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Presunción de inocencia.

Afirma Harari que uno de los rasgos determinantes de la evolución de la especie es el cotilleo. Sí, nos gusta el chisme y el rumor. Nos regocijamos con la maledicencia y, seamos sinceros, nos encanta que se exhiban en el tendedero público los trapos sucios de los ricos, poderosos y famosetes. Por eso, no hay mejor quitapenas que contemplar la caída desde el Monte Olimpo hasta el fango terrenal. Ni la medicina ansiolítica, ni las drogas duras, ni el alcohol blanco tienen tanto poder curativo.

El martes, 13, la Asociated Press ha colgado en el tendedero público los trapos sucios de Plácido Domingo. Tenía contratos cerrados en los mejores teatros del mundo para los próximos tres años. Dime quién, a día de hoy, tiene perspectivas laborales hasta los 81. Pero esos contratos caerán como papel mojado lanzado al aire. Saldrán los amigos en su defensa, se alzarán voces de tenores, mezzosopranos, barítonos, contraltos… en contra de su linchamiento público. Pero la mierda de los dioses ejerce sobre los hombres una fuerza magnética más fuerte que la del cordero triscando ante una manada de lobos. Plácido ya es un apestado como Harvey Weinstein, Kevin Spacey o Woody Allen.

La fama, el poder y la riqueza se envidian pero no se perdonan. Además, la gloria exige un crédito ilimitado que va más allá de la muerte, y eso no hay cuerpo que lo resista ni biografía que lo aguante. A ver quién soporta la áurea de héroe o de santo en estos tiempos en que las redes son instantáneas y están al alcance de cualquier boca o cualquier dedo. Personalmente los héroes y los santos me producen urticaria porque, o son hagiografías metaliterarias, o se trata de individuos que sufren un fanatismo rayano en la enfermedad mental.

Ha de ser buena persona el tenor cuando reconoce que, “las reglas y valores por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado”. Habrá quien piense que los ricos son muy tacaños, y que esa afirmación sólo se explica porque ha contratado a un abogado aprovechando las rebajas de agosto. Me inclino a pensar lo de la buena gente aunque me temo que el síndrome del Olimpo, que hincha el ego como un globo, no le ha permitido caer en la cuenta de esa máxima que aplicamos los que vivimos a ras de tierra: excusatio non petita acusatio manifesta.

Padecemos un sesgo cognitivo conocido como el efecto halo de forma que, si alguien tiene un rasgo central atrayente, fama, dinero, etc. tendemos a considerar también atrayentes todos los demás rasgos de esa persona. Einstein fue un genio pero también practicó la misoginia y, seguramente, el maltrato, Picasso era un psicópata de manual, Hitchcock maltrataba física y psicológicamente a sus actrices y las acosaba sexualmente, Juan Pablo II fue cómplice de aquel ser perverso llamado Maciel… Deberíamos ir al psicólogo para que nos saque ese sesgo como vamos al dentista para que nos saque una muela, porque enseguida elevamos a los altares a aquellos que admiramos por algún rasgo concreto y, luego, nos llevamos un chasco. La cultura romana era superior, su mitología está cuajadita de dioses que cometen todas las tropelías de los hombres y, al lado de los generales que desfilaban victoriosos por las calles de Roma, caminaba un siervo que les repetía al oído: memento mori.

La presunción de inocencia es una figura jurídica, un trampantojo de la justicia para guardar las formas del proceso. Sólo un tribunal, el del último recurso, puede establecer oficialmente tu culpabilidad y determinar tu condena; en el entretanto todos somos presuntamente culpables. La buena reputación también se nos presume, como el valor, pero se puede ir por el desagüe en un santiamén, basta un mal paso o, lo que es peor, una maledicencia. Item más, debido al efecto halo se produce un fenómeno físico curioso, cuanto mayor prestigio atesoras mayor reputación moral se te exige.

La cuestión es, ¿pagarías por ver actuar a Spacey, por leer a Celine, por ver un cuadro de Picasso?

¿Me lo preguntas a mí? Yo sí, con mucho gusto. Me gusta disfrutar de las genialidades y del arte de los hombres y, si puedo, me aparto de la mala gente.

           J. Carlos

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Maldad sucia, sucia maldad.

Maldad

Está la prensa para suicidarse. Te das un chute de noticias al desayuno y te malogran el día. Como estamos en agosto, el periodismo anda demediado, resulta que la política y  el fútbol, casi únicos platos de su menú, están al ralentí; así que la maldad humana más grosera, la de cuello sucio y bragueta sobada, se apodera de los titulares.

Leo que, en Valencia, una niña de 14 años ha saltado por la ventana y agarrada a las guías que sujetan el tendedero pedía auxilio para que su padre, de 38, no la violara. Los vecinos alertados por los gritos han llamado a la policía. La han rescatado de las garras de su padre y del abismo de cuatro pisos que la separaba del suelo. Ya te imaginas a ese padre cubriendo a la madre, compulsivamente, con el firme propósito de traer hijas al mundo para, cuando estén en sazón, violarlas porque son de su propiedad. No era la primera vez que intentaba violarla, la hija dormía con unas tijeras bajo la almohada y con un cojín entre las piernas para ahuyentar al espécimen del que lleva, irremisiblemente, la carga genética. A lo peor, cuando sea mayor, esa niña termina conjurándose con sus hermanos, como hizo la familia superviviente de Hitler, para no tener hijos y que se extingan los genes de la estirpe.

Ignoro si llegó a penetrar físicamente a su hija en alguno de sus intentos, pero lo que sí ha penetrado es la mente de esa niña. Llevará siempre una marca grabada a fuego en las nalgas de la memoria que le recordará que fue una mera propiedad de su padre, como un anillo o un paquete de tabaco. Costará arrancarle el prejuicio de que toda persona con quien se cruce, quien le hable, o quien le diga hola o adiós conoce su historia y, que para algunos será un juguete roto, para otros digna de compasión. Costará dejar de sentirse como un paquete de tabaco que todos los hombres quieren fumarse. Supongo que los psicólogos restañarán sus heridas emocionales, pero su padre ya le ha agostado la vida cuando todavía era un tallo verde recién brotado en la primavera de la vida. Sólo falta que venga la carcunda y la eleve a los altares en loor de santidad por haberse jugado el pellejo para evitar el pecado.

No le aconsejo conjurarse para no procrear y extinguir así el código genético del padre violador. Sería una estupidez. Todos los humanos en cuanto seres vivos poseemos genes depredadores porque tenemos inscrito a fuego el instinto de supervivencia. Todos tenemos un cóctel de hormonas que hemos de gobernar para tener una convivencia en paz con el resto de congéneres. También poseemos un cerebro avanzado y hemos comprendido que el mejor método de supervivencia es la cooperación, lo que nos obliga a inhibir aquellos instintos que dañan a la sociedad o a sus miembros. Cuesta domarnos para que seamos devotos de los valores cívicos. Lleva años de entrenamiento y mucho trabajo educarnos y culturizarnos. Si la doma falla, o el individuo usando de su estupidez depreda, la sociedad se defiende reprimiendo al individuo y privándole de libertad.

Entenderás que, como ciudadano, me sonroje el hecho de que para acceder a trabajos públicos, y también privados, se nos exijan conocimientos exhaustivos sobre muchas y complejas materias, pero no nos hagan un test sobre ética, ciudadanía, democracia, derechos humanos, conocimientos científicos básicos etc. No es extraño que tengamos una jueza que ejerce de pitonisa, o que haya policías municipales de Madrid que declaran por escrito estar dispuestos a matar a inmigrantes, desear la muerte de su alcaldesa y alabar y glorificar a uno de los mayores genocidas que en el mundo han sido.

No es menos sonrojante que, a los extranjeros que quieran acceder a la nacionalidad española, se les formule un examen con preguntas sobre los Reyes Católicos o sobre el río más largo o el más caudaloso del Reino, pero no se les exija ni un tamo de conocimientos sobre valores cívicos y ciudadanía.

Pero qué quieres, si no está ni en el currículo escolar español porque unos políticos mediocres, enfangados aún en el lodazal ideológico del franquismo, se cargaron la asignatura de educación para la ciudadanía, que era un plagio de la francesa. Por eso nuestros jóvenes aprenden los deberes cívicos consumiendo porno gratuito –que raya en la zoofilia-, haciendo botellón y viendo Sálvame.

        J. Carlos

El tiovivo de la vida

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            Aisling llegó el día que la luna estaba llena y las mareas vivas. Seguramente el tirón gravitatorio por la alineación del sol y nuestro satélite la sacó al mundo con un anticipo de dos semanas largas. Ese mismo día la Tierra interceptó los rayos del sol y ensombreció una parte de la luna. Y estuvimos a punto de perdernos el prodigio. Es verdad que vimos la puesta del sol del norte, enlentecida y soberbia, desde la ventanilla del avión. Pero a la hora en que la luna asomó ya estábamos bajo el techado del aeropuerto de Kastrup primero y dentro de un tren granate con vagones abombados, después. Por una bendita distracción nos pasamos la parada de Sydhavn y nos tuvimos que bajar en Sjaelör. La estación era abierta y la temperatura baja, en una pantalla se indicaba que el tren de vuelta tardaría dieciséis minutos. Los brazos y las piernas desnudos enfrentaban ráfagas de aire frío. Buscamos cobijo. De pronto, al sureste, estaba la luna tras una maraña de cables que discurrían por encima del andén; habría recorrido ya más de un cuarto de la bóveda celeste y estaba tronchada. Se nos olvidó la baja temperatura y, mirando el eclipse con el zum de la cámara, advertimos que parecía una esfera nevada en cuyo casquete superior la nieve ya se había derretido.

Un mes y tres días antes, sin llegar a ver la luna llena de junio, se fue Pilar, mi madre. No hubo tirón gravitatorio, sólo que la vejez cansa, extenúa y, al final, mata. Podría hacer aquí recuento de los eclipses que se produjeron durante los noventa y siete años y trescientos cincuenta y cinco días que vivió. Los cometas que se avistaron. Las estrellas fugaces que escribían una raya de fuego en el cielo nocturno mientras acarreábamos la mies en verano. O el número de volcanes que se encendieron y vomitaron las entrañas incandescentes de la Tierra. Pero en nuestra latitud la corteza terrestre era vieja y no tenía volcanes, tampoco se  daba importancia a los fenómenos celestes, tenías ahí el cielo todo el día y toda la noche para ti, sin edificios que estorbaran ni contaminación lumínica, apenas la raquítica luz de unas bombillas de pocos watios colgadas de tulipas blancas en las esquinas más sombrías del pueblo. Se hablaba poco y las emociones no eran pasto de la conversación, estaban ahí y las gobernabas como podías. Se hablaba poco, sólo de cosas prácticas. Recuerdo que una vez, una sola vez, subimos a la Atalaya, de amanecida, porque Venus estaba en el punto más cercano a nuestro planeta, lo traía El Correo de Zamora.

Como digo, Pilar se fue sin ver la luna llena de junio, la despedimos en una capilla de líneas austeras, como ella, con bancadas robustas de madera de pino trazadas con escuadra y cartabón; cubría el suelo blanco una alfombra granate como el tren de Copenague; sólo quebraba la austeridad del recinto el zócalo imitando a mármol y el vitral que ocupaba todo el ábside dibujado en líneas desnudas, sobre fondos amarillos y azules pintados a pinceladas sueltas; a la izquierda del altar había un Cristo crucificado, estaba colgado sobre el vitral, como si levitara. Hasta que no ascendieron sus restos en una caja de álamo blanco, también modesta, flanqueada por cuatro antorchas eléctricas, el sacerdote no encendió el cirio que simboliza, según dijo, la llama que alumbra el camino a la vida eterna. Después empezó la ceremonia, también escueta. Había una pianista y una soprano, eran del este; sonó el Ave María de Schubert y la prodigiosa voz de la artista alcanzó tal virtuosismo que me apretó más el nudo en la garganta y, por no respirar, me rebasaron los ojos de lágrimas. El cura asperjó el féretro, apretó un botón y se puso en marcha la maquinaria que, aunque silenciosa, rompió el hechizo que Schubert y una cantante del este habían dejado en el aire. Mientras bajaba lo seguimos con la mirada. Luego nos dimos la vuelta, callados, se  nos habían agotado las palabras.

Se fue Pilar y vino Aisling que, en irlandés, significa sueño. La vida es como un tiovivo que no para, donde unos recién llegan y otros recién bajan.

       J. Carlos

Rutinas

Rivera Paquirri

En otoño y en  invierno subo al Retiro, cada día, a la luz de las farolas. De vuelta a casa hay una luz de sol naciente, las más de las veces filtrada entre una celosía de nubes. Somos cuatro gatos, nos cruzamos en los mismos puntos, cien metros arriba o abajo, pasamos ignorándonos, con la mirada caída, aunque nos reconocemos en cada gesto y en cada zancada. En esta época en que el sol madruga tanto y el cielo se queda huérfano de nubes, el Retiro es una romería de caminantes y de ciclistas. Son unos extraños. Los legítimos, aquellos que subimos todo el año, ya digo cuatro gatos, ahora nos alegramos al vernos desde lejos entre la marabunta y, aunque seguimos bajando los ojos al cruzarnos como si al mirarnos nos hiciéramos daño, comulgamos en la idea de que formamos una cofradía única. Soportaremos estoicamente la invasión de nuestro territorio por un ejército de intrusos hasta que el sol deje de levantarse tan temprano.

Es una rutina para oxigenarte y desentumecer los músculos, aunque en el fondo sólo pretendes cuidar el cuerpo para que te dure un poco más o, al menos, para que se mantenga un punto por debajo de la degradación que por edad le corresponde. Como no puedes disociarte tienes que llevarte entero. Quiero decir que, hay días que te pesan demasiado las piernas y si pudieras las dejarías en casa; en primavera las plantas se ponen cachondas muy de mañana y exhalan polen como si participaran en una orgía colectiva, te sobra la nariz que pica como un pimiento de Padrón; las más de las veces lo que te sobra son los pensamientos o los recuerdos tristes de los que se fueron o las emociones negativas, pero tampoco puedes dejar el cerebro durmiendo sobre la almohada, mientras tú te vienes con el resto del cuerpo a desearle buenos días a los madroños y a los magnolios del Paseo de Carruajes. Eso de disociarte sería una maravilla, hoy me voy sin el dedo pequeño del pie porque el ojo de gallo me está matando, o prescindo de la columna vertebral porque las hernias discales me tienen la espalda atravesada por diez agujas afiladas. Imagínate que te pudieras sacar el nervio ciático y dejarlo colgado en el armario mientras te das un garbeo. Habrás observado que la naturaleza reconoce que eso de llevarnos siempre enteros de acá para allá resulta insoportable, por eso un tercio de nuestro tiempo nos mantiene noqueados y el cerebro, yacente sobre la almohada, desconecta la conciencia y nos lleva de aquí para allá sin consistencia material, en una fantasmagoría de sueños en los que no cabe ni el peso ni el dolor, aunque se prodiguen el miedo, el sufrimiento y todas las demás emociones.

Suelo llevarme la radio metida en los oídos con unos cascos inalámbricos de color blanco. Cuando se les agota la batería se iluminan a intermitencias con luces rojas y azules. Si te llaman por teléfono hace una cuenta atrás en inglés como si fuera a despegar una nave hacia las estrellas, paras la cuenta presionando un botón minúsculo del auricular y te pones a hablar al aire gesticulando con las manos, la gente que pasa se queda desconcertada buscando unos cables que escalen por tu pecho y terminen en tus oídos, antes de que te tomen por loco advierten que de tus orejas sobresalen unos tubitos blancos de cinco centímetros. Sólo entonces se les apaga el susto y te miran, los más con displicencia, los menos condescendientes. La ciudad, hace unos años, además de proporcionarte el anonimato, te ofrecía todos los placebos para poder extrañarte de ti mismo por un rato: el cine, el teatro, los escaparates, la arquitectura, las bibliotecas, el espectáculo del fluir de la gente en las aceras, las aglomeraciones en los semáforos y en los andenes del metro, hasta las mismas obras eran una droga para salir de ti mismo. Después vinieron la radio y la televisión a los hogares para que pudieras exiliarte de tus pensamientos a tu antojo, sin salir a la calle, lo llamaban entretenimiento. Ahora nos han puesto en los bolsillos el móvil para que nos apeemos de nosotros mismos en la calle y en el aula y en el trabajo. Navegamos por internet, una fantasmagoría donde soñamos que tenemos un montón de amigos que nos quieren, que nos admiran. Tantos gustas tanto vales. Hoy te quiero y te mando por Whatsapp la grabación de un acto íntimo como prueba de amor, mañana te enfadas y, como en una pesadilla, lo circulas por ahí. Le pasó hace una semana a Verónica y no, no era un sueño. Terminó en suicidio porque muchos de sus compañeros de Iveco  actuando con la complicidad criminal que permite la red le pusieron la soga al cuello. Supongo que tienen hijas, madres y hermanas a las que no querrán aplicar el código amoral que ellos aplicaron a Verónica. Fran Rivera, a la sazón matador de herbívoros, nos explicó los términos de su código deontológico: Hay desnortados amorales, como él, que no pueden sustraerse de ver en el móvil a una mujer desnuda o dándose placer y, tampoco puede evitar adjuntarle el archivo a los amigotes.

En otoño y en invierno somos cuatro gatos, ahora toman el Retiro por asalto un ejército de caminantes y ciclistas. Son unos extraños. Lo peor es la vuelta a casa, los muchachos y muchachas que suben por la acera estrecha y sinuosa de la Avenida de Nazaret, llevan los ojos sepultados en el móvil, caminan como zombies. He aprendido a escorarme para diblarlos y a poner el brazo en cabestrillo como paragolpes y a silbarles para que no me arrollen. Por compasión, si esperan en el semáforo, suelo avisarles cuando se abre. Espero que pronto haya una aplicación que les avise de que el semáforo está abierto y de que si no cambian de trayectoria chocarán con otro peatón.

     J. Carlos

Okupas

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Asombra vivir en un país que protege la propiedad privada con uñas y dientes, con un código penal que dedica gran parte de su narrativa a glosar cada uno de los delitos, faltas y penas que acarrea quebrantar este derecho, pero donde cualquier espontáneo puede pegar una patada a la puerta de la casa donde vives, asentar sus reales y quedarse a disfrutar de tu luz, tu agua, tu calefacción y demás servicios. Si les cortas el suministro se te echa la Justicia encima. Si dejas de pagar la hipoteca, el banco, que es el dueño virtual de tu casa, se queda con ella y tú con la deuda en el caso, muy común, de que su valor no alcance el del capital pendiente. Y cómo los okupas tengan uno o más churumbeles, propios o alquilados, ármate de paciencia. Nadie te va a quitar cinco o seis años de abogados, procuradores y un abanico de tribunales por donde se te colará un presupuesto de diez o quince mil euros, y al final, si lo consigues, recibirás la arquitectura de un esqueleto mondo y lirondo. No sólo se habrán llevado la encarnadura de tu ropa, muebles, electrodomésticos y lámparas, también habrán arramplado con tus documentos, tus fotos, tus joyas y todos los recuerdos que atesorabas en esas cosas sin importancia que recibiste de los tuyos o que acumulaste en viajes físicos o sentimentales. Tendrás suerte si no han desenterrado las tuberías y los cables de la luz para venderlos. Además, se irán de rositas, amenazándote en tus morros delante de la policía y del secretario judicial, que permanecerán mudos y sordos como estatuas de sal. Al calor de este desafuero han surgido como setas “empresas” de sicarios que te resuelven el problema con un coste similar al “legal” pero por la vía rápida. Ya lo dijo Jaime Mayor Oreja: “El que quiera seguridad que se la pague”. Era Ministro del Interior en el gobierno de José María Aznar y mermó el presupuesto de las fuerzas del orden hasta la indigencia, los coches no salían a patrullar porque sus depósitos estaban secos de gasolina. Lo que no dijo es que se lo pagaríamos, entre otros, a él, que tuvo intereses en Eulen y mantuvo lazos con Estudios y Experiencias S.L., empresa socia de Seguritec S.A. y de Protección y Custodia S.A. No hace falta tener un Harvard clavado en la pared porque el método es más sencillo que el mecanismo de un chupete: Asfixia el servicio público para desbaratar su funcionamiento, privatízalo y apaláncate con unas acciones de la empresa adjudicataria o una mamandurria de puerta giratoria.

Asombra más que la Europa que estamos construyendo para jibarizar los nacionalismos, adquirir músculo ante esta economía globalizada y preservar en la igualdad y dignidad humanas, deje okupar todas sus infraestructuras por los magos de Silicon Valley, como les denomina el filósofo alemán Markus Gabriell, a quienes considera criminales y, por consiguiente, reos de cárcel. No le falta razón.

Okupan las infraestructuras físicas de nuestras empresas para llegar a tu móvil, tableta, televisión u ordenador. Google, Amazón, Facebook y demás redes sociales circulan gratis et amore por las carreteras digitales (cables de fibra óptica, antenas, satélites y demás parafernalia) que tu operador ha instalado y que tú pagas mensualmente. También utilizan gratis total los gigas de tus cacharros electrónicos.

Okupan o, mejor, hackean la información pública que pagamos con nuestros impuestos y la información privada de las empresas de comunicación sin pagar un duro por ello. Es como si una empresa automovilística construyera los coches y la comercializadora los alquilara o vendiera sin pagar nada a la empresa que los produce.

Nos okupan a nosotros, que somos su mejor producto. Se adueñan de nuestros datos vitales y médicos más íntimos que luego venden a los laboratorios para extraer información valiosísima que cura enfermedades. Toman por asalto nuestros gustos musicales, gastronómicos, sexuales, literarios…; recopilan nuestras fotos, videos, audios, correos, chateos, tuiterías, itinerarios…, con el fin de inundarnos con publicidad que un algoritmo dirige según las preferencias de cada quien y que otras empresas pagan como oro en paño. Con todo, lo peor es que, tanto las corporaciones americanas como las chinas, que monopolizan el mercado, trasmiten nuestros datos a los Servicios de Inteligencia de sus respectivos gobiernos, en tiempo real. Si Orwell levantara la cabeza, seguramente, consideraría que su novela 1984 había envejecido muy rápido comparada con la realidad de 2019.

Okupan nuestro acervo común sin pagar un solo impuesto. Te enseñan el Prado demorándose en cada pincelada del cuadro con una precisión que ya quisiera para sí el ojo humano, quien escribe el Prado lo predica de cualquier monumento que levantaron nuestros ancestros y que mimamos con nuestros impuestos. Les regalamos un país con infraestructuras hotelera, aeroportuaria, de carreteras, ferroviaria y sanitaria envidiable; es tal su variedad geográfica, cultural, gastronómica, de fauna y de flora; tan hospitalario, seguro, alegre, cosmopolita que más parece un mágico mosaico de países. ¿Crees que le cobramos algo por el uso y disfrute de esta maravillas trabajadas, conseguidas y abonadas por nuestros ancestros y nosotros mismos a Booking, Amazon o cualesquiera de estos okupas que sólo intermedian digitalmente? Te lo cuento: ni un duro. Para eso domicilian sus corporaciones en Irlanda, que hace dumping fiscal y la UE se lo admite, o en paraísos fiscales con lo que evitan pagar por lo que usan; como ocurre en tu edificio con el caradura del 3º A, que no paga los gastos comunitarios y os toca pagarlos al resto a toca teja. Además les regalamos cuarenta y cinco millones y medio de consumidores sanos, gracias a la Sanidad que ellos no pagan; cultos, gracias a la educación que ellos no costean, con un cierto poder adquisitivo para adquirir lo bienes que publicitan, gracias al esfuerzo conjunto de todos los españoles y de la herencia de nuestros antepasados. Y, por encima, ponemos a su disposición una seguridad pública y un sistema judicial, que no sólo no sufragan vía impuestos, sino que además utilizan (okupan) profusamente.

En mi pueblo no se les llamaba okupas, se les decía sanguijuelas o garrapatas.

      J. Carlos

Pirateos

Pirata

Afirma Yuval Noah Harari que los seres humanos somos pirateables. Hasta ahora nos piratean desde fuera con datos íntimos que les regalamos o que obtienen subrepticiamente. Lo que teme mi divulgador de cabecera es que, pronto habrá sensores biométricos que se chivarán del incremento de pulsaciones en mi corazón, el nivel de oxitocina en mi cerebro o, del diámetro de mi pupila ante la visión de una foto, la lectura de un párrafo, o el éxtasis de un beso. Será entonces, concluye, cuando nos percatemos de que el libre albedrío fue una quimera, y la inteligencia artificial –tras de la que siempre hay intereses humanos-  se pondrá al timón de mis decisiones porque sabrá más de mí que yo mismo.

No creo ni en el Mundo feliz de Aldous Huxley ni en la distopía de George Orwel en 1984. Lo que no significa que no haya lugares y personas que viven “mundos felices”, temporales, enganchados a la química de las drogas o, que no haya regímenes y países que hoy siguen viviendo en el horror totalitario que imaginó Orwel; digo imaginó, por no decir que pasó a limpio, narrativamente hablando, lo que había visto en las checas de Cataluña y lo que estaba sucediendo en ese momento histórico con el nazismo y el comunismo. Lámame crédulo. Me lo merezco. Ya sé que estamos en un mundo replegándose otra vez en tribus, con formas de gobierno totalitario en Corea del Norte, China, Rusia, Brasil, Turquía, etc., con un amante de la testiculina al frente del mundo libre y una Europa retirándose de sí misma y fragmentándose en mil pedazos. Pero, qué quieres, soy de natural optimista y pienso que las falacias tardan en desvanecerse lo que tarda el péndulo de la historia en llegar a su punto de máxima oscilación; después, cuando debajo de las banderas y los himnos los pueblos sólo encuentren un decorado de cartón piedra y, en cuanto descubran que tras el señuelo del nacionalismo no hay más libertad ni una vida mejor, sino que todo fue un juego de trileros para vaciarles los bolsillos, el péndulo iniciará su eterno retorno. Es pura física.

En cuanto a los postulados de mi admirado Harari, creo que exagera. Se olvida de que el mecanismo humano más eficaz es la duda. Los grandes pensadores lo fueron porque intuyeron que había fallas en los relatos que les contaban. Fueron capaces de ir contra sus creencias, incluso, de contradecirse a sí mismos y desestimar sus propios pensamientos. La humanidad ha avanzado dudando, intuyendo, contradiciéndose. Me temo que los algoritmos nunca podrán dudar, se les programa para aprender de la experiencia, pero siempre tomarán la decisión más razonable en función de los datos de qué disponga y de las situaciones anteriores a que se ha enfrentado. En su lógica no se equivocarán nunca. He ahí la gran diferencia con el ser humano. Hay otra, la torpeza. Una máquina no se inmolará individualmente, ni se destruirá colectivamente con todas las máquinas. El hombre es tan torpe que se inmola en una guerra, se quema a lo bonzo por una idea y se suicida por tristeza. Tan torpe que, incluso, puede pulsar el botón nuclear y mandarnos a todos al carajo.

En 1957 James Vicary se inventó la publicidad subliminal. Para poner en valor su agencia de publicidad que languidecía, se inventó que había colocado unos fotogramas en una película que se estaba exhibiendo: “¿Tienes hambre? Come palomitas. ¿Tienes sed?, bebe Coca-Cola”. La velocidad de paso era de una milésima de segundo, así que nadie fue consciente del detalle. Afirmó que después del truco, en el descanso, el consumo de palomitas se había disparado hasta un 57% más y el de Coca-Cola, hasta un 18%. Era mentira. Algunas Universidades han hecho experimentos pautados, y sí parece que hay un cierto sesgo en cuanto a la toma de decisiones si se introduce publicidad subliminal. Así que, la mentira es otra de las facultades humanas difícilmente trasladables a las máquinas; si bien éstas puedan detectar si un humano miente, dudo de que puedan hacer lo mismo con otra máquina. Creo que un algoritmo tampoco haría lo que el argentino José Sánchez, se inventó que había encontrado medio millón de dólares y que buscó a su dueño para devolvérselos, cuando dio con él, éste le mostró su agradecimiento ofreciéndole una recompensa monetaria, José se negó a recibirla, sólo quería un trabajo. Lo único cierto es que concibió la historia para encontrar trabajo. La picaresca tampoco es propia de la Inteligencia Artificial. Vamos, que no concibo a un algoritmo escribiendo o replicando la vida del Lazarillo de Tormes.

Sí es cierto que un alto ejecutivo de Coca-Cola, en los setenta, harto de que la publicidad se llevase un alto porcentaje de los gastos de explotación, decidió suprimir la publicidad en una serie de Estados americanos. El resultado fue que las ventas se resintieron demostrando que los costes de esa partida eran rentables. En el verano del 73, el Sr. Otero, dueño de la tienda de ultramarinos donde yo ejercía de chico para todo, sin tanto estudio ni tanta prosapia, me aseveró con la sabiduría que dan los años: “Si el Cola-cao dejara de publicitarse no lo compraría ni el Tato porque no se disuelve y siempre quedan grumos en la leche, mientras que el Nesquik es instantáneo y tiene un sabor más dulce” Claro que nos piratean con la publicidad. Pero ¿no son pirateo los chantajes emocionales? Y los señuelos del cielo y el infierno qué son, sino pirateo. Seguramente, también lo es la cultura dominante, el pensamiento único… hasta la desigualdad es un pirateo, porque es un trasvase ilícito de recursos que merman la dignidad y el bienestar de gran parte de la población.

De todos los pirateos que nos hacemos los humanos, con máquinas y sin ellas, el que se lleva la palma es el del miedo. Detrás de casi todas las proclamas de los políticos en campaña está la apelación al miedo: Portar armas para defenderse; poner muros para que no pasen los otros; abortar a los ya nacidos; privatizar las pensiones y la sanidad pública para defenderlas, que es como poner una víbora al cuidado del bebé; bajar impuestos a los ricos para que se dignen invertir más… Cada dos o tres años te apuntan en el cráneo con una pistola para que vayas a votar acojonado.

Ya quisieran los africanos tener que enfrentarse a nuestros privilegiados miedos.  Porque en los miedos también hay clases. Ellos huyen del miedo real al hambre y a la miseria y, muchas veces, acaban enterrando su cuerpo y sus sueños en el cementerio del Mediterráneo.

El miedo, mi bien ponderado Harari, es el más eficaz de los pirateos. Las máquinas no tienen miedo. Lo cual, bien pensado, no deja de ser pavoroso.

     J. Carlos

Ecología y calendarios

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El mundo vegetal pasa de nuestro calendario. No tienen un reloj que dirija su vida  al compás de unas manecillas. Son más inteligentes. Este año, como el invierno ha estado ausente y los recursos hídricos son muy escasos, han adelantado su actividad floral. Acabamos de entrar en la primavera y llevan un mes florecidos y unas semanas hojeados. Prefieren correr el riesgo de una helada a destiempo que quedarse sin el agua necesaria para que engorde su fruto. Mientras, nosotros, en vez de mirar el reloj natural que nos advierte del holocausto climático, seguimos emponzoñando la atmósfera con los residuos fecales que arroja la digestión del carbón y del petróleo.

Greta Thunberg, una niña sueca de 16 años, asustada por la ola de calor del pasado verano en su país  y por los inusuales incendios forestales, decidió no asistir al colegio desde el 20 de agosto hasta el 9 de septiembre, fecha de las elecciones generales de Suecia. Durante la jornada escolar permanecía frente al Parlamento sueco (Riksdag) portando una pancarta que rezaba: “huelga escolar por el clima”. Aún sigue haciéndolo todos los viernes.  Ya no está sola. Su ejemplo, como el de Rosa Parks, está calando en la sociedad. El pasado 15 de marzo, estudiantes de más de 100 países secundaron una marcha por el clima, con el propósito de clavar el estandarte de un 15M climático en el imaginario colectivo. No pudo ser. Tuvo su atención mediática, pero se desvaneció enseguida. Esperemos que no decaiga.

En el calendario de mi vida hubo un tiempo en que el balance ecológico era favorable. Allá en el pueblo la economía era simbiótica y casi autárquica. Era simbiótica porque comías el pan hecho de la harina de trigo que habías recogido; bebías la leche de los animales que guardabas en las majadas; comías las carnes de los cerdos y aves que tenías en tu corral; vestías la lana de la oveja que habías pastoreado; la energía para el trabajo salía de tu cuerpo y de la fuerza de los  mulos de tus cuadras; respirabas el oxígeno que exhalaban el trigo, la cebada, el maíz, la avena y unos pocos árboles frutales. Era una economía casi autárquica porque al panadero, al herrero, al carpintero, al hojalatero, al médico, al sastre… le pagabas con unos costales de trigo. Y era circular porque todos tus deshechos y los de tu ganado se almacenaban en muladares que, en otoño, esparramabas en tus campos como abono para que germinaran y crecieran los frutos que sembrabas.

Como te digo, en el calendario de mi vida hubo un tiempo en que mi huella dejaba un superávit ecológico. Las únicas combustiones que generaban CO2 a la atmósfera salían de los humeros de las lumbres de las casas, donde se quemaba paja, sarmiento y, de tarde en tarde, alguna leña de cepa. Vale, añade los braseros y las glorias que gastaban cisco para calentarse en aquellos crudos inviernos. De acuerdo, pon también que en las fraguas se utilizaba ya el carbón como combustible para poner al rojo vivo el hierro y moldearlo a martillazos. Con todo, te aseguro que el mar de espigas que oleaban por todo el término en primavera, necesitaban mucho más CO2 para crecer y granar que el producido en esas combustiones. Si hasta el jabón se hacía de forma artesanal a base de grasa de cerdo o aceite vegetal y un poco de sosa caústica. No te digo más.

Después vinieron los tractores que echaban un humo negro por los tubos de escape, dejaban en la atmósfera un tufo oleoso como a rancio y, en las cocheras donde se guardaban, quedaba sobre el suelo de tierra una costra verduzca como de cáscara de ciruela pasada. Y llegó el Gior, un bote de plástico blanco que envasaba un detergente líquido. Fue el primer polímero que recuerdo. Pasaban los meses y los años y seguían los botes amontonados sobre los muladares; se volvían marrones, casi negros; se cuarteaban, se partían, pero no acababan de extinguirse como si les costara morir del todo y desparecer.

Luego vino todo lo demás.

No, no me pidas que contabilice el daño que mi huella ha dejado hasta ahora en el planeta. No sería difícil. Pero prefiero esconder la cabeza, como el avestruz, para que mis nietos y los nietos de mis nietos no me pidan cuentas de cuánto corrompí el planeta y cuánto comprometí su futuro.

       J. Carlos