Archivo mensual: marzo 2017

Procesión

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De niño sabías que llegaba la primavera porque el cielo se mudaba varias veces al día, el sol se tapaba y destapaba con el manto de las nubes al antojo de los vientos. Sabías que llegaba la primavera porque el barro congelado y duro de las calles del pueblo se había metamorfoseado en una capa de tierra fina que se levantaba en polvareda al paso del ganado. La mitad de las fincas lucían un verde de más de una cuarta, la otra mitad tenían un barbecho recién arado con camellones parduzcos como cicatrices viejas. En las eras la hierba salía de su entumecimiento de hielo y de escarcha y, a corros, brotaban las margaritas. Los pardales y las golondrinas ya no pasaban el día tendidos en los cables de la luz  esperando la lumbre raquítica del sol, se entretenían en el aire, en bandadas, dibujando flechas que cambiaban de dirección con la cadencia de un ballet. Los caminos, a la tarde, formaban nubes de polvo que ascendían desde las pezuñas de las mulas y, los labradores que cabalgaban a horcajadas parloteaban y reían; a ratos, hacían un alto para esperar a los que iban afluyendo desde las fincas próximas y aprovechaban para liar un cigarro de picadura. De niño sabías que llegaba la primavera porque la ropa blanca volvía a tenderse al sol, y las sábanas con una piedra en cada esquina se ahuecaban al viento como velas de barco silbando susurros. Las campanas tañían con un sonido más puro, más metálico, habían dejado en el invierno ese tono lastimero que penetraba en tus oídos como si hubiera atravesado un tamiz de corcho. Los lugareños tenían la costumbre de no morirse durante esta estación porque las campanas no sabían doblar a muerto en primavera. Las mujeres buscaban una abrigada al sol sentadas en círculo en sillas de enea, llevaban las piernas embutidas en medias de lana, y cosían, bordaban y hacían encaje de bolillos desgastando la lengua. Sabías que llegaba la primavera porque empezaban las novenas y desfilaban a la tarde las señoras enlutadas con un velo negro en la cabeza y un rosario de cuentas en la mano. A la ermita, en la anochecida, le salía una luz de los ventanucos enrejados de la puerta, si te asomabas advertías candelas encendidas a los pies del crucificado; el capricho de las llamas producía olas de sombras que trepaban por las paredes, por momentos parecía que la ermita navegaba y tú con ella. Sabías que llegaba la primavera porque la luna crecía y crecía, hasta llenarse del todo; cuando parecía una canica gigante proyectada sobre la pantalla del cielo en blanco y negro, los santos y las vírgenes de la iglesia se cubrían con mantos negros. Entonces, los niños recorríamos las calles a la carrera, haciendo sonar las tinieblas porque las campanas se quedaban mudas por tres días, a fin de congregar a los feligreses a los santos oficios. De la ermita salía en andas el crucificado en procesión solemne, a sus espaldas discurrían dos filas de parroquianos con farolillos encendidos, las mujeres veladas delante, detrás los hombres; los niños llevábamos una vela embutida en un círculo de cartón para no quemarnos la manos con la cera derretida, jugábamos a soplar el pábilo los unos a los otros para apagar la llama, si montábamos bulla los mayores distribuían pescozones sin más criterio que la cercanía entre nuestras cabezas y sus manos. El cura con casulla negra, rostro compungido y los ojos fijos en el cogote bamboleante de la talla, marcaba el comienzo de las estrofas: “Dulce Redentor, para mí era la pena de muerte, ya lloro mis culpas y os pido perdón. Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar…” Al doblar la última caseta de la carretera para desandar el camino, el aire del este causaba estragos en las llamas desnudas, incluso apagaba algunas guarecidas dentro de los farolillos de papel acordeón coloreado a franjas.

Recuerdo unos años más tarde esa misma procesión del Cristo en la cruz. Subía como siempre por la carretera en dos hileras disformes, las féminas habíais doblado la última caseta y los varones aún no la habíamos alcanzado. Se me encendieron las retinas cuando se cruzaron con tus ojos, después, hasta la iglesia, sólo entraba en mi ángulo de visión tu pelo ceñido en una gasa transparente que ondulaba hasta la cintura, tu chaqueta de lana color teja, tu vestido azul y tus pasos lentos. El sol a nuestra espalda se estaba poniendo, hubo un instante que tenía el mismo color que la llama de las velas. Por eso, ahora, cuando al atardecer la luz  mengua cierro los párpados y, si escucho el sonsonete monocorde: “Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar…”,  veo tu perfil alumbrado en oro viejo y tus pasos lentos, luego vuelves la cabeza y encuentro tu mirada.  Entonces sé que ha llegado la primavera.

J. Carlos

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Autobuses

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Antes de que los reclamos publicitarios se adueñaran de todos los espacios, cuando la publicidad no salía de las marquesinas y de los escaparates de las tiendas, los autobuses tenían colores pacíficos y ventanas de vidrios transparentes desde las que huía el paisaje, hacia atrás, como un fugitivo. Desde hace unas décadas el márquetin, que tiene horror vacui y lo llena todo, ha desarrollado una piel para los autobuses con imágenes de cine, colores violentos y frases lapidarias que se adaptan a los ángulos de la carrocería como tatuajes. Las ventanas desaparecen tras la piel y el viandante tiene la sensación de que dentro transportan reses para el matadero. Ayer rodó por las calles de esta ciudad un vehículo envuelto en una calcomanía del color de la sangre aguada, sobreimpresionados en blanco figuraban dos siluetas de niño, uno más gordo con coletas y vestido, el otro más flaco en pantalón corto. Había sido fletado por la asociación Hazte Oír, declarada de “utilidad pública” por el que fue Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Sí, aquél que imponía medallas a las vírgenes y que tenía un ángel de la guarda de nombre Marcelo. Entre las dos pares de siluetas, como si sólo representaran el signo ortográfico de las comillas, las siguientes afirmaciones lapidarias: Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.

Total, que se ha armado la de San Quintín.

A mí me produce la misma ternura e hilaridad que, si los miembros de una tribu ignota del Amazonas me explicaran que la luna es una ilusión creada por el dios sol o, que la gravedad no es otra cosa que la mano del dios de las profundidades que nos tiene agarrados por los pies. Lo preocupante es que haya siete mil cotizantes que recaudan más de dos millones y medio de Euros para esa asociación. Lo inaudito es que la misma Administración que se gasta un riñón en transmitir la ciencia a nuestros púberes, considere a estos indocumentados promotores del interés general. Lo alarmante es cuánto de cerca están estos analfabetos científicos de los colegios e institutos. Lo aberrante es que pertenezcan a una determinada creencia religiosa y que sus dirigentes no digan esta boca es mía o, lo que es peor, los jaleen como hizo el señor Rouco Varela mientras ejerció de purpurado. Sin embargo, la sociedad española, que es mucho más ilustrada de lo que estos ultramontanos se creen, ha reaccionado inmediatamente ante la impostura y les ha salido el tiro por la culata. Seguramente faltaba un debate público sobre la transexualidad y esta asociación lo ha propiciado. Gracias. Se hacía preciso airear las aulas y limpiar la ciencia del aire fétido de las creencias religiosas. Había que explicar el terrible sufrimiento de aquellas personas a las que su cerebro les impone un sexo distinto de lo que indica su anatomía, al igual que a muchos amputados su cerebro les impone el dolor en el miembro inexistente. En definitiva, han abierto de par en par el tiempo y el espacio para abordar una legislación a nivel estatal, como ya existe en algunas de las Comunidades Autónomas, que evite la discriminación por “sentirse con un sexo que no es el propio.”

El común de los españoles debe saber que los transexuales no son viciosos, ni pecadores, ni están locos, simplemente la química de su cerebro ha funcionado de forma distinta a la tuya o a la mía. Basta que la madre durante el primer trimestre del embarazo tenga déficit de testosterona o de estrógenos o que, el bebé no sea capaz de asimilar o producir las cantidades suficientes de estas hormonas, para que el cerebro del feto decida que tiene un sexo distinto al que indica su entrepierna. Y, obviamente no es la única causa. La Organización Mundial de la Salud lo incluyó como síndrome médico en 1977 y no tiene nada que ver con las tendencias sexuales ni con travestismo.

Creo en la libertad de expresión y, aunque el fiscal anda buscando indicios de delito de odio, no creo que sea el caso. Sí lo sería, seguramente, en una sociedad retrógrada, poco evolucionada y acientífica donde esas frases enardecerían a cerebros deshabitados que correrían a maltratar, vejar o linchar a aquellos cuya “cabeza” discrepa de su par cromosómico. Otra cosa es el juicio “religioso” que se merecen, no parece muy cristiana su actitud de hacer sufrir al diferente porque no es como ellos. Tampoco queda muy bien parada su salud mental, de sus actitudes se infiere que sus cerebros no son un dechado de empatía. Lo que sí debe perseguir el fiscal es la actitud de estos padres con sus hijos y alumnos cuando por su ideología o creencias “discriminen y maltraten” a quienes sufran esta situación.

Como me temo que los poderes públicos no pueden hacer nada más allá que aplicar, cogidas por los pelos, ordenanzas municipales para inmovilizar el autobús, solicito a la jerarquía eclesiástica que se sirva encauzar a estas “asociaciones” ultracatólicas y a más de un obispo, con un poco de ciencia. Basta con un seminario impartido por neurólogos, psiquiatras, pedíatras, psicólogos de reconocido prestigio, para que les ilustren sobre la realidad objetiva de la química del cerebro.  Supongo que sus arraigadas creencias tridentinas no serán óbice para el buen fin de la operación, conozco a médicos con un profundo conocimiento de los mecanismos neuronales, que están convencidos que comulgan con el cuerpo de su dios todos los domingos. Caso de que el curso sea demasiado gravoso para las arcas de la Iglesia, conmíneseles, al menos y como penitencia, a leer algunos de los libros que más abajo reseño.

Bibliografía de urgencia:

-García Rodríguez, Fernando.- El sistema humano y su mente.

-Swaab, Dick.- Somos nuestro cerebro.

-Hare, Robert D.- Sin conciencia.

-Sacks, Oliver.-El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

-Harari, Yuval Noah.- Sapiens. De animales a dioses.

J. Carlos