Archivo de la categoría: Cuentos

Los Pepes

Algarve

Entramos en la pequeña capilla en fila de a dos. La empleada de la funeraria iba indicando con el brazo extendido que ocupáramos las bancadas. Pascual se sentó en el primer banco, yo me quedé de pie, en el pasillo lateral. Los hijos se situaron de cara a los concurrentes, entre los pies del ataúd y el altar, flanqueando a la madre. No hubo responso. Mientras Marta, la viuda, glosaba brevemente la vida del finado, sus hijos adolescentes tomaron dos cestas de mimbre llenas de rosas y desde el pasillo central las repartieron una a una. Maura ofrecía rosas blancas a la izquierda, Marlon entregaba rosas rojas a los asistentes de la derecha. Terminado el reparto volvieron a su posición inicial. Marta concluyó dando las gracias a todos por acompañarme en el peor momento de mi vida. Los empleados de la funeraria empujaron el féretro y lo colocaron sobre una banda de rodillos. Miraron a la viuda a la espera de un gesto. Apretó los párpados humedecidos. Uno de los hombres de uniforme gris accionó un botón. El Aleluya de Leonard Cohen se posó en nuestros oídos, al tiempo que la caja de álamo, con Pelayo dentro, echó a rodar y, antes de que se abriera la puerta del horno crematorio, cayeron unas cortinas verdes con flecos dorados, diminutas como el telón de un teatro de títeres.

Mientras se sucedían las condolencias me quedé rezagado, a las puertas del oratorio, con los ojos fijos en las cortinas verdes que lo habían escondido. Evoqué aquel episodio de Pelayo, todavía niño, cuando encaramado a la mesa trepó al maletero de la cocina de su casa, que ocupaba buena parte del techo del pasillo. Entornó las portezuelas por dentro, dejando apenas un hilo de luz, y se quedó dormido. Al despertar escuchó los llantos de su madre, las llamadas de teléfono con desespero a la policía y a los hospitales, las idas y venidas del vecindario, los me cagüendios de su padre que había vuelto a deshora del trabajo, y su nombre desgastado de tanto llamarle. Por miedo a que le dieran una buena azotaina se había quedado paralizado y mudo. Se meó. Al día siguiente, somnoliento y muerto de hambre, se descolgó para desayunar.

Pascual se había colocado a la izquierda de Marta, estrechando manos y recibiendo pésames. Los mellizos, Maura y Marlon, a la derecha de la madre dejándose abrazar con las sonrisas congeladas, ambos de pelo castaño como mi pelo, ojos azules como mis ojos y unas pecas salpicando sus mejillas.

Para los chicos éramos el tío Pascual y el tío Pablo. No tenían otros parientes. Jamás habíamos faltado a la comida de Navidad ni a cada uno de sus quince cumpleaños. No había vínculos de familia, sólo los grandes afectos de papá a sus amigos de fechorías. Sabían que nos apodaban los Pepes porque nuestros nombres empezaban por P, y no recordaban si nos habían expulsado del colegio porque nos escondimos durante catorce horas en el cuarto de calderas con víveres para resistir una semana o, porque se nos ocurrió atarnos un espejo a los zapatos, en clase de Historia del Arte; pretendíamos ver el reflejo de las piernas de la monja bajo el hábito talar. Quizá, algún día, su madre les contara la verdad: Nos habían expulsado porque una noche cruda de invierno, cuando los relojes marcaban las diez, habíamos saltado el muro del patio del colegio donde estudiaba Marta en régimen de internado. Pascual, el más ágil, trepó la puerta de hierro y, aferrando manos y pies al escudo con la Medalla de la Milagrosa, alcanzó el mástil de la bandera. Ató la cuerda al palo con un nudo marinero, un ocho corredizo que habíamos estado ensayando toda la semana. Desde allí se encaramó a lo alto del muro. Nosotros ascendimos por la soga y, una vez los tres arriba, la volteamos hacia el patio y no tuvimos más que dejarnos deslizar. El último en tocar tierra fui yo. En ese momento se encendieron las luces del patio. Un corro de monjas con el hábito azul, la capucha almidonada y el velo blanco que ovalaba sus rostros, nos rodeó.

De camino al coche nadie me reprochó por no haber participado en la recepción de condolencias. Maura perfiló mi cintura con el brazo y puso su cara en mi hombro. Me reconfortó. Bajé la cabeza y dejé un beso prendido en su cabello. Se me abrieron los lacrimales y empezó a crecer la garganta que estaba encogida como si la hubieran metido en un puño. Marlon me entregó su pañuelo. Me soné y seguimos adelante. Cuando me senté en el coche, le di un puñetazo al volante y exclamé: ¡Qué putada! Maldito cáncer. Joder, joder, joder. Y la voz, menguada en un hilillo, retomó su cauce a la tercera interjección. Marta, desde el asiento contiguo me acarició el mentón. Detrás, los mellizos, sentados a ambos lados de Pascual, repitieron Joder otras tres veces, como una jaculatoria. Por más que dijeran los médicos todos sabíamos que se lo había llevado el mismo cáncer que atacó sus testículos a los veinte años, pero que el tratamiento lo había dejado estéril y que Maura y Marlon no eran sus hijos sólo deberíamos haberlo sabido Marta y yo.

Desde hacía cuatro días, Pascual y yo no nos dirigíamos la palabra. Miento, nos hablábamos lo imprescindible para que Marta y sus hijos no se percataran, incluso aparcábamos la frialdad en los gestos mutuos si alguno de ellos estaba presente. La amistad y el hechizo que unía a los Pepes desde la adolescencia se habían roto. Sucedió después de celebrar la despedida de Pelayo. La idea se le había ocurrido a él. Quedamos en su estudio de pintura. Llevé tres camisetas para la ocasión con una foto vieja estampada, en blanco y negro; nos la habían tomado con mi Yashica en San Martín de Castañeda, donde los curas nos habían llevado de excursión. Tendríamos quince años. Posábamos, sonrientes los tres, sentados sobre una roca cubierta de nieve, y, si te fijabas bien, un penacho de aliento condensado ascendía de nuestras bocas. Pascual se encargó de la intendencia donde abundaba el alcohol y escaseaban los canapés. Pelayo nos esperaba. Le ayudamos a quitarse el concentrador de oxígeno colgado a la espalda para embutirle la camiseta. Después no quiso volver a ponerse la mochila del oxígeno. Traigo unos ornamentos religiosos para la ceremonia -dijo. Los sacó de una bolsa de deporte negra. Falta la casulla –se disculpó- en las tiendas de disfraces no las venden, al parecer es un delito. Le ayudamos a calzar el alba, se ajustó el cíngulo y se colocó la estola verde en el cuello. Cuatro días después recordaría que la estola era del mismo color que las cortinas que escondieron su féretro.  Desde el otro lado de la mesa del despacho “consagró” unos pétalos de rosas blancas que estaban dentro de una patena. Rodeó el altar improvisado, se situó a nuestro frente y nos los dio a comulgar diciendo: “Tomad y comed todos de él, éste es mi recuerdo que se perpetuará en vuestros corazones. Haced esto en conmemoración mía”. Respondimos: “Amén”. Después nos bendijo con un hisopo que había sumergido en un vaso de whisky. Estaba ya sin aliento cuando le quitamos la parafernalia religiosa y le pusimos el oxígeno. Entre copa y copa rememoramos la mejor hazaña de los Pepes, la que desencadenó nuestra expulsión del colegio. Pelayo dijo que sucedió en cuarto curso, Pascual y yo sabíamos que había sido en quinto, pero no le llevamos la contraria. Esa tarde-noche sólo cabían recuerdos gratos y risas. En el equipo de música, con discos de vinilo, se sucedieron la voz mágica y grave de Leonard Cohen, la voz áspera de Dylan y la voz cavernosa de Johnny Cash. Bebimos, bailamos, reímos, nos abrazamos, levantamos las manos y las anudamos haciendo los coros. Cada vez que volvíamos del baño teníamos una lámina de agua en los ojos, también Pelayo. Más allá de la una de la madrugada se lo devolvimos a Marta, borracho y desmadejado. No nos los reprochó. Sólo nos pidió silencio con los labios para no despertar a los chicos.

Pelayo había dejado pagada sine die una comida para cinco en la Arrocería San Nicolás. Habíamos llamado para que pusieran un cubierto más. Estábamos decididos a que él, en ausencia, presidiera la mesa. El arroz con bogavante quedaba a menos de diez minutos del crematorio. Pelayo no había sido hombre de afirmaciones rotundas, más bien le costaba sacarse las dudas de encima, pero tratándose del arroz con bogavante o del Real Madrid no admitía discusiones, eran el mejor plato de la cocina española y el mejor equipo del mundo. A la salida del cementerio enfilé el coche cuesta abajo por la Avenida de Daroca, deslicé el retrovisor unos grados para enfocar a los ocupantes del asiento de atrás. Los chicos tenían las manos de Pascual entre las suyas. Confieso que me dio una punzada de celos. Marta debió de notar mi crispación porque me pasó su mano por el brazo. Le eché la culpa a una  moto de reparto que acababa de sobrepasarnos, es que van como locos. Aprovechando el semáforo, de reojo, admiré sus ojos oscuros y su pelo negro.

Lo que más me gusta después de su cabello cayendo en cascada es su sonrisa -nos decía Pelayo en el colegio. Les dio muy fuerte a los dos. Los sábados si los curas nos llevaban a pasear al bosque de Valorio, las monjas llevaban a las chicas al castillo y, al siguiente sábado, se volvían las tornas. Pelayo y Marta se dejaban cartas en los huecos de los troncos de los árboles o entre los sillares de las almenas del castillo. De entonces les venía ya la querencia por las rosas, ella le dejaba un pétalo rojo dentro de la cuartilla minuciosamente doblada y él uno blanco. Las cartas por correo estaban vedadas porque de sobras conocíamos que tanto los curas como las monjas las abrían. Por culpa de las dichosas cartitas nos pillaron. En nuestro colegio teníamos sala de cine, a la sesión de tarde de los domingos venían los colegios de monjas con toda la chiquillería, se sentaban abajo, en las butacas de principal; a nosotros, los curas nos sentaban arriba, en el gallinero, en bancos corridos. Pelayo, que era un genio de la papiroflexia, hacía aviones primorosos con las cartas y se los tiraba a Marta en los descansos con una puntería digna de encomio. Habían prometido escaparse juntos. El avión de papel donde Pelayo le comunicaba la fecha y hora en que la sacaría de la “cárcel de las monjas” lo lanzó tarde, en el preciso momento en que se apagaron las luces y empezaba la segunda parte de la película. No llegó a su destino.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que Marta hubo de advertirme que el semáforo ya estaba verde. Para romper la tensión y, supongo, que para espantar la tristeza, preguntó cómo fue la despedida de Pelayo. Antes de llegar al restaurante, Pascual y yo le habíamos hecho una breve glosa salpicada de anécdotas. A Maura y a Marlon les interesó mucho la parte de la comunión con pétalos de rosa. Su madre les recordó: a tu padre y a mí nos gustaban mucho, en casa están entre las páginas de los libros, se nota que los abrís poco.

Lo que no contamos es que, el día de la despedida, después de dejar a Pelayo en casa, Pascual se empeñó en que tomáramos la última copa.

-¿Sabes? –le dije con sorna- Ya sé por qué en el colegio mayor de Salamanca te apodaban la última copa.

-Y a ti Pablo de Tarso –replicó con una carcajada- ¿Y sabes por qué?

– No sé –contesté con ironía- ¿Tal vez porque me caí de pequeño de un caballo y se me quedó la pata tiesa?

Acepté la copa. Le dijimos al taxi que nos apeábamos. Nos acodamos en la barra de un garito y pedimos dos whiskys. Sonaba Take this Waltz, el “Pequeño vals vienés” de Lorca que interpretaba Cohen. Pelayo solía decir que era la coyunda perfecta entre el mayor poeta y el mejor músico. Por aguantar las lágrimas o porque el alcohol me suelta la lengua, le confesé el único secreto que no habíamos compartido los Pepes,

-Pelayo ya no está y tengo que hacerte una confesión. Hace dieciséis años me dijo que querían tener un hijo y me pidió que me acostara con Marta hasta dejarla embarazada.

-No puede ser –contestó furioso y pegó tal puñetazo en la barra que el hielo tintineó contra el vidrio de los vasos.

-Perdona, era una cosa tan íntima. Además estaba lo de su esterilidad que me rogó no dijera a nadie. Al principio me negué. Me intentó persuadir con lo de mis cualidades genéticas y mi inteligencia. Seguí negándome. Apeló a nuestra amistad. ¿Quieres que mi hijo tenga un padre anónimo?, me preguntó. Como argumento definitivo utilicé las bazas de qué pensaría Marta y de cómo iba a sentirse él si me follaba a su mujer. Respondió que ella estaba de acuerdo y de lo otro nada de posturitas, compórtate como un simple semental y recuerda –remató- estaré fuera de la alcoba, pero os estaré viendo. Le rogué que me diera unos días para pensarlo. Al final accedí.

-¿Qué cualidades genéticas? ¿Las de un lisiado? Te digo que no puede ser.

-¿Y por qué no puede ser? ¿Es que se hereda la impericia con los caballos? –repliqué.

-No puede ser porque a mí me pidió lo mismo –gritó cerrando los puños.

-Mientes –dije, perplejo- Y aunque te joda, Maura y Marlon son mis hijos.

El primer puñetazo me lo dio en la mandíbula y me derribó. Le sujeté por los tobillos y lo derribé también. En el suelo seguimos pateándonos hasta que nos separaron. El camarero nos sacó a empellones después de que le abonáramos cincuenta euros por las copas y los desperfectos. Pidió dos taxis. A mí me metió en el primero porque estaba más perjudicado.

Paré el coche en la puerta de la Arrocería para que descendieran y cogieran mesa, mientras, yo buscaría un hueco para aparcar. Pascual se empeñó en acompañarme y se sentó en el asiento delantero.

-¿Qué coños quieres? –exclamé.

-Pablo, verás, he estado pensando –contestó Pascual.

-Tú pensando, no me digas, eso es imposible –le dije tratando de zaherirle.

-Escucha, joder. Qué importa de quién sean los hijos. Son nuestros. De los dos.

Tanteó y posó su brazo en mi espalda. Hice un breve ademán de molestia por su gesto, sin rechazarlo del todo.

-Es más -prosiguió Pascual- si te hace feliz, me he documentado y los gemelos provienen de un solo espermatozoide, los mellizos de dos.

Permanecí en silencio atendiendo sólo a las maniobras de aparcamiento, había encontrado una plaza. Pascual permaneció expectante. Salimos del coche. Al rato de echar a andar le comenté,

-Yo también le he estado dando vueltas, ¿sabes? Es jodido esto de perder la paternidad o tenerla que compartir. Y sí, Pelayo era un puto cabrón y un genio. Sabes que Maura tiene las mismas letras vocales y en el mismo orden que tu nombre y Marlon las del mío.

Pascual se detuvo, miró al cielo –Era grande el hijo de la gran puta  –Sentenció.

Nos entró la risa y reanudamos la marcha.

J. Carlos

Anuncios

Días trapecio

Lluvia

Hay días redondos como círculos y días que te salen con aristas y esquinas como trapecios. Trabajo en un banco de asesor de empresas y odio enseñar a los viejecitos cómo sacar el dinero de los cajeros.

No había oído el despertador. La fiesta se había alargado hasta las dos de la madrugada. Me dolía la cabeza y llegaba tarde al trabajo. En la parada del 56 el reloj electrónico marcaba las ocho y un minuto. Caía una lluvia delgada que dibujaba regueros en los vidrios de la marquesina. Éramos cuatro: Una monja con cofia blanca y hábito azul una cuarta por encima del empeine. Creo que corregía exámenes sobre una tablilla de madera. De la misma mano colgaba el paraguas, en la otra tenía un rotulador rojo. Un joven con rastas adornadas con la diadema de los cascos, se movía al ritmo machacón del “Despacito” de Fonsi. La música desbordaba los auriculares y se oía desde la acera de enfrente. Llevaba una mochila a la espalda y un monopatín apoyado en la cadera. El último en llegar fue un señor embutido en una capa impermeable gris. Iba sentado en una silla de ruedas con motor eléctrico, la conducía con el mentón porque tenía el cuerpo y los miembros paralizados. Pasó un taxi veloz, con la luz verde encendida. Se acercó demasiado al bordillo de la acera, las ruedas salpicaron una ráfaga de agua parda que voló hasta las perneras de los pantalones y escurrió en nuestros zapatos. Me acordé de niño que, las mujeres después de fregar la casa lanzaban el agua negra del cubo sobre la calle polvorienta. Me gustaba ver cómo caía formando una pequeña catarata prendida en el aire con una corona de espuma de jabón.

La monja no sé cómo vio venir el zarpazo del agua porque parecía abstraída con los exámenes, el caso es que se retiró a tiempo. Al inválido le puso pingando el impermeable y los zapatos. La monja hizo pinza con el brazo y el costado para sujetar la tablilla con los exámenes y el paraguas, sacó un pañuelo blanco y se acuclilló frente al inválido. El joven ya se había montado sobre el monopatín y corría tras el taxi. Cuando lo alcanzó se agarró al techo del coche y, durante unos metros, se hartó de dar puñetazos en el capó y de llamarle hijo de la gran puta. El conductor aceleró. El muchacho de unos quince años, con vaqueros negros rasgados en las rodillas, tuvo que desasirse y volvió patinando a la parada.

Cuando llegó el autobús la monja ya había aseado el impermeable y los zapatos del inválido y éste le daba las gracias. Hizo un rebujo con el pañuelo sucio y se lo guardó en el bolsillo, después acarició el mentón del inválido con la misma mano. No sé si éste llegó a besarle el dorso de la mano en agradecimiento porque la monja la retiró enseguida. Era rápida la condenada. El muchacho llegó a tiempo porque la rampa para que el inválido ascendiera con su silla se demoró en bajar casi un minuto.

-Le abollé la chapa del coche al muy cabrón y le rayé la puerta con este anillo -nos dijo mostrando en la mano derecha un sello gris plata con su iniciales, J M-.

Luego se tapó la boca como arrepintiéndose y pidió perdón a la monja por la palabrota. Ésta sonrió y le dijo que no debía tomarse la justicia por su mano. Ambos subieron por la puerta delantera. Yo subí por la trasera acompañando al inválido y su silla elevada por la rampa. Una vez arriba, la sujeté a los arneses y levanté la mano para que el conductor arrancara.

Un viajero de mediana edad, trajeado en gris, que se sentaba en uno de los asientos reservados para personas con problemas de movilidad, se quejó hablando por el móvil de que llegaría tarde porque las rampas suben y bajan muy despacio.

-Yo no niego el derecho a nadie –decía al micrófono del teléfono-. Que pongan autobuses especiales para lisiados y para perros y para gatos pero que no nos jodan a los demás.

Nadie movió los ojos ni de las ventanas empañadas por el vaho, ni de la pantalla de sus móviles, ni del suelo. Sólo una mujer joven de piel muy pálida, con traje de chaqueta verde manzana, se incomodó. Levantó la mirada del libro de solapas amarillas, colocó el marcapáginas y lo cerró. Miró primero al señor que hablaba con el móvil con enojo, después puso sus ojos en los de la monja. Ésta levantó los hombros, movió levemente la cabeza a ambos lados y frunció los labios indicándole que no merecía la pena. La mujer gruñó para sí misma, respiró hondo varias veces, volvió a abrir su libro y pasó el marcapáginas a la última hoja. El color rojo de las mejillas tardó dos paradas en disipársele.

El inválido se llamaba Jaime, tenía que bajarse en la parada del hospital. Al respirar se le movía el tronco entero. Conversamos. Le entraba poco aire así que soltaba unas palabras con fuelle desmayado y tenía que volver a inspirar de nuevo. Era médico pediatra. Los niños no le tenían miedo porque siempre llevaba caramelos en el bolsillo superior de la americana. La enfermera era su ex mujer y aunque llevaban dos años separados seguían trabajando juntos.

-No sería nada sin sus manos -me dijo-. Nos compenetramos muy bien. Ella palpa, roza, toca. Yo diagnostico.

Por curiosidad, más bien por morbo, pregunté por qué no seguían juntos. Hizo un silencio largo, muy largo. Terminó confesando, con un hilo de voz para que nadie más le oyera, que ella quería tener un hijo y ya tenían un chico adolescente que había nacido antes del atropello, hace once años. Pero ella, Oliva, estaba empeñada en tener otro hijo.

– Una hija para ser exactos, lo teníamos planeado desde novios. La parejita.

Par aliviar la situación cambié de tema. Le pregunté si se había fijado que el autobús iba envuelto en una pegatina publicitaria con la foto de un crucero en un mar azul.

-A que parece que navegamos por el Mediterráneo en vez de rodar por Doctor Esquerdo –le dije-.  Luego añadí señalando mis pantalones chorreantes: – No ha sido el taxi, ha sido el oleaje que rompió de frente contra el mascarón de proa.

Nos reímos

-La verdad –contestó- es que el taxista iba hablando por el móvil, seguramente ni se enteró.

Me ofreció un caramelo de eucalipto. Metí mi mano en su bolsillo y saqué dos, les quité el envoltorio y metí uno en cada boca.

-Es sólo agua –le dije cambiando el caramelo de carrillo-

-Agua sucia –apostilló él- Y volvimos a reír.

-Sucia la que le tiraron a mi abuelo –comenté-. Un día rodaba con su carro de mulos por la calle principal de Peñafiel, salió una señora al balcón y, al grito de agua va, vació el orinal. Le cayó en el pelo, la cara y le descompuso la cazadora de cuero con solapas de pelo de zorro. La señora bajó con una palangana y una toalla. Después, para hacerse perdonar, le regaló un abrigo de alpaca de espiga que pertenecía a su difunto.

Le entró una risa floja que sus débiles pulmones apenas soportaban. Tuve que darle unas palmadas en la espalda. Cuando se repuso preguntó:

-¿Qué fue del abrigo?

-La abuela contaba, con cierta malicia, que se casaron en enero para que el abuelo López pudiera estrenarlo. Y hasta que murió el abuelo en el ochenta y tres, el abrigo no se perdió la misa de los domingos desde mediados de octubre hasta bien entrado marzo.

La siguiente era su parada. Mientras le soltaba la silla de los arneses me fijé en su mano derecha, lucía en el dedo anular una alianza de oro. Al advertir que miraba su anillo bromeó:

-Ya ve, con estas manos secas, por más que lo intento, no me lo puedo sacar.

Nos volvimos a reír. Rocé su hombro con mi codo en señal de complicidad y me ofrecí a bajar con él y acompañarle hasta su consulta.

-No hace falta –me dijo, señalando la puerta del bus- estará esperando Oliva, mi ex. Mi enfermera, quiero decir.

Se abrieron las puertas. Efectivamente esperaba una mujer alta, pecosa, de mediana edad, con bata blanca. Se había echado una gabardina por encima de la cabeza para protegerse de la lluvia. Su barriga abultaba como de cinco o seis meses. Mientras bajaba en la rampa, no cruzaron las miradas, ni se dirigieron una sola palabra. Tampoco después. Me pregunté cómo harían para trabajar juntos. Cuando el autobús echó a andar pude verlos a través de los cordeles de agua que movía el viento tras las ventanas. La silla rodaba delante con el cuerpo trasteando como un saco a merced de las irregularidades del suelo. Ella iba detrás, con el bulto de su barriga a unos centímetros del cogote del inválido, aferraba la gabardina con ambas manos y los faldones se le hinchaban como alas. Con el rabillo del ojo observé que la monja tenía la tablilla con los exámenes sobre su pecho y la mirada en la calle.

Al llegar a la oficina, Juanma, el director, señaló con un dedo su reloj de muñeca. Pedí perdón por el retraso.

-Luís ha pillado la gripe –me dijo- tendrás que sustituirle.

Sabía que era mentira, pero me callé. Luis no sabe beber o, al menos, no sabe aguantar la resaca. Siempre hace lo mismo.

Odio tener que enseñarle a los viejecitos cómo se saca dinero del cajero. No son capaces de leer la pantalla porque se olvidaron las gafas o porque deslumbra el sol. Si aciertan a introducir la tarjeta y acceden al menú les tiemblan los dedos al elegir las opciones. Suelen equivocarse y piden el saldo de la cuenta en vez del dinero. Si por fin la máquina les ofrece los billetes, se olvidan de guardar la tarjeta, a veces se olvidan también del dinero. Lo peor es cuando les dices que el puesto de cajero va a  desparecer, entonces el mundo se les hace tan grande que se sienten de sobra y se les alela la cara. Les ves irse calle abajo  y adviertes que han menguado unos centímetros.

Mi primera clienta ese día fue Doña Patro. Llevaba un abrigo fucsia de entretiempo e iba tocada con un gorro impermeable del mismo color, de esos que las tiendas chinas sacan a la puerta en cuanto caen cuatro gotas y los colocan en columna unos sobre otros. Doña Patro apoyaba una mano moteada de manchas oscuras en un bastón con empuñadura plateada, para la otra Luís le habría ofrecido el brazo. Yo no lo hice. Al llegar al cajero hurgó en su bolso y sacó una libretita de anillas donde tiene apuntados, con letra puntiaguda, todos los pasos. Se puso los lentes. De su cartera de mano extrajo la tarjeta VISA. Leyó en el cuadernillo que debía de introducirla con el chip hacia arriba. No encontraba la ranura.

-Perdona hijo, estas son las gafas de cerca. Espera, creo que en el bolso metí las de lejos.

Me pregunté cómo se las arreglaría Jaime, el inválido, para sacar dinero.

Doña Patro había encontrado sus gafas de lejos. Ahora buscaba, nerviosa, su libreta porque se había olvidado del primer paso.

Le acaricié la espalda y le dije que se tranquilizara que no teníamos prisa. Le pregunté por sus nietas. Me contó que la mayor empezaba este año la universidad, iba a estudiar una ingeniería, no se acordaba de la especialidad. Sacó su cartera y me enseñó una foto tamaño carné. Se llamaba Fabiola, posaba con una media sonrisa, la melena castaña por debajo de los hombros y los ojos redondos como dos canicas azules. Me contó sus excelencias por más de cinco minutos, hasta que una ráfaga de aire nos empujó la lluvia encima.

Antes de cerrar la cartera pasó la mano por encima de la foto para borrar unas gotas de lluvia. Sacó de nuevo la libreta y leímos en alto el primer paso, después guié su mano con la tarjeta hasta la ranura.

J. Carlos

A Liliana

selva amazónica

Mi querida Liliana:

Al recibo de ésta habré pasado a mejor vida. Me andan buscando. Son como perros de presa que huelen mi miedo y más pronto o más tarde darán conmigo. Dice mi confesor que será digna penitencia por mis muchos pecados. ¿Sabe?, le tengo ley al pendejo. Me enseñó a leer y a escribir y consiguió retenerme tres años en el seminario. A él confío estas líneas para que se las haga llegar cuando me quiebren. Ahí donde me ve, soy un devoto de Nuestra Señora de Chiquinquirá. A la Virgen me encomiendo al comenzar cada encargo. Casi siempre me escucha. Sólo dos veces terminó con una balacera.

Cuando recibí el encargo de secuestrarla elevé mi tarifa. Las mujeres dan más quehacer y si son jóvenes y guapas terminan volviendo locos a mis hombres. Soy un profesional y mis normas son muy estrictas: Respeto y buen trato pero prohibida la confraternización.

No está bien, perdone que le diga, que una mamacita adinerada vaya todos los viernes a la misma discoteca y vuelva de madrugada al palacete rosa de la playa siguiendo el mismo itinerario. Nos facilitó la faena. Al carro negro de sus guardaespaldas lo anulamos tirando sobre el asfalto una cadena de pinchos en la última curva, justo después de que pasara su Jaguar descapotado. Meros aficionados. Los desnudamos, nos quedamos con sus pistolas y sus móviles y los metimos en el maletero. Una vez que usted frenó ante el falso control policial con destellos azules y blancos, fui yo quien le tapó la boca con una gasa impregnada en cloroformo. Es corajuda, se aferró a mis dedos con las manos intentando zafarse. A pesar de que me cubría la cara con  un pañuelo, no pude evitar que el olor acre me amodorrara como si hubiera bebido aguardiente de caña. Sus manos cayeron inertes en su regazo. Ya no pudo ver la camilla en que la acomodamos, ni escuchar el ulular de la vieja ambulancia que se dirigió a un hangar del aeropuerto. Tampoco sintió cómo se elevaba la Cesnna sobre la pista punteada de luces verdes. Oficialmente trasportábamos un enfermo muy grave para un trasplante de hígado.

Hice el viaje en el asiento contiguo. Tuve que abrocharle dos botones de su camisa de satén blanco porque desvelaban algo más que el nacimiento de sus senos. Sentí un escalofrío cuando las yemas de mis dedos rozaron su piel. Durante el vuelo hube de estirar su falda de etamina varias veces porque su cuerpo flojo tendía a escurrirse en la banqueta. Cuando la avioneta puso el morro al noroeste su cabeza se deslizó hasta mi hombro y, durante la hora que demoró su sueño, ahorré cualquier movimiento.

Me cautivó la dignidad y el sosiego con que encaró la situación cuando al despertar con los ojos vendados y las muñecas atadas le expliqué su situación. En las otras ocasiones los rehenes al despertar me pedían agua y lloriqueaban. Usted muy digna, se limitó a preguntar la cifra del rescate. Le acerqué un vaso a los labios, aunque no me lo había pedido, el cloroformo reseca la boca. Después con una servilleta de papel le limpié una gota que había quedado rezagada en su barbilla. No movió ni un solo músculo.

El piloto avisó que estaba próximo el aterrizaje. Era una pista de tierra y el aparato dio varios bandazos. En vez de meter la cabeza entre las piernas, usted se irguió en el respaldo y permaneció impasible hasta que el aparato se detuvo. La estuve mirando largamente y con el índice le aparté la melena negra que le tapaba la cara. Gruñó. Fue mi mano la que le guió para bajar la escalerilla. Subimos al Jeep y rodamos a trompicones por caminos de tierra roja, en plena sabana. No le escuché ni una queja. Su comportamiento era singular, sus antecesores en el victimario siempre habían gimoteado y juntado las manos en un gesto de súplica. Creo que fue por entonces que comencé a admirarla. El viaje en canoa por el manglar fue un tormento de mosquitos. Hicimos un alto en la orilla para aliviar nuestras vejigas. Allí le quitamos el pañuelo negro que tapaba sus ojos. Sus pupilas resultaron de un azul purísimo, casi transparente. Rompí mis propias reglas al decirle que las fotos no le hacían justicia. Sólo perdió los nervios esa vez durante todo el tiempo que duró el cautiverio. Al poco de alejarse en la espesura volvió gritando: “cocodrilos, cocodrilos”. Se le dibujó un gesto de incredulidad en la frente cuando le expliqué que eran caimanes, que tomaban el sol en el recodo del río y que no atacaban al hombre, salvo para defenderse. Para tranquilizarla, le señalé los diez pares de ojos que flotaban en el agua salpicada de verdín. No sé si me escuchó, seguía temblando. Nos tienen miedo  -le dije- cuando nos vayamos volverán a tierra para calentar su sangre al sol.  La conduje hasta un matorral, me di la vuelta y esperé. Es estúpido, lo sé, la admiraba por su valor pero su nuevo miedo, lejos de cambiar mi parecer, me avivó un sentimiento antiguo, como de amparo.

Al otro día, ya asentados en aquella covachuela hecha con troncos, juncos y ramas, en medio del infierno selvático donde el calor y la humedad dificultan hasta la respiración, caí en la cuenta de que no habíamos traído ropa para usted. Le tuve que prestar unos pantalones y una camisa. Cuando volvió con la nueva indumentaria no pude sofocar la risa. No dijo ni una palabra pero creo que se guardó los reproches en la boca. Le sobraban tres palmos de todas partes. Esa noche ya no pude conciliar el sueño, sentía la quemazón en la yema de los dedos que habían tocado su piel y me cegaba el recuerdo de sus ojos transparentes. Temeroso de que una serpiente se arrastrara hasta su hamaca de juncos, atendía al ritmo de su respiración con la zozobra de quien escucha la de un recién nacido.

Mi compañero Waldo, negro como tizón y flaco como un junco, caminaba a diario por cuatro horas para comunicarse por teléfono con los jefes y recibir órdenes. Waldo no era su nombre de pila. Se hacía llamar así porque coincidía con el alias por el que todos le conocíamos: “Uve doble”. Cuentan que en una pendencia le marcaron a fuego esa letra en las costillas como al ganado. Yo me quedaba con usted y le inventaba pasatiempos. Ahora sabe pescar a lazo, con cuchillo y con cebo. Recuerdo una mañana, cruzábamos el arroyo sobre el sendero de piedras improvisado. Yo iba delante, usted dio un traspié y se vino sobre mí, faltó poco para caernos al agua. Le ofrecí mi mano hasta alcanzar la orilla, estuvo dudando, pero no me la dio. Tiene que acordarse de ese día, fue el día que encontramos un perezoso. Había bajado de los árboles para hacer sus necesidades. Cuando se disponía a trepar por el tronco lo agarré y lo puse en su regazo. Estuvo jugando con él por más de una hora. Luego estuvimos otro tanto viendo como ascendía lento, muy lento por las lianas. De vuelta me dijo que sólo los había visto por la televisión, en documentales.

La noche que tuvo una pesadilla nos asustó. Gritaba, cruzaba las piernas y se agarraba la entrepierna como si la estuvieran violando. Le toqué el hombro y le chisté en un susurro. Se despertó y se dio la vuelta bruscamente. Improvisé una nana para sosegarla, pero se volvió con los ojos encendidos por el odio y me preguntó, arrastrando las sílabas, ¿cuánto va a durar esto? Entonces se me hizo en el pecho un nudo de angustia.

Waldo trajo malas noticias, los jefes querían que le cortásemos el dedo anular de la mano derecha. Platiqué con él por más de dos horas. Le pedí que consiguiera un dedo de mujer en el que entrara su anillo de esmeralda, a cambio le cedía la mitad de mi parte en el negocio. Antes de partir me hizo sellar un pacto, hicimos un corte superficial en nuestras muñecas y las juntamos para que se fundieran nuestras sangres. Después me miró a los ojos y juró que si no cumplía me daría plomo.

Volvió con dos dedos y barba cerrada de cuatro días. Era una barba crespa que se cerraba por arriba con la corona de sus cejas. Me dijo que no había sido fácil encontrar mujeres blancas en aquellas latitudes. En cualquiera de los dos entraba el anillo, ensobramos el que más se ajustaba y lo enviamos. Los días siguientes estuvo hosco conmigo, me acusó de otorgarle demasiadas licencias y de incumplir mis propias reglas. Tuve que prometerle más plata para que dejara de importunarme. Usted es testigo de que mi comportamiento era muy profesional, al menos, cuando no estábamos solos.

Procuré ser más cuidadoso delante de Waldo. Pero cuando se ausentaba para comunicar con los jefes, me embargaba la ternura de la que nunca fui pródigo, seguramente porque nunca tuve con quién. La miraba pescando en el arroyo. Me reía cuando nadaba hasta un pequeño lago y los pantalones le hacían bolsas de agua por todas partes. Guardo con celo su imagen bajo la cascada que rompía sobre su cuerpo formando diminutos arco iris. Después ya tumbada al sol, sobre la hierba, a veces, contestaba mis preguntas y me hablaba de su vida, su familia, sus amigos… Fingía que la escuchaba con desgana, como una mera forma de pasar el tiempo, pero si se hubiese fijado habría visto la crispación en mis manos. Era tan difícil permanecer apartado y quieto teniéndola tan cerca y con el aire caliente de su voz rebotando en mis oídos.

El último día no paró de llover. Waldo volvió tarde, chorreando y con barro hasta las rodillas. Traía el ceño liso. Era buena señal. Los jefes afirmaban que las negociaciones habían concluido y que pronto se produciría el canje. Querían hablar conmigo al día siguiente. Recién parida la mañana eché la mochila a la espalda y comencé a caminar. Al poco, escuché un grito apagado, volví a la carrera sobre mis pasos. Todavía humeaba la fogata en que habíamos calentado el desayuno. El morocho la montaba con los pantalones en las pantorrillas. Le sobaba los pechos con una mano y empuñaba con la otra el cuchillo con la hoja pegada a su cuello. Me acerqué silencioso por detrás, le sujeté la frente con la mano izquierda y, con la derecha, le rebané el gaznate. Entonces, el tiempo se frenó. Un chorro de sangre dibujó un arco y un chorro de semen, como un escupitajo, se derramó sobre sus muslos. Los líquidos en los que huía la vida parecían suspendidos en el aire. El cuerpo, caía ingrávido, con la lentitud con que se mueve el perezoso. Quedó en el suelo, con las rodillas dobladas y las manos tapando la raja del cuello. La desnudez, que se extendía desde sus caderas hasta sus pantorrillas, era tan negra como la propia tierra.

Si no hubiese visto gotear sangre del cuchillo que aferraba mi mano, hubiese jurado que veía la escena desde lejos, sin participar. Entonces, el tiempo volvió a su ser. Usted se incorporó como un resorte cuando se vio libre del cuerpo, se subió los pantalones y entremetió la camisa. Tenía la cara salpicada de sangre que se diluía con la lluvia y resbalaba por sus mejillas. Dejé caer el cuchillo y con el dorso de la mano le limpié la sangre y las lágrimas. Dio un paso atrás como si mi mano quemara. Era la primera vez que mataba a alguien de los míos. Gajes del oficio. Sus hipidos producían espasmos en todo su cuerpo. Cuando sus gemidos se apaciguaron, me aventuré a tomarla del brazo. Esta vez no se retiró. También me permitió lavarle la cara y el pelo en el arroyo. En aquel momento pensé que eran señales de agradecimiento por haberle salvado la vida, ahora, con la distancia, creo que se compadecía de mí.

Cuando empezamos a caminar el cielo ya se había vaciado. Me pesaban las botas. Me dolían los huesos de tantos días a la intemperie. Cada paso que daba me estaba alejando de usted.  Me preguntó que adónde íbamos. Le respondí, ¿lo recuerda?: “Usted a la libertad y yo a por una bala que me andará buscando”. La vida entró en sus ojos. Reía y lloraba. A mí, por el contrario, la bola de angustia me atascaba la garganta y me robaba el aire. Quité el ramaje y las hojas que escondían la canoa, me ayudó a arrastrarla hasta la orilla. Usted miraba hacia delante con la cabeza alta, yo, cabizbajo, miraba el surco sobre la tierra roja que quedaba atrás. La vi temblar cuando los caimanes se desperezaron. Se quedó mirando absorta sus movimientos torpes, a bandazos, arrastrando sus pesadas colas en zizag hasta que entraban en el agua y se deslizaban con suavidad y sin esfuerzo. Durante la travesía caí en la cuenta de que se me habían gastado todas las palabras. Después de desembarcar le ordené que se pusiera su camisa de satén y su falda de etamina, debía de estar presentable cuando la encontraran. Fue la única vez que no volví la cabeza.

Afectuosamente suyo,

Jairo Escobar Restrepo.

J. Carlos

Microrrelatos II

sombrero azul

Sombrero azul

Estaban ya prendidas las farolas del Retiro, apenas quedaban paseantes, una ráfaga de viento le voló el sombrero azul. Un joven trajeado corrió tras él, consiguió alcanzarlo y se lo entregó. Ella le dio las gracias.

-¿A qué te dedicas? –preguntó el joven

-Soy pintora. Los domingos traigo hasta el parterre una silla de tijera, un caballete sin lienzo y un cartel que reza: pinto la nada. Hay quien se queda un rato mirando como muevo en el aire mi pincel seco y echa unas monedas. ¿Y tú?

-Yo me siento tras una celosía, pongo la mano de canto, a la altura de la frente, la muevo en el aire y perdono los pecados.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

Anillo de compromiso

A los postres, mientras le plantaba un beso en los labios, deslizó el anillo de pedida en la copa de champán. Brindaron. Ella apuró la copa. Inadvertidamente tragó la sortija. Dos días y dos radiografías después él le puso la joya en el dedo anular y ella le dijo que sí.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

Incomunicación

Encontró el móvil del marido en la mesilla de noche. Había transcurrido una semana desde el entierro. Lo encendió. Cotilleó los correos, los mensajes y la agenda. Sin querer, se abrió una aplicación con un mapa. Descubrió que su marido, en sus últimos días, se había levantado de la cama cuando oscurecía y llegaba hasta un lugar recogido del parque, no muy lejos del banco donde ella, a la mismas hora, se hartaba de llorar.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

 Sueños

En la sala de manualidades de la residencia hay una frase pintada en la pared: “Einstein soñó con cabalgar un fotón para descubrir los secretos del universo.” Ella sólo sueña con atravesar la bruma de sus propios recuerdos para descubrir quién es ese ancianito que le coge la mano con tanta ternura.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

 Violencia educada

Cenaban. El padre, siempre quejoso, gritaba porque la sopa estaba muy caliente. Mientras la mujer soplaba la cuchara él le propinó un tortazo. Se derramó. Resignada y muda extendió la servilleta sobre el mantel para tapar la mancha. El niño, sin inmutarse, ofreció un tropezón de pan al gato, cuando éste se le acercó le soltó un manotazo en la cabeza. El animal maulló dolorido y salió por patas. Padre e hijo estallaron en una carcajada.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

El Pegao

En toda su vida había despegado los pies de la tierra. Nunca se subió a un vehículo o a una caballería. Lo más lejos que se aupó fue al catre cuando quería yacer con la parienta, y eso porque La Herminia le tenía dicho que sus carnes no estaban para calentar baldosas. Sus paisanos, en un homenaje póstumo, han decidido no cargar el ataúd del “Pegao” a hombros, han pasado dos maromas por debajo y lo llevan a pulso, a un palmo del suelo.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

 Confesión

-Padre confieso que violé y maté a Carlota…

-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Al día siguiente, al igual que los anteriores, el cura llegó de los primeros a la batida por la búsqueda de la joven. En la rogativa pidió a Dios para que la encontraran sana y salva. Sólo le tembló la voz cuando tropezó con la mirada del confeso.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

Perro con ojos de dos colores

De recién casados venían los amigos a cenar los sábados. En vez de televisor teníamos un perro con ojos de dos colores. Entonces la Flaca trabajaba de relaciones públicas en una revista de moda. Seguramente la tripa se nos hinchó de tanto cóctel. Ahora los sábados cenamos solos porque coincide con la hora en que los amigos acuestan a sus hijos; después le entrego el mando para que elija el canal y, en las pausas publicitarias, me comprometo a pasar el aspirador, cortar el césped y sacar al perro; todo con tal de evitar que repita la salmodia de que se nos está pasando el arroz.

.-.-.-.-.-.-.-.-.

J. Carlos

Ventisca

Ventisca

Las huellas no se borran porque no llegan a formarse. Voy un paso por delante. La protejo con mi cuerpo. El viento arrecia tan fuerte que barre la nieve como si en un desierto se armara una tormenta de arena blanca. Hasta ahora presumía de tener la geografía de la Pedriza esculpida en la memoria con la misma firmeza que un taxista tiene la del callejero de su ciudad. Llevamos más de ocho horas andando contra el viento. Da igual que cambiemos la dirección, la ventisca se revuelve y nos sigue atacando. Lo único que llevamos al descubierto son las mejillas, la nariz y los labios, donde picotean un sinfín de granitos de hielo que entumecen los músculos y los acartonan como el anestésico del dentista. Ya no distingo el color de su ropa, ni el de su gorro, ni sus guantes, está velado por sucesivas capas de escarcha. Antes de perdernos, al poco de estallar la tormenta de nieve y viento, me miró a la cara y le entró la risa, dijo que parecía el negativo de una foto. Le apostillé con sorna que ella parecía haberse pintado las cejas con una barra de tiza y que de los hoyuelos de su nariz nacían forúnculos de hielo. Entonces todavía nos quedaban fuerzas, así que risueños nos quitamos el uno al otro las pequeñas estalactitas y nos sacudimos la nieve de encima.

Estamos agotados. Pienso en nuestros hijos, Javier y Clara, que siempre nos advierten de que la montaña en invierno es traicionera. Busco una roca de parapeto contra las rachas de viento. Me arrodillo y hurgo en la nieve con ambas manos. Ella se sienta contra el respaldo de la pared de piedra y mete las manos bajo las axilas buscando el calor. Me siento a su lado, me quito los guantes y le saco los suyos. Froto sus manos con las mías, luego las acerco a la boca y le insuflo aire caliente. Antes de ponérselos soplo también dentro de sus guantes, con fuerza, para que el aire llene cada uno de sus dedos. Le confieso que estoy perdido.

-Lo sé, tampoco sería la primera vez –dice Enma, forzando una sonrisa-.

Al articular las palabras se le ha quebrado la fina lámina de hielo que perfila sus labios y que se ha ido formando con el vaho de su aliento.

-Si supieran los chicos que hemos subido con este temporal y que hemos dejado agotar las baterías de los móviles nos regañarían como a niños pequeños –añado-

-Y con razón –concluye ella-

El viento ulula al chocar contra la roca. No nos ataca de frente, pero sigue llegando en pequeños remolinos que arrastran el polvo helado. La luz va menguando. Mires donde mires, ves un enjambre de un blanco sucio en perpetuo movimiento que se termina difuminando en densos tules de grises. Más allá de cinco metros no hay luz, no hay nada. Está empezando a tiritar. No sé si ha sido bueno pararnos, pero sus pasos se acortaban y a cada zancada sus piernas se hundían en la nieve hasta por encima de la rodilla. Tre veces cayó de bruces al tratar de sacar los pies del atolladero. Palmeamos las manos para entrar en calor.

-Me acuerdo cuando nos conocimos, tenías un ojo pegado al microscopio estabas tan concentrada que parecía que te habías quedado sin aliento. Cuando frunciste la frente supe que en ese trozo de mi carne habías leído malas noticias.

-Y me enfadé muchísimo – dice con voz acorchada como sin lengua- cuando el director del laboratorio nos presentó y me dijo que era tu biopsia.

-Al final me salvaste.

-Yo sólo analicé una disección, era mi trabajo. Te salvó el hígado de un desconocido –replicó-

Necesito moverla se le están amoratando los labios.

-¿Me concedes el honor de este baile?

Nos incorporamos y enlazamos nuestros cuerpos protegidos por la roca. Empiezo a cantarle al oído, muy quedo. Pero así no entramos en calor. Desanudo el abrazo, le tomo la mano y doy saltos. Bailamos el rock que bauticé con su nombre, dando vueltas, acuclillándonos, saltando. Las notas brotan graves de mi boca, descompuestas, como de un vinilo girando a pocas revoluciones. Veo el aliento vibrar en sus labios, parece que por dentro le ardiera una lumbre. Me enardezco y multiplico los movimientos que enlentecen hundidos en la nieve. Quedamos sin resuello, volvemos a sentarnos al abrigo del parapeto de piedra y le sacudo el polvo helado que ha vuelto a blanquear sus hombros.

-Aquel día sólo mirabas mi falda, demasiado corta –habla con una voz más entonada- Luego, cuando supiste el resultado te quedaste pálido. La entrada que me dejaste junto al microscopio se la regalé a una amiga. Me dijo que tu concierto había sido espectacular. Estaba muy enfadada porque habías sobornado al director para entrar en mi laboratorio, aunque lo disimularas como una donación.

– Y yo buscándote entre el público. Esa noche, de madrugada, te compuse la canción. Todavía suena en algunas emisoras.

Tiene la cabeza apoyada en mi pecho, le acaricio el pelo castaño que escapa del gorro y le cae sobre la espalda. La ventisca se estrella contra la roca que nos protege pero, de tanto en tanto, los remolinos levantan tolvaneras que nos obligan a cerrar los ojos.

-Creo que la muerte por congelación es como un sueño dulce –dice-

Me quito los guantes para borrarle la palidez de sus mejillas. Hago pinza con los dedos en sus mofletes, como si fuera una cría, y le regaño por estar triste.

-No me importa la muerte –continúa hablando- pero pienso en los chicos, todavía nos necesitan, están tan lejos. Sobre todo la pequeña, enlazando contratos de país en país.

-Verás –le digo- que en cuanto la luz del día se vaya apagando, el viento perderá impulso. Hemos bajado bastante. Llevamos más de tres horas cuesta abajo. No podemos estar muy lejos del río Manzanares. Si llegamos hasta él sólo tenemos que seguir su cauce. ¿Te encuentras más descansada? ¿Crees que podrás seguir mis pasos cuando amaine un poco?

-Más pasos de baile no, por favor –ironiza, haciendo con la mano un aspaviento-. Dame sólo unos minutos para recuperarme, por favor.

Levanto las alas de mi gorro de lana y contengo la respiración para tratar de distinguir entre todos los ruidos que enmascara el viento el sonido del agua. Espero oír una suite con alguno de sus movimientos: el espumeo entre guijarros, o su gorgotear en los desniveles, el serpenteo rápido en las vaguadas o, el arribo desbocado al cauce del río. Nada. Sólo la furia del viento lanzando madejas de niebla y nieve contra los roquedales y las ramas. Sólo el sonido silbante como de respiración asmática y fatigada de un enorme monstruo blanco. Masajeo mis orejas escarchadas y las vuelvo a tapar.

-Te propongo un juego –le susurro al oído-

-¿Cuál?

-El juego de la verdad

-Esas chorradas de ¿me has sido fiel? –dice levantando la cara de mi pecho- ¿Has fingido orgasmos conmigo? ¿Soy el amor de tu vida? No por favor. Oye, ¿no estarás pensando que no vamos a salir de ésta? ¿Y tú eres el optimista que ha de animarme?

Se levanta de sopetón, me agarra del brazo y tira de mí con todas sus fuerzas. Empezamos a caminar, siempre hacia abajo. Enma va delante, decidida, pisando la nieve con furia. Me cuesta adelantarla e indicarle que ponga sus botas sobre los huecos de mis pisadas, se cansará menos y, además, las piedras y los piornos están emboscadas bajo el manto blanco y un mal paso nos puede quebrar un pie. A gritos le infundo ánimos, le digo que el viento está aflojando y que el Manzanares tiene que estar perpendicular al sentido de nuestra marcha. Se pone a mi altura, me coge de la mano y así, agarrados, proseguimos la marcha. Cada poco he de tirar de ella porque ambas piernas se le hunden en la nieve y se queda atascada. La fatiga mengua nuestros pasos. Ahora nos adentramos en un bosque de pinos, es más fácil caminar. A la vera de los troncos la capa de nieve es más fina y la ventisca, aunque ruge con más fuerza al estrellarse contra la pinocha, levanta menos tolvaneras y no entorpece tanto la vista.

Entre las estridencias de la ventolera se cuela otro ruido. Nos paramos, apagamos nuestra respiración para aguzar el oído. Puede ser el ansiado sonido del agua. Salgo corriendo. Una ráfaga de viento emblanquece el horizonte, pero entre ráfaga y ráfaga se asienta la gasa que lo enceguece todo. Sí, sí, es el río, es el río. Sigo corriendo, desatascando zancadas, manoteando el aire para no perder el equilibrio. Caigo de bruces hocicado en la nieve, el pie derecho ha entrado limpiamente, pero se ha quedado empotrado entre dos troncos sumergidos y, con la inercia de la carrera, el cuerpo ha doblado y la rodilla ha crujido. Ha sonado como una rama al troncharse. El cerebro reactiva aquellos dolores viejos de cuando me estrellé con la Harley y me chasqué la pierna. Enma corre hacia mí, se arrodilla, me acuna y me chista como a un niño pequeño durante unos minutos. Palpa mi rodilla y frunce el ceño. Luego me ayuda a incorporarme, pone mi brazo sobre sus hombros, intenta que camine con un solo pie, pero se hunde y hay que sacarlo a pulso a cada paso. Al llegar a la orilla del río, casi desfallecida, consigue recostarme contra el tronco de un roble rebollo.

-Bueno, salvados -dice sonriendo en un intento de tranquilizarme- Ya estamos en el Manzanares y el agua se mueve hacia allá. Ese es el camino.

-Tendrás que ir sola -le digo- Supongo que tienes una hora u hora y media de camino hasta el pueblo. Sal ya porque se te echa la noche encima.

-Iremos junto –replica-

-Enma, sé razonable –le insisto-. A mí ya vendrán a rescatarme cuando les avises y estés a salvo.

Como predije el viento se ha aquietado y, aunque la luz merma por momentos, ahora se deja ver el discurrir del cauce. No se distingue la senda, pero estoy seguro que desde este paraje no hay obstáculo hasta llegar a Canto cochino. Sigo pidiendo a Enma que haga el descenso sin mí, primero razonando con tranquilidad y aplomo, luego a gritos de pareja muy convivida. Pero es terca como una mula. Sólo me queda un cartucho, enfadarla.

-Claro, a lo peor tienes algo que esconder y por eso no has querido jugar al juego de la verdad –le suelto para herir su amor propio-

Se calla, se sienta.

El viento está calmo, ha dejado de nevar. El agua también está mansa y si se mira al bies  sobre su superficie, como cuando se tira una piedra para que vaya de rebote en rebote, se pueden advertir jirones de vapor que ascienden y se desvanecen en el aire.

-Sí, tengo un secreto –dice clavando sus ojos enaguados en los míos- Siempre estuve enamorada de ti, no me perdía tus conciertos. El único que me perdí fue el del día que me conociste y me regalaste las entradas. Cuando levanté la cabeza del microscopio y te vi, me temblaron las piernas y, no te fijaste, pero tuve que agarrarme a la mesa con las dos manos.

Permanezco en un silencio hosco. Estoy ganando la batalla y cuando termine su perorata conseguiré que se vaya. Con este frío, entrada la noche, no aguantaremos vivos ni dos horas.

-Que te dejase entrar mi jefe en el laboratorio me pareció un soborno –prosigue- Cuando a los pocos días me esperabas a la salida del trabajo con un ramo de flores, te las tiré porque seguía pensando que no eran más que parte del soborno. Y no, no fui a verte al hospital cuando ya estabas muy malito para pedirte perdón. Esa fue la excusa. Fui por ti.

Vuelve a guardar silencio y se enjuga las lágrimas con el dorso de los guantes. En las mejillas le quedan unos cercos de escarcha.

-Vale –le digo- Y ahora, por favor, puedes irte antes de que se eche la noche encima.

-No, no voy a irme sola. Y lo sabes o lo deberías de saber. Lo que ignoras, y éste era el secreto, es que soborné a un médico del Anatómico Forense. Analizaba la sangre de los cadáveres jóvenes que entraban. Un jueves por la noche me llamó para decirme que tenía un motorista de dieciocho años compatible. Cogí un taxi. Sobre la mesa de autopsias le extrajimos el hígado. Lo cosimos y la familia nunca se enteró.

Me incorporo escalando el tronco con las nalgas. La estrecho contra mí, le limpio las lágrimas y los cercos de nieve con la mano. Quiere seguir hablando pero pongo dos dedos en sus labios para acallarlos. Se aparta y consigue decirme:

-Escucha: Quiero que sepas que no tenía dinero para pagar el soborno. Sólo disponía de mi cuer…

Antes de que llegue a pronunciar la última sílaba vuelvo a sellar sus labios, esta vez con el candado de los míos, la estrujo muy fuerte con mis brazos. Subo mi boca a su oreja y le digo

-Qué terca eres.

Apoyo mi brazo en sus hombros y así, a la pata coja, con la tarde diluyéndose en las sombras,  nos vamos.

J. Carlos

Dos balas

rapto-de-proserpina

Abrí el sobre en el ascensor. Era blanco, de los que llevan plástico de burbuja por dentro y solapa autoadhesiva. Estaba mi nombre de pila escrito a mano en letras góticas, sin dirección. No había carta, sólo un cartucho de nueve milímetros con la vaina de un color dorado mustio y la bala con una pátina cobriza. Mientras me disponía a sacar la llave para abrir la puerta, volvieron a mi memoria detalles del día que me habían pasado desapercibidos, como el pájaro escarchado que yacía debajo de una acacia de camino al autobús o, el brillo de los gemelos del director cuando coincidimos en el ascensor. Son de oro y tienen  forma de pistola. “Intimidan, son una herramienta de trabajo”, me explicó un día tomando café. Entré en casa, dejé el maletín en el suelo y el puñado de cartas en la mesita de entrada. La niña vino corriendo a abrazarme, me acuclillé para recibirla, las puntas de mi bufanda escocesa tocaron el suelo.

-Qué pálido estás papá, y qué fría tienes la barba.

Durante la comida apenas probé bocado. Natalia levantó el cuchillo y el tenedor del filete, los mantuvo un segundo en el aire, como si trinchara sus propias palabras. Preguntó si había habido algún contratiempo en la presentación ante el comité de dirección.

-Qué va, al contrario –contesté- Cuando les muestras en la pantalla las curvas de ventas que suben en picado te consideran uno de los suyos, por un rato.  Al final todo sonrisas, palmadas en la espalda y promesas. Todo va bien mientras les engordes la cartera.

Fregando los platos me abrazó por detrás y sus labios buscaron un hueco en el cuello de mi camisa. Dijo que me notaba cabizbajo. Di la vuelta y la besé en la mejilla.  El sobre plegado con el cartucho estaba todavía en el bolso izquierdo de la chaqueta, lo había metido apresuradamente antes de salir del ascensor. Apenas pesaba unos gramos pero tenía la consistencia de una bomba. El estómago se me puso saltarín igual que el día de mi boda, cuando la prima de Natalia al borde del coma etílico amenazó con decirle que nos habíamos acostado la noche anterior. Iván estuvo al quite, como siempre. Fui al baño. Mientras obraba, cogí el cartucho y observé su brillo metálico bajo la luz halógena. Ni un rasguño, ni una marca. Arranqué el plástico del interior del sobre. Estallaron dos burbujas, sonaron como dos tiros con silenciador. Hice una pelota y la metí en el bolso. El papel del sobre los rasgué en pedacitos pequeños. Los espolvoreé sobre mis heces. La letra B, con trazos gruesos, remates y filigranas muy elaborados, quedó clavada, vencida hacia un lado. Apreté el botón de desagüe y bajé la tapa.

Cogimos el ascensor cargados con el equipaje de fin de semana. La niña buscó mi mano. Al cruzar el vestíbulo coincidimos con el vecino del quinto que estaba abriendo su buzón. Se quejó de la cantidad de correspondencia.

-Todo son facturas y extractos bancarios –dijo, después de saludar y hacerle una carantoña a la niña.

Lo primero que pensé al verle es que tiene libre acceso a munición de ese calibre. Es Comandante. Hará como dos años, en una reunión de la junta de vecinos, mantuvimos serias discrepancias. Él quería plantar un seto de arizónicas, yo me negué porque la niña es alérgica. Estupideces de los matasanos para sacar dinero a los incautos, dijo. Yo le llamé inculto con pistola. No me calzó un guantazo porque es más bajo que yo y le apalanqué la pechera con mi brazo, mientras con los suyos bogaba en el aire como si nadara. Unas reuniones más tarde hicimos las paces y la sellamos con un apretón de manos. Me regaló una metopa de artillería. Correspondí con una cartera de piel de Ubrique con su nombre repujado en la solapa.

Paranoias, me dije. Y lo debí decir en voz alta porque la niña preguntó, ¿qué dices papi?

La carretera de Colmenar era una serpiente de coches que se movía lenta y  espasmódicamente.

-Si hubiéramos salido media hora antes llegaríamos a tiempo, pero claro la señora necesita una eternidad para arreglarse –comenté.

-Hoy estás que muerdes, ya me contarás  qué mosca te ha picado –replicó Natalia.

Papi, ¿te ha picado una mosca mala? A Guille en la guarde le picó un bicho y el brazo se le puso así.

El resto del camino, silencio. La niña claudicó con el tedio de la carretera y se quedó dormida. Desde que había abierto el buzón a las tres de la tarde, todos los sucesos del día y de la semana y del mes habían perdido los rasgos de lo cotidiano y se habían convertido en pruebas forenses. Estaba el incidente de tráfico con un motero sesentón. También la bronca en el fútbol que se saldó con un forcejeo y una peineta. Y las reiteradas llamadas de atención al hijo del vecino del cuarto que permite aliviar a su perro en la alfombra del portal. No parecían indicios suficientes, aunque hay gente muy desequilibrada y los adolescentes en plena tormenta de hormonas son imprevisibles. Podría ser una broma macabra o un error al consignar el destinatario.

Los paneles electrónicos informaban que en el kilómetro treinta y cuatro se había producido un accidente. Se nos echará la noche antes de llegar a Soto, pensé.

-Por favor, llama a Iván o a Maika y dile que no llegaremos antes de una hora u hora y media –pedí a mi mujer.

Entramos en la urbanización más allá de las siete. Dejé a Natalia en nuestro chalet para que abriera las ventanas unos minutos y dejara puesta la calefacción. La niña seguía durmiendo. No la desperté hasta que aparqué frente a la casa de Iván y Maika. En el salón Andresito y sus primos aplaudieron la llegada de la niña porque ya podrían apagar las seis velas y comer la tarta. Cuando llegó Natalia, Maika la recibió con unas medias noches de jamón y su refresco favorito. Se abrazaron. Iván aprovechó para excusarse con sus cuñados, me tomó del brazo y me indicó que le siguiera, escaleras arriba, hasta el despacho. Desde que llegué, no había parado, cargaba con los niños a la espalda y levantaba las piernas trotando sobre el mismo sitio. Imita muy bien el relincho de los caballos. Cuando cerró tras de mí la puerta del despacho se le había borrado toda la fiesta de la cara, y los hombros se le vencían hacia abajo como si soportaran sacos de grano. Rodeó el escritorio, abrió un cajón y me enseñó un cartucho de nueve milímetros. Lo puso de pie sobre el tapete de la mesa. Brillaba igual que el mío, con ese dorado mustio.

-Lo recogí a mediodía del buzón de casa, venía en un sobre con mi nombre. No se lo he dicho a Maika –musitó, con hilo de voz, mientras se dejaba caer en la butaca y se recostaba contra el respaldo.

¿Y el sobre? -pregunté.

Levantó una pila de papeles a su derecha, lo cogió con dos dedos como si quemara y me lo entregó. La misma letra gótica de trazo grueso, negra, primorosa. Seguramente tinta china. Me derrumbé sobre uno de los confidentes, crucé los brazos sobre la mesa y agaché la cabeza. Mi cerebro hervía, aunque la sangre parecía congelada. Esto iba en serio. No era una broma de mal gusto, ni una bravata, ni siquiera un aviso. Era una sentencia de muerte. Los recuerdos del día y de la semana y del mes, hasta los más nimios, seguían adheridos como lapas, pero despojados ya de la paranoia, volvieron a la rutina de lo cotidiano. Saqué mi cartucho del bolsillo muy despacio, lo coloqué junto al otro. Parecían dos torres minúsculas con sus cúpulas bizantinas. Iván se llevó las manos a la cabeza. Comprendió como yo que, el secreto que nos había unido en vida nos llevaría a la muerte, y se echó a llorar.

-Joder, éramos unos críos –le oí balbucear entre sollozos.

Después de diez minutos de silencio largo, nos levantamos, nos dimos un abrazo y bajamos al salón. Los niños nos recibieron como si fuéramos animales de carga y se subieron a nuestros hombros para cabalgar. Luego nos asimos al salvavidas de la copa de whisky que ponía sordina a nuestras conciencias para matizar su bramido.

En la cama cerré los ojos, aunque ni el alcohol ni los somníferos consiguieron que conciliara el sueño. Sobre el cielo negro de mis párpados se proyectaban, una y otra vez, las escenas de una tarde lejana en el bosque, a la hora de la siesta. Estábamos los tres, dibujamos una diana en un roble con el pintalabios que ella, la hija del maestro, confesó haber quitado a su madre. La pistola era de mi padre, la guardaba en una caja de zapatos que estaba encima del armario. Disparamos por turnos, Iván fue el único que metió una bala en el tronco, aunque lejos de la diana. Luego, la pistola en la sien, danos un beso. Después, la pistola en la boca, desnúdate. La pistola en el pecho, Échate. Quedó, rígida como una estatua yacente, con los brazos extendidos y la cabeza ladeada, perfilando una cruz en el suelo. No hubo un solo grito, ni un lamento. Mucho después los ojos desaguaron en las mejillas dos finas hileras de lágrimas. En la hierba, bajo las nalgas, me pareció ver unas gotas de sangre. Mientras Iván se abrochaba el pantalón, saqué el cargador, extraje dos cartuchos y se los tiré sobre el rebujo de la falda. Uno es de Iván, otro mío, para que recuerdes que en boca cerrada no entran balas, le dije. Y nunca habló.

J. Carlos

Alcantarillas

Alcantarilla

-Lo peor era el pestazo que se te metía en la ropa y en la piel. No había jabón que te lo quitara de encima.

Segis está sentado en un butacón de orejeras entelado en gris. Es delgado y de cuerpo menudo, tiene la piel cetrina; mueve los brazos y gesticula con las manos para hablar; las pocas veces que guarda silencio se reclina contra el respaldar, se queda tan quieto que parece como si el mueble lo hubiera engullido.

-La primera vez que bajé a las cloacas con mi padre tenía siete años, fue en el cuarenta y cinco. Al olor te acostumbras enseguida, pero las ratas son tan grandes como conejos. Yo he visto a tres ratas merendarse un gato.

Gertru, su mujer, es morena, pequeña y rechoncha. Tiene media melena lisa y muy blanca, con una raya en medio. Trae un platillo con un vaso de café con leche  para Segis lo deposita con mimo en una mesita auxiliar. Me pregunta si quiero un café.

-Gracias, pero ya he desayunado.

Se oye saltar el resorte del muelle de la tostadora en la cocina, la mujer se da la vuelta y encara el pasillo. Con una agilidad felina Segis coge la muleta que descansa sobre el lateral del butacón y se incorpora, camina hacia el armario botellero del mueble de donde saca una botella de Chinchón, hecha un chorro de anís en el café y desanda el camino para guardar la botella. En el momento que Gertru cruza la puerta del comedor con las tostadas, el aceite y el tomate, mi entrevistado ya se inclina hacia mí, trae en la mano una cajita de terciopelo.

– Es la medalla civil al mérito policial. Ya ve, me pasé más de treinta años esquivando a los maderos y, al final, estuve otros tantos colaborando con ellos.

Su mujer le deja el plato al lado del café, le tiende el brazo para que se apoye al sentarse y, aunque se resiste, le prende el pico de la servilleta en la camisa a cuadros, rojos y negros, para que no se manche. Mientras él unta el tomate en la tostada y se queja de que el matasanos le tenga prohibida la sal, ella me hace un gesto de complicidad llevándose los dedos a la nariz. Sonrío. La fragancia del anís se ha extendido y pica en el olfato.

-Hombre de tanto oler la mierda de toda la ciudad, la nariz se termina gastando –Afirma rotundo como un niño pillado en falta.

No le ha gustado el gesto de complicidad, ni mi amago de sonrisa. Ha fruncido el ceño, los ojos casi negros se le han hecho más chicos y me ha soltado de corrida:

-Pues sepa usted, plumilla, que en esta humilde casa entró un día Don Miguel Delibes y me dejó un libro dedicado, con su firma y todo. Las ratas, se llama. Anda Gertru acércaselo.

Junto con el libro, Gertru trae la botella de anís y dos copas, después de mediarlas y escanciar en el vaso de café hasta casi desbordarlo, se sienta en el brazo del butacón de Segis y brindamos los tres por la memoria de Don Miguel.

Es un libro de tapas duras forrado en plástico transparente. En la primera hoja, con grafía menuda y clara, Don Miguel había escrito: “Para el ratero de ciudad que conocí una tarde y me descubrió que la vida de las gentes se prolonga en las alcantarillas. Con profundo afecto”.

-Como le digo, empecé con ocho años, bajábamos con un farol de aceite; buscábamos pulseras, anillos, medallas o cadenas de oro y de plata. Los metales no abundaban. Y eso que, entonces, se lavaba a mano y era más fácil que las alianzas se colaran por el baño o por el fregadero.

Gertru le entrega una pastilla blanca.

-Es para el reúma, sabe usted. Pasó muchos fríos allá abajo. Aquello está siempre húmedo en verano y en invierno. Volvía siempre empapado.

Mientras Segis se toma la pastilla con un trago de café, Gertru se levanta y coge en su regazo una foto enmarcada en madera que ocupa el centro de la mesa de comedor, junto a un florero con magnolias de tela blanca.

-Es nuestro hijo Moisés. Éstos son nuestros nietos, Andrés y Julio. Y ésta es Maika, su mujer. Hacen muy buena pareja, trabajan en La Paz. Ella es enfermera y él celador, por eso los niños estudian medicina. Con un poco de suerte, terminan este año. Son mellizos, ¿Sabe?

-Qué guapos, le digo –Por hacerle la gracia a la abuela.

Son muy estudiosos. Mire qué ojazos azules y qué guapos y qué rubios. Son la viva estampa de su padre. Y tienen su misma estatura. A los abuelos nos sacan cabeza y media, a su lado parecemos enanos de circo.

Advierto que Gertru, mientras vuelve a poner la foto en su lugar, se seca una lágrima con la manga de la chaqueta de lana, se excusa y se pierde por el pasillo.

-¿Dónde estábamos –prosigue Segis- Ah, sí, durante la posguerra andábamos la mitad del tiempo con las tripas vacías, así que he cazado ratas, he comido su carne y la he vendido a carnicerías que la hacían pasar por gato o por liebre.

Se retrepa en el sillón, se queda pensativo, luego se acerca hacia mí y me confidencia.

-Perdone a mi mujer, es que a nuestro hijo, Moisés, le quitaron un riñón hace ocho meses y el otro lo tiene averiado. Está con eso de la diálisis a la espera de un trasplante.

Lo siento –dije-

En cuanto lo supimos, fuimos echando leches al hospital para ofrecerle nuestros riñones. Nos sacaron sangre y nos miraron por dentro con esas máquinas con que ven a los niños dentro de las barrigas de sus madres. Resulta que nos somos compatibles. No se lo hemos dicho todavía. Cómo se le dice a un hijo que los padres no son compatibles, siendo él de la profesión.

Gertru vuelve, ya sosegada, toma asiento sobre el brazo del sillón de Segis y, mientras le acaricia el cuello con la mano, le pide que me cuente las cosas extrañas que ha encontrado en las alcantarillas. Segis adelanta el tronco y va dibujando en el aire con las manos las cosas que se ha ido encontrando.

-De todo, mire usted, pistolas, cuchillos, móviles, serpientes. Antes de que me pregunte por los cocodrilos y caimanes le diré que jamás he visto a esos bichos. Eso sí, allí dentro he visto una familia de gitanos que estuvo viviendo durante unos meses en una galería, al lado del colector de Legazpi, muy cerca del río. Y alguna vez he tropezado con mendigos que pasaban las noches duras de invierno en las alcantarillas.

Da otro sorbo de café y anilla el brazo a la cintura a su mujer. Los dos vuelven los ojos hacia la foto que preside el salón.

-Mire qué color tan sonrosado tiene en la foto –dice Gertru- El domingo estuvieron aquí comiendo todos. El pobre Moisés tiene ahora la piel amarillenta, como de cera. Si fuera posible, le daría los dos riñones y me iría más contenta que unas pascuas al otro mundo. –caigo en la cuenta de que Gertru tiene el oído muy fino y ha escuchado nuestra conversación.

-Mujer, no te apures, ya lo han puesto en lista de espera. Pronto habrá un donante compatible y lo dejarán aviao –dice Segis-

-No Segis, ya decía Don Melchor, el cura de la parroquia, que en paz descanse, que los pecados tarde o temprano se purgan.

Acaricia el pelo a su mujer con una mano y con la otra levanta el vaso de café para que brindemos todos.

-Brindo porque aparezca pronto un riñón para Moisés. Y ahora sigamos que este señor –apunta hacia mí- tiene que llenar su columna dominical. ¿Cómo se titula su columna? Ah, sí, vidas estrafalarias o algo por el estilo, ¿no?

Así es, Vidas estrafalarias –asiento-

-En la etapa de colaboración con la policía hemos sacado de las cloacas manos cortadas y brazos y pies, bolsas de droga, armas, bombas, algún botín de joyería y documentos a medio destruir o chamuscados. Hasta una pintura famosa robada de un museo apareció dentro de un cilindro de aluminio. Estaba bien envuelto en cinta americana de la buena, de color plata. Pero cadáveres enteros no, nunca encontré cadáveres enteros.

-Cómo se enroló en la policía –le pregunto-

-No me enrolé, digamos que me dejaban hacer mi trabajo y yo, a cambio, colaboraba. Sepa usted que hay bandas de traficantes y terroristas que utilizan las alcantarillas como vía de escape y no diré más.

– ¿Le pagaban, le tenían en nómina?

-Digamos que después de perseguirme durante treinta años, se dieron cuenta de que tengo aquí, en el magín –se señala la cabeza con el dedo- todas las galerías y sus laberintos, con sus brazos, recodos y esquinas. Si cierro los ojos las recorro con la imaginación, lo mismo que usted puede recorrer con el dedo el mapa callejero de la ciudad. Y eso tiene un precio.

-Cuéntales lo del banco –le pide Gertru-

-Tal como lo dices, parece que lo hubiera robado yo –se ríe Segis-. Fue unos días después de lo del niño…

Gertru le da un codazo. En un instante, a la mujer se le ha ido toda la sangre de la cara. Él aborta la sonrisa, se muerde la lengua y se queda callado mirándola a los ojos. Sólo cuando advierte el gesto de ella haciendo girar el dedo índice sobre sí mismo, prosigue, aunque le tiembla la voz.

-Como le decía, vi una bolsa negra hundida en el agua estancada, la cogí con mi garfio, siempre llevaba un palo largo con un garfio en el extremo y, en el otro, una red de cuerda trenzada. Cuando la abrí me encontré quinientos billetes nuevecitos de a mil pesetas. Estamos hablando de pesetas del año sesenta y nueve, una fortuna ¿sabe usted?  Estuve una semana sin salir de casa. En la radio no daban noticias de ningún robo.

Gertru se ha apaciguado con el relato del marido, le han vuelto los colores y parece que está embebida en la memoria de aquellos recuerdos.

Con ese dinero –prosigue Segis- nos compramos este piso y los muebles. Meses más tarde se habló de un desfalco en el banco Urquijo de dos millones. Según dijeron, el cajero, antes de abrir la oficina, sacaba cada día de la caja fuerte cinco fajos de cien billetes, los metía en una bolsa de basura negra con varios ladrillos y la tiraba por una arqueta del patio. Por la tarde bajaba a las cloacas y la recogía.

¿Y lo del niño? –pregunto

-Tonterías de Segis, que ya chochea, va para setenta y nueve –intenta el quite Gertru- ¿Quiere otro poquito de anís o un café?

No, gracias. Dice usted que también aparecían niños. Pero ¿vivos? –pregunto-

-Sólo ocurrió una vez –toma la palabra Segis con la mirada clavada en la lámpara, seguramente para evitar los ojos de Gertru. A ella le tiemblan los labios.

– Había un cesto de mimbre varado en una isleta de basura que se acumula en un recodo del colector de Lagasca. Era verano, el agua no levantaba ni una cuarta. Dentro estaba un niño envuelto con sábanas bordadas, sólo se le veían los ojitos cerrados. Creí que estaba muerto, le toqué los mofletes, los tenía calientes. Subí a la calle por la primera atarjea, no me entretuve ni en cerrarla y, con el cestito bien apretado entre el brazo y las costillas, no paré de correr hasta casa. Gertru me mandó a la farmacia a por un bote de Pelargón.

-Fue hace cuarenta y siete años –prosigue Gertru-. Por la tarde, una vez limpio y comido, lo entregamos en un convento de las Hermanitas de la Caridad o de los pobres, ya no me acuerdo. Ellas sabrían qué hacer con él.

¿Y no le preguntaron de dónde procedía o dónde lo habían encontrado?

-A finales de los sesenta las monjitas no preguntaban nada –concluye Gertru para dar por zanjada la conversación.

¿Dónde estaba el convento? –pregunto.

Se miran ambos. Él se hunde en el sillón y carraspea. Ella se estira el vuelo de la chaquetilla de lana gris,

-Por Chamberí, creo –contesta en un titubeo

¿En qué calle?

-¿Tú te acuerdas Segis?

-Qué va. Ya sabes que tengo la memoria con más agujeros que el subsuelo de Madrid –contesta Segis.

Pues, dígame, al menos qué hábito llevaban las monjas? –le pido a Gertru

-Huy, es que nosotros –se acaricia nerviosa las manos- nunca hemos sido mucho de curas y monjas. No sé muy bien. Supongo que negro o, quizá, pardo. No nos acordamos. Perdónenos, hace tanto tiempo.

Gertru Se cruza de brazos, está a punto de las lágrimas. Segis permanece callado, inmóvil, metamorfoseado en el sillón.

Cerré la libreta, me levanté y le acaricié la cara con las dos manos

-Ahora sí me tomaría un café -le dije.

Volví a sentarme. Me tomé un café. Gertru me ofreció otra copa–pero de brandy, esta vez, por favor- Y me siguieron contando historias de cloacas por más de hora y media.

En el quicio de la puerta, a la despedida, les dije que, según mis pocos conocimientos de medicina, la sangre de los padres no tenía por qué ser compatible con la de los hijos. Gertru me plantó dos besos, Segis apoyó la muleta en la pared y me apretó tan fuerte la mano que me hizo daño en los nudillos.

J. Carlos