Archivo mensual: diciembre 2011

Postal de Navidad 2011

                                                                            

                                                                                 Diciembre 2011

 Querido amigo (a)

 Cuando las tardes soleadas de invierno se agotan se les queda un tono de oro viejo que va menguando al cobrizo, pero hay un momento mágico en que todas las cosas adquieren una pátina como de rescoldo. Es un instante minúsculo en que las aves suspenden su vuelo, los sonidos enlentecen, el aire se aquieta y se hace el silencio; pero de seguido, cuando el último rayo de luz se precipita al otro lado del horizonte, nuestras entrañas, que atesoran los miedos de nuestros ancestros, se voltean sobre sí mismas. Es el miedo a la noche y, sobre todo, miedo a que la luz se desgane y no vuelva a coronar este lado del horizonte. La ciencia ha terminado doblegando ese miedo demostrándote que la Tierra gira y que volverá la luz cada mañana, aunque tus tripas a esa hora tonta de la tarde no acaben de creérselo. Esto últimos años andamos con otro miedo a cuestas, el miedo a perder el trabajo, o a no encontrarlo, porque esa ciencia de ganarnos el pan que llaman economía está escalando una pendiente muy pronunciada salpicada de riscos puntiagudos, y para aligerar peso despeña puestos de trabajo a mansalva. Si miras desde esta altura, verás el valle cubierto por un espeso manto de añicos que forman las ilusiones rotas, los sueños despedazados, las esperanzas quebradas y las expectativas hechas cisco. Nadie pilotó la economía cuando bajaba la cuesta sin frenos, nadie la pertrechó para iniciar la escalada y ahora, nadie le echa un cabo que le ayude en la ascensión, y lo que es peor, nadie sabe a qué altura está la cumbre.

Los que podemos contar el tiempo en décadas hemos vivido momentos en que postularse para ganar el pan resultaba tan estéril como lo es ahora y, sin embargo, de pronto, como por obra de birli birloque, la situación daba un vuelco y los salarios volvían a las casas. Años después, justo en el momento en que sesudos economistas nos estaban explicando las razones que propiciaron la bonanza, estallaba otro terremoto financiero y sus tremores hacían de nuevo la labor de criba de puestos de trabajo. La noticia buena es que los ciclos se suceden como los días y las estaciones. La mala es que hay quien no puede salir del despeñadero o en la criba sale aventado y a merced de las corrientes de aire como una brizna de paja.

El miedo es a las crisis como el fuego a la yesca, si los arrimas provocas un incendio; no te olvides de que el dinero, ese señor apátrida, promiscuo y amoral, es un puñetero cobarde y tiene el olfato de un perro que huele nuestro miedo, y cuánto más lo huele más se acobarda y más lejos huye.

En estas fechas que solemos darle una capa de barniz a la sensibilidad para que nos luzca un poco más, no sería mal momento para quitarnos unas cuantas capas de miedo que nos atenazan y que justificamos por pudor o por timidez, por el qué dirán o por cobardía, por estimar que haríamos el ridículo o nos considerarían insensatos, por vanidad, por dejadez… No es tan difícil dar las gracias, decirle lo siento o te quiero, declarar en público que lo hizo bien, darle una palmada en el hombro, invitar a unas palabras o a unas risas, regalarle un apretón de manos o un abrazo o un beso, quitarte de la cara el gesto adusto y pintarte una sonrisa, desearle buenos días de corazón, pensar en feliz para hacerlos felices… Es gratis. Y si puedes prodígate con ese señor apátrida, promiscuo e inmoral y derróchalo, tira un poco del consumo, regálate y regala, ya sabes que la economía es como una bicicleta a piñón fijo y no se puede dejar de pedalear.

Creo recordar que es el decimotercer año que escribo esta a modo de postal de Navidad a mis amigos, que por cierto, cuando las releo me suenan a homilías de cura antiguo. Lo digo para mostrarte que no tengo miedo o, tal vez, lo que me falta es pudor o vergüenza. Sí, lo reconozco, tampoco tengo compasión por endilgarte estas parrafadas. A lo que voy, todas estas letanías anuales sólo tienen una cosa en común, en el párrafo final formulo un deseo.

Te deseo que aminores el miedo y que tengas la valentía de derrocharte.

 J. Carlos

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Preguntas


Preguntas

A pesar de los desvelos de Heleno Saña por devolverle las glorias pasadas a la Filosofía, ésta se encuentra en coma y desvalida en la unidad de cuidados intensivos. No basta con inyectarle adrenalina para que resucite, precisa, a mi humilde entender, un chute de ciencia Física en vena para ponerse de pie. Con la Filosofía fuera de juego y la Física tan alejada de mis entendederas, no tengo visos de respuesta a las preguntas ontológicas de: Quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos y qué pintamos aquí. Con ánimo de conseguir una mera aproximación he leído a divulgadores como Bill Bryson, Carl Sagan y Eduardo Punset, científicos como Stephen Hakwing y Paul Davies, y he escuchado al disertante Deepad Chopra. Como era de esperar empecé con cuatro preguntas y he terminado con un bagaje portentoso: Me han surgido más de mil nuevas preguntas. No te inquietes, sólo formularé en alto unas pocas.

Pongamos, como algunos de ellos afirman, que el mundo físico no existe, que sólo pululan por ahí “cuantos” de energía e información acumulada, de forma que lo que vemos, sentimos, olemos, gustamos, tocamos es una recreación –una ilusión- de nuestro cerebro que a través de los receptores capta esa energía y esa información, la transmite a nuestro sistema nervioso que, no sólo aprende a utilizarla sino que la manipula y la ordena en forma de imágenes visuales y tangibles, pero falsas. La materia de los trillones de átomos de que estoy compuesto ocupan un espacio tan ínfimo que es inimaginable, son sus campos de fuerza lo que mi cerebro “recrea” con una solidez inexistente. Pregunto: ¿Algún día podré adoctrinar a mi cerebro y a mi sistema nervioso para que todo aquello que perciba sea hermoso como la textura de la piel de un niño, el olor de la hierba recién cortada, el sabor de un beso, el sonido del borboteo del agua, unos ojos de azul turquesa… Y sentir que todos los hombres y los animales y las plantas y las piedras me quieren. Y modificar el campo de fuerza de mis átomos para que los demás mortales vean la “aparente” solidez de un joven efebo. Y… ?

En opinión del científico Alexander Vilenkin, el universo no es único y existen los llamados multiversos. Además, según parece, nuestro universo no tiene una única historia, sino que cada posible visión del mismo existe simultáneamente, en lo que los físicos denominan una superposición cuántica. El tiempo lineal es otra recreación de nuestra mente para hacer comprensible nuestra observación, pero en realidad todas las probabilidades pasadas, presente y futuras se producen a la vez, como si en vez de pasar los fotogramas de una película secuencialmente, los recortáramos y los alineáramos sin orden, uno tras otro, en un tubo hueco y los proyectáramos sobre una pantalla con el foco detrás, sólo veríamos una mancha negra, aunque si pudiéramos descomponerla veríamos todos los fotogramas simultáneamente. Entonces, ¿quién está viviendo el resto de mis probables existencias? ¿Es posible que en un universo paralelo Europa tenga un Tesoro único, que su Banco Central emita eurobonos y que los compren los mercados a precio razonable? ¿Habrá una realidad paralela en que todos los gobernantes europeos hayan sido botados por ineptos? ¿Quién eligió esta probabilidad en mi universo donde a la pobre Economía, en vez de curarla, le están practicando la más burda eutanasia quitándole el oxígeno, el pan y la sal?

¿Qué si somos únicos? La dotación genética que hemos recibido ocupa casi dos metros, traducido a letras de código sumarían 3.200 millones, y se pueden hacer 103.480.000.000 combinaciones. Así que enhorabuena, imposible que se repitan otro Aznar u otro Zapatero en el futuro. Aunque tampoco hay que cantar victoria, porque las ciencias adelantan que es una barbaridad como canta la zarzuela, y casi todas las células del cuerpo humano –salvo las que forman los glóbulos rojos, el óvulo, el esperma y algunas del sistema inmunitario- llevan una réplica de los dos metros de cromosomas metidos con “calzador”, de forma que una sola célula bastaría para recrear un nuevo Berlusconi, por ejemplo. Para evitar tentaciones no sería mala idea incinerar a los políticos. Después de muertos, claro. ¿Por qué este cúmulo de información y energía organizada que nos constituye guarda una réplica de sí mismo en cada una de sus células? ¿Tanto miedo tiene a desaparecer? ¡Qué derroche de recursos!

Según escribe Paul Davies en El quinto milagro, cada uno de nosotros lleva puestos unos mil millones de átomos que también pasaron por el cuerpo de Jesús, de Buda o de Alejandro Magno, o de todos a la vez. Los átomos son recurrentes pero necesitan un tiempo para retornar a ti desde la hoja de un limonero, desde la luna, el agua, el aire, el fuego o desde otro cuerpo; por consiguiente, no es probable que tengamos átomos de Hitler o de Stalin. Tengo aún dos noticias más que darte respecto a tus átomos. La primera es que, en cada inspiración tomas1022  átomos del universo y en cada expiración expulsas otros tantos de tu cuerpo; sin saberlo te comes los átomos del hijo de perra de tu jefe que pasan a formar parte de ti, seguramente también ignoras que, le has donado una miríada de átomos tuyos a la pareja con la que viviste y que, ahora, con el divorcio te está desplumando. La segunda noticia tiene mejor pinta: Cada año la totalidad de tus átomos se renueva, el esqueleto completa su renovación en tres meses, el ADN tarda seis…; en suma, que cada año renacemos. ¿Por qué razón, entonces,  me sigue doliendo la espalda y el chorro de la micción se hace más menudo?

¿Sabías que ciertos pares de partículas subatómicas pueden saber instantáneamente cada una de ellas lo que está haciendo la otra aunque estén a billones de kilómetros de distancia? Imagínate dos bolas de billar, una está aquí, en la Tierra y la haces girar en un sentido y a una velocidad determinada, la otra, situada en Alfa Centauri, por ejemplo, empezará instantáneamente a girar a idéntica velocidad y en sentido contrario. Lo probaron empíricamente unos científicos en la Universidad de Ginebra, en 1977, lanzaron dos fotones en direcciones opuestas a lo largo de once kilómetros, y comprobaron que, si interceptaban uno se producía una reacción instantánea en el otro. ¿Ocurrirá algún año de estos que se intercepte a un dictador en un país y caiga simultáneamente otro dictador en otro?

Las cosas no chocan en realidad, son los campos de sus átomos que se repelen. Qué triste, ¿no? Resulta que nunca he tocado la corteza de un árbol, ni la pluma de un pájaro, ni la piel de una mujer. Sus electrones y los míos se repelen, en caso contrario seríamos como fantasmas, atravesaríamos todo sin tocarlo ni mancharlo. Ya te he dicho que estamos prácticamente vacíos. Tengo la sensación de que toco las teclas de este ordenador, de que me meso el pelo; abrigo la ilusión de palpar mis manos, de  sentir en mis papilas la textura del café que me estoy tomando. Pura fantasía de mi mente. ¿Es verdad que mis dedos no han tocado nunca nada, ni siquiera a mí mismo? Hace dos años me encontré con el Sr. Rajoy con ocasión de la fiesta de licenciatura de uno de mis hijos, y como le hacía feliz hacerse una foto con el jefe de la oposición –en aquel entonces-, le pedí el favor a Don Mariano, a lo que se prestó amablemente y, aunque yo no me retraté, le di un apretón de manos en agradecimiento. Y yo que quería alardear de que toqué la mano del que será investido Presidente del Consejo de Ministros.

Ya te cuento, no somos nadie. Vacío a raudales, un poco de energía organizada por aquí, otro poco de información acumulada por allá y una pizca de inteligencia que nos transmite la ilusión de ver, tocar, oler, gustar, oír y sentir.

Permíteme una última pregunta, ésta no la lanzo al aire, te la demando a ti directamente. En este último lapsus de tiempo lineal que mi cerebro ha observado, ya sabes, con esa manera suya que tiene de hacerme creer lo que no es, me ha parecido oír al Sr. Rosell, Presidente de la patronal CEOE, la idea de crear un contrato de trabajo por 400 € al mes (minijob); también he creído leer que el yerno del Rey, Sr. Urdangarín, se dedicó al toco mocho de dineros públicos. ¿Supongo que son ensoñaciones, engañifas de mi cerebro? ¿O no?

J. Carlos

Flores frescas

FLORES FRESCAS

El jarrón de Sèvres de la abuela se hizo añicos sobre el parqué del salón. Una nube de polvo quedó suspendida en el aire y una capa irregular de ceniza, salpicada de fragmentos de cerámica, componía un cuadro insólito sobre el suelo y parte de la alfombra persa.

Al ver el estropicio, Raquel se derrumbó sobre el butacón de piel, agachó la cabeza, estiró el pañuelo de seda azul que la cubría y maldijo al gato siamés que le habían regalado sus sobrinos para que se le levantara el ánimo. Se quitó las gafas oscuras, hincó los codos sobre las rodillas y con ambas manos se tapó la cara. Le venció el llanto, sosegado.

Cuando retiró las manos de la cara, el gato la miraba con sus ojos azul turquesa desde el pasillo. Lo llamó pero permaneció sentado con la cabeza erguida, expectante; sin duda, temía alguna represalia por haber tirado el jarrón con las cenizas de la abuela. Se preguntó qué sensación le causaría su imagen abatida por la quimio y pensó que hasta al gato le resultaría vieja y patética. Se incorporó para mirarse en el espejo de la entrada, el gato clavó las uñas de las patas traseras para impulsarse y dio con el lomo en el recodo del pasillo en su huida. Inconscientemente los labios de Raquel se estiraron en una sonrisa. Pero en el reflejo de su imagen en el azogue estaban ya fruncidos. La decisión que había comunicado al doctor Calatrava en la última sesión de no volver y dejar que la enfermedad siguiera su curso era, obviamente, la más correcta.

Ella había exigido que las cenizas de la abuela descansaran en el jarrón de Sèvres, en contra de la opinión de su hermano Emilio que quería enterrarlas en el cementerio de la Almudena. “Papá y mamá lo habrían querido así”, alegaba su hermano, pero Raquel se negó en rotundo. Había vivido casi cuarenta años con la abuela y la necesitaba. Emilio no lo entendía, los hombres no entienden nada. Se había quedado sola. Era su abuela y su madre y su amiga y una parte de sí misma. Vivía en su casa, tenía sus cosas y hablaría con sus cenizas como hablan los niños a sus amigos invisibles, pero los hombres no entienden nada. Al final, Emilio claudicó: “Haz lo que se te antoje”. Así que plantó el jarrón de Sèvres en la repisa de la chimenea y no hubo día sin conversaciones, no hubo horas sin confidencias, no hubo noches sin memoria y, últimamente, no hubo palabras sin miedos.

Del segundo cajón de la cómoda sacó un cepillo de la ropa, de la vitrina del comedor tomó el recogedor de plata de migas de pan, después quitó las flores secas del búcaro de cristal de bohemia, lo enjuagó y lo limpió con un paño de algodón. Era mejor no pensar, había que hacer cosas, despacio, una detrás de otra. Se arrodilló y, con precisión de relojero, fue recogiendo hasta la última brizna de las cenizas de la abuela y vertiéndolas en el búcaro. Apiló los añicos del jarrón y con una brocha fue limpiando uno a uno sobre la embocadura de la vasija. Tenía la intención de pegar todos los trozos y recrear el jarrón para que todo permaneciera igual. De súbito descubrió, en uno de los fragmentos de los que formaban la base del jarrón, una llavecita de bronce pegada con una gota de silicona.

El ensamblaje de cada pieza le llevó más de tres horas. Tenía que descansar a cada rato, aunque el médico siempre le decía: “para tu estado tienes una vitalidad envidiable y eso es muy buena señal”. Algunas esquirlas eran tan ínfimas que se habían metido entre las rendijas de la madera del suelo. Aún así, el trabajo había sido excelente como el de un buen artesano. Durante todo ese tiempo, absorta como estaba, en armar el complejo puzle, no dejó de pensar ni un segundo en la llavecita de bronce. Había descartado, por ser demasiado pequeña, que encajara en cerraduras de cajas de seguridad, ni siquiera en cerraduras más pequeñas como las de cajas de caudales o de cajones. Cuando apenas le quedaban cuatro piezas que habían de rematar el cuello del jarrón, le vino a la memoria el bargueño toledano que siempre estuvo en el dormitorio principal.

Se fue a la cocina a comer un bocado de arroz cocido y un pedacito de merluza a la plancha. Llamó al siamés para darle la pieza del pescado, pero el gato no se acercó. Terminó de poner la cafetera en el momento en que sonaba el teléfono:

―Le agradezco el aviso, pero ya le dije al doctor que no me radiaría más, ni esta tarde ni nunca.

Se sirvió el café en la taza azul de la vajilla inglesa, como siempre. Lo bebió a sorbitos cortos. Cuando estimó que el pegamento estaría seco procedió a trasvasar los restos de la abuela desde el búcaro al jarrón. Sin pensar, una cosa detrás de la otra.  Lavó el búcaro y también las flores secas. Las embocó de nuevo, quedaron inertes, minerales, momificadas como ella, que también se estaba quedando seca, física y emocionalmente. Colocó el búcaro en el centro de la mesa de caoba del comedor y, después, con sumo cuidado, volvió a poner la pieza de Sèvres con las  cenizas de la abuela en mitad de la repisa del hogar. Todo volvía a su ser, incluso la sensación de náusea permanente.

Al meter la mano en el bolsillo para coger el pañuelo, sus dedos tocaron la llavecita que había encontrado pegada a la base del jarrón, casi se había olvidado de ella. “Este cansancio infinito termina hasta con la memoria”, se dijo en un susurro, mientras se incorporaba con dificultad. Caminó hasta el dormitorio, el gato le rehuyó de nuevo. Contempló el bargueño de nogal decorado al estilo plateresco con adornos de carey, hueso y marfil. Abrió cada una de las dos hileras verticales de cajones. Inspeccionó también la portada central. Tiró de los herrajes de las dos gavetas que coronaban la portada. No supo encontrar ningún secreto.

El resto de la tarde transcurrió bebiendo café y trasteando en Google acerca de los compartimentos secretos de los bargueños. Más de tres veces recorrió, cansina,  el pasillo hasta el dormitorio con la seguridad de que ya tenía la clave, pero el bargueño de la abuela no parecía tener secretos. Apagó el ordenador y se fue a la concina, apenas cenó una hoja de lechuga y dos rodajas de tomate.

La televisión era una sucesión de debates a gritos, series americanas y películas del siglo pasado. La apagó. En el dormitorio se desnudó para ponerse el pijama, la imagen del espejo batiente le soltó las lágrimas. Nadie te enseña a vivir con un cuerpo que te pertenece pero no es el tuyo. Abrió la puerta del armario con rabia, agarró una bata de seda y tapó con ella el espejo. Después se tumbó con la luz encendida, mirando el mueble toledano, esperando que le venciera el sueño.

Tuvo una idea, se incorporó de súbito y se quedó pálida, la sangre andaba más lenta que sus ideas. Permaneció todavía unos segundos sentada, luego, se levantó de la cama despacio y fue hacia el bargueño. Una de las gavetas centrales estaba abierta, tiró de ella, pero no salía de sus guías, tiró de la otra, tampoco. Probó a dejar una abierta y tironear de la otra. Salió de sus guías y quedó en sus manos. Detrás había una minúscula cerradura. “¡Eureka!”, exclamó en voz alta.

Introdujo la llave, dio media vuelta y se abrió una puertecita de unos cinco centímetros. Una chispa de luz azul encendió su rostro. Metió los dedos índice y anular y, hubo de ayudarse del pulgar para extraer una piedra de lapislázuli en forma de corazón. Cerró el puño con fuerza hasta hacerse daño con ella y soltó una carcajada. Hacía más de catorce meses que no reía. Se quitó el pañuelo de la cabeza, tomó la bata que cubría el espejo, se la puso y se fue hacia el salón. En el pasillo, el gato remoloneó a sus pies y la siguió.

Se pasó la noche frente a la chimenea charlando con el jarrón. Rememoró las supersticiones de la abuela. Recordó que le había regalado el corazón de lapislázuli el día que la iban a operar de anginas, pero para que surtiera efecto el hechizo y todo saliera bien, debía de encontrarlo por sí misma; tenía sólo siete años; lo encontró en la cesta de las labores de la abuela y el amuleto le aplacó los dolores. En la operación de apendicitis le costó dar con él, estaba  escondido en la caja del piano colgado sobre la cuerda del do. Ya de mayor, cuando el accidente de coche en que murieron sus padres, lo encontró debajo de la almohada al despertar de la anestesia.

En el jarrón de Sèvres anidaron las primeras luces del alba, el gato ronroneaba en su regazo y en sus ojos turquesa se reflejaba el corazón de lapislázuli que colgaba en el pecho de Raquel. Faltaban casi dos horas para coger el teléfono y llamar a la floristería para pedir flores frescas; después, llamaría al doctor.

J. Carlos

El olor de los pensamientos

El olor de los pensamientos

Hace un año se iniciaba este blog, comenzó sin premeditación ni alevosía, tal como me gusta iniciar las aventuras, al azar, sin hondas reflexiones, a bote pronto. En el quehacer diario me suelo conducir organizada y planificadamente, analizo los pros y contras con dedicación y esmero y adopto decisiones que podríamos calificar de sensatas; sin embargo, en los asuntos emocionales, y el blog es uno de ellos, me precipito y me dejo llevar como las ramas arrastradas en una torrentera. Así nació, como un impulso y con una promesa autoinfligida de comparecer, al menos, una vez a la semana. Te participo, aunque sea con sordina, que hay semanas que me cuesta escribir, se hace tedioso buscar el tema y ensartar las ideas sobre las que quieres elaborar un rosario de conclusiones. A menudo me siento como el agricultor que aventa la trilla para separar el grano de la paja, pero los aires son difíciles y precarios y hay demasiada granza que pesa tanto como el grano y no acaba de aventarse.

En este tiempo habéis tenido la misericordia de asomaros a esta diminuta ventana 1.500 veces, las estadísticas no identifican a las personas, ni siquiera las lecturas, sólo te da razón de cuántos abren la ventanita y echan un ojo a una determinada página. Los números me suelen dejar frío, pero hubo un día, el 11/11/11, que hubo 11 visitas y esa coincidencia me pareció mágica.

Desde este lado de la pantalla lo ignoras casi todo, te limitas a juntar unas cuantas palabras y, cuando han adquirido un significado que nunca cumple las expectativas de lo que querías expresar, le das a una tecla y el texto queda atrapado en un laberinto de ceros y unos dentro de una placa de silicio, que vaya usted  a saber dónde se encuentra empotrada; quizá esté dentro de un armario gris entre mazos de cables, con leds verdes, naranjas y rojos que parpadean incansablemente. Me gusta imaginar que el armario hace juego con otros cientos que ocupan toda una planta de un rascacielos en Nueva York, Singapur o Hong Kong. Cuando alguien accede desde su terminal esas palabras que yo escribí se empaquetan como si fueran a hacer una mudanza, cada paquete recorre caminos diferentes y, al siguiente instante, hacen su aparición en la pantalla completas y ordenadas, los verbos en sus estanterías, los sustantivos en los anaqueles que les corresponden, los adjetivos adornado las mesas como floreros, las preposiciones diseminadas entre los sustantivos como los separadores de los libros, los adverbios dentro de los cajones del bargueño… Los ordenadores, las tabletas y los teléfonos inteligentes son herramientas que no sólo nos hacen la vida más fácil, sino que consiguen que nuestras voz, tanto hablada como escrita a su través, dé la vuelta al mundo por esos cables de dios, o saltando de antena en antena llegue hasta un satélite orbital sin necesidad de que movamos nuestro trasero. Son los designios del progreso que te permiten abrir una venta al mundo y gritar: ¡Eh, que estoy aquí! Sin embargo, no transmite gestos, tampoco miradas, ni siquiera la textura cálida de las pieles que se rozan. Es todo aséptico, limpio y distante, como un quirófano. Con estos cachivaches no se puede oler el miedo, ni la soledad, ni la rabia, ni se peribe el olor de los pensamientos.

En 1959, el premio nobel de química Adolf Butenandt, aisló y analizó un compuesto liberado por las mariposas de la seda para atraer a los machos, lo llamó “Bombykol”. Se trataba de la primera feromona conocida. Desde entonces se han descubierto multitud de moléculas de señalización química en insectos. Más tarde, hacia finales de los ochenta, se observó que las feromonas estaban presentes en otras especies como langostas, peces, algas, levaduras, bacterias, etc. Así nació una nueva ciencia de la comunicación química que se conoce con el nombre de Semioquímica. Investigadores como Milos Novotny dieron un nuevo paso en los albores de esta ciencia, al conseguir la síntesis de feromonas en ratones que regulaban la agresión entre machos, y se comprobó que estos marcadores químicos de los mamíferos eran muy semejantes a los que se habían descubierto en insectos. Fue Rasmussen en 1966 quien descubrió que una feromona sexual segregada por las hembras de elefante asiático con fines reproductores, era químicamente idéntica a la utilizada por más de cien especies de polillas y mariposas  nocturnas. McClintock, directora del Instituto de la Mente y la Biología, en la Universidad de Chicago, está estudiando la comunicación química entre humanos, tratando de identificar las moléculas que intervienen en ella para conocer y comprender las funciones fundamentales que desempeñan; para ello se ha centrado en una de las quimioseñales más potentes, el esteroide androstadienona, una pequeña molécula que se cree funciona como feromona humana y actúa como una señal química que indica pertenencia a una especie, influyendo en la psicología y en la conducta.

Te he hecho esta breve sinopsis de los avances de la Semioquímica para confiarte que, a través de mis palabras, tal vez consiga mostrarte el miedo, la ira o el desánimo, pero no es posible hacerte llegar los marcadores químicos que acreditan el olor de mis pensamientos. Mejor así, todo limpio, aséptico, neutro.

J. Carlos