Archivo mensual: enero 2015

Referentes

gavilla

Tendríamos cinco o seis años, nos levantaban con el alba para ir a espigar. Era un aprendizaje porque íbamos solos por esos caminos polvorientos y recorríamos las fincas en que la mies ya se había acarreado. Se cogían las espigas con una mano y se iban pasando a la otra formando un manojo cada vez más grande. La cabeza de las espigas formaba un rosetón y la gavilla quedaba estrangulada entre el índice y el pulgar de la mano izquierda, dolían de tanto apretar. Las reglas eran simples, sólo se podían recoger las que yacían en los caminos desprendidas de las redes de los carros y de las fincas en las que ya se había acarreado la mies; no valía tomarlas de los montones de bálago sin recoger todavía, ni aprovecharse del carro al pasar y meter la mano entre las redes para sacar las espigas y, mucho menos, hacerse el distraído al cruzar por una era y afanar de la trilla recién esparramada. De regreso, porfiábamos entre nosotros quién había conseguido la gavilla más grande, las madres nos esperaban con los brazos abiertos y nos dejaban deshacer el manojo, espiga a espiga, sembrando el corral, mientras un ejército de gallinas nos seguían con un estruendoso cacareo. Después, nos daban el desayuno de leche migada. Te lo has ganado –decían.

Las reglas eran sencillas y los referentes directos. Si trincabas espigas de un montón de bálago o de una era, estabas robando el pan y el trabajo de todo un año de una familia vecina; cada espiga tenía ojos y veías en ella la cara arrugada de tanta intemperie, y las piernas torcidas de destripar terrones en invierno, y la espalda arqueada de portear sacos de guano y costales de trigo.

Hoy, el capitalismo salvaje en el que vivimos sólo tiene tres reglas, también sencillas, pero siniestras:

-Todo lo que no está prohibido está permitido.

-Si es legal lo puedo hacer aunque sea inmoral.

-Todo lo que sea ilegal pero no se pueda probar también está permitido.

Con todo, lo peor no son las reglas, lo peor es que se han perdido los referentes. Cuando Rato, Blesa y compañía saqueaban Caja Madrid, no veían -y si lo veían les importaba un comino- al ejército de despedidos, los pensionistas a los que le birlaron los ahorros de toda una vida con las preferentes, los accionistas minoritarios a los que les tocaban la campanilla mientras le vaciaban los bolsillos, a los miles de familias que han echado de sus casas con una orden judicial y la fuerza bruta de la policía. Cuando un directivo del Ibex firma un salario de diez millones de euros al año, un plan de pensiones multimillonario y un blindaje por si le echan, no le tiembla el pulso en firmar un ERE; que le va a temblar si, seguramente, esté dentro de su bonus el objetivo de diezmar la plantilla. No ven el sufrimiento, las lágrimas, los hijos pasando hambre, la enfermedad, la soledad, el suicidio. Las espigas que recogen de las eras de los demás no tienen cara, ni ojos. Cuando los gobiernos legislan sólo ven cámaras de televisión y votos en expectativa, no ven a las familias aporreadas para echarles de viviendas sociales que han vendido a fondos buitres, no ven a personas mayores aparcadas en los pasillos de los hospitales, no ven a pensionistas que han de prescindir de medicamentos esenciales para comer ellos o dar de comer a sus nietos. No ven las filas en el Inem que ellos han provocado, los comedores sociales atestados y los bancos de alimentos vacíos. No van a los entierros de los que mueren de hepatitis. No ven, no oyen, no entienden.

Han perdido los referentes. Dicen que Franco desayunaba tranquilamente después de firmar unas cuantas condenas a muerte. Cuando éstos agitan una campanilla para comenzar la venta de los papelitos del tocomocho de Bankia, cuando firman un Ere, cuando rubrican un Decreto… ¿Pueden también desayunar tranquilamente? ¿Les dicen a sus hijos pequeños que vayan a espigar, que sean listos y cojan las espigas de las eras del vecino?

Son sólo preguntas.

J. Carlos

Fragilidad mental o, no me pongas en esa tesitura que me conocerás.

fotograma

Parafraseando aquel dicho que reza: si quieres conocer a fulanito dale un carguito, se podría remedar este otro: Dale a fulanito una oportunidad y verás cómo piensa de verdad. El miércoles negro francés ha dejado en paños menores a más de un pensador, tertuliano, columnista y a muchos políticos; algo que ya se intuía pero en situaciones extremas, ellos solitos ponen de manifiesto que sus esquemas mentales son propios del siglo XIX o, si quieres, que no están tan alejados del modo de pensamiento talibán. A estos elementos carpetovetónicos hay que llevarlos de nuevo a la escuela para enseñarles que, una sociedad democrática está articulada con un poder judicial para dirimir las controversias entres sus miembros, y para ello tiene dos instrumentos: la ley y la represión penal. He escuchado y leído tantas barbaridades que, a veces, me parecía que sus autores se iban a calar el sombrero del capitán Alatriste y liarse a espadazos entre ellos. Me daban ganas de decirles: Talibanes míos, vuestro lugar no es Europa iros a Afganistán y resolver vuestras iras y fanatismos a bombazos, aquí nos reímos de lo que nos da la gana y, especialmente, de las creencias y religiones, de sus chamanes y sus ídolos, de los políticos, de los cantantes, de los escritores… y de nosotros mismos. Y si alguien se siente injuriado o calumniado acude a la justicia y solicita la oportuna reparación. Es más, como nuestros representantes adolecen de ciertos fanatismos, todavía quedan secuelas, así que no se te ocurra blasfemar porque nuestro Código Penal (art. 525) lo considera delito, y  contempla la pena de ocho a diez meses de multa, eso sí, utiliza el eufemismo de escarnio para que entendamos que nada tiene que ver con nuestra histórica Santa Inquisición.

Hasta al bueno de Bergoglio se le ha visto el plumero, son tantos siglos de verdades únicas y eternas que, en estas situaciones, sale lo que uno piensa: Mi Dios es único y verdadero y si no lo impongo no es porque no quiera, es porque no me dejan. Estimado Bergoglio, si insultan a su mamá se va usted a los tribunales de justicia, se arma con todos los instrumentos probatorios de que sea capaz, le cuenta su versión al juzgador y, aguanta estoicamente mientras la otra parte le cuenta la suya, después espera con confianza a que el juez saque sus propias conclusiones y, cuando éste dicte sentencia a su favor o en su contra, acata con resignación y cumple lo prescrito. Así resolvemos las disensiones las sociedades democráticas, no a puñetazos, ni a espadazos, ni a bombazos como hacen las teocracias, ni con sacrificios humanos como hacían, no hace tanto, algunas religiones. Somos conscientes de que nuestras leyes son temporales e imperfectas, no como las de sus dioses y sus profetas que son inmutables y eternas; sabemos que nuestros tribunales yerran, no como los eclesiásticos que están inspirados por el Espíritu Santo o por el Profeta y, por tanto, son infalibles; conocemos, y en carne propia, aquella maldición, tengas juicios y los ganes. Y con todo, señor mío, me quedo con nuestras leyes imperfectas, con nuestros tribunales erráticos, con nuestra justicia lenta y tardía. No nos gusta la justicia del puño y las pistolas, no nos gusta tomarnos la justicia por nuestra mano, ni por ninguna mano divina. Preferimos nuestra maltrecha justicia, porque la historia nos enseñó que, es un mal sistema pero es el menos malo.

Por lo demás, querido Bergoglio, espero que los padres de los niños vejados por algunos de sus ungidos no sigan al pie de la letra sus enseñanzas sobre este particular porque, convendrá conmigo que, insultar a una madre es una afrenta gravísima, pero que te violen a un hijo es un sindios.

J. Carlos

Contra el fanatismo

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Según el DRAE, el fanatismo es un apasionamiento desmedido en creencias u opiniones, sobre todo religiosas y políticas. El fanatismo tiene dos características letales para la convivencia, a saber: que lo identificamos con precisión en el prójimo pero somos incapaces de reconocerlo en nosotros mismos y, que linda con el llamado pensamiento paranoide que, según el profesor González Duro, es “rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción.” Como todo, es cuestión de grados, no es lo mismo un apasionado desmedido del fútbol que agota su testosterona imprecando a la madre que parió al árbitro, que aquel otro que dispara una bengala a los seguidores del equipo contrario. Como no es lo mismo que un religioso te conmine a creer en su dios porque si no arderás en el fuego eterno, o que te conmine a creer porque en caso contrario te degüella por infiel.

A mí el fanático que consuma su paranoia en sí mismo o contra sí mismo no me preocupa. Sea el obseso sexual que se mata a pajas pero no va violando por ahí. Sea el fanático religioso que se mortifica con cilicios o latigazos dentro de sus cuatro paredes sin obligar ni inducir a nadie. O el obcecado nacionalista que se acuesta con su bandera y se despierta con los sones patrióticos de su himno, pero no se inventa una historia común de valientes e intrépidos ni busca virutas en ojos ajenos. Ya sea el científico que, en su obsesión, se desliza por la vida como un sonámbulo mientras busca la piedra filosofal. El preocupante es el fanático social, aquél que exige y lucha porque todos los demás comulguemos con sus creencias u opiniones; y es preocupante, no tanto por la osadía paranoica de esos individuos que siempre existirán, cuanto por la facilidad que tiene el ser humano de caer en la tentación del pensamiento único porque, como especie, tenemos un espíritu gregario. No queda lejos la Edad Media y la Santa inquisición; aquí, a la vuelta de la esquina de la historia, tenemos  el estalinismo y los fascismos; hoy mismo, gran parte del planeta vive gregaria de credos únicos políticos o/y religiosos. En la historia se han sucedido infinidad de pandemias de fanatismo y, como queda dicho, todavía hay epidemias severas en gran parte del globo. A Occidente le salvó el Renacimiento y Galileo, Erasmo, Bacon, Descartes, Pascal, Hobbes, Spinozza, Diderot, Voltaire, Rousseau, Darwin, Eisntein… que crearon una vacuna llamada Razón elaborada con tres principios activos: Cultura, Ciencia y Pensamiento crítico, y dos excipientes: Tolerancia y Respeto.

Las balas salen del ánima girando sobre sí mismas y recorren entre 300 y 600 metros por segundo, perforan tejidos y órganos, matan. La educación es lenta y pesada, dura toda una vida, permea poco a poco la red social, con la parsimonia del riego por goteo, aunque termina penetrando en el neocórtex de cada individuo. Las arengas fanáticas se basan en el fomento automático de las emociones primarias y del odio, van directas, como balas, a la amígdala cerebral e inoculan el miedo. Ante tales estímulos, la repuesta del sistema límbico humana es igual de inmediata que la del reptil: Ya tienes soldados dispuestos a apretar un gatillo contra los que no creen  o no profesan lo que ellos creen o profesan, ya tienes suicidas dispuestos a inmolarse contra los odiados; sobre todo, si encima les inculcas que sus acciones les abren las puertas del Paraíso, donde pueden gozar eternamente de  huríes blancas, verdes, amarillas y rojas, con cuerpos de azafrán, almizcle, ámbar e incienso.

El humor en el fanático pone en marcha el mecanismo del miedo a perder su crédula convicción narcisista y paranoica, viene a ser el resorte que, en las películas sobre la guerra fría era una llamada de teléfono y ponía en marcha el mandato inconsciente de matar. Para las personas cultivadas en la res pública, el humor es un signo evidente de su escepticismo y de sus dudas y, lo que es más importante, de una humildad sin prejuicios y sin miedos que sólo se alcanza con el conocimiento crítico.

Es dramática, es perversa, es intolerable la matanza perpetrada en la sede de la revista Charlie Hebdo. La libertad, el pensamiento, la razón, desafortunadamente no son gratis, siempre hay que pagar un cierto tributo. Siempre habrá fanáticos que juzguen, condenen y proclamen sus anatemas y sus fatuas, siempre habrá mentes sodomizadas por ellos que empuñarán el arma o harán estallar la bomba. La cuestión estriba en que no nos dejemos amedrentar, que no nos cieguen los miedos que nos venden los fanáticos, aunque sean nuestros fanáticos, porque entonces fiaremos todo a nuestro sistema límbico, o sea, a la testosterona y a las gónadas.

¡Ah! Y no te olvides de que el hecho de que sean fanáticos no significa que sean imbéciles o les falte astucia. Al contrario, sin ir más lejos, muchos de nuestros fanáticos llevan desde el miércoles proclamando Je suis Charlie Hebdo, los mismos que aplauden con las orejas la recientemente aprobada Ley Mordaza.

Con que no te despreocupes.

J. Carlos

 

 

 

Gravedad

      curvatura espacio-tiempo

La física que me enseñaban en el bachillerato era newtoniana, comprensible, sencilla, similar a la vida de interno de colegio de curas que también seguía una estructura lineal: clases, recreos, comidas, estudio, misas…No había sobresaltos, todo era explicable y racional. Si te portabas mal te pasaban cosas malas porque Dios -que era como un campo de Higss que estaba en todas partes y todo lo veía- te castigaba; si te ponías en manos de Onan se te licuaba el cerebro y, si se moría tu padre joven y contra natura era voluntad divina y Santas Pascuas o, lo que es peor, algo habrías hecho mal para que Dios te tratara sin misericordia. Así que, a la vez que me enseñaron que la gravedad era una fuerza misteriosa que hacía que los cuerpos se atrajeran los unos a los otros, como los imanes; me inculcaron que la culpa era otra fuerza misteriosa que ejercía una justicia divina e inmediata –no sólo sobre mí, sino también sobre los míos- para expiar mis malas obras, pensamientos u omisiones.

Si aquellos religiosos, con más voluntad que talento y cultura, hubieran leído a Einstein me habrían explicado que la fuerza de gravedad es una ilusión, no es más que un efecto geométrico. De hecho, un elemento masivo como la Tierra deforma –curva- el espacio tiempo de nuestro entorno, así que el espacio nos empuja hacia el suelo. Algo similar a lo que sucede en el programa de televisión Me resbala, presentado por Arturo Vals, donde unos actores cómicos tienen que desarrollar una serie de sketchs sobre un suelo inclinado, mientras la cámara muestra al espectador el plano horizontal. Si aquellos curas hubieran leído algo más que el Breviario, que sacaban de los interiores de sus sotanas negras y leían peripatéticamente a todas horas, me habrían inculcado que, sólo es pecado tratar a los demás de manera diferente a como quieres que te traten a ti,  que la culpa ha de ser solamente un reflejo automático de tu empatía y que la ecuanimidad divina es una mera ilusión, una añagaza de nuestro cerebro para sedarnos con una imposible justicia poética; esto es, que cuando nos vienen mal dadas expiamos nuestros pecados, y cuando las cosas nos van como la seda es porque nos hemos portado arcangélicamente. Amén.

Sin embargo, hay gravedades que matan, por ejemplo la del dinero. El cine, la literatura y la vida misma están cuajados de historias en que el influjo gravitatorio del dinero termina matando. Pero como la realidad es tan cruel y tan original, se supera a sí misma, hay veces que alguien se recrea en curvar el espacio-tiempo mental de sus semejantes  soltando por ahí el dinero, o su apariencia. En octubre de 1988, desde un coche gris, alguien sembró la calzada de la M-30 con billetes de mil y quinientas pesetas  provocando, sólo, afortunadamente, un gran atasco. Este pasado verano, el millonario Jason Buzi, se refocilaba escondiendo “tesoros” de doscientos cincuenta  y cien dólares en ciudades de EEUU, París, Madrid y Londres; utilizaba su cuenta de Twitter para escribir pistas con el fin de que miles de personas se deslizaran sobre el tobogán de la avaricia, mientras, suponemos, se placía en orgasmos de satisfacción. Más recientemente, en el mes que acaba de dejarnos, un lotero de Alaquàs, situó 50 décimos de lotería de Navidad en otros tantos lugares estratégicos  de su pueblo para que sus vecinos perdieran el culo por las esquinas y se desollaran las yemas de los dedos en los orificios, suponemos que con un simple afán publicitario. La última versión de este influjo gravitatorio inducido se ha producido en Shanghái, veinticinco minutos antes de concluir el año, cuando decenas de miles de personas festejaban la Nochevieja, alguien en la plaza Chenyi, desde un bar del malecón, lanzó al aire cupones parecidos a cien dólares, la avaricia desencadenó una estampida; el resultado 36 muertos y 47 heridos, todos ellos jóvenes de entre 16 y 26 años.

Así que el influjo gravitatorio del dinero es ilusorio y sigue la Relatividad General de Einstein, curva la geometría de las conciencias y, como cualquier objeto celeste, cuánto más masivo es con más virulencia se cae en él. De forma que, cuando su masa alcanza una determinada dimensión se convierte en un agujero negro que atrapa las conciencias y, más allá del horizonte de sucesos, las apaga porque no deja escapar ni la luz.

A las pruebas me remito.

 J. Carlos