Archivo mensual: mayo 2015

La meada

jardim orquídeas

Estoy asustado. Me he mirado en el espejo esta mañana, tengo la cara como para pegarle dos hostias y desentumecerla. No es extraño, ayer me porté de manera desconsiderada con mi estómago y, sobre todo, con mi hígado. Tengo avisados a estos órganos de que, muy de vez en cuando, han de trabajar a destajo para que no se duerman en los laureles. Confieso que hubo almuerzo con compañeros de trabajo, de cuando la democracia estaba dando los primeros pasos. Admito que hubo cena copiosa con caldo verde, varios platos de Bacalhau  y pastéis de Belém. Me acuso de que el vinho verde tiene aguja, resulta un poco cabezón a partir de la quinta copa y si te cantan fados, casi al oído, entras en un extraño encantamiento que te traslada al Jardim de las orquídeas de Funchal, al Elevador da Gloria en Lisboa, al café Majestic en Oporto y siempre a los versos de Pessoa, ¡No, no digas nada¡ / Suponer lo que dirá / tu boca velada / es oírlo ya. Estoy asustado, pero no es el reflejo de mi cara lo que me asusta. Eso tiene fácil solución, vas al frigorífico, coges la jarra, viertes el agua fría sobre el lavabo, luego juntas las manos haciendo un cuenco, y te restriegas con fuerza como si tuvieras sobre la piel medio kilo de pintura al óleo. Lo que me preocupa es que, por un momento, me ha parecido ver que dentro de mi cabeza no estaban los dos hemisferios cerebrales, habían sido sustituidos por dos enormes riñones, en forma de habichuela, situados uno frente a otro. Te juro que latían debajo de la piel traslúcida de mi frente, y que por sus capilares fluía un caudal de sangre rojinegra formando deltas que anegaban un campo de casi tres millones de nefronas. Después de unos instantes de perplejidad, me he asomado al espejo de aumento y casi me ha dado un soponcio. La lupa me ha permitido desvelar el misterio. Mi sangre estaba cuajadita de todo el detritus que se ha ido acumulando después de dos semanas de campaña electoral. Observé las frases inanes de Rajoy que flotaban como agujeros negros de los que no escapaba ninguna luz, España está llena de españoles y ya nadie habla del paro. Distinguí las mentiras de Esperanza, la condesa consorte, en forma de zurullos que enmerdaban mis glóbulos rojos; sobre la grasa de un ateroma estaba esculpida la frase, yo destapé la trama Gürtel; más adelante, taponaba el codo de un capilar el exabrupto de que la jueza Carmena liberó a etarras. Pude apreciar como la ponzoña lanzada por Cospedal asfixiaba mis glóbulos blancos con grumos del estilo de, somos el partido más transparente y el que más ha luchado contra la corrupción. Afortunadamente, las nefronas, por diferencias de presión, filtraban mi sangre y excretaban, hacia un conducto que terminaba en la vejiga, todos los desechos y toda la basura de la campaña electoral. Al otro lado, un dédalo de capilares llevaba mi sangre purificada y roja a todos los rincones de mi cuerpo. Mañana, cuando me levante, antes de acudir al colegio electoral, echaré una gran meada para librar a mi cuerpo de toda la porquería electoral, con la esperanza de que no haya dado tiempo a que, con tanta inmundicia, se haya formado una piedra y sufra un cólico nefrítico. Después, con la vejiga vacía, ejerceré mi derecho al voto al tiempo que exhalaré un suspiro largo, con el propósito de bombear mi sangre con fuerza desde el corazón para que llegue a los pulmones de la democracia y se oxigene un poco.

J. Carlos

Parecidos razonables

plíticos en campaña

 Hay parecidos razonables que son naturales como los gemelos univitelinos, es menester observarlos con detenimiento para sorprender alguna diferencia que nos permita distinguirlos. Si son casuales como los que se dan un aire a Elvis Presley los analizamos con un cierto estupor para apreciar sus semejanzas e, incluso, convocamos concursos donde se premia al más parecido. Otros nos conmueven porque se suceden en el ámbito de las emociones, como en el caso de la cara de los perros que termina siendo un reflejo de la de sus dueños, o viceversa. De hecho, nuestro cerebro se dedica casi en exclusiva a contrastar lo que percibe a través de los sentidos con los datos, imágenes y emociones que tiene almacenados y buscar, mediante asociaciones, parecidos razonables. Hermann Rorschach, en 1921, tomó diez hojas en blanco, vertió medio dedal de tinta en cada una y las dobló por la mitad, luego, con el fin de evaluar la personalidad de sus pacientes, les preguntaba qué parecidos razonables les sugería cada una de las piezas.

En estos días en que arrecia la campaña electoral y nuestros políticos tienen la hormona desatada, que lo mismo te bailan un chotis, te cantan un rap o te anuncian el apocalipsis now si no les votas a ellos, yo he hecho mi particular test de Rorschach. He tomado unas hojas de la política española, he vertido medio dedal de tinta extraída de algún artículo de divulgación científica, las he doblado por la mitad y hete aquí lo que he visto.

Hace cuatro años, te escribí, en esta misma bitácora, Tempus fugit, donde te explicaba, grosso modo, que las células se reproducen de manera asexuada dividiéndose y duplicando su material genético. Sin embargo no se pueden reproducir eternamente porque cada vez que se duplican sufren un deterioro en los telómeros, situados en los extremos de su ADN, con la consecuencia de que envejecen y mueren después de duplicarse unos dos miles de veces. Curiosamente, mientras nuestras células están en el útero materno son inmortales, sus divisiones resultan perfectas porque no se produce deterioro de su material genético. La razón es que mantienen activada una enzima, la telomerasa, cuya labor consiste en restañar cualquier desperfecto en los telómeros. En el momento en que somos paridos nuestras células silencian la telomerasa y perdemos la inmortalidad.

Ahí he visto el primer parecido razonable entre la clase política y las células: Aquellos partidos que no han tocado todavía poder porque son de nuevo cuño o porque sólo conocen los duros escaños de la oposición, son como las células antes de salir al mundo, que no sufren deterioro o menoscabo de sus ideas y programas de forma que pueden vivir eternamente; pero cuando reciben votos suficientes para alcanzar el gobierno, sus ideas y programas sufren el deterioro de la realidad y envejecen al mismo ritmo que sus contradicciones.

En aquella pieza te conté también que algunas células de los cuerpos vivos se rebelan contra esa muerte inexorable, se duplican como locas y, lo que es más significativo, activan la telomerasa y se convierten en inmortales. Son los tumores cancerígenos. La medicina ha conseguido silenciar la telomerasa de estas células para que sufran el mismo proceso de deterioro que las demás, pero este proceso es muy lento por lo que resulta más conveniente bombardearlas con quimio. Un equipo de investigadores españoles del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas ha descubierto la forma de romper la defensa de los telómeros de estas células tumorales, mediante el bloqueo de una de las seis proteínas que, como un capuchón, los protege, en concreto, la TRF1. De esta forma las células cancerosas no sólo pierden su inmortalidad, sino que en pocas duplicaciones resultan tan deterioradas que mueren por apoptosis.

En ese descubrimiento de nuestros investigadores patrios he visto el segundo parecido razonable, porque en política también hay células tumorales que se duplican como locas, son las que crean el cáncer de la corrupción y, gracias a la enzima de la impunidad que funciona como la telomerasa, consiguen duplicarse sin sufrir deterioro alguno. Hay dos vías para extirpar el tumor de la corrupción y terminar con su inmortalidad,

La lenta, es la vía judicial que consigue silenciar la enzima de la impunidad, pero el proceso es tan moroso que casi siempre el cáncer termina con el cuerpo social.

La rápida, consiste en botar a los partidos corruptos y se consigue bloqueando una proteína (el voto a esos mismos partidos) que les protege, de manera que las células cancerosas de la corrupción no sólo pierdan su inmortalidad, sino que resulten tan deterioradas que mueran rápidamente por apoptosis.

Sé un buen ciudadano, bloquéales el voto el día 24 y bótalos.

J. Carlos

Educación ciudadana

british-bar

El pasado jueves, día 7, los hijos de la Gran Bretaña procesionaron a los colegios electorales para elegir a sus gobernantes. Al día siguiente, viernes, los dirigentes de los partidos que no se vieron respaldados por los votos presentaron su dimisión. Aquí, en España, la procesión será el próximo día 24. Te apuesto un quintal de vergüenza que, al día siguiente los dirigentes de todos los partidos alardearán de su victoria. Todos se darán por ganadores, inexplicablemente, y no dimitirá ni el Tato. Digo yo que, algo nos diferenciará para que adoptemos actitudes tan divergentes ante hechos idénticos. ¿Será el idioma? El inglés es nasal y metalizado, mientras que nuestro castellano tiene la dureza del desierto, las jotas salen de la garganta como eructos y las erres se construyen vibrando la lengua contra el paladar de la boca, como simulando el rugido de un motor. ¿Será la altitud? Nos separan varios paralelos y por esos andurriales hace un frío que pela y el sol está como ausente, que diría Neruda. ¿Será la orografía? Las islas tienen una finitud tan próxima que, necesariamente, te tienen que dar ataques de claustrofobia cuando ves que se termina la tierra. ¿Será la ciencia de Newton? ¿La literatura de Shakespeare? ¿La filosofía de Jeremy Bentham y de John Stuart Mill? ¿El evolucionismo de Charles Darwin y de Herbert Spencer?

No te calientes los cascos. Creo que no es necesario elaborar sesudas tesis preñadas de disimilitudes sociológicas y antropológicas, basta asomarse a sus aulas. Te asombrará comprobar que en Gran Bretaña nadie copia. El profesor puede echarse una siesta o ausentarse, nadie sacará una chuleta ni desviará la vista hacia el examen de su condiscípulo. Los ciudadanos británicos consideran que sería engañarse a sí mismos, hacerse trampas en el solitario y, sobre todo, sería un acto de deslealtad a todos los compañeros. En un aula española el que no copia es considerado lelo, se le estigmatiza socialmente y es carne de chanza y vituperio, del mismo modo que quien cumple con el fisco sin estar atado a una nómina, o el que no trasgrede las normas de circulación. Estas diferencias cualitativas explican que Chris Huhne, ministro británico de Energía, dimitiera de sus cargos de ministro y diputado, en 2013, porque diez años antes le impusieron una multa por exceso de velocidad y, para no perder todos los puntos, alegó que conducía su esposa. En España, si ya adolecíamos de indigencia educativa en civismo, nos han echado al ministro José Ignacio Wert, como el que tiene sed y lo sueltan en un desierto. Ha suprimido la asignatura “Educación para la ciudadanía”, ha podado las Humanidades, y ha relegado a la categoría de optativa la “Educación artística” porque “distrae de las demás asignaturas”. Para mayor mofa y befa de la ciencia, ha tenido a bien, con el aplauso unánime de los purpurados, implantar la asignatura de “Religión” para que nuestros púberes boguen en la nave del misterio de la Biblia, que es como una precuela de los programas de Iker Jiménez. Y para redondear la faena ha asestado una estocada, en toda la cruz y hasta la bola, en los presupuestos de la educación pública. No quieren críticos, quieren sumisos. No quieren cultos quieren productivos. No quieren pensantes los prefieren obedientes. No quieren inteligentes quieren listillos. No quieren escépticos quieren crédulos. No quieren ciudadanos prefieren súbditos.

Los valores del nacional-catolicismo más rancio están servidos: Dios es bueno y me ama porque yo lo valgo. Por el contrario, el mundo, el demonio y la carne, esto es, los hombres son malos. La ciencia sólo es creíble si no contradice la palabra de Dios, te alabamos Señor, Amén. ¡Ah!, y si doy por el culo al prójimo, me confieso y el mismísimo Dios me perdona por delegación, “ego te absolvo a peccatis tuis in nomine patris et filii et spiritus sancti.” Se consagra el principio de que no importan los medios sino los fines. Lo de menos es saber, lo de más es conseguir el título que lo acredite. El mérito es contraproducente, lo meritorio es conocer a alguien que te coloque o te ascienda. El esfuerzo propio no consiste tanto en hacer bien tu trabajo, cuanto en hacer que parezca que está bien hecho y en adquirir cierta destreza en lamer culos más altos. Está bien visto aprovecharte del trabajo y de las ideas ajenas, así demuestras que eres más listo que ellos. El que puede se beneficia de lo que la sociedad ofrece sin pagar nada a cambio. A ver, no es por no pagar impuestos es que haces ingeniería financiero fiscal para que no te tomen por imbécil. No es por no abonar un salario digno al trabajador es para incrementar la productividad. No se trata de dar boleta, sin más, a los empleados que han contribuido a crear y fortalecer la empresa, son ajustes de costes para ser más competitivo y, de paso, forrarse con más rapidez. Y si el dinero lo tienes en paraísos fiscales no es por no contribuir al bien común, es por diversificar riesgos; ya se sabe que la digestión de la deuda es muy pesada y puede terminar en una diarrea que deshidrate la economía, además, hay que estar prevenido no vaya a ser que las malditas urnas descabalguen a los míos y empoderen al demonio con coleta.

Nuestros gobernantes están empeñados en que sigamos disfrutando de los mismos valores que tanto florecieron en la dictadura y que hoy siguen dando sus frutos. Tengo la sensación de que el tiempo corre para atrás como en el reloj del British Bar de Lisboa con sus minuteros al revés. Por eso no me extraña que a Esperanza Aguirre, candidata a la alcaldía de Madrid, le otorguen el primer puesto todas las encuestas. Lo que le falta de inteligencia y cultura lo suple con listeza. La oratoria y el sentido común con desparpajo y cara dura. La falta de formación y su nula capacidad de gestión con mentiras y el dinero de los madrileños. La talla política con desplantes, contradicciones y payasadas. Si comete un delito a plena luz del día, con cámaras de por medio, lo negará, te tomará por imbécil y te dirá que deliras. Y lo que le falta de buena persona lo suple con arrogancia y soberbia. Para lo demás, cuenta con un nutrido grupo de bufones que juntan palabras a su mayor gloria, unas centenas de carromeros y una trinca de ladrones.

Qué se puede esperar de la educación ciudadana de un pueblo cuyos universitarios idolatraban en la transición a Mario Conde, y hoy les gustaría encarnarse en el Pequeño Nicolás.

J. Carlos

El mayo

el mayo

El uno de mayo nacía de nuevo el mundo. Habían pasado las nieblas de diciembre y enero que emborronaban las casas de adobe y los carámbanos de las calles. En aquellos inviernos las nubes pesaban tanto que, no podían sostenerse en el aire y se pegaban a la tierra blanca de escarcha; algunas veces, hacia el mediodía, se deshacían y se apreciaban nítidas las cicatrices de las pezuñas de los animales sobre el barro helado de la calzada. Habían pasado febrero y marzo con  cielos de plomo y  con lluvias abundantes, que dejaban relucientes los cantos rodados de las aceras y las calles anegadas. Había pasado abril con sus días locos de cielos blancos y azules y sus vientos furiosos que ululaban en las casas, cerrando y abriendo, a su antojo, puertas y ventanas. Había llegado mayo para que las espigas de trigo y cebada granaran acariciadas por el viento tibio, para que las charcas se cuajaran de renacuajos. Había llegado mayo para que la eras reventaran de flores que luego llevaríamos a María, y para que el cielo se vaciara de nubes y diera paso al vuelo de las golondrinas, vencejos y pardales.

El uno de mayo, cuando me despertaron, el sol ya estaba asomado a las baldosas azules; no había calcetines junto a mis zapatos, ni jersey de lana sobre la colcha; sólo una camisa, todavía de manga larga, y unos pantalones cortos con tirantes cruzados. Después de desayunar la leche de cabra migada no había que ir a la escuela, el Papa había proclamado que un día como hoy era fiesta. Me dejaron ir solo a la plaza para ver el mayo que los mozos habían plantado la tarde anterior. Era un tronco alto, muy alto, que llegaba casi hasta el cielo. Arriba ondeaba una bandera de España y también un cuero de vino, a la espera de que algún valiente trepara por la piel lisa del álamo para echarle un tiento. Abajo, en mayúsculas negras, formando un anillo, habían escrito Vivan los quintos de 1960. A medida que pasaran los días hasta que se desplantara, el tronco iría llenándose de letras y de símbolos como un papiro, esculpidos a pico de navaja, con iniciales, flechas, corazones y alguna que otra inconveniencia. A los niños no nos dejaban ver la plantada, luego sabría que se necesitaba un carro, unas cuantas maromas y escaleras de mano, entre las que no faltaba la más larga del pueblo, la de Cesáreo; era tan larga porque tenía que llegar a las farolas para cambiar las bombillas fundidas. Unos años después veríamos a Cesáreo sobre esa misma escalera, transformada en angarilla, tumbado y cubierto con una manta; lo llevaban a casa unos hombres porque le había dado un pasmo en la iglesia, donde ejercía de sacristán; también era barbero, peluquero y contador de la luz.

Medio pueblo estaba congregado frente al mayo. Era el mejor, el más hermoso y el más alto, en eso todos coincidían, salvo los quintos de los años anteriores que discrepaban porque el suyo había tenido el tronco más gordo o la bandera más grande. Yo sonreía pensando que, cuando pasaran los días y la gente se fuera olvidando del mayo, en el momento mágico en que el día no se acaba de ir, la noche no acaba de llegar y las farolas no están prendidas, los niños haríamos tino con el tirachinas para cantear la bandera y el cuero de vino. Aprovechando el bullicio me escapé por detrás de los corrales y subí al San Pelayo para averiguar si desde allí se vería el mayo. No se veía, las casas estaban construidas sobre un pequeño altozano y tenían los tejados muy altos. Volví a casa, ya me estaban buscando. Antes de ir a misa mi madre me peinó con una raya a la izquierda y una onda sobre la frente, luego me pellizcó con fuerza los carrillos, para que te salgan los colores, dijo. Las madres tardan mucho en componerse y sólo habían tocado las primeras, salí de casa, crucé la calle y subí hasta la era de Ursicino, la hierba me acariciaba los tobillos desnudos mientras cogía un ramo de margaritas. Se lo di a mi madre que lo puso en un tarro de vidrio con agua. Antes de salir hacia la iglesia, robé una margarita del jarrón improvisado y me la guardé en el bolsillo. La misa fue tediosa como siempre, con mucho incienso y mucho latín. Cuando el cura dijo ite missa est  me desasí de los brazos de mi madre, tropecé con el reclinatorio y salí corriendo. Todos fuimos a la plaza, era la hora en que el mayo no tenía sombra. Caminábamos en procesión, el cura delante con la misma casulla dorada con que había oficiado la misa; a su lado el alcalde, que llevaba una rosa blanca en el ojal de la chaqueta de pana negra y se apoyaba en el bastón de mando; detrás los monaguillos; a continuación el ayuntamiento en pleno y, después, todos los demás. Se detuvieron frente al mayo, el cura bisbiseó unos latinajos, le pidió a un monaguillo el acetre con el agua bendita y asperjó con el hisopo el tronco del álamo. Fue decir Amén y estalló una algarabía. Los quintos pasaban botas de vino, de mano en mano y de boca en boca, entre los mozos y los hombres. Las mozas se recolocaban las pañoletas y se atusaban las margaritas y las rosas en el cabello; las más atrevidas se ponían una rosa roja en la cuenca de los senos. Los demás, con la mano abierta sobre la frente, levantábamos la vista hasta la bandera. Con el vino todavía perlando las bocas y con alguna mancha en las camisas, los quintos, por turno, trepaban el mayo. Se apostaban gaseosas de las que vendía el tío Secundino, al que las malas lenguas acusaban de fabricarla con el agua de la laguna de los Terreros, a ver quién llegaba al cuero de vino y echaba un trago. Sólo uno de entre ellos que subía a saltos, como un mono, tocó la bandera y se regó las entrañas con el vino. Mientras el pueblo se rompía las manos aplaudiendo, yo fui al encuentro de una niña de ojos castaños con reflejos oliváceos. Tenía la piel muy morena y la cara muy redonda y el pelo muy largo. Me coloqué a su lado, saqué del bolso mi margarita y se la di. Sonrió y me dijo, ¿por qué no me la pones tú en el pelo? Se la prendí por encima de la oreja. Me dio un beso en la mejilla, se me subió toda la sangre. Seis o siete mayos después, sus ojos castaños con reflejos oliváceos se cerraron para siempre.

J.Carlos