Microrrelatos IX

 

Cuento asesino

Lo desnuqué de un golpe seco con el lomo de su libro, como a un conejo. Escribía unos cuentos criminales. Dime tú si no era para matarlo.

La incubadora de plantas

Las manos de Agustina, la partera, me sacaron al mundo. Esas manos, por el día, lavaban ropa ajena y se ajustaban para recolectar garbanzos o guisantes en el campo. Por la noche dormía con los puños cerrados apretando un gurruño de mantillo con semillas también ajenas. En los huertos del pueblo nunca se malogró una planta nacida al calor de sus manos.

La amortajaron con los puños cerrados. Llevaba en el derecho una semilla de melocotón y en el izquierdo un hueso de aceituna negra. De su sepultura tengo en la memoria una cruz de hierro y una parva de tierra que disminuyó con las primeras lluvias. No recuerdo más porque me fui del pueblo. A los meses le nacieron dos árboles demasiado juntos y, en su batalla por la luz, uno apuntó a la salida del sol y el otro a la puesta. Cuentan que en julio cuelgan de las ramas del primero melocotones peludos y olorosos y el olivo se llena de aceitunas al final del otoño. Como los gorriones y las palomas se comen sus frutos y, después, esparcen las semillas en sus vuelos, hoy, después de medio siglo, he contado ciento dos ejemplares que viven en este recinto de muertos. En primavera igualarán al número de tumbas, me dice un lugareño, porque allí hay dos brotecitos verdes. Le sigo y observo, emocionado, que se acuclilla delante de la sepultura de mis padres y, con la yema del dedo, me señala dos botoncitos tan minúsculos que los abarca una gota de rocío, uno es verde esmeralda, el otro verde oliva.

El mundo al revés.

Visité un país extraño, donde los paparazzi persiguen a los científicos, los números uno de cada profesión administran la cosa común, imparten justicia los limpios de corazón y reconocido sentido común, ningún ciudadano puede ganar diez veces por encima del salario más pequeño. Sin embargo, no han conseguido erradicar una espantosa lacra: las mujeres se organizan en manadas y, por la noche o en lugares solitarios, violan a los hombres.

 Asociación de ideas

Lo normal es que las aguas bravas de las tormentas de verano escarben la tierra y descubran cadáveres enterrados a la ligera. Casi siempre están enteros, pocas veces aparecen desmembrados. En Rivas la riada de agosto desenterró un pie que fue hallado flotando en la laguna del Campillo.

El informe forense es escueto: Pie derecho, hombre de raza negra, talla cuarenta y cinco. El Comisario llevaba dos noches sin pegar ojo. Habían repasado la lista de desaparecidos y la de muertes violentas, nada, ni una sola pista. Acodado en la barra del bar se llevó a los labios una taza humeante de café negro con una chispita de anís. Le dio por mirar el plasma, reproducían ralentizados los goles del domingo. Fue un golpe de suerte porque resolvió el caso. Asociación de ideas, se dijo, y soltó una carcajada en vez de un Eureka. El Comisario recordó  aquella tarde de gloria en que el delantero centro, Masamba, encajó tres goles al equipo rival. Solo con que ganasen otro partido el Rivas Club de Fútbol ascendería de categoría. Luego vino la desgracia, el ariete negro contó que, en un entreno, se clavó una punta ferruginosa y se le agangrenó un pie.

El Comisario llamó a declarar a Masamba. No tuvo que gastar mucha pericia, enseguida confesó. Con el dinero que le dieron por tajarse el pie sano trajo a España a toda su familia nigeriana. No se arrepentía. Sólo pidió que le devolvieran su miembro para enterrarlo debajo de la misma acacia de donde lo sacó el agua. Y no dijo más.

Sacrificios bárbaros

En la selva profunda había un pueblo cuya gente era tan temerosa de Dios que le ofrecían en sacrificio alguno de sus cinco sentidos. Era una forma, bárbara, de emular a los misioneros que practicaban la castidad. Los de fe tibia se limitaban a ofrecer el tacto quemándose la yema de los dedos en la hoguera. Quienes tenían la fe más templada perdían el sentido del olfato introduciéndose dos varitas de sándalo en las fosas nasales. Había quien profesaba una fe más sólida y se quemaba la lengua comiendo brasas de carne ardiendo o, se hacía estallar el tímpano metiendo la oreja en una tuba gigante mientras otro la hacía sonar. Los más devotos se taladraban la pupila con un guijarro afilado. En justa correspondencia, al misionero que perdía su castidad le rebanaban el miembro viril y lo exhibían, colgado, en el frontispicio del templo. Relatan las crónicas que se tardó casi un siglo en desterrar estos atavismos.

            El arte imita a la naturaleza

Hay un fenómeno curioso que siempre me llamó la atención. A menudo leo a escritores que fagocitan, una y otra vez, su primera obra. También escucho a músicos, a veces muy famosos, que en toda su dilatada carrera siguen alimentándose de sus primeros compases. Habrás descubierto, como yo, intelectuales que rumian siempre la misma idea y llevan escritos dieciocho sesudos volúmenes. Incluso en los museos se exhiben cuadros de pintores que son la misma digestión pincelada de toda su obra anterior. A ese fenómeno los expertos lo llaman estilo. Resulta más común este hecho entre políticos, a poco que te fijes, advertirás que llevan deglutiendo y escupiéndonos a la cara los mismos cuatro lugares comunes desde que eran estudiantes de Facultad.

Creo que, por fin, he encontrado explicación a este fenómeno, y es que el arte imita a la naturaleza. Lo vi claro cuando contemplé a una serpiente comerse a sí misma por la cola y hacerse la digestión hasta la muerte.

Sensaciones

No me quedan recuerdos de mis tres primeros años de vida, así que ignoro si en mi cerebro nacían pensamientos. De aquella etapa sólo me quedan sensaciones vagas, como la de que mis padres tendían el mundo para mí cada mañana y por la noche lo recogían y lo guardaban en algún armario secreto. No sabía con qué magia aparecían las sábanas tibias y la ventana y el cacho de sol que encendía las baldosas azules y todo lo demás, pero allí estaban cuando abría los ojos cada mañana. Admiraba a mis padres porque debía ser muy trabajoso extender todo aquello solo para mí y tener dispuesta la cocina cuando entrábamos en ella, el corral con las gallinas, las calles llenas de casas apretujadas, o los campos verdes que se extendían más allá de donde me alcanzaba la vista. A veces, giraba la cabeza de improviso por ver si les pillaba quitando el decorado a mi espalda. Nunca fui demasiado rápido. Que en todo aquel atrezo hubiese gente no me parecía tan mágico, eran marionetas, lo constaté una noche que me puse muy enfermo, abrí los ojos y descubrí que, mientras dormía, guardaban en mi habitación las marionetas de los abuelos, los tíos y también la del médico.

           J. Carlos

El día de la momia

         Ayer, día 24 de octubre, abrí mi cuaderno azul de bitácora y, debajo de los dígitos de día mes y año, escribí: “día de la momia”. Podía haber puesto: “día de Faulkner porque a la tertulia llevábamos su novela Invictos. También podía haber titulado: “día de Sofonisba y Lavinia” porque sus retratos desnudan psicológicamente a los personajes que pintan y muestran la carne femenina con una sensualidad que resulta revolucionaria para el siglo XVI; están expuestas en el Prado, fue un hallazgo. Incluso estuve tentado de asentar esa frase tan manida: “día de la marmota”, en razón de tanto aguilucho serigrafiado en banderas apolilladas, tanto Cara al sol, tanta exaltación golpista y tantos vivas a rebeldes y sediciosos.

Ayer, día 24 de octubre, el cielo era de lapislázuli y el sol, a media mañana, había aventado las nubes aisladas que como grumos de algodón pespunteaban el horizonte. Fue un gran día. Estuve en la calle, lejos de los medios. Apenas me asomé a la pantalla del móvil una decena de veces por ver si mi patria se comportaba. Se comportó.

Ayer, día 24 de octubre, España contribuyó, aunque fuera solo una pizquita, a desprofanar la joya natural de Cuelgamuros, ese lugar sagrado que profanó, horadó y coronó con una cruz espantosa el general golpista para hacerse un mausoleo faraónico a costa del sudor, la sangre y el dinero de los españoles; y, que para más escarnio, envileció con el depósito de sus restos. Sucedió ayer que tres representantes del Estado, embutidos en trajes que lucían del gris marengo al azul oscuro, con el semblante en modo respeto y la boca en silencio, encarnaron la magnanimidad de la democracia frente a una veintena de agitadores (nietos y biznietos) que, a falta de contenedores en los que quemar su rabia, hicieron pública exhibición de accesorios franquistas en solapas, muñecas, manos y, sobre todo, en bocas. El Estado podía haber esgrimido la pluma con la que su abuelo firmaba, entre sorbo y sorbo de café, las condenas a muerte muchos años después de haber terminado la guerra. Podía haberles regalado a sus deudos el último libro de Paul Preston para recordarles de qué expolios vienen las fortunas que atesoran. Podía haber contestado la ministra a Merry Martínez Bordiú, quien la acusó de “profanación” de los restos de su abuelo, que profanar es “tratar algo sagrado sin el debido respeto o, hacer uso indigno de cosas respetables”, y la momia de su abuelo ni es sagrada ni es respetable o, no más que el centenar de miles de víctimas que yacen en las cunetas de España; sin embargo, la ministra guardó silencio en señal de un respeto que no merecían. Qué poca dignidad, que aprendan de la familia de Hitler que se conjuraron para no tener descendencia, en el entendimiento –seguramente estúpido- de que sus genes estaban marcados y podían causar otro holocausto. Qué poca dignidad en estos descendientes. Además de la mercadotecnia franquista, portaban libretas para tomar nota e intentaron –seguro que consiguieron- introducir cámaras. ¿No te imaginas para qué? En pasando unas semanas veremos cómo hacen caja con ese material, carnaza para determinadas revistas y hediondos medios televisivos, ya lo hizo su padre y abuelo, Cristóbal, con las fotos del anciano general golpista agonizando. A lo peor le venden a HBO los derechos, chi lo sa. Ya digo, hoy me siento orgulloso de mi España que supo estar a la altura.

Pena que la derecha casposa y rancia de Casado y Rivera, no acabe de despegar el pie del lodazal putrefacto del franquismo. Resulta patético escucharles decir que sus abuelos se dieron un abrazo y ellos nacieron ya en democracia. Qué pensarían si sus hijos, el día de mañana, se negaran a desagraviar a las víctimas de ETA con el argumento de que cuando nacieron ya había desparecido la banda criminal. Es más hilarante, aún, el hilo argumental de que a los españoles les importa el paro o Cataluña y no el dictador, como si para levantar la losa del genocida se requirieran dos millones y medio de funcionarios y se paralizara la maquinaria del Estado; imagínate que vas a pedir un certificado de nacimiento o al ambulatorio para que te quiten una acceso purulento y te encuentras un cartel a la puerta: “Suspendido el servicio, estamos exhumando a Franco”; a lo peor es que como gobernantes son como Gerald Ford que era incapaz de andar y mascar chicle.

Pena que el macho alfa podemita, Pablo Iglesias, se alinee con la extrema derecha de Abascal y también se manifieste contra la exhumación. Siendo un comunista que utilizó la plataforma del 11 M para sus intereses y terminó transfundiéndose en vena la sangre azul de la casta con la jeringa del casoplón de Galapagar, no es extraño que ahora pida que devuelvan la momia a Cuelgamuros, al menos, hasta que pasen la elecciones y si, eso, ya veremos. Ya sabes que los extremos se tocan. En el ayuntamiento de Móstoles tienen colocado al Secretario de Organización de Podemos con un sueldo de 52.000 €, el mismo que en 2008 se presentó al Congreso de los Diputados por Falange Española y de las Jons; un alma cándida que negaba el holocausto, estaba a favor de la violencia para imponer sus ideas fascistas y cantaba el Cara al Sol en el Valle de los Caídos. Sólo se me ocurre que Pablo debió buscar el asesoramiento de este prenda para que le parezca inoportuna la salida de la momia por un quítame allá un pellizco electoral, total, qué más da, si el Estado democrático sólo ha tardado 44 años en subsanar esta anomalía histórica.

Ayer, día 24 de octubre, el cielo era de lapislázuli y el sol, a media mañana, había aventado las nubes aisladas que como grumos de algodón pespunteaban el horizonte. A la tarde, deslumbradas por un sol reventón, caían las hojas en un vuelo manso como mariposas de alas verdes y rojas y amarillas y tostadas. Fue un gran día. A la noche, ya en casa, pude ver en la pantalla del televisor cómo descendían de Cuelgamuros, humillado, un ataúd, seguramente podrido, envuelto en una tela de raso del color de la tierra sucia, iba envuelto con un pendón rojo exhumado de lo que fue la Casa civil del interfecto y coronado con una Cruz Laureada de San Fernando que se autoconcedió siendo Jefe del Estado, antes se la habían negado dos veces.

Ayer, día 24 de octubre, tuve un motivo más para sentirme orgulloso de ser español.

        J.  Carlos

Desiderátum

            En abril Netflix cometió un error de bulto. Es verdad que necesitó el éxito mundial de la serie La Casa de papel para reconocer que el talento español para la ficción es congénito. Aquí Cervantes inventó la novela y en el Lazarillo de Tormes se narra al pícaro. Digo se narra, no se inventa, porque la picaresca también es congénita. El desatino de Netflix no es, pues, instalarse en España. Qué va, España es una serie en sí misma. Si nos grabaran en vivo, como en un Gran Hermano nacional y lo emitiera en todo el mundo viviríamos de los derechos de emisión, como viven los suizos del dinero criminal de medio mundo y el dinero negro del otro medio. La equivocación fue situar sus estudios en Tres Cantos, municipio de la Comunidad de Madrid. El Consejero Delegado, ya me perdonará, pero es un alma de cántaro. Teniendo Cataluña, a un palmo en el mapa, que lleva diez años escenificando una opereta tragicómica en un plató interminable de calles, plazas, monumentos, carreteras, autovías, aeropuertos; con un derroche de recursos escénicos donde no falta ni el fuego, una dirección teatral anónima pero sobrada de ingenio y, lo más interesante financieramente, dos millones de figurantes que no cobran un duro con unas tablas teatrales que ya hubieran querido para sí la mismísima compañía de Molière.

Hoy los periódicos echan cuentas de los costes de la función de esta semana. Ponen en el Debe el mobiliario urbano hecho trizas, los coches abrasados, las mercancías perdidas, los aviones y trenes varados, las horas de trabajo…, incluso valoran la pérdida de la imagen de Cataluña que de tan desabrida lastra la inversión y acobarda al turismo. El resultado, un horror, claro. Y eso que, incomprensiblemente, nadie anota la partida más gravosa: el lucro cesante. Pero, ¿es que nadie echa en falta los derechos mundiales de transmisión o, al menos, las migajas que se cobran por los derechos de autor? Un espectáculo impagable con una trama tan ingeniosa que hasta pegan a los que les están grabando –te imaginas a Marlon Brando en el Padrino dándole una hostia al cámara o al escript-. Una serie diaria que se consume en abierto para todo el mundo mundial gratis et amore. Vamos, un despropósito.

No me lo compares con Hong Kong, por favor, y menos con los chalecos amarillos franceses. Aficionados. Una trama lineal llena de lugares comunes: la policía, unos cuantos agitadores, unas barricadas que parecen de cartón piedra y dos o tres cargas repartidas con pereza. Sin fuego, sin bengalas, sin ácido y, encima, en cuanto dan unas pocas funciones se agotan y hacen mutis por el foro. En Cataluña tenemos un guión sólido aprendido en la guardería y en la escuela, escrito desde las instituciones y bien regado con la liquidez de los dineros públicos. Recurrimos a sardanas, banderas catalanas, banderas esteladas -que son las buenas- y banderas españolas que se portan como antorchas para alumbrar las noches o, se utilizan como mechas para encender las piras. Escenificamos castellets, diadas, referéndums en urnas clandestinas compradas en los chinos. Contamos con botiflers, Presidentes que huyen a chalets de lujo en Waterloo después de traicionar a sus conmilitones golpistas, golpistas que viven en Suiza o Escocia del dinero del contribuyente, mientras otros usufructan celdas en Lledoners, Presidentes marioneta que, como les falta un hervor, cuando no ejercen de  pirómanos se dedican a pisar la manguera a los bomberos, Mossos bipolares que no saben si dispararles balas de goma o darles un beso en la boca a los personajes que le lanzan cócteles Molotov o botellas de ácido. Al guión no le faltan proclamas épicas en Parlamentos de maderas finas recién barnizadas, sentencias con más páginas y más esencia narrativa que Crimen y Castigo, medios de comunicación que reencarnan con entusiasmo el Ministerio de la Verdad que imaginó Orwell.

Hasta aquí puedo leer. Que no te voy a hacer un spoiler. En cuanto termine de anotar estas líneas en la bitácora, escribiré a Netflix para ofrecerme como representante. Te aseguro que ahí hay un filón. Riéte tú de  Breaking bad, Juego de Tronos, Los Soprano, The Wire o House of cards. Ni la mismísima Casa de Papel le llega ni a la suela de los adverbios a la serie catalana.

Es que lo tiene todo. Sólo le falta el título. Bueno, le faltaba que ya se lo he puesto. Un buen guión o una buena idea sin un buen título es como un Picasso sin su firma, te digo más, ten por cierto que si Einstein no hubiese acertado con el título de Relatividad para su teoría, hoy le recordaría –igual que a Maxwell- un uno por ciento de la humanidad, como mucho.

Anda, apunta el título. Ya te adelanto que, en septiembre lo oirás nombrar ocho o nueve veces en la ceremonia de entrega de los Emmy. La serie se llamará (ta ta chan, ta ta chan…): Desiderátum.

         J. Carlos

Microrrelatos VIII

                                                         

                                                          El olmo
Estábamos sentadas al sol, la abuela hacía encaje de bolillos. hablábamos de cosas sin importancia. De repente, le pregunté cuánto le duró el amor. Verás, contestó dejando a un lado el encaje, el primer beso me lo dio bajo el olmo de la plaza. Cuando nos casamos, tu abuelo me regaló un olmo chico que venía de un esqueje arrancado al de nuestro beso. Lo plantamos en el jardín. Durante tres años creció primoroso, pero le entró la grafiosis y, aunque le administré toda clase de cuidados, sólo aguantó diez años más. Fue muy duro ver amarillear sus hojas y secarse sus ramas con las puntas hacia abajo, como cayados de viejo. Míralo, ahí sigue su tronco color ceniza, clavado en tierra, pudriéndose por dentro. Sin embargo, ya ves, el olmo de la plaza luce majestuoso.

                                                         Experimento
Transmitió su muerte por YouTube, en directo, como un juego. Tenía una bomba adosada a la barriga desnuda; a la derecha de la pantalla parpadeaba un emoticono verde con el dedo pulgar hacia arriba; a la izquierda, un emoticono rojo con el dedo pulgar hacia abajo. Los jugadores habían de registrarse con su nombre y un número de tarjeta de crédito. Quienes optaran por condenarlo recibían diez Euros. Quienes pujaban por salvarle debían pagar otros diez. Sólo se podía participar una vez y las apuestas estarían abiertas durante ocho horas. Cuando el saldo inicial de cien mil Euros, que también aparecía en pantalla, quedó a cero el explosivo detonó, habían pasado tres horas y media.

Todavía se puede ver, en su perfil de Facebook, una foto suya surfeando sobre un mar azul, casi transparente, y un pie que reza: Tengo razones para creer en la humanidad y pronto os lo demostraré.

                                                      Trucos literarios
El trabajo del escritor tiene horas valle y se abarata como los billetes de tren. Lo malo es cuando se prolonga durante meses y años. Para paliar el desastre de que las ideas no te alcancen no hay más truco que ir a buscarlas. En una ocasión puse un anuncio en la Web oscura como asesino. Casi todos los encargos eran lugares comunes, cargarse al socio o al amante de la pareja, o darle matarile a un político. Sin embargo, hubo uno que resultó útil para mi labor literaria; el encargo consistía en cortar la mano de la esposa y entregársela embalsamada al marido; al parecer, era necrófilo. Fue así que dejaron de acuciarme las deudas y descubrí que, el mejor truco para que no se malbaratara mi literatura era dejar de ser pobre.

                                                 Gases nocivos
El país está bien pero es un poco rarito. Nada más pasar la frontera nos obligaron a calzar una prenda íntima que se come el metano, dicen que se lo ponen también a los animales domésticos. Después, para ver el campo, nos subieron a un autobús que se mueve con energía limpia. Están cavando en cada valle para construir lagos, llevan más de mil, luego los rellenan con agua del mar desalinizada con la fuerza del sol. Nos mostraron las obras de reforestación de las montañas y de las antiguas tierras de labor. A falta de campo que cultivar han levantado edificios con paredes de vidrio, de un kilómetro de diámetro por otro de alto, están distribuidos en plantas, una para peces, otra para maíz, una para aves, otra de trigo, una para vacas, otra plantada de vides…

Ya en el hotel, subí a la habitación, bajé los pantalones y el calzón para tirarme a gusto un largo y oloroso pedo en dos tonos, un tímido mi de flauta travesera seguido por un bronco do sostenido de trombón. Al poco escuché la estridencia de las sirenas. Asomado a la ventana vi que salían una docena de antidisturbios de un vehículo policial con máscaras antigás. Entraron en el hotel. Me asusté, podía ser un atentado terrorista. Eché el seguro a la puerta y me tumbé en la cama con la cabeza debajo de la almohada. Hubo un estampido. Habían echado la puerta abajo, antes de incorporarme tenía doce bocanas de metralleta en mi cara.

Me subieron a un avión con turbogeneradores de hidrógeno y en el pasaporte estamparon un sello rojo en el que se lee: persona non grata. Desde la ventanilla se veía un paisaje idílico, casi todo verde, salpicado aquí y allá con manchitas de plata que refulgían al sol. Fue bajando la escalerilla que caí en la cuenta de que no me habían requisado los calzoncillos, resulta curioso pero los pedos huelen a fragancia de rosas.

                                                   Autobiografía
Nací un día de tormenta, según mamá nací a destiempo y de puro susto, se fue la luz y mamá sólo me veía a ratos cuando estallaba el relámpago. De la infancia sólo me queda el recuerdo tedioso de las misas de domingo. En la niñez destaqué por mi desparpajo y eso generaba envidias, las palizas duraron hasta el día que acerqué la navaja al cuello del cabecilla. El balance de la adolescencia se resume en tabaco, soledad y dos costillas rotas en un accidente de coche, cuando conducía con la cabeza de Meryl en mi entrepierna; eso y dos amores fugaces. Me casé con Erika para no disgustar a mis padres, era fría en la cama pero sabía cómo educar a los hijos, tuvimos dos, por no disgustar a Erika. Trabajé de cartero, al principio conocías a los destinatarios, conversábamos y te invitaban a un café, con sólo leer el remitente ya sabías si dentro del sobre anidaba la alegría o se escondía el desaliento; después la ciudad creció y se hizo anónima, los destinatarios eran sólo nombres en un buzón, los remitentes bancos y las cartas no eran cartas, eran cargos y facturas. La jubilación bien, gracias, cuidando nietos que te quieren hasta que entran en sazón, después, más que nada, les suscitas lástima.

Mañana cumpliré 85. A esa edad nos meten un chute de Propofol porque no hay dinero para tanto viejo. Dicen que te da un subidón mientras la palmas.

                                                            Pasado
Recorrí mi pasado hasta donde me alcanza la memoria y descubrí que nunca había estado allí.

                                                           Historia
Cada vez que evoco mis recuerdos se camuflan, se mimetizan con el entorno y, menos mal, si los recordara tal cual sucedieron resultarían patéticos. Me pasa como a las naciones que, cuando evocan sus recuerdos, camuflan la barbarie y la mimetizan en honor y gloria. Confieso que esa capacidad camaleónica me resulta anestésica y, supongo que para las naciones es un semillero de patriotas. Me preocupa que de tanto camuflarla olvide mi propia historia y me vea obligado a repetirla.

      J. Carlos

Microrrelatos VII

Eximente

-Mamá, dice el maestro que si matas en la guerra no vas a la cárcel.

-Es verdad, pero sólo a medias.

-¿Cómo a medias?

-Verás, hijo, primero tienes que declarar la guerra y, después, ganarla.

-Ah, entonces, si declaro la guerra al idiota de mi hermano tendré que matarlo para ganarla, y así me libro de la cárcel. Gracias mamá, me has quitado un peso de encima.

Relojes

Ayer a las doce del mediodía se pararon todos los relojes. Cesaron de andar las agujas de los relojes analógicos, se atascaron los números luminosos de los digitales y cesaron los impulsos de los relojes atómicos. Fue a las doce del mediodía y se reanudaron, sin más, una hora más tarde. Los aviones no despegaron, los trenes quedaron varados en las estaciones. La gente, alarmada, salió de sus oficinas. Se llenaron las iglesias. Por la noche se sucedieron los apagones, hubo revueltas y los supermercados fueron saqueados. A pesar de que los gobiernos sacaron las tropas a la calle, los muertos se cuentan por decenas de miles. Hay debates científicos, pero nadie acierta a explicar el fenómeno. Entretanto, los agoreros copan las pantallas de los televisores anunciando el apocalipsis.

Aquí, en Madrid, hemos sacado en procesión al Santo Cristo, desde la iglesia de Medinaceli hasta la Puerta del Sol, en rogativa para que no se repita el diabólico fenómeno. A las doce en punto del mediodía un millón de almas congregadas en la plaza conteniendo la respiración, escuchamos alto y claro la primera campanada. La otras once quedaron silenciadas tras los estallidos de júbilo. Hubo que lamentar varios heridos por explosión de petardos y una víctima mortal por intoxicación etílica.

Paréntesis

Me hubiese gustado ser una letra mayúscula o una simple letra minúscula. Fíjate que no digo una palabra y menos una oración completa. Incluso me habría conformado con ser algún signo de puntuación, como las comillas para citar algo expresado por otros o, un punto y coma que le da un poco de respiro al relato. Pero me quedé en un paréntesis, un inciso para aclarar otras frases ya escritas.

No lo niegues, yo soy para ti un paréntesis que sólo empleas para explicar tus sucesivos devaneos. Como eres incapaz de poner el punto final porque entre paréntesis nos casamos y entre paréntesis tuvimos tres hijos, te lo digo ente comillas: “Ojalá que te vaya bonito”

 

Cárcavas

Irene era la hija única del veterinario, tenía el pelo rojo y era muy desinhibida. Cuando me operaron de amígdalas, a los siete años, fue la única niña que vino a casa a hacerme compañía. Le enseñé el frasco con formol donde flotaban lo dos trozos de carne que me habían sajado de la garganta, y me invitó a verlos aumentados con el microscopio de su padre.

A los días fui a su casa con el frasco. En el gabinete sacó el microscopio de su funda y me pidió que pusiera la carne sobre la placa de cristal. Me dio asco tocarla. A cambio puse mi brazo; la piel se veía cuarteada como la tierra de un charco seco. Después me arrancó un pelo; miramos y parecía un pez abisal muy escamoso. Cambió a una lente de más aumentos; puse la yema de un dedo encima de la placa y convinimos que era como las cárcavas de color óxido que forman el cañón por donde discurre el río. Puso todavía otra óptica más potente sobre el dorso de mi mano; me asusté cuando en el visor apareció un agujero como de labios carnosos anillados, cada vez más finos, que se achicaban hasta terminar en un pozo negro. Se rió, me explicó que era un poro de la piel por donde sudamos y que las niñas tenían un poro muy grande entre las piernas. Para corroborarlo se bajó las bragas, se sentó en el pico de la mesa, levantó el vuelo del vestido estampado y dijo: a que se parece al poro de tu piel.

De a poquitos

Según me dijo, estaba harto de perder en bolsa y buscaba otras formas de invertir su dinero. Me compró el piso a buen precio, un poco por debajo del mercado, con la condición de que yo seguiría habitándolo hasta que muriera. Es buen conservador y, todos los sábados, quedamos para tomar unas copas. El caso  es que de un tiempo a esta parte la vecina me encuentra como desmejorado y vengo notando en el espejo que los domingos, el día que me afeito, tengo unas ojeras profundas y oscuras. Hay más, nunca me han sonado las tripas y ahora, intempestivamente, rugen como cuando de niño pasaba hambre. El médico de cabecera dice que son borborigmos naturales. Me ha pedido cita con el psiquiatra, cree que lo mío son paranoias de viejo.

Voy a demostrarle que estoy en mis cabales. He contratado un detective que averiguará el tipo de veneno que me echa en la copa, de a poquitos, para que parezca una muerte natural.

 Así seguimos

Nací con una tara genética, mis glóbulos rojos son como camaleones, pierden su color en cuanto salen del torrente sanguíneo y se camuflan con el entorno. Más de una enfermera se ha desmayado cuando observa un líquido deslucido, del mismo color que la jeringa con la que me está extrayendo la muestra.

Están estudiando mi caso en varias universidades y no paran de pincharme. Resulta un fastidio, pero cuando era más pequeño enamoraba a las niñas. Me hacía pasar por un príncipe porque tenía la sangre real. Tomaba una flor de malva entre los dedos, me pinchaba y brotaba la sangre de un azul cárdeno, luego las llamaba mis princesas, hasta que Menchu, por despecho, reveló mi secreto. Desde entonces me convertí en una rareza y las madres espantan de mi lado a sus hijos a sopapos. Y así seguimos.

 Diógenes

Google le avisó de que tenía sus aplicaciones llenas, si no compraba más espacio dejarían de funcionar. Creyó que era un síntoma, tenía miedo de heredar el síndrome de Diógenes de su abuelo. Es verdad que acumulaba todos los correos y no borraba las fotos ni los múltiples chats en que participaba, la mayor parte basura que no cabría en dos habitaciones si se imprimiesen. Pensó que era imposible porque él tenía decorada la casa al modo minimalista, reciclaba la basura y donaba la ropa usada.

Claro que el abuelo también había acumulado afectos. Otro síntoma. Había formado dos familias y el secreto se desveló cuando ya tenía nietos de ambas. Tampoco era el caso, se consoló, porque él sólo tenía una familia. Bueno, también había una amante periódica y otra esporádica.

Sí, se dijo, debería reciclar los viejos afectos, todavía están en buen uso. Buscaré a alguien que le valgan porque soy incapaz de tirarlos al contenedor del olvido.

 Dios no juega a los dados

Tanto “que venga Dios y lo vea” que, al fin, vino Dios y lo vio. Después se dio la media vuelta, se fue y no hubo nada.

        J. Carlos

Microrrelatos VI

 

Desgracias en cadena

Circulábamos por la M 30 tras el coche fúnebre que llevaba el cadáver de mi padre al cementerio. El conductor sufrió un infarto fulminante. De resultas se produjo un choque múltiple que causó desperfectos en cinco automóviles. Tres personas fueron evacuadas en sendas ambulancias: el conductor del coche fúnebre que ingresó cadáver y dos señoras aquejadas de ataques de ansiedad, mi madre y la amante de mi padre.

El médico de urgencias prescribió un relajante para ambas mujeres y las dejó en observación en el mismo box. No se conocían personalmente, aunque se odiaban. No me preguntes cómo ni por qué, pero, una hora más tarde, mientras los deudos y la demediada concurrencia dábamos cristiana sepultura a papá, ellas conversaban serenamente en el hospital y, antes de que les dieran el alta, ya se profesaban tierna amistad.

Ahora, todos los domingos por la mañana, me toca llevarlas en coche al cementerio para depositar en la tumba de papá un ramo de crisantemos que pagan a escote.

Destino

Fue en la plaza del Caño, iba de la mano de mamá, sonó un disparo de balines. De los cables de la luz salieron volando en todas las direcciones una decena de golondrinas. Una cayó a plomo al suelo, con las alas replegadas. La cogí en mi mano, le manaba sangre escarlata que manchaba su pecho blanco. Mamá dijo: pobre bicho, era su destino. La envolví en mi pañuelo y me lo guardé en el bolsillo.  Mamá quería que se la diera al gato. La enterraré como Dios manda, le repliqué. Por la tarde, mientras el pueblo se congregaba en el salón comunal de la televisión para ver la corrida de toros, entré en casa de los padres de Julito. La escopeta estaba colgada sobre dos alcayatas en la pared de su cuarto. Coloqué el pájaro muerto debajo de su almohada, me llevé el arma metida en un saco que ya cargaba dos pedruscos y lo lancé al río. Me sentí como Dios porque había cambiado el destino de un puñado de golondrinas.

Volví al salón de la tele. El Cordobés le clavaba la espada, hasta la bola, a un toro negro zaino. Si estuviera en Las Ventas, pensé, con el barullo de la salida a hombros con las dos orejas y el rabo, le escamotearía el estoque para cambiar el destino de un puñado de reses bravas. Fue entonces que, el señor Julio, padre de Julito, se acercó, me hizo una carantoña y me ofreció un caramelo de tofe. Lo cogí.

Síndrome de Asperger

A Marieta la contrataron los servicios de inteligencia cuando aún estaba en la Facultad. Únicamente el catedrático, que fue su mentor, conocía su capacidad de memorizar veinte mil decimales del número Pi y otras rarezas, como la de oír los colores.

Lleva una vida discreta, como una simple funcionaria. Se casó hace dos años y hace tres meses se quedó embarazada. Hoy, de vuelta del trabajo, mirándose en el espejo del ascensor, se toca de arriba a abajo con el pulgar de la mano derecha los botones de su blusa negra y sube por ellos con el pulgar de la izquierda. El ascensor llega al octavo al tiempo que su dedo termina el recorrido. El marido, sonriente, abre la puerta y se acerca para darle un beso. Marieta se tapa los oídos, patalea, cae al suelo con convulsiones. Al mirar los labios del marido ha oído el sonido estridente de cien gatas en celo mayando. Hay que tener una vista microscópica para reparar en unas minúsculas trazas de carmín.

En el hospital el doctor accede a que sea el marido quien le comunique que el bebé no ha sufrido daño alguno. Antes de entrar en la habitación se restriega los labios con estropajo y jabón. Tarea inútil porque cuando entra ni le mira siquiera, sólo dice: vete.

Que yo sepa

Fiscal: Si usted manifiesta públicamente que el video es un montaje, retiraré la acusación de magnicidio en grado de tentativa. Comprenderá que mi obligación es borrar del imaginario colectivo la imagen del Rey bebiendo los orines de un camarero.

Detenido: Señor fiscal, usted sabe que el video no está trucado, en su mesa tendrá el informe de los técnicos de la Guardia Civil. Se me ve mear en la jarra de cerveza que serví al monarca en el Club Náutico y, de seguido, sin cortes ni edición, su majestad se la echa al coleto de cuatro sorbos. Lo que no sabe es que, me pagan un Euro por cada nuevo seguidor que consiga en Instagram y me multan con dos Euros por cada uno que pierda. Cuando me detuvieron me seguían más de diez millones, si miento, declarando que es un montaje, los perdería. En cuanto a lo del magnicidio, un traguito de pis no ha matado nunca a nadie, que yo sepa.

Aplicación religiosa

Dios nos hizo a su imagen y semejanza, nos acuñó como monedas con dos caras en una brilla la bondad, en otra, anida la maldad. También Dios tiene su cara oscura.

Soy el Sumo Sacerdote de una nueva religión que alaba a ese Dios bondadoso y también al que mandó diez plagas a Egipto, masacró a todos los pueblos que opusieron resistencia a la conquista de Israel, y ordenó sacrificar para su mayor gloria a los hijos de los hombres. Atendiendo a esa faceta oscura de Dios, mi religión tiene un nuevo mandamiento: Durante una sola noche al año, la de la luna de sangre, se robará, se matará, se codiciarán los bienes ajenos, se deshonrará a los padres, se fornicará y se negará al propio Hacedor. El resto del año rezaremos y nos arrepentiremos por haber pecado.

Mi religión no tiene templos, ni sacramentos, ni exige reuniones comunales. Se basa en una aplicación para móvil que he creado con su biblia, sus santos y sus ritos. El anonimato está garantizado, pero los acólitos podemos darnos a conocer entre nosotros.

Hoy, en el autobús, una joven se ha santiguado tres veces, la última al revés. Correspondí. Nos miramos, esbozamos una sonrisa de complicidad y cada cual siguió a lo suyo.

Reality

Me pareció un experimento sociológico interesante, por eso me animé a participar en el programa de televisión. También porque pagaban un dineral. Participamos cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, sin ningún lazo ni conocimiento previo entre sí. Se sortearon las parejas y entregamos nuestros móviles, con la autorización de que accedieran a la información de todos los lugares en que nos sitúa Google en los diez últimos años. Gana la pareja que haya estado más cerca en tiempo y espacio.

Resulta curioso la de veces que se coincide al mismo tiempo en la misma estación de metro, en el mismo museo, o en los aledaños de la misma calle o plaza con la persona desconocida que te ha tocado en suerte.

Al finalizar el cuarto programa, Irina y yo nos habíamos embolsado ciento veinte mil Euros. A la salida de los estudios nos esperaba la policía.

La cronología de mi móvil me sitúa en el mismo lugar y a la misma hora que se cometió un asesinato. ¿A ver cómo pruebo yo ahora que el móvil, un Iphone, se lo distraje en la barra del Pub irlandés a un parroquiano que tenía la muñeca y el cuello alicatados de oro.

                  J. Carlos

Dana

La gota fría ahora se llama Dana porque los nombres, como todo, envejecen, se agotan y mueren. Para entendernos, una Dana es una burbuja de aire frío que se coloca encima del mar Mediterráneo cuando más calor acumula y más evaporación se produce. Tú puedes hacer una Dana casera, saca del frigorífico en verano una botella de agua helada y, en segundos, sudará gotas por toda su superficie. Acuérdate de cuando hacías el amor en el coche en las noches frías de invierno, producías tanto calor que, al contacto con los cristales fríos, se empañaban.

El Levante tiene todas las papeletas para sufrir esta maldición porque tiene una orografía picada de montañas a los pies del mar, que impide que los trenes de nubes se desplacen hacia el interior de la península. Ya sé que es hora de lamentar las víctimas, consolar a sus familias, ser solidario y ayudar a la reconstrucción de tanto desastre. Pero también es hora de que pongamos la venda en la herida y no me refiero a las simplezas de siempre: es que han permitido construir en los cauces de arroyos, barranqueras y ríos -no en vano, muchas de las calles principales se llaman ramblas-; tampoco me refiero a la lógica recriminación de que es preciso profundizar y limpiar, en verano, todos los cauces grandes, pequeños, medianos, desbrozar todas las riberas y reforzarlas. Eso también, claro, pero no dejan de ser paños calientes.

El cambio climático está aquí y ha venido para quedarse. El agua del mar está cada vez más caliente y, por pura física, estos fenómenos meteorológicos se van a multiplicar. Y lo que es peor, serán cada vez más devastadores y peligrosos. Habrá que crear más riqueza porque tendremos que aplicar, cada año, un porcentaje significativo del PIB para paliar las catástrofes derivadas de incendios e inundaciones.

El 14 de octubre de 1957 hubo 81 muertos en Valencia por el desbordamiento del río Turia, pilló desprevenido a los valencianos porque todavía no había empezado a llover en la ciudad cuando el agua se salió de su cauce, después, encima, llegó la lluvia. En evitación de estas catástrofes cronificadas cada cierto tiempo, desviaron su cauce. Resultado, no han vuelto a producirse.

El agua, por pura física, atraída por la fuerza de gravedad va a buscar su cauce y, si se entorpece o se tapona su salida natural, buscará los lugares más bajos hasta alcanzar su destino en el mar. Quizás, en vez de enterrar todos los años a unos cuantos compatriotas, tirar al lodo el esfuerzo de protección civil, bomberos, policía, UME, sanitarios, etc. y aflojar la pasta del contribuyente a través del Consorcio de Compensación de Seguros, deberíamos aprender a conjugar el verbo prevenir.

No hace falta ser Ingeniero de caminos, canales y puertos para concluir que el cauce de todos los ríos, arroyos y torrenteras, especialmente en zonas bajas, deberían estar mejor regulados. No creo que fuera tan costoso construir cada equis kilómetros, pongamos 20; un azud desde el río que conduzca el agua sobrante, cuando supere un determinado nivel, a un embalse con el cubicaje necesario. Tampoco creo que sea un dispendio construir, rodeando las ciudades, dos cauces nuevos al río. De forma que, aunque el río discurra por el centro de la villa, si viene con un caudal peligroso desviar una parte del caudal al ramal derecho y, si todavía fuera necesario, desviarlo también por el caudal izquierdo. De esta forma podríamos duplicar la capacidad del agua embalsada y no la devolveríamos al mar, como hacemos ahora gratis total y, como ha sucedido en Valencia, seguramente evitaríamos una gran parte de las catástrofes que no sé porqué seguimos llamando naturales. Con la capacidad humana y técnica que tenemos en España sería un juego de niños y, respecto al coste, no creo que salga más caro que la línea de AVE a Galicia, pongo por caso. En cuanto a la rentabilidad, no hay color, se amortizaría con la capacidad hidroeléctrica que se generaría para los siguientes años.

Seguir lamentando la pérdida de vidas humanas, darnos golpes de pecho después de la devastación, homenajear a nuestros héroes –que los hay-, aflojar la cartera en solidaridad, sacar las esculturas de las iglesias para que nos preserven de otras riadas, pretender tirar todo lo construido en ramblas y demás sitios inundables… es muy loable, pero resulta tan inútil como el esfuerzo del niño que intenta vaciar el mar con un cubo amarillo o rojo.

Curioso país con las mejores carreteras y vías de ferrocarril para que discurran los coches y trenes de alta velocidad, pero con los peores cauces para que discurra el agua y con pocos embalses para aparcarla.

  J. Carlos