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A Liliana

selva amazónica

Mi querida Liliana:

Al recibo de ésta habré pasado a mejor vida. Me andan buscando. Son como perros de presa que huelen mi miedo y más pronto o más tarde darán conmigo. Dice mi confesor que será digna penitencia por mis muchos pecados. ¿Sabe?, le tengo ley al pendejo. Me enseñó a leer y a escribir y consiguió retenerme tres años en el seminario. A él confío estas líneas para que se las haga llegar cuando me quiebren. Ahí donde me ve, soy un devoto de Nuestra Señora de Chiquinquirá. A la Virgen me encomiendo al comenzar cada encargo. Casi siempre me escucha. Sólo dos veces terminó con una balacera.

Cuando recibí el encargo de secuestrarla elevé mi tarifa. Las mujeres dan más quehacer y si son jóvenes y guapas terminan volviendo locos a mis hombres. Soy un profesional y mis normas son muy estrictas: Respeto y buen trato pero prohibida la confraternización.

No está bien, perdone que le diga, que una mamacita adinerada vaya todos los viernes a la misma discoteca y vuelva de madrugada al palacete rosa de la playa siguiendo el mismo itinerario. Nos facilitó la faena. Al carro negro de sus guardaespaldas lo anulamos tirando sobre el asfalto una cadena de pinchos en la última curva, justo después de que pasara su Jaguar descapotado. Meros aficionados. Los desnudamos, nos quedamos con sus pistolas y sus móviles y los metimos en el maletero. Una vez que usted frenó ante el falso control policial con destellos azules y blancos, fui yo quien le tapó la boca con una gasa impregnada en cloroformo. Es corajuda, se aferró a mis dedos con las manos intentando zafarse. A pesar de que me cubría la cara con  un pañuelo, no pude evitar que el olor acre me amodorrara como si hubiera bebido aguardiente de caña. Sus manos cayeron inertes en su regazo. Ya no pudo ver la camilla en que la acomodamos, ni escuchar el ulular de la vieja ambulancia que se dirigió a un hangar del aeropuerto. Tampoco sintió cómo se elevaba la Cesnna sobre la pista punteada de luces verdes. Oficialmente trasportábamos un enfermo muy grave para un trasplante de hígado.

Hice el viaje en el asiento contiguo. Tuve que abrocharle dos botones de su camisa de satén blanco porque desvelaban algo más que el nacimiento de sus senos. Sentí un escalofrío cuando las yemas de mis dedos rozaron su piel. Durante el vuelo hube de estirar su falda de etamina varias veces porque su cuerpo flojo tendía a escurrirse en la banqueta. Cuando la avioneta puso el morro al noroeste su cabeza se deslizó hasta mi hombro y, durante la hora que demoró su sueño, ahorré cualquier movimiento.

Me cautivó la dignidad y el sosiego con que encaró la situación cuando al despertar con los ojos vendados y las muñecas atadas le expliqué su situación. En las otras ocasiones los rehenes al despertar me pedían agua y lloriqueaban. Usted muy digna, se limitó a preguntar la cifra del rescate. Le acerqué un vaso a los labios, aunque no me lo había pedido, el cloroformo reseca la boca. Después con una servilleta de papel le limpié una gota que había quedado rezagada en su barbilla. No movió ni un solo músculo.

El piloto avisó que estaba próximo el aterrizaje. Era una pista de tierra y el aparato dio varios bandazos. En vez de meter la cabeza entre las piernas, usted se irguió en el respaldo y permaneció impasible hasta que el aparato se detuvo. La estuve mirando largamente y con el índice le aparté la melena negra que le tapaba la cara. Gruñó. Fue mi mano la que le guió para bajar la escalerilla. Subimos al Jeep y rodamos a trompicones por caminos de tierra roja, en plena sabana. No le escuché ni una queja. Su comportamiento era singular, sus antecesores en el victimario siempre habían gimoteado y juntado las manos en un gesto de súplica. Creo que fue por entonces que comencé a admirarla. El viaje en canoa por el manglar fue un tormento de mosquitos. Hicimos un alto en la orilla para aliviar nuestras vejigas. Allí le quitamos el pañuelo negro que tapaba sus ojos. Sus pupilas resultaron de un azul purísimo, casi transparente. Rompí mis propias reglas al decirle que las fotos no le hacían justicia. Sólo perdió los nervios esa vez durante todo el tiempo que duró el cautiverio. Al poco de alejarse en la espesura volvió gritando: “cocodrilos, cocodrilos”. Se le dibujó un gesto de incredulidad en la frente cuando le expliqué que eran caimanes, que tomaban el sol en el recodo del río y que no atacaban al hombre, salvo para defenderse. Para tranquilizarla, le señalé los diez pares de ojos que flotaban en el agua salpicada de verdín. No sé si me escuchó, seguía temblando. Nos tienen miedo  -le dije- cuando nos vayamos volverán a tierra para calentar su sangre al sol.  La conduje hasta un matorral, me di la vuelta y esperé. Es estúpido, lo sé, la admiraba por su valor pero su nuevo miedo, lejos de cambiar mi parecer, me avivó un sentimiento antiguo, como de amparo.

Al otro día, ya asentados en aquella covachuela hecha con troncos, juncos y ramas, en medio del infierno selvático donde el calor y la humedad dificultan hasta la respiración, caí en la cuenta de que no habíamos traído ropa para usted. Le tuve que prestar unos pantalones y una camisa. Cuando volvió con la nueva indumentaria no pude sofocar la risa. No dijo ni una palabra pero creo que se guardó los reproches en la boca. Le sobraban tres palmos de todas partes. Esa noche ya no pude conciliar el sueño, sentía la quemazón en la yema de los dedos que habían tocado su piel y me cegaba el recuerdo de sus ojos transparentes. Temeroso de que una serpiente se arrastrara hasta su hamaca de juncos, atendía al ritmo de su respiración con la zozobra de quien escucha la de un recién nacido.

Mi compañero Waldo, negro como tizón y flaco como un junco, caminaba a diario por cuatro horas para comunicarse por teléfono con los jefes y recibir órdenes. Waldo no era su nombre de pila. Se hacía llamar así porque coincidía con el alias por el que todos le conocíamos: “Uve doble”. Cuentan que en una pendencia le marcaron a fuego esa letra en las costillas como al ganado. Yo me quedaba con usted y le inventaba pasatiempos. Ahora sabe pescar a lazo, con cuchillo y con cebo. Recuerdo una mañana, cruzábamos el arroyo sobre el sendero de piedras improvisado. Yo iba delante, usted dio un traspié y se vino sobre mí, faltó poco para caernos al agua. Le ofrecí mi mano hasta alcanzar la orilla, estuvo dudando, pero no me la dio. Tiene que acordarse de ese día, fue el día que encontramos un perezoso. Había bajado de los árboles para hacer sus necesidades. Cuando se disponía a trepar por el tronco lo agarré y lo puse en su regazo. Estuvo jugando con él por más de una hora. Luego estuvimos otro tanto viendo como ascendía lento, muy lento por las lianas. De vuelta me dijo que sólo los había visto por la televisión, en documentales.

La noche que tuvo una pesadilla nos asustó. Gritaba, cruzaba las piernas y se agarraba la entrepierna como si la estuvieran violando. Le toqué el hombro y le chisté en un susurro. Se despertó y se dio la vuelta bruscamente. Improvisé una nana para sosegarla, pero se volvió con los ojos encendidos por el odio y me preguntó, arrastrando las sílabas, ¿cuánto va a durar esto? Entonces se me hizo en el pecho un nudo de angustia.

Waldo trajo malas noticias, los jefes querían que le cortásemos el dedo anular de la mano derecha. Platiqué con él por más de dos horas. Le pedí que consiguiera un dedo de mujer en el que entrara su anillo de esmeralda, a cambio le cedía la mitad de mi parte en el negocio. Antes de partir me hizo sellar un pacto, hicimos un corte superficial en nuestras muñecas y las juntamos para que se fundieran nuestras sangres. Después me miró a los ojos y juró que si no cumplía me daría plomo.

Volvió con dos dedos y barba cerrada de cuatro días. Era una barba crespa que se cerraba por arriba con la corona de sus cejas. Me dijo que no había sido fácil encontrar mujeres blancas en aquellas latitudes. En cualquiera de los dos entraba el anillo, ensobramos el que más se ajustaba y lo enviamos. Los días siguientes estuvo hosco conmigo, me acusó de otorgarle demasiadas licencias y de incumplir mis propias reglas. Tuve que prometerle más plata para que dejara de importunarme. Usted es testigo de que mi comportamiento era muy profesional, al menos, cuando no estábamos solos.

Procuré ser más cuidadoso delante de Waldo. Pero cuando se ausentaba para comunicar con los jefes, me embargaba la ternura de la que nunca fui pródigo, seguramente porque nunca tuve con quién. La miraba pescando en el arroyo. Me reía cuando nadaba hasta un pequeño lago y los pantalones le hacían bolsas de agua por todas partes. Guardo con celo su imagen bajo la cascada que rompía sobre su cuerpo formando diminutos arco iris. Después ya tumbada al sol, sobre la hierba, a veces, contestaba mis preguntas y me hablaba de su vida, su familia, sus amigos… Fingía que la escuchaba con desgana, como una mera forma de pasar el tiempo, pero si se hubiese fijado habría visto la crispación en mis manos. Era tan difícil permanecer apartado y quieto teniéndola tan cerca y con el aire caliente de su voz rebotando en mis oídos.

El último día no paró de llover. Waldo volvió tarde, chorreando y con barro hasta las rodillas. Traía el ceño liso. Era buena señal. Los jefes afirmaban que las negociaciones habían concluido y que pronto se produciría el canje. Querían hablar conmigo al día siguiente. Recién parida la mañana eché la mochila a la espalda y comencé a caminar. Al poco, escuché un grito apagado, volví a la carrera sobre mis pasos. Todavía humeaba la fogata en que habíamos calentado el desayuno. El morocho la montaba con los pantalones en las pantorrillas. Le sobaba los pechos con una mano y empuñaba con la otra el cuchillo con la hoja pegada a su cuello. Me acerqué silencioso por detrás, le sujeté la frente con la mano izquierda y, con la derecha, le rebané el gaznate. Entonces, el tiempo se frenó. Un chorro de sangre dibujó un arco y un chorro de semen, como un escupitajo, se derramó sobre sus muslos. Los líquidos en los que huía la vida parecían suspendidos en el aire. El cuerpo, caía ingrávido, con la lentitud con que se mueve el perezoso. Quedó en el suelo, con las rodillas dobladas y las manos tapando la raja del cuello. La desnudez, que se extendía desde sus caderas hasta sus pantorrillas, era tan negra como la propia tierra.

Si no hubiese visto gotear sangre del cuchillo que aferraba mi mano, hubiese jurado que veía la escena desde lejos, sin participar. Entonces, el tiempo volvió a su ser. Usted se incorporó como un resorte cuando se vio libre del cuerpo, se subió los pantalones y entremetió la camisa. Tenía la cara salpicada de sangre que se diluía con la lluvia y resbalaba por sus mejillas. Dejé caer el cuchillo y con el dorso de la mano le limpié la sangre y las lágrimas. Dio un paso atrás como si mi mano quemara. Era la primera vez que mataba a alguien de los míos. Gajes del oficio. Sus hipidos producían espasmos en todo su cuerpo. Cuando sus gemidos se apaciguaron, me aventuré a tomarla del brazo. Esta vez no se retiró. También me permitió lavarle la cara y el pelo en el arroyo. En aquel momento pensé que eran señales de agradecimiento por haberle salvado la vida, ahora, con la distancia, creo que se compadecía de mí.

Cuando empezamos a caminar el cielo ya se había vaciado. Me pesaban las botas. Me dolían los huesos de tantos días a la intemperie. Cada paso que daba me estaba alejando de usted.  Me preguntó que adónde íbamos. Le respondí, ¿lo recuerda?: “Usted a la libertad y yo a por una bala que me andará buscando”. La vida entró en sus ojos. Reía y lloraba. A mí, por el contrario, la bola de angustia me atascaba la garganta y me robaba el aire. Quité el ramaje y las hojas que escondían la canoa, me ayudó a arrastrarla hasta la orilla. Usted miraba hacia delante con la cabeza alta, yo, cabizbajo, miraba el surco sobre la tierra roja que quedaba atrás. La vi temblar cuando los caimanes se desperezaron. Se quedó mirando absorta sus movimientos torpes, a bandazos, arrastrando sus pesadas colas en zizag hasta que entraban en el agua y se deslizaban con suavidad y sin esfuerzo. Durante la travesía caí en la cuenta de que se me habían gastado todas las palabras. Después de desembarcar le ordené que se pusiera su camisa de satén y su falda de etamina, debía de estar presentable cuando la encontraran. Fue la única vez que no volví la cabeza.

Afectuosamente suyo,

Jairo Escobar Restrepo.

J. Carlos

Microrrelatos II

sombrero azul

Sombrero azul

Estaban ya prendidas las farolas del Retiro, apenas quedaban paseantes, una ráfaga de viento le voló el sombrero azul. Un joven trajeado corrió tras él, consiguió alcanzarlo y se lo entregó. Ella le dio las gracias.

-¿A qué te dedicas? –preguntó el joven

-Soy pintora. Los domingos traigo hasta el parterre una silla de tijera, un caballete sin lienzo y un cartel que reza: pinto la nada. Hay quien se queda un rato mirando como muevo en el aire mi pincel seco y echa unas monedas. ¿Y tú?

-Yo me siento tras una celosía, pongo la mano de canto, a la altura de la frente, la muevo en el aire y perdono los pecados.

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Anillo de compromiso

A los postres, mientras le plantaba un beso en los labios, deslizó el anillo de pedida en la copa de champán. Brindaron. Ella apuró la copa. Inadvertidamente tragó la sortija. Dos días y dos radiografías después él le puso la joya en el dedo anular y ella le dijo que sí.

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Incomunicación

Encontró el móvil del marido en la mesilla de noche. Había transcurrido una semana desde el entierro. Lo encendió. Cotilleó los correos, los mensajes y la agenda. Sin querer, se abrió una aplicación con un mapa. Descubrió que su marido, en sus últimos días, se había levantado de la cama cuando oscurecía y llegaba hasta un lugar recogido del parque, no muy lejos del banco donde ella, a la mismas hora, se hartaba de llorar.

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 Sueños

En la sala de manualidades de la residencia hay una frase pintada en la pared: “Einstein soñó con cabalgar un fotón para descubrir los secretos del universo.” Ella sólo sueña con atravesar la bruma de sus propios recuerdos para descubrir quién es ese ancianito que le coge la mano con tanta ternura.

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 Violencia educada

Cenaban. El padre, siempre quejoso, gritaba porque la sopa estaba muy caliente. Mientras la mujer soplaba la cuchara él le propinó un tortazo. Se derramó. Resignada y muda extendió la servilleta sobre el mantel para tapar la mancha. El niño, sin inmutarse, ofreció un tropezón de pan al gato, cuando éste se le acercó le soltó un manotazo en la cabeza. El animal maulló dolorido y salió por patas. Padre e hijo estallaron en una carcajada.

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El Pegao

En toda su vida había despegado los pies de la tierra. Nunca se subió a un vehículo o a una caballería. Lo más lejos que se aupó fue al catre cuando quería yacer con la parienta, y eso porque La Herminia le tenía dicho que sus carnes no estaban para calentar baldosas. Sus paisanos, en un homenaje póstumo, han decidido no cargar el ataúd del “Pegao” a hombros, han pasado dos maromas por debajo y lo llevan a pulso, a un palmo del suelo.

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 Confesión

-Padre confieso que violé y maté a Carlota…

-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Al día siguiente, al igual que los anteriores, el cura llegó de los primeros a la batida por la búsqueda de la joven. En la rogativa pidió a Dios para que la encontraran sana y salva. Sólo le tembló la voz cuando tropezó con la mirada del confeso.

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Perro con ojos de dos colores

De recién casados venían los amigos a cenar los sábados. En vez de televisor teníamos un perro con ojos de dos colores. Entonces la Flaca trabajaba de relaciones públicas en una revista de moda. Seguramente la tripa se nos hinchó de tanto cóctel. Ahora los sábados cenamos solos porque coincide con la hora en que los amigos acuestan a sus hijos; después le entrego el mando para que elija el canal y, en las pausas publicitarias, me comprometo a pasar el aspirador, cortar el césped y sacar al perro; todo con tal de evitar que repita la salmodia de que se nos está pasando el arroz.

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J. Carlos

Ventisca

Ventisca

Las huellas no se borran porque no llegan a formarse. Voy un paso por delante. La protejo con mi cuerpo. El viento arrecia tan fuerte que barre la nieve como si en un desierto se armara una tormenta de arena blanca. Hasta ahora presumía de tener la geografía de la Pedriza esculpida en la memoria con la misma firmeza que un taxista tiene la del callejero de su ciudad. Llevamos más de ocho horas andando contra el viento. Da igual que cambiemos la dirección, la ventisca se revuelve y nos sigue atacando. Lo único que llevamos al descubierto son las mejillas, la nariz y los labios, donde picotean un sinfín de granitos de hielo que entumecen los músculos y los acartonan como el anestésico del dentista. Ya no distingo el color de su ropa, ni el de su gorro, ni sus guantes, está velado por sucesivas capas de escarcha. Antes de perdernos, al poco de estallar la tormenta de nieve y viento, me miró a la cara y le entró la risa, dijo que parecía el negativo de una foto. Le apostillé con sorna que ella parecía haberse pintado las cejas con una barra de tiza y que de los hoyuelos de su nariz nacían forúnculos de hielo. Entonces todavía nos quedaban fuerzas, así que risueños nos quitamos el uno al otro las pequeñas estalactitas y nos sacudimos la nieve de encima.

Estamos agotados. Pienso en nuestros hijos, Javier y Clara, que siempre nos advierten de que la montaña en invierno es traicionera. Busco una roca de parapeto contra las rachas de viento. Me arrodillo y hurgo en la nieve con ambas manos. Ella se sienta contra el respaldo de la pared de piedra y mete las manos bajo las axilas buscando el calor. Me siento a su lado, me quito los guantes y le saco los suyos. Froto sus manos con las mías, luego las acerco a la boca y le insuflo aire caliente. Antes de ponérselos soplo también dentro de sus guantes, con fuerza, para que el aire llene cada uno de sus dedos. Le confieso que estoy perdido.

-Lo sé, tampoco sería la primera vez –dice Enma, forzando una sonrisa-.

Al articular las palabras se le ha quebrado la fina lámina de hielo que perfila sus labios y que se ha ido formando con el vaho de su aliento.

-Si supieran los chicos que hemos subido con este temporal y que hemos dejado agotar las baterías de los móviles nos regañarían como a niños pequeños –añado-

-Y con razón –concluye ella-

El viento ulula al chocar contra la roca. No nos ataca de frente, pero sigue llegando en pequeños remolinos que arrastran el polvo helado. La luz va menguando. Mires donde mires, ves un enjambre de un blanco sucio en perpetuo movimiento que se termina difuminando en densos tules de grises. Más allá de cinco metros no hay luz, no hay nada. Está empezando a tiritar. No sé si ha sido bueno pararnos, pero sus pasos se acortaban y a cada zancada sus piernas se hundían en la nieve hasta por encima de la rodilla. Tre veces cayó de bruces al tratar de sacar los pies del atolladero. Palmeamos las manos para entrar en calor.

-Me acuerdo cuando nos conocimos, tenías un ojo pegado al microscopio estabas tan concentrada que parecía que te habías quedado sin aliento. Cuando frunciste la frente supe que en ese trozo de mi carne habías leído malas noticias.

-Y me enfadé muchísimo – dice con voz acorchada como sin lengua- cuando el director del laboratorio nos presentó y me dijo que era tu biopsia.

-Al final me salvaste.

-Yo sólo analicé una disección, era mi trabajo. Te salvó el hígado de un desconocido –replicó-

Necesito moverla se le están amoratando los labios.

-¿Me concedes el honor de este baile?

Nos incorporamos y enlazamos nuestros cuerpos protegidos por la roca. Empiezo a cantarle al oído, muy quedo. Pero así no entramos en calor. Desanudo el abrazo, le tomo la mano y doy saltos. Bailamos el rock que bauticé con su nombre, dando vueltas, acuclillándonos, saltando. Las notas brotan graves de mi boca, descompuestas, como de un vinilo girando a pocas revoluciones. Veo el aliento vibrar en sus labios, parece que por dentro le ardiera una lumbre. Me enardezco y multiplico los movimientos que enlentecen hundidos en la nieve. Quedamos sin resuello, volvemos a sentarnos al abrigo del parapeto de piedra y le sacudo el polvo helado que ha vuelto a blanquear sus hombros.

-Aquel día sólo mirabas mi falda, demasiado corta –habla con una voz más entonada- Luego, cuando supiste el resultado te quedaste pálido. La entrada que me dejaste junto al microscopio se la regalé a una amiga. Me dijo que tu concierto había sido espectacular. Estaba muy enfadada porque habías sobornado al director para entrar en mi laboratorio, aunque lo disimularas como una donación.

– Y yo buscándote entre el público. Esa noche, de madrugada, te compuse la canción. Todavía suena en algunas emisoras.

Tiene la cabeza apoyada en mi pecho, le acaricio el pelo castaño que escapa del gorro y le cae sobre la espalda. La ventisca se estrella contra la roca que nos protege pero, de tanto en tanto, los remolinos levantan tolvaneras que nos obligan a cerrar los ojos.

-Creo que la muerte por congelación es como un sueño dulce –dice-

Me quito los guantes para borrarle la palidez de sus mejillas. Hago pinza con los dedos en sus mofletes, como si fuera una cría, y le regaño por estar triste.

-No me importa la muerte –continúa hablando- pero pienso en los chicos, todavía nos necesitan, están tan lejos. Sobre todo la pequeña, enlazando contratos de país en país.

-Verás –le digo- que en cuanto la luz del día se vaya apagando, el viento perderá impulso. Hemos bajado bastante. Llevamos más de tres horas cuesta abajo. No podemos estar muy lejos del río Manzanares. Si llegamos hasta él sólo tenemos que seguir su cauce. ¿Te encuentras más descansada? ¿Crees que podrás seguir mis pasos cuando amaine un poco?

-Más pasos de baile no, por favor –ironiza, haciendo con la mano un aspaviento-. Dame sólo unos minutos para recuperarme, por favor.

Levanto las alas de mi gorro de lana y contengo la respiración para tratar de distinguir entre todos los ruidos que enmascara el viento el sonido del agua. Espero oír una suite con alguno de sus movimientos: el espumeo entre guijarros, o su gorgotear en los desniveles, el serpenteo rápido en las vaguadas o, el arribo desbocado al cauce del río. Nada. Sólo la furia del viento lanzando madejas de niebla y nieve contra los roquedales y las ramas. Sólo el sonido silbante como de respiración asmática y fatigada de un enorme monstruo blanco. Masajeo mis orejas escarchadas y las vuelvo a tapar.

-Te propongo un juego –le susurro al oído-

-¿Cuál?

-El juego de la verdad

-Esas chorradas de ¿me has sido fiel? –dice levantando la cara de mi pecho- ¿Has fingido orgasmos conmigo? ¿Soy el amor de tu vida? No por favor. Oye, ¿no estarás pensando que no vamos a salir de ésta? ¿Y tú eres el optimista que ha de animarme?

Se levanta de sopetón, me agarra del brazo y tira de mí con todas sus fuerzas. Empezamos a caminar, siempre hacia abajo. Enma va delante, decidida, pisando la nieve con furia. Me cuesta adelantarla e indicarle que ponga sus botas sobre los huecos de mis pisadas, se cansará menos y, además, las piedras y los piornos están emboscadas bajo el manto blanco y un mal paso nos puede quebrar un pie. A gritos le infundo ánimos, le digo que el viento está aflojando y que el Manzanares tiene que estar perpendicular al sentido de nuestra marcha. Se pone a mi altura, me coge de la mano y así, agarrados, proseguimos la marcha. Cada poco he de tirar de ella porque ambas piernas se le hunden en la nieve y se queda atascada. La fatiga mengua nuestros pasos. Ahora nos adentramos en un bosque de pinos, es más fácil caminar. A la vera de los troncos la capa de nieve es más fina y la ventisca, aunque ruge con más fuerza al estrellarse contra la pinocha, levanta menos tolvaneras y no entorpece tanto la vista.

Entre las estridencias de la ventolera se cuela otro ruido. Nos paramos, apagamos nuestra respiración para aguzar el oído. Puede ser el ansiado sonido del agua. Salgo corriendo. Una ráfaga de viento emblanquece el horizonte, pero entre ráfaga y ráfaga se asienta la gasa que lo enceguece todo. Sí, sí, es el río, es el río. Sigo corriendo, desatascando zancadas, manoteando el aire para no perder el equilibrio. Caigo de bruces hocicado en la nieve, el pie derecho ha entrado limpiamente, pero se ha quedado empotrado entre dos troncos sumergidos y, con la inercia de la carrera, el cuerpo ha doblado y la rodilla ha crujido. Ha sonado como una rama al troncharse. El cerebro reactiva aquellos dolores viejos de cuando me estrellé con la Harley y me chasqué la pierna. Enma corre hacia mí, se arrodilla, me acuna y me chista como a un niño pequeño durante unos minutos. Palpa mi rodilla y frunce el ceño. Luego me ayuda a incorporarme, pone mi brazo sobre sus hombros, intenta que camine con un solo pie, pero se hunde y hay que sacarlo a pulso a cada paso. Al llegar a la orilla del río, casi desfallecida, consigue recostarme contra el tronco de un roble rebollo.

-Bueno, salvados -dice sonriendo en un intento de tranquilizarme- Ya estamos en el Manzanares y el agua se mueve hacia allá. Ese es el camino.

-Tendrás que ir sola -le digo- Supongo que tienes una hora u hora y media de camino hasta el pueblo. Sal ya porque se te echa la noche encima.

-Iremos junto –replica-

-Enma, sé razonable –le insisto-. A mí ya vendrán a rescatarme cuando les avises y estés a salvo.

Como predije el viento se ha aquietado y, aunque la luz merma por momentos, ahora se deja ver el discurrir del cauce. No se distingue la senda, pero estoy seguro que desde este paraje no hay obstáculo hasta llegar a Canto cochino. Sigo pidiendo a Enma que haga el descenso sin mí, primero razonando con tranquilidad y aplomo, luego a gritos de pareja muy convivida. Pero es terca como una mula. Sólo me queda un cartucho, enfadarla.

-Claro, a lo peor tienes algo que esconder y por eso no has querido jugar al juego de la verdad –le suelto para herir su amor propio-

Se calla, se sienta.

El viento está calmo, ha dejado de nevar. El agua también está mansa y si se mira al bies  sobre su superficie, como cuando se tira una piedra para que vaya de rebote en rebote, se pueden advertir jirones de vapor que ascienden y se desvanecen en el aire.

-Sí, tengo un secreto –dice clavando sus ojos enaguados en los míos- Siempre estuve enamorada de ti, no me perdía tus conciertos. El único que me perdí fue el del día que me conociste y me regalaste las entradas. Cuando levanté la cabeza del microscopio y te vi, me temblaron las piernas y, no te fijaste, pero tuve que agarrarme a la mesa con las dos manos.

Permanezco en un silencio hosco. Estoy ganando la batalla y cuando termine su perorata conseguiré que se vaya. Con este frío, entrada la noche, no aguantaremos vivos ni dos horas.

-Que te dejase entrar mi jefe en el laboratorio me pareció un soborno –prosigue- Cuando a los pocos días me esperabas a la salida del trabajo con un ramo de flores, te las tiré porque seguía pensando que no eran más que parte del soborno. Y no, no fui a verte al hospital cuando ya estabas muy malito para pedirte perdón. Esa fue la excusa. Fui por ti.

Vuelve a guardar silencio y se enjuga las lágrimas con el dorso de los guantes. En las mejillas le quedan unos cercos de escarcha.

-Vale –le digo- Y ahora, por favor, puedes irte antes de que se eche la noche encima.

-No, no voy a irme sola. Y lo sabes o lo deberías de saber. Lo que ignoras, y éste era el secreto, es que soborné a un médico del Anatómico Forense. Analizaba la sangre de los cadáveres jóvenes que entraban. Un jueves por la noche me llamó para decirme que tenía un motorista de dieciocho años compatible. Cogí un taxi. Sobre la mesa de autopsias le extrajimos el hígado. Lo cosimos y la familia nunca se enteró.

Me incorporo escalando el tronco con las nalgas. La estrecho contra mí, le limpio las lágrimas y los cercos de nieve con la mano. Quiere seguir hablando pero pongo dos dedos en sus labios para acallarlos. Se aparta y consigue decirme:

-Escucha: Quiero que sepas que no tenía dinero para pagar el soborno. Sólo disponía de mi cuer…

Antes de que llegue a pronunciar la última sílaba vuelvo a sellar sus labios, esta vez con el candado de los míos, la estrujo muy fuerte con mis brazos. Subo mi boca a su oreja y le digo

-Qué terca eres.

Apoyo mi brazo en sus hombros y así, a la pata coja, con la tarde diluyéndose en las sombras,  nos vamos.

J. Carlos

Dos balas

rapto-de-proserpina

Abrí el sobre en el ascensor. Era blanco, de los que llevan plástico de burbuja por dentro y solapa autoadhesiva. Estaba mi nombre de pila escrito a mano en letras góticas, sin dirección. No había carta, sólo un cartucho de nueve milímetros con la vaina de un color dorado mustio y la bala con una pátina cobriza. Mientras me disponía a sacar la llave para abrir la puerta, volvieron a mi memoria detalles del día que me habían pasado desapercibidos, como el pájaro escarchado que yacía debajo de una acacia de camino al autobús o, el brillo de los gemelos del director cuando coincidimos en el ascensor. Son de oro y tienen  forma de pistola. “Intimidan, son una herramienta de trabajo”, me explicó un día tomando café. Entré en casa, dejé el maletín en el suelo y el puñado de cartas en la mesita de entrada. La niña vino corriendo a abrazarme, me acuclillé para recibirla, las puntas de mi bufanda escocesa tocaron el suelo.

-Qué pálido estás papá, y qué fría tienes la barba.

Durante la comida apenas probé bocado. Natalia levantó el cuchillo y el tenedor del filete, los mantuvo un segundo en el aire, como si trinchara sus propias palabras. Preguntó si había habido algún contratiempo en la presentación ante el comité de dirección.

-Qué va, al contrario –contesté- Cuando les muestras en la pantalla las curvas de ventas que suben en picado te consideran uno de los suyos, por un rato.  Al final todo sonrisas, palmadas en la espalda y promesas. Todo va bien mientras les engordes la cartera.

Fregando los platos me abrazó por detrás y sus labios buscaron un hueco en el cuello de mi camisa. Dijo que me notaba cabizbajo. Di la vuelta y la besé en la mejilla.  El sobre plegado con el cartucho estaba todavía en el bolso izquierdo de la chaqueta, lo había metido apresuradamente antes de salir del ascensor. Apenas pesaba unos gramos pero tenía la consistencia de una bomba. El estómago se me puso saltarín igual que el día de mi boda, cuando la prima de Natalia al borde del coma etílico amenazó con decirle que nos habíamos acostado la noche anterior. Iván estuvo al quite, como siempre. Fui al baño. Mientras obraba, cogí el cartucho y observé su brillo metálico bajo la luz halógena. Ni un rasguño, ni una marca. Arranqué el plástico del interior del sobre. Estallaron dos burbujas, sonaron como dos tiros con silenciador. Hice una pelota y la metí en el bolso. El papel del sobre los rasgué en pedacitos pequeños. Los espolvoreé sobre mis heces. La letra B, con trazos gruesos, remates y filigranas muy elaborados, quedó clavada, vencida hacia un lado. Apreté el botón de desagüe y bajé la tapa.

Cogimos el ascensor cargados con el equipaje de fin de semana. La niña buscó mi mano. Al cruzar el vestíbulo coincidimos con el vecino del quinto que estaba abriendo su buzón. Se quejó de la cantidad de correspondencia.

-Todo son facturas y extractos bancarios –dijo, después de saludar y hacerle una carantoña a la niña.

Lo primero que pensé al verle es que tiene libre acceso a munición de ese calibre. Es Comandante. Hará como dos años, en una reunión de la junta de vecinos, mantuvimos serias discrepancias. Él quería plantar un seto de arizónicas, yo me negué porque la niña es alérgica. Estupideces de los matasanos para sacar dinero a los incautos, dijo. Yo le llamé inculto con pistola. No me calzó un guantazo porque es más bajo que yo y le apalanqué la pechera con mi brazo, mientras con los suyos bogaba en el aire como si nadara. Unas reuniones más tarde hicimos las paces y la sellamos con un apretón de manos. Me regaló una metopa de artillería. Correspondí con una cartera de piel de Ubrique con su nombre repujado en la solapa.

Paranoias, me dije. Y lo debí decir en voz alta porque la niña preguntó, ¿qué dices papi?

La carretera de Colmenar era una serpiente de coches que se movía lenta y  espasmódicamente.

-Si hubiéramos salido media hora antes llegaríamos a tiempo, pero claro la señora necesita una eternidad para arreglarse –comenté.

-Hoy estás que muerdes, ya me contarás  qué mosca te ha picado –replicó Natalia.

Papi, ¿te ha picado una mosca mala? A Guille en la guarde le picó un bicho y el brazo se le puso así.

El resto del camino, silencio. La niña claudicó con el tedio de la carretera y se quedó dormida. Desde que había abierto el buzón a las tres de la tarde, todos los sucesos del día y de la semana y del mes habían perdido los rasgos de lo cotidiano y se habían convertido en pruebas forenses. Estaba el incidente de tráfico con un motero sesentón.  También la bronca en el fútbol que se saldó con un forcejeo y una peineta. Y las reiteradas llamadas de atención al hijo del vecino del cuarto que permite aliviar a su perro en la alfombra del portal. No parecían indicios suficientes, aunque hay gente muy desequilibrada y los adolescentes en plena tormenta de hormonas son imprevisibles. Podría ser una broma macabra o un error al consignar el destinatario.

Los paneles electrónicos informaban que en el kilómetro treinta y cuatro se había producido un accidente. Se nos echará la noche antes de llegar a Soto, pensé.

-Por favor, llama a Iván o a Maika y dile que no llegaremos antes de una hora u hora y media –pedí a mi mujer.

Entramos en la urbanización más allá de las siete. Dejé a Natalia en nuestro chalet para que abriera las ventanas unos minutos y dejara puesta la calefacción. La niña seguía durmiendo. No la desperté hasta que aparqué frente a la casa de Iván y Maika. En el salón, Andresito y sus primos aplaudieron la llegada de la niña porque ya podrían apagar las seis velas y comer la tarta. Cuando llegó Natalia, Maika la recibió con unas medias noches de jamón y su refresco favorito. Se abrazaron. Iván aprovechó para excusarse con sus cuñados, me tomó del brazo y me indicó que le siguiera, escaleras arriba, hasta el despacho. Desde que llegué, no había parado, cargaba con los niños a la espalda y levantaba las piernas trotando sobre el mismo sitio. Imita muy bien el relincho de los caballos. Cuando cerró tras de mí la puerta del despacho se le había borrado toda la fiesta de la cara, y los hombros se le vencían hacia abajo como si soportaran sacos de grano. Rodeó el escritorio, abrió un cajón y me enseñó un cartucho de nueve milímetros. Lo puso de pie sobre el tapete de la mesa. Brillaba igual que el mío, con ese dorado mustio.

-Lo recogí a mediodía del buzón de casa, venía en un sobre con mi nombre. No se lo he dicho a Maika –musitó, con hilo de voz, mientras se dejaba caer en la butaca y se recostaba contra el respaldo.

¿Y el sobre? -pregunté.

Levantó una pila de papeles a su derecha, lo cogió con dos dedos como si quemara y me lo entregó. La misma letra gótica de trazo grueso, negra, primorosa. Seguramente tinta china. Me derrumbé sobre uno de los confidentes, crucé los brazos sobre la mesa y agaché la cabeza. Mi cerebro hervía, aunque la sangre parecía congelada. Esto iba en serio. No era una broma de mal gusto, ni una bravata, ni siquiera un aviso. Era una sentencia de muerte. Los recuerdos del día y de la semana y del mes, hasta los más nimios, seguían adheridos como lapas, pero despojados ya de la paranoia, volvieron a la rutina de lo cotidiano. Saqué mi cartucho del bolsillo muy despacio, lo coloqué junto al otro. Parecían dos torres minúsculas con sus cúpulas bizantinas. Iván se llevó las manos a la cabeza. Comprendió como yo que, el secreto que nos había unido en vida nos llevaría a la muerte, y se echó a llorar.

-Joder, éramos unos críos –le oí balbucear entre sollozos.

Después de diez minutos de silencio largo, nos levantamos, nos dimos un abrazo y bajamos al salón. Los niños nos recibieron como animales de carga y se subieron a nuestros hombros para cabalgar. Luego nos asimos al salvavidas de la copa de whisky que ponía sordina a nuestras conciencias para matizar su bramido.

En la cama cerré los ojos, aunque ni el alcohol ni los somníferos consiguieron que conciliara el sueño. Sobre el cielo negro de mis párpados se proyectaban, una y otra vez, las escenas de una tarde lejana en el bosque, a la hora de la siesta. Estábamos los tres, dibujamos una diana en un roble con el pintalabios que ella, la hija del maestro, confesó haber quitado a su madre. La pistola era de mi padre, la guardaba en una caja de zapatos que estaba encima del armario. Disparamos por turnos, Iván fue el único que metió una bala en el tronco, aunque lejos de la diana. Luego, la pistola en la sien, danos un beso. Luego, la pistola en la boca, desnúdate. La pistola en el pecho, Échate. Quedó, rígida como una estatua yacente, con los brazos extendidos y la cabeza ladeada, perfilando una cruz en el suelo. No hubo un solo grito, ni un lamento. Mucho después los ojos desaguaron en las mejillas dos finas hileras de lágrimas. En la hierba, bajo las nalgas, me pareció ver unas gotas de sangre. Mientras Iván se abrochaba el pantalón, saqué el cargador, extraje dos cartuchos y se los tiré sobre el rebujo de la falda. Uno es de Iván, otro mío, para que recuerdes que en boca cerrada no entran balas, le dije. Y nunca habló.

J. Carlos

Alcantarillas

Alcantarilla

-Lo peor era el pestazo que se te metía en la ropa y en la piel. No había jabón que te lo quitara de encima.

Segis está sentado en un butacón de orejeras entelado en gris. Es delgado y de cuerpo menudo, tiene la piel cetrina; mueve los brazos y gesticula con las manos para hablar; las pocas veces que guarda silencio se reclina contra el respaldar, se queda tan quieto que parece como si el mueble lo hubiera engullido.

-La primera vez que bajé a las cloacas con mi padre tenía siete años, fue en el cuarenta y cinco. Al olor te acostumbras enseguida, pero las ratas son tan grandes como conejos. Yo he visto a tres ratas merendarse un gato.

Gertru, su mujer, es morena, pequeña y rechoncha. Tiene media melena lisa y muy blanca, con una raya en medio. Trae un platillo con un vaso de café con leche  para Segis lo deposita con mimo en una mesita auxiliar. Me pregunta si quiero un café.

-Gracias, pero ya he desayunado.

Se oye saltar el resorte del muelle de la tostadora en la cocina, la mujer se da la vuelta y encara el pasillo. Con una agilidad felina Segis coge la muleta que descansa sobre el lateral del butacón y se incorpora, camina hacia el armario botellero del mueble de donde saca una botella de Chinchón, hecha un chorro de anís en el café y desanda el camino para guardar la botella. En el momento que Gertru cruza la puerta del comedor con las tostadas, el aceite y el tomate, mi entrevistado ya se inclina hacia mí, trae en la mano una cajita de terciopelo.

– Es la medalla civil al mérito policial. Ya ve, me pasé más de treinta años esquivando a los maderos y, al final, estuve otros tantos colaborando con ellos.

Su mujer le deja el plato al lado del café, le tiende el brazo para que se apoye al sentarse y, aunque se resiste, le prende el pico de la servilleta en la camisa a cuadros, rojos y negros, para que no se manche. Mientras él unta el tomate en la tostada y se queja de que el matasanos le tenga prohibida la sal, ella me hace un gesto de complicidad llevándose los dedos a la nariz. Sonrío. La fragancia del anís se ha extendido y pica en el olfato.

-Hombre de tanto oler la mierda de toda la ciudad, la nariz se termina gastando –Afirma rotundo como un niño pillado en falta.

No le ha gustado el gesto de complicidad, ni mi amago de sonrisa. Ha fruncido el ceño, los ojos casi negros se le han hecho más chicos y me ha soltado de corrida:

-Pues sepa usted, plumilla, que en esta humilde casa entró un día Don Miguel Delibes y me dejó un libro dedicado, con su firma y todo. Las ratas, se llama. Anda Gertru acércaselo.

Junto con el libro, Gertru trae la botella de anís y dos copas, después de mediarlas y escanciar en el vaso de café hasta casi desbordarlo, se sienta en el brazo del butacón de Segis y brindamos los tres por la memoria de Don Miguel.

Es un libro de tapas duras forrado en plástico transparente. En la primera hoja, con grafía menuda y clara, Don Miguel había escrito: “Para el ratero de ciudad que conocí una tarde y me descubrió que la vida de las gentes se prolonga en las alcantarillas. Con profundo afecto”.

-Como le digo, empecé con ocho años, bajábamos con un farol de aceite; buscábamos pulseras, anillos, medallas o cadenas de oro y de plata. Los metales no abundaban. Y eso que, entonces, se lavaba a mano y era más fácil que las alianzas se colaran por el baño o por el fregadero.

Gertru le entrega una pastilla blanca.

-Es para el reúma, sabe usted. Pasó muchos fríos allá abajo. Aquello está siempre húmedo en verano y en invierno. Volvía siempre empapado.

Mientras Segis se toma la pastilla con un trago de café, Gertru se levanta y coge en su regazo una foto enmarcada en madera que ocupa el centro de la mesa de comedor, junto a un florero con magnolias de tela blanca.

-Es nuestro hijo Moisés. Éstos son nuestros nietos, Andrés y Julio. Y ésta es Maika, su mujer. Hacen muy buena pareja, trabajan en La Paz. Ella es enfermera y él celador, por eso los niños estudian medicina. Con un poco de suerte, terminan este año. Son mellizos, ¿Sabe?

-Qué guapos, le digo –Por hacerle la gracia a la abuela.

Son muy estudiosos. Mire qué ojazos azules y qué guapos y qué rubios. Son la viva estampa de su padre. Y tienen su misma estatura. A los abuelos nos sacan cabeza y media, a su lado parecemos enanos de circo.

Advierto que Gertru, mientras vuelve a poner la foto en su lugar, se seca una lágrima con la manga de la chaqueta de lana, se excusa y se pierde por el pasillo.

-¿Dónde estábamos –prosigue Segis- Ah, sí, durante la posguerra andábamos la mitad del tiempo con las tripas vacías, así que he cazado ratas, he comido su carne y la he vendido a carnicerías que la hacían pasar por gato o por liebre.

Se retrepa en el sillón, se queda pensativo, luego se acerca hacia mí y me confidencia.

-Perdone a mi mujer, es que a nuestro hijo, Moisés, le quitaron un riñón hace ocho meses y el otro lo tiene averiado. Está con eso de la diálisis a la espera de un trasplante.

Lo siento –dije-

En cuanto lo supimos, fuimos echando leches al hospital para ofrecerle nuestros riñones. Nos sacaron sangre y nos miraron por dentro con esas máquinas con que ven a los niños dentro de las barrigas de sus madres. Resulta que nos somos compatibles. No se lo hemos dicho todavía. Cómo se le dice a un hijo que los padres no son compatibles, siendo él de la profesión.

Gertru vuelve, ya sosegada, toma asiento sobre el brazo del sillón de Segis y, mientras le acaricia el cuello con la mano, le pide que me cuente las cosas extrañas que ha encontrado en las alcantarillas. Segis adelanta el tronco y va dibujando en el aire con las manos las cosas que se ha ido encontrando.

-De todo, mire usted, pistolas, cuchillos, móviles, serpientes. Antes de que me pregunte por los cocodrilos y caimanes le diré que jamás he visto a esos bichos. Eso sí, allí dentro he visto una familia de gitanos que estuvo viviendo durante unos meses en una galería, al lado del colector de Legazpi, muy cerca del río. Y alguna vez he tropezado con mendigos que pasaban las noches duras de invierno en las alcantarillas.

Da otro sorbo de café y anilla el brazo a la cintura a su mujer. Los dos vuelven los ojos hacia la foto que preside el salón.

-Mire qué color tan sonrosado tiene en la foto –dice Gertru- El domingo estuvieron aquí comiendo todos. El pobre Moisés tiene ahora la piel amarillenta, como de cera. Si fuera posible, le daría los dos riñones y me iría más contenta que unas pascuas al otro mundo. –caigo en la cuenta de que Gertru tiene el oído muy fino y ha escuchado nuestra conversación.

-Mujer, no te apures, ya lo han puesto en lista de espera. Pronto habrá un donante compatible y lo dejarán aviao –dice Segis-

-No Segis, ya decía Don Melchor, el cura de la parroquia, que en paz descanse, que los pecados tarde o temprano se purgan.

Acaricia el pelo a su mujer con una mano y con la otra levanta el vaso de café para que brindemos todos.

-Brindo porque aparezca pronto un riñón para Moisés. Y ahora sigamos que este señor –apunta hacia mí- tiene que llenar su columna dominical. ¿Cómo se titula su columna? Ah, sí, vidas estrafalarias o algo por el estilo, ¿no?

Así es, Vidas estrafalarias –asiento-

-En la etapa de colaboración con la policía hemos sacado de las cloacas manos cortadas y brazos y pies, bolsas de droga, armas, bombas, algún botín de joyería y documentos a medio destruir o chamuscados. Hasta una pintura famosa robada de un museo apareció dentro de un cilindro de aluminio. Estaba bien envuelto en cinta americana de la buena, de color plata. Pero cadáveres enteros no, nunca encontré cadáveres enteros.

-Cómo se enroló en la policía –le pregunto-

-No me enrolé, digamos que me dejaban hacer mi trabajo y yo, a cambio, colaboraba. Sepa usted que hay bandas de traficantes y terroristas que utilizan las alcantarillas como vía de escape y no diré más.

– ¿Le pagaban, le tenían en nómina?

-Digamos que después de perseguirme durante treinta años, se dieron cuenta de que tengo aquí, en el magín –se señala la cabeza con el dedo- todas las galerías y sus laberintos, con sus brazos, recodos y esquinas. Si cierro los ojos las recorro con la imaginación, lo mismo que usted puede recorrer con el dedo el mapa callejero de la ciudad. Y eso tiene un precio.

-Cuéntales lo del banco –le pide Gertru-

-Tal como lo dices, parece que lo hubiera robado yo –se ríe Segis-. Fue unos días después de lo del niño…

Gertru le da un codazo. En un instante, a la mujer se le ha ido toda la sangre de la cara. Él aborta la sonrisa, se muerde la lengua y se queda callado mirándola a los ojos. Sólo cuando advierte el gesto de ella haciendo girar el dedo índice sobre sí mismo, prosigue, aunque le tiembla la voz.

-Como le decía, vi una bolsa negra hundida en el agua estancada, la cogí con mi garfio, siempre llevaba un palo largo con un garfio en el extremo y, en el otro, una red de cuerda trenzada. Cuando la abrí me encontré quinientos billetes nuevecitos de a mil pesetas. Estamos hablando de pesetas del año sesenta y nueve, una fortuna ¿sabe usted?  Estuve una semana sin salir de casa. En la radio no daban noticias de ningún robo.

Gertru se ha apaciguado con el relato del marido, le han vuelto los colores y parece que está embebida en la memoria de aquellos recuerdos.

Con ese dinero –prosigue Segis- nos compramos este piso y los muebles. Meses más tarde se habló de un desfalco en el banco Urquijo de dos millones. Según dijeron, el cajero, antes de abrir la oficina, sacaba cada día de la caja fuerte cinco fajos de cien billetes, los metía en una bolsa de basura negra con varios ladrillos y la tiraba por una arqueta del patio. Por la tarde bajaba a las cloacas y la recogía.

¿Y lo del niño? –pregunto

-Tonterías de Segis, que ya chochea, va para setenta y nueve –intenta el quite Gertru- ¿Quiere otro poquito de anís o un café?

No, gracias. Dice usted que también aparecían niños. Pero ¿vivos? –pregunto-

-Sólo ocurrió una vez –toma la palabra Segis con la mirada clavada en la lámpara, seguramente para evitar los ojos de Gertru. A ella le tiemblan los labios.

– Había un cesto de mimbre varado en una isleta de basura que se acumula en un recodo del colector de Lagasca. Era verano, el agua no levantaba ni una cuarta. Dentro estaba un niño envuelto con sábanas bordadas, sólo se le veían los ojitos cerrados. Creí que estaba muerto, le toqué los mofletes, los tenía calientes. Subí a la calle por la primera atarjea, no me entretuve ni en cerrarla y, con el cestito bien apretado entre el brazo y las costillas, no paré de correr hasta casa. Gertru me mandó a la farmacia a por un bote de Pelargón.

-Fue hace cuarenta y siete años –prosigue Gertru-. Por la tarde, una vez limpio y comido, lo entregamos en un convento de las Hermanitas de la Caridad o de los pobres, ya no me acuerdo. Ellas sabrían qué hacer con él.

¿Y no le preguntaron de dónde procedía o dónde lo habían encontrado?

-A finales de los sesenta las monjitas no preguntaban nada –concluye Gertru para dar por zanjada la conversación.

¿Dónde estaba el convento? –pregunto.

Se miran ambos. Él se hunde en el sillón y carraspea. Ella se estira el vuelo de la chaquetilla de lana gris,

-Por Chamberí, creo –contesta en un titubeo

¿En qué calle?

-¿Tú te acuerdas Segis?

-Qué va. Ya sabes que tengo la memoria con más agujeros que el subsuelo de Madrid –contesta Segis.

Pues, dígame, al menos qué hábito llevaban las monjas? –le pido a Gertru

-Huy, es que nosotros –se acaricia nerviosa las manos- nunca hemos sido mucho de curas y monjas. No sé muy bien. Supongo que negro o, quizá, pardo. No nos acordamos. Perdónenos, hace tanto tiempo.

Gertru Se cruza de brazos, está a punto de las lágrimas. Segis permanece callado, inmóvil, metamorfoseado en el sillón.

Cerré la libreta, me levanté y le acaricié la cara con las dos manos

-Ahora sí me tomaría un café -le dije.

Volví a sentarme. Me tomé un café. Gertru me ofreció otra copa–pero de brandy, esta vez, por favor- Y me siguieron contando historias de cloacas por más de hora y media.

En el quicio de la puerta, a la despedida, les dije que, según mis pocos conocimientos de medicina, la sangre de los padres no tenía por qué ser compatible con la de los hijos. Gertru me plantó dos besos, Segis apoyó la muleta en la pared y me apretó tan fuerte la mano que me hizo daño en los nudillos.

J. Carlos

Puertas en el campo

puerta en el campo

A Lucas le desahuciaron sin violencia hace cinco días. Vivía solo en un apartamento de la calle Fuencarral.

Habíamos coincidido durante dos cursos en el internado del colegio. Él venía del seminario del que trajo la costumbre de caminar para atrás cuando paseábamos por San Torcuato. Para poder mirarnos a la cara, decía. Era espigado, tenía la voz dulce, los gestos contenidos y el andar pausado como si diera los pasos sobre terciopelo. Parecía llegado de otro planeta. Aborrecía las discusiones y nos reconvenía cuando nos bullían las hormonas y les propinábamos frases subidas de tono a las chicas que pasaban: Sois como las vacas que mugen cuando ven la hierba a lo lejos. Se le amustió el ánimo después del episodio del río. Fue por mayo, estábamos Lucas, Ventura, Juanmi y yo tomando un baño en un remanso del Duero, al lado de una familia que tenía la comida dispuesta sobre un mantel a cuadros extendido en la hierba. Los dos niños jugaban en la arena. La mujer, con bañador negro y el pelo recogido en una coleta, se levantó con la toalla desplegada para recibir a su marido que chapoteaba lejos de la orilla. El marido era corpulento y tenía el cuerpo cuajadito de pelo, perdió pie cuando ya regresaba haciendo aspavientos para espantar el frío. La señora empezó a gritar con desespero. Que se lo lleva el remolino, que se lo lleva. Lucas se tiró en plancha sobre el agua y nadó hasta el punto en que el hombre había desaparecido. Buceó para encontrarlo. Pasaron unos segundos que se atascaron en el tiempo hasta que logró sacarlo a la superficie. El hombre se le agarró del cuello y los dos volvieron a hundirse. Por segunda vez Lucas consiguió que sacara la cabeza, pero se le enroscó con manos y piernas y, ambos, se sumergieron de nuevo. Del grupo, nadie más sabía nadar. Nos acercamos braceando a duras penas, sin perder pie. Juanmi tropezó y tuvimos que levantarlo. Nuestros gritos hacían coro con los de la señora. Pasaba más de un minuto y las aguas terrosas del río seguían su curso como si nada. La señora hincó las rodillas suplicando al Señor. Ventura daba puñetazos al río. Juanmi y yo, agarrados de la mano seguimos caminando sobre el limo con la raya del agua lamiendo nuestras bocas. Temblábamos. A una treintena de metros vimos emerger a Lucas que, con la boca abierta, se daba un atracón de aire. El señor apareció río abajo, en otro término municipal, veintiocho horas más tarde. Dicen que lo encontraron hinchado como un globo.

El agente judicial que levantó el acta se sorprendió porque faltaban todas las puertas y sus marcos, incluso las de los armarios. En cambio, permanecían intactos muebles, electrodomésticos, ropa, libros, cuadros, fotos enmarcadas… que tomó su tiempo enumerar. Evitó la relación prolija de los utensilios de cocina y de baño “dado su escaso valor económico para el banco acreedor”. Baste señalar, concluía, que hasta el cepillo de dientes sigue en un vaso de plástico en el estante de vidrio del baño.

Después del suceso del río, por la tarde, fuimos a la discoteca. Era la rutina de los domingos. Íbamos dispuestos a olvidar y emborracharnos. Estaba en un sótano. Lucas empezó a marearse en el último tramo de escalera. No puedo respirar, me falta el aire, sacadme de aquí. Lo arrastramos hacia arriba, peldaño a peldaño, hasta el espacio abierto de la calle. Ventura y Juanmi volvieron dentro. Me quedé con él esperando que se le pasara. No quería volver adentro. Aunque parecía un ataque de claustrofobia llegué a pensar que, tal vez, fuera una treta de Lucas. Siempre se quedaba bebiendo en la barra cuando ponían música lenta, y detestaba que, a la salida, hiciéramos alarde de las audacias en arrimos y manoseos. De hecho, cuando votamos que los domingos iríamos a la discoteca, fue el único que votó en contra. Vendimos nuestras entradas y nos fuimos a abrevar en las barras de los bares de la calle los Herreros. Dimos fin al vía crucis alcohólico en un  bar de la plaza Mayor. Allí, acodados sobre una cuba a modo de mesa, con la modorra encima, permanecimos un buen rato en silencio. Lucas miraba a un punto indefinido de los estantes donde formaban en fila las botellas de alcohol blancas, verdes y cobrizas. Cuando arrancó a hablar tenía en los ojos telarañas de agua. No podía deshacerme de él, tenía mucha fuerza, me arrastraba. Le pateé, le alcancé la mandíbula con un puñetazo, me ahogaba y seguía enroscado a mí como un pulpo. Le tuve que estrujar los huevos para que me soltase. Sorbió los mocos y pasó el dorso de la mano por la nariz. Se hundió con las manos extendidas, asiéndose al agua, y esos ojos abiertos como platos me miraban, perplejos, como se mira a un asesino.

Más arriba en el acta, el agente judicial había reseñado que, el deudor les esperaba en el portal trajeado y con corbata. El demandado había extendido en la escalera una alfombrilla roja de felpa que llegaba hasta el 2º D. Se ofreció para acompañar a la comitiva y, ante el vano de la puerta, hizo formal entrega de la posesión de la casa, excusándose por no entregar las llaves. Resulta del todo innecesario –alegó.

Esa misma mañana me llamó a la redacción mi contacto en los juzgados para contarme el extraño desahucio. No lo consideré noticiable. Hay quien se lleva los grifos, los lavabos, el parquet o, deja el piso destrozado a martillazos. Fue por prurito profesional que le pedí el nombre del desahuciado.

Al terminar el colegio Lucas se fue a estudiar a Salamanca, yo a Madrid. Mantuvimos durante unos meses correspondencia. Fui yo quien cortó la relación epistolar cuando un compañero del colegio me previno que viajaba a Zamora los fines de semana para ver a Eva, con la que yo me carteaba en plan novios en la distancia. También corté con ella en dos páginas muy dolidas plagadas de supuestos agravios. No volví a tener noticias de Lucas hasta la fiesta del veinticinco aniversario de nuestra promoción. Él no acudió. Fue en las nuevas instalaciones del colegio, el antiguo lo demolieron para levantar edificios de seis pisos. Al reencontrarnos los compañeros, a modo de saludo, nos dijimos lo bien que nos veíamos los unos a los otros. Se notaban los gestos de espanto al reconocer los estropicios en los cabellos y en las caras. Seguramente cada cual pensó  que el paso del tiempo había sido más indulgente con él. En las copas que se sucedieron tras el almuerzo, Rendueles me aseguró que Lucas era homosexual y había tenido varias parejas. Siempre fue muy discreto –añadió- pero ya en el colegio sus andares y esos gestos tan delicados suscitaban recelos y corrió algún rumor malicioso.

Cuando escuché de boca de mi informante en los juzgados las tres palabras: Lucas Pareja Seisdedos, se me volteó el estómago. El cerebro empezó a tejer y destejer imágenes de Eva con su pelo negro al viento, de sus ojos como canicas de ámbar, de los versos que me escribía y que todavía sé de memoria y, del buzón vacío que fue, durante años, la misma definición del olvido. Todavía duele en el recuerdo. Regurgité un poco del café con leche del desayuno. Cuando me rehíce busqué en los archivos del periódico y pedí a Elvira, la documentalista, que me preparara un breve informe. Lucas era un dirigente destacado de la Plataforma Anti desahucios. Allí me dieron noticia de su particular paradero y un número de móvil. No le llamé, preferí presentarme de incógnito para hacerle una entrevista.

Vivía entre Getafe y Villaverde, en el campo. Había plantado todas las puertas del piso desahuciado, con sus marcos y sus jambas, en un huerto de cien metros cuadrados en las afueras de la ciudad. El uso y disfrute de la pequeña finca le había correspondido, por riguroso sorteo, en virtud de cesión del ayuntamiento por dos años, para su solaz. Era extraño ver las puertas plantadas en el campo, sin la continuidad de las paredes. Resultaba inquietante, como esos pensamientos raros, fuera de contexto, que, a veces, se suceden en la duermevela. Formaban una figura geométrica que semejaba, vagamente, una ele dibujada con trazos discontinuos. Llamé con los nudillos a la puerta principal. Lo hice con sumo cuidado, temía que se me cayera encima. El marco era lo único anclado en tierra, no había tiradores ni vientos. Era de las blindadas, tenía el barniz picado por debajo de la cerradura. Me quedé esperando frente a la mirilla, me parecía deshonesto mirar a través de la pared inexistente. Escuché unos pasos blandos y que descorrían los cerrojos. Cuando abrió la puerta se quedó paralizado un instante. Yo lo había visto en fotos al documentarme. Él hacía más de treinta años que no me veía. No obstante, me reconoció. Nos dimos un abrazo. Pegó tanto su cara contra la mía que se le cayó el sombrero de fieltro azul. Estaba igual que en las fotos, moreno, flaco, la nariz larga, el mentón picudo, las mejillas descarnadas y el pelo largo con un cierto desaliño. Con un gesto me franqueó la entrada a un pasillo en el que florecen seis rosales dispuestos en una línea que se acoda a la derecha. Se adelantó para abrirme la puerta de la cocina, está a la izquierda, es la única que tiene un vitral traslúcido en arco. Dentro hay un espacio donde hojea un viñedo con nueve cepas dispuestas en un cuadrado de tres por tres. Al fondo de la cocina, sobre una calva de tierra, una bombona azul de camping gas con quemador y una tinaja llena de agua con una tapa de madera donde descansan tres botellas de vino. Abrió una botella de vino de Toro, Colegiata, llenó dos copas. No brindamos, ni hablamos del pasado. Me pidió que le hiciera un reportaje muy visual. Es mi forma de luchar contra los desahucios. Ya pasó el tiempo de las manifestaciones, además, en las grandes ciudades ya mandan los nuestros. Les haríamos un flaco favor con imágenes de los policías municipales repartiendo estopa mientras echan de su casa a una anciana que vive con sus nietos. Quiero crear un lugar icónico que se meta en las pupilas de la gente. Un hombre solo que vive en un huerto, sin paredes, sólo puertas. Una casa transparente, sin intimidad, donde se me puede ver mientras me ducho, leo, toco la guitarra o, cago como un animal en el zoo. Ese es el icono que busco, que la gente comprenda que a un desahuciado se le condena a regresar al estado de un animal. Ojalá los sentimientos, como esta casa, no estuvieran emparedados y fueran transparentes o, al menos, –y aquí esbozó una sonrisa- traslúcidos. Con la copa en la mano, salimos de nuevo al pasillo. Me mostró, a la derecha, el baño. Se accede por una puerta abatible de dos hojas con espacios vacíos arriba y abajo, como la de los salones de las películas del oeste. Detrás no habrá más allá de cuatro metros cuadrados en los que caben dos filas de pimientos y una de cebollas, también un cuenco de barro cocido con ribetes de esmalte azul, una regadera y un palo clavado en tierra en el que se enrosca una manga de agua. La puerta del comedor está en el pasillo, a la izquierda. Es corrediza, abierta deja ver un terreno amplio con tres espacios diferentes, uno sembrado de patatas, otro de maíz y, el tercero, reservado para una mesa de listones sueltos de madera sobre dos caballetes, y cuatro asientos de tocón de árbol, en uno de los cuales descansa una guitarra de siete cuerdas. Al salir cierra la puerta con cuidado como si tuviera miedo de que se viniese abajo, aunque me cuenta que, todos los marcos están reforzados con barras de hierro que se anclan a la tierra y se hunden más de un metro y medio. El dormitorio está al final del recodo del pasillo. Tras la puerta hay cinco camellones, tres brotados de tomates, uno sembrado de lechugas y otro de calabacines; a un lado un tablón grande con un saco de dormir azul recogido encima. Aunque no existen paredes que jalonen y dividan los espacios, las cuatro hileras de los contornos de la finca están pespunteadas de naranjos y melocotoneros, un granado, dos almendros y una higuera enorme. Las puertas de los armarios están ancladas a medio metro de los árboles que dan al baño y al dormitorio. Están cerradas, allí guarda su ropa dispuesta en perchas que cuelgan de unas cuerdas atadas a las ramas.

En el quicio de la puerta de entrada, antes de despedirme, le pido autorización para enviar a Irene, la fotógrafa que hará el reportaje gráfico. Los iconos necesitan muchas imágenes y pocas palabras, le digo. Y no te preocupes, concluyo, escribiré un reportaje muy profesional, sin rencor. Aparta la mirada y se muerde el labio inferior. Para romper la incomodidad que le han producido mis últimas palabras, le pregunto si necesita algo.

Sí, contesta irónico, no me vendría mal un bote de Tres en uno, porque las bisagras de la puerta principal chirrían y rompen el silencio del campo. Nos damos la mano, él esboza una sonrisa forzada y fría. Anudo mi brazo a su cuello y nos fundimos en un abrazo. Vuelve a pegar su cara y quedan nuestros pómulos separados sólo por el ala del sombrero. Con la voz quebrada y los labios pegados a mi oreja, me dice: Han pasado los años, pero sigues siendo igual de gilipollas. Hace una pausa, se separa y despacio, muy despacio, sube sus manos abiertas hasta mis mejillas y las aprieta con un poco de rabia. Me acerqué a Eva porque estaba enamorado de ti. Aquellos domingos que viajaba a Zamora desde Salamanca nos íbamos a pasear al bosque de Valorio. Nos leíamos tus cartas el uno al otro. Tú eras nuestro único tema de conversación. Aquella muchacha estaba loca por ti y a mí, entonces, me bastaba con estar cerca de lo que más querías. Retira las manos, arrastra con sus dedos por detrás de las orejas el pelo entrecano que todavía tiene irisaciones doradas y se da la vuelta. Antes de dar un portazo y de que el marco tiemble peligrosamente me espeta: Siempre fuiste un orgulloso y, si me lo permites, un poco estúpido. ¡Ah!, y me tiré al agua por ti, para que me admiraras un poco. Sólo por eso.

J. Carlos

Un puñado de añicos

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Cuando le dije que me iba de casa no le salió ni una palabra de la boca. El hámster se balanceaba en la noria, que chirriaba ligeramente. Se quedó mirando a un punto indefinido de la jaula al través de dos lagrimones. No paró de llorar en silencio. Los monigotes de la tele parlotearon de política y de no sé qué incendio con muertos y de guerras. Siguió ahí quieta, ahogando los hipidos, las mejillas líquidas y rojas. Tragué saliva varias veces. Hubo un momento en que sólo se oyeron las subidas y bajadas de mi nuez. Las tortillas de patata que habré comido en esa cocina, siempre guisó de vicio la condenada. Lo añado al debe, eso también lo perderé. Viajes, esfuerzos, caminos paralelos, una procesión de quince años, La niña, la boda, el piso nuevo, los muebles que todavía olían a barniz, los besos…

Estuvo como diez minutos llorando en silencio, se me hizo largo, muy largo. Me quedé callado, sin mover un músculo como un pasmarote. Después gritó, chilló y la emprendió a puñetazos conmigo. Me cubrí el pecho y el rostro, por instinto. Habría sido tan fácil inmovilizarle los brazos. La dejé hacer. Sus senos se bamboleaban rotundos. En ese momento caí en la cuenta de que perdería su cuerpo de carnes prietas y ese ímpetu de fiera en la cama. Los compañeros de trabajo compararán a las hembras, escogerán a la más joven. Las compañeras me odiarán, por solidaridad. Los gritos seguían en la escalera después de echarme de casa y de tirarme a dar con palabras gruesas. Los peldaños quedaron sembrados con un rebujo de epítetos que, a buen seguro, germinaron en las orejas de las vecinas apostadas tras las puertas.

Ahora estoy en el parque de las Tetas. Escombreras que arrancaron de ese Madrid de ahí abajo hoy plantado de ladrillos y chimeneas; algún edil mandó tapar los montones de tierra y de basura con hierba y le sembraron esa piel verde. Habrá huesos de perro enterrados dentro y de hombre también, seguramente. ¿Cuántas parejas, aprovechando la noche, habrán hecho el amor en esas laderas picudas, sobre el colchón de hierba? Será incómodo, resbalarán y la ropa quedará impregnada de verdín. Desde aquí se ve la maraña de calles y los edificios como colmenas, quedan a la altura de tus zapatos, te imaginas que puedes darle un puntapié y llevarte por delante media ciudad. Dos viejos sentados en el banco de hierro miran al suelo, ni se hablan siquiera. A veces nosotros también estuvimos así, sentados, sin hablar siquiera, por algún malentendido, o por orgullo, o por nada. La niña estará en el colegio, sin advertir que la vida ya no será mañana igual que ayer. ¿Cómo se le dice a la niña que te vas, que te has enamorado de otra, que le cambias el mundo porque tienes una vida por vivir, que será más pobre y que no me tendrá cada noche para inventarle cuentos? Allá, al fondo, el sol de invierno se esconde entre las nubes, tras una estela de sangre, parece una herida abierta en el cielo. Estamos en marzo, el viento frío arranca hojas de periódicos y levanta el polvo en pequeñas tolvaneras y las dispara con furia contra las piernas y los rostros. Quisiera no pensar, pero el cerebro me bulle como una cacerola hirviendo. Me subo la solapa del abrigo para cubrirme el cuello, está como acartonado por fuera y, por dentro, la garganta está seca. Trago saliva, hay una nube de angustia que la atasca. ¿Remordimientos? Pienso en los curas del colegio que me hacían creer un malvado pecador cuando, arrepentido, les contaba cada domingo ante el confesionario, padre he vuelto a tocarme. Así me siento ahora, como un malvado pecador. Pero ya está dicho y hecho, no puedo volverme atrás y menos por compasión. Habrá que decírselo a papá, volverá a mirarme como a un fracasado igual que cuando le dije que dejaba la carrera. Si viviera mamá me gritaría, adúltero que eres un adúltero, lo que Dios une que no lo separe el hombre. Después se santiguaría y le daría una de aquellas llantinas, secas, pero con mucho moco, mucho pañuelo y mucho teatro. Luego remataría con un, hijo, ya te lo decía yo, que esa no te conviene, es de las modositas que esconden una lagarta por dentro y tú eres tan inocente.

Habíamos terminado de comer, estábamos todavía sentados a la mesa. Estuvo toda la comida abstraído, algún problema de trabajo, pensé.  Dábamos los primeros sorbos a las tazas de café. Me miró, nunca había visto esos ojos tan tristes ni los había bajado dos veces seguidas antes de fijarlos definitivamente en los míos. Dijo que tenía algo importante que decirme, le costaba sacar las palabras de la boca. Luego, de corrido soltó los tres trallazos: Me voy de casa. Hay otra persona. Lo siento, de verdad que lo siento. El hámster giraba y giraba, como si con su noria me sacara el agua de las entrañas. El vacío empezó en la garganta, se fue expandiendo por el pecho y entró por la boca del estómago. Hizo una pausa y siguió hablando, le veía mover los labios, pero su voz se mezclaba con las voces de la tele y con el chirrido de la noria y dejé de procesar las palabras. El latido de mis sienes mitigó el resto de sonidos, parecía que el corazón se hubiera subido a la cabeza. Cerré los párpados para evitar las lágrimas, creo que fue peor porque a partir de ahí se desbordaron. Me tapé con las palmas de las manos, no por pudor, no, es que no quería que viera mi cara descompuesta, ni el rímel zigzagueando por mis mejillas en regueros azules. No sé cuánto tiempo pasó, cuando abrí los párpados tenía la mano derecha extendida ofreciéndome el pañuelo. Al cogerlo me rozó con sus dedos y los retiré como si me hubiera dado un calambrazo. El pañuelo tenía sus iniciales bordadas. Me gustaba bordar su nombre en sus camisas y en sus pañuelos: PA. Me sequé las mejillas y cogí la punta del pañuelo con el dedo índice para limpiarme las comisuras de los ojos. Con una cierta serenidad le pregunté cuándo se iba, si tenía dónde ir, que cómo íbamos a arreglar las cosas, que cómo se lo diríamos a la niña, y no sé cuántas cosas más. Me fui acelerando al hablar, estaba nerviosa porque con los hipidos se me habían escapado unas gotas de orina. Contestó despacio, me iré mañana, quería hablar esta noche con la niña. Con los labios se le movía el hoyuelo que tiene en la mitad del mentón. La primera vez que nos besamos, deslicé la punta de la lengua en ese hoyuelo después de dejarle que sus labios se mezclaran con los míos. Él siguió hablando, por supuesto la casa es para ti, en cuanto a la niña, bueno, confío en que podamos compartir su custodia, seguirá en el mismo colegio… Una vez me preguntó qué me había enamorado de él, le dije que su sonrisa, mejor dicho, maticé, los movimientos de ese hoyuelo tuyo cuando te ríes, y tu voz, claro. Su hoyuelo tenía vida propia, no dejé de mirarlo y me distraje recordando aquel primer beso, entonces me vino a la nariz una oleada de aquella fragancia suya, y sentí otra vez sus manos acariciando mi pelo, su lengua torpe buscando mi boca y volví a temblar toda. Los ojos se me desaguaron de nuevo. Apreté con el índice y el pulgar los lagrimales. Me soné,  tragué saliva, esbocé una mueca de sonrisa y le pedí perdón. Se puso en pie, vino hacia mí y trató de abrazarme. Cuando me tocó me sentí compadecida. Y eso sí que no. Me incorporé como un resorte y me desasí. Con rabia, cerré los puños y, al tiempo que le golpeaba, salieron las palabras de mi boca como una vomitona.

Siempre hablo en un tono muy bajo, despacio, sin estridencias. De novios me llamaba todas las noches por teléfono, decía que tenía la voz serena y sensual. Ya casados, si tenía algún viaje de trabajo, llamaba antes de acostarse, no me duermo si no escucho tu voz, es como un sedante para mí, decía. Creo que es la primera vez que me han traicionado los nervios en toda mi vida. Sí, chillé, con un tono agudo de falsete, con todos los músculos del cuello en tensión, como una mala actriz. La adrenalina disparaba mis puños, soltaba mi lengua y llenaba el vacío de mi pecho. Grité toda la retahíla de tópicos: que se veía venir, que soy idiota, que si  te pusiste a régimen para la otra. Mientras gritaba le cosía a puñetazos por el salón, retrocedió sin defenderse hasta el pasillo, caminando hacia atrás, sin darme la espalda, con los brazos levantados como un boxeador. Y cuando vi en el cajón de tu mesilla calzoncillos negros de Calvin Klein, te excusaste diciendo que yo siempre te compraba tallas grandes, le espeté.  Se terminó el pasillo y lo acorralé contra la puerta de entrada. Él, entre golpe y golpe, me hacía ademán con la mano para que bajara el tono de voz. A mí no me importaba que el vecindario me oyera. ¿Quieres largarte?, pues lárgate, eres un puñetero egoísta. Nos dejas, como dejaste a la cría de Foxterrier que me traje a casa, no duró ni quince días, lo que tardó en comerte la billetera  y, lo que es peor, tuve que mentir a la niña para encubrirte diciéndole que habían aparecido los dueños. Me dolían los puños y me estaba quedando sin fuerzas, tal vez por eso, se me ocurrió abrir la puerta. La cruzó sumiso. No era yo, era una furia. Quería que se diese la vuelta y entrase en casa, pero empezó a bajar. Me envalentoné y le empujé escaleras abajo, trastabilló sin llegar a caerse. Todavía seguí chillando. Le eché en cara su reciente coquetería, ahora se entiende que todas las noches me pidas las pinzas para arrancarte las canas, y que tenga que plancharte las camisas porque no te gusta cómo te marca los puños la asistenta. Él bajaba despacio, peldaño a peldaño, con la cabeza gacha, como si el cuerpo fuera de plomo, sin mirar atrás.

Cerré de un portazo y me he quedado echa un ovillo, entre la pared y la puerta. He de salir a buscarle para decirle que esa no era yo. Me duelen más las palabras que han salido de mi boca que el hecho de me haya dejado. No puede quedarse con esa imagen mía. Me da igual lo que piensen de mí los vecinos, pero él ha de saber que fue un arrebato, yo no soy así. Tengo que decirle que lo entiendo, que es su vida, que, tal vez, es culpa mía porque el trabajo me absorbe, me he descuidado y he puesto unos kilos. Llego tan agotada que ya no se lo pido, como antes, he dejado que se convierta en una rutina los viernes por la noche. No hemos vuelto a romper la mesa de la cocina, ni siquiera a manchar el tresillo, ni hacerlo contra esta pared en la que estoy recostada. El que primero llegaba a casa se quedaba apostado detrás de la puerta, y cuando el otro abría nos atacábamos como adolescentes y yacíamos en este mismo hall. Quisiera rebobinar y borrar los últimos diez minutos, es la segunda vez en la vida que quiero rebobinar. La primera fue cuando mi padre me soltó un tortazo por llegar tarde a casa y le pegué una patada en la espinilla; no volvió a ponerme la mano encima jamás, pero tampoco volvió a hacerme una caricia. Mañana tengo la presentación anual de los objetivos y no puedo faltar. Llevaré el traje de chaqueta verde, me pondré la camisa blanca con tres botones abiertos y subiré la falda para que no me miren a la cara. A saber qué facha tendré. Más de la mitad de la presentación se la curró él, es muy bueno con el Power Point, y es mañoso con los arreglos de la casa, y tiene mano en la cocina, y es un cielo con la niña, y me quedo embobada escuchándole.   Mis amigas lo idolatran. Tendré que decírselo también a ellas. Y a mis padres, que me dirán que me obcequé en el trabajo y no valoré lo que tenía en casa hasta que lo he perdido. Dios, cómo se cuenta que te han dejado sin resultar patética. Y perderé sus amistades, a Juanma que desborda ingenio, a Luis que sabe tanto de cine, a Ricardo y a Rita que nos enseñaron a bailar el tango y nos llevaron a Argentina el último verano. Es martes, la niña estará en clase de música, tan ajena a todo esto. Volverá en dos horas con el estuche del violín a la espalda. Es muy madura, pero no sé si lo entenderá. ¿Cómo se lo decimos? Dónde venden un libro que te instruya cómo explicárselo a una niña de trece años. Lo tenemos que hacer juntos y hemos de ensayarlo antes. Sonreiremos, le quitaremos importancia, le diremos que casi nada va a cambiar para ella.

Me levanto, salgo corriendo hacia el teléfono, marco su móvil. Por favor, que lo coja, tengo que decirle que borre los últimos diez minutos de nuestro matrimonio, que yo no soy esa. Y que venga, por dios, que vuelva a casa, que tenemos que hablar juntos con la niña. Para su edad, es muy inteligente, lo va a entender, además, somos gente razonable y educada, nos llevaremos como viejos amigos. Marco el número de su móvil. Suena la melodía de Penélope de Serrat, la sigo con el oído, viene del dormitorio. Sobre la cómoda está su teléfono, la pantalla ilumina mi foto. Me la tiró en Le Pic du Midi con los pirineos franceses al fondo, justo en el momento en que el sol se zafó de una nube e inundó mi cara. La canción me eriza la piel. Recuerdo que fuimos a un karaoke toda la pandilla, el salió a cantar, tiene una voz de tenor lírico, escogió la canción con mi nombre, Penélope. Antes de terminar la pieza, se bajó del escenario y se acuclilló para cantarme al oído. Al final, sacó una cajita de terciopelo rojo, la abrió y me dijo, si te pones este anillo estarás unida a mí para siempre. Piénsatelo. Acaricio la alianza, otra vez tengo que ahogar una lágrima. El teléfono se ha callado, cuelgo y vuelvo a marcar. Desconocía que tenía ligado mi número a esa canción. Tampoco sabía que había puesto esa foto mía de estas últimas Navidades. Fuimos los tres solos a La Mongie, a esquiar, la niña decía que tenía frío y se metía con nosotros en la cama. Una de esas noches me dio un vahído, no había bebido en la cena, pensé que era de felicidad. Me he recostado sobre la cama, encima de la colcha, me he puesto su teléfono encima y le llamo una y otra vez, suena Penélope y vibra su móvil en mi pecho. Volverá, seguro, tiene que recoger el teléfono. Esta noche le pediré a la niña que duerma conmigo porque tendré frío.

 J. Carlos