Archivo mensual: junio 2020

Sinestesia

Fue durante la última recaída en depresión que escuché por primera vez la palabra sinestesia. Hasta entonces desconocía que había personas que asocian los números con colores o que saborean las notas musicales. La escuché de boca de mi psiquiatra después de la sesión de hipnotismo a que me indujo. Con mi permiso la grabó para que la escucháramos juntos después. Me había prestado porque si se lo hubiese confesado en estado de plena conciencia no me habría creído. Escuché en mi propia voz mi secreto más hondo y la razón de casi todos mis males: Donde otros ven, mirando al cielo claro, sombras que recorren el ojo como gusanitos pequeños, yo veo imágenes de notas musicales que, en perfecta armonía, suenan también en mi cabeza. Lo malo es que para mí expresan musicalmente no lo que dicen las personas sino las verdaderas emociones que anidan en sus entrañas y el desafecto que yo les suscito.

-Vaya –dijo la terapeuta después de ajustar las gafas de pasta rosa en el puente de su nariz- Parece que la causa de tus estados depresivos recurrentes es que padeces una forma muy rara de sinestesia.

-Eureka –contesté- Bienvenida al mundo insufrible de la verdad. ¿Se imagina lo que es tener permanentemente un pentagrama en tu retina desmintiendo lo que escuchan tus oídos o los gestos que ven tus ojos? Da lo mismo que sea el narcisista de mi representante siempre con el halago en la lengua, aunque yo escucho el trémolo ronco y reiterativo de trompeta expresando la rabia sorda de sentirse inferior. O de tu pareja cuando le regalas unas orquídeas azules de aniversario y se lanza sobre ti y hasta te besa en la boca, pero de fondo escuchas la melodía triste del hastío en las notas graves de un piano. Si hasta los hijos que, con cinco o seis años perdieron la inocencia y, desde entonces, sus afectos son desmentidos por un bolero de intereses mezquinos que, como el de Ravel, mantiene un tempo y un ritmo repetitivo hasta la nausea.

-¿Desde cuándo vienes notando esta sinestesia? –Preguntó, cruzando las piernas-

-Desde siempre –contesté- Mis primeros recuerdos son de destellos de colores, como auras en las personas, en los animales y en las plantas. Después, cuando aprendí a leer, se convirtió en una confusión de colores y de letras. Al comenzar los estudios de solfeo se expresaba con una combinación de palabras, colores, corcheas, fusas… A medida que aprendía el lenguaje musical se fueron difuminando los colores y las letras hasta desaparecer y sólo quedó el pentagrama con las notas que, como patas de hormiga, se movían por él. Más tarde cuando empecé a dominar la técnica del piano las notas empezaron también a sonar en mi cerebro.

-¿Vendrías conmigo a un oftalmólogo para descartar que haya un fenómeno físico en tu vítreo? –Inquirió con un gesto de perplejidad que mis ojos y mi cerebro interpretaron como una cantata bufa de Bach-

-Claro –dije- Quiere saber si sólo son alucinaciones. Piensa que si navegaran células muertas por mi vítreo formando escalas musicales sería un fenómeno milagroso como los estigmas en las manos de los santos o, al menos, un suceso extraordinario para publicar en alguna revista especializada. Después la inmortalizarán bautizando mi caso con su nombre: sinestesia Salas-Villarroel.

-No- replicó- No me interesa nada la posteridad. Y no puedo ni imaginarme cuán difícil será transitar por la vida leyendo en la retina el alma de cada cual en notaciones musicales. Supongo que es como tener una fatídica máquina de la verdad que no se calla nunca.

Bueno –añadí, más calmado- salvo cuando duermo o cierro con fuerza los párpados. Ya sabe que soy concertista de piano y, cuando interpreto la música, siempre llevo puestas unas gafas de sol para que nadie me vea con los ojos cerrados. Si los abro y, por descuido, poso la mirada sobre alguien, el pentagrama que refleja mi retina se interpondría con la música que estoy ejecutando y el fracaso sería estrepitoso. La primera y única vez que tuve un descuido fingí un desmayo.

Me miró, no dijo nada. Mantuve unos segundos mis ojos en los suyos. Sobreimpresionadas en mi retina volaban las notas de la partitura del Adagio de Albinoni. El violín sonaba en mi cabeza con todos los armónicos esponjándose como si estuviera en el gran salón del teatro de la ópera. Entonces recordé que ese sosiego sólo lo había experimentado en la mirada azul de mi madre joven.

Te comprendo –prosiguió- Hice mi tesis doctoral sobre los gestos reflejos de los músculos de la cara que, aunque son casi imperceptibles y duran décimas de segundo, desnudan las emociones y traicionan las palabras. Adquirí mucha pericia en el empeño, de hecho, gran parte de la fama que he adquirido se la debo a la lectura rápida de esos gestos que desnudan el ego de mis pacientes y me permiten enfocar mejor sus problemas. En el plano personal te confieso que me he acostumbrado a sembrar pocas ilusiones para cosechar pocos desengaños. Ya sé, es un poco triste, pero hay que hacer de la necesidad virtud. Recuerda que los demás no saben que conocemos sus emociones mejor que ellos ¿Cómo te sentirías tú si supieras que un observador tiene la capacidad de ver tu desnudez en la calle, en el Metro o cuando estás dando un concierto?

-Supongo que me sentiría fatal –le dije-  pero no es el caso. Esta capacidad mía, como usted la llama, aunque yo creo que es un calvario, no la conoce nadie así que les salva la bendita inocencia. ¿Quién nos salva a usted o a mí de experimentar el desprecio o la indiferencia mientras nos adulan con gestos educados y palabras afectuosas? ¿Quién nos redime del sufrimiento de sus mentiras?

-Querido Pablo –me miró con la dulzura de una madre- no olvides que tus gestos te delatan. Veo que estás muy enfadado –en ese punto cerró el cuaderno de notas con el bolígrafo salvando la páginas y lo dejó en su regazo, se adelantó y me rozó el brazo en señal de ánimo- Oye, ¿funciona la sinestesia contigo mismo?, quiero decir, ¿si te pones delante de un espejo qué música escuchas?

-No, afortunadamente, no funciona conmigo. Soy la única persona a la que puedo mentir sin que me entere –contesté esbozando una sonrisa-.

-Si me permites conjeturar –dijo mientras con sus dedos índices colocaba su melena rojiza por detrás de las orejas- estoy segura de que si pudieras aplicar la sinestesia sobre ti mismo, escucharías La cabalgata de las valkirias que acuden a recoger tu cuerpo caído en la batalla para llevarlo al Valhalla

-Tal vez, y allí mi uniría a los guerreros de Odín para preparar la batalla del fin del mundo –proseguí rematando con una sonora carcajada-

A la mañana siguiente me acompañó a la consulta de un oftalmólogo de su confianza. Una enfermera espigada, que tenía un gracioso hoyuelo en el mentón, me echó unas gotas de un colirio que me dilató las pupilas hasta que el iris se transformó en una línea ambarina circular como el brocal de un pozo negro. Nos hicieron pasar. Antes de que el doctor me enfocara con el oftalmoscopio para ver el fondo de mis ojos, le pedí que viera lo que viera flotando en el humor vítreo lo mantuviera en secreto como los curas guardan el secreto de confesión. Me hizo daño con la luz blanca que penetraba como un clavo ardiendo en mi retina, aunque enseguida desenfocó aquel haz de luz porque se asustó al observar tantos filamentos moviéndose. Deben molestarle mucho en su visión –comentó-. Si quiere puedo programar una intervención con láser en una semana y le dejo el vítreo limpio como una patena. De seguido animó a mi terapeuta a que echara un vistazo. Menos mal que el pentagrama estaba dispuesto al revés y ella no tenía conocimientos musicales, si no hubiera advertido que su colega era un mal bicho. Acercó mi cámara al visor e hizo una foto.

Tomando café me devolvió la cámara. La encendí. Busqué la foto del fondo de mis ojos y la amplié. Se veía con muy poca nitidez el pentagrama y las notas. Le expliqué que mi cerebro recreaba el fenómeno con una precisión asombrosa en tres dimensiones y que iba pasando de izquierda a derecha como en una cinta sin fin. Me preguntó si iba a operarme. Contesté que me lo pensaría, ella misma me había comentado que la sinestesia podía volver a manifestarse de cualquier otra forma. Imagínate, argumenté, que me opero y después me aparecen estigmas en la palma de la mano o en el costado. Nos reímos. A traición le hice una foto antes de guardar la máquina en la mochila. Para hacerme perdonar le pasé a su móvil la foto de mi vítreo. Te la regalo por si quieres publicar el caso para hacerte famosa y que pongan tu nombre a mi sinestesia –concluí-

Han pasado dos años desde entonces. No me he operado. Sigo asistiendo puntual a las sesiones semanales con mi psiquiatra Silvia Salas-Villarroel y mi extraña sinestesia sigue sin nombre científico. Por lo demás, ya sabes que la cantinela de un psiquiatra es hacer muchas preguntas y dar pocas respuestas y, de vez en cuando, endiñarte cápsulas de fervorín en pequeñas dosis: Que si has de convencerte de que tu sinestesia no la padeces, al contrario, es un privilegio que te proporciona una información valiosísima de tus congéneres. Disfrútala. Que ¿si no has pensado en la energía que han de gastar las personas que te quieren para agradarte siempre, o para no disgustarte, a costa de disimular sus emociones? Que has de valorar sus esfuerzos… A veces deja su sabiduría doctoral en casa y tira de refranero barato: “Ya sabes que si quieres ser feliz como me dices, no analices”. Para animarme, me confiesa que parpadea para no ver en su gente los gestos inconscientes que los delatan y que, a menudo, se conforma con pedir lo mismo que aquel delicioso libro de Montserrat Roig: Dime que me quieres aunque sea mentira.

A menudo le regalo entradas para mis conciertos y, como ahora toco sin gafas de sol y los ojos abiertos deslizándose con los dedos por las teclas del piano, está convencida de mi mejoría. Ignora que cuando le robé la foto probé a ponerla junto a la partitura del piano en la siguiente actuación y, posando mi mirada en esos ojos tan serenos sucedió que, la música fluía como una cinta sin fin dentro de mi vítreo y se fundía con la que estaba interpretando en una sola composición prodigiosa preñada de matices. Los críticos me dedicaron un rosario de elogios en los periódicos, donde podía ver su firma pero no sus gestos, por fortuna. Ahora siempre sitúo, junto a la partitura, fotos de mi madre joven o, de mis hijos pequeños o, de mi pareja cuando recién empezábamos a salir y, en ocasiones especiales, la de Silvia.

            J. Carlos

 

El peso del alma y Tragafuegos

                                                 

                                                El peso del alma.

Don Arturo de Montemayor, Conde de Toreno y Grande de España, se negaba a que el personal de la funeraria amortajara a la Condesa porque, a pesar de que el médico de la Casa había certificado el óbito, estaba en el convencimiento de que doña Petronila no había exhalado aún su último suspiro. Con ese afán ordenaba a la servidumbre que, cada media hora, pesaran a la difunta con una grúa que tenía una balanza muy precisa y que la elevaba en el aire, mediante un arnés, unos centímetros por encima de la cama. Había transcurrido toda la noche sin que ni sus hijos ni otros familiares consiguieran que el Conde depusiera su actitud y entrara en razón. Menos mal que a las nueve de la mañana llegó la enfermera de día y, una vez que fue informada de los acontecimientos, sugirió a Don Arturo que diera un paseo por el jardín para tomar el aire, entretanto despojó a la Condesa de los calcetines de lana azul que no se quitaba ni para dormir porque era muy friolera. Antes de media hora volvió el Conde para exigir un nuevo pesaje. Al comprobar que el visor electrónico de la báscula marcaba 21 gramos menos, tomó la mano de la difunta se la llevó a los labios y, santiguándose, exclamó: Ahora sí que ha exhalado su alma. Vaya con Dios. Y dirigiéndose al personal funerario les ordenó: ya pueden proceder.

  

                                                    Tragafuegos.

Todos los años, por las fiestas de la Virgen del Carmen, llegan al barrio pesquero los camiones del circo de los suecos. Montan su carpa listada de blanco y azul en el mismo descampado donde van a morir, varadas, las barcas viejas. Este año no traen al muchacho de ojos turquesa, casi tranparentes, que lanzaba fuego por la boca en forma de aros para cruzarlos de un salto, caía dando una voltereta en el suelo, volvía a soplar otro aro de fuego, y así recorría en círculo toda la pista bajo el estrépito de los aplausos. Después dibujaba con la boca círculos de fuego concéntricos y, como si fueran humo de cigarro, los hacía pasar los unos por dentro de los otros. Cuentan que las muchachas del lugar pagaban por sus besos de fuego cuando terminaba la función de noche. Las esperaba bajo una lona que cubría las balas de paja apiladas al lado de las jaulas de los animales. Aquel día había sido la última función y la cola circundaba media carpa. Dicen que no quería besar a aquella chica, no por el corrector dental que enderezaba sus dientes, sino porque le parecía que tenía una edad demasiado tierna para aquellos juegos. Si al final consistió fue porque la muchacha dobló el precio. Se sabe que, de resultas de aquel beso fogoso prendió la paja seca y hubo que abrir las jaulas para salvar a los animales. El circo sólo perdió la pareja de osos que huyeron al monte y, por la presión de los ecologistas, hubieron de concederles la libertad. El tragafuegos también huyó de España porque los padres de la menor le acusaron de estupro. En el informe pericial consta como causa del incendio una chispa del corrector metálico que inflamó los gases de la boca del sueco.

J. Carlos

Quantum

La historia como la energía se transmite de forma discontinua, a saltos. Y no siempre en la misma dirección, ni siquiera en el mismo sentido. El último quantum histórico que nos ha llegado del Imperio americano ha sido la muerte de George Floyd a rodillas de la policía en Mineápolis. Y es que los quantum que vienen del Imperio son muy energéticos. De hecho, ser Imperio supone la cualidad y el privilegio de hacer historia o, si quieres, de narrarla, que tanto da. Quiere decirse que el mismo suceso en Bangalore, Katmandú o Maputo nunca alcanzaría la energía suficiente para mover un solo pelo. El caso es que la onda que genera está arrasando con algunas estatuas de los parques, jardines y monumentos  y expandiéndose por las colonias de Occidente. Se arrancan de sus pedestales los pedruscos esculpidos con los cuerpos y rostros de generales confederados, esclavistas blancos y hasta con las efigies de Cristóbal Colón. Y las grandes distribuidoras ponen en cuarentena obras de arte cinematográfico. Cualquier día nos privarán también de Lovecraft por racista, de Nobokov por inmoral, de Céline por nazi o de Picasso por misógino.

Es de torpes analizar la historia con los valores contemporáneos. Al igual que para comprender a una persona hay que utilizar la empatía y ponerse en su lugar y en sus circunstancias, para enjuiciar los hechos históricos hay que analizar la época, los valores éticos, los conocimientos, la cultura… Hay que estudiar. O, al menos, tener la suficiente humildad para dejar que los estudiosos nos ilustren. Después, y con sosiego, ya se determinará, con el asesoramiento de un comité de sabios, qué estatuas han de demolerse por resultar indignas en el balance histórico, cuáles han de mantenerse a la vista pública con una explicación razonada, aquellas que han de retirarse a museos de horror o similares por fomentar el odio y, cuáles disolver en ácido por resultar lesivas para la memoria de cualquier persona decente.

Es curioso cómo muchos de los descendientes de quienes masacraron a los indios y demás nativos de Norteamérica, ahora señalan con el dedo acusador a las estatuas de piedra para que no se fijen en ellos. O, cómo los contemporáneos y descendientes de los Kissinger, Jonhson, Nixon… que idearon, fomentaron, financiaron y establecieron las crueles dictadoras genocidas de Suramérica, aplauden el depedestalamiento de Colón con la euforia de lo conversos.

Es indecente que grandes corporaciones de EEUU como HBO, por puro marketing, se erijan en censoras de las obras de arte. Esas mismas empresas que utilizan gratis et amore las infraestructuras de nuestro país para distribuir sus productos, y de inmediato van a quejarse a su Presidente si le gravamos con un impuestito para que imponga aranceles a nuestros productos.

La historia, ya digo, se transmite a saltos. Es muy vistoso el desplome de las estatuas y la secuencia de arrojarlas al río para que se desdibujen con la rémora y el lodo. Es ilustrativo, casi mágico y, desde luego, necesario que el seísmo antirracista del Imperio se expanda con ondas replicantes por toda Europa. Pero resulta patético que pretendan darnos lecciones a los españoles descabezando y desmembrando a Colones o Juanes Ponce de León. Echen un vistazo a su Casa Blanca donde tienen una estatua viviente que presume de racismo, homofobia y egolatría en el siglo XXI, con los valores de hoy, con la ética actual y con los conocimientos del presente. Así que, menos lecciones. Y recuerden que si el próximo 8 de noviembre no botan la estatua de Trump, el quantum del video de Mineápolis se habrá disuelto hasta perder toda su energía como si fuera un hecho acaecido en Maputo, Bagalore o Katmandú.

     J. Carlos

 

Palabras con savia

Hubo un tiempo en que las palabras se esparcían sobre la tierra en otoño, se hacía a mano con una sembradera de saco cargada al hombro. Se segaban en verano con una máquina arrastrada por dos mulos cuando el sol había secado sus tallos y dorado sus espigas. En las noches, se acarreaba la mies en carros con armadura de malla y se tendía en la eras, después se trillaba durante todo el día para quebrantar la paja y que se abrieran las vainas que guardaban las palabras. Las labores del campo las hacían mi padre y mi tío pero me dejaban subir al trillo y coger las guías de los mulos mientras ellos echaban un sueño. Al atardecer se apilaba la trilla en una parva picuda como el techado de las casas de montaña, así, día tras día, hasta que las tierras se quedaban sin bálago y las eras sin trilla, que solía coincidir con el momento en que el calor amainaba y los vientos se ponían en marcha, entonces tocaba aventar la parva con un bieldo de madera para que la paja, casi ingrávida, volara unos metros y las palabras, más pesadas y consistentes, cayeran limpias las unas sobre las otras formando un montón. Con una media fanega se ensacaban las palabras en unos costales de lona largos y estrechos que, al final de la tarde, subían los costaleros al desván de cada casa. Era un trabajo muy ingrato, no sólo por el peso, que también, sino porque las rabos de las letras y las tildes se clavaban en la zona dorsal y dejaban las espaldas amoratadas. Para dejar las eras limpias se acarreaba la paja y se guardaba bajo techo antes de que el viento se la llevara o las tormentas del final del verano la echaran a perder. Después de las fiestas del fin del laboreo, que duraban una semana, con bailes en la plaza y hogueras nocturnas, toda la familia subíamos al desván para el desgrane. Tarea que consistía en ordenar las palabras en tantos montones como letras tiene el abecedario. Las voces más valiosas eran las más extravagantes y se guardaban en la alcoba principal en un arca de madera bajo llave. Aquellas que no habían fructificado bien porque les faltaba una hache, o llevaban una be por una uve, o tenían la tilde colocada en la letra incorrecta, se amontonaban aparte y se destinaban a pasto para el ganado. Como la tarea de dar de comer a los animales me correspondía a mí, me gustaba rebuscar en el montón y si me topaba con el vocablo vurro se lo echaba de comer a las gallinas, si encontraba el término gayo me lo ponía en la palma de la mano y la arrimaba al hocico de la cabra, si la palabra que aparecía era cavra la metía entre la paja del pesebre de los mulos. Como la economía de las familias dependía del monocultivo de las palabras desde muy pequeño aprendíamos el significado de cada una, su correcta grafía y a distinguir las ordinarias de las raras. Era importante la cantidad, había años buenos que la tierra rendía treinta fanegas por cada fanega sembrada y años malos en que sólo rendían un diez por uno, pero era más importante la calidad de las palabras porque las buenas se pagaban más caras, por eso hasta que no se terminaba el desgrane no se sabía cómo había pintado el año y si los reyes en enero iban a ser generosos o tacaños.

Como digo, hubo un tiempo en que no se conocían las monedas ni los billetes, todo se pagaba con palabras. El panadero, el hojalatero, el carpintero, el barbero cobraban en vocablos vulgares que eran los más abundantes, pero el médico y el farmacéutico exigían términos más valiosos porque nombraban medicinas y enfermedades. Las tasas del ayuntamiento consumían mucho ordeno, dispongo, certifico. En el cepillo de la iglesia que pasaba el monaguillo en misa, los parroquianos depositaban palabras sagradas para que el cura tuviera materia prima con que preparar misales y breviarios. A los niños nos daban una paga escueta los domingos de una o dos preposiciones para comprar un palo de regaliz o un puñado de caramelos de toffe. Cuando mis padres iban a la ciudad a comprar aperos de labranza o ropa de domingo llevaban palabras más sofisticadas, las vulgares las apreciaban poco porque allí hablaban muy fino. A veces venían del periódico de la capital a comprarnos parte de la cosecha, también venían oficinistas con manguitos que se llevaban grandes remesas para sus despachos. Una vez vino un poeta a casa y nos compró más de cien esdrújulas y una decena de subjuntivos.

En las tardes del invierno las calles frías y embarradas del pueblo no ofrecían mucha hospitalidad, así que los niños subíamos a los desvanes y jugábamos a ordenar las palabras en frases sobre el suelo de tablones de madera. Clemente, que era el hijo del maestro, nos enseñó en su desván a hacer endecasílabos que al principio no tenían sentido, pero como el invierno es largo llegamos a componer un romance de veinte versos en el que se contaba la historia de un molinero que, se negaba a moler las palabras que le llevaba un hidalgo en un estuche llamado El Quijote de la Mancha. El hidalgo quería molerlas para hacer pan y venderlo como alimento para la inteligencia, el molinero se negaba porque decía que la harina de palabra era indigesta. Una de esas tardes recuerdo que encontramos la palabra porro, enseguida le pedimos a Clemente que bajara a la alcoba de sus padres y birlara una hoja de papel de fumar, cuando regresó liamos un cigarro con paja fina. Nos fumamos la palabra sentados en corro compartiendo caladas y muertos de risa.

Por mayo los niños teníamos que llevar un ramo de flores a María en un tarro de cristal. Íbamos a cogerlas a las eras que estaban cuajaditas de margaritas, amapolas, begonias y peonías, cada niño aprovechaba para prenderle en el pelo una flor a alguna chiquilla que le gustase.  A mí, como me gustaba Aurorita, se me ocurrió robar del desván de casa las palabras: te quiero, y se las regalé con una begonia. Madre se extrañó mucho porque le tenía echado el ojo a la palabra quiero en el montón de la cu como regalo de boda del tío y no la encontraba y es que, en las bodas, cada novio tenía que entregar un sí quiero al otro en la ceremonia, después guardaban las palabras de por vida en un estuche de nácar. Como es natural, yo jamás me delaté, a pesar de que, desde entonces, madre miró a padre con cierta suspicacia.

De un día para otro las palabras vivas perdieron todo su valor porque un químico encontró la fórmula para crear palabras artificiales: la tinta. De un día para otro nos empobrecimos porque toda la cosecha del desván no valía ni para pagar al barbero un corte de pelo y, a duras penas, mi padre consiguió vender a un chamarilero de la capital las voces raras que  guardaba en el arca como oro en paño. Lo que no cuesta no se valora así que, en un santiamén, todo quedó sucio de palabras negras como si una tormenta de arena hubiese llenado de polvo hasta el último rincón. Ya nadie las cultiva ni las desgrana, así que hay voces mal escritas que sólo deberían servir para echar de comer a los cerdos; se prodigan las interjecciones y epítetos pero cuesta encontrar palabras sabias como honradez, pensamiento, humildad, perdón; y abundan los términos que vienen del extranjero a manchar nuestra lengua que jamás germinarían en tierra fértil y, de germinar, los arrancaríamos como se arranca la mala hierba.

        J. Carlos