Archivo mensual: mayo 2018

Soberbia y silencio

JCB_2962

El narrador de ficción siempre juega con ventaja. Toma de la mano al lector y lo coloca en primera fila para que no se le escape ni un diálogo, ni un gesto, ni una arruga de la ropa. Si es menester levanta la tapa de los sesos de los personajes para que el lector pueda ver lo que piensa, o les disecciona en canal el corazón para mostrarle el pálpito de las emociones y los recovecos donde se esconden los sentimientos. El narrador de periódico, igual que el historiador, lleva siempre la peor baza, es un mero voyeur que acumula evidencias aplicando el ojo a la cerradura y la oreja al parloteo. Como no le está permitido trepanar cerebros ni eviscerar a sus personajes se limita a bruñirles la cara del poliedro con la que quiere que el lector les mire. Ni uno ni otro son confiables, el uno porque construye meros artificios, el otro porque pretende contener el fluido de la realidad en el cuenco de las manos.

El único narrador confiable, al menos legalmente, es el juez. Fue una convención, sucedió que los dioses estaban en el más arriba y no se dignaban bajar para narrarnos, desde su omnisciencia, cómo se habían desarrollado los conflictos y los agravios entre los hombres. A falta de un relato único siempre terminábamos a palos o a bombazos. Para resolver esta tragedia decidimos nombrar a un narrador de entre nosotros y le otorgamos el beneficio de la credibilidad.

Ayer la Audiencia Nacional nos desveló el relato de la Gürtel. Todavía no es el último, de forma que no podemos levantar el adjetivo de presuntos a los veintinueve condenados hasta que el narrador Supremo estampe su firma. En esta penúltima narración, todavía presunta, se describen los hechos de estos apóstoles de la codicia con la misma precisión con la que un lapidario pule las facetas de un diamante hasta conseguir la talla princesa. Tiene una prosa densa, reiterativa, en la que viene a asentar y otorgar carta de naturaleza a todo aquello que ya conocíamos de sobra por los medios. Si deconstruyes la sentencia quitándo el polvo de la jerga jurídica y barriéndo el argot contable se queda reducida a una sola frase: “Qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”. La misma que pronunció el capitán Louis Renault en la película Casablanca.

También puedes destilar la sentencia. Es fácil. Se trataría de meter el millón de palabras en la caldera de un alambique, ponerle un fuego debajo hasta que el termómetro del capitel marque los 64º. Cuando el vapor empiece a condensarse en el serpentín habrá de aplicársele un poco de frío para que, por cambio de temperatura, se precipite el licor de la soberbia por la boca del caño. Son mil seiscientas ochenta y siete páginas que destilan una sola palabra, soberbia. A estos facinerosos abonados al pijerío les perdió la soberbia. Porque yo lo valgo. Estaban tan pagados de sí mismo que levitaban un palmo por encima del resto de los mortales. Militaban en una organización que tenía el poder y, no sólo disponía de una maquinaria precisa para saciar su codicia, también expedía los pasaportes a la impunidad. Fueron incapaces de advertir, ensimismados en su latrocinio, que la omertá sólo funciona cuando coses la boca del soplón a balazos. No fueron los policías o los jueces quienes encontraron el hilo de Ariadna, las delaciones surgieron del mismo seno de la organización criminal donde pace el Minotauro. Fuego amigo. Gestapos y gestapillos. Intereses contrapuestos. Luchas de poder intestinas. Envidias. Recelos. En suma, soberbia.

Resulta enternecedor, aunque sepas que es una burla a la inteligencia,  el espectáculo de los voceros de la organización política condenada repitiendo las mismas consignas como muñecos de cuerda a punto de pararse o descomponerse. Las frases son las mismas. El tono, con el tiempo, va decayendo y pasa de barítono a bajo como el de una misa de réquiem. La cara se les amustia al igual que amustia sus gestos el enterrador cuando se acerca a los deudos por ver si cae una propina.

Entretanto, el Minotauro perdido en el laberinto de su indolencia, necesita zamparse urgentemente siete Zapalanas y siete Ratos para saciar el apetito. Lleva casi una década dando cuenta del sacrificio de siete hombres y siete mujeres que le echan los suyos en el laberinto judicial y que, desorientados, acaban en las fauces de la bestia perdiendo hasta su identidad (esa persona de la que usted me habla). Ignoro si el Teseo que luche y mate al Minotauro será Bárcenas, harto ya de ser la puta del PP y encabronado ante la perspectiva de que las posaderas de su santa terminen calentando la taza del retrete de una celda. Lo que sí sé es que el héroe que acabe con la bestia no será ni Rivera, ni Sánchez, ni siquiera las urnas. Caerá abatido por los propios. El arma no serán los sobres de un blanco roto que contrastaba con el color mierda de los cigarros puros  con que los tapaban. Tampoco el tiro de gracia será la acreditación de que la identidad de M punto Rajoy coincide con el Minotauro. Me temo que caerá por algo tan ruin y tan poco sublime como los tarros de crema antiedad de la Cifuentes. Ya sabemos que los narradores de ficción y los historiadores cargan las tintas en la épica pero la realidad es siempre más prosaica.

Hay narradores que juegan magistralmente con los silencios, al fin y al cabo, una novela es como una sinfonía y la música es una concatenación armónica de sonidos y silencios. Los silencios pueden ser espesos como el del teléfono cuando tiene que sonar y no suena, breves como el que se sucede cuando las bocas van a sellarse en un beso, inquietantes como el de la naturaleza antes de que estalle la tormenta. También pueden ser broncos como el mutismo de Aznar. Recuerdo que Váquez Montalbán acuñó en un libro póstumo el concepto de “aznaridad”. No vivió para saber que además de los delirios de grandeza que enmascaraban su incompetencia, gastaría malos modos con su pupilo, zahiriéndole y denostándole, en cuanto éste se libró de su vasallaje. Murió sin sospechar que la aznaridad se resumiría en oponer un tupido silencio frente a las fechorías de su ejecutivo, cuya foto hoy podría orlarse con un “Se busca” porque como escribe Rubén Amón: “No está claro si Aznar tenía un Gobierno o si pretendía asaltar el tren de Glasgow”.

Para los que piensan que quien calla otorga -no es mi caso- todos los silencios son cómplices.

J. Carlos 

Anuncios

Perplejidad

casoplón

El tiempo es un pudridero porque obedece a la segunda ley de la termodinámica, “a cada instante el Universo se hace más desordenado”. Esto es, se produce un deterioro inexorable que tiende hacia el caos. Por eso las montañas se erosionan, las olas del mar desgranan las rocas en un desorden de arena y el cuerpo humano se precipita hacia una degradación polvorienta hasta confundirse con la misma tierra que habitó.

Coincidiendo con el séptimo aniversario de movimiento del 15 M que se asentó en la Puerta del Sol de Madrid, dos de sus adalides, Pablo Iglesias e Irene Montero, que con el viento a favor de aquellas protestas izaron las velas de un nuevo partido, se han comprado un casoplón. Aquel movimiento nació con el objetivo de moderar la entropía social –la velocidad con que se produce el desorden- que traía su causa de la crisis financiera. En aquel caos donde el espejo del futuro se hacía añicos y los jóvenes comprendieron que ya no tendrían trabajos normales como sus padres, ni salarios y pensiones dignas, ni educación gratuita, ni sanidad pública, fue fácil para Pablo e Irene inflar los pulmones y llenarse la boca con vocablos que encendían la cólera y alumbraban la esperanza: “Los partidos de la casta, las élites económicas, el miedo tiene que cambiar de bando…” Luego viene el pudridero del tiempo a desordenar las cosas y de aquellas aseveraciones: “los políticos que viven en grandes casas es lo peligroso” pasamos, con una entropía desbocada, a un chalet en la sierra con piscina de piedra, tres dormitorios con vestidor, comedor con dos ambientes, casa para invitados y una parcela en que podrán sembrar la tercera parte del césped del Bernabeu. La historia se repite, acuérdate de la Villa Meona del que fuera ministro socialista Miguel Boyer y de su segunda mujer, Isabel Preysler, que contaba con trece baños. Siempre supuse que este número obedecía más a la Cábala que a la necesidad.

No soporto la ruindad mental de quienes piensan que un rico no puede ser de izquierdas y, de serlo, ha de practicar la austeridad en el proceder, la frugalidad en la colación y la moderación en la bebida como si perteneciera a la Orden Franciscana y profesara el voto de pobreza. Pero tampoco soporto a los inquisidores que crucifican a los adversarios -“¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 € en un ático de lujo?”- y luego se gastan casi 700.000 € en una casa que no desentonaría con las que retrataba aquella vieja serie de Falcon Crest.

La perplejidad se manifiesta al advertir que las ideas, que tienen la pureza de las vírgenes, caen seducidas por la oratoria mística de los profetas y éstos, inexorablemente, terminan prostituyéndolas.

Como hemos dicho el cuerpo humano se precipita hacia la degradación, pero con la medicina y los conocimientos adquiridos hemos conseguido reducir la velocidad con que se desordena y arañarle unos cuantos años a la vida. Por el contrario en la España de Rajoy la degradación se acelera porque, como él mismo afirma, “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión”. Sin nadie que reduzca la entropía el caos está servido. Ahí tienes el caso de Cataluña. Durante los días 6 y 7 de septiembre próximo pasados, el Parlament catalán violó la Constitución y el Estatut, con la aprobación de las leyes del Referendum y la de Transitoriedad ante la impertérrita indolencia del mentado. Desde entonces acá la putrefacción política y social está tan avanzada que estamos atufando a Europa.

La última tufarada que envenenó el aire de la democracia española y europea se expelió ayer, fue con la toma de posesión como President de la Generalitat de un filofascista cuyos escritos afirman una supremacía trumpiana y una xenofobia cercana al apartheid practicado hasta 1992 en la República de Sudáfrica por la minoría blanca. Veasé: “Los cruces [de la raza del socialista catalán] con la raza del socialista español fueron aumentando y aumentando hasta llegar a mutar el propio ADN de los autóctonos”.

Este espécimen de ser humano, como buen narcisista, presume de conocernos a todos los españoles cuando afirma que “vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”. Supongo que ignora aquella anécdota de Churchill que cuando le preguntaron la opinión sobre los franceses contestó: “No sé, son muchos y no los conozco a todos”. Fue la mejor respuesta contra la xenofobia, el nacionalismo cateto y el estúpido odio al extranjero.

Para demostrarle humildemente que, siendo español sí sé utilizar esa palabra, me congratula expresarle los sentimientos que usted me suscita: Si goza de buena salud mental y su ideología es la que expresa en sus escritos, siento vergüenza no sólo de ser su compatriota sino también de pertenecer a la misma especie. Caso de que sufra alguna psicopatología social, me da lástima. La buena noticia es que medicado, en las manos de un buen facultativo y alejado del poder puede que no haga daño a nadie.

Seguramente, al contrario que usted, ni me siento ni me dejo de sentir orgulloso de mi patria, como no puedo sentirme orgulloso de tener los ojos castaños o la piel blanca. Nací aquí, me vino dado, al igual que me vino dado el cuerpo. Me siento un privilegiado por pertenecer a este grupo humano y trato, en mi modesta medida, de que las cosas vayan mejor para mis compatriotas. Claro que hay cosas de España que me gustan y otras  que me disgustan como me pasa con mi cuerpo. Ojalá que no hubiera patrias, sólo una, la única común de toda la humanidad. Sé que no le verán mis ojos, como sé que todo lo que usted representa va contra ese principio. ¿Sabe de qué estoy orgulloso? De mis principios porque no me vinieron dados, tuve que esforzarme para conseguirlos y luchar para que pervivan.

La perplejidad no es ya que la llamada izquierda catalana sea nacionalista, que también. O que voten a la derecha catalana que tras gobernar tres décadas largas, terminó arropándose en la estelada para ocultar la rapiña de las arcas públicas. O que después, coaligados con esa misma derecha que por vergüenza hubo de cambiar hasta de siglas, dieran un golpe de Estado juntos y, actuando de mamporreros, les ayudaran a mitigar la contestación social por el estropicio causado por los recortes más sanguinarios de todo el Estado que habían perpetrado el Sr. Mas y sus secuaces. La perplejidad es que hayan entronizado como representante de todos los catalanes a la marioneta de un prófugo, la cual, sin duda inspirada en Mein Kampf, considera “bestias con forma humana” a los catalanes que hablan español, pero no acémilas o bestias de carga, no; especifica que son “carroñeros, víboras, hienas”.

Al igual que Convergència tuvo que cambiar de nombre para blanquearlo, como hacen los delincuentes con el dinero robado o malversado, espero que Esquerra Republicana de Catalunya borre la primera palabra de su nombre para no sonrojar a la izquierda y para no burlarse de la inteligencia del común de los mortales.

J. Carlos

Huellas

IMG_20170908_093024

No importa la levedad con que pases por la vida, siempre dejarás un rastro.

Mientras el mar borraba las huellas que tus pies imprimían en la arena aquella tarde, ella se estremeció cuando descuidadamente tu mano rozó la suya. Seguramente se habrá olvidado de otras pieles que transitó en esa misma playa, pero guardará para siempre en la caja de caudales de sus sentimientos ese momento en que las yemas de tus dedos se encontraron fugazmente con los suyos. Lo escribió en un poema, a los dieciséis. Todas las primaveras, cuando la primera petunia de su maceta rompe el capullo y asoman los pétalos malvas con motas blancas, también se le asoma el recuerdo, aunque aquel mar de un verde óxido donde flotaban algas muertas ahora es turquesa y el sol escuálido de la tarde, emboscado entre nubes, está en todo lo alto porque los dos camináis juntos sin pisar vuestras sombras. Cada vez que regresa a la playa, que ya no es la de aquel verano, en un coche cargado de nietos, mucho antes de llegar al mar abre la ventanilla para oler el salitre y se le vuelve a erizar la piel evocando aquel instante tan lejano. La última vez que sintió una sacudida en la yema de sus dedos fue en el mismo instante que el anestesista le puso la mascarilla del oxígeno; cuando despertó sus dedos buscaban tus dedos y sus pies pisaban la arena de aquella playa, durante la sedación había condensado toda su vida en un sueño de verano, su cerebro tardó unos minutos en despegarla de aquel gesto tuyo y regresarla al futuro, cincuenta años después.

Si las palabras pudieran medirse por la cantidad de aire que desplazas mientras hablas, podrías constatar que a lo largo de la vida has desalojado unos cuantos millones de metros cúbicos que han hecho vibrar unos millares de tímpanos. Con la boca has conjugado el verbo amar, el verbo mentir, el verbo vender, el verbo enseñar…, pero esa miríada de sílabas se han diluido casi al mismo tiempo que las emitías porque su vida media es la de una exhalación. Tus palabras habrán provocado alguna tormenta al otro lado del mundo por el efecto mariposa o, quizá hayan quebrantado a tu prójimo porque, a veces, se transforman en armas de destrucción masiva que rompen amores y  amistades o, desgarran el corazón de los allegados con la misma precisión que lo haría una mano asesina con una navaja trapera. Lo que sí sé es, que  aquella mañana cegada por la niebla que emborronaba del vidrio de las ventanas las hojas de los árboles y el edificio de enfrente, mientras impartías la lección recorriendo peripatéticamente el pasillo de la clase, dijiste una frase lapidaria que tal vez la habías tomado prestada de un libro, pero aquel muchacho la anotó en su hoja de apuntes, la subrayó, la hizo suya y enderezó su vida quebrada por la desidia. Desde entonces la ha repetido unos cientos de veces viniera al caso o no, tantas que sus hijos cuando recita la primera palabra terminan la frase a dos voces. Todavía hoy, en una reunión anodina de trabajo, la escribe en su cuaderno de notas y la encuadra con filigranas y arabescos. Todavía hoy recuerda con precisión el color miel de los pupitres y tu voz y la manga de tu chaqueta manchada de tiza, aunque de evocar tantas veces aquel suceso, para ti tan nimio, se ha olvidado de la niebla y de que hacía un frío glacial en el aula porque se había estropeado la calefacción.

Será una traza mínima, si quieres, como aquella mañana en el metro que ibas leyendo de pie, recostado en la pared del vagón; el escritor sentado enfrente te había estado mirando sin pestañear desde que entró tres estaciones antes, cuando se apeó ya tenía el personaje principal de su novela. Nadie lo sabrá nunca, pero cada vez que se relee te está viendo a ti, embebido en un libro, casi sin pestañear, con una melena castaña discreta, los ojos de un verde intenso y un porte desmadejado como vencido por la melancolía.

Otras veces fue una impresión pasajera, un mero indicio que ignoras que alguien sigue buscando. Ella picoteaba la acera con su bastón blanco buscando el bordillo, le pusiste la mano en el antebrazo y le ayudaste a cruzar el paso de cebra a pasitos lentos. No sabía que tenías prisa, antes de darte las gracias te dijo que, su ceguera sobrevenida duraba ya dos meses y que era el primer día que se había aventurado sola a la calle. Desde hace medio siglo cada vez que se para en un semáforo y alguien se acerca, aspira hondo por ver si la casualidad le trae de nuevo tu fragancia.

Siempre habrá una huella que habrás dejado al pisar el camino de lo cotidiano, aunque no lo sepas, y permanecerá brillando como fósforo en la noche en el corazón que conmoviste hasta su último latido. Después el mar seguirá borrando playas para que otros, que también pasan por la vida con levedad, puedan dejar su rastro.

J. Carlos