Archivo mensual: septiembre 2016

Costumbres

rana

Somos animales de costumbres. La clave está en que nos las inoculen en pequeñas dosis. Nos acontece como a la rana, si nos calientan el agua de improviso, saltamos; si nos la calientan poco a poco no  percibimos el cambio y podemos morir achicharrados. De hecho, si nos asaltan a punta de pistola, llamamos a las fuerzas del orden y denunciamos lo ocurrido, mientras que los robos perpetrados en las arcas públicas a punta de cuello blanco y corbata, nos parecen tan ajenos que, en nuestra contabilidad social, los damos por provisionados como los grandes almacenes provisionan los hurtos incrementando los precios. Seguramente entre el 5% y el 10% de tus impuestos –y de los míos- se pierden en las alcantarillas de los sobornos y comisiones, al igual que un porcentaje del agua potable desaparece por fugas en la conducción.

Somos animales de costumbres. Cada verano las temperaturas superan los registros históricos y los incendios reducen a cenizas más cantidad de hectáreas arboladas. Este año tendremos el honor de conseguir una concentración de dióxido de carbono en la atmósfera por encima de 400 partes por millón (ppm). En la era preindustrial los registros anotaban 280 ppm. Más de la mitad del incremento se ha producido a partir de los años ochenta. De nada vale que los científicos nos alerten de que las altas temperaturas están secando los ecosistemas tropicales, que son los grandes tragaderos del dióxido de carbono; ya sabes, somos como las ranas, si la temperatura no sube de forma brusca nos dejaremos achicharrar tan ricamente. Sin embargo, cuando el cambio es violento, nos da el telele. En 1816 en el hemisferio norte no hubo verano, ni sol, ni cosechas; el cielo estaba cubierto por las cenizas que había arrojado a la atmósfera el volcán del monte Tambora. Las iglesias se abarrotaron, los corazones estaban contritos y los estómagos vacíos. A las orillas del lago Lemán, cerca de Ginebra, encerrados en Villa Diodati porque la lluvia no daba tregua, esperaban, seguramente, el fin de los tiempos los escritores Percy Shelley, Lord Byron, John William Polidori y Mary Godwin; apostaron sobre quién escribiría el relato más aterrador. Mary, amante de Percy, con el que luego se casaría, creó Frankestein, un icono de la literatura, del cine y del teatro; tenía solo diecinueve años.

Como te digo, somos animales de costumbres. El capital es un corcel brioso, no le gusta que le embriden. Hasta principio de los ochenta las naciones llevaban las riendas del caballo. Cuando el capital quería desmandarse los sindicatos sacaban el espantajo del comunismo y el caballo volvía a cabalgar dentro de las lindes. Cayó el muro, el espantajo se diluyó como una nube de verano y el Estado-jinete soltó las riendas. El corcel se desbocó. Las praderas del mundo ya no tienen cercas para el capital y éste sólo pasta en aquellas praderas donde los salarios sean más bajos, los impuestos menudos o inexistentes y tenga total libertad para producir y vender. Los Estados compiten en recortes sociales para que el caballo se digne pasear en sus praderas. Es la globalización, dicen, y nos acostumbramos. Se incrementa el desempleo, la desigualdad se acentúa en progresión geométrica, los trabajadores pierden sus derechos, se reducen las prestaciones sociales y sanitarias. Nos inoculan la especie de que el estado de bienestar no es sostenible, que las pensiones menguarán hasta hacerse ridículas y que el trabajo será siempre precario. Nos adaptamos y aguantamos, por costumbre. Pero empieza a irritarnos que aquellos, pocos, que están subidos al corcel del capital estén cada vez más orondos. Me pregunto si lo del Brexit, lo de Trump, lo de Sanders, lo de Corbyn, los “populismos” de derechas en el norte y centro de Europa, y los “populismos de izquierda en el sur”, no serán síntomas de que están calentando el agua demasiado deprisa. A ver si la rana va a estirar las ancas y saltar fuera de la olla.

J. Carlos

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