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Soberbia y silencio

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El narrador de ficción siempre juega con ventaja. Toma de la mano al lector y lo coloca en primera fila para que no se le escape ni un diálogo, ni un gesto, ni una arruga de la ropa. Si es menester levanta la tapa de los sesos de los personajes para que el lector pueda ver lo que piensa, o les disecciona en canal el corazón para mostrarle el pálpito de las emociones y los recovecos donde se esconden los sentimientos. El narrador de periódico, igual que el historiador, lleva siempre la peor baza, es un mero voyeur que acumula evidencias aplicando el ojo a la cerradura y la oreja al parloteo. Como no le está permitido trepanar cerebros ni eviscerar a sus personajes se limita a bruñirles la cara del poliedro con la que quiere que el lector les mire. Ni uno ni otro son confiables, el uno porque construye meros artificios, el otro porque pretende contener el fluido de la realidad en el cuenco de las manos.

El único narrador confiable, al menos legalmente, es el juez. Fue una convención, sucedió que los dioses estaban en el más arriba y no se dignaban bajar para narrarnos, desde su omnisciencia, cómo se habían desarrollado los conflictos y los agravios entre los hombres. A falta de un relato único siempre terminábamos a palos o a bombazos. Para resolver esta tragedia decidimos nombrar a un narrador de entre nosotros y le otorgamos el beneficio de la credibilidad.

Ayer la Audiencia Nacional nos desveló el relato de la Gürtel. Todavía no es el último, de forma que no podemos levantar el adjetivo de presuntos a los veintinueve condenados hasta que el narrador Supremo estampe su firma. En esta penúltima narración, todavía presunta, se describen los hechos de estos apóstoles de la codicia con la misma precisión con la que un lapidario pule las facetas de un diamante hasta conseguir la talla princesa. Tiene una prosa densa, reiterativa, en la que viene a asentar y otorgar carta de naturaleza a todo aquello que ya conocíamos de sobra por los medios. Si deconstruyes la sentencia quitándo el polvo de la jerga jurídica y barriéndo el argot contable se queda reducida a una sola frase: “Qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”. La misma que pronunció el capitán Louis Renault en la película Casablanca.

También puedes destilar la sentencia. Es fácil. Se trataría de meter el millón de palabras en la caldera de un alambique, ponerle un fuego debajo hasta que el termómetro del capitel marque los 64º. Cuando el vapor empiece a condensarse en el serpentín habrá de aplicársele un poco de frío para que, por cambio de temperatura, se precipite el licor de la soberbia por la boca del caño. Son mil seiscientas ochenta y siete páginas que destilan una sola palabra, soberbia. A estos facinerosos abonados al pijerío les perdió la soberbia. Porque yo lo valgo. Estaban tan pagados de sí mismo que levitaban un palmo por encima del resto de los mortales. Militaban en una organización que tenía el poder y, no sólo disponía de una maquinaria precisa para saciar su codicia, también expedía los pasaportes a la impunidad. Fueron incapaces de advertir, ensimismados en su latrocinio, que la omertá sólo funciona cuando coses la boca del soplón a balazos. No fueron los policías o los jueces quienes encontraron el hilo de Ariadna, las delaciones surgieron del mismo seno de la organización criminal donde pace el Minotauro. Fuego amigo. Gestapos y gestapillos. Intereses contrapuestos. Luchas de poder intestinas. Envidias. Recelos. En suma, soberbia.

Resulta enternecedor, aunque sepas que es una burla a la inteligencia,  el espectáculo de los voceros de la organización política condenada repitiendo las mismas consignas como muñecos de cuerda a punto de pararse o descomponerse. Las frases son las mismas. El tono, con el tiempo, va decayendo y pasa de barítono a bajo como el de una misa de réquiem. La cara se les amustia al igual que amustia sus gestos el enterrador cuando se acerca a los deudos por ver si cae una propina.

Entretanto, el Minotauro perdido en el laberinto de su indolencia, necesita zamparse urgentemente siete Zapalanas y siete Ratos para saciar el apetito. Lleva casi una década dando cuenta del sacrificio de siete hombres y siete mujeres que le echan los suyos en el laberinto judicial y que, desorientados, acaban en las fauces de la bestia perdiendo hasta su identidad (esa persona de la que usted me habla). Ignoro si el Teseo que luche y mate al Minotauro será Bárcenas, harto ya de ser la puta del PP y encabronado ante la perspectiva de que las posaderas de su santa terminen calentando la taza del retrete de una celda. Lo que sí sé es que el héroe que acabe con la bestia no será ni Rivera, ni Sánchez, ni siquiera las urnas. Caerá abatido por los propios. El arma no serán los sobres de un blanco roto que contrastaba con el color mierda de los cigarros puros  con que los tapaban. Tampoco el tiro de gracia será la acreditación de que la identidad de M punto Rajoy coincide con el Minotauro. Me temo que caerá por algo tan ruin y tan poco sublime como los tarros de crema antiedad de la Cifuentes. Ya sabemos que los narradores de ficción y los historiadores cargan las tintas en la épica pero la realidad es siempre más prosaica.

Hay narradores que juegan magistralmente con los silencios, al fin y al cabo, una novela es como una sinfonía y la música es una concatenación armónica de sonidos y silencios. Los silencios pueden ser espesos como el del teléfono cuando tiene que sonar y no suena, breves como el que se sucede cuando las bocas van a sellarse en un beso, inquietantes como el de la naturaleza antes de que estalle la tormenta. También pueden ser broncos como el mutismo de Aznar. Recuerdo que Váquez Montalbán acuñó en un libro póstumo el concepto de “aznaridad”. No vivió para saber que además de los delirios de grandeza que enmascaraban su incompetencia, gastaría malos modos con su pupilo, zahiriéndole y denostándole, en cuanto éste se libró de su vasallaje. Murió sin sospechar que la aznaridad se resumiría en oponer un tupido silencio frente a las fechorías de su ejecutivo, cuya foto hoy podría orlarse con un “Se busca” porque como escribe Rubén Amón: “No está claro si Aznar tenía un Gobierno o si pretendía asaltar el tren de Glasgow”.

Para los que piensan que quien calla otorga -no es mi caso- todos los silencios son cómplices.

J. Carlos 

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Perplejidad

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El tiempo es un pudridero porque obedece a la segunda ley de la termodinámica, “a cada instante el Universo se hace más desordenado”. Esto es, se produce un deterioro inexorable que tiende hacia el caos. Por eso las montañas se erosionan, las olas del mar desgranan las rocas en un desorden de arena y el cuerpo humano se precipita hacia una degradación polvorienta hasta confundirse con la misma tierra que habitó.

Coincidiendo con el séptimo aniversario de movimiento del 15 M que se asentó en la Puerta del Sol de Madrid, dos de sus adalides, Pablo Iglesias e Irene Montero, que con el viento a favor de aquellas protestas izaron las velas de un nuevo partido, se han comprado un casoplón. Aquel movimiento nació con el objetivo de moderar la entropía social –la velocidad con que se produce el desorden- que traía su causa de la crisis financiera. En aquel caos donde el espejo del futuro se hacía añicos y los jóvenes comprendieron que ya no tendrían trabajos normales como sus padres, ni salarios y pensiones dignas, ni educación gratuita, ni sanidad pública, fue fácil para Pablo e Irene inflar los pulmones y llenarse la boca con vocablos que encendían la cólera y alumbraban la esperanza: “Los partidos de la casta, las élites económicas, el miedo tiene que cambiar de bando…” Luego viene el pudridero del tiempo a desordenar las cosas y de aquellas aseveraciones: “los políticos que viven en grandes casas es lo peligroso” pasamos, con una entropía desbocada, a un chalet en la sierra con piscina de piedra, tres dormitorios con vestidor, comedor con dos ambientes, casa para invitados y una parcela en que podrán sembrar la tercera parte del césped del Bernabeu. La historia se repite, acuérdate de la Villa Meona del que fuera ministro socialista Miguel Boyer y de su segunda mujer, Isabel Preysler, que contaba con trece baños. Siempre supuse que este número obedecía más a la Cábala que a la necesidad.

No soporto la ruindad mental de quienes piensan que un rico no puede ser de izquierdas y, de serlo, ha de practicar la austeridad en el proceder, la frugalidad en la colación y la moderación en la bebida como si perteneciera a la Orden Franciscana y profesara el voto de pobreza. Pero tampoco soporto a los inquisidores que crucifican a los adversarios -“¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 € en un ático de lujo?”- y luego se gastan casi 700.000 € en una casa que no desentonaría con las que retrataba aquella vieja serie de Falcon Crest.

La perplejidad se manifiesta al advertir que las ideas, que tienen la pureza de las vírgenes, caen seducidas por la oratoria mística de los profetas y éstos, inexorablemente, terminan prostituyéndolas.

Como hemos dicho el cuerpo humano se precipita hacia la degradación, pero con la medicina y los conocimientos adquiridos hemos conseguido reducir la velocidad con que se desordena y arañarle unos cuantos años a la vida. Por el contrario en la España de Rajoy la degradación se acelera porque, como él mismo afirma, “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión”. Sin nadie que reduzca la entropía el caos está servido. Ahí tienes el caso de Cataluña. Durante los días 6 y 7 de septiembre próximo pasados, el Parlament catalán violó la Constitución y el Estatut, con la aprobación de las leyes del Referendum y la de Transitoriedad ante la impertérrita indolencia del mentado. Desde entonces acá la putrefacción política y social está tan avanzada que estamos atufando a Europa.

La última tufarada que envenenó el aire de la democracia española y europea se expelió ayer, fue con la toma de posesión como President de la Generalitat de un filofascista cuyos escritos afirman una supremacía trumpiana y una xenofobia cercana al apartheid practicado hasta 1992 en la República de Sudáfrica por la minoría blanca. Veasé: “Los cruces [de la raza del socialista catalán] con la raza del socialista español fueron aumentando y aumentando hasta llegar a mutar el propio ADN de los autóctonos”.

Este espécimen de ser humano, como buen narcisista, presume de conocernos a todos los españoles cuando afirma que “vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”. Supongo que ignora aquella anécdota de Churchill que cuando le preguntaron la opinión sobre los franceses contestó: “No sé, son muchos y no los conozco a todos”. Fue la mejor respuesta contra la xenofobia, el nacionalismo cateto y el estúpido odio al extranjero.

Para demostrarle humildemente que, siendo español sí sé utilizar esa palabra, me congratula expresarle los sentimientos que usted me suscita: Si goza de buena salud mental y su ideología es la que expresa en sus escritos, siento vergüenza no sólo de ser su compatriota sino también de pertenecer a la misma especie. Caso de que sufra alguna psicopatología social, me da lástima. La buena noticia es que medicado, en las manos de un buen facultativo y alejado del poder puede que no haga daño a nadie.

Seguramente, al contrario que usted, ni me siento ni me dejo de sentir orgulloso de mi patria, como no puedo sentirme orgulloso de tener los ojos castaños o la piel blanca. Nací aquí, me vino dado, al igual que me vino dado el cuerpo. Me siento un privilegiado por pertenecer a este grupo humano y trato, en mi modesta medida, de que las cosas vayan mejor para mis compatriotas. Claro que hay cosas de España que me gustan y otras  que me disgustan como me pasa con mi cuerpo. Ojalá que no hubiera patrias, sólo una, la única común de toda la humanidad. Sé que no le verán mis ojos, como sé que todo lo que usted representa va contra ese principio. ¿Sabe de qué estoy orgulloso? De mis principios porque no me vinieron dados, tuve que esforzarme para conseguirlos y luchar para que pervivan.

La perplejidad no es ya que la llamada izquierda catalana sea nacionalista, que también. O que voten a la derecha catalana que tras gobernar tres décadas largas, terminó arropándose en la estelada para ocultar la rapiña de las arcas públicas. O que después, coaligados con esa misma derecha que por vergüenza hubo de cambiar hasta de siglas, dieran un golpe de Estado juntos y, actuando de mamporreros, les ayudaran a mitigar la contestación social por el estropicio causado por los recortes más sanguinarios de todo el Estado que habían perpetrado el Sr. Mas y sus secuaces. La perplejidad es que hayan entronizado como representante de todos los catalanes a la marioneta de un prófugo, la cual, sin duda inspirada en Mein Kampf, considera “bestias con forma humana” a los catalanes que hablan español, pero no acémilas o bestias de carga, no; especifica que son “carroñeros, víboras, hienas”.

Al igual que Convergència tuvo que cambiar de nombre para blanquearlo, como hacen los delincuentes con el dinero robado o malversado, espero que Esquerra Republicana de Catalunya borre la primera palabra de su nombre para no sonrojar a la izquierda y para no burlarse de la inteligencia del común de los mortales.

J. Carlos

Huellas

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No importa la levedad con que pases por la vida, siempre dejarás un rastro.

Mientras el mar borraba las huellas que tus pies imprimían en la arena aquella tarde, ella se estremeció cuando descuidadamente tu mano rozó la suya. Seguramente se habrá olvidado de otras pieles que transitó en esa misma playa, pero guardará para siempre en la caja de caudales de sus sentimientos ese momento en que las yemas de tus dedos se encontraron fugazmente con los suyos. Lo escribió en un poema, a los dieciséis. Todas las primaveras, cuando la primera petunia de su maceta rompe el capullo y asoman los pétalos malvas con motas blancas, también se le asoma el recuerdo, aunque aquel mar de un verde óxido donde flotaban algas muertas ahora es turquesa y el sol escuálido de la tarde, emboscado entre nubes, está en todo lo alto porque los dos camináis juntos sin pisar vuestras sombras. Cada vez que regresa a la playa, que ya no es la de aquel verano, en un coche cargado de nietos, mucho antes de llegar al mar abre la ventanilla para oler el salitre y se le vuelve a erizar la piel evocando aquel instante tan lejano. La última vez que sintió una sacudida en la yema de sus dedos fue en el mismo instante que el anestesista le puso la mascarilla del oxígeno; cuando despertó sus dedos buscaban tus dedos y sus pies pisaban la arena de aquella playa, durante la sedación había condensado toda su vida en un sueño de verano, su cerebro tardó unos minutos en despegarla de aquel gesto tuyo y regresarla al futuro, cincuenta años después.

Si las palabras pudieran medirse por la cantidad de aire que desplazas mientras hablas, podrías constatar que a lo largo de la vida has desalojado unos cuantos millones de metros cúbicos que han hecho vibrar unos millares de tímpanos. Con la boca has conjugado el verbo amar, el verbo mentir, el verbo vender, el verbo enseñar…, pero esa miríada de sílabas se han diluido casi al mismo tiempo que las emitías porque su vida media es la de una exhalación. Tus palabras habrán provocado alguna tormenta al otro lado del mundo por el efecto mariposa o, quizá hayan quebrantado a tu prójimo porque, a veces, se transforman en armas de destrucción masiva que rompen amores y  amistades o, desgarran el corazón de los allegados con la misma precisión que lo haría una mano asesina con una navaja trapera. Lo que sí sé es, que  aquella mañana cegada por la niebla que emborronaba del vidrio de las ventanas las hojas de los árboles y el edificio de enfrente, mientras impartías la lección recorriendo peripatéticamente el pasillo de la clase, dijiste una frase lapidaria que tal vez la habías tomado prestada de un libro, pero aquel muchacho la anotó en su hoja de apuntes, la subrayó, la hizo suya y enderezó su vida quebrada por la desidia. Desde entonces la ha repetido unos cientos de veces viniera al caso o no, tantas que sus hijos cuando recita la primera palabra terminan la frase a dos voces. Todavía hoy, en una reunión anodina de trabajo, la escribe en su cuaderno de notas y la encuadra con filigranas y arabescos. Todavía hoy recuerda con precisión el color miel de los pupitres y tu voz y la manga de tu chaqueta manchada de tiza, aunque de evocar tantas veces aquel suceso, para ti tan nimio, se ha olvidado de la niebla y de que hacía un frío glacial en el aula porque se había estropeado la calefacción.

Será una traza mínima, si quieres, como aquella mañana en el metro que ibas leyendo de pie, recostado en la pared del vagón; el escritor sentado enfrente te había estado mirando sin pestañear desde que entró tres estaciones antes, cuando se apeó ya tenía el personaje principal de su novela. Nadie lo sabrá nunca, pero cada vez que se relee te está viendo a ti, embebido en un libro, casi sin pestañear, con una melena castaña discreta, los ojos de un verde intenso y un porte desmadejado como vencido por la melancolía.

Otras veces fue una impresión pasajera, un mero indicio que ignoras que alguien sigue buscando. Ella picoteaba la acera con su bastón blanco buscando el bordillo, le pusiste la mano en el antebrazo y le ayudaste a cruzar el paso de cebra a pasitos lentos. No sabía que tenías prisa, antes de darte las gracias te dijo que, su ceguera sobrevenida duraba ya dos meses y que era el primer día que se había aventurado sola a la calle. Desde hace medio siglo cada vez que se para en un semáforo y alguien se acerca, aspira hondo por ver si la casualidad le trae de nuevo tu fragancia.

Siempre habrá una huella que habrás dejado al pisar el camino de lo cotidiano, aunque no lo sepas, y permanecerá brillando como fósforo en la noche en el corazón que conmoviste hasta su último latido. Después el mar seguirá borrando playas para que otros, que también pasan por la vida con levedad, puedan dejar su rastro.

J. Carlos

De la materia

Imagen del universo

Una de las paradojas que más me asombran es la de que la materia tenga ese afán desmedido en conocerse a sí misma. No le basta con ser y estar, necesita saberse. Hay dos billones de galaxias bailando una danza invisible en un espacio que se ensancha como un globo. Cada día explotan con un estallido de luz millones de estrellas y cada día se contraen millones de nubes de gas que colapsan formando nuevas estrellas. Nacen y mueren sin preguntas. Hasta que en una remota esquina del universo, un desecho de estrella frío y rocoso pero con un mastodóntico útero de agua llamado Tierra, dio a luz las primeras moléculas orgánicas capaces de replicarse a sí mismas.

En el tiempo de un suspiro para el universo se precipitó la vida. Como la vida tiene un miedo reverencial a desparecer por el mismo azar que la trajo hasta aquí, se ha dotado de dos ingeniosos mecanismos: Es redundante hasta la náusea, no creas que guarda su código genético como oro en paño, al contrario, lo repite en todas y cada una de las células para, en caso de catástrofe, con una sola de ellas generar un microbio, un árbol o un ser humano completos. El segundo mecanismo es, si cabe, más sofisticado, ha conseguido introducir en el ADN el ansía insaciable del conocimiento, seguramente, con el loable propósito de adaptarse y evolucionar para superar los bruscos comportamientos que se gasta el universo.

De esta manera, si quieres tan poco sofisticada, la naturaleza ha acabado estudiándose a sí misma.

En ese afán hay miles de científicos que buscan, bajo tierra, en los túneles donde hacen colisionar hadrones, los ladrillos con los que se construye el edificio de la materia; otros se suben a las montañas para asomarse, desde los ojos de los telescopios, a los confines del universo; los más se acercan cada día a sus laboratorios con el fin de domesticar la materia a favor del ser humano. Es verdad que, en el entretanto, cientos de millones de personas mueren de hambre, sufren las guerras dirigidas desde despachos lejanos forrados de maderas nobles, o sucumben a enfermedades que remitirían con lo que cuesta la barra de pan diario. Son daños colaterales.

Toda búsqueda es un viaje como cualquier novela que se precie. La búsqueda de las partículas elementales es fascinante y, cada día, aparecen nuevos personajes. El primer hombre que se preguntó hasta cuándo se podían partir las cosas hasta dar con un trozo que ya fuera indivisible, fue un filósofo hindú llamado Kanada, también conocido como Kahsyapa, que vivió en el siglo VI a. C. Sugirió en el Kanada Sutras (Aforismos de Kanada) que todo se podía dividir hasta la unidad más pequeña que llamó parmanu; estas unidades serían indivisibles, eternas y se agregaban unas con otras para formar cuerpos complejos. Un siglo más tarde, en Grecia, Leucipo formuló una filosofía similar considerando que, la materia se podría dividir sucesivamente hasta llegar a un elemento indivisible.  Demócrito formuló, en el siglo IV a. C., la misma teoría y denominó átomos a esas partículas materiales indestructibles. Todas estas teorías eran meras especulaciones basadas en el sentido común y en la observación. La primera vez que se formuló una teoría atómica con bases científicas fue en 1808 por John Dalton.

La certeza de que el átomo era el ladrillo último de la materia duró casi todo el siglo, hasta 1897, en que J.J. Thomson descubrió que en el tubo de rayos catódicos salían unos grupúsculos de los átomos del electrodo, eran electrones. Un estudiante suyo, Ernest Rutherford, en 1918, bombardeando gas nitrógeno con partículas alfa logró partir el núcleo del átomo y certificó la existencia del protón. Diez años más tarde Walter Bothe y James Chadwick descubrirían otra partícula, el neutrón. Por eso en el colegio nos enseñaron que el átomo era como un planeta diminuto formado por protones y neutrones, alrededor del cual orbitaban unos satélites llamados electrones. Pero el conocimiento, ese mandamiento tallado en las tablas de la ley del ADN, es insaciable, por eso la materia hecha hombre siguió abriendo a porrazos esos tres elementos para buscar bloques más pequeñas. Encontró centenares. Los siguió abriendo. A día de hoy el cetro de partícula indivisible lo ostentan el quark, el leptón y el bosón.

La materia sigue desentrañándose a sí misma. Como digo, se observa en el túnel suizo donde aceleran las partículas para que se estampen entre ellas, se mira a través de los cristales pulidos del Hubble que orbita la Tierra a 593 kilómetros para vislumbrar los confines del universo, o para percibir la radiación producida al estallar esa cabeza de alfiler súper masiva que desencadenó todo. Pero no sabe por qué las partículas subatómicas siguen unas pautas que no parecen regir para las estrellas. Por ignorar, ignora si el universo frenará su expansión y volverá a colapsar o, por el contrario seguirá inflándose hasta que todas las galaxias creen el espacio a mayor velocidad a la que viaja la luz y dejen de verse. También desconoce si todo lo que hay está confinado en un único universo o se amontonan unos sobre los otros en dimensiones distintas, como afirman los fans de los multiversos. En eso yo soy más tradicional, en vez de la horizontalidad de los universos me inclino por el desarrollo vertical. Quiero decir que me parece más factible que una partícula elemental forme todo un universo a inferior escala, al igual que el nuestro puede constituir un átomo de una molécula de una lombriz en otro universo superior. Por eso cuando estampo una piedra contra el suelo siempre me pregunto si no habré hecho añicos unos cuantos universos, y me acongojo pensando que un mocoso pueda pisar la puñetera lombriz donde se inserta el nuestro.

En fin, que la materia hecha inteligencia acaba de aparecer, como aquel que dice, por eso no ha tenido apenas tiempo de estudiarse. Aunque con los conocimientos adquiridos, vaya usted a saber si antes de progresar adecuadamente no se mete un chute nuclear o deja el planeta desastrado para la vida.

Espero que la materia obtenga otras formas de vida inteligente para seguir conociéndose, ya sea en otras latitudes de este universo o en otros, porque de la supervivencia de nuestra forma de vida yo no me fiaría ni un pelo. Tampoco se fían los científicos. De hecho hay dos proyectos en marcha basadas en el protocolo de Lubin, para enviar naves de un gramo de peso que, impulsadas por un poderoso laser desde la Tierra, puedan alcanzar exoplanetas a una velocidad de 60.000 Km/s. Irían cargadas con un billón de microbios. Panspermia dirigida lo llaman.

J. Carlos

Apariencias

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A principios de los sesenta los barrios periféricos se conocían como el extrarradio. Siglos antes, las ciudades que veían desbordarse la población más allá de las murallas, llamaban a ese rebosamiento extramuros. A principios de los sesenta las ciudades se inflaban, crecían en espiral como conchas de caracol a la velocidad de un recién nacido. Las excavadoras arramplaban con bosques, surcos, camellones, acequias, arroyos, casamatas. Donde antes se plantaban árboles y se sembraba grano, ahora plantaban estructuras verticales de hormigón forrado de ladrillo a modo de colmenas, y se sembraba una capa negra de asfalto bajo la que se escondía la tierra para colmatar el lodazal de los inviernos y sofocar el polvo que deslíe los colores. Era la primera vez desde que el mundo es mundo que los hijos de la tierra se podían calzar sin embarrarse en invierno y sin una gasa de polvo en verano. Habían salido huyendo de su terruño abandonando sus casas y dejando a sus muertos varados en la lejanía de sus cementerios; atrás quedaban también los paisajes de su niñez, la sabiduría de sus ancestros capaces de leer la lluvia en el alfabeto de la nubes, o de pronosticar la fuerza de una tormenta en la pesadez o fragilidad del aire; atrás quedaba su cultura popular de cuentos, cánticos, bailes, juegos que ya no transmitirán a los suyos, seguramente por vergüenza. No fue por el hartazgo de destripar terrones y doblar el espinazo, ni siquiera por vivir mirando al cielo cada día por si la meteorología malbarataba la cosecha. Fue por convencimiento. Les había llegado por el oído el trepidar del motor de las máquinas que les dejaban sin la faena que les había ocupado por los siglos de los siglos; después les entró por los ojos al ver a los primeros emigrantes, los pobres de solemnidad, que retornaban en verano con una camisa blanca de tergal de cuello duro, las manos sin callos, sin mataduras, limpias de sol como las de los señoritos de la capital; la rendición final fue por el bolsillo, donde habita el parásito del dinero que envenena cuanto toca, sucedió en el preciso momento en que aquel paisano sacó la cartera, puso un billete sobre la barra del bar e invitó a una ronda a toda la concurrencia.

Apariencias. Ignoraban entonces que su paisano trabajaba en dos obras distintas desde antes de salir el sol hasta después de ponerse, dormía en literas de a cuatro en una pieza sin ventanas de una mísera pensión que atufaba a berza cocida, en su pueblo la berza sólo la comían los cerdos. Ignoraban que se levantaba una hora antes para ir andando y ahorrarse el coste del billete del autobús, con ese dinero llenaba la petaca de coñac para soportar el esfuerzo y acallar el dolor de espalda.

Aquellos barrios deformes, con calles estrechas como desgarrones que habían sido delineadas al socaire del dinero y la especulación, se llenaron de colmenas. Las colmenas se llenaron de gente y las gentes se llenaron de hijos. Por entonces, el dinero que siempre había sido estéril y no sabía reproducirse aprendió el milagro de la vida: Cada cual ponía el espermatozoide de la firma en una letra de cambio para comprar el piso, el constructor la descontaba en el  óvulo del banco y, por arte de magia, sucedía el prodigio del dinero nuevo. Pocos sabían que el dinero se multiplicaba, ni falta que hacía. Vivían en pisitos limpios con aseo donde no olía a estiércol ni entraba la tierra por las rendijas de puertas y ventanas. Es verdad que el horizonte infinito había encogido tanto que las retinas no se acostumbraban a tropezar con paredes de cincuenta metros de alto, enfiladas sin solución de continuidad. Había que levantar la vista hasta esguinzarse el cuello para apreciar un pedacito del cielo. Pero quién quiere ver el mismo paisaje durante años, los mismos terrones congelados y duros como piedras en invierno, convertidos en un barrizal con las lluvias de otoño y enquistados de polvo el resto del año. Quién quiere ver a diario los mismos cerros quietos como pasmarotes, apenas mudando del color ocre desteñido de la mañana al gris azulado de la tarde y teñido de melocotón con el crepúsculo; mirar los mismos árboles que desde su inmovilidad sólo te ofrecen una foto fija y eterna, sin más ambición estética que la caída de las hojas y el nacimiento de sus brotes. En cambio, los escaparates tenían luces de neón que encendían la noche para alumbrar electrodomésticos con curvas sugerentes acabados en maderas barnizadas, metales pulidos y plásticos de colores brillando como espejos; eran aparatos de televisión, radio, aspiradoras, lavadoras, frigoríficos, teléfonos. Esos cachivaches entraban primero por los ojos, luego salían de las tiendas y subían a los pisos donde no sólo se les rendía veneración como a las imágenes de los santos, también se enseñaban a las vecinas con el mismo orgullo que mostraban sus barrigas las señoras cuando quedaban embarazadas. Años después las calles, donde antes jugaban los niños al balón y las niñas a la rayuela, se estrecharon todavía más porque tuvieron que hacer sitio a coches alineados a ambos lados de las aceras; eran los Seiscientos, tenían las manijas y parachoques cromados refulgiendo como la plata líquida, volantes de baquelita en color marfil, faros redondos que parecían mirar asombrados y asientos de eskay imitando al cuero viejo.

Apariencias. Los nuevos propietarios solo bajaban la basura una vez a la semana, si abrías la bolsa no encontrabas huesos de ternera, ni siquiera de pollo, echabas de menos las espinas de pescado, el papel de plata del chocolate y los botes de conserva; eso sí, abundaba el papel de estraza con que se envolvía la casquería y  las legumbres. Los panaderos contentos porque ahora se consumía más pan, aunque al personal propietario se le espigaba la figura y se le afilaba la cara. Los zapateros no daban abasto remendando los zapatos. Los bancos se daban un atracón con los intereses que cobraban por un dinero que no tenían ni los prestatarios ni los bancos; dinero nuevo, multiplicado como en el milagro de los panes y los peces, anotado en varias contabilidades a la vez.

Ha transcurrido medio siglo desde entonces. Las apariencias están en su apogeo. Trump, el Presidente de nuestro Imperio occidental entretiene al mundo lanzando misiles en cuanto los fiscales le ponen en un brete, ya lo hicieron Clinton y Bush. Las empresas tecnológicas nos distraen a todos, como los magos, para que nos divirtamos con sus trucos, mientras nos roban la intimidad para comerciar con ella. Los bancos siguen multiplicando el dinero desde la nada, pero cuando para la música y hay que hacer el recuento, los que se quedan sin silla somos los contribuyentes y hemos de apoquinar, a escote, hasta completar lo que falta.

En este tiempo hemos roto multitud de barreras, prejuicios y tópicos, pero seguimos presos de las apariencias: Nos acantonamos en nuestras casas y nos tapamos de las miradas del de enfrente con persianas y cortinajes espesos, mientras navegamos por las redes sin pudor para demostrar nuestro ingenio, lo viajados que estamos, el conocimiento que tenemos y esa sensibilidad artística que nos adorna. Aprendimos en carne propia que los títulos académicos eran los botones del ascensor social, por eso conminamos a nuestros hijos para que acumularan títulos como si padecieran disposofobia, sin caer en la cuenta de que un trabajador manual también ha de formarse, y que un fontanero o un charcutero pueden ser más cultos, más felices y ganar más dinero que un licenciado. Por eso no es raro que nuestros políticos engorden sus currículos con licenciaturas, ingenierías, doctorados y másteres inexistentes porque nadie les pide que los acrediten; si fueran funcionarios de carrera o trabajadores de empresa tendrían que certificar sus conocimientos cuando los contratan y cuando opositan o concursan a cada puesto de trabajo. Lo raro es que haya ciudadanos que, al contrario que los políticos, tengan que borrar los títulos de sus currículos para trabajar de reponedores o de camareros.

Más asombroso es que haya políticos, como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Cifuentes, a quienes obsequian títulos sin cursar las asignaturas ni gastar un minuto de esfuerzo en hacer los trabajos correspondientes, que para eso la Universidad pública es su cortijo. El colmo es que, cuando les pillan in fraganti, persistan en la mentira con su mejor sonrisa y se apoltronen como los niños pequeños con su regalo para que no les apeen del machito.

Grotesco y zafio es que el Presidente de la Diputación de León, Sr. Martínez Majo afirme y se pregunte: “Vale, no tiene el máster y, ¿cuál es el problema?” Ninguno Sr. Presidente. Sólo pasó que con la dádiva se perpetraron varios delitos, se ha desprestigiado una Univeridad que pagamos todos los españoles y se han devaluado todos los títulos académicos de quienes cursan o cursaron en ella. Además, los alumnos de másteres  de toda España han quedado agraviados por comparación y se sienten gilipollas. Sólo pasó que a un gestor público en una democracia se le exige honradez; supongo que anda usted todavía en los andurriales de la dictadura donde la corrupción, el amiguismo y la francachela con lo público era la regla. Supongo, Sr. Presidente, que si contrata a un administrador de su patrimonio personal y le sorprende en un renuncio, le despedirá sin contemplaciones salvo, claro, que sea usted un imbécil. Por lo demás no hay novedad, la cosa está tranquila, tanto la detentadora de títulos falsos como usted mismo siguen en sus poltronas. Parece que la democracia ha encogido como el horizonte de aquellos hijos de la tierra que llenaron, en los sesenta, los extrarradios. Más patético todavía, si cabe, fue el aplauso atronador que sus conmilitones propinaron a la falsaria en Sevilla. Me recordó, por lo insalubre, a la ovación que ciento ochenta y tres diputados de ese mismo partido, puestos en pie, dedicaron al Sr. Aznar por meter a España de hoz y coz en la guerra de Irak.

Todo es pura apariencia en esta hoguera de las vanidades, la liquidez de las redes, los aplausos, el dinero, la inflación de títulos, la honradez…  Si me apuras, hasta estas líneas son mera apariencia.

J. Carlos

Favores

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Cuando se vivía en pueblos o barrios de ciudades abarcables, los comportamientos personales, al menos de puertas afuera, tenían un lustre ético y cívico porque el reproche social solía ser severo. Un desliz te ponía en boca de todos y, dependiendo de su gravedad, podías quedar marcado de por vida. El sistema era de evaluación continua de modo que una vida ejemplar quedaba arrumbada por una sola tropelía. No era un modelo perfecto, al contrario, demasiadas veces por envidia, celos, avaricia, soberbia o cualquier otra excrecencia de la naturaleza humana te colgaban un sambenito que no sólo desbarataba tu honor, sino que se extendía como una mancha de aceite a tus herederos.

La proliferación de espacios urbanos inabarcables propicia un anonimato que, desde el punto de vista individual, tiene algunos aspectos positivos tales como ensanchar la mente, aflojar los botones del corsé social, desembridar el pensamiento y aspirar la fragancia de la libertad; aunque desde el punto de vista social no pinta tan bien, ahí tienes la falta de cohesión social, el incivismo o el vandalismo por poner solo unos ejemplos. Quiero con ello asentar que, con este aluvión urbanita engordan las normas que regulan la convivencia ciudadana en la misma medida que adelgaza el reproche social. Vamos, que si ves a un individuo aliviando su vejiga en plena calle es aconsejable que no le llames la atención con un reproche, mejor limítate a llamar a la policía. Te lo escribo por experiencia propia.

Es un hecho que la urbe inabarcable te ha quitado de detrás del cogote aquellos ojos que, apostados tras los visillos, escrutaban tu vida y obra. También es un hecho que, hoy las nuevas tecnologías te han puesto en el foco de miles de pupilas embozadas en el velo de las redes sociales, esperando un desliz para organizarte un linchamiento mediático en forma de ordalía medieval por un quítame allá esas pajas. Pero éste es un mundo virtual en el que, generalmente, entrar o salir lo es a conveniencia. Si te prestas al juego puedes salir escaldado porque hay émulos de las viejas del visillo que se sienten ofendidos por casi todo y, con derecho a excretar sus prejuicios basados en los enciclopédicos conocimientos atesorados en sus gónadas. El último botón de muestras lo tienes en la youtuber Dulceida. En mala hora  se le ocurrió regalar unas gafas de marca a unos niños de Ciudad del Cabo y exponer sus fotos, la han puesto como chupa de dómine. Debe haber un código en los estrógenos o en la progesterona de los que están detrás de los visillos, que estipula que si eres niño pobre y negro solo te pueden regalar comida, lo demás es suntuario.

Hay, sin embargo, pequeñas parcelas de la sociedad que permanecen como aldeas abarcables donde el anonimato es imposible. Me refiero a todas aquellas profesiones que tienen una proyección social y/o mediática que las apuntala y sin cuyo concurso perderían gran parte de su pedigrí: Gestores de lo público, deportistas de élite, artistas, realezas, jerarcas religiosos y otras celebridades. Son profesiones que ejercen su primogenitura social a cambio del plato de lentejas del escrutinio público. El pacto es que ellos nos venden su relato de genialidad, ejemplaridad, honradez o bondad y, a cambio, nosotros los admiramos. Pero con una condición, que nos permitan meter la lupa hasta en los pliegues más íntimos de sus gestos. Por eso el Domingo de Ramos, cuando una cámara nos desveló el rifirrafe entre las dos consortes del anterior y actual Jefes del Estado, se nos hizo trizas el relato de ejemplaridad. Les pagamos con largueza con nuestros impuestos para que actúen en el cuplé de la monarquía y, en plena representación, se olvidaron el papel de maniquíes posantes, saludantes y sonrientes. Supongo que las expedientarán como a cualquier trabajador y les suspenderán de empleo y sueldo durante una temporada. El papel de madre y suegra peleándose por la foto de los nietos ya lo tenemos gratis en bautizos, comuniones y otros eventos familiares.

Cualquier profesional que desarrolla su labor, dentro de estas pequeñas aldeas abarcables por los medios, es consciente de que si comete una trapisonda recibirá un reproche social que repercutirá directamente en su bolsillo: teatros, cines e iglesias vacíos, mermas de contratos publicitarios, caída de la parrilla del programa de televisión o de radio, incluso la pérdida del empleo.

Por razones sociológicas, culturales y otras que no me caben en la cabeza, hay una profesión, la de los políticos, que no sufren el escrutinio exigible a cualquier administrador de los dineros del común y, lo que es inaudito, cuando los pillan con las manos en la masa no reciben el reproche social del que son acreedores. Incomprensiblemente les siguen votando. Hasta Trump se hizo eco de esta paradoja cuando dijo: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”.

En España tienes casos a patadas. El penúltimo es el caso Cifuentes. La otrora adalid contra la corrupción de su partido, la que no perdía ocasión para despegar los labios con desparpajo y proclamar su honradez, o sermoneaba a propios y a extraños con la cantinela del trabajo, la disciplina y el buen hacer. Resulta que le han regalado un máster, por su cara bonita y su cabellera rubia, para lucir enmarcado en el salón de su casa; igual que a Jesús Sepúlveda le regalaron un Jaguar para lucirlo en el garaje de su chalet. No es solo que haya cometido el mayor pecado mortal de un político: la mentira, o que la credibilidad en su palabra y su honradez valga menos que un grano de arena en el desierto del Sahara. No es tanto su contumaz relato de fantasía alegando que los másteres se aprueban sin ir a clase, sin exámenes, sin TFM. No basta con que esté enterrando en su mausoleo político a la Universidad Rey Juan Carlos, de la misma forma que los faraones de Egipto enterraban en sus pirámides a las esposas y sirvientes cuando morían. Ni siquiera que esté devaluando la carrera profesional de cientos de miles de alumnos que han visto como, en la bolsa de trabajo, sus títulos han quedado degradados al nivel de “chicharros”. No es solo porque en su narcisismo, que ha hecho metástasis con su sonrisa perpetua, nos considere tontos del culo con la obligación de creernos que, unos papeles con tinta fresca de sello de caucho son las tablas de la ley.

Lo penoso, lo sórdido de esta historia, es que ha demostrado ser muy mala persona. Con su afán de sostenella y no enmendalla ha dejado a los pies de la cárcel a aquellos profesores y administrativos que, por cadena de favores o temores clientelares, le fabricaron primero el título y después arroparon su engaño con sucesivas coartadas. Algunas tan estúpidas como falsificar el documento público del acta del Tribunal examinador. El catedrático Álvarez Conde calificó el acto falsario de reconstrucción, sin caer en la cuenta de que estaba cometiendo un posible delito de intromisión profesional, al emular a un cirujano plástico que reconstruye una cara averiada en un accidente; tampoco cayó en la cuenta de que según su particular diccionario penal, los delincuentes que se dedican a la falsificación de billetes son meros reconstructores.

El olor a cadaverina política que desprende la señora es nauseabundo, aunque la mantengan mientras los azules buscan sustituto y los naranjas rascan votos en el lento proceso de putrefacción. La terminarán enterrando después de quitarle los galones como a los oficiales degradados en el ejército, pero no se dignarán poner su nombre en la lápida, en el idioma de Rajoy pasará a denominarse: esa persona de la que usted me habla.

La señora, mala gente, ya digo, está dispuesta a dinamitar la cátedra, la profesión, incluso la libertad de aquellos que en su día le regalaron la joya de un máster para adornar su currículo. La susodicha se limita a mimetizar el comportamiento del cónsul Escipión, el cual, en vez de pagar la recompensa prometida a los asesinos de Viriato, los mandó ejecutar mientras les decía: Roma no paga a traidores.

Un amigo catedrático que tiene mucha retranca y más conchas a sus espaldas que la fachada de la Casa de las idem en Salamanca, tenía una frase genial para estos casos: “No sé por qué fulanito me mira mal si nunca le hice un favor”. Conque ten cuidado a quien le haces favores.

J. Carlos

Pececito

Patricia

Durante trece días me he sentido como un pez dentro de una pecera esférica, como aquellas que prohibió el alcalde de Monza, Giampietro Mosca, “porque un pez que está en una pecera tiene una visión distorsionada de la realidad”.

Durante trece días todos los medios plasmáticos han afilado sus imágenes para servirnos el drama de una familia que ha sufrido en sus carnes la maldad suprema: El asesinato de un hijo perpetrado por una persona del círculo íntimo. Un niño todavía, inocente, vivaz, alegre, generoso.

Afloran los sentimientos. Empatizas con los padres. Se te enciende la solidaridad ante el drama real que entra en tu casa como un vendaval de desolación. Te condueles de vivir lejos y no poder estar con las más de cinco mil personas que lo buscan. Al paso de los días te temes lo peor, empiezas a apostar por la muerte. Si te preguntas quién ha podido ser te contestas que las estadísticas son pájaros de mal agüero, en nueve de cada diez casos la mano que mata es de la familia.

La narración es canónica porque es la crónica de una muerte brutal en tres actos: Desaparición, búsqueda y desenlace con misterio resuelto y asesina confesa. Pero en trece días sobran escenas rutinarias repetidas hasta la saciedad en las que el relato se estanca sin novedades y hay que entretener al personal. Ahí entran los objetivos de las cámaras como garras sobre sus presas y los micrófonos carroñeros que arrancan el morbo a picotazos para arrojarlo a la masa. En los estudios centrales los tertulianos habituales y otros sobrevenidos lamen los huesos de los bulos y de las elucubraciones macabras hasta dejarlos mondos y lirondos. Hasta en Sálvame dejan de carroñear a los famosetes y de carroñearse entre sí para apuntarse también al buitreo. Todo sea por la audiencia que ha triturado records históricos.

El periodismo volvió a colapsar sobre sí mismo, se convirtió en un objeto masivo, un agujero negro donde quedó atrapada la sobriedad, la contención y hasta el decoro.

La pecera plasmática en que he vivido estos trece días distorsionó tanto la realidad que he visto al populacho intentar linchar a la asesina, vomitar su rabia y su venganza delante del cuartel de la guardia civil con insultos que no venían del estómago sino de las tripas. Supongo que quien participa en estas ordalías lo hace también como una forma de apuntalar su supuesta bondad frente a la maldad de la asesina, de reafirmar su pertenencia a la especie humana contra la bestia. Tal vez expíe sus culpas y expulse sus demonios en estas ceremonias medievales. He visto a Rafael Hernando utilizar la capilla ardiente de Gabriel para rascar un puñado de votos en su feudo.  Y he visto a sus señorías subir al estrado y, ante el atril del hemiciclo, comportarse como alimañas que luchan con las alas desplegadas por su trozo de carroña. A esas horas el cadáver del niño todavía seguía en una cámara frigorífica.

Afortunadamente, el mismo cerebro que es capaz de rellenar el punto ciego donde conecta el nervio óptico con la retina, modelar una imagen tridimensional aunque los datos que recibe sean de dos dimensiones y hasta de darle la vuelta a la imagen para percibir el suelo debajo y no el techo, pudo  eliminar también las distorsiones de la pecera plasmática. Por eso pude ver a los guardias civiles que, con lágrimas rodando sobre sus mejillas, acababan de descubrir el cadáver de Gabriel, defendían con sus cuerpos a la asesina en cumplimiento de su deber. Pude ver miles de rostros compungidos y silenciosos, centenares de manos componiendo altares al pececito, miradas rotas. Pude ver la bondad, infinita, en el rostro de Patricia Ramírez, la madre, que nos dio una lección de coraje y de humanidad: “Gabriel está ya en algún lugar con sus peces. La bruja mala del cuento ya no existe. Pido que no se extienda la rabia, que no se hable de esta mujer más”.

Que no se extienda la rabia. La frase es grande y se infla como el universo cuando la pronuncia la madre a la que acaban de robarle la vida de su único hijo y tres cuartas partes de la vida propia.

Qué suerte tuviste Gabriel de tener una madre como Patricia. Descansa en paz Pececito.

J. Carlos