Archivo mensual: abril 2018

De la materia

Imagen del universo

Una de las paradojas que más me asombran es la de que la materia tenga ese afán desmedido en conocerse a sí misma. No le basta con ser y estar, necesita saberse. Hay dos billones de galaxias bailando una danza invisible en un espacio que se ensancha como un globo. Cada día explotan con un estallido de luz millones de estrellas y cada día se contraen millones de nubes de gas que colapsan formando nuevas estrellas. Nacen y mueren sin preguntas. Hasta que en una remota esquina del universo, un desecho de estrella frío y rocoso pero con un mastodóntico útero de agua llamado Tierra, dio a luz las primeras moléculas orgánicas capaces de replicarse a sí mismas.

En el tiempo de un suspiro para el universo se precipitó la vida. Como la vida tiene un miedo reverencial a desparecer por el mismo azar que la trajo hasta aquí, se ha dotado de dos ingeniosos mecanismos: Es redundante hasta la náusea, no creas que guarda su código genético como oro en paño, al contrario, lo repite en todas y cada una de las células para, en caso de catástrofe, con una sola de ellas generar un microbio, un árbol o un ser humano completos. El segundo mecanismo es, si cabe, más sofisticado, ha conseguido introducir en el ADN el ansía insaciable del conocimiento, seguramente, con el loable propósito de adaptarse y evolucionar para superar los bruscos comportamientos que se gasta el universo.

De esta manera, si quieres tan poco sofisticada, la naturaleza ha acabado estudiándose a sí misma.

En ese afán hay miles de científicos que buscan, bajo tierra, en los túneles donde hacen colisionar hadrones, los ladrillos con los que se construye el edificio de la materia; otros se suben a las montañas para asomarse, desde los ojos de los telescopios, a los confines del universo; los más se acercan cada día a sus laboratorios con el fin de domesticar la materia a favor del ser humano. Es verdad que, en el entretanto, cientos de millones de personas mueren de hambre, sufren las guerras dirigidas desde despachos lejanos forrados de maderas nobles, o sucumben a enfermedades que remitirían con lo que cuesta la barra de pan diario. Son daños colaterales.

Toda búsqueda es un viaje como cualquier novela que se precie. La búsqueda de las partículas elementales es fascinante y, cada día, aparecen nuevos personajes. El primer hombre que se preguntó hasta cuándo se podían partir las cosas hasta dar con un trozo que ya fuera indivisible, fue un filósofo hindú llamado Kanada, también conocido como Kahsyapa, que vivió en el siglo VI a. C. Sugirió en el Kanada Sutras (Aforismos de Kanada) que todo se podía dividir hasta la unidad más pequeña que llamó parmanu; estas unidades serían indivisibles, eternas y se agregaban unas con otras para formar cuerpos complejos. Un siglo más tarde, en Grecia, Leucipo formuló una filosofía similar considerando que, la materia se podría dividir sucesivamente hasta llegar a un elemento indivisible.  Demócrito formuló, en el siglo IV a. C., la misma teoría y denominó átomos a esas partículas materiales indestructibles. Todas estas teorías eran meras especulaciones basadas en el sentido común y en la observación. La primera vez que se formuló una teoría atómica con bases científicas fue en 1808 por John Dalton.

La certeza de que el átomo era el ladrillo último de la materia duró casi todo el siglo, hasta 1897, en que J.J. Thomson descubrió que en el tubo de rayos catódicos salían unos grupúsculos de los átomos del electrodo, eran electrones. Un estudiante suyo, Ernest Rutherford, en 1918, bombardeando gas nitrógeno con partículas alfa logró partir el núcleo del átomo y certificó la existencia del protón. Diez años más tarde Walter Bothe y James Chadwick descubrirían otra partícula, el neutrón. Por eso en el colegio nos enseñaron que el átomo era como un planeta diminuto formado por protones y neutrones, alrededor del cual orbitaban unos satélites llamados electrones. Pero el conocimiento, ese mandamiento tallado en las tablas de la ley del ADN, es insaciable, por eso la materia hecha hombre siguió abriendo a porrazos esos tres elementos para buscar bloques más pequeñas. Encontró centenares. Los siguió abriendo. A día de hoy el cetro de partícula indivisible lo ostentan el quark, el leptón y el bosón.

La materia sigue desentrañándose a sí misma. Como digo, se observa en el túnel suizo donde aceleran las partículas para que se estampen entre ellas, se mira a través de los cristales pulidos del Hubble que orbita la Tierra a 593 kilómetros para vislumbrar los confines del universo, o para percibir la radiación producida al estallar esa cabeza de alfiler súper masiva que desencadenó todo. Pero no sabe por qué las partículas subatómicas siguen unas pautas que no parecen regir para las estrellas. Por ignorar, ignora si el universo frenará su expansión y volverá a colapsar o, por el contrario seguirá inflándose hasta que todas las galaxias creen el espacio a mayor velocidad a la que viaja la luz y dejen de verse. También desconoce si todo lo que hay está confinado en un único universo o se amontonan unos sobre los otros en dimensiones distintas, como afirman los fans de los multiversos. En eso yo soy más tradicional, en vez de la horizontalidad de los universos me inclino por el desarrollo vertical. Quiero decir que me parece más factible que una partícula elemental forme todo un universo a inferior escala, al igual que el nuestro puede constituir un átomo de una molécula de una lombriz en otro universo superior. Por eso cuando estampo una piedra contra el suelo siempre me pregunto si no habré hecho añicos unos cuantos universos, y me acongojo pensando que un mocoso pueda pisar la puñetera lombriz donde se inserta el nuestro.

En fin, que la materia hecha inteligencia acaba de aparecer, como aquel que dice, por eso no ha tenido apenas tiempo de estudiarse. Aunque con los conocimientos adquiridos, vaya usted a saber si antes de progresar adecuadamente no se mete un chute nuclear o deja el planeta desastrado para la vida.

Espero que la materia obtenga otras formas de vida inteligente para seguir conociéndose, ya sea en otras latitudes de este universo o en otros, porque de la supervivencia de nuestra forma de vida yo no me fiaría ni un pelo. Tampoco se fían los científicos. De hecho hay dos proyectos en marcha basadas en el protocolo de Lubin, para enviar naves de un gramo de peso que, impulsadas por un poderoso laser desde la Tierra, puedan alcanzar exoplanetas a una velocidad de 60.000 Km/s. Irían cargadas con un billón de microbios. Panspermia dirigida lo llaman.

J. Carlos

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Apariencias

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A principios de los sesenta los barrios periféricos se conocían como el extrarradio. Siglos antes, las ciudades que veían desbordarse la población más allá de las murallas, llamaban a ese rebosamiento extramuros. A principios de los sesenta las ciudades se inflaban, crecían en espiral como conchas de caracol a la velocidad de un recién nacido. Las excavadoras arramplaban con bosques, surcos, camellones, acequias, arroyos, casamatas. Donde antes se plantaban árboles y se sembraba grano, ahora plantaban estructuras verticales de hormigón forrado de ladrillo a modo de colmenas, y se sembraba una capa negra de asfalto bajo la que se escondía la tierra para colmatar el lodazal de los inviernos y sofocar el polvo que deslíe los colores. Era la primera vez desde que el mundo es mundo que los hijos de la tierra se podían calzar sin embarrarse en invierno y sin una gasa de polvo en verano. Habían salido huyendo de su terruño abandonando sus casas y dejando a sus muertos varados en la lejanía de sus cementerios; atrás quedaban también los paisajes de su niñez, la sabiduría de sus ancestros capaces de leer la lluvia en el alfabeto de la nubes, o de pronosticar la fuerza de una tormenta en la pesadez o fragilidad del aire; atrás quedaba su cultura popular de cuentos, cánticos, bailes, juegos que ya no transmitirán a los suyos, seguramente por vergüenza. No fue por el hartazgo de destripar terrones y doblar el espinazo, ni siquiera por vivir mirando al cielo cada día por si la meteorología malbarataba la cosecha. Fue por convencimiento. Les había llegado por el oído el trepidar del motor de las máquinas que les dejaban sin la faena que les había ocupado por los siglos de los siglos; después les entró por los ojos al ver a los primeros emigrantes, los pobres de solemnidad, que retornaban en verano con una camisa blanca de tergal de cuello duro, las manos sin callos, sin mataduras, limpias de sol como las de los señoritos de la capital; la rendición final fue por el bolsillo, donde habita el parásito del dinero que envenena cuanto toca, sucedió en el preciso momento en que aquel paisano sacó la cartera, puso un billete sobre la barra del bar e invitó a una ronda a toda la concurrencia.

Apariencias. Ignoraban entonces que su paisano trabajaba en dos obras distintas desde antes de salir el sol hasta después de ponerse, dormía en literas de a cuatro en una pieza sin ventanas de una mísera pensión que atufaba a berza cocida, en su pueblo la berza sólo la comían los cerdos. Ignoraban que se levantaba una hora antes para ir andando y ahorrarse el coste del billete del autobús, con ese dinero llenaba la petaca de coñac para soportar el esfuerzo y acallar el dolor de espalda.

Aquellos barrios deformes, con calles estrechas como desgarrones que habían sido delineadas al socaire del dinero y la especulación, se llenaron de colmenas. Las colmenas se llenaron de gente y las gentes se llenaron de hijos. Por entonces, el dinero que siempre había sido estéril y no sabía reproducirse aprendió el milagro de la vida: Cada cual ponía el espermatozoide de la firma en una letra de cambio para comprar el piso, el constructor la descontaba en el  óvulo del banco y, por arte de magia, sucedía el prodigio del dinero nuevo. Pocos sabían que el dinero se multiplicaba, ni falta que hacía. Vivían en pisitos limpios con aseo donde no olía a estiércol ni entraba la tierra por las rendijas de puertas y ventanas. Es verdad que el horizonte infinito había encogido tanto que las retinas no se acostumbraban a tropezar con paredes de cincuenta metros de alto, enfiladas sin solución de continuidad. Había que levantar la vista hasta esguinzarse el cuello para apreciar un pedacito del cielo. Pero quién quiere ver el mismo paisaje durante años, los mismos terrones congelados y duros como piedras en invierno, convertidos en un barrizal con las lluvias de otoño y enquistados de polvo el resto del año. Quién quiere ver a diario los mismos cerros quietos como pasmarotes, apenas mudando del color ocre desteñido de la mañana al gris azulado de la tarde y teñido de melocotón con el crepúsculo; mirar los mismos árboles que desde su inmovilidad sólo te ofrecen una foto fija y eterna, sin más ambición estética que la caída de las hojas y el nacimiento de sus brotes. En cambio, los escaparates tenían luces de neón que encendían la noche para alumbrar electrodomésticos con curvas sugerentes acabados en maderas barnizadas, metales pulidos y plásticos de colores brillando como espejos; eran aparatos de televisión, radio, aspiradoras, lavadoras, frigoríficos, teléfonos. Esos cachivaches entraban primero por los ojos, luego salían de las tiendas y subían a los pisos donde no sólo se les rendía veneración como a las imágenes de los santos, también se enseñaban a las vecinas con el mismo orgullo que mostraban sus barrigas las señoras cuando quedaban embarazadas. Años después las calles, donde antes jugaban los niños al balón y las niñas a la rayuela, se estrecharon todavía más porque tuvieron que hacer sitio a coches alineados a ambos lados de las aceras; eran los Seiscientos, tenían las manijas y parachoques cromados refulgiendo como la plata líquida, volantes de baquelita en color marfil, faros redondos que parecían mirar asombrados y asientos de eskay imitando al cuero viejo.

Apariencias. Los nuevos propietarios solo bajaban la basura una vez a la semana, si abrías la bolsa no encontrabas huesos de ternera, ni siquiera de pollo, echabas de menos las espinas de pescado, el papel de plata del chocolate y los botes de conserva; eso sí, abundaba el papel de estraza con que se envolvía la casquería y  las legumbres. Los panaderos contentos porque ahora se consumía más pan, aunque al personal propietario se le espigaba la figura y se le afilaba la cara. Los zapateros no daban abasto remendando los zapatos. Los bancos se daban un atracón con los intereses que cobraban por un dinero que no tenían ni los prestatarios ni los bancos; dinero nuevo, multiplicado como en el milagro de los panes y los peces, anotado en varias contabilidades a la vez.

Ha transcurrido medio siglo desde entonces. Las apariencias están en su apogeo. Trump, el Presidente de nuestro Imperio occidental entretiene al mundo lanzando misiles en cuanto los fiscales le ponen en un brete, ya lo hicieron Clinton y Bush. Las empresas tecnológicas nos distraen a todos, como los magos, para que nos divirtamos con sus trucos, mientras nos roban la intimidad para comerciar con ella. Los bancos siguen multiplicando el dinero desde la nada, pero cuando para la música y hay que hacer el recuento, los que se quedan sin silla somos los contribuyentes y hemos de apoquinar, a escote, hasta completar lo que falta.

En este tiempo hemos roto multitud de barreras, prejuicios y tópicos, pero seguimos presos de las apariencias: Nos acantonamos en nuestras casas y nos tapamos de las miradas del de enfrente con persianas y cortinajes espesos, mientras navegamos por las redes sin pudor para demostrar nuestro ingenio, lo viajados que estamos, el conocimiento que tenemos y esa sensibilidad artística que nos adorna. Aprendimos en carne propia que los títulos académicos eran los botones del ascensor social, por eso conminamos a nuestros hijos para que acumularan títulos como si padecieran disposofobia, sin caer en la cuenta de que un trabajador manual también ha de formarse, y que un fontanero o un charcutero pueden ser más cultos, más felices y ganar más dinero que un licenciado. Por eso no es raro que nuestros políticos engorden sus currículos con licenciaturas, ingenierías, doctorados y másteres inexistentes porque nadie les pide que los acrediten; si fueran funcionarios de carrera o trabajadores de empresa tendrían que certificar sus conocimientos cuando los contratan y cuando opositan o concursan a cada puesto de trabajo. Lo raro es que haya ciudadanos que, al contrario que los políticos, tengan que borrar los títulos de sus currículos para trabajar de reponedores o de camareros.

Más asombroso es que haya políticos, como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Cifuentes, a quienes obsequian títulos sin cursar las asignaturas ni gastar un minuto de esfuerzo en hacer los trabajos correspondientes, que para eso la Universidad pública es su cortijo. El colmo es que, cuando les pillan in fraganti, persistan en la mentira con su mejor sonrisa y se apoltronen como los niños pequeños con su regalo para que no les apeen del machito.

Grotesco y zafio es que el Presidente de la Diputación de León, Sr. Martínez Majo afirme y se pregunte: “Vale, no tiene el máster y, ¿cuál es el problema?” Ninguno Sr. Presidente. Sólo pasó que con la dádiva se perpetraron varios delitos, se ha desprestigiado una Univeridad que pagamos todos los españoles y se han devaluado todos los títulos académicos de quienes cursan o cursaron en ella. Además, los alumnos de másteres  de toda España han quedado agraviados por comparación y se sienten gilipollas. Sólo pasó que a un gestor público en una democracia se le exige honradez; supongo que anda usted todavía en los andurriales de la dictadura donde la corrupción, el amiguismo y la francachela con lo público era la regla. Supongo, Sr. Presidente, que si contrata a un administrador de su patrimonio personal y le sorprende en un renuncio, le despedirá sin contemplaciones salvo, claro, que sea usted un imbécil. Por lo demás no hay novedad, la cosa está tranquila, tanto la detentadora de títulos falsos como usted mismo siguen en sus poltronas. Parece que la democracia ha encogido como el horizonte de aquellos hijos de la tierra que llenaron, en los sesenta, los extrarradios. Más patético todavía, si cabe, fue el aplauso atronador que sus conmilitones propinaron a la falsaria en Sevilla. Me recordó, por lo insalubre, a la ovación que ciento ochenta y tres diputados de ese mismo partido, puestos en pie, dedicaron al Sr. Aznar por meter a España de hoz y coz en la guerra de Irak.

Todo es pura apariencia en esta hoguera de las vanidades, la liquidez de las redes, los aplausos, el dinero, la inflación de títulos, la honradez…  Si me apuras, hasta estas líneas son mera apariencia.

J. Carlos

Favores

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Cuando se vivía en pueblos o barrios de ciudades abarcables, los comportamientos personales, al menos de puertas afuera, tenían un lustre ético y cívico porque el reproche social solía ser severo. Un desliz te ponía en boca de todos y, dependiendo de su gravedad, podías quedar marcado de por vida. El sistema era de evaluación continua de modo que una vida ejemplar quedaba arrumbada por una sola tropelía. No era un modelo perfecto, al contrario, demasiadas veces por envidia, celos, avaricia, soberbia o cualquier otra excrecencia de la naturaleza humana te colgaban un sambenito que no sólo desbarataba tu honor, sino que se extendía como una mancha de aceite a tus herederos.

La proliferación de espacios urbanos inabarcables propicia un anonimato que, desde el punto de vista individual, tiene algunos aspectos positivos tales como ensanchar la mente, aflojar los botones del corsé social, desembridar el pensamiento y aspirar la fragancia de la libertad; aunque desde el punto de vista social no pinta tan bien, ahí tienes la falta de cohesión social, el incivismo o el vandalismo por poner solo unos ejemplos. Quiero con ello asentar que, con este aluvión urbanita engordan las normas que regulan la convivencia ciudadana en la misma medida que adelgaza el reproche social. Vamos, que si ves a un individuo aliviando su vejiga en plena calle es aconsejable que no le llames la atención con un reproche, mejor limítate a llamar a la policía. Te lo escribo por experiencia propia.

Es un hecho que la urbe inabarcable te ha quitado de detrás del cogote aquellos ojos que, apostados tras los visillos, escrutaban tu vida y obra. También es un hecho que, hoy las nuevas tecnologías te han puesto en el foco de miles de pupilas embozadas en el velo de las redes sociales, esperando un desliz para organizarte un linchamiento mediático en forma de ordalía medieval por un quítame allá esas pajas. Pero éste es un mundo virtual en el que, generalmente, entrar o salir lo es a conveniencia. Si te prestas al juego puedes salir escaldado porque hay émulos de las viejas del visillo que se sienten ofendidos por casi todo y, con derecho a excretar sus prejuicios basados en los enciclopédicos conocimientos atesorados en sus gónadas. El último botón de muestras lo tienes en la youtuber Dulceida. En mala hora  se le ocurrió regalar unas gafas de marca a unos niños de Ciudad del Cabo y exponer sus fotos, la han puesto como chupa de dómine. Debe haber un código en los estrógenos o en la progesterona de los que están detrás de los visillos, que estipula que si eres niño pobre y negro solo te pueden regalar comida, lo demás es suntuario.

Hay, sin embargo, pequeñas parcelas de la sociedad que permanecen como aldeas abarcables donde el anonimato es imposible. Me refiero a todas aquellas profesiones que tienen una proyección social y/o mediática que las apuntala y sin cuyo concurso perderían gran parte de su pedigrí: Gestores de lo público, deportistas de élite, artistas, realezas, jerarcas religiosos y otras celebridades. Son profesiones que ejercen su primogenitura social a cambio del plato de lentejas del escrutinio público. El pacto es que ellos nos venden su relato de genialidad, ejemplaridad, honradez o bondad y, a cambio, nosotros los admiramos. Pero con una condición, que nos permitan meter la lupa hasta en los pliegues más íntimos de sus gestos. Por eso el Domingo de Ramos, cuando una cámara nos desveló el rifirrafe entre las dos consortes del anterior y actual Jefes del Estado, se nos hizo trizas el relato de ejemplaridad. Les pagamos con largueza con nuestros impuestos para que actúen en el cuplé de la monarquía y, en plena representación, se olvidaron el papel de maniquíes posantes, saludantes y sonrientes. Supongo que las expedientarán como a cualquier trabajador y les suspenderán de empleo y sueldo durante una temporada. El papel de madre y suegra peleándose por la foto de los nietos ya lo tenemos gratis en bautizos, comuniones y otros eventos familiares.

Cualquier profesional que desarrolla su labor, dentro de estas pequeñas aldeas abarcables por los medios, es consciente de que si comete una trapisonda recibirá un reproche social que repercutirá directamente en su bolsillo: teatros, cines e iglesias vacíos, mermas de contratos publicitarios, caída de la parrilla del programa de televisión o de radio, incluso la pérdida del empleo.

Por razones sociológicas, culturales y otras que no me caben en la cabeza, hay una profesión, la de los políticos, que no sufren el escrutinio exigible a cualquier administrador de los dineros del común y, lo que es inaudito, cuando los pillan con las manos en la masa no reciben el reproche social del que son acreedores. Incomprensiblemente les siguen votando. Hasta Trump se hizo eco de esta paradoja cuando dijo: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”.

En España tienes casos a patadas. El penúltimo es el caso Cifuentes. La otrora adalid contra la corrupción de su partido, la que no perdía ocasión para despegar los labios con desparpajo y proclamar su honradez, o sermoneaba a propios y a extraños con la cantinela del trabajo, la disciplina y el buen hacer. Resulta que le han regalado un máster, por su cara bonita y su cabellera rubia, para lucir enmarcado en el salón de su casa; igual que a Jesús Sepúlveda le regalaron un Jaguar para lucirlo en el garaje de su chalet. No es solo que haya cometido el mayor pecado mortal de un político: la mentira, o que la credibilidad en su palabra y su honradez valga menos que un grano de arena en el desierto del Sahara. No es tanto su contumaz relato de fantasía alegando que los másteres se aprueban sin ir a clase, sin exámenes, sin TFM. No basta con que esté enterrando en su mausoleo político a la Universidad Rey Juan Carlos, de la misma forma que los faraones de Egipto enterraban en sus pirámides a las esposas y sirvientes cuando morían. Ni siquiera que esté devaluando la carrera profesional de cientos de miles de alumnos que han visto como, en la bolsa de trabajo, sus títulos han quedado degradados al nivel de “chicharros”. No es solo porque en su narcisismo, que ha hecho metástasis con su sonrisa perpetua, nos considere tontos del culo con la obligación de creernos que, unos papeles con tinta fresca de sello de caucho son las tablas de la ley.

Lo penoso, lo sórdido de esta historia, es que ha demostrado ser muy mala persona. Con su afán de sostenella y no enmendalla ha dejado a los pies de la cárcel a aquellos profesores y administrativos que, por cadena de favores o temores clientelares, le fabricaron primero el título y después arroparon su engaño con sucesivas coartadas. Algunas tan estúpidas como falsificar el documento público del acta del Tribunal examinador. El catedrático Álvarez Conde calificó el acto falsario de reconstrucción, sin caer en la cuenta de que estaba cometiendo un posible delito de intromisión profesional, al emular a un cirujano plástico que reconstruye una cara averiada en un accidente; tampoco cayó en la cuenta de que según su particular diccionario penal, los delincuentes que se dedican a la falsificación de billetes son meros reconstructores.

El olor a cadaverina política que desprende la señora es nauseabundo, aunque la mantengan mientras los azules buscan sustituto y los naranjas rascan votos en el lento proceso de putrefacción. La terminarán enterrando después de quitarle los galones como a los oficiales degradados en el ejército, pero no se dignarán poner su nombre en la lápida, en el idioma de Rajoy pasará a denominarse: esa persona de la que usted me habla.

La señora, mala gente, ya digo, está dispuesta a dinamitar la cátedra, la profesión, incluso la libertad de aquellos que en su día le regalaron la joya de un máster para adornar su currículo. La susodicha se limita a mimetizar el comportamiento del cónsul Escipión, el cual, en vez de pagar la recompensa prometida a los asesinos de Viriato, los mandó ejecutar mientras les decía: Roma no paga a traidores.

Un amigo catedrático que tiene mucha retranca y más conchas a sus espaldas que la fachada de la Casa de las idem en Salamanca, tenía una frase genial para estos casos: “No sé por qué fulanito me mira mal si nunca le hice un favor”. Conque ten cuidado a quien le haces favores.

J. Carlos