Archivo mensual: enero 2020

Microbiota

La mitad de lo que somos se contabiliza en microbios, la otra mitad en células humanas. Somos una comunidad bien avenida y equilibrada, quiere decirse que, en tu cuerpo y en el mío las cuentas están saldadas. Hasta hace unos años considerábamos que ese conjunto de microorganismos eran unos ocupas que vivían a nuestra costa, que es tanto como considerar que la mitad del cuerpo era un artefacto que se nos había adosado para chuparnos la sangre y no reconociéramos como propio el brazo izquierdo, la pierna derecha, una de las orejas, una ventana de la nariz o un riñón. Hoy sabemos que ese conjunto de bichitos, la microbiota, son esenciales en nuestro sistema inmune, influyen en la secuencia de nuestro genoma y juegan un papel importante en el desarrollo neuronal a través de la producción de neurotransmisores. Vamos, que son tan nuestros como la piel que habitamos o la sangre que nos lleva el oxígeno al domicilio de cada célula. El problema lo tenemos con los microbios emigrantes que a diario cruzan las fronteras de la piel y las mucosas para instalarse en nuestros cuerpos donde se vive estupendamente. Algo similar a lo que pasa en Europa que los emigrantes cruzan fronteras y mueren en el mar con tal de llegar a la tierra prometida. La microbiota propia, aquellos que ya son ciudadanos de la patria de nuestro cuerpo, alerta al sistema inmune para que ataque a los intrusos y, aunque casi siempre ganamos la batalla, resulta molesto porque preferimos vivir en paz. Si alguien creó este mundo debe ser un macarra porque concibió la supervivencia como una guerra sin cuartel. Ahí tienes el virus de la gripe que llega puntual cada año porque necesita nuestras células para reproducirse. Es tan poca cosa que ni se puede ver con un microscopio óptico; aún así, con toda nuestra tecnología e inteligencia somos incapaces de erradicarlo, todos los años se lleva a unos miles con los pies por delante, a los demás sólo nos deja malparados durante una o dos semanas. En resumen, a lo largo de la existencia ganamos todas las batallas salvo la última, donde perdemos la guerra. Al final algún bichito insignificante nos termina mostrando el camino del cementerio o del crematorio. Victoria pírrica porque el microorganismo asesino también muere con nosotros. En el certificado de defunción el médico de turno escribirá insuficiencia cardiaca o fallo multiorgánico, pero él sabe que la causa más probable es la proliferación de colonias emigrantes de bacterias, arqueas, virus, hongos o protistas que emigraron a tu interior porque allí se vive estupendamente.

Los emigrantes que a diario asaltan las fronteras de nuestros cuerpos suelen ser viejos conocidos a los que esperamos con un ejército biológico que han preparado nuestros científicos en laboratorios. Pero los muy ladinos ya conocen nuestras defensas y, a veces, se disfrazan con mutaciones para engañarnos y nos pillan con las armas obsoletas. Así sucedió en diciembre, en la ciudad china de Wuham, donde una colonia de coronavirus se había asentado en las entrañas de una serpiente venenosa, la Krait taiwanesa, que tiene la piel pintada en bandas con escamas blancas las estrechas, con escamas negras las más anchas. En aquellas latitudes la ingestión de serpientes entra dentro de los cánones de la gastronomía local, así que un ejemplar terminó expuesta en el mercado junto con erizos de mar, puercoespines, murciélagos, venados… Se supone que al contacto con la serpiente o, tras su ingesta, el virus entró en un cuerpo humano donde mutó para adaptarse. El parte de guerra a día de hoy está en las cabeceras de todos los informativos del planeta: 41 muertos, 1.100 infectados, 13 ciudades en cuarentena, 40 millones de personas aisladas como cuando asolaba la peste en la Edad Media que los encerraban en las urbes a cal y canto. La diferencia es que en la Edad Media los microbios viajaban en el huésped humano a la velocidad de un caballo, ahora viajan en avión a 900 Km por hora. Ya ha llegado a Francia y tras la diáspora posterior a las celebraciones del nuevo año chino de la Rata, que empieza hoy, se teme que se convierta en pandemia mundial.

Te preguntarás: ¿Qué son 41 muertos frente a 7.700 millones de humanos? ¿Por qué tanto trompeteo apocalíptico cuando sólo en España, durante el año 2019, murieron 55 mujeres por asesinatos machistas? Entiéndeme, si tienes razón, pero añádele que el boletín de científicos atómicos acaba de publicar que la especie humana ya casi ha consumido las 24 horas de vida, nos quedan apenas cien segundos para desparecer. Apunta, además, otro dato espeluznante: Se ha constatado la existencia de las ondas gravitacionales que predijo Einstein. ¿Sabes cómo las han medido?, pues gracias al choque de dos agujeros negros. Sí, los agujeros negros no sólo engullen estrellas y galaxias enteras, también se comen entre ellos, así que terminaremos siendo el desayuno de un agujero negro que será fagocitado por otro y así hasta que sólo quede uno.

O nos come lo infinitamente pequeño o nos engulle lo infinitamente grande. Esto es un sinvivir. Menos mal que los chinos, a falta de vacuna contra el coronavirus, nos han dado un placebo. Van a construir un hospital en diez días, ya nos han suministrado las imágenes de cincuenta excavadoras que se mueven como hormigas. Son muy inteligentes, saben que mostrar a sus compatriotas y al mundo el avance diario de las obras es el mejor ansiolítico.

   J. Carlos

 

Aplicaciones

 

Me he bajado una aplicación para calificar los alimentos. Basta con acercar el móvil al código de barras del producto para que lo reconozca de inmediato, lo puntúe y desglose su peso en grasas saturadas, aditivos, azúcar, etc. He escaneado los envases que tengo en el frigorífico y el resultado es patético: dos excelentes, uno bueno, cuatro malos y el resto mediocres. Tengo la mochila de la culpa más cargada que un asno de pastor con cántaros de leche, es lo que tiene haber recibido una educación católica. Ya me fustigaba cuando me echaba al coleto unas lentejas con su chorizo picante de León o, entre horas, picaba unas lonchas de queso de cabra y rodajas de fuet de Casa Tarradellas con un vino de Toro, imagínate ahora cómo se te queda el ánimo si te comes un yogur con bífidus activo que la aplicación califica como mediocre, y eso que lo haces para evitar un postre dulce. No te niego que, si se viralizan estas aplicaciones, los productores se pondrán las pilas para que mejore su clasificación y comeremos más sano, en el entretanto habrá que encopetar un poco más la mochila de la culpa. Daba gusto de niño, ibas al confesionario te acusabas de practicar el pecado de la gula y al precio de tres Ave Marías el sacerdote te dejaba el rincón del alma donde habita el remordimiento limpio como una patena.  Además, no te exigía los detalles morbosos de con quién, dónde y cuántas veces pecabas, ni siquiera te reconvenía con aquello de que esos apetitos desenfrenados terminarían licuándote el cerebro. Esa mancha indeleble de la culpa que te inflige la aplicación la puedes disimular con la penitencia del deporte, condenándote a prescindir del postre o hartarte de vez en cuando a comer verdura como las vacas, pero ¿cómo te libras del sentimiento filicida de estar alimentando a tus vástagos con productos malos, incluso mediocres, que alicatarán de colesterol sus vasos sanguíneos o endulzarán su sangre hasta que revienten?

Con la edad se pierde estatura, los médicos te dirán que son fenómenos físicos de acercamiento de vértebras debido a la gravedad, desgaste de cartílagos y hasta pérdida de masa ósea. No es toda la verdad, en esa ecuación falta el peso de la culpa. Te digo más, si midieran a los veinteañeros en toda Europa y los volvieran a medir al cabo de cincuenta años se acreditaría que, con el paso del tiempo, los españoles tendríamos la bóveda craneal más cerca del suelo.

Dentro de unos meses existirán aplicaciones que escanearán el aire y te aconsejarán no salir de casa o no comprar ese piso porque en ese barrio los bronquios se degradan con rapidez. Más adelante habrá móviles que escanearán tu coche o el avión en que piensas volar y lo calificarán, pero si resulta mediocre o malo recibirás una notificación de tu seguro advirtiéndote de que no te cubre en caso de accidente. Como esto es un no parar, en unos años, antes de salir de casa tendrás que dirigir tu móvil al retrete donde humea tu deposición para que te diga si detecta alguna anomalía en tu organismo, después, mientras te peinas, el espejo te mirará al fondo de los ojos para detectar las fracturas psíquicas y mentales que te aquejan, en caso de gravedad te inyectará un tranquilizante y avisará a los loqueros. Con ello quiero decirte que habrá aplicaciones para todo: escribirán poesía, compondrán música, te harán el amor y conducirán tu coche.

Ojalá desarrollen una aplicación para el móvil que te perdone las culpas y te redima, como la que inventó la religión católica y que está en todas las iglesias. Tiene forma de cueva presidida por una cruz. Es un mueble ancho y alto, de madera, con dos celosías a los lados y unos estribos para arrodillarse, tiene también una puerta con una hoja y, encima, un vano con cortinas moradas. Dentro, un cura sentado en una tabla con cojín de terciopelo levanta la mano en el aire dibujando una cruz y pronuncia: ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. En ese preciso instante desaparecen las culpas como si estuvieran escritas a lápiz y le pasaran una goma de borrar. Si midieran al devoto antes y después de pasar por esa aplicación analógica te aseguro que sería unos milímetros más alto. Si lo pesaran habría perdido unos gramos o unos kilos, basta ver cómo llegan los penitentes cabizbajos con los pies a rastras y cómo se van tan ligeros que parecen levitar tras cumplir la penitencia.

          J. Carlos

 

Coincidencias miserables

Hasta hace unos meses estas coincidencias sólo me habían sucedido en el metro. Aquella primera vez iba de pie leyendo los Miserables, levanté la vista por esa sensación incómoda como de cosquilleo en la nuca de que alguien está mirándote, me volví con disimulo. Habían pasado más de dos décadas. Aquel señor apoyado en la pared del vagón con traje azul de lana fría, gemelos plateados en las mangas de la camisa a juego con la corbata y un maletín de piel en la mano era Nicolás, mi compañero de mesa de estudio en el colegio a quien confié mis secretos y a quien estaría eternamente agradecido porque me había inoculado el virus de la literatura. Las páginas del libro se quedaron ancladas hasta el final del trayecto. No nos cruzamos las miradas. Después, durante tres o cuatro días, se me amontonaron en la memoria recuerdos comunes y me sentí mal como si con nuestra indiferencia hubiésemos traicionado nuestro  pasado o hubiésemos negado quienes fuimos.

La segunda iba con unos amigos cargados con mochilas estudiando en el mapa el plano de la Cuerda Larga, sentado al fondo del vagón vi a tío Abe quien me había enseñado a escalar la montaña y el nombre de las estrellas y la posición de las constelaciones. La familia se había dividido por la herencia de los abuelos y nos retiramos la palabra. Durante cinco estaciones, hasta Atocha, nos tuvimos en el rabillo del ojo con los gestos adustos de indiferencia impostada. No pude evitar añorar aquellos brazos fuertes que me alzaban en el aire de niño, ni su barba pelirroja que recorría con mis dedos como arados haciendo surcos. Aquella coincidencia también me arruinó el día y la semana. Qué difícil es traicionar los afectos.

La tercera ocasión viajaba con mi mujer y mis hijos, vi que se apeaba otra familia en Tribunal. Fue el gesto de ella al pasar los dedos índices sobre la melena rubia por detrás de las orejas lo me llamó mi atención. Esta vez sí se cruzaron nuestras miradas a través del vidrio de la puerta, enseguida apartamos la vista el uno del otro como si quemara. Conocía esos dedos que se trenzaron con los míos muchas tardes, el ángulo exacto que formaban sus labios cuando sonreía pícara con mis requiebros, la hondura del mar turquesa de sus ojos y la textura aterciopelada de su piel que se tensaba como un arco con mis caricias. Me temo que en la decisión de ignorarnos y apartar los ojos el uno del otro había miedo a reconocer, después de tantos años, que seguíamos sin saciar el hambre de querernos.

La cuarta sucedió una mañana de sábado en el parque de El Retiro. Estaba paseando entre los corrillos de la chiquillería que, a la vera del estanque, gritaban a los personajes que encarnaban las marionetas cuando llegó, de improviso, un perro a la carrera aullando de euforia, se puso de patas sobre mi pecho y se le escaparon algunas gotas de orina. Intenté zafarme del aquel ejemplar de Braco con el pelo negro moteado de manchas blancas sin conseguirlo. El animal parecía querer bailar una danza tribal conmigo. Sin resuello llegó su dueño que se disculpó y le ató la correa al arnés, le resté importancia al incidente y mentí diciendo que tenía una perra de la misma raza lo que explicaba el comportamiento del chucho. Me alejé deprisa por unas veredas sombrías y poco transitadas. Habían pasado dos veranos, o tal vez tres, desde que lo abandoné en una gasolinera de Vallecas cuando era poco más que un cachorro. Se me desbordaron las lágrimas por las mejillas y hube de sentarme en un banco bajo un sauce llorón. Es fácil soportar la indiferencia con indiferencia pero cómo se soporta el cariño desmedido que no se rinde ni ante al abandono. Una señora se acercó para interesarse. Mentí de nuevo: “Me acaban de dar la noticia de la muerte de un familiar”. Le di las gracias, me calcé las gafas verdes de aviador y me fui caminando renqueante. Desde aquel sábado no he vuelto a pisar El Retiro. Tampoco he vuelto a desplazarme en Metro.

          J. Carlos