Archivo mensual: abril 2020

Tiempo inverso

Mientras cenábamos me fijé en el calendario de pared de la cocina donde mi mujer había puesto una equis sobre cada uno de los quince días que faltaban del mes. Había tachado el futuro en vez del pasado. Laura tiene algunas rarezas como leer las novelas empezando por el último capítulo, dice que debe conocer el final de la historia para sacarle todo el jugo al pasado, así que no pregunté. El próximo cumpleaños le regalaré Crónica de una muerte anunciada para que pueda empezar a leer por el principio porque desde el título ya se conoce el final. Después estuvimos viendo el informativo en el que dieron cuenta de un atraco a una sucursal de un banco con el resultado de un muerto. Por las imágenes parecía que el suceso había tenido lugar justo debajo de la oficina donde trabajo. Resultaba extraño que no me hubiera enterado y que los compañeros no hubieran hecho alusión al asunto. También vimos el programa de humor donde se humillaba a los concursantes y que tanto le gusta a los niños. Luego tocó hacer los deberes con ellos. Siempre soy el primero en salir de casa, más tarde Laura lleva a los gemelos al cole y ella se va a pasar consulta al Centro de Salud. Caminé hasta la esquina donde tenía aparcado el coche extrañado de que mi sombra y la de los edificios se alargara hacia el este. Arranqué y salí. Enseguida hube de frenar porque un vehículo venía marcha atrás pitando y su conductor hacía aspavientos con el brazo fuera de la ventanilla. Engrané la marcha atrás para que no me arrollara y conduje hasta el cruce para tomar la calle principal. Allí descubrí con estupor que todo el parque automovilístico conducía hacia atrás. Me amoldé a las circunstancias y descubrí que tenía mucha pericia, incluso frenaba en los pasos de peatones sin ver la luz de los semáforos porque estaban dispuestos en contra del sentido de la marcha. En la oficina, el trabajo fue tedioso porque tuve que cuadrar todos los presupuestos regionales con los objetivos de la compañía. Durante la comida los compañeros no hacían más que hablar del dichoso atraco, lo habían visto asomados a las ventanas. Una cosa estaba clara, había habido disparos, en lo que discrepaban era en si había heridos o muertos y si las víctimas eran atracadores o clientes. Fue raro también que el camarero empezara sirviéndonos el postre. La presentación ante el Comité de dirección duró cuatro horas, creo que salió bastante bien porque el jefe me palmeó la espalda. En un receso, los ordenanzas que servían el café comentaron que había varios furgones de policía abajo en la calle, frente a la sucursal bancaria. La pantalla sobre la que proyectaba mi presentación en la Sala del Consejo tapaba el reloj digital embutido en la madera que forraba la pared, cuando terminé mi exposición alguien accionó el interruptor para enrollar la pantalla. Quedaron a la vista sus dígitos de un verde fosforescente que marcaban las nueve horas a.m., los números del segundero iban disminuyendo como la cuenta atrás para enviar un artefacto al espacio. Al ver mi cara de asombro el Regional de Canarias me tocó el brazo para darme ánimos, debió pensar que eran los nervios por la presentación. Salí de la oficina cuando apenas quedaba una rodaja de sol y, otra vez tuve la sensación de que el mundo giraba al contrario, en vez de desaparecer por la sierra de Gredos se estaba poniendo detrás del barrio de Moratalaz y mi sombra alargada se perdía por el oeste. Entré en casa con la sensación de que tenía la cabeza mucho más despejada que cuando salí como si el trabajo me hubiese vigorizado en vez de cansarme. Desayunamos con los niños que estaban somnolientos, sólo despertaron cuando empezaron a lanzarse los cereales a la cabeza. Los metimos en la cama. El orden habitual es que, mientras me afeito Laura se mete en la ducha y antes de que ella salga entro para frotarnos las espaldas mutuamente. Cuando me metí entre las sábanas apagué la luz y la radio, nos dimos un beso y nos dormimos. Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que el tiempo discurría para atrás y mis hijos vivían sólo cinco años y cuando morían los enterrábamos juntos en el vientre de Laura. Después, volvía a enamorarme.

       J. Carlos

Jueves Santo de 2020, día 26 del confinamiento

Vivo en el número catorce de una calle perpendicular al Retiro. La terraza del ático donde leo todas las mañanas es como una estufa de invernadero, un cubo acristalado donde cultivo plantas y libros. Fui de los primeros en darme cuenta porque la luz cenicienta que caía sobre la página que estaba leyendo empezó a oscurecerse con grumos de sombra que discurrían por sus párrafos. Alcé la vista, tras el vidrio del ventanal se sucedían hilachas de humo negro que pronto se transformaron en una columna densa que ascendía con demasiada prisa hacia el cielo. Señal de que el viento que la arrastraba estaba muy caliente. Abrí la cristalera que se pliega como un acordeón para observar de dónde partía y, aunque cerré enseguida porque el aire arrastraba el humo hacia dentro, me dio tiempo de situar la fuente en el segundo piso, tal vez el tercero. El olor acre del humo, a plástico y barniz quemados, inundó enseguida la estancia y me puso en guardia como un animal en peligro. De niño prendí con una cerilla un bote de plástico, lo cogí entre las manos mientras ardía y me cayó una gota líquida en el muslo derecho, todavía se nota la marca. Desde entonces la combinación de fuego, humo y plástico me produce angustia.  Metí el libro y las gafas en un bolsillo de la bata azul y salí en pantuflas precipitadamente. Mientras aporreaba con el puño la puerta de los vecinos de  enfrente saqué el pañuelo para cubrirme nariz y boca. Abrió Celia, una chiquilla de ojos negros muy grandes y cara redonda, hija de la concertista de piano. Avisa a tu madre que hay fuego en el edificio y salid pitando a la calle, le conminé. Atravesé el pasillo y llamé también a los dos vecinos del rellano del otro lado de la escalera. Las hermanas Ginés pretendían utilizar el ascensor, las disuadí. Comencé la bajada de los escalones. La luz de las lámparas led se disipaba con el humo negro, fui tanteando agarrado al pasamanos. Por el hueco de la escalera se oían los gritos de Juan Carlos, el portero, mientras golpeaba con la palma de la mano las puertas de los pisos inferiores: fuego, fuego, abandonen el edificio. En el quinto una familia ya salía de casa, les pedí que advirtieran a su vecino y me fui al otro rellano para aporrear la otras dos puertas. La escalera ya se estaba llenando de gente, había una algarabía de pasos desbocados, suspiros, ayes y palabras quedas. En el descansillo del cuarto estaba el juez, que  es  el presidente de la Comunidad, con su mascarilla y sus guantes ordenando el tráfico. Preguntó si ya estaban avisados los dos pisos superiores, le contesté que sí. Fue entonces que caí en la cuenta de que había olvidado los guantes y la mascarilla. Me dispuse a subir de nuevo pero el juez se interpuso para impedírmelo, metió la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y me dio una mascarilla quirúrgica y un puñado de guantes azules de látex. A la altura del tercero había atasco porque los mayores bajaban muy despacio y algunos necesitaban ayuda. El invalido del tercero A, sentado en su silla de ruedas, apretaba desesperadamente el botón del ascensor, Juan Carlos trataba de disuadirlo y pretendía cargar con él a hombros, su señora lloraba y no se despegaba de él. Los dos hijos varones de los Sarasola, lo elevaron en vilo, metieron la cabeza bajo sus axilas y lo llevaron arrastrando los pies inanes por los peldaños. Cogí la silla, la plegué y cargué con ella hasta el siguiente recodo, me lloraban los ojos y empezaba a tener dificultades para respirar. Menos mal que bajaba Rodrigo, el dueño de la cafetería ubicada en la misma calle, dos manzanas abajo, y me la quitó de las manos. El humo salía de la puerta del 2º D. El portero estaba apoyado en la esquina de la pared contando a los que bajaban para cerciorarse de que ningún vecino quedaba rezagado. Le dio un ataque de tos, tuve que cogerle del brazo y tirar de él. Se quitó la mascarilla, estaba lívido. Me ahogo, decía con la voz tenue, no me entra el aire. Nos habíamos quedado los últimos, la escalera estaba franca, además, habían abierto las dos hojas de la puerta enrejada del portal para hacer corriente y el aire estaba menos turbio. Bajábamos casi a oscuras espantando el humo a manotazos, cargué su brazo izquierdo sobre mis hombros. Ya en el último tramo, dejando a la izquierda el chiscón de la portería, se desasió, echó mano en pared y vomitó sobre los últimos peldaños de la escalera. Desde allí se oían las explicaciones que el propietario del piso siniestrado le daba al juez: estaba hablando con mi hija la de Melburne y me olvidé que tenía la sartén con aceite en la Vitro, cuando vi las llamas que ya alcanzaban al extractor sólo me dio tiempo a retirar la  sartén, cerrar bien las puertas de la cocina para confinar al fuego y avisar al vecindario. El juez impaciente metió la cabeza tras el quicio de la puerta y nos llamó. Contesté: estamos aquí, ya vamos. Echó a correr hacia nosotros y sacamos a Juan Carlos uncido a nuestros hombros, casi a rastras. Tenía la cara blanca cuando lo dejamos sentado en la acera con la espalda reclinada en la pared y la cabeza gacha. Me impresionó el silencio a mi alrededor. Sólo se oían las persianas levantándose y el girar de los goznes oxidados de las ventanas por donde la gente asomaba la cabeza, también salían a los balcones. La mayoría levantaban el brazo para señalar el humo y se llevaban la otra mano  a la boca, en un gesto de horror, con los ojos puestos en la columna negra que crecía y disminuía a ráfagas. Las dos aceras y la calzada sin tráfico estaban ocupadas, a lo largo, por los setenta y tantos vecinos del inmueble, la mayoría llevábamos las mascarillas ennegrecidas. Unos calzaban un chándal, otros habían bajado en bata y pijama, como yo, alguno llevaba puesto el albornoz. Estaban situados a una distancia prudencial de unos dos metros, como exigían las medidas adoptadas por el gobierno para evitar contagios por el coronavirus. Resultaba curioso que los miembros de las mismas familias también respetaran entre ellos esa distancia de seguridad. Virgilio, el médico del 1º  D, permanecía aislado en medio de la calzada a más de una decena de metros del más próximo. Él mismo repetía con un hilillo de voz: no os acerquéis tengo el corona. Estaba en pijama temblando de fiebre. Desde una ventana del segundo piso del edificio de enfrente alguien le tiró una manta. Se negó a ponérsela, ni la tocó siquiera para no contagiarla. Don Servando, el párroco de la iglesia que acababa de llegar y venía sofocado de la carrera, cogió la manta y, desde atrás lo envolvió con ella, el médico intentó zafarse pero don Servando cerró los brazos sobre sus hombros y se lo impidió. Empezaba a llover débilmente. El juez hablaba por el móvil pidiendo una ambulancia. De las ventanas y balcones tiraban botellas de agua para que nos laváramos la tizne del hollín en la cara, también se lanzaban mantas y chubasqueros, los más ingeniosos ataban paraguas a una cuerda y los hacían descender hasta nuestras manos. Un poquito antes de que se empezara a oír de lejos el ulular de las sirenas, se escucharon los maullidos asustados de un gato. Don Virgilio cayó en la cuenta de que con la fiebre se había olvidado de su mascota. A pasitos cortos echó a andar hacia el portal mientras sacaba las llaves del bolsillo del pijama. El juez y el cura se pusieron delante para impedírselo. El portero, todavía pálido, se despegó de la pared y se ofreció para rescatar al animal. Tampoco le dejaron. Resulta suicida, sentenció el juez. De improviso apareció Celia, la hija de mi convecina, rompió la distancia de seguridad y le arrebató las llaves de la mano a Don Virgilio. Era la tercera vez que la veía en los últimos siete minutos pero hasta ese momento no había caído en la cuenta de que vestía una camiseta negra de tirantes que mostraba sus brazos y sus muslos plagados de tatuajes. A la carrera atravesó la barrera de humo del portal y se internó en la oscuridad. Ni el cura ni el juez ni el portero tuvieron tiempo de reaccionar. Su madre, que había adivinado sus intenciones, también corrió detrás de ella, incluso, consiguió asirla del brazo y retenerla un instante pero Celia logró desembarazarse. A la concertista la inmovilizó el portero a dos pasos de la entrada del portal. Se quedó mirando la bocana negra de humo a través de las lágrimas, después, hincó las rodillas, se echó las manos a la cabeza en un gesto de rabia y gritó: Celia, Celia, Celia… hasta enronquecer.  Me fijé en sus manos de dedos largos enredándose en el pelo y sus uñas pintadas de color marfil como las teclas de un piano. Le puse la mano en el hombro para que retrocediera porque se estaba atufando con la humareda que salía del zaguán. Entretanto, Don Virgilio, el médico, sentado sobre un coche aparcado, hipaba lastimeramente tras la mascarilla. El juez, para tranquilizarle, le explicó que según el propietario del piso incendiado los muebles de la cocina eran ignífugos. Celia es joven, continúo, el humo no va a poder con ella y los bomberos ya llegan, ¿no oyes las sirenas? Después de conseguir que la madre de Celia se retirase unos metros, hasta la calzada, volví la cabeza a la calle. El silencio pesaba más que el sonido estridente de las sirenas acercándose. Todo el mundo desde sus balcones y ventanas estaba expectante, con los ojos fijos en el vano del portal y la respiración quieta. Al fin apareció Celia con la cara ennegrecida y la melena negra cayendo de un lado, del otro tenía el pelo rapado al cero varios dedos por encima de la oreja. Alzó en el aire, como si fuera un trofeo, al siamés de color ceniza y ojos azules. Sonaron tantos aplausos y tan fuertes, a lo largo y a lo alto de la calle, que sofocaron el rugido estridente de las sirenas del coche de policía y del camión de bomberos que se veían ya doblando desde Menéndez Pelayo. Juan Carlos le tendió una botella de agua para que se quitaran el tizne y el juez, que tenía en los bolsos un surtido farmacéutico, sacó un bote de gel hidroalcohólico con el que se lavó las manos antes de abrazar a su madre. Mientras los bomberos hacían su trabajo vino una ambulancia con sanitarios que, embutidos en trajes especiales de protección, se llevaron a don Virgilio. Al gato se lo llevó el cura.

Cuando se fueron los bomberos también resonaron los aplausos. El fuego, afortunadamente, no había salido de la cocina que quedó reducida a escombros. Antes de subir a nuestras respectivas casas a cambiarnos y abrir puertas y ventanas para ventilar, el juez, como presidente de la comunidad, pidió voluntarios para ayudar a Juan Carlos en la limpieza de toda la escalera ennegrecida e inundada. Me sumé. A Celia y a mí nos asignó los cuatro tramos de escalera del sexto al cuarto pisos. Metidos en faena y, después de unos cuantos comentarios banales sobre la pandemia y el incendio, las desgracias que nunca vienen solas y la fatalidad de los años bisiestos, me atreví a preguntarle por qué había hecho aquella locura de rescatar un gato que, como se vio, habría sobrevivido igual. No me gustan los gatos soy alérgica, respondió, pero don Virgilio no se merece esto. ¿Qué es lo que no se merece?, pregunté. Me miró como quien mira a un extraterrestre y de un respiro me soltó: Usted lleva sólo unos meses viviendo en el edificio y todavía no conoce a la gentuza que hay aquí. Parecen majos en la calle aplaudiéndome por rescatar a la gata. También aplauden todos los días a las ocho de la noche a los sanitarios. No se engañe. Don Virgilio, continuó, es internista en el hospital de La Paz. Hasta hace unos días volvía a casa sólo a dormir y no todas las noches. ¿Sabe que le colgaron en la puerta un anónimo exigiéndole que se fuera hasta que pasara la pandemia? ¿Sabe que en cuanto causó baja por el virus hubo vecinos que llamaron al juez para convocar una Junta y echarle de su casa? Hasta Juan Carlos ha recibido amenazas de despido si le sigue haciendo la compra. Pregúntele, ande, pregúntele.

El domingo de Resurrección don Servando retransmitió la misa desde la iglesia de la parroquia en Streaming, vestía una casulla verde esperanza y espigas bordadas con hilo de oro. Oficiaba solo, sin fieles, a excepción, supongo, que de Celia. Mientras fregábamos las escaleras me había contado que operaría la cámara y, desde su portátil, enviaría la ceremonia a través de las ondas para que pudieran seguirla desde sus casas todos los parroquianos. En el sermón, muy emotivo, apeló a la esperanza de que este confinamiento nos hiciera más humanos y abogó por la resurrección de nuestros corazones. El siamés de don Virgilio anduvo remoloneando a los pies del sacerdote, luego se cansó, saltó a uno de los sitiales y se ovilló en su asiento de terciopelo rojo. Un rayo de sol filtrado por la vidriera iluminaba la ceniza de su pelo con una mezcla de amarillos y granas, por momentos parecía una lumbre en ascuas.

         J. Carlos

Sonámbulo

Le pregunté a mi psicoanalista por el significado de un sueño recurrente, que por cierto, le dije, es el único del que me acuerdo al despertar. Relátemelo, me pidió. Sueño que me levanto de la cama por la noche voy hasta la cocina y me sirvo un whisky, me acompaña una mujer joven de la que nunca recuerdo las facciones. Observo que a mi terapeuta se le agranda la pupila del ojo derecho, es éste un fenómeno curioso que le sucede cuando algo le produce asombro. Como conoce mi condición de abstemio, he de aclararle que en casa hay una botella de Ballantine’s porque mi mujer los domingos por la tarde, mientras yo dormito frente al televisor, se sirve medio dedo de whisky y otro tanto de agua en un vaso tallado de la cristalería que heredé de mamá. Después de preguntarme si la frecuencia era diaria, quiso saber todos los detalles. Me tumbé sobre el diván y le hice un relato pormenorizado. Pues sí que tiene usted un recuerdo vívido, exclamó. Apostillé que no era ninguna pesadilla, al contrario, confesé, me resulta muy grato. En vez de interpretar el sueño como correspondería a la gente de su oficio, cambió de tema. Al terminar la sesión, y antes de abrirme la puerta, me preguntó si de niño había experimentado algún suceso de sonambulismo. No, contesté tajante. Nos estrechamos la mano y me aconsejó que preguntara a mi esposa si había notado algo extraño últimamente mientras yo dormía. Asentí por cortesía, silenciando que Marieta toma una pastilla para dormir y cae en la cama con la solidez de un costal de trigo. En la siguiente sesión no sacó el tema, así que no le hablé del sarpullido que había brotado en mi mentón a causa, sin duda, de la inquietud por su insinuación de que mi sueño fuera la realidad de un sonámbulo. Esa misma tarde, decidí comprar una cámara de vigilancia que se conecta con el móvil. La instalé en la cocina, aprovechando que Marieta fue a la clase de baile de salón de los jueves, quedó muy bien disimulada porque la empotré en la moldura que une el armario vajillero con el techo. Por la mañana, en el desayuno, abrí la aplicación y mantuve pulsado el dedo para que el video pasara toda la grabación de siete horas en tres minutos. Tenía la taza en los labios cuando en la pantalla aparecieron unas figuras borrosas moviéndose en la cocina como autómatas, me atraganté con el café. Cliqué en el símbolo de la flecha para volver atrás la grabación hasta que volvió la imagen congelada de la cocina. Inicié en ese punto el visionado. Al poco, me vi entrando por la puerta, el reloj de la cámara marcaba las tres en punto. Me dirigía al estante de la cristalería para coger dos vasos, vertía un dedo de whisky y los dejaba sobre la mesa. Pasados dos minutos aparecía mi mamá de joven con el pelo negro encrespado y el vestido blanco de su foto de boda que tengo en el despacho. Brindábamos de pie, después, ya sentados, charlábamos y sonreíamos. Lástima que la cámara es de las baratas y no registra el audio, tampoco sé leer los labios así que ignoro nuestra conversación. Mamá se quedaba fregando y secando los vasos y yo me iba a la cama.

La noche siguiente no pegué ojo, seguramente no hubiese podido conciliar el sueño por el desasosiego, aún así, por si me entraba la modorra, me llevé un termo de café y cada tanto echaba un trago que amargaba en la boca. Me levanté una hora antes de lo habitual, no paraba de dar vueltas en la cama porque me podía la ansiedad de visionar la grabación. Me fui al despacho a oscuras, abrí el móvil y trasteé como el día anterior. Yo no aparecía, pero allí estaba mamá desde las tres y dos minutos. Sirvió dos whiskys y se quedó inmóvil mirando hacia la puerta de la cocina. Pasado un cuarto de hora le resbalaron unos lagrimones, se dio la vuelta y vació los vasos en el fregadero. Con delicadeza y morosidad procedió a lavarlos, los secó con un paño y, después de mirarlos al trasluz, los colocó en la estantería.

     J. Carlos

Capilla ardiente itinerante y Método para dejar de fumar

   

                                       Capilla ardiente itinerante

Con gran disgusto de los representantes de la Academia y de las más altas autoridades del Estado la capilla ardiente de la afamada pintora Lía Escolari se ha instalado en el museo que lleva su propio nombre, en vez de en la Academia de Bellas Artes. Para más inri su marido ha ordenado que se haga de forma itinerante pasando por todos las salas y permaneciendo dos horas en cada una. Fue la última voluntad de Lía, alegó. Ni los académicos ni las autoridades saben que ella pintaba sólo los bocetos que él ideaba y describía con todo detalle por escrito, era muy mal dibujante. Hacían el amor antes de comenzar una nueva obra y la primera pincelada llevaba entre la pintura acrílica una pizca de la carga genética de él. Cada vez que terminaba un cuadro lo hacían delante del lienzo todavía húmedo, sin barnizar, después Lía lo firmaba en azul zafiro. Al principio cuando tenían que vender para vivir se desamaban en lágrimas, era como vender un hijo. Apenas hay una veintena de cuadros por ahí, el resto está expuesto en el museo. Nadie sabe tampoco que ella dejó los pinceles diez años atrás porque él sufrió un accidente de moto que le paralizó medio cuerpo y nunca más volvió a escribir. A ambos no les importaba exponer su obra, de eso vivían, pero no por presumir de genialidad pictórica de Lía sino para compartir con los demás la sublimación de su amor. Las autoridades y los académicos se hacen lenguas sobre la extravagancia de que el ataúd itinere de sala en sala como si fuera una perfomance de la autora despidiéndose de su obra. Ignoran que ella lo quiso así para que sus cuadros, que le sobrevivirán siglos o milenios, tengan ocasión de dar el último adiós a su progenitora desde las paredes de color teja pálido del museo. Cuando él muera también está dispuesta la misma ceremonia.

                                     Método para dejar de fumar

No sé si le conté que cuando conocí a mi Paola fumaba tres paquetes diarios. Su padre había muerto de cáncer de pulmón y en nuestro primer aniversario me pidió como regalo que dejara el hábito del tabaco. Desde ese día no he vuelto a llevarme un pitillo a los labios. Pasados unos días sin humo en la boca no se puede imaginar cómo sabían sus besos y qué texturas tan golosas encontré en los valles y montañas de su lengua. Pero usted sabe que el tiempo es cómo el tabaco, lo erosiona todo y lo echa a perder, por eso hoy volveré al cigarrillo para anestesiar con nicotina y alquitrán mis papilas gustativas, después me quitaré del vicio bruscamente y, en cuanto pasen unos días sin humo en la boca, volveré a abrir sus labios con los míos. Como entonces, mientras nuestras lenguas se encuentran, se suspenderá la ley de la gravedad y recorreremos levitando los valles y las montañas de las nubes hasta alcanzar cada uno el cielo del otro. Eso espero.

          J. Carlos

 Prensa

La competencia en los medios es tan brutal que ya no comunican noticias, narran batallas disparando adjetivos inflamados desde su trinchera. Albergo la sospecha de que la caída de las ventas de periódicos en papel puede explicarse, en parte, porque el periódico bajo el brazo se ha convertido en un virus ideológico y nadie quiere ir por ahí como un apestado. Si leer el periódico se había convertido en una actividad clandestina, casi masturbatoria, ahora, debido a que en el confinamiento la clandestinidad es la única opción, los medios están aprovechando para torturar las estadísticas, la gramática y el sentido común hasta que canten al son que más les guste a sus lectores u oyentes. Flaco favor.

Gran parte de las cabeceras, tanto en papel como digitales, se están quedando en los huesos sin el maná publicitario. De perdidos al río han debido de pensar y han puesto a sus ilustres plumillas a amarillear como si fueran un tabloide británico. Difunden bulos sin el menor rubor, entrevistan a cualquier indocumentado siempre que bufe, ruja o descarrille. Los que pensábamos que Sálvame era una reliquia apolillada de los tiempos de las corralas, los bares de palillo en boca o, de las señoras haciendo punto, sentadas a la abrigada en los portales de pueblo, comprobamos con estupor que sacarse por la boca los higadillos los unos a los otros se ha convertido en tendencia general (trending topic como dirían los cursis que todavía no saben que lo son). Tal es el descaro que, en un remedo de la física de vasos comunicantes, ahora Sálvame también dedica un espacio a la pandemia entre un eructo de Kiko Matamoros y unas lágrimas de una tal Lydia Lozano. De forma que, sólo por los rostros sabe uno que está sintonizando Telecinco, Antena 3 o La Sexta.

Las redes son un instrumento fantástico para satisfacer egos, también para que los resentidos, los matones y los cobardes, aprovechando el anonimato, se desahoguen soltando su bilis  al aire y no vayan por ahí a la greña, a tiro limpio, como los vaqueros en los salones del Oeste americano. Esa deriva de las redes la doy por descontada, lo que no descuento es que dentro de los amigos y conocidos venga un “cuñao” que te hace seguir por Whatsapp, Twiter o Facebook bulos y paparruchas (noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo. Pongo la definición de la RAE para que sepas que me opongo a la cursilada de fakes news). A riesgo de perder la amistad o el conocimiento doy dos avisos, si persiste en la idiocia, le bloqueo. Considero que su actitud es similar a que me invitara a comer a su casa y me sirviera un pescado podrido o una mayonesa con salmonelosis.

Pero más allá de que los medios amarilleen y las redes se vean prostituidas por la cualidad del anonimato y por la cantidad de imbéciles, lo que más me preocupa es la escasa formación de los periodistas. No les niego imaginación, de eso les sobra, son capaces de mantener con la largueza de tiempo habitual, que es mucha, los programas de deporte sin dedicar una coma o un acento a tal actividad porque no existe. La mayoría nos habla de la heroicidad de los sanitarios mal pagados y de la falta de recursos. ¿Dónde están sus reportajes sobre sanidad y ciencia cuando eran los sectores en que se cebaron los recortes de Rajoy? En su ignorancia se quedan atónitos cuando un científico contesta honestamente que no sabe, que al tratase de  un virus nuevo han de estudiar su comportamiento; se creen que son como los tertulianos cuyas mente prodigiosas lo saben todo y lo sueltan sin dedicarle al tema más allá de lo que dura un carraspeo. Se extrañan de que el pueblo obedezca mansamente y se quede en casa, desconocen el espíritu gregario y el miedo que guarda la viña. No debieron vivir la noche del 23 de febrero de 1981 cuando las calles se vaciaron de sopetón y todas las persianas cayeron para que no se viera si había luz en cada casa. Afortunadamente nos quedamos en casa no porque seamos héroes, nos quedamos por miedo y porque somos un pueblo demasiado obediente, la historia nos ha dado muchos palos. La prensa nos trae a sus páginas, como sabios redentores, a los agoreros que entonan el yo ya lo avisé cuando, curiosamente, son los mismos que dijeron en otras epidemias como el SARS, la gripe aviar, la gripe A, el MERS, el ébola o, con con ocasión de que un cometa se acerca a la Tierra, que íbamos a morir todos. Alguna vez aciertan, al igual que esos “videntes” que todos los años profetizan en que número va a acabar el Gordo de la lotería de Navidad, por estadística sucede cada cinco años y entonces, los estúpidos, los veneran. Abundan en el gremio de la pluma los profetas y, como son muy atrevidos, pronostican el cambio radical del capitalismo, los usos sociales, culturales…; lanzan sus proclamas de que ya hemos aprendido la lección y ahora los gobiernos van a dedicar sus esfuerzos a la sanidad, la educación y a la investigación. Pobres ingenuos, todavía recuerdo cuando un asustado Sarkozy dijo aquello de que “hay que refundar el capitalismo” Lo que vino fue una ración doble de capitalismo neocom y más desregulación de los mercados especulativos. Si no quieres caldo toma dos tazas.

No tengo ni idea de lo que va a ocurrir pero por historia y sentido común me temo que, como decía Lampedusa en el Gatopardo se trata de “cambiar todo para que nada cambie”. Y te lo escribe un optimista irredento. En cuanto se nos pase el susto haremos la misma vida social que hace dos meses, bailaremos en los conciertos, llenaremos las terrazas y, después, los bares y restaurantes, el que pueda permitírselo se solazará este verano en la playa…, eso sí, para los “guiris” este año seremos apestados, no nos dejarán viajar a sus países y no vendrán al nuestro. Seremos más pobres que en 2009 y nos impondrán más ración del austericidio que nos ha prescrito Europa durante la última década. Seguiremos siendo los paganos de un Euro asimétrico con el que nos vacían los bolsillos los países nórdicos y centro europeos. Los neoliberales, después de agotar la teta del Estado, volverán sobre sus fueros doctrinales, como si aquí no hubiera pasado nada, exigiendo bajadas de impuestos y libertad de especulación global porque el dinero a golpe de clic no contagia el coronavirus. Crecerá, más aún, la desigualdad. Los partidos se echarán paletadas de estiércol y ni siquiera acudirán juntos a las ceremonias de duelo por nuestros muertos, tampoco acudirán unidos a las entregas de medallas del honor patrio a nuestros sanitarios, limpiadores, agricultores, reponedores, transportistas, científicos… Habrá futbolistas, y otros istas, que seguirán embolsándose al año, cada uno, el salario de mil quinientos cirujanos. Y CEOs que seguirán ganando lo mismo que dos mil enfermeras de UCI. Y empresas, rentistas, autónomos, abogados, fontaneros, artistas… (y los demás porque estamos atados a una nómina) que, seguirán eludiendo impuestos por más que estos días estén batiendo palmas a las ocho de la tarde o, haciendo caceroladas, para agradecer a unos “héroes locos” que, sin protección, salven la vida de los suyos y la suya propia; dormirán con la conciencia tranquila porque nadie les preguntará cuántas camas, mascarillas, guantes, respiradores o PCRs se podrían comprar con los Euros eludidos o, cuántos médicos se podían haber contratado y cuántas vidas y dolor nos hubiéramos ahorrado.  La culpa, ya se sabe, es de un gobierno criminal que no prohibió las marchas del 8M.

No me malinterpretes, no hay sanidad preparada para una pandemia como esta, pero si en Madrid, por ejemplo teníamos 705 camas de UCIs y hemos conseguido poner en funcionamiento 1.500, si hubiéramos tenido 1.200, se habrían puesto en marcha 2.400. ¿Cuántas vidas más se habrían salvado sólo en Madrid: cien, doscientas, mil? ¿Cuántas mayores seguirían vivos hoy si no hubiéramos permitido precarizar las residencias de ancianos? Cuando termine este caudal de datos con que todos los países mienten (nosotros también),  y se haga una valoración sosegada, tendremos un porcentaje de  muertos por millón de habitante muy superior al de Alemania. La razón es muy simple, España cuenta con 3 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes, Alemania tiene 8 y tiene mascarillas, EPIs, PCRs… Además, los alemanes no han tenido que parar drásticamente la producción, ni sufren un confinamiento tan gravoso como el nuestro y el distanciamiento social lo empezaron más tarde. La diferencia se llama recursos. Es el binomio riqueza versus pobreza.

Y, entretanto, manoseando las emociones, ya está aquí el nacionalismo patriotero aprovechando el espíritu gregario de la masa. Si observas el movimiento de las ovejas comprobarás que un rebaño se amolda como los líquidos al envase que lo contiene, basta un perro y un buen pastor para meterlas en un aprisco, hacerlas caminar por una cañada sin que toquen las espigas verdes tan apetitosas o, cruzando la carretera en perfecta formación de a cuatro. El perro del neofascismo está relamiéndose el hocico. No te digo más.

Ah, sí, te digo más: históricamente, después de una gran catástrofe, no hay gobernante que resista. Ni Churchill, el gran héroe que rearmó anímica y moralmente al Reino Unido, sobrevivió, y eso que el británico es un pueblo de vocación imperialista. Terminada la segunda guerra mundial fue desahuciado por las urnas.

         J. Carlos