Breve historia de un dedo

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Se conocieron en una fiesta de la Facultad de Medicina. Tardaron dos domingos en distanciarse de sus respectivos amigos. Hasta la cuarta semana no recalaron en el Retiro para adentrarse, con la tarde ya vencida, por los senderos más solitarios. Él esperó todavía a que las farolas se fueran encendiendo antes de pasarle el brazo por encima de los hombros. Empezó descuidadamente dejando que los dedos se deslizaran sobre la hombrera de su jersey. Lo hizo con la misma delicadeza con que se posa una mota de polvo. Como ella no rechazó aquel acercamiento terminó por descansar la mano entera y, minutos más tarde, el brazo ya rodeaba su cuello. Terminaron sentados en un banco, no muy lejos del estanque, bajo un fanal que alguna pedrada certera había dejado a oscuras. Eran tiempos difíciles y las aproximaciones se diseñaban como la estrategia militar en las batallas, cada centímetro de piel era una plaza conquistada y cada conquista te permitía seguir avanzando, aunque en ocasiones había que optar por retiradas tácticas.

Ella le retenía las manos entre las suyas, no tanto por acariciarlas sino por impedir los avances cada vez más audaces, y dijo aquello descuidadamente, porque los silencios estúpidos del enamoramiento exigían romperlos con algún comentario: “Qué curioso, el dedo pulgar de tu mano derecha no parece tuyo. Es como si fuera de otra mano. No sé, como si perteneciera a otra persona”. Él le explicó que siendo un niño, cascando nueces con una piedra, se aplastó el dedo. Perdió la uña, aunque por dentro de la cutícula, como si fuera un seno materno, vino a nacer otra que fue creciendo hasta cubrir la falange. La nueva nunca le gustó, era cuadrada y dura como un caparazón, además, siguió contándole, no pudo olvidar el proceso de tumefacción con aquel olor a podrido de la uña que terminó desprendiéndose. Ella se llevó el dedo a sus labios y él, con un rictus de asco, lo retiró.

Marga, es psiquiatra. Se casaron al poco de terminar la carrera. Por su profesión y por la convivencia diaria sabe que Sandro es obsesivo, que le perturba cualquier contratiempo. Sin embargo, ignora la angustia que sembró en el cerebro de su marido aquella observación insustancial dicha para ahogar un silencio, y de la que nunca han vuelto a hablar. También ignora que aquel mismo día compró unos guantes de piel de cabritilla en unos grandes almacenes y que, desde entonces, adquirió la costumbre de meter las manos en los bolsillos cuando no trabaja con ellas. Tampoco le extraña que hasta en casa, salvo con el servicio, cuando tiene la mano desnuda la cierra en un puño con el dedo dentro.

Están bien situados. Casa señorial en el barrio de Salamanca, coche de lujo para menguar el tedio de los desplazamientos en los múltiples viajes que gustan de hacer, dinero en la tarjeta para ir acomodando la vida a los placeres más refinados y paciencia e ingenio para ir gastando los años. Los viernes a la tarde van juntos al mismo salón de belleza de un afamado peluquero. Mientras peinan a Marga, a Sandro le hacen la manicura. Siempre le atiende la misma chica, ya ha aprendido que el dedo en el que se tiene que esmerar para contentar a su cliente es el pulgar derecho. Tiene que limarle las sucesivas capas que engrosan la uña, aplicarle después un esmalte incoloro y recortársela en pico para romper las líneas rectas porque crece roma y parece una tesela mal encajada. Al principio las clientas consideraron su presencia una rareza, con el paso de los años se han acostumbrado y, ni siquiera reprimen los comentarios subidos de tono sobre los cuerpos de los hombres que aparecen en las revistas.

La asistenta, Inés, está hoy desquiciada porque el señor –qué manía con cortar jamón para acompañar el vino de media mañana con la poca maña que se da- se ha rebanado el dedo pulgar con el cuchillo jamonero y se lo han llevado en ambulancia al hospital. Fue el señor quien se vendó la mano, recogió el apéndice ensangrentado de la mesa y lo envolvió en una servilleta. Para Inés ver sangre y descomponerse es todo uno. Por eso se limitó a acercarle el botiquín y, siguiendo sus instrucciones, llenar la cubitera de hielo. Quiso llamar a la señora pero él la persuadió de que no lo hiciera. “Estás hecha un manojo de nervios si la llamas ahora se va a asustar ya la llamaré yo más tarde” -le dijo. Cuando los enfermeros recogieron el estuche de madera de sisu con la tapa picada de agujeritos e incrustaciones de elefantes de latón, donde yacía el apéndice del señor entre cubitos de hielo, Inés corrió al dormitorio principal para buscar un pañuelo de seda del armario y se lo dio para que envolvieran el estuche.

Inés tiene los nervios sueltos y no acierta hoy con las tareas del hogar, primero se le ha roto un vaso en el lavavajillas, más tarde, al tirar del cable de la aspiradora se ha soltado el aplique del enchufe de la pared, y  ahora, al pasar el plumero por el último anaquel de la librería del gabinete donde el señor se pasa las horas dibujando planos, se le ha venido encima un álbum de fotos y ha quedado desarticulado sobre el parqué con la hojas abiertas. ¡Qué extraño! Todas son fotos de dedos. Pasa las páginas con rapidez, sólo hay instantáneas de uñas cuidadas y de dedos largos y esbeltos. Las imágenes le avivan el recuerdo del pulgar en el suelo desangrándose, como si tuviera vida propia, alejado de la mano de su señor, y se le escapa un hipido. ¡Pobre señor! Ahora se lo estarán cosiendo en el quirófano y a lo peor no le agarra bien como algunas plantas o pierde movilidad. Es delineante y lo necesita para dibujar. Se sienta con la cara anegada en lágrimas por la desgracia del señor. También llora por ella misma, le vienen los recuerdos en tumulto, porque aquel dedo ha recorrido en muchas ocasiones las formas de su cuerpo y le gusta tenerlo en su boca, succionarlo, pasar la lengua por esa uña que resbala como si fuera una concha de nácar y apretar la yema contra el paladar cuando el señor se viene.

Harta ya de llorar, se ha preparado una abundante comida porque la angustia le produce siempre una sensación de hambre. Como de costumbre, come de pie, en la cocina, con el plato en el aire sujeto con la mano y viendo la tele. Están dando las noticias de las tres de la tarde. La locutora narra un extraño suceso: “El joven modelo Honoré Chantal que aparece esta semana en la portada de Vanity Fair ha sufrido un atraco esta madrugada. Se sospecha de un ajuste de cuentas porque los delincuentes le han seccionado con un bisturí el dedo pulgar de la mano derecha, y se lo han llevado en la caja de madera de quemar incienso. Fuentes policiales confirman que, salvo la cajita y el dedo, no se han llevado ni dinero, ni joyas ni otros objetos de valor”. En el noticiario pasan, sin solución de continuidad, a comentar las jugadas más sobresalientes del fútbol dominguero. Inés, aburrida, viendo por tercera vez la imagen a cámara lenta del gol de Ronaldo se pregunta, qué contendría el paquete que trajo a primera hora de la mañana un motorista y que se empeñó en recoger personalmente el señor. Pronto es su cumpleaños. En el último le regaló el traje verde de satén de lino y seda para hacer de madrina en la boda de su hermana. El paquete envuelto en papel marrón abultaba poco, quizá un reloj o una pulserita, piensa. Se le escapa un suspiro. Hace un ademán con la mano como si espantara un pensamiento y se le abre la boca porque la desazón también cansa.

J. Carlos

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El bolso

Bolso de Soraya

En el bolso de Soraya cabe el Estado. Si rebuscas, lo mismo te puedes encontrar el Rímel de una espía del CNI, la escaleta de un telediario, o el post-it dirigido al ministro Catalá para urgir el cambio en el Tribunal de la Gürtel que evitó la permanencia en prisión de la mujer de Bárcenas.

Mientras Rajoy se ausentaba del palacio de la Carrera de San Jerónimo, no tanto para entregarse a su pereza reglamentaria, que también, sino por evitar que las cámaras acreditaran la descomposición de su rostro y dieran fe de sus ojos hundidos en el cuévano de la derrota, el bolso de Soraya con todo el Estado dentro yacía inmóvil en el ataúd del escaño azul suplantando al cadáver político de su presidente. Era la metáfora perfecta de una presidencia desempeñada desde el desdén a los valores democráticos y la impudicia del latrocinio, desde la mordaza ciudadana y el vasallaje impuesto al legislativo y al judicial, desde los recortes sociales y el atropello de lo público.

Como la holgazanería no está reñida con el buen yantar, huyó del hemiciclo donde celebraban sus exequias y fue a refugiarse en el restaurante Arahy. No se ponen de acuerdo las crónicas sobre si le sirvieron el atún rojo especialidad de la casa o el solomillo de ternera gallega; tampoco especifican la marca del vino, apostaría a que se regó el gaznate con un Pingus del 2013. Como no tenía el día para postres pasó directamente a las copas, de whisky por supuesto. ¿Quién se lo iba a reprochar? Cuando ves en el plasma a Aitor Esteban subido al púlpito del Congreso que clava el último clavo de tu ataúd, el mismo Aitor que hace justo una semana te salvaba el culo por un puñado de monedas, se te queda la garganta más seca que la mojama.

Se desconoce si durante las ocho horas que duró la sobremesa tuvo ocasión de echar una cabezadita. En todo caso, me temo que sería corta y desasosegada. Los duelos nublan el cerebro y, aunque alejan la somnolencia, en el sopor anestésico del alcohol los pensamientos burbujean, explotan en su hervor y quedan flotando como telarañas negras:

-¿Quién se hará cargo de los gastos de asistencia de mi padre que hasta ahora asentaba en la contabilidad pública?

-Sin el poder vicario de la justicia no me libraré de testificar, incluso podrán imputarme por falso testimonio. Ya no te cuento si mi amigo Luis canta la ópera bufa de los papeles de Bárcenas y se acaba sabiendo que M. Rajoy es M. Rajoy, o sea, yo.

-Decía Soraya que si ganaba Sánchez se perderían seis mil quinientos puestos de trabajo, lo que no dijo es que eran la caterva de asesores, altos cargos, amigos, familiares, enchufados y demás ralea adosados en la Administración y en empresas públicas con el carné del partido en la boca. Con ese estropicio ¿cuánto durará el PP? ¿Cuánto duraré yo en el partido sin la argamasa del poder?

-¡Joder! Pronto puedo convertirme en esa persona de la que usted me habla.

Entre pelotazo y pelotazo (de whisky) tuvo ocasión de mandar a Dolores de Cospedal al Congreso para que recogiera su finiquito en directo ante las cámaras. De paso contraprogramaba a Albert Rivera que en ese preciso momento comenzaba su discurso. Mucho antes, recién sentados a la mesa, en el preciso momento en que el chef cubano, “Mundy”, se disponía a servirle un tazón de salmorejo cremoso, vibró su móvil. Andoni Ortuzar le comunicaba su sentencia de muerte. Guardó el aparato. Sin mirar a los presentes, que permanecían hieráticos expectantes, tomó la primera cucharada. “No está mal”, dijo. Volvió a llenar la cuchara y, antes de llevársela a la boca, ordenó: “Que pongan en marcha las trituradoras de papel”. Algunos compañeros de mesa dejaron el salmorejo intacto.

Al filo de las diez de la noche Rajoy se levantó. En el lavabo hizo cuenco con las manos para coger un poco de agua del grifo y restregarse los ojos para  disimular el ligero achispamiento que se reflejaba en sus pupilas. Por el quicio de la puerta se coló una conversación entre “Mundy” y un comensal que preguntaba el significado del nombre del restaurante. “Es una palabra india, significa cambio”. Mientras se secaba la cara con una toallita caliente masculló: “Joder con las metáforas”.

Los escoltas le franquearon el paso hasta su vehículo entre un enjambre de micrófonos y dos muros de cámaras. Ya en el coche, a través del cristal ahumado, miró la Puerta de Alcalá envuelta en conos de luz blanca. Ahí estaba viendo pasar el tiempo. Su tiempo. Por encima de El Retiro, en el horizonte, una luna recién nacida ya no era redonda del todo, tenía una dentellada. Como su historia.

Un perdedor, un parvenu le acababa de pegar un bocado a la historia de España y se había engullido unas cuantas páginas que eran suyas. Tan suyas como la soberbia, la altanería, la indolencia y una oratoria notable, aunque a veces naufrague en el retruécano.

J. Carlos

Soberbia y silencio

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El narrador de ficción siempre juega con ventaja. Toma de la mano al lector y lo coloca en primera fila para que no se le escape ni un diálogo, ni un gesto, ni una arruga de la ropa. Si es menester levanta la tapa de los sesos de los personajes para que el lector pueda ver lo que piensa, o les disecciona en canal el corazón para mostrarle el pálpito de las emociones y los recovecos donde se esconden los sentimientos. El narrador de periódico, igual que el historiador, lleva siempre la peor baza, es un mero voyeur que acumula evidencias aplicando el ojo a la cerradura y la oreja al parloteo. Como no le está permitido trepanar cerebros ni eviscerar a sus personajes se limita a bruñirles la cara del poliedro con la que quiere que el lector les mire. Ni uno ni otro son confiables, el uno porque construye meros artificios, el otro porque pretende contener el fluido de la realidad en el cuenco de las manos.

El único narrador confiable, al menos legalmente, es el juez. Fue una convención, sucedió que los dioses estaban en el más arriba y no se dignaban bajar para narrarnos, desde su omnisciencia, cómo se habían desarrollado los conflictos y los agravios entre los hombres. A falta de un relato único siempre terminábamos a palos o a bombazos. Para resolver esta tragedia decidimos nombrar a un narrador de entre nosotros y le otorgamos el beneficio de la credibilidad.

Ayer la Audiencia Nacional nos desveló el relato de la Gürtel. Todavía no es el último, de forma que no podemos levantar el adjetivo de presuntos a los veintinueve condenados hasta que el narrador Supremo estampe su firma. En esta penúltima narración, todavía presunta, se describen los hechos de estos apóstoles de la codicia con la misma precisión con la que un lapidario pule las facetas de un diamante hasta conseguir la talla princesa. Tiene una prosa densa, reiterativa, en la que viene a asentar y otorgar carta de naturaleza a todo aquello que ya conocíamos de sobra por los medios. Si deconstruyes la sentencia quitándo el polvo de la jerga jurídica y barriéndo el argot contable se queda reducida a una sola frase: “Qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”. La misma que pronunció el capitán Louis Renault en la película Casablanca.

También puedes destilar la sentencia. Es fácil. Se trataría de meter el millón de palabras en la caldera de un alambique, ponerle un fuego debajo hasta que el termómetro del capitel marque los 64º. Cuando el vapor empiece a condensarse en el serpentín habrá de aplicársele un poco de frío para que, por cambio de temperatura, se precipite el licor de la soberbia por la boca del caño. Son mil seiscientas ochenta y siete páginas que destilan una sola palabra, soberbia. A estos facinerosos abonados al pijerío les perdió la soberbia. Porque yo lo valgo. Estaban tan pagados de sí mismo que levitaban un palmo por encima del resto de los mortales. Militaban en una organización que tenía el poder y, no sólo disponía de una maquinaria precisa para saciar su codicia, también expedía los pasaportes a la impunidad. Fueron incapaces de advertir, ensimismados en su latrocinio, que la omertá sólo funciona cuando coses la boca del soplón a balazos. No fueron los policías o los jueces quienes encontraron el hilo de Ariadna, las delaciones surgieron del mismo seno de la organización criminal donde pace el Minotauro. Fuego amigo. Gestapos y gestapillos. Intereses contrapuestos. Luchas de poder intestinas. Envidias. Recelos. En suma, soberbia.

Resulta enternecedor, aunque sepas que es una burla a la inteligencia,  el espectáculo de los voceros de la organización política condenada repitiendo las mismas consignas como muñecos de cuerda a punto de pararse o descomponerse. Las frases son las mismas. El tono, con el tiempo, va decayendo y pasa de barítono a bajo como el de una misa de réquiem. La cara se les amustia al igual que amustia sus gestos el enterrador cuando se acerca a los deudos por ver si cae una propina.

Entretanto, el Minotauro perdido en el laberinto de su indolencia, necesita zamparse urgentemente siete Zapalanas y siete Ratos para saciar el apetito. Lleva casi una década dando cuenta del sacrificio de siete hombres y siete mujeres que le echan los suyos en el laberinto judicial y que, desorientados, acaban en las fauces de la bestia perdiendo hasta su identidad (esa persona de la que usted me habla). Ignoro si el Teseo que luche y mate al Minotauro será Bárcenas, harto ya de ser la puta del PP y encabronado ante la perspectiva de que las posaderas de su santa terminen calentando la taza del retrete de una celda. Lo que sí sé es que el héroe que acabe con la bestia no será ni Rivera, ni Sánchez, ni siquiera las urnas. Caerá abatido por los propios. El arma no serán los sobres de un blanco roto que contrastaba con el color mierda de los cigarros puros  con que los tapaban. Tampoco el tiro de gracia será la acreditación de que la identidad de M punto Rajoy coincide con el Minotauro. Me temo que caerá por algo tan ruin y tan poco sublime como los tarros de crema antiedad de la Cifuentes. Ya sabemos que los narradores de ficción y los historiadores cargan las tintas en la épica pero la realidad es siempre más prosaica.

Hay narradores que juegan magistralmente con los silencios, al fin y al cabo, una novela es como una sinfonía y la música es una concatenación armónica de sonidos y silencios. Los silencios pueden ser espesos como el del teléfono cuando tiene que sonar y no suena, breves como el que se sucede cuando las bocas van a sellarse en un beso, inquietantes como el de la naturaleza antes de que estalle la tormenta. También pueden ser broncos como el mutismo de Aznar. Recuerdo que Váquez Montalbán acuñó en un libro póstumo el concepto de “aznaridad”. No vivió para saber que además de los delirios de grandeza que enmascaraban su incompetencia, gastaría malos modos con su pupilo, zahiriéndole y denostándole, en cuanto éste se libró de su vasallaje. Murió sin sospechar que la aznaridad se resumiría en oponer un tupido silencio frente a las fechorías de su ejecutivo, cuya foto hoy podría orlarse con un “Se busca” porque como escribe Rubén Amón: “No está claro si Aznar tenía un Gobierno o si pretendía asaltar el tren de Glasgow”.

Para los que piensan que quien calla otorga -no es mi caso- todos los silencios son cómplices.

J. Carlos 

Perplejidad

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El tiempo es un pudridero porque obedece a la segunda ley de la termodinámica, “a cada instante el Universo se hace más desordenado”. Esto es, se produce un deterioro inexorable que tiende hacia el caos. Por eso las montañas se erosionan, las olas del mar desgranan las rocas en un desorden de arena y el cuerpo humano se precipita hacia una degradación polvorienta hasta confundirse con la misma tierra que habitó.

Coincidiendo con el séptimo aniversario de movimiento del 15 M que se asentó en la Puerta del Sol de Madrid, dos de sus adalides, Pablo Iglesias e Irene Montero, que con el viento a favor de aquellas protestas izaron las velas de un nuevo partido, se han comprado un casoplón. Aquel movimiento nació con el objetivo de moderar la entropía social –la velocidad con que se produce el desorden- que traía su causa de la crisis financiera. En aquel caos donde el espejo del futuro se hacía añicos y los jóvenes comprendieron que ya no tendrían trabajos normales como sus padres, ni salarios y pensiones dignas, ni educación gratuita, ni sanidad pública, fue fácil para Pablo e Irene inflar los pulmones y llenarse la boca con vocablos que encendían la cólera y alumbraban la esperanza: “Los partidos de la casta, las élites económicas, el miedo tiene que cambiar de bando…” Luego viene el pudridero del tiempo a desordenar las cosas y de aquellas aseveraciones: “los políticos que viven en grandes casas es lo peligroso” pasamos, con una entropía desbocada, a un chalet en la sierra con piscina de piedra, tres dormitorios con vestidor, comedor con dos ambientes, casa para invitados y una parcela en que podrán sembrar la tercera parte del césped del Bernabeu. La historia se repite, acuérdate de la Villa Meona del que fuera ministro socialista Miguel Boyer y de su segunda mujer, Isabel Preysler, que contaba con trece baños. Siempre supuse que este número obedecía más a la Cábala que a la necesidad.

No soporto la ruindad mental de quienes piensan que un rico no puede ser de izquierdas y, de serlo, ha de practicar la austeridad en el proceder, la frugalidad en la colación y la moderación en la bebida como si perteneciera a la Orden Franciscana y profesara el voto de pobreza. Pero tampoco soporto a los inquisidores que crucifican a los adversarios -“¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 € en un ático de lujo?”- y luego se gastan casi 700.000 € en una casa que no desentonaría con las que retrataba aquella vieja serie de Falcon Crest.

La perplejidad se manifiesta al advertir que las ideas, que tienen la pureza de las vírgenes, caen seducidas por la oratoria mística de los profetas y éstos, inexorablemente, terminan prostituyéndolas.

Como hemos dicho el cuerpo humano se precipita hacia la degradación, pero con la medicina y los conocimientos adquiridos hemos conseguido reducir la velocidad con que se desordena y arañarle unos cuantos años a la vida. Por el contrario en la España de Rajoy la degradación se acelera porque, como él mismo afirma, “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión”. Sin nadie que reduzca la entropía el caos está servido. Ahí tienes el caso de Cataluña. Durante los días 6 y 7 de septiembre próximo pasados, el Parlament catalán violó la Constitución y el Estatut, con la aprobación de las leyes del Referendum y la de Transitoriedad ante la impertérrita indolencia del mentado. Desde entonces acá la putrefacción política y social está tan avanzada que estamos atufando a Europa.

La última tufarada que envenenó el aire de la democracia española y europea se expelió ayer, fue con la toma de posesión como President de la Generalitat de un filofascista cuyos escritos afirman una supremacía trumpiana y una xenofobia cercana al apartheid practicado hasta 1992 en la República de Sudáfrica por la minoría blanca. Veasé: “Los cruces [de la raza del socialista catalán] con la raza del socialista español fueron aumentando y aumentando hasta llegar a mutar el propio ADN de los autóctonos”.

Este espécimen de ser humano, como buen narcisista, presume de conocernos a todos los españoles cuando afirma que “vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”. Supongo que ignora aquella anécdota de Churchill que cuando le preguntaron la opinión sobre los franceses contestó: “No sé, son muchos y no los conozco a todos”. Fue la mejor respuesta contra la xenofobia, el nacionalismo cateto y el estúpido odio al extranjero.

Para demostrarle humildemente que, siendo español sí sé utilizar esa palabra, me congratula expresarle los sentimientos que usted me suscita: Si goza de buena salud mental y su ideología es la que expresa en sus escritos, siento vergüenza no sólo de ser su compatriota sino también de pertenecer a la misma especie. Caso de que sufra alguna psicopatología social, me da lástima. La buena noticia es que medicado, en las manos de un buen facultativo y alejado del poder puede que no haga daño a nadie.

Seguramente, al contrario que usted, ni me siento ni me dejo de sentir orgulloso de mi patria, como no puedo sentirme orgulloso de tener los ojos castaños o la piel blanca. Nací aquí, me vino dado, al igual que me vino dado el cuerpo. Me siento un privilegiado por pertenecer a este grupo humano y trato, en mi modesta medida, de que las cosas vayan mejor para mis compatriotas. Claro que hay cosas de España que me gustan y otras  que me disgustan como me pasa con mi cuerpo. Ojalá que no hubiera patrias, sólo una, la única común de toda la humanidad. Sé que no le verán mis ojos, como sé que todo lo que usted representa va contra ese principio. ¿Sabe de qué estoy orgulloso? De mis principios porque no me vinieron dados, tuve que esforzarme para conseguirlos y luchar para que pervivan.

La perplejidad no es ya que la llamada izquierda catalana sea nacionalista, que también. O que voten a la derecha catalana que tras gobernar tres décadas largas, terminó arropándose en la estelada para ocultar la rapiña de las arcas públicas. O que después, coaligados con esa misma derecha que por vergüenza hubo de cambiar hasta de siglas, dieran un golpe de Estado juntos y, actuando de mamporreros, les ayudaran a mitigar la contestación social por el estropicio causado por los recortes más sanguinarios de todo el Estado que habían perpetrado el Sr. Mas y sus secuaces. La perplejidad es que hayan entronizado como representante de todos los catalanes a la marioneta de un prófugo, la cual, sin duda inspirada en Mein Kampf, considera “bestias con forma humana” a los catalanes que hablan español, pero no acémilas o bestias de carga, no; especifica que son “carroñeros, víboras, hienas”.

Al igual que Convergència tuvo que cambiar de nombre para blanquearlo, como hacen los delincuentes con el dinero robado o malversado, espero que Esquerra Republicana de Catalunya borre la primera palabra de su nombre para no sonrojar a la izquierda y para no burlarse de la inteligencia del común de los mortales.

J. Carlos

Huellas

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No importa la levedad con que pases por la vida, siempre dejarás un rastro.

Mientras el mar borraba las huellas que tus pies imprimían en la arena aquella tarde, ella se estremeció cuando descuidadamente tu mano rozó la suya. Seguramente se habrá olvidado de otras pieles que transitó en esa misma playa, pero guardará para siempre en la caja de caudales de sus sentimientos ese momento en que las yemas de tus dedos se encontraron fugazmente con los suyos. Lo escribió en un poema, a los dieciséis. Todas las primaveras, cuando la primera petunia de su maceta rompe el capullo y asoman los pétalos malvas con motas blancas, también se le asoma el recuerdo, aunque aquel mar de un verde óxido donde flotaban algas muertas ahora es turquesa y el sol escuálido de la tarde, emboscado entre nubes, está en todo lo alto porque los dos camináis juntos sin pisar vuestras sombras. Cada vez que regresa a la playa, que ya no es la de aquel verano, en un coche cargado de nietos, mucho antes de llegar al mar abre la ventanilla para oler el salitre y se le vuelve a erizar la piel evocando aquel instante tan lejano. La última vez que sintió una sacudida en la yema de sus dedos fue en el mismo instante que el anestesista le puso la mascarilla del oxígeno; cuando despertó sus dedos buscaban tus dedos y sus pies pisaban la arena de aquella playa, durante la sedación había condensado toda su vida en un sueño de verano, su cerebro tardó unos minutos en despegarla de aquel gesto tuyo y regresarla al futuro, cincuenta años después.

Si las palabras pudieran medirse por la cantidad de aire que desplazas mientras hablas, podrías constatar que a lo largo de la vida has desalojado unos cuantos millones de metros cúbicos que han hecho vibrar unos millares de tímpanos. Con la boca has conjugado el verbo amar, el verbo mentir, el verbo vender, el verbo enseñar…, pero esa miríada de sílabas se han diluido casi al mismo tiempo que las emitías porque su vida media es la de una exhalación. Tus palabras habrán provocado alguna tormenta al otro lado del mundo por el efecto mariposa o, quizá hayan quebrantado a tu prójimo porque, a veces, se transforman en armas de destrucción masiva que rompen amores y  amistades o, desgarran el corazón de los allegados con la misma precisión que lo haría una mano asesina con una navaja trapera. Lo que sí sé es, que  aquella mañana cegada por la niebla que emborronaba del vidrio de las ventanas las hojas de los árboles y el edificio de enfrente, mientras impartías la lección recorriendo peripatéticamente el pasillo de la clase, dijiste una frase lapidaria que tal vez la habías tomado prestada de un libro, pero aquel muchacho la anotó en su hoja de apuntes, la subrayó, la hizo suya y enderezó su vida quebrada por la desidia. Desde entonces la ha repetido unos cientos de veces viniera al caso o no, tantas que sus hijos cuando recita la primera palabra terminan la frase a dos voces. Todavía hoy, en una reunión anodina de trabajo, la escribe en su cuaderno de notas y la encuadra con filigranas y arabescos. Todavía hoy recuerda con precisión el color miel de los pupitres y tu voz y la manga de tu chaqueta manchada de tiza, aunque de evocar tantas veces aquel suceso, para ti tan nimio, se ha olvidado de la niebla y de que hacía un frío glacial en el aula porque se había estropeado la calefacción.

Será una traza mínima, si quieres, como aquella mañana en el metro que ibas leyendo de pie, recostado en la pared del vagón; el escritor sentado enfrente te había estado mirando sin pestañear desde que entró tres estaciones antes, cuando se apeó ya tenía el personaje principal de su novela. Nadie lo sabrá nunca, pero cada vez que se relee te está viendo a ti, embebido en un libro, casi sin pestañear, con una melena castaña discreta, los ojos de un verde intenso y un porte desmadejado como vencido por la melancolía.

Otras veces fue una impresión pasajera, un mero indicio que ignoras que alguien sigue buscando. Ella picoteaba la acera con su bastón blanco buscando el bordillo, le pusiste la mano en el antebrazo y le ayudaste a cruzar el paso de cebra a pasitos lentos. No sabía que tenías prisa, antes de darte las gracias te dijo que, su ceguera sobrevenida duraba ya dos meses y que era el primer día que se había aventurado sola a la calle. Desde hace medio siglo cada vez que se para en un semáforo y alguien se acerca, aspira hondo por ver si la casualidad le trae de nuevo tu fragancia.

Siempre habrá una huella que habrás dejado al pisar el camino de lo cotidiano, aunque no lo sepas, y permanecerá brillando como fósforo en la noche en el corazón que conmoviste hasta su último latido. Después el mar seguirá borrando playas para que otros, que también pasan por la vida con levedad, puedan dejar su rastro.

J. Carlos

De la materia

Imagen del universo

Una de las paradojas que más me asombran es la de que la materia tenga ese afán desmedido en conocerse a sí misma. No le basta con ser y estar, necesita saberse. Hay dos billones de galaxias bailando una danza invisible en un espacio que se ensancha como un globo. Cada día explotan con un estallido de luz millones de estrellas y cada día se contraen millones de nubes de gas que colapsan formando nuevas estrellas. Nacen y mueren sin preguntas. Hasta que en una remota esquina del universo, un desecho de estrella frío y rocoso pero con un mastodóntico útero de agua llamado Tierra, dio a luz las primeras moléculas orgánicas capaces de replicarse a sí mismas.

En el tiempo de un suspiro para el universo se precipitó la vida. Como la vida tiene un miedo reverencial a desparecer por el mismo azar que la trajo hasta aquí, se ha dotado de dos ingeniosos mecanismos: Es redundante hasta la náusea, no creas que guarda su código genético como oro en paño, al contrario, lo repite en todas y cada una de las células para, en caso de catástrofe, con una sola de ellas generar un microbio, un árbol o un ser humano completos. El segundo mecanismo es, si cabe, más sofisticado, ha conseguido introducir en el ADN el ansía insaciable del conocimiento, seguramente, con el loable propósito de adaptarse y evolucionar para superar los bruscos comportamientos que se gasta el universo.

De esta manera, si quieres tan poco sofisticada, la naturaleza ha acabado estudiándose a sí misma.

En ese afán hay miles de científicos que buscan, bajo tierra, en los túneles donde hacen colisionar hadrones, los ladrillos con los que se construye el edificio de la materia; otros se suben a las montañas para asomarse, desde los ojos de los telescopios, a los confines del universo; los más se acercan cada día a sus laboratorios con el fin de domesticar la materia a favor del ser humano. Es verdad que, en el entretanto, cientos de millones de personas mueren de hambre, sufren las guerras dirigidas desde despachos lejanos forrados de maderas nobles, o sucumben a enfermedades que remitirían con lo que cuesta la barra de pan diario. Son daños colaterales.

Toda búsqueda es un viaje como cualquier novela que se precie. La búsqueda de las partículas elementales es fascinante y, cada día, aparecen nuevos personajes. El primer hombre que se preguntó hasta cuándo se podían partir las cosas hasta dar con un trozo que ya fuera indivisible, fue un filósofo hindú llamado Kanada, también conocido como Kahsyapa, que vivió en el siglo VI a. C. Sugirió en el Kanada Sutras (Aforismos de Kanada) que todo se podía dividir hasta la unidad más pequeña que llamó parmanu; estas unidades serían indivisibles, eternas y se agregaban unas con otras para formar cuerpos complejos. Un siglo más tarde, en Grecia, Leucipo formuló una filosofía similar considerando que, la materia se podría dividir sucesivamente hasta llegar a un elemento indivisible.  Demócrito formuló, en el siglo IV a. C., la misma teoría y denominó átomos a esas partículas materiales indestructibles. Todas estas teorías eran meras especulaciones basadas en el sentido común y en la observación. La primera vez que se formuló una teoría atómica con bases científicas fue en 1808 por John Dalton.

La certeza de que el átomo era el ladrillo último de la materia duró casi todo el siglo, hasta 1897, en que J.J. Thomson descubrió que en el tubo de rayos catódicos salían unos grupúsculos de los átomos del electrodo, eran electrones. Un estudiante suyo, Ernest Rutherford, en 1918, bombardeando gas nitrógeno con partículas alfa logró partir el núcleo del átomo y certificó la existencia del protón. Diez años más tarde Walter Bothe y James Chadwick descubrirían otra partícula, el neutrón. Por eso en el colegio nos enseñaron que el átomo era como un planeta diminuto formado por protones y neutrones, alrededor del cual orbitaban unos satélites llamados electrones. Pero el conocimiento, ese mandamiento tallado en las tablas de la ley del ADN, es insaciable, por eso la materia hecha hombre siguió abriendo a porrazos esos tres elementos para buscar bloques más pequeñas. Encontró centenares. Los siguió abriendo. A día de hoy el cetro de partícula indivisible lo ostentan el quark, el leptón y el bosón.

La materia sigue desentrañándose a sí misma. Como digo, se observa en el túnel suizo donde aceleran las partículas para que se estampen entre ellas, se mira a través de los cristales pulidos del Hubble que orbita la Tierra a 593 kilómetros para vislumbrar los confines del universo, o para percibir la radiación producida al estallar esa cabeza de alfiler súper masiva que desencadenó todo. Pero no sabe por qué las partículas subatómicas siguen unas pautas que no parecen regir para las estrellas. Por ignorar, ignora si el universo frenará su expansión y volverá a colapsar o, por el contrario seguirá inflándose hasta que todas las galaxias creen el espacio a mayor velocidad a la que viaja la luz y dejen de verse. También desconoce si todo lo que hay está confinado en un único universo o se amontonan unos sobre los otros en dimensiones distintas, como afirman los fans de los multiversos. En eso yo soy más tradicional, en vez de la horizontalidad de los universos me inclino por el desarrollo vertical. Quiero decir que me parece más factible que una partícula elemental forme todo un universo a inferior escala, al igual que el nuestro puede constituir un átomo de una molécula de una lombriz en otro universo superior. Por eso cuando estampo una piedra contra el suelo siempre me pregunto si no habré hecho añicos unos cuantos universos, y me acongojo pensando que un mocoso pueda pisar la puñetera lombriz donde se inserta el nuestro.

En fin, que la materia hecha inteligencia acaba de aparecer, como aquel que dice, por eso no ha tenido apenas tiempo de estudiarse. Aunque con los conocimientos adquiridos, vaya usted a saber si antes de progresar adecuadamente no se mete un chute nuclear o deja el planeta desastrado para la vida.

Espero que la materia obtenga otras formas de vida inteligente para seguir conociéndose, ya sea en otras latitudes de este universo o en otros, porque de la supervivencia de nuestra forma de vida yo no me fiaría ni un pelo. Tampoco se fían los científicos. De hecho hay dos proyectos en marcha basadas en el protocolo de Lubin, para enviar naves de un gramo de peso que, impulsadas por un poderoso laser desde la Tierra, puedan alcanzar exoplanetas a una velocidad de 60.000 Km/s. Irían cargadas con un billón de microbios. Panspermia dirigida lo llaman.

J. Carlos

Apariencias

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A principios de los sesenta los barrios periféricos se conocían como el extrarradio. Siglos antes, las ciudades que veían desbordarse la población más allá de las murallas, llamaban a ese rebosamiento extramuros. A principios de los sesenta las ciudades se inflaban, crecían en espiral como conchas de caracol a la velocidad de un recién nacido. Las excavadoras arramplaban con bosques, surcos, camellones, acequias, arroyos, casamatas. Donde antes se plantaban árboles y se sembraba grano, ahora plantaban estructuras verticales de hormigón forrado de ladrillo a modo de colmenas, y se sembraba una capa negra de asfalto bajo la que se escondía la tierra para colmatar el lodazal de los inviernos y sofocar el polvo que deslíe los colores. Era la primera vez desde que el mundo es mundo que los hijos de la tierra se podían calzar sin embarrarse en invierno y sin una gasa de polvo en verano. Habían salido huyendo de su terruño abandonando sus casas y dejando a sus muertos varados en la lejanía de sus cementerios; atrás quedaban también los paisajes de su niñez, la sabiduría de sus ancestros capaces de leer la lluvia en el alfabeto de la nubes, o de pronosticar la fuerza de una tormenta en la pesadez o fragilidad del aire; atrás quedaba su cultura popular de cuentos, cánticos, bailes, juegos que ya no transmitirán a los suyos, seguramente por vergüenza. No fue por el hartazgo de destripar terrones y doblar el espinazo, ni siquiera por vivir mirando al cielo cada día por si la meteorología malbarataba la cosecha. Fue por convencimiento. Les había llegado por el oído el trepidar del motor de las máquinas que les dejaban sin la faena que les había ocupado por los siglos de los siglos; después les entró por los ojos al ver a los primeros emigrantes, los pobres de solemnidad, que retornaban en verano con una camisa blanca de tergal de cuello duro, las manos sin callos, sin mataduras, limpias de sol como las de los señoritos de la capital; la rendición final fue por el bolsillo, donde habita el parásito del dinero que envenena cuanto toca, sucedió en el preciso momento en que aquel paisano sacó la cartera, puso un billete sobre la barra del bar e invitó a una ronda a toda la concurrencia.

Apariencias. Ignoraban entonces que su paisano trabajaba en dos obras distintas desde antes de salir el sol hasta después de ponerse, dormía en literas de a cuatro en una pieza sin ventanas de una mísera pensión que atufaba a berza cocida, en su pueblo la berza sólo la comían los cerdos. Ignoraban que se levantaba una hora antes para ir andando y ahorrarse el coste del billete del autobús, con ese dinero llenaba la petaca de coñac para soportar el esfuerzo y acallar el dolor de espalda.

Aquellos barrios deformes, con calles estrechas como desgarrones que habían sido delineadas al socaire del dinero y la especulación, se llenaron de colmenas. Las colmenas se llenaron de gente y las gentes se llenaron de hijos. Por entonces, el dinero que siempre había sido estéril y no sabía reproducirse aprendió el milagro de la vida: Cada cual ponía el espermatozoide de la firma en una letra de cambio para comprar el piso, el constructor la descontaba en el  óvulo del banco y, por arte de magia, sucedía el prodigio del dinero nuevo. Pocos sabían que el dinero se multiplicaba, ni falta que hacía. Vivían en pisitos limpios con aseo donde no olía a estiércol ni entraba la tierra por las rendijas de puertas y ventanas. Es verdad que el horizonte infinito había encogido tanto que las retinas no se acostumbraban a tropezar con paredes de cincuenta metros de alto, enfiladas sin solución de continuidad. Había que levantar la vista hasta esguinzarse el cuello para apreciar un pedacito del cielo. Pero quién quiere ver el mismo paisaje durante años, los mismos terrones congelados y duros como piedras en invierno, convertidos en un barrizal con las lluvias de otoño y enquistados de polvo el resto del año. Quién quiere ver a diario los mismos cerros quietos como pasmarotes, apenas mudando del color ocre desteñido de la mañana al gris azulado de la tarde y teñido de melocotón con el crepúsculo; mirar los mismos árboles que desde su inmovilidad sólo te ofrecen una foto fija y eterna, sin más ambición estética que la caída de las hojas y el nacimiento de sus brotes. En cambio, los escaparates tenían luces de neón que encendían la noche para alumbrar electrodomésticos con curvas sugerentes acabados en maderas barnizadas, metales pulidos y plásticos de colores brillando como espejos; eran aparatos de televisión, radio, aspiradoras, lavadoras, frigoríficos, teléfonos. Esos cachivaches entraban primero por los ojos, luego salían de las tiendas y subían a los pisos donde no sólo se les rendía veneración como a las imágenes de los santos, también se enseñaban a las vecinas con el mismo orgullo que mostraban sus barrigas las señoras cuando quedaban embarazadas. Años después las calles, donde antes jugaban los niños al balón y las niñas a la rayuela, se estrecharon todavía más porque tuvieron que hacer sitio a coches alineados a ambos lados de las aceras; eran los Seiscientos, tenían las manijas y parachoques cromados refulgiendo como la plata líquida, volantes de baquelita en color marfil, faros redondos que parecían mirar asombrados y asientos de eskay imitando al cuero viejo.

Apariencias. Los nuevos propietarios solo bajaban la basura una vez a la semana, si abrías la bolsa no encontrabas huesos de ternera, ni siquiera de pollo, echabas de menos las espinas de pescado, el papel de plata del chocolate y los botes de conserva; eso sí, abundaba el papel de estraza con que se envolvía la casquería y  las legumbres. Los panaderos contentos porque ahora se consumía más pan, aunque al personal propietario se le espigaba la figura y se le afilaba la cara. Los zapateros no daban abasto remendando los zapatos. Los bancos se daban un atracón con los intereses que cobraban por un dinero que no tenían ni los prestatarios ni los bancos; dinero nuevo, multiplicado como en el milagro de los panes y los peces, anotado en varias contabilidades a la vez.

Ha transcurrido medio siglo desde entonces. Las apariencias están en su apogeo. Trump, el Presidente de nuestro Imperio occidental entretiene al mundo lanzando misiles en cuanto los fiscales le ponen en un brete, ya lo hicieron Clinton y Bush. Las empresas tecnológicas nos distraen a todos, como los magos, para que nos divirtamos con sus trucos, mientras nos roban la intimidad para comerciar con ella. Los bancos siguen multiplicando el dinero desde la nada, pero cuando para la música y hay que hacer el recuento, los que se quedan sin silla somos los contribuyentes y hemos de apoquinar, a escote, hasta completar lo que falta.

En este tiempo hemos roto multitud de barreras, prejuicios y tópicos, pero seguimos presos de las apariencias: Nos acantonamos en nuestras casas y nos tapamos de las miradas del de enfrente con persianas y cortinajes espesos, mientras navegamos por las redes sin pudor para demostrar nuestro ingenio, lo viajados que estamos, el conocimiento que tenemos y esa sensibilidad artística que nos adorna. Aprendimos en carne propia que los títulos académicos eran los botones del ascensor social, por eso conminamos a nuestros hijos para que acumularan títulos como si padecieran disposofobia, sin caer en la cuenta de que un trabajador manual también ha de formarse, y que un fontanero o un charcutero pueden ser más cultos, más felices y ganar más dinero que un licenciado. Por eso no es raro que nuestros políticos engorden sus currículos con licenciaturas, ingenierías, doctorados y másteres inexistentes porque nadie les pide que los acrediten; si fueran funcionarios de carrera o trabajadores de empresa tendrían que certificar sus conocimientos cuando los contratan y cuando opositan o concursan a cada puesto de trabajo. Lo raro es que haya ciudadanos que, al contrario que los políticos, tengan que borrar los títulos de sus currículos para trabajar de reponedores o de camareros.

Más asombroso es que haya políticos, como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Cifuentes, a quienes obsequian títulos sin cursar las asignaturas ni gastar un minuto de esfuerzo en hacer los trabajos correspondientes, que para eso la Universidad pública es su cortijo. El colmo es que, cuando les pillan in fraganti, persistan en la mentira con su mejor sonrisa y se apoltronen como los niños pequeños con su regalo para que no les apeen del machito.

Grotesco y zafio es que el Presidente de la Diputación de León, Sr. Martínez Majo afirme y se pregunte: “Vale, no tiene el máster y, ¿cuál es el problema?” Ninguno Sr. Presidente. Sólo pasó que con la dádiva se perpetraron varios delitos, se ha desprestigiado una Univeridad que pagamos todos los españoles y se han devaluado todos los títulos académicos de quienes cursan o cursaron en ella. Además, los alumnos de másteres  de toda España han quedado agraviados por comparación y se sienten gilipollas. Sólo pasó que a un gestor público en una democracia se le exige honradez; supongo que anda usted todavía en los andurriales de la dictadura donde la corrupción, el amiguismo y la francachela con lo público era la regla. Supongo, Sr. Presidente, que si contrata a un administrador de su patrimonio personal y le sorprende en un renuncio, le despedirá sin contemplaciones salvo, claro, que sea usted un imbécil. Por lo demás no hay novedad, la cosa está tranquila, tanto la detentadora de títulos falsos como usted mismo siguen en sus poltronas. Parece que la democracia ha encogido como el horizonte de aquellos hijos de la tierra que llenaron, en los sesenta, los extrarradios. Más patético todavía, si cabe, fue el aplauso atronador que sus conmilitones propinaron a la falsaria en Sevilla. Me recordó, por lo insalubre, a la ovación que ciento ochenta y tres diputados de ese mismo partido, puestos en pie, dedicaron al Sr. Aznar por meter a España de hoz y coz en la guerra de Irak.

Todo es pura apariencia en esta hoguera de las vanidades, la liquidez de las redes, los aplausos, el dinero, la inflación de títulos, la honradez…  Si me apuras, hasta estas líneas son mera apariencia.

J. Carlos