Rendueles, dejémosles solos un ratito. Tú llama a la capital y pon en marcha lo del quirófano. Yo llamo a Palacio para la evacuación. Y de paso nos vestimos.

Antes de salir el Coronel le dio las gracias a La Princess, ésta le devolvió una sonrisa.

 J. Carlos

Números primos

Desde la barra del bar de la estación de ferrocarril, le he tomado varias fotos al viejecito enjuto que está sentado junto a la ventana, sin que lo advierta. Lleva un traje gris con chaleco que su cuerpo no acaba de llenar. No ha parado de escribir con una pluma Mont Blanc de color granate desde que se apeó de un tren procedente de Madrid. Permanece absorto, siguiendo con los ojos la grafía sobre un cuaderno de los de alambre en espiral. La cabeza levemente ladeada a la izquierda refleja la luz fluorescente sobre su calvicie y le da un aspecto apergaminado. Sólo ha levantado la vista para pedir un café y un coñac con un timbre de voz muy agudo pero firme. De vez en cuando saca un sobre del bolsillo interior de la chaqueta, arranca las páginas escritas en el cuaderno, las pliega cuidadosamente y las introduce en el sobre; luego, pasa la lengua por la solapa y la cierra presionando con el dedo índice.

En el periódico me han pedido que haga un reportaje fotográfico de esta vieja estación de provincias. Es para acompañar un artículo que aparecerá en un próximo cuadernillo semanal. Hay un reguero de nubes que tapan al sol y he decidido hacer tiempo tomando unas cañas. Eperaré a que caiga la tarde y si despeja, tendré la luz del crepúsculo que le dará a este conjunto una pátina de color cobrizo. El viejo es el único personaje que hace juego con esta estación y su arquitectura modernista. Me he quedado absorto estudiando sus ademanes de otra época.

-El tren Talgo con destino Gijón se encuentra estacionado en vía cuatro. Efectuará su salida a las cinco y treinta minutos.

El viejecito lleva la mano al bolsillo del chaleco y mira su reloj con leontina, se levanta con parsimonia, cierra el cuaderno, lo mete en su bolsa de mano y, cogiendo los sobres con su mano izquierda, se dirige a los andenes. Hace rodar una maleta y carga, en bandolera, con la bolsa de mano de piel marrón. Dejo el precio exacto sobre el mostrador, nunca dejo propinas, y me encamino hacia la puerta que comunica con los andenes. Le pierdo de vista, miro en ambos sentidos y, al fin, le veo echar las cartas en el buzón de la estafeta de correos; después cruza las vías y sube trabajosamente a un vagón del tren estacionado en la vía cuatro. Todavía puedo verlo de forma intermitentemente, tras las ventanas del vagón, recorriendo el pasillo. Ahora consulta su billete para ver si coincide con el número de asiento y se dispone a colocar sus bultos, no sin antes hacerse a un lado con una sonrisa para cederle el paso a una señora. Me quedo quieto, de pie, y cuando el tren se pone en marcha, saco un pañuelo blanco, como en los viejos tiempos. Lo agito ligeramente en el aire hasta que el tren se desdibuja entre los jirones de niebla que ascienden desde el río.

Vuelvo sobre mis pasos con la sensación de haber dicho adiós para siempre a un familiar cercano. Por asociación de ideas se me avivan los recuerdos de pérdidas que permanecen como cicatrices. Afortunadamente se enciende la luz de la oficina de correos y ese solo acto espanta la melancolía que, seguramente, pretendía pasar la tarde conmigo. Una idea va tomando cuerpo en mi mente, una idea obsesiva que desaloja cualquier recuerdo: “Tienes que leer esas cartas”. Me encamino en aquella dirección con la ansiedad del que va a cometer un delito. Apenas me separan doscientos pasos y tengo que urdir un plan. Todos los que se me ocurren son demasiado complicados. Por suerte, ha resultado baldío porque antes de entrar me cruzo con el empleado que sale dejando la puerta entreabierta. No tengo más que esperar un poco hasta que se pierda de vista, dar un paso y alargar el brazo.

Al regresar al bar tropiezo con el empleado de correos que lleva un vaso de plástico con café en la mano. Le pido perdón. Me siento en la misma mesa que utilizó el viejecito y pido un whisky. Mientras llega la copa me entretengo cazando las moscas que se posan en la mesa, justo en el momento de alzar el vuelo. Se requiere un movimiento rápido del brazo y cerrar el puño en el momento preciso. Después les cojo las alas entre los dedos índice y pulgar de cada mano y se las extirpo de cuajo, en el aire, tirando en sentido contrario. Caen al suelo, caminan desorientadas, a pequeños saltos, como si todavía quisieran alzar el vuelo.

Espero al primer sorbo para extraer las cartas del bolsillo, son seis y todas ellas van dirigidas a directores de periódicos nacionales. Abro una al azar y leo:

“Estimado director:

Le escribe un viejo profesor de Instituto que se ha pasado casi cincuenta años enseñando la ciencia matemática a varias generaciones. Siempre me han fascinado los números, su lenguaje preciso, el único lenguaje común de la humanidad, el que nos da la dimensión de todas  las cosas y en el que se nos desvelan todos los misterios del universo.

Mis vacaciones de verano consistían en viajar a prestigiosas Universidades para cursar con los mejores matemáticos del mundo. Modestia aparte, sepa usted que, hasta el día de hoy mantengo correspondencia con dos premios Nobel. Ya se hará cargo que el sueldo de un humilde profesor de Instituto era muy exiguo para permitirme esos lujos, por lo que tuve que dedicarme a otros menesteres.

Como el lenguaje de las palabras tampoco se me daba mal, un  amigo editor me propuso escribir novelas que serían publicadas con el nombre de otras personas con una vida social más aparente o, utilizando sus propias palabras, “con más tirón comercial”.

En suma que, en todos estos años he escrito por encargo veintidós novelas, de las que casi la mitad han cosechado galardones, algunas han sido premios nacionales y de la crítica. Pero como ya se imaginará, nunca me importó un comino, mi verdadera pasión, el amor de mi vida han sido los números.

Créame que no me interesan ni la fama ni el dinero. Tampoco me seducen los agasajos, ni los reconocimientos. Lo que me ha inducido a dar el paso que más adelante se verá, es la fatuidad de aquellos que son conocidos como escritores sin serlo y cuyo ego crece en la misma proporción en que mengua su inteligencia. Están tan pagados de sí mismos  que cuando les veo en televisión o acudo a alguna presentación de sus libros, que son míos, me dan ataques de hilaridad. Sólo me guía, pues, la perentoria necesidad de desenmascarar a los que se creen dioses del Olimpo literario y no son más que farsantes. De hecho, la única línea que han aportado a sus libros es la que ocupa su firma. Y quiero hacerlo antes de que la enfermedad de Alzheimer que me han diagnosticado me borre las ecuaciones, los números y hasta los recuerdos.

Las veintidós novelas que, como le vengo diciendo, fecundé, llevé en mi cerebro y parí en partos largos y, a veces, dolorosos, llevan mi firma indeleble.

Se lo contaré como quien dicta una receta de cocina: Tómense las novelas más importantes del último medio siglo en este país, numérense sus palabras, correlativamente, de la primera a la última, sin contar los espacios en blanco; cójanse aquellas palabras cuya numeración coincide con números primos y léanse correlativamente. El resultado es un plato un poco amargo, porque en veintidós de ellas encontrarán una breve biografía de un servidor, Ernesto Cepeda Robles, con la reseña de los acontecimientos nacionales que sucedieron durante la elaboración de cada novela.

Como comprobará, pues, mi querido director, mi firma no es una línea al final del libro, es una firma prolongada, una bomba de tiempo que espero estalle en el mismísimo ego de esos fatuos.

Tampoco esta carta es la única, otros directores de medios de prensa como usted están recibiendo en este momento otras tantas réplicas de la misma.

Le saluda afectuosamente.

Ernesto Cepeda Robles”

Las últimas frases se me han mezclado con los gritos que surgen en derredor. Los empleados de la estación corren de aquí para allá y a lo lejos se oye el ulular de sirenas. El camarero me explica que ha descarrilado el tren que iba a Gijón, parece que se ha precipitado por un barranco, puede que haya muertos.

Llamo a la redacción del periódico y me ofrezco a cubrir la noticia. Tengo que hacer tres intentos para meter la llave de contacto del coche en su ranura. Me tiemblan las manos. No puedo dejar de pensar que si el viejecito ha muerto, unos cuantos escritores de renombre y algún editor estarían dispuestos a pagar todos mis vicios y a retirarme de la precariedad laboral. Enfilo la carretera, está casi oscurecido, la niebla se cierra sobre la noche y se pega a la tierra. Sigo las luces rojas de un camión de bomberos que, oportunamente, he dejado pasar apartándome a la cuneta.

La luz que los faros de los coches de policía y de las ambulancias proyectan sobre aquel barranco dibuja la dimensión de la tragedia. Hay vagones volcados con las ruedas hacia arriba, los hay partidos por la mitad, algunos permanecen de pie con los cristales rotos y abolladuras en los costados. Todo está envuelto en una densa humareda de matorral. Cojo la cámara de la guantera y me aventuro por la senda que siguen los médicos y los enfermeros que, aunque pronunciada, es practicable. Huele a fragua, a escoria y a breña quemada. Se oyen gritos apagados de dolor y voces débiles que piden auxilio. Disparo la cámara varias veces, la luz del flash se refleja en la sangre y en los cuerpos rígidos y en los ojos extraviados y en los movimientos lánguidos de las manos de las víctimas. La temperatura debe ser muy baja, pero la adrenalina enmascara la sensación de frío. Cada vez que, a través del visor, veo un herido, señalo la posición a las asistencias para que le presten ayuda.

He visto la cara del viejecito la última vez que apreté el disparador. Está al final de la pendiente, detrás de un bancal, emboscado entre piornos humeantes. Me acerco, tiene grumos de sangre en el pelo, el pecho hundido y le cuesta respirar. Le zarandeo, contesta con un leve gorgoteo de burbujas de sangre que se deshacen en sus labios, apenas un gemido. Subo la pendiente sorteando las jaras. Al primer cadáver que encuentro le quito de encima la pieza de papel de aluminio dorado. Bajo con ella, extrañado de su levedad, hacia donde está el viejecito. Salto el bancal y la extiendo por encima de su cuerpo tapando su cara. Lo hago con la delicadeza con que se tapan los cadáveres. Unos metros más arriba un médico me pregunta si hay heridos aquí abajo, le respondo que aquí no hay nadie.

            J. Carlos