Archivo mensual: septiembre 2012

Miopía

                                              MIOPÍA

Hasta aquel día de abril yo no sabía que era un hijo de puta. Sucedió por la tarde, poco después de que el mundo se me hiciera más preciso, como si un viento hubiera borrado la neblina que emborronaba las cosas. Esa tarde el patio del colegio perdió su halo como de calina y empecé a distinguir los matices rugosos del cemento del suelo, el blanco de las paredes moteado por las mil huellas de los balonazos y los rasgos nítidos de los rostros. Aquella tarde descubrí que mis compañeros tenían bozo sobre los labios, la piel de sus caras estaba erizada de espinillas, en sus brazos y piernas serpenteaban pequeñas cicatrices como zurcidos.

La culpa fue de Don Honorio, el profesor de matemáticas, que se había empeñado en que yo no era tonto, porque cuando me cambió a la primera fila de pupitres empecé a aprobarle los exámenes. Fue él quien habló con el Hermano enfermero y le dijo que yo estaba cegato. En el dispensario, el Hermano me mandó tapar sucesivamente los ojos, y me hizo leer unas letras que había dibujado con tiza blanca en una pizarra de mano. Me hizo caminar desde el dintel de la puerta hasta poco más acá de su mesa, donde ya fui capaz de leer sus garabatos. Escribió en una hoja de su libreta un permiso que me permitiría salir del colegio al día siguiente para ir a la óptica; lo hizo con un bolígrafo mordido que llevaba entre los dientes a modo de cigarro. Arrancó la hoja y me la dio. Pero no fui. No quería que los compañeros del internado me llamaran, también, cuatrojos. Ya me llamaban hijoputa, y paniaguado porque me apellido Paniagua, y seboso porque estoy gordo, y cara de luna porque tengo las mejillas picadas con cráteres de viruela, y marica porque soy incapaz de saltar el potro.

Pasados unos días, tal vez una semana, en el comedor, cuando ya estábamos de pie dispuestos para salir en fila de a dos, el Padre Director se subió a la tarima y tocó el pito para que guardáramos silencio. Pronunció mi nombre. Trescientas cabezas se volvieron hacia mí. Dejé de mirar las teselas verdes de la columna y volví los ojos a la figura negra, borrosa, que seguramente también me estuviera mirando. Caminé despacio por los pasillos que discurrían entre mesas corridas, con la cabeza gacha hundida entre los hombros, moviendo el cuerpo a los lados como un pato. Me sudaban las manos, pero en la rabadilla sentía un frío repentino como si me hubiesen metido un carámbano. Seiscientos ojos clavados en mi cogote, sin parpadear, divididos entre la compasión por mí de los pequeños y la ira de los mayores, mascada entre dientes, contra el cura manco. Comparecí en su presencia. Me preguntó si había desobedecido al Hermano enfermero. Musité un sí dirigido a sus zapatos negros. Con su única mano me subió la barbilla, levantó el único brazo, dibujó un arco y me dejó las huellas de sus dedos marcadas en la cara. Cuentan que el otro brazo, el derecho, se lo tajó de un sablazo un oficial, días antes de caer Madrid, porque se negó a darle la comunión a un soldado que cumplía de francotirador. El oficial cogió el brazo del suelo, sacó de entre los dedos la hostia y se la dio de comulgar al soldado.

Después de la bofetada, el Padre Director estuvo un tiempo moviendo la mano en el aire, como si le quemara. No había conseguido derribarme, aunque en mi oído silbaba un pitido agudo que venía de dentro y, su sotana se difuminaba a intervalos con el mismo ritmo que el latido de mis sienes. Era el primero en mucho tiempo que no derribaba de un tortazo. El último que lo consiguió fue Bienvenido Sanromán, decían que trastabilló a un lado y al otro, pero se mantuvo erguido. Nunca más le volvió a poner la mano encima. Bienvenido era de los mayores, un señor de Preu. Cuando salimos al patio, Bienvenido vino a mi encuentro, metió la cabeza entre mis piernas, me alzó a  hombros y me dio una vuelta al patio convocando los oles y los aplausos de toda la chiquillería. Lo de sostenerme de pie, nunca fui capaz de explicármelo, sería por mi peso, o que por instinto tuve la precaución de abrir las piernas o, tal vez, es que tenía los muslos muy gruesos. Como dos columnas jónicas, decía mamá cuando en el probador de los Almacenes Carrión me calzaba los calzoncillos largos de felpa; los mismos de los que hacían burla los internos, por las noches, antes de que se apagara la luz, a la diez en punto. Concluida la vuelta al ruedo, Bienvenido, con el dedo índice cruzando los labios, mandó callar a la concurrencia. Hecho el silencio, anunció con un vozarrón áspero: El que vuelva a llamar hijoputa a éste, le doy una somanta de hostias.

A partir de ahí, todo fue bien. Salí solo del colegio por primera vez. En la misma plaza, en el puesto de golosinas que se acoda con la calle Principal, compré un cucurucho de pipas de calabaza. Al pasar junto a Correos sonreí porque me estaba fumando la clase de Chapete, y lo estaba haciendo con permiso. Chapete era un cura minúsculo al que le sobresalían las perneras de los pantalones por debajo de la sotana; cuando había tormenta nos hacía rezar el padrenuestro en francés, a cada trueno se agachaba mirando al techo como si le fuera a caer encima. Desde mi pupitre no distinguía los rasgos de su cara, pero me decían que fruncía los labios y apretaba los dientes mientras, con la mano, hacía la señal de la cruz. Fue durante una de las tormentas, en que se fue la luz, que salió corriendo del aula. Todos coincidieron en que se había cagado.

En la óptica la dependienta me trató con la misma deferencia que a una persona mayor. Después de escucharme, me tomó del brazo y me acercó hasta una silla. Sacó de una gaveta un armazón metálico, grueso, que montó delicadamente sobre el puente de mi nariz, luego deslizó suavemente las patillas para que encajaran en las orejas. El armazón tenía, a cada lado, varias monturas redondas como lupas, con un brazo que basculaba. Fue poniendo cristales con distinta graduación, hasta que leí con nitidez los guarismos más pequeños del letrero de enfrente. Antes de que me quitara aquel armazón pude ver con nitidez las minúsculas pecas de su cuello, los hoyuelos de su mentón, y un diente negro que desbarataba su sonrisa. Me dejó llamar por teléfono a mamá.

Mamá vivía en la misma ciudad pero trabajaba en una empresa que le exigía viajar constantemente, por eso estaba interno. Nunca se sabía si iba a estar en casa. Viajaba por toda la península y también al extranjero, a veces, me traía regalos de los que yo presumía. Hubo suerte, ese día todo salió bien, mamá estaba en casa y se pasaría más tarde a pagar las gafas. En una semana tendrás los ojos como recién nacidos, me dijo la dependienta a modo de despedida.

Por la noche nadie se rió de mis calzoncillos largos, ni me llamó hijoputa ni paniaguado; además, le gané la apuesta al Mozu, el más alto de la clase. Vencía el que no moviera ni un pie al recibir un bofetón del otro. Como era mucho más alto que yo, tuve que subirme sobre cuatro libros de historia, a modo de escabel. Cuando llegó el Padre vigilante todavía se pagaban las apuestas.

Hasta aquella tarde yo no supe que era un hijo de puta. Que tenían razón los internos y tenían derecho a echármelo en cara porque era verdad, mamá era una puta. Después de comer escuché la voz templada del portero por los altavoces: Paniagua acuda a portería. Llegué a la carrera creyendo que tenía visita. En la recepción no estaba mamá. Metí la cabeza por la ventanilla y pregunté. El portero tapó el micrófono con la mano y me dijo que habían llamado de la óptica.

La dependienta sacó de un estuche las gafas de un color ámbar como el de los peines, y después de limpiar los cristales cuidadosamente en su bata blanca, deslizó con las dos manos las patillas sobre mis sienes y las encajó tras las orejas. Me miré en el espejo que sostuvo frente a mí. Los vidrios eran gruesos y me achicaban los ojos. Ella me subió con el índice la barbilla, como había hecho el cura manco y, con el mismo dedo, retiró a un lado el flequillo que montaba sobre las gafas. Te favorecen, estás muy guapo. Al inclinarse para buscar en un cajón una toallita de limpieza, quedó al descubierto el inicio de sus senos. Mis ojos respondieron como imanes atrapados en un  campo magnético. Me sorprendió mirando. Dibujó con sus labios un amago de sonrisa, sin despegarlos para que la muela negra no la desbaratara. Ya erguida, me quitó las gafas, volvió a doblarse hacia adelante y, con los brazos acodados sobre el mostrador, me enseñó a limpiarlas; también me enseñó la doble convexidad que se engolfaba contra la botonadura de su camisa.

Fuera todo estaba limpio y claro, como si un viento afanoso hubiera despejado la niebla o un chaparrón hubiera lavado las calles. Al principio, el adoquinado del pavimento y los muros de las paredes parecían licuarse y ondeaban como olas. Ya me lo advirtió la dependienta, al estrecharme la mano: ten cuidado y vete despacio, los ojos tienen que acostumbrarse. Podía leer los letreros más lejanos: el del bar Quitapenas, el cartel de la carnicería La Baltrasa: Aquí se vende carne de caballo; el de la marquesina rojigualda del Bazar J que está al fondo, en la rotonda. Era como estrenar de nuevo todos los sentidos, hasta los murmullos eran más identificables. El mundo se había hecho más cercano de pronto, más abarcable y tenía los colores más vivos. Descifraba sin esfuerzo las matrículas de los automóviles y distinguía el color de los ojos de los transeúntes a cien metros, de hecho, podía apreciar hasta el desgaste de los puños y los cuellos de sus camisas. Descubrí también que las fachadas tenían una capa de hollín que deslucía sus colores arenosos, y que los balcones estaban manchados con churretes de herrumbre desprendido de las barras de sus verjas.

Al llegar al colegio, ya había terminado la clase de francés. Los compañeros corrían al patio en torbellino. Me acerqué a Chapete para enseñarle el permiso para faltar a clase. Mientras lo leía caí en la cuenta de que su cara bovina apenas tenía vello. Para mañana estudia el futuro imperfecto del verbo boire, me ordenó. El Mozu estaba a mi lado, esperando a que concluyera.

Hasta que no llegó al patio el Mozu no empezó el partido de fútbol. Nadie me llamó cuatrojos, ni hijoputa, ni marica, ni cara de luna. Sólo decían, pásamela Paniagua, no seas chupón. Jugué de medio centro, cacé el balón varias veces de las botas del contrario, hasta me atreví a driblar a dos jugadores y enfilé el balón, en diagonal, hasta los pies de un delantero. Me faltaba fuelle, estaba extenuado. Me recosté un momento contra la pared a descansar, desde esa posición podía ver a todos los jugadores como piezas de ajedrez, incluso veía las manoplas guateadas del portero del otro equipo de las que asomaba el dedo pulgar por un descosido. En el fragor del partido, el Mozu, que era muy bruto, le pegó al balón con el empeine y éste saltó por encima del muro.

Fue una estupidez, el que encajaba el balón iba a por él y si no se lo daban tenía que pagarlo, pero me sentía en deuda con el Mozu. Salí corriendo tras él. Al otro lado del muro había varias casas con patios que fueron corrales, por la trayectoria del balón ya adivinábamos en que patio podía caer. Las puertas principales de esas casas daban a una calle decente, pero las puertas cocheras de sus patios estaban detrás, en la calle de las putas. El Mozu accionó el picaporte con cuidado y empujó la puerta, no estaba trancada. Entramos con sigilo, fui yo el primero que vio el balón detrás del esqueleto de un coche de caballos, lo cogí presurosamente y salimos corriendo. De vuelta, el Mozu me contó que en los bares de luces rojas estaban las putas con la mitad de las tetas al aire, el mejor era el Eros, el que está al final de la calle. Nos asomamos, tenía la puerta entreabierta, estaba acolchada en terciopelo rojo, pespunteada con tachuelas que formaban figuras romboides. Nos asomamos. Había una puta fuera de la barra, de espaldas, sentada en un sillín alto, con una falda roja hasta medio muslo. Un hombre con el mono azul de trabajo y las uñas negras le sobaba el culo con una mano. Sobre la barra, junto a la copa de la puta, descansaba un paquete de Winston y, encima del paquete, un encendedor Zippo, como el de mamá. Al vernos en el zaguán, con nuestras caras embutidas entre el marco de la pared y la puerta, el hombre se quedó inmóvil. La puta volvió la cara. Tenía los ojos verdes de mamá, y una peca en la mejilla izquierda como mamá, y la boca chica y los labios carnosos, y una cicatriz en forma de herradura al lado de la comisura del ojo izquierdo. Eché a correr para que no me reconociera. Lloré y corrí. Me senté en los peldaños de granito, a la puerta del colegio. El Mozu se sentó junto a mí, en silencio, con el balón sobre las piernas. Me arranqué las gafas de la cara, las estampé con toda mi fuerza contra el suelo y las pisotee hasta que los cristales se hicieron añicos. El Mozu se levantó, cogió impulso y le dio tal patada al balón que brincó los tejados. Luego volvió a sentarse y me echó el brazo sobre los hombros.

J. Carlos

Ingeniería social

Ingeniería social

No sé si te tengo dicho que me dan pavor los pensadores que han creado religiones y/o filosofías sociales que han cristalizado. Suelen ser acreedores de millones de muertes, y consignatarios de gran parte del sufrimiento que media humanidad ha venido infligiendo a la otra media. Sus ideas están armadas en el plano teórico sin aparentes sofismas, se adornan con la vitola de las más altas virtudes humanas, agitan las emociones más primarias y los sentimientos más viscerales, y siempre aspiran a un futuro paraíso. Para desgracia nuestra, esos ingenieros sociales no llegan a ver, en toda su dimensión, los amargos frutos de sus experimentos. Sólo en el pasado siglo la doctrina comunista masacró entre media y una centena de millones de seres humanos, y la doctrina nazi se llevó por delante de cinco a seis millones en el holocausto, a lo que hay que añadir entre cincuenta y sesenta millones que sucumbieron en la guerra. Para muestra te he puesto sólo esos dos botones, pero hay otros ismos a menor escala que nos tocan más de cerca, que también se cobraron su proporción de víctimas: el franquismo, el salazarismo, el pinochetismo… Se podría concluir que, el trinomio: Doctrina, fanatismo y poder, termina igualándose con otro trinomio: Dictadura, maldad y muerte.

Desde nuestra perspectiva occidental nos suponemos por encima de adoctrinamientos y fanatismos y, después de lo sufrido por nuestros ancestros, creemos que nuestro sistema inmunitario está inoculado con la vacuna de la cultura, que presupone diálogo y empatía. Sin embargo, hay ingenieros sociales con una habilidad poderosa para agitar el espantajo de los agravios que derivan en nacionalismos identitarios o religiosos. Ahí tienes, sin ir más lejos, a Radovan Karadzic y Slobodan Milosevic, que causaron cien mil muertos y cerca de dos millones de desplazados con la guerra de Bosnia. Su doctrina se basaba en una limpieza étnica. Sucedió en el corazón geográfico de Europa y en la última década del pasado siglo. Le sucedió a gente de distintas etnias y diferentes religiones que habían convivido muchos años pacíficamente Gente, en su mayoría, cultos y tolerantes.

Hay otras escalas de ingeniería social, mucho más sofisticadas y menos burdas de las que te he escrito hasta aquí, que también producen daños y sufrimiento. Mucho menos cruento, incomparablemente menos cruel, también más difícil de cuantificar y asociar a una causa. Se basa en el mismo trinomio: Doctrina económica, fanatismo (fe ciega en sus postulados) y poder para implantarla, que se iguala con el otro trinomio: Dictadura (capitalismo salvaje), maldad y destrucción del estado del bienestar.

Milton Friedman acuñó la doctrina de que el capitalismo rendía sus mejores frutos si se dejaba campar por sus respetos a los mercaderes, de manera que sus decisiones se adaptarían a la ley de la oferta y la demanda, y ésta determinaría los precios “justos” de las cosas. En ese contexto de libertad total, el mercado se convertiría en el juez supremo y perfecto que premiaría a los buenos y castigaría a los malos. Por obra de birlibirloque no habría posiciones dominantes, ni dumpings, ni monopolios u oligopolios, ni  trampa ni cartón. Todo perfecto. Imitamos a la naturaleza y siempre gana el macho alfa. Con este bagaje, Friedman y sus Chicago boys desembarcaron con sus ideas en el Chile de Pinochet -que ya es contradicción: libertad total del mercado en una dictadura militar-. Allí el fracaso de sus postulados fue inmediato y patente, pero los aprendices de brujo, a veces tienen suerte, sobre todo si se hacen dueños y señores del relato.  Reagan y Thatcher intuyeron que el gigante de la Unión Soviética tenía los pies de barro, bastaba con darle un empujoncito y se desmoronaría como un catillo de naipes. Cuando los trabajadores del mundo se quedaron sin su único argumento frente al capital, aquel que rezaba: Reparte derechos y beneficios sociales o llamo a mi primo el de Zumosol; le faltó tiempo al capitalismo para quitarse su careta y abrazar las ideas de Friedman. Por mejor decir, no es que abrazara las ideas de este sujeto, es que ya tenía el poder omnímodo para implantar su teoría, la de siempre. Sólo le faltaba adoctrinar al respetable en el fanatismo del mercado perfecto, y para ello sí le servía el relato amañado de Fredman y sus Chicago boys

El capitalismo salvaje se ha ido implantando sucesivamente en EEUU, Reino Unido, Rusia, en la dictadura China… Ahora nos lo están imponiendo en Europa. Poco importa que le desenmascares, que le demuestres que la pretendida libertad de mercado es un camelo, que su verdadera y única ley es socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. No contentos con hacernos trampas saduceas, se permiten el descaro de gestionar mal sus emporios y, en vez de declararse en quiebra –las más de las veces fraudulenta-, nos endosan sus deudas para que las paguemos a escote. ¡Genial! Lo más sangrante es, que nos intentan convencer con conceptos de lo más pedestres: La culpa, dicen, es de de la crisis que de pronto aparece como una plaga bíblica, es el fatum, el destino, el Deux ex machina. El mercado es perfecto, sus actores y gestores infalibles, sus leyes justas… Y nosotros, imbéciles. Sí, para ellos, somos imbéciles, y no les falta razón. Si no, explícame cómo es posible que el 1% de la población mundial detente tanta riqueza como el resto de la humanidad. –Stiglitz dixit-

Así que: Cuando los políticos a quienes has votado recortan tus derechos laborales y tus prestaciones sanitarias y la educación de tus hijos; cuando te rebajan el salario y tu jubilación y la cuantía de la prestación de desempleo; cuando te suben los impuestos y te alzan los precios; cuando te están metiendo la mano en la cartera hasta dejarte tieso; cuando te inyectan el miedo en vena un día sí y otro también; están engordando las fortunas de ese 1%, del que forman parte o aspiran a formar parte esos mismos políticos, y están reforzando el cordón sanitario para que ese grupito permanezca aislado e inmune ante el virus del estallido social.

Y así pasan los días, esperando que llueva café en el campo. O lo que es lo mismo, a la espera de que salgamos todos a la calle y estallemos. Tal vez, entonces, y sólo entonces, se den cuenta de que no necesitamos a ningún primo de Zumosol para reponer la justicia y equilibrar la balanza.

J. Carlos

El bosón de Higgs

El bosón de Higgs

Estarás harto de escuchar que la Unión Europa no funciona y que sus instituciones son nidos de burocracia bien pagada y mal gestionada. Y por encima, basta que el americano nos mande una tormenta financiera en forma de hipotecas basura y, cuando cruza el Atlántico, se transforma en un tsunami que arrasa con gran parte del sistema financiero de la periferia sur. Pusimos en marcha una moneda común sin su correspondiente Tesoro Público, sin su correlato de Banco Central emisor de Deuda europea, tampoco se aprobó una armonización fiscal ni un a modo de federalismo, si no político, al menos, presupuestario. Eso sí, contamos con un Parlamento donde debaten, sestean y legislan, de hecho, paren reglamentos a la misma velocidad que las moscas ponen huevos. La UE está gobernada, teóricamente, por una Comisión que debería funcionar como un gobierno europeo, con veintisiete comisarios y un Presidente, aunque las decisiones de verdad las toma Merkel, y de paso reconquista Europa sin disparar una sola bala de cañón, ni gasear a nadie, tan sólo abocándonos a la miseria. Pagamos también un Consejo Europeo y otra decena de instituciones. Pero cuando la tormenta arrecia, los del norte tiran de la manta para taparse hasta el embozo y a los del sur nos dejan con el culo al aire.

Así que todo este entramado político y económico está a punto de zozobrar en el huracán financiero, con las velas arriadas esperando que escampe. Sin embargo, en el aspecto científico, se ha producido un hecho singular e histórico que destaca por contraposición. Por primera vez, el tesón, el dinero y la colaboración científica de los europeos ha marcado un gol en toda la escuadra al amigo americano. Resulta que La Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) ha avistado una nueva partícula elemental, el llamado bosón de Higss. Dicen  que el hallazgo viene a ser como encontrar un aguja en un pajar de dimensiones oceánicas. Me dirás, bueno y qué. Trataré de sintetizar. Los científicos han descubierto que los átomos son edificios que están construidos por ladrillos más pequeños, las partículas elementales. Descubrieron, asimismo, sus propiedades y describieron cómo interactuaban entre sí, pero había algo que no les cuadraba, no deberían tener masa y, sin embargo, sí que poseen masa; es más, si no la tuvieran no estaríamos aquí ni tú, ni yo, ni nadie, ni el universo sería como es. Así que se devanaron los sesos tratando de averiguar por qué coños las partículas elementales tenían masa. Fue en la década de los sesenta del pasado siglo, cuando Robert Brout y Francois Englert Peter Higgs se adhirió más tarde- propusieron una solución. Se les ocurrió imaginar que, el universo entero contenía una sopa ubicua y que las partículas, al deslizarse sobre ella, sufrían una fricción de resultas de la cual adquirían masa, del mismo modo que el pez, cuando nada, fricciona con el agua, o el avión, cuando vuela, ha de vencer la resistencia del aire. Pero ahí no se quedó la cosa, el tal Higgs que debe ser muy listo, aunque llegó el último, siguió dándole al coco y se dijo, si las excitaciones del campo magnético producen fotones, las excitaciones de esta sopa ubicua han de producir otra partícula. Sus colegas, en su honor, le dieron su apellido a la nueva partícula, y desde entonces la andaban buscando con la misma adicción que el heroinómano busca su chute, ya que, si la encontraban mataban dos pájaros de un tiro, explicaban lo de la sopa ubicua que todo lo impregna y el por qué las partículas tienen masa. Por fin, el pasado cuatro de julio, Rolf Heuer, director del CERN, lo anunció urbi et orbe, aunque no exclamó Eureka, se limitó a exclamar: “!Creo que lo tenemos!” Afortunadamente, en el mencionado organismo no manda la Merkel. Y has de saber que, de los veinte países europeos que colaboran en esa empresa común, España apoquina un 8,72% del presupuesto.

Mientras en las tripas de la Tierra, en la frontera franco-suiza, cerca de Ginebra,  se aceleran haces de protones a velocidades cercanas a la velocidad de la luz, y se les hace circular en sentidos opuestos hasta que chocan entre sí; en el suelo patrio nos hemos puesto las pilas. Ha sido tocar a rebato el Ministro de Guindos para que nos dedicáramos a la noble tarea de exportar y salir de la crisis que nos asuela, y hemos respondido como un solo hombre: Exportamos información a tutiplén. No hay día que no seamos portada en las principales manchetas económicas mundiales, New York Times, Wall Street Journal…; lástima que sólo escriban de nuestras zozobras financieras, desventuras económicas y ocurrencias de TBO de nuestro gobierno. El asalto de supermercados por las huestes del alcalde de Marinaleda y parlamentario andaluz, ha abierto telediarios hasta en Japón y en China; a la sazón te diré que, me cuentan que por aquellos lares se ha puesto de moda el sombrero de paja a dos colores y la barba entrecana de anarco. El periódico Le Monde, haciendo un hueco en la grandeur francaise, ha dedicado un reportaje a nuestra princesa del pueblo, Belén Esteban, esa mujer de metralleta en boca y verbo verdulero que, con brazos en jarras, nos cuenta una y mil veces sus hazañas épicas, que ensombrecen la memoria de Agustina de Aragón: tirarse a un torero y, de resultas, parir una niña. Lo que mejor vendemos, mira tú, es la sangre: Soltamos a unos herbívoros por calles estrechas y adoquinadas, limitadas por talanqueras, para que los animalitos corran despavoridos entre una muchedumbre que les grita y, si hay suerte, hiendan con su cornamenta la carne de algún espécimen humano, y ya tenemos las imágenes para que paseen por el mundo nuestro carácter bárbaro, pero divertido. Eso, en el mejor de los casos, porque elaboramos atrocidades más divertidas, como la del toro embolado: Se preparan dos bolas con cera, resina y combustible disuelto en cáñamo, se colocan en las astas del herbívoro, se prenden y se suelta el animal en plena noche; el astado aspavienta su dolor y su miedo por las calles del pueblo dando puntazos de fuego a diestro y siniestro. Lo del toro de la Vega es un espectáculo menos sutil: Se le da rienda suelta al bicho por el campo, y se le lancea a caballo y a pie hasta que las fuerzas le merman por la agonía, entonces los mozos le acuchillan y le asaetean hasta el último estertor, que viene a concluir con una bocanada de sangre. Con esas orgías tribales, el líquido elemento recorre las redes sociales y aupamos a la Patria al ranking mundial de las imágenes más vistas. Y es que, el personal, demanda cada vez más morbo y más violencia, por eso el arte de Cúchares está tan demodé; ya no abren los noticiarios que en el mundo son, con unos carniceros vestidos de luces torturando a un animal herbívoro hasta matarlo, ni las cámaras se regodean tomando a una manada de carnívoros en las gradas, rompiéndose las manos en cada lance o, aburridos, espantando las moscas zumbonas que han acudido al olor de la mierda y de la sangre. Con suerte, si el pitón del morlaco entra por la cuenca del ojo del matador, volvemos a llenar de titulares las páginas de sucesos, muy por delante de los titulares de desmembrados por una bomba en Siria o un atentado en Afganistán. Este verano, es forzoso reconocer que nos ha sido pródigo, hemos tenido que sufrir el olor a chamusquina de nuestros bosques, pero a cambio hemos exportado imágenes impagables con las que los anglosajones han hecho sinonimias: la bandera de Colón besando el suelo,  las narices del Borbón aspirando el polvo y España ardiendo por los cuatro costados, reducida a ceniza. Y, concluido el ferragosto, los hados nos han seguido siendo propicios: No nos quedaban más imágenes culturales para exportar que la tomatina de Buñol, que, aunque vende muy bien allende nuestras fronteras, es incruenta y el rojo, tan vistoso, sólo es tomate; y de pronto, una octogenaria en Borja trata de restaurar un fresco de un Cristo, le deja la cara como un auténtico Ecce Homo y volvemos a acaparar la actualidad mundial semana tras semana. Es más, cuando creíamos que la cuota de exportación de la marca de España había llegado a su cupo, nos enteramos que a Cristiano Ronaldo le embarga la tristeza, y todos los medios deportivos del mundo mundial abren y elucubran sobre tan importante epifenómeno, constatando que ganar diez millones de euros netos al año no da la felicidad; en el entretanto, el nombre de España ahí, detrás, en letras grandes, como en un backstage gigante,y sin pagar un duro. Ya metidos en septiembre, hay que echarle imaginación para mantener la marca patria en el trending topic mundial;pues, ya ves, lo conseguimos de nuevo: Una concejala del ayuntamiento de Los Yébenes se graba masturbándose, con el propósito de enviarle la tórrida secuencia a su marido o a su amante –asunto que no hace al caso-; la cuestión es que ya sea por lances políticos o amorosos, la escena salta a la red y ya tenemos, de nuevo, a España en lo más alto, vendiéndose por esos mundos de dios.

En fin, que en España hemos avistado nuestro bosón de Higgs, y con él hemos descubierto que, tenemos masa informativa suficiente para colocar nuestra marca en los mejores soportes publicitarios de todos los medios que en el mundo son. Y ¡Olé!

J. Carlos

Banalidades

Banalidades

Con resignación cristiana me he metido entre pecho y espalda la entrevista que el Sr. Rajoy ha perpetrado en ABC. Ya me temía que la tendencia a la mudez de este hombre no proviene, como afirman sus palmeros, de que sepa medir con inteligencia los tiempos políticos o de su cacareado carácter gallego; me inclino por aplicar el principio de la Navaja de Ockam, de que la teoría más simple tiene más probabilidades de ser la correcta; esto es:  No tiene nada que decir. Durante quince minutos sostuve entre los dedos un lápiz recién afilado para subrayar alguna idea, alguna afirmación destacable, algún programa de partido, incluso, algún predicado en forma de objetivo básico que como ciudadano pudiera echarme a la mochila de la esperanza. Nada, por más que escarbé no fui capaz de encontrar ni una sola línea que mereciera el gasto de unas micras de grafito. Banalidades, tópicos, lugares comunes. Vacuo, torpe, plano y triste, muy triste, derrotado. Te confieso que me asusté de mi mismo por no haber encontrado nada digno de subrayar y hasta me insulté. “Eres un sectario” –me dije-. Así que espigué de entre los periódicos nacionales, al fiado de que la profesión periodística habría sabido ver lo que la viga de mi ojo me impedía. Sin embargo, las primeras planas más audaces sólo habían encontrado titulares que podían haber sido pronunciados por un becario del PP: “Estoy convencido de que cumplir con mi deber me llevará a volver a ganar las elecciones”; o este otro:Quien me ha impedido cumplir mi programa electoral es la realidad”. Por cierto, que alguien debería explicarle a nuestro Presidente que la realidad no es nadie para que la trate de quien.

Que su incapacidad era innegable, ya se sabía; pero el sectarismo que vota a las siglas, aunque el mandamás tenga las mismas luces que el corcho de una botella, unido al cabreo que en la mayoría había provocado el buenismo inane de Zapatero, le han aupado a gestor de nuestro futuro.

Este Registrador de la propiedad, con plaza en idem, en la localidad de Santa Pola, es un Fénix de los ingenios. No en vano de sus labios brotaron frases lapidarias, como la de que el chapapote que vomitaba el Prestige se reducía a “unos hilillos de plastilina”; o aquella, antológica, en que afirmaba que él no creía en el cambio climático porque “tengo un primo físico catedrático que me ha dicho que ni siquiera se puede saber el tiempo que va a hacer mañana en Sevilla”; y qué me dices de su discurso dirigido al público infantil: “Los chuches, (Zapatero) va a subir el IVA de los chuches”.

Se empieza por ser nombrado a dedo, se pierden unas elecciones y se echa al partido a la calle con toda la maquinaria mediática, so pretexto del pucherazo más exótico y más vil que jamás se haya insinuado, el de que el partido ganador ha ideado, planificado y ejecutado al mayor acto terrorista de toda la historia española y europea, con el maléfico fin de robarle el gobierno al PP. Cuatro largos años con el soniquete, retransmitido, amplificado e inoculado cada día por los medios que habían visto mermado su pesebre. El Sr. Rajoy, callaba y otorgaba. El partido que presidía y preside opositó durante toda una legislatura montando el cristo, rasgándose las vestiduras, sacando a la calle a los niños, a los obispos, a los cardenales… cada vez que democráticamente se aprobaba una ley con la mayoría en el Parlamento, como manda la Constitución, ya fuera la ley de educación, la de la memoria histórica, la de plazos del aborto, la del matrimonio homosexual, la de la dependencia, o la del estatut de Cataluña… Cualquier ocasión fue buena para montar la bronca política, dividir, sembrar cizaña, amenazar, zaherir personal y zafiamente a las ministras. El Sr. Rajoy, a lo más, se fumaba un puro y echaba la ceniza al fuego.

Si durante la primera legislatura el partido que presidía y preside el Sr. Rajoy daba patadas al partido en el gobierno en nuestro culo, en la segunda se dedicó con asenso del susodicho, a fustigar y menoscabar la idea de España y su credibilidad internacional. Veamos: Permitió que el Sr. Camps, incluyera en su Estatut Valenciá quesi Cataluña conseguía café, Valencia también. Eran tiempos en que este profeta llamado Rajoy decía: “Vamos a hacer en España lo que Jaume Matas hizo en Baleares”. Tiempos en que consentía que su mentor, el Sr. Aznar se paseara por esos mundos de dios como ex presidente de España y, con su inglés en mil palabras y acento tejano, dijera que España estaba en bancarrota. Tiempos en que se negaba a aprobar las medidas que Europa exigió a Zapatero, y que salía a la calles con mesas petitorias demandando, junto a Esperanza Aguirre, la insumisión a la subida del IVA, vamos,  como cualquier perroflauta. Tiempos en que su lugarteniente y, actual, Ministro de Hacienda, Sr. Montoro excalamaba “Que caiga España, ya la levantaremos nosotros”. Tiempos en que cuando la prima llegaba a trescientos estábamos rescatados; siendo que, con ellos al mando, ha llegado a seiscientos y no pasaba nada. Estos chicos, a lo que se ve, tienen un sentido de la Patria, como mínimo, obtuso y confuso.

El indolente Rajoy, presentó un esquema electoral a las últimas elecciones que se resumía en una sola frase: “Haré lo que Dios manda y lo que se tiene que hacer”. Signifique lo que signifique tal aseveración. Ganó. Y fue ganar y hacer todo lo contrario de lo que decía su programa: subió IRPF, IBI, Impuestos especiales, subió el IVA y decretó la amnistía para los defraudadores; se ciscó en los funcionarios bajándoles el sueldo reiteradamente, despidiendo a empleados públicos; recortó en educación pública e incrementó la subvención a la privada; privatizó la gestión de la sanidad pública y la desmontó; se cargó la dependencia; redujo el paro… En cambio, salvó a las Cajas de ahorro gestionadas por trileros con dinero contante y sonante, creó el banco malo como un tocomocho para darles euros frescos a cambio de activos que valen la mitad. Y todo a decretazo limpio. Ya lo dijo en una radio: “Haré lo que sea aunque haya dicho que no lo iba a hacer”. Maquiavelo no lo hubiera resumido mejor. Estarás conmigo en que se le ha de quedar cara de pánfilo, al reconocerse en los sucesivos videos diciendo lo contrario de lo que dijo, haciendo lo que dijo que no iba a hacer y ninguneándose a sí mismo, en uno de los ejercicios más chabacanos que se hayan visto nunca jamás. Bueno no sé, para que se te quede cara de pánfilo hay que tener sentido del ridículo y un poco más de lucidez que la que constata. No sé si recuerdas que después de venir de Bruselas de recibir un sonoro varapalo, va y dice: “Esto no debería decirlo, pero el que he presionado he sido yo”. Ni sentido del ridículo, ni un mínimo de lucidez.

Así que, si te da por leer la entrevista, te anticipo que no encontrarás un gramo de grandeza, ni un milímetro de sentido de Estado, ni un tamo de sentido democrático, ni una brizna de justicia, ni una pizca de fe en los españoles y, lo más grave, ni una traza de inteligencia. Podía haber manifestado que se iba a reunir y hablar con todas las fuerzas sociales, dialogar para firmar un pacto social que incluiría, sin duda, sacrificios para todos: Bajar el salario y la jornada para repartir el trabajo y aliviar a tantas familias en paro. Podía habernos sugerido que dedicáramos el tiempo de sobra a atender a las necesidades de la comunidad más perentorias, a formarnos, investigar y a participar en proyectos e ideas comunes que puedan ser el germen de empresas y emprendedores. Podía habernos pedido nuestra colaboración contra el fraude y la economía sumergida. Podía haber contestado que iba a promover un gobierno de concentración formado por políticos en el primer nivel y, en el segundo, por gestores de reconocido prestigio, los cuales, en base a un programa riguroso en el que se buscaría la colaboración de las mentes más privilegiadas del país, implementaría las reformas más perentorias; a saber: Las del Título VIII de la Constitución: Estableciendo un sistema de Regiones gobernadas autónomamente, con un régimen de ingresos propio para hacer frente a los servicios que se fijen nominativamente en la Carta Magna y con eliminación de los derechos forales. Serían: Galicia, las dos Castillas, País Vasco, Aragón, Extremadura, Cataluña, Valencia, Andalucía y Canarias. Eliminación del Senado que sería una Cámara territorial formada por los representantes de las Cámaras de las Regiones. Referéndum sobre la forma de Estado. Centralización de la Caja única de la Seguridad Social, de la Sanidad pública, de determinados aspectos de la Educación, del Mercado Único y de la Transparencia. Estimular la competencia y eliminar la vicaría del B.O.E. con la mayor parte de las empresas del IBEX. Eliminar Diputaciones, Veguerías, Ayuntamientos de menos de mil habitantes, así como todos los cargos políticos de Director General para abajo y de todos los asesores. Invertir en Investigación y desarrollo. Alquilar a un precio módico los más de un millón de pisos sin vender…

En fin, que este hombre que parece gobernarnos, ha de tener, forzosamente, las neuronas perezosas.

 

J. Carlos