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Crónicas de una semana: Entre la ciencia y la muerte.

Tarrant

El lunes supimos que los astrónomos andan a la busca y captura del planeta nueve del sistema solar. Está tan lejos que no se deja ver, pero deducen su existencia por la extraña alineación de los objetos rocosos que están más allá de Plutón. Algún tipo de fuerza les mantiene encarcelados en la órbita solar, sin que puedan escapar, ni tampoco estamparse contra el Sol. Resumiendo, se busca un objeto doscientas veces más masivo que la Tierra y que da una vuelta alrededor del nuestra estrella cada cuarenta mil años. El que lo encuentre alcanzará la gloria.

En la Gran Bretaña, los gentelman andan con los papeles del divorcio. Se tiran los trastos a la cabeza entre sí porque, aunque  saben que una Europa fuerte dinamita sus privilegios imperiales y sus patentes de corso financieras, intuyen que fuera del matrimonio hace mucho frío. Se debaten en la duda Hamletiana, “be or no to be”. Lástima que despreciando la excelsa prosa de Shakespeare, estén cayendo en  un parlamentarismo barriobajero, bravucón y mentiroso. Después de tres días de votaciones consecutivas, martes, miércoles y jueves, aprobaron solicitar una prórroga para el Brexit. Lo que no se entiende es que los europeos se la concedan y estén tristes por el divorcio. Yo no quepo en mí de gozo, quitarse la rémora de la Pérfida Albiol es comparable al glorioso momento en que Europa se sacudió el yugo feudal. Cuando se firme, por fin, la separación, los europeos estaremos más cerca de la gloria.

Un grupo de físicos rusos, suizos y estadounidenses, hicieron público el martes que han conseguido revertir el tiempo una fracción de segundo. Afirman que  si observaras diez mil electrones cada segundo durante toda la vida del universo, serías testigo de un suceso extraordinario, un electrón retrocedería en el tiempo una diezmillonésima de segundo. Con esta idea y un ordenador cuántico han revertido el tiempo. En una primera etapa los qubit están ordenados, después inducen el caos entre ellos y, con un programa especial, vuelven de nuevo a la situación ordenada inicial. Es como si las bolas de billar americano después de ser golpeadas por la bola blanca se dispersaran caóticamente y, después, volvieran a su formación de triángulo equilátero. Da miedo porque, de seguido, te imaginas lo imposible: la flecha del tiempo huyendo para atrás y tú vomitando todo lo comido y absorbiendo todo lo expelido por salvas sean las partes. A mí que no me toquen la segunda ley de la Termodinámica.

Decía Manuel Jabois, el pasado miércoles en la radio, que a él le dan miedo los sucesos inesperados. Por ejemplo, que un zorro hambriento entre en un corral de pollos y el averío lo acribille a picotazos. Ocurrió en una escuela apícola en el noroeste de Francia. Los acontecimientos imposibles suelen preceder a situaciones desastrosas, así, cuando el mar se repliega es preludio de un tsunami. Y, claro, asustan. No hay más que leer a Manuel Rivas, que tiene acuñada una frase lapidaria: “el verdadero reflejo del miedo fue ver la playa de Riazor vacía un día de verano de 1936”, para constatar que, a veces, el caos tiene un reflujo que aparenta un falso orden, luego, se desencadena la catástrofe. Por eso, a mí que no me quiten la segunda ley de la Termodinámica.

El Génesis abunda en narraciones de una crueldad que raya en lo miserable, como cuando Dios le pidió Abraham que sacrificara a su hijo Isaac. Allá fue el patriarca hasta la tierra de Moria, cortó leña, cogió un cuchillo y se dispuso a ofrecérselo a su Dios como si fuera un cordero. Primero se rebana el cuello para que se desangre y después se asa lentamente a la lumbre de leña. Menos mal que el ángel llegó a tiempo y lo detuvo. Por esta muestra de amor, el Señor le prometió la bendición y que multiplicaría su descendencia.

María Gombau vivía en Godella con su novio Gabriel Carvajal y con sus dos hijos, Amiel de tres años y Rachel que había nacido hacía seis meses. María mató a sus hijos el jueves de madrugada. El cerebro de María, que es su Señor, les había pedido que libraran a sus niños de una secta que practicaba la pederastia. Velaban cada noche como centinelas para que la secta no depredara a sus hijos. El cerebro de María, que es su Señor, o los de ambos, porque la paranoia no se contagia pero las drogas psicotrópicas alteran la química del cerebro, les informó de que la secta se había propagado como una epidemia; todo el mundo estaba concernido, incluida la madre de María. Los niños eran queridos, estaban limpios y bien cuidados, a pesar de que la luctuosa noticia se ilustraba en los medios con una foto de un almacén medio derruido, para hacernos creer que  habían vivido en la mugre, el hambre y el desamparo. Falso. Finalmente, ante la imposibilidad de huir de la persecución de la secta, el cerebro de María, que es su Señor, le conminó a que sacrificara a sus niños para que resucitaran y se reencarnaran en ella misma. Esta vez no hubo un ángel que le gritara: ¡Detente! Por esa muestra de amor María, o María y Gabriel, serán tratados por el ángel de la ciencia médica. Lástima que llegara tan tarde.

Un supremacista blanco de extrema derecha, llamado Brenton Tarrant, de 28 años, entró el viernes, solo o acompañado, en dos mezquitas en la  ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda. Llevaba un rifle en las manos y una cámara Go Pro en la frente. Acribilló a 88 personas, 49 murieron, otras 11 están muy graves. Lo filmó en directo y lo retransmitió en Facebook. Es fácil adivinar en nombre de qué Dios y de qué ideología perpetró la masacre terrorista. Estoy expectante por leer el tuit de Donald Trump, Brenton Tarrant es uno de sus admiradores más ferviente. Me pregunto, ¿qué ángel de la Razón ilustrada los detendrá? ¿Llegará a tiempo?

        J. Carlos

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Plásticos

Zoido

La plasticidad es un lugar común, quizás el más común de todos los lugares. Estamos tan acostumbrados a mimetizarnos con las verdades reveladas, que no advertimos cuánto amoldamos las percepciones para que se adapten a nuestras creencias como se adapta el guante a la mano.

Esa maleabilidad de nuestra mente nos permite carcajearnos de los terraplanistas, que andan fletando un crucero que navegue hasta los confines de la planicie, con el fin de asomarse a su precipicio y hacerse unos selfies; pero aceptamos con toda normalidad que el profesor de física, que es sacerdote, nos enseñe la teoría M de las Supercuerdas y, a la hora siguiente, nos ponga una oblea en la boca en la creencia de que digerimos a dios nuestro señor, y que oxidaremos su cuerpo en nuestro torrente sanguíneo para generar 0,7 kilocalorías y ganarnos el cielo.

Se plastifica el tiempo, por ejemplo, una hora con la letanía de un rosario en la niñez se dilataba como un globo lleno de helio, hoy, a mi edad, una hora de plácida conversación dura lo que tarda en templarse el café una mañana de invierno. También el espacio se estira y se encoge, de forma que se gasta el mismo tiempo en atacar el pico Peñalara desde Cotos que en volar de Madrid a Dublín. Plastificamos, cómo no, las esperanzas en función de las expectativas que nos venden, así hace ocho años ser mileurista era la condena de los parias, hoy, esa misma condición, es un privilegio que se añade a la suerte de tener un trabajo, del mismo modo que la corona es un privilegio que se añade al ser concebido en un polvo real, a condición de que abandones el útero en primer lugar y tengas una apéndice en la entrepierna.

Somos tan conscientes de la ductilidad de las ideas y de la flexibilidad de los argumentos, que hemos decidido coronar al plástico como rey de nuestros materiales porque se adapta a todo, como nosotros nos adaptamos a las ideologías conspiranoicas y a la mística. De resultas, consumimos material plástico  con la misma ansiedad que consumimos rumores, noticias falsas, homeopatía o divinidades mágicas. Su indestructibilidad y nuestra avidez están produciendo una plastificación de nuestras mentes y del propio planeta. Así que este polímero planea por los aires y serpentea en la tierra hasta quedar enterrado en el seno de labradíos, parameras y desiertos; flota en las aguas dulces y saladas; se deposita en el légamo de los ríos y en el fondo de los mares. Como pasto de aves y peces se pasea en volandas de la cadena trófica hasta nuestro torrente sanguíneo y, ahí se queda bogando en miríadas microscópicas como un dios comulgado que ni te aporta calorías ni te abre las puertas del cielo, pero con la certeza de que, al menos, parte de esa basura terminará en el contendor de nuestro cerebro.

Mucho daño tienen que hacernos los microplásticos que habitan ya en nuestras azoteas, para que no nos extrañemos de que el Sr. Zoido, en su deposición como testigo ante la Sala del Supremo, balbuceara como un adolescente o como un adulto deficiente mental y nos confirmara su ineptitud, de la que ya teníamos indicios fundados, porque ni hizo nada al frente del Ministerio del Interior ni se enteró de las decisiones que tomaron sus subordinados durante el golpe de estado perpetrado en Cataluña. Lo más significativo de su paso por el Departamento, mientras la burguesía xenófoba catalana violaba la soberanía nacional, fue ordenar que pusieran un grifo de cerveza Cruzcampo en los aledaños a su despacho para hacer patria. Tampoco nos extrañó que el banquero Rato confesara también, ante otro triunvirato vestido con toga negra y puñetas blancas, que él cobraba 2,4 millones de Euros al año en Bankia sólo para hacer de correveidile del Banco de España. O que otro banquero, González (salario medio 10 millones de Euros al año), mientras escribía libros de Ética y decretaba códigos de buen gobierno y de responsabilidad social corporativa en el BBVA, tuviera contratado a precio de oro los servicios de un tal Villarejo, presunto delincuente que se ha ganado a pulso los títulos de Audífono mayor del reino y Limpia culos de la élite política y financiera.

Va a ser que los españoles tenemos  el cerebro y las vísceras atorados de microplásticos, por eso no mostramos ni un ápice de indignación.

     J. Carlos

Suicidio

In memoriam

                                                                                         A Marion, in memoriam

La cadena de la existencia está formada por una sucesión de eslabones que se van uniendo para escribir una historia, la tuya. Ocurre, a veces, que un suceso anodino se concatena casualmente con otro que resulta terrible.

Ayer tarde llamó Janine desde París, volvíamos en coche con la resaca bullanguera de una marcha por los valles del río Moros en Segovia. “¿Comment allez vous, Jannine? – pregunté a modo de saludo al ver su nombre en la pantalla. Lloraba, supuse que había muerto su madre casi centenaria. “¿Qu’est-ce qu’il se passe? -volví a preguntar con la voz chiquita ya afectada al escuchar su llanto.

Marion se suicidó. Llamó la policía de Borgoña hace cuatro horas.

El pasado jueves tratamos el tema del suicidio en la Tertulia. Propuse yo el tema a raíz de un informe que contabilizaba diez suicidios al día en España, siendo la primera causa de muerte de entre las violentas. Una epidemia silenciosa que causa el doble de víctimas mortales que los accidentes de tráfico. En Francia nos llevan la delantera en este triste récord, cada hora se suicida una persona.

Marion se casó en Mornex, un pueblo de montaña, a tiro de piedra del teleférico de la Salève, desde donde se ve Ginebra entera, a altura de águila, como un mapa en 3D. En junio hará catorce años. Vestían los dos de blanco. Dieron sus votos ante un orondo alcalde que lucía, cruzada al pecho, la banda con los colores de la República francesa. A la salida montaron en una carroza bajo una lluvia de granos de arroz y se dirigieron al Chartreuse de Pomier en Beaumont, donde nos esperaba un nuevo banquete, más espléndido aún que el de la noche anterior. Recuerdo el orgullo de Janine madre, el cariño de Marion que te achuchaba con el mismo afecto que se prodiga a las personas muy queridas, siendo que no éramos más que unos amigos, más bien recientes, de su madre. Y recuerdo que la noche anterior en el salón principal del Chartreuse, mientras cenábamos, nos pasaron unas películas con las fotos y vídeos de la niñez y adolescencia de los contrayentes. Un montaje de una calidad técnica que me llamó la atención y comenté, después, a la vuelta a España como algo extraordinario.

El pasado jueves, cada tertuliano abordó el tema del suicidio desde un punto de vista totalmente diferente, por eso el debate, casi siempre, resulta ameno, lúcido y enriquecedor. Hubo quien lo abordó desde los aspectos de los desequilibrios químicos, otros hablaron de propensiones genéticas, hubo quien nos ofreció un repaso poético sobre los suicidios de varias poetisas (desde Violeta Parra y Alejandra Pizarnik, hasta Alfonsina Storni o Sylvia Plath y otras cuantas), aún otros ofrecieron puntos de vista sobre la dureza de la sociedad actual, la soledad, la falta de vínculos sociales y los desastres emocionales. Alguien llamó la atención sobre la sombra de la culpabilidad que se cierne sobre los allegados al suicida.

Janine, me dice entre hipidos y sollozos, que se siente culpable por no haber estado más tiempo con su hija, sobre todo después de la ruptura abrupta del matrimonio por parte del marido Florent, hace unos meses. La pobre está cuidando a su madre casi centenaria en París. No podía estar a la vez en Borgoña consolando a Marion. Quedan dos niñas, ya casi en la adolescencia. Luchará por ellas, como abuela quiere tutelarlas, darles consuelo, ejercer de la madre que acaban de perder.

Meterse en la piel de Marion, cariñosa, extrovertida, loca de amor por sus hijas, es lo que todos pretendemos. Es humano. Queremos empatizar son esa desesperación que le llevó a suprimirse, a borrar los tiempos muertos por el dolor y la náusea, a borrar los únicos tiempos vivos que llenaba con el afecto y el cariño de sus niñas. Queremos racionalizar, por eso culpamos a desarreglos químicos neuronales, o a los quebrantos mentales de la depresión, al marido que la desahució de la vida en común…

¡Qué coños sabemos nadie! Los hay tan frágiles como la porcelana de Sèvres y, sin embargo, por fuera, componen gestos de consistencia granítica.

Lo cierto es que, hoy, en España, apagarán el interruptor de sus vidas diez personas. Ayer en Francia, apagó el interruptor de la suya Marion. Queda el dolor y el desamparo de los que la quisimos y, por encima, un sentimiento de culpa que corroe a los más cercanos.

Seguirán con sus vidas pero ya nunca será lo mismo, porque el eslabón del suicidio de una persona amada se ha unido a la cadena de sus historias y cambiará para siempre su narrativa.

J. Carlos

Disparate

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El Universo no disparata, sigue unas reglas fijas. Por eso podemos anticipar sus fenómenos y sabemos que el sol en estas latitudes nunca saldrá a media tarde, y que la luna jamás enfrentará con la tierra su cara oculta. La vida también sigue unos cánones pautados, nunca veremos a los gatos organizándose para cazar leones o a un ejército de abejas asaltando la colmena de sus vecinas. Sin embargo, en su proceso de adaptación al medio, la especie humana ha roto todos los cánones y ha caído en el disparate: Un individuo, con un solo dedo, puede mandar al carajo cualquier vestigio de vida en el planeta.

Con la espada atómica de Damocles suspendida sobre nuestras cabezas, ahí andamos reproduciéndonos adecuadamente para cumplir con el canon inscrito a fuego en  nuestros genes: Creced y multiplicaos. Si los botones nucleares permanecen lejos del dedo humano en sesenta años habremos duplicado la especie, aunque tú y yo no lo podamos constatar.

La historia ha sido pródiga en especímenes humanos cuyo nacimiento ha sido un disparate para la humanidad. Uno de los más sanguinarios fue un tal Adolf Hitler. Afortunadamente murió sin descendencia, pero en sus desvaríos quiso repoblar el mundo con superhombres como él. De la mano de Heinrich Himmler creó, en la Alemania Nazi de 1935, una organización llamada Lebensborn con el fin de que miembros de las SS y otros de raza aria pudieran “cubrir” a mujeres de cabello rubio, de ojos azules, sin defectos genéticos y con ciertas medidas físicas específicas.

En la época de la hipérbole, el histrionismo disparatado y la anemia intelectual tenemos unos políticos cuyo talento apenas alcanza para pasar un casting de Sálvame. Seguramente nos los merecemos. Con el desparpajo que le caracteriza, Pablo Casado ha declarado hace dos días que: “Si queremos financiar las pensiones debemos pensar en cómo tener más niños, no en abortar”. Y lo ha dicho sin complejos. Es lo que tiene la supina ignorancia, que no te caben en la cabeza ni las dudas ni los complejos. Los niños, señor mío, se tienen, normalmente, follando. Pero para tomar la decisión de traer hijos al mundo se necesita tener trabajo, un salario digno, un lugar adecuado dónde vivir, una sanidad y una educación accesibles y un horizonte despejado dónde ellos puedan formarse, trabajar y vivir en España con dignidad. Además, para qué quiere los niños, Sr. Casado, para condenarlos al paro como a los 3.300.000 españoles que no lo encuentran o, para exportarlos como mercancía al extranjero como los 2.500.000 españoles que, desde 2010, se han tenido que ir a buscar las habichuelas a otras latitudes. Por cierto, que se han ido saludables y bien formados a costa de los impuestos de los españoles y ahora pagan, con su trabajo, la pensión de los viejos en los países ricos para que éstos puedan venir a disfrutar del sol español, mientras los hijos que usted nos “manda” hacer les sirven de camareros, de enfermeros o de médicos.

Las estupideces tienen doble cara, como las monedas. Frente a los que quieren tomar el bastón de mando para obligar a parir a las mujeres como conejas y repoblar España, o castigarlas con la cárcel si sacan el fruto de su vientre antes de que madure, hay quien denuncia a sus padres por haberles traído al mundo sin consultarles. Se trata de Raphael Samuel, de 27 años, nacido en Bombay, que pertenece al movimiento “Dejad de tener bebés”. Sus razones son medioambientales y filosóficas. Y es posible que sus proclamas de que “procrear es ecológicamente insostenible y moralmente irresponsable”, prendan fácilmente como la yesca en una India superpoblada y rica, donde un niño muere de hambre cada 30 segundos.

Rapahel sabe, de sobra, que su pretensión judicial no tiene recorrido, se trata de aspaventar y disparatar para hacerse visible. Lo mismo que hace Trump y algunos de  nuestros políticos. Lo mismo que buscan los/as gritones/as de Sálvame. Lo mismo que hacen los cavernícolas en las redes. Va a ser que aquel mecanismo de defensa de cuando éramos monos que consistía en erguirse, abrir las piernas, extender los brazos y gritar, ha evolucionado en la hipérbole y el disparate en la era de las pantallas.

¿Quién dijo que la evolución progresaba adecuadamente?

J. Carlos

Bendito país

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Mientras una reata de niños de entre cinco y ocho años nos seguía por las Medinas de Marrakech y de Fes, en Marruecos, incansable, durante horas, con unas baratijas en la mano por las que pedían unos céntimos de euro, aquí, en Totalán, Málaga, trescientos hombres trabajaban día y noche para sacar a un niño muerto de un agujero al que cayó, seguramente, por accidente. Las televisiones volvieron a romper los techos de audiencia, haciendo malabarismos entre el circo y el morbo, para que los corazones de la buena gente tuvieran su ración de dolor ajeno. Y es que el dolor ajeno es un ansiolítico, aunque las neuronas espejo replican la misma desolación que sufren los allegados, el incremento de los niveles de oxitocina y endorfinas no engaña; nos sentimos tristes, sí, pero también reconfortados porque la tragedia esta vez nos pasó de largo. Te confieso que, diariamente, antes de desayunar buscábamos, desesperados, un rincón del hotel donde llegara la Wifi para leer en el móvil las tragedias del rescate del niño que, para más inri, se sucedían como malos augurios. De alguna manera Julen viajó con nosotros. La casualidad quiso que el último día de viaje, al despertar, la pantalla del móvil confirmara lo esperado. A estas edades las despedidas te enaguan los ojos porque no sabemos, o ya no podemos, contener las emociones. Aún hoy la imagen del pozo se mezcla con los recuerdos de las mezquitas y los palacios, con los arcos de herradura y las columnas rematadas con arabescos en lacerías de estuco. Aún hoy miro las fotos de fuentes con teselas verdes, blancas y azules, las de minaretes del color de arena, las de fachadas de color ocre como de arcilla cocida y otras del color de la teja, o las de ventanas pintadas con el azul profundo del índigo y siento un leve vacío en la boca del estómago, como un reflejo de la congoja que me habitaba cuando las vi por primera vez.

Ya se sabe que el medio en que vivimos es invisible, por eso los animales marinos no ven el agua ni nosotros, animales terrestres, vemos el aire. Tampoco yo vi el mar que atravesé volando, de noche, dos veces en esos días. Un mar que sepulta dos niños migrantes cada día en el agujero negro de sus aguas sin que a casi nadie le importe.

El sábado, justo una semana después los ojos me volvieron a jugar otra mala pasada. Estaba viendo la llamada ceremonia de la entrega de los Goya. El matrimonio de cómicos, Andreu Buenafuente y Silvia Abril, solventó la papeleta con tablas. Se trataba de repartir pellizcos de monja a los políticos, a todos para que no se ofendiera ninguna bancada; pero dejar vivitos y coleando a quienes practican el estupidiario nacional, no vaya a ser que se sientan ofendiditos en sus credos y odiaditos por sus ignorancias. Esperaremos al carnaval de Cádiz, que suele ser más cabal, para que levante al humor del suelo y le quite el polvo que viene arrastrando desde que lo metieron en el fango del Código Penal, especialmente con la Ley Mordaza. Por lo demás, purpurina y “brilli, brilli” para surtir durante los próximos seis meses las consultas de los dentistas y las peluquerías de las señoras. A mí lo que me pone no son los soporíferos agradecimientos de los actores, que más bien parecen estudiantes de bachillerato en una entrega de medallas, sólo les falta darles las gracias a sus mascotas por aguantarles, a sus abuelos maternos por haber parido a su santa madre y a sus zapatos por haberlos llevado hasta allí. Lo que me pone es la cara de alelados, que tratan de enmascarar con una sonrisa gélida, los nominados que no reciben El Cabezón. Y no debo ser el único porque los realizadores recuadran y congelan su imagen unos segundos para satisfacer el morbo y la mala baba del personal. En esas estaba, empalagado de azúcar hasta el coma diabético y bien surtido con la hipocresía que dilapidan los del gremio, como si la regalaran, cuando acertó a tomar el micrófono Jesús Vidal. Hubo una corriente de aire que barrió los decorados de cartón piedra y cegó las luces de fantasía. Quedó sólo la palabra. Tiene una voz vieja, de pueblo adentro. Brotó de sus labios como un manantial de ternura que regó de emoción el patio de butacas. Los actores dejaron de actuar, sus músculos se aflojaron y se quedaron con la cara de niños y los ojos turbios. Estaban emocionados. Por fin, se escuchó la verdad. Sin artificios, sin dobleces, con la inocencia de los que saben que nunca son escuchados, con la simplicidad de los que gastan la ternura y con la sabiduría de los que se entregan sin más.

Bendito país donde trescientas personas lo dejan todo, algunos se juegan la vida, para acudir al rescate de un niño de dos años, aunque sea muerto. Bendito país en el que a un actor de teatro, más bien feo, calvo, bajito, con gafas de culo de vaso y voz vieja, de pueblo adentro, le dan un minuto de televisión y rompe las hechuras del medio porque emociona hasta los psicópatas.

         J. Carlos

Resumiendo

catedral

La Ética de la sociedad humana se construye despacio como las catedrales, viendo pasar los siglos. En realidad se construye y se deconstruye. Y es que, mientras se yerguen las paredes y se apuntalan los arbotantes, a veces, se suceden derrumbes de bóvedas mal facturadas, o pequeños contratiempos debidos a sillares desencajados o pináculos que no siguen la línea de la plomada.

En el último medio siglo la catedral de la Ética ha pegado un estirón considerable, pero todavía queda mucha tarea para su remate.

Para muestra, dos botones:

Pocos admiten hoy que cosificar a un ser humano va contra la Razón y contra la Dignidad. Y que ejercer la prostitución no debería ser un derecho, como no lo es exponer tu vida jugando a la ruleta rusa para que otros apuesten o, esclavizarte trabajando gratis o, dejándote machacar las neuronas en un cuadrilátero de boxeo. Casi nadie admite, todavía, que no debería existir la libertad para que un ser humano se cosifique en una sociedad éticamente avanzada, ni por dinero, ni por amor al arte. Resulta curioso que cuando sacas el tema de la prostitución a debate, lo primero que escuchas como argumento de peso es que es la profesión más vieja del mundo. Falso, la profesión más vieja del mundo es la de asesino, hasta en la Biblia se narra que Caín mató a Abel con una quijada de burro. Yo no tengo la varita mágica para terminar con el boxeo, con la esclavitud, con la ruleta rusa o con la prostitución porque, seguramente, todos los que se creen con derecho a cosificarse son sólo víctimas y maldita la ética que se dedica a perseguir a las víctimas. Así, para atemperar la fractura ética que supone la cosificación del ser humano con la prostitución, hay países como Suiza que han optado por profesionalizar ese tipo de maltrato, donde las putas tienen su cartilla sanitaria, su plan de pensiones y pagan impuestos; otros, como Suecia, han decidido penalizar como violencia de género al que consume; pero la gran mayoría de Estados, sobre todo los católicos, prefieren la práctica del avestruz: “La prostitución no existe en la ley, a lo sumo, se considera un mero intercambio lúdico y voluntario de fluidos a cambio de dinero”. Sin duda, esta última es la peor de las soluciones, porque la ceguera institucional permite cubrir con un manto de hipocresía a las mafias de trata, a los policías, a los proxenetas y hasta algunos maridos que viven, todos ellos, a costa de explotar y reducir a sus semejantes a la condición de cachos de carne con agujeros, privándoles de la Dignidad.

Afortunadamente cada vez hay más gente que piensa que, el maltrato animal y el sufrimiento añadido para llevárnoslo al plato es un sindiós. Por eso el Tribunal Supremo de EEUU ha prohibido la comercialización del foie-grass en el Estado de California, porque para elaborar ese alimento se fuerza a comer a un ganso, o a una oca, por un embudo y durante 16 días, hasta que su hígado enferma y multiplica por siete su peso. Ya sé que el 70% del foie se produce en la civilizada Francia, también en España; sin embargo hay países, en concreto 19, que tienen prohibida su producción, desde Alemania hasta Turquía, desde Argentina hasta Israel. Sabrás también que los judíos y los musulmanes siguen a día de hoy haciendo sacrificios de animales a sus dioses. El Kosher del Talmud y el Halat de la Sharia exigen que el animal, cuya carne llevan a la boca los acólitos de estas religiones, ha de morir sufriendo, por eso tienen prohibido que se les sede antes de rebanarle el pescuezo. Los daneses, en febrero pasado, se han atrevido a poner coto a esa incuria, de seguido las asociaciones religiosas han puesto el grito en el cielo, unos lo consideran una ley antisemita y otros se sienten ofendidos porque atenta contra su religión. Lo que debería ofender es que haya personas a los que, en tierras civilizadas, se les permita ejercer ese grado de crueldad con los animales. Los daneses no están solos, se le adelantaron islandeses, polacos, noruegos y suecos. Lo que debería ofender a todo el orbe es que el maltrato animal se practique no ya para cumplir con el mandamiento de un ser mágico escrito en dos libros vetustos, ni siquiera para aplacar el hambre, sino para solaz y entretenimiento de unos cuantos desalmados cuyo grado de evolución ética es manifiestamente deficiente. Ahí tienes la caza, los toros o, las peleas de gallos que nos venden con la mojiganga de la cultura, la tradición y el interés económico. Hay tradiciones como la del maltrato animal o la ablación del clítoris que constituyen macabros aportes del ser humano a la historia de la barbarie, pero que están tan instalados socialmente que sólo la educación y el vacío social a sus practicantes conseguirá erradicarlas.

En verdad te digo que, si los ciudadanos no tuviéramos pereza mental tanto el putero, como el empresario que tiene trabajadores por la patilla, como  los asistentes a veladas de ruleta rusa, de boxeo, corridas de toros y partidas de caza, así como los que gustan de suculentos platos de foie-grass o de echarse al coleto carne sellada con una muerte cruel, deberían ser considerados maltratadores. Y con las malas personas nadie quiere cuentas.

La catedral de la Ética no se construye sólo con leyes y pancartas, se construye despacio, con paciencia, viendo pasar los siglos; también se construye extendiendo un cordón sanitario, elaborado con la actitud de cada cual, para aislar a quienes horadan sus cimientos y derriban sus sillares.

J. Carlos

Se llamaba

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Hasta ayer se llamaba Laura, como tú te llamas hoy Rocío o Marisa o Adela. Es un simple cambio del tiempo del verbo. En lo que va de año hemos tenido que cambiar el tiempo del verbo 47 veces, casi una por semana. Si lo examinas con la abstracción de la matemática observarás que hemos cambiado el tiempo verbal con la misma cadencia que vemos cada capítulo de la serie favorita. Si lo examinas a la luz de la religión caerás en la cuenta de que el número casa con las celebraciones de las misas de domingo. Lo examines como lo examines, 47 mujeres este año ya no se llaman, han pasado a “se llamaban” al mismo compás que se sucedían los lunes aciagos o los viernes venturosos o la paella familiar. Todavía faltan 13 días para igualar la estadística de 49 “se llamaban” de la cosecha del 2017.

La vida tiene un precio. En sociedades fallidas como los narco estados y en los países donde gobiernan tiranos el precio de la vida está por los suelos, y en los países en guerra sólo vale el coste de una bala.  En las sociedades avanzadas como la nuestra el precio de la vida está por las nubes, afortunadamente. Cuando hacemos códigos penales, construimos cárceles y nos permitimos cuerpos de policía, incrementamos el precio de nuestra vida. Cuando educamos a nuestros hijos en los códigos de buena conducta y constituimos tribunales para resolver nuestras diferencias se revaloriza la cotización de nuestra vida. Cuando nos costeamos una sanidad que nos alivia el dolor y nos cura sube su valor.

Sin embargo, incomprensiblemente, en nuestros países tan democráticos y tan observadores de los derechos humanos, la cotización del precio de la vida de la mujer sufre una manifiesta depreciación respecto de la del hombre. Si el precio es un consenso respecto del valor que se otorga a un bien en el mercado, y tú formas parte de ese mercado, a lo peor tú con tus actitudes y creencias estás contribuyendo a que se deprecie porque la banalización y cosificación de un ser humano es la vía más rápida para su menoscabo, fíjate en los mendigos. En la bolsa de la vida el precio de una mujer se devalúa mirando para otro lado mientras las mafias convierten a las mujeres en objetos para prostituirlas y, para producir películas porno que las retratan como a perras en celo. Se desploma al ver a un hombre acosando a una mujer y nadie le recrimina su actitud. Se devalúa votando a partidos que sólo segregan testiculina. Se hunde con programas de televisión dónde preguntan cómo visten las mujeres mientras se interesan por lo que han dicho o hecho los hombres. Se derrumba si en tu club, en tu empresa, en tu partido o en tu religión sólo mandan los hombres y te callas. Se deprecia cuando en tu casa educas a tus hijos en roles según el sexo y en tu colegio admites la separación de niños y niñas, si no te molesta que un presentador pregunte a una mujer si “perrea”, o  si te resulta indiferente que Enrique Cerezo diga que él no habla de dinero con mujeres.

Con mejor educación y un consenso ciudadano que consiga apreciar el valor de la vida de la mujer hasta alcanzar la cotización de la del hombre, no frenaremos la maldad, pero a lo mejor reducimos la cadencia del cambio del tiempo verbal al compás de los solsticios.

A los padres, familiares y amigos de Laura Luelmo mi abrazo y mi cariño. A los demás, os grito: Paremos de una maldita vez esta barbarie.

J. Carlos