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Ruido y furia

Furia

Vivimos condenados a estar siempre con nosotros mismos. No es posible tomarnos una semana de vacaciones en Bali y dejar el cerebro en casa. La ley del divorcio tampoco contempla la posibilidad de separarnos ni de mutuo acuerdo ni por fallo judicial. Ni siquiera se te permite huir de ti mismo, ya no digo para siempre, me refiero a una fuga pasajera, mínima, como los diez minutos para el bocadillo o el tiempo que gastas en comprar el pan o tomarte un café. Hay sucedáneos, claro, me refiero a los periodos en que duermes y a los trances derivados de los colocones de alcohol o drogas; pero son enajenaciones falsarias, meros placebos, sigues estando ahí cuando despiertas y los sueños y las alucinaciones son tuyos; de hecho, aunque recuerdes con sensaciones vívidas  que volaste más alto que el cóndor, nunca traspasaste los muros de  hueso de tu cráneo. Sólo, quizá, los enajenados mentales severos y los que padecen de Alzheimer tengan el dudoso privilegio de extrañarse de sí mismos, pero el precio es excesivo e innegociable, han de entregar la conciencia y dejar de ser. Hay, dicen, personas que, a través de la meditación y después de largos años de aprendizaje, consiguen silenciar su yo focalizando la mente en un único punto de percepción hasta que dejan de oír el ruido de sí mismos. No dudo de que la meditación tenga beneficios psíquicos y mentales, pero creo que no es más que una alteración del estado de conciencia, que sigue estando ahí, sola.

La condena a vivir contigo mismo hasta que la muerte te extinga ha venido atemperada tradicionalmente con una fórmula que combina los siguientes ingredientes: El juego de afectos donde los apegos crean lazos tan fuertes que tienes la sensación de adentrarte en la otra persona y que ella penetra en ti. La religión predicando que no estás solo, que formas parte de un orden superior, un puzle del que tú eres una pieza insustituible y cuando mueras te diluirías en ese Todo y el puzle se completará. Las narraciones que proponen valores supremos e hilvanan historias épicas con el señuelo de que, si alcanzas los unos y vives las otras, serás capaz de trascenderte a ti mismo. Y la cooperación de la especie a través de entramados sociales como la familia, la tribu, el círculo de amistades, el pueblo, las asociaciones, la nación, la empresa… que te hacen sentir una pieza más en un movimiento continuo. En los últimos diez mil años hemos utilizado el mismo esquema en la lucha despiadada contra la soledad, esto es, contra la certeza de que no puedes penetrar en el cerebro del otro y que nunca tendrás la piedra de Rosseta con la que traducir cabalmente sus gestos, sus actitudes y sus sentimientos; lo único que ha variado en esa fórmula magistral durante todo este tiempo es que los medios para transmitir las narraciones se han diversificado, a la oralidad se han ido sumando la escritura, la radio, el cine y la televisión.

Los que tenemos la fortuna de vivir y contemplar esta época llena de prodigios, hemos asistido en la última década al nacimiento de un ingrediente nuevo para reformular el viejo esquema de estímulos y sensaciones que mitigue nuestra soledad: Las redes sociales.  Llegaron  con la levedad de una brisa que espanta la modorra de la siesta en una tarde de verano. Prometieron la libertad y que abrirían, gratis et amore, las ventanas de la democracia creativa. Es verdad que hubo un estallido de creatividad, que con su inmediatez ubicua se cazaron mentiras y se destaparon atrocidades que antes permanecían silenciadas. Es verdad que los familiares y amigos dispersos pudieron televisarse a la velocidad de la luz. Pero también es verdad que fueron concebidas con un pecado original, el anonimato y, aunque no sólo por esa causa, resultan instrumentos idóneos para generar ruido y furia. El ruido se genera con el parloteo incesante de corrala y el abuso inmisericorde del tiempo de tus interlocutores con nimiedades. La furia se desata entre insultos, acosos, amenazas, falsedades, rumores… y en juicios sumarísimos que imponen condenas ad hominen sin más pruebas ni considerandos que lo que les sale de las tripas a cada quien.

Parafraseando a Shakespeare en Macbeth, esperemos que las redes no se conviertan en un “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no tiene ningún sentido”.

J. Carlos

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Lluvia

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Llegaron los reyes. Fue un milagro porque la luz de la estrella de Belén que les guiaba quedó atrapada en un velo de nubes que nos trajo el regalo de la lluvia. Parece que a las nubes les cuesta atravesar la barrera tórrida de este secarral llamado España, por eso se asoman al golfo de Vizcaya y toman rumbo nordeste hacia la Europa verde y rica, como mucho se empotran en los Pirineos y ven desde lejos cómo menguan los pantanos, se secan los arroyos, adelgazan, anémicos, los ríos y desparece la verdura en un círculo vicioso. Se prodiga tan poco este meteoro con nosotros que, terminaremos recibiéndolo con bandas de música marchando con guiones al viento al son de timbales y trompetas. Monseñor Cañizares siempre se nos adelanta y, cuando el campo español se agrieta, nos exhorta a que recemos a Dios por el don de la lluvia. Si es preciso, manda sacar a los santos patronos de sus hornacinas en las iglesias para llevarlos en procesión por los campos yermos, reeditando las rogativas que se sucedían en todos los pueblos de España en tiempos de Franco, cuando casi siempre sufríamos una pertinaz sequía. En esto el Cardenal es un histórico, los fenicios y babilonios elevaban sus preces al dios de la lluvia, Baal; los egipcios exhortaban al suyo, Seth, para que el Nilo se desbordara e inundara los campos donde crecería el grano. Antes de Moisés, los pueblos tenían un dios para cada cosa, los judíos, inteligentemente, se dotaron de uno que valiera para todo. Pero como el proceso de descreer es lento como el destete de un niño, la teología cristiana admite una pléyade de santos y vírgenes cada uno con su especialización, de forma que cada gremio tiene su santo patrono y cada afán su virgen. Por estos lares el santo de la lluvia es San Isidro, aunque los labradores un tanto escépticos ellos, le cantan aquello de “Si llueve mucho, si llueve poco. Si hay un nublado o si quema el sol. A todas horas, tú bien lo sabes. Vive en zozobra el labrador. Llenos de gozo, hoy te ensalzamos. Y te pedimos la bendición”.

Como digo, Cañizares, el de la capa magna con más de cinco metros de longitud y con dos vueltas de raso púrpura, cree que la lluvia como todo acontecimiento natural es un evento divino. Para Rajoy, a la sazón presidente del gobierno, la lluvia es un fenómeno inexplicable, seguramente tan exótico como las partículas entrelazadas en física cuántica, por eso afirma que “el agua cae del cielo sin que se sepa exactamente por qué”. No dudo de que sepa cómo inscribir un censo enfitéutico, para eso es Registrador de la Propiedad, pero debió de  saltarse la clase de “Ciencias Naturales” del bachillerato elemental donde se explicaba tan misterioso fenómeno: El calor del sol al incidir en el agua debilita los enlaces entre sus moléculas produciendo su evaporación, el aire caliente transporta hacia arriba, como un globo, ese vapor hasta que, al toparse con una capa de aire más frío, se condensa en forma de nube. La nube no es más que una masa formada por minúsculas gotas de agua asentadas sobre partículas de polvo o polen a punto de rocío, pero la presión y la humedad relativa pueden saturarla, de forma que las gotas se funden entre sí y, cuando alcanzan más de un milímetro de diámetro, se precipitan. Sí señor Rajoy, como las borrascas que nos mojan suelen formarse en el Atlántico, no descarte que alguna gota que haya precipitado en su cara en estos pasados días de paseos matutinos por Sanxenso, provenga del resultado de la micción de algún hijo de la Gran Bretaña.

Si para nuestro Presidente la lluvia es un enigma, la nieve debe ser un milagro tan inextricable como el de la Santísima Trinidad. Por eso estoy convencido de que, la crueldad de tener varadas a tres mil familias en una autopista de peaje durante dieciocho horas la tarde de Reyes y la noche siguiente, por unos centímetros de nieve predichos hasta la saciedad, se saldará con una llamada al Cardenal Cañizares para que la próxima vez ruegue con menos devoción o, al menos, sea más preciso en sus rogativas y pida agua a las Alturas pero sólo en forma de lluvia.

Datos mondos y lirondos: Tres mil coches retenidos durante dieciocho horas. Autopista de peaje. Tres carriles por sentido y arcén. Pórticos con paneles electrónicos. Cámaras de vigilancia cubriendo todos los tramos. Aberturas en la mediana cada tanto para, en caso de emergencia, evacuar a los coches en sentido contrario. Precipitación media, menos de diez centímetros de nieve. Información institucional: precaución por temporal. No se exigió cadenas para circular, ni se obligó a dejar un carril libre para emergencias y quitanieves, no se ordenó cortar la circulación en cuanto las cámaras dieron cuenta del colapso. Se desvió a los coches por la carretera nacional con un carril por sentido y teniendo que atravesar el puerto de Navacerrada. Ministro del Ramo viendo el partido de fútbol con cara compungida porque a su equipo le hizo una manita su rival por antonomasia. Director General del Ramo en su casa de Sevilla con su familia.

La culpa, sabe usted, es de los conductores que van provocando, a quién se le ocurre transitar en invierno por las carreteras patrias como si estuvieran en cualquier país ordenado como Alemania o Francia. No tiene nada que ver que Zoido, El Ministro del Interior sea un zopenco, que con su pericia en la gestión del 1 de octubre en Cataluña retrasó a España cuarenta años en la consideración internacional y nos retrotrajo, a efectos de imagen, al franquismo. Tampoco que el señor Serrano, actual Director General de Tráfico, todo lo que sabe sobre su nuevo puesto lo aprendió cuando sacó el carné de conducir. Conviene recordar que uno de sus predecesores, Pere Navarro, redujo la siniestralidad al 50%, implantó el carné por puntos y profesionalizó el departamento, pero había que laminarlo porque era de otro partido. No hace al caso que la Guardia Civil de Tráfico tenga hoy un 10% menos de efectivos que en 2011, o que sólo en 2016 les quitaran 573 vehículos. Hasta ahora creía que los émulos de Rajoy privatizaban lo de todos por ideología o, se lo ponían en manos de sus amiguetes para recibir la coima en el ínterin y, después, para que les dejen abierta la puerta giratoria; empiezo a pensar que ha calado tan hondo la doctrina rajoniana de la indolencia, que se trataría, además, de tener un cabeza de turco a quién responsabilizar de sus ineptitudes, llámese tesorero del partido o llámese Iberpistas.

Por lo demás, se ha reunido una comisión interministerial para analizar la situación y han concluido que se cumplieron todos los protocolos de viabilidad invernal, que los españoles no escuchamos ni leemos porque se advirtió que se avecinaba un temporal, que es notorio que no sabemos conducir con nieve y, que todos los responsables políticos actuaron con la diligencia de un buen padre de familia. Sólo les faltó añadir que habían evaluado la posibilidad de elevar informe al Fiscal General del Estado por si, de las actuaciones de los tres mil conductores, se pudieran deducir responsabilidades penales al poner en grave riesgo la seguridad de sus familiares y acompañantes.

J. Carlos

 Promiscuidad

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Hace unos años éramos tacaños con nuestra imagen y nuestra voz, sólo se la dábamos a los allegados, nuestros desplazamientos y paseos eran casi tan íntimos como nuestros pensamientos. Ahora el Sr. Google sabe con precisión milimétrica por dónde has transitado cada minuto de cada día, si te desplazaste en coche, en metro o fuiste dando un paseo; conoce en qué bares abrevaste, en qué restaurante hiciste el almuerzo, qué museo, teatro, sala de cine o número de la calle visitaste; cuenta el número de tus pasos diarios y hasta el de tus pulsaciones, aprende tus gustos, lee y guarda todas tus contraseñas… Es el zorro de tu gallinero y tú no sólo lo pones a su cuidado, además cooperas con cada foto que haces o te envían, cada correo que escribes o recibes, cada página que abres y, aún, tiene la desfachatez de preguntarte tu opinión acerca del establecimiento en que te encuentras, o te pide que hagas una foto de la plaza o monumento que estás admirando. Y sabes que sólo es un depredador más, ni siquiera el más dañino; los grandes operadores de redes sociales como Facebook, Twiter, Instagran o Whatsapp cobran igualmente un precio desorbitado. El precio es la carne tersa de nuestros datos para prostituirla y, como la trata de datos es un gran negocio, los chulos han acudido como moscas; cualquier aplicación por inocente que sea te requiere, como los novios de antes, para que le dejes ver una parte de tu intimidad. Asentimos porque el trato no es rudo, no hay violencia ni intercambio de fluidos; es aséptico y, hasta ahora, sólo te preñan de publicidad. Tienen unos algoritmos muy sofisticados de Inteligencia Artificial que hacen la labor de brega con las miríadas de datos que reciben,  albergan la insana intención de saber de cada uno de nosotros y de nuestro comportamiento más que nosotros mismos.

Esta plaga de promiscuidad que nos incita a desnudar nuestras intimidades y a meter nuestros datos en la cama de cualquiera, nos terminará saliendo cara. Y no me estoy refiriendo a que puedan chantajearte con los correos en los que despotricas de tu jefe, tus chats tórridos, tus fotos y videos haciendo gala de tus niveles etílicos. Tampoco aludo a que el puñetero maps de Google te señale los miércoles por la tarde en un hotel de las afueras. No, no me pongo en la tesitura de que te hayan vaciado las cuentas y dejado las tarjetas anémicas. Estoy alertándote de que te puede suceder igual que a la actriz Gad Gadot, que se ha visto protagonizando una película porno sin desnudarse ni despeinarse.

El pasado julio la Universidad de Washington desarrolló un proyecto, Synthesizing Obama, con el que consiguieron modificar totalmente el discurso en video del ex presidente de EEUU, manteniendo una sincronización tal que un sordo que sepa leer los labios resulta igualmente engañado. Fue a base de Inteligencia Artificial y redes neuronales que aprendían a mapear cada sonido y añadirlo como una capa en las formas de la boca, del mismo modo que tu navegador puede añadir al mapa topográfico la capa de carreteras, la capa orográfica o la vista de satélite. Aquí en España, la Universidad del País Vasco también desarrolló un programa similar, tomaron el video del discurso de fin de año del Lehendakari Urkullu y le hicieron decir frases como, “gora Euskadi askatasuna”. Una aplicación tan común como Adobe dispone de una herramienta que habla con tu propia voz; lo más asombroso es que aprende con sólo escucharte por un periodo de veinte minutos. Nos imaginábamos que había algoritmos que cambiaban las caras porque en la última entrega de Fast and Furious resucitaban a Paul Walker, también han resucitado a Peter Cushing y a la princesa Leia. Y no sólo te intercambian la cara, en el mercado puedes adquirir el programa Face2Face que tiene la capacidad de captar expresiones faciales en tiempo real de una persona y trasladarlas a cualquier otra.

Quiero con ello decir que si disponen de suficientes imágenes tuyas y tienen tu voz almacenada, te pueden hacer lo mismo que un programador usuario del foro Reddit, apodado DeepFakes, le ha hecho a la actriz Gad Gadot: hacerte protagonista de una película porno. Pueden también manipular la imagen de un asesinato en el que tú eres el verdugo o, hacer que en el atraco a un banco el enmascarado dicte órdenes con tu propia voz. ¿Qué no eres aficionado a los selfis ni te gustan las fotos? Recuerda que desde que sales de casa hasta que vuelves te han seguido un ejército de cámaras apostadas en los cajeros y en las tiendas, todas aquellas que regulan el tráfico y velan por la seguridad de edificios y calles, las que te miran en el vagón del metro y en el autobús, las que te iluminan la cara desde los porteros automáticos y, en fin, las que te registran desde cada uno de los miles de móviles con los que te cruzas. Ni en el hogar estás libre, el ojo electrónico de tu ordenador te está mirando y, ¿estás seguro de que no te observa el objetivo de la parte trasera de tu teléfono?

Las máquinas te monitorizan y almacenan tus datos hasta más allá de la muerte. Cuando te vayas seguirás en Facebook, continuarán consumiendo energía tus correos, tus imágenes, tu voz, tus pasos dados, tus compras y hasta tus pulsaciones pasadas…. Cada uno de tus datos permanecerá como una huella indeleble en la nube para que sigan aprendiendo los algoritmos que, tal vez, te resuciten para protagonizar una película o para imputarte la autoría de un viejo acto terrorista sin aclarar.

Pronto venderán un inhibidor electromagnético para anular las ondas lumínicas que reflejas. Los talibanes ya lo crearon, se llama burka y obligan a sus mujeres e hijas a embozarse en él. Como comprenderás, desde su agujero cronológico, no convierten a “su” género femenino en bultos para evitar que sea escudriñado por las máquinas, pretenden evitar, a costa de cosificar a la mujer,  la tormenta química que estalla en los cerebros de sus congéneres masculinos cuando perciben las ondas de luz que rebotan en el gajo de los labios, el ángulo sinuoso de los pómulos y desde la profundidad abisal de los ojos negros.

O te cosifican las creencias o te cosifica la tecnología. En ambos casos, paradójicamente, se deshumaniza al hombre.

J. Carlos

 

 Enemigos

Enemigos

Desde que tengo uso de razón siempre he tenido enemigos. En la iglesia y en la escuela me enseñaron a odiar a los egipcios porque esclavizaron al pueblo elegido por Jehová. Me enemisté con Selion rey de los amorreos y con Og rey de Basan a los que tuvo que enfrentarse el pueblo de Israel en los duros años del éxodo por el desierto. Incluso, una vez que llegó el pueblo hebreo a la Tierra prometida, seguí excretando mi bilis contra los cananeos, amalecitas, amonitas, filisteos, babilonios, persas y romanos contra los que los israelitas saldaban con sangre sus conquistas y reconquistas, contando siempre con la inestimable ayuda de Dios que, al parecer, también era mi Dios, aunque yo no fuera judío. Te participo que nunca entendí por qué el Señor había elegido a un pueblo tan veleidoso que luego mataría a su hijo clavándolo en los maderos de una cruz, y no al pueblo español que, en aquel entonces, éramos la reserva espiritual del occidente cristiano y una unidad en lo universal. Ahí aprendí que el cerebro es dúctil y hace de la necesidad virtud, porque podías ser forofo de Israel y odiar cervalmente, durante todo el año, a los pueblos que se oponían a los designios del Señor, pero en llegando Semana Santa, la historia daba un giro inesperado y toda la inquina acumulada en tres días de pasión, cirios y procesiones se condensaba, como una nube negra, sobre el pueblo elegido por Dios por haber indultado a Barrabás.

Más acá de las fantasías bíblicas también había enemigos. Si te mandaban a por medicinas a la farmacia del pueblo de al lado, nunca ibas solo porque los niños te esperaban apostados detrás de las primeras casas para correrte a cantazos. La enemistad era tan manifiesta que, a veces, quedábamos los domingos en la linde de ambos términos para resolver diferencias; nunca las resolvíamos porque la única diferencia que cabía era la de haber nacido a dos kilómetros y medio los unos de los otros, pero ese solo motivo nos hacía irreconciliables. Había otros enemigos, aunque eran sólo de paso, se trataba de los gitanos y quincalleros que vendían y compraban trapos, burros o mulos y, también, arreglaban cacerolas desportilladas. Cuando  se les veía llegar por los caminos envueltos en una nube de polvo, siempre había un alma caritativa que, a voz en grito, pregonaba el acontecimiento para que todo el mundo echara los trancos a casas, corrales y paneras. ¿Cómo no ibas a aborrecerlos si era irse y tenías que contar todas las gallinas por si faltaba alguna?

En el colegio, los curas te prevenían contra el mundo, el demonio y la carne, por eso el mundo te acongojaba, el demonio reinaba en tus peores pesadillas y las mujeres en sazón dejaban de ser personas para contabilizarse como tentaciones. Los domingos te llevaban al cine, antes tenías que aguantar el NO-DO, donde Franco inauguraba pantanos, paseaba bajo palio en procesiones, hacía carantoñas a su nieta y, sobre el atril de Las Cortes, advertía de la existencia de un contubernio judeomasónicocomunista; lo de los judíos lo entendías por lo de Barrabás, pero ignorabas lo que era un masón y te imaginabas que un comunista llevaría la cola escondida en la pernera del pantalón, tendría los ojos inyectados en sangre y exhalaría azufre por la boca. Después proyectaban una película de vaqueros y tú detestabas a los indios porque eran ladinos, sanguinarios, analfabetos y, aplaudías hasta romperte las manos al escuchar las cornetas del séptimo de caballería. Además de latinajos y de que los hombres habíamos andado siempre a la greña, aprendías a insultar a los árbitros porque siempre se equivocaban en contra de nuestro equipo; aprendías a detestar a los externos porque eran finos y estirados y se iban a su casa cada día al final de clase;  aprendías a maltratar a los débiles, maricones, lisiados, también a detestar a los empollones. Así que la nómina de enemigos engrosaba. Es verdad que, si entablabas conversación con alguno de ellos, concluías que en las distancias cortas eran “personas normales”, tenían tus mismas inquietudes, tus mismos miedos, se reían de lo que tú te reías y sus gustos y simpatías eran idénticos a los tuyos.

El aire limpio de los libros, la música, el cine, el teatro, la poesía se fue colando por los recovecos del cerebro y oreó el ambiente fétido de las creencias y fanatismos. Al tiempo que las hormonas se desbocaban, perdías la inocencia y advertías que las certezas se diluían y sólo te quedaban los porqués. En ese punto, la brújula del resentimiento había pegado un vuelco de ciento ochenta grados y se volvía contra aquellos que habían elegido por ti a tus enemigos.

Si en la Universidad te habían vendido la competencia como una virtud teologal, al llegar al ámbito profesional te dabas cuenta de que era un juego de supervivencia, o seguías vivo o aniquilabas al contrario. Dentro de la propia empresa las puñaladas eran silenciosas, invisible, traperas, si sacabas la cabeza de la trinchera te la volaban, de sobras sabías que el enemigo se apostaba bajo cualquier documento, entre los párrafos de un correo o, podía hacer estallar una bomba en una reunión de trámite.

Ahora que la vida me ha enseñado a enarbolar la tolerancia por bandera, a comprender que detrás de cada ser humano odioso hay una genética imperfecta, una química desordenada o malas experiencias. Ahora que ya casi tengo amortizados los motivos para las enemistades, si vuelvo la vista atrás, caigo en la cuenta de que casi nunca elegí a mis enemigos, me los impusieron.

Pero, no creas, sigo teniendo una caterva de enemigos: Detesto a los fanáticos e intransigentes porque no les cabe ninguna duda. Aborrezco a quienes empiedran el infierno de buenas intenciones.  Maldigo a los que predican el odio y eligen por ti a tus enemigos. Me cisco en los supremacistas de raza, ideología o religión. Abomino de los supremacistas económicos porque creen que su estatus o su nómina refleja su superioridad moral o intelectual. Estoy enemistado con todo aquel que explota a un semejante sea económica, sexual o psicológicamente. Me repugnan los sumisos que se aprovechan de la lucha de otros. Me hastían los que se dejan embaucar por la satrapía de políticos mesiánicos. No soporto a los que padecen de manera acusada el síndrome de Dunning-Kruger (todos los sufrimos en alguna medida) y no son conscientes de sus propias limitaciones, así en las redes como en los bares. Me indignan quienes afirman que todas las opiniones son respetables. Reniego igual de aquellos que se sienten odiados porque alguien hace mofa de sus creencias, como de aquellos otros que hacen befa de la dignidad de un semejante. Compadezco a quien vino a este mundo sin capacidades empáticas, pero repruebo a quienes teniéndolas las silencian o no las ejercitan.

En fin, mi único consuelo es que, a estas alturas, a mis enemigos los elijo yo. Bueno, casi siempre.

J. Carlos

Tres primeras frases de novela

Primera:Quémalos un día de niebla

¿Quién no quemó las cartas de un amor que cayó en desuso un día de niebla? Hay adolescentes que prenden en la taza del váter una centena de folios donde acumulan sus versos, porque vieron a la niña de sus desvelos darse un pico con otro, luego tiran de la cadena creyendo que desaguando las cenizas levantarán los celajes sombríos de su corazón. ¿Quién no quemó las naves alguna vez en su vida para no volver atrás y dejar los malos tiempos cegados en una densa capa de bruma? Cuando muera ésta, decía Eusebio señalando a su mujer, hago una pira con todas sus cosas y las quemo; le llegó antes la muerte a él, fue en enero y al final del día la neblina no acababa de disiparse. Los bosques, antes, sólo ardían en verano y los rastrojos se quemaban en otoño cuando las nubes todavía no habían bajado a la tierra. Se incineran cadáveres en todas las estaciones porque la muerte es inmune a los fenómenos meteorológicos, también es incansable, salvo en la novela Las intermitencias de la muerte de José Saramago, en que la gente deja de morir. En la noche de San Juan las hogueras son una fiesta, si las saltas o, simplemente, las contemplas, te purificas porque crees que se queman tus pecados y se reducen a cenizas tus viejas miserias. Arde la gasolina en los motores de explosión, el humo que defecan y nos envenena se confunde con las gotas de lluvia en suspensión los días de niebla. En mi pueblo, después de la siega, la trilla y la limpia, cuando todavía se acarreaba la paja, acumulábamos los aparejos viejos en una pira y nos dejábamos la mirada en las lenguas de fuego, a veces también las piernas y las nalgas si no saltábamos con decisión, se cantaba y se bailaba en derredor y, cuando en los rescoldos no quedaban más que unas pizcas de lumbre, los niños aliviábamos las vejigas sobre ellos, luego nos íbamos a la cama oliendo a chamusquina. Tus células y las mías queman el oxígeno desde que nacen hasta que mueren bajo la ley inexorable de la supervivencia, sin saber que, si por un descuido, dejas de suministrarles ese gas por más de dos minutos, las matas a todas. Hablando de quemas, yo, sin ir más lejos, no hace ni dos días que prendí en una taza de café dos hojas hechas pedacitos con todas mis viejas contraseñas, hoy para andar por la vida se te amontonan las contraseñas y no es bueno fiarlas a la memoria.

Convendrás conmigo que hay pirómanos vulgares y pirómanos sofisticados como Francisco Granados, el de la sonrisa de hiena, que le ordenó a su socio Marjaliza: “quémalos un día de niebla”. Eran los papeles que soportaban sus comunes delincuencias, consiguieron que la humareda se confundiera con el velo de bruma y no la detectara desde el aire la Guardia Civil. Fueron necesarios tres carritos de los de Carrefour para trasladar el combustible. Aunque es de suponer que muchos de sus pecados de latrocinio quedaron purificados por el fuego, esperamos que el Tribunal que lo juzga tenga elementos de prueba suficientes para que se pudra en la cárcel de Estremera, la misma que él inauguró en los días de vino, rosas y trinque –pura justicia poética-.

Allí podrá escribir la novela de su vida, la primera frase, la más difícil, ya la tiene escrita.

Segunda: “Queda admitida a trámite como prueba documental”

El Tribunal que juzga a los miembros de “La manada” está escribiendo el relato de Philip K. Dick, Minority report, que Steven Spielberg llevó al cine, pero al revés. Si en la ficción se trataba de capturar al delincuente antes de que se cometiera el delito, el juez español parece que está borrando el delito después de haberse cometido para que no haya delincuentes. Tiempo atrás admitió a trámite la prueba que contiene un informe de un detective sobre la vida de la víctima después de haber sufrido la violación, ahora admite una nueva foto que, al parecer, completa las pesquisas que se inmiscuyen en la vida real de la joven y en la vida virtual de las redes. El juez inadmitió, en cambio, los WhatsApp que se cruzaron antes de los hechos los presuntos violadores. Con esta deriva judicial vamos a tener que ir con las heridas al aire si nos pegan un tiro o, subir al muerto a Facebook, Instagram o Twiter para que el juez se persuada de la veracidad del asesinato. El problema surge en los casos de que te birlen el reloj o el coche, ¿cómo demuestras el robo?, supongo que llevando la muñeca desnuda y utilizando el transporte público hasta que la sentencia sea firme. Si te violan, ya sabes, permanece en casa penando tu rabia y, si sales a la calle, has de hacerlo con túnica talar de lana gruesa, cabeza rapada y una cruz de ceniza en la frente.

He oído a una experta en derecho penal alegar en defesa del juez que su intención es la de evitar que, en apelación, el Tribunal Superior le pueda tumbar el fallo por no admitir las pruebas pertinentes. Peor me lo pones, si alguien piensa que los magistrados de mayor rango pueden casar una sentencia por esta sola causa es que estamos en una sociedad enferma, sería tanto como suponer que se puede simular de la misma manera una ciática para no asistir al trabajo que una violación.

Otro sí digo, ¿qué detective privado hará un informe ilustrado con el escáner del cerebro de la joven para demostrar las secuelas psíquicas que, sin duda, padece la violada, su familia, sus amigos y que sufrirán sus futuras relaciones y su marido y sus hijos?

Item más,  ¿no es más cierto señor juez que si un hombre o una mujer no quiere practicar sexo y se le obliga, se estará cometiendo un delito de violación con independencia de que acabe de practicarlo con una, cinco o con diez personas, y que es indiferente cuál sea el grado de apertura de piernas en el ínterin o, que después del abuso llore como una magdalena o cante por bulerías?

Por eso te digo que, si alguien escribiera una novela titulada, La violé porque era mía, ya tendría la frase de arranque.

Tercera: “Con sangre y muertos en la calle”

Me dirás que es una frase floja, un lugar común para una novela, casi un desecho de tienta de la literatura. Y tendrías razón, salvo que la pongas en boca de una supremacista catalana de nombre Marta Rovira, la cual, en viendo que sus conmilitones acobardados desde la cárcel o, avergonzados porque han salido a la luz la mitad de sus mentiras, se desmarcaban del procés, ha soltado veneno por la boca porque está en su naturaleza, como en la fábula de la rana y el escorpión que se atribuye a Esopo. Ha manifestado que el gobierno de España ha amenazado “con sangre y muertos en la calle”. Aporta como única prueba la huida de algunos de sus líderes y la negación de los otros a la vista de las puñetas de los jueces ya que, sensu contrario, todo el mundo ha de colegir que, a los valientes adalides del independentismo sólo les puede frenar la amenaza vil de la pérfida España.

Me parece un sindiós que Victoria Prego, presidenta de la Asociación de periodistas de Madrid, escribiera en un artículo que “a los independentistas no les importaría que hubiera muertos en las calles”, porque es una generalización y un apriorismo indigno de su trayectoria y de su cargo. Sin embargo, no me cabe duda, una vez escuchadas las declaraciones de la segunda por la lista de ERC a las elecciones catalanas, de que hará rogativas a La Moreneta para que Rajoy cargue contra los participantes en cualquiera de los tumultos y se llenen las pantallas de los móviles de rostros ensangrentados.

Si alguien se atreve a escribir esta novela le regalo el título, Lágrimas de cocodrilo. Para la portada le vendría bien la foto de esta patriota catalana llorando por sus “presos políticos”. ¡Ah! Y no se equivoque el escritor, esta Marta es un personaje secundario, el protagonista ha de ser su mentor, Oriol Junqueras, ese fanático que ora de rodillas por la patria catalana, vestido con un holgado chándal, gentileza del Estado, en la celda de la cárcel de Estremera. La misma que inauguró y ocupó el personaje con sonrisa de hiena.

Orhan Pamuck inicia Me llamo Rojo con estas palabras: “Encuentra al hombre que me asesinó y te contaré detalladamente lo que hay en la otra vida”, sin duda, uno de los comienzos más brillantes de la literatura. Empezar la novela “con sangre y muertos en las calle” es una torpeza, pero es que la realidad es así de torpe. Si me permites un consejo, no escribas una novela, no sería creíble; escribe una crónica, la de una muerte anunciada. Pero sin el coronel Aureliano Buendía ni sus recuerdos frente al pelotón de fusilamiento de “aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

J. Carlos

 Neolenguas

Chiquito de la Calzada

La fama es caprichosa y siempre excesiva. La buena se hace esperar y no suele serlo del todo, la mala te explota debajo del culo y te desmiembra en un santiamén. Que se lo pregunten a Kevin Spacey. A Chiquito de la Calzada, que ayer se despidió de Lucas para siempre, le llegó la buena fama tarde, tenía 62 años cuando llamó a su puerta. Apareció como un idilio de verano y matrimonió con él hasta la muerte. Cuenta el productor del programa Genio y figura que, después de la primera entrega, un directivo de Antena 3 le pidió que quitara a ese señor mayor. Detrás de cada idea genial, de cada obra de arte o de cada invento siempre hay un directivo bien pagado a quien la naturaleza no le prodigó agudeza. Nunca sabremos cuántos talentos nos han hurtado los mandamases.

Se llamaba Gregorio. De niño pasó hambre, como tantos españoles. De profesión palmero y cantaor de flamenco. Murió cómico y como tal permanecerá en el imaginario de varias generaciones. Parafraseando la crítica a Lola Flores del New York Times, Chiquito no contaba chistes, ni actuaba, pero no te lo podías perder. Construía un relato hilarante desde el principio hasta el final, con una danza de pasitos cortos, doblado hacia adelante, mano en los riñones como quien sufre de ciática, patadas al aire y un giro repentino para enfrentar al respetable, con el brazo levantado y la mano al bies, impartiendo su bendición. Y todos benditos, reíamos. Inventó una neolengua que caló como la lluvia fina y que, soldada a sus gestos y gorgoritos, se convirtió en un arma de humor masivo. Un aliviadero de penas. Un galimatías que pasó a ser de propiedad comunal y se extendía como la pólvora en cualquier reunión, tanto que, a veces, resultaba incómodo; especialmente si las imitaciones eran penosas. Pocos poetas, músicos o pintores consiguen que una obra, como la de Gregorio, sedimente en todas las capas sociales y anide en todos los corazones desde los niños hasta los ancianos.

Hay neolenguas, como la de Chiquito, creadas sólo para el divertimento  que son como llaves maestras que abren la puerta de la risa. Hay otras, sin embargo, que sin aportar ni nuevos fonemas ni nuevas palabras, son creadas con el afán de subvertir su significado y poner el lenguaje al servicio espurio de una facción. Victor Klemperer nos da buena cuenta en El lenguaje del Tercer Reich, de cómo el régimen nazi alteró el valor y el significado de las palabras como medio para implantar su terrorífico sistema, haciendo del “lenguaje su medio de propaganda más potente, más público y secreto a la vez”. Stalin implantó también la suya basada en un léxico de pensamiento único donde sólo cabía o la obediencia o la vida. George Orwel, inspirado en estos regímenes totalitarios, nos describió en 1984 una distopía donde el diccionario de la neolengua era el principal elemento represivo para eliminar la libertad individual y dominar el pensamiento. Lo que no estaba en la lengua no podía ser pensado y los lemas del partido eran: “Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”.

La perversión y manipulación del lenguaje es tan antiguo como la supremacía de unos hombres sobre otros. Y es que, el lenguaje tiene las propiedades de los fluidos, discurre por las acequias de las mentes y riega el intelecto, pero también se adapta al continente como el agua se ajusta a las formas del vaso que la contiene. Cada régimen, cada partido, cada empresa, cada persona altera el sentido de las palabras y las retuerce y las moldea. Así los Estados totalitarios del bloque soviético se llamaban Repúblicas Democráticas, los puntos donde echamos los desechos más contaminantes se denominan Puntos Limpios, las empresas más depredadoras del medio ambiente se titulan de Ecológicas… y así, hasta el infinito. El refranero, de antiguo, ya sabía cómo tratar estos excesos: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Las redes sociales, con su efecto amplificador, han venido en auxilio de los que pervierten el lenguaje y han creado un fenómeno que va más allá. Nació con el Brexit y se ha extendido como un cáncer en la era Trump. Lo llaman la postverdad o, como lo calificó Kellyanne Conway, asesora de la Casablanca, son “datos alternativos”. En resumen, cualquier evidencia pude ser amañada y reeditada por el poder como una nueva realidad alterna o paralela. Recordemos que el protagonista de 1984, Winston Smith, trabajaba en el Ministerio de la Verdad y su cometido consistía en reescribir la historia y adaptarla a las exigencias de cada momento del Partido Único.

Aquí, los indepes, se llenan la boca con la palabra democracia, siendo que se han pasado por el arco del triunfo el santo grial de nuestra democracia que es la Constitución y, el cáliz sagrado de su Autonomía que es el Estatut. Si no les secundas eres franquista. Si Europa tampoco les da la razón, entonces sus dirigentes son unos cerdos. Si les aplica la ley común, el estado es represor. Insultan a tres millones y medio de catalanes llamándoles fachas, súbditos y anticatalanes porque no aceptan la imposición y el delirio de algo menos de dos millones. Motejan de traidores a Marsé, a Serrat, a Machado por no pensar como piensan sus inquisidores. Utilizan a los niños y a los ancianos como parapetos. Hacen pacifismo secuestrando a una comisión judicial durante dieciocho horas. Cuando cobardean sus líderes y niegan tres veces como San Pedro, les perdonan porque ante la represión vale todo, pero no acaban de apoquinar las multas de Mas, y es que la pela es la pela. Si se van más de dos mil empresas es que están vendidas al Estado español. ¡Ah! Y los españoles somos inferiores, eso sí, los insignes como Cervantes, Teresa de Jesús, Garcilaso de la Vega, Colón y hasta el florentino Leonardo Da Vinci eran catalanes.

Seguramente Orwell, que conoció esa tierra y luchó en ella durante seis meses por la República española, nunca pensó que, en tan poco espacio, cupieran tantos Winston Smith reescribiendo la historia, ni que los españoles hubiesen dedicado tanta pasta para que los gobiernos de la Generalitat crearan un Ministerio de la Verdad que permeara la escuela, la universidad, los medios y la propia sociedad.

J. Carlos

 Cataluña y cierra España

Estelada manifestación

Cataluña es, seguramente, una exquisitez como el jamón, pero cuando llevas dos años comiendo una dieta –desayuno, comida, merienda y cena- con ese único ingrediente, aunque sea legítimo y de bellota, terminas harto. Más allá del hartazgo es forzoso reconocer que este culebrón tiene una factura impecable que ya quisieran para sí las mejores series de Netflix o HBO. La puesta en escena parece ideada y rodada por William Wyler para Ben Hur. Aquél contó con diez mil extras, mientras que en Cataluña disponen de un millón que, sin cobrar un duro, se congregan a toque de WahtsApp con el atrezzo de un guión portado por algún directivo de la Anc o de Ómnium, al que siguen decenas de miles de banderas esteladas y otros tantos estandartes pancarteros con lemas rescatados de mayo del 68. Cuentan también con pabellones de tela de cien metros de largo para que los oficiantes desfilen bajo palio y eso, con tiro de cámara cenital, les queda que ni pintado. ¿Y qué me dices de los soberbios cambios de guión? Una semana el script echa tanto almíbar al guión que piensas que se trata de una nueva versión de Qué bello es vivir de Capra. A la siguiente semana parece que están versionando las peripecias de la familia Von Trapp en Sonrisas y lágrimas. A las pocas horas la trama muta y emula a Nick Cassidy subido a una cornisa en Al borde del abismo. Con el paso de los días, cuando todo el mundo sólo espera la lluvia, el enredo se madeja sobre sí mismo y el guionista ha optado por un mix en el que caben desde El fugitivo de Andrew Davis, con Puigdemont encarnando al doctor Richard Kimble, hasta el Visconti de La Caduta degli dei.

El relato a ratos épico de pueblo elegido, a ratos dramático, y siempre victimista es impecable, por más que a este lado del Ebro nos parezca una ópera bufa. Y es impecable por tres razones:

Primero, porque es único: Los catalanes llevan cuarenta años sin un relato alternativo. Nadie, ni desde dentro ni desde fuera, opuso o contradijo lo narrado por los nacionalistas.

Segundo, porque tienen excelentes vehículos de narración, sean sus ayuntamientos y demás organismos del gobierno autónomo, a través de las escuelas donde obtuvieron carta blanca para gestionar la enseñanza y sus contenidos sin inspección ni cortapisa, sea por medio de asociaciones cívicas que propagan no sólo el relato pasado -su Antiguo Testamento- sino el relato por venir –el Nuevo Testamento- y, lo más efectivo, disponen de medios de comunicación –públicos y privados-, debidamente engrasados con los impuestos de todos los ciudadanos, que vocean los mensajes hagiográficos nacionalistas cinco veces al día desde sus minaretes, con la contundencia y reiteración del almuédano.

Tercero, porque cuentan con el maná de la financiación que, como ya están coligiendo los tribunales de justicia, desviaban de otros servicios públicos famélicos para costear el carísimo relato nacionalista, tanto en el interior como en el exterior, y crear los instrumentos del nuevo Estado.

El relato es el motor de la historia, en eso también se equivocó Marx. Fíjate si es poderoso el relato, que el pueblo judío escribió el suyo y el espíritu ambiguo de sus páginas alumbró dos religiones: el judaísmo y el cristianismo, esta última es seguida por el 18% de la población mundial. Pero el relato no basta, hay que narrarlo para que fluya por el cuerpo social,  como la sangre fluye por el cuerpo humano oxigenándolo y dándole la vitalidad que necesita. Hace mucho tiempo, más de cuarenta años, que el nacionalismo catalán viene capilarizando la sociedad  con un tesón digno de encomio y el relato discurre con una fluidez asombrosa.

En el Nuevo testamento catalán del que te hablaba, los nacionalistas han escrito las tribulaciones sufridas por su pueblo, en la travesía del desierto, durante los últimos cuarenta años. Ahora que su Moisés –interpretado por los Mas, Puigdemont, Junqueras y los Jordis–  está viendo la Tierra prometida desde el monte Nebo, han escrito una nueva hoja de ruta para que su pueblo arribe sano y salvo a la Arcadia feliz de la República independiente. La hoja es un modelo de resilencia con un árbol de decisiones en cuyos diagramas no me explayaré para evitarte el tedio. Su modus operandi cabe en una línea: “Tocarle los bemoles al Goliat llamado España hasta la exasperación. Cualquier mandoble de Goliat, por justo y legal que sea, les acercará un pasito más a la soñada independencia. El sueño húmedo de todo buen nacionalista es presentarse a los comicios como huésped del  Estado o, una vez celebradas las elecciones y siendo cargo electo, que se celebre el juicio y sea condenado a pena de cárcel. Su fantasía erótica recurrente es que las fuerzas del orden vuelvan a ser escracheadas y salgan huyendo de los pueblos y ciudades de Cataluña. Pero la foto más pornográfica, la que consigue destoparle los esfínteres sólo de imaginarla, sin necesidad de maniobras onanistas, es la de los carros de combate rodando con sus pesadas cadenas por la Diagonal. Quizá los haya necesitados de parafernalia imaginativa más contundente, cuya libido requiera héroes izando banderas sucias de sangre.

En la hoja de ruta está escrito que Puigdemont huiría a Bruselas, la capital de Europa, para desestabilizar el gobierno de Flamencos y Valones que tardó más de cuatrocientos días en conformarse; de paso se hace la víctima, espera sentado a que un juez decida si le extradita o no y, en el entretanto, se mete como una china en el zapato de Europa. En el árbol de decisiones se puede leer la línea de diagrama que se titula: “Si el Govern es encarcelado” y, a su derecha, las respuestas milimetradas que se irán desarrollando por la troika nacionalista (Cup, Anc y Ómnium) con la precisión de un reloj suizo. En el apartado de “Nuevas elecciones” está fijado que se presentarán por libre pero que pasados los comicios, seguirá la orgía nacionalista en un Frente Popular. La pasión hace extraños compañeros de cama, hemos visto como la derechona catalana no hacía ascos para participar en una orgía con los republicanos de izquierda y los antisistema, mientras los de  Colau se limitaban a mirar por el ojo de la cerradura. Con las nuevas elecciones tal vez decidan ensanchar la cama para hacer sitio a Podemos o, puede que terminen como el chiste, “por favor, encended la luz porque somos tres mujeres y dos hombres, llevamos apenas diez minutos, y me han sodomizado ya dos veces.” Cada paso está ramificado con sus correspondientes hojas de Sí o No, cada respuesta se bifurca de nuevo en diagramas prolijos que menudean hasta en los detalles prosaicos. Para no hacerte el cuento largo te diré que, se cuantifican al céntimo los montos de los lucros cesantes -las nóminas de los más de doscientos cargos apartados de sus funciones- y se especifica desde qué cuenta serán resarcidos.

Con ello quiero decirte que te armes de paciencia porque nos queda dieta catalana para rato. Como no hay mal que por bien no venga, los medios de comunicación, que estaban más secos financieramente que los pantanos de la península ibérica, se frotan las manos porque esta dieta que a ti y a mí nos produce úlcera de estómago, a ellos les engorda. Otro que no cabe en sí de gozo es Rajoy, el tsunami catalán ha arrastrado la corrupción de su partido, ya no se encuentra ni noticia ni su trasunto hasta más allá de la vigésima línea de playa de cualquier periódico, en letra microscópica y crónica desmayada; eso sin contar que cada vez que sube el suflé catalán, las sacas de votos de su partido en el resto de España se ponen a rebosar. La otra cara de la moneda son los propios catalanes que ya advierten cómo el paro ha asomado la patita en el mes de octubre de forma alarmante, las empresas huyen del paraíso como de la peste y, cada vez que se inflaman las calles se desinfla el globo turístico. A los demás ciudadanos españoles también nos toca la cruz porque nos están empobreciendo y, lo que es peor, estamos sacando los bajos instintos de la patria de tela que cabe en la muñeca, se exhibe en un balcón o se porta en un palo, para tapar la patria común de la solidaridad, del esfuerzo de todos, de la igualdad de oportunidades, de la libertad, de los derechos humanos y de los valores que hemos depurado juntos durante los últimos quinientos años.

A veces pienso que gran parte del problema se resume en una frase: Porque yo lo valgo, porque yo lo tengo y no me da la gana compartirlo.

Me gustaría equivocarme.

J. Carlos