Ruido y furia

Furia

Vivimos condenados a estar siempre con nosotros mismos. No es posible tomarnos una semana de vacaciones en Bali y dejar el cerebro en casa. La ley del divorcio tampoco contempla la posibilidad de separarnos ni de mutuo acuerdo ni por fallo judicial. Ni siquiera se te permite huir de ti mismo, ya no digo para siempre, me refiero a una fuga pasajera, mínima, como los diez minutos para el bocadillo o el tiempo que gastas en comprar el pan o tomarte un café. Hay sucedáneos, claro, me refiero a los periodos en que duermes y a los trances derivados de los colocones de alcohol o drogas; pero son enajenaciones falsarias, meros placebos, sigues estando ahí cuando despiertas y los sueños y las alucinaciones son tuyos; de hecho, aunque recuerdes con sensaciones vívidas  que volaste más alto que el cóndor, nunca traspasaste los muros de  hueso de tu cráneo. Sólo, quizá, los enajenados mentales severos y los que padecen de Alzheimer tengan el dudoso privilegio de extrañarse de sí mismos, pero el precio es excesivo e innegociable, han de entregar la conciencia y dejar de ser. Hay, dicen, personas que, a través de la meditación y después de largos años de aprendizaje, consiguen silenciar su yo focalizando la mente en un único punto de percepción hasta que dejan de oír el ruido de sí mismos. No dudo de que la meditación tenga beneficios psíquicos y mentales, pero creo que no es más que una alteración del estado de conciencia, que sigue estando ahí, sola.

La condena a vivir contigo mismo hasta que la muerte te extinga ha venido atemperada tradicionalmente con una fórmula que combina los siguientes ingredientes: El juego de afectos donde los apegos crean lazos tan fuertes que tienes la sensación de adentrarte en la otra persona y que ella penetra en ti. La religión predicando que no estás solo, que formas parte de un orden superior, un puzle del que tú eres una pieza insustituible y cuando mueras te diluirías en ese Todo y el puzle se completará. Las narraciones que proponen valores supremos e hilvanan historias épicas con el señuelo de que, si alcanzas los unos y vives las otras, serás capaz de trascenderte a ti mismo. Y la cooperación de la especie a través de entramados sociales como la familia, la tribu, el círculo de amistades, el pueblo, las asociaciones, la nación, la empresa… que te hacen sentir una pieza más en un movimiento continuo. En los últimos diez mil años hemos utilizado el mismo esquema en la lucha despiadada contra la soledad, esto es, contra la certeza de que no puedes penetrar en el cerebro del otro y que nunca tendrás la piedra de Rosseta con la que traducir cabalmente sus gestos, sus actitudes y sus sentimientos; lo único que ha variado en esa fórmula magistral durante todo este tiempo es que los medios para transmitir las narraciones se han diversificado, a la oralidad se han ido sumando la escritura, la radio, el cine y la televisión.

Los que tenemos la fortuna de vivir y contemplar esta época llena de prodigios, hemos asistido en la última década al nacimiento de un ingrediente nuevo para reformular el viejo esquema de estímulos y sensaciones que mitigue nuestra soledad: Las redes sociales.  Llegaron  con la levedad de una brisa que espanta la modorra de la siesta en una tarde de verano. Prometieron la libertad y que abrirían, gratis et amore, las ventanas de la democracia creativa. Es verdad que hubo un estallido de creatividad, que con su inmediatez ubicua se cazaron mentiras y se destaparon atrocidades que antes permanecían silenciadas. Es verdad que los familiares y amigos dispersos pudieron televisarse a la velocidad de la luz. Pero también es verdad que fueron concebidas con un pecado original, el anonimato y, aunque no sólo por esa causa, resultan instrumentos idóneos para generar ruido y furia. El ruido se genera con el parloteo incesante de corrala y el abuso inmisericorde del tiempo de tus interlocutores con nimiedades. La furia se desata entre insultos, acosos, amenazas, falsedades, rumores… y en juicios sumarísimos que imponen condenas ad hominen sin más pruebas ni considerandos que lo que les sale de las tripas a cada quien.

Parafraseando a Shakespeare en Macbeth, esperemos que las redes no se conviertan en un “cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no tiene ningún sentido”.

J. Carlos

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Lluvia

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Llegaron los reyes. Fue un milagro porque la luz de la estrella de Belén que les guiaba quedó atrapada en un velo de nubes que nos trajo el regalo de la lluvia. Parece que a las nubes les cuesta atravesar la barrera tórrida de este secarral llamado España, por eso se asoman al golfo de Vizcaya y toman rumbo nordeste hacia la Europa verde y rica, como mucho se empotran en los Pirineos y ven desde lejos cómo menguan los pantanos, se secan los arroyos, adelgazan, anémicos, los ríos y desparece la verdura en un círculo vicioso. Se prodiga tan poco este meteoro con nosotros que, terminaremos recibiéndolo con bandas de música marchando con guiones al viento al son de timbales y trompetas. Monseñor Cañizares siempre se nos adelanta y, cuando el campo español se agrieta, nos exhorta a que recemos a Dios por el don de la lluvia. Si es preciso, manda sacar a los santos patronos de sus hornacinas en las iglesias para llevarlos en procesión por los campos yermos, reeditando las rogativas que se sucedían en todos los pueblos de España en tiempos de Franco, cuando casi siempre sufríamos una pertinaz sequía. En esto el Cardenal es un histórico, los fenicios y babilonios elevaban sus preces al dios de la lluvia, Baal; los egipcios exhortaban al suyo, Seth, para que el Nilo se desbordara e inundara los campos donde crecería el grano. Antes de Moisés, los pueblos tenían un dios para cada cosa, los judíos, inteligentemente, se dotaron de uno que valiera para todo. Pero como el proceso de descreer es lento como el destete de un niño, la teología cristiana admite una pléyade de santos y vírgenes cada uno con su especialización, de forma que cada gremio tiene su santo patrono y cada afán su virgen. Por estos lares el santo de la lluvia es San Isidro, aunque los labradores un tanto escépticos ellos, le cantan aquello de “Si llueve mucho, si llueve poco. Si hay un nublado o si quema el sol. A todas horas, tú bien lo sabes. Vive en zozobra el labrador. Llenos de gozo, hoy te ensalzamos. Y te pedimos la bendición”.

Como digo, Cañizares, el de la capa magna con más de cinco metros de longitud y con dos vueltas de raso púrpura, cree que la lluvia como todo acontecimiento natural es un evento divino. Para Rajoy, a la sazón presidente del gobierno, la lluvia es un fenómeno inexplicable, seguramente tan exótico como las partículas entrelazadas en física cuántica, por eso afirma que “el agua cae del cielo sin que se sepa exactamente por qué”. No dudo de que sepa cómo inscribir un censo enfitéutico, para eso es Registrador de la Propiedad, pero debió de  saltarse la clase de “Ciencias Naturales” del bachillerato elemental donde se explicaba tan misterioso fenómeno: El calor del sol al incidir en el agua debilita los enlaces entre sus moléculas produciendo su evaporación, el aire caliente transporta hacia arriba, como un globo, ese vapor hasta que, al toparse con una capa de aire más frío, se condensa en forma de nube. La nube no es más que una masa formada por minúsculas gotas de agua asentadas sobre partículas de polvo o polen a punto de rocío, pero la presión y la humedad relativa pueden saturarla, de forma que las gotas se funden entre sí y, cuando alcanzan más de un milímetro de diámetro, se precipitan. Sí señor Rajoy, como las borrascas que nos mojan suelen formarse en el Atlántico, no descarte que alguna gota que haya precipitado en su cara en estos pasados días de paseos matutinos por Sanxenso, provenga del resultado de la micción de algún hijo de la Gran Bretaña.

Si para nuestro Presidente la lluvia es un enigma, la nieve debe ser un milagro tan inextricable como el de la Santísima Trinidad. Por eso estoy convencido de que, la crueldad de tener varadas a tres mil familias en una autopista de peaje durante dieciocho horas la tarde de Reyes y la noche siguiente, por unos centímetros de nieve predichos hasta la saciedad, se saldará con una llamada al Cardenal Cañizares para que la próxima vez ruegue con menos devoción o, al menos, sea más preciso en sus rogativas y pida agua a las Alturas pero sólo en forma de lluvia.

Datos mondos y lirondos: Tres mil coches retenidos durante dieciocho horas. Autopista de peaje. Tres carriles por sentido y arcén. Pórticos con paneles electrónicos. Cámaras de vigilancia cubriendo todos los tramos. Aberturas en la mediana cada tanto para, en caso de emergencia, evacuar a los coches en sentido contrario. Precipitación media, menos de diez centímetros de nieve. Información institucional: precaución por temporal. No se exigió cadenas para circular, ni se obligó a dejar un carril libre para emergencias y quitanieves, no se ordenó cortar la circulación en cuanto las cámaras dieron cuenta del colapso. Se desvió a los coches por la carretera nacional con un carril por sentido y teniendo que atravesar el puerto de Navacerrada. Ministro del Ramo viendo el partido de fútbol con cara compungida porque a su equipo le hizo una manita su rival por antonomasia. Director General del Ramo en su casa de Sevilla con su familia.

La culpa, sabe usted, es de los conductores que van provocando, a quién se le ocurre transitar en invierno por las carreteras patrias como si estuvieran en cualquier país ordenado como Alemania o Francia. No tiene nada que ver que Zoido, El Ministro del Interior sea un zopenco, que con su pericia en la gestión del 1 de octubre en Cataluña retrasó a España cuarenta años en la consideración internacional y nos retrotrajo, a efectos de imagen, al franquismo. Tampoco que el señor Serrano, actual Director General de Tráfico, todo lo que sabe sobre su nuevo puesto lo aprendió cuando sacó el carné de conducir. Conviene recordar que uno de sus predecesores, Pere Navarro, redujo la siniestralidad al 50%, implantó el carné por puntos y profesionalizó el departamento, pero había que laminarlo porque era de otro partido. No hace al caso que la Guardia Civil de Tráfico tenga hoy un 10% menos de efectivos que en 2011, o que sólo en 2016 les quitaran 573 vehículos. Hasta ahora creía que los émulos de Rajoy privatizaban lo de todos por ideología o, se lo ponían en manos de sus amiguetes para recibir la coima en el ínterin y, después, para que les dejen abierta la puerta giratoria; empiezo a pensar que ha calado tan hondo la doctrina rajoniana de la indolencia, que se trataría, además, de tener un cabeza de turco a quién responsabilizar de sus ineptitudes, llámese tesorero del partido o llámese Iberpistas.

Por lo demás, se ha reunido una comisión interministerial para analizar la situación y han concluido que se cumplieron todos los protocolos de viabilidad invernal, que los españoles no escuchamos ni leemos porque se advirtió que se avecinaba un temporal, que es notorio que no sabemos conducir con nieve y, que todos los responsables políticos actuaron con la diligencia de un buen padre de familia. Sólo les faltó añadir que habían evaluado la posibilidad de elevar informe al Fiscal General del Estado por si, de las actuaciones de los tres mil conductores, se pudieran deducir responsabilidades penales al poner en grave riesgo la seguridad de sus familiares y acompañantes.

J. Carlos

Navidad 2017

Halo (Icebow or gloriole).

Querido amigo:

 Ahora sabemos que el espacio interestelar no está vacío, se curva y se moldea, se contrae y se expande. No acertamos a explicar con seguridad de que material está hecho ni cuánto pesa, lo único que podemos afirmar es que los objetos masivos lo curvan al igual que tú curvas la cama elástica cuando saltas sobre ella, y que todo apunta a que se está inflando como un pavo real ante su hembra. Tampoco sabemos de qué material están hechas las emociones, unos dicen que si escarbas en el cerebro las encontrarás emboscadas entre reacciones químicas y tormentas eléctricas, otros piensan que habitan en un soplo divino que llaman alma; sin embargo, podemos conjeturar que tienen un comportamiento similar al del espacio vacío porque también se curvan, se contraen y se esponjan. Las emociones individuales suelen ser azarosas porque son vicarias de los avatares de la vida de cada quien; las colectivas, por el contrario, tienden a manifestarse de una forma más homogénea. Cuando el tiempo del año se agota ambas emociones se alinean como dos planetas y su influjo gravitatorio se multiplica. Individualmente pensamos que nuestras frustraciones son rémoras que se fueron adhiriendo al calendario y que naufragarán con él, por eso esperamos con la emoción desbocada del padre primerizo que nacerá un nuevo año con la piel limpia y suave, oliendo a polvos de talco. Colectivamente nos contamos un soberbio relato, el de la Navidad, en el que un niño-Dios viene a salvarnos de nosotros mismos, de forma que la ternura y el Todo se hacen carne de nuestra carne. Convendrás conmigo que el relato además de soberbio es osado. Para agrietar el armazón emocional de aquellos que lo tienen duro como el acero, el teatro de las calles se adorna con bombillas de colores, los escaparates se transforman en dioramas y los árboles derraman chorros de luz.

 En estas fechas las emociones se estiran y esas pizcas de felicidad que proporcionan nos narcotizan. Lo saben muy bien los mercaderes que aprovechan las euforias colectivas. Lo conocen los desposeídos porque remonta el saldo anémico de sus limosnas y las ONG que sobreviven de la empatía de la gente. Lo confiesan los pastores y los sacerdotes que ven subir su grey como la espuma. Sobre todo lo notan los niños y eso que, en su bendita ignorancia, no saben de relatos ni de rémoras.

 Y menos mal que siguen existiendo las emociones colectivas porque nos ha tocado vivir en una época donde campa por sus respetos el narcisismo. Son tiempos en los que se alienta la ostentación y se promueve el sentimiento de merecerlo todo. Hace apenas sesenta años, gran parte de la población vivía en el mundo rural y, en los pueblos, la casa que habitabas la habías construido tú con la ayuda de dos o tres albañiles, los aperos de hierro de labranza y la quincallería los fabricaba el herrero, el carpintero hacía tus muebles… A todos ellos les pagabas, como al barbero o al panadero, con unas fanegas de trigo. Quiero con ello decir que, todo lo que poseías y disfrutabas había precisado del trabajo de unos pocos hombres. Hoy cada uno de los miles de cachivaches, productos y servicios que requieres para vivir con una cierta dignidad ha pasado por la mente, las manos o la dedicación de cientos de miles personas; piensa en la acera que pisas, en el agua que bebes, en el autobús que te transporta, o en la aplicación de tu móvil que contesta a tus preguntas. Como nos han educado en la máxima de “porque yo lo valgo” tendemos a minusvalorar el trabajo ajeno. Somos nosotros quienes superamos un cáncer, no el equipo sanitario que lo extirpó ni aquellos que inventaron y fabricaron los fármacos que lo redujeron. No nos emociona que haya un sistema de salud, una educación universal y unas infraestructuras por las que otros lucharon, pensamos que están ahí porque es lo natural, tan natural como la lluvia o el viento. Creo que nos faltan relatos humildes donde se describa todo lo que nos aportan nuestros semejantes, relatos que reconozcan nuestras deudas sociales y que elogien la empatía y la solidaridad. Sobran cuentos onanistas que relatan ad nauseam nuestros derechos y concluyen con un epílogo de agravios. Sobran cuentos tribales donde se narran fantasías colectivas preñadas de épica y que prometen arcadias imposibles.

 Deseo que te emociones con los tuyos esta Navidad y, que cuando utilices cualquier objeto cotidiano, tengas un momento para agradecer al enjambre de personas que lo hicieron posible para tu uso y disfrute.

 Levantemos la copa de vino espumoso y brindemos por la vida. Y, si me lo permites, brindemos también por quienes hicieron posible el exquisito paladar del cava y la fina textura del vidrio.

 J. Carlos

 Promiscuidad

servidores

Hace unos años éramos tacaños con nuestra imagen y nuestra voz, sólo se la dábamos a los allegados, nuestros desplazamientos y paseos eran casi tan íntimos como nuestros pensamientos. Ahora el Sr. Google sabe con precisión milimétrica por dónde has transitado cada minuto de cada día, si te desplazaste en coche, en metro o fuiste dando un paseo; conoce en qué bares abrevaste, en qué restaurante hiciste el almuerzo, qué museo, teatro, sala de cine o número de la calle visitaste; cuenta el número de tus pasos diarios y hasta el de tus pulsaciones, aprende tus gustos, lee y guarda todas tus contraseñas… Es el zorro de tu gallinero y tú no sólo lo pones a su cuidado, además cooperas con cada foto que haces o te envían, cada correo que escribes o recibes, cada página que abres y, aún, tiene la desfachatez de preguntarte tu opinión acerca del establecimiento en que te encuentras, o te pide que hagas una foto de la plaza o monumento que estás admirando. Y sabes que sólo es un depredador más, ni siquiera el más dañino; los grandes operadores de redes sociales como Facebook, Twiter, Instagran o Whatsapp cobran igualmente un precio desorbitado. El precio es la carne tersa de nuestros datos para prostituirla y, como la trata de datos es un gran negocio, los chulos han acudido como moscas; cualquier aplicación por inocente que sea te requiere, como los novios de antes, para que le dejes ver una parte de tu intimidad. Asentimos porque el trato no es rudo, no hay violencia ni intercambio de fluidos; es aséptico y, hasta ahora, sólo te preñan de publicidad. Tienen unos algoritmos muy sofisticados de Inteligencia Artificial que hacen la labor de brega con las miríadas de datos que reciben,  albergan la insana intención de saber de cada uno de nosotros y de nuestro comportamiento más que nosotros mismos.

Esta plaga de promiscuidad que nos incita a desnudar nuestras intimidades y a meter nuestros datos en la cama de cualquiera, nos terminará saliendo cara. Y no me estoy refiriendo a que puedan chantajearte con los correos en los que despotricas de tu jefe, tus chats tórridos, tus fotos y videos haciendo gala de tus niveles etílicos. Tampoco aludo a que el puñetero maps de Google te señale los miércoles por la tarde en un hotel de las afueras. No, no me pongo en la tesitura de que te hayan vaciado las cuentas y dejado las tarjetas anémicas. Estoy alertándote de que te puede suceder igual que a la actriz Gad Gadot, que se ha visto protagonizando una película porno sin desnudarse ni despeinarse.

El pasado julio la Universidad de Washington desarrolló un proyecto, Synthesizing Obama, con el que consiguieron modificar totalmente el discurso en video del ex presidente de EEUU, manteniendo una sincronización tal que un sordo que sepa leer los labios resulta igualmente engañado. Fue a base de Inteligencia Artificial y redes neuronales que aprendían a mapear cada sonido y añadirlo como una capa en las formas de la boca, del mismo modo que tu navegador puede añadir al mapa topográfico la capa de carreteras, la capa orográfica o la vista de satélite. Aquí en España, la Universidad del País Vasco también desarrolló un programa similar, tomaron el video del discurso de fin de año del Lehendakari Urkullu y le hicieron decir frases como, “gora Euskadi askatasuna”. Una aplicación tan común como Adobe dispone de una herramienta que habla con tu propia voz; lo más asombroso es que aprende con sólo escucharte por un periodo de veinte minutos. Nos imaginábamos que había algoritmos que cambiaban las caras porque en la última entrega de Fast and Furious resucitaban a Paul Walker, también han resucitado a Peter Cushing y a la princesa Leia. Y no sólo te intercambian la cara, en el mercado puedes adquirir el programa Face2Face que tiene la capacidad de captar expresiones faciales en tiempo real de una persona y trasladarlas a cualquier otra.

Quiero con ello decir que si disponen de suficientes imágenes tuyas y tienen tu voz almacenada, te pueden hacer lo mismo que un programador usuario del foro Reddit, apodado DeepFakes, le ha hecho a la actriz Gad Gadot: hacerte protagonista de una película porno. Pueden también manipular la imagen de un asesinato en el que tú eres el verdugo o, hacer que en el atraco a un banco el enmascarado dicte órdenes con tu propia voz. ¿Qué no eres aficionado a los selfis ni te gustan las fotos? Recuerda que desde que sales de casa hasta que vuelves te han seguido un ejército de cámaras apostadas en los cajeros y en las tiendas, todas aquellas que regulan el tráfico y velan por la seguridad de edificios y calles, las que te miran en el vagón del metro y en el autobús, las que te iluminan la cara desde los porteros automáticos y, en fin, las que te registran desde cada uno de los miles de móviles con los que te cruzas. Ni en el hogar estás libre, el ojo electrónico de tu ordenador te está mirando y, ¿estás seguro de que no te observa el objetivo de la parte trasera de tu teléfono?

Las máquinas te monitorizan y almacenan tus datos hasta más allá de la muerte. Cuando te vayas seguirás en Facebook, continuarán consumiendo energía tus correos, tus imágenes, tu voz, tus pasos dados, tus compras y hasta tus pulsaciones pasadas…. Cada uno de tus datos permanecerá como una huella indeleble en la nube para que sigan aprendiendo los algoritmos que, tal vez, te resuciten para protagonizar una película o para imputarte la autoría de un viejo acto terrorista sin aclarar.

Pronto venderán un inhibidor electromagnético para anular las ondas lumínicas que reflejas. Los talibanes ya lo crearon, se llama burka y obligan a sus mujeres e hijas a embozarse en él. Como comprenderás, desde su agujero cronológico, no convierten a “su” género femenino en bultos para evitar que sea escudriñado por las máquinas, pretenden evitar, a costa de cosificar a la mujer,  la tormenta química que estalla en los cerebros de sus congéneres masculinos cuando perciben las ondas de luz que rebotan en el gajo de los labios, el ángulo sinuoso de los pómulos y desde la profundidad abisal de los ojos negros.

O te cosifican las creencias o te cosifica la tecnología. En ambos casos, paradójicamente, se deshumaniza al hombre.

J. Carlos

 

Los Pepes

Algarve

Entramos en la pequeña capilla en fila de a dos. La empleada de la funeraria iba indicando con el brazo extendido que ocupáramos las bancadas. Pascual se sentó en el primer banco, yo me quedé de pie, en el pasillo lateral. Los hijos se situaron de cara a los concurrentes, entre los pies del ataúd y el altar, flanqueando a la madre. No hubo responso. Mientras Marta, la viuda, glosaba brevemente la vida del finado, sus hijos adolescentes tomaron dos cestas de mimbre llenas de rosas y desde el pasillo central las repartieron una a una. Maura ofrecía rosas blancas a la izquierda, Marlon entregaba rosas rojas a los asistentes de la derecha. Terminado el reparto volvieron a su posición inicial. Marta concluyó dando las gracias a todos por acompañarme en el peor momento de mi vida. Los empleados de la funeraria empujaron el féretro y lo colocaron sobre una banda de rodillos. Miraron a la viuda a la espera de un gesto. Apretó los párpados humedecidos. Uno de los hombres de uniforme gris accionó un botón. El Aleluya de Leonard Cohen se posó en nuestros oídos, al tiempo que la caja de álamo, con Pelayo dentro, echó a rodar y, antes de que se abriera la puerta del horno crematorio, cayeron unas cortinas verdes con flecos dorados, diminutas como el telón de un teatro de títeres.

Mientras se sucedían las condolencias me quedé rezagado, a las puertas del oratorio, con los ojos fijos en las cortinas verdes que lo habían escondido. Evoqué aquel episodio de Pelayo, todavía niño, cuando encaramado a la mesa trepó al maletero de la cocina de su casa, que ocupaba buena parte del techo del pasillo. Entornó las portezuelas por dentro, dejando apenas un hilo de luz, y se quedó dormido. Al despertar escuchó los llantos de su madre, las llamadas de teléfono con desespero a la policía y a los hospitales, las idas y venidas del vecindario, los me cagüendios de su padre que había vuelto a deshora del trabajo, y su nombre desgastado de tanto llamarle. Por miedo a que le dieran una buena azotaina se había quedado paralizado y mudo. Se meó. Al día siguiente, somnoliento y muerto de hambre, se descolgó para desayunar.

Pascual se había colocado a la izquierda de Marta, estrechando manos y recibiendo pésames. Los mellizos, Maura y Marlon, a la derecha de la madre dejándose abrazar con las sonrisas congeladas, ambos de pelo castaño como mi pelo, ojos azules como mis ojos y unas pecas salpicando sus mejillas.

Para los chicos éramos el tío Pascual y el tío Pablo. No tenían otros parientes. Jamás habíamos faltado a la comida de Navidad ni a cada uno de sus quince cumpleaños. No había vínculos de familia, sólo los grandes afectos de papá a sus amigos de fechorías. Sabían que nos apodaban los Pepes porque nuestros nombres empezaban por P, y no recordaban si nos habían expulsado del colegio porque nos escondimos durante catorce horas en el cuarto de calderas con víveres para resistir una semana o, porque se nos ocurrió atarnos un espejo a los zapatos, en clase de Historia del Arte; pretendíamos ver el reflejo de las piernas de la monja bajo el hábito talar. Quizá, algún día, su madre les contara la verdad: Nos habían expulsado porque una noche cruda de invierno, cuando los relojes marcaban las diez, habíamos saltado el muro del patio del colegio donde estudiaba Marta en régimen de internado. Pascual, el más ágil, trepó la puerta de hierro y, aferrando manos y pies al escudo con la Medalla de la Milagrosa, alcanzó el mástil de la bandera. Ató la cuerda al palo con un nudo marinero, un ocho corredizo que habíamos estado ensayando toda la semana. Desde allí se encaramó a lo alto del muro. Nosotros ascendimos por la soga y, una vez los tres arriba, la volteamos hacia el patio y no tuvimos más que dejarnos deslizar. El último en tocar tierra fui yo. En ese momento se encendieron las luces del patio. Un corro de monjas con el hábito azul, la capucha almidonada y el velo blanco que ovalaba sus rostros, nos rodeó.

De camino al coche nadie me reprochó por no haber participado en la recepción de condolencias. Maura perfiló mi cintura con el brazo y puso su cara en mi hombro. Me reconfortó. Bajé la cabeza y dejé un beso prendido en su cabello. Se me abrieron los lacrimales y empezó a crecer la garganta que estaba encogida como si la hubieran metido en un puño. Marlon me entregó su pañuelo. Me soné y seguimos adelante. Cuando me senté en el coche, le di un puñetazo al volante y exclamé: ¡Qué putada! Maldito cáncer. Joder, joder, joder. Y la voz, menguada en un hilillo, retomó su cauce a la tercera interjección. Marta, desde el asiento contiguo me acarició el mentón. Detrás, los mellizos, sentados a ambos lados de Pascual, repitieron Joder otras tres veces, como una jaculatoria. Por más que dijeran los médicos todos sabíamos que se lo había llevado el mismo cáncer que atacó sus testículos a los veinte años, pero que el tratamiento lo había dejado estéril y que Maura y Marlon no eran sus hijos sólo deberíamos haberlo sabido Marta y yo.

Desde hacía cuatro días, Pascual y yo no nos dirigíamos la palabra. Miento, nos hablábamos lo imprescindible para que Marta y sus hijos no se percataran, incluso aparcábamos la frialdad en los gestos mutuos si alguno de ellos estaba presente. La amistad y el hechizo que unía a los Pepes desde la adolescencia se habían roto. Sucedió después de celebrar la despedida de Pelayo. La idea se le había ocurrido a él. Quedamos en su estudio de pintura. Llevé tres camisetas para la ocasión con una foto vieja estampada, en blanco y negro; nos la habían tomado con mi Yashica en San Martín de Castañeda, donde los curas nos habían llevado de excursión. Tendríamos quince años. Posábamos, sonrientes los tres, sentados sobre una roca cubierta de nieve, y, si te fijabas bien, un penacho de aliento condensado ascendía de nuestras bocas. Pascual se encargó de la intendencia donde abundaba el alcohol y escaseaban los canapés. Pelayo nos esperaba. Le ayudamos a quitarse el concentrador de oxígeno colgado a la espalda para embutirle la camiseta. Después no quiso volver a ponerse la mochila del oxígeno. Traigo unos ornamentos religiosos para la ceremonia -dijo. Los sacó de una bolsa de deporte negra. Falta la casulla –se disculpó- en las tiendas de disfraces no las venden, al parecer es un delito. Le ayudamos a calzar el alba, se ajustó el cíngulo y se colocó la estola verde en el cuello. Cuatro días después recordaría que la estola era del mismo color que las cortinas que escondieron su féretro.  Desde el otro lado de la mesa del despacho “consagró” unos pétalos de rosas blancas que estaban dentro de una patena. Rodeó el altar improvisado, se situó a nuestro frente y nos los dio a comulgar diciendo: “Tomad y comed todos de él, éste es mi recuerdo que se perpetuará en vuestros corazones. Haced esto en conmemoración mía”. Respondimos: “Amén”. Después nos bendijo con un hisopo que había sumergido en un vaso de whisky. Estaba ya sin aliento cuando le quitamos la parafernalia religiosa y le pusimos el oxígeno. Entre copa y copa rememoramos la mejor hazaña de los Pepes, la que desencadenó nuestra expulsión del colegio. Pelayo dijo que sucedió en cuarto curso, Pascual y yo sabíamos que había sido en quinto, pero no le llevamos la contraria. Esa tarde-noche sólo cabían recuerdos gratos y risas. En el equipo de música, con discos de vinilo, se sucedieron la voz mágica y grave de Leonard Cohen, la voz áspera de Dylan y la voz cavernosa de Johnny Cash. Bebimos, bailamos, reímos, nos abrazamos, levantamos las manos y las anudamos haciendo los coros. Cada vez que volvíamos del baño teníamos una lámina de agua en los ojos, también Pelayo. Más allá de la una de la madrugada se lo devolvimos a Marta, borracho y desmadejado. No nos los reprochó. Sólo nos pidió silencio con los labios para no despertar a los chicos.

Pelayo había dejado pagada sine die una comida para cinco en la Arrocería San Nicolás. Habíamos llamado para que pusieran un cubierto más. Estábamos decididos a que él, en ausencia, presidiera la mesa. El arroz con bogavante quedaba a menos de diez minutos del crematorio. Pelayo no había sido hombre de afirmaciones rotundas, más bien le costaba sacarse las dudas de encima, pero tratándose del arroz con bogavante o del Real Madrid no admitía discusiones, eran el mejor plato de la cocina española y el mejor equipo del mundo. A la salida del cementerio enfilé el coche cuesta abajo por la Avenida de Daroca, deslicé el retrovisor unos grados para enfocar a los ocupantes del asiento de atrás. Los chicos tenían las manos de Pascual entre las suyas. Confieso que me dio una punzada de celos. Marta debió de notar mi crispación porque me pasó su mano por el brazo. Le eché la culpa a una  moto de reparto que acababa de sobrepasarnos, es que van como locos. Aprovechando el semáforo, de reojo, admiré sus ojos oscuros y su pelo negro.

Lo que más me gusta después de su cabello cayendo en cascada es su sonrisa -nos decía Pelayo en el colegio. Les dio muy fuerte a los dos. Los sábados si los curas nos llevaban a pasear al bosque de Valorio, las monjas llevaban a las chicas al castillo y, al siguiente sábado, se volvían las tornas. Pelayo y Marta se dejaban cartas en los huecos de los troncos de los árboles o entre los sillares de las almenas del castillo. De entonces les venía ya la querencia por las rosas, ella le dejaba un pétalo rojo dentro de la cuartilla minuciosamente doblada y él uno blanco. Las cartas por correo estaban vedadas porque de sobras conocíamos que tanto los curas como las monjas las abrían. Por culpa de las dichosas cartitas nos pillaron. En nuestro colegio teníamos sala de cine, a la sesión de tarde de los domingos venían los colegios de monjas con toda la chiquillería, se sentaban abajo, en las butacas de principal; a nosotros, los curas nos sentaban arriba, en el gallinero, en bancos corridos. Pelayo, que era un genio de la papiroflexia, hacía aviones primorosos con las cartas y se los tiraba a Marta en los descansos con una puntería digna de encomio. Habían prometido escaparse juntos. El avión de papel donde Pelayo le comunicaba la fecha y hora en que la sacaría de la “cárcel de las monjas” lo lanzó tarde, en el preciso momento en que se apagaron las luces y empezaba la segunda parte de la película. No llegó a su destino.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que Marta hubo de advertirme que el semáforo ya estaba verde. Para romper la tensión y, supongo, que para espantar la tristeza, preguntó cómo fue la despedida de Pelayo. Antes de llegar al restaurante, Pascual y yo le habíamos hecho una breve glosa salpicada de anécdotas. A Maura y a Marlon les interesó mucho la parte de la comunión con pétalos de rosa. Su madre les recordó: a tu padre y a mí nos gustaban mucho, en casa están entre las páginas de los libros, se nota que los abrís poco.

Lo que no contamos es que, el día de la despedida, después de dejar a Pelayo en casa, Pascual se empeñó en que tomáramos la última copa.

-¿Sabes? –le dije con sorna- Ya sé por qué en el colegio mayor de Salamanca te apodaban la última copa.

-Y a ti Pablo de Tarso –replicó con una carcajada- ¿Y sabes por qué?

– No sé –contesté con ironía- ¿Tal vez porque me caí de pequeño de un caballo y se me quedó la pata tiesa?

Acepté la copa. Le dijimos al taxi que nos apeábamos. Nos acodamos en la barra de un garito y pedimos dos whiskys. Sonaba Take this Waltz, el “Pequeño vals vienés” de Lorca que interpretaba Cohen. Pelayo solía decir que era la coyunda perfecta entre el mayor poeta y el mejor músico. Por aguantar las lágrimas o porque el alcohol me suelta la lengua, le confesé el único secreto que no habíamos compartido los Pepes,

-Pelayo ya no está y tengo que hacerte una confesión. Hace dieciséis años me dijo que querían tener un hijo y me pidió que me acostara con Marta hasta dejarla embarazada.

-No puede ser –contestó furioso y pegó tal puñetazo en la barra que el hielo tintineó contra el vidrio de los vasos.

-Perdona, era una cosa tan íntima. Además estaba lo de su esterilidad que me rogó no dijera a nadie. Al principio me negué. Me intentó persuadir con lo de mis cualidades genéticas y mi inteligencia. Seguí negándome. Apeló a nuestra amistad. ¿Quieres que mi hijo tenga un padre anónimo?, me preguntó. Como argumento definitivo utilicé las bazas de qué pensaría Marta y de cómo iba a sentirse él si me follaba a su mujer. Respondió que ella estaba de acuerdo y de lo otro nada de posturitas, compórtate como un simple semental y recuerda –remató- estaré fuera de la alcoba, pero os estaré viendo. Le rogué que me diera unos días para pensarlo. Al final accedí.

-¿Qué cualidades genéticas? ¿Las de un lisiado? Te digo que no puede ser.

-¿Y por qué no puede ser? ¿Es que se hereda la impericia con los caballos? –repliqué.

-No puede ser porque a mí me pidió lo mismo –gritó cerrando los puños.

-Mientes –dije, perplejo- Y aunque te joda, Maura y Marlon son mis hijos.

El primer puñetazo me lo dio en la mandíbula y me derribó. Le sujeté por los tobillos y lo derribé también. En el suelo seguimos pateándonos hasta que nos separaron. El camarero nos sacó a empellones después de que le abonáramos cincuenta euros por las copas y los desperfectos. Pidió dos taxis. A mí me metió en el primero porque estaba más perjudicado.

Paré el coche en la puerta de la Arrocería para que descendieran y cogieran mesa, mientras, yo buscaría un hueco para aparcar. Pascual se empeñó en acompañarme y se sentó en el asiento delantero.

-¿Qué coños quieres? –exclamé.

-Pablo, verás, he estado pensando –contestó Pascual.

-Tú pensando, no me digas, eso es imposible –le dije tratando de zaherirle.

-Escucha, joder. Qué importa de quién sean los hijos. Son nuestros. De los dos.

Tanteó y posó su brazo en mi espalda. Hice un breve ademán de molestia por su gesto, sin rechazarlo del todo.

-Es más -prosiguió Pascual- si te hace feliz, me he documentado y los gemelos provienen de un solo espermatozoide, los mellizos de dos.

Permanecí en silencio atendiendo sólo a las maniobras de aparcamiento, había encontrado una plaza. Pascual permaneció expectante. Salimos del coche. Al rato de echar a andar le comenté,

-Yo también le he estado dando vueltas, ¿sabes? Es jodido esto de perder la paternidad o tenerla que compartir. Y sí, Pelayo era un puto cabrón y un genio. Sabes que Maura tiene las mismas letras vocales y en el mismo orden que tu nombre y Marlon las del mío.

Pascual se detuvo, miró al cielo –Era grande el hijo de la gran puta  –Sentenció.

Nos entró la risa y reanudamos la marcha.

J. Carlos

 Enemigos

Enemigos

Desde que tengo uso de razón siempre he tenido enemigos. En la iglesia y en la escuela me enseñaron a odiar a los egipcios porque esclavizaron al pueblo elegido por Jehová. Me enemisté con Selion rey de los amorreos y con Og rey de Basan a los que tuvo que enfrentarse el pueblo de Israel en los duros años del éxodo por el desierto. Incluso, una vez que llegó el pueblo hebreo a la Tierra prometida, seguí excretando mi bilis contra los cananeos, amalecitas, amonitas, filisteos, babilonios, persas y romanos contra los que los israelitas saldaban con sangre sus conquistas y reconquistas, contando siempre con la inestimable ayuda de Dios que, al parecer, también era mi Dios, aunque yo no fuera judío. Te participo que nunca entendí por qué el Señor había elegido a un pueblo tan veleidoso que luego mataría a su hijo clavándolo en los maderos de una cruz, y no al pueblo español que, en aquel entonces, éramos la reserva espiritual del occidente cristiano y una unidad en lo universal. Ahí aprendí que el cerebro es dúctil y hace de la necesidad virtud, porque podías ser forofo de Israel y odiar cervalmente, durante todo el año, a los pueblos que se oponían a los designios del Señor, pero en llegando Semana Santa, la historia daba un giro inesperado y toda la inquina acumulada en tres días de pasión, cirios y procesiones se condensaba, como una nube negra, sobre el pueblo elegido por Dios por haber indultado a Barrabás.

Más acá de las fantasías bíblicas también había enemigos. Si te mandaban a por medicinas a la farmacia del pueblo de al lado, nunca ibas solo porque los niños te esperaban apostados detrás de las primeras casas para correrte a cantazos. La enemistad era tan manifiesta que, a veces, quedábamos los domingos en la linde de ambos términos para resolver diferencias; nunca las resolvíamos porque la única diferencia que cabía era la de haber nacido a dos kilómetros y medio los unos de los otros, pero ese solo motivo nos hacía irreconciliables. Había otros enemigos, aunque eran sólo de paso, se trataba de los gitanos y quincalleros que vendían y compraban trapos, burros o mulos y, también, arreglaban cacerolas desportilladas. Cuando  se les veía llegar por los caminos envueltos en una nube de polvo, siempre había un alma caritativa que, a voz en grito, pregonaba el acontecimiento para que todo el mundo echara los trancos a casas, corrales y paneras. ¿Cómo no ibas a aborrecerlos si era irse y tenías que contar todas las gallinas por si faltaba alguna?

En el colegio, los curas te prevenían contra el mundo, el demonio y la carne, por eso el mundo te acongojaba, el demonio reinaba en tus peores pesadillas y las mujeres en sazón dejaban de ser personas para contabilizarse como tentaciones. Los domingos te llevaban al cine, antes tenías que aguantar el NO-DO, donde Franco inauguraba pantanos, paseaba bajo palio en procesiones, hacía carantoñas a su nieta y, sobre el atril de Las Cortes, advertía de la existencia de un contubernio judeomasónicocomunista; lo de los judíos lo entendías por lo de Barrabás, pero ignorabas lo que era un masón y te imaginabas que un comunista llevaría la cola escondida en la pernera del pantalón, tendría los ojos inyectados en sangre y exhalaría azufre por la boca. Después proyectaban una película de vaqueros y tú detestabas a los indios porque eran ladinos, sanguinarios, analfabetos y, aplaudías hasta romperte las manos al escuchar las cornetas del séptimo de caballería. Además de latinajos y de que los hombres habíamos andado siempre a la greña, aprendías a insultar a los árbitros porque siempre se equivocaban en contra de nuestro equipo; aprendías a detestar a los externos porque eran finos y estirados y se iban a su casa cada día al final de clase;  aprendías a maltratar a los débiles, maricones, lisiados, también a detestar a los empollones. Así que la nómina de enemigos engrosaba. Es verdad que, si entablabas conversación con alguno de ellos, concluías que en las distancias cortas eran “personas normales”, tenían tus mismas inquietudes, tus mismos miedos, se reían de lo que tú te reías y sus gustos y simpatías eran idénticos a los tuyos.

El aire limpio de los libros, la música, el cine, el teatro, la poesía se fue colando por los recovecos del cerebro y oreó el ambiente fétido de las creencias y fanatismos. Al tiempo que las hormonas se desbocaban, perdías la inocencia y advertías que las certezas se diluían y sólo te quedaban los porqués. En ese punto, la brújula del resentimiento había pegado un vuelco de ciento ochenta grados y se volvía contra aquellos que habían elegido por ti a tus enemigos.

Si en la Universidad te habían vendido la competencia como una virtud teologal, al llegar al ámbito profesional te dabas cuenta de que era un juego de supervivencia, o seguías vivo o aniquilabas al contrario. Dentro de la propia empresa las puñaladas eran silenciosas, invisible, traperas, si sacabas la cabeza de la trinchera te la volaban, de sobras sabías que el enemigo se apostaba bajo cualquier documento, entre los párrafos de un correo o, podía hacer estallar una bomba en una reunión de trámite.

Ahora que la vida me ha enseñado a enarbolar la tolerancia por bandera, a comprender que detrás de cada ser humano odioso hay una genética imperfecta, una química desordenada o malas experiencias. Ahora que ya casi tengo amortizados los motivos para las enemistades, si vuelvo la vista atrás, caigo en la cuenta de que casi nunca elegí a mis enemigos, me los impusieron.

Pero, no creas, sigo teniendo una caterva de enemigos: Detesto a los fanáticos e intransigentes porque no les cabe ninguna duda. Aborrezco a quienes empiedran el infierno de buenas intenciones.  Maldigo a los que predican el odio y eligen por ti a tus enemigos. Me cisco en los supremacistas de raza, ideología o religión. Abomino de los supremacistas económicos porque creen que su estatus o su nómina refleja su superioridad moral o intelectual. Estoy enemistado con todo aquel que explota a un semejante sea económica, sexual o psicológicamente. Me repugnan los sumisos que se aprovechan de la lucha de otros. Me hastían los que se dejan embaucar por la satrapía de políticos mesiánicos. No soporto a los que padecen de manera acusada el síndrome de Dunning-Kruger (todos los sufrimos en alguna medida) y no son conscientes de sus propias limitaciones, así en las redes como en los bares. Me indignan quienes afirman que todas las opiniones son respetables. Reniego igual de aquellos que se sienten odiados porque alguien hace mofa de sus creencias, como de aquellos otros que hacen befa de la dignidad de un semejante. Compadezco a quien vino a este mundo sin capacidades empáticas, pero repruebo a quienes teniéndolas las silencian o no las ejercitan.

En fin, mi único consuelo es que, a estas alturas, a mis enemigos los elijo yo. Bueno, casi siempre.

J. Carlos

Días trapecio

Lluvia

Hay días redondos como círculos y días que te salen con aristas y esquinas como trapecios. Trabajo en un banco de asesor de empresas y odio enseñar a los viejecitos cómo sacar el dinero de los cajeros.

No había oído el despertador. La fiesta se había alargado hasta las dos de la madrugada. Me dolía la cabeza y llegaba tarde al trabajo. En la parada del 56 el reloj electrónico marcaba las ocho y un minuto. Caía una lluvia delgada que dibujaba regueros en los vidrios de la marquesina. Éramos cuatro: Una monja con cofia blanca y hábito azul una cuarta por encima del empeine. Creo que corregía exámenes sobre una tablilla de madera. De la misma mano colgaba el paraguas, en la otra tenía un rotulador rojo. Un joven con rastas adornadas con la diadema de los cascos, se movía al ritmo machacón del “Despacito” de Fonsi. La música desbordaba los auriculares y se oía desde la acera de enfrente. Llevaba una mochila a la espalda y un monopatín apoyado en la cadera. El último en llegar fue un señor embutido en una capa impermeable gris. Iba sentado en una silla de ruedas con motor eléctrico, la conducía con el mentón porque tenía el cuerpo y los miembros paralizados. Pasó un taxi veloz, con la luz verde encendida. Se acercó demasiado al bordillo de la acera, las ruedas salpicaron una ráfaga de agua parda que voló hasta las perneras de los pantalones y escurrió en nuestros zapatos. Me acordé de niño que, las mujeres después de fregar la casa lanzaban el agua negra del cubo sobre la calle polvorienta. Me gustaba ver cómo caía formando una pequeña catarata prendida en el aire con una corona de espuma de jabón.

La monja no sé cómo vio venir el zarpazo del agua porque parecía abstraída con los exámenes, el caso es que se retiró a tiempo. Al inválido le puso pingando el impermeable y los zapatos. La monja hizo pinza con el brazo y el costado para sujetar la tablilla con los exámenes y el paraguas, sacó un pañuelo blanco y se acuclilló frente al inválido. El joven ya se había montado sobre el monopatín y corría tras el taxi. Cuando lo alcanzó se agarró al techo del coche y, durante unos metros, se hartó de dar puñetazos en el capó y de llamarle hijo de la gran puta. El conductor aceleró. El muchacho de unos quince años, con vaqueros negros rasgados en las rodillas, tuvo que desasirse y volvió patinando a la parada.

Cuando llegó el autobús la monja ya había aseado el impermeable y los zapatos del inválido y éste le daba las gracias. Hizo un rebujo con el pañuelo sucio y se lo guardó en el bolsillo, después acarició el mentón del inválido con la misma mano. No sé si éste llegó a besarle el dorso de la mano en agradecimiento porque la monja la retiró enseguida. Era rápida la condenada. El muchacho llegó a tiempo porque la rampa para que el inválido ascendiera con su silla se demoró en bajar casi un minuto.

-Le abollé la chapa del coche al muy cabrón y le rayé la puerta con este anillo -nos dijo mostrando en la mano derecha un sello gris plata con su iniciales, J M-.

Luego se tapó la boca como arrepintiéndose y pidió perdón a la monja por la palabrota. Ésta sonrió y le dijo que no debía tomarse la justicia por su mano. Ambos subieron por la puerta delantera. Yo subí por la trasera acompañando al inválido y su silla elevada por la rampa. Una vez arriba, la sujeté a los arneses y levanté la mano para que el conductor arrancara.

Un viajero de mediana edad, trajeado en gris, que se sentaba en uno de los asientos reservados para personas con problemas de movilidad, se quejó hablando por el móvil de que llegaría tarde porque las rampas suben y bajan muy despacio.

-Yo no niego el derecho a nadie –decía al micrófono del teléfono-. Que pongan autobuses especiales para lisiados y para perros y para gatos pero que no nos jodan a los demás.

Nadie movió los ojos ni de las ventanas empañadas por el vaho, ni de la pantalla de sus móviles, ni del suelo. Sólo una mujer joven de piel muy pálida, con traje de chaqueta verde manzana, se incomodó. Levantó la mirada del libro de solapas amarillas, colocó el marcapáginas y lo cerró. Miró primero al señor que hablaba con el móvil con enojo, después puso sus ojos en los de la monja. Ésta levantó los hombros, movió levemente la cabeza a ambos lados y frunció los labios indicándole que no merecía la pena. La mujer gruñó para sí misma, respiró hondo varias veces, volvió a abrir su libro y pasó el marcapáginas a la última hoja. El color rojo de las mejillas tardó dos paradas en disipársele.

El inválido se llamaba Jaime, tenía que bajarse en la parada del hospital. Al respirar se le movía el tronco entero. Conversamos. Le entraba poco aire así que soltaba unas palabras con fuelle desmayado y tenía que volver a inspirar de nuevo. Era médico pediatra. Los niños no le tenían miedo porque siempre llevaba caramelos en el bolsillo superior de la americana. La enfermera era su ex mujer y aunque llevaban dos años separados seguían trabajando juntos.

-No sería nada sin sus manos -me dijo-. Nos compenetramos muy bien. Ella palpa, roza, toca. Yo diagnostico.

Por curiosidad, más bien por morbo, pregunté por qué no seguían juntos. Hizo un silencio largo, muy largo. Terminó confesando, con un hilo de voz para que nadie más le oyera, que ella quería tener un hijo y ya tenían un chico adolescente que había nacido antes del atropello, hace once años. Pero ella, Oliva, estaba empeñada en tener otro hijo.

– Una hija para ser exactos, lo teníamos planeado desde novios. La parejita.

Par aliviar la situación cambié de tema. Le pregunté si se había fijado que el autobús iba envuelto en una pegatina publicitaria con la foto de un crucero en un mar azul.

-A que parece que navegamos por el Mediterráneo en vez de rodar por Doctor Esquerdo –le dije-.  Luego añadí señalando mis pantalones chorreantes: – No ha sido el taxi, ha sido el oleaje que rompió de frente contra el mascarón de proa.

Nos reímos

-La verdad –contestó- es que el taxista iba hablando por el móvil, seguramente ni se enteró.

Me ofreció un caramelo de eucalipto. Metí mi mano en su bolsillo y saqué dos, les quité el envoltorio y metí uno en cada boca.

-Es sólo agua –le dije cambiando el caramelo de carrillo-

-Agua sucia –apostilló él- Y volvimos a reír.

-Sucia la que le tiraron a mi abuelo –comenté-. Un día rodaba con su carro de mulos por la calle principal de Peñafiel, salió una señora al balcón y, al grito de agua va, vació el orinal. Le cayó en el pelo, la cara y le descompuso la cazadora de cuero con solapas de pelo de zorro. La señora bajó con una palangana y una toalla. Después, para hacerse perdonar, le regaló un abrigo de alpaca de espiga que pertenecía a su difunto.

Le entró una risa floja que sus débiles pulmones apenas soportaban. Tuve que darle unas palmadas en la espalda. Cuando se repuso preguntó:

-¿Qué fue del abrigo?

-La abuela contaba, con cierta malicia, que se casaron en enero para que el abuelo López pudiera estrenarlo. Y hasta que murió el abuelo en el ochenta y tres, el abrigo no se perdió la misa de los domingos desde mediados de octubre hasta bien entrado marzo.

La siguiente era su parada. Mientras le soltaba la silla de los arneses me fijé en su mano derecha, lucía en el dedo anular una alianza de oro. Al advertir que miraba su anillo bromeó:

-Ya ve, con estas manos secas, por más que lo intento, no me lo puedo sacar.

Nos volvimos a reír. Rocé su hombro con mi codo en señal de complicidad y me ofrecí a bajar con él y acompañarle hasta su consulta.

-No hace falta –me dijo, señalando la puerta del bus- estará esperando Oliva, mi ex. Mi enfermera, quiero decir.

Se abrieron las puertas. Efectivamente esperaba una mujer alta, pecosa, de mediana edad, con bata blanca. Se había echado una gabardina por encima de la cabeza para protegerse de la lluvia. Su barriga abultaba como de cinco o seis meses. Mientras bajaba en la rampa, no cruzaron las miradas, ni se dirigieron una sola palabra. Tampoco después. Me pregunté cómo harían para trabajar juntos. Cuando el autobús echó a andar pude verlos a través de los cordeles de agua que movía el viento tras las ventanas. La silla rodaba delante con el cuerpo trasteando como un saco a merced de las irregularidades del suelo. Ella iba detrás, con el bulto de su barriga a unos centímetros del cogote del inválido, aferraba la gabardina con ambas manos y los faldones se le hinchaban como alas. Con el rabillo del ojo observé que la monja tenía la tablilla con los exámenes sobre su pecho y la mirada en la calle.

Al llegar a la oficina, Juanma, el director, señaló con un dedo su reloj de muñeca. Pedí perdón por el retraso.

-Luís ha pillado la gripe –me dijo- tendrás que sustituirle.

Sabía que era mentira, pero me callé. Luis no sabe beber o, al menos, no sabe aguantar la resaca. Siempre hace lo mismo.

Odio tener que enseñarle a los viejecitos cómo se saca dinero del cajero. No son capaces de leer la pantalla porque se olvidaron las gafas o porque deslumbra el sol. Si aciertan a introducir la tarjeta y acceden al menú les tiemblan los dedos al elegir las opciones. Suelen equivocarse y piden el saldo de la cuenta en vez del dinero. Si por fin la máquina les ofrece los billetes, se olvidan de guardar la tarjeta, a veces se olvidan también del dinero. Lo peor es cuando les dices que el puesto de cajero va a  desparecer, entonces el mundo se les hace tan grande que se sienten de sobra y se les alela la cara. Les ves irse calle abajo  y adviertes que han menguado unos centímetros.

Mi primera clienta ese día fue Doña Patro. Llevaba un abrigo fucsia de entretiempo e iba tocada con un gorro impermeable del mismo color, de esos que las tiendas chinas sacan a la puerta en cuanto caen cuatro gotas y los colocan en columna unos sobre otros. Doña Patro apoyaba una mano moteada de manchas oscuras en un bastón con empuñadura plateada, para la otra Luís le habría ofrecido el brazo. Yo no lo hice. Al llegar al cajero hurgó en su bolso y sacó una libretita de anillas donde tiene apuntados, con letra puntiaguda, todos los pasos. Se puso los lentes. De su cartera de mano extrajo la tarjeta VISA. Leyó en el cuadernillo que debía de introducirla con el chip hacia arriba. No encontraba la ranura.

-Perdona hijo, estas son las gafas de cerca. Espera, creo que en el bolso metí las de lejos.

Me pregunté cómo se las arreglaría Jaime, el inválido, para sacar dinero.

Doña Patro había encontrado sus gafas de lejos. Ahora buscaba, nerviosa, su libreta porque se había olvidado del primer paso.

Le acaricié la espalda y le dije que se tranquilizara que no teníamos prisa. Le pregunté por sus nietas. Me contó que la mayor empezaba este año la universidad, iba a estudiar una ingeniería, no se acordaba de la especialidad. Sacó su cartera y me enseñó una foto tamaño carné. Se llamaba Fabiola, posaba con una media sonrisa, la melena castaña por debajo de los hombros y los ojos redondos como dos canicas azules. Me contó sus excelencias por más de cinco minutos, hasta que una ráfaga de aire nos empujó la lluvia encima.

Antes de cerrar la cartera pasó la mano por encima de la foto para borrar unas gotas de lluvia. Sacó de nuevo la libreta y leímos en alto el primer paso, después guié su mano con la tarjeta hasta la ranura.

J. Carlos