Archivo mensual: marzo 2018

Pececito

Patricia

Durante trece días me he sentido como un pez dentro de una pecera esférica, como aquellas que prohibió el alcalde de Monza, Giampietro Mosca, “porque un pez que está en una pecera tiene una visión distorsionada de la realidad”.

Durante trece días todos los medios plasmáticos han afilado sus imágenes para servirnos el drama de una familia que ha sufrido en sus carnes la maldad suprema: El asesinato de un hijo perpetrado por una persona del círculo íntimo. Un niño todavía, inocente, vivaz, alegre, generoso.

Afloran los sentimientos. Empatizas con los padres. Se te enciende la solidaridad ante el drama real que entra en tu casa como un vendaval de desolación. Te condueles de vivir lejos y no poder estar con las más de cinco mil personas que lo buscan. Al paso de los días te temes lo peor, empiezas a apostar por la muerte. Si te preguntas quién ha podido ser te contestas que las estadísticas son pájaros de mal agüero, en nueve de cada diez casos la mano que mata es de la familia.

La narración es canónica porque es la crónica de una muerte brutal en tres actos: Desaparición, búsqueda y desenlace con misterio resuelto y asesina confesa. Pero en trece días sobran escenas rutinarias repetidas hasta la saciedad en las que el relato se estanca sin novedades y hay que entretener al personal. Ahí entran los objetivos de las cámaras como garras sobre sus presas y los micrófonos carroñeros que arrancan el morbo a picotazos para arrojarlo a la masa. En los estudios centrales los tertulianos habituales y otros sobrevenidos lamen los huesos de los bulos y de las elucubraciones macabras hasta dejarlos mondos y lirondos. Hasta en Sálvame dejan de carroñear a los famosetes y de carroñearse entre sí para apuntarse también al buitreo. Todo sea por la audiencia que ha triturado records históricos.

El periodismo volvió a colapsar sobre sí mismo, se convirtió en un objeto masivo, un agujero negro donde quedó atrapada la sobriedad, la contención y hasta el decoro.

La pecera plasmática en que he vivido estos trece días distorsionó tanto la realidad que he visto al populacho intentar linchar a la asesina, vomitar su rabia y su venganza delante del cuartel de la guardia civil con insultos que no venían del estómago sino de las tripas. Supongo que quien participa en estas ordalías lo hace también como una forma de apuntalar su supuesta bondad frente a la maldad de la asesina, de reafirmar su pertenencia a la especie humana contra la bestia. Tal vez expíe sus culpas y expulse sus demonios en estas ceremonias medievales. He visto a Rafael Hernando utilizar la capilla ardiente de Gabriel para rascar un puñado de votos en su feudo.  Y he visto a sus señorías subir al estrado y, ante el atril del hemiciclo, comportarse como alimañas que luchan con las alas desplegadas por su trozo de carroña. A esas horas el cadáver del niño todavía seguía en una cámara frigorífica.

Afortunadamente, el mismo cerebro que es capaz de rellenar el punto ciego donde conecta el nervio óptico con la retina, modelar una imagen tridimensional aunque los datos que recibe sean de dos dimensiones y hasta de darle la vuelta a la imagen para percibir el suelo debajo y no el techo, pudo  eliminar también las distorsiones de la pecera plasmática. Por eso pude ver a los guardias civiles que, con lágrimas rodando sobre sus mejillas, acababan de descubrir el cadáver de Gabriel, defendían con sus cuerpos a la asesina en cumplimiento de su deber. Pude ver miles de rostros compungidos y silenciosos, centenares de manos componiendo altares al pececito, miradas rotas. Pude ver la bondad, infinita, en el rostro de Patricia Ramírez, la madre, que nos dio una lección de coraje y de humanidad: “Gabriel está ya en algún lugar con sus peces. La bruja mala del cuento ya no existe. Pido que no se extienda la rabia, que no se hable de esta mujer más”.

Que no se extienda la rabia. La frase es grande y se infla como el universo cuando la pronuncia la madre a la que acaban de robarle la vida de su único hijo y tres cuartas partes de la vida propia.

Qué suerte tuviste Gabriel de tener una madre como Patricia. Descansa en paz Pececito.

J. Carlos

Anuncios

Tomando un café

JCB_0423

La lluvia tiene la virtud de amansar el ruido del tráfico y barrer, hasta las alcantarillas, el hollín que flota en el aire. El mundo vegetal está risueño, recién lavado y recién bebido, preparando sus capullos para que estallen en primavera o exhibiendo ya las flores blancas y rosas de los almendros. La ciudad se ve desenfocada a través del tamiz de los hilos de agua, se le han mitigado los colores y los contrastes se han diluido por falta de sombras, es como si su estampa se hubiera editado con un programa fotográfico para modificarle el ajuste de blancos y la temperatura de color. Las calles brillan pulidas por el efecto de la lámina húmeda sobre el asfalto que refleja la grisura de las nubes.

Estoy sentado en un rincón de la cafetería, al lado de un ventanal cuajado de gotas que resbalan su liquidez con parsimonia, hay una taza de café humeante en el velador de mármol blanco veteado de grises con patas de forja. Al otro lado de la cristalera pasa una procesión de paraguas con colores desleídos.  Los transeúntes emboscan su mirada bajo las varillas y las telas para no tropezar con ojos ajenos; ladean los paraguas, los empinan o los bajan para evitarse, a veces, se chocan. Es curioso ver a la gente descabezada, sólo troncos que se mueven sobre unas extremidades que llevan las perneras del pantalón y los zapatos empapados; parecen personajes de una película fantástica que se encarnan en setas andantes. En la película Blade Runner siempre llovía, nos quedamos sin saber si Deckard era o no un replicante;  cierro los párpados y también me quedo sin saber si el mundo desaparece cuando dejo de mirarlo, ya sabes que los teóricos de la física cuántica afirman que la realidad sólo existe cuando la miramos.

Dentro, la humedad se condensa formando un sutil velo de vapor que amortigua el ruido estridente de la cafetera y el de los platillos, tazas y cucharillas cuando la camarera los alinea sobre el mármol de la barra, también atempera el sonido de las conversaciones. Alterno la vista de la calle con la del paragüero de latón situado a la entrada, mi paraguas es de marca y temo que algún alma ladina se equivoque de empuñadura y aproveche para librarse de su compra apresurada en el chino. No sería la primera vez. Afortunadamente, el aroma del café se impone sobre las ráfagas de aire que serpentean entre las mesas cada vez que los parroquianos entran o salen. Doy un sorbo a mi taza, el café resulta dulce al paladar con un regusto a nuez tostada con matices de vainilla. Hace días que las nubes tienen, como este velador, el color de las lápidas antiguas y,  a los que estamos acostumbrados a que el sol saque los colores vivos de las cosas casi a diario, se nos queda el ánimo como alelado y se nos encogen las entrañas. Me da por pensar en los cementerios construidos en los bajíos y sus tumbas anegadas con los pobres muertos dentro, flotando. Para espantar estos pensamientos pongo mis pupilas en línea con unos ojos castaños, grandes y limpios que acaban de entrar. Ni me mira. Advierto un rictus de incomodidad cuando aprieta sus labios y acelera su paso. Son micromachismos que se han quedado enquistados, al igual que tienes enquistada la sensación de inercia cuando entras o sales de una escalera mecánica en reposo. Debería aprender de las mujeres a no retener la mirada más allá de la mitad de lo que dura medio suspiro corto. La propia no cuenta, claro, a ella le puedo decir aquello que le escribió Julio Cortázar a su mujer, Carol Dunlop: “Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”. Por hacer algo mientras tomo el café, saco la cámara de su bolsa, la enciendo sólo para ver las fotos que he tirado y empezar el descarte, varias cabezas se yerguen y me dirigen miradas hoscas. ¿Quién les explica que está puesta la tapa negra en el objetivo y no los voy a retratar sin permiso? Opto por enfundar la máquina. Dos mesas más allá un señor de mediana edad se entera por teléfono de que su seguro no va a pagarle los desperfectos de la humedad que le ha causado el del tercero; al mismo tiempo nos enteramos todos los demás.

En una pantalla colgada en la pared como un cuadro costumbrista, aparecen riadas de mujeres que se manifestaron ayer en avenidas y plazas de toda España. Superpuestos se suceden bustos de políticos pillados en contradicciones que, vista la avalancha humana, terminaron luciendo lazos morados en las solapas y congratulándose del éxito de la convocatoria. Recordé aquella certera frase de Felipe González: “También se puede morir de éxito”. Lo siento por mis coterráneas, pero el poder cuando te abraza se comporta como un oso y más pronto que tarde te clavará las garras. De sobra sabe que estáis en la cresta de la ola coronadas por jirones de espuma, pero también conoce que las olas terminan cayendo y nunca se sabe cuándo llegará otra con semejante tamaño y envergadura. Aprovechadla antes de que se diluya en la superficie mansa del mar de los días. De súbito, el rostro del Gobernador del Banco de España acapara las sesenta y cinco pulgadas, por debajo, en unas letras que giran igual que las cotizaciones de Bolsa, leo sus declaraciones: “Muchos jubilados tienen vivienda y se ahorran el alquiler por lo que su pensión neta se incrementa”. Que es tanto como decir que, tener calzoncillos incrementa la pensión neta porque no se manchan los pantalones, y éstos aguantan menos lavadas y son mucho más caros de reponer. Les suele ocurrir a los necios, sacan el argumento del contexto y, cómo se queda aislado,  lo torean con el capote de la hipocresía. Las casas, Sr. Linde, las compraron nuestros padres con sudor y lágrimas engordando la cuenta de resultados de los bancos con los intereses, gastos y comisiones de las hipotecas, esos mismos bancos que usted pastorea por el módico salario de casi doscientos mil euros al año.

Doy un último sorbo de café, ahora me ha parecido notar un cierto punto de amargor en el paladar. Pago, me pongo el chaquetón, coloco la bolsa de la cámara en bandolera, recojo el paraguas y salgo a la lluvia. Aseguraría que la chica de ojos castaños, grandes y limpios me siguió con el rabillo del ojo. Los hombres tenemos la vista periférica muy menguada y,  no me atreví a mirarla directamente, así que no puedo jurarlo. Tampoco sabría decirte si tenía el ceño fruncido o raso.

J. Carlos

Víctimas

Foto de globos

Al inflar un globo el volumen de gas se incrementa al cubo, mientras la superficie lo hace al cuadrado. Esta ley física, que enunció Galileo en 1638, explica que el metabolismo del ratón sea más activo que el del elefante, ya que el animalito tiene, en proporción a su volumen, una superficie muy superior a la del elefante por lo que pierde mucho más calor. José Santolalla en su canal de Youtube, “Date un voltio”, resume este principio con un consejo: “Si vas al supermercado compra patatas grandes porque pelarás al cuadrado pero comerás al cubo”.

Antes de ahora ya te tengo escrito que abrigo la creencia de que gran parte de los principios de la física son aplicables a las relaciones humanas, especialmente a las políticas. Ahí tienes al PP que no creía en la ley de la gravedad, pensaba que el objeto masivo de la corrupción no iba a curvar el espacio-tiempo político y ya ves, está deslizándose cuesta abajo en las encuestas con la esperanza de quedar “enganchado” a la órbita de Cs, aunque sea en forma de satélite. Como te digo, hay movimientos sociológicos que producen fluctuaciones cuánticas, así sucedió en mayo del 68 en París o, sin ir más lejos, aquí en España donde seguimos registrando las ondas gravitacionales que produjo el estallido de la guerra civil hace casi ochenta y dos años; sólo así se explica que el dictador yazga en un mausoleo más alto y más ancho que la pirámide de Keops y tenga todas las mañanas flores frescas sobre su tumba.

A lo que íbamos, esa vieja ley física del cuadrado cubo se experimenta en aquellas sociedades con democracias endebles, donde brilla por su ausencia una educación cívica que enseñe a sus ciudadanos a serlo y, se formula como sigue: Mientras los derechos se incrementan al cubo, las responsabilidades lo hacen al cuadrado. Fíjate en España, seguramente el país con más papeleras del mundo resulta ser uno de los más sucios. Dentro de nuestra geografía, los vividores y ladrones viven muy bien del famoseo dando el do de pecho en la tele y en las revistas del papel cuché. Para que los españoles cumplamos la norma tienen que ponernos delante un radar o una cámara y detrás un policía o un juez, ah, y si nos pillan siempre tenemos una excusa razonable. Recuerdo a los padres de una adolescente que había muerto por un coma etílico que pretendían querellarse contra el ayuntamiento por permitir el botellón, pero no se planteaban por qué en dos ocasiones anteriores la policía municipal le había llevado, de madrugada, a su hija en estado comatoso por ingesta de alcohol. Nos quejamos ad nauseam de los gobernantes pero les seguimos votando, debe ser por eso que le damos la llave del BOE y le confiamos la administración de la riqueza nacional, cifrada en un billón de euros al año, a políticos que gestionan unas decenas de millones de un partido de los que ignoran su procedencia delincuencial, desconocen el tráfico de sobres y olvidan hasta el nombre de sus compañeros de gestión cuando les pillan con las manos en la masa. Aquí lo público se rompe, se destruye, se ensucia y, llegado el caso, se roba siguiendo la doctrina de la que fue Ministra del Cultura, Carmen Calvo, que afirmó aquello de que “el dinero público no es de nadie.

Como ciudadanos parece que estamos todavía en la preadolescencia, lo queremos todo y todo ya y si nos niegan algo nos apuntamos a la lista del martirologio. Se nos da genial. Ahí tienes a todos los implicados y procesados por corrupción, mala gestión u otros pecadillos financieros que no sólo niegan sistemáticamente la evidencia es que, además, se consideran víctimas propiciatorias, cuando no mártires. O el caso de los indepes catalanes, subvierten el orden constitucional y el estatutario, dan un golpe de estado incruento, amordazando a la oposición –que suma más votos que ellos-, financian sus presuntos delitos con dineros del contribuyente esquilmando hospitales, dependencias, colegios públicos… y, cuando les aplican la ley, en vez de de ser considerados como victimarios de la democracia, son elevados por sus acólitos a los altares como mártires.

Volviendo al ejemplo de la patata, la carne del tubérculo sería el volumen de derechos que crece al cubo, mientras la piel que, a estos efectos, vendría a representar las responsabilidades, sólo crece al cuadrado. Y es que, como ciudadanos, nos la pela.

J. Carlos