Archivo mensual: noviembre 2020

Leyendas

Murió Diego Armando para que la leyenda de Maradona se hiciera carne y habitara entre nosotros. Nos rompió los esquemas mentales porque estábamos acostumbrados a que los héroes cayeran en la batalla, en un accidente de coche, empitonados por el asta de un toro o, baleados por un asesino. El pibe murió en la cama y murió viejo, más por sus excesos que por la edad que consignaba su certificado de defunción. La pasión se desbordó en Argentina y en España y en Italia y en Méjico. Su leyenda abrió y cerró informativos mientras contemplábamos atónitos imágenes con regates mágicos, goles inverosímiles y pelotas imantadas a su cabeza y a sus pies. Los periódicos multiplicaron sus columnas con obituarios donde es justo reconocer que, si aspaventamos las hipérboles y pleonasmos que se colaban entre sus líneas, quedaba una prosa capaz de emocionarnos y sorprendernos con su estética, su sonoridad y su calidad literaria. Incluso las plumas más mediocres se adornaron con una prosa de pregón de fiesta mayor y desplegaron un abanico de aliteraciones, elipsis, metáforas y analogías para dar vivacidad y un punto de emoción a la figura del finado. Era lo esperable. La leyenda la habían creado los periodistas deportivos y la literatura es la cadena de transmisión de casi todos los mitos y leyendas. Sin mitos no hay épica que valga. Y es de rigor apuntar en el haber de la profesión periodística la épica del fútbol. No me digas que no es una odisea conseguir que, el lance de 22 jóvenes millonarios y mimados persiguiendo una pelota de cuero de medio kilo de peso durante una hora y media a la semana, se transforme cada domingo en una epopeya que, si atendemos a sus pregoneros, dejaría a la batalla de las Termópilas en una escaramuza sin importancia.

Son historias cosidas con los mismos retazos con que se fabriquen los cuentos, donde caben héroes como Lady Di o Teresa de Calcuta y villanos como Luis Candelas o Al Capone. El tiempo dirá si sólo los veneramos en la hornacina de la leyenda o los consagramos en el altar de los mitos. En todo caso, cuentos. Y ya escribía León Felipe: “Que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre ha inventado… todos los cuentos.

Toda leyenda es un relato y el relato es el alimento nuestro de cada día. La vida resultaría de una insipidez insoportable si no pudiéramos contarla. Cuando Ava Gardner le preguntó a Luís Miguel Dominguín, después de yacer carnalmente, que adónde iba con tanta premura, éste le respondió: “Pues donde voy a ir. ¡A contarlo!” Pero no te equivoques, las leyendas no son referentes morales. Son poliédricas, tienen más enigmas que certezas y pasan de lo sublime a lo abyecto sin despeinarse. Nos apasionan las leyendas porque nos permiten, como la buena literatura, “recrearnos” en la maldad y en la bondad, en lo posible y en lo imposible, en la duda y en la certeza. Nos permiten imaginarnos santos o perversos por delegación, sin trasgredir normas legales o morales como si traspasáramos una pared de agua sin tocarla y sin mojarse. Dice Robert Browning: “Nos interesa el borde peligroso de las cosas. El ladrón honesto, el asesino delicado, el ateo supersticioso”. Por eso Nadal no es una leyenda como Maradona.  Nadal es un referente.

Los referentes son aquellos que encarnan todas las virtudes a las que aspiramos. Nadal o tu madre o tu padre o ese profesor son un referente a quien admiras y tratas de imitar con la osadía de que algún día, al mirarte en el espejo de tu conciencia, encuentres reflejados sus rasgos morales en los tuyos.

J. Carlos

Aniñados

La vejez es una integral del deterioro, es decir, la suma de continua de los infinitos desperfectos que se nos acumulan desde que nacemos. Una de sus consecuencias más tristes es que los viejos tienden a comportarse como niños en la misma medida en que se va averiando su sistema cognitivo. Ahí tienes a Trump como un niño cabreado al que le han encajado un gol, apaña el balón que acaba de estamparse en la red de la portería, se lo guarda bajo la camiseta y se niega a entregarlo hasta que los demás niños acepten la anulación de la jugada. Y no me digas que nuestro Desemérito y los Bárcenas de turno no se comportan como ese churumbel que, en el experimento donde el profesor deja una bandeja de pasteles en la clase con la promesa de que quien aguante hasta que vuelva se comerá dos, se abalanza sobre la bandeja, se zampa todos los que le caben en la boca y se guarda en los bolsillos otros tantos.

Si algún sociólogo pudiera derivar la función obtendría el momento exacto en que se inició el proceso de aniñamiento social. El que existan niños maleducados y egoístas es algo esperado, el que los demás los dejemos campar por sus respetos es una derivada que no nos podemos permitir. Y menos aún que los medios, excitados porque el morbo y los bajos instintos cotizan al alza, se dediquen a ensalzar a los matones de guardería, propalar sus chulerías y justificar sus estupideces.

Salgo a la compra y no veo a chulos musculados empujándome en el pasillo para quitarme el producto que voy a coger de la estantería, ni a viejecitas dándome bastonazos para adelantarme en la fila de caja. Tampoco he visto ni en la calle ni en el metro ni en el autobús a negacionistas sin mascarillas, ni a nadie gritando libertad. Me he puesto la vacuna de la gripe y tampoco me topé con ningún antivacunas que me calentara el oído, mientras hacía cola, con sus fantasmagorías; antes al contrario, hay tanta gente dispuesta a ponérsela este año que en algunos sitios se han agotado y tardan meses en darte cita. He salido a tomar algo ya de noche y no he visto papeleras ardiendo, ni hosteleros furiosos, ni parroquianos atornillados a la barra o a la silla en señal de protesta. He visto gente educada, comprometida con su sociedad y con la sesera bien amueblada. Tampoco he visto pibones que me hagan ojitos cuando paseo con mi mujer como en la Isla de las tentaciones. Incluso en el surrealista Madrid donde su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, pretende probar que las personas, como las partículas, podemos estar en dos sitios a la vez: a las doce cierra la hostelería y a las doce has de estar en casa, los comensales sabemos que la física cuántica no se manifiesta en estas magnitudes y abandonamos el restaurante con antelación. El sentido común es mano de santo para suplir carencias propias y, sobre todo, ajenas.

Sin embargo, si abres un dispositivo electrónico o lees un periódico advertirás que te trasladan la idea de que vives en una sociedad vieja y con las facultades cognitivas tan desbaratadas que se comporta como los niños. Así observas que, cuando un centenar de energúmenos se divierten quemando material urbano en una ciudad de más de tres millones de habitantes, lo retransmiten en directo durante dos horas y abre todos los telediarios del día siguiente. O lees el domingo que unos policías negacionistas han protagonizado una manifestación, pero si trasteas en medios serios -que también existen, como Teruel o Zamora- descubres que sólo hay una convocante del cuerpo armado que ni siquiera está en activo.  Un día sí y otro también, verificas que más de la mitad de la paginación de un periódico y de la escaleta de los informativos se invierte en un sobeo hiperbólico del idioma contando  lo que dicen o hacen nuestros políticos. Los editoriales son bombas de napalm o de almíbar según la trinchera. El resto de páginas radiografían la covid y pronostican el tiempo. Hace tiempo que la cultura, la ciencia, las humanidades, los pasatiempos y las emociones, sueños y esperanzas de la gente corriente ha dejado de interesar. Interesa la extravagancia venenosa y la gente tóxica.  Y así todo.

Va a ser que son los medios los que están aniñados y nos muestran una foto de la sociedad hecha desde un ángulo estrafalario con un objetivo de ojo de pez. Por eso vemos las líneas tan distorsionadas que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Animo a los medios a que calculen la derivada de su función para averiguar el momento preciso en que se agravó su deterioro cognitivo hasta parecer niños de guardería. Esta sociedad se merece que la prensa nos devuelva una imagen fiel y equilibrada. No se pide tanto, sólo que nos miren con los ojos de un adulto.

J. Carlos

Buscando alojamiento a la conciencia

Hace unos días, en periódicos de poca monta, se distribuyó la noticia de que un grupo de investigadores dirigidos por Jhonjoe McFadden habían publicado un paper en la revista Neuroscience of Consciousness, proponiendo la teoría de que la conciencia no está residenciada en una parte determinada del cerebro sino en el campo electromagnético que inducen las neuronas excitadas eléctricamente. Todavía recuerdo al padre Eloy colocando un imán sobre la mesa del laboratorio del colegio sobre el que vertía unas limaduras de hierro y, como por arte de magia, éstas se distribuían en ondas superpuestas que se cerraban en los polos por ambos lados. Después nos contó que las cintas del magnetófono en las que nos grabó también tenían unas limaduras de metal que se alineaban al pasar por un electroimán según los impulsos eléctricos de nuestra voz, de forma que esa huella del campo electromagnético guardada en los pliegues de la cinta se podía reproducir y oírla por los altavoces. Se escuchaba nuestra misma voz con un timbre más metálico y un leve chisporroteo como de agua hirviendo al fondo. Por mejor decir, conocías la de los demás pero la tuya te resultaba extraña como si aquella máquina te hubiese gastado una broma y te hubiese reemplazado por un hombrecillo extravagante. Resultó duro saber que esa voz rasposa y desarmónica era la que oían los demás. La más cálida y matizada sólo la oías tú desde dentro. Y ambas apenas tenían parecidos razonables.

Pensé en la conciencia como un sinfín de líneas de fuerza, distribuidas alrededor de cada neurona como las limaduras de hierro en el imán del colegio y, de seguido, imaginé una máquina que pudiera guardar esa huella como guardaba mi voz el magnetofón del padre Eloy. El día que me levantara con la conciencia nubosa, con amenaza de tormenta, podría encender el aparato para que cambiara el campo magnético de mi cerebro y lo dispusiera con los mismos vectores de fuerza de cuando era un niño o, de cuando estaba enamorado hasta las trancas.

Seguramente todos haríamos lo mismo, volver a la infancia, a la inocencia, al placer de descubrir. Pero si todos volviéramos a tener la conciencia del niño que fuimos el mundo se quedaría sin timoneles y se iría al garete. O, tal vez, no. A lo mejor con la conciencia todavía sin desbaratar hacíamos un mundo más habitable y, sobre todo, perdurable. Imagínate a Trump, a Putin, a Bolsonaro… si le pudiéramos cambiar su sucia conciencia por una limpia, a estrenar. Suponiendo que alguna vez en su vida tuvieron limpia la conciencia.

Como uno ya tiene la conciencia áspera y cansada terminé poniéndome en lo peor: Si ya hay programas que pueden modificar tu imagen, mover tus labios y modificar lo que estás diciendo al mismo tiempo que lo expresas, qué impediría a determinadas personas y organizaciones crear un software que jaqueara el campo magnético de nuestros cerebros y convertirnos a la mayoría en un rebaño de siervos. Bien pensado, espero que esta hipótesis de McFadden no prospere porque intuyo que asaltar los algoritmos de las emociones, recuerdos y pensamientos alojados en un campo magnético es más fácil que si estuvieran dispersos, pero a buen recaudo, en la caja de seguridad de nuestro cerebro, pululando entre la conexiones talámicas y del córtex, tal como señala Fracis Crick en “La búsqueda científica del alma”.

En todo caso, qué duro es vivir con tanto sobresalto y no saber ni quién somos ni en qué parte de nosotros residimos.

J. Carlos