Archivo mensual: julio 2011

Justicia poética

JUSTICIA POÉTICA

Hay mucha luz en la sala de la muerte. Paredes blancas. Al entrar no distingue los rasgos al otro lado del cristal, sólo ve siluetas. Los asistentes a su ejecución están viendo que el reo frunce los ojos. Que no se equivoquen, no es ninguna señal de arrepentimiento. Ha cenado calamarata. Trajeron la pasta de la Campania. Fue su último deseo, y un helado romano y un cigarro puro. Blenda. Cree que esos ojos negros de la primera fila son de Blenda. Sus pupilas ya se están acostumbrando al exceso de luz. Le preocupa que Blenda observe una minúscula gota de salsa de tomate en la solapa de su mono color butano. ¡Qué aséptico es todo! Llevan batas blancas. Si supieran la verdad dirían que es un caso de justicia poética. Estuvo dos años planeándolo. Se parecía bastante a él, pero se hizo la cirugía para ser una copia exacta y se los cargó a los tres. Desde entonces usa alzas porque el otro era un poco más alto. Quiere que Blenda le recuerde impoluto. Los últimos siete años siempre fue impoluto, se cambiaba de camisa tres veces diarias y otras tantas de ropa interior. Disfrutó de la vida a tope. Impecable, siempre impecable. Despidió al chófer por no parar en plena autopista a limpiar una cagada de pájaro. La camilla está levantada ligeramente para que le vean, para que les vea. El auditorio rebosa. Mucho periodista. En primera fila Blenda con vestido negro de seda y el tripón en pompa, los rasgos de la cara se le han afilado, ha perdido peso, tiene el pelo negro recogido por detrás en cola de caballo como a él le gusta.

Su carcelero, Walter, no se ha puesto la bata blanca ni los guantes de látex, lleva su chaqueta azul y tiene la camisa salpicada de manchas de sudor. Le ayuda a tumbarse en la camilla y abre el candado de las cadenas de los pies. Le pagó la operación a su hijo a cambio de hacerle la vida más fácil. El padre le enseñó la foto agradecida del hijo, tenía los ojos grandes e inocentes del padre, y el pelo crespo de rizos rubios. Las batas blancas inmovilizan sus tobillos. Walter le roza las manos al quitarle las esposas y siente sus dedos calientes y sudorosos. Le pide que le doble la almohada, quiere ver mejor a Blenda. El vestido negro de Blenda con rosas negras de ganchillo tiene un escote generoso. La granja de Dakota donde se crió era un barrizal en invierno. Recortaba las fotos de playas de las revistas y los coches y los yates. En verano el viento metía el polvo en casa y en los ojos. Las batas blancas le atan las muñecas con las cinchas. Se oye el leve murmullo del aire acondicionado. Hay una luz cenital muy grande, muy fuerte, que daña, como en los quirófanos. Blenda, al otro lado, se muerde el labio inferior. ¿Qué pensará? Ha venido también Jakob I, el patriarca, con su terno azul, su pajarita y su pañuelo blanco en pico. El juicio le ha puesto más años encima. Nunca dudó de que el inculpado fuera su hijo, aunque después de los funerales le confió que el accidente le había cambiado los andares. Los asistentes mueven los ojos como en un partido de tenis, miran al condenado y después, miran al teléfono de color crema colgado en la pared, luego vuelven a mirar al condenado.

En la granja de Dakota empezó a recortar de las revistas la vida regalada de Jakob II. Habían nacido el mismo día del mismo año, casi a la misma hora, Jakob II en Nueva York, él en Dakota. El polvo se metía hasta en el cajón donde guardaba los recortes. Copas de natación, de hípica, de rugby, su primer Masseratti. Más que un quirófano la sala de la muerte está acondicionada como un set de televisión. La lámpara despide mucho calor y reza porque en el mono de color butano no aparezcan ronchones de sudor como en la camisa de Walter. Al otro lado también está la familia de la mujer que mató. Son los padres. Serios, cogidos de la mano. Son también los abuelos de la niña que ahora tendría dieciocho años. En el cajón de la granja de Dakota estarán todavía las fotos de Jakob II con sus primeras novias en bikinis de época, sentadas sobre los espaldares de los asientos de cuero blanco de un descapotable, luciendo pamelas en el Club de golf, y saliendo de la Ópera con vestidos de Dior y joyas de Tiffany.

Los bata blancas también miran al teléfono de color crema, más concretamente a la esquina superior derecha que tiene un piloto rojo apagado. ¡Qué aséptico es todo! Un bata blanca busca una arteria y le pone una vía en la muñeca izquierda. Se repite lo que vio hace años en un documental de televisión. Al negro que iban a ajusticiar lo dejaron sólo después de ponerle la vía. Había un reloj con números romanos y cuando la manecilla llegó a las doce, el Alcaide asintió con la cabeza. Varios hombres con batas blancas abrieron las espitas de unos cilindros de vidrio con líquidos de colores. Los émbolos se pusieron en movimiento y empujaron los líquidos hacia una sonda que terminaba en la vía. No había dolor, sólo silencio. Silencio y sueño. Dentro de unos minutos esa amalgama de colores llegará a su sangre y poco a poco se apagará la luz en su cerebro. Se le escapa un eructo. Regurgita vino y tomate. La acidez gástrica le estalla en la boca como una ventosidad. Huele a tejidos descompuestos. Las bacterias harán su trabajo. Sus átomos dispersos volverán a la tierra y serán parte ínfima e inconsciente de árboles, ríos, rocas, pájaros, aire… Blenda, te quiero Blenda. La vida es un torbellino estúpido. Era todo tan perfecto.

Los dos familiares de las mujeres que mató miran al suelo. Ella, la mujer, tiene un pañuelo blanco de encaje en la mano derecha con el que se tapa la boca. Si supieran, justicia poética. Walter le advirtió antes de la última cena que los periodistas no podían hacer fotos, “les requisan las cámaras y los móviles” – le dijo-. Algunos tienen sobre las piernas un cuaderno o una libreta y un bolígrafo entre los dedos. Los últimos meses han  tenido tiradas millonarias a su costa. Las portadas han abierto con su foto muchas veces. “El magnate Jakob II condenado a muerte”. “Su vida en manos del Gobernador”. Ha perdido la noción del tiempo. Es todo muy aséptico, pero el olor de los sobacos de Walter descompone la asepsia. Cuando estire la pata, se le aflojarán los esfínteres y quedará un olor que tapará el de sobaquina de Walter. En la cara de Blenda adivina que quedan aún unos minutos.

Todo estaba planeado. Todo menos que se enamorara de Blenda, bueno y que le pillaran. No a él, claro. Han pillado a Jacob II y creen que lo van a matar. Ilusos, hace siete años que murió. En la bancada que sigue el espectáculo hay revuelo, alguien de las filas del medio se ha desvanecido, le dan aire y luego se la llevan. Es el ama de llaves. Durante siete años lo cuidó como una madre. La figura esbelta, el pelo cano recogido en un moño por detrás, las manos siempre juntas, acariciándose. Walter se ha vuelto hacia la pared, seguramente le ha dado un ataque de llanto. “Eres un sentimental” –le susurra-. Él no llora, ni siquiera por Blenda, ni por el hijo que lleva en sus entrañas. Crecerá rico, pero siempre tendrá la duda de si su padre es o no un asesino. No espera que suene el maldito teléfono. Cuando le visitó en la celda el Gobernador en persona y le contó la historia dijo: “No te creo Jakob, eres tú. Estudiamos juntos. Y si fuera verdad lo que me cuentas, mejor, se haría justicia poética”. El corazón empieza a desbocarse. Mira a Blenda, casi ya sólo mira a Blenda. Blenda tiene los ojos enrojecidos. Blenda le lanza un beso en el aire. Sólo oye sus propios latidos como martillos. Sólo ve la luz cenital de quirófano. Se aguanta las lágrimas. Quiere ver a Blenda hasta el final, nítidamente, con los ojos limpios. Hace un óvalo con los labios para devolverle el beso. Era todo tan perfecto. Los latidos van a romperle la yugular del cuello antes de que llegue la hora. Lo peor es que la tensión arterial le nubla la vista. “Tengo que tranquilizarme” –dice en un bisbiseo-. La vida fue un torbellino estúpido.

Después de la cirugía el parecido con Jakob II era tan fiel que le pidieron un autógrafo en la Quinta avenida. Se dejó barba. Dos años para urdir un plan perfecto. Iba a ser Jakob II y vivir su vida y gastar todo su dinero. Tenía que actuar sólo. Debía desparecer toda la familia, el padre, la madre y la hija. Tiene seca la boca, se pasa la lengua por los labios, en las comisuras hay saliva seca. “Walter, límpieme la boca, por favor”. Por Dios, vaya recuerdo para Blenda, un lamparón en la solapa y la saliva seca y amarillenta en la boca. Los viernes noche la familia de Jakob II dejaba su apartamento en la Sexta Avenida y partía hacia Long Beach a pasar el fin  de semana. Cortó los latiguillos de freno del Jaguar cuando pararon a cenar en Oceanside. Les siguió en su ranchera. Walter le pasa una servilleta de papel por los labios. “Walter, Dios te lo pague”. El carcelero no sabe que le ha dejado un legado de cinco mil dólares al mes hasta que se muera. Cuando chocaron contra un plátano sacó el cuerpo de Jakob II y lo metió en la ranchera. Al Jaguar con las dos mujeres le prendió fuego. Ellas podían descubrirlo porque sabían cuál era el tamaño de su pene o si tenía pecas escondidas por ahí.

El tiempo se agota. Más allá del vidrio grueso, como a prueba de balas, se nota la tensión. La madre y abuela de las muertas ha soltado la mano de su marido y le hace un corte de mangas. El marido le mira con dureza, con los ojos secos. Blenda mira al teléfono. El patriarca mira el teléfono. Walter mira su reloj y al teléfono. La tensión le nubla la vista, los latidos estallan en su cabeza como si las meninges fueran la piel de un tambor. El labio superior le tiembla. Una lámina de agua le impide ver a Blenda. Grita: “Te quiero, te quiero, te quiero”. Los bata blancas se sobresaltan. Walter le coge la mano derecha. El cadáver de Jakob II está enterrado en cal viva, en un promontorio, al norte de Lake Hempstead. Llovía y se enfangó de barro, el mismo barro que encenagaba en invierno la granja de Dakota. Cuando le echó el saco de cal encima, las gotas de agua borboteaban como si la cal hirviera. Y ahora la mente le hierve con el recuerdo de ese borboteo y del polvo blanco que ascendía y las botas llenas de barro y los pantalones llenos de barro. Siete años más tarde acusan y condenan a Jakob II de matar a su propia familia. Y eso que se quemó las palmas de las manos para simular que intentó salvar a la madre y a la hija. Respira con dificultad. Un nudo de angustia le atenaza la garganta. Blenda. Los labios se mueven. Blenda. No suenan sus palabras.

Los bata blancas salen. Walter sale detrás dando un traspiés en el dintel de la puerta. Chirría el cerrojo. Le falta el aire. Blenda está borrosa. Blenda se está quedando oscura.

Lo de enamorarse de Blenda y dejarla embarazada en un vis a vis eso no puede explicarlo. Blenda es una sombra, una mancha negra.

Le pesan las piernas y los párpados y la lengua. Blenda es un puntito negro.

J. Carlos

Entre dos fuegos

ENTRE DOS FUEGOS

A las ocho menos diez estamos parados en la esquina de la calle Vallehermoso con Fernández de los Ríos, junto al bordillo de la acera, sin quitarnos los cascos negros, a la espera de que salga el objetivo. Antxón, de pie, gira el puño para darle gas a la Yamaha. Los ojos puestos en el portal del número 54. El edificio es de ladrillo visto, tiene una puerta estrecha, de forja, enmarcada en mampostería imitando al granito. Yo permanezco en cuclillas, observo el motor y paso los dedos enguantados por los cables que terminan en las bujías. El sol ya alumbra las terrazas de los edificios, pero en el chasis de la moto siguen destellando los colores intermitentes de la cruz de la farmacia que está sobre nuestras cabezas. En esta posición el cañón de la Star 9 mm. se me clava en el muslo derecho y me trago el humo del escape. Me incorporo, aunque sigo con la cabeza gacha haciendo que reviso las tripas de la moto.

Será mi bautismo de fuego. No se fían, saben que hay infiltrados y es una ceremonia de iniciación, como ellos la llaman. “Hay que socializar el sufrimiento”, dicen. Hemos estado tres semanas en un bosque a las afueras de Bagnères-de-Bigorre haciendo prácticas de tiro y planeando milimétricamente la acción. El objetivo es Siro Mantilla, subinspector de Policía, treinta y dos años, un hijo varón, casado con una enfermera. Saldrá de casa a las ocho menos nueve minutos para tomar el metro en Quevedo, bajará por esta misma acera. Mi compañero montará en la moto, yo caminaré calle arriba unos quince pasos con la mano derecha en el  bolso de la chupa, hasta cruzarme con él. Sonarán dos estampidos secos como dos petardos de feria, al tiempo que su cuerpo se desplome habré girado media vuelta hacia la calzada, luego dos pasos, un salto hasta la moto y, abrazado a la espalda de Antxón recorreremos Vallehermoso a todo gas, vadeando coches. Finalmente giraremos a la derecha para enfilar Cea Bermúdez y descabalgaré a la altura de Bravo Murillo, junto a la boca de metro de Canal.

Entre el calor del motor, el corazón que está bombeando como si se hubiera vuelto loco y este traje de cuero que sirve para cortar el viento helado pero no para estar quieto, me estoy cociendo vivo. Lo peor es que las gotas de sudor perlan la frente y las sienes que palpitan las empujan hacia las pestañas y he de evitar que lleguen a los ojos. Hago ademán de subirme la visera, el compañero me lo recrimina con un fuerte golpe en el hombro antes de que el pulgar consiga levantar un centímetro, luego  suelta dos epítetos seguidos, uno en francés (stupide) y otro en español (gilipollas). Lo ha hecho sin dejar de mirar al portal del número 54. Vuelvo a ponerme en cuclillas y trasteo en el tapón del depósito de aceite. No he querido preguntar la edad del crío, sólo me interesé por si tenía costumbre de salir con él. Me dijeron que nunca. He aprendido sus rasgos de memoria y mi cerebro me pasa una y otra vez la película de lo que va a suceder: Dos tiros a bocajarro en la sien derecha, el cuerpo desmadejado, la cabeza que cae hacia delante hasta dar con la barbilla en la garganta, lo primero que llega al suelo son los glúteos, después la espalda y, por último, la cabeza que rebota con un golpe seco y queda torcida hacia la izquierda, dejando a la vista los dos orificios por los que manan apenas dos regueros de sangre.

Ayer como todas las noches, antes de cruzar la muga, sentado en el wáter del apartamento, con los pantalones a la altura de las rodillas, he abierto la tapa del reloj de pulsera; después de sacar parte del mecanismo y extraer de debajo del compartimento de la pila una tarjeta, la he insertado en el móvil. El mensaje de Jefatura es claro: “Culminar la acción”. Todavía esta madrugada, antes de llegar a la estación de Chamartín, encerrado en el cuarto de baño del vagón cafetería, he llamado al teléfono privado del General. He alegado que puedo provocarme una gastroenteritis, errar el tiro en el último momento… La voz metálica del Mando ha dicho imperturbable: “Le ordeno culminar la acción”. Me he atrevido a apostillar que tal vez el viernes no se reúna la cúpula o que no me inviten o que descubran antes mi doble juego, no me deja terminar: “Soldado, limítese a culminar la acción. Es una orden” y colgó. Mientras quitaba la tarjeta y borraba todo rastro del terminal, volvió ese dolor agudo como si cien agujas atravesaran mi cerebro, es tan fuerte que me nubla la vista. Dos Ibuprofenos, cerrar los ojos, apretar fuerte las sienes con los pulgares y dejar pasar tres minutos. Me lo prescribió el cirujano del Gómez Ulla después de implantarme una placa de titanio en el hueso frontal, cuando lo del atentado en la Casa Cuartel.

Faltan nueve minutos y medio para las ocho. Se ha atascado la calle Vallehermoso por culpa de un taxista que transita por Fernández de los Ríos y se ha quedado en mitad del cruce, asoma la cabeza por la ventanilla y nos grita, pretende que dejemos expedita la calzada y subamos la moto a la acera, maniobra hasta casi rozarnos y me obliga a ponerme de pie. Hemos de pasar desapercibidos, callamos. Antxón me indica con gestos que me ponga detrás de la rueda para tapar con mi cuerpo la matrícula. Sigue empuñando el acelerador y moviéndolo suavemente sin quitar la vista del portal 54. Sale un viejo encorvado que tantea la losa de mármol de la entrada con el canto de un bastón. Recorro con los dedos temblorosos la óptica de las luces traseras que parecen una herida sangrante. El sudor ya ha entrado en el ojo izquierdo, escuece. Vuelve a pasarme la película, esta vez a cámara lenta. Ahora las balas que entran en su cerebro me duelen a mí, es el mismo dolor de la metralla que se incrustó en mi cráneo, como de agujas cosiendo el cerebro en vivo. Viene por oleadas que te queman por dentro, son como gotas de lava incandescente que terminan diluyendo la rabia acumulada en meses de hospital y hasta las ansias de venganza.

Suena el móvil de Antxón, no lo coge hasta el quinto timbrazo siguiendo la consigna. Sin embargo, contra sus propias normas, sube la visera, se agacha sin dejar de mirar por encima de la moto al número 54 y embute el teléfono entre el casco y la oreja. Aprovecho para levantar también mi visera y restregarme el ojo izquierdo. La conversación no dura ni diez segundos, he intentado escucharla, es mi misión, pero entre el fragor del tráfico y el casco no he conseguido sacar nada en claro, varios “oui”, un “¿estás completamente seguro?”, y una frase corta antes de colgar.

―¿Qué pasa? ―pregunto exhalando un suspiro con el convencimiento de que se anula la muerte.

―Buenas noticias ―contesta con media sonrisa y bajando la visera sin dejar de mirar al portal― que habrá reunión el viernes en Lyon, conocerás al Comité en pleno.

Trago saliva dos veces y me alegro de que no pueda verme la cara. Miro el reloj que llevo sobre la bocamanga, faltan sólo once segundos para las ocho menos nueve, ya están soleándose las terrazas de los pisos más altos. Sigo en cuclillas pasando la mano izquierda por distintas zonas del motor, pero con la vista en el número 54; meto la derecha en el bolso de la chupa y aferro con los dedos las cachas de la Star, a través del guante imagino su tacto frío. Las oleadas de dolor me martirizan el cerebro hasta el mareo, cierro los ojos un instante pero no consigo borrar la película que sigue pasando a cámara lenta: El cuerpo desmadejado, dos agujeros, los hilillos de sangre en las sienes y los ojos abiertos mirando a ninguna parte. Tenía que haberme tomado el Ibuprofeno.

Con seis segundos de adelanto la víctima sale del portal vestido de paisano. Lleva de la mano un niño con el pelo castaño y ojos somnolientos. Detrás camina una mujer morena más baja que él con una diadema roja en el pelo. Antxón me golpea la espalda. Me cuesta incorporarme y casi pierdo el equilibrio antes de terminar de ponerme de pie. El dolor de cabeza ha sido tan fuerte que me ha dado un pequeño vahído seguido de náuseas. He regurgitado café ácido. Huelo a vómito. Antxón suelta el acelerador, me agarra del brazo y de un empellón me sube a la acera. Tropiezo con el bordillo, aunque consigo mantener la vertical. Estoy de pie paralizado. Repiquetea en las paredes de mi cráneo el eco de la voz metálica del General: “Sooldaadoo… cuulmiinaar … aacciióón”. Me escuecen los ojos de sudor y se superponen la película del cuerpo desmadejado y los recuerdos de los gritos del cuartel, el humo, el olor a pólvora, las manos en la cabeza ensangrentada, la textura casi líquida de la metralla candente clavada en el hueso frontal, y los dos orificios manando hilillos de sangre.

El padre besa a la madre en los labios y se agacha para besar las mejillas del niño, éste agarra la mano de la madre y se dan la vuelta calle arriba. El padre da dos pasos calle abajo, hacia mi posición; luego se para, dobla la cabeza y espera a que el niño se vuelva para levantar ambos el pulgar en el aire. Antxón me ha estado soltando improperios por lo bajo hasta que ha visto que he echado a andar hacia la víctima, se ha montado en la moto y la ha acelerado en vacio sin meter la velocidad. A través de mi visera empañada la víctima tiene el pelo muy negro y más entradas que en las fotografías, los ojos son de un verde claro con la mirada limpia. Faltan seis pasos, me dan arcadas y se me nubla la vista. Me paro para tomar aire, pierdo la cuenta de los pasos, la víctima se me echa encima. Dan ganas de apretar el gatillo dentro del bolso y hacerme un agujero en el pie. “Soldado, limítese a culminar la acción. Es una orden”. Cuando llego a su altura me mira distraidamente. Doy un paso más. Me detengo. Giro media vuelta y saco la mano derecha del bolsillo empuñando la Star. El corazón deja de latir. Todo está quieto, en silencio, como si se hubiera solidificado. Estiro el brazo y disparo a bocajarro dos veces en su cogote. Cae hacia delante en vez de hacia atrás. Nada es como en mi película. Me vuelvo hacia la calzada para montar en la Yamaha. Veo el cañón de una pistola en mi visera. Escucho: “¡Zipayo!”. Por instinto agacho la cabeza y levanto el brazo para disparar. Vuelan esquirlas de plástico negro mientras caigo hacia atrás.

Por el puto casco y la placa de titanio sigo todavía aquí con mil cuchillos cortando en pedacitos mi cerebro.

               J. Carlos