Archivo mensual: marzo 2015

Los riesgos de la estupidez

Aviones volando

Cada hora sobrevuelan nuestras cabezas 3.900 aviones y, en un día suben a la estratosfera 93.000 de estos aparatos. La foto que he insertado sobre el título de este artículo, es la posición real de los aviones operados sobre la mayor parte de Europa en este preciso instante en que te escribo. Si cliqueas en este hipervínculo podrás seguir el movimiento de los aviones en tiempo real en cualquier lugar del mundo. Te prevengo  de que, vienen a guardar un cierto parecido con el comportamiento de las amebas observadas al microscopio en su deambular por el líquido elemento. Estos aparatos, los aviones, vuelan porque el ingenio humano descubrió que, si perfilaba las alas con un ángulo concreto, el aire circulaba más deprisa por la superficie superior que sobre la superficie inferior. Según el principio de Bernoulli la presión atmosférica en la parte superior del ala se reduce, por lo que el avión tiende a elevarse a partir de una determinada velocidad. Si se reduce la velocidad por debajo de un límite, el peso del aparato vence a la fuerza de sustentación derivada de la diferencia de presiones en las alas, y se precipita.

Que el avión se precipite por un fallo de potencia, pérdida de parte de su estructura, o avería en los elementos esenciales de vuelo, viene en los manuales. Que el copiloto que lo opera empuñe el joystick con su mano derecha, presione con el pulgar el botón rojo para desconectar el piloto automático y, de seguido, lo empuje hacia adelante con el fin de que el timón de cola baje, no está en los escritos. Que no apriete el botón de apertura de cabina para dejar pasar a su comandante que viene de aliviar su vejiga, y que no conteste a los controladores aéreos, tampoco está descrito. En esa posición de vuelo, el avión amorra, al igual que tu mano si la sacas por la ventanilla con el coche en marcha y la inclinas hacia abajo. De persistir en esa posición, es cuestión de minutos que la trayectoria y la Tierra se junten en un punto. Pura geometría Euclidiana.

Era un martes de marzo, los Alpes estaban ahí, como podían haber estado el mar, una llanura de hierba, un aeropuerto o una ciudad. Los accidentes geográficos con los que se iba a encontrar la trayectoria del vuelo nº 4U9525, no estaban en la cabeza de nadie, ni siquiera del copiloto que luego volaría el avión contra las montañas. Dependían tan sólo de un azar tan estrambótico como el esfínter del comandante. Probablemente tengamos que agradecer al esfínter por avisar de la necesidad fisiológica sobrevolando los Alpes. Nunca sabremos si el copiloto, Andreas Guenter Lubitz, de haberse demorado la salida del comandante unos minutos, no hubiera decidido estrellar el aparato sobre alguna zona habitada.

Lo que viene después sí que está escrito, guionizado y pautado como un déjà vu. Los medios de comunicación salen de sus buitreras y planean sobre los aeropuertos de origen y destino, sobre el campamento base y sobre cualquier otro lugar donde hieda la carroña del dolor. Apostan sus cámaras y movilizan a sus rostros más populares para que capten y narren el dolor y las miserias ajenas. Ay del operador de cámara que no capte un brote de lágrimas, o la angustia de un gesto sombrío y arrugado por el dolor, o la flojera de las piernas de quienes son llevados en volandas… Ay del narrador que no tenga las palabras sollozadas de un familiar, un vecino, o un conocido. Ay del becario que no consiga entrevistas, que luego hará en antena la cara popular, a los psicólogos de cabecera, a los mandamases o mandamenos que transitan por allí, ya sea para sacarse la foto los primeros, sea para hacer su trabajo profesional los segundos.

Los adelantos técnicos permiten partir la pantalla en mosaicos para que nos puedan presentar la carroña en distintas ventanas. En la ventana central, los tertulianos de siempre opinan de aviación con un aplomo que, sobrepasa con creces al que pueda tener un nobel de física hablando sobre la mecánica de fluidos. En una ventana adyacente, la cámara de un helicóptero hace zoom sobre cachos de los restos del aparato, se detiene sobre el trabajo de un bombero que con las manos remueve la tierra para encontrar manos despiezadas, zapatos, jirones de camisas, restos de una pierna, carcasas de móviles, fragmentos de maletas, despojos de brazos, carteras, pasaportes de diferentes colores, andrajos de telas, troncos partidos, relojes rotos, pulseras, cráneos astillados, medallas… En las otras ventanitas tres caras de circunstancias, micrófono en ristre, esperan desde ambos aeropuertos y desde el campamento base, en donde despegan y aterrizan helicópteros, que el presentador de turno les de paso. Manda la cuota de pantalla y es bien sabido que, cuanto más morbo más asciende aquella y más cara se factura la publicidad que, a su vez, engorda la cuenta de resultados y, en secuencia lógica, ceba las cuentas corrientes de los propietarios del medio.

Otra escena que se repite, al igual que a Phil se le repetía el Día de la marmota en la película Atrapado en el tiempo, es la de los políticos. Salen escopetados desde allí dónde se encuentran al lugar donde se represente la tragedia. Alguien les ha dicho que esas fotos de caras descompuestas y ojos húmedos -puro fingimiento- les dan votos. Lo que es peor, han tomado la costumbre de  repetir las manidas expresiones de: “Nos solidarizamos con el dolor de las familias”. “Estamos aquí para  coordinar las labores de rescate”. “Lo importante es ayudar a las familias en estos momentos fatídicos”. Y lo sueltan de corrido, con el mismo ademán contrito con que los judíos introducen las súplicas en las rendijas del muro de las lamentaciones. De más les valdría quedarse en su sitio, no estorbar y dejar que los profesionales sin rostro, que no tienen que pescar ningún voto en ríos de aguas turbias, actúen con eficacia siguiendo los protocolos. Ya tendrán tiempo, en la misa solemne oficiada por el arzobispo en la catedral de la capital del reino, de ponerse la corbata negra, un traje oscuro y la careta de buenas personas, esa que da muy bien en todas las pantallas. Ya tendrán tiempo de valorar las actuaciones de los profesionales, juzgarlas, sacar las conclusiones y, aprobar cuantas medidas de mejoras sean necesarias para el futuro.

Si se confirma la secuencia de los hechos relatada por el fiscal del caso, ni autoridades ni medios están hablando con la propiedad debida. No es de recibo hablar de suicidio. Deberían decir que ha habido 149 homicidios y un suicidio. Item más, juristas tiene el Foro y a ellos apelo por si me equivocase, pero creo que en puridad la calificación ha de ser de asesinatos. La diferencia entre un delito y otro es, en este caso, la existencia de premeditación. Ignoro si el tal Lubitz llevaba meses, días u horas meditando sobre cómo estrellar un avión con sus pasajeros o, si fue un cruzado de cables que le sobrevino al ver salir al comandante de la cabina. Lo que parece constatado es que durante diez minutos, desde las 10:31 hasta las 10:41, tuvo tiempo de meditar  mientras quitaba el piloto automático y bajaba el timón de cola. Tuvo ocasión de abrir la puerta de la cabina cuando el comandante introdujo su código de acceso, de  contestar cuando le llamó por el interfono, de desbloquearla cuando el comandante –tal vez desesperado, aporreó la puerta. Tuvo la opción de contestar al controlador aéreo de Alta Provenza. Y tuvo, por último, la posibilidad, hasta el penúltimo minuto, de mover el joystick hacia atrás para elevar el timón de cola y evitar enterrar a todo el pasaje y a sus compañeros de tripulación contra el macizo de Trois Évêchés, a una velocidad de setecientos kilómetros por hora.

El dinero, tan miedoso y alérgico a las tragedias, ha huido en estos días de las compañías aéreas. Bien saben los de la billetera en el corazón que, al personal no le valen estadísticas. El personal se guía por las emociones que genera su sistema límbico; sí, el mismo que heredamos de los reptiles. Después de los días de machaque televisivo y periodístico, un viajero fumador que pudiera tomar un avión comprará un billete de tren; de nada sirve que le cuentes que, en España mueren al año 56.000 personas a causa del tabaco, como si todos los días del año se estrellara un Airbus 320 con 156 personas en su panza, como el que se estrelló el pasado martes. Tú mismo te pondrás al volante del coche esta Semana Santa, y te importará una higa que tengas 100 veces más probabilidades de quedarte tieso en la carretera que si viajaras en avión. No te aflijas, es el efecto combinado de la influencia de los medios y de tu sistema límbico. ¿Sabes que tienes una posibilidad entre 120.000 de dejar esta vida a causa de un atentado terrorista, mientras que morir por un accidente doméstico es de una entre 150? Y, sin embargo, te tienen acojonado con lo de Al Quaeda y lo del EI. Hay un programa de televisión muy ilustrativo de la cantidad de formas estúpidas de perder la vida, se llama, 1000 Maneras de morir. No te lo recomiendo, es entre muy morboso y demasiado patético.

Vivir es esa cosa rara que nos pasa de continuo. Y vivir tiene sus riesgos. El más severo es perder esa otra cosa, más rara aún, que llamamos conciencia de existir. Nos miramos de arriba abajo y nos decimos, estos 10.000 cuatrillones de átomos, tal como están hoy constituidos, son mi yo. Que 285 cuatrillones correspondan a bacterias que llevamos “adosadas” no es óbice para que siga siendo yo. Lo malo es que esa constitución es frágil y efímera, tiende a incrementar su entropía, es decir, a desordenarse. Cuando nuestros átomos se desordenen seguirán por ahí, tan campantes, formando otro caos de agua, ceniza, polvo… (con suerte algunos formarán parte del pétalo de una rosa).  Y ya no seremos yo. Que ese desordenen suceda después de ochenta o noventa años digamos, para entendernos, por causas naturales, es lo esperable.

Lo inesperado es que, a otros 10.000 cuatrillones de átomos constituidos en otro yo le entren las ganas de desordenarse y, de paso desordenar a 149 yoes. Lo absurdo es ponerle punto final a 149 historias y dejar quebradas y huérfanas las historias de sus familiares, sus amigos, sus conocidos. Pero la estupidez es, a veces, impenetrable, desconocida, y atenta contra la vida propia y la de los demás por la misma razón que se le da un puntapié a una piedra en el camino.

 J. Carlos

Asesores

Padrino

Nuestros gestores de lo público muestran sus carencias sin reparos. No tienen pudor en manifestarnos su inutilidad, al menos aparente, cuando para poder desenvolverse precisan disponer de un ejército de asesores. Esto de los asesores es como si tu estómago, tus riñones o tu hígado necesitaran contratar otros órganos externos para que les asesoraran en sus funciones y poder realizar su cometido. Al corazón de Nadal y al cerebro de Barbacid le lloverían los contratos. Los hígados de abstemios serían excelentes asesores, y no te digo las próstatas de los adolescentes, y las vejigas de los conductores, y las tripas de los vegetarianos… Suena raro ¿no? Pues que sepas que, Rajoy tiene contratados a 578 de los susodichos. Zapatero, que se supone era más estólido, disponía de 629. Ana Botella, en el ayuntamiento de Madrid, cuenta con una tropa de 213. En los tiempos del Faraón de Madrid (Gallardón), el número de sus mesnadas en el ayuntamiento de la capital, se elevaba a 301; sin contar el mayordomo personal, cuya labor consistía en franquearle las puertas del ascensor privado y servirle el café en porcelana de La Cartuja de Sevilla. Que entre las huestes de Rajoy, 68 no tengan ni el graduado escolar es peccata minuta. Lo que sí acreditan todos, es el carné del partido en la boca o, en su defecto, vínculos familiares –una hermana  y un hijo de Esperanza, la condesa consorte, cobran de asesores de ayuntamiento y del ministerio de Economía, respectivamente- o, ambas cosas a la vez. Ya se sabe que, la familia que cobra unida, permanece unida, y hoy por ti y mañana por mí.

Esta semana nos hemos enterado que un asesor del ministro Montoro, Rogelio Menéndez, a la sazón, hermano del Director de la Agencia Tributaria, es el autor del informe en el que, con el afán de exonerar de delito al partido que luce en su carné, se compara al PP con Cáritas y la Cruz Roja. Las comparaciones son odiosas, y algunas son especialmente torpes, de ahí a colegir que los partidos también dan de comer a mucho indigente… (mental), hay sólo un paso. Ya que estamos, nos gustaría saber qué asesor blanqueó las facturas falsas de la infanta, más que nada para conocer la marca del jabón legal mágico con que hizo la colada. Pero a lo que íbamos, hay semanas que las carga el diablo, y hay asesores que faltaron a la clase de informática donde se explicaba que, cualquier documento Word deja huella de quién lo escribe, dónde y cuándo. Al tal Menéndez le han pillado con la pistola humeante y residuos de pólvora en las manos. Todo porque los trabajadores del Juzgado nº 5 de la Audiencia Nacional, tienen mala fe, es recibir el informe de Hacienda y no se les ocurre otra cosa que pinchar en propiedades. Estos funcionarios judiciales, sin querer, han mentado la bicha, han abierto la caja de Pandora, han desatado la caja de los truenos… ¿Por qué?, pues porque ahora ya sabemos para qué sirven los asesores.

Mira tú por dónde, el común de los mortales ha visto El Padrino y su saga, -es que Coppola ha hecho mucho daño- y ha ido atando cabos. Vaya a ser, se ha dicho, que esto de la asesoría no sólo sea para pagar favores de partido y lazos fraternos. A lo peor, se ha seguido diciendo, es que los funcionarios no están dispuestos a ponerse a tiro de la prevaricación ni a avenirse a componendas ilegales. Mira tú por dónde, sigue reflexionando, va a ser que los que gobiernan necesitan una milicia bien engrasada que, con la promesa de salarios presentes e inmunidades futuras, esté bien dispuesta a: fusilar informes, trocear contratos, disparar contra el espíritu de la ley, acuchillar el sentido común, retorcer el cuello de la interpretación legal, bordear el delito secundum legem, vadear las aguas turbias de los cohechos propios e impropios… Ahora sí, concluye su meditación transcendental, se explica la abultada nómina de asesores, pero Coppola no los llamaba así. ¿Cómo los llamaba…? Lo tengo en la punta de la lengua.

J. Carlos

Cosas de la evolución

evolución

Hace algo más de cinco millones de años una rama de monos se puso de pie. Seguramente no tenían suficiente alimento que llevarse a la boca y, se irguieron, con el propósito de desplazarse a grandes distancias para buscar comida. Fue el hambre la que nos trajo hasta aquí y nos hizo sabios. Y la valentía. Hubo que vencer el miedo a bajarse de los árboles y, ya en tierra, quedar a merced de cualquier depredador. La otra rama de monos dieron lugar a los chimpancés, que siguen a cuatro patas. La postura erguida liberó también las manos de la servidumbre en la permanente búsqueda de asideros. Esa liberación de las manos daría lugar primero, a la utilización de elementos de la naturaleza como herramientas y, más tarde, a la fabricación de las mismas. He aquí el auténtico milagro, que tuvo lugar hace unos dos millones de años: desde que el homínido se inicia en la industria lítica, el cerebro le crece más del triple en relación con el del chimpancé. Esto lo explica Pepe Cervera de forma deliciosa en, Aspectos de la evolución humana en que no solemos pensar

La inteligencia nunca viene sola, el homínido pronto se percató de que el cerebro aislado es como una rosa en un desierto y que si se ponían a trabajar los cerebros en red, los efectos se multiplicaban. Había que formar grupos, socializar y establecer criterios racionales para repartir las tareas y resolver los conflictos. El poder de la tribu se trasladó desde el más fuerte físicamente al mejor dotado, más taimado, más listo, o aquél que tuviera más edad o experiencia. Que las tribus masacraran a otras tribus para “apoderarse” de lo que su inteligencia social había producido (…y de sus tierras, sus mujeres, sus hijos, incluso, de su cultura), son daños colaterales de la evolución.

Para que los cerebros trabajaran en red, era preciso utilizar interfaces adecuadas que los comunicaran entre sí. Los monos ya utilizaban los cinco sentidos que les traducían el lenguaje corporal de sus semejantes, incluso se valían de un lenguaje limitado de gestos para interaccionar sus cerebros. Pero los gestos y los signos tenían un espectro muy limitado, se precisaba de una interfaz más potente. Surge el lenguaje hablado, una conexión que está plagada de imperfecciones, pero que sumada al lenguaje corporal de gestos, signos y emociones, supuso un avance cualitativo en la cooperación de los cerebros y su puesta en red. La palabra hablada exigía que, gran parte de la capacidad cerebral se dedicara al almacenaje de ese conocimiento que se transmitía oralmente. Cuando el homínido consigue reproducir los signos y las palabras en piedra, el conocimiento puede ser almacenado y guardado fuera de la cavidad craneal y se libera capacidad memorística. Con el tiempo, a la piedra se le añaden otros soportes físicos como el papiro y el papel. El problema es que la escritura y la lectura eran actividades muy restringidas, dominadas por las clases dominantes -siempre religiosas y administrativas o políticas- y, por tanto, la red de cerebros conectados era mínima.

El maguntino Johannes Gutenberg, con su invento de la imprenta de tipos móviles (hacia 1440), vino, sin querer, a revolucionar las capacidades del cerebro del homo sapiens. El conocimiento humano ya tenía un soporte en el que almacenarse –el libro- relativamente barato, que reunía las características idóneas para que llegara a las masas porque era económico, copiable, ligero y de sencilla utilización. Sólo –y era mucho- se requería saber leer. Hasta la siguiente fase, que fue la democratización del conocimiento, pasaron casi cuatro siglos de nada. Se consiguió con el aprendizaje masivo de la lectura y la escritura, a través de la universalización de la enseñanza y la universidad. Por primera vez en la historia, manadas de personas trabajaban juntas, cada cerebro conectaba con millones de cerebros multiplicando los efectos de computación y, liberando memoria, porque el soporte libro almacena el conocimiento que antes debía de guardarse en la cabeza de cada quien. Y, lo más asombroso, cada cerebro conecta no sólo con los cerebros vivos, sino con el conocimiento que dejaron escrito los cerebros que -hace siglos, años, o días- empolvaron la tierra.

Pero los caminos siempre tienen sus peajes, los países más ricos y las clases dominantes acumulan más conocimiento, lo que redunda en más poder que, a su vez, les proporciona mayor acceso al conocimiento y, en un bucle interminable, mayor capacidad para que otros cerebros dediquen sus esfuerzos en hacerlos más poderosos cada día. Afortunadamente, la evolución sigue su curso como un río caudaloso y, de poco vale que hayan tratado de embalsarla a lo largo de la historia con diques religiosos, territoriales, culturales o políticos. Cuatro hombres, Vinton Cerf, Robert Kahn, Tim Berners-Lee y Larry Roberts parieron en sucesivas fases, lo que hoy se conoce como Internet. Un instrumento, en principio, banal, que trataba de que el homínido se pudiera comunicar por escrito instantáneamente, sin la demora que suponía el correo ordinario, ni la premura que exigía la comunicación telefónica. Desde la primera red interconectada el 21 de noviembre de 1969 entre las Universidades de Ucla y Stanford, hasta que en 1990 se crea el primer servidor Web con el lenguaje HTML, pocos podían prever que esta nueva herramienta iba a superar a la imprenta de Gutenberg, en el viaje alucinante desde que nos pusimos de pie hasta la interconexión de los miles de millones de cerebros humanos para trabajar juntos cooperativamente, en manadas. Estos cuatro hombres han puesto las bases para democratizar plenamente el conocimiento, para permitir una alta interconexión de los cerebros y, sobre todo, para preservar y almacenar en esa tupida red todo el saber humano. Me dirás que la Red tiene mucho ruido, que el noventa por ciento no es conocimiento, sino chismes, vanidad…, seguramente. Pero no creo que tenga más ruido que tu cerebro o el mío porque, tanto el ruido como el conocimiento que hay en la Red, vienen de nosotros mismos.

Después de la Red, la evolución sigue sin ser un cuento de hadas. Hay miles de millones de personas sin acceso, miles de millones de cerebros cuya preocupación no es interaccionar con otros, sino buscarse la manduca para consumir la glucosa necesaria que les mantendrá vivos. Se mantiene el bucle de forma que, quienes mejor manejan la Red más poderosos son y más cerebros esclavizan para mantener ese dominio. En la era de Internet, las tribus siguen rompiéndose la crisma a tiros o a bombazo limpio. Y, lo que es peor, hoy, cinco millones de años después de que el homínido se separara del mono, hay confinada en forma de energía atómica, capacidad letal suficiente para que los seres vivos más grandes que queden sobre la Tierra sean las cucarachas.

Sería un final estúpido, pero como relato sería soberbio: El mismo homínido que consiguió ponerse de pie y emprendió un viaje de cinco millones de años hasta dejar su huella en la Luna, el mismo que logró meterse el universo en la cabeza y reducir a los dioses a un simple placebo de las conciencias, se hace el haraquiri arrojándose a la hoguera de la vanidad humana. ¿No es genial? Como relato, digo.

J. Carlos

El efecto lupa

Lupa

La lupa es una lente convergente que crea una imagen virtual ampliada del objeto enfocado. Se atribuye su invención al inglés Roger Bacon allá por el 1250. Aunque quizá la primera lente la construyó Aristófanes, en el 424 a.C., con un globo de vidrio soplado, lleno de agua.

Este artilugio que suele formar parte del paisaje de nuestros cuartos de baño, tiene la desconsideración de mostrarnos cada mañana las imperfecciones, las manchas y el deterioro progresivo de nuestra piel. Le acercamos nuestra cara, recomponemos con premura los quebrantos, y apartamos la vista con urgencia para enfocarla en la superficie pulida del espejo, que nos devuelve una imagen mucho más amable, dónde vas a parar.

En nuestra forma de proceder utilizamos habitualmente el efecto lupa. Enfocamos todos nuestros sentidos sobre un objeto para conseguir una imagen ampliada que nos permita desentrañarlo. Lo hace el auditor cuando analiza la empresa, acercando todos los números a su foco para conocer la imagen fiel de la misma. El comercial amplia las bondades del producto para venderlo mejor. El cineasta te proyecta su obra en pantallas gigantes, y a oscuras, para que la aprecies en todo su arte. Cada uno de nosotros amplifica aquello que le interesa, si esperas un hijo verás niños y embarazadas por la calle, si compras un modelo de coche encontrarás por doquier el mismo modelo y del mismo color, si te dejas barba te sorprenderá apreciar la cantidad de barbudos que pululan por ahí. Ya no te digo en caso de profesar una creencia o tener una ideología muy asentada, cualquier gesto de los tuyos o de los otros, serán argumentos para perseverar en tus ideas o creencias. Te advierto que, si eres apasionado de algún deporte y seguidor de un equipo, el efecto lupa se multiplica.

De lo que quería escribirte, porque yo he venido aquí a hablar de lo mío, es del efecto lupa en la sociedad. Verás, allá por los años sesenta del pasado siglo, la vida en un pueblo pequeño estaba sometida a una lupa de considerables aumentos. Cualquier cosa que hicieras o dijeses podía ser vista, oída e interpretada a tu favor y, casi siempre, en tu contra. A nadie se le escapaba quién estrenaba zapatos o vestido, cuántos copas había trasegado el hijo de fulano, o los correazos propinados en el corral por un padre a un hijo por alguna trastada. Si acontecía algún desliz impropio, el rumor o la noticia llegaba pronto a la oreja del propio interfecto. Teníamos hasta el personaje de La radio (la pobre Ladis –vaya aquí mi sentido homenaje-). Era una solterona, mayor ya, pobre de solemnidad, que vivía de la caridad en oficios que prestaba como criada. Cuando se enteraba de una noticia cogida al vuelo, llamaba a la ventana de cada vecina para transmitírsela al oído, con voz queda y tartamuda, pero con el empaque de una primicia. Los novios para darse un beso furtivo nos pagaban hasta dos perras gordas a los niños para que, a cantazos, rompiéramos las bombillas que alumbraban tenues las esquinas. En el baile, en sillas de madera y esparto apostadas al lado de las paredes, estaban las viejas, con el ojo avizor para medir los centímetros que separaban a las parejas de baile; algunas de las mozas perdían allí su honra si atendíamos a las conversaciones con la bocas torcidas y el ademán inquisidor del singular tribunal. Faltar a la misa mayor el domingo era señal inequívoca de que eras un sacrílego; siempre se pensó que un vecino que salía de casa montado en su burro cuando tocaban las últimas, se dedicaba a mermar la cosecha en las fincas de sus convecinos.

Los pueblos mermaban y las ciudades crecían, en éstas se diluía el efecto lupa. Era la libertad, o eso creíamos. Aunque soy de los que pienso que, quitarnos de encima la losa del qué dirán, sirvió para romper muchos moldes de usos y costumbres anclados en el fangal de la dictadura. Después vino la transición, la libertad de prensa, el capitalismo de los neocom que quitó la lupa sobre el sistema financiero y nos dio de coces en nuestros culos. Lo más curioso vino mucho después, el sistema ha creado lupas para que, mismamente nosotros, las enfoquemos sobre nosotros mismos y lo hacemos encantados. El personal se vuelve loco por enseñar sus miserias en los realitys, cuanto más roña intelectual o moral enseñen más venden. Colgamos en las redes sociales pedazos de nuestras vidas y las de los demás sin pudor; de hecho, hay gente que se graba las veinticuatro horas del día, incluyendo comidas y deposiciones. O hemos perdido el sentido del ridículo, o la soledad aprieta o, tal vez, el narcisismo sea nuestra asignatura pendiente. Quizá las tres proposiciones son ciertas.

Esta lupa orweliana que nos escudriña tiene su cruz, pero también tiene su cara. Gracias a ella conocimos la bajeza moral de aquellos que, desde lejos, parecían las linternas sociales que nos alumbrarían el camino del siglo XXI. Ahí quedan para la historia de la iniquidad, la foto del trío de las Azores, hoy multimillonarios, a los que no parecen pesar los muertos que llevan a sus espaldas y el desaguisado que produjeron. Snowden nos amplió la imagen del amigo americano, para que observáramos cómo éste tenía un ojo múltiple enfocado sobre cada uno de nosotros. Falciani puso la lente para que convergiera sobre las cuentas del HSBC, y descubrimos el amor que profesan a la patria aquellos que presumen de pulserita roja y gualda. Algunos jueces se han empeñado en ampliar la imagen de quienes nos daban lecciones de ética, y han constatado que el refrán, dime de qué presumes y te diré de qué careces, se cumple con precisión milimétrica. Otros jueces han fijado la lupa en los gestores de lo público, y se han llevado la sorpresa de que hacían juegos malabares para pasar a sus bolsillos los dineros de todos. Las hemerotecas son una fuente inagotable de efectos lupa, basta que un personaje público diga, haga u omita algo para que, si lo pasas por el tamiz de la hemeroteca, quede en evidencia.

También es cierto que, si acercas la lupa a cualquier figura insigne de nuestra historia la veremos, como nuestra piel en el baño, sucia y cuarteada, por más que la observes a la luz de su contexto histórico y le apliques una indulgencia cuasi plenaria. Es todavía peor si pones la lupa sobre los genios infames o los impostores. Javier Cercas es un experto en hacer converger la lente de la literatura sobre hechos históricos y personajes impostados, ahí tienes Anatomía de un instante y El impostor.

Supongo que es mejor no preguntarte: ¿si te hubieran dado, en aquellos años de vino, rosas e impunidad, una tarjeta black, la hubieras rechazado? No me respondas, hazlo por lo bajini y para ti mismo, pero no te mientas. Pienso, como el filósofo Manuel Cruz, que, persisten actitudes y vicios asociados con el franquismo (el clientelismo, la endogamia, el amiguismo, la patrimonialización de lo público, el enchufismo…).

Hay otro efecto lupa, lo cuenta el historiador Luciano de Samosata. Parece ser que, durante el sitio de Siracusa (213-211 a. C.) Arquímedes repelió un ataque naval de los romanos con fuego generado por “el rayo de calor”, un conjunto de espejos que concentraban la luz sobre un barco hasta incendiarlo. Cuando me compraron la primera lupa jugué, como todos los niños, a quemar un trozo de papel al sol. Te confieso que, ahora disfruto viendo cómo se queman al sol social los Ratos, Blesas, Urdangarines, Bárcenas… Lo llaman pena de telediario. Qué poético. Ahora que recuerdo… también había niños que cogían la lupa y se entretenían achicharrando cucarachas.

J. Carlos