Archivo mensual: julio 2019

El tiovivo de la vida

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            Aisling llegó el día que la luna estaba llena y las mareas vivas. Seguramente el tirón gravitatorio por la alineación del sol y nuestro satélite la sacó al mundo con un anticipo de dos semanas largas. Ese mismo día la Tierra interceptó los rayos del sol y ensombreció una parte de la luna. Y estuvimos a punto de perdernos el prodigio. Es verdad que vimos la puesta del sol del norte, enlentecida y soberbia, desde la ventanilla del avión. Pero a la hora en que la luna asomó ya estábamos bajo el techado del aeropuerto de Kastrup primero y dentro de un tren granate con vagones abombados, después. Por una bendita distracción nos pasamos la parada de Sydhavn y nos tuvimos que bajar en Sjaelör. La estación era abierta y la temperatura baja, en una pantalla se indicaba que el tren de vuelta tardaría dieciséis minutos. Los brazos y las piernas desnudos enfrentaban ráfagas de aire frío. Buscamos cobijo. De pronto, al sureste, estaba la luna tras una maraña de cables que discurrían por encima del andén; habría recorrido ya más de un cuarto de la bóveda celeste y estaba tronchada. Se nos olvidó la baja temperatura y, mirando el eclipse con el zum de la cámara, advertimos que parecía una esfera nevada en cuyo casquete superior la nieve ya se había derretido.

Un mes y tres días antes, sin llegar a ver la luna llena de junio, se fue Pilar, mi madre. No hubo tirón gravitatorio, sólo que la vejez cansa, extenúa y, al final, mata. Podría hacer aquí recuento de los eclipses que se produjeron durante los noventa y siete años y trescientos cincuenta y cinco días que vivió. Los cometas que se avistaron. Las estrellas fugaces que escribían una raya de fuego en el cielo nocturno mientras acarreábamos la mies en verano. O el número de volcanes que se encendieron y vomitaron las entrañas incandescentes de la Tierra. Pero en nuestra latitud la corteza terrestre era vieja y no tenía volcanes, tampoco se  daba importancia a los fenómenos celestes, tenías ahí el cielo todo el día y toda la noche para ti, sin edificios que estorbaran ni contaminación lumínica, apenas la raquítica luz de unas bombillas de pocos watios colgadas de tulipas blancas en las esquinas más sombrías del pueblo. Se hablaba poco y las emociones no eran pasto de la conversación, estaban ahí y las gobernabas como podías. Se hablaba poco, sólo de cosas prácticas. Recuerdo que una vez, una sola vez, subimos a la Atalaya, de amanecida, porque Venus estaba en el punto más cercano a nuestro planeta, lo traía El Correo de Zamora.

Como digo, Pilar se fue sin ver la luna llena de junio, la despedimos en una capilla de líneas austeras, como ella, con bancadas robustas de madera de pino trazadas con escuadra y cartabón; cubría el suelo blanco una alfombra granate como el tren de Copenague; sólo quebraba la austeridad del recinto el zócalo imitando a mármol y el vitral que ocupaba todo el ábside dibujado en líneas desnudas, sobre fondos amarillos y azules pintados a pinceladas sueltas; a la izquierda del altar había un Cristo crucificado, estaba colgado sobre el vitral, como si levitara. Hasta que no ascendieron sus restos en una caja de álamo blanco, también modesta, flanqueada por cuatro antorchas eléctricas, el sacerdote no encendió el cirio que simboliza, según dijo, la llama que alumbra el camino a la vida eterna. Después empezó la ceremonia, también escueta. Había una pianista y una soprano, eran del este; sonó el Ave María de Schubert y la prodigiosa voz de la artista alcanzó tal virtuosismo que me apretó más el nudo en la garganta y, por no respirar, me rebasaron los ojos de lágrimas. El cura asperjó el féretro, apretó un botón y se puso en marcha la maquinaria que, aunque silenciosa, rompió el hechizo que Schubert y una cantante del este habían dejado en el aire. Mientras bajaba lo seguimos con la mirada. Luego nos dimos la vuelta, callados, se  nos habían agotado las palabras.

Se fue Pilar y vino Aisling que, en irlandés, significa sueño. La vida es como un tiovivo que no para, donde unos recién llegan y otros recién bajan.

       J. Carlos