Archivo mensual: junio 2018

Instante

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          Más allá del morro del coche, la carretera se desliza hacia atrás como una cinta negra, sin fin. Las rayas pintadas de blanco se alargan a medida que te acercas y desaparecen, y vuelven a nacer y alargarse y a desparecer. El pie derecho se hunde en el pedal. Es una sensación placentera. Vas penetrando el aire, mientras el paisaje boscoso se perfila y le nacen los volúmenes poco a poco. La luz es de un blanco crudo que viene de más allá del horizonte y rebota en la bóveda celeste. Hace dos meses, en esta misma carretera, también amanecía y la luz también empezó con un brillo como de fósforo. Danielle dormía a tu lado, serena, con la melena roja cayendo en suaves ondas hasta su antebrazo.

El Ipod emite música de Wagner, son los acordes de la segunda ópera de El Anillo del Nibelungo. Las notas galopan. El humo del tabaco hace juego con tu sueño azul y te adormece. Toda la noche conduciendo. Los músculos del cuello se han endurecido, pesan, casi se diría que te duelen. Hay un momento en que el horizonte parece el cráter de un gigantesco volcán que va a estallar. Las montañas y los árboles y las señales de la carretera se hacen más nítidas, aunque tienen un halo anaranjado. El pie sigue hundiéndose en el pedal derecho y el automóvil traga más rápido los jirones de bruma. Aquella otra mañana nació limpia y seca. Era verano. Cuando miraste a Danielle dormía a tu lado, serena, la luz le pintaba de oro pálido los labios y le ponía un arrebol en las mejillas.

Los párpados te pesan, siempre te pesan en la frontera entre la noche y el día. Apenas los entreabres porque la luz crece muy rápido y te hiere. Los agitas como alas de mariposa para lubricar la cornea que ha secado el humo del tabaco. Dejas que caigan por un segundo largo. Cuando intentas abrirlos parece que se han anudado las pestañas y que no puedes deshacer los nudos. Bajas la ventanilla, te asomas y dejas que el chorro de aire frío te despabile el sopor. La tierra toda se tiñe de un alumbre rojo. Subes la ventanilla. Según tu recuerdo, hace dos meses y tres días también estaba naciendo el sol y también pesaban los párpados. Te adormecía el silencio y el rurún del coche y la respiración de Danielle que se había acompasado al ritmo de la tuya. Hasta en eso parecíais un solo ser. No pusiste la radio ni bajaste el cristal por no despertarla.

La cabalgata de las valkirias arranca de los metales las notas triunfales de los himnos. Wagner  siempre dibuja un mapa de sonidos en el vello de tu piel. Cabalgas en tu coche a la espera de que las valkirias te rescaten como a un héroe caído en la lucha y te lleven al Valhalla. Tienes prisa, que se aparten los demás que no son héroes ni han caído en la batalla de la vida. Disparas ráfagas de luz y aporreas el claxon cuando algún impertinente no se aparta a la derecha. Wagner alimenta la furia de tus recuerdos. Todos dijeron que te quedaste dormido. No es verdad. Apartaste la vista de la carretera del embalse sólo un segundo y miraste su cabello ungido de sol que parecía un incendio. Necesitaste otro segundo más para una caricia. Tenías que tocar ese fuego con tu mano.

Ahora, antes de que el puente gire a la izquierda, tienes en el horizonte media esfera de sol que parece una moneda partida de lava líquida. Si cierras los ojos sigues viendo el sol, también su melena roja cayendo prendida con hilos de fuego. La orquesta se desboca, son los últimos acordes. El pie derecho hunde el acelerador hasta su tope. Aferras con las dos manos el volante, sin girarlo, no quieres que trace la curva. Cuando abres los párpados que tapaban la luz en tu pupila tienes delante el pretil de aluminio que te separa de un abismo. No tocas el freno. Apenas oyes unos chasquidos al derrotar la baranda porque el golpe ha coincidido con el último estruendo de las trompas y timbales.

Estás suspendido en el aire. Viajas proyectado hacia la moneda incandescente que está emergiendo de la costura que une el cielo con la tierra. Recuerdas el grito de Danielle cuando el coche caía de pico al embalse, y la última imagen de su pelo flotando tras el vidrio de la ventana que tú intentabas partir a puñetazos, y los nudillos de tus dedos manando hilillos de sangre que colgaban en el agua.

En este leve instante en que la gravedad queda en suspenso adviertes que la montaña también mete sus faldas en el agua. ¿Será Danielle disfrazada de valkiria que viene a recoger al héroe caído y llevarlo en sus brazos al paraíso? Silencio. No tienes miedo. Vas hacia el camino de luz, volando. Necesitas un segundo más, sólo un segundo, como entonces, para acariciar su cabello ungido de sol.

 J. Carlos

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Breve historia de un dedo

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Se conocieron en una fiesta de la Facultad de Medicina. Tardaron dos domingos en distanciarse de sus respectivos amigos. Hasta la cuarta semana no recalaron en el Retiro para adentrarse, con la tarde ya vencida, por los senderos más solitarios. Él esperó todavía a que las farolas se fueran encendiendo antes de pasarle el brazo por encima de los hombros. Empezó descuidadamente dejando que los dedos se deslizaran sobre la hombrera de su jersey. Lo hizo con la misma delicadeza con que se posa una mota de polvo. Como ella no rechazó aquel acercamiento terminó por descansar la mano entera y, minutos más tarde, el brazo ya rodeaba su cuello. Terminaron sentados en un banco, no muy lejos del estanque, bajo un fanal que alguna pedrada certera había dejado a oscuras. Eran tiempos difíciles y las aproximaciones se diseñaban como la estrategia militar en las batallas, cada centímetro de piel era una plaza conquistada y cada conquista te permitía seguir avanzando, aunque en ocasiones había que optar por retiradas tácticas.

Ella le retenía las manos entre las suyas, no tanto por acariciarlas sino por impedir los avances cada vez más audaces, y dijo aquello descuidadamente, porque los silencios estúpidos del enamoramiento exigían romperlos con algún comentario: “Qué curioso, el dedo pulgar de tu mano derecha no parece tuyo. Es como si fuera de otra mano. No sé, como si perteneciera a otra persona”. Él le explicó que siendo un niño, cascando nueces con una piedra, se aplastó el dedo. Perdió la uña, aunque por dentro de la cutícula, como si fuera un seno materno, vino a nacer otra que fue creciendo hasta cubrir la falange. La nueva nunca le gustó, era cuadrada y dura como un caparazón, además, siguió contándole, no pudo olvidar el proceso de tumefacción con aquel olor a podrido de la uña que terminó desprendiéndose. Ella se llevó el dedo a sus labios y él, con un rictus de asco, lo retiró.

Marga, es psiquiatra. Se casaron al poco de terminar la carrera. Por su profesión y por la convivencia diaria sabe que Sandro es obsesivo, que le perturba cualquier contratiempo. Sin embargo, ignora la angustia que sembró en el cerebro de su marido aquella observación insustancial dicha para ahogar un silencio, y de la que nunca han vuelto a hablar. También ignora que aquel mismo día compró unos guantes de piel de cabritilla en unos grandes almacenes y que, desde entonces, adquirió la costumbre de meter las manos en los bolsillos cuando no trabaja con ellas. Tampoco le extraña que hasta en casa, salvo con el servicio, cuando tiene la mano desnuda la cierra en un puño con el dedo dentro.

Están bien situados. Casa señorial en el barrio de Salamanca, coche de lujo para menguar el tedio de los desplazamientos en los múltiples viajes que gustan de hacer, dinero en la tarjeta para ir acomodando la vida a los placeres más refinados y paciencia e ingenio para ir gastando los años. Los viernes a la tarde van juntos al mismo salón de belleza de un afamado peluquero. Mientras peinan a Marga, a Sandro le hacen la manicura. Siempre le atiende la misma chica, ya ha aprendido que el dedo en el que se tiene que esmerar para contentar a su cliente es el pulgar derecho. Tiene que limarle las sucesivas capas que engrosan la uña, aplicarle después un esmalte incoloro y recortársela en pico para romper las líneas rectas porque crece roma y parece una tesela mal encajada. Al principio las clientas consideraron su presencia una rareza, con el paso de los años se han acostumbrado y, ni siquiera reprimen los comentarios subidos de tono sobre los cuerpos de los hombres que aparecen en las revistas.

La asistenta, Inés, está hoy desquiciada porque el señor –qué manía con cortar jamón para acompañar el vino de media mañana con la poca maña que se da- se ha rebanado el dedo pulgar con el cuchillo jamonero y se lo han llevado en ambulancia al hospital. Fue el señor quien se vendó la mano, recogió el apéndice ensangrentado de la mesa y lo envolvió en una servilleta. Para Inés ver sangre y descomponerse es todo uno. Por eso se limitó a acercarle el botiquín y, siguiendo sus instrucciones, llenar la cubitera de hielo. Quiso llamar a la señora pero él la persuadió de que no lo hiciera. “Estás hecha un manojo de nervios si la llamas ahora se va a asustar ya la llamaré yo más tarde” -le dijo. Cuando los enfermeros recogieron el estuche de madera de sisu con la tapa picada de agujeritos e incrustaciones de elefantes de latón, donde yacía el apéndice del señor entre cubitos de hielo, Inés corrió al dormitorio principal para buscar un pañuelo de seda del armario y se lo dio para que envolvieran el estuche.

Inés tiene los nervios sueltos y no acierta hoy con las tareas del hogar, primero se le ha roto un vaso en el lavavajillas, más tarde, al tirar del cable de la aspiradora se ha soltado el aplique del enchufe de la pared, y  ahora, al pasar el plumero por el último anaquel de la librería del gabinete donde el señor se pasa las horas dibujando planos, se le ha venido encima un álbum de fotos y ha quedado desarticulado sobre el parqué con la hojas abiertas. ¡Qué extraño! Todas son fotos de dedos. Pasa las páginas con rapidez, sólo hay instantáneas de uñas cuidadas y de dedos largos y esbeltos. Las imágenes le avivan el recuerdo del pulgar en el suelo desangrándose, como si tuviera vida propia, alejado de la mano de su señor, y se le escapa un hipido. ¡Pobre señor! Ahora se lo estarán cosiendo en el quirófano y a lo peor no le agarra bien como algunas plantas o pierde movilidad. Es delineante y lo necesita para dibujar. Se sienta con la cara anegada en lágrimas por la desgracia del señor. También llora por ella misma, le vienen los recuerdos en tumulto, porque aquel dedo ha recorrido en muchas ocasiones las formas de su cuerpo y le gusta tenerlo en su boca, succionarlo, pasar la lengua por esa uña que resbala como si fuera una concha de nácar y apretar la yema contra el paladar cuando el señor se viene.

Harta ya de llorar, se ha preparado una abundante comida porque la angustia le produce siempre una sensación de hambre. Como de costumbre, come de pie, en la cocina, con el plato en el aire sujeto con la mano y viendo la tele. Están dando las noticias de las tres de la tarde. La locutora narra un extraño suceso: “El joven modelo Honoré Chantal que aparece esta semana en la portada de Vanity Fair ha sufrido un atraco esta madrugada. Se sospecha de un ajuste de cuentas porque los delincuentes le han seccionado con un bisturí el dedo pulgar de la mano derecha, y se lo han llevado en la caja de madera de quemar incienso. Fuentes policiales confirman que, salvo la cajita y el dedo, no se han llevado ni dinero, ni joyas ni otros objetos de valor”. En el noticiario pasan, sin solución de continuidad, a comentar las jugadas más sobresalientes del fútbol dominguero. Inés, aburrida, viendo por tercera vez la imagen a cámara lenta del gol de Ronaldo se pregunta, qué contendría el paquete que trajo a primera hora de la mañana un motorista y que se empeñó en recoger personalmente el señor. Pronto es su cumpleaños. En el último le regaló el traje verde de satén de lino y seda para hacer de madrina en la boda de su hermana. El paquete envuelto en papel marrón abultaba poco, quizá un reloj o una pulserita, piensa. Se le escapa un suspiro. Hace un ademán con la mano como si espantara un pensamiento y se le abre la boca porque la desazón también cansa.

J. Carlos

El bolso

Bolso de Soraya

En el bolso de Soraya cabe el Estado. Si rebuscas, lo mismo te puedes encontrar el Rímel de una espía del CNI, la escaleta de un telediario, o el post-it dirigido al ministro Catalá para urgir el cambio en el Tribunal de la Gürtel que evitó la permanencia en prisión de la mujer de Bárcenas.

Mientras Rajoy se ausentaba del palacio de la Carrera de San Jerónimo, no tanto para entregarse a su pereza reglamentaria, que también, sino por evitar que las cámaras acreditaran la descomposición de su rostro y dieran fe de sus ojos hundidos en el cuévano de la derrota, el bolso de Soraya con todo el Estado dentro yacía inmóvil en el ataúd del escaño azul suplantando al cadáver político de su presidente. Era la metáfora perfecta de una presidencia desempeñada desde el desdén a los valores democráticos y la impudicia del latrocinio, desde la mordaza ciudadana y el vasallaje impuesto al legislativo y al judicial, desde los recortes sociales y el atropello de lo público.

Como la holgazanería no está reñida con el buen yantar, huyó del hemiciclo donde celebraban sus exequias y fue a refugiarse en el restaurante Arahy. No se ponen de acuerdo las crónicas sobre si le sirvieron el atún rojo especialidad de la casa o el solomillo de ternera gallega; tampoco especifican la marca del vino, apostaría a que se regó el gaznate con un Pingus del 2013. Como no tenía el día para postres pasó directamente a las copas, de whisky por supuesto. ¿Quién se lo iba a reprochar? Cuando ves en el plasma a Aitor Esteban subido al púlpito del Congreso que clava el último clavo de tu ataúd, el mismo Aitor que hace justo una semana te salvaba el culo por un puñado de monedas, se te queda la garganta más seca que la mojama.

Se desconoce si durante las ocho horas que duró la sobremesa tuvo ocasión de echar una cabezadita. En todo caso, me temo que sería corta y desasosegada. Los duelos nublan el cerebro y, aunque alejan la somnolencia, en el sopor anestésico del alcohol los pensamientos burbujean, explotan en su hervor y quedan flotando como telarañas negras:

-¿Quién se hará cargo de los gastos de asistencia de mi padre que hasta ahora asentaba en la contabilidad pública?

-Sin el poder vicario de la justicia no me libraré de testificar, incluso podrán imputarme por falso testimonio. Ya no te cuento si mi amigo Luis canta la ópera bufa de los papeles de Bárcenas y se acaba sabiendo que M. Rajoy es M. Rajoy, o sea, yo.

-Decía Soraya que si ganaba Sánchez se perderían seis mil quinientos puestos de trabajo, lo que no dijo es que eran la caterva de asesores, altos cargos, amigos, familiares, enchufados y demás ralea adosados en la Administración y en empresas públicas con el carné del partido en la boca. Con ese estropicio ¿cuánto durará el PP? ¿Cuánto duraré yo en el partido sin la argamasa del poder?

-¡Joder! Pronto puedo convertirme en esa persona de la que usted me habla.

Entre pelotazo y pelotazo (de whisky) tuvo ocasión de mandar a Dolores de Cospedal al Congreso para que recogiera su finiquito en directo ante las cámaras. De paso contraprogramaba a Albert Rivera que en ese preciso momento comenzaba su discurso. Mucho antes, recién sentados a la mesa, en el preciso momento en que el chef cubano, “Mundy”, se disponía a servirle un tazón de salmorejo cremoso, vibró su móvil. Andoni Ortuzar le comunicaba su sentencia de muerte. Guardó el aparato. Sin mirar a los presentes, que permanecían hieráticos expectantes, tomó la primera cucharada. “No está mal”, dijo. Volvió a llenar la cuchara y, antes de llevársela a la boca, ordenó: “Que pongan en marcha las trituradoras de papel”. Algunos compañeros de mesa dejaron el salmorejo intacto.

Al filo de las diez de la noche Rajoy se levantó. En el lavabo hizo cuenco con las manos para coger un poco de agua del grifo y restregarse los ojos para  disimular el ligero achispamiento que se reflejaba en sus pupilas. Por el quicio de la puerta se coló una conversación entre “Mundy” y un comensal que preguntaba el significado del nombre del restaurante. “Es una palabra india, significa cambio”. Mientras se secaba la cara con una toallita caliente masculló: “Joder con las metáforas”.

Los escoltas le franquearon el paso hasta su vehículo entre un enjambre de micrófonos y dos muros de cámaras. Ya en el coche, a través del cristal ahumado, miró la Puerta de Alcalá envuelta en conos de luz blanca. Ahí estaba viendo pasar el tiempo. Su tiempo. Por encima de El Retiro, en el horizonte, una luna recién nacida ya no era redonda del todo, tenía una dentellada. Como su historia.

Un perdedor, un parvenu le acababa de pegar un bocado a la historia de España y se había engullido unas cuantas páginas que eran suyas. Tan suyas como la soberbia, la altanería, la indolencia y una oratoria notable, aunque a veces naufrague en el retruécano.

J. Carlos