Archivo mensual: abril 2016

Verde que te quiero verde

Verde

Alguien ha posado su mirada sobre la Tierra y ha caído en la cuenta de que está enverdeciendo. En los últimos 33 años la verdura ha cubierto 36 millones de kilómetros cuadrados, lo que viene a ser 3 veces todo el suelo europeo. En otras palabras, la tropa verde avanza en su campo de batalla a razón de algo más de un millón de kilómetros cuadrados por año. Sabemos que nunca llueve a gusto de todos, tampoco se contamina a gusto de todos. El mundo vegetal está de suerte porque los estamos sobrealimentando con dióxido de carbono y nitrógeno. Los animales, en cambio, nos asfixiamos con la combustión del petróleo que nuestra especie quema en el horno de sus motores de combustión, sus fábricas y sus calefacciones. Las plantas, que son más previsoras, se comen el dióxido de carbono por el día en el proceso de fotosíntesis y expelen el oxígeno como si fuera un desecho; por la noche, como les falta la luz del sol, respiran y queman oxígeno al igual que los animales. Afortunadamente son espléndidas y el balance es favorable a nuestros intereses, es decir, consumen mucho menos oxígeno que el que producen. Pero, pese a que están lustrosas y se expanden a un ritmo frenético, no son capaces de engullir las 35 millones de toneladas que emite anualmente a la atmósfera la especie humana. Tenemos mucho que aprender de esta forma de vida tan peculiar de la que ignoramos casi todo; por desconocer, desconocemos hasta su inteligencia. Sabemos que tienen dos mecanismos complementarios para procurarse energía, la fotosíntesis y la respiración. En la primera utilizan directamente la energía solar y, con un aprovechamiento infinitamente mejor que cualquiera de las células solares de  nuestra invención. Y, lo más sorprendente, su sistema de estímulos, allá donde resida, no le recompensa por comer en exceso, siendo que tienen a su disposición el dióxido de carbono de forma prácticamente ilimitada. En ese punto el cerebro humano tiene un sistema de recompensa más primitivo, el 40% de los adultos tienen sobrepeso mientras el 11% de la población mundial pasa hambre. Nada sabemos qué piensan las plantas,  ni cómo se relacionan con sus semejantes, o cómo llevan lo de estar estacadas al mismo sitio durante toda una vida que, a veces, se prolonga por miles de años.

Uno se patea el campo un día de cada siete, tanto da que llueva, nieve, piquen los mosquitos o apriete el calor del sol. Voy con unos pocos amigos del alma, de los que te hacen olvidar el esfuerzo al calor de las conversaciones, los chascarrillos y las confidencias. Caminamos siempre a la vera de la vida verde, esa vida silenciosa anclada a la tierra, inmóvil. En otoño esta forma de vida se despoja de su ropa y, en invierno, te muestra su desnudez fea, como de esqueletos grises clavados al suelo. Cuando caminas por sendas angostas, pasas a su lado rozándolos con miedo de romperlos, están rígidos, momificados, tienen la fragilidad pétrea de los corales. Sin embargo, en primavera se visten con sus hojas y se engalanan, como si fueran de boda, con los botones de sus flores, la savia recorre sus ramas y se vuelven finas y flexibles como juncos, casi agradecen que las toques al pasar. El viento ya no silba al restallar contra sus huesos secos de invierno, ahora abanica su cuerpo cuajado de manitas verdes, lo mece y, en su galope, le saca melodías armónicas de tanta intensidad emocional como las óperas de Verdi. Este mundo verde está cuajadito de especies, que se hacen más difíciles de distinguir que un hombre japonés de otro, porque en cada estación se metamorfosean tanto como el perfil de una montaña, que es distinto según el punto cardinal desde donde lo mires. Me gustaría poder entenderme con estos amigos plantados que nos regalan el oxígeno para respirar y los frutos para comer. Sé que parlotean y sienten, sufren y están tristes o alegres, estresados o tranquilos, emocionados o indolentes. Según Stefano Mancuso (Sensibilidad e inteligencia  en el mundo vegetal. Ed. Galaxia Gutenberg), nuestras coterráneas verdes tienen veinte sentidos Ven la luz y se proyectan hacia ella. Sus raíces detectan los contaminantes, degustan las sales minerales y se mueven hacia el agua como los andariegos buscamos las fuentes cuando aprieta la sed. Hablan entre ellas con mensajes que unas lanzan al vuelo y otras olisquean y comprenden, aunque para nosotros sea sólo una fragancia con la que preparar agua de colonia; conversan también con sus pies enterrados en la tierra emitiendo elementos químicos que los pies de otra planta absorben y entienden. Las carnívoras están atentas a la caza de forma que, en cuanto la pieza es atraída por su néctar dulce y toca dos cilios, se cierran sobre sí mismas y se ponen las botas de proteína. Detectan la gravedad y los diversos campos magnéticos. Son capaces de reconocerse dentro del grupo de amigas y cooperar entre sí e, incluso, hacer frente a sus rivales. Las judías han encontrado un sistema de defensa eficaz contra los insectos que las atacan, emiten moléculas que atraen a los depredadores de aquellos. Y qué me dices de las enredaderas, que han aprendido a ascender y extenderse usando lo que tienen a mano a modo de escalera hacia la luz, y así se evitan el trabajo de formar un tallo.

Proveen nuestros silos de grano y nuestros almacenes frigoríficos de fruta, nos calentamos con sus cadáveres y esculpimos nuestros muebles con sus restos. Les modificamos el metabolismo, el color, el sabor y hasta la forma para “fabricar”, por ejemplo, sandías cuadradas que optimicen el espacio del frigorífico. Jugamos con ellas como un dios con sus criaturas haciendo puzles con sus genes. Permanecen mudas, no chillan, no se quejan, ni siquiera lloran, o si lo hacen no lo percibimos, los humanos sólo tenemos cinco sentidos. También adornan nuestras ciudades donde viven estabuladas en parques y están plantadas en los flancos de las avenidas. Las usamos como fábricas silenciosas que se tragan los humos y nos devuelven el aire purificado. Con fines estéticos las podamos y las esculpimos, al igual que con fines eróticos las mujeres chinas se vendaban los pies hasta deformarlos en su lisiada pequeñez. Y es que la vida verde no tiene derechos porque no tiene ojos para llorar ni garganta que grite su llanto.

Es por eso que, un día de cada siete salgo al campo, allá la vida verde es libre y en sus fragancias me parece leer un mensaje de felicidad. En la ciudad las plantas están bien bebidas y bien alimentadas, pero sus olores son muy tenues. Hay días en otoño que, entre el revoloteo de las hojas arrancadas por el viento, me parece escuchar el coro de esclavos de Nabucco y, cuando en primavera observo las podas salvajes, me vienen a la memoria las gallinas ponedoras metidas de a cuatro en una jaula, a las que le cortan las uñas y el pico, condenadas a vivir acurrucadas, sin apenas poder moverse, hasta que la vida se les acabe.

J. Carlos

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Eclipses

eclipse

Hay días en que la paradojas se alinean como nuestra estrella solar y nuestra luna y se produce un eclipse. El mismo día que entraba en vigor el impuesto al sol ha confluido con la dimisión del Sr. Soria y el eclipse subyacente lo ha opacado. El hombre, de memoria quebradiza, había caído en el olvido de que había sembrado sociedades en Panamá, Bahamas e islas Jersey, y las había resguardado bajo un tupido velo para que no les entrara la luz.

Esta última semana se nos acumulan los eclipses, el planeta Aznar que sigue en órbita permanente se ha alineado con los papeles de Panamá y, éstos se han oscurecido por unas horas. Resulta que este prohombre había constituido una sociedad instrumental Famaztella, S.L. para el ingreso de los derechos de sus libros, conferencias, escritos y otros con lo que tributaba por sociedades la mitad de lo que debía tributar por renta de las personas físicas. Le han pillado. Lo extraño es que a futbolistas como Iker o Messi, actores como Sabina, políticos como Monedero les llamaron a capítulo hace tiempo y al ex presidente hayan tardado tanto siendo que, anualmente, todos los periódicos publicaban las cuentas de la sociedad indicada. Encima, va y se enfada porque “no esperaba eso de los mios”. Ahí es donde se ve el talante democrático y el concepto de Patria del suegro de la boda del Escorial. Esa misma Agencia Tributaria que ha tardado tanto en descubrir el chanchullo del insigne inspector de hacienda, les quita las pensiones a los escritores jubilados porque perciben rentas por su trabajo.

Ya estamos acostumbrados a los eclipses del Ministro del Interior, nos roba la luz de nuestras cortas entendederas con su ángel de la guarda, al que imaginamos con un cuerpo traslúcido batiendo sus alas blancas por los cielos de Madrid o Barcelona en busca de aparcamiento para su protegido. Nos ciega su pasión por medallear a las vírgenes y nos tememos que, como siga en mayo en funciones de gendarme general, en vez de flores a María le va a llevar un rosario de medallas al despuntar la aurora. Esta semana ha nombrado comisario honorífico a Marhuenda y nos ha vuelto a robar la luz del entendimiento. Resulta que el tertuliano ubicuo y director de La Razón -labor que ejerce en los desplazamientos entre televisiones y radios- está condenado por haber injuriado a un comisario de verdad.

La paradoja del pseudo sindicato Manos Limpias es que las tiene llenas de mierda. Eso ya se sospechaba desde siempre y se sabía a ciencia cierta desde que sumó sus intereses a Ausbanc.  Lo que falta por saber es a cuánto cotizaba la retirada de la querella, quiénes han pagado y se han librado de la cárcel, y a cuántos le “jodieron” la vida siendo inocentes. Que Ausbanc utilizaba métodos mafiosos lo sabía todo aquel que trabajaba en banca, que se lo pregunten a los Botín; también era evidente que el patrimonio de Luis Pineda no se correspondía con sus honorarios. Que ambas organizaciones hayan conseguido encarcelar a algunos amigos de lo ajeno y metido en vereda a instituciones bancarias que “abusaban” de sus clientes, no les redime de su espíritu delincuencial, sólo demuestra que nuestra justicia ha mirado para otro lado cuando el delincuente llevaba el cuello blanco e impoluto. Esta tarde he leído en Facebook un comentario que justificaba el proceder de estos criminales: “Si enriqueciéndose un poco ellos, metían a grandes estafadores en la cárcel, y nos libraban al resto de sus latrocinios…” Espero que la próxima vez se querellen contra ese opinador y tenga que pagarles para que retiren la querella aunque sea inocente.  Y es que estas paradojas dan lugar a eclipses que terminan opacando el pensamiento.

J. Carlos

Vacío social

Te levantas, prendes la radio o la televisión, abres el móvil y sigue cayendo la tormenta de documentos e imágenes que anegan el cerebro con las pruebas que desenmascaran a quienes viven a nuestra costa. Deberíamos pedir al gobierno que declare nuestras entendederas zona catastrófica. Hay que reconocer que nos mojan con inteligencia; la inundación y los estropicios que nos hicieron en el hogar patrio hace una semana, queda tapado por una nueva tormenta que vuelve a elevarse por encima de la línea de calado de la indignación. Ahora arrecian los papeles de Panamá, donde consta que unos cuantos ricos por su casa o porque se lo han llevado crudo, no pagaban los gastos de comunidad de propietarios de este edificio llamado España, y por eso, a los demás nos suben las cuotas y nos cierran el ascensor social de la educación o, no nos alcanzan los recursos para adecentar la desbaratada escalera de la salud.

Lo que me preocupa es que los sindioses y los desafueros van desaguando los unos sobre los otros, desagua Bárcenas sobre Correa, Blesa sobre Rato, Falciani sobre Wikileaks, Messi sobre los Puyol, Panamá sobre los Urdangarín… y aquí sólo vive a expensas de la penitenciaría del estado, quien roba en un supermercado para dar de comer a sus hijos. A los defraudadores, comisionistas y trincones profesionales de lo público, los sastres del gobierno de turno les confeccionan trajes a medida, como el pret a porter de primavera con corte de amnistía fiscal, o el de entretiempo, de la marca Indulto, que lleva en las solapas la bandera de España; o les tapizan en terciopelo rojo un asiento en el senado con la cenefa del aforamiento.

Lo más cruel es que para esconder el latrocinio de la droga, de la trata de blancas, del negocio de las armas o de las comisiones por inflar la obra pública, no sólo no contribuyen al sostenimiento de los gastos comunes del Edificio patrio, es que se llevan el patrimonio que hemos generado entre todos a paraísos fiscales y, desde allí, lo ponen a trabajar en otras latitudes. No sólo nos roban y no sólo utilizan los servicios comunes sin contribuir a su sostenimiento, además, la mies que produce ese patrimonio pasa al granero de otros países. Es similar a lo que ocurre con nuestros jóvenes, nos gastamos un imperio en formarlos y, no acabamos de titularlos, cuando salen por pies a buscar trabajo fuera. Así que nos quedamos sin su inteligencia, sin su capital humano, sin sus contribuciones al patrimonio común, sólo tenemos sus abrazos virtuales en pantallas fluorescentes.  Su esfuerzo paga impuestos que llenan los silos de otras patrias, ya bien surtidos, y cotiza a otras Seguridades Sociales para que los ciudadanos de esos países tengan unos buenos servicios sanitarios, y sus abueletes puedan veranear en España con pensiones más que decentes. Para cerrar el círculo virtuoso, recibimos a esos abueletes en nuestro suelo con los brazos abiertos, les servimos las copas a pie de playa, les barremos los vómitos de sus borracheras y, si son muy mayores, les empujamos la silla y les limpiamos el culo. Y es que por venir a tostarse a nuestro sol contribuyen con su limosna a dar de comer a nuestro famélico PIB.

Nos seguirán inundando hasta anegarnos los ojos con papeles de tropelías. Seguiremos perplejos con una mezcla de ira y cansancio añejo, esperando a la próxima tormenta que tendrá la virtualidad de tapar todas las anteriores, como si a medida que pasáramos las páginas de un libro nos fuéramos olvidando de lo leído. No te olvides de que, los documentos que están oreándose al sol estos días no son ni el cinco por ciento de lo que se esconde sólo en Panamá y, si han salido a la luz, es seguramente porque los paraísos fiscales de Nevada, Wyoming o Dakota del Sur estaban hartos de que los latinos le hicieran la competencia. Hay más de setenta paraísos fiscales, muchos de ellos en Europa, dos en la península Ibérica, sin ir más lejos. Las élites no van a contribuir nunca, voluntariamente, al acervo común, seguirán utilizando nuestros servicios gratis total y riéndose en nuestra cara porque siempre tendrán en el bolsillo a los escribanos del BOE. Siempre habrá una clase media que lleve a hombros el trono de la Santa Carga fiscal con fe y devoción como los costaleros de Semana Santa. No faltará el político que, desde un balcón, se arranque con una saeta.

Uno está entrando en la edad del descreimiento; tiene oídas arengas patrióticas con muchas loas, banderas al viento y profusión  de vivas, cuyos oradores tenían los riñones a buen recaudo en otras latitudes; ha escuchado relatar a jactanciosos las triquiñuelas que hacían para no pagar los tributos; conocido becarios con patrimonios pecaminosos y a subvencionados por la patilla; tenido compadres cuyo puesto de trabajo les tocó en la tómbola de un amigo de la familia; sufrido a directivos que recibían salarios que no merecería ni un Einstein y que, para mayor inri, pensaban que se los daban porque “ellos lo valían”. Y a Marios Conde, enganchados a la droga del latrocinio, dando clases magistrales de ética por televisión; a Puyoles trileando, sobre la mesa de la patria independiente, a la vista de todos; Messis, … Podría llenar veinte o treinta folios con nombres y fechorías hasta la náusea.

Confieso que no me gustan los escraches, tienen resabios de circos romanos y de los sambenitos de la Santa Inquisición. Prefiero practicar el vacío social, esto es, activarme como ciudadano y poner en marcha un abanico de actuaciones que son normales en otras latitudes: Desamistarme de los aprovechados de lo común y de los que se ciscan en sus obligaciones tributarias; no acudir a aquellos establecimientos públicos (restaurantes, bares, cines, teatros, etc.) donde se franquee la entrada a Condes, Ratos, Blesas, Puyoles y demás ralea; no ver o escuchar aquellos programas que inviten, elogien, glosen, o apologicen a estos sinvergüenzas; no comprar sus libros, discos, películas; cambiar de acera si me los encuentro, de club deportivo si pertenecen a él, de gimnasio, de tertulia.

Si no van a la cárcel física, que sufran la cárcel social.

J. Carlos

Todo aprovecha

carro con estiercol

La Aldeana era una mula mansa, cachazuda y tranquila. La Burgalesa vivía en un puro nervio, era esquiva y si le tocabas los cuartos traseros te coceaba. En aquella tarde limpia de otoño, atadas al yugo, tiraban del carro a paso de carga por el camino de Fuentes. Mi padre iba de pinote, sobre la viga. Yo iba encima, sentado. Entre el estiércol y mis nalgas había una manta impermeable de un color beige apagado, de las que se usaban para tapar a las caballerías cuando las nubes se derramaban en lluvia o en nieve. De pronto, vi cómo surgía del estiércol un gusano de un color blanco puro que contrastaba con el parduzco, casi negro, del material que acarreábamos; tenía un cuerpo cilíndrico del tamaño de mi dedo pulgar, afilado en los extremos; se movía a espasmos como un acordeón; lo más curioso era que, con cada movimiento, se despojaba de las motas de estiércol y quedaba limpio como si se hubiera bañado en leche. Aquel día, al llegar a la finca, mi padre me dejó guiar el carro por primera vez. Encaramado sobre el abono, lo descargaba sobre la tierra, hincando una horca de hierro de cinco puntas. Mi padre, abajo, esparcía el montón por el contorno con otra horca. Después, moví las riendas arriba y abajo, chasqué la lengua y solté un “arre” para poner en marcha a las bestias. A los veinte o treinta pasos tiré de las riendas y con un “soooo” se detuvieron. Vuelta  a la faena de descargar otro montón de estiércol. Ya de vuelta, ambos de pie en la caja vacía del carro, con las mulas a buen paso por volver a su cuadra, el sol enrojecía y se dejaba ojear. Mi natural curioso ponía en aprietos a mi padre, que si a qué distancia está el sol, por qué se pone por el oeste, si los australianos están debajo de nosotros por qué no se caen…. Cuando le faltaba contestación decía, eso pegúntaselo a tu madre que tiene estudios. A llegar a casa el sol ya había desaparecido tras las montañas de azul cobalto que estaban muy lejos, seguramente en la raya con Portugal.

En aquellos tiempos el ciclo se cerraba como un anillo de desposar. Alimentabas a los animales de carga con la misma paja y el mismo grano que habías segado, acarreado, trillado y limpiado con tu trabajo y el de tus bestias. Los niños solíamos tener asignadas las tareas de llenar las pajeras, trasladando la paja desde el pajar con un saco de arpillera y de limpiar las cuadras, acarreando el estiércol con un cesto de mimbre. En el corral había una sección abierta, aunque lo más apartada posible, donde se acumulaban los desechos de las digestiones de los seres vivos de cada casa. En primavera y en otoño se vaciaban los corrales y su materia orgánica se esparcía por las fincas, con la sabiduría ancestral de que, sus nutrientes servían de alimento a las futuras plantas y, éstas, en verano, granadas y secas, devolvían con creces el esfuerzo.

Nuestros padres y abuelos ya sabían que la mierda, como la energía, no se destruye y que volvía, transformada, a su boca. El urbanita hoy tiene muy fina la pituitaria y se deshace de sus deposiciones como el asesino de su víctima, no dejando ni rastro del cuerpo del delito. Sin embargo, por extraño que parezca, no le importa tragarse las impudicias de la combustión del tabaco o las que pedorrean los coches por sus tubos de escape. Pero donde menos los esperas salta la paradoja. Hete aquí que el tabaco, los coches, el estrés y los antibióticos están debilitando, cuando no asesinando, nuestra flora microbiana. Estamos hablando de más de cien billones de seres vivos diminutos, un número muy superior a todas nuestras células, que forman parte de nosotros mismos y regulan nuestro balance energético, ayudan al sistema inmune, nos permiten asimilar proteínas… De resultas, nuestras tripas andan ulcerosas e irritables y nos vamos por las patas abajo; y lo que es peor, esos “bichitos” que hospedamos dejan de hacer una tarea esencial, la de provocar la apoptosis –muerte- de las células que se rebelan y forman un cáncer.

Los americanos, que para eso no son tan remilgados como los europeos, han inventado el trasplante de excrementos. Se trata de inyectar en el intestino del enfermo, con ayuda de un colonoscopio, un enema o una sonda nasogástrica, la materia fecal de un donante que tenga lozana su flora intestinal. Sus resultados son tan halagüeños que ya se practica en más de trescientos cincuenta hospitales de EEUU. Incluso hay un banco de heces, el Open Biome, que paga a razón de cuarenta dólares si la donación pasa los controles y la población bacteriana depuesta goza de buena salud. Si padecen de algún mal tus tripas y no soportas que te entren por la popa, no te preocupes, en un pispás conseguirán encapsular la mierda y le podrán sabores de sirope de chocolate o de nata. La venderán en cajitas de colores vivos los Pfizer y los Roche, y en el prospecto figurará un recuento poblacional de las especies que contiene y su poder curativo.

El excremento humano no cambia de color con la piel ni con la raza ni con el lugar donde se viva. Así que los racistas y los xenófobos no harán ascos a la mierda de los negros o de los migrantes. Lo siento por las poblaciones de países subdesarrollados, al parecer, tienen una flora bacteriana de lo más apetitosa y saludable. No ingieren antibióticos, no tienen automóviles que petardeen deyecciones gaseosas… no tienen nada que les disturbe el hábitat microbiano de sus tripas; lo único que tienen en abundancia es hambre. En cualquier momento aparecerán representantes de los Pfizer o de los Roche por sus aldeas insalubres, a comprarles su caca a cambio de un chicle o un caramelo por cada diez deposiciones.

Siguiendo ese hilo argumental de oferta y demanda, quiero desde aquí hacer un llamamiento a las autoridades de la Unión Europea y también a las autoridades austriacas y a las de los länder alemanes que requisan los bienes de los sirios que acogen. Les solicito, encarecidamente, que asilen a todos los refugiados que huyen de la guerra. Bastaría con que caguen en bacinillas desinfectadas para cobrarles la estancia con la moneda de sus excrementos. Todo sea por velar por la salud de la flora intestinal europea, que se nos está yendo por las perneras del pantalón.

Ignoro cuál es la situación intestinal de los españoles. Creo que el Gregorio Marañón ya está en disposición de hacer este tipo de trasplantes. Desgraciadamente no se incluyen las diarreas mentales. Si se pudieran curar este tipo de trastornos, metiendo el colonoscopio por el recto e inyectando unos centilitros de deposiciones bien pobladas, esta semana yo le hubiera pagado la intervención quirúrgica al académico Félix de Azúa, quien excretó por esa boca: “Ada Colau debería estar sirviendo en un puesto de pescado”. También me habría rascado el bolsillo para que a Teresa Rodríguez, que comparó a Andrés Bódalo con Miguel Hernández, le hubieran saneado del mismo modo la flora neuronal.

En fin, que en la vida todo aprovecha y hay que apurarla hasta las heces. Porque yo he visto nacer de ellas gusanos blancos como de nata y espigas verdes.

J. Carlos