Matices

Se me ha muerto una neurona y estoy de luto, no por la neurona, qué va. Sé que la microglía, que es como el camión de la basura del cerebro, primero la fagocita, después la traslada en un cortejo fúnebre fuera del cráneo y, por fin, le da sepultura en el sudor o en la orina. Si no fuera por la microglía las neuronas muertas se amontonarían en un muladar tóxico y perderíamos la cabeza. Estoy de luto porque la neurona se ha llevado a la tumba un recuerdo inocente, de niño de pueblo, y me ha hecho peor persona. Según mis recuerdos de hoy, después de morir la neurona, siendo un niño cogí un palo de escoba y, sin más, le doblé la columna vertebral a una gallina por pura maldad. Menos mal que dejé por escrito cómo sucedieron realmente los acontecimientos y eso me redime. En mi diario se describe que un día de verano me encontraba obrando en el corral a la hora de la siesta. Nunca comenzaba la tarea sin un palo de escoba en la mano porque todo el gallinero se venía en derredor en cuanto olían mis gases intestinales o, tal vez, al verme en cuclillas intuían que me disponía a depositar un rico manjar. Si su instinto se guiaba por una u otra razón, doctores tiene la zoología que lo podrán desentrañar, yo no. La cuestión es que esta especie gallinácea es más impaciente que un niño de teta y no esperaban a que terminara mi obra, atacaban con una táctica de guerra de guerrillas picándome el culo por todos los flancos. Era tal su avidez, que dejaban incólume la deposición que yacía en el suelo y con el arma de sus picos horadaban la entrada a mis entrañas para llevarse la comida antes de caer del esfínter. Huelga decir que el gallo, al ver mi palo en ristre, defendía a sus huestes con pasos marciales ante mí con la cabeza levantada, la cresta roja encendida e hinchada y las alas esponjadas. En posición tan vergonzante su pico quedaba a la misma altura de mis ojos. No era la primera vez que el gallo saltaba como un resorte y, encaramándose sobre mi cabeza con los espolones anclados en el pelo, me picoteaba el cogote. Ante tal asedio hube de incorporarme, espantar al gallo y blandir el palo sobre el bullicio gallináceo. Acerté, por puro azar, sobre el lomo de una pollita joven con pluma de un color blanco crudo. Reconozco que me excedí, tengo la excusa de que cuando dibujé el arco en el aire para asestar el golpe, el gallo seguía haciendo estragos en mi cabeza con su pico y me sangraba la frente por dos arañazos que había firmado con sus garras. La gallina se desmoronó y cayó al suelo, pensé que la había matado. Confieso que me dolía más el temor al castigo que, a buen seguro, me infligiría mi madre que la pérdida del animal. La cogí entre mis manos, la puse de pie y, con un breve impulso, echó a andar con la mitad del cuerpo vencido hacia abajo como si llevara un peso muerto en el lado derecho. Cuando mi madre se levantó de la siesta y vio el ave desvalida intuyó enseguida toda la escena y me acusó de desriñonarla. Confesé. No consta en mi diario que hubiera azotaina. Sí figura que el animal vivió muchos años y, como estaba torpe y las gallinas son poco solidarias, cuando les echaba de comer trigo y cebada desparramaba el grano lo más cerca posible de mi víctima y no dejaba acercarse a sus congéneres hasta que se hubiese saciado. También consta que mi madre no preguntó siquiera por la procedencia de los rasguños sanguinolentos que lucía en mi frente. Menos mal que llevo un diario porque a estas edades se te mueren las neuronas y se llevan, diluidos con tu sudor o tu orina, parte de tus recuerdos, luego tu cerebro une los fragmentos como cuando recompones los añicos de un jarrón y, claro, se pierden los matices. Por eso escribo, para no perder los matices.

 J. Carlos

Lectores asesinos y Tanatopráctico

                                               

                                                 Lectores asesinos

Subí un cuento a Facebook en que el asesino era el lector y la víctima el propio escritor. El arma del crimen era un paquete que contenía un ejemplar del Quijote cuyas páginas habían sido rociadas con Ántrax. Cuando recibí el primer paquete me asusté. Lo devolví sin abrir. Encendí el ordenador y eliminé el relato de mi página. Durante la semana siguiente llegaron doce paquetes más, también los devolví. Desde entonces no he recibido ninguno. Pero es tan grato saber que te leen que he decidido volver a publicarlo.

                                                Tanatopráctico

Desde que vio su primer muerto, un tío lejano que murió de pie aplastado por un camión contra el muro de piedra de una finca, no entendió por qué se le exhibía yacente dentro de un ataúd y con los ojos cerrados siendo que, en las plazas y parques había esculturas en bronce de próceres de pie sobre un pedestal o montados a caballo con los ojos abiertos como si vivieran en una burbuja de tiempo congelado. Sólo en los sepulcros en mármol de algunas iglesias se les esculpía tendidos, los párpados bajados y las manos descansando la una sobre la otra a la altura del ombligo. Estudió tanatopraxia y creó una empresa en la que al cadáver se le exhibía de pie sobre una peana, sostenido por detrás con unas varillas de aluminio disimuladas dentro de las perneras de los pantalones y con un aro cerrado sobre su cintura que soportaba su verticalidad. Les abría los párpados y pegaba sus pliegues. También soldaba sus dientes para que el mentón no cayera por efecto de la gravedad y se les abriera la boca. En el duelo los deudos se hacían fotos con el finado para la posteridad. Con los años nuestro tanatopráctico pulió su arte hasta tal punto que consiguió relajar los músculos de los muertos para esbozar una sonrisa, doblar el brazo y ponerles una copa en la mano para brindar con la concurrencia, o exhibirlos asidos a un atril como si estuvieran dictando una lección. Era caro y sólo se lo podían permitir las familias pudientes. Con el tiempo y los avances en la técnica de embalsamamiento se abarataron los costes de tal manera que, ahora cualquier familia se puede permitir el gasto de una parcelita en el camposanto sobre la que plantar a sus difuntos. Sólo algunos prohombres de la ciencia, de las artes y de la política tienen el privilegio de permanecer erguidos en plazas y jardines fuera de los recintos cerrados de los cementerios. El uno de noviembre se permite a las familias que los desplanten y los paseen por calles, montes y playas. Antes de las doce en punto de la noche han de ser devueltos a sus lugares de descanso eterno.

         J. Carlos

Confesionario

Mi colegio había engullido por un costado a la iglesia románica de San Esteban, de hecho, la pared norte quedó de medianera con el refectorio de la comunidad claretiana y a sus sillares de piedra arenisca de Salamanca se disponían los bancos corridos de una de sus alas. A partir de las siete de la tarde se cerraban todas las puertas del colegio de forma que los que cursábamos en régimen de internado quedábamos recluidos. Los miércoles por la tarde Pascual y yo nos íbamos al cine Principal a ver películas calificadas para mayores, bastaba un pequeño soborno para que el portero hiciera la vista gorda. Era sesión doble, si queríamos llegar a tiempo al colegio nos perdíamos la segunda película. Acumulábamos ya dos faltas graves por llegar después del cierre de puertas, a la tercera nos expulsaban. Habíamos intentado escalar a soga el patio desde el exterior, resultaba demasiado alto; lo intentamos por las alcantarillas, eran tan estrechas que no entraban nuestros cuerpos de quince años. Una vez, desesperados porque por dos minutos llegamos fuera de hora, llamamos a los bomberos avisando de que las cocinas estaban ardiendo, con la confusión logramos colarnos. En la misa dominical confesaba el padre Ariño, casi siempre echaba al arrepentido unas broncas monumentales; aquel día al terminar el acto religioso se acercó una feligresa pero no pudo confesarse porque no había nadie en el confesionario. Era muy raro porque no habíamos visto salir al sacerdote. Sólo cabía una explicación, le había dado un telele. Pascual esperó a que la iglesia se vaciara de gente, abatió la puerta y entró en el confesionario. Soltó una palabrota, sacó su cara entre el cortinaje morado y me conminó a que le siguiera. Tras el mueble había una puerta estrecha que abrimos, daba al púlpito del refectorio de la comunidad; bajamos sus seis escalones, alcanzamos el pasillo y salimos al patio. Como las puertas de la iglesia cerraban a las nueve de la noche los siguientes miércoles agotamos sin problemas la sesión doble del cine Principal. Aquella semana proyectaban la Leyenda de la ciudad sin nombre, volvimos imitando la voz rota de Lee Marvin cuando canta Estrella errante. Lo que ocurrió después no es achacable a la mala suerte sino al exceso de confianza. Sabíamos el horario de cena de los curas, pero aquel miércoles estaba el obispo y habían adelantado la colación. Pascual, más atrevido que yo, iba siempre delante y, al abrir la puerta secreta, se encontró con la comunidad entera cenando en silencio bajo la presidencia del obispo. Sin más, tomó un ejemplar de la vida de los santos de un pequeño anaquel y desde el púlpito, con voz grave y serena, leyó fragmentos de la vida de la Santa Teresa de Jesús. Con el cuerpo en una tembladera volví al confesionario allí me estuve quieto hasta que, media hora después cesó la lectura de Pascual y se apagaron las luces del refectorio. Al día siguiente, a la hora del recreo, vimos salir a  sus padres del dormitorio comunal con la cabeza gacha y una maleta con su ropa. Entretanto él permanecía recluido bajo llave en la sala de espera al lado de la portería. No le dejaron despedirse de nadie, ni de mí siquiera.

        J. Carlos

Deconstrucción

El lunes hicimos una marcha pacífica entre Soto del Real y Miraflores de la Sierra. Digo pacífica porque en el mapa no abundaban las curvas de nivel y las pocas que cruzamos tenían una separación razonable (cuando están muy juntas echas el bofe). Fue en la capilla de San Blas, cuya festividad honramos por puro azar, que caí en la cuenta de que, mientras conversamos y se nos van echando encima los paisajes con lentitud, no hacemos más que deconstruir. Quiero decir que compartimos recuerdos, anécdotas, vivencias, conocimientos y los vamos destilando para extraer su esencia, lo mismo que deconstruye la uva el vinatero para hacer el vino o el trigo el panadero para hacer el pan. Es curioso porque durante la marcha tiene lugar un cortejo conversativo que se parece al de los bailes de mi adolescencia. Empezamos marchando en pelotón y charlando en conjunto, al poco nos adelantamos o nos atrasamos con una pareja con la que gastamos palabras e invertimos audiencia; basta una distracción o un breve receso para una foto y en el cortejo has cambiado de pareja y de asunto; también hay momentos que aprietas el paso o te quedas rezagado y, a solas con tu cerebro, demueles ideas contigo mismo. Fue así que, rezagado, contemplando un San Blas de yeso en su capillita de piedra y cristal que alguien moldeó como una destilación de creencias, que caí en la cuenta de que no hacemos más que deconstruir.

El alfabeto es una deconstrucción. Me imagino a los primeros homínidos descomponiendo lo que veían y asignándoles un sonido. Sería fácil representar a las fieras imitando su gruñido, pero ¿qué sonido le asignas a una puesta de sol? Miles de años más tarde alguien esbozó con sus dedos unos trazos inseguros sobre la tierra para representar lo que veían, pero aquello se borraba con el viento y la lluvia. Cuando descubrieron que los pigmentos minerales y el carbón vegetal aplicados sobre una roca permanecían por siempre se produjo un salto cualitativo, aquello quedaba en herencia a los descendientes. En Mesopotamia ya habían descompuesto la realidad que veían en miles de pictogramas que, con una cuña de caña, dibujaban sobre unas tablillas de arcilla humedecida. Era una ciencia aristocrática que sólo conocían los escribas. Resulta curioso que gran parte del legado de estas tablillas nos ha llegado gracias al fuego, al cocerse la arcilla los pictogramas quedaron indelebles como los dibujos de un alfarero en sus obras de cerámica. Los fenicios siguieron deconstruyendo hasta conseguir nombrar todas las cosas, describir todas las acciones y transmitir todos los sentimientos con una treintena de signos que conformaban su alfabeto. Un griego anónimo llevó este conocimiento a su tierra y en Grecia añadieron las vocales que faltaban a los fenicios de forma que, con veinticuatro letras nos explicaron el mundo y nos legaron la filosofía que había parido Tales de Mileto. Hoy, con esos pocos signos enlatados en libros o encriptados en almacenes de datos electrónicos llamados nubes, puedes acceder al pensamiento, tribulaciones, conocimientos y creación de millones de personas vivas y muertas.

Las siete notas musicales son una deconstrucción para transmitir los sonidos armónicos que por su melodía, ritmos y silencios nos suscitan emociones y constituyen una experiencia estética que llamamos música (el arte de las musas).

La medida de todas las cosas la expresamos con diez números. Por eso la riqueza y la pobreza se significan en cifras como el calor o el frío. También necesitas los dígitos para saber la horma de tu zapato o la longitud del cáncer para conocer su gravedad.

El átomo se deconstruyó con el alfabeto matemático y nos hicieron creer que era como un sistema planetario en pequeño, hasta llegamos a soñar que en un microgramo de materia tal vez se escondía un universo chiquitín con sus billones de galaxias y miles de billones de estrellas. Después en Hirosima y Nagasaki descubrimos que había otra forma de deconstruir la materia y de borrar a la especie de un plumazo.

En Suiza hay un túnel circular de veintisiete km para acelerar las partículas, hacerlas colisionar y dividirlas para buscar el ladrillo elemental de que están compuestas. Por ahora han llegado a la conclusión de que el lenguaje de la materia se expresa con sólo dos elementos: los leptones y los quarks. Digo por ahora porque la ciencia es sólida pero avanza con el ensayo de prueba y error, la fe es gaseosa y estanca.

Hemos avanzado tanto en esto de la deconstrucción que todo los transmisible lo hemos reducido a un lenguaje binario (sí/no, cero/uno). Voz, imagen, cifras, datos, enfermedades, correos, conversaciones, chats, recorridos… todo está reducido a impulsos eléctricos en granjas de datos. La vida de cada uno también está allí deconstruida y canibalizada,

      J. Carlos

 

Gregarios

Da gusto vivir en Occidente porque es un territorio estéril donde la salud de la ética sólo es atacada por gérmenes poco virulentos. Es un territorio limpio de patógenos como un quirófano. Los principios activos del germicida son una porción de cultura milenaria -griega, romana, cristiana-, otra porción de educación universal en valores y un buen puñado de ciencia; se remueve todo, hasta que maride bien, espolvoreando una pizca de leyes con su represión penal y, añadiendo un chorrito del ingrediente mágico: el bienestar material. Si a este desinfectante le antepones la vacuna de dos guerras mundiales entiendes por qué en Occidente ignoramos nuestro lado oscuro. Dice Philippe Claudel, en El archipiélago del perro, que todos tenemos un lado oscuro que, “A menudo lo revelan las circunstancias: guerras, hambrunas, catástrofes, revoluciones, genocidios.” Es verdad. Cuando la vida se porta bien con nosotros y no nos pone en situaciones comprometidas es fácil ser devoto de la ética (algunos ni con esas), pero basta que la vida se encabrone y nos ponga a prueba para que traicionemos nuestros principios.

Que los hados me libren de estar en la piel de los alemanes que veían cómo cosificaban a sus vecinos judíos colocándoles una estrella amarilla, después les echaban de casa, saqueaban sus haciendas y los llevaban como rebaños en vagones cerrados a los campos de exterminio para gasearlos. O de los judíos de hoy que echan de sus casas a los palestinos, los amurallan, los asfixian económicamente y, de vez en cuando, los masacran. Tampoco quiero estar en un avión aterrizado en llamas porque tal vez me descubriría abriéndome paso a codazos, pisoteando a niños y ancianos. Ni en una playa donde las olas rompan contra el cadáver negro de un emigrante; llamaría a las asistencias, sí, me condolería, sí, pero volvería a mi tumbona a tomar el sol y me daría un chapuzón en esas mismas aguas con la conciencia tan limpia y tranquila como cuando le respondo al fontanero que sin IVA.

De las circunstancias que cita Claudel sólo algunas catástrofes quedan fuera del hacer humano, todas las demás son causadas por el hombre y su espíritu gregario. Si no queremos conocer nuestro lado oscuro tenemos que imponer un cordón sanitario al gregarismo. La fe es ciega y no mueve montañas, apacienta corderos y enfrenta rebaños contra rebaños. La fe en Adolf Hitler costó cuarenta y dos millones de muertos. La fe en Iósef Stalin acabó con la vida de cincuenta y dos millones de seres humanos. La fe en Mao Tsé Tung enterró a setenta y dos millones de chinos…

No quiero ser como los tíos conservadores de Eduardo Torres Dulce a quienes les pilló el golpe de Estado de Franco en zona republicana y, para salvar la vida, se alistaron en el Quinto Regimiento de Enrique Líster, como muchos otros de éste y del otro bando. Hasta aquí la anécdota, una mera curiosidad que queda estampada como la imagen en un fotograma o disecada como una mariposa sujeta con un alfiler en una caja entomológica. Lo triste es que la historia no se congela, y, cuando los fotogramas de la vida siguen rodando, ves a esos hombres empuñando las armas contra sus propios correligionarios y familiares porque están en el bando equivocado pero tienen que salvar la vida.

No, no quiero conocer mi lado oscuro. Por eso abomino de los gregarismos. La fe del gregario se basa en la negación de todo lo demás y, específicamente, en traicionar todo aquello que nos hace humanos. Sus profetas son fanáticos como los gatos y los perros, como las abejas y las ratas que todo lo fían al instinto. Ningún perro descubrió la electricidad o el electrón, ni ningún fanático. Ningún gato llegó a la luna o envió sondas a Marte, ni ningún fanático. Ninguna abeja descubrió la penicilina o las ondas electromagnéticas, ni ningún fanático. Ninguna hormiga halló el bosón de Higgs o una onda gravitacional, ni ningún fanático. Los fanáticos y los conversos sí saben cómo pastorear a las masas y torearlas con los trapos de las banderas, saben conducirlas con los perros del odio hasta el aprisco de su ideología y llevarlas al matadero.

Es ver a Trump, Putin, Johnson, Junqueras, Abascal… y me entra la tembladera. Y es que se les nota en la voz, en los gestos y en la mirada un apetito desenfrenado de conocer nuestro lado oscuro.

 J. Carlos

Microbiota

La mitad de lo que somos se contabiliza en microbios, la otra mitad en células humanas. Somos una comunidad bien avenida y equilibrada, quiere decirse que, en tu cuerpo y en el mío las cuentas están saldadas. Hasta hace unos años considerábamos que ese conjunto de microorganismos eran unos ocupas que vivían a nuestra costa, que es tanto como considerar que la mitad del cuerpo era un artefacto que se nos había adosado para chuparnos la sangre y no reconociéramos como propio el brazo izquierdo, la pierna derecha, una de las orejas, una ventana de la nariz o un riñón. Hoy sabemos que ese conjunto de bichitos, la microbiota, son esenciales en nuestro sistema inmune, influyen en la secuencia de nuestro genoma y juegan un papel importante en el desarrollo neuronal a través de la producción de neurotransmisores. Vamos, que son tan nuestros como la piel que habitamos o la sangre que nos lleva el oxígeno al domicilio de cada célula. El problema lo tenemos con los microbios emigrantes que a diario cruzan las fronteras de la piel y las mucosas para instalarse en nuestros cuerpos donde se vive estupendamente. Algo similar a lo que pasa en Europa que los emigrantes cruzan fronteras y mueren en el mar con tal de llegar a la tierra prometida. La microbiota propia, aquellos que ya son ciudadanos de la patria de nuestro cuerpo, alerta al sistema inmune para que ataque a los intrusos y, aunque casi siempre ganamos la batalla, resulta molesto porque preferimos vivir en paz. Si alguien creó este mundo debe ser un macarra porque concibió la supervivencia como una guerra sin cuartel. Ahí tienes el virus de la gripe que llega puntual cada año porque necesita nuestras células para reproducirse. Es tan poca cosa que ni se puede ver con un microscopio óptico; aún así, con toda nuestra tecnología e inteligencia somos incapaces de erradicarlo, todos los años se lleva a unos miles con los pies por delante, a los demás sólo nos deja malparados durante una o dos semanas. En resumen, a lo largo de la existencia ganamos todas las batallas salvo la última, donde perdemos la guerra. Al final algún bichito insignificante nos termina mostrando el camino del cementerio o del crematorio. Victoria pírrica porque el microorganismo asesino también muere con nosotros. En el certificado de defunción el médico de turno escribirá insuficiencia cardiaca o fallo multiorgánico, pero él sabe que la causa más probable es la proliferación de colonias emigrantes de bacterias, arqueas, virus, hongos o protistas que emigraron a tu interior porque allí se vive estupendamente.

Los emigrantes que a diario asaltan las fronteras de nuestros cuerpos suelen ser viejos conocidos a los que esperamos con un ejército biológico que han preparado nuestros científicos en laboratorios. Pero los muy ladinos ya conocen nuestras defensas y, a veces, se disfrazan con mutaciones para engañarnos y nos pillan con las armas obsoletas. Así sucedió en diciembre, en la ciudad china de Wuham, donde una colonia de coronavirus se había asentado en las entrañas de una serpiente venenosa, la Krait taiwanesa, que tiene la piel pintada en bandas con escamas blancas las estrechas, con escamas negras las más anchas. En aquellas latitudes la ingestión de serpientes entra dentro de los cánones de la gastronomía local, así que un ejemplar terminó expuesta en el mercado junto con erizos de mar, puercoespines, murciélagos, venados… Se supone que al contacto con la serpiente o, tras su ingesta, el virus entró en un cuerpo humano donde mutó para adaptarse. El parte de guerra a día de hoy está en las cabeceras de todos los informativos del planeta: 41 muertos, 1.100 infectados, 13 ciudades en cuarentena, 40 millones de personas aisladas como cuando asolaba la peste en la Edad Media que los encerraban en las urbes a cal y canto. La diferencia es que en la Edad Media los microbios viajaban en el huésped humano a la velocidad de un caballo, ahora viajan en avión a 900 Km por hora. Ya ha llegado a Francia y tras la diáspora posterior a las celebraciones del nuevo año chino de la Rata, que empieza hoy, se teme que se convierta en pandemia mundial.

Te preguntarás: ¿Qué son 41 muertos frente a 7.700 millones de humanos? ¿Por qué tanto trompeteo apocalíptico cuando sólo en España, durante el año 2019, murieron 55 mujeres por asesinatos machistas? Entiéndeme, si tienes razón, pero añádele que el boletín de científicos atómicos acaba de publicar que la especie humana ya casi ha consumido las 24 horas de vida, nos quedan apenas cien segundos para desparecer. Apunta, además, otro dato espeluznante: Se ha constatado la existencia de las ondas gravitacionales que predijo Einstein. ¿Sabes cómo las han medido?, pues gracias al choque de dos agujeros negros. Sí, los agujeros negros no sólo engullen estrellas y galaxias enteras, también se comen entre ellos, así que terminaremos siendo el desayuno de un agujero negro que será fagocitado por otro y así hasta que sólo quede uno.

O nos come lo infinitamente pequeño o nos engulle lo infinitamente grande. Esto es un sinvivir. Menos mal que los chinos, a falta de vacuna contra el coronavirus, nos han dado un placebo. Van a construir un hospital en diez días, ya nos han suministrado las imágenes de cincuenta excavadoras que se mueven como hormigas. Son muy inteligentes, saben que mostrar a sus compatriotas y al mundo el avance diario de las obras es el mejor ansiolítico.

   J. Carlos

 

Aplicaciones

 

Me he bajado una aplicación para calificar los alimentos. Basta con acercar el móvil al código de barras del producto para que lo reconozca de inmediato, lo puntúe y desglose su peso en grasas saturadas, aditivos, azúcar, etc. He escaneado los envases que tengo en el frigorífico y el resultado es patético: dos excelentes, uno bueno, cuatro malos y el resto mediocres. Tengo la mochila de la culpa más cargada que un asno de pastor con cántaros de leche, es lo que tiene haber recibido una educación católica. Ya me fustigaba cuando me echaba al coleto unas lentejas con su chorizo picante de León o, entre horas, picaba unas lonchas de queso de cabra y rodajas de fuet de Casa Tarradellas con un vino de Toro, imagínate ahora cómo se te queda el ánimo si te comes un yogur con bífidus activo que la aplicación califica como mediocre, y eso que lo haces para evitar un postre dulce. No te niego que, si se viralizan estas aplicaciones, los productores se pondrán las pilas para que mejore su clasificación y comeremos más sano, en el entretanto habrá que encopetar un poco más la mochila de la culpa. Daba gusto de niño, ibas al confesionario te acusabas de practicar el pecado de la gula y al precio de tres Ave Marías el sacerdote te dejaba el rincón del alma donde habita el remordimiento limpio como una patena.  Además, no te exigía los detalles morbosos de con quién, dónde y cuántas veces pecabas, ni siquiera te reconvenía con aquello de que esos apetitos desenfrenados terminarían licuándote el cerebro. Esa mancha indeleble de la culpa que te inflige la aplicación la puedes disimular con la penitencia del deporte, condenándote a prescindir del postre o hartarte de vez en cuando a comer verdura como las vacas, pero ¿cómo te libras del sentimiento filicida de estar alimentando a tus vástagos con productos malos, incluso mediocres, que alicatarán de colesterol sus vasos sanguíneos o endulzarán su sangre hasta que revienten?

Con la edad se pierde estatura, los médicos te dirán que son fenómenos físicos de acercamiento de vértebras debido a la gravedad, desgaste de cartílagos y hasta pérdida de masa ósea. No es toda la verdad, en esa ecuación falta el peso de la culpa. Te digo más, si midieran a los veinteañeros en toda Europa y los volvieran a medir al cabo de cincuenta años se acreditaría que, con el paso del tiempo, los españoles tendríamos la bóveda craneal más cerca del suelo.

Dentro de unos meses existirán aplicaciones que escanearán el aire y te aconsejarán no salir de casa o no comprar ese piso porque en ese barrio los bronquios se degradan con rapidez. Más adelante habrá móviles que escanearán tu coche o el avión en que piensas volar y lo calificarán, pero si resulta mediocre o malo recibirás una notificación de tu seguro advirtiéndote de que no te cubre en caso de accidente. Como esto es un no parar, en unos años, antes de salir de casa tendrás que dirigir tu móvil al retrete donde humea tu deposición para que te diga si detecta alguna anomalía en tu organismo, después, mientras te peinas, el espejo te mirará al fondo de los ojos para detectar las fracturas psíquicas y mentales que te aquejan, en caso de gravedad te inyectará un tranquilizante y avisará a los loqueros. Con ello quiero decirte que habrá aplicaciones para todo: escribirán poesía, compondrán música, te harán el amor y conducirán tu coche.

Ojalá desarrollen una aplicación para el móvil que te perdone las culpas y te redima, como la que inventó la religión católica y que está en todas las iglesias. Tiene forma de cueva presidida por una cruz. Es un mueble ancho y alto, de madera, con dos celosías a los lados y unos estribos para arrodillarse, tiene también una puerta con una hoja y, encima, un vano con cortinas moradas. Dentro, un cura sentado en una tabla con cojín de terciopelo levanta la mano en el aire dibujando una cruz y pronuncia: ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. En ese preciso instante desaparecen las culpas como si estuvieran escritas a lápiz y le pasaran una goma de borrar. Si midieran al devoto antes y después de pasar por esa aplicación analógica te aseguro que sería unos milímetros más alto. Si lo pesaran habría perdido unos gramos o unos kilos, basta ver cómo llegan los penitentes cabizbajos con los pies a rastras y cómo se van tan ligeros que parecen levitar tras cumplir la penitencia.

          J. Carlos