Archivo mensual: marzo 2021

El mundo gaseoso

Ahí fuera hay un mundo real, sólido, donde la gente trabaja, piensa, está ociosa, conversa, canta, enseña, pinta, ama y vive intercambiando servicios y cuidados mutuos en una organización complejísima y con una eficacia antes nunca lograda por la especie. Ahí fuera el personal es amable, te cede el paso, cumple las normas sanitarias, las de tráfico, las fiscales, salvan vidas en hospitales y donde las instituciones no llegan hay personas que dan de comer al hambriento. Ahí fuera recomponen mentes desmadejadas y corazones rotos y crean vacunas en un santiamén que salvan a millones de congéneres. Ayer mismo descubrieron una posible nueva partícula elemental que daría una explicación más aproximada del universo que habitamos.

Sin embargo, si sigues el acontecer del mundo real por los espejos deformantes de los medios informativos o las redes, constatarás que esto es un desastre del que solo se salvan el informante que es un dechado de saberes y tú que eres listo por leerle o seguirle. Por eso, cuando me acerco a un informativo a un periódico  a una tuitería o similar me parece estar viviendo el día de la marmota. Repiten una y otra vez, al estilo Vasile (Tele 5), el mismo mantra grosero y lisérgico donde los peores instintos y bajezas humanas se regurgitan y se rumian ante la mirada bovina del respetable. Lo real, lo sólido no vende. Por eso las primeras planas son gaseosas, las copan el analfabetismo funcional de Miguel Bosé y Victoria Abril y en un suelto, una vez al año, en página impar, cabe toda la sabiduría de Luis Enjuanes, por poner un ejemplo. Los dramas de Meghan Markle y Rocío Carrasco ocupan horas, días, semanas, meses en sus páginas y sus teles mientras las colas del hambre o la inmigración son piezas de relleno, por poner otro ejemplo. Las ayusadas de la muñeca que maneja el ventrílocuo Miguel Ángel Rodríguez en Madrid abren telediarios y suman votos a tutiplén, por añadir un ejemplo más. Y es que la posibilidad de que el mundo sólido y real tenga un reflejo fidedigno en su mundo gaseoso tiende a cero. En las redes es peor porque nacieron con el pecado original del anonimato, y abunda el espécimen que pide que le sujeten el cubata para arreglar el mundo en un tuit de cien caracteres, sin sujeto ni predicado. Lo único loable es que, aunque no te libras de sus epítetos, insultos y descalificaciones, evitas la tufarada de alcohol de su aliento y la estridencia de su voz aguardentosa.

Recuerdo que, allá por el 2001, acudí a la representación de La cena de los idiotas de Francis Veber, en el Teatro Infanta Isabel, desde entonces albergo la certeza de que, tanto Vasile como Zuckerberg, Dorsey y demás magnates de los medios, cuando nos congregan a sus cenáculos informativos nos toman por idiotas.

J. Carlos

El cine

El cine llegó una tarde de verano a la plaza del pueblo, vino en una furgoneta destartalada de la que bajaron una máquina que se llamaba proyector, y unas latas de latón donde se guardaban las bobinas de celuloide. A la noche mi padre me llevó de la mano a la panera donde se proyectaba la película sobre una sábana blanca. Estábamos al fondo y la gente delante se apelotonaba de a pie. El señor Felipe, un hombretón más alto que mi padre, me subió a hombros y desde allí vi el prodigio de un nuevo mundo que nacía en la superficie de la sábana y se extendía tras ella, hasta el infinito. Recuerdo que esa noche soñé que me había metido en el mundo de la película, vivía encerrado en el celuloide y viajaba de pueblo en pueblo dentro de una caja de latón. Mis padres me buscaban en la orilla de las lagunas y se asomaban, gritando mi nombre, a los brocales de los pozos.

Dos o tres años más tarde volvió el cine en la misma furgoneta, más ajada y sucia. Entonces vimos montar aquellas bobinas en la máquina y miramos al trasluz los fotogramas troquelados. Un operario nos explicó que el cerebro nos engañaba porque retiene unas milésimas de segundo cada imagen y al pasar 24 fotogramas por segundo se crea la ilusión del movimiento. Mirad esa nube –dijo- y cerrad los párpados para comprobarlo. Yo miré al sol y lo tuve dentro de los ojos toda la tarde. Esa noche, durante la proyección, abrí y cerré los párpados lo más rápido que pude para fijar un solo fotograma. No lo conseguí, pero se me quedó hospedada la idea de que era una ilusión ver las cosas como un suceso continuo, pensé que el mundo, como el cine, iba a 24 fotogramas por segundo. Cada tanto parpadeaba rápido en la calle, en la escuela y en las eras para parar el mundo y congelarlo en un solo fotograma. Mi madre creyendo que era un tic nervioso llamó a Don Javier, el médico. Me auscultó, sujetó mi lengua con el mango de un tenedor para mirar mi garganta y me hizo unas preguntas. Le dije la verdad. Le dio un ataque de risa.

Tuve que hacer la primera comunión para parar el mundo. Unos días antes fuimos a la capital en el autobús de línea, mamá llevaba en el regazo, envuelto en papel de seda rosa, el traje blanco de marinero herencia de mi hermano. En el estudio fotográfico me lo puse con mucho cuidado para no arrugarlo. Después de la sesión lo dobló con primor y lo volvió a guardar en el papel de seda. A la semana llegaron las fotos en un sobre duro. A mamá le parecieron caras, a papá estupendas, a mí se me hizo raro verme fosilizado en blanco y negro. Antes de devolverlas al papel cebolla en que venían envueltas caí en la cuenta de que la máquina de aquel fotógrafo parpadeaba más rápido que yo. Así que ya habían inventado una manera de parar el mundo.

Muchos años después habría de acordarme de aquella tarde en que llegó el cine a mi pueblo y de aquella otra en que intuí que el mundo iba a 24 fotogramas por segundo y que si parpadeaba tan rápido como una máquina fotográfica podía parar el mundo. Sucedió en el colegio, cuando el padre Eloy nos explicó que la energía no fluía continuamente sino que iba a saltos, en paquetes o cuantos, y que los electrones saltaban de una órbita a otra sin pasar por ningún camino intermedio. Imaginad –concluyó- que el espacio tiempo fuera una tela compacta pero vista al microscopio está llena de huecos entre los hilos. El empollón levantó la mano para manifestar que aquello resultaba antiintuitivo porque si la luna cambia de órbita tenía que seguir una trayectoria entre ambas. Se quedó tan ufano. El padre Eloy se encogió de hombros. Los demás guardamos silencio. Cerré los párpados con todas mis fuerzas y, antes de volver a abrirlos, volví a tener en los ojos el sol de mi niñez. Comprendí que mis recuerdos eran la bobina de la película de mi vida y podía volver a verlos en continuo o fotograma a fotograma. Lástima que, al igual que las tramas de las telas y que el espacio tiempo, tengan más huecos que un queso Gruyère.

J. Carlos