Archivo mensual: noviembre 2016

Subiendo al Retiro

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Uno vive de rutinas. Cada mañana salgo de casa, a paso ligero, cuando las sombras empiezan a disiparse y la luz anaranjada de las farolas palidece en un halo de luz como de cera. Hay un sendero encajonado entre la verja del patio del Instituto y la del seto estrecho y canijo, plantado de agaves, del que surge un muro altísimo de ladrillos picado de balcones y ventanas, como si tuviera la viruela. A veces, en ese palmo de acera, me cruzo con una mujer de mediana edad, morena, lleva cara de susto y yo intento componer gestos amigables para que no se asuste. No nos cruzamos las miradas, pero ella me tiene en el rabillo del ojo y sigue el sonido de mis pasos hasta que la distancia me hace inofensivo. A las puertas del Instituto, todavía cerradas, siempre espera una adolescente, tiene la rodilla doblada y zapatilla en pared. Trastea con sus dedos en el móvil a una velocidad imposible. La luz lechosa del aparato que se refleja en sus manos y en su cara le da un aire de princesa nórdica. Aunque no me atrevo a mirarla sé que hay días que está risueña y muy despierta, otros, desganada y aún otros, los menos, somnolienta. A veces, levanta los ojos del móvil y mis pasos interrumpen sus dedos durante un segundo, o dos. Un día, al principio de curso, juraría que esbozó un saludo, pero yo apreté el paso, doblé a la derecha y miré a las nubes que, por el este, formaban un campo recién arado con surcos y camellones algodonosos como la luz de su móvil. No necesito componer gestos amigables, sé que mi paso diario ya no le inquita. Seguramente no le inquietó nunca.

Atravieso la calle Cruz del Sur y cruzo por el desfiladero que se ha creado entre dos farallones de edificios. El quejido del tráfico, que fluye al fondo como la corriente de un río, asusta tanto como el ruido de los batanes asustó a Sancho en El Quijote. Llevo los cascos puestos. Voy escuchando la radio. Meto la mano en el bolsillo y pulso dos veces el botón del volumen para subirlo. Efectivamente, la calle de Doctor Esquerdo es una torrentera que arrastra un colorido tapiz de vehículos con ojos de luz. Pasan bufando y echando humo por diminutas chimeneas. En ambas  orillas, por un espacio escueto, deambulan deprisa, arriba y abajo, un enjambre de niños recién peinados. Llevan mochilas de colores a la espalda y van asidos de un lado a una mano de madre, demasiado alta y, de otro, a una de hermano, demasiado baja. Pasan mujeres recién pintadas, montadas en zapatos de tacón, con las solapas subidas, el pelo todavía húmedo y un bolso en bandolera. Cruzan y descruzan hombres con caras serias. Los hay con corbata en cuello y maletín colgado de la mano. Otros llevan los gaznates aligerados y aprietan una carpeta contra los riñones. Algunos visten ropa de Alcampo y tienen las manos callosas. Hay jóvenes subidos en patinetes eléctricos con luces led que pasan desbocados. Estudiantes que esperan el autobús con una pila de libros bajo el brazo. Hay padres que llevan a sus vástagos en bicicleta y les plantan, en la cabeza, cascos con luz de minero delante y una luz roja destellante por detrás. También suben y bajan perros que siguen o preceden a sus dueños amarrados a una correa. La maldita correa que siempre tira cuando están a punto de satisfacer el instinto que cada olor les induce. Cuando el semáforo prende la luz roja, actúa como un dique imaginario y represa la corriente horizontal, inmediatamente fluyen los peatones como si les hubieran abierto un pequeño mar Rojo. Cruzamos asustados con la vista puesta en el monigote verde no vaya a ser que se apague, se abran las compuertas y nos lleve la corriente.

Subiendo la Avenida de Nazaret, un hombre en chándal me precede. Sus extremidades superiores no trazan al marchar una línea recta paralela a sus costados. Qué va. Oscilan en un ángulo de casi ciento ochenta grados. Bambolean perfilando un semicírculo que abarca desde su ombligo hasta la rabadilla. Si montara en una cinta de gimnasio y le pusiéramos una luz en cada mano, dibujaría una circunferencia perfecta. Camina rápido, pero yo tengo las piernas más largas. A mitad de subida aprieto el paso, en el breve instante que permanecemos en línea noto su tensión, aprieta los dientes y se le endurecen los labios. Sé que está mentando a mi madre. La señora morena que pasea un Golden Retriever sonríe la maniobra. No sonríe con sus labios, lo hace con sus ojos profundos y negros que clava en un punto sin fondo. Cuando llego a su altura, aparta disimuladamente al perro para franquearme el paso. Unos metros antes de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, cuando la Avenida de Nazaret describe un último meandro, crecen agaves en la ladera de lo que fue un altozano. Uno de ellos está empezando a morir. Está florecido y ya le crece desde la roseta un tallo de más de metro y medio. Los agaves solo florecen una vez, luego les crece el tallo como un falo gigante y se mueren. Más allá de las motos aparcadas a la puerta de la Escuela, dos operarios embutidos en monos amarillos y verdes ensordecen con dos sopladores. Con maña vuelan las hojas de las aceras y las aterrizan bajo el bordillo. La atmósfera atufa a gasolina. Miro receloso por si pasa algún fumador y enciende un pitillo, estoy seguro que estallaríamos en una gran bola de fuego. Una máquina, más ruidosa todavía, baja de la Plaza del Niño Jesús rolando dos cepillos, aspira las hojas ordenadas en hilera. La radio sigue hablándome al oído pero las palabras que emite se camuflan con el estruendo. Vuelvo a meter la mano en el bolsillo para subir el volumen. Me paro en el semáforo. Miro a la derecha, hacia el este, donde al firmamento le ha salido un gajo de naranja gigante. El viandante que traza perfiles de semicírculos con los brazos, me adelanta por la izquierda y cruza  la plaza con el monigote luciendo en rojo.

Las noticias que salen de mis cascos son alarmantes, siempre son alarmantes. Los periodistas no te cuentan, te predican las noticias. O te las lanzan como se lanza los huesos a los perros. O te las profetizan con las mismas connotaciones de pecado, culpa y redención con las que hacen apostolado los profetas del Apocalipsis. Te encogen el alma. Mientras cruzo Menéndez Pelayo me quito los cascos. Ahora se oyen nítidos los rugidos de los coches. Los que están en primera fila con las ruedas delanteras lamiendo la raya blanca, pendientes del pistoletazo de salida del cambio de luz, aceleran en vacío. Si miras los ojos de los conductores están fijos, como afiebrados, pendientes sólo del semáforo. Ahí también se te encoge el alma. Así que acelero el paso sin ánimo de pillar al hombre que bracea semicircunferencias en el aire y que ya ha traspasado las puertas de hierro del parque. Segundos después, también entro en el Retiro, subo la cuesta entre bicis que suben y corredores que bajan. En el momento en que el cielo, desde el este hasta el oeste, se ha pintado de oro, cobalto y turquesa, me viene a la memoria una frase del biólogo Bruce H. Lipton: “ Los humanos somos una comunidad de 50 trillones de células, por tanto, la célula es el ser viviente y la persona es una comunidad. ¡El humano es un plato petri cubierto de piel!”. Entonces decido que, los seres vivos que albergo tienen derecho a no perder el milagro de la salida del sol.

A la altura de la Rosaleda me siento en un banco con un encuadre hacia el cielo del este que no tapan las copas de los árboles. El gajo de naranja se va diluyendo en un crisol de dorados con algunas excrecencias que tienden al rojo como pequeñas escorias. Hoy no veré a la señora que pasea su perro viejo e inválido con un arnés de ruedas y que, cuando el animal se cansa, le quita el arnés y lo acuna en un cochecito de bebé. Ella también tiene una pierna desbaratada y el carrito le sirve de sostén. Tampoco veré a la anciana que, invariablemente, llueva o nieve, pasea en bicicleta con un pedaleo raquítico. Tiene la cabeza vencida a la derecha, el pelo ceniciento ondulado, y las piernas muy largas como si hubiese sido vedette. No me cruzaré con la pareja de viejos, ambos bajitos y metidos en kilos, que van de bracete y se miran con ternura. Cuando aprieta el frío, ella para y le compone la bufanda o le sube las solapas.

Sin tráfico, sin noticias, sin rutinas, sentado en un banco, esperando el milagro que sucede gratis todos los días. Se ha levantado una ligera brisa que arrastra hojas de plátano del color del óxido de hierro, y bandadas de pájaros han empezado a hacer piruetas en el aire. Los miro y pienso que, algún día, todos los seres vivos del planeta (animales y plantas) formaremos una comunidad simbiótica de una única persona con un único cerebro.

JCarlos

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El tío Trump

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Es asombrosa la capacidad que tiene todo bicho viviente para cerrar las entendederas ante la evidencia de que algo va a salir mal. Es una instalación básica de supervivencia. Da igual que te peguen tres tiros o tengas un cáncer galopante, tú piensas que al final te librarás de las garras de la muerte. El refranero que es muy sabio, lo resume cuando sentencia, “la esperanza es lo último que se pierde”. Llegó el tío Trump nacido en el polvo dorado del ladrillo y amamantado en los reallity de la televisión, rugió como Hitler en la Alemania de los años treinta ciscándose en los judíos (negros, hispanos, mexicanos, mujeres, musulmanes…) y ganó. Ganó metiendo la política en una bolsa de vomitona, la arrojó al wáter y tiró de la cadena. Lo malo es que democracia y política forman una aleación inseparable. Es fácil criticar a los políticos porque la democracia les pone sobre sus cabezas una lupa de miles de aumentos, pero es indispensable. Si se cargan la política, la democracia se va por el vertedero de la historia. Las dictaduras no sólo quitan la lupa de encima, también apagan la luz para ocultar sus trinques, sus muertes y demás horrores. Aquí, durante cuarenta años apagó la luz un gallego bajito con voz aflautada que aconsejaba a sus cachorros, “haga como yo, no se meta en política”.

Esa capacidad de cerrar las entendederas ante la evidencia del mal y no perder la esperanza, que es un rasgo de la evolución, nos impidió ver venir a Viktor Orbán en Hungría, el Brexit en Gran Bretaña, a Erdogan en Turquía, al nacionalismo Catalán en España; y claro, nos impidió ver la llegada del tío Trump a EEUU. Esa misma instalación en nuestra carga genética nos está impidiendo ver venir a la extrema derecha europea tan a las puertas ya, que se permite publicar los establecimientos judíos en Berlín, como han hecho los nazis en Alemania.

Tenemos tan arraigada la esperanza que nos ciega ante el tsunami social, político y económico que está preparando el tío Trump; de hecho, aceptamos sus palabras “comedidas” como un lenitivo de nuestras zozobras, mientras va conformando un gobierno que acojona. Nos consolamos haciéndonos trampas en el solitario pensando que no le votaron las mujeres, ni las minorías, sólo le auxiliaron con sus votos los ancianos, los ignorantes y los idiotas. Si escarbamos un poco en la parva de los votos veremos que en sesenta millones y medio de ciudadanos caben todas las etnias, todos los géneros y todas las carreras universitarias. Nos autoengañamos con los contrapoderes del Congreso y el Senado, donde goza de mayoría absoluta su partido Republicano complacido con alguien que dice lo que ellos piensan y representan, aunque hasta ahora no lo verbalizaran porque resultaba políticamente incorrecto. ¿Y las élites? Pues aplaudiendo sin sordina, ahí tienes el aplausómetro representado en los índices bursátiles de todo el mundo marcando decibelios a tope. Así que el 1% de la humanidad que acapara tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto, y que sólo habla por boca de las Bolsas, está que no cabe en sí de gozo. Siempre que veo estos porcentajes se me ocurre que, si en una sociedad machista y poligámica el 1% de hombres acaparara un número de mujeres igual al del resto de los hombres, aquellos estarían colgados boca abajo en el frontispicio de sus casas y ya te imaginas por dónde.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Por tu apatía, y por la mía, y porque la socialdemocracia se apoltronó y se fue al garete en la tercera generación, como ocurre en los negocios familiares. La socialdemocracia y el miedo al comunismo trajeron la sociedad del bienestar y los derechos sociales a Occidente. También ayudaron los millones de muertos y toda la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. Del año 1945 hasta finales de los 70 los gobiernos intentaron equilibrar la balanza, siempre infiel, entre el capital y el trabajo con Estatutos laborales y Seguros Sociales. Los sindicatos se hicieron fuertes y atemperaron las ansias de los propietarios de los medios de producción con convenios, manifestaciones e incluso con huelgas. Pero el dinero que, como cualquier elemento, se puede materializar en los tres estados, sólido, líquido y gaseoso, empezó a fluir por las cloacas de las instituciones, de los sindicatos y de los partidos. De resultas, los gobiernos le permitieron primero evaporarse en cuanto se acercaba  una carga impositiva y, después, le abrieron las fronteras de par en par, incluso les subvencionaban para que corriera por las esquinas del mundo buscando, como las putas, al mejor postor. El capital a medida que engordaba se volvió exigente, no sólo engullía los derechos del trabajador, sino que, debido a sus excesos permitidos por los gobiernos, de vez en cuando soltaba flatulencias que asfixiaban parte de la economía y había que socializar las pérdidas. El trabajo en la balanza se fue quedando cada día más enteco, los gobiernos le iban restando derechos, siempre por su bien. Perdió la negociación colectiva y con ella la fuerza de la unión. La emigración y la crisis diezmaron su salario o le condenaron al paro. Mientras las fronteras cayeron para el capital, los países construían muros para los trabajadores. El trabajo vio cómo devaluaban la educación de sus hijos e incrementaban estratosféricamente las tasas universitarias. Asistió callado al deterioro de la sanidad pública, a la caída de sus pensiones y al quebranto de los subsidios de desempleo. ¿A quién crees que va a votar?

Pues votará a cualquier Belén Esteban si se presenta, con tal de que denueste la política y apele a nuestros bajos instintos. No, no somos distintos a los estadounidenses americanos. Obama, que dilapidó su capital político, no levantó el culo de la púrpura y de los salones en cuanto llegó al despacho oval. Ignoró que las avenidas se pueden llenar si se apela a la justicia y a la dignidad, igual que llenaba estadios en campaña electoral. Debería saber que era la única forma de doblegar al Congreso y cerrar Guantánamo, nacionalizar a los emigrantes sin papeles, hacer los impuestos progresivos y crear una sanidad pública. Qué poco aprendió de Martin Luther King.

Lamentablemente la derecha ilustrada nunca supo y la socialdemocracia ha olvidado que los derechos no se conceden, se consiguen, que no son eternos y hay que defenderlos cada día porque son parte de nuestra dignidad. La derecha ilustrada nunca supo y la socialdemocracia ha olvidado que cuando nos arrebatan los derechos nos están arrebatando nuestra dignidad. Y con eso no se juega.

La dignidad no se preserva votando una vez cada cuatro años, hay que alimentarla día a día en la escuela, en la universidad, en el trabajo y, si es preciso, en las calles y en las plazas.

J. Carlos

Ternura

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Me enternece España. Somos tiernos no sé si por naturaleza, por latitud, por educación o por costumbre. Si hasta Facebook e Instagran parecen una pasarela de mininos. Estoy persuadido de que la argamasa que nos une como destino en lo universal es la ternura. Te vas unas semanas a la Europa verde y rica, donde brillan en las solapas la divisa de la eficiencia, la organización y el orden, donde el mayor gesto de ternura es una sonrisa gélida y unas palabras crudas infladas de consonantes, y te vuelves hosco. Hasta el perfil se te queda con un filo de dureza como su lengua o su clima. De vuelta a esta España mía, a esta España nuestra, que cantaba Cecilia, hace un calor de verano tardío. En el kiosco del aeropuerto me embarga la emoción al ver en la portada de los periódicos nacionales la cobra de Bisbal a Chenoa. Cuando llego a casa advierto que también abre los telediarios, y que esa escena, captada desde varios ángulos, es objeto de análisis sesudos y minuciosos por los tertulianos más insignes. Si viviera Mérimée, escribiría una novela que inmortalizara el desamor de uno y el amor desgarrado de la otra y, si resucitara Bizet compondría una nueva ópera con ese libreto.

Más enternecedor que la famosa cobra es la huelga de padres que, imbuidos por un amor filial tan intenso que sólo se da en estas latitudes, salieron a la calle para reivindicar que los maestros no les manden a sus vástagos con deberes a casa. Habiendo televisión, móviles y playstations es un sindiós que los niños se estrujen el cerebro, hasta donde vamos a llegar, quieren que nuestros hijos adquieran los hábitos de disciplina, el esfuerzo y el estudio. Además que mayor signo de distinción que emular a la nobleza de la Edad Media que consideraba que leer y escribir era un trabajo y, por consiguiente, indigno de su clase.

Se dan también manifestaciones de ternura intergeneracional. Los padres y los hijos se echan juntos a la calle para protestar por la manía inquisitorial de los educadores de linchar al estudiante con la soga de la reválida. Mis padres no se echaron a la calle, ni yo tampoco, por su culpa hube de pasar tres exámenes de reválida y aquí me tienes trastornado, escribiendo sandeces.

En España andamos sobrados de ternura social. Si un conciudadano resulta ser un asesino o un pedófilo y le preguntan a un vecino sobre él, contestará que parecía buena gente y su comportamiento era la de una persona de orden. Claro que aquí nos blindamos tras cortinas y persianas para “salvaguardar nuestra intimidad”, en los países del centro y norte de Europa las ventanas sólo están separadas del exterior por vidrios transparentes, “no tienen nada que ocultar”. Aquí no sabemos si la mano que abarca la cintura de la pareja en la calle, es la misma que detrás de los muros y las persianas le cruza la cara o le parte los riñones,

Esta semana también se ha prodigado la ternura social. El día de Todos los Santos murió una niña de doce años por un coma etílico. Se había pimplado una botella de ron. Era la tercera vez que sus juergas terminaban en la sala de urgencias de un hospital. La sociedad entera brama contra las leyes, el ayuntamiento de San Martín de la Vega, los políticos y hasta contra el lucero del alba. Pero guarda un enternecedor silencio respecto a los padres de la niña que ya habían tenido dos avisos mortales, a los compañeros que se emborracharon con ella, y a los padres de esos compañeros. Parece que los padres de la finada están sopesando denunciar al ayuntamiento, supongo que en un gesto de ternura hacia ellos mismos y sus omisiones.

En la semana transcurrida desde que volví al sur, el ejemplo más sublime de la ternura que nos desborda, lo he encontrado, por extraño que te parezca, en la clase política. Resulta que a Ramón Espinar, el portavoz en el Senado de Podemos le han sacado en las ondas y en los papeles un cambalache de hace unos años. Nada, unos míseros treinta mil euros provenientes de una inversión segura, un pisito de los de protección oficial para que los jóvenes con pocos recursos puedan disfrutar del derecho a la vivienda. El alma cándida le pidió a su padre (vaya por dios, uno de los que le dio aire a las tarjetas black) el dinero para la entrada. Suponemos en forma de préstamo que estará debidamente documentado y, si fue como donación, no dudo de que el Sr. Espinar, padre, nos mostrará la correspondiente liquidación de Hacienda. Firmó una hipoteca y, sin dignarse ni tomar posesión de la inversión, les dio boleto a los dos, al piso y a la hipoteca, antes de trascurrido un año. La operación se saldó con una rentabilidad del 57%. Aunque según el senador no hubo tal, sólo una diferencia entre el precio de compra y el de venta, demostrando una vez más que tanto la ciencia económica como la política no existió hasta que llegaron ellos y las inventaron. Supongo que el senador también acreditará el pago de la correspondiente plusvalía. Que no estuviera empadronado en el municipio, -que cedió gratis et amore el suelo para beneficio de sus vecinos-, que no se apuntara en ninguna lista de la Comunidad de Madrid, que no conste cómo y por quién supo de la promoción, que ignoremos si el préstamo para la entrada pudo salir de los cajeros de Bankia con el pin de la black de papá. Todo esto no es sustancial para la tesis que quiero defender. Ni siquiera son importantes las diferencias cualitativas y cuantitativas entre estas triquiñuelas y otras corruptelas. Sólo pretendo mostrarte la ternura en la política española. Dime si no es afecto y cariño lo que se prodigan entre los partidos más extremos del espectro político. Te has percatado de que, en un gesto de apego y devoción, de cariño e imitación filio paternal al Partido Popular, todas las fuerzas vivas de Podemos han salido en tromba para echarle la culpa a los medios, hablar de conspiraciones, afirmar que llevan la honradez como marchamo en la solapa, repetir ad nauseam que todo es ético, todo es legal y… Ramón, sé fuerte.

J. Carlos

Cenizas

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La Iglesia católica ha conminado a sus acólitos a que entierren las cenizas de sus deudos incinerados en campo santo, único lugar habilitado para esperar a resucitar con Cristo. Y es que la maquinaria comercial de la Iglesia funciona sólo con su propio sistema operativo, al igual que Apple no puede permitir que aplicaciones foráneas puedan funcionar en sus productos. La muerte ha sido, tradicionalmente, una de las aplicaciones más rentables para la Santa Madre Iglesia, no en vano, parte de su patrimonio, por lo demás extenso, proviene de legados y herencias que los otorgantes disponían como justiprecio para salvar su alma, o para que se empleara en obras de caridad. Se acabó lo de esparcir las cenizas en mares, valles o montañas. No se pueden tener encima de la cómoda en un jarrón con flores secas, ni en la librería a modo de sujetalibros entre un Dante y una Biblia. Tampoco en el pecho, sobre el corazón, en forma de joya colgante. Mucho menos llevar las cenizas al fútbol, en un tetrabrick, como aquel aficionado que los domingos “sentaba” a su padre difunto sobre la grada que le correspondía por abono.

Sin embargo, el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe Gerhard Ludwig Müller, que ha presentado el documento sobre las resurrección de las cenizas depositadas en campos santos, nada ha dicho sobre qué destino espera a las almas de aquellos cuyos restos ignífugos no yacen depositados en terrenos asperjados por hisopos con agua bendita. ¿Seguirán ardiendo en el fuego del infierno en forma de rescoldos? ¿Terminarán en el limbo de los justos si acreditan la bondad de sus obras? ¿Se apiadará su dios y les perdonará aunque figure en su expediente este borrón administrativo? Tampoco dio cuentas el prefecto sobre quién ha de asumir la culpa, y el pecado anexo, cuando el finado no mostró una voluntad expresa de lo que habían de hacerse con sus cenizas o, lo que es peor, cuando habiendo manifestado su voluntad de yacer en tierra bendita, ésta ha sido incumplida por sus familiares. Como el diablo siempre anda enredando en estas cosas, ya se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones, a más de un mal nacido el documento del tal Gerhard Ludwig le habrá dado la idea luminosa de fastidiar in saecula saeculorum a algún pariente malquerido, bastará con arrojar sus cenizas a la taza del wáter y tirar de la cadena. Los cementerios no tienen cloacas.

Somos conscientes de que estamos ante la versión 1.0, suponemos que en siguientes versiones, una vez se haya probado debidamente la aplicación, se puedan incorporar nuevas prestaciones que saneen estas pequeñas anomalías que observamos. En el entretanto, la venta de columbarios, el rezo de responsos, las misas funerales, las misas de cabo de años seguirán rentando sus frutos.

 J. Carlos