Archivo mensual: diciembre 2016

Navidad 2016

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 Querido amigo:

En estos tiempos se suceden los prodigios, ruedan coches autónomos que te llevan y te traen mientras echas un sueño, hay impresoras que inyectan en tres dimensiones y lo mismo te fabrican un puente, una casa, o te cocinan un plato sofisticado. Se suceden maravillas como las de producir carne en el laboratorio a partir de células madre  para que te puedas comer un entrecot de buey a la piedra sin remordimientos y, cada día se descubren nuevas fórmulas para someter al ejército de enfermedades que nos acosan, de forma que siga perdiendo batallas y cediendo terreno. También se suceden otros portentos casi milagrosos, aunque resulten menos llamativos, si hace años Watson y Crick nos abrieron el libro de la vida para poder leerlo, ahora ya tenemos correctores y editores que utilizan un sistema de corta y pega, como una especie de Photoshop genómico, con el que editan genes del sistema inmune para que ataquen células tumorales, o corrigen los defectos de nuestro propio ADN y nos libran de enfermedades hereditarias.

Los prodigios no vienen solos, se les adhieren como lapas paradojas y contradicciones; así, al mismo tiempo que algunos cerebros andan a la busca y captura del primer fotón que parió el Universo hace más de trece mil millones de años, otros cerebros diseñan bombas que revienten el mayor número posible de cuerpos. Al tiempo que parte de la humanidad progresa adecuadamente hacia la obesidad, hay otra parte que anda a la busca y captura de un bocado que llevarse a la boca y mitigue, por un rato, el dolor del hambre. Mientras en las fronteras se entronizan muros con coronas de púas y cuchillas, los desheredados y los desahuciados de las guerras se embarcan hacia un suicidio probable en el cementerio de los mares.

Es asombroso comprobar que, usan toda la cacharrería electrónica con la que ya compartimos la vida, para hacernos un seguimiento exhaustivo de donde estamos, qué decimos, donde compramos, qué escribimos… Dejamos una traza de nuestro paso por el mundo tan gruesa que podría volver a recorrerse cada minuto de nuestra existencia. Hasta los productos que compramos llevan estampado un código de barras con su trazabilidad. Sin embargo, el dinero no es trazable, recorre el mundo de punta a rabo en un segundo sin identidad y sin pasado. Supongo que es muy fácil hacerle un seguimiento electrónico que acabaría con buena parte de las corruptelas,  los fraudes fiscales y la delincuencia de cuello blanco. No interesa, claro. A los animales de compañía se les inyecta un microchip bajo al piel, pero a las pistolas, obuses o bombas inteligentes no interesa tenerlas trazadas no vaya a ser que el arma que reventó a mis soldados haya salido de mis propias fábricas, además, si supiéramos por dónde ha pasado y desde dónde se disparó, sería un juego de niños averiguar quiénes tienen las manos manchadas de sangre.  Hoy, los émulos de Robespierre, Danton y Marat, no basarían su revolución social en rebanar cuellos con el filo de la guillotina, se limitarían a dotar de inteligencia al dinero y las armas para que cumplieran con la primera ley de la robótica de  Asimov:Ningún robot causará daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano resulte dañado.” Si el dinero cumpliera esta ley, el banco no podría desahuciarte, ni la compañía de la luz cortarte el suministro para que te quemes, en un descuido, a la luz de una vela.

Hace algo más de dos mil años, a la especie humana le pasó desapercibido el nacimiento de un tal Jesús, que luego sería un revolucionario para unos, un profeta para otros, incluso un verdadero dios para otros cuantos. En todo caso, un hombre excepcional  del que apenas queda traza histórica, cinco líneas que le dedica Flavio Josefo, una y media Cornelio Tácito; pero cuya obra, con el paso de los siglos y la inestimable ayuda de un tal Pablo, el mayor experto en márquetin de todos los tiempos, es considerada como un auténtico prodigio. Y, efectivamente, hizo con su vida y con su obra un portento, recordó al ser humano que tenía, entre los recovecos del cerebro, una facultad adormecida por la falta de uso, la empatía. Él la llamó amor al prójimo porque todavía no existía la Psicología que, mucho más tarde, puso nombre a los gozos y tormentos que se generan dentro de la cavidad craneal, incluso a los inexistentes. La doctrina del tal Jesús se resume en la capacidad afectiva de ponerse en lugar del otro, comprenderle, tolerarle, sentir con su dolor y compartir sus alegrías. Ser empático con el rico y el poderoso es tan fácil como respirar.  Lo difícil es ponerse en la piel del lisiado, o meterse en los ojos marchitos de un ciego. Lo difícil es compartir el zarpazo del hambre con los desposeídos, o sufrir con los que claman en vano justicia. Lo difícil es sentir con los que huyen de las guerras, el aliento de las bombas en el cogote, o meterse en el corazón del padre a quién han desventrado un hijo en Alepo o en Berlín. Lo difícil es levantarse contra la barbarie, contra toda barbarie, también la de las cuchillas que tajan extremidades, y las de los muros que se levantan con nuestro dinero y nuestra callada aquiescencia.

La empatía, hoy como entonces, duerme apaciblemente en algún recoveco del cerebro, arrullada por las portentosas condiciones de vida que disfrutamos. Las pantallas tienen la mala costumbre de proyectar imágenes escabrosas que no llegan a despertarla del sopor, son tan frecuentes que nos han curtido la piel y el estómago. Y es que el horror constante satura nuestros sentidos al igual que el olfato se satura y se insensibiliza cuando el olor es persistente.

Estas líneas se resumen en un deseo: Que la Navidad saque de la modorra nuestra empatía.

J. Carlos

22 de diciembre de 2016

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Resonancias

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Somos unos maestros en hacer de la necesidad virtud. Necesitamos del constante ejercicio respiratorio para vivir y sobre esta lacra -piensa que es como abrir y cerrar un fuelle más de mil veces a la hora- hemos construido la mejor forma de comunicarnos, el habla. Cuando apretamos el fuelle de los pulmones para soltar el aire, pasa por la laringe y atraviesa las cuerdas vocales y, antes de expulsarlo por la cavidad bucal, con ejercicios estrambóticos de la lengua dientes y labios, articulamos las palabras. Estos golpes de voz son unas nuevas extremidades, como las manos, que pueden acariciar otros oídos con la cadencia de una canción o de un poema y, también, pueden dispararse como balas que penetran y rasgan los tejidos de otras almas. Cuando conseguimos transmitir esos sonidos guturales en forma de signos escritos sobre piedra, cera, papiro y papel, salió de nuestros órganos de resonancia (nariz, boca y laringe) y el lenguaje se expandió como un arma contra la ignorancia y la estupidez. Con la imprenta de Gütenberg nacería la prensa, y la voz de unos pocos encontró una caja de resonancia tan potente como la pólvora. Hace poco más de siglo y medio León Scott consiguió grabar el sonido, pero no reproducirlo. Veinte años más tarde Edison logró grabar la voz humana y reproducirla. De seguido vinieron la radio y la televisión que, en cuestión de resonancia de voces, adquirirían la potencia de la dinamita. Desde hace una década, esos sonidos extraños que, modulados, escupimos de nuestras entrañas o tecleamos con nuestras manos, pueden seguir fonando en el aire de las redes sociales como un eco persistente. El resultado es similar al de las guerras actuales, por un lado bombardea la prensa, radio y televisión como ejércitos de tierra, mar y aire; por otro, hay un creciente número de guerrilleros especializados en la guerra de guerrillas, y un sinfín de francotiradores. El resultado es que cada vez caen más civiles en esta guerra sucia del lenguaje. Ahí van unos ejemplos.

Hace unos meses me llegó una petición de Change.org para que despidieran de un colegio a un maestro que, al parecer, había escrito palabras gruesas contra la familia de un torero que acababa de morir en el lance. Lo consideré una auténtica ordalía, un linchamiento. Me pareció el mismo modo de justicia que el que perpetraba la Santa Inquisición. Era una forma de ciscarse en los principios más básicos del ordenamiento jurídico, una vuelta a la Ley del Talión con la venganza como único principio. No me atreví a decirle al amigo a través del cual me llegó la petición, puesto que él había tenido responsabilidades en banca, qué le hubiera parecido que le practicaran el mismo tipo de auto de fe por las preferentes o las hipotecas “subprime” que le obligaron a vender. Hace siglos nos dotamos de un sistema de justicia, precisamente, para evitar las tropelías que se perpetraban en nombre de la religión o del Rey. No he vuelto a firmar más peticiones de Change.org por muy razonables que parezcan, si la organización no se respeta a sí misma permitiendo estas barbaridades, yo no voy a respetarla. Hace unas semanas, otro auto de fe contra el director de cine Fernando Trueba solicitaba a los usuarios de redes, el boicot a su película “La reina de España” por unas manifestaciones irónicas, seguramente desafortunadas. Antes del estreno se inició un juicio sumarísimo por aquellos que consideran que la patria es un trapo bicolor, tal vez los mismos que consideran muy español que los huesos de los padres o abuelos de otros españoles sigan “descansando” en cunetas, por no reabrir viejas heridas. Las suyas, claro. Que los otros las tengan abiertas les importa un comino. Cada cual es muy libre de ejercer su derecho a ver o dejar de ver según qué películas, y de decir o expresar su opinión contraria a las manifestaciones o posiciones de otras personas, faltaría más. Lo que no es de recibo es escudarse en el rebaño para ejercer una justicia divina (el Juicio de Dios) boicoteando una película, que mutatis mutandi sería como exponer al linchado en el Rollo de la localidad o colgado de la Picota. Hace unos días, también se desató la furia contra el anuncio de la lotería en televisión, porque el personaje de “Carmina” no era del agrado de las asociaciones de pensionistas. Se conoce que estaban disconformes “por la falta de sensibilidad hacia la figura del mayor con algún tipo de deterioro cognitivo”. ¿Nadie les explicó que se trata de ficción, de un simple anuncio publicitario? Demostraron los portavoces de estas asociaciones, y las muchedumbres en las redes que les secundaron, que tenían un cierto parecido con el personaje, al menos en lo del deterioro cognitivo. A este paso pronto veremos a los delincuentes y prostitutas lanzando “soflamas” contra el maltrato que le dan en el cine y la literatura. Después se levantarán en armas los tenderos y los fontaneros y los bomberos y todos los eros. Hoy mismo andan las redes desatadas y furibundas contra un cartel publicitario que cubre la fachada de un edificio de la Puerta del Sol de Madrid. Publicita una serie del célebre narcotraficante Pablo Escobar. Juega, a mi juicio, “ingeniosamente” con el lema de blanca Navidad. La coartada  de los inquisidores para solicitar su retirada es que, incita al consumo de droga, y zahiere la sensibilidad de las familias que sufren esa cruz. En fin, que de aquí a poco pedirán que las muchedumbres se alcen contra las nevadas y se excluyan toda la gama de blancos del código pantone.

No sólo se condena a cualquiera con la vileza y la ignorancia del rebaño sin los mínimos derechos de instrucción, defensa, juicio probatorio y sentencia, es que están poniendo en la picota la literatura, el cine y todas las bellas artes. Me malicio que, la resonancia de las redes han sacado de los bares a los aprendices de ayatolá, curas frustrados, jueces fracasados y demás ralea que peroraba sus inquinas y sus fobias beodas ante su parroquia o, las más de las veces, ante el camarero que asistía a la liturgia con cara amustiada y porque le va en el sueldo.

J.Carlos

Perspectiva II

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Para romper el plano la pintura inventó la perspectiva, de forma que las líneas paralelas dejaron de serlo y, si las prolongabas, terminaban convergiendo en un punto de fuga. Nuestros ojos tienen una visión estereoscópica, pero el cerebro la pone en perspectiva. Si van a chutar un penalti contra la portería de tu equipo la verás más grande, incluso el portero habrá menguado unos centímetros. Y al revés, cuando los delanteros de tu equipo están cerca de la meta contraria, los postes parece que se han juntado y el larguero ha perdido altura. Así que aunque tengamos unos ojos perfectos el cerebro modula la visión con su particular perspectiva. Hay muchas teorías al respecto. Una de ellas explica que se trata de un mecanismo de defensa de forma que, ante el inminente ataque de un león, lo veamos de mayor tamaño para incitar a las glándulas suprarrenales que suelten adrenalina a chorro y  que el corazón bombee sangre a tutiplén. Lo del mecanismo de defensa es muy socorrido, hay quien lo utiliza hasta para explicar que veamos de mayor tamaño a la luna y el sol en la línea del horizonte.

No acaba de convencerme el argumento de que el cuerpo se engañe a sí mismo para pegarse un susto y reaccionar. Aunque cosas más raras se han visto. Además el fenómeno de la perspectiva es polivalente, no sólo ocurre con el enemigo, se repite en otras circunstancias. Es enamorarte y la chica que hasta ayer era del montón de pronto es más esbelta, más guapa y más inteligente. A cualquier mindundi le cosen unos galones en las hombreras, le calzan una mitra episcopal o lo sacan tres veces en televisión y crece ante nuestros ojos. Ya no te digo si es el mandamás de una multinacional o, simplemente, es famoso o rico. La publicidad que, junto con el humor, es una de las industrias más ingeniosas, vive de venderte puntos de fuga para que, en perspectiva, parezcas más grande, despiertes más interés y, en suma, resultes más querible.

Hay otra derivada más amarga de estas ilusiones ópticas que crea nuestro cerebro, es la  que se produce con las ideologías y las creencias. Cualquier teoría, evidencia, o simple manifestación contra las mismas es visto como un anatema. Ni siquiera se analiza, se desecha, no vaya a ser que me convenza y arruine mis sentimientos. Y ahí está el quid, el cerebro antepone la óptica de las emociones y los sentimientos al caudal de impulsos que recibe del nervio óptico, por eso vemos “en perspectiva”. A veces este fenómeno produce miopías de tal calado que, una frase o una decisión de uno de los nuestros son jaleadas hasta el paroxismo; pero dicha o tomada, poco después, por uno de los suyos son poco menos que un delito de lesa patria. Supongo que es imposible borrar la perspectiva que nos impone el cerebro, pero hay formas de añadir distintos puntos de fuga que vayan asemejando la imagen que vemos a la realidad. Viajar, leer, estudiar, adentrarse en la ciencia…

Hace unos cinco años, en Plasencia, un gran escritor, Gonzalo Hidalgo Bayal nos recomendó leer, entre otros, a Fernando Aramburu. Sólo le había leído “Bambi sin sombra” y un libro de cuentos “El vigilante del fiordo”. En esta semana pespunteada de fiestas, le he leído “Patria”. Te la recomiendo porque se aprende mucho sobre las ideologías y sus perversas perspectivas, además te regala un montón de puntos de fuga, con un lenguaje preciso, minucioso y unos diálogos expresivos. Ojalá que otros analicen fuera ya de la perspectiva real de las balas, quién movía el árbol, quién cogía las nueces y quién moralmente sigue sin poder mirarse a la cara. Y te la recomiendo porque es una gran novela, y cuando se tiene ocasión de comulgar con el pan de la Literatura, todos los días parecen domingo.

J.Carlos

Capital

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Venimos de la depredación, la naturaleza nos hizo así. Los seres vivos nos depredamos los unos a los otros para subsistir desde que la vida se aposentó en el planeta. Es la regla de la supervivencia. Que la evolución, que es muy sabia, haya sabido aprovechar esa regla amoral para conseguir sus propósitos es admirable. Ahí tienes a las plantas que se sirven de los insectos, aves y otras alimañas que las depredan para polinizarse las unas a las otras o, para que esparzan sus semillas. En otros casos el depredador se queda a vivir con el depredado en una suerte de simbiosis que, paradójicamente, resulta beneficiosa para ambos. La crueldad de la regla se manifiesta en toda su crudeza cuando los recursos son ilimitados para una determinada especie; cómo no ha tenido ocasión de adaptarse a situaciones adversas, no ha evolucionado y, si los recursos escasean no sabe buscarse la vida y desaparece. La especie humana advirtió que de todos los caminos de la evolución, el más exitoso para sobrevivir era el de la simbiosis y lo tomó. Fue socializando en pequeños grupos que formaban un cuerpo organizado para luchar por su supervivencia contra todo y, también, contra otros grupos de su especie. Cada  grupo tenía sus normas, sus castas, sus dioses y sus reglas morales. Cuando se imponía a otro grupo, después de diezmarlo, lo fagotizaba en una simbiosis en la que imperaban las leyes, dioses y costumbres del vencedor. En el siglo XXI, todavía andamos en esas. Existen ciento noventa y cuatro países, un número todavía mayor de religiones y, no menos de diez conflictos armados. Es más, la fuerza centrípeta que propiciaba la bonanza de la economía, ha dejado de tirar hacia el centro cuando el carrusel del bienestar social se ha parado. De resultas, todos aquellos que han salido lanzados al exterior, como la piedra de la honda, se están envolviendo en el capullo de seda de la nacionalidad. Lo cual, seguramente, es un paso atrás en la evolución. Y no lo digo con desesperanza, te lo aseguro. Es más, me niego a caer en el desánimo de aquellos que piensan que el mundo ha envejecido al mismo ritmo que su cerebro. La evolución no es una flecha loca, si hay un obstáculo cambia de dirección, incluso de sentido. Es el juego de acierto y error que practica, incansablemente, la naturaleza.

El capital viene de la depredación también, en eso actúa como un ser vivo. Necesita depredar y se agrupa (se acumula). Cuánto más capital se acumula, más capacidad de supervivencia y de multiplicación. Que se lo pregunten a los Edison, Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt, Aston, J. P. Morgan. Explotadores con los trabajadores, crueles con la competencia, despiadados con todos. A Edison se le achaca la desaparición de Louis Le Prince, el verdadero inventor del cine; también se le acusa de achicharrar a perros y gatos para denigrar la corriente alterna de Tesla. El objetivo del capital, como el de cualquier ser vivo, es eliminar toda la competencia para poder sobrevivir cómodamente sangrando al cliente por lo siglos de los siglos. Para adaptarse tuvo que transigir en una simbiosis con el trabajo, sin duda, forzada, porque éste se había organizado en sindicatos. Cuando a Henry Ford le preguntaron ¿por qué paga tanto a sus trabajadores?, repondió: “Para que puedan comprar mis coches” No cabe mejor definción de la simbiosis. Más tarde la cuestión se complica cuando los capitales se extienden por el mundo como una mancha de petróleo, y se les quedan pequeñas las naciones. Entonces sólo ondean la bandera patria cuando exigen una guerra o un golpe de estado para perpetuar su hegemonía. Como ves, el capital sigue las mismas reglas evolutivas que cualquier ser vivo. Cuando simbiotiza produce riqueza para la sociedad pero, si se duerme en los laureles, viene otro capital y se lo come.

El desarrollo del capitalismo es paralelo a la revolución industrial. Surgió en Gran Bretaña en el siglo XVIII y se extendió a lo largo del XIX, primero por toda Europa, después por EEUU, Rusia y Japón. Hoy, estamos viviendo la revolución tecnológica. La historia se comporta, a veces, como un espejo. Donde antes surgieron grandes corporaciones del ferrocarril, carbón, acero, petróleo y finanzas; ahora surgen otras ligadas a la automatización, comunicación universal en redes, inteligencia artificial y tratamiento de datos. Tenemos a Googel, Apple, Amazon, Facebook, Uber… que acumulan ingentes cantidades de capital, y son grandes depredadores del trabajo, de la competencia, de las naciones –eluden el pago de impuestos- y de otras empresas. Sin embargo, se ha producido un salto cualitativo en la evolución del capital, el usuario ya no es un cliente, es el producto. La mutación se hace más patente en aquellas empresas que ofrecen gratis redes sociales, nubes para almacenamiento de fotos, videos y documentos, o aplicaciones que hacen la vida más fácil, como mapas, linternas, calendarios, notas… Quienes utilizamos sus plataformas aceptamos unas condiciones de uso que implican un seguimiento Orweliano. Un acta digital, que recoge fielmente la mayor parte de nuestra vida, está archivada dentro de unos armarios negros, como cajas fuertes, muy parecidos al monolito que aparece al principio de la película “2001 una odisea del espacio”. Están plantados en hileras dentro de edificios opacos de Baviera, California o La Mancha. Si los abres, verás diez o doce estantes que contienen unos aparatos similares a los  ordenadores de sobremesa, unidos por cables y con unos pilotitos de colores que parpadean. Dentro de sus circuitos guardan las páginas que visitaste, la música que escuchaste, cada una de tus compras y todos tus movimientos bancarios. Almacenan, incluso, los correos que borraste arrepentido de haberlos escrito o las fotos que decidiste eliminar. Siguen tus pasos cada día, toman nota de tus amistades en las redes. Saben por dónde andas, dónde comes, lo que dices, conocen tu ideología y hasta las enfermedades que padeces. Apuntan todo lo que les chiva tu móvil, tu ordenador, la tablet, o tu coche y tu televisor inteligentes. Por si fuera poco, como nuestro comportamiento es gregario y ellos tienen datos de millones de personas, les bastan unos simples algoritmos para predecir tus gustos, tus comportamientos y tus tendencias. Comercian con tus datos, con tu vida. Cuando aprendan un poco más comerciarán con tus emociones, porque tendrán constancia de tus besos, tus caricias y de tus llantos. En unos años comerciarán tu alegría y tu dolor, al igual que hoy ya comercializan tu paladar, tu gusto y tu oído.

El capital ha mutado para adaptarse. Los ciudadanos de a pie estamos dejando de ser clientes para convertirnos en productos, igual que los famosos dejaron de ser famosos y se convirtieron en marcas. Hay una ley del capital que sigue inmutable, nadie da duros a peseta. Por eso el uso de Gmail, whatsApp, Instagram, o la linternita para alumbrar la cerradura del coche no es gratis, a cambio venden la carne de nuestros datos a miles de empresas. Vamos, que nos prostituyen. No quiero pensar cuánto pagarán los dictadores de la Tierra por pasar un rato con los datos de sus súbditos.

J. Carlos