Rutinas

Rivera Paquirri

En otoño y en  invierno subo al Retiro, cada día, a la luz de las farolas. De vuelta a casa hay una luz de sol naciente, las más de las veces filtrada entre una celosía de nubes. Somos cuatro gatos, nos cruzamos en los mismos puntos, cien metros arriba o abajo, pasamos ignorándonos, con la mirada caída, aunque nos reconocemos en cada gesto y en cada zancada. En esta época en que el sol madruga tanto y el cielo se queda huérfano de nubes, el Retiro es una romería de caminantes y de ciclistas. Son unos extraños. Los legítimos, aquellos que subimos todo el año, ya digo cuatro gatos, ahora nos alegramos al vernos desde lejos entre la marabunta y, aunque seguimos bajando los ojos al cruzarnos como si al mirarnos nos hiciéramos daño, comulgamos en la idea de que formamos una cofradía única. Soportaremos estoicamente la invasión de nuestro territorio por un ejército de intrusos hasta que el sol deje de levantarse tan temprano.

Es una rutina para oxigenarte y desentumecer los músculos, aunque en el fondo sólo pretendes cuidar el cuerpo para que te dure un poco más o, al menos, para que se mantenga un punto por debajo de la degradación que por edad le corresponde. Como no puedes disociarte tienes que llevarte entero. Quiero decir que, hay días que te pesan demasiado las piernas y si pudieras las dejarías en casa; en primavera las plantas se ponen cachondas muy de mañana y exhalan polen como si participaran en una orgía colectiva, te sobra la nariz que pica como un pimiento de Padrón; las más de las veces lo que te sobra son los pensamientos o los recuerdos tristes de los que se fueron o las emociones negativas, pero tampoco puedes dejar el cerebro durmiendo sobre la almohada, mientras tú te vienes con el resto del cuerpo a desearle buenos días a los madroños y a los magnolios del Paseo de Carruajes. Eso de disociarte sería una maravilla, hoy me voy sin el dedo pequeño del pie porque el ojo de gallo me está matando, o prescindo de la columna vertebral porque las hernias discales me tienen la espalda atravesada por diez agujas afiladas. Imagínate que te pudieras sacar el nervio ciático y dejarlo colgado en el armario mientras te das un garbeo. Habrás observado que la naturaleza reconoce que eso de llevarnos siempre enteros de acá para allá resulta insoportable, por eso un tercio de nuestro tiempo nos mantiene noqueados y el cerebro, yacente sobre la almohada, desconecta la conciencia y nos lleva de aquí para allá sin consistencia material, en una fantasmagoría de sueños en los que no cabe ni el peso ni el dolor, aunque se prodiguen el miedo, el sufrimiento y todas las demás emociones.

Suelo llevarme la radio metida en los oídos con unos cascos inalámbricos de color blanco. Cuando se les agota la batería se iluminan a intermitencias con luces rojas y azules. Si te llaman por teléfono hace una cuenta atrás en inglés como si fuera a despegar una nave hacia las estrellas, paras la cuenta presionando un botón minúsculo del auricular y te pones a hablar al aire gesticulando con las manos, la gente que pasa se queda desconcertada buscando unos cables que escalen por tu pecho y terminen en tus oídos, antes de que te tomen por loco advierten que de tus orejas sobresalen unos tubitos blancos de cinco centímetros. Sólo entonces se les apaga el susto y te miran, los más con displicencia, los menos condescendientes. La ciudad, hace unos años, además de proporcionarte el anonimato, te ofrecía todos los placebos para poder extrañarte de ti mismo por un rato: el cine, el teatro, los escaparates, la arquitectura, las bibliotecas, el espectáculo del fluir de la gente en las aceras, las aglomeraciones en los semáforos y en los andenes del metro, hasta las mismas obras eran una droga para salir de ti mismo. Después vinieron la radio y la televisión a los hogares para que pudieras exiliarte de tus pensamientos a tu antojo, sin salir a la calle, lo llamaban entretenimiento. Ahora nos han puesto en los bolsillos el móvil para que nos apeemos de nosotros mismos en la calle y en el aula y en el trabajo. Navegamos por internet, una fantasmagoría donde soñamos que tenemos un montón de amigos que nos quieren, que nos admiran. Tantos gustas tanto vales. Hoy te quiero y te mando por Whatsapp la grabación de un acto íntimo como prueba de amor, mañana te enfadas y, como en una pesadilla, lo circulas por ahí. Le pasó hace una semana a Verónica y no, no era un sueño. Terminó en suicidio porque muchos de sus compañeros de Iveco  actuando con la complicidad criminal que permite la red le pusieron la soga al cuello. Supongo que tienen hijas, madres y hermanas a las que no querrán aplicar el código amoral que ellos aplicaron a Verónica. Fran Rivera, a la sazón matador de herbívoros, nos explicó los términos de su código deontológico: Hay desnortados amorales, como él, que no pueden sustraerse de ver en el móvil a una mujer desnuda o dándose placer y, tampoco puede evitar adjuntarle el archivo a los amigotes.

En otoño y en invierno somos cuatro gatos, ahora toman el Retiro por asalto un ejército de caminantes y ciclistas. Son unos extraños. Lo peor es la vuelta a casa, los muchachos y muchachas que suben por la acera estrecha y sinuosa de la Avenida de Nazaret, llevan los ojos sepultados en el móvil, caminan como zombies. He aprendido a escorarme para diblarlos y a poner el brazo en cabestrillo como paragolpes y a silbarles para que no me arrollen. Por compasión, si esperan en el semáforo, suelo avisarles cuando se abre. Espero que pronto haya una aplicación que les avise de que el semáforo está abierto y de que si no cambian de trayectoria chocarán con otro peatón.

     J. Carlos

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Okupas

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Asombra vivir en un país que protege la propiedad privada con uñas y dientes, con un código penal que dedica gran parte de su narrativa a glosar cada uno de los delitos, faltas y penas que acarrea quebrantar este derecho, pero donde cualquier espontáneo puede pegar una patada a la puerta de la casa donde vives, asentar sus reales y quedarse a disfrutar de tu luz, tu agua, tu calefacción y demás servicios. Si les cortas el suministro se te echa la Justicia encima. Si dejas de pagar la hipoteca, el banco, que es el dueño virtual de tu casa, se queda con ella y tú con la deuda en el caso, muy común, de que su valor no alcance el del capital pendiente. Y cómo los okupas tengan uno o más churumbeles, propios o alquilados, ármate de paciencia. Nadie te va a quitar cinco o seis años de abogados, procuradores y un abanico de tribunales por donde se te colará un presupuesto de diez o quince mil euros, y al final, si lo consigues, recibirás la arquitectura de un esqueleto mondo y lirondo. No sólo se habrán llevado la encarnadura de tu ropa, muebles, electrodomésticos y lámparas, también habrán arramplado con tus documentos, tus fotos, tus joyas y todos los recuerdos que atesorabas en esas cosas sin importancia que recibiste de los tuyos o que acumulaste en viajes físicos o sentimentales. Tendrás suerte si no han desenterrado las tuberías y los cables de la luz para venderlos. Además, se irán de rositas, amenazándote en tus morros delante de la policía y del secretario judicial, que permanecerán mudos y sordos como estatuas de sal. Al calor de este desafuero han surgido como setas “empresas” de sicarios que te resuelven el problema con un coste similar al “legal” pero por la vía rápida. Ya lo dijo Jaime Mayor Oreja: “El que quiera seguridad que se la pague”. Era Ministro del Interior en el gobierno de José María Aznar y mermó el presupuesto de las fuerzas del orden hasta la indigencia, los coches no salían a patrullar porque sus depósitos estaban secos de gasolina. Lo que no dijo es que se lo pagaríamos, entre otros, a él, que tuvo intereses en Eulen y mantuvo lazos con Estudios y Experiencias S.L., empresa socia de Seguritec S.A. y de Protección y Custodia S.A. No hace falta tener un Harvard clavado en la pared porque el método es más sencillo que el mecanismo de un chupete: Asfixia el servicio público para desbaratar su funcionamiento, privatízalo y apaláncate con unas acciones de la empresa adjudicataria o una mamandurria de puerta giratoria.

Asombra más que la Europa que estamos construyendo para jibarizar los nacionalismos, adquirir músculo ante esta economía globalizada y preservar en la igualdad y dignidad humanas, deje okupar todas sus infraestructuras por los magos de Silicon Valley, como les denomina el filósofo alemán Markus Gabriell, a quienes considera criminales y, por consiguiente, reos de cárcel. No le falta razón.

Okupan las infraestructuras físicas de nuestras empresas para llegar a tu móvil, tableta, televisión u ordenador. Google, Amazón, Facebook y demás redes sociales circulan gratis et amore por las carreteras digitales (cables de fibra óptica, antenas, satélites y demás parafernalia) que tu operador ha instalado y que tú pagas mensualmente. También utilizan gratis total los gigas de tus cacharros electrónicos.

Okupan o, mejor, hackean la información pública que pagamos con nuestros impuestos y la información privada de las empresas de comunicación sin pagar un duro por ello. Es como si una empresa automovilística construyera los coches y la comercializadora los alquilara o vendiera sin pagar nada a la empresa que los produce.

Nos okupan a nosotros, que somos su mejor producto. Se adueñan de nuestros datos vitales y médicos más íntimos que luego venden a los laboratorios para extraer información valiosísima que cura enfermedades. Toman por asalto nuestros gustos musicales, gastronómicos, sexuales, literarios…; recopilan nuestras fotos, videos, audios, correos, chateos, tuiterías, itinerarios…, con el fin de inundarnos con publicidad que un algoritmo dirige según las preferencias de cada quien y que otras empresas pagan como oro en paño. Con todo, lo peor es que, tanto las corporaciones americanas como las chinas, que monopolizan el mercado, trasmiten nuestros datos a los Servicios de Inteligencia de sus respectivos gobiernos, en tiempo real. Si Orwell levantara la cabeza, seguramente, consideraría que su novela 1984 había envejecido muy rápido comparada con la realidad de 2019.

Okupan nuestro acervo común sin pagar un solo impuesto. Te enseñan el Prado demorándose en cada pincelada del cuadro con una precisión que ya quisiera para sí el ojo humano, quien escribe el Prado lo predica de cualquier monumento que levantaron nuestros ancestros y que mimamos con nuestros impuestos. Les regalamos un país con infraestructuras hotelera, aeroportuaria, de carreteras, ferroviaria y sanitaria envidiable; es tal su variedad geográfica, cultural, gastronómica, de fauna y de flora; tan hospitalario, seguro, alegre, cosmopolita que más parece un mágico mosaico de países. ¿Crees que le cobramos algo por el uso y disfrute de esta maravillas trabajadas, conseguidas y abonadas por nuestros ancestros y nosotros mismos a Booking, Amazon o cualesquiera de estos okupas que sólo intermedian digitalmente? Te lo cuento: ni un duro. Para eso domicilian sus corporaciones en Irlanda, que hace dumping fiscal y la UE se lo admite, o en paraísos fiscales con lo que evitan pagar por lo que usan; como ocurre en tu edificio con el caradura del 3º A, que no paga los gastos comunitarios y os toca pagarlos al resto a toca teja. Además les regalamos cuarenta y cinco millones y medio de consumidores sanos, gracias a la Sanidad que ellos no pagan; cultos, gracias a la educación que ellos no costean, con un cierto poder adquisitivo para adquirir lo bienes que publicitan, gracias al esfuerzo conjunto de todos los españoles y de la herencia de nuestros antepasados. Y, por encima, ponemos a su disposición una seguridad pública y un sistema judicial, que no sólo no sufragan vía impuestos, sino que además utilizan (okupan) profusamente.

En mi pueblo no se les llamaba okupas, se les decía sanguijuelas o garrapatas.

      J. Carlos

MICRORRELATOS V

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                                                               Tiempo

Hay dos formas de parar el tiempo le dijo un célebre físico al poeta: Viaja a la velocidad de la luz y estarás siempre viendo el presente o, toma la huella del tiempo con una foto y congelarás ese instante. El poeta, educado, calló. Esa noche anotó en su diario: Pobre, no sabe que, aunque te fuiste ahora hace cuatro años, sigo viendo tus mejillas encendidas como la primera vez que nos miramos, y que la luz de tus ojos azules sigue alumbrando mi vida; no sabe que sigo oyendo el timbre de tu voz,  diciendo mi nombre, con un brillo como de ronroneo. Pobre, ignora que el tiempo que compartimos está atrapado en mi cerebro y tengo toda la vejez para transitarlo.

                                                            Algoritmos

Trabajo con algoritmos en una empresa de inteligencia. Rastreo millones de teléfonos y ordenadores. Resulta tedioso elaborar programas que estabulan y aíslan la información sensible. Para darle un poco de vidilla a este tedio cotidiano me apuesto con un compañero el desayuno. El otro día reenviamos al móvil de un marido el chateo tórrido de su mujer con un amigo de ambos. Ganó Luis que apostó que se separarían. Hoy le he cambiado la receta electrónica a mi vecino que, dicho sea de paso, es un imbécil. Le he prescrito un medicamento que le producirá un choque anafiláctico. Mi apuesta es que la palma.

                                                               Siesta

Yo entrevisté al gran Mazarino, el vidente. Nadie se atrevía a entrevistarlo porque tenía inquina a los periodistas. Era sentarte, y antes de que hicieras la primera pregunta, te soltaba el día y la hora de tu muerte. Me franqueó la puerta, me dio los buenos días y, de seguido, vaticinó que moriría a las cuatro y diez de la tarde. No dijo de qué día ni en qué año. No creo en esas paparruchas, pero desde entonces le cogí gusto a la siesta, si viene la Parca que me pille durmiendo.

                                                 Una planta y su retoño

¿Los humanos?, eran unos bárbaros. ¿Sabes que sacrificaban a los animales para ingerir su carne? También comían a nuestros hijos, se alimentaban de nuestras hojas, nos podaban el ramaje, mutilaban las flores… Menos mal que, uno de ellos, entendió nuestro lenguaje químico y, por fin, pudimos explicarles cómo alimentarse del sol y de la tierra sin condenar al holocausto a otros seres vivos y a su descendencia.

                                                   Carta a mí mismo

Hoy me ha llamado un nieto de D. Ladis, el maestro. Me explica que en la casa de su abuelo ha encontrado una caja de cartón con una redacción de cuando éramos niños. Es una carta dirigida a nosotros mismos cuando tuviéramos sesenta años. Me la remite escaneada al móvil. La tinta azul está un poco desleída. Leo: “Serás maestro, y no tendrás las manos callosas de padre, ni la cara arrugada del abuelo, ni la piel del pescuezo cuarteada de soles y de fríos. Vivirás con Adelita, tendréis ya el pelo cano y, juntos, de bracete, subiréis a la Atalaya cada tarde a ver Venus, si se deja”.

                                                             El tren

Nunca había visto el tren. Despedíamos a mamá, se iba a Zaragoza de maestra por tres meses. Sonó el silbato y el andén se llenó de pañuelos al aire. A chirridos metálicos las ruedas empezaron a moverse lentamente sobre las vías. La locomotora bufaba con una humareda espesa que salía a trompicones. Cuando los vagones se perdieron entre la noche y el humo, guardamos los pañuelos. Papá tenía los ojos húmedos. Dijo que le había entrado carbonilla. Nunca más volví a verle en los ojos una lágrima, ni siquiera cuando recibió carta de mamá y supo que nunca más volvería.

                                                      El chico sin sombra

Me lo trajo a la consulta la madre. Era verano. Vestía una camiseta cuello de cisne, un pañuelo lila atado atrás con el que se cubría la boca como un bandido y un sombrero blanco de paja. Hice salir a la madre. El chico me confesó que no tenía sombra. Lo descubrió de niño, una tarde de invierno, cuando una nube se replegó y el sol salió por su espalda; las sombras de sus amigos caminaban por delante, enteras, la suya no tenía cabeza. Desde entonces se cubre todo.

Verás, le expliqué, en realidad los fotones atraviesan los cuerpos y no tienen sombra, pero los cerebros vulgares crean la ilusión de que proyectamos sombra como las cosas. Tú y yo tenemos cerebros más evolucionados e inteligentes que no se autoengañan. Bienvenido al club, le dije dándole un abrazo, ya puedes descubrirte.

Desde entonces la madre me envía una caja de vino por Navidad.

                                                       Desacontecer

Si el mundo fuera para atrás las novelas se meterían, de a poco, en los bolígrafos, las balas se soldarían con sus cartuchos y volverían a las recámaras de las pistolas, los volcanes se comerían su propia lava y los niños regresarían, gateando, al seno materno. En ese desacontecer, habría un momento en que seríamos un bonito sueño o un simple desliz.

                                                            Timidez

Eran muy jóvenes cuando les llegó el amor y eran tan tímidos que por no vivirse se soñaron. Después el azar les puso un océano por medio, les encontró pareja y anotó dos hijos a ella y tres a él. Los recuerdos son tozudos y, ambos, sin saberlo, caían en la trampa de la evocación de sus silencios y se les partía el alma. A él le bastaba el olor del pan untado de aceite, o el timbre de una bicicleta o, la forma caprichosa de una bandada de pájaros, para que se le enredara en los ojos la imagen de ella con su melena negra ondeando al viento. Ella no recuerda noche en que él no acudiera a sus sueños y, ya despierta, veía su sonrisa en el lavabo y en el bol del desayuno y en el vidrio de la ventana que tamizaba la primera luz del día.

En internet han encontrado una pasarela para cruzar el océano. Se escriben correos con los te quiero que nunca pronunciaron e intercambian poemarios con deseos enardecidos. También se envían fotos añejas con las que rellenar el hueco del tiempo, y fotos nuevas para besarse aunque sea a través del vidrio de la pantalla. Se viven un poco y se sueñan mucho.

Mamá no sabe que fui yo, su hijo mayor, después de leer por descuido su diario, quien les habilitó la pasarela. Es tan grato verla risueña a todas horas y está tan linda con los labios en un silbo y los ojos encendidos.

                                                  Libro Mayor sentimental

Se pasó la vida echando cuentas de los dolores y alegrías. Llevaba un cuaderno de bitácora que, en realidad, era un libro Mayor sentimental. Asentaba en letra románica los desamores, las afrentas y las desgracias en el Debe. Apuntaba en el Haber, con letra gótica, los cariños, los elogios y las venturas. Siempre que hacía balance resultaba muy positivo y, sin embargo, el papel no casaba con la realidad porque el dolor era más fuerte. Fue en el geriátrico, al advertir que los hijos buscaban excusas para ir demorando las visitas en el tiempo, cuando cayó en la cuenta de su error contable, no había asentado la partida más gravosa: la indiferencia. Volvió a su cuarto, abrió el cuaderno de bitácora y, buceando en sus recuerdos, comenzó a intercalar asientos en el Libro Mayor con letra románica.

         J. Carlos

Pirateos

Pirata

Afirma Yuval Noah Harari que los seres humanos somos pirateables. Hasta ahora nos piratean desde fuera con datos íntimos que les regalamos o que obtienen subrepticiamente. Lo que teme mi divulgador de cabecera es que, pronto habrá sensores biométricos que se chivarán del incremento de pulsaciones en mi corazón, el nivel de oxitocina en mi cerebro o, del diámetro de mi pupila ante la visión de una foto, la lectura de un párrafo, o el éxtasis de un beso. Será entonces, concluye, cuando nos percatemos de que el libre albedrío fue una quimera, y la inteligencia artificial –tras de la que siempre hay intereses humanos-  se pondrá al timón de mis decisiones porque sabrá más de mí que yo mismo.

No creo ni en el Mundo feliz de Aldous Huxley ni en la distopía de George Orwel en 1984. Lo que no significa que no haya lugares y personas que viven “mundos felices”, temporales, enganchados a la química de las drogas o, que no haya regímenes y países que hoy siguen viviendo en el horror totalitario que imaginó Orwel; digo imaginó, por no decir que pasó a limpio, narrativamente hablando, lo que había visto en las checas de Cataluña y lo que estaba sucediendo en ese momento histórico con el nazismo y el comunismo. Lámame crédulo. Me lo merezco. Ya sé que estamos en un mundo replegándose otra vez en tribus, con formas de gobierno totalitario en Corea del Norte, China, Rusia, Brasil, Turquía, etc., con un amante de la testiculina al frente del mundo libre y una Europa retirándose de sí misma y fragmentándose en mil pedazos. Pero, qué quieres, soy de natural optimista y pienso que las falacias tardan en desvanecerse lo que tarda el péndulo de la historia en llegar a su punto de máxima oscilación; después, cuando debajo de las banderas y los himnos los pueblos sólo encuentren un decorado de cartón piedra y, en cuanto descubran que tras el señuelo del nacionalismo no hay más libertad ni una vida mejor, sino que todo fue un juego de trileros para vaciarles los bolsillos, el péndulo iniciará su eterno retorno. Es pura física.

En cuanto a los postulados de mi admirado Harari, creo que exagera. Se olvida de que el mecanismo humano más eficaz es la duda. Los grandes pensadores lo fueron porque intuyeron que había fallas en los relatos que les contaban. Fueron capaces de ir contra sus creencias, incluso, de contradecirse a sí mismos y desestimar sus propios pensamientos. La humanidad ha avanzado dudando, intuyendo, contradiciéndose. Me temo que los algoritmos nunca podrán dudar, se les programa para aprender de la experiencia, pero siempre tomarán la decisión más razonable en función de los datos de qué disponga y de las situaciones anteriores a que se ha enfrentado. En su lógica no se equivocarán nunca. He ahí la gran diferencia con el ser humano. Hay otra, la torpeza. Una máquina no se inmolará individualmente, ni se destruirá colectivamente con todas las máquinas. El hombre es tan torpe que se inmola en una guerra, se quema a lo bonzo por una idea y se suicida por tristeza. Tan torpe que, incluso, puede pulsar el botón nuclear y mandarnos a todos al carajo.

En 1957 James Vicary se inventó la publicidad subliminal. Para poner en valor su agencia de publicidad que languidecía, se inventó que había colocado unos fotogramas en una película que se estaba exhibiendo: “¿Tienes hambre? Come palomitas. ¿Tienes sed?, bebe Coca-Cola”. La velocidad de paso era de una milésima de segundo, así que nadie fue consciente del detalle. Afirmó que después del truco, en el descanso, el consumo de palomitas se había disparado hasta un 57% más y el de Coca-Cola, hasta un 18%. Era mentira. Algunas Universidades han hecho experimentos pautados, y sí parece que hay un cierto sesgo en cuanto a la toma de decisiones si se introduce publicidad subliminal. Así que, la mentira es otra de las facultades humanas difícilmente trasladables a las máquinas; si bien éstas puedan detectar si un humano miente, dudo de que puedan hacer lo mismo con otra máquina. Creo que un algoritmo tampoco haría lo que el argentino José Sánchez, se inventó que había encontrado medio millón de dólares y que buscó a su dueño para devolvérselos, cuando dio con él, éste le mostró su agradecimiento ofreciéndole una recompensa monetaria, José se negó a recibirla, sólo quería un trabajo. Lo único cierto es que concibió la historia para encontrar trabajo. La picaresca tampoco es propia de la Inteligencia Artificial. Vamos, que no concibo a un algoritmo escribiendo o replicando la vida del Lazarillo de Tormes.

Sí es cierto que un alto ejecutivo de Coca-Cola, en los setenta, harto de que la publicidad se llevase un alto porcentaje de los gastos de explotación, decidió suprimir la publicidad en una serie de Estados americanos. El resultado fue que las ventas se resintieron demostrando que los costes de esa partida eran rentables. En el verano del 73, el Sr. Otero, dueño de la tienda de ultramarinos donde yo ejercía de chico para todo, sin tanto estudio ni tanta prosapia, me aseveró con la sabiduría que dan los años: “Si el Cola-cao dejara de publicitarse no lo compraría ni el Tato porque no se disuelve y siempre quedan grumos en la leche, mientras que el Nesquik es instantáneo y tiene un sabor más dulce” Claro que nos piratean con la publicidad. Pero ¿no son pirateo los chantajes emocionales? Y los señuelos del cielo y el infierno qué son, sino pirateo. Seguramente, también lo es la cultura dominante, el pensamiento único… hasta la desigualdad es un pirateo, porque es un trasvase ilícito de recursos que merman la dignidad y el bienestar de gran parte de la población.

De todos los pirateos que nos hacemos los humanos, con máquinas y sin ellas, el que se lleva la palma es el del miedo. Detrás de casi todas las proclamas de los políticos en campaña está la apelación al miedo: Portar armas para defenderse; poner muros para que no pasen los otros; abortar a los ya nacidos; privatizar las pensiones y la sanidad pública para defenderlas, que es como poner una víbora al cuidado del bebé; bajar impuestos a los ricos para que se dignen invertir más… Cada dos o tres años te apuntan en el cráneo con una pistola para que vayas a votar acojonado.

Ya quisieran los africanos tener que enfrentarse a nuestros privilegiados miedos.  Porque en los miedos también hay clases. Ellos huyen del miedo real al hambre y a la miseria y, muchas veces, acaban enterrando su cuerpo y sus sueños en el cementerio del Mediterráneo.

El miedo, mi bien ponderado Harari, es el más eficaz de los pirateos. Las máquinas no tienen miedo. Lo cual, bien pensado, no deja de ser pavoroso.

     J. Carlos

Ecología y calendarios

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El mundo vegetal pasa de nuestro calendario. No tienen un reloj que dirija su vida  al compás de unas manecillas. Son más inteligentes. Este año, como el invierno ha estado ausente y los recursos hídricos son muy escasos, han adelantado su actividad floral. Acabamos de entrar en la primavera y llevan un mes florecidos y unas semanas hojeados. Prefieren correr el riesgo de una helada a destiempo que quedarse sin el agua necesaria para que engorde su fruto. Mientras, nosotros, en vez de mirar el reloj natural que nos advierte del holocausto climático, seguimos emponzoñando la atmósfera con los residuos fecales que arroja la digestión del carbón y del petróleo.

Greta Thunberg, una niña sueca de 16 años, asustada por la ola de calor del pasado verano en su país  y por los inusuales incendios forestales, decidió no asistir al colegio desde el 20 de agosto hasta el 9 de septiembre, fecha de las elecciones generales de Suecia. Durante la jornada escolar permanecía frente al Parlamento sueco (Riksdag) portando una pancarta que rezaba: “huelga escolar por el clima”. Aún sigue haciéndolo todos los viernes.  Ya no está sola. Su ejemplo, como el de Rosa Parks, está calando en la sociedad. El pasado 15 de marzo, estudiantes de más de 100 países secundaron una marcha por el clima, con el propósito de clavar el estandarte de un 15M climático en el imaginario colectivo. No pudo ser. Tuvo su atención mediática, pero se desvaneció enseguida. Esperemos que no decaiga.

En el calendario de mi vida hubo un tiempo en que el balance ecológico era favorable. Allá en el pueblo la economía era simbiótica y casi autárquica. Era simbiótica porque comías el pan hecho de la harina de trigo que habías recogido; bebías la leche de los animales que guardabas en las majadas; comías las carnes de los cerdos y aves que tenías en tu corral; vestías la lana de la oveja que habías pastoreado; la energía para el trabajo salía de tu cuerpo y de la fuerza de los  mulos de tus cuadras; respirabas el oxígeno que exhalaban el trigo, la cebada, el maíz, la avena y unos pocos árboles frutales. Era una economía casi autárquica porque al panadero, al herrero, al carpintero, al hojalatero, al médico, al sastre… le pagabas con unos costales de trigo. Y era circular porque todos tus deshechos y los de tu ganado se almacenaban en muladares que, en otoño, esparramabas en tus campos como abono para que germinaran y crecieran los frutos que sembrabas.

Como te digo, en el calendario de mi vida hubo un tiempo en que mi huella dejaba un superávit ecológico. Las únicas combustiones que generaban CO2 a la atmósfera salían de los humeros de las lumbres de las casas, donde se quemaba paja, sarmiento y, de tarde en tarde, alguna leña de cepa. Vale, añade los braseros y las glorias que gastaban cisco para calentarse en aquellos crudos inviernos. De acuerdo, pon también que en las fraguas se utilizaba ya el carbón como combustible para poner al rojo vivo el hierro y moldearlo a martillazos. Con todo, te aseguro que el mar de espigas que oleaban por todo el término en primavera, necesitaban mucho más CO2 para crecer y granar que el producido en esas combustiones. Si hasta el jabón se hacía de forma artesanal a base de grasa de cerdo o aceite vegetal y un poco de sosa caústica. No te digo más.

Después vinieron los tractores que echaban un humo negro por los tubos de escape, dejaban en la atmósfera un tufo oleoso como a rancio y, en las cocheras donde se guardaban, quedaba sobre el suelo de tierra una costra verduzca como de cáscara de ciruela pasada. Y llegó el Gior, un bote de plástico blanco que envasaba un detergente líquido. Fue el primer polímero que recuerdo. Pasaban los meses y los años y seguían los botes amontonados sobre los muladares; se volvían marrones, casi negros; se cuarteaban, se partían, pero no acababan de extinguirse como si les costara morir del todo y desparecer.

Luego vino todo lo demás.

No, no me pidas que contabilice el daño que mi huella ha dejado hasta ahora en el planeta. No sería difícil. Pero prefiero esconder la cabeza, como el avestruz, para que mis nietos y los nietos de mis nietos no me pidan cuentas de cuánto corrompí el planeta y cuánto comprometí su futuro.

       J. Carlos

Crónicas de una semana: Entre la ciencia y la muerte.

Tarrant

El lunes supimos que los astrónomos andan a la busca y captura del planeta nueve del sistema solar. Está tan lejos que no se deja ver, pero deducen su existencia por la extraña alineación de los objetos rocosos que están más allá de Plutón. Algún tipo de fuerza les mantiene encarcelados en la órbita solar, sin que puedan escapar, ni tampoco estamparse contra el Sol. Resumiendo, se busca un objeto doscientas veces más masivo que la Tierra y que da una vuelta alrededor del nuestra estrella cada cuarenta mil años. El que lo encuentre alcanzará la gloria.

En la Gran Bretaña, los gentelman andan con los papeles del divorcio. Se tiran los trastos a la cabeza entre sí porque, aunque  saben que una Europa fuerte dinamita sus privilegios imperiales y sus patentes de corso financieras, intuyen que fuera del matrimonio hace mucho frío. Se debaten en la duda Hamletiana, “be or no to be”. Lástima que despreciando la excelsa prosa de Shakespeare, estén cayendo en  un parlamentarismo barriobajero, bravucón y mentiroso. Después de tres días de votaciones consecutivas, martes, miércoles y jueves, aprobaron solicitar una prórroga para el Brexit. Lo que no se entiende es que los europeos se la concedan y estén tristes por el divorcio. Yo no quepo en mí de gozo, quitarse la rémora de la Pérfida Albiol es comparable al glorioso momento en que Europa se sacudió el yugo feudal. Cuando se firme, por fin, la separación, los europeos estaremos más cerca de la gloria.

Un grupo de físicos rusos, suizos y estadounidenses, hicieron público el martes que han conseguido revertir el tiempo una fracción de segundo. Afirman que  si observaras diez mil electrones cada segundo durante toda la vida del universo, serías testigo de un suceso extraordinario, un electrón retrocedería en el tiempo una diezmillonésima de segundo. Con esta idea y un ordenador cuántico han revertido el tiempo. En una primera etapa los qubit están ordenados, después inducen el caos entre ellos y, con un programa especial, vuelven de nuevo a la situación ordenada inicial. Es como si las bolas de billar americano después de ser golpeadas por la bola blanca se dispersaran caóticamente y, después, volvieran a su formación de triángulo equilátero. Da miedo porque, de seguido, te imaginas lo imposible: la flecha del tiempo huyendo para atrás y tú vomitando todo lo comido y absorbiendo todo lo expelido por salvas sean las partes. A mí que no me toquen la segunda ley de la Termodinámica.

Decía Manuel Jabois, el pasado miércoles en la radio, que a él le dan miedo los sucesos inesperados. Por ejemplo, que un zorro hambriento entre en un corral de pollos y el averío lo acribille a picotazos. Ocurrió en una escuela apícola en el noroeste de Francia. Los acontecimientos imposibles suelen preceder a situaciones desastrosas, así, cuando el mar se repliega es preludio de un tsunami. Y, claro, asustan. No hay más que leer a Manuel Rivas, que tiene acuñada una frase lapidaria: “el verdadero reflejo del miedo fue ver la playa de Riazor vacía un día de verano de 1936”, para constatar que, a veces, el caos tiene un reflujo que aparenta un falso orden, luego, se desencadena la catástrofe. Por eso, a mí que no me quiten la segunda ley de la Termodinámica.

El Génesis abunda en narraciones de una crueldad que raya en lo miserable, como cuando Dios le pidió Abraham que sacrificara a su hijo Isaac. Allá fue el patriarca hasta la tierra de Moria, cortó leña, cogió un cuchillo y se dispuso a ofrecérselo a su Dios como si fuera un cordero. Primero se rebana el cuello para que se desangre y después se asa lentamente a la lumbre de leña. Menos mal que el ángel llegó a tiempo y lo detuvo. Por esta muestra de amor, el Señor le prometió la bendición y que multiplicaría su descendencia.

María Gombau vivía en Godella con su novio Gabriel Carvajal y con sus dos hijos, Amiel de tres años y Rachel que había nacido hacía seis meses. María mató a sus hijos el jueves de madrugada. El cerebro de María, que es su Señor, les había pedido que libraran a sus niños de una secta que practicaba la pederastia. Velaban cada noche como centinelas para que la secta no depredara a sus hijos. El cerebro de María, que es su Señor, o los de ambos, porque la paranoia no se contagia pero las drogas psicotrópicas alteran la química del cerebro, les informó de que la secta se había propagado como una epidemia; todo el mundo estaba concernido, incluida la madre de María. Los niños eran queridos, estaban limpios y bien cuidados, a pesar de que la luctuosa noticia se ilustraba en los medios con una foto de un almacén medio derruido, para hacernos creer que  habían vivido en la mugre, el hambre y el desamparo. Falso. Finalmente, ante la imposibilidad de huir de la persecución de la secta, el cerebro de María, que es su Señor, le conminó a que sacrificara a sus niños para que resucitaran y se reencarnaran en ella misma. Esta vez no hubo un ángel que le gritara: ¡Detente! Por esa muestra de amor María, o María y Gabriel, serán tratados por el ángel de la ciencia médica. Lástima que llegara tan tarde.

Un supremacista blanco de extrema derecha, llamado Brenton Tarrant, de 28 años, entró el viernes, solo o acompañado, en dos mezquitas en la  ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda. Llevaba un rifle en las manos y una cámara Go Pro en la frente. Acribilló a 88 personas, 49 murieron, otras 11 están muy graves. Lo filmó en directo y lo retransmitió en Facebook. Es fácil adivinar en nombre de qué Dios y de qué ideología perpetró la masacre terrorista. Estoy expectante por leer el tuit de Donald Trump, Brenton Tarrant es uno de sus admiradores más ferviente. Me pregunto, ¿qué ángel de la Razón ilustrada los detendrá? ¿Llegará a tiempo?

        J. Carlos

Plásticos

Zoido

La plasticidad es un lugar común, quizás el más común de todos los lugares. Estamos tan acostumbrados a mimetizarnos con las verdades reveladas, que no advertimos cuánto amoldamos las percepciones para que se adapten a nuestras creencias como se adapta el guante a la mano.

Esa maleabilidad de nuestra mente nos permite carcajearnos de los terraplanistas, que andan fletando un crucero que navegue hasta los confines de la planicie, con el fin de asomarse a su precipicio y hacerse unos selfies; pero aceptamos con toda normalidad que el profesor de física, que es sacerdote, nos enseñe la teoría M de las Supercuerdas y, a la hora siguiente, nos ponga una oblea en la boca en la creencia de que digerimos a dios nuestro señor, y que oxidaremos su cuerpo en nuestro torrente sanguíneo para generar 0,7 kilocalorías y ganarnos el cielo.

Se plastifica el tiempo, por ejemplo, una hora con la letanía de un rosario en la niñez se dilataba como un globo lleno de helio, hoy, a mi edad, una hora de plácida conversación dura lo que tarda en templarse el café una mañana de invierno. También el espacio se estira y se encoge, de forma que se gasta el mismo tiempo en atacar el pico Peñalara desde Cotos que en volar de Madrid a Dublín. Plastificamos, cómo no, las esperanzas en función de las expectativas que nos venden, así hace ocho años ser mileurista era la condena de los parias, hoy, esa misma condición, es un privilegio que se añade a la suerte de tener un trabajo, del mismo modo que la corona es un privilegio que se añade al ser concebido en un polvo real, a condición de que abandones el útero en primer lugar y tengas una apéndice en la entrepierna.

Somos tan conscientes de la ductilidad de las ideas y de la flexibilidad de los argumentos, que hemos decidido coronar al plástico como rey de nuestros materiales porque se adapta a todo, como nosotros nos adaptamos a las ideologías conspiranoicas y a la mística. De resultas, consumimos material plástico  con la misma ansiedad que consumimos rumores, noticias falsas, homeopatía o divinidades mágicas. Su indestructibilidad y nuestra avidez están produciendo una plastificación de nuestras mentes y del propio planeta. Así que este polímero planea por los aires y serpentea en la tierra hasta quedar enterrado en el seno de labradíos, parameras y desiertos; flota en las aguas dulces y saladas; se deposita en el légamo de los ríos y en el fondo de los mares. Como pasto de aves y peces se pasea en volandas de la cadena trófica hasta nuestro torrente sanguíneo y, ahí se queda bogando en miríadas microscópicas como un dios comulgado que ni te aporta calorías ni te abre las puertas del cielo, pero con la certeza de que, al menos, parte de esa basura terminará en el contendor de nuestro cerebro.

Mucho daño tienen que hacernos los microplásticos que habitan ya en nuestras azoteas, para que no nos extrañemos de que el Sr. Zoido, en su deposición como testigo ante la Sala del Supremo, balbuceara como un adolescente o como un adulto deficiente mental y nos confirmara su ineptitud, de la que ya teníamos indicios fundados, porque ni hizo nada al frente del Ministerio del Interior ni se enteró de las decisiones que tomaron sus subordinados durante el golpe de estado perpetrado en Cataluña. Lo más significativo de su paso por el Departamento, mientras la burguesía xenófoba catalana violaba la soberanía nacional, fue ordenar que pusieran un grifo de cerveza Cruzcampo en los aledaños a su despacho para hacer patria. Tampoco nos extrañó que el banquero Rato confesara también, ante otro triunvirato vestido con toga negra y puñetas blancas, que él cobraba 2,4 millones de Euros al año en Bankia sólo para hacer de correveidile del Banco de España. O que otro banquero, González (salario medio 10 millones de Euros al año), mientras escribía libros de Ética y decretaba códigos de buen gobierno y de responsabilidad social corporativa en el BBVA, tuviera contratado a precio de oro los servicios de un tal Villarejo, presunto delincuente que se ha ganado a pulso los títulos de Audífono mayor del reino y Limpia culos de la élite política y financiera.

Va a ser que los españoles tenemos  el cerebro y las vísceras atorados de microplásticos, por eso no mostramos ni un ápice de indignación.

     J. Carlos