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Okupas

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Asombra vivir en un país que protege la propiedad privada con uñas y dientes, con un código penal que dedica gran parte de su narrativa a glosar cada uno de los delitos, faltas y penas que acarrea quebrantar este derecho, pero donde cualquier espontáneo puede pegar una patada a la puerta de la casa donde vives, asentar sus reales y quedarse a disfrutar de tu luz, tu agua, tu calefacción y demás servicios. Si les cortas el suministro se te echa la Justicia encima. Si dejas de pagar la hipoteca, el banco, que es el dueño virtual de tu casa, se queda con ella y tú con la deuda en el caso, muy común, de que su valor no alcance el del capital pendiente. Y cómo los okupas tengan uno o más churumbeles, propios o alquilados, ármate de paciencia. Nadie te va a quitar cinco o seis años de abogados, procuradores y un abanico de tribunales por donde se te colará un presupuesto de diez o quince mil euros, y al final, si lo consigues, recibirás la arquitectura de un esqueleto mondo y lirondo. No sólo se habrán llevado la encarnadura de tu ropa, muebles, electrodomésticos y lámparas, también habrán arramplado con tus documentos, tus fotos, tus joyas y todos los recuerdos que atesorabas en esas cosas sin importancia que recibiste de los tuyos o que acumulaste en viajes físicos o sentimentales. Tendrás suerte si no han desenterrado las tuberías y los cables de la luz para venderlos. Además, se irán de rositas, amenazándote en tus morros delante de la policía y del secretario judicial, que permanecerán mudos y sordos como estatuas de sal. Al calor de este desafuero han surgido como setas “empresas” de sicarios que te resuelven el problema con un coste similar al “legal” pero por la vía rápida. Ya lo dijo Jaime Mayor Oreja: “El que quiera seguridad que se la pague”. Era Ministro del Interior en el gobierno de José María Aznar y mermó el presupuesto de las fuerzas del orden hasta la indigencia, los coches no salían a patrullar porque sus depósitos estaban secos de gasolina. Lo que no dijo es que se lo pagaríamos, entre otros, a él, que tuvo intereses en Eulen y mantuvo lazos con Estudios y Experiencias S.L., empresa socia de Seguritec S.A. y de Protección y Custodia S.A. No hace falta tener un Harvard clavado en la pared porque el método es más sencillo que el mecanismo de un chupete: Asfixia el servicio público para desbaratar su funcionamiento, privatízalo y apaláncate con unas acciones de la empresa adjudicataria o una mamandurria de puerta giratoria.

Asombra más que la Europa que estamos construyendo para jibarizar los nacionalismos, adquirir músculo ante esta economía globalizada y preservar en la igualdad y dignidad humanas, deje okupar todas sus infraestructuras por los magos de Silicon Valley, como les denomina el filósofo alemán Markus Gabriell, a quienes considera criminales y, por consiguiente, reos de cárcel. No le falta razón.

Okupan las infraestructuras físicas de nuestras empresas para llegar a tu móvil, tableta, televisión u ordenador. Google, Amazón, Facebook y demás redes sociales circulan gratis et amore por las carreteras digitales (cables de fibra óptica, antenas, satélites y demás parafernalia) que tu operador ha instalado y que tú pagas mensualmente. También utilizan gratis total los gigas de tus cacharros electrónicos.

Okupan o, mejor, hackean la información pública que pagamos con nuestros impuestos y la información privada de las empresas de comunicación sin pagar un duro por ello. Es como si una empresa automovilística construyera los coches y la comercializadora los alquilara o vendiera sin pagar nada a la empresa que los produce.

Nos okupan a nosotros, que somos su mejor producto. Se adueñan de nuestros datos vitales y médicos más íntimos que luego venden a los laboratorios para extraer información valiosísima que cura enfermedades. Toman por asalto nuestros gustos musicales, gastronómicos, sexuales, literarios…; recopilan nuestras fotos, videos, audios, correos, chateos, tuiterías, itinerarios…, con el fin de inundarnos con publicidad que un algoritmo dirige según las preferencias de cada quien y que otras empresas pagan como oro en paño. Con todo, lo peor es que, tanto las corporaciones americanas como las chinas, que monopolizan el mercado, trasmiten nuestros datos a los Servicios de Inteligencia de sus respectivos gobiernos, en tiempo real. Si Orwell levantara la cabeza, seguramente, consideraría que su novela 1984 había envejecido muy rápido comparada con la realidad de 2019.

Okupan nuestro acervo común sin pagar un solo impuesto. Te enseñan el Prado demorándose en cada pincelada del cuadro con una precisión que ya quisiera para sí el ojo humano, quien escribe el Prado lo predica de cualquier monumento que levantaron nuestros ancestros y que mimamos con nuestros impuestos. Les regalamos un país con infraestructuras hotelera, aeroportuaria, de carreteras, ferroviaria y sanitaria envidiable; es tal su variedad geográfica, cultural, gastronómica, de fauna y de flora; tan hospitalario, seguro, alegre, cosmopolita que más parece un mágico mosaico de países. ¿Crees que le cobramos algo por el uso y disfrute de esta maravillas trabajadas, conseguidas y abonadas por nuestros ancestros y nosotros mismos a Booking, Amazon o cualesquiera de estos okupas que sólo intermedian digitalmente? Te lo cuento: ni un duro. Para eso domicilian sus corporaciones en Irlanda, que hace dumping fiscal y la UE se lo admite, o en paraísos fiscales con lo que evitan pagar por lo que usan; como ocurre en tu edificio con el caradura del 3º A, que no paga los gastos comunitarios y os toca pagarlos al resto a toca teja. Además les regalamos cuarenta y cinco millones y medio de consumidores sanos, gracias a la Sanidad que ellos no pagan; cultos, gracias a la educación que ellos no costean, con un cierto poder adquisitivo para adquirir lo bienes que publicitan, gracias al esfuerzo conjunto de todos los españoles y de la herencia de nuestros antepasados. Y, por encima, ponemos a su disposición una seguridad pública y un sistema judicial, que no sólo no sufragan vía impuestos, sino que además utilizan (okupan) profusamente.

En mi pueblo no se les llamaba okupas, se les decía sanguijuelas o garrapatas.

      J. Carlos

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Pirateos

Pirata

Afirma Yuval Noah Harari que los seres humanos somos pirateables. Hasta ahora nos piratean desde fuera con datos íntimos que les regalamos o que obtienen subrepticiamente. Lo que teme mi divulgador de cabecera es que, pronto habrá sensores biométricos que se chivarán del incremento de pulsaciones en mi corazón, el nivel de oxitocina en mi cerebro o, del diámetro de mi pupila ante la visión de una foto, la lectura de un párrafo, o el éxtasis de un beso. Será entonces, concluye, cuando nos percatemos de que el libre albedrío fue una quimera, y la inteligencia artificial –tras de la que siempre hay intereses humanos-  se pondrá al timón de mis decisiones porque sabrá más de mí que yo mismo.

No creo ni en el Mundo feliz de Aldous Huxley ni en la distopía de George Orwel en 1984. Lo que no significa que no haya lugares y personas que viven “mundos felices”, temporales, enganchados a la química de las drogas o, que no haya regímenes y países que hoy siguen viviendo en el horror totalitario que imaginó Orwel; digo imaginó, por no decir que pasó a limpio, narrativamente hablando, lo que había visto en las checas de Cataluña y lo que estaba sucediendo en ese momento histórico con el nazismo y el comunismo. Lámame crédulo. Me lo merezco. Ya sé que estamos en un mundo replegándose otra vez en tribus, con formas de gobierno totalitario en Corea del Norte, China, Rusia, Brasil, Turquía, etc., con un amante de la testiculina al frente del mundo libre y una Europa retirándose de sí misma y fragmentándose en mil pedazos. Pero, qué quieres, soy de natural optimista y pienso que las falacias tardan en desvanecerse lo que tarda el péndulo de la historia en llegar a su punto de máxima oscilación; después, cuando debajo de las banderas y los himnos los pueblos sólo encuentren un decorado de cartón piedra y, en cuanto descubran que tras el señuelo del nacionalismo no hay más libertad ni una vida mejor, sino que todo fue un juego de trileros para vaciarles los bolsillos, el péndulo iniciará su eterno retorno. Es pura física.

En cuanto a los postulados de mi admirado Harari, creo que exagera. Se olvida de que el mecanismo humano más eficaz es la duda. Los grandes pensadores lo fueron porque intuyeron que había fallas en los relatos que les contaban. Fueron capaces de ir contra sus creencias, incluso, de contradecirse a sí mismos y desestimar sus propios pensamientos. La humanidad ha avanzado dudando, intuyendo, contradiciéndose. Me temo que los algoritmos nunca podrán dudar, se les programa para aprender de la experiencia, pero siempre tomarán la decisión más razonable en función de los datos de qué disponga y de las situaciones anteriores a que se ha enfrentado. En su lógica no se equivocarán nunca. He ahí la gran diferencia con el ser humano. Hay otra, la torpeza. Una máquina no se inmolará individualmente, ni se destruirá colectivamente con todas las máquinas. El hombre es tan torpe que se inmola en una guerra, se quema a lo bonzo por una idea y se suicida por tristeza. Tan torpe que, incluso, puede pulsar el botón nuclear y mandarnos a todos al carajo.

En 1957 James Vicary se inventó la publicidad subliminal. Para poner en valor su agencia de publicidad que languidecía, se inventó que había colocado unos fotogramas en una película que se estaba exhibiendo: “¿Tienes hambre? Come palomitas. ¿Tienes sed?, bebe Coca-Cola”. La velocidad de paso era de una milésima de segundo, así que nadie fue consciente del detalle. Afirmó que después del truco, en el descanso, el consumo de palomitas se había disparado hasta un 57% más y el de Coca-Cola, hasta un 18%. Era mentira. Algunas Universidades han hecho experimentos pautados, y sí parece que hay un cierto sesgo en cuanto a la toma de decisiones si se introduce publicidad subliminal. Así que, la mentira es otra de las facultades humanas difícilmente trasladables a las máquinas; si bien éstas puedan detectar si un humano miente, dudo de que puedan hacer lo mismo con otra máquina. Creo que un algoritmo tampoco haría lo que el argentino José Sánchez, se inventó que había encontrado medio millón de dólares y que buscó a su dueño para devolvérselos, cuando dio con él, éste le mostró su agradecimiento ofreciéndole una recompensa monetaria, José se negó a recibirla, sólo quería un trabajo. Lo único cierto es que concibió la historia para encontrar trabajo. La picaresca tampoco es propia de la Inteligencia Artificial. Vamos, que no concibo a un algoritmo escribiendo o replicando la vida del Lazarillo de Tormes.

Sí es cierto que un alto ejecutivo de Coca-Cola, en los setenta, harto de que la publicidad se llevase un alto porcentaje de los gastos de explotación, decidió suprimir la publicidad en una serie de Estados americanos. El resultado fue que las ventas se resintieron demostrando que los costes de esa partida eran rentables. En el verano del 73, el Sr. Otero, dueño de la tienda de ultramarinos donde yo ejercía de chico para todo, sin tanto estudio ni tanta prosapia, me aseveró con la sabiduría que dan los años: “Si el Cola-cao dejara de publicitarse no lo compraría ni el Tato porque no se disuelve y siempre quedan grumos en la leche, mientras que el Nesquik es instantáneo y tiene un sabor más dulce” Claro que nos piratean con la publicidad. Pero ¿no son pirateo los chantajes emocionales? Y los señuelos del cielo y el infierno qué son, sino pirateo. Seguramente, también lo es la cultura dominante, el pensamiento único… hasta la desigualdad es un pirateo, porque es un trasvase ilícito de recursos que merman la dignidad y el bienestar de gran parte de la población.

De todos los pirateos que nos hacemos los humanos, con máquinas y sin ellas, el que se lleva la palma es el del miedo. Detrás de casi todas las proclamas de los políticos en campaña está la apelación al miedo: Portar armas para defenderse; poner muros para que no pasen los otros; abortar a los ya nacidos; privatizar las pensiones y la sanidad pública para defenderlas, que es como poner una víbora al cuidado del bebé; bajar impuestos a los ricos para que se dignen invertir más… Cada dos o tres años te apuntan en el cráneo con una pistola para que vayas a votar acojonado.

Ya quisieran los africanos tener que enfrentarse a nuestros privilegiados miedos.  Porque en los miedos también hay clases. Ellos huyen del miedo real al hambre y a la miseria y, muchas veces, acaban enterrando su cuerpo y sus sueños en el cementerio del Mediterráneo.

El miedo, mi bien ponderado Harari, es el más eficaz de los pirateos. Las máquinas no tienen miedo. Lo cual, bien pensado, no deja de ser pavoroso.

     J. Carlos

Ecología y calendarios

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El mundo vegetal pasa de nuestro calendario. No tienen un reloj que dirija su vida  al compás de unas manecillas. Son más inteligentes. Este año, como el invierno ha estado ausente y los recursos hídricos son muy escasos, han adelantado su actividad floral. Acabamos de entrar en la primavera y llevan un mes florecidos y unas semanas hojeados. Prefieren correr el riesgo de una helada a destiempo que quedarse sin el agua necesaria para que engorde su fruto. Mientras, nosotros, en vez de mirar el reloj natural que nos advierte del holocausto climático, seguimos emponzoñando la atmósfera con los residuos fecales que arroja la digestión del carbón y del petróleo.

Greta Thunberg, una niña sueca de 16 años, asustada por la ola de calor del pasado verano en su país  y por los inusuales incendios forestales, decidió no asistir al colegio desde el 20 de agosto hasta el 9 de septiembre, fecha de las elecciones generales de Suecia. Durante la jornada escolar permanecía frente al Parlamento sueco (Riksdag) portando una pancarta que rezaba: “huelga escolar por el clima”. Aún sigue haciéndolo todos los viernes.  Ya no está sola. Su ejemplo, como el de Rosa Parks, está calando en la sociedad. El pasado 15 de marzo, estudiantes de más de 100 países secundaron una marcha por el clima, con el propósito de clavar el estandarte de un 15M climático en el imaginario colectivo. No pudo ser. Tuvo su atención mediática, pero se desvaneció enseguida. Esperemos que no decaiga.

En el calendario de mi vida hubo un tiempo en que el balance ecológico era favorable. Allá en el pueblo la economía era simbiótica y casi autárquica. Era simbiótica porque comías el pan hecho de la harina de trigo que habías recogido; bebías la leche de los animales que guardabas en las majadas; comías las carnes de los cerdos y aves que tenías en tu corral; vestías la lana de la oveja que habías pastoreado; la energía para el trabajo salía de tu cuerpo y de la fuerza de los  mulos de tus cuadras; respirabas el oxígeno que exhalaban el trigo, la cebada, el maíz, la avena y unos pocos árboles frutales. Era una economía casi autárquica porque al panadero, al herrero, al carpintero, al hojalatero, al médico, al sastre… le pagabas con unos costales de trigo. Y era circular porque todos tus deshechos y los de tu ganado se almacenaban en muladares que, en otoño, esparramabas en tus campos como abono para que germinaran y crecieran los frutos que sembrabas.

Como te digo, en el calendario de mi vida hubo un tiempo en que mi huella dejaba un superávit ecológico. Las únicas combustiones que generaban CO2 a la atmósfera salían de los humeros de las lumbres de las casas, donde se quemaba paja, sarmiento y, de tarde en tarde, alguna leña de cepa. Vale, añade los braseros y las glorias que gastaban cisco para calentarse en aquellos crudos inviernos. De acuerdo, pon también que en las fraguas se utilizaba ya el carbón como combustible para poner al rojo vivo el hierro y moldearlo a martillazos. Con todo, te aseguro que el mar de espigas que oleaban por todo el término en primavera, necesitaban mucho más CO2 para crecer y granar que el producido en esas combustiones. Si hasta el jabón se hacía de forma artesanal a base de grasa de cerdo o aceite vegetal y un poco de sosa caústica. No te digo más.

Después vinieron los tractores que echaban un humo negro por los tubos de escape, dejaban en la atmósfera un tufo oleoso como a rancio y, en las cocheras donde se guardaban, quedaba sobre el suelo de tierra una costra verduzca como de cáscara de ciruela pasada. Y llegó el Gior, un bote de plástico blanco que envasaba un detergente líquido. Fue el primer polímero que recuerdo. Pasaban los meses y los años y seguían los botes amontonados sobre los muladares; se volvían marrones, casi negros; se cuarteaban, se partían, pero no acababan de extinguirse como si les costara morir del todo y desparecer.

Luego vino todo lo demás.

No, no me pidas que contabilice el daño que mi huella ha dejado hasta ahora en el planeta. No sería difícil. Pero prefiero esconder la cabeza, como el avestruz, para que mis nietos y los nietos de mis nietos no me pidan cuentas de cuánto corrompí el planeta y cuánto comprometí su futuro.

       J. Carlos

Crónicas de una semana: Entre la ciencia y la muerte.

Tarrant

El lunes supimos que los astrónomos andan a la busca y captura del planeta nueve del sistema solar. Está tan lejos que no se deja ver, pero deducen su existencia por la extraña alineación de los objetos rocosos que están más allá de Plutón. Algún tipo de fuerza les mantiene encarcelados en la órbita solar, sin que puedan escapar, ni tampoco estamparse contra el Sol. Resumiendo, se busca un objeto doscientas veces más masivo que la Tierra y que da una vuelta alrededor del nuestra estrella cada cuarenta mil años. El que lo encuentre alcanzará la gloria.

En la Gran Bretaña, los gentelman andan con los papeles del divorcio. Se tiran los trastos a la cabeza entre sí porque, aunque  saben que una Europa fuerte dinamita sus privilegios imperiales y sus patentes de corso financieras, intuyen que fuera del matrimonio hace mucho frío. Se debaten en la duda Hamletiana, “be or no to be”. Lástima que despreciando la excelsa prosa de Shakespeare, estén cayendo en  un parlamentarismo barriobajero, bravucón y mentiroso. Después de tres días de votaciones consecutivas, martes, miércoles y jueves, aprobaron solicitar una prórroga para el Brexit. Lo que no se entiende es que los europeos se la concedan y estén tristes por el divorcio. Yo no quepo en mí de gozo, quitarse la rémora de la Pérfida Albiol es comparable al glorioso momento en que Europa se sacudió el yugo feudal. Cuando se firme, por fin, la separación, los europeos estaremos más cerca de la gloria.

Un grupo de físicos rusos, suizos y estadounidenses, hicieron público el martes que han conseguido revertir el tiempo una fracción de segundo. Afirman que  si observaras diez mil electrones cada segundo durante toda la vida del universo, serías testigo de un suceso extraordinario, un electrón retrocedería en el tiempo una diezmillonésima de segundo. Con esta idea y un ordenador cuántico han revertido el tiempo. En una primera etapa los qubit están ordenados, después inducen el caos entre ellos y, con un programa especial, vuelven de nuevo a la situación ordenada inicial. Es como si las bolas de billar americano después de ser golpeadas por la bola blanca se dispersaran caóticamente y, después, volvieran a su formación de triángulo equilátero. Da miedo porque, de seguido, te imaginas lo imposible: la flecha del tiempo huyendo para atrás y tú vomitando todo lo comido y absorbiendo todo lo expelido por salvas sean las partes. A mí que no me toquen la segunda ley de la Termodinámica.

Decía Manuel Jabois, el pasado miércoles en la radio, que a él le dan miedo los sucesos inesperados. Por ejemplo, que un zorro hambriento entre en un corral de pollos y el averío lo acribille a picotazos. Ocurrió en una escuela apícola en el noroeste de Francia. Los acontecimientos imposibles suelen preceder a situaciones desastrosas, así, cuando el mar se repliega es preludio de un tsunami. Y, claro, asustan. No hay más que leer a Manuel Rivas, que tiene acuñada una frase lapidaria: “el verdadero reflejo del miedo fue ver la playa de Riazor vacía un día de verano de 1936”, para constatar que, a veces, el caos tiene un reflujo que aparenta un falso orden, luego, se desencadena la catástrofe. Por eso, a mí que no me quiten la segunda ley de la Termodinámica.

El Génesis abunda en narraciones de una crueldad que raya en lo miserable, como cuando Dios le pidió Abraham que sacrificara a su hijo Isaac. Allá fue el patriarca hasta la tierra de Moria, cortó leña, cogió un cuchillo y se dispuso a ofrecérselo a su Dios como si fuera un cordero. Primero se rebana el cuello para que se desangre y después se asa lentamente a la lumbre de leña. Menos mal que el ángel llegó a tiempo y lo detuvo. Por esta muestra de amor, el Señor le prometió la bendición y que multiplicaría su descendencia.

María Gombau vivía en Godella con su novio Gabriel Carvajal y con sus dos hijos, Amiel de tres años y Rachel que había nacido hacía seis meses. María mató a sus hijos el jueves de madrugada. El cerebro de María, que es su Señor, les había pedido que libraran a sus niños de una secta que practicaba la pederastia. Velaban cada noche como centinelas para que la secta no depredara a sus hijos. El cerebro de María, que es su Señor, o los de ambos, porque la paranoia no se contagia pero las drogas psicotrópicas alteran la química del cerebro, les informó de que la secta se había propagado como una epidemia; todo el mundo estaba concernido, incluida la madre de María. Los niños eran queridos, estaban limpios y bien cuidados, a pesar de que la luctuosa noticia se ilustraba en los medios con una foto de un almacén medio derruido, para hacernos creer que  habían vivido en la mugre, el hambre y el desamparo. Falso. Finalmente, ante la imposibilidad de huir de la persecución de la secta, el cerebro de María, que es su Señor, le conminó a que sacrificara a sus niños para que resucitaran y se reencarnaran en ella misma. Esta vez no hubo un ángel que le gritara: ¡Detente! Por esa muestra de amor María, o María y Gabriel, serán tratados por el ángel de la ciencia médica. Lástima que llegara tan tarde.

Un supremacista blanco de extrema derecha, llamado Brenton Tarrant, de 28 años, entró el viernes, solo o acompañado, en dos mezquitas en la  ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda. Llevaba un rifle en las manos y una cámara Go Pro en la frente. Acribilló a 88 personas, 49 murieron, otras 11 están muy graves. Lo filmó en directo y lo retransmitió en Facebook. Es fácil adivinar en nombre de qué Dios y de qué ideología perpetró la masacre terrorista. Estoy expectante por leer el tuit de Donald Trump, Brenton Tarrant es uno de sus admiradores más ferviente. Me pregunto, ¿qué ángel de la Razón ilustrada los detendrá? ¿Llegará a tiempo?

        J. Carlos

Plásticos

Zoido

La plasticidad es un lugar común, quizás el más común de todos los lugares. Estamos tan acostumbrados a mimetizarnos con las verdades reveladas, que no advertimos cuánto amoldamos las percepciones para que se adapten a nuestras creencias como se adapta el guante a la mano.

Esa maleabilidad de nuestra mente nos permite carcajearnos de los terraplanistas, que andan fletando un crucero que navegue hasta los confines de la planicie, con el fin de asomarse a su precipicio y hacerse unos selfies; pero aceptamos con toda normalidad que el profesor de física, que es sacerdote, nos enseñe la teoría M de las Supercuerdas y, a la hora siguiente, nos ponga una oblea en la boca en la creencia de que digerimos a dios nuestro señor, y que oxidaremos su cuerpo en nuestro torrente sanguíneo para generar 0,7 kilocalorías y ganarnos el cielo.

Se plastifica el tiempo, por ejemplo, una hora con la letanía de un rosario en la niñez se dilataba como un globo lleno de helio, hoy, a mi edad, una hora de plácida conversación dura lo que tarda en templarse el café una mañana de invierno. También el espacio se estira y se encoge, de forma que se gasta el mismo tiempo en atacar el pico Peñalara desde Cotos que en volar de Madrid a Dublín. Plastificamos, cómo no, las esperanzas en función de las expectativas que nos venden, así hace ocho años ser mileurista era la condena de los parias, hoy, esa misma condición, es un privilegio que se añade a la suerte de tener un trabajo, del mismo modo que la corona es un privilegio que se añade al ser concebido en un polvo real, a condición de que abandones el útero en primer lugar y tengas una apéndice en la entrepierna.

Somos tan conscientes de la ductilidad de las ideas y de la flexibilidad de los argumentos, que hemos decidido coronar al plástico como rey de nuestros materiales porque se adapta a todo, como nosotros nos adaptamos a las ideologías conspiranoicas y a la mística. De resultas, consumimos material plástico  con la misma ansiedad que consumimos rumores, noticias falsas, homeopatía o divinidades mágicas. Su indestructibilidad y nuestra avidez están produciendo una plastificación de nuestras mentes y del propio planeta. Así que este polímero planea por los aires y serpentea en la tierra hasta quedar enterrado en el seno de labradíos, parameras y desiertos; flota en las aguas dulces y saladas; se deposita en el légamo de los ríos y en el fondo de los mares. Como pasto de aves y peces se pasea en volandas de la cadena trófica hasta nuestro torrente sanguíneo y, ahí se queda bogando en miríadas microscópicas como un dios comulgado que ni te aporta calorías ni te abre las puertas del cielo, pero con la certeza de que, al menos, parte de esa basura terminará en el contendor de nuestro cerebro.

Mucho daño tienen que hacernos los microplásticos que habitan ya en nuestras azoteas, para que no nos extrañemos de que el Sr. Zoido, en su deposición como testigo ante la Sala del Supremo, balbuceara como un adolescente o como un adulto deficiente mental y nos confirmara su ineptitud, de la que ya teníamos indicios fundados, porque ni hizo nada al frente del Ministerio del Interior ni se enteró de las decisiones que tomaron sus subordinados durante el golpe de estado perpetrado en Cataluña. Lo más significativo de su paso por el Departamento, mientras la burguesía xenófoba catalana violaba la soberanía nacional, fue ordenar que pusieran un grifo de cerveza Cruzcampo en los aledaños a su despacho para hacer patria. Tampoco nos extrañó que el banquero Rato confesara también, ante otro triunvirato vestido con toga negra y puñetas blancas, que él cobraba 2,4 millones de Euros al año en Bankia sólo para hacer de correveidile del Banco de España. O que otro banquero, González (salario medio 10 millones de Euros al año), mientras escribía libros de Ética y decretaba códigos de buen gobierno y de responsabilidad social corporativa en el BBVA, tuviera contratado a precio de oro los servicios de un tal Villarejo, presunto delincuente que se ha ganado a pulso los títulos de Audífono mayor del reino y Limpia culos de la élite política y financiera.

Va a ser que los españoles tenemos  el cerebro y las vísceras atorados de microplásticos, por eso no mostramos ni un ápice de indignación.

     J. Carlos

Suicidio

In memoriam

                                                                                         A Marion, in memoriam

La cadena de la existencia está formada por una sucesión de eslabones que se van uniendo para escribir una historia, la tuya. Ocurre, a veces, que un suceso anodino se concatena casualmente con otro que resulta terrible.

Ayer tarde llamó Janine desde París, volvíamos en coche con la resaca bullanguera de una marcha por los valles del río Moros en Segovia. “¿Comment allez vous, Jannine? – pregunté a modo de saludo al ver su nombre en la pantalla. Lloraba, supuse que había muerto su madre casi centenaria. “¿Qu’est-ce qu’il se passe? -volví a preguntar con la voz chiquita ya afectada al escuchar su llanto.

Marion se suicidó. Llamó la policía de Borgoña hace cuatro horas.

El pasado jueves tratamos el tema del suicidio en la Tertulia. Propuse yo el tema a raíz de un informe que contabilizaba diez suicidios al día en España, siendo la primera causa de muerte de entre las violentas. Una epidemia silenciosa que causa el doble de víctimas mortales que los accidentes de tráfico. En Francia nos llevan la delantera en este triste récord, cada hora se suicida una persona.

Marion se casó en Mornex, un pueblo de montaña, a tiro de piedra del teleférico de la Salève, desde donde se ve Ginebra entera, a altura de águila, como un mapa en 3D. En junio hará catorce años. Vestían los dos de blanco. Dieron sus votos ante un orondo alcalde que lucía, cruzada al pecho, la banda con los colores de la República francesa. A la salida montaron en una carroza bajo una lluvia de granos de arroz y se dirigieron al Chartreuse de Pomier en Beaumont, donde nos esperaba un nuevo banquete, más espléndido aún que el de la noche anterior. Recuerdo el orgullo de Janine madre, el cariño de Marion que te achuchaba con el mismo afecto que se prodiga a las personas muy queridas, siendo que no éramos más que unos amigos, más bien recientes, de su madre. Y recuerdo que la noche anterior en el salón principal del Chartreuse, mientras cenábamos, nos pasaron unas películas con las fotos y vídeos de la niñez y adolescencia de los contrayentes. Un montaje de una calidad técnica que me llamó la atención y comenté, después, a la vuelta a España como algo extraordinario.

El pasado jueves, cada tertuliano abordó el tema del suicidio desde un punto de vista totalmente diferente, por eso el debate, casi siempre, resulta ameno, lúcido y enriquecedor. Hubo quien lo abordó desde los aspectos de los desequilibrios químicos, otros hablaron de propensiones genéticas, hubo quien nos ofreció un repaso poético sobre los suicidios de varias poetisas (desde Violeta Parra y Alejandra Pizarnik, hasta Alfonsina Storni o Sylvia Plath y otras cuantas), aún otros ofrecieron puntos de vista sobre la dureza de la sociedad actual, la soledad, la falta de vínculos sociales y los desastres emocionales. Alguien llamó la atención sobre la sombra de la culpabilidad que se cierne sobre los allegados al suicida.

Janine, me dice entre hipidos y sollozos, que se siente culpable por no haber estado más tiempo con su hija, sobre todo después de la ruptura abrupta del matrimonio por parte del marido Florent, hace unos meses. La pobre está cuidando a su madre casi centenaria en París. No podía estar a la vez en Borgoña consolando a Marion. Quedan dos niñas, ya casi en la adolescencia. Luchará por ellas, como abuela quiere tutelarlas, darles consuelo, ejercer de la madre que acaban de perder.

Meterse en la piel de Marion, cariñosa, extrovertida, loca de amor por sus hijas, es lo que todos pretendemos. Es humano. Queremos empatizar son esa desesperación que le llevó a suprimirse, a borrar los tiempos muertos por el dolor y la náusea, a borrar los únicos tiempos vivos que llenaba con el afecto y el cariño de sus niñas. Queremos racionalizar, por eso culpamos a desarreglos químicos neuronales, o a los quebrantos mentales de la depresión, al marido que la desahució de la vida en común…

¡Qué coños sabemos nadie! Los hay tan frágiles como la porcelana de Sèvres y, sin embargo, por fuera, componen gestos de consistencia granítica.

Lo cierto es que, hoy, en España, apagarán el interruptor de sus vidas diez personas. Ayer en Francia, apagó el interruptor de la suya Marion. Queda el dolor y el desamparo de los que la quisimos y, por encima, un sentimiento de culpa que corroe a los más cercanos.

Seguirán con sus vidas pero ya nunca será lo mismo, porque el eslabón del suicidio de una persona amada se ha unido a la cadena de sus historias y cambiará para siempre su narrativa.

J. Carlos

Disparate

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El Universo no disparata, sigue unas reglas fijas. Por eso podemos anticipar sus fenómenos y sabemos que el sol en estas latitudes nunca saldrá a media tarde, y que la luna jamás enfrentará con la tierra su cara oculta. La vida también sigue unos cánones pautados, nunca veremos a los gatos organizándose para cazar leones o a un ejército de abejas asaltando la colmena de sus vecinas. Sin embargo, en su proceso de adaptación al medio, la especie humana ha roto todos los cánones y ha caído en el disparate: Un individuo, con un solo dedo, puede mandar al carajo cualquier vestigio de vida en el planeta.

Con la espada atómica de Damocles suspendida sobre nuestras cabezas, ahí andamos reproduciéndonos adecuadamente para cumplir con el canon inscrito a fuego en  nuestros genes: Creced y multiplicaos. Si los botones nucleares permanecen lejos del dedo humano en sesenta años habremos duplicado la especie, aunque tú y yo no lo podamos constatar.

La historia ha sido pródiga en especímenes humanos cuyo nacimiento ha sido un disparate para la humanidad. Uno de los más sanguinarios fue un tal Adolf Hitler. Afortunadamente murió sin descendencia, pero en sus desvaríos quiso repoblar el mundo con superhombres como él. De la mano de Heinrich Himmler creó, en la Alemania Nazi de 1935, una organización llamada Lebensborn con el fin de que miembros de las SS y otros de raza aria pudieran “cubrir” a mujeres de cabello rubio, de ojos azules, sin defectos genéticos y con ciertas medidas físicas específicas.

En la época de la hipérbole, el histrionismo disparatado y la anemia intelectual tenemos unos políticos cuyo talento apenas alcanza para pasar un casting de Sálvame. Seguramente nos los merecemos. Con el desparpajo que le caracteriza, Pablo Casado ha declarado hace dos días que: “Si queremos financiar las pensiones debemos pensar en cómo tener más niños, no en abortar”. Y lo ha dicho sin complejos. Es lo que tiene la supina ignorancia, que no te caben en la cabeza ni las dudas ni los complejos. Los niños, señor mío, se tienen, normalmente, follando. Pero para tomar la decisión de traer hijos al mundo se necesita tener trabajo, un salario digno, un lugar adecuado dónde vivir, una sanidad y una educación accesibles y un horizonte despejado dónde ellos puedan formarse, trabajar y vivir en España con dignidad. Además, para qué quiere los niños, Sr. Casado, para condenarlos al paro como a los 3.300.000 españoles que no lo encuentran o, para exportarlos como mercancía al extranjero como los 2.500.000 españoles que, desde 2010, se han tenido que ir a buscar las habichuelas a otras latitudes. Por cierto, que se han ido saludables y bien formados a costa de los impuestos de los españoles y ahora pagan, con su trabajo, la pensión de los viejos en los países ricos para que éstos puedan venir a disfrutar del sol español, mientras los hijos que usted nos “manda” hacer les sirven de camareros, de enfermeros o de médicos.

Las estupideces tienen doble cara, como las monedas. Frente a los que quieren tomar el bastón de mando para obligar a parir a las mujeres como conejas y repoblar España, o castigarlas con la cárcel si sacan el fruto de su vientre antes de que madure, hay quien denuncia a sus padres por haberles traído al mundo sin consultarles. Se trata de Raphael Samuel, de 27 años, nacido en Bombay, que pertenece al movimiento “Dejad de tener bebés”. Sus razones son medioambientales y filosóficas. Y es posible que sus proclamas de que “procrear es ecológicamente insostenible y moralmente irresponsable”, prendan fácilmente como la yesca en una India superpoblada y rica, donde un niño muere de hambre cada 30 segundos.

Rapahel sabe, de sobra, que su pretensión judicial no tiene recorrido, se trata de aspaventar y disparatar para hacerse visible. Lo mismo que hace Trump y algunos de  nuestros políticos. Lo mismo que buscan los/as gritones/as de Sálvame. Lo mismo que hacen los cavernícolas en las redes. Va a ser que aquel mecanismo de defensa de cuando éramos monos que consistía en erguirse, abrir las piernas, extender los brazos y gritar, ha evolucionado en la hipérbole y el disparate en la era de las pantallas.

¿Quién dijo que la evolución progresaba adecuadamente?

J. Carlos