Archivo mensual: noviembre 2017

Días trapecio

Lluvia

Hay días redondos como círculos y días que te salen con aristas y esquinas como trapecios. Trabajo en un banco de asesor de empresas y odio enseñar a los viejecitos cómo sacar el dinero de los cajeros.

No había oído el despertador. La fiesta se había alargado hasta las dos de la madrugada. Me dolía la cabeza y llegaba tarde al trabajo. En la parada del 56 el reloj electrónico marcaba las ocho y un minuto. Caía una lluvia delgada que dibujaba regueros en los vidrios de la marquesina. Éramos cuatro: Una monja con cofia blanca y hábito azul una cuarta por encima del empeine. Creo que corregía exámenes sobre una tablilla de madera. De la misma mano colgaba el paraguas, en la otra tenía un rotulador rojo. Un joven con rastas adornadas con la diadema de los cascos, se movía al ritmo machacón del “Despacito” de Fonsi. La música desbordaba los auriculares y se oía desde la acera de enfrente. Llevaba una mochila a la espalda y un monopatín apoyado en la cadera. El último en llegar fue un señor embutido en una capa impermeable gris. Iba sentado en una silla de ruedas con motor eléctrico, la conducía con el mentón porque tenía el cuerpo y los miembros paralizados. Pasó un taxi veloz, con la luz verde encendida. Se acercó demasiado al bordillo de la acera, las ruedas salpicaron una ráfaga de agua parda que voló hasta las perneras de los pantalones y escurrió en nuestros zapatos. Me acordé de niño que, las mujeres después de fregar la casa lanzaban el agua negra del cubo sobre la calle polvorienta. Me gustaba ver cómo caía formando una pequeña catarata prendida en el aire con una corona de espuma de jabón.

La monja no sé cómo vio venir el zarpazo del agua porque parecía abstraída con los exámenes, el caso es que se retiró a tiempo. Al inválido le puso pingando el impermeable y los zapatos. La monja hizo pinza con el brazo y el costado para sujetar la tablilla con los exámenes y el paraguas, sacó un pañuelo blanco y se acuclilló frente al inválido. El joven ya se había montado sobre el monopatín y corría tras el taxi. Cuando lo alcanzó se agarró al techo del coche y, durante unos metros, se hartó de dar puñetazos en el capó y de llamarle hijo de la gran puta. El conductor aceleró. El muchacho de unos quince años, con vaqueros negros rasgados en las rodillas, tuvo que desasirse y volvió patinando a la parada.

Cuando llegó el autobús la monja ya había aseado el impermeable y los zapatos del inválido y éste le daba las gracias. Hizo un rebujo con el pañuelo sucio y se lo guardó en el bolsillo, después acarició el mentón del inválido con la misma mano. No sé si éste llegó a besarle el dorso de la mano en agradecimiento porque la monja la retiró enseguida. Era rápida la condenada. El muchacho llegó a tiempo porque la rampa para que el inválido ascendiera con su silla se demoró en bajar casi un minuto.

-Le abollé la chapa del coche al muy cabrón y le rayé la puerta con este anillo -nos dijo mostrando en la mano derecha un sello gris plata con su iniciales, J M-.

Luego se tapó la boca como arrepintiéndose y pidió perdón a la monja por la palabrota. Ésta sonrió y le dijo que no debía tomarse la justicia por su mano. Ambos subieron por la puerta delantera. Yo subí por la trasera acompañando al inválido y su silla elevada por la rampa. Una vez arriba, la sujeté a los arneses y levanté la mano para que el conductor arrancara.

Un viajero de mediana edad, trajeado en gris, que se sentaba en uno de los asientos reservados para personas con problemas de movilidad, se quejó hablando por el móvil de que llegaría tarde porque las rampas suben y bajan muy despacio.

-Yo no niego el derecho a nadie –decía al micrófono del teléfono-. Que pongan autobuses especiales para lisiados y para perros y para gatos pero que no nos jodan a los demás.

Nadie movió los ojos ni de las ventanas empañadas por el vaho, ni de la pantalla de sus móviles, ni del suelo. Sólo una mujer joven de piel muy pálida, con traje de chaqueta verde manzana, se incomodó. Levantó la mirada del libro de solapas amarillas, colocó el marcapáginas y lo cerró. Miró primero al señor que hablaba con el móvil con enojo, después puso sus ojos en los de la monja. Ésta levantó los hombros, movió levemente la cabeza a ambos lados y frunció los labios indicándole que no merecía la pena. La mujer gruñó para sí misma, respiró hondo varias veces, volvió a abrir su libro y pasó el marcapáginas a la última hoja. El color rojo de las mejillas tardó dos paradas en disipársele.

El inválido se llamaba Jaime, tenía que bajarse en la parada del hospital. Al respirar se le movía el tronco entero. Conversamos. Le entraba poco aire así que soltaba unas palabras con fuelle desmayado y tenía que volver a inspirar de nuevo. Era médico pediatra. Los niños no le tenían miedo porque siempre llevaba caramelos en el bolsillo superior de la americana. La enfermera era su ex mujer y aunque llevaban dos años separados seguían trabajando juntos.

-No sería nada sin sus manos -me dijo-. Nos compenetramos muy bien. Ella palpa, roza, toca. Yo diagnostico.

Por curiosidad, más bien por morbo, pregunté por qué no seguían juntos. Hizo un silencio largo, muy largo. Terminó confesando, con un hilo de voz para que nadie más le oyera, que ella quería tener un hijo y ya tenían un chico adolescente que había nacido antes del atropello, hace once años. Pero ella, Oliva, estaba empeñada en tener otro hijo.

– Una hija para ser exactos, lo teníamos planeado desde novios. La parejita.

Par aliviar la situación cambié de tema. Le pregunté si se había fijado que el autobús iba envuelto en una pegatina publicitaria con la foto de un crucero en un mar azul.

-A que parece que navegamos por el Mediterráneo en vez de rodar por Doctor Esquerdo –le dije-.  Luego añadí señalando mis pantalones chorreantes: – No ha sido el taxi, ha sido el oleaje que rompió de frente contra el mascarón de proa.

Nos reímos

-La verdad –contestó- es que el taxista iba hablando por el móvil, seguramente ni se enteró.

Me ofreció un caramelo de eucalipto. Metí mi mano en su bolsillo y saqué dos, les quité el envoltorio y metí uno en cada boca.

-Es sólo agua –le dije cambiando el caramelo de carrillo-

-Agua sucia –apostilló él- Y volvimos a reír.

-Sucia la que le tiraron a mi abuelo –comenté-. Un día rodaba con su carro de mulos por la calle principal de Peñafiel, salió una señora al balcón y, al grito de agua va, vació el orinal. Le cayó en el pelo, la cara y le descompuso la cazadora de cuero con solapas de pelo de zorro. La señora bajó con una palangana y una toalla. Después, para hacerse perdonar, le regaló un abrigo de alpaca de espiga que pertenecía a su difunto.

Le entró una risa floja que sus débiles pulmones apenas soportaban. Tuve que darle unas palmadas en la espalda. Cuando se repuso preguntó:

-¿Qué fue del abrigo?

-La abuela contaba, con cierta malicia, que se casaron en enero para que el abuelo López pudiera estrenarlo. Y hasta que murió el abuelo en el ochenta y tres, el abrigo no se perdió la misa de los domingos desde mediados de octubre hasta bien entrado marzo.

La siguiente era su parada. Mientras le soltaba la silla de los arneses me fijé en su mano derecha, lucía en el dedo anular una alianza de oro. Al advertir que miraba su anillo bromeó:

-Ya ve, con estas manos secas, por más que lo intento, no me lo puedo sacar.

Nos volvimos a reír. Rocé su hombro con mi codo en señal de complicidad y me ofrecí a bajar con él y acompañarle hasta su consulta.

-No hace falta –me dijo, señalando la puerta del bus- estará esperando Oliva, mi ex. Mi enfermera, quiero decir.

Se abrieron las puertas. Efectivamente esperaba una mujer alta, pecosa, de mediana edad, con bata blanca. Se había echado una gabardina por encima de la cabeza para protegerse de la lluvia. Su barriga abultaba como de cinco o seis meses. Mientras bajaba en la rampa, no cruzaron las miradas, ni se dirigieron una sola palabra. Tampoco después. Me pregunté cómo harían para trabajar juntos. Cuando el autobús echó a andar pude verlos a través de los cordeles de agua que movía el viento tras las ventanas. La silla rodaba delante con el cuerpo trasteando como un saco a merced de las irregularidades del suelo. Ella iba detrás, con el bulto de su barriga a unos centímetros del cogote del inválido, aferraba la gabardina con ambas manos y los faldones se le hinchaban como alas. Con el rabillo del ojo observé que la monja tenía la tablilla con los exámenes sobre su pecho y la mirada en la calle.

Al llegar a la oficina, Juanma, el director, señaló con un dedo su reloj de muñeca. Pedí perdón por el retraso.

-Luís ha pillado la gripe –me dijo- tendrás que sustituirle.

Sabía que era mentira, pero me callé. Luis no sabe beber o, al menos, no sabe aguantar la resaca. Siempre hace lo mismo.

Odio tener que enseñarle a los viejecitos cómo se saca dinero del cajero. No son capaces de leer la pantalla porque se olvidaron las gafas o porque deslumbra el sol. Si aciertan a introducir la tarjeta y acceden al menú les tiemblan los dedos al elegir las opciones. Suelen equivocarse y piden el saldo de la cuenta en vez del dinero. Si por fin la máquina les ofrece los billetes, se olvidan de guardar la tarjeta, a veces se olvidan también del dinero. Lo peor es cuando les dices que el puesto de cajero va a  desparecer, entonces el mundo se les hace tan grande que se sienten de sobra y se les alela la cara. Les ves irse calle abajo  y adviertes que han menguado unos centímetros.

Mi primera clienta ese día fue Doña Patro. Llevaba un abrigo fucsia de entretiempo e iba tocada con un gorro impermeable del mismo color, de esos que las tiendas chinas sacan a la puerta en cuanto caen cuatro gotas y los colocan en columna unos sobre otros. Doña Patro apoyaba una mano moteada de manchas oscuras en un bastón con empuñadura plateada, para la otra Luís le habría ofrecido el brazo. Yo no lo hice. Al llegar al cajero hurgó en su bolso y sacó una libretita de anillas donde tiene apuntados, con letra puntiaguda, todos los pasos. Se puso los lentes. De su cartera de mano extrajo la tarjeta VISA. Leyó en el cuadernillo que debía de introducirla con el chip hacia arriba. No encontraba la ranura.

-Perdona hijo, estas son las gafas de cerca. Espera, creo que en el bolso metí las de lejos.

Me pregunté cómo se las arreglaría Jaime, el inválido, para sacar dinero.

Doña Patro había encontrado sus gafas de lejos. Ahora buscaba, nerviosa, su libreta porque se había olvidado del primer paso.

Le acaricié la espalda y le dije que se tranquilizara que no teníamos prisa. Le pregunté por sus nietas. Me contó que la mayor empezaba este año la universidad, iba a estudiar una ingeniería, no se acordaba de la especialidad. Sacó su cartera y me enseñó una foto tamaño carné. Se llamaba Fabiola, posaba con una media sonrisa, la melena castaña por debajo de los hombros y los ojos redondos como dos canicas azules. Me contó sus excelencias por más de cinco minutos, hasta que una ráfaga de aire nos empujó la lluvia encima.

Antes de cerrar la cartera pasó la mano por encima de la foto para borrar unas gotas de lluvia. Sacó de nuevo la libreta y leímos en alto el primer paso, después guié su mano con la tarjeta hasta la ranura.

J. Carlos

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Tres primeras frases de novela

Primera:Quémalos un día de niebla

¿Quién no quemó las cartas de un amor que cayó en desuso un día de niebla? Hay adolescentes que prenden en la taza del váter una centena de folios donde acumulan sus versos, porque vieron a la niña de sus desvelos darse un pico con otro, luego tiran de la cadena creyendo que desaguando las cenizas levantarán los celajes sombríos de su corazón. ¿Quién no quemó las naves alguna vez en su vida para no volver atrás y dejar los malos tiempos cegados en una densa capa de bruma? Cuando muera ésta, decía Eusebio señalando a su mujer, hago una pira con todas sus cosas y las quemo; le llegó antes la muerte a él, fue en enero y al final del día la neblina no acababa de disiparse. Los bosques, antes, sólo ardían en verano y los rastrojos se quemaban en otoño cuando las nubes todavía no habían bajado a la tierra. Se incineran cadáveres en todas las estaciones porque la muerte es inmune a los fenómenos meteorológicos, también es incansable, salvo en la novela Las intermitencias de la muerte de José Saramago, en que la gente deja de morir. En la noche de San Juan las hogueras son una fiesta, si las saltas o, simplemente, las contemplas, te purificas porque crees que se queman tus pecados y se reducen a cenizas tus viejas miserias. Arde la gasolina en los motores de explosión, el humo que defecan y nos envenena se confunde con las gotas de lluvia en suspensión los días de niebla. En mi pueblo, después de la siega, la trilla y la limpia, cuando todavía se acarreaba la paja, acumulábamos los aparejos viejos en una pira y nos dejábamos la mirada en las lenguas de fuego, a veces también las piernas y las nalgas si no saltábamos con decisión, se cantaba y se bailaba en derredor y, cuando en los rescoldos no quedaban más que unas pizcas de lumbre, los niños aliviábamos las vejigas sobre ellos, luego nos íbamos a la cama oliendo a chamusquina. Tus células y las mías queman el oxígeno desde que nacen hasta que mueren bajo la ley inexorable de la supervivencia, sin saber que, si por un descuido, dejas de suministrarles ese gas por más de dos minutos, las matas a todas. Hablando de quemas, yo, sin ir más lejos, no hace ni dos días que prendí en una taza de café dos hojas hechas pedacitos con todas mis viejas contraseñas, hoy para andar por la vida se te amontonan las contraseñas y no es bueno fiarlas a la memoria.

Convendrás conmigo que hay pirómanos vulgares y pirómanos sofisticados como Francisco Granados, el de la sonrisa de hiena, que le ordenó a su socio Marjaliza: “quémalos un día de niebla”. Eran los papeles que soportaban sus comunes delincuencias, consiguieron que la humareda se confundiera con el velo de bruma y no la detectara desde el aire la Guardia Civil. Fueron necesarios tres carritos de los de Carrefour para trasladar el combustible. Aunque es de suponer que muchos de sus pecados de latrocinio quedaron purificados por el fuego, esperamos que el Tribunal que lo juzga tenga elementos de prueba suficientes para que se pudra en la cárcel de Estremera, la misma que él inauguró en los días de vino, rosas y trinque –pura justicia poética-.

Allí podrá escribir la novela de su vida, la primera frase, la más difícil, ya la tiene escrita.

Segunda: “Queda admitida a trámite como prueba documental”

El Tribunal que juzga a los miembros de “La manada” está escribiendo el relato de Philip K. Dick, Minority report, que Steven Spielberg llevó al cine, pero al revés. Si en la ficción se trataba de capturar al delincuente antes de que se cometiera el delito, el juez español parece que está borrando el delito después de haberse cometido para que no haya delincuentes. Tiempo atrás admitió a trámite la prueba que contiene un informe de un detective sobre la vida de la víctima después de haber sufrido la violación, ahora admite una nueva foto que, al parecer, completa las pesquisas que se inmiscuyen en la vida real de la joven y en la vida virtual de las redes. El juez inadmitió, en cambio, los WhatsApp que se cruzaron antes de los hechos los presuntos violadores. Con esta deriva judicial vamos a tener que ir con las heridas al aire si nos pegan un tiro o, subir al muerto a Facebook, Instagram o Twiter para que el juez se persuada de la veracidad del asesinato. El problema surge en los casos de que te birlen el reloj o el coche, ¿cómo demuestras el robo?, supongo que llevando la muñeca desnuda y utilizando el transporte público hasta que la sentencia sea firme. Si te violan, ya sabes, permanece en casa penando tu rabia y, si sales a la calle, has de hacerlo con túnica talar de lana gruesa, cabeza rapada y una cruz de ceniza en la frente.

He oído a una experta en derecho penal alegar en defesa del juez que su intención es la de evitar que, en apelación, el Tribunal Superior le pueda tumbar el fallo por no admitir las pruebas pertinentes. Peor me lo pones, si alguien piensa que los magistrados de mayor rango pueden casar una sentencia por esta sola causa es que estamos en una sociedad enferma, sería tanto como suponer que se puede simular de la misma manera una ciática para no asistir al trabajo que una violación.

Otro sí digo, ¿qué detective privado hará un informe ilustrado con el escáner del cerebro de la joven para demostrar las secuelas psíquicas que, sin duda, padece la violada, su familia, sus amigos y que sufrirán sus futuras relaciones y su marido y sus hijos?

Item más,  ¿no es más cierto señor juez que si un hombre o una mujer no quiere practicar sexo y se le obliga, se estará cometiendo un delito de violación con independencia de que acabe de practicarlo con una, cinco o con diez personas, y que es indiferente cuál sea el grado de apertura de piernas en el ínterin o, que después del abuso llore como una magdalena o cante por bulerías?

Por eso te digo que, si alguien escribiera una novela titulada, La violé porque era mía, ya tendría la frase de arranque.

Tercera: “Con sangre y muertos en la calle”

Me dirás que es una frase floja, un lugar común para una novela, casi un desecho de tienta de la literatura. Y tendrías razón, salvo que la pongas en boca de una supremacista catalana de nombre Marta Rovira, la cual, en viendo que sus conmilitones acobardados desde la cárcel o, avergonzados porque han salido a la luz la mitad de sus mentiras, se desmarcaban del procés, ha soltado veneno por la boca porque está en su naturaleza, como en la fábula de la rana y el escorpión que se atribuye a Esopo. Ha manifestado que el gobierno de España ha amenazado “con sangre y muertos en la calle”. Aporta como única prueba la huida de algunos de sus líderes y la negación de los otros a la vista de las puñetas de los jueces ya que, sensu contrario, todo el mundo ha de colegir que, a los valientes adalides del independentismo sólo les puede frenar la amenaza vil de la pérfida España.

Me parece un sindiós que Victoria Prego, presidenta de la Asociación de periodistas de Madrid, escribiera en un artículo que “a los independentistas no les importaría que hubiera muertos en las calles”, porque es una generalización y un apriorismo indigno de su trayectoria y de su cargo. Sin embargo, no me cabe duda, una vez escuchadas las declaraciones de la segunda por la lista de ERC a las elecciones catalanas, de que hará rogativas a La Moreneta para que Rajoy cargue contra los participantes en cualquiera de los tumultos y se llenen las pantallas de los móviles de rostros ensangrentados.

Si alguien se atreve a escribir esta novela le regalo el título, Lágrimas de cocodrilo. Para la portada le vendría bien la foto de esta patriota catalana llorando por sus “presos políticos”. ¡Ah! Y no se equivoque el escritor, esta Marta es un personaje secundario, el protagonista ha de ser su mentor, Oriol Junqueras, ese fanático que ora de rodillas por la patria catalana, vestido con un holgado chándal, gentileza del Estado, en la celda de la cárcel de Estremera. La misma que inauguró y ocupó el personaje con sonrisa de hiena.

Orhan Pamuck inicia Me llamo Rojo con estas palabras: “Encuentra al hombre que me asesinó y te contaré detalladamente lo que hay en la otra vida”, sin duda, uno de los comienzos más brillantes de la literatura. Empezar la novela “con sangre y muertos en las calle” es una torpeza, pero es que la realidad es así de torpe. Si me permites un consejo, no escribas una novela, no sería creíble; escribe una crónica, la de una muerte anunciada. Pero sin el coronel Aureliano Buendía ni sus recuerdos frente al pelotón de fusilamiento de “aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

J. Carlos

 Neolenguas

Chiquito de la Calzada

La fama es caprichosa y siempre excesiva. La buena se hace esperar y no suele serlo del todo, la mala te explota debajo del culo y te desmiembra en un santiamén. Que se lo pregunten a Kevin Spacey. A Chiquito de la Calzada, que ayer se despidió de Lucas para siempre, le llegó la buena fama tarde, tenía 62 años cuando llamó a su puerta. Apareció como un idilio de verano y matrimonió con él hasta la muerte. Cuenta el productor del programa Genio y figura que, después de la primera entrega, un directivo de Antena 3 le pidió que quitara a ese señor mayor. Detrás de cada idea genial, de cada obra de arte o de cada invento siempre hay un directivo bien pagado a quien la naturaleza no le prodigó agudeza. Nunca sabremos cuántos talentos nos han hurtado los mandamases.

Se llamaba Gregorio. De niño pasó hambre, como tantos españoles. De profesión palmero y cantaor de flamenco. Murió cómico y como tal permanecerá en el imaginario de varias generaciones. Parafraseando la crítica a Lola Flores del New York Times, Chiquito no contaba chistes, ni actuaba, pero no te lo podías perder. Construía un relato hilarante desde el principio hasta el final, con una danza de pasitos cortos, doblado hacia adelante, mano en los riñones como quien sufre de ciática, patadas al aire y un giro repentino para enfrentar al respetable, con el brazo levantado y la mano al bies, impartiendo su bendición. Y todos benditos, reíamos. Inventó una neolengua que caló como la lluvia fina y que, soldada a sus gestos y gorgoritos, se convirtió en un arma de humor masivo. Un aliviadero de penas. Un galimatías que pasó a ser de propiedad comunal y se extendía como la pólvora en cualquier reunión, tanto que, a veces, resultaba incómodo; especialmente si las imitaciones eran penosas. Pocos poetas, músicos o pintores consiguen que una obra, como la de Gregorio, sedimente en todas las capas sociales y anide en todos los corazones desde los niños hasta los ancianos.

Hay neolenguas, como la de Chiquito, creadas sólo para el divertimento  que son como llaves maestras que abren la puerta de la risa. Hay otras, sin embargo, que sin aportar ni nuevos fonemas ni nuevas palabras, son creadas con el afán de subvertir su significado y poner el lenguaje al servicio espurio de una facción. Victor Klemperer nos da buena cuenta en El lenguaje del Tercer Reich, de cómo el régimen nazi alteró el valor y el significado de las palabras como medio para implantar su terrorífico sistema, haciendo del “lenguaje su medio de propaganda más potente, más público y secreto a la vez”. Stalin implantó también la suya basada en un léxico de pensamiento único donde sólo cabía o la obediencia o la vida. George Orwel, inspirado en estos regímenes totalitarios, nos describió en 1984 una distopía donde el diccionario de la neolengua era el principal elemento represivo para eliminar la libertad individual y dominar el pensamiento. Lo que no estaba en la lengua no podía ser pensado y los lemas del partido eran: “Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”.

La perversión y manipulación del lenguaje es tan antiguo como la supremacía de unos hombres sobre otros. Y es que, el lenguaje tiene las propiedades de los fluidos, discurre por las acequias de las mentes y riega el intelecto, pero también se adapta al continente como el agua se ajusta a las formas del vaso que la contiene. Cada régimen, cada partido, cada empresa, cada persona altera el sentido de las palabras y las retuerce y las moldea. Así los Estados totalitarios del bloque soviético se llamaban Repúblicas Democráticas, los puntos donde echamos los desechos más contaminantes se denominan Puntos Limpios, las empresas más depredadoras del medio ambiente se titulan de Ecológicas… y así, hasta el infinito. El refranero, de antiguo, ya sabía cómo tratar estos excesos: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Las redes sociales, con su efecto amplificador, han venido en auxilio de los que pervierten el lenguaje y han creado un fenómeno que va más allá. Nació con el Brexit y se ha extendido como un cáncer en la era Trump. Lo llaman la postverdad o, como lo calificó Kellyanne Conway, asesora de la Casablanca, son “datos alternativos”. En resumen, cualquier evidencia pude ser amañada y reeditada por el poder como una nueva realidad alterna o paralela. Recordemos que el protagonista de 1984, Winston Smith, trabajaba en el Ministerio de la Verdad y su cometido consistía en reescribir la historia y adaptarla a las exigencias de cada momento del Partido Único.

Aquí, los indepes, se llenan la boca con la palabra democracia, siendo que se han pasado por el arco del triunfo el santo grial de nuestra democracia que es la Constitución y, el cáliz sagrado de su Autonomía que es el Estatut. Si no les secundas eres franquista. Si Europa tampoco les da la razón, entonces sus dirigentes son unos cerdos. Si les aplica la ley común, el estado es represor. Insultan a tres millones y medio de catalanes llamándoles fachas, súbditos y anticatalanes porque no aceptan la imposición y el delirio de algo menos de dos millones. Motejan de traidores a Marsé, a Serrat, a Machado por no pensar como piensan sus inquisidores. Utilizan a los niños y a los ancianos como parapetos. Hacen pacifismo secuestrando a una comisión judicial durante dieciocho horas. Cuando cobardean sus líderes y niegan tres veces como San Pedro, les perdonan porque ante la represión vale todo, pero no acaban de apoquinar las multas de Mas, y es que la pela es la pela. Si se van más de dos mil empresas es que están vendidas al Estado español. ¡Ah! Y los españoles somos inferiores, eso sí, los insignes como Cervantes, Teresa de Jesús, Garcilaso de la Vega, Colón y hasta el florentino Leonardo Da Vinci eran catalanes.

Seguramente Orwell, que conoció esa tierra y luchó en ella durante seis meses por la República española, nunca pensó que, en tan poco espacio, cupieran tantos Winston Smith reescribiendo la historia, ni que los españoles hubiesen dedicado tanta pasta para que los gobiernos de la Generalitat crearan un Ministerio de la Verdad que permeara la escuela, la universidad, los medios y la propia sociedad.

J. Carlos

 Cataluña y cierra España

Estelada manifestación

Cataluña es, seguramente, una exquisitez como el jamón, pero cuando llevas dos años comiendo una dieta –desayuno, comida, merienda y cena- con ese único ingrediente, aunque sea legítimo y de bellota, terminas harto. Más allá del hartazgo es forzoso reconocer que este culebrón tiene una factura impecable que ya quisieran para sí las mejores series de Netflix o HBO. La puesta en escena parece ideada y rodada por William Wyler para Ben Hur. Aquél contó con diez mil extras, mientras que en Cataluña disponen de un millón que, sin cobrar un duro, se congregan a toque de WahtsApp con el atrezzo de un guión portado por algún directivo de la Anc o de Ómnium, al que siguen decenas de miles de banderas esteladas y otros tantos estandartes pancarteros con lemas rescatados de mayo del 68. Cuentan también con pabellones de tela de cien metros de largo para que los oficiantes desfilen bajo palio y eso, con tiro de cámara cenital, les queda que ni pintado. ¿Y qué me dices de los soberbios cambios de guión? Una semana el script echa tanto almíbar al guión que piensas que se trata de una nueva versión de Qué bello es vivir de Capra. A la siguiente semana parece que están versionando las peripecias de la familia Von Trapp en Sonrisas y lágrimas. A las pocas horas la trama muta y emula a Nick Cassidy subido a una cornisa en Al borde del abismo. Con el paso de los días, cuando todo el mundo sólo espera la lluvia, el enredo se madeja sobre sí mismo y el guionista ha optado por un mix en el que caben desde El fugitivo de Andrew Davis, con Puigdemont encarnando al doctor Richard Kimble, hasta el Visconti de La Caduta degli dei.

El relato a ratos épico de pueblo elegido, a ratos dramático, y siempre victimista es impecable, por más que a este lado del Ebro nos parezca una ópera bufa. Y es impecable por tres razones:

Primero, porque es único: Los catalanes llevan cuarenta años sin un relato alternativo. Nadie, ni desde dentro ni desde fuera, opuso o contradijo lo narrado por los nacionalistas.

Segundo, porque tienen excelentes vehículos de narración, sean sus ayuntamientos y demás organismos del gobierno autónomo, a través de las escuelas donde obtuvieron carta blanca para gestionar la enseñanza y sus contenidos sin inspección ni cortapisa, sea por medio de asociaciones cívicas que propagan no sólo el relato pasado -su Antiguo Testamento- sino el relato por venir –el Nuevo Testamento- y, lo más efectivo, disponen de medios de comunicación –públicos y privados-, debidamente engrasados con los impuestos de todos los ciudadanos, que vocean los mensajes hagiográficos nacionalistas cinco veces al día desde sus minaretes, con la contundencia y reiteración del almuédano.

Tercero, porque cuentan con el maná de la financiación que, como ya están coligiendo los tribunales de justicia, desviaban de otros servicios públicos famélicos para costear el carísimo relato nacionalista, tanto en el interior como en el exterior, y crear los instrumentos del nuevo Estado.

El relato es el motor de la historia, en eso también se equivocó Marx. Fíjate si es poderoso el relato, que el pueblo judío escribió el suyo y el espíritu ambiguo de sus páginas alumbró dos religiones: el judaísmo y el cristianismo, esta última es seguida por el 18% de la población mundial. Pero el relato no basta, hay que narrarlo para que fluya por el cuerpo social,  como la sangre fluye por el cuerpo humano oxigenándolo y dándole la vitalidad que necesita. Hace mucho tiempo, más de cuarenta años, que el nacionalismo catalán viene capilarizando la sociedad  con un tesón digno de encomio y el relato discurre con una fluidez asombrosa.

En el Nuevo testamento catalán del que te hablaba, los nacionalistas han escrito las tribulaciones sufridas por su pueblo, en la travesía del desierto, durante los últimos cuarenta años. Ahora que su Moisés –interpretado por los Mas, Puigdemont, Junqueras y los Jordis–  está viendo la Tierra prometida desde el monte Nebo, han escrito una nueva hoja de ruta para que su pueblo arribe sano y salvo a la Arcadia feliz de la República independiente. La hoja es un modelo de resilencia con un árbol de decisiones en cuyos diagramas no me explayaré para evitarte el tedio. Su modus operandi cabe en una línea: “Tocarle los bemoles al Goliat llamado España hasta la exasperación. Cualquier mandoble de Goliat, por justo y legal que sea, les acercará un pasito más a la soñada independencia. El sueño húmedo de todo buen nacionalista es presentarse a los comicios como huésped del  Estado o, una vez celebradas las elecciones y siendo cargo electo, que se celebre el juicio y sea condenado a pena de cárcel. Su fantasía erótica recurrente es que las fuerzas del orden vuelvan a ser escracheadas y salgan huyendo de los pueblos y ciudades de Cataluña. Pero la foto más pornográfica, la que consigue destoparle los esfínteres sólo de imaginarla, sin necesidad de maniobras onanistas, es la de los carros de combate rodando con sus pesadas cadenas por la Diagonal. Quizá los haya necesitados de parafernalia imaginativa más contundente, cuya libido requiera héroes izando banderas sucias de sangre.

En la hoja de ruta está escrito que Puigdemont huiría a Bruselas, la capital de Europa, para desestabilizar el gobierno de Flamencos y Valones que tardó más de cuatrocientos días en conformarse; de paso se hace la víctima, espera sentado a que un juez decida si le extradita o no y, en el entretanto, se mete como una china en el zapato de Europa. En el árbol de decisiones se puede leer la línea de diagrama que se titula: “Si el Govern es encarcelado” y, a su derecha, las respuestas milimetradas que se irán desarrollando por la troika nacionalista (Cup, Anc y Ómnium) con la precisión de un reloj suizo. En el apartado de “Nuevas elecciones” está fijado que se presentarán por libre pero que pasados los comicios, seguirá la orgía nacionalista en un Frente Popular. La pasión hace extraños compañeros de cama, hemos visto como la derechona catalana no hacía ascos para participar en una orgía con los republicanos de izquierda y los antisistema, mientras los de  Colau se limitaban a mirar por el ojo de la cerradura. Con las nuevas elecciones tal vez decidan ensanchar la cama para hacer sitio a Podemos o, puede que terminen como el chiste, “por favor, encended la luz porque somos tres mujeres y dos hombres, llevamos apenas diez minutos, y me han sodomizado ya dos veces.” Cada paso está ramificado con sus correspondientes hojas de Sí o No, cada respuesta se bifurca de nuevo en diagramas prolijos que menudean hasta en los detalles prosaicos. Para no hacerte el cuento largo te diré que, se cuantifican al céntimo los montos de los lucros cesantes -las nóminas de los más de doscientos cargos apartados de sus funciones- y se especifica desde qué cuenta serán resarcidos.

Con ello quiero decirte que te armes de paciencia porque nos queda dieta catalana para rato. Como no hay mal que por bien no venga, los medios de comunicación, que estaban más secos financieramente que los pantanos de la península ibérica, se frotan las manos porque esta dieta que a ti y a mí nos produce úlcera de estómago, a ellos les engorda. Otro que no cabe en sí de gozo es Rajoy, el tsunami catalán ha arrastrado la corrupción de su partido, ya no se encuentra ni noticia ni su trasunto hasta más allá de la vigésima línea de playa de cualquier periódico, en letra microscópica y crónica desmayada; eso sin contar que cada vez que sube el suflé catalán, las sacas de votos de su partido en el resto de España se ponen a rebosar. La otra cara de la moneda son los propios catalanes que ya advierten cómo el paro ha asomado la patita en el mes de octubre de forma alarmante, las empresas huyen del paraíso como de la peste y, cada vez que se inflaman las calles se desinfla el globo turístico. A los demás ciudadanos españoles también nos toca la cruz porque nos están empobreciendo y, lo que es peor, estamos sacando los bajos instintos de la patria de tela que cabe en la muñeca, se exhibe en un balcón o se porta en un palo, para tapar la patria común de la solidaridad, del esfuerzo de todos, de la igualdad de oportunidades, de la libertad, de los derechos humanos y de los valores que hemos depurado juntos durante los últimos quinientos años.

A veces pienso que gran parte del problema se resume en una frase: Porque yo lo valgo, porque yo lo tengo y no me da la gana compartirlo.

Me gustaría equivocarme.

J. Carlos