Archivo mensual: diciembre 2014

Navidad 2014

                                       20140120_114724                                                                                                              Navidad 2014

 Querido amigo:

Te supongo al tanto de la noticia, hoy, día 22, tres segundos después de la media noche, se nos echó encima el invierno. Si no te gusta el invierno, te daré una buena noticia, es la estación más corta porque la Tierra se embala en su órbita elíptica impulsada por la mayor cercanía del sol. A mí, el invierno me encanta. Me gusta su luz insolvente que le da un volumen etéreo a las cosas. Me gusta ver los árboles desnudos, sin hojas, como estatuas llenas de brazos. Me encanta la nieve reverberando al sol, si la observas con detenimiento puedes apreciar el reflejo de miles de zafiros blancos. Me hipnotizan los jirones de niebla que velan los paisajes y, al momento, se descorren para descubrir la belleza, y, al poco, vuelven a taparla. Me gusta ver el aliento desbocado de los niños cuando corren con una bola de nieve en la mano. Me gustan las filas de carámbanos que cuelgan de los tejados como estalactitas de vidrio. Hasta los ojos en invierno tienen la mirada más profunda y los colores más puros, seguramente porque para protegerse del frío se cubren con una lámina de agua. Además, el invierno es la estación de las paradojas. Estamos más cerca de la estrella que nos calienta, pero las temperaturas se congelan, y es que el sol nos pilla de soslayo en este hemisferio y, además, los días andan encogidos y las noches estiradas. Y no me digas que no resulta paradójico que, la nieve se extienda como una manta sobre la tierra fértil para que la simiente no se hiele y pueda germinar.

Sin embargo, llevamos varios años viviendo un invierno económico que no acaba de rendirse a la lógica de que las estaciones pasen y se sucedan. Y uno se harta de los lenguajes etéreos, de la insolvencia de los nuevos puestos de trabajo, de la frialdad de los desahucios, de que las esquinas, los cajeros y los puentes se conviertan en soluciones habitacionales y de que haya niños que pasan hambre. La riqueza se crea y se distribuye, como el sol de cada día, pero cuando la riqueza la acaparan unos pocos, la clase media sufre un invierno desapacible, y los más desfavorecidos quedan a merced del crudo invierno de la caridad, el hospicio y el asilo. ¿Te imaginas que veinte ricos le quitaran el sol a nueve millones de españoles y los condenaran a una noche eterna? Así que uno se harta de que se confunda la solidaridad con la limosna, la justicia social con la caridad y el culo con las témporas. En el invierno económico también abundan las paradojas: La tercera parte de los trabajadores está en paro y los que tienen un contrato trabajan más horas que nunca. Y no me digas que no resulta paradójico que, los jóvenes mejor formados, a costa del dinero de todos, se tengan que ir al extranjero a crear riqueza para que otros tengan buenas guarderías, mejores hospitales, pensiones dignas…

Te confieso que estoy harto de paradojas.

Pero lo nuestro es vivir, y contárnoslo los unos a los otros, como yo te lo cuento. Y sobre todo, lo nuestro es dar gracias porque nos ha tocado vivir mejor que nuestros ancestros. A golpe de botón nos ponen cualquier lugar del mundo o cualquier espectáculo en el salón de casa, en un ojo ciclópeo que todo lo ve. A golpe de botón tenemos la voz cálida en el oído de quien necesitamos allá donde se encuentre, incluso su imagen añorada en la pupila. A golpe de botón, y poco más, podemos volar sentados en una cómoda butaca y desplazarnos hasta esos mundos de dios, a una velocidad cercana a la del sonido. A un solo golpe de botón, o de voz, se nos ponen al alcance de la mano miles de prodigios. Sí, lo nuestro es de dar gracias porque poco a poco, si quieres a trompicones, transitamos una época en que, a nivel global, las guerras disminuyen, el hambre va cediendo terreno, las enfermedades se controlan y la vida se hace más cómoda y más larga; aunque, ensimismados en nuestra angustias, gratuitas las más de las veces, nos dejemos permear por los gritos de los profetas apocalípticos y no sepamos ver lo evidente: la humanidad prospera. Demos gracias sí, pero no dejemos que los nuevos señores feudales del dinero nos quiten el sol de cada día y nos condenen a la sombra y al frío.

Te confieso que, cada año me cuesta más encontrar la hebra de la que tirar para desenrollar este pequeño ovillo navideño, ¿quién soy yo para hacerte partícipe de mis lugares comunes?, pienso. Luego, repaso los nombres en la agenda y dejo que el recuerdo vague por entre alguno de los momentos en que la vida nos coincidió, sólo cuando termino el repaso, como si de una liturgia se tratara, los dedos comienzan, muy despacio, golpe a golpe, a formar palabras.

Me he permitido pedir hoy, a mediodía, en el solsticio (sol quieto) del invierno, dos deseos para ti: Que luches por lo que esperas. Y que no dejes que te tapen el sol ni permitas que se lo tapen a otros.

 J. Carlos

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Instante

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Más allá del morro del coche, la carretera se desliza hacia atrás como una cinta negra, sin fin. Las rayas pintadas de blanco se alargan a medida que te acercas y desaparecen, y vuelven a nacer y alargarse y a desparecer. El pie derecho se hunde en el pedal. Es una sensación placentera. Vas penetrando el aire, mientras el paisaje boscoso se perfila y le nacen los volúmenes poco a poco. La luz es de un blanco crudo que viene de más allá del horizonte y rebota en la bóveda celeste. Hace dos meses, en esta misma carretera, también amanecía y la luz también empezó con un blanco crudo, de un brillo metálico. Danielle dormía a tu lado, serena, con la melena roja cayendo en suaves ondas hasta su antebrazo.

El Ipod emite música de Wagner, son los acordes de la segunda ópera de El Anillo del Nibelungo. Las notas galopan. El humo del tabaco hace juego con tu sueño azul y te adormece. Toda la noche conduciendo. Los músculos del cuello se han endurecido, pesan, casi se diría que te duelen. Hay un momento en que el horizonte parece el cráter de un gigantesco volcán que va a estallar. Las montañas y los árboles y las señales de la carretera se hacen más nítidas, aunque tienen un halo de color naranja. El pie sigue hundiéndose en el pedal derecho y el automóvil traga más rápido los jirones de bruma. Aquella otra mañana nació limpia y seca. Era verano. Cuando miraste a Danielle dormía a tu lado, serena, la luz le pintaba de naranja los labios y le ponía un arrebol en las mejillas.

Los párpados te pesan, siempre te pesan en la frontera entre la noche y el día. Apenas los entreabres porque la luz crece muy rápido y te hiere. Los agitas como alas de mariposa para lubricar la cornea que ha secado el humo del tabaco. Dejas que caigan por un segundo largo. Cuando intentas abrirlos parece que se han anudado las pestañas y que no puedes deshacer los nudos. Bajas la ventanilla, te asomas y dejas que el chorro de aire frío te despabile el sopor. La tierra toda se tiñe de un alumbre rojo. Subes la ventanilla. Según tu recuerdo, hace dos meses y tres días también estaba naciendo el sol y también pesaban los párpados; te adormecía el silencio y el rurún del coche y la respiración de Danielle que se había acompasado al ritmo de la tuya; hasta en eso parecías un solo ser. No pusiste la radio ni bajaste el cristal por no despertarla.

La cabalgata de las valkirias arranca de los metales las notas triunfales de los himnos. Wagner  siempre dibuja un mapa de sonidos en el vello de tu piel. Cabalgas en tu coche a la espera de que las valkirias te rescaten, como a un héroe caído en la batalla, y te lleven al Valhalla. Tienes prisa, que se aparten los demás que no son héroes, ni han caído en ninguna batalla. Disparas ráfagas de luz o aporreas el claxon cuando algún impertinente no se aparta a la derecha. Wagner alimenta la furia de tus recuerdos. Todos dijeron que te quedaste dormido. No es verdad. Apartaste la vista de la carretera del embalse sólo un segundo y miraste su cabello ardido por el sol que parecía un incendio. Necesitaste otro segundo más para una caricia. Tenías que tocar ese fuego con tus manos.

Ahora, antes de que el puente gire a la izquierda, tienes al fondo un pedazo de sol como de lava líquida que te imanta. Si cierras los ojos, lo sigues viendo, como ves todavía su pelo que parecía un incendio. Sigue allí, todavía, proyectado en tu retina. La orquesta se desboca, son los últimos acordes. El pie derecho hunde el acelerador hasta su tope. Aferras con las dos manos el volante, sin girarlo, no quieres que trace la curva. Cuando descorres las cortinas pintadas de sol de tu pupila, tienes delante el pretil de aluminio que te separa de un abismo. No tocas el freno. Apenas oyes unos chasquidos al derrotar la baranda porque el golpe ha coincidido con el último estruendo de las trompas y timbales. En el ahora se te interponen los recuerdos, el grito de Danielle cuando el coche caía de pico al embalse, la última imagen con su pelo flotando tras el cristal y los nudillos de tu mano que dejaban hilillos de sangre colgados en el agua.

Estás suspendido en el aire, proyectado hacia la media bola amarilla que está emergiendo de la costura que une el cielo con la tierra, la misma bola que ha creado una carretera de luz en el agua del embalse. En este instante en que la gravedad quiebra su eterna ley, ves a la montaña meter su falda en el agua. ¿Será Danielle disfrazada de valkiria que vienen a recoger a su héroe caído en la última batalla? Silencio. No tienes miedo. Vas hacia el camino de luz, volando. Será un segundo, como entonces, un segundo más para acariciar ese fuego.

             J. Carlos

La caduta degli dei

La caduta degli dei. Visconti

Esos pequeños dioses que nos endilgan diariamente por televisión para tomar en las comidas y en las cenas van cayendo, y es que en tiempos de zozobra el personal no está para cuentos ni monsergas y menos para digerir las mentiras que nos quieren hacer tragar. No es que se ponga exigente el personal, sólo pide lo mínimo: responsabilidad, que respondan de sus actos y de sus omisiones.

Empezó la cosa bien porque el primer pedestal que cayó fue el del propio Rey; tal vez una plebeya de la familia le hizo entrar en razón: no es tolerable para un pueblo, con hijos que pasan hambre, tener como máxima autoridad a un mataelefantes que, además, cada vez que abre la bragueta lo hace pagando con la cartera de todos. Siguió la caída de los dioses con gestores financieros de alto copete como Rato –llamado por sus conmilitones el milagro económico- y Blesa; ambos nos dieron dos lecciones impagables: qué es y cómo funciona el capitalismo de amiguetes, y cómo timar con estampitas de acciones y preferentes a cientos de miles de pensionistas y pequeños ahorradores y, a la postre, a todo el pueblo español que tuvo que pagarles su fiesta de orgía y desenfreno; eso sí, ellos no sabían nada, eran tonticos -más vale pasar por tonto que pasar unos años a la sombra-. Seguramente lo de hacerse el tonto lo aprendieron de la Infanta Cristina, que siendo la universitaria de la familia, se dejaba mangonear por el jugador de balonmano, cosas del amor que es ciego. Ana Botella se ha despedido de las próximas elecciones -nunca fue elegida alcaldesa por los madrileños, fue designada por la vía del meato-; su ineptitud es tan manifiesta que ni los suyos daban un duro por ella y es que muchos viven en Madrid, una ciudad sucia, cuarteada, gris, apagada y triste. Esperanza-por dios-la lideresa, hizo medio mutis por el foro, ella sabrá el porqué, pero su soberbia huyendo de la autoridad y embistiendo motos y su prodigioso olfato como cazatalentos de trincones, la están alejando del dedo divino de Rajoy. Se fue Rubalcaba, se fue tarde porque la honradez no sólo consiste en no llevárselo crudo, exige también integridad en el obrar y no consentir los delirios económicos de un ignorante como Zapatero. Gallardón, ese ego desatado, murió políticamente de tanto contemplarse; el espejo se lo puso el propio Rajoy pero todos pudimos observar cómo era: tridentino, meapilas, señorito y bufón. Ana Mato recibió Sanidad en pago váyase usted a saber de qué, la ignorancia es muy osada; nunca pudo librarse de la certidumbre de que si no era capaz de enterarse de lo que había en su casa, cómo coños iba a saber lo que había en un ministerio y, cuando le cayó una perita en dulce para demostrar sus dotes de gestión con lo del ébola, demostró que su incompetencia era tan ilimitada que, sólo entonces la gente empezó a pensar que, siendo tan inútil, podía ser verdad que no se enteraba de lo del Jaguar en el garaje. Cayo Lara también se va, se ha dejado robar el discurso por el Señor de la coleta y mira que se lo han puesto fácil los dos adversarios políticos, pero cuando la gente no compra el producto, o es que se vende mal o es que el producto está averiado y hay que recomponerlo.

Despidieron a Pedro José, otro narciso impenitente como Aznar y Gallardón; pudo ser un buen periodista pero iluminado por la lluvia amarilla del oro dedicó su inteligencia y su olfato a la conspiración, el medraje y la hipocresía con el fin de utilizar la información en su provecho; dicen que le ponía, además del dinero, quitar y poner ministros. Los lectores asiduos de sus cuentos sobre el 11 M le seguirán en su nueva etapa digital, y es que como decía El Guerrita, hay gente pa to.

Se nos fue Isidoro Álvarez, gran persona y gran empresario, pena que no dejara su pesada carga quince años antes; no supo o no pudo liderar el proceso de internacionalización de la que fue primera empresa del país en distribución, tampoco supo ver que la crisis iba a hundir el consumo y saturar de deuda su empresa. Cuentan que Don Emilio Botín se fue en un momento dulce, cuando el trajín del amor desbocó su corazón hasta el infarto; especulador nato, buitre que, las más de las veces, se alimentaba de la carroña de negocios muertos y, en general, maltratador del cliente; esperemos que su hija cuide la base de su industria -la clientela-, vuelva al negocio bancario y se aleje del capitalismo especulativo.

Caerán Chaves y Griñán, los califas que han dejado que las alcantarillas del subsidio, el amiguismo y el conchabeo regaran la huerta de votos por muchos años, pero no podrán redimirse, ni con alcohol de quemar, de la estampa de un director general de su califato repartiendo los millones de los parados en una mesa de bar, mientras se fumaba un puro y apuraba el cuarto whisky del día.

Caerán Toxo y Méndez, culos agradecidos durante décadas que han permitido, si no alentado, que los más vagos de cada casa tomaran las riendas de los comités de empresa y abandonaran el legado de sus mayores -la defensa del trabajo y del trabajador-  para dedicarse al mamoneo y, a veces, como se ha demostrado, al trinque. Con su ceguera, ineptitud y falta de coraje han erosionado el sindicalismo y han dejado al trabajador al pie de los caballos del capitalismo bárbaro. El buenismo no es una opción –el infierno está empedrado de buenas intenciones-. La opción es la lucha, la buena gestión, la honradez exigente empezando por la casa propia, separando el grano de la paja. Ya es tarde, dejad paso… La historia no será benévola con vosotros. Os dieron el dinero para la formación y caísteis en la tentación como catetos. Antes de iros, por favor, devolvedlo, que formen los institutos y las universidades.

Caerá Monago, habrá que esperar a que los votos lo desalojen. Sólo entonces se enterará que abrir la bragueta a costa del prójimo y, taparla después con la bandera de Extremadura, es de tener la cara muy idem.

Caerán los máximos exponentes del capitalismo de casino de pueblo, Alierta, González, Villar Mir, Florentino, Bufrau, Fainé, Folgado, Pizarro, Arturo Fernández… Curiosamente muchos de ellos les deben el cargo a Rato.

Caerá Rajoy aunque haya que esperar a las próximas elecciones. Un pueblo no puede respetar a un Presidente que no se enteraba de que todos sus tesoreros trincaban para sí, para otros amiguetes y para el partido. Un pueblo no puede tolerar que acusen a su Presidente de que le llevaban los billetes de quinientos en cajas de puro a su despacho de ministro, y no lo puede tolerar no sólo por el hecho de trincar, sino porque demuestra su grado de indolencia: es que no iba ni a recoger el parné, se lo tenían que llevar. Un pueblo tiene grandes tragaderas, puede digerir que todas las promesas del Registrador de la propiedad hayan sido incumplidas, pero el pueblo nunca le perdonará que esté permitiendo que Artur Mas, un chisgarabís mesiánico y posiblemente perturbado, esté forzando la secesión y enfrentando a unos españoles contra otros. Un pueblo no puede entender que el entramado institucional del Gobierno que supuestamente dirige este individuo, se parezca a una timba de parroquianos de café, hasta el punto de que se tambalea porque un impostor de veinte años ha pedido cartas y se las han dado.

No, si al final, habrá que darle las gracias a estos advenedizos de Podemos que no se sabe si son joseantonianos, troskitas, maoístas o mediopensionistas, pero que han sabido catalizar el descontento utilizando un discurso simple y repetitivo. Y habrá que darle las gracias porque les han metido el miedo en el cuerpo a los que viven de la gestión pública y sus aledaños, empiezan a ponerse nerviosos, ya ruedan cabezas…

Que siga el espectáculo.

  J. Carlos