Archivo de la categoría: Artículos

Se llamaba

JCB_7651

Hasta ayer se llamaba Laura, como tú te llamas hoy Rocío o Marisa o Adela. Es un simple cambio del tiempo del verbo. En lo que va de año hemos tenido que cambiar el tiempo del verbo 47 veces, casi una por semana. Si lo examinas con la abstracción de la matemática observarás que hemos cambiado el tiempo verbal con la misma cadencia que vemos cada capítulo de la serie favorita. Si lo examinas a la luz de la religión caerás en la cuenta de que el número casa con las celebraciones de las misas de domingo. Lo examines como lo examines, 47 mujeres este año ya no se llaman, han pasado a “se llamaban” al mismo compás que se sucedían los lunes aciagos o los viernes venturosos o la paella familiar. Todavía faltan 13 días para igualar la estadística de 49 “se llamaban” de la cosecha del 2017.

La vida tiene un precio. En sociedades fallidas como los narco estados y en los países donde gobiernan tiranos el precio de la vida está por los suelos, y en los países en guerra sólo vale el coste de una bala.  En las sociedades avanzadas como la nuestra el precio de la vida está por las nubes, afortunadamente. Cuando hacemos códigos penales, construimos cárceles y nos permitimos cuerpos de policía, incrementamos el precio de nuestra vida. Cuando educamos a nuestros hijos en los códigos de buena conducta y constituimos tribunales para resolver nuestras diferencias se revaloriza la cotización de nuestra vida. Cuando nos costeamos una sanidad que nos alivia el dolor y nos cura sube su valor.

Sin embargo, incomprensiblemente, en nuestros países tan democráticos y tan observadores de los derechos humanos, la cotización del precio de la vida de la mujer sufre una manifiesta depreciación respecto de la del hombre. Si el precio es un consenso respecto del valor que se otorga a un bien en el mercado, y tú formas parte de ese mercado, a lo peor tú con tus actitudes y creencias estás contribuyendo a que se deprecie porque la banalización y cosificación de un ser humano es la vía más rápida para que su menoscabo, fíjate en los mendigos. En la bolsa de la vida el precio de una mujer se devalúa mirando para otro lado mientras las mafias convierten a las mujeres en objetos para prostituirlas y, para producir películas porno que las retratan como a perras en celo. Se desploma al ver a un hombre acosando a una mujer y nadie le recrimina su actitud. Se devalúa votando a partidos que sólo segregan testiculina. Se hunde con programas de televisión dónde preguntan cómo visten las mujeres mientras se interesan por lo que han dicho o hecho los hombres. Se derrumba si en tu club, en tu empresa, en tu partido o en tu religión sólo mandan los hombres y te callas. Se deprecia cuando en tu casa educas a tus hijos en roles según el sexo y en tu colegio admites la separación de niños y niñas, si no te molesta que un presentador pregunte a una mujer si “perrea”, o  si te resulta indiferente que Enrique Cerezo diga que él no habla de dinero con mujeres.

Con mejor educación y un consenso ciudadano que consiga apreciar el valor de la vida de la mujer hasta alcanzar la cotización de la del hombre, no frenaremos la maldad, pero a lo mejor reducimos la cadencia del cambio del tiempo verbal al compás de los solsticios.

A los padres, familiares y amigos de Laura Luelmo mi abrazo y mi cariño. A los demás, os grito: Paremos de una maldita vez esta barbarie.

J. Carlos

Anuncios

Constante cosmológica

Torra-y-Puigdemont-3

Mientras el astrofísico James Farnes, de la Universidad de Oxford, formulaba un nuevo modelo matemático que explicaría de qué pasta está hecha la parte del Universo que no percibimos, el Sr. Quim Torra abogaba por poner unos cuantos muertos en su vida para avivar los rescoldos del “procés”.

Al tiempo que el científico explicaba su teoría de que el cosmos estaría permeado por un fluido oscuro de partículas con masa negativa en el que flotarían los planetas, estrellas y galaxias como palomitas de maíz navegando en un charco de agua en una noche sin luna, el “President” se retiraba al Monasterio de Montserrat para someterse a una cura de adelgazamiento exprés.

Albert Einstein se metió el Universo en el cerebro y trató de explicárnoslo con ecuaciones que tenían la métrica y la belleza de un poema. Pero los científicos son legatarios del grado de conocimiento humano alcanzado en el momento que les toca vivir, y usufructuarios de la capacidad de observación que tengan las herramientas creadas por el hombre hasta entonces; así que con los conocimientos y herramientas de 1917 el bueno de Albert tuvo que coser a su ecuación el remiendo de la Constante cosmológica para que el Universo permaneciera estático y casara con sus creencias. El Sr. Torra, en su indigencia intelectual, sólo tiene el cerebro para fanatismos por eso trató de explicarnos el “procés” con una ecuación que tenía la métrica de la paz y la belleza de las sonrisas, donde las porras que portaban los Mossos eran ramos de rosas y en los cañones de sus armas lucían claveles blancos; cuando se dio cuenta de que aquello permanecía estático como el Universo de Einstein, decidió remedar sus ecuaciones con la Constante cosmológica de cualquier revolución: los muertos. Eligió para ello la vía eslovena.

Cuando Lemaître y Hubble demostraron que el Universo no se estaba quieto, antes al contrario, huía en estampida en todas las direcciones, Einstein confesó a su amigo George Gamow que el introducir la Constante cosmológica en las ecuaciones de la Relatividad General fue el mayor disparate de su vida. Torra ha retirado la constante de los muertos de su discurso con su boca de muñeco, mientras el ventrílocuo Puigdemont, desde su destierro dorado en Waterloo, insiste en la constante eslovena porque sabe que sin muertos la rebelión se queda rígida como un cadáver y, al poco, apesta.

Casi siempre los errores se repiten. Resulta que si tomamos el Universo “visible” y le aplicamos las leyes que lo rigen, las galaxias se deshilacharían por los extremos y por gravedad terminaría colapsando. Para explicar su comportamiento real se necesita aplicar de nuevo una Constante cosmológica de valor similar a la que introdujo Einstein. El problema es que su valor es tan grande que hemos de asumir que ahí fuera hay un 96% de Universo que  nos pasa desapercibido. Es como si de una ballena sólo pudieras observar la piel y tuvieras que deducir por su comportamiento toda su estructura ósea, sus órganos y demás tejidos que la conforman. Debajo de la piel del Universo también hay una estructura corporal formada por la materia oscura, un tejido que repele las galaxias y las mantiene unidas, y una fuerza –la energía oscura- que permea e hincha el espacio como un globo. En Cataluña sólo vemos a una élite supremacista copando las instituciones y los medios de comunicación, comandada por un xenófobo que enardece y jalea a un ejército de tapados. Es la piel de la ballena. Debajo hay tejidos de funcionarios hartos de ser los únicos del Estado que no han cobrado las pagas que le requisaron por la crisis, esqueletos de familias enemistadas por el odio sembrado por los líderes del “procés”, arterias de médicos, capilares de estudiantes, tripas de bomberos, órganos de profesores, vasos linfáticos de policías… todos ellos a cara descubierta, cuya masa empieza a repeler a las galaxias indepes y que, con la energía de sus justas reivindicaciones, hinchan el espacio porque están hasta el último pelo de que, cada vez que exigen una cura para la heridas que les infligió la crisis, les den un trapo con barras y estrella para taparlas

El muñeco y su ventrílocuo quitan y ponen muertos en su vida, unos muertos que serán de otros pero que harán suyos a mayor gloria de la república catalana. Habrá réquiems y honras fúnebres y desfiles y depósito de ramos y llamas votivas y mármoles con letras doradas. El “President” y el fugado no tendrán que oler a cadaverina, ni echar una manta para tapar la indignidad de los fluidos corporales; no verán los cuajarones de sangre seca que tupe bocas y narices; no taparán los ojos que miran tan fijamente la nada; no sufrirán el desgarro de una madre o de un padre metido en el cuerpo para siempre. Ellos ponen y quitan muertos en la pizarra del “procés” porque no son sus muertos, como no era su vaca la del filete que se comió el “President” después de su dieta exprés, pero una vez muerta la metabolizó y la hizo suya, carne de su carne.

La buena noticia es que, si resultara cierta la hipótesis de James Farnes, no necesitaríamos el remiendo de la Constante cosmológica para entender el Universo, bastaría con cambiar un signo en las ecuaciones de la Relatividad General. A lo mejor en Cataluña tampoco se necesita la constante de los muertos, bastaría con que la calle cambiara de signo y no permitiera más que unos supremacistas iracundos tapasen las heridas sociales con el trampantojo de una bandera.

J. Carlos

Bajo coste

La cultura del bajo coste cala como la lluvia fina porque la sociedad se erosiona, como los suelos, por eso pierde parte de su estructura granítica y va adquiriendo una textura entre arcillosa y arenisca. Por bajo coste no me refiero al precio de unos calzoncillos en Primark, o de una barra de pan en el Chino de la esquina. Me refiero  al terremoto del bajo coste que tiene su epicentro en la educación y produce un tsunami en el conocimiento, el trabajo y las  costumbres, que son los vínculos que cohesionan la  sociedad y la hacen libre porque le permiten desarrollar un juicio crítico.

Visto el desastre en modo zoom apenas se aprecian sus consecuencias: Si un profesor asociado universitario gana menos que una cajera del Primark y ese colectivo tiene asignada el 60% del total de las clases, no pretenderás que la enseñanza sea un producto de lujo de los que se exhiben en los escaparates de las tiendas de Serrano. No pretenderás dormir en una habitación impoluta en un hotel de cuatro estrellas, sin polvo añejo ni apéndices pilosos, cuando sabes que a la “Kelly” que la hace le han pagado dos Euros por limpiarla en un santiamén. Tampoco te extrañará si la cena que te trae un ciclista sudoroso y abnegado, que esclaviza Deliveroo haciéndole creer que es un empresario de éxito, te llega fría y con una sobredosis de bacterias; es que lleva una hora varado en la calle, esperando a que la aplicación le avise de que tiene un pedido nuevo, después ha cruzado tres barrios de Madrid, jugándose el pellejo entre coches durante veinte minutos, y todo por el módico precio de cuatro Euros.

Es cuando aplicamos el gran angular que caemos en la cuenta de los estragos: El deterioro del conocimiento produce adanes porque la ignorancia es muy osada. Las redes sociales son un buen exponente de la cultura del bajo coste, si te das un breve garbeo por Twiter advertirás enseguida que la ignorancia se legitima, o se disimula, con el fanatismo cuya única consistencia se basa en el ruido, el insulto y la rabia. No busques razones o argumentos, el fanatismos es corrosivo como la cal viva y tiene la capacidad de disolverlos. Me dirás que, aunque lo de las redes es muy pedestre, es poco sintomático porque está alentado por el anonimato. Vale. Enciende la radio o la televisión o abre cualquier periódico, advertirás que sólo cabe política, fútbol y famoseo; la cultura y la ciencia están extraditadas o, en el mejor de los casos, son cenicientas para lucir sus zapatos de cristal antes de que se apague la magia; y lo que es peor, el más visto, escuchado o leído es el que más desbarre o el que más alto y durante más tiempo grite: ¡goooooooool! Ah, que tienen que vender y en los tiempos líquidos sin espectáculo no hay venta. Pues a eso voy, que la cultura del bajo coste ya permea toda la sociedad y nos aniña, sólo nos gustan los gritones, los que dicen la mayor barbaridad, como cuando éramos niños que nos gustaban los malotes. Fíjate hasta dónde llega nuestra estupidicia que abjuramos de nuestro mayor patrimonio común: el idioma español -el segundo del mundo por lengua materna y el tercero más hablado-, a favor de un idioma de piratas, simple, sin matices y sin nuestras raíces latinas; habrás observado que, desde hace unos años,  cualquier rótulo, producto o novedad que se precie ha de estar en inglés, aunque casi nadie sepa qué coño significa ni conozca las cinco o seis palabras en español que definen con mayor precisión ese objeto, cualidad o acto.

Si hay alguien que reúne las características de esta cultura del bajo coste, un sujeto en quien cristaliza el concepto y le sienta como un guante, ese es el diputado Rufián. Es el prototipo, lo tiene todo: El físico simiesco, la mirada torva, el gesto ceñudo, la voz tonante. Nos ha acostumbrado a la teatralidad de sus perfomances, al matonismo con que masculla sus frases, a la forma de abrir los brazos en abanico como un cura o un orangután. Sabemos por sus dichos y actos de su narcisismo indepe que le priva de raciocinio, de su adanismo ignorante, y del fanatismo por el que mataría o moriría con la fe de converso. Que la precariedad de sus conocimientos se deba a la circunstancia de no haberlos recibido, derive de simple pereza mental, o traiga su causa del fanatismo que obnubila, es algo que deberá preguntársele al interfecto.

J. Carlos

Inútiles

Pato elevando el vuelo JCB_6780

La vida sigue dos leyes inexorables para propagarse y mantenerse: El egoísmo y la utilidad. Las especies que practican el buen samaritanismo y no son capaces de desarrollar defensas contra los elementos u otras especies, sucumben. De la misma forma las especies, o los miembros de las mismas, que resultan inútiles por defectos estructurales, por daños sobrevenidos, o por dificultades en la adaptación al medio, desaparecen.

Hasta ahora a la élite económica de la especie humana le somos útiles porque creamos y fabricamos sus productos y servicios a cambio de un sueldo, después consumimos esos mismos bienes que pagamos con nuestro salario y la élite se queda con el diferencial -plusvalía en el lenguaje marxista-. Actualmente el sistema se ha sofisticado tanto que, nos han convertido también en un producto porque con la añagaza de la gratuidad de muchas aplicaciones se apropian de nuestros datos para transformarlos, mediante algoritmos sofisticados, en nuevas mercancías que terminamos consumiendo y pagando. Quiero ello decir que todavía le resultamos útiles por una cuádruple vía: somos su propiedad como mano de obra, sus yonquis como consumidores, nos han convertido en sus  productos y, biológicamente, ejercemos de cobayas porque guardan en big data todos nuestros parámetros médicos para analizar y usar.

La cuestión radica en si, en un horizonte de dos o tres décadas, esa casta económica demandará tu fuerza de trabajo cuando los algoritmos roboticen la mayor parte de las tareas, o si precisará de tus conocimientos siendo la única propietaria de la Inteligencia Artificial y de la red de datos que le proporcionará de inmediato la solución técnica más adecuada. De verdad crees que necesitarán tu “plusvalía” para comprar unos puerros y un filete de vaca con crema de langosta, que elaborarán en unos minutos con una impresora biológica y un puñado de células madre. Y lo que es más inquietante: ¿Resultarás útil para una casta que, a través de la biotecnología, haya modificado su ADN para prevenir las enfermedades, para vivir mucho más tiempo y para ser hiperinteligente?

Me temo que ni para esclavo servirás. Salvo que se considere un derecho inalienable la propiedad colectiva de los datos y de los conocimientos. No parece que la humanidad esté tomando ese camino.

En todo caso yo no lo veré, pero ahí lo dejo.

J. Carlos

Tuits

Tuit

Confieso que soy incapaz de seguir el hilo de un tuit o de pretender leer la cadena de comentarios que se acumulan debajo de cualquier artículo en los periódicos digitales.

El primer obstáculo es formal. No soporto las faltas de ortografía, me producen un escozor en los ojos como si los fonemas tuvieran arenilla. Cuando hay una palabra mal acentuada me da por pensar que el autor tiene una cara sin el apéndice nasal. Si lleva una b donde debería ir una v imagino que tiene una pierna que cuelga del hombro y un brazo que le sale de la ingle.

El segundo impedimento es de orden. A menudo pareciera que lanzan al azar el sujeto, el verbo y el predicado y lo colocan donde caiga, de forma que si la frase fuera una casa puedes encontrarte el baño en el hall de entrada, el dormitorio en la cocina y el salón de estar en el trastero.

El tercer inconveniente es mental. Se supone que quién se atreve a manifestar por escrito una opinión o una idea se ha informado, ha estudiado la materia, ha analizado los pros, los contras y sus derivadas. Incluso, se da por hecho que ha empatizado o, al menos, ha intentado comprender los puntos de vista de quienes expresan pareceres distintos. Y se espera que, después de concluir su razonamiento, sea capaz de exponer con humildad su criterio con argumentos sólidos. Te recuerdo que antaño la humildad era una virtud bien ponderada, hasta los abogados concluían sus informes con la fórmula siguiente: “Este es mi parecer que gustosamente someto a cualquier otro mejor fundado.”

Te reconozco que si sólo fuera por esas tres “menudencias” seguiría adelante, porque todavía recuerdo el esfuerzo titánico de aquellas personas mayores que siendo analfabetas, porque entonces la escuela no era obligatoria, eran capaces de tomar en sus dedos gordos de labriego un cabo de lápiz y escribir en papel de estraza dos frases seguidas que le podían llevar media tarde, de cuando en cuando se llevaban la mina a la boca y la mojaban para que resbalara mejor sobre el papel.

Con lo que no puedo es con el insulto, es leer la ofensa fétida como pedo de alubia y no puedo seguir. Y no, no creas que se me dispara la adrenalina porque me subleva que la falta de luces, de conocimientos y de razones se tape con vituperios. Que va. Es que me da un atracón de risa. Aunque te parezca increíble he conseguido condicionar mi cerebro como Pavlov hizo con su perro, de forma que en cuanto leo el improperio imagino a quien lo escribió saliendo de un baño público con el papel colgándole de la culera de los pantalones. Así que no puedo seguir leyendo porque para mí la lectura es una cosa muy seria.

J. Carlos

Esencia

JCB Sendero de otoño.jpg

La esencia es una construcción de la mente. Si te acercas demasiado a un cuadro verás un sin fin de pinceladas, has de alejarte para que las sucesivas trazas de óleo y pigmentos de colores encuentren un patrón en tus neuronas y te desvelen su esencia. El microscopio se inventó para encontrar la esencia de las cosas, sin caer en la cuenta de que cuanto más nos adentramos en lo minúsculo más nos alejamos de su esencia. Una mirada, una sonrisa o la secuencia de una hoja navegando en el aire cambian la química de tu cerebro, esa fragancia queda impregnada en tu recuerdo y nunca se agota. Esa es la esencia de las cosas y no la miríada de átomos que forman la pupila que te mira, los labios que sonríen o los lóbulos de la hoja que vuela.

El matemático polaco Benoît B. Mandelbrot descubrió que las formas de la naturaleza obedecen a patrones irregulares que se repiten hasta la saciedad como los pétalos de una rosa, la formación de un copo de nieve o las ramificaciones de tu sistema nervioso. En esa simetría fractal reside la belleza. Por eso la música y la poesía y la arquitectura siguen patrones de escalas como los fractales.

Quiero con ello decir que para que tu mente construya la esencia de las cosas se requiere un proceso de repetición de patrones en forma de fractales. Necesita el vehículo de la belleza.

Los sumos sacerdotes de todas las religiones, los emperadores y los reyes se han rodeado siempre de belleza para divinizarse. Pirámides, catedrales, castillos, palacios, ropajes exóticos que multiplican su envergadura, mitras, palios, coronas, pedrería para reflejar la luz y dar la sensación de que de ellos emana un halo de mágicas virtudes. Necesitan el boato para que se instale en tu mente la esencia de su poder y precisan que repitas sus mantras, jaculatorias, suras, salmos e himnos porque guardan el mismo patrón de belleza que los fractales.

Los bancos y las grandes empresas precisan también de la belleza para venderte su esencia. Edificios imponentes, mármol y moqueta, directivos rodeados de escoltas que suben en coches blindados vestidos con trajes ingleses, zapatos italianos, relojes suizos.

Steve Jobs supo verlo mejor que nadie. Hacía las presentaciones de sus productos en vaqueros, pero creó el teléfono inteligente más bello del mundo para venderte la esencia de la tecnología.

Desde el siglo de las luces para acá se han derribado muchos mitos aplicando la lupa de la ciencia. Cuando hemos sido capaces de aislar la belleza y penetrar en la esencia de las religiones y del poder hemos descubierto, con decepción, que la divinidad era un espejismo.

En sustitución de las divinidades nacieron las instituciones democráticas, pero como conocemos la naturaleza humana les dotamos de unos ciertos formalismos que simbolizan la belleza para que nuestro cerebro sepa reconstruir su esencia. Ahí tienes al poder judicial sentado dos palmos por encima del común, vestido con toga negra y puñetas caladas para que imparta justicia. Ahí tienes al poder legislativo sentado en su hemiciclo de maderas nobles coronado por la tribuna del pueblo donde los oradores esgrimen su mejor dialéctica. Ahí tienes la Institución universitaria donde los sumos sacerdotes, en los actos académicos, se pavonean con sus togas, mucetas y birretes. Hay belleza en los palacios del poder y en sus salones repujados en terciopelo. Hay belleza en los coloridos trajes talares de sus representantes, incluso en sus ternos azules y sus vestidos de Zara. Hay belleza en sus miradas y apostura cuando hablan subidos a sus tarimas o en los platós de televisión.

Claro que su belleza se desvanece si metes las cámaras en sus narices y descubres  a un juez dormido en una vista por violación múltiple, a otro juez que llama hija de puta a una mujer maltratada y al Presidente de una Sala del Supremo “secuestrando” una sentencia; o cuando adviertes que el Parlamento no es un lugar de debate, sino un escenario barroco donde se lanzan tuiterías a la cara los unos a los otros; también cuando se revela que la Universidad expende títulos como regalías a los que están ungidos con los santos óleos del poder.

Sin la belleza se deconstruye la esencia de nuestras instituciones, y corremos el riesgo de que cualquier trumpista se adueñe y se cisque en nuestra democracia. El problema no es la lente  que muestra la degradación de los sillares de los palacios o el desgaste del raso en la manga de las togas, el problema es que algunos de los que nos representan no cumplen con el canon de belleza que exige un Estado social y democrático de derecho.

J. Carlos

Vuelo

JCB_3735

La línea recta no existe, es una abstracción. La materia es circular o, al menos, redonda como el óvulo del que nacemos o la Tierra que habitamos. Quiere decirse que si vuelas desde Madrid en línea recta en cualquier dirección, cuando el morro del avión haya circunvalado la Tierra estarás de nuevo en Madrid. Sólo que Madrid ya no estará en el mismo punto del espacio interestelar porque la Tierra no se está quieta.

La historia también es circular, si analizas cualquier periodo histórico constatas que, cada tanto, se repite un baño de sangre. Pero la historia también se desplaza porque el tiempo no se está quieto y, a día de hoy, es incontestable que la historia de la especie humana constituye un triunfo sin paliativos. Cuatro botones de muestra: En cien años se ha multiplicado por cuatro la población hasta alcanzar los 7.450 millones. En ese mismo periodo la esperanza de vida se ha incrementado en veinte años. Muere más gente en el mundo a causa de la obesidad que del hambre. Los accidentes de automóvil causan más mortandad que las guerras, el hambre y el terrorismo juntos. Es tal el éxito que, en términos médicos, podemos afirmar que constituimos una pandemia que está diezmando el resto de las especies y que suponemos un riesgo cierto para la vida en el planeta. Siempre quedarán las cucarachas que, al parecer, son  inmunes a un holocausto nuclear.

Si pudiéramos construir un árbol genealógico que se ramificara desde el Australopitecos, cuatro millones de años atrás, no encontraríamos ningún ancestro que alcanzara, ni de lejos, nuestros actuales estándares de bienestar y supervivencia. Sin embargo, frente a esos datos incontestables, estamos convencidos de que la situación es mala y tiende a empeorar, sucede que nuestro cerebro sólo almacena los recuerdos de vivencias propias que se borran con la muerte y nosotros no hemos vivido guerras ni hambrunas ni hemos sufrido mayores infortunios. Los genes que heredamos en la línea sucesoria no almacenan emociones o sentimientos, sólo algoritmos para hacer frente a las adversidades y sobrevivir. Así que las proyecciones que hacemos sobre nuestro futuro se basan en nuestras vivencias, nuestros miedos, los conocimientos que hayamos podido adquirir y, sobre todo, en el relato colectivo que decidamos creer o que nos impongan. Si el relato es cooperativo, basado en el reconocimiento mutuo, la igualdad y el respeto hay progreso social, económico, científico y se destierran las guerras. Cuando el relato es de exclusión, ira, xenofobia, resentimiento y odio se produce un regreso y la guerra se coloca en la antesala de la historia. Hoy el relato ganador es el segundo.

Históricamente los relatos religiosos excluyentes diezmaron el mundo con tanta contundencia o más que las epidemias, los relatos económicos siempre han causado estragos ya sea conquistando nuevos territorios, ocupando colonias o, aplicando reglas arbitrarias en el tablero de la economía y, lamentablemente, el número de cadáveres que produjeron los relatos ideológicos del fascismo y el comunismo equivalen a todos los habitantes que hoy poblamos Alemania, Francia, España y Portugal juntos.

Aquí, en Occidente, después de la segunda guerra mundial con Europa en ruinas y con las pupilas desenfocadas ante las imágenes del horror nazi, ganó el relato de la democracia liberal. Una especie de democracia tutelada por los EEUU con ciertos rasgos compasivos donde cabía la caridad cristiana, pero no la solidaridad porque ese era un atributo de la clase obrera. La ficción de la democracia liberal se fue debilitando, no tanto por la lucha social de los sindicatos, cuanto porque supieron plantar ante las élites económicas el espantajo del comunismo que, por cierto, seguía asentando cadáveres en gulags, hambrunas y revoluciones culturales. Lo cierto es que a finales de los sesenta y hasta principio de los ochenta se impone la narración de la democracia social basada en el llamado Estado del bienestar.

La llegada al poder casi sincronizada de Tatcher y Reagan supuso una nueva reescritura de guión, basado en el más ramplón neoliberalismo, que fue calando en el imaginario colectivo, no sin traumas sociales, hasta sublimarse tras la caída del muro cuando las élites descubrieron que, detrás del espantajo del comunismo no quedaba más que el atrezo polvoriento de una tragedia colectiva.

La ficción neoliberal escrita por Hayek y Friedman alcanzó un éxito de tal calibre que llegaron a abrazarla con sumo alborozo socialdemócratas como Blair y Schroeder, también la suscribieron, en buena parte, Felipe González y Zapatero. El primero tapándose la nariz y el segundo por pura ignorancia. En descargo de Felipe es preciso matizar que España salía de un relato contado al alimón por un fascista y una caterva de prelados y de curas que profesaban un catolicismo de cruzada, cuyos fundamentos económicos fueron una autarquía onanista y, después de su colapso, un desarrollismo de pandereta a la lumbre del sol patrio.

Los factótum del neoliberalismo simplificaron todavía más su relato con ocasión de la crisis del 2008, echando la culpa de su estallido a los promotores del Estado del bienestar, pero silenciando que su causa directa fue la desregulación financiera y la desmedida codicia de sus mentores. Con esta doctrina, los llamados neocon, privatizan y encarecen los servicios comunes, dejan en cueros la sanidad pública, la educación y las pensiones; quiebran el principio de progresividad en los impuestos gravando más al rendimiento de trabajo que al de capital; la desregulación que imponen crea burbujas con la cadencia de un reloj suizo que, cuando estallan, no sólo generan un número cada vez más creciente de desempleados, sino que reducen el salario hasta el límite de condenar a la pobreza a muchos empleados; y, mientras abren de par en par las fronteras al capital, construyen concertinas para el trabajo. El relato neocon lejos de  fomentar el progreso armónico ha multiplicado la desigualdad hasta tal punto que, el 1% más rico del mundo posee tanta riqueza como el resto del planeta y, sólo 64 personas acumulan tanta fortuna como la mitad más pobre de toda la humanidad.

No parece sensato que nuestro cerebro colectivo siga apostando por una narración que dura ya más de treinta y cinco años y que nos tiene secuestrado el futuro. Pero los nuevos guionistas como Steve Bannon saben cómo excitar tu sistema límbico agitando el trampantojo del miedo: Los emigrantes te quitarán tu pan y el de tus hijos, impondrán su cultura por la fuerza, te someterán a la dictadura de sus creencias y violarán a tu mujer. O fomentando la insidia cuando afirma que la Unión Europea es una panda de burócratas que te roba (similar al Espanya ens roba de los independentistas catalanes, que es un calco del relato de Bannon). O con simplezas carentes de toda verdad: si a los ricos les va bien a ti te irá mejor, etc. Y aunque no consigan excitar tu sistema límbico, tiene su lógica pensar – tramposa pero lógica al fin y al cabo- que si todos los partidos han aplicado cuando gobiernan, con más o menos rigor, las recetas neoliberales es mejor votar a los auténticos, a los que tienen pedigrí.

Y en esas estamos, con los caudillos filofascitas como Trump, Orban, Bolsonaro, Le Pen, Salvini… gobernando ya o a punto de sentarse en las poltronas del poder. Ya les veo levantando el morro, dirigiéndose en línea recta hacia los nacionalismos forjados a finales de los años treinta del pasado siglo en un vuelo circular como la historia. La espoleta de aquella bomba de relojería que estalló entre los años 1939 y 1945 fue la crisis de 1929. La espoleta de la bomba que ahora están armando es la crisis de 2008.

Las armas las carga el diablo, las espoletas las inicia cualquier psicópata

J. Carlos