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 Enemigos

Enemigos

Desde que tengo uso de razón siempre he tenido enemigos. En la iglesia y en la escuela me enseñaron a odiar a los egipcios porque esclavizaron al pueblo elegido por Jehová. Me enemisté con Selion rey de los amorreos y con Og rey de Basan a los que tuvo que enfrentarse el pueblo de Israel en los duros años del éxodo por el desierto. Incluso, una vez que llegó el pueblo hebreo a la Tierra prometida, seguí excretando mi bilis contra los cananeos, amalecitas, amonitas, filisteos, babilonios, persas y romanos contra los que los israelitas saldaban con sangre sus conquistas y reconquistas, contando siempre con la inestimable ayuda de Dios que, al parecer, también era mi Dios, aunque yo no fuera judío. Te participo que nunca entendí por qué el Señor había elegido a un pueblo tan veleidoso que luego mataría a su hijo clavándolo en los maderos de una cruz, y no al pueblo español que, en aquel entonces, éramos la reserva espiritual del occidente cristiano y una unidad en lo universal. Ahí aprendí que el cerebro es dúctil y hace de la necesidad virtud, porque podías ser forofo de Israel y odiar cervalmente, durante todo el año, a los pueblos que se oponían a los designios del Señor, pero en llegando Semana Santa, la historia daba un giro inesperado y toda la inquina acumulada en tres días de pasión, cirios y procesiones se condensaba, como una nube negra, sobre el pueblo elegido por Dios por haber indultado a Barrabás.

Más acá de las fantasías bíblicas también había enemigos. Si te mandaban a por medicinas a la farmacia del pueblo de al lado, nunca ibas solo porque los niños te esperaban apostados detrás de las primeras casas para correrte a cantazos. La enemistad era tan manifiesta que, a veces, quedábamos los domingos en la linde de ambos términos para resolver diferencias; nunca las resolvíamos porque la única diferencia que cabía era la de haber nacido a dos kilómetros y medio los unos de los otros, pero ese solo motivo nos hacía irreconciliables. Había otros enemigos, aunque eran sólo de paso, se trataba de los gitanos y quincalleros que vendían y compraban trapos, burros o mulos y, también, arreglaban cacerolas desportilladas. Cuando  se les veía llegar por los caminos envueltos en una nube de polvo, siempre había un alma caritativa que, a voz en grito, pregonaba el acontecimiento para que todo el mundo echara los trancos a casas, corrales y paneras. ¿Cómo no ibas a aborrecerlos si era irse y tenías que contar todas las gallinas por si faltaba alguna?

En el colegio, los curas te prevenían contra el mundo, el demonio y la carne, por eso el mundo te acongojaba, el demonio reinaba en tus peores pesadillas y las mujeres en sazón dejaban de ser personas para contabilizarse como tentaciones. Los domingos te llevaban al cine, antes tenías que aguantar el NO-DO, donde Franco inauguraba pantanos, paseaba bajo palio en procesiones, hacía carantoñas a su nieta y, sobre el atril de Las Cortes, advertía de la existencia de un contubernio judeomasónicocomunista; lo de los judíos lo entendías por lo de Barrabás, pero ignorabas lo que era un masón y te imaginabas que un comunista llevaría la cola escondida en la pernera del pantalón, tendría los ojos inyectados en sangre y exhalaría azufre por la boca. Después proyectaban una película de vaqueros y tú detestabas a los indios porque eran ladinos, sanguinarios, analfabetos y, aplaudías hasta romperte las manos al escuchar las cornetas del séptimo de caballería. Además de latinajos y de que los hombres habíamos andado siempre a la greña, aprendías a insultar a los árbitros porque siempre se equivocaban en contra de nuestro equipo; aprendías a detestar a los externos porque eran finos y estirados y se iban a su casa cada día al final de clase;  aprendías a maltratar a los débiles, maricones, lisiados, también a detestar a los empollones. Así que la nómina de enemigos engrosaba. Es verdad que, si entablabas conversación con alguno de ellos, concluías que en las distancias cortas eran “personas normales”, tenían tus mismas inquietudes, tus mismos miedos, se reían de lo que tú te reías y sus gustos y simpatías eran idénticos a los tuyos.

El aire limpio de los libros, la música, el cine, el teatro, la poesía se fue colando por los recovecos del cerebro y oreó el ambiente fétido de las creencias y fanatismos. Al tiempo que las hormonas se desbocaban, perdías la inocencia y advertías que las certezas se diluían y sólo te quedaban los porqués. En ese punto, la brújula del resentimiento había pegado un vuelco de ciento ochenta grados y se volvía contra aquellos que habían elegido por ti a tus enemigos.

Si en la Universidad te habían vendido la competencia como una virtud teologal, al llegar al ámbito profesional te dabas cuenta de que era un juego de supervivencia, o seguías vivo o aniquilabas al contrario. Dentro de la propia empresa las puñaladas eran silenciosas, invisible, traperas, si sacabas la cabeza de la trinchera te la volaban, de sobras sabías que el enemigo se apostaba bajo cualquier documento, entre los párrafos de un correo o, podía hacer estallar una bomba en una reunión de trámite.

Ahora que la vida me ha enseñado a enarbolar la tolerancia por bandera, a comprender que detrás de cada ser humano odioso hay una genética imperfecta, una química desordenada o malas experiencias. Ahora que ya casi tengo amortizados los motivos para las enemistades, si vuelvo la vista atrás, caigo en la cuenta de que casi nunca elegí a mis enemigos, me los impusieron.

Pero, no creas, sigo teniendo una caterva de enemigos: Detesto a los fanáticos e intransigentes porque no les cabe ninguna duda. Aborrezco a quienes empiedran el infierno de buenas intenciones.  Maldigo a los que predican el odio y eligen por ti a tus enemigos. Me cisco en los supremacistas de raza, ideología o religión. Abomino de los supremacistas económicos porque creen que su estatus o su nómina refleja su superioridad moral o intelectual. Estoy enemistado con todo aquel que explota a un semejante sea económica, sexual o psicológicamente. Me repugnan los sumisos que se aprovechan de la lucha de otros. Me hastían los que se dejan embaucar por la satrapía de políticos mesiánicos. No soporto a los que padecen de manera acusada el síndrome de Dunning-Kruger (todos los sufrimos en alguna medida) y no son conscientes de sus propias limitaciones, así en las redes como en los bares. Me indignan quienes afirman que todas las opiniones son respetables. Reniego igual de aquellos que se sienten odiados porque alguien hace mofa de sus creencias, como de aquellos otros que hacen befa de la dignidad de un semejante. Compadezco a quien vino a este mundo sin capacidades empáticas, pero repruebo a quienes teniéndolas las silencian o no las ejercitan.

En fin, mi único consuelo es que, a estas alturas, a mis enemigos los elijo yo. Bueno, casi siempre.

J. Carlos

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Tres primeras frases de novela

Primera:Quémalos un día de niebla

¿Quién no quemó las cartas de un amor que cayó en desuso un día de niebla? Hay adolescentes que prenden en la taza del váter una centena de folios donde acumulan sus versos, porque vieron a la niña de sus desvelos darse un pico con otro, luego tiran de la cadena creyendo que desaguando las cenizas levantarán los celajes sombríos de su corazón. ¿Quién no quemó las naves alguna vez en su vida para no volver atrás y dejar los malos tiempos cegados en una densa capa de bruma? Cuando muera ésta, decía Eusebio señalando a su mujer, hago una pira con todas sus cosas y las quemo; le llegó antes la muerte a él, fue en enero y al final del día la neblina no acababa de disiparse. Los bosques, antes, sólo ardían en verano y los rastrojos se quemaban en otoño cuando las nubes todavía no habían bajado a la tierra. Se incineran cadáveres en todas las estaciones porque la muerte es inmune a los fenómenos meteorológicos, también es incansable, salvo en la novela Las intermitencias de la muerte de José Saramago, en que la gente deja de morir. En la noche de San Juan las hogueras son una fiesta, si las saltas o, simplemente, las contemplas, te purificas porque crees que se queman tus pecados y se reducen a cenizas tus viejas miserias. Arde la gasolina en los motores de explosión, el humo que defecan y nos envenena se confunde con las gotas de lluvia en suspensión los días de niebla. En mi pueblo, después de la siega, la trilla y la limpia, cuando todavía se acarreaba la paja, acumulábamos los aparejos viejos en una pira y nos dejábamos la mirada en las lenguas de fuego, a veces también las piernas y las nalgas si no saltábamos con decisión, se cantaba y se bailaba en derredor y, cuando en los rescoldos no quedaban más que unas pizcas de lumbre, los niños aliviábamos las vejigas sobre ellos, luego nos íbamos a la cama oliendo a chamusquina. Tus células y las mías queman el oxígeno desde que nacen hasta que mueren bajo la ley inexorable de la supervivencia, sin saber que, si por un descuido, dejas de suministrarles ese gas por más de dos minutos, las matas a todas. Hablando de quemas, yo, sin ir más lejos, no hace ni dos días que prendí en una taza de café dos hojas hechas pedacitos con todas mis viejas contraseñas, hoy para andar por la vida se te amontonan las contraseñas y no es bueno fiarlas a la memoria.

Convendrás conmigo que hay pirómanos vulgares y pirómanos sofisticados como Francisco Granados, el de la sonrisa de hiena, que le ordenó a su socio Marjaliza: “quémalos un día de niebla”. Eran los papeles que soportaban sus comunes delincuencias, consiguieron que la humareda se confundiera con el velo de bruma y no la detectara desde el aire la Guardia Civil. Fueron necesarios tres carritos de los de Carrefour para trasladar el combustible. Aunque es de suponer que muchos de sus pecados de latrocinio quedaron purificados por el fuego, esperamos que el Tribunal que lo juzga tenga elementos de prueba suficientes para que se pudra en la cárcel de Estremera, la misma que él inauguró en los días de vino, rosas y trinque –pura justicia poética-.

Allí podrá escribir la novela de su vida, la primera frase, la más difícil, ya la tiene escrita.

Segunda: “Queda admitida a trámite como prueba documental”

El Tribunal que juzga a los miembros de “La manada” está escribiendo el relato de Philip K. Dick, Minority report, que Steven Spielberg llevó al cine, pero al revés. Si en la ficción se trataba de capturar al delincuente antes de que se cometiera el delito, el juez español parece que está borrando el delito después de haberse cometido para que no haya delincuentes. Tiempo atrás admitió a trámite la prueba que contiene un informe de un detective sobre la vida de la víctima después de haber sufrido la violación, ahora admite una nueva foto que, al parecer, completa las pesquisas que se inmiscuyen en la vida real de la joven y en la vida virtual de las redes. El juez inadmitió, en cambio, los WhatsApp que se cruzaron antes de los hechos los presuntos violadores. Con esta deriva judicial vamos a tener que ir con las heridas al aire si nos pegan un tiro o, subir al muerto a Facebook, Instagram o Twiter para que el juez se persuada de la veracidad del asesinato. El problema surge en los casos de que te birlen el reloj o el coche, ¿cómo demuestras el robo?, supongo que llevando la muñeca desnuda y utilizando el transporte público hasta que la sentencia sea firme. Si te violan, ya sabes, permanece en casa penando tu rabia y, si sales a la calle, has de hacerlo con túnica talar de lana gruesa, cabeza rapada y una cruz de ceniza en la frente.

He oído a una experta en derecho penal alegar en defesa del juez que su intención es la de evitar que, en apelación, el Tribunal Superior le pueda tumbar el fallo por no admitir las pruebas pertinentes. Peor me lo pones, si alguien piensa que los magistrados de mayor rango pueden casar una sentencia por esta sola causa es que estamos en una sociedad enferma, sería tanto como suponer que se puede simular de la misma manera una ciática para no asistir al trabajo que una violación.

Otro sí digo, ¿qué detective privado hará un informe ilustrado con el escáner del cerebro de la joven para demostrar las secuelas psíquicas que, sin duda, padece la violada, su familia, sus amigos y que sufrirán sus futuras relaciones y su marido y sus hijos?

Item más,  ¿no es más cierto señor juez que si un hombre o una mujer no quiere practicar sexo y se le obliga, se estará cometiendo un delito de violación con independencia de que acabe de practicarlo con una, cinco o con diez personas, y que es indiferente cuál sea el grado de apertura de piernas en el ínterin o, que después del abuso llore como una magdalena o cante por bulerías?

Por eso te digo que, si alguien escribiera una novela titulada, La violé porque era mía, ya tendría la frase de arranque.

Tercera: “Con sangre y muertos en la calle”

Me dirás que es una frase floja, un lugar común para una novela, casi un desecho de tienta de la literatura. Y tendrías razón, salvo que la pongas en boca de una supremacista catalana de nombre Marta Rovira, la cual, en viendo que sus conmilitones acobardados desde la cárcel o, avergonzados porque han salido a la luz la mitad de sus mentiras, se desmarcaban del procés, ha soltado veneno por la boca porque está en su naturaleza, como en la fábula de la rana y el escorpión que se atribuye a Esopo. Ha manifestado que el gobierno de España ha amenazado “con sangre y muertos en la calle”. Aporta como única prueba la huida de algunos de sus líderes y la negación de los otros a la vista de las puñetas de los jueces ya que, sensu contrario, todo el mundo ha de colegir que, a los valientes adalides del independentismo sólo les puede frenar la amenaza vil de la pérfida España.

Me parece un sindiós que Victoria Prego, presidenta de la Asociación de periodistas de Madrid, escribiera en un artículo que “a los independentistas no les importaría que hubiera muertos en las calles”, porque es una generalización y un apriorismo indigno de su trayectoria y de su cargo. Sin embargo, no me cabe duda, una vez escuchadas las declaraciones de la segunda por la lista de ERC a las elecciones catalanas, de que hará rogativas a La Moreneta para que Rajoy cargue contra los participantes en cualquiera de los tumultos y se llenen las pantallas de los móviles de rostros ensangrentados.

Si alguien se atreve a escribir esta novela le regalo el título, Lágrimas de cocodrilo. Para la portada le vendría bien la foto de esta patriota catalana llorando por sus “presos políticos”. ¡Ah! Y no se equivoque el escritor, esta Marta es un personaje secundario, el protagonista ha de ser su mentor, Oriol Junqueras, ese fanático que ora de rodillas por la patria catalana, vestido con un holgado chándal, gentileza del Estado, en la celda de la cárcel de Estremera. La misma que inauguró y ocupó el personaje con sonrisa de hiena.

Orhan Pamuck inicia Me llamo Rojo con estas palabras: “Encuentra al hombre que me asesinó y te contaré detalladamente lo que hay en la otra vida”, sin duda, uno de los comienzos más brillantes de la literatura. Empezar la novela “con sangre y muertos en las calle” es una torpeza, pero es que la realidad es así de torpe. Si me permites un consejo, no escribas una novela, no sería creíble; escribe una crónica, la de una muerte anunciada. Pero sin el coronel Aureliano Buendía ni sus recuerdos frente al pelotón de fusilamiento de “aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

J. Carlos

 Neolenguas

Chiquito de la Calzada

La fama es caprichosa y siempre excesiva. La buena se hace esperar y no suele serlo del todo, la mala te explota debajo del culo y te desmiembra en un santiamén. Que se lo pregunten a Kevin Spacey. A Chiquito de la Calzada, que ayer se despidió de Lucas para siempre, le llegó la buena fama tarde, tenía 62 años cuando llamó a su puerta. Apareció como un idilio de verano y matrimonió con él hasta la muerte. Cuenta el productor del programa Genio y figura que, después de la primera entrega, un directivo de Antena 3 le pidió que quitara a ese señor mayor. Detrás de cada idea genial, de cada obra de arte o de cada invento siempre hay un directivo bien pagado a quien la naturaleza no le prodigó agudeza. Nunca sabremos cuántos talentos nos han hurtado los mandamases.

Se llamaba Gregorio. De niño pasó hambre, como tantos españoles. De profesión palmero y cantaor de flamenco. Murió cómico y como tal permanecerá en el imaginario de varias generaciones. Parafraseando la crítica a Lola Flores del New York Times, Chiquito no contaba chistes, ni actuaba, pero no te lo podías perder. Construía un relato hilarante desde el principio hasta el final, con una danza de pasitos cortos, doblado hacia adelante, mano en los riñones como quien sufre de ciática, patadas al aire y un giro repentino para enfrentar al respetable, con el brazo levantado y la mano al bies, impartiendo su bendición. Y todos benditos, reíamos. Inventó una neolengua que caló como la lluvia fina y que, soldada a sus gestos y gorgoritos, se convirtió en un arma de humor masivo. Un aliviadero de penas. Un galimatías que pasó a ser de propiedad comunal y se extendía como la pólvora en cualquier reunión, tanto que, a veces, resultaba incómodo; especialmente si las imitaciones eran penosas. Pocos poetas, músicos o pintores consiguen que una obra, como la de Gregorio, sedimente en todas las capas sociales y anide en todos los corazones desde los niños hasta los ancianos.

Hay neolenguas, como la de Chiquito, creadas sólo para el divertimento  que son como llaves maestras que abren la puerta de la risa. Hay otras, sin embargo, que sin aportar ni nuevos fonemas ni nuevas palabras, son creadas con el afán de subvertir su significado y poner el lenguaje al servicio espurio de una facción. Victor Klemperer nos da buena cuenta en El lenguaje del Tercer Reich, de cómo el régimen nazi alteró el valor y el significado de las palabras como medio para implantar su terrorífico sistema, haciendo del “lenguaje su medio de propaganda más potente, más público y secreto a la vez”. Stalin implantó también la suya basada en un léxico de pensamiento único donde sólo cabía o la obediencia o la vida. George Orwel, inspirado en estos regímenes totalitarios, nos describió en 1984 una distopía donde el diccionario de la neolengua era el principal elemento represivo para eliminar la libertad individual y dominar el pensamiento. Lo que no estaba en la lengua no podía ser pensado y los lemas del partido eran: “Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”.

La perversión y manipulación del lenguaje es tan antiguo como la supremacía de unos hombres sobre otros. Y es que, el lenguaje tiene las propiedades de los fluidos, discurre por las acequias de las mentes y riega el intelecto, pero también se adapta al continente como el agua se ajusta a las formas del vaso que la contiene. Cada régimen, cada partido, cada empresa, cada persona altera el sentido de las palabras y las retuerce y las moldea. Así los Estados totalitarios del bloque soviético se llamaban Repúblicas Democráticas, los puntos donde echamos los desechos más contaminantes se denominan Puntos Limpios, las empresas más depredadoras del medio ambiente se titulan de Ecológicas… y así, hasta el infinito. El refranero, de antiguo, ya sabía cómo tratar estos excesos: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Las redes sociales, con su efecto amplificador, han venido en auxilio de los que pervierten el lenguaje y han creado un fenómeno que va más allá. Nació con el Brexit y se ha extendido como un cáncer en la era Trump. Lo llaman la postverdad o, como lo calificó Kellyanne Conway, asesora de la Casablanca, son “datos alternativos”. En resumen, cualquier evidencia pude ser amañada y reeditada por el poder como una nueva realidad alterna o paralela. Recordemos que el protagonista de 1984, Winston Smith, trabajaba en el Ministerio de la Verdad y su cometido consistía en reescribir la historia y adaptarla a las exigencias de cada momento del Partido Único.

Aquí, los indepes, se llenan la boca con la palabra democracia, siendo que se han pasado por el arco del triunfo el santo grial de nuestra democracia que es la Constitución y, el cáliz sagrado de su Autonomía que es el Estatut. Si no les secundas eres franquista. Si Europa tampoco les da la razón, entonces sus dirigentes son unos cerdos. Si les aplica la ley común, el estado es represor. Insultan a tres millones y medio de catalanes llamándoles fachas, súbditos y anticatalanes porque no aceptan la imposición y el delirio de algo menos de dos millones. Motejan de traidores a Marsé, a Serrat, a Machado por no pensar como piensan sus inquisidores. Utilizan a los niños y a los ancianos como parapetos. Hacen pacifismo secuestrando a una comisión judicial durante dieciocho horas. Cuando cobardean sus líderes y niegan tres veces como San Pedro, les perdonan porque ante la represión vale todo, pero no acaban de apoquinar las multas de Mas, y es que la pela es la pela. Si se van más de dos mil empresas es que están vendidas al Estado español. ¡Ah! Y los españoles somos inferiores, eso sí, los insignes como Cervantes, Teresa de Jesús, Garcilaso de la Vega, Colón y hasta el florentino Leonardo Da Vinci eran catalanes.

Seguramente Orwell, que conoció esa tierra y luchó en ella durante seis meses por la República española, nunca pensó que, en tan poco espacio, cupieran tantos Winston Smith reescribiendo la historia, ni que los españoles hubiesen dedicado tanta pasta para que los gobiernos de la Generalitat crearan un Ministerio de la Verdad que permeara la escuela, la universidad, los medios y la propia sociedad.

J. Carlos

 Cataluña y cierra España

Estelada manifestación

Cataluña es, seguramente, una exquisitez como el jamón, pero cuando llevas dos años comiendo una dieta –desayuno, comida, merienda y cena- con ese único ingrediente, aunque sea legítimo y de bellota, terminas harto. Más allá del hartazgo es forzoso reconocer que este culebrón tiene una factura impecable que ya quisieran para sí las mejores series de Netflix o HBO. La puesta en escena parece ideada y rodada por William Wyler para Ben Hur. Aquél contó con diez mil extras, mientras que en Cataluña disponen de un millón que, sin cobrar un duro, se congregan a toque de WahtsApp con el atrezzo de un guión portado por algún directivo de la Anc o de Ómnium, al que siguen decenas de miles de banderas esteladas y otros tantos estandartes pancarteros con lemas rescatados de mayo del 68. Cuentan también con pabellones de tela de cien metros de largo para que los oficiantes desfilen bajo palio y eso, con tiro de cámara cenital, les queda que ni pintado. ¿Y qué me dices de los soberbios cambios de guión? Una semana el script echa tanto almíbar al guión que piensas que se trata de una nueva versión de Qué bello es vivir de Capra. A la siguiente semana parece que están versionando las peripecias de la familia Von Trapp en Sonrisas y lágrimas. A las pocas horas la trama muta y emula a Nick Cassidy subido a una cornisa en Al borde del abismo. Con el paso de los días, cuando todo el mundo sólo espera la lluvia, el enredo se madeja sobre sí mismo y el guionista ha optado por un mix en el que caben desde El fugitivo de Andrew Davis, con Puigdemont encarnando al doctor Richard Kimble, hasta el Visconti de La Caduta degli dei.

El relato a ratos épico de pueblo elegido, a ratos dramático, y siempre victimista es impecable, por más que a este lado del Ebro nos parezca una ópera bufa. Y es impecable por tres razones:

Primero, porque es único: Los catalanes llevan cuarenta años sin un relato alternativo. Nadie, ni desde dentro ni desde fuera, opuso o contradijo lo narrado por los nacionalistas.

Segundo, porque tienen excelentes vehículos de narración, sean sus ayuntamientos y demás organismos del gobierno autónomo, a través de las escuelas donde obtuvieron carta blanca para gestionar la enseñanza y sus contenidos sin inspección ni cortapisa, sea por medio de asociaciones cívicas que propagan no sólo el relato pasado -su Antiguo Testamento- sino el relato por venir –el Nuevo Testamento- y, lo más efectivo, disponen de medios de comunicación –públicos y privados-, debidamente engrasados con los impuestos de todos los ciudadanos, que vocean los mensajes hagiográficos nacionalistas cinco veces al día desde sus minaretes, con la contundencia y reiteración del almuédano.

Tercero, porque cuentan con el maná de la financiación que, como ya están coligiendo los tribunales de justicia, desviaban de otros servicios públicos famélicos para costear el carísimo relato nacionalista, tanto en el interior como en el exterior, y crear los instrumentos del nuevo Estado.

El relato es el motor de la historia, en eso también se equivocó Marx. Fíjate si es poderoso el relato, que el pueblo judío escribió el suyo y el espíritu ambiguo de sus páginas alumbró dos religiones: el judaísmo y el cristianismo, esta última es seguida por el 18% de la población mundial. Pero el relato no basta, hay que narrarlo para que fluya por el cuerpo social,  como la sangre fluye por el cuerpo humano oxigenándolo y dándole la vitalidad que necesita. Hace mucho tiempo, más de cuarenta años, que el nacionalismo catalán viene capilarizando la sociedad  con un tesón digno de encomio y el relato discurre con una fluidez asombrosa.

En el Nuevo testamento catalán del que te hablaba, los nacionalistas han escrito las tribulaciones sufridas por su pueblo, en la travesía del desierto, durante los últimos cuarenta años. Ahora que su Moisés –interpretado por los Mas, Puigdemont, Junqueras y los Jordis–  está viendo la Tierra prometida desde el monte Nebo, han escrito una nueva hoja de ruta para que su pueblo arribe sano y salvo a la Arcadia feliz de la República independiente. La hoja es un modelo de resilencia con un árbol de decisiones en cuyos diagramas no me explayaré para evitarte el tedio. Su modus operandi cabe en una línea: “Tocarle los bemoles al Goliat llamado España hasta la exasperación. Cualquier mandoble de Goliat, por justo y legal que sea, les acercará un pasito más a la soñada independencia. El sueño húmedo de todo buen nacionalista es presentarse a los comicios como huésped del  Estado o, una vez celebradas las elecciones y siendo cargo electo, que se celebre el juicio y sea condenado a pena de cárcel. Su fantasía erótica recurrente es que las fuerzas del orden vuelvan a ser escracheadas y salgan huyendo de los pueblos y ciudades de Cataluña. Pero la foto más pornográfica, la que consigue destoparle los esfínteres sólo de imaginarla, sin necesidad de maniobras onanistas, es la de los carros de combate rodando con sus pesadas cadenas por la Diagonal. Quizá los haya necesitados de parafernalia imaginativa más contundente, cuya libido requiera héroes izando banderas sucias de sangre.

En la hoja de ruta está escrito que Puigdemont huiría a Bruselas, la capital de Europa, para desestabilizar el gobierno de Flamencos y Valones que tardó más de cuatrocientos días en conformarse; de paso se hace la víctima, espera sentado a que un juez decida si le extradita o no y, en el entretanto, se mete como una china en el zapato de Europa. En el árbol de decisiones se puede leer la línea de diagrama que se titula: “Si el Govern es encarcelado” y, a su derecha, las respuestas milimetradas que se irán desarrollando por la troika nacionalista (Cup, Anc y Ómnium) con la precisión de un reloj suizo. En el apartado de “Nuevas elecciones” está fijado que se presentarán por libre pero que pasados los comicios, seguirá la orgía nacionalista en un Frente Popular. La pasión hace extraños compañeros de cama, hemos visto como la derechona catalana no hacía ascos para participar en una orgía con los republicanos de izquierda y los antisistema, mientras los de  Colau se limitaban a mirar por el ojo de la cerradura. Con las nuevas elecciones tal vez decidan ensanchar la cama para hacer sitio a Podemos o, puede que terminen como el chiste, “por favor, encended la luz porque somos tres mujeres y dos hombres, llevamos apenas diez minutos, y me han sodomizado ya dos veces.” Cada paso está ramificado con sus correspondientes hojas de Sí o No, cada respuesta se bifurca de nuevo en diagramas prolijos que menudean hasta en los detalles prosaicos. Para no hacerte el cuento largo te diré que, se cuantifican al céntimo los montos de los lucros cesantes -las nóminas de los más de doscientos cargos apartados de sus funciones- y se especifica desde qué cuenta serán resarcidos.

Con ello quiero decirte que te armes de paciencia porque nos queda dieta catalana para rato. Como no hay mal que por bien no venga, los medios de comunicación, que estaban más secos financieramente que los pantanos de la península ibérica, se frotan las manos porque esta dieta que a ti y a mí nos produce úlcera de estómago, a ellos les engorda. Otro que no cabe en sí de gozo es Rajoy, el tsunami catalán ha arrastrado la corrupción de su partido, ya no se encuentra ni noticia ni su trasunto hasta más allá de la vigésima línea de playa de cualquier periódico, en letra microscópica y crónica desmayada; eso sin contar que cada vez que sube el suflé catalán, las sacas de votos de su partido en el resto de España se ponen a rebosar. La otra cara de la moneda son los propios catalanes que ya advierten cómo el paro ha asomado la patita en el mes de octubre de forma alarmante, las empresas huyen del paraíso como de la peste y, cada vez que se inflaman las calles se desinfla el globo turístico. A los demás ciudadanos españoles también nos toca la cruz porque nos están empobreciendo y, lo que es peor, estamos sacando los bajos instintos de la patria de tela que cabe en la muñeca, se exhibe en un balcón o se porta en un palo, para tapar la patria común de la solidaridad, del esfuerzo de todos, de la igualdad de oportunidades, de la libertad, de los derechos humanos y de los valores que hemos depurado juntos durante los últimos quinientos años.

A veces pienso que gran parte del problema se resume en una frase: Porque yo lo valgo, porque yo lo tengo y no me da la gana compartirlo.

Me gustaría equivocarme.

J. Carlos

 A desatascar

bandera-espana-cataluna

La condición humana es sorprendente. En junio de 2012, en Granada, los médicos del hospital Ruíz de Alda se encontraron con la disyuntiva de amputar el pene a un paciente que lo había introducido en una tubería; la intervención de los bomberos evitó la amputación; utilizaron para tal menester una sierra cilíndrica Bremer. En marzo de 2017 el suceso se repitió en el hospital Severo Ochoa de Leganés, esta vez era una gruesa arandela y los bomberos la seccionaron con una mini radial. El pasado agosto otro hombre acudió al hospital Arquitecto Marcide de El Ferrol con un anillo erótico, los cirujanos llamaron a los bomberos y éstos consiguieron cortarlo limpiamente con una sierra Dremel. Suponemos que los equipos quirúrgicos, además de un sedante, suministrarían a los pacientes un flujo continuo de agua sobre la zona afectada para evitar abrasiones. Suponemos también que, ante la reiteración de casos similares, el cuerpo de bomberos contará ya con un protocolo de actuación.

La condición humana es inescrutable como los caminos del Señor. Este verano, en Ginebra, los usuarios de los váteres del banco USB y los clientes de tres restaurantes próximos, cuando después de obrar tiraban de la cadena se encontraban con la ilusión de que cagaban billetes de quinientos. Afirman las autoridades suizas que el atasco de los inodoros arrojó una cifra de ochenta y tres mil Euros. Según la policía helvética procedían de una caja de seguridad propiedad de dos mujeres españolas, las cuales, a través de su abogado, han procedido a pagar las costas de los daños causados a los propietarios de los inmuebles. Sabemos que el dinero, como la fe, puede mover montañas, pero cuando alcanza un cierto nivel de acumulación adquiere una propiedad altamente corrosiva que delata la calaña moral de sus propietarios: Hay ricos, muy ricos, que anillan cigarros puros con vitolas de billetes grandes y se los fuman, cuando se emborrachan hacen llover billetes arrojándolos desde un balcón o desde un coche en marcha; el narco Pablo Escobar en una ocasión que no tenía con qué calentarse quemó varios millones a falta de leña. No hace falta pertenecer a la élite para practicar sexo revolcándose sobre una extensión de papel moneda a modo de sábana con la primera nómina o con la entrada del piso, y es sabido que todos los billetes en circulación tienen trazas de cocaína porque su textura resulta ideal para esnifar. Sin embargo, hasta ahora, desconocíamos esta faceta del dinero como atascador de tuberías. Digo yo que podían haberlo depositado a la puerta de un convento envuelto en sábanas de seda dentro de un cuco de niño, o haberlo arrojado al lago Léman en un cesto de mimbre como un moisés.

La condición humana es sorprendente, inescrutable y, abandonada a las emociones pierde el adjetivo de humana para convertirse en condición simiesca. El pasado domingo, uno de octubre, en Barcelona se retaron a chillidos dos grandes simios, el govern català y el gobierno español. El relato de la riña la ganó el catalán que tiene mejores guionistas y mejores actores. Ambos cagaron a gusto sobre el inodoro del pueblo. El govern català, una marioneta representada por dos mesiánicos y cuyos hilos mueven los antisistema, atascó el inodoro del pueblo con una cagalera de papeletas falsas incursas en flagrante delito de desobediencia a los jueces, sin censo, sin sindicatura electoral, con urnas opacas y una policía política digna de una dictadura. El gobierno español obró una gran cagada al poner a los tricornios a tiro de cámara repartiendo estopa. No me extraña porque lo preside un hombre cuyo sueño es sestear en el casino de Pontevedra y llevaba sin hacer de vientre siete años, desde que se comió un suflé a punto de desinflarse y que no ha hecho más que alimentar con su soberbia e indolencia. Esas fotos repetidas en todos los dispositivos, circulando por el mundo a velocidad de la luz, fue el mejor regalo a los sediciosos.

Y aquí estamos, atascados, rendidos a una profunda desolación no exenta de vergüenza, con una sociedad catalana dividida, una España a punto de quebrarse y una Europa que puede saltar en cien añicos. Ya te dije que, una vez aventados los nacionalismos se levanta el viento del odio y una de las dos Españas ha de helarte el corazón. En verdad te confieso que a mí me lo hielan las dos.

Ojalá hubiera un cuerpo de bomberos o una cuadrilla de poceros que, con una sierra Dremel o con una bomba de succión, pudieran desatascarnos.

J. Carlos

Carta abierta a un nacionalista

imagen de cerebroCaganet con estelada

Estimado congénere:

Vaya por delante que comprendo esa beatitud mística que produce la tormenta de endorfinas desencadenada en tu cerebro cuando te endilgan la idea mágica de nación. Porque es el mismo éxtasis que sentía la santa Teresa de Jesús, el mismo que sienten los enamorados o el que manifiesta mi gata Linda cuando le acaricio el lomo. La única diferencia es que la gata ronronea, la santa levitaba y tú babeas ante un discurso inflamado de patria. Si hiciéramos una resonancia magnética al cerebro de un notario en el campo de fútbol, en el preciso momento en que un delantero de su equipo mete gol, reflejaría una actividad eléctrica igual al de una adolescente ante la presencia de su ídolo musical y, muy similar al de un patriota catalán cuando pitaba al Rey, blandiendo una estelada, en la manifestación de duelo por las víctimas del atentado de las Ramblas. Te digo más, encontraríamos ese mismo sustrato químico y esas mismas pautas eléctricas en el patriota español que vitoreaba a Franco en la plaza de Oriente de Madrid el uno de octubre de 1975.

Es lo que tiene dejarse llevar por el sistema límbico reptiliano y silenciar la parte más evolucionada del cerebro humano, el neocórtex. Te invito a que silencies la amígdala y enciendas la parte superior de tu cerebro, al menos durante el tiempo que te lleve leer esta carta.

Sabrás, o deberías saber, que las naciones y las patrias no son más que un eslabón evolutivo para que la especie coopere. Sus avatares históricos, vistos con objetividad, no son más que un cúmulo de desgracias -hay quien todavía las llama hazañas y batallas heroicas- que impidieron la cooperación más amplia y la formación de entidades supranacionales. En cuanto al territorio nacional  es tan azaroso como una cadena montañosa, un río o cualquier otro accidente geográfico. ¿Me puedes decir, aparte del idioma, en qué se parece un asturiano a un manchego o un andaluz a un catalán? El pueblo nunca forjó naciones, fue sólo carne de ejército a mayor gloria de los reyes y de la nobleza, cuyo único trabajo conocido era cazar, follar y agrandar sus dominios para cobrar más diezmos y aumentar su poder y riqueza. Muchas de las naciones surgieron, precisamente, para librarse del yugo feudal y colonial, aunque luego sucumbieron a otros yugos y a otras dictaduras. Y como afirma Noah Harari, nunca un proletario inició una revolución, la mecha la encienden y la propagaban las élites burguesas o sus vástagos.

El ideal humanista siempre fue acabar con las fronteras porque suponen no sólo una traba a la cooperación, sino que conforman una suerte de caja de seguridad donde se guardan los privilegios de unos pocos. Convendrás conmigo que la Unión Europea es el mayor esfuerzo intelectual para evitar las guerras que asolaron Europa durante siglos por culpa del nacionalismo. Y ese esfuerzo objetivo y no sentimental de unir pueblos heterogéneos bajo los principios de democracia, solidaridad, igualdad y salvaguarda de los derechos humanos, no necesita una lengua propia ni una historia común ni se basa en pensamientos mágicos de pasados idílicos o heroicos, tampoco se asienta sobre un territorio conquistado a sangre y fuego, sino sobre un territorio que cruza mares, ríos y montañas porque su argamasa no son falacias ensoñadas sino valores reales que mejoran la vida de los ciudadanos.

Es halagador que te digan que tú vales mucho y que eres superior porque naciste en ese lugar en concreto. Tan halagador y tan falso como cuando tu madre te decía que eras el más alto, el más listo y el más guapo. Lo segundo normalmente se deja de creer cuando se sale de las faldas de la madre y se compara; ya sé que hay quienes persisten en esa idea estúpida y terminan atacados de un narcisismo rayano en la enfermedad mental. El narcisismo nacionalista es igual de dañino y denota un infantilismo que impide salir de las faldas de los padres de la patria; decía Bernard Shaw que “el nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste allí”. Pero que tú y tus compatriotas os consideréis superiores por la pertenecía a la misma patria, lleva implícito que los que no hemos sido paridos dentro de esas fronteras somos inferiores. Dado que científicamente no está probado que la superioridad intelectual o física tenga algo que ver con los grados de latitud o longitud del lugar de nacimiento, me temo que la defensa de la identidad por el origen es una forma explícita de xenofobia.

La misma élite que te explota y hasta te roba, te lisonjea como una madre y te encandila con arengas y soflamas en las que los otros, los extraños, los de fuera, te saquean, coartan tu libertad, se aprovechan de ti y tienen envidia de tu pasado glorioso. Esa misma élite que te soborna con pasados idílicos, ensoñaciones de arcadias felices y te muestra frustraciones y fracasos infligidos por los de fuera, sólo quieren ampliar sus privilegios e imponer su diminuto grupo social sobre el resto de grupos sociales. Pregúntate qué de común tienes tú con la oligarquía catalana, o con la burguesía encarnada en los Puyol. “Amo demasiado a mi país para ser nacionalista” escribió Camus. Dime porqué todos esos cínicos prometen sociedades abiertas en fronteras cerradas a cal y canto. ¿Por qué alardean de su movimiento democrático silenciando a más de la mitad de los ciudadanos? ¿No adviertes la disonancia congnitiva de esos prebostes amarrados a la teta pública que se enorgullecen de su movimiento pacífico acosando y derribando socialmente al disidente? ¿Crees en aquellos que ejercen de catedráticos de historia sin que demuestren el mínimo pudor en falsearla? ¿Es razonable que los elegidos democráticamente en virtud de unas leyes que prometieron acatar, y no sólo no acatan sino que las ignoran y desprecian, tengan la cobardía de seguir en sus cargos y seguir cobrando sus nóminas? Al menos los Procuradores en Cortes franquistas tuvieron la decencia de hacerse el harakiri. Cuando los veo en televisión o los oigo en la radio me acuerdo de aquellos charlatanes que llegaban al pueblo y, desde la puerta trasera de la camioneta, ametrallaban el aire con un discurso florido en el que se mezclaban las ofertas con los requiebros a las mujeres, y por veinticinco pesetas iban sumando en verso y en prosa un lote de productos con una verborrea tan rápida, que te quedaba sin respiración por simpatía. Ahora en el lote del referéndum cabe felicidad, riqueza, pasaporte catalán, pasaporte español, pertenencia a la UE, jugar en la liga española de fútbol y expropiar la Sagrada Famila para dotarla de una escuela de música y un economato comunal. ¿A ver quién da más por veinticinco pesetas?

Hay una izquierda desnortada que abraza el escorpión del nacionalismo con el eufemismo del derecho a decidir. Estoy con mi admirado Muñoz Molina cuando afirma: “Primero se hizo compatible ser de izquierdas y ser nacionalista. Después se hizo obligatorio. A continuación declararse no nacionalista se convirtió en la prueba de que uno era de derechas. Y en el gradual abaratamiento y envilecimiento de las palabras bastó sugerir educadamente alguna objeción al nacionalismo ya hegemónico para que a uno lo llamaran facha o fascista”. Los poderes económicos siempre han tratado de adelgazar al Estado para campar a sus anchas, le aplican el régimen bajo en calorías del ultraliberalismo. Se trata de aplicar la fantasía de que el mercado se regula solo, es la misma falacia de que no hay que regular el cauce de los ríos para evitar inundaciones porque la naturaleza es sabia, o no hay que medicarse porque el cuerpo se basta para acabar con los microbios y los virus que le enferman. Sin el contrapoder del Estado no habría salarios dignos, no habría sanidad y educación públicas, no había pensiones de asistencia y jubilación. Sin regulación del Estado en pocas décadas estaríamos en manos de ologipolios. Aquí ya sufrimos el oligopolio eléctrico, el financiero, el de Google, Facebook y Amazon. Una de las formas que utiliza el liberalismo para descafeinar los Estados es trocearlos porque los hace más débiles de forma que, mientras fomenta la globalización de capitales y derrumba sus fronteras, pone muros de alambre y concertinas a los trabajadores. La socialdemocracia que hace dos décadas abandonó sus valores de justicia social y se echó en brazos de un liberalismo que ha traído crisis financieras, desempleo, precarización salarial y recortes sociales, anda con la idea del nacionalismo como pollo sin cabeza, esperando a que pase el huracán catalán para pedir perdón a los nacionalistas y llenarles las alforjas para tranquilizarlos, a sabiendas de que el nacionalismo es un monstruo que nunca se sacia. Mientras, la izquierda radical confunde el culo con las témporas y al morlaco del nacionalismo con un manso corderito. Ya no leen a Marx: “El nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir al proletariado”.

Así que si tienes instalada la creencia nacionalista quizá estés abusando de tu sistema límbico y, tal vez, no estás tan evolucionado como crees. Hazte mirar tu nivel de xenofobia –todos tenemos alguna, te advierto-. Asómate a un espejo por si tu grado de narcisismo se te ha ido de las manos.  Recuerda que los afectos y los sentimientos son para las personas o las mascotas, las ideas son para razonarlas. Si aplicas la máxima de “a quién beneficia” tu fervor patrio, a lo peor concluyes que es a una élite a la que ni perteneces ni vas a pertenecer nunca. Toma el pulso de tu solidaridad humana, se empieza ahorrando en la solidaridad con el que se considera de fuera y se termina engañando al fisco propio. Y si te sientes de izquierdas y nacionalista, lee, viaja y estudia porque es una contradictio in terminis. Eso sí, te felicito porque si pretendes desgajarte de un Estado, es que vives en una comunidad opulenta, las pobres no se lo pueden permitir. Ah, y si como a los británicos después del Brexit te toca vivir peor, las reclamaciones al maestro armero.

Con afecto

J. Carlos

Relatos

Cataluña

Los procesos ideológicos, al igual que los procesos económicos, los empresariales e incluso los procesos personales son siempre deudores de un relato. Con razón escribía León Felipe que “la cuna del hombre la mecen con cuentos”. Cada empresa, cada guerra, cada marca, cada idea, cada relación humana es hija de un relato, generalmente épico. Steve Jobs, como en su día Henri Ford, no nos vendieron un producto, nos contaron un relato. Los buenos relatos, como los buenos vinos son adictivos, enganchan y crean una necesidad. Hoy circulan por el mundo mil doscientos millones de automóviles y hay más móviles que habitantes en la Tierra. Las marcas tienen un espacio de veinte segundos en la televisión para construir una narración y seducirnos, si no fuera por estos relatos la mayor parte de las marcas habrían desaparecido malbaratadas y olvidadas, por eso cada vez que adquieres un producto, al menos el diez por ciento de lo que desembolsas es el coste que pagas por la ficción que te han contado. Los relatos nos son gratis, qué te habías creído.

Cada cual, con mejor o peor fortuna construye su mejor relato personal para enamorar o su mejor relato profesional para encontrar trabajo. Pasa que nuestros cerebros están mal diseñados y no transparentan los pensamientos ni las emociones y, aunque nos delatan las palabras y los gestos, nunca sabremos con certeza qué piensa cada quien ni cuánto ni porqué se emociona, así que necesitamos la muleta de la narración para relacionarnos.

Hay dos instituciones humanas que fueron imprescindibles en la evolución que nos trajo hasta aquí porque fomentaban la cooperación de la especie, pero que hoy son rémoras que la lastran  y le impiden avanzar: La religión y el nacionalismo. Ambas son constructos primitivos que todavía se sostienen con las vigas maestras de cuentos fantásticos y pueriles. El coste de estas leyendas es prohibitivo hoy en día, pero históricamente además de tener un coste financiero enorme tenían un precio que se pagaba en cupos de sangre derramada en campos de batalla; todavía hay religiones y nacionalismos que cobran sus relatos en vidas humanas, destrucción y sufrimiento.

La fábula de la religión no sólo nos libera del miedo a la muerte, además nos dota de una esencia espiritual que nos hace únicos en el Universo. Ahí nos tienes sentados en el trono de la existencia decidiendo con nuestro cetro sobre la vida o muerte de los demás seres vivos, que han sido creados sólo para servirnos (ya sea para zamparlos, cazarlos, pescarlos, torturarlos o extinguirlos). Por encima, nos espera una vida eterna gozosa y llena de sabiduría junto a todos los seres queridos que se nos fueron y que dejaremos. Para acabar de redondear la fantasía, tendremos la suerte de librarnos de los cabronazos que en vida terrenal nos maltrataron y nos hicieron sufrir porque se cocerán ad eternum en las calderas del infierno. Con estas narraciones fantásticas cómo no iban a surgir catedrales, sinagogas, mezquitas o budas imponentes. Cómo no iban a montar en el potro de tortura a los herejes o los tibios. Cómo no iban a masacrar en el campo de batalla a los que nos abrazaban la religión verdadera. Cómo no iban a degollar a los infieles.

El relato nacionalista es más dañino aún, porque te deifica como individuo por pertenecer a un colectivo superior a cualquier otro ser humano de cualquier otro grupo, ya sea por raza, lengua, cultura, inteligencia, historia común, etc. Pero una narración no es tal si frente al protagonista, el pueblo singular y único cuyos lazos de fraternidad son indestructibles, no surgiera el villano y cruel antagonista que le sojuzga, explota y sodomiza. No puede faltar una buena porción de épica con sus batallitas, aunque se hayan perdido. Deberás salpimentarla con bailes regionales y tradiciones atávicas -es indiferente que surgieran anteayer o sean crueles o estúpidas-. Por último, habrás de dosificar unas cuantas especias como fiestas autóctonas, platos y vinos propios del lugar, deportes sobresalientes, vestidos o tocados de época. Construido el relato de nada sirve si lo metes en un cajón, tendrás que narrarlo en las escuelas, en las universidades, en los medios, en las plazas, en las calles; habrás de repetirlo hasta la saciedad como reiteran sus relatos las marcas en la televisión para que no caigan en el olvido; y eso cuesta una pasta, ya te he dicho, más o menos un diez por ciento de tus impuestos. Deberás también fomentar el uso de los objetos con los que construiste la leyenda (bailes, juegos, tradiciones, deportes…). Y, claro, crearás un distintivo para fomentar el sentido de pertenencia, para que quien lo porte se sepa especial y reconozca a sus pares: La bandera.

No te olvides que, para que prenda la mecha, no basta con contarle al lugareño que sois superiores, que tiene la fortuna de ser parte de tan selecto club, darle una bandera y todo lo demás; es conditio sine qua non que su terruño sea más rico que el terruño del que se pretende separar si no, no hay dios ni relato que lo separe. Ya sabe que tu relato es una fantasía, o te crees que es idiota.

J. Carlos