Archivo mensual: diciembre 2013

Navidad 2013

Querido amigo:

Ahora que la luz se está convirtiendo en un artículo de lujo y que la prosperidad de los hogares ya no se mide por la calidad de sus basuras, sino en kilowatios/hora consumidos, me ha dado por pensar -una cosa lleva a la otra- en la singular peripecia de la inteligencia humana que fue capaz de encerrar la luz en burbujas de cristal, creando pequeños soles. Desde entonces vamos por ahí desterrando la oscuridad con un dedo: Hágase la luz y la luz se hace a nuestro alrededor y, cuando la tarde se agota, prende las ciudades que brillan como antorchas hasta tapar el brillo de las estrellas. Tenemos alma de carceleros, también confinamos el agua en embalses y la encerramos en cañerías para que, con un dedo, la podamos liberar a nuestro antojo. Hasta las palabras son objeto de nuestros desvelos carcelarios; cuando a un tal Gutenberg le dio por aplicar tinta sobre unas piezas metálicas con forma de letras, para transferirla por presión al papel, la palabra escrita supo que se había implantado un régimen masivo de cárceles, en forma de libros, donde cumplirían condena indefinidamente. Tiempo después, la palabra hablada, en ese afán tan humano de confinarlo todo, quedaría apresada en las ondas de radio por obra y gracia de un científico loco llamado Nikola Tesla que, murió sin saber que le quitarían la patente a Marconi para otorgársela a él. La pintura nació por la necesidad de encerrar las imágenes, congelarlas en el tiempo, porque el recuerdo es efímero y es mentiroso al estar contaminado por la emoción, pero el pintor es subjetivo y está limitado por su pericia, así que había que organizar un sistema objetivo, eficaz y masivo de prisión de las imágenes; fueron Nicéphore Niépce precursor de la fotografía y Nipkow de la televisión, los que darían con la piedra filosofal de atrapar las imágenes y confinarlas para siempre jamás.

Sí, definitivamente, tenemos vocación de carceleros, y cada vez ideamos sistemas más sofisticados para capturar y estabular la luz, las palabras y las imágenes, del mismo modo que estabulamos a los animales y los cebamos para que engorden antes de hacer rodajas con ellos. El penúltimo artilugio cabe en la mitad de la palma de una mano, dentro de sus celdas de sílice se confinan manantiales de luz y ejércitos de palabras, voces e imágenes que, según dicen, nos comunican con el universo mundo y que va camino de convertirse en nuestro sexto sentido: “el contacto”. Conozco a más de uno que preferiría perder su olfato antes que su móvil. Y, sin embargo, cuando el tránsito por las aceras se hace arriesgado porque el personal va embobado mirando su móvil o tecleándolo, cuando en el metro en el bar o en la oficina se oyen unos tonos como de metal griposo y todos, como resortes, se llevan la mano al bolsillo, cuando advierto que los turistas sólo ven los monumentos a través de una pantalla mientras hacen sus fotos, cuando observo que en la mesa los comensales no platican, y sólo tienen ojos para sus aparatos…, me pregunto quién es el carcelero y quiénes los prisioneros.

Si viajo hacia atrás, hasta donde me alcanza el recuerdo, ya había quien gastaba radio de galena para escuchar las voces que se iban y venían como si un viento las zarandease. Las únicas palabras impresas que llegaban viajaban en el autobús de línea, era El Correo de Zamora que se recibía en el Consistorio y luego pasaba de casa en casa, del mismo modo que viajaba el Sagrado Corazón, en su urna barroca, a las casas de los cofrades; a mí me tocaba ir a buscarlo a casa del Presidente de la Hermandad para llevarlo a la del abuelo. También llevaba años tendida la luz, viajaba en hilos de cobre que se levantaban en el aire sobre postes estacados al costado de las carreteras de piedra; por Navidad los cables se vestían con un cilindro blanco de escarcha y yo no entendía por qué la luz no se helaba. La radio de lámparas llegó deprisa como los vendavales e inundó de música y de letras nuevas los cerebros de las gentes, también nos hizo caer en la cuenta de que quienes hablaban por la radio tenían el acento de los señoritos y unas voces tan campanudas que dejaba al descubierto la fealdad de las nuestras. La televisión llegó con imágenes grisáceas y chatas, si te acercabas a la pantalla un millón de moscas fosforecían aleteando, pero si te alejabas veías la conquista del salvaje oeste americano y otras ciudades y otras culturas y otros pueblos. Y claro, comparas y empiezas a echar en falta aquello que hasta entonces ni existía y si existía, no lo necesitabas.

No me preguntes por qué se me han venido a las mientes recuerdos tan tempranos. Será la sensación de que nos han metido en el túnel del tiempo y viajamos para atrás en una especie de déjà vu. Será, tal vez, que el otro día atravesé a oscuras calles principales de Madrid y me pareció premonitorio.

Mi deseo para estas fechas, que derroches tus cinco sentidos y que el sexto se te quede sin batería. Y que no compares, ya conoces el refrán: “Si quieres ser feliz como me dices no analices”.

21 de Diciembre de 2013

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