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La hoguera del sol y Pulgarcito

  

                                           La hoguera del sol

Papá, la abuela me dijo que mamá está en el cielo para encender cada día la hoguera del sol. Yo quiero que baje ya. Va siendo hora de que suba otra madre a encender el sol.

                                                     Pulgarcito

De niño había en casa un gato menudo, se llamaba Pulgarcito. Tenía el pelo tapizado de manchas de color caramelo como si su madre al nacer hubiese pisado sobre un charco de miel y le hubiese impreso en todo el cuerpo las almohadillas de sus patas. Cuenta mamá que por las noches dormía en mi cuna para darme calor y, cuando me destetó, se empeñaba en traerme pájaros recién cazados y maullaba de forma lastimera porque no me los comía. Mi hermana, que me saca siete años, afirma que aprendí a gatear con un ovillo de lana que me disputaba con el gato. Como la memoria no me alcanza no puedo dar fe de ello, tal vez exageraran un poco. Desde que tengo recuerdos puedo aseverar que venía a mi cama a despertarme con su ronroneo, cabeceaba contra mi cara y amasaba mi pecho con las dos patitas delanteras hasta que me desperezaba. Después desayunábamos juntos, nunca le faltó un cuenquito de leche que bebía a lametazos, con tan poca maña que se salpicaba el hocico y parecía que le había salido, de repente, una barba cana. Por las mañanas me acompañaba de camino a la escuela en paralelo a mis pasos. Si salía algún perro a ladrarnos le hacía frente, no importaba el tamaño ni la raza. Al primer ladrido se le dilataban las pupilas convirtiendo sus ojos verdes en dos tizones negros, de seguido pegaba un bufido con el rabo enhiesto, la espalda arqueada y el pelo erizado. Había perros tercos que se acercaban en demasía, entonces el gato iba hacia ellos con una danza de pasos laterales y, de súbito, iniciaba una carrera en círculo que concluía, de un salto con tirabuzón, encaramado en su cruz y clavando las garras en la cabeza del chucho. En una ocasión dejó tuerto a un mastín que tenía muy malas pulgas. Entrábamos los niños en la escuela y Pulgarcito se quedaba fuera esperando, cuando el maestro mandaba cerrar la puerta la arañaba dejando en el barniz la marca de sus garras. El maestro, ya harto, salió un día a apedrearle para espantarlo, a la media hora ya estaba otra vez mayando. Pedí permiso para salir y le pasé la mano por el lomo para tranquilizarle, luego le froté la frente contra su cabeza como él me hacía de pequeño. Entré de nuevo y, desde ese día, nunca más volvió a rasguñar la puerta de la escuela. En el recreo hacía apuestas con mis amigos a que mi gato me defendía mejor que un perro. Para probarlo el primo Luismi hacía como que me agredía y Pulgarcito le bufaba. Debía alejarse deprisa porque en esos lances solía saltar a la cara sin la ceremonia del arqueo y le dejaba las mejillas marcadas. A medida que fui creciendo dejó de seguirme como si presintiera que ya me valía por mí mismo aunque, hasta que nos fuimos del pueblo, nunca dejó de venir a despertarme a la cama ni perdió la costumbre de desayunar conmigo, yo sentado a la mesa con el tazón de Cola Cao con pan migado, él con el cuenquito de leche a mis pies.

Tenía dos talentos naturales. Uno era que olfateaba el estado de ánimo de las personas con una precisión de relojero. Así, todos sabíamos si padre estaba de mal humor porque el gato no le rondaba a menos de dos metros. Esa habilidad me libró de algún que otro pescozón de mi hermana, que gastaba muy mal carácter, de modo que si el gato le guardaba cierta distancia había que permanecer lejos de su radio de acción, por si acaso. El segundo talento era más asombroso y, por ello, más increíble: tenía la capacidad de presentir la muerte. La primera vez no supe verlo. Era una tarde de primavera que había ido con la pandilla a pescar renacuajos a la laguna, no recuerdo si al gato salió de casa conmigo o apareció de pronto. En cuanto pescábamos un renacuajo se lo tirábamos en alto y los cogía al vuelo; Luisito, que era de la piel del diablo, según mamá, le lanzó uno al aire hacía la laguna, el gato saltó y cayó sobre la superficie del agua. Nadó asustado y en dos patadas estuvo en tierra. Como el pelo se le quedó pegado a la piel parecía que le había menguado el cuerpo la mitad. Se sacudió varias veces agitándose todo como los perros, después se marchó a la carrera y nunca más volvió de pesca conmigo. Todavía nos duraban las risas cuando alguien dio aviso de que el señor Dalmacio se había caído de la escalera en el palomar, fuimos hacia su casa y llegamos a tiempo de ver cómo lo bajaban de un carro envuelto en una manta a cuadros negros y blancos como un tablero de ajedrez. Entró medio pueblo detrás del médico, los niños nos quedamos fuera. No sé cómo había llegado el gato hasta allí, tenía el pelo seco y había recuperado su tamaño natural. Estaba encima del poyo de piedra del portal mirando hacia dentro, sentado sobre las patas traseras y quieto como una figura de barro. Al rato se oyó el llanto de las mujeres y vimos salir al médico, cabizbajo, con su maletín de cuero. La segunda vez ya era verano, debió ser a la hora de la siesta porque escuché al gato en el desván y me escapé de la cama. Subí las escaleras descalzo, sin hacer ruido, y lo vi plantando sobre el bardal de adobe que separaba los granos. Permanecía alerta con las orejas gachas, el cuerpo muelle como los atletas antes de empezar la carrera y los ojos fijos en el ventanuco abierto al sol del oeste. No habrían transcurrido más allá de diez minutos cuando un pájaro atravesó el marco de luz con el ánimo de picotear la parva de trigo. Antes de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad del aposento el gato había dado un salto en el aire y lo tenía atrapado entre sus fauces. Al rato se escucharon unos gritos desgarrados de mamá que hicieron enmudecer los grillos, bajé los peldaños de dos en dos y me tropecé con mi hermana que corría a buscar al médico. En la alcoba estaba mamá poniendo una toalla húmeda en la frente de padre y dándole friegas de alcohol en el pecho. Acerqué mi cara, ¿qué le pasa padre? No contestó. De soslayo vi que el gato estaba ya sentado sobre las patas traseras, inmóvil, encima del poyete de la ventana. Entraron unas vecinas y, al poco, llegó el doctor. Encendió una linterna chiquita para mirarle los ojos y lo auscultó. Se volvió a mamá y movió la cabeza a ambos lados. El gato seguía allí, impertérrito, con las pupilas dilatadas como dos tizones negros. Entonces reparé que estaba en calzoncillos, me dio tanta vergüenza que me tapé con ambas manos, corrí a mi habitación y ya no paré de llorar. A padre le duró la vida quince días más, pero el derrame le dejó trastornado, estaba convencido de que estaba muerto y se quejaba amargamente de que no lo queríamos enterrar.

          J. Carlos

Patrones y Vidario

                                                   

                                                       Patrones

Desde que me instalé en el móvil una aplicación para pasear, programo mis itinerarios y camino dibujando un patrón. Quiere decirse que al final del recorrido queda grabado en el mapa electrónico el perfil de un monigote, un perro, un niño. Querrás creer que me ha generado adicción. He de reconocer que, al principio, me salían parecidos estrafalarios porque sólo hacía rutas urbanas y las calles con su trazado lineal me impedían darle a los bosquejos la profundidad de la curva. Lo más complicado era que todo el diseño había de hacerse sin levantar los pies del suelo que es como dibujar sin levantar el lápiz del papel. Pronto aprendí que caminar por bosques y montañas se amoldaba mejor a mis propósitos y que podía levantar los pies del suelo, bastaba con silenciar el programa hasta saltar al punto preciso para volver a activarlo. Modestia aparte, tengo que reconocer que me hice un experto, baste con decirte que recorriendo el valle de Valsaín bosquejé todo un Guernica. Quedó bastante bien y lo subí a las redes. A los amigos les pareció una extravagancia y lo premiaron con algunos likes, los sabidillos pensaron que era un fotomontaje y los sabihondos estaban convencidos de que fue el resultado de un apaño informático.

Lo que no me esperaba es que por esta vía iba a encontrar a tantas personas que viven enganchadas a la búsqueda de patrones. Me contactaron aficionados, estudiosos de la Cábala, especialistas en tecnología de fractales e, incluso, un atleta me imitó y dibujó, a la carrera y en cuatro horas, un gran Cristo de Dalí sobre el mapa de la Pedriza. Así que propuse al director del periódico donde trabajo hacer un reportaje sobre personas adictas a la búsqueda de patrones. Aquel reportaje salió un domingo con más pena que gloria porque, según me explicó un reportero veterano, como los protagonistas no quisieron dar su nombre real, los lectores creyeron que aquella pieza era una invención. Salía Felipe que vive en una residencia de ancianos y, cuando le da un sofoco y empiezan las arritmias, escucha con atención los latidos de su corazón porque dice que le habla en código Morse. También piensa que su próstata, cuando la micción es intermitente, le comunica su estado en función de la duración de los chorritos. Según me contó, un día de mayo observó claramente tres puntos, tres rayas y tres puntos. Acudió al médico y le diagnosticó a tiempo el cáncer. Daniel, otro de mis reportados, es un reputado filólogo especializado en la obra de Cervantes. Fue el más remiso a confiarme sus datos personales porque es muy conocido en el mundillo académico. Me citó en su despacho y allí me mostró, de forma clandestina como si estuviera cometiendo un delito, el fruto de su adicción a la búsqueda de patrones en las palabras. La pantalla del ordenador mostraba las páginas del Quijote como una cadena de letras juntas en la que se habían eliminado los espacios entre vocablos. Me pidió que introdujera tres palabras. Tecleé: España, peste y muertos. Inmediatamente dio el resultado y todas ellas se hallaban escritas a una distancia menor de dos páginas. ¿Quieres añadir más voces?, me preguntó. Claro, contesté: decenas y miles. Comprobamos que seguían agrupadas, junto a las anteriores, a la distancia de cuatro páginas. Para mostrar el rigor del algoritmo pulsó una tecla y volvieron los espacios entre palabras. Allí seguían enmarcadas en un círculo rojo las sílabas que unidas formaban los términos tecleados. Me animó a probar lo mismo con las Novelas ejemplares. Desistí. Leopoldo es físico cuántico y un buscador infatigable de patrones numéricos, fue quien ocupó la mayor parte del reportaje. Me resultó una persona fascinante. Está convencido de que cualquier elemento, desde el átomo hasta el universo entero, tiene una estructura fractal que siguiendo un patrón geométrico se autorreplica indefinidamente como los pétalos de la flor de la dalia. Me enseño la belleza fractal de un copo de nieve visto a través de la lente de un microscopio, el grumo blanco y viscoso se convertía en el rosetón de una catedral o en una de esas estrellas luminosas de Navidad con que adornan sus fachadas los grandes almacenes. Descubrí que una pluma de ave en realidad son miles de plumitas diminutas dispuestas en rama y que los cuernos de cabra al microscopio parecen mándalas en espiral.

Aquel mundo tan desconocido para mí se convirtió en una obsesión. Buscaba patrones en las nubes, en las escamas de los peces, en las corbatas de los hombres con quienes me cruzaba y hasta en los botones de las blusas de las mujeres; esto último me causó un vergonzoso incidente viajando en el Metro. Por consejo de la familia busqué ayuda médica. El doctor me prescribió un ansiolítico y llenar los días con rutinas cotidianas. Como me gusta la escritura consideró una buena receta que ocupara el tiempo libre en escribir una novela. A ello dediqué mis tardes y parte de mis noches durante nueve meses. Y le estoy agradecido porque, aunque con leves recaídas, creo que puedo presumir de haberme cuasi liberado de la dependencia de los patrones. Se trata de una novela negra con un asesino en serie de manual. La inspectora protagonista lo atrapa antes de que termine de bosquejar una calavera, sobre un mapa del barrio de Carabanchel, uniendo los puntos en los que va ejecutando sus crímenes. La clave se desentraña cuando la inspectora descubre que el asesino está haciendo un dibujo en relieve  de forma que, las cuencas de los ojos corresponden a dos asesinatos llevados a cabo en el suburbano, el de la punta de la nariz se perpetra en un segundo piso, mientras que los del mentón y la frente corresponden a muertos encontrados a ras de calle. Envié el libro a varias editoriales. Ninguna contestó. Hube de pagarme una autoedición. Los cien primeros ejemplares los coloqué sableando a mi familia y amigos. Con el resto me fui al Retiro y fui dejando un libro cada veinte metros. Dibujé su título sobre el mapa del parque con letra cursiva y en un solo trazo: Patrón. Miento, para poner la tilde silencié la aplicación, me coloqué veinte metros por encima de la letra o y allí la activé. No la he subido a la red porque mi familia piensa que estoy totalmente curado.

                                                           Vidario

Aquel diario con tapas de polipiel azul se lo habían regalado los padres por su primera comunión hacia cincuenta años. Al abrirlo observó que estaba oxidado por el tiempo y amarilleaban sus hojas. Permanecía huérfano de palabras porque había dejado transcurrir los días, los meses y los años acuciado por un futuro que nunca se despejó, y porque el pasado había resultado tan áspero que era preferible olvidarlo. Hoy iba a estrenarlo por fin, sabía lo que quería expresar pero le faltaba un buen comienzo, una primera frase que, como en las buenas novelas, atrapara la esencia de las páginas que quería dejar escritas. Encontró la solución cuando cayó en la cuenta de que los diarios se encabezan con la fecha y se anotan al terminar el día. Así que ya tenía el encabezamiento: 1963-2020 y la primera frase: “Querido vidario”. Debajo escribió, con letra redondilla muy apretada, tres páginas enteras cargadas de razones. Dejó abierto el cuaderno con el bolígrafo al bies y se puso de pie sobre la silla, pero antes de ajustarse el dogal al cuello le entró la duda, se apeó y añadió una coma en la segunda página. Siempre fue muy puntilloso.

      J. Carlos

Tatuaje y Escalera de humo

                                                             Tatuaje

Teresa dirige un hospital en el Estado de Borno, en Nigeria. No sé cómo consigue ir siempre impecable en medio de toda esta miseria con su toca y hábitos blancos como recién planchados. La primera vez que operamos juntos observé, cuando se quitó el anillo para lavarse las manos, que tenía tatuada una cifra en el dedo anular. Una monja tatuada era muy sorprendente, aún así, aguanté mi curiosidad durante treinta días. Fue la noche de mi despedida, después de trasegar unas cervezas y de bailar al ritmo de los bongos, que me atreví a preguntarle sobre el tatuaje. Dudó un poco, pero acostumbrada al regateo me miró con sus grandes ojos negros y ofertó: quédate un mes más hasta que manden a otro médico y te lo cuento. He gastado aquí mis vacaciones, alegué, no puedo también perder mi trabajo pero puedo llamar a Madrid y decir que me retraso una semana, ¿qué te parece? Terminó aceptando a regañadientes. Eso sí, tuve que cumplir primero la semana de trabajo. La última noche, la de la despedida definitiva, me lo contó: Era un día de abril, ventoso, el cielo tenía jirones de nubes, estaba sentada leyendo en un banco del parque y me asusté cuando apareció Mario sin resuello, muy nervioso, señalaba con la mano el firmamento. Mira, mira, decía, hay escrita una palabra en la nubes; bueno, está un poco torcida. Ves la a y la eme y la o, aquel rabo de nube ya casi no parece una erre porque se ha diluido, pero hace un momento era una erre perfecta. Es verdad dije, qué curioso, pone amor. Mario no dijo más. Nos quedamos quietos de pie, mirando como el viento borraba las letras. Al poco destinaron a mi padre a Bruselas y aunque mantuvimos correspondencia durante un tiempo nunca volvimos a vernos. En ese punto Teresa se quedó muda con la misma sonrisa dulce con que atiende a sus pacientes. ¿Qué tiene que ver una palabra escrita en una nube con el tatuaje?, pregunté. Verás, prosiguió, yo estudié medicina y me metí monja. Él es ingeniero informático en Barcelona, se casó y creo que tiene dos hijos. Hace un tiempo recibí una carta suya en la que me contaba que se pasó diez años hablando con físicos, matemáticos y meteorólogos para crear un algoritmo informático que calculara el tiempo que tenía que transcurrir para que se diera otra vez el fenómeno que vimos juntos. El resultado fue de dos millones doscientos sesenta y cuatro mil treinta y dos años. En ese punto, Teresa se quitó el anillo y giró la mano en alto con los dedos separados para que leyera la cifra tatuada en su dedo anular. Volvió a su mutismo y su sonrisa beatífica, hube de sacarla de nuevo de su ensimismamiento. ¿Y eso es todo? No, no es todo, en la carta Mario contaba que después añadió al algoritmo dos nuevas condiciones: que el fenómeno se diera durante el día y que estuvieran mirando al cielo en ese momento dos personas que se amaban. El ordenador concluyó, al parecer, que se podría dar una vez en toda la edad del universo. Entonces, prosiguió la monja, compré un anillo, no es cuestión de que en el convento o en el obispado vean el tatuaje,  y sobre la marca que dejaba en la piel me hice tatuar esa cifra porque cuando sea viejita y no la tenga en mi  memoria quiero tenerla a la vista. ¿Y no había un remite?, pregunté. Claro, respondió. Después de leer la carta la volví a meter en el sobre y, a la puesta de sol, fui hasta el río, me acuclillé en su orilla y lo rasgué en cuatro trocitos que sostuve sobre el cuenco de mis manos. Luego los sople sobre la superficie del agua y permanecí en esa posición mirando cómo navegaban hasta que las sombras diluyeron los pedacitos blancos, al igual que el viento había diluido aquellas cuatro letras escritas en las nubes un día de abril de hace veintidós años.

                                                  Escalera de humo

En casa no nos dejan fumar nuestras respectivas parejas. Somos vecinos y después de cenar salimos al zaguán de la escalera y abrimos el ventanuco. Bueno, yo no fumo, dejé de fumar hace más de un año. Ella tampoco. Por si acaso, siempre encendemos un cigarro que dejamos consumir entre los dedos.

        J. Carlos

Policía de balcón y Víctima y verdugo

                                           

                                                  Policía de balcón

El confinamiento por la pandemia ha descubierto en algunos la vocación de policía. Un vecino ha puesto en la terraza de su casa una cámara para vigilar el movimiento entre los seis edificios que enmarcan una corrala ajardinada que se abre a cuatro calles por sus esquinas. Lo sube a Youtube cada día para que queden en evidencia quienes pasean al perro cuatro veces al día, los que van a la compra por la mañana y por la tarde o, aquellos que necesitan ir a la farmacia con excesiva asiduidad. A veces aparece en pantalla algún encapuchado que hace una peineta y, de noche, cuando se diluyen las imágenes a la luz anaranjada de las farolas, hay uno que se baja los pantalones y enseña las medias lunas de sus nalgas. Los sábados, de anochecida, bajan dos viejecitos, cada uno de un portal distinto, para encontrarse debajo del magnolio. Él se quita el sombrero de fieltro y cuelga el bastón con empuñadora de plata del brazo izquierdo mientras ella se baja la mascarilla hasta el cuello de encaje blanco. Él, muy tieso en su traje Príncipe de Gales al que le sobran dos tallas, la besa en la frente. Ella, con un vestido estampado, le corresponde en el pómulo. Hablan por diez minutos como dos colegiales. Antes de despedirse se cogen las manos, después se enguantan, repiten los besos y se enmascaran. Ella se cuelga de su brazo y caminan muy erguidos hasta el portal. Allí se despiden. El viejecito queda expectante mientras ella abre la puerta con llave, le ayuda a empujarla y espera a que entre. Todavía permanece mirando, a través del cristal, unos instantes. Cuando se apaga la luz del portal se pone el sombrero, toma el bastón que todavía descansa en su brazo y se va a pasitos cortos, renqueantes, como si sus piernas se hubieran entumecido de repente.

                                               Víctima y verdugo

Supe que el tío Pedro, ya anciano, volvió a España. Le había ido bien. Se instaló en una residencia geriátrica muy cara. Conseguí trabajo de cuidadora y que me asignaran su planta. Me presenté, le hablé de la habitación de mi niñez que tenía las paredes decoradas de papel granate con fuentes, árboles y ninfas, de la cunita donde dormía la muñeca Luci y de mi cama con dosel de madera del que colgaba un velo de tul blanco como de novia. No me reconoció o no quiso reconocerme. Sólo cuando le mostré una foto sentada en las piernas de mamá mientras me hacía las trenzas se le espantaron los ojos y su cuerpo se derrumbó sobre sí mismo empequeñeciéndolo, pero enseguida crispó las manos sobre el reposabrazos, hinchó el pecho y apretó los labios para evitar que saliera un reconocimiento o un perdón de su boca. Diariamente lo duché, cambié y ordené sus medicamentos en el pastillero. A la tarde empujaba su silla de ruedas por el jardín. Fue palideciendo día a día, se negaba a tomar las pastillas y apenas probaba bocado, hasta el agua le olía a almendras amargas. No hice nada especial, me limité a colgar en la corchera de su habitación una hoja con veintidós días, los mismos que, según mi madre, permaneció el tío Pedro en nuestra casa aquel verano en que yo cumplí los siete años. Después de acostarle tachaba el día con un rotulador rojo y le contaba al oído, muy despacio, los días que le quedaban de vida. Dos días antes de agotarse el calendario lo hospitalizaron con el diagnóstico de anemia severa. Renuncié a mi trabajo en la residencia y me fui de la ciudad. Ignoro su suerte. De sobra sé que el cáncer del odio es inmune al paliativo de la venganza y, que los amargos recuerdos de aquel verano de mi niñez sólo morirán cuando el Alzheimer prematuro que me han diagnosticado progrese adecuadamente.

        J. Carlos

Tiempo inverso

Mientras cenábamos me fijé en el calendario de pared de la cocina donde mi mujer había puesto una equis sobre cada uno de los quince días que faltaban del mes. Había tachado el futuro en vez del pasado. Laura tiene algunas rarezas como leer las novelas empezando por el último capítulo, dice que debe conocer el final de la historia para sacarle todo el jugo al pasado, así que no pregunté. El próximo cumpleaños le regalaré Crónica de una muerte anunciada para que pueda empezar a leer por el principio porque desde el título ya se conoce el final. Después estuvimos viendo el informativo en el que dieron cuenta de un atraco a una sucursal de un banco con el resultado de un muerto. Por las imágenes parecía que el suceso había tenido lugar justo debajo de la oficina donde trabajo. Resultaba extraño que no me hubiera enterado y que los compañeros no hubieran hecho alusión al asunto. También vimos el programa de humor donde se humillaba a los concursantes y que tanto le gusta a los niños. Luego tocó hacer los deberes con ellos. Siempre soy el primero en salir de casa, más tarde Laura lleva a los gemelos al cole y ella se va a pasar consulta al Centro de Salud. Caminé hasta la esquina donde tenía aparcado el coche extrañado de que mi sombra y la de los edificios se alargara hacia el este. Arranqué y salí. Enseguida hube de frenar porque un vehículo venía marcha atrás pitando y su conductor hacía aspavientos con el brazo fuera de la ventanilla. Engrané la marcha atrás para que no me arrollara y conduje hasta el cruce para tomar la calle principal. Allí descubrí con estupor que todo el parque automovilístico conducía hacia atrás. Me amoldé a las circunstancias y descubrí que tenía mucha pericia, incluso frenaba en los pasos de peatones sin ver la luz de los semáforos porque estaban dispuestos en contra del sentido de la marcha. En la oficina, el trabajo fue tedioso porque tuve que cuadrar todos los presupuestos regionales con los objetivos de la compañía. Durante la comida los compañeros no hacían más que hablar del dichoso atraco, lo habían visto asomados a las ventanas. Una cosa estaba clara, había habido disparos, en lo que discrepaban era en si había heridos o muertos y si las víctimas eran atracadores o clientes. Fue raro también que el camarero empezara sirviéndonos el postre. La presentación ante el Comité de dirección duró cuatro horas, creo que salió bastante bien porque el jefe me palmeó la espalda. En un receso, los ordenanzas que servían el café comentaron que había varios furgones de policía abajo en la calle, frente a la sucursal bancaria. La pantalla sobre la que proyectaba mi presentación en la Sala del Consejo tapaba el reloj digital embutido en la madera que forraba la pared, cuando terminé mi exposición alguien accionó el interruptor para enrollar la pantalla. Quedaron a la vista sus dígitos de un verde fosforescente que marcaban las nueve horas a.m., los números del segundero iban disminuyendo como la cuenta atrás para enviar un artefacto al espacio. Al ver mi cara de asombro el Regional de Canarias me tocó el brazo para darme ánimos, debió pensar que eran los nervios por la presentación. Salí de la oficina cuando apenas quedaba una rodaja de sol y, otra vez tuve la sensación de que el mundo giraba al contrario, en vez de desaparecer por la sierra de Gredos se estaba poniendo detrás del barrio de Moratalaz y mi sombra alargada se perdía por el oeste. Entré en casa con la sensación de que tenía la cabeza mucho más despejada que cuando salí como si el trabajo me hubiese vigorizado en vez de cansarme. Desayunamos con los niños que estaban somnolientos, sólo despertaron cuando empezaron a lanzarse los cereales a la cabeza. Los metimos en la cama. El orden habitual es que, mientras me afeito Laura se mete en la ducha y antes de que ella salga entro para frotarnos las espaldas mutuamente. Cuando me metí entre las sábanas apagué la luz y la radio, nos dimos un beso y nos dormimos. Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que el tiempo discurría para atrás y mis hijos vivían sólo cinco años y cuando morían los enterrábamos juntos en el vientre de Laura. Después, volvía a enamorarme.

       J. Carlos

Jueves Santo de 2020, día 26 del confinamiento

Vivo en el número catorce de una calle perpendicular al Retiro. La terraza del ático donde leo todas las mañanas es como una estufa de invernadero, un cubo acristalado donde cultivo plantas y libros. Fui de los primeros en darme cuenta porque la luz cenicienta que caía sobre la página que estaba leyendo empezó a oscurecerse con grumos de sombra que discurrían por sus párrafos. Alcé la vista, tras el vidrio del ventanal se sucedían hilachas de humo negro que pronto se transformaron en una columna densa que ascendía con demasiada prisa hacia el cielo. Señal de que el viento que la arrastraba estaba muy caliente. Abrí la cristalera que se pliega como un acordeón para observar de dónde partía y, aunque cerré enseguida porque el aire arrastraba el humo hacia dentro, me dio tiempo de situar la fuente en el segundo piso, tal vez el tercero. El olor acre del humo, a plástico y barniz quemados, inundó enseguida la estancia y me puso en guardia como un animal en peligro. De niño prendí con una cerilla un bote de plástico, lo cogí entre las manos mientras ardía y me cayó una gota líquida en el muslo derecho, todavía se nota la marca. Desde entonces la combinación de fuego, humo y plástico me produce angustia.  Metí el libro y las gafas en un bolsillo de la bata azul y salí en pantuflas precipitadamente. Mientras aporreaba con el puño la puerta de los vecinos de  enfrente saqué el pañuelo para cubrirme nariz y boca. Abrió Celia, una chiquilla de ojos negros muy grandes y cara redonda, hija de la concertista de piano. Avisa a tu madre que hay fuego en el edificio y salid pitando a la calle, le conminé. Atravesé el pasillo y llamé también a los dos vecinos del rellano del otro lado de la escalera. Las hermanas Ginés pretendían utilizar el ascensor, las disuadí. Comencé la bajada de los escalones. La luz de las lámparas led se disipaba con el humo negro, fui tanteando agarrado al pasamanos. Por el hueco de la escalera se oían los gritos de Juan Carlos, el portero, mientras golpeaba con la palma de la mano las puertas de los pisos inferiores: fuego, fuego, abandonen el edificio. En el quinto una familia ya salía de casa, les pedí que advirtieran a su vecino y me fui al otro rellano para aporrear la otras dos puertas. La escalera ya se estaba llenando de gente, había una algarabía de pasos desbocados, suspiros, ayes y palabras quedas. En el descansillo del cuarto estaba el juez, que  es  el presidente de la Comunidad, con su mascarilla y sus guantes ordenando el tráfico. Preguntó si ya estaban avisados los dos pisos superiores, le contesté que sí. Fue entonces que caí en la cuenta de que había olvidado los guantes y la mascarilla. Me dispuse a subir de nuevo pero el juez se interpuso para impedírmelo, metió la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y me dio una mascarilla quirúrgica y un puñado de guantes azules de látex. A la altura del tercero había atasco porque los mayores bajaban muy despacio y algunos necesitaban ayuda. El invalido del tercero A, sentado en su silla de ruedas, apretaba desesperadamente el botón del ascensor, Juan Carlos trataba de disuadirlo y pretendía cargar con él a hombros, su señora lloraba y no se despegaba de él. Los dos hijos varones de los Sarasola, lo elevaron en vilo, metieron la cabeza bajo sus axilas y lo llevaron arrastrando los pies inanes por los peldaños. Cogí la silla, la plegué y cargué con ella hasta el siguiente recodo, me lloraban los ojos y empezaba a tener dificultades para respirar. Menos mal que bajaba Rodrigo, el dueño de la cafetería ubicada en la misma calle, dos manzanas abajo, y me la quitó de las manos. El humo salía de la puerta del 2º D. El portero estaba apoyado en la esquina de la pared contando a los que bajaban para cerciorarse de que ningún vecino quedaba rezagado. Le dio un ataque de tos, tuve que cogerle del brazo y tirar de él. Se quitó la mascarilla, estaba lívido. Me ahogo, decía con la voz tenue, no me entra el aire. Nos habíamos quedado los últimos, la escalera estaba franca, además, habían abierto las dos hojas de la puerta enrejada del portal para hacer corriente y el aire estaba menos turbio. Bajábamos casi a oscuras espantando el humo a manotazos, cargué su brazo izquierdo sobre mis hombros. Ya en el último tramo, dejando a la izquierda el chiscón de la portería, se desasió, echó mano en pared y vomitó sobre los últimos peldaños de la escalera. Desde allí se oían las explicaciones que el propietario del piso siniestrado le daba al juez: estaba hablando con mi hija la de Melburne y me olvidé que tenía la sartén con aceite en la Vitro, cuando vi las llamas que ya alcanzaban al extractor sólo me dio tiempo a retirar la  sartén, cerrar bien las puertas de la cocina para confinar al fuego y avisar al vecindario. El juez impaciente metió la cabeza tras el quicio de la puerta y nos llamó. Contesté: estamos aquí, ya vamos. Echó a correr hacia nosotros y sacamos a Juan Carlos uncido a nuestros hombros, casi a rastras. Tenía la cara blanca cuando lo dejamos sentado en la acera con la espalda reclinada en la pared y la cabeza gacha. Me impresionó el silencio a mi alrededor. Sólo se oían las persianas levantándose y el girar de los goznes oxidados de las ventanas por donde la gente asomaba la cabeza, también salían a los balcones. La mayoría levantaban el brazo para señalar el humo y se llevaban la otra mano  a la boca, en un gesto de horror, con los ojos puestos en la columna negra que crecía y disminuía a ráfagas. Las dos aceras y la calzada sin tráfico estaban ocupadas, a lo largo, por los setenta y tantos vecinos del inmueble, la mayoría llevábamos las mascarillas ennegrecidas. Unos calzaban un chándal, otros habían bajado en bata y pijama, como yo, alguno llevaba puesto el albornoz. Estaban situados a una distancia prudencial de unos dos metros, como exigían las medidas adoptadas por el gobierno para evitar contagios por el coronavirus. Resultaba curioso que los miembros de las mismas familias también respetaran entre ellos esa distancia de seguridad. Virgilio, el médico del 1º  D, permanecía aislado en medio de la calzada a más de una decena de metros del más próximo. Él mismo repetía con un hilillo de voz: no os acerquéis tengo el corona. Estaba en pijama temblando de fiebre. Desde una ventana del segundo piso del edificio de enfrente alguien le tiró una manta. Se negó a ponérsela, ni la tocó siquiera para no contagiarla. Don Servando, el párroco de la iglesia que acababa de llegar y venía sofocado de la carrera, cogió la manta y, desde atrás lo envolvió con ella, el médico intentó zafarse pero don Servando cerró los brazos sobre sus hombros y se lo impidió. Empezaba a llover débilmente. El juez hablaba por el móvil pidiendo una ambulancia. De las ventanas y balcones tiraban botellas de agua para que nos laváramos la tizne del hollín en la cara, también se lanzaban mantas y chubasqueros, los más ingeniosos ataban paraguas a una cuerda y los hacían descender hasta nuestras manos. Un poquito antes de que se empezara a oír de lejos el ulular de las sirenas, se escucharon los maullidos asustados de un gato. Don Virgilio cayó en la cuenta de que con la fiebre se había olvidado de su mascota. A pasitos cortos echó a andar hacia el portal mientras sacaba las llaves del bolsillo del pijama. El juez y el cura se pusieron delante para impedírselo. El portero, todavía pálido, se despegó de la pared y se ofreció para rescatar al animal. Tampoco le dejaron. Resulta suicida, sentenció el juez. De improviso apareció Celia, la hija de mi convecina, rompió la distancia de seguridad y le arrebató las llaves de la mano a Don Virgilio. Era la tercera vez que la veía en los últimos siete minutos pero hasta ese momento no había caído en la cuenta de que vestía una camiseta negra de tirantes que mostraba sus brazos y sus muslos plagados de tatuajes. A la carrera atravesó la barrera de humo del portal y se internó en la oscuridad. Ni el cura ni el juez ni el portero tuvieron tiempo de reaccionar. Su madre, que había adivinado sus intenciones, también corrió detrás de ella, incluso, consiguió asirla del brazo y retenerla un instante pero Celia logró desembarazarse. A la concertista la inmovilizó el portero a dos pasos de la entrada del portal. Se quedó mirando la bocana negra de humo a través de las lágrimas, después, hincó las rodillas, se echó las manos a la cabeza en un gesto de rabia y gritó: Celia, Celia, Celia… hasta enronquecer.  Me fijé en sus manos de dedos largos enredándose en el pelo y sus uñas pintadas de color marfil como las teclas de un piano. Le puse la mano en el hombro para que retrocediera porque se estaba atufando con la humareda que salía del zaguán. Entretanto, Don Virgilio, el médico, sentado sobre un coche aparcado, hipaba lastimeramente tras la mascarilla. El juez, para tranquilizarle, le explicó que según el propietario del piso incendiado los muebles de la cocina eran ignífugos. Celia es joven, continúo, el humo no va a poder con ella y los bomberos ya llegan, ¿no oyes las sirenas? Después de conseguir que la madre de Celia se retirase unos metros, hasta la calzada, volví la cabeza a la calle. El silencio pesaba más que el sonido estridente de las sirenas acercándose. Todo el mundo desde sus balcones y ventanas estaba expectante, con los ojos fijos en el vano del portal y la respiración quieta. Al fin apareció Celia con la cara ennegrecida y la melena negra cayendo de un lado, del otro tenía el pelo rapado al cero varios dedos por encima de la oreja. Alzó en el aire, como si fuera un trofeo, al siamés de color ceniza y ojos azules. Sonaron tantos aplausos y tan fuertes, a lo largo y a lo alto de la calle, que sofocaron el rugido estridente de las sirenas del coche de policía y del camión de bomberos que se veían ya doblando desde Menéndez Pelayo. Juan Carlos le tendió una botella de agua para que se quitaran el tizne y el juez, que tenía en los bolsos un surtido farmacéutico, sacó un bote de gel hidroalcohólico con el que se lavó las manos antes de abrazar a su madre. Mientras los bomberos hacían su trabajo vino una ambulancia con sanitarios que, embutidos en trajes especiales de protección, se llevaron a don Virgilio. Al gato se lo llevó el cura.

Cuando se fueron los bomberos también resonaron los aplausos. El fuego, afortunadamente, no había salido de la cocina que quedó reducida a escombros. Antes de subir a nuestras respectivas casas a cambiarnos y abrir puertas y ventanas para ventilar, el juez, como presidente de la comunidad, pidió voluntarios para ayudar a Juan Carlos en la limpieza de toda la escalera ennegrecida e inundada. Me sumé. A Celia y a mí nos asignó los cuatro tramos de escalera del sexto al cuarto pisos. Metidos en faena y, después de unos cuantos comentarios banales sobre la pandemia y el incendio, las desgracias que nunca vienen solas y la fatalidad de los años bisiestos, me atreví a preguntarle por qué había hecho aquella locura de rescatar un gato que, como se vio, habría sobrevivido igual. No me gustan los gatos soy alérgica, respondió, pero don Virgilio no se merece esto. ¿Qué es lo que no se merece?, pregunté. Me miró como quien mira a un extraterrestre y de un respiro me soltó: Usted lleva sólo unos meses viviendo en el edificio y todavía no conoce a la gentuza que hay aquí. Parecen majos en la calle aplaudiéndome por rescatar a la gata. También aplauden todos los días a las ocho de la noche a los sanitarios. No se engañe. Don Virgilio, continuó, es internista en el hospital de La Paz. Hasta hace unos días volvía a casa sólo a dormir y no todas las noches. ¿Sabe que le colgaron en la puerta un anónimo exigiéndole que se fuera hasta que pasara la pandemia? ¿Sabe que en cuanto causó baja por el virus hubo vecinos que llamaron al juez para convocar una Junta y echarle de su casa? Hasta Juan Carlos ha recibido amenazas de despido si le sigue haciendo la compra. Pregúntele, ande, pregúntele.

El domingo de Resurrección don Servando retransmitió la misa desde la iglesia de la parroquia en Streaming, vestía una casulla verde esperanza y espigas bordadas con hilo de oro. Oficiaba solo, sin fieles, a excepción, supongo, que de Celia. Mientras fregábamos las escaleras me había contado que operaría la cámara y, desde su portátil, enviaría la ceremonia a través de las ondas para que pudieran seguirla desde sus casas todos los parroquianos. En el sermón, muy emotivo, apeló a la esperanza de que este confinamiento nos hiciera más humanos y abogó por la resurrección de nuestros corazones. El siamés de don Virgilio anduvo remoloneando a los pies del sacerdote, luego se cansó, saltó a uno de los sitiales y se ovilló en su asiento de terciopelo rojo. Un rayo de sol filtrado por la vidriera iluminaba la ceniza de su pelo con una mezcla de amarillos y granas, por momentos parecía una lumbre en ascuas.

         J. Carlos

Sonámbulo

Le pregunté a mi psicoanalista por el significado de un sueño recurrente, que por cierto, le dije, es el único del que me acuerdo al despertar. Relátemelo, me pidió. Sueño que me levanto de la cama por la noche voy hasta la cocina y me sirvo un whisky, me acompaña una mujer joven de la que nunca recuerdo las facciones. Observo que a mi terapeuta se le agranda la pupila del ojo derecho, es éste un fenómeno curioso que le sucede cuando algo le produce asombro. Como conoce mi condición de abstemio, he de aclararle que en casa hay una botella de Ballantine’s porque mi mujer los domingos por la tarde, mientras yo dormito frente al televisor, se sirve medio dedo de whisky y otro tanto de agua en un vaso tallado de la cristalería que heredé de mamá. Después de preguntarme si la frecuencia era diaria, quiso saber todos los detalles. Me tumbé sobre el diván y le hice un relato pormenorizado. Pues sí que tiene usted un recuerdo vívido, exclamó. Apostillé que no era ninguna pesadilla, al contrario, confesé, me resulta muy grato. En vez de interpretar el sueño como correspondería a la gente de su oficio, cambió de tema. Al terminar la sesión, y antes de abrirme la puerta, me preguntó si de niño había experimentado algún suceso de sonambulismo. No, contesté tajante. Nos estrechamos la mano y me aconsejó que preguntara a mi esposa si había notado algo extraño últimamente mientras yo dormía. Asentí por cortesía, silenciando que Marieta toma una pastilla para dormir y cae en la cama con la solidez de un costal de trigo. En la siguiente sesión no sacó el tema, así que no le hablé del sarpullido que había brotado en mi mentón a causa, sin duda, de la inquietud por su insinuación de que mi sueño fuera la realidad de un sonámbulo. Esa misma tarde, decidí comprar una cámara de vigilancia que se conecta con el móvil. La instalé en la cocina, aprovechando que Marieta fue a la clase de baile de salón de los jueves, quedó muy bien disimulada porque la empotré en la moldura que une el armario vajillero con el techo. Por la mañana, en el desayuno, abrí la aplicación y mantuve pulsado el dedo para que el video pasara toda la grabación de siete horas en tres minutos. Tenía la taza en los labios cuando en la pantalla aparecieron unas figuras borrosas moviéndose en la cocina como autómatas, me atraganté con el café. Cliqué en el símbolo de la flecha para volver atrás la grabación hasta que volvió la imagen congelada de la cocina. Inicié en ese punto el visionado. Al poco, me vi entrando por la puerta, el reloj de la cámara marcaba las tres en punto. Me dirigía al estante de la cristalería para coger dos vasos, vertía un dedo de whisky y los dejaba sobre la mesa. Pasados dos minutos aparecía mi mamá de joven con el pelo negro encrespado y el vestido blanco de su foto de boda que tengo en el despacho. Brindábamos de pie, después, ya sentados, charlábamos y sonreíamos. Lástima que la cámara es de las baratas y no registra el audio, tampoco sé leer los labios así que ignoro nuestra conversación. Mamá se quedaba fregando y secando los vasos y yo me iba a la cama.

La noche siguiente no pegué ojo, seguramente no hubiese podido conciliar el sueño por el desasosiego, aún así, por si me entraba la modorra, me llevé un termo de café y cada tanto echaba un trago que amargaba en la boca. Me levanté una hora antes de lo habitual, no paraba de dar vueltas en la cama porque me podía la ansiedad de visionar la grabación. Me fui al despacho a oscuras, abrí el móvil y trasteé como el día anterior. Yo no aparecía, pero allí estaba mamá desde las tres y dos minutos. Sirvió dos whiskys y se quedó inmóvil mirando hacia la puerta de la cocina. Pasado un cuarto de hora le resbalaron unos lagrimones, se dio la vuelta y vació los vasos en el fregadero. Con delicadeza y morosidad procedió a lavarlos, los secó con un paño y, después de mirarlos al trasluz, los colocó en la estantería.

     J. Carlos