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Alterpatía

            La gata Linda es menuda y desvalida, tiene una pata trasera tronzada por la rodilla que precariza su movilidad, así que maúlla tiernamente cuando quiere subirse a la mesa del despacho para tumbarse al calor de la lámpara. Hemos puesto un escabel al lado de la cama para facilitarle el brinco hasta nuestros pies donde duerme, ronca y, a veces, tiembla ligeramente con sus pesadillas. Tiene la cara redonda como un ovillo pequeño de lana, el pelo ceniciento moteado de blanco y unos ojos inmensos del color del limón maduro. Te pide caricias a cambio de un ronroneo, se acurruca entre tus piernas o se duerme en un brazo del sillón, a veces se alza hasta el filo del espaldar, retrae sus patas, y se queda quieta por horas como una esfinge. Es tan consciente de su impotencia que nunca saca las garras, ni muerde, sólo una vez salió de su boca un amago de bufido que daba más lástima que miedo. Cómo no la vas a querer, si mueve el muñón de la pata para rascarse la oreja izquierda porque su cerebro ignora que no puede alcanzarla. Y, sin embargo, cuando por la mañana viene detrás de mí maullando desesperada por la comida con su estrategia de desamparo, le digo: Si tuvieras la envergadura de un tigre no esperarías a que te llenara el cuenco porque me estarías devorando.

Con esta imagen quería explicarte el significado de alterpatía, palabra que no encontrarás en el diccionario. Si empatía es la capacidad de identificarse con alguien o algo compartiendo sus sentimientos o emociones, con alterpatía quiero expresar la capacidad de imaginar a alguien o algo en otras circunstancias extremas e identificar cuál serían sus actitudes. Así, si imagino que mi gata Linda fuera un tigre presumo que me convertiría en un plato suculento.

Confieso que los  telediarios y la lectura de periódicos me aburren porque no hacen más que echar decibelios a la misma tragicomedia política. Me exasperan sus guiones pautados y repetitivos hasta el hartazgo, con expresiones tan plagadas de lugares comunes que, si les quitas el volumen, sabes exactamente lo que van a decir. Ignoro cuándo se malbarataron los oficios de asesor político, plumilla, columnista y tertuliano y desde cuándo para ejercerlos se exige mucho pulmón y poco cerebro. Hay algunas excepciones que mantienen su lucidez en este páramo de mala baba como florece la amapola en la tierra yerma. Pues eso, para evitar el tedio me he inventado el juego de la alterpatía.

Se trata de imaginar, por ejemplo, a Rocío Monasterio como guardián de un campo nazi y conjeturar cuál sería su comportamiento. ¿Cómo se comportaría haciendo la travesía en patera hasta Canarias con su bebé en los brazos, de piel negra por supuesto?  O si fuera una pasajera más de un avión al que le explotan los motores en pleno vuelo. Supón que es una estudiante de arquitectura firmando planos y vendiendo viejos talleres de coches como lofts sin cédula de habitabilidad.

El juego admite infinidad de sujetos y alterpatías: Pablo Iglesias, Pablo Casado, Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso, Eduardo Inda… Resulta divertido, aunque se agota pronto porque es fácil adivinar su comportamiento en las distintas situaciones. No hace falta ser psicólogo ni acumular varios máster en las ciencias del comportamiento, son tan trasparentes y se exhiben tanto que se les ve venir.  

Un consejo: no practiques la alterpatía contigo mismo, a poco que seas objetivo puedes salir malparado. Y se trata de un divertimento no de ponerse a uno mismo en evidencia.

J. Carlos

La ley del péndulo

             Quien impera impone su relato. De EEUU nos llegan relatos toscos como el de Trump y relatos un poco más elaborados como el de la cultura de la cancelación. Todos ellos terminan permeando en las colonias en sucesivas oleadas. Quiero decir que aunque allí el relato se quede obsoleto porque el cacareo trumpista está demodé, aquí sigue en la lista de los más vendidos en el día del libro. Ahí tienes a un partido que llama niños a los fetos españoles y violadores a los niños negros que llegaron en pateras. A los relatos toscos se le ven pronto las costuras y terminan naufragando en su rancia gramática. Los más elaborados perduran en el tiempo aunque la física del movimiento armónico del péndulo los elevará hacia su punto máximo, después bajará para alcanzar el momento de equilibrio y seguirá, inexorable, hacia el extremo opuesto en que otro relato antitético se impondrá. Entre tesis y antítesis van sintetizando los valores y progresa la sociedad. El momento incómodo es cuando el péndulo está en su punto más álgido porque el odio puede desencadenar la guerra. A veces ni somos conscientes del peligro que nos acecha: cuando cayeron las bombas nucleares americanas en Palomares, ignorábamos que varios bombarderos B52 surcaban el globo terráqueo 24 horas al día, cargados con armamento nuclear, para responder a Rusia si era atacado suelo americano. La operación se llamaba Destrucción Mutua Asegurada. El título es un cuento mucho más escueto que el del dinosaurio de Monterroso y, desde luego, mucho más terrorífico.

            La cancelación consiste en una suerte de justicia colectiva para colgarle el sambenito a una persona o institución y aislarla social, económica y financieramente sin juicio contradictorio, sin derecho a la defensa y, las más de las veces, sin pruebas. Nos parece nuevo pero ya lo escribió Esquilo en Los persas, Cervantes en Numancia y Lope de Vega en Fuenteovejuna. Y lo sufrió, como nos ilustra Nieves Concostrina, Isidoro Gutiérrez, gobernador civil de Burgos, que fue linchado en la catedral de esa ciudad por una turbamulta alentada por el arzobispo y el clero, cuando se disponía a hacer inventario de los bienes en cumplimiento de un decreto del Ministerio de Fomento para la incautación de objetos de ciencia, arte o literatura. Muchas veces me pregunto sobre mi reacción si hubiera estado entre la multitud que asesinó y desorejó al gobernador, o cómo me habría comportado con mis vecinos judíos en la Alemania nazi o, si hubiera tenido las agallas de Julián Fuster Ribó, cirujano español y comunista que fue prisionero torturado en el Gulag ruso, vivió la rebelión y matanza del campo de Kergin y sobrevivió con su ética y bonhomía intactas, tal como nos lo narra Luiza Iordache Cârstea en Cartas desde el Gulag. Me contesto lo de siempre: ojalá que el destino no me ponga en esa tesitura porque no soy un héroe. Seguramente me dejaría arrastrar por el instinto gregario y acallaría la conciencia, que es tan dúctil como la plastilina, con todo tipo de justificaciones éticas y morales. La conciencia como el papel lo aguanta todo.

            Te confieso que me da miedo este puritanismo de los conversos. Los mismos que masacraron a los indios y esclavizaron a los negros ahora pretenden censurar, cuando no cercenar, libros, películas y otras obras de arte por lo que exponen o porque entienden que quienes la crearon no cumplen con las exigencias de su elevada moral actual. Leeré a Celine, veré las películas de Woody Allen, buscaré la biografía de Philip Roth aunque su biógrafo Blake Baylei haya sido acusado –que no condenado- por varias mujeres y sus editores hayan retirado su obra de las librerías… Para colmo de este fanatismo inquisitorial que nos retrotrae al Medievo, resulta que a los traductores al neerlandés y al catalán de la poeta Amanda Gorman los han vetado porque “para captar los matices de sus versos hay que ser negra”. Son tan estúpidos que están excluyendo a todos los lectores blancos porque tampoco captaríamos esos matices.  

             Como digo, todos los relatos del imperio nos llegan más pronto que tarde en sucesivas oleadas. Ya nos ha llegado la cultura de la cancelación a la política: al adversario se le cosifica llamándole rata o se le imputan delitos acusándole de criminal, los pobres de las colas del hambre son mantenidos, los niños llegados solos en pateras son violadores, las víctimas de amenazas de muerte se las inventan como estrategia publicitaria, los reos de sedición son presos políticos, a los rebeldes de la justicia se les otorga el mismo rango de exiliados que ostenta Machado… Cuánto tardarán, me pregunto, en cancelarnos a los jubilados otorgándonos la categoría de mantenidos.

             Las redes sociales son hoy los púlpitos donde antaño azuzaban los arzobispos a la turbamulta. También están avezados en esta vieja cultura del linchamiento los medios de comunicación, un buen ejemplo lo tienes en Tele 5. Durante veinte años canceló a Rocío Carrasco por mala madre y ahora, en un giro de guión, la santifica y la sube a los altares como mártir de malos tratos. Para cuadrar el drama ha cancelado a un tal Antonio David Flores, ex guardia civil condenado por malversación y ex marido de Rocío, a quien los directivos de la cadena le dieron de comer durante veinte años con tal de que maltratara de palabra en los platós a la hoy santificada. Y como la banca, siempre gana, da igual que el activo se llame Rocío o David o Isabel. Bien sabe Vasile que la audiencia seguirá las ordalías que ejecuten Jorge Javier Vázquez o Ana Rosa Quintana y, que la turbamulta escupirá indignada a quien le cuelguen el sambenito.

             No me da miedo el hombre ni el escorpión, lo que me da miedo es la naturaleza de ambos animales. Si un hombre, un grupo político, religioso, mediático, financiero consigue un poder superior lo utilizará en contra de los demás, está en su naturaleza como está en la del escorpión picarte. Por eso me fío más de las instituciones que surgieron cuando comprendimos que era más eficaz aplacar nuestra naturaleza depredadora y cooperar entre nosotros. Lo difícil es diseñar una arquitectura institucional con un sistema de contrapoderes que distribuya adecuadamente sus pesos. Entretanto confiemos en la física: cuando la cháchara estúpida y los linchamientos amainen en los medios y en las redes, por la ley del péndulo, tendrán más cabida la ciencia, la universidad y el arte. O eso espero.

J. Carlos

Transiciones

            La transición de cada día del mundo onírico al mundo real es traumática. Me refiero a ese instante en que te arranca la conciencia de ser tú mismo y te da pánico ser y te cansa la pesada carga de la supervivencia. La mente despierta con nubarrones como telarañas cuajados de miedos, pesares, quehaceres y problemas. Cada cual los disipa como puede: meditación, ducha urgente con agua helada, café cargado para espabilar la adrenalina, un par de jaculatorias, la ternura de un beso, una tabla de gimnasia… Recuerdo de muy niño que mi madre, harta de que hiciera caso omiso a sus requerimientos para levantarme de la cama, abría los ventanillos de madera para que entrara el sol, después me arrebataba la ropa de la cama y, por fin, abría las dos hojas de la ventana a la gélida intemperie. Un día, cansado de aferrarme con ambos puños al filo de la sábana y perder siempre la batalla, le pregunté: madre, ¿cuándo se acaban los días? Coincidió que pasaba por la calle el señor José Manuel que escuchó mi pregunta, la propaló en las herrerías del pueblo como si fuese una falta o un delito y pasé la niñez escuchando con retintín, casi como un mote, aquella frasecita.  Desde entonces cuando los párpados vencen la pesantez y se abren, me tiro de la cama como un resorte.

Te confieso que nunca he entendido por qué nos apagamos cada noche con esa mansedumbre de lo inevitable. Dicen los neurólogos que el cerebro necesita restaurarse como si la conciencia fuera un veneno que lo desajusta o un amante fogoso que lo deja hecho unos zorros. Pienso que la naturaleza nos preserva y cada noche nos divorcia de nosotros mismos para aliviarnos la carga. Volviendo a la transición, a ese momento raro en que te enciendes y recuerdas, vagamente, escenas fantasmagóricas que tú has protagonizado en sueños donde no se cumplen las leyes de la física y los sentidos están faltos de viveza como en una película difuminada por una tenue neblina. Las más de las veces son pesadillas que reavivan tus miedos: asignaturas que nos has aprobado, exámenes sorpresas que no estudiaste, trabajo que no sabes cómo abordar o del que te van a despedir, mujeres que te dejaron y te vuelven a dejar, caídas a pozos, depredadores que te persiguen y no puedes huir porque tienes los músculos paralizados, pérdidas lejanas que no han envejecido, también pérdidas recientes. Te confieso que, a veces, volver al mundo real y abrir los párpados es una bendición; los sueños pueden ser muy crueles porque gustan de ensañarse, con alevosía y nocturnidad, con tus miedos propios y los heredados por la especie.

Cada día, para reiniciarme, subo a El Retiro y, en abril, contemplo desde la plaza del Ángel Caído las dos hileras de castaños de Indias que flanquean el paseo hasta la fuente de la Alcachofa, en la linde con el estanque grande. El paseo se comba como una catenaria y cuando despunta el sol de soslayo, su luz tenue recién nacida atraviesa la celosía de las hojas y enciende los conos de flores blancas que nacen erectos de sus ramas como farolillos de fiesta.  Hay días que no hay ni un alma, sólo un rumor lejano de ciudad que despierta y, si sopla un poco el viento y el sol está naciendo, los racimos de flores titilan con una fluorescencia como de lava incandescente. Entonces piensas que, si se te hubieran acabado los días, te hubieras perdido este carrusel de belleza que te produce un escalofrío de placer y te borra de un plumazo las  pesadillas y las preocupaciones. Y así, reiniciado, sigo el paseo pisando charcos de luz, viendo mi sombra que se alarga hacia el oeste remontando setos, surcando hierba, recortándose en los troncos de los plátanos. A la orilla del estanque, viendo mi reflejo temblar en el agua, le pido a los hados que no se me acaben los días, que haya un mañana y otro abril y otros años, aunque sólo sea para volver a ver titilar las panículas de flores de los castaños a la luz de la amanecida.

J. Carlos

El mundo gaseoso

Ahí fuera hay un mundo real, sólido, donde la gente trabaja, piensa, está ociosa, conversa, canta, enseña, pinta, ama y vive intercambiando servicios y cuidados mutuos en una organización complejísima y con una eficacia antes nunca lograda por la especie. Ahí fuera el personal es amable, te cede el paso, cumple las normas sanitarias, las de tráfico, las fiscales, salvan vidas en hospitales y donde las instituciones no llegan hay personas que dan de comer al hambriento. Ahí fuera recomponen mentes desmadejadas y corazones rotos y crean vacunas en un santiamén que salvan a millones de congéneres. Ayer mismo descubrieron una posible nueva partícula elemental que daría una explicación más aproximada del universo que habitamos.

Sin embargo, si sigues el acontecer del mundo real por los espejos deformantes de los medios informativos o las redes, constatarás que esto es un desastre del que solo se salvan el informante que es un dechado de saberes y tú que eres listo por leerle o seguirle. Por eso, cuando me acerco a un informativo a un periódico  a una tuitería o similar me parece estar viviendo el día de la marmota. Repiten una y otra vez, al estilo Vasile (Tele 5), el mismo mantra grosero y lisérgico donde los peores instintos y bajezas humanas se regurgitan y se rumian ante la mirada bovina del respetable. Lo real, lo sólido no vende. Por eso las primeras planas son gaseosas, las copan el analfabetismo funcional de Miguel Bosé y Victoria Abril y en un suelto, una vez al año, en página impar, cabe toda la sabiduría de Luis Enjuanes, por poner un ejemplo. Los dramas de Meghan Markle y Rocío Carrasco ocupan horas, días, semanas, meses en sus páginas y sus teles mientras las colas del hambre o la inmigración son piezas de relleno, por poner otro ejemplo. Las ayusadas de la muñeca que maneja el ventrílocuo Miguel Ángel Rodríguez en Madrid abren telediarios y suman votos a tutiplén, por añadir un ejemplo más. Y es que la posibilidad de que el mundo sólido y real tenga un reflejo fidedigno en su mundo gaseoso tiende a cero. En las redes es peor porque nacieron con el pecado original del anonimato, y abunda el espécimen que pide que le sujeten el cubata para arreglar el mundo en un tuit de cien caracteres, sin sujeto ni predicado. Lo único loable es que, aunque no te libras de sus epítetos, insultos y descalificaciones, evitas la tufarada de alcohol de su aliento y la estridencia de su voz aguardentosa.

Recuerdo que, allá por el 2001, acudí a la representación de La cena de los idiotas de Francis Veber, en el Teatro Infanta Isabel, desde entonces albergo la certeza de que, tanto Vasile como Zuckerberg, Dorsey y demás magnates de los medios, cuando nos congregan a sus cenáculos informativos nos toman por idiotas.

J. Carlos

El cine

El cine llegó una tarde de verano a la plaza del pueblo, vino en una furgoneta destartalada de la que bajaron una máquina que se llamaba proyector, y unas latas de latón donde se guardaban las bobinas de celuloide. A la noche mi padre me llevó de la mano a la panera donde se proyectaba la película sobre una sábana blanca. Estábamos al fondo y la gente delante se apelotonaba de a pie. El señor Felipe, un hombretón más alto que mi padre, me subió a hombros y desde allí vi el prodigio de un nuevo mundo que nacía en la superficie de la sábana y se extendía tras ella, hasta el infinito. Recuerdo que esa noche soñé que me había metido en el mundo de la película, vivía encerrado en el celuloide y viajaba de pueblo en pueblo dentro de una caja de latón. Mis padres me buscaban en la orilla de las lagunas y se asomaban, gritando mi nombre, a los brocales de los pozos.

Dos o tres años más tarde volvió el cine en la misma furgoneta, más ajada y sucia. Entonces vimos montar aquellas bobinas en la máquina y miramos al trasluz los fotogramas troquelados. Un operario nos explicó que el cerebro nos engañaba porque retiene unas milésimas de segundo cada imagen y al pasar 24 fotogramas por segundo se crea la ilusión del movimiento. Mirad esa nube –dijo- y cerrad los párpados para comprobarlo. Yo miré al sol y lo tuve dentro de los ojos toda la tarde. Esa noche, durante la proyección, abrí y cerré los párpados lo más rápido que pude para fijar un solo fotograma. No lo conseguí, pero se me quedó hospedada la idea de que era una ilusión ver las cosas como un suceso continuo, pensé que el mundo, como el cine, iba a 24 fotogramas por segundo. Cada tanto parpadeaba rápido en la calle, en la escuela y en las eras para parar el mundo y congelarlo en un solo fotograma. Mi madre creyendo que era un tic nervioso llamó a Don Javier, el médico. Me auscultó, sujetó mi lengua con el mango de un tenedor para mirar mi garganta y me hizo unas preguntas. Le dije la verdad. Le dio un ataque de risa.

Tuve que hacer la primera comunión para parar el mundo. Unos días antes fuimos a la capital en el autobús de línea, mamá llevaba en el regazo, envuelto en papel de seda rosa, el traje blanco de marinero herencia de mi hermano. En el estudio fotográfico me lo puse con mucho cuidado para no arrugarlo. Después de la sesión lo dobló con primor y lo volvió a guardar en el papel de seda. A la semana llegaron las fotos en un sobre duro. A mamá le parecieron caras, a papá estupendas, a mí se me hizo raro verme fosilizado en blanco y negro. Antes de devolverlas al papel cebolla en que venían envueltas caí en la cuenta de que la máquina de aquel fotógrafo parpadeaba más rápido que yo. Así que ya habían inventado una manera de parar el mundo.

Muchos años después habría de acordarme de aquella tarde en que llegó el cine a mi pueblo y de aquella otra en que intuí que el mundo iba a 24 fotogramas por segundo y que si parpadeaba tan rápido como una máquina fotográfica podía parar el mundo. Sucedió en el colegio, cuando el padre Eloy nos explicó que la energía no fluía continuamente sino que iba a saltos, en paquetes o cuantos, y que los electrones saltaban de una órbita a otra sin pasar por ningún camino intermedio. Imaginad –concluyó- que el espacio tiempo fuera una tela compacta pero vista al microscopio está llena de huecos entre los hilos. El empollón levantó la mano para manifestar que aquello resultaba antiintuitivo porque si la luna cambia de órbita tenía que seguir una trayectoria entre ambas. Se quedó tan ufano. El padre Eloy se encogió de hombros. Los demás guardamos silencio. Cerré los párpados con todas mis fuerzas y, antes de volver a abrirlos, volví a tener en los ojos el sol de mi niñez. Comprendí que mis recuerdos eran la bobina de la película de mi vida y podía volver a verlos en continuo o fotograma a fotograma. Lástima que, al igual que las tramas de las telas y que el espacio tiempo, tengan más huecos que un queso Gruyère.

J. Carlos

Las tribulaciones del Desemérito

Me imagino al Desemérito wasapeando a sus amigos con frases que, seguramente, emularían la de Lola Flores: “Si un Euro pusiera cada uno de vosotros (…) Y después me iría al estadio con todos los que han dado esos Euros para tomarme una copa con vosotros y llorar de alegría”. Ignoro si los términos fueron esos u otros similares, pero lo cierto es que alguien llamó a rebato. De los cientos de destinatarios apenas respondieron treinta y dos benefactores, aunque sólo diez cumplieron su palabra y tiraron de chequera. Y eso tiene que ser muy doloroso. Te rebajas a pedir una limosna a aquellos que deben a tus manejos la mayor parte de la fortuna que han amasado y ahora huyen de ti como la peste o, lo que es peor, te ignoran. Hay un sarcasmo que resume este fenómeno y refleja muy bien la crueldad de la naturaleza humana: “No sé por qué me mira mal fulanito si nunca le hice un favor”.

Así que diez colegas de francachelas, financieras o aristocráticas, han apoquinado más de cuatro millones de euros para que Su majestad confiese un segundo fraude a la Hacienda pública con el propósito de adelantarse a los requerimientos que le harían pasar por el escarnio de un juicio y, en su caso, el hospedaje gratis tras unos barrotes como el paria de su yerno. Su abogado, Javier Sánchez-Junco, ha debido persuadirle de que si en España no pisan la cárcel ni actores ni futbolistas no se van a atrever a enchironar a un rey. Detrás de los fraudes fiscales de periodistas y actores hay un criterio técnico, esto es, un aprovechamiento espurio de la interpretación de la ley; tras los fraudes fiscales del residente en Abudabi hay ocultación deliberada de fondos y, puede que ilícitos penales en el origen de los mismos.

Es difícil saber si el letrado es un genio o un insensato, sabe que ha abierto la veda para que la Agencia Tributaria revise los ejercicios fiscales de su representado desde el año 2014 al 2018 al interrumpir la prescripción. Además, al presentarla como complementaria en el Impuesto sobre la renta, tendrá que demostrar de qué rentas se nutría la Fundación Zagatka con cuyos fondos se pagaron ocho millones en viajes de avión con amantes, amigos y maletines de dinero -según tiene confesado a la justicia suiza el gestor de fondos Arturo Fasana-. No parece que las rentas declaradas deriven del trabajo porque el cargo de rey tiene una remuneración pacata y no le alcanza para tanto, ergo, provienen de comisiones o de rentas de otros activos. En el primer caso estaría destapando posibles delitos de blanqueo o de cohecho, y si alega que proceden de rentas de otros activos tendrá que precisar de qué activos, cómo los adquirió y por qué rendían unas rentabilidades tan suculentas.

Como los prestamistas-benefactores han sido rácanos y no han querido utilizar la figura de la donación porque Hacienda les cobraría hasta el 40% del importe donado, el prestatario tendrá que devolverles lo prestado en vida o trasladarle la deuda a sus herederos y, si no es reintegrado el préstamo en su totalidad, habrá de  considerarse como un acto de liberalidad y gravar a los donantes en consecuencia.

Llueve sobre mojado. El pasado 9 de diciembre quiso redimir su culpa con una primera regularización sobre las cantidades que recibió “gratis et amore” de su amigo Allen Sanginés-Krause (se conoce que para frecuentar a la realeza hay que tener apellidos compuestos). El hecho lo desvelaron sus nietos con el uso y disfrute desaforado de tarjetas “black” que les proveía el abuelo. Aquí el abogado tendrá que hacer encaje de bolillos porque para que sea exonerado del delito fiscal, el Código penal establece que ha de regularizarse “antes de que el Ministerio Fiscal o el Juez de Instrucción realice actuaciones que le permitan tener conocimiento de iniciación de diligencias”. Lo cierto es que el Ministerio Fiscal le comunicó que las iniciaba antes de que se dignara rascarse el bolsillo, aunque el abogado alega que no la han recibido. Debe ser que en Zarzuela el correo se tira a la basura como la dignidad de su antiguo inquilino.

El rey Juan Carlos está atribulado porque se creyó su propio mito y ahora se está desmoronando. Ignora que los mitos y leyendas son fruto de la ficción y de la necesidad. Anda buscando culpables bajo los granos de arena del desierto abudabí. Denuesta a los que le reían las gracias a cambio de favores y hoy se le ponen de perfil, denigra a todos los que alumbran mediáticamente sus desafueros y antes le lisonjeaban, detesta al pueblo desafecto que otrora le vitoreaba por calles y plazas. Como señala José Antonio Zarzalejos en su libro, Felipe VI. Un rey en la adversidad, “el rey emérito no es consciente de su comportamiento en los últimos tiempos.”

Dejemos los mitos y leyendas a la literatura y sepamos, de una vez, cuándo malbarató su dignidad y honradez, y cuánto burló la buena fe de los españoles desde la institución que encarnaba.

J. Carlos

Fenómenos emergentes

Aquella tarde de invierno que mi padre me llevó al campo se juntaron todos los pájaros y sombrearon el cielo con dibujos para mí. Tendría cuatro años. Ya había visto en las nubes la figura de Dios pastoreando el mundo y, en los atardeceres, contemplaba las lenguas de fuego que incendiaban el horizonte. Pero las nubes eran perezosas y tardaban en desdibujarse mientras las figuras de la bandada, moteadas de puntitos negros, se descomponían contra el celaje tostado del crepúsculo a una velocidad endiablada. Mi padre me había indicado que me sentara al comienzo de la linde, me tapó con una manta de cuadritos negros y blancos y él se fue a repartir sobre el trigo verde recién nacido, a puñados, el abono de una sembradera colgada sobre el hombro. Estaba lejos, no me oía, corrí hacia él con cuidado de no pisar los brotes. Cuando le alcanzaron mis gritos dio la vuelta y yo le señalé el cielo con el índice, aquel velo de pájaros había desparecido y el celaje tostado del crepúsculo estaba desnudo.

Muchos años después supe que eran estorninos que se juntan en bandadas para cooperar buscando alimento o defendiéndose de los depredadores. Lo curioso es que no tienen un plan definido, ni un líder que les arengue y les dirija, ni banderas y estandartes que seguir. Cada estornino decide individualmente con la sola intención de tapar huecos. El comportamiento en bandada se repite también en cardúmenes de peces, en enjambres de insectos, en manadas de animales terrestres, en bacterias e, incluso, en movimientos colectivos humanos. Es más, si estudias el comportamiento de la bolsa a largo plazo encontrarás paralelismos con las figuras “aleatorias”  que crea el movimiento de una bandada de pájaros. Son ejemplos de un fenómeno físico: el fenómeno emergente en el que el resultado es mucho más que la suma de las partes.

Un hormiguero o una colmena son organizaciones sumamente complejas y sofisticadas sin que nadie las coordine, ni sus individuos sean conscientes de que son una pieza clave para que todo funcione con la precisión de un reloj. Tampoco mi glóbulo blanco, que en este momento está aniquilando una bacteria dañina, es consciente de que está salvando la vida a un organismo formado por treinta billones de células humanas, treinta y ocho billones de bacterias y sesenta billones de virus que en perfecta sincronía cooperan y forman un ser humano. Ninguna de mis cien mil millones de neuronas tiene la más remota idea de que juntas han producido el fenómeno emergente de la conciencia y del pensamiento. Y ahí queríamos llegar: Casi todo lo que existe en el universo es fruto de fenómenos emergentes: el espacio tiempo que surgió como una malla arrastrada por la energía liberada en el big bang, las partículas elementales que vibran y maridan formando átomos, la luz que emerge de la radiación electromagnética, las nubes de gas cósmico que colapsan creando estrellas. Sin embargo, estamos rodeados de utilidades que no han emergido “espontáneamente” sino que derivan del fenómeno emergente que llamamos pensamiento. Si tuviésemos la ocasión de explorar todos los confines del universo y encontráramos una hoja escrita en un planeta remoto, colegiríamos que no ha surgido como fenómeno espontáneo sino que ha sido obra de alguna forma de vida pensante.

Seguramente uno de los fenómenos emergentes más importantes para el ser humano ha sido el de la escritura y el de los libros. El conocimiento se expandió, sobre todo a partir de la invención de la imprenta, y el progreso de la especie ha tenido un incremento exponencial. Este fenómeno nos lo cuenta Irene Vallejo, en El infinito en un junco, como un viaje y lo hace con la ternura de una madre, una prosa muy rica y una erudición magistral. Es la historia de la escritura y de los diversos artefactos en que la hemos estabulado para que las ideas, vivencias, conocimientos e historias humanas se transmitan por generaciones de forma que conecten los cerebros actuales con los que ya no están.

Lo que me pregunto es, ¿qué fenómeno emergente producirá la llegada de Internet? En teoría debería producirse un gran salto intelectual puesto que pone a treinta cm de los ojos todo el saber acumulado de la especie, y a golpe de clic el contacto inmediato con cualquier cerebro del planeta. Sin embargo, estamos abducidos por los artefactos tecnológicos como el que tiene un coche y, en vez de usarlo para desplazarse, viviera y comiera y durmiera en él sin moverlo. Nicholas Carr cree que son instrumentos que nos distraen y nos limitan hasta el punto de que reducen nuestra implicación en la forma más elevada del pensamiento. Es verdad que dificultan la concentración porque te demandan atención constante y los creadores de contenido, sabedores de que el bien escaso es la atención, te la roban a golpe de frases cortas como titulares. Es verdad que se atrofia el músculo de la memoria porque cualquier dato lo tienes en un repositorio digital con acceso inmediato. Es verdad que la información no pasa ningún filtro acreditativo así que los bulos y falsedades interesados son muy fáciles de transmitir. Y lo que es peor, cualquier analfabeto funcional cree que su parecer sobre cualquier materia tiene el mismo valor que el del catedrático experto en esa cuestión, confundiendo la libertad de expresión con la capacitación para emitir una opinión. Un dato preocupante es que el coeficiente intelectual parece que está decayendo en la última década, aunque hay quienes lo achacan a defectos estructurales en la prueba de test que lo mide.

Supongo que estamos en la adolescencia de internet y madurará con su desarrollo y, en todo caso, espero que la plasticidad del cerebro ponga remedio a los aspectos negativos. Pero el universo no tiene propósitos y los fenómenos emergentes surgen con independencia de la voluntad de los elementos que intervienen. El entendimiento humano descubrió la fuerza nuclear que unía a los átomos, y del fenómeno emergente del pensamiento surgió la fórmula para liberar esa energía en forma de electricidad beatífica y, por desgracia, también en forma de bomba nuclear.

J. Carlos

Compatriotas, por desgracia

El Rubius es un excelente jugador de videojuegos en la plataforma de video de Google. Tiene nacionalidad española y noruega. Hasta ahora vivía y pagaba impuestos en España derivados de los más de 4 millones de Euros que cobra al año por su talento, trabajo y, sobre todo, porque 39,5 millones de personas ven sus videos y siguen sus peripecias. Te preguntarás que de dónde saca para tanto como destaca: Verás, publicitar tu producto en un espectáculo que congrega a una multitud de 40 millones de consumidores adolescentes es el sueño húmedo de cualquier empresa y está muy bien pagado. Como digo, El Rubius, ha decidido mudarse a Andorra porque allí va a pagar al fisco una cuarta parte. “Llevo literal, diez años pagando aquí” –ha explicado.Se suma a la lista de creadores de contenido para adolescentes (Willyrex, Vegetta 777, The Grefg o Lolito) que han decidido dejar de pagar con sus impuestos las pensiones de sus mayores, las carreteras de sus conciudadanos, los hospitales de sus compatriotas enfermos, las escuelas y universidades de sus hijos, hermanos, primos y amigos, los bomberos que apagan los fuegos de sus bosques, los policías que cuidan del orden y la justicia en España, los funcionarios de protección civil de su ayuntamiento, a los barrenderos que limpian sus calles, los poceros que desatrancan las cloacas por donde fluye su mierda, los cables, postes y satélites por donde discurren los terabytes de los videos que suben… Prefieren pagar las pensiones de los andorranos, sus hospitales, los poceros que limpian las cloacas andorranas, etc. La explicación más explícita fue la del tal Lolito: “En Andorra se pagan impuestos, pero no te sablean como aquí en España. A mí España me ha dado muy poco; yo no he ido al instituto prácticamente, he sido un desgraciado toda mi vida, y que le voy a hacer, España me ha dado muy poco.” (Por cierto, no hace falta que nos jure que no pisó mucho por el instituto).

No son los primeros ni serán los últimos, ya lo hizo Arantxa Sánchez Vicario que pretendía tapar esa traición de lesa patria con una pulsera roja y gualda. Como la memoria es laxa, y los españoles poco escrupulosos con la contribución a lo común, discutimos hasta el hartazgo sobre los políticos que hicieron los recortes, si se medicalizaron a tiempo las residencias o cuál es la hora ideal del toque de queda para salvar vidas en esta pandemia, lo cual está bien y es necesario; pero nadie discute ni se plantea cuántos respiradores, camas, UCIs, médicos, enfermeras faltaron por culpa del dinero hurtado al fisco español por Sánchez Vicario, los moteros Fabio Quartararo, Maverick Viñales, Joan Mir, Jack Miller, Alex Rins, Tito Rabat, Iker Lecuona y los hermanos Espargaró, los ciclistas Purito Rodríguez, Esteban Chaves, Dan Martin, Dani Moreno o Jonathan Castroviejo, todos ellos residentes en Andorra, y los Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa que residen en la neutral Suiza, también Fernando Alonso residió allí de 2006 al 2011. Dicho de otra manera: Cuántas vidas se han perdido desde marzo porque estos especímenes que presumen de ser españoles, decidieron engordar más su buchaca a costa nuestra. Lo más estupefaciente es que, encima, nos representan oficialmente y se envuelven en la bandera española tras cada victoria. Habría que enviarles un recordatorio, a sus casas de Andorra y Suiza, con una esquela orlada en negro y el nombre de cada muerto desatendido por falta de medios en esta pandemia.

Lo del Rubius parece, pues, una buena idea. Es el mercado, amigo.

Me pregunto: Si por un suponer, asaltaran o quemasen su casa, su coche u otras de sus propiedades en España, o hackearan sus saneadas cuentas, ¿qué le parecería si la policía y bomberos españoles se negaran a intervenir alegando que corresponde a la policía o bomberos andorranos? ¿Qué pensaría si los jueces españoles no condenaran a los delincuentes que le asaltaron o hackearon porque le corresponde la jurisdicción andorrana que es a la que él paga?

Imagine por un momento que sufre un infarto en territorio español y los médicos españoles se olvidaran de su juramento hipocrático, tendría que esperar a que vinieran a socorrerle los médicos del país donde reside fiscalmente. Si, como es previsible, cuando llegaran los sanitarios estuviera cadáver, le enterrarían los sepultureros andorranos en el cementerio de Andorra la Vella con las salvas de ordenanza que corresponden a los prohombres del país pirenaico.

No podemos evitar que transite por las carreteras, aeropuertos y demás infraestructuras tecnológicas de comunicaciones españolas que pagamos los demás, tampoco que admire in situ nuestras catedrales, alcázares, acueductos… que mantenemos con nuestros impuestos. Ni siquiera podemos evitar que se eduque en universidades españolas o utilice nuestra sanidad pública que pagamos a escote los españoles. Sí podemos hacerle el vacío social: Dejar de seguirle en las plataformas, no comprar ningún producto que publicite, no trabajar con empresas que le provean o firmen acuerdos con él, tampoco frecuentar los bares, hoteles o restaurante que admitan su presencia cuando venga a España… Sólo así aprendería que si su caridad empieza por sí mismo, nuestra solidaridad española termina cuando nos toman el pelo y se ríen en nuestra cara.

Ignoro si se le puede incoar expediente para privarle de la nacionalidad española, en aplicación del art. 24.2 del C. Civil, puesto que no es residente en España y tiene otra nacionalidad, la noruega. Así sabría lo que es andar por el mundo sin el pasaporte rojo borgoña español y sin la condición de ciudadano europeo.

Lo más triste es que sus seguidores preferirán que su abuela se muera en esta pandemia por falta de medios antes de bloquear al Rubius. Ahora entiendo que la Ley Celáa haya suprimido la asignatura de Ética, es para que nuestros adolescentes no tengan ni que plantearse este dilema.

J. Carlos

Filomena

Ponemos nombre de persona a nuestras mascotas para elevarlas en el rango de la evolución como si con ello las humanizáramos. También humanizamos a las borrascas. Pero no a cualquier borrasca, sólo a las dañinas. En un principio, el bautizo de cualquier fenómeno adverso y peligroso como ciclones, huracanes y tormentas tropicales se solventó echando mano del santoral femenino del día –no olvidemos que en el relato bíblico la fémina es la encarnación del pecado-. Actualmente se elabora una lista con veintiún nombres propios en orden alfabético, alternado masculinos y femeninos y, en vez de nombrar el mes en que se desencadena, se sustituye por un color de la gama cromática del arco iris. Es por pedagogía que le ponemos nombre a las cosas, esto es, para no tener que señalar las cosas con el dedo como en el Macondo de Cien años de soledad. No deja de ser una sandez, menor, llamar a tu perro Pocholo en recuerdo del abuelo que se fue, en vez de usar un nombre común como Santurrón, Trasto, Venablo o Zopenco. Pero constituye una estupidez mayúscula que científicos meteorólogos bauticen con nombres propios a fenómenos naturales que cuestan vidas y haciendas. La última que nos ha asolado se llama Filomena y lleva el azul lapislázuli de enero. Es la sexta que hemos sufrido desde el 1 de octubre. La próxima se llamará Gaetán y la duodécima llevará por nombre Lola, que no Dolores, como en la canción del grupo Pastora: “no me llames Dolores, llámame Lola”.

En la mitología griega, Filomena fue violada por su cuñado Terco y éste, para evitar que le denunciara, le cortó la lengua. La venganza fue terrible, la violada mató al hijo del violador, lo cocinó y se lo dio a comer al padre con la connivencia de su hermana Procne, la madre de la criatura. Me imagino a las 8.227 Filomenas que, según el INE, residen en España y que todavía no han metabolizado la ira contra sus progenitores, acordándose de los hijos, madres, hermanas y cuñados de los meteorólogos que oficiaron tal bautizo. Las susodichas contarán a sus íntimos y allegados que etimológicamente su nombre significa amiga del canto y que los dioses, después de aquel percance, la convirtieron en ruiseñor. Pero nuestro cerebro, que es vago por naturaleza, en cuanto escucha el nombre de Filomena cae en el sesgo de correlación ilusoria y lo asocia a la nevada histórica que paraliza Madrid, la España dentro de España. Después de ocho días la nieve perimetra los edificios y encarcela a los madrileños en sus casas, a pesar de Ayuso, mientras  las calles y las aceras lucen un pulido de carámbano. Por eso vengo en proponer a los meteorólogos de la Aemet que, para el próximo curso borrascoso que se iniciará el próximo octubre, usen nombres comunes acudiendo a un catálogo de insultos con género neutro: escornacabras, malasangre, pasmasuegras… o, si quieren ser más finos, pueden basarse para su elección en los elementos de la tabla periódica: arsénica, criptónico, bismútica…

Es sólo una idea porque los sesgos de correlación ilusoria los carga el diablo, empiezas creyendo que la tierra es plana, por correlación deduces que Trump ganó las elecciones y, terminas aceptando que la nieve es un invento de Soros y Bill Gates que la han asperjado sobre nuestras cabezas en forma de plástico desde naves invisibles. Ya te digo que el cerebro tiende a la vagancia por ahorrar calorías. El de algunos sufre obesidad mórbida y diabetes severa, no por un exceso en la ingesta de glucosa sino por no quemarla. Espero que pronto podamos lucir en la muñeca un reloj inteligente que, además, de medir los pasos, la frecuencia cardiaca, la oxigenación en sangre, las calorías de grasa consumidas, etc., nos mida también el índice glucémico del cerebro.

Bien es verdad, todo hay que decirlo, que el INE nos detalla que la edad media de las Filomenas españolas es de 71,6 años y a esas edades te importa un comino que te correlacionen con una nevada histórica. Pero imagínate que al temporal lo hubieran llamado Norberto, como sucedió el pasado 5 de marzo con una borrasca menuda que dejó patitiesa a parte de Francia. Dime tú cómo no correlacionarlo con dos de mis amigos que responden a ese nombre propio. El mismo que llevan en su DNI otros 3.773 residentes en España que, por cierto, son mucho más jóvenes que las Filomenas, sólo tienen 53,5 años de media.

J. Carlos

Vacuna

Cuando leo a sesudos analistas sentando cátedra sobre el fenómeno Trump, me los imagino sentados en la Capilla Sixtina con su solideo y sobrepelliz rojos disertando sobre el sexo de los ángeles. Cuánta inteligencia desperdiciada. Estimados analistas, no torturen más nuestra inteligencia, Donald es una cáscara vacía. Lo que tiene que preocuparnos es por qué una cáscara vacía se transforma en un fenómeno social y, lo que es peor, por qué un insensato ha tenido durante cuatro años en sus manos el devenir de occidente y el botón del mayor arsenal nuclear del mundo. Tratar de encontrar una brizna de lógica en sus baladronas en tuiter o, en cualquiera de sus decisiones, es tan improbable como encontrar una frase en las huellas que un cangrejo va dejando en su transitar por la playa. Como todo ególatra se amustiará cuando se apaguen los focos que iluminan su tinte maíz en el pelo y sus polvos naranja en la cara. Su escudero Giuliani se ha ido descomponiendo al mismo ritmo que se le pudrían en la boca las paparruchas sobre el pucherazo electoral. A la luz de los focos vimos como se decoloraba su pelo azabache tiznándole la cara con un reguero de tinte que partía de ambas patillas y alcanzaba la mandíbula inferior. Fue esa imagen, y no el metano de sus tripas que también dejó escapar unos días después en otra conferencia de prensa, la mejor metáfora de la caída del imperio de cartón piedra erigido por Trump. Bastó un poco de sudor para construir esa poderosa metáfora visual y bastará un manguerazo de agua en la Casa Blanca para arrancar la purpurina, el pan de oro y el brilli brilli. Debajo sólo hay roña mental. La evaluación de daños es terrible para su país y para todo el orbe occidental. Es lo que tiene meter un elefante en una cacharrería. En estos cuatro años la dictadura China ha adelantado varias décadas en la carrera para encabezar el cetro del imperio, ha debilitado y dividido a sus socios europeos, vejado como nunca a los países de Sudamérica, ninguneado a los países de Asia, África, Oceanía y cabreado a sus vecinos más próximos: Canadá y Méjico, ha dinamitado los puentes del multilateralismo, conculcado el derecho y los tratados internacionales y ha conseguido que retrocedamos quinquenios en la lucha contra el cambio climático, entre otras salvajadas. Le retratan bien los versos de Zorrilla en Don Juan Tenorio: “Por donde quiera que fui, la razón atropellé, la virtud escarnecí, la justicia burlé, (…) a quien quise provoqué, con quien quiso me batí, (…) y en todas partes dejé memoria amarga de mí”.

El fenómeno se explica porque estamos hartos de que nos acusen de vivir por encima de nuestras posibilidades, de que respondan a sus corruptelas diciendo que “no es un saqueo es el mercado, amigo” y otras sandeces por el estilo. Así que los ciudadanos preferimos los versos sueltos porque los poemas que nos escribe el establishment son auténticos ripios. Preferimos, como el viejo amante desesperado, que nos digan que nos quieren aunque sea mentira y que nos calienten el oído con palabras de alabanza. A veces lo deseos se cumplen y aupamos los populismos. Después viene la historia a enseñarnos que todos los populismos ya sean fascistas, comunistas, nacionalistas han terminado en un baño de sangre o, en el mejor de los casos, en una catástrofe de furia, odio y división. Lo malo es que la historia ocurre dos veces, como escribió Karl Marx en el 18 brumario de Luis Bonaparte: “la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

No hay mal que por bien no venga. De vez en cuando el orden imperfecto de las democracias genera hartazgos y llegan al poder estos satrapillas que, siempre que no consigan doblegar a la democracia, terminan mostrando su desnudez mental por muy arropada que esté en una delirante egolatría. Su paso por las instituciones suele ser tan caótico, aberrante y pernicioso que genera anticuerpos por una temporada. Estoy persuadido de que cuando se vaya conociendo el balance del estropicio democrático, moral y económico del Trumpismo a nivel planetario, se le caerá la venda de los ojos hasta a los más acérrimos. Espero que el virus Trump, ya desactivado, constituya una vacuna para que nuestro sistema inmunitario reaccione ante los populismos que hoy campan por sus respetos en España y media Europa. Ojalá los mantengamos alejados de nuestras instituciones democráticas. Te recuerdo que el golpe del 23 de febrero de 1981 fue la mejor vacuna para nuestra democracia y nos ha procurado una inmunidad que dura ya 39 años, 10 meses y 11 días.

J. Carlos