Archivo mensual: diciembre 2020

Navidad 2020

Querido amigo:

El año de la peste nos pilló ufanos porque habíamos cumplido con el Génesis: “Creced y multiplicaos, someted la tierra y dominar a los peces del mar, las aves del cielo y a todo animal sobre la tierra”. Ya hacía tiempo que habíamos domesticado a la naturaleza y construido un mundo hipertecnológico y aséptico. Es cierto que la vida seguía siendo un bien precario de la que sólo disponíamos en usufructo por un tiempo incierto, pero con la venia de la medicina la estirábamos y, cuando aparecía infalible en nuestras cercanías, la exorcizábamos con ceremonias escuetas para que no conturbara al prójimo ni nos afligiera en exceso. Fue entonces que se nos hospedó un fósil viejo, de cuatro mil millones de años, más antiguo que Luca nuestro común ancestro celular, que nos aniquila porque lleva inscrito en su material genético el mismo algoritmo que creíamos nos había sido otorgado en exclusiva por la divinidad: “creced y multiplicaos”.

Es estimulante que la divinidad te escoja porque tú lo vales como especie, como pueblo o como creyente para someter la tierra y dominar los peces del mar, etc. Te sube la autoestima y te engalla el ego. Fue Galileo quien primero nos bajó los humos al constatar que no éramos el centro del universo, después Darwin nos redujo a un efecto de la evolución y, cuando fuimos capaces de secuenciar nuestro genoma descubrimos que coincidía en un 96% con el código genético del chimpancé y en un 60% con el del plátano. Uno de nuestros pensadores más notables, Harari, nos somete a otra cura de humildad poniendo en duda que tengamos libre albedrio. Hubo otras divinidades que nos advirtieron de nuestra insignificancia y de la necesidad de pactar con la naturaleza pero no les hicimos caso. Creímos que someterla nos hacía invulnerables. Hoy sabemos que la burbuja de nuestro mundo tiene las paredes de vidrio.

La biodiversidad está en caída libre y hace tiempo que estamos por debajo del umbral de seguridad. En los últimos cuarenta y cinco años han desaparecido el 68% de los vertebrados y la deforestación propicia una mayor interacción entre vida silvestre, ganado y ser humano, lo que hace que se incremente la probabilidad de enfermedades zoonóticas como el Ébola o la Covid-19. Hace sólo treinta años salías al campo y te acompañaba una algarabía de trinos, gorjeos, reclamos arrullos, graznidos, bufidos, rebuznos, mugidos, zumbidos… hoy el sonido en el campo es tan apagado como el de un monasterio, ni siquiera te atormentan los mosquitos, aún menos las abejas que mueren en enjambre envenenadas con nuestros insecticidas. Hace veinte años te ensimismabas mirando el cielo nocturno cuajadito de soles lejanos, hoy no sabes si aquello que brilla es la estrella a la que pediste un deseo, o uno de los satélites de Elon Musk reflejando la luz vieja de las constelaciones en su lomo.

Las leyes de la física son inexorables, cuando se produce una catástrofe cósmica origina ondas gravitacionales que distorsionan el espacio-tiempo. La catástrofe de la pandemia también distorsionará el espacio-tiempo de esta cultura anclada en el ombliguismo, la codicia y la falta de empatía donde los nuevos cachivaches, que debían ser vectores de conocimiento y colaboración, nos empobrecen intelectual y éticamente en vez de aflorar las nuevas ideas. Estoy con Alessandro Baricco cuando afirma que “ahora por fin ocurrirá algo”, aunque no suscribo su pesimismo.

De hecho ya está ocurriendo. Te anoto algunos detalles en cinco ámbitos: El sociológico, lo hemos visto en la abnegación del sector sanitario y de todos los agricultores, transportistas, reponedores, servidores públicos… que han estado y siguen jugándose la vida en primera línea demostrando que la sociedad, en situaciones de estrés, funciona sin tanto gurú, directivo, Ceo, famoso… ni tanta remuneración estratosféricas que no tiene más justificación que la avaricia. El científico, donde la cooperación y el conocimiento humanos, basados en el descubrimiento de una pareja de inmigrantes turcos, han conseguido una vacuna contra el virus en menos de nueve meses con una metodología novedosa que, a buen seguro, será un salvoconducto contra otras infecciones víricas y contra el cáncer. En el económico, Europa se endeuda por primera vez para hacer frente a la crisis y, su Parlamento, legisla para ejercer un control riguroso del uso de los datos personales por parte de los monopolios tecnológicos que nos parasitan; por su parte, el Congreso de EEUU está dispuesto a trocear esos mismos monopolios. El ambiental, hace tan sólo diez días la UE ha pactado incrementar del 40% al 55% la reducción de emisiones de efecto invernadero para 2030. En el político, dentro de un mes Donald Trump, ya desactivado, puede constituirse en la mejor vacuna contra los populismos. No te niego que también hay elementos para la desazón pero, como sabes, soy un optimista irredento.

Cuánto daño ha hecho el Génesis y la frase porque yo lo valgo. Y cuánto daño nos ha infligido el 2020.

Mi deseo, que te cuides mucho.

Felices Pascuas.

22 de diciembre de 2020

J. Carlos

P.S.: Te participo que, por esta vez, al terminar la ceremonia de las uvas despediré al año viejo con la tonada: Se va el caimán, se va el caimán… Después, brindaré por el nuevo año y por ti y por mí, supervivientes.

Vacuna

Cuando leo a sesudos analistas sentando cátedra sobre el fenómeno Trump, me los imagino sentados en la Capilla Sixtina con su solideo y sobrepelliz rojos disertando sobre el sexo de los ángeles. Cuánta inteligencia desperdiciada. Estimados analistas, no torturen más nuestra inteligencia, Donald es una cáscara vacía. Lo que tiene que preocuparnos es por qué una cáscara vacía se transforma en un fenómeno social y, lo que es peor, por qué un insensato ha tenido durante cuatro años en sus manos el devenir de occidente y el botón del mayor arsenal nuclear del mundo. Tratar de encontrar una brizna de lógica en sus baladronas en tuiter o, en cualquiera de sus decisiones, es tan improbable como encontrar una frase en las huellas que un cangrejo va dejando en su transitar por la playa. Como todo ególatra se amustiará cuando se apaguen los focos que iluminan su tinte maíz en el pelo y sus polvos naranja en la cara. Su escudero Giuliani se ha ido descomponiendo al mismo ritmo que se le pudrían en la boca las paparruchas sobre el pucherazo electoral. A la luz de los focos vimos como se decoloraba su pelo azabache tiznándole la cara con un reguero de tinte que partía de ambas patillas y alcanzaba la mandíbula inferior. Fue esa imagen, y no el metano de sus tripas que también dejó escapar unos días después en otra conferencia de prensa, la mejor metáfora de la caída del imperio de cartón piedra erigido por Trump. Bastó un poco de sudor para construir esa poderosa metáfora visual y bastará un manguerazo de agua en la Casa Blanca para arrancar la purpurina, el pan de oro y el brilli brilli. Debajo sólo hay roña mental. La evaluación de daños es terrible para su país y para todo el orbe occidental. Es lo que tiene meter un elefante en una cacharrería. En estos cuatro años la dictadura China ha adelantado varias décadas en la carrera para encabezar el cetro del imperio, ha debilitado y dividido a sus socios europeos, vejado como nunca a los países de Sudamérica, ninguneado a los países de Asia, África, Oceanía y cabreado a sus vecinos más próximos: Canadá y Méjico, ha dinamitado los puentes del multilateralismo, conculcado el derecho y los tratados internacionales y ha conseguido que retrocedamos quinquenios en la lucha contra el cambio climático, entre otras salvajadas. Le retratan bien los versos de Zorrilla en Don Juan Tenorio: “Por donde quiera que fui, la razón atropellé, la virtud escarnecí, la justicia burlé, (…) a quien quise provoqué, con quien quiso me batí, (…) y en todas partes dejé memoria amarga de mí”.

El fenómeno se explica porque estamos hartos de que nos acusen de vivir por encima de nuestras posibilidades, de que respondan a sus corruptelas diciendo que “no es un saqueo es el mercado, amigo” y otras sandeces por el estilo. Así que los ciudadanos preferimos los versos sueltos porque los poemas que nos escribe el establishment son auténticos ripios. Preferimos, como el viejo amante desesperado, que nos digan que nos quieren aunque sea mentira y que nos calienten el oído con palabras de alabanza. A veces lo deseos se cumplen y aupamos los populismos. Después viene la historia a enseñarnos que todos los populismos ya sean fascistas, comunistas, nacionalistas han terminado en un baño de sangre o, en el mejor de los casos, en una catástrofe de furia, odio y división. Lo malo es que la historia ocurre dos veces, como escribió Karl Marx en el 18 brumario de Luis Bonaparte: “la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

No hay mal que por bien no venga. De vez en cuando el orden imperfecto de las democracias genera hartazgos y llegan al poder estos satrapillas que, siempre que no consigan doblegar a la democracia, terminan mostrando su desnudez mental por muy arropada que esté en una delirante egolatría. Su paso por las instituciones suele ser tan caótico, aberrante y pernicioso que genera anticuerpos por una temporada. Estoy persuadido de que cuando se vaya conociendo el balance del estropicio democrático, moral y económico del Trumpismo a nivel planetario, se le caerá la venda de los ojos hasta a los más acérrimos. Espero que el virus Trump, ya desactivado, constituya una vacuna para que nuestro sistema inmunitario reaccione ante los populismos que hoy campan por sus respetos en España y media Europa. Ojalá los mantengamos alejados de nuestras instituciones democráticas. Te recuerdo que el golpe del 23 de febrero de 1981 fue la mejor vacuna para nuestra democracia y nos ha procurado una inmunidad que dura ya 39 años, 10 meses y 11 días.

J. Carlos