Archivo mensual: marzo 2014

Memorias

Se levanta del asiento, nunca se levanta. Extiende su mano para estrechar la mía, incluso estira los labios para forzar una sonrisa, es la primera vez que le veo sonreír. Me pide por favor que tome asiento y espera a que yo me siente para hacerlo él. Con el dedo índice aprieta las gafas de concha contra el entrecejo. Sobre la mesa hay una carpeta abierta, de un blanco más crudo que su bata, contiene informes, radiografías y tomografías. Las dos últimas semanas han escudriñado mi cerebro desde todos los ángulos, yo les decía a los operadores de las máquinas, para quitarme el miedo, que si buscaban alguna gran idea no la iban a encontrar. Me froto las manos, en la palma de la derecha está escrito a bolígrafo: Doctor Beltrán, C/ Infantas, 10.

-Lo siento, se confirma, es Alzheimer –dice el doctor.

El segundo siguiente dura casi un minuto. Todo queda en suspenso, el corazón quieto y encogido, los miembros dejan de pesar, sólo hay un punto a la altura del estómago, un punto vacio que se expande y gana peso; es lo único que me mantiene atado a la silla, si no, seguramente flotaría como los astronautas en sus naves. Mis sentidos se agudizan. Aunque tengo los ojos enfocando las pupilas azules del doctor, veo los títulos, cursos y acreditaciones médicas que cuelgan de la pared por encima de su cabeza, el tresillo Chester de cuero marrón que queda a mi derecha, la mesita de metacrilato con tres cañones de cobre y un jarrón de vidrio tallado sin flores, las cortinas de color salmón y los visillos ennegrecidos por la contaminación, hasta el regulador de temperatura que está a la derecha de la puerta y que marca veintitrés grados en el cristal líquido. A mis oídos llega con nitidez el ronroneo del aire acondicionado y la voz menuda de la enfermera hablando por teléfono en la antesala. Una gota de sudor frío se desliza por el coxis. La saliva amarga y se ha vuelto pastosa. Al tiempo, las neuronas, como si se hubieran despertado de un largo sueño, empiezan a facturar recuerdos sin orden. Me presentan retazos del primer día que olvidé donde había dejado el coche, y de aquel otro en que vi a mi madre desnuda y le pregunté por qué no tenía pito como yo. Me traen el olor de mi padre yacente en el ataúd, mezclado con el olor a pana y a campo cuando sentado me alzaba sobre su muslo y lo movía para que cabalgara. Ya no miro al frente, se me ha vencido la cabeza y observo, con horror, que llevo los calcetines disparejos. Cierro los ojos. Vuelven los recuerdos. Del día que, por descuido, quemé la cartera de plástico en la estufa que llevaba a la escuela para calentarme los pies, y los de la última conversación con mi hija Sonsoles sobre la donación en vida de mis bienes. Oigo el sermón del obispo sobre lo eterno en la ceremonia de confirmación, “cuando la cigüeña, sólo de posarse, haya desgastado la torre y toda la iglesia no habrá pasado ni un segundo para la eternidad”, y leo aquella carta hecha de letras negras, grandes y picudas anunciando que se le acabó el amor. Revivo la semana de hospital con la pierna colgada por lo del accidente, y las noches de alcohol en los tugurios de Malasaña escuchando música y robando besos. El acto de graduación mezclado con el estallido de la granada que me explotó a dos metros en la mili y me dejó sin el tímpano derecho. El robo con una recortada en la joyería de Cádiz para pagar el aborto de Lola en Londres. La primera vez con una puta en Barcelona a la que le robé un cenicero de Four Roses. La confesión de Lola antes de morir de que no había abortado y que había una niña que se llamaba Sonsoles.

El doctor Beltrán está diciendo algo. Le sugiero con un golpe de mano en al aire que no diga más.

– Lo sé –digo- En uno o dos años me olvidaré de quién soy y de quiénes son los demás. En diez u once me iré al otro barrio, si antes no le pongo remedio.

-Hay terapias que pueden retrasar el avance de la enfermedad… –Replica el doctor.

-Ahora no, por favor, pediré cita otro día y ya me explicará.

La enfermera baja el tono de voz cuando me da hora para el martes de la próxima semana; supongo que mis hombros caídos, la expresión como ida y me cabeza gacha me delatan. Sale el doctor enarbolando el bastón que me había dejado en su despacho, me acompaña a la puerta y me pasa el brazo sobre los hombros.

Sonsoles me espera en la cafetería de las Cortes. Su partido gobierna. Al comienzo de la legislatura ha sido nombrada portavoz del grupo parlamentario; iban a nombrar a un hombre pero, gracias a la cuota femenina, el Presidente la propuso para el cargo y salió, claro.

-Hola papá. Llegas tarde

-Perdona, hija, me distraje y cogí el 32, en vez del 20.

-¿Qué te ha dicho el doctor Beltrán?

-¿El médico?… Ah, nada. Falsa alarma. Que los olvidos son cosas de la edad, y que ésta –me señalo la cabeza con el dedo- todavía no tiene muchas goteras –contesto. Ella me aprieta el brazo con una mano y con la otra me acaricia la mejilla.

Un presentador de informativos de la televisión pasa en ese momento, la saluda y dice: -Parecéis dos novios. Sería una forma agradable y novedosa de abrir el telediario, que llevo cuatro días empezando con el avión desparecido.

El camarero después de darnos las buenas tardes, nos sirve generosamente sendas copas de Ribera de Duero. Brindo por su carrera política. Ella brinda por mi salud.

-Papá, he leído tus memorias.

-¿Qué memorias? –pregunto.

Nos sirven el primer plato, es una sopa de marisco, humea. Sonsoles sopla antes de llevarse la cuchara a la boca. Paladea, después contesta.

-Papá, las memorias que enviaste a Planeta. Menos mal que el editor es un buen amigo, me las devolvió y no las va a publicar.

Trato de recordar y ganar tiempo, aprovechando que el camarero nos está retirando el primer plato. Es cierto que cuando aparecieron los primeros síntomas decidí escribir para asentar la memoria, a sabiendas de que se iría escapando de mi cerebro como se escapa el aire de un globo pinchado. Pero juraría que las resmas de papel con mi letra minuciosa, como excrementos de mosca, están en la caja fuerte. Y la llave está aquí –la toco- cuelga de la cadena sobre mi cuello.

-¿Cómo puedes contar que el tío Julio y tú atracasteis una joyería para pagarle a mi madre un aborto, el mío. Eso terminaría con mi carrera política.

-Hija, ¿de qué atraco estás hablando?

-Papá, pronto tu hija va a ser Ministra de Sanidad, me lo ha prometido el Presidente; salvo, claro que resulte ser la hija de un atracador.

-Pero qué dices, ¿la hija de un atracador?

– ¡Joder! Que al dependiente de la joyería le distéis un culatazo ahí y lo dejasteis eunuco.

-Le dimos una paliza porque se tiraba a la Lola que, entonces, era mi novia. Sí Lola, tu madre. Aquel cabrón que me ponía los cuernos trabajaba en una joyería, entramos cuando ya se disponía a cerrar y le rompimos los huevos a culatazos. Pregúntale a tu tío Julio, pregúntale.

Sonsoles ha comido su merluza hervida sin decir palabra. Ha pedido café. El flan que me traen parece casero, cuando lo termino levanto el plato hasta los labios y sorbo el caramelo como un niño. La niña me lo recrimina con la mirada.

-Memorias, memorias, memorias, ¿qué memorias? –digo- Yo lo que he escrito es una novela y está en la caja fuerte. Y si te interesa, hija, te diré que me voy a presentar al premio ese, ¿cómo se llama?, el de Barcelona, el que ganó Cela.

J. Carlos

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Cinco días

Wavy

El lunes nos enteramos que el Universo vomitaba señales que se habían producido cuando se estaba pariendo a sí mismo y se expandía 100 billones de billones de veces en un parpadeo. La expansión era tan veloz que se sucedían pequeñas arrugas en el continuo  tiempo-espacio formando rizos como en el pelo crespo. Las ondas gravitacionales que han detectado parece que son las huellas de aquellas primigenias fluctuaciones y pueden asentar la teoría de expansión inflacionaria del Universo, según la cual, toda la energía, la masa, el espacio y el tiempo estaban condensados en una minúscula bola de un tamaño 1020 veces más pequeña que un protón. Y estalló hace 13.800 millones de años dando lugar a cosas raras, como la vida.

Martes. Mientras el Universo se expande porque la materia se repele y, sobre todo, porque el espacio se infla como un globo; la inversión en sanidad se contrae como el agua en la bajamar y viaja atrás en el tiempo, de hecho ya estamos a niveles de 2007. Rajoy y Mato nos han birlado del bolsillo sanitario 7.200 millones de €, pero han actualizado el milagro de los panes y los peces: Hay hospitales que tienen diez sábanas para treinta pacientes.

Miércoles. Día del padre. Empezó la religión con aquello de poner un santo para cada día, pero la inflación santifical fue en aumento y ahora por cada día hay una cola de santos; después, los grandes almacenes, viendo que consumir era bueno porque vaciaba sus estanterías y llenaba sus cajas registradoras, siguieron repartiendo motivos para gastar por cada hoja del calendario. Reivindico el uso de las horas cuando ya no quepan los motivos en los días, la hora de la buena vida, la hora perra, la hora de los idiotas… Ah sí, me regalaron una colonia envuelta en papel verde de El Corte Inglés, ya no gasto corbata.

Jueves. A las 15:57 el centro del sol ha cruzado el ecuador celeste. Es primavera. La luz va ganando minutos a la oscuridad, se calientan la tierra y los procesos químicos de los seres vivos estallan en un proceso inflacionario para multiplicarse y sobrevivir. Los estambres de las flores abren sus sacos polínicos para que su simiente se propague en el aire y en el agua o se la lleven en sus patas los insectos, mientras los estigmas papilosos y húmedos esperan a que el polen se adhiera a sus papilas. Y es que los vegetales se aman de manera disoluta.

Viernes. El hijo de Suarez comparece para informar de que la muerte de su padre es inminente, hasta le pone plazo: en el término de 48 horas. Un despropósito. Los medios desempolvan el obituario escrito y documentado desde hace años y lo matan ya, sin esperar al certificado médico. Los tertulianos conjugan los verbos en pasado. Suarez es, todavía es, un castellano de los de antes honrado a carta cabal, que supo encontrar en los miedos y debilidades propias y ajenas, la piedra filosofal para que venciera la palabra y el consenso sobre el grito y las pistolas. Un chusquero de la política a quienes los propios no le perdonaron el éxito rotundo de adelantar dos siglos el reloj de la historia de España, ni que fuera un hombre hecho a sí mismo que no pertenecía a su aristocracia rancia, ni le adornaba un currículo pleno de oposiciones y títulos universitarios. Un chusquero de la política a quienes los ajenos le picotearon las entrañas políticas porque se perdía en las distancias largas y en los debates parlamentarios; sí, esos ajenos que todavía no nos han explicado la reunión de Mújica con Armada, y el porqué estaban dispuestos a formar parte de un gobierno de coalición presidido por un militar con tal de quitarse de en medio a Suarez. Tal vez, tanto los propios como los ajenos lo que querían quitar de en medio era la DIGNIDAD. Visto con la perspectiva de los años creo que han logrado su propósito con creces. Pero no pueden evitar que, de cuando España parió la democracia todavía llegan las huellas que produjo la decencia de un hombre bueno en la política.

J. Carlos

Ha sido el gato

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Por entonces mi frente no levantaba más allá de la mesa camilla. Mi madre conversaba  con una vecina baja, rechoncha y risueña. Yo jugaba conmigo mismo, supongo que matando indios, dando vueltas a la mesa y moviendo los brazos con grandes aspavientos. El gato estaba, como de costumbre, tumbado sobre el poyete al calor de la lumbre. Había una jarra de vidrio con un tercio de agua sobre la mesa. Al segundo siguiente el vidrio se había estrellado contra el suelo en decenas de añicos y el agua formaba regueros en las baldosas. El gato de un salto y cuatro zancadas había alcanzado ya el pasillo. Mi madre, todavía asustada por el estruendo, preguntó: ¿Has tirado la jarra? Contesté decidido: No, ha sido el gato. La vecina baja, rechoncha y risueña necesitó varios manotazos en la espalda porque se atragantó con sus propias carcajadas. Más tarde, con esa misma mano, mi madre me propinó una azotaina. Cuando mis ojos empezaron a ganar altura y pudieron ver por encima de la mesa camilla, aprendí en el ejemplo de mis padres y en aquella sociedad castellana vieja que, la dignidad consiste en asumir las consecuencias de tus propios actos y responder de ellos, ante ti mismo y ante los demás.

La crisis económica ha levantado una buena polvareda sobre nuestra sociedad que nos impide ver con nitidez, y tenemos para rato, porque el viento de la justicia tiene muy poco fuelle y no consigue arrastrar el polvo. Sin embargo, sí nos alcanza la vista para percatarnos de la degradación ética que asola a la clase dominante del país: no conjugan el verbo responder de sus actos porque no han sido ellos, ha sido el gato. Banqueros que han hundido bancos y han vendido productos financieros tóxicos, o que no han sabido gestionar los riesgos poniendo en solfa el capital de sus accionistas y el propio sistema financiero. Constructores que basan su trabajo en el soborno. Políticos que han regalado a sus amiguetes puestos para los que no tenían preparación alguna; o que  se han repartido sobres a cambio de adjudicaciones de obras, recalificaciones de terrenos o realización de obra civil innecesaria; que han afanado hasta las ayudas a países pobres;  o han pulido el dinero de todos en aeropuertos sin aviones, en hospitales sin enfermos, en autopistas sin coches, en polideportivos sin deportistas… Jefes de la patronal y de los sindicatos que se han embolsado las subvenciones para la formación o para los eres. Reales personas que se han llevado dinero público a cambio de informes vacíos o inexistentes. Periodistas que inventan conspiraciones para vender más periódicos o para quitar y poner gobiernos ciscándose en la democracia. Si les pillan con las manos en la masa, cosa extraña porque zorra no come zorra, alegan que no han sido ellos, ha sido el gato. Da igual que sea Infanta, Presidente del Gobierno, Ministro, Alcalde, Concejal, Jefe de la patronal, Jefe sindical o Miembro destacado de la oposición, Banquero, Constructor o Tesorero.

La dignidad no se compra, la dignidad se mama. Cada vez que oigo a uno de estos echarle la culpa al gato no puedo menos que acordarme de la leche que mamó. Si encima tienen la desfachatez de impartir lecciones de moral, me cisco en la madre que lo parió.

J. Carlos

Madrid 12 Marzo

Madrid, 12 de marzo

MADRID 12 MARZO

¿Se pueden ahogar los gritos?
¿Acallar la rabia?
¿Se pueden contener las lágrimas?
Se puede, sí, hasta decir basta
¿Ves? Hasta el viento se calla.

Llueve.
Bajo la tormenta está Madrid,
un solo silencio.
Hilos de agua trenzados de duelo
forman telarañas que sofocan
hasta los estremecimientos.

Llueve
Las farolas dibujan caminos de luz
en los gestos,
pausados y húmedos, serenos y austeros.
Bajo la lluvia, se oye un solo silencio:
No estamos todos, faltan doscientos.

Llueve
Formamos ríos que desbordan las calles,
torrenteras de manos
y olas de paraguas como crespones negros
¿Qué mejor pancarta que nuestros cuerpos?
¿Qué mayor osadía que vivir y recordaros?

Llueve.
Hilos de agua, caminos de luz, ríos de gente, silencio.

           J. Carlos

Operación Palace

 

Évole

El 23 de febrero del 81 escuché por la radio el “se sienten coño”, seguido por los disparos de los fusiles ametralladores de la Guardia Civil. Convencido de que estaba oyendo la secuencia de una carnicería, encendí la televisión. Lucía huérfana de imágenes. Se me llenó el cuerpo de rabia. Tenía 25 años y me estaban robando el futuro. Miré por la ventana con la seguridad de que al poco estaría transitada por carros de combate y los soldados se apostarían en las esquinas. La calle, como si fuera una película impostada, se fue quedando desierta, las persianas caían, los comercios cerraban. Y un silencio de miedo, o de infortunio, se adueñó del barrio. El pasado 23 de febrero, a la noche, me senté a ver Operación Palace, el docudrama inventado que se sacó del magín Jordi Évole. Me pareció un hallazgo. Confieso que, al principio, tuve mis dudas, de sobras sé que hay un abismo entre lo que nos cuentan y la realidad, soy de los que piden como León Felipe, “no me contéis más cuentos”. Al cabo de unos minutos dejé de entrar al trapo, no era posible que tantos políticos y periodistas estuvieran en el secreto durante tantos años. El gremio de los que nos cuentan la realidad cada día ha pontificado lo suyo, lo cual es excelente para Évole por aquello de que hablen de uno aunque sea mal. Unos han escrito sobre la oportunidad y el acierto del susodicho, poniendo el énfasis en la denuncia de un Estado que mantiene el secreto oficial sobre documentos seculares, hasta los legajos judiciales del juicio del 23 F están declarados secretos, y han pasado 33 años.  El otro bando -porque aquí se escribe a punta de pistola guarecido en la trinchera- afirma que fue una barbaridad tomarse a broma un suceso tan grave de la historia de España. Fui perdiendo el interés cuando el guión se tornaba cada vez más fantasioso para que el espectador fuera cayendo en la cuenta del engaño, como que a José Luís Garci le dan el Óscar por mediación de Juan Carlos, Rey, en atención a los servicios prestados; o que Fraga empezó a gritar desde su asiento del Congreso porque tenía hambre. Mientras mi interés decaía empecé a sentirme como un imbécil, aquello era ficción, pero podía haber sido cierto; de hecho, en “Anatomía de un instante”, Javier Cercas nos ilustra con algunas hipótesis distanciadas de las contempladas en Operación Palace, pero no tan lejanas. Sí, amigo León Felipe, nos siguen contando cuentos, nos siguen contando la historia y las historias como si estuviéramos en la escuela de párvulos: “Viriato era un pastor lusitano que luchó para liberar a España de los romanos”, como si aquel pastor supiera lo que había más allá de veinte o treinta kilómetros a la redonda. “Don Pelayo comenzó la reconquista en Covadonga para liberar a España del yugo musulmán”, por no saber no sabría ni que habitaba en una península. Cuando terminó la ficción y dio comienzo el sesudo debate, volví a caer en ese estado de rabia de aquel lejano día, una troupe desastrada que no la hubieran contratado en ningún circo que se preciara, estuvo a punto de robarnos el futuro. ¿Quién fue la mano que meció la cuna? Tal vez esté, ahora mismo, fumándose un puro a la salud de Évole.

 

J. Carlos