Archivo mensual: octubre 2018

Esencia

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La esencia es una construcción de la mente. Si te acercas demasiado a un cuadro verás un sin fin de pinceladas, has de alejarte para que las sucesivas trazas de óleo y pigmentos de colores encuentren un patrón en tus neuronas y te desvelen su esencia. El microscopio se inventó para encontrar la esencia de las cosas, sin caer en la cuenta de que cuanto más nos adentramos en lo minúsculo más nos alejamos de su esencia. Una mirada, una sonrisa o la secuencia de una hoja navegando en el aire cambian la química de tu cerebro, esa fragancia queda impregnada en tu recuerdo y nunca se agota. Esa es la esencia de las cosas y no la miríada de átomos que forman la pupila que te mira, los labios que sonríen o los lóbulos de la hoja que vuela.

El matemático polaco Benoît B. Mandelbrot descubrió que las formas de la naturaleza obedecen a patrones irregulares que se repiten hasta la saciedad como los pétalos de una rosa, la formación de un copo de nieve o las ramificaciones de tu sistema nervioso. En esa simetría fractal reside la belleza. Por eso la música y la poesía y la arquitectura siguen patrones de escalas como los fractales.

Quiero con ello decir que para que tu mente construya la esencia de las cosas se requiere un proceso de repetición de patrones en forma de fractales. Necesita el vehículo de la belleza.

Los sumos sacerdotes de todas las religiones, los emperadores y los reyes se han rodeado siempre de belleza para divinizarse. Pirámides, catedrales, castillos, palacios, ropajes exóticos que multiplican su envergadura, mitras, palios, coronas, pedrería para reflejar la luz y dar la sensación de que de ellos emana un halo de mágicas virtudes. Necesitan el boato para que se instale en tu mente la esencia de su poder y precisan que repitas sus mantras, jaculatorias, suras, salmos e himnos porque guardan el mismo patrón de belleza que los fractales.

Los bancos y las grandes empresas precisan también de la belleza para venderte su esencia. Edificios imponentes, mármol y moqueta, directivos rodeados de escoltas que suben en coches blindados vestidos con trajes ingleses, zapatos italianos, relojes suizos.

Steve Jobs supo verlo mejor que nadie. Hacía las presentaciones de sus productos en vaqueros, pero creó el teléfono inteligente más bello del mundo para venderte la esencia de la tecnología.

Desde el siglo de las luces para acá se han derribado muchos mitos aplicando la lupa de la ciencia. Cuando hemos sido capaces de aislar la belleza y penetrar en la esencia de las religiones y del poder hemos descubierto, con decepción, que la divinidad era un espejismo.

En sustitución de las divinidades nacieron las instituciones democráticas, pero como conocemos la naturaleza humana les dotamos de unos ciertos formalismos que simbolizan la belleza para que nuestro cerebro sepa reconstruir su esencia. Ahí tienes al poder judicial sentado dos palmos por encima del común, vestido con toga negra y puñetas caladas para que imparta justicia. Ahí tienes al poder legislativo sentado en su hemiciclo de maderas nobles coronado por la tribuna del pueblo donde los oradores esgrimen su mejor dialéctica. Ahí tienes la Institución universitaria donde los sumos sacerdotes, en los actos académicos, se pavonean con sus togas, mucetas y birretes. Hay belleza en los palacios del poder y en sus salones repujados en terciopelo. Hay belleza en los coloridos trajes talares de sus representantes, incluso en sus ternos azules y sus vestidos de Zara. Hay belleza en sus miradas y apostura cuando hablan subidos a sus tarimas o en los platós de televisión.

Claro que su belleza se desvanece si metes las cámaras en sus narices y descubres  a un juez dormido en una vista por violación múltiple, a otro juez que llama hija de puta a una mujer maltratada y al Presidente de una Sala del Supremo “secuestrando” una sentencia; o cuando adviertes que el Parlamento no es un lugar de debate, sino un escenario barroco donde se lanzan tuiterías a la cara los unos a los otros; también cuando se revela que la Universidad expende títulos como regalías a los que están ungidos con los santos óleos del poder.

Sin la belleza se deconstruye la esencia de nuestras instituciones, y corremos el riesgo de que cualquier trumpista se adueñe y se cisque en nuestra democracia. El problema no es la lente  que muestra la degradación de los sillares de los palacios o el desgaste del raso en la manga de las togas, el problema es que algunos de los que nos representan no cumplen con el canon de belleza que exige un Estado social y democrático de derecho.

J. Carlos

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 ­­­­Microrrelatos III

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Paloma

Me bautizaron dos veces. La primera vez el cura pronunció el nombre de Cecilia mientras derramaba sobre mi cabeza el agua bendita. Antes de concluir el rito entró por el ventanuco del baptisterio una paloma blanca cargada con la luz del sol a la espalda. Mi tía Luisa, la monja, cayó extasiada de rodillas exclamando: “Es el Espíritu Santo que viene a darnos una buena nueva, esta niña tomará los hábitos y consagrará su vida a Dios”. Después exigió al oficiante que me bautizara como Paloma. Mis padres de natural pacífico se encogieron de hombros. De nuevo inclinaron mi cabeza sobre la pila y el cura, un poco molesto, volvió a sacramentarme, esta vez con el nombre de Paloma.

Con el tiempo supe por mi padrino que aquella noche los convidados a la cena, ente ellos mi tía la monja, se zamparon al Espíritu Santo. Y, según mi madre que lo desplumó, en su plumaje abundaba el gris y escaseaba el blanco.

 

El armonio

En el Museo diocesano he encontrado expuesto el viejo armonio que perteneció a la capilla del colegio.

A la capilla se accedía desde el patio. A veces entrábamos para tocar unas notas y para esconder los libros prohibidos. Accionabas una lengüeta de madera y se abría la tapa. Un día que el padre Prieto ensayaba el Aleluya de Haendel, advirtió que al instrumento le faltaba el aire. Cuando lo abrió se encontró con que la novela Sinuhé el egipcio impedía que el fuelle se llenara de aire. Aquella noche nos tuvo formados en camiseta y calzoncillos durante una hora pero nadie dio un paso al frente.

Aprovechando la soledad de la sala del museo, aprieto el resorte para que ceda la tapa e introduzco la mano. No hay libros. Recorro con los dedos el suelo polvoriento de la caja de madera hasta tropezar con el papel recortado de una fotografía.

En blanco y negro satinado se ve a la clase entera mofándose de Miguel que se dirige, cabizbajo, a su asiento. En una hoja de papel pegada a su espalda dice: “Soy maricón”. Allí estoy yo en la tercera fila, sentado encima del pupitre, participando del jolgorio.

Miguel se despeñó un domingo de febrero en la sierra de Gredos. Su familia afirmó que había sido un desgraciado accidente.

 

Sombra

Su padre lo medía desde que era niño en la fachada de su casa. Era un ritual que se repetía todos los años el primer día de primavera. No lo medía directamente, medía la sombra que proyectaba. Y siempre a las nueve en punto de la mañana. Él se mantenía firme y con los pies muy juntos sobre el mismo baldosín del pavimento.

Heredó de su padre la casa y la manía de medirse. Su mujer constata cada año que la sombra se mantiene a la altura de la raya verde de cuando tenía diecisiete años. También sabe que desde que cumplió los cincuenta su marido adelanta el reloj.

 

Infarto

Laura estaba ya en el vestuario. Antes de quitarse la bata verde sacó el móvil de la taquilla, nunca lo llevaba consigo en el trabajo. Había un mensaje. No pudo leerlo porque la estaban llamando por megafonía para que acudiera al quirófano dos.

“Varón de cuarenta y tres años, infarto agudo de miocardio, le han reanimado dos veces en la ambulancia, está fibrilando”.

Sobre la mesa de operaciones vio la cara de Ramón, cianótica. Se quedó paralizada. No habían transcurrido ni doce horas desde que lo había despedido con un: “Eres un cobarde, nunca la dejarás, lo nuestro se acabó”. La ayudante le estaba gritando: “Está en parada, está en parada”. Pidió palas, consiguió reanimarlo. Después lo abrió en canal. Le dio tiempo a ver el costurón que rajaba su ventrículo izquierdo y a tomar el corazón en su mano para recoger el último latido.

Se quitó el gorro y los guantes, se lavó las manos. Ya en el pasillo sacó el móvil del bolsillo y abrió el mensaje de Ramón: “Si me dejas se me partirá el corazón”.

La enfermera le informó que en la sala contigua esperaba la mujer del paciente.

 

Foto

No escribo libros como Salman Rushdie o Roberto Saviano. Soy un simple turista que viajó a un país de Sudamérica y subí unas cuantas fotos a Facebook. Una de ellas era de una ventana  entreabierta con el marco vencido por el tiempo, la pintura blanca desconchada, los cristales sucios. Dentro se apreciaban poco más que sombras.

Después de que reventaran mi casa con goma dos me explicaron que, la policía de aquel país había iluminado aquel retrato y resulta que las sombras eran generales conspirando. Al parecer yo había parado un golpe de Estado.

Las sombras están en la cárcel, pero yo no puedo ir al wáter antes de que mi escolta escudriñe cada rincón del cuarto de baño.

 

Morbo

Ayer estuve en el tanatorio. A Blanca, la del tercero, le ha sorprendido la muerte durmiendo. “Cuando desperté ya estaba fría”, -me dijo Berto, su marido.

No he pegado ojo en toda la noche. Resulta inquietante que alguien muera dos metros por encima de ti, apenas separados por un tabique de bovedillas de diez o veinte centímetros y en la misma posición en que tú duermes, la cabeza apuntando al este. Lo sé porque frecuenté su cama.

Ya no podremos sincronizar nuestros relojes para yacer los sábados a la noche, al mismo tiempo, cada uno en su casa con su pareja, separados por dos metros de altura y un tabique de bovedillas de diez o veinte centímetros. Y luego contárnoslo los jueves por la mañana en su cama o en la mía.

 

Atraco

Tenía un huerto en una esquina de la ciudad donde no llegaba la luz de las farolas. Harto de encontrarse cada tanto con cadáveres baleados o apaleados había estacado una cruz con un cartel que rezaba: “Se prohíbe botar muertos”.

Le atracaron una noche que venía de arrancar las malas hierbas. Iban en coche. Le abrieron la cabeza con un bate de beisbol. El botín fue escaso: Un reloj, la cadena de plata con la medalla de La Milagrosa, las zapatillas sin marca y el azadón. Y ciento veintidós pesos.

Entre los tres arrastraron su cuerpo inerte hasta el solar más próximo. Al leer el cartel les entró la risa floja y lo arrojaron a la parte más oscura, a la de tres. De vuelta al coche el cabecilla, devoto de la Santa cruz, decidió que debían obedecer para que no les cayera alguna maldición. Metieron el cadáver en el maletero, salieron de la ciudad y lo arrojaron a un pozo.

El hortelano despertó con el agua al pecho, los miembros rígidos a punto de congelación, sangraba por boca y oídos. Arriba fosforecía un círculo muy tenue cuajadito de puntitos de luz. Nadie le oyó gritar durante horas. Después, se quedó sin voz.

 

Raíces

Había cumplido los noventa. Los hijos que vivían en la capital se habían confabulado para llevarlo a la residencia el primer día de marzo.

En esta casa nací y en esta casa moriré”.  Así se lo dijo a la Emérita, la mujer que le hacía la limpieza y le preparaba la comida.

A la mañana siguiente la Emérita se encontró con la cama sin deshacer. Lo buscó por toda la casa. Estaba de pie en mitad del huerto con las piernas enterradas en la tierra hasta los muslos. Intentó escarbar con las manos, pero el viejo la apartó a bastonazos. Avisó a la guardia civil y a los hijos. Cuando estos llegaron desde la capital le quitaron el bastón y removieron la tierra. Ya era tarde. No pudieron sacarlo porque sus pies habían echado raíces.

 

Cuando cae el telón

Era una operación de apendicitis. El niño ya estaba en la camilla cuando llegó el cirujano. Se acercó, acarició su mentón y, para tranquilizarle, le dijo que si antes de dormirse pedía un deseo al despertar se habría cumplido.

“Pues lo que deseo es morirme.

Incrédulo el médico le preguntó porqué.

“Porque el abuelo dice que en el teatro, cuando cae el telón, salen los actores se cogen de la mano y saludan. Salen todos, también los que han muerto en escena. Y yo quiero cogerme de la mano de mamá y de papá.

J. Carlos

Vuelo

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La línea recta no existe, es una abstracción. La materia es circular o, al menos, redonda como el óvulo del que nacemos o la Tierra que habitamos. Quiere decirse que si vuelas desde Madrid en línea recta en cualquier dirección, cuando el morro del avión haya circunvalado la Tierra estarás de nuevo en Madrid. Sólo que Madrid ya no estará en el mismo punto del espacio interestelar porque la Tierra no se está quieta.

La historia también es circular, si analizas cualquier periodo histórico constatas que, cada tanto, se repite un baño de sangre. Pero la historia también se desplaza porque el tiempo no se está quieto y, a día de hoy, es incontestable que la historia de la especie humana constituye un triunfo sin paliativos. Cuatro botones de muestra: En cien años se ha multiplicado por cuatro la población hasta alcanzar los 7.450 millones. En ese mismo periodo la esperanza de vida se ha incrementado en veinte años. Muere más gente en el mundo a causa de la obesidad que del hambre. Los accidentes de automóvil causan más mortandad que las guerras, el hambre y el terrorismo juntos. Es tal el éxito que, en términos médicos, podemos afirmar que constituimos una pandemia que está diezmando el resto de las especies y que suponemos un riesgo cierto para la vida en el planeta. Siempre quedarán las cucarachas que, al parecer, son  inmunes a un holocausto nuclear.

Si pudiéramos construir un árbol genealógico que se ramificara desde el Australopitecos, cuatro millones de años atrás, no encontraríamos ningún ancestro que alcanzara, ni de lejos, nuestros actuales estándares de bienestar y supervivencia. Sin embargo, frente a esos datos incontestables, estamos convencidos de que la situación es mala y tiende a empeorar, sucede que nuestro cerebro sólo almacena los recuerdos de vivencias propias que se borran con la muerte y nosotros no hemos vivido guerras ni hambrunas ni hemos sufrido mayores infortunios. Los genes que heredamos en la línea sucesoria no almacenan emociones o sentimientos, sólo algoritmos para hacer frente a las adversidades y sobrevivir. Así que las proyecciones que hacemos sobre nuestro futuro se basan en nuestras vivencias, nuestros miedos, los conocimientos que hayamos podido adquirir y, sobre todo, en el relato colectivo que decidamos creer o que nos impongan. Si el relato es cooperativo, basado en el reconocimiento mutuo, la igualdad y el respeto hay progreso social, económico, científico y se destierran las guerras. Cuando el relato es de exclusión, ira, xenofobia, resentimiento y odio se produce un regreso y la guerra se coloca en la antesala de la historia. Hoy el relato ganador es el segundo.

Históricamente los relatos religiosos excluyentes diezmaron el mundo con tanta contundencia o más que las epidemias, los relatos económicos siempre han causado estragos ya sea conquistando nuevos territorios, ocupando colonias o, aplicando reglas arbitrarias en el tablero de la economía y, lamentablemente, el número de cadáveres que produjeron los relatos ideológicos del fascismo y el comunismo equivalen a todos los habitantes que hoy poblamos Alemania, Francia, España y Portugal juntos.

Aquí, en Occidente, después de la segunda guerra mundial con Europa en ruinas y con las pupilas desenfocadas ante las imágenes del horror nazi, ganó el relato de la democracia liberal. Una especie de democracia tutelada por los EEUU con ciertos rasgos compasivos donde cabía la caridad cristiana, pero no la solidaridad porque ese era un atributo de la clase obrera. La ficción de la democracia liberal se fue debilitando, no tanto por la lucha social de los sindicatos, cuanto porque supieron plantar ante las élites económicas el espantajo del comunismo que, por cierto, seguía asentando cadáveres en gulags, hambrunas y revoluciones culturales. Lo cierto es que a finales de los sesenta y hasta principio de los ochenta se impone la narración de la democracia social basada en el llamado Estado del bienestar.

La llegada al poder casi sincronizada de Tatcher y Reagan supuso una nueva reescritura de guión, basado en el más ramplón neoliberalismo, que fue calando en el imaginario colectivo, no sin traumas sociales, hasta sublimarse tras la caída del muro cuando las élites descubrieron que, detrás del espantajo del comunismo no quedaba más que el atrezo polvoriento de una tragedia colectiva.

La ficción neoliberal escrita por Hayek y Friedman alcanzó un éxito de tal calibre que llegaron a abrazarla con sumo alborozo socialdemócratas como Blair y Schroeder, también la suscribieron, en buena parte, Felipe González y Zapatero. El primero tapándose la nariz y el segundo por pura ignorancia. En descargo de Felipe es preciso matizar que España salía de un relato contado al alimón por un fascista y una caterva de prelados y de curas que profesaban un catolicismo de cruzada, cuyos fundamentos económicos fueron una autarquía onanista y, después de su colapso, un desarrollismo de pandereta a la lumbre del sol patrio.

Los factótum del neoliberalismo simplificaron todavía más su relato con ocasión de la crisis del 2008, echando la culpa de su estallido a los promotores del Estado del bienestar, pero silenciando que su causa directa fue la desregulación financiera y la desmedida codicia de sus mentores. Con esta doctrina, los llamados neocon, privatizan y encarecen los servicios comunes, dejan en cueros la sanidad pública, la educación y las pensiones; quiebran el principio de progresividad en los impuestos gravando más al rendimiento de trabajo que al de capital; la desregulación que imponen crea burbujas con la cadencia de un reloj suizo que, cuando estallan, no sólo generan un número cada vez más creciente de desempleados, sino que reducen el salario hasta el límite de condenar a la pobreza a muchos empleados; y, mientras abren de par en par las fronteras al capital, construyen concertinas para el trabajo. El relato neocon lejos de  fomentar el progreso armónico ha multiplicado la desigualdad hasta tal punto que, el 1% más rico del mundo posee tanta riqueza como el resto del planeta y, sólo 64 personas acumulan tanta fortuna como la mitad más pobre de toda la humanidad.

No parece sensato que nuestro cerebro colectivo siga apostando por una narración que dura ya más de treinta y cinco años y que nos tiene secuestrado el futuro. Pero los nuevos guionistas como Steve Bannon saben cómo excitar tu sistema límbico agitando el trampantojo del miedo: Los emigrantes te quitarán tu pan y el de tus hijos, impondrán su cultura por la fuerza, te someterán a la dictadura de sus creencias y violarán a tu mujer. O fomentando la insidia cuando afirma que la Unión Europea es una panda de burócratas que te roba (similar al Espanya ens roba de los independentistas catalanes, que es un calco del relato de Bannon). O con simplezas carentes de toda verdad: si a los ricos les va bien a ti te irá mejor, etc. Y aunque no consigan excitar tu sistema límbico, tiene su lógica pensar – tramposa pero lógica al fin y al cabo- que si todos los partidos han aplicado cuando gobiernan, con más o menos rigor, las recetas neoliberales es mejor votar a los auténticos, a los que tienen pedigrí.

Y en esas estamos, con los caudillos filofascitas como Trump, Orban, Bolsonaro, Le Pen, Salvini… gobernando ya o a punto de sentarse en las poltronas del poder. Ya les veo levantando el morro, dirigiéndose en línea recta hacia los nacionalismos forjados a finales de los años treinta del pasado siglo en un vuelo circular como la historia. La espoleta de aquella bomba de relojería que estalló entre los años 1939 y 1945 fue la crisis de 1929. La espoleta de la bomba que ahora están armando es la crisis de 2008.

Las armas las carga el diablo, las espoletas las inicia cualquier psicópata

J. Carlos