Archivo mensual: marzo 2016

¿Cuándo y dónde?

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La vida es azarosa. A la misma hora en que las Torres gemelas eran reventadas por dos aviones de pasajeros convertidos en obuses, llovía en Bruselas. Con mi tarjeta de visitante apuraba un café en un recodo de los pasillos del edificio del Parlamento europeo. A la misma hora en que dos explosiones reventaban el aeropuerto de Zaventem en Bruselas, la niebla desleía los marcadores de neón rojo del reloj de la estación central de Copenague. Yo tenía en los labios la taza de café del desayuno y miraba pasar, tras los cristales del comedor del Hotel Astoria, las siluetas deslucidas de los viajeros que salían con prisa de la estación bien abrigados contra el frío. Una hora más tarde la niebla casi se había disipado, se veían con cierta nitidez las manecillas doradas del reloj en la torre de la iglesia de St. Nikolai. Eran las nueve. Le hice una foto sin saber que, en ese mismo instante otro artefacto explosivo desventraba los vagones de un tren en la estación de Maelbeek, también en Bruselas. Ahora sé que esas manecillas, paradas para siempre en la imagen que proyecta la pantalla de mi móvil, marcan un tiempo de espanto y horror.

En estos días toca el duelo, y el miedo, porque volverán a atacarnos. No sabemos cuándo ni dónde, pero volverán. Como volvía ETA una y otra vez, ganando escaramuzas, porque es fácil reventar vidas humanas a bombazos, pero perdió la guerra. Estos también perderán la guerra. Habrá, entre otras muchas cosas, que secar sus fuentes de financiación, acallar los altavoces mediáticos de sus voceros y apagar sus cámaras, habrá que llevar al Tribunal Penal Internacional, como criminales de guerra, a sus instigadores, sean gobernantes, príncipes, o clérigos. En estos días, sobre todo, toca vivir. No hay mejor batalla que la de la vida cotidiana. Es buena noticia que en Bruselas, como en Madrid después de aquel fatídico 11 de marzo, no haya dejado de fluir el rio de la normalidad. No pararon los trenes, el metro, las escuelas, las fábricas, las oficinas, los restaurantes, las cafeterías… Lo de París fue una debilidad imperdonable. No sólo fue declarar la emergencia nacional y su corolario de suspensión de libertades fundamentales, es que llegaron a pedir a los parisinos que se autoarrestaran en su propia casa. Ahí nos ganaron la batalla.

Los agoreros que invocan el apocalipsis piensan que nos debilitan las lágrimas y las flores, creen que poner en solfa la labor de la policía belga nos hace vulnerables, o que sus ministros responsables presenten su dimisión es hacer la ola a los bárbaros. Al contrario, es un signo de fortaleza y de la inteligencia de nuestro sistema de gobierno. En los países soñados de los asesinos cualquier discrepancia es un delito que se pena con el degüello en la plaza pública. Nuestro “no pasarán” está en la normalidad, en seguir llenando las calles con el clamor de los gestos habituales, con nuestras rutinas y nuestro modo de vida. Porque en esos gestos y rutinas anidan nuestros principios, nuestros valores y nuestra fuerza. Están en el modo de vestir, el modo de amarnos, el modo de gobernarnos, el modo de pensar. Y, sobre todo, están en el ejercicio de la libertad.

Nuestra ciencia les desenmascara y les desarma porque cura enfermedades y alarga la vida, diseña aviones, edificios, teléfonos, escudriña los confines del universo, desencripta el genoma humano o descubre las partículas elementales. El mundo islámico vivió una edad dorada desde la fundación de Bagdad en 762 hasta que sufrieron la invasión del conquistador mongol Halaku en 1258. En esa época histórica fueron ellos quienes portaron la antorcha de la ciencia porque el islam incitaba a la erudición, y destacaron en todas sus ramas: en medicina con Avicena y Averroes; en química descubriendo el alcohol, los ácidos y las sales; en matemáticas introdujeron el algebra y nos legaron los números arábigos; en agricultura construyeron aljibes, canales, norias y desarrollaron los fertilizantes; fueron los inventores del molino de viento, el astrolabio, las lentes de aumento, el papel, el catéter de plata. ¿Por qué no se preguntan los líderes del mundo árabe qué han estado haciendo desde entonces sus pueblos, más allá de rezar cinco veces al día, ayunar en el ramadán, visitar La Meca y sojuzgar a sus mujeres?

En occidente, hace tres siglos, nuestros filósofos y científicos amparados en la Razón descubrieron antídotos contra los venenos de las creencias que oscurecieron la Edad Media y, ahora, nuestras religiones están en gran parte recluidas en las conciencias particulares y tienen restringida su dictadura pública. Desde entonces la vida y el saber han progresado geométricamente.

Pobre Europa, situada como la rana del cuento entre el charco del océano Atlántico y los charcos de los mares del Norte, Báltico y Mediterráneo. Lleva a sus espaldas dos escorpiones, el extraño que encarna el terrorismo yihadista y el propio que se envuelve en la bandera del odio, la xenofobia y el racismo. Los dos le van a picar, está en su naturaleza. Ojalá encuentre pronto el antídoto contra su veneno. Los principios básicos para fabricarlo son abundantes, están en sus colegios, calles  y universidades, son tres: educación, ciencia y libertad.

J. Carlos

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Merde

Reina Letizia

Los niños se asustan cuando ven su propia “merde” por primera vez. Supongo que pensarán que están excretando partes de su cuerpo y que si siguen expulsándose pueden diluirse hasta desaparecer. La primera vez que vuelven los ojos y ven su sombra detrás, reaccionan huyendo, creen que alguien les persigue. Si la sombra se proyecta delante, el niño extiende la mano para cogerla porque la considera un juguete o un amigo.

No sé si la Reina se habrá asustado con la primer “merde” pública que salió de su dedo. Ignoro si todavía está huyendo por la sombra que le persigue por detrás desde que alguien expuso la noticia cara al sol. No sería para menos. Su señor suegro que excretó “merde” de Corinas, elefantes y otras, terminó diluyendo su corona hasta desparecer. La institución con la que Usted contrajo matrimonio no obedece a más méritos ni virtudes que un polvo urgente entre dos sangres reales. Con tan endeble meritocracia más les vale procurar que no se proyecten sombras y, de haberlas, que vayan por delante para jugar con ellas.

Ya comprendo que, con una élite tan enmerdada, adicta a los sobornos y al saqueo permanente del dinero de todos, tendrán que dar la mano en las recepciones a indeseables que, dedican su “talento” empresarial y político a robar camas de hospitales y médicos y pensiones y ayudas sociales y carreteras y bomberos y jueces y colegios… Pero no entiendo por qué no pone cortafuegos a sus amistades. No entiendo por qué quiere y comprende a un indeseable que pulía la tarjeta black como si no hubiera un mañana. Un sujeto que era consejero de Bankia. Entidad que le recuerdo sacamos del wáter atascado de “merde” y la limpiamos con 22.424 millones de Euros de la hucha común. Ese dineral, Señora mía, es algo menos de la mitad de lo que nos gastamos en salud al año. Eche cuentas, Alteza, de los médicos y enfermeras que hoy no estarían trabajando en el extranjero, ni en el paro. Eche cuenta de los muertos que todavía vivirían, de las operaciones que ya estarían realizadas, del sufrimiento que habrían ahorrado a los ciudadanos. Y eso sólo es la punta del iceberg del latrocinio. No somos un pueblo difícil, como afirma su consorte, al contrario, somos un pueblo manso.

Verá, Excelencia, cuando yo era un niño el wáter público era el campo y el privado era el corral. Le aseguro que en este último no era fácil deshacerse de la ingesta. Y no porque en invierno expusieras tus carnes blandas a temperaturas que escarchaban el aliento; que va, al frío ya estabas acostumbrado. La dificultad estribaba en que, era acuclillarte y un ejército de gallinas muy tenaces se abalanzaba para picotear tus nalgas. Había, pues, que mantenerlas a raya blandiendo un palo. El peor era el gallo que en su labor de protección del gallinero se enseñoreaba por delante de ti y, a veces, saltaba sobre tu cara con sus garras con el afán de picotearte los ojos.

Así que, Doña, preste mucha atención a sus amistades y mantenga a raya con el palo de la ética a quien tenga el pico untado en “merde”. Me temo que las nalgas de la Corona no están para más picotazos.

J. Carlos

Qué antiguo todo, qué viejuno

 

Beso de Iglesias

El jueves, a la hora de la siesta, en la desembocadura de la calle del Prado con la Plaza de las Cortes se había formado un delta de gente. Creí que era una manifestación que acudía a la marisma del Congreso. Incluso me permití apostar conmigo mismo si serían de los que iban con un saco de cal viva para vaciarlo sobre el palacio de San Jerónimo, o de los que llevarán la escoba para barrer la cal que el día anterior había volcado Pablo Iglesias en el hemiciclo. Perdí las dos apuestas. Me debo veinte euros. El personal allí sedimentado, que también ocupaba las calles adyacentes, no esperaba para asistir al concierto de un cantante de moda. No. Llevaban allí apostados quince días con sus noches para acercar sus labios al pie izquierdo de una talla de madera, en el convencimiento de que ese gesto les librará de alguna desgracia. Dicen los Capuchinos que, a partir de las cero horas del viernes, más de tres mil bocas afluyeron a ese trozo de madera bruñida y estamparon sus besos a la espera de un milagro. También hay reventa, como en el fútbol, y también se paga en función de la localidad. Se conoce que el Cristo de Medinaceli milagrea más al principio y luego se va desganando. Como en España las instituciones se mezclan con la magia de la fe, la reina madre acudió al singular evento, sin guardar cola, claro y, no sin que antes un escolta limpiara, con un pañuelo bañado en desinfectante, el lugar donde depositaría la real señora su ósculo, no fuera a ser que se le pegaran los gérmenes del pueblo

Beso de SofíaLa metáfora es un plato que se sirve frío, como la venganza. Resulta que a dos pasos de la Basílica de Jesús de Medinaceli, en el Santa Sanctorum de nuestra democracia, se resolvía estos días la duda metafísica de quién iba a llevar las riendas del BOE el próximo cuatrienio.

Allí estaba la socialdemocracia intentando hacerse con las llaves del reino. Anda magra en escaños porque lleva lustros sin sacar el adjetivo social de paseo y huele a naftalina que echa para atrás. Camina del bracete con una derecha ilustrada y culta, una derecha europea. Llevan, entrambos, un pacto en el que el adjetivo susodicho vuelve al cajón de la cómoda para evitar que con el uso se desgracie.

Campeaba por aquellos lares, todavía,  como si de un casino de capital de provincia se tratara, el valedor de la derecha dura, esa derecha que, ahora, por comparación, ya sabemos que es extrema. Estuvo el hombre socarrón, irónico, luciendo fina estampa del siglo XIX; mascaba chicle a mandíbula batiente mientras hacía la siesta arrullado por el murmullo de sus señorías. En su comparecencia miró por encima del hombro, enseñoreándose en su oratoria decimonónica, baldía y perezosa como él mismo. A la media hora de trabajo ya es sabido que se le cortocircuitan las neuronas, se sucede un extravío de ojos, los músculos de la cara se le sobresaltan y le brota de la boca una verdad incómoda: “Lo único que hemos hecho nosotros es engañar a la gente”.

La estrella invitada era Pablo Iglesias, subió al estrado con una cogorza lenninista y, en vez de darle por la risa o el llanto, le dio por la furia. Primero roció con cal viva la memoria del partido del candidato Sánchez y luego, a medida que los efluvios marxistas se diluían, selló un beso en los morros de un conmilitón para darla carnaza a los plumíferos. Buen conocedor de los medios, sabe que un buen relato exige echar sal en la herida del antagonista y, al final, premiar los desvelos del héroe con un beso de tornillo. Y lo consiguió, el morreo saltó a las pantallas y periódicos de medio mundo. Otro chute de autoestima.

Este Pablo, sobre el que algunos quieren edificar una iglesia social y otros una revolución bolivariana, gasta un cesarismo aznarista que puede terminar diluyéndose como un azucarillo. Es un personaje bipolar, se tiene una autoestima de tal calibre que, nada puede salir de ella, si acaso, un poco de bilis. Hay días, sin embargo, que se ducha con agua de melaza y queda más empalagoso que una abuela primeriza. Mal camino. La derecha se mueve por intereses, es alérgica a la autocrítica y una vez que sube al pedestal un cabeza visible, lo santifica y le besa los pies; cuando ya no sirve a sus principios lo despide con oro, incienso y mirra. La izquierda ejerce la autocrítica con la inocencia del principiante, se mueve por emociones pero, sobre todo, se mueve por ideología y principios éticos, así que pone en solfa permanente a sus líderes y no duda en cortarles el cuello si considera que han traicionado una sola célula del pie de su entramado ideológico.

Las comparaciones nunca vienen solas y junto a la cal viva que trajo a nuestra memoria, algunos nos acordamos también de los sacos de escombros de Hipercor, la chapa y los cristales de tantos coches que volaron por los aires… Y querido Pablo, también imaginamos las balas y los barrotes que terminan con la vida o la libertad de los opositores a los tiranos de Venezuela, también intuimos las sogas con las que ahorcan los ayatolás a homosexuales y las piedras con las que lapidan a las mujeres.

En el plato de sus metáforas, Don Pablo, si se escarba con el tenedor, se pueden observar que su dinero no es de color negro ni viene en cajas de puros, pero algunos billetes tienen marchas rojas, como de carmín, a lo peor no son rastros de besos sino de sangre.

Permítame un consejo, Don Pablo, cuídese de los idus de marzo. Errejón puso cara de Bruto, sin querer, cuando mencionó la cal viva.

Mientras estos enredos se suceden, me refiero a los besapies y besamorros, el señor del casino de Pontevedra sigue sesteando, convencido, en su duermevela, de ser un salvapatrias. Procedió a la amputación quirúrgica del cuerpo social y sus derechos con el bisturí del capitalismo salvaje. También tuvo que convivir, o participar, ¿quién sabe?, con la  corrupción que emponzoña su partido hasta las entretelas. Meros daños colaterales. Es como si se baila un rigodón, se termina pisando a alguien. El señor del casino de Pontevedra sabe que mientras siga vivo políticamente, sus mesnadas abrevarán en el comedero público y besarán el polvo por donde pisa. Y, en todo caso, cuando le vuelen la sesera tendrá a su disposición oro, incienso y mirra. Le bastará con aznardear por ahí con conferencias, consejos de administración y libros inanes que escribirá algún negro para acumular un aseado patrimonio. El capital siempre paga bien a los que le favorecen. Eso sí, igual que Roma, no paga a los que le traicionan.

En esas estamos. Todo muy manido, muy déjà vu.

J. Carlos