Archivo mensual: abril 2021

La ley del péndulo

             Quien impera impone su relato. De EEUU nos llegan relatos toscos como el de Trump y relatos un poco más elaborados como el de la cultura de la cancelación. Todos ellos terminan permeando en las colonias en sucesivas oleadas. Quiero decir que aunque allí el relato se quede obsoleto porque el cacareo trumpista está demodé, aquí sigue en la lista de los más vendidos en el día del libro. Ahí tienes a un partido que llama niños a los fetos españoles y violadores a los niños negros que llegaron en pateras. A los relatos toscos se le ven pronto las costuras y terminan naufragando en su rancia gramática. Los más elaborados perduran en el tiempo aunque la física del movimiento armónico del péndulo los elevará hacia su punto máximo, después bajará para alcanzar el momento de equilibrio y seguirá, inexorable, hacia el extremo opuesto en que otro relato antitético se impondrá. Entre tesis y antítesis van sintetizando los valores y progresa la sociedad. El momento incómodo es cuando el péndulo está en su punto más álgido porque el odio puede desencadenar la guerra. A veces ni somos conscientes del peligro que nos acecha: cuando cayeron las bombas nucleares americanas en Palomares, ignorábamos que varios bombarderos B52 surcaban el globo terráqueo 24 horas al día, cargados con armamento nuclear, para responder a Rusia si era atacado suelo americano. La operación se llamaba Destrucción Mutua Asegurada. El título es un cuento mucho más escueto que el del dinosaurio de Monterroso y, desde luego, mucho más terrorífico.

            La cancelación consiste en una suerte de justicia colectiva para colgarle el sambenito a una persona o institución y aislarla social, económica y financieramente sin juicio contradictorio, sin derecho a la defensa y, las más de las veces, sin pruebas. Nos parece nuevo pero ya lo escribió Esquilo en Los persas, Cervantes en Numancia y Lope de Vega en Fuenteovejuna. Y lo sufrió, como nos ilustra Nieves Concostrina, Isidoro Gutiérrez, gobernador civil de Burgos, que fue linchado en la catedral de esa ciudad por una turbamulta alentada por el arzobispo y el clero, cuando se disponía a hacer inventario de los bienes en cumplimiento de un decreto del Ministerio de Fomento para la incautación de objetos de ciencia, arte o literatura. Muchas veces me pregunto sobre mi reacción si hubiera estado entre la multitud que asesinó y desorejó al gobernador, o cómo me habría comportado con mis vecinos judíos en la Alemania nazi o, si hubiera tenido las agallas de Julián Fuster Ribó, cirujano español y comunista que fue prisionero torturado en el Gulag ruso, vivió la rebelión y matanza del campo de Kergin y sobrevivió con su ética y bonhomía intactas, tal como nos lo narra Luiza Iordache Cârstea en Cartas desde el Gulag. Me contesto lo de siempre: ojalá que el destino no me ponga en esa tesitura porque no soy un héroe. Seguramente me dejaría arrastrar por el instinto gregario y acallaría la conciencia, que es tan dúctil como la plastilina, con todo tipo de justificaciones éticas y morales. La conciencia como el papel lo aguanta todo.

            Te confieso que me da miedo este puritanismo de los conversos. Los mismos que masacraron a los indios y esclavizaron a los negros ahora pretenden censurar, cuando no cercenar, libros, películas y otras obras de arte por lo que exponen o porque entienden que quienes la crearon no cumplen con las exigencias de su elevada moral actual. Leeré a Celine, veré las películas de Woody Allen, buscaré la biografía de Philip Roth aunque su biógrafo Blake Baylei haya sido acusado –que no condenado- por varias mujeres y sus editores hayan retirado su obra de las librerías… Para colmo de este fanatismo inquisitorial que nos retrotrae al Medievo, resulta que a los traductores al neerlandés y al catalán de la poeta Amanda Gorman los han vetado porque “para captar los matices de sus versos hay que ser negra”. Son tan estúpidos que están excluyendo a todos los lectores blancos porque tampoco captaríamos esos matices.  

             Como digo, todos los relatos del imperio nos llegan más pronto que tarde en sucesivas oleadas. Ya nos ha llegado la cultura de la cancelación a la política: al adversario se le cosifica llamándole rata o se le imputan delitos acusándole de criminal, los pobres de las colas del hambre son mantenidos, los niños llegados solos en pateras son violadores, las víctimas de amenazas de muerte se las inventan como estrategia publicitaria, los reos de sedición son presos políticos, a los rebeldes de la justicia se les otorga el mismo rango de exiliados que ostenta Machado… Cuánto tardarán, me pregunto, en cancelarnos a los jubilados otorgándonos la categoría de mantenidos.

             Las redes sociales son hoy los púlpitos donde antaño azuzaban los arzobispos a la turbamulta. También están avezados en esta vieja cultura del linchamiento los medios de comunicación, un buen ejemplo lo tienes en Tele 5. Durante veinte años canceló a Rocío Carrasco por mala madre y ahora, en un giro de guión, la santifica y la sube a los altares como mártir de malos tratos. Para cuadrar el drama ha cancelado a un tal Antonio David Flores, ex guardia civil condenado por malversación y ex marido de Rocío, a quien los directivos de la cadena le dieron de comer durante veinte años con tal de que maltratara de palabra en los platós a la hoy santificada. Y como la banca, siempre gana, da igual que el activo se llame Rocío o David o Isabel. Bien sabe Vasile que la audiencia seguirá las ordalías que ejecuten Jorge Javier Vázquez o Ana Rosa Quintana y, que la turbamulta escupirá indignada a quien le cuelguen el sambenito.

             No me da miedo el hombre ni el escorpión, lo que me da miedo es la naturaleza de ambos animales. Si un hombre, un grupo político, religioso, mediático, financiero consigue un poder superior lo utilizará en contra de los demás, está en su naturaleza como está en la del escorpión picarte. Por eso me fío más de las instituciones que surgieron cuando comprendimos que era más eficaz aplacar nuestra naturaleza depredadora y cooperar entre nosotros. Lo difícil es diseñar una arquitectura institucional con un sistema de contrapoderes que distribuya adecuadamente sus pesos. Entretanto confiemos en la física: cuando la cháchara estúpida y los linchamientos amainen en los medios y en las redes, por la ley del péndulo, tendrán más cabida la ciencia, la universidad y el arte. O eso espero.

J. Carlos

Preguntas

       

Son las ocho, vuelvo a casa,

vengo de coser la rutina diaria.

El cielo me mira con un ojo de luna llena.

¿Qué descubrirá cuando me vea?

¿Descubrirá la rueca del hastío

que me llevé por la mañana

para tejer las horas?

¿Descubrirá el encaje de bolillos

con que tapo mis miserias

para que no lo parezcan?

¿Descubrirá el hilo de seda

que me traigo cada noche

para ensartar los sueños?

¿Descubrirá la aguja de ganchillo

que llevo siempre conmigo

para bordar estos versos?

Descubrirá que por la noche no duermo,

he de zurcir los jirones del alma

para poder vestirla mañana.

J. Carlos

Transiciones

            La transición de cada día del mundo onírico al mundo real es traumática. Me refiero a ese instante en que te arranca la conciencia de ser tú mismo y te da pánico ser y te cansa la pesada carga de la supervivencia. La mente despierta con nubarrones como telarañas cuajados de miedos, pesares, quehaceres y problemas. Cada cual los disipa como puede: meditación, ducha urgente con agua helada, café cargado para espabilar la adrenalina, un par de jaculatorias, la ternura de un beso, una tabla de gimnasia… Recuerdo de muy niño que mi madre, harta de que hiciera caso omiso a sus requerimientos para levantarme de la cama, abría los ventanillos de madera para que entrara el sol, después me arrebataba la ropa de la cama y, por fin, abría las dos hojas de la ventana a la gélida intemperie. Un día, cansado de aferrarme con ambos puños al filo de la sábana y perder siempre la batalla, le pregunté: madre, ¿cuándo se acaban los días? Coincidió que pasaba por la calle el señor José Manuel que escuchó mi pregunta, la propaló en las herrerías del pueblo como si fuese una falta o un delito y pasé la niñez escuchando con retintín, casi como un mote, aquella frasecita.  Desde entonces cuando los párpados vencen la pesantez y se abren, me tiro de la cama como un resorte.

Te confieso que nunca he entendido por qué nos apagamos cada noche con esa mansedumbre de lo inevitable. Dicen los neurólogos que el cerebro necesita restaurarse como si la conciencia fuera un veneno que lo desajusta o un amante fogoso que lo deja hecho unos zorros. Pienso que la naturaleza nos preserva y cada noche nos divorcia de nosotros mismos para aliviarnos la carga. Volviendo a la transición, a ese momento raro en que te enciendes y recuerdas, vagamente, escenas fantasmagóricas que tú has protagonizado en sueños donde no se cumplen las leyes de la física y los sentidos están faltos de viveza como en una película difuminada por una tenue neblina. Las más de las veces son pesadillas que reavivan tus miedos: asignaturas que nos has aprobado, exámenes sorpresas que no estudiaste, trabajo que no sabes cómo abordar o del que te van a despedir, mujeres que te dejaron y te vuelven a dejar, caídas a pozos, depredadores que te persiguen y no puedes huir porque tienes los músculos paralizados, pérdidas lejanas que no han envejecido, también pérdidas recientes. Te confieso que, a veces, volver al mundo real y abrir los párpados es una bendición; los sueños pueden ser muy crueles porque gustan de ensañarse, con alevosía y nocturnidad, con tus miedos propios y los heredados por la especie.

Cada día, para reiniciarme, subo a El Retiro y, en abril, contemplo desde la plaza del Ángel Caído las dos hileras de castaños de Indias que flanquean el paseo hasta la fuente de la Alcachofa, en la linde con el estanque grande. El paseo se comba como una catenaria y cuando despunta el sol de soslayo, su luz tenue recién nacida atraviesa la celosía de las hojas y enciende los conos de flores blancas que nacen erectos de sus ramas como farolillos de fiesta.  Hay días que no hay ni un alma, sólo un rumor lejano de ciudad que despierta y, si sopla un poco el viento y el sol está naciendo, los racimos de flores titilan con una fluorescencia como de lava incandescente. Entonces piensas que, si se te hubieran acabado los días, te hubieras perdido este carrusel de belleza que te produce un escalofrío de placer y te borra de un plumazo las  pesadillas y las preocupaciones. Y así, reiniciado, sigo el paseo pisando charcos de luz, viendo mi sombra que se alarga hacia el oeste remontando setos, surcando hierba, recortándose en los troncos de los plátanos. A la orilla del estanque, viendo mi reflejo temblar en el agua, le pido a los hados que no se me acaben los días, que haya un mañana y otro abril y otros años, aunque sólo sea para volver a ver titilar las panículas de flores de los castaños a la luz de la amanecida.

J. Carlos

Sensaciones

No me quedan recuerdos de mis tres primeros años de vida, así que ignoro si en mi cerebro nacían pensamientos. De aquella etapa sólo me quedan sensaciones vagas, como la de que mis padres tendían el mundo para mí cada mañana y por la noche lo recogían y lo guardaban en algún armario secreto. No sabía con qué magia aparecían las sábanas tibias y la ventana y el cacho de sol que encendía las baldosas azules y todo lo demás, pero allí estaban cuando abría los ojos cada mañana. Admiraba a mis padres porque debía ser muy trabajoso extender todo aquello solo para mí y tener dispuesta la cocina cuando entrábamos en ella, el corral con las gallinas, las calles llenas de casas apretujadas, o los campos verdes que se extendían más allá de donde me alcanzaba la vista. A veces, giraba la cabeza de improviso por ver si les pillaba quitando el decorado a mi espalda. Nunca fui demasiado rápido. Que en todo aquel atrezo hubiese gente no me parecía tan mágico, eran marionetas, lo constaté una noche que me puse muy enfermo, abrí los ojos y descubrí que, mientras dormía, guardaban en mi habitación las marionetas de los abuelos, los tíos y también la del médico.

J. Carlos