De la materia

Imagen del universo

Una de las paradojas que más me asombran es la de que la materia tenga ese afán desmedido en conocerse a sí misma. No le basta con ser y estar, necesita saberse. Hay dos billones de galaxias bailando una danza invisible en un espacio que se ensancha como un globo. Cada día explotan con un estallido de luz millones de estrellas y cada día se contraen millones de nubes de gas que colapsan formando nuevas estrellas. Nacen y mueren sin preguntas. Hasta que en una remota esquina del universo, un desecho de estrella frío y rocoso pero con un mastodóntico útero de agua llamado Tierra, dio a luz las primeras moléculas orgánicas capaces de replicarse a sí mismas.

En el tiempo de un suspiro para el universo se precipitó la vida. Como la vida tiene un miedo reverencial a desparecer por el mismo azar que la trajo hasta aquí, se ha dotado de dos ingeniosos mecanismos: Es redundante hasta la náusea, no creas que guarda su código genético como oro en paño, al contrario, lo repite en todas y cada una de las células para, en caso de catástrofe, con una sola de ellas generar un microbio, un árbol o un ser humano completos. El segundo mecanismo es, si cabe, más sofisticado, ha conseguido introducir en el ADN el ansía insaciable del conocimiento, seguramente, con el loable propósito de adaptarse y evolucionar para superar los bruscos comportamientos que se gasta el universo.

De esta manera, si quieres tan poco sofisticada, la naturaleza ha acabado estudiándose a sí misma.

En ese afán hay miles de científicos que buscan, bajo tierra, en los túneles donde hacen colisionar hadrones, los ladrillos con los que se construye el edificio de la materia; otros se suben a las montañas para asomarse, desde los ojos de los telescopios, a los confines del universo; los más se acercan cada día a sus laboratorios con el fin de domesticar la materia a favor del ser humano. Es verdad que, en el entretanto, cientos de millones de personas mueren de hambre, sufren las guerras dirigidas desde despachos lejanos forrados de maderas nobles, o sucumben a enfermedades que remitirían con lo que cuesta la barra de pan diario. Son daños colaterales.

Toda búsqueda es un viaje como cualquier novela que se precie. La búsqueda de las partículas elementales es fascinante y, cada día, aparecen nuevos personajes. El primer hombre que se preguntó hasta cuándo se podían partir las cosas hasta dar con un trozo que ya fuera indivisible, fue un filósofo hindú llamado Kanada, también conocido como Kahsyapa, que vivió en el siglo VI a. C. Sugirió en el Kanada Sutras (Aforismos de Kanada) que todo se podía dividir hasta la unidad más pequeña que llamó parmanu; estas unidades serían indivisibles, eternas y se agregaban unas con otras para formar cuerpos complejos. Un siglo más tarde, en Grecia, Leucipo formuló una filosofía similar considerando que, la materia se podría dividir sucesivamente hasta llegar a un elemento indivisible.  Demócrito formuló, en el siglo IV a. C., la misma teoría y denominó átomos a esas partículas materiales indestructibles. Todas estas teorías eran meras especulaciones basadas en el sentido común y en la observación. La primera vez que se formuló una teoría atómica con bases científicas fue en 1808 por John Dalton.

La certeza de que el átomo era el ladrillo último de la materia duró casi todo el siglo, hasta 1897, en que J.J. Thomson descubrió que en el tubo de rayos catódicos salían unos grupúsculos de los átomos del electrodo, eran electrones. Un estudiante suyo, Ernest Rutherford, en 1918, bombardeando gas nitrógeno con partículas alfa logró partir el núcleo del átomo y certificó la existencia del protón. Diez años más tarde Walter Bothe y James Chadwick descubrirían otra partícula, el neutrón. Por eso en el colegio nos enseñaron que el átomo era como un planeta diminuto formado por protones y neutrones, alrededor del cual orbitaban unos satélites llamados electrones. Pero el conocimiento, ese mandamiento tallado en las tablas de la ley del ADN, es insaciable, por eso la materia hecha hombre siguió abriendo a porrazos esos tres elementos para buscar bloques más pequeñas. Encontró centenares. Los siguió abriendo. A día de hoy el cetro de partícula indivisible lo ostentan el quark, el leptón y el bosón.

La materia sigue desentrañándose a sí misma. Como digo, se observa en el túnel suizo donde aceleran las partículas para que se estampen entre ellas, se mira a través de los cristales pulidos del Hubble que orbita la Tierra a 593 kilómetros para vislumbrar los confines del universo, o para percibir la radiación producida al estallar esa cabeza de alfiler súper masiva que desencadenó todo. Pero no sabe por qué las partículas subatómicas siguen unas pautas que no parecen regir para las estrellas. Por ignorar, ignora si el universo frenará su expansión y volverá a colapsar o, por el contrario seguirá inflándose hasta que todas las galaxias creen el espacio a mayor velocidad a la que viaja la luz y dejen de verse. También desconoce si todo lo que hay está confinado en un único universo o se amontonan unos sobre los otros en dimensiones distintas, como afirman los fans de los multiversos. En eso yo soy más tradicional, en vez de la horizontalidad de los universos me inclino por el desarrollo vertical. Quiero decir que me parece más factible que una partícula elemental forme todo un universo a inferior escala, al igual que el nuestro puede constituir un átomo de una molécula de una lombriz en otro universo superior. Por eso cuando estampo una piedra contra el suelo siempre me pregunto si no habré hecho añicos unos cuantos universos, y me acongojo pensando que un mocoso pueda pisar la puñetera lombriz donde se inserta el nuestro.

En fin, que la materia hecha inteligencia acaba de aparecer, como aquel que dice, por eso no ha tenido apenas tiempo de estudiarse. Aunque con los conocimientos adquiridos, vaya usted a saber si antes de progresar adecuadamente no se mete un chute nuclear o deja el planeta desastrado para la vida.

Espero que la materia obtenga otras formas de vida inteligente para seguir conociéndose, ya sea en otras latitudes de este universo o en otros, porque de la supervivencia de nuestra forma de vida yo no me fiaría ni un pelo. Tampoco se fían los científicos. De hecho hay dos proyectos en marcha basadas en el protocolo de Lubin, para enviar naves de un gramo de peso que, impulsadas por un poderoso laser desde la Tierra, puedan alcanzar exoplanetas a una velocidad de 60.000 Km/s. Irían cargadas con un billón de microbios. Panspermia dirigida lo llaman.

J. Carlos

Anuncios

Apariencias

Seat 600.png

A principios de los sesenta los barrios periféricos se conocían como el extrarradio. Siglos antes, las ciudades que veían desbordarse la población más allá de las murallas, llamaban a ese rebosamiento extramuros. A principios de los sesenta las ciudades se inflaban, crecían en espiral como conchas de caracol a la velocidad de un recién nacido. Las excavadoras arramplaban con bosques, surcos, camellones, acequias, arroyos, casamatas. Donde antes se plantaban árboles y se sembraba grano, ahora plantaban estructuras verticales de hormigón forrado de ladrillo a modo de colmenas, y se sembraba una capa negra de asfalto bajo la que se escondía la tierra para colmatar el lodazal de los inviernos y sofocar el polvo que deslíe los colores. Era la primera vez desde que el mundo es mundo que los hijos de la tierra se podían calzar sin embarrarse en invierno y sin una gasa de polvo en verano. Habían salido huyendo de su terruño abandonando sus casas y dejando a sus muertos varados en la lejanía de sus cementerios; atrás quedaban también los paisajes de su niñez, la sabiduría de sus ancestros capaces de leer la lluvia en el alfabeto de la nubes, o de pronosticar la fuerza de una tormenta en la pesadez o fragilidad del aire; atrás quedaba su cultura popular de cuentos, cánticos, bailes, juegos que ya no transmitirán a los suyos, seguramente por vergüenza. No fue por el hartazgo de destripar terrones y doblar el espinazo, ni siquiera por vivir mirando al cielo cada día por si la meteorología malbarataba la cosecha. Fue por convencimiento. Les había llegado por el oído el trepidar del motor de las máquinas que les dejaban sin la faena que les había ocupado por los siglos de los siglos; después les entró por los ojos al ver a los primeros emigrantes, los pobres de solemnidad, que retornaban en verano con una camisa blanca de tergal de cuello duro, las manos sin callos, sin mataduras, limpias de sol como las de los señoritos de la capital; la rendición final fue por el bolsillo, donde habita el parásito del dinero que envenena cuanto toca, sucedió en el preciso momento en que aquel paisano sacó la cartera, puso un billete sobre la barra del bar e invitó a una ronda a toda la concurrencia.

Apariencias. Ignoraban entonces que su paisano trabajaba en dos obras distintas desde antes de salir el sol hasta después de ponerse, dormía en literas de a cuatro en una pieza sin ventanas de una mísera pensión que atufaba a berza cocida, en su pueblo la berza sólo la comían los cerdos. Ignoraban que se levantaba una hora antes para ir andando y ahorrarse el coste del billete del autobús, con ese dinero llenaba la petaca de coñac para soportar el esfuerzo y acallar el dolor de espalda.

Aquellos barrios deformes, con calles estrechas como desgarrones que habían sido delineadas al socaire del dinero y la especulación, se llenaron de colmenas. Las colmenas se llenaron de gente y las gentes se llenaron de hijos. Por entonces, el dinero que siempre había sido estéril y no sabía reproducirse aprendió el milagro de la vida: Cada cual ponía el espermatozoide de la firma en una letra de cambio para comprar el piso, el constructor la descontaba en el  óvulo del banco y, por arte de magia, sucedía el prodigio del dinero nuevo. Pocos sabían que el dinero se multiplicaba, ni falta que hacía. Vivían en pisitos limpios con aseo donde no olía a estiércol ni entraba la tierra por las rendijas de puertas y ventanas. Es verdad que el horizonte infinito había encogido tanto que las retinas no se acostumbraban a tropezar con paredes de cincuenta metros de alto, enfiladas sin solución de continuidad. Había que levantar la vista hasta esguinzarse el cuello para apreciar un pedacito del cielo. Pero quién quiere ver el mismo paisaje durante años, los mismos terrones congelados y duros como piedras en invierno, convertidos en un barrizal con las lluvias de otoño y enquistados de polvo el resto del año. Quién quiere ver a diario los mismos cerros quietos como pasmarotes, apenas mudando del color ocre desteñido de la mañana al gris azulado de la tarde y teñido de melocotón con el crepúsculo; mirar los mismos árboles que desde su inmovilidad sólo te ofrecen una foto fija y eterna, sin más ambición estética que la caída de las hojas y el nacimiento de sus brotes. En cambio, los escaparates tenían luces de neón que encendían la noche para alumbrar electrodomésticos con curvas sugerentes acabados en maderas barnizadas, metales pulidos y plásticos de colores brillando como espejos; eran aparatos de televisión, radio, aspiradoras, lavadoras, frigoríficos, teléfonos. Esos cachivaches entraban primero por los ojos, luego salían de las tiendas y subían a los pisos donde no sólo se les rendía veneración como a las imágenes de los santos, también se enseñaban a las vecinas con el mismo orgullo que mostraban sus barrigas las señoras cuando quedaban embarazadas. Años después las calles, donde antes jugaban los niños al balón y las niñas a la rayuela, se estrecharon todavía más porque tuvieron que hacer sitio a coches alineados a ambos lados de las aceras; eran los Seiscientos, tenían las manijas y parachoques cromados refulgiendo como la plata líquida, volantes de baquelita en color marfil, faros redondos que parecían mirar asombrados y asientos de eskay imitando al cuero viejo.

Apariencias. Los nuevos propietarios solo bajaban la basura una vez a la semana, si abrías la bolsa no encontrabas huesos de ternera, ni siquiera de pollo, echabas de menos las espinas de pescado, el papel de plata del chocolate y los botes de conserva; eso sí, abundaba el papel de estraza con que se envolvía la casquería y  las legumbres. Los panaderos contentos porque ahora se consumía más pan, aunque al personal propietario se le espigaba la figura y se le afilaba la cara. Los zapateros no daban abasto remendando los zapatos. Los bancos se daban un atracón con los intereses que cobraban por un dinero que no tenían ni los prestatarios ni los bancos; dinero nuevo, multiplicado como en el milagro de los panes y los peces, anotado en varias contabilidades a la vez.

Ha transcurrido medio siglo desde entonces. Las apariencias están en su apogeo. Trump, el Presidente de nuestro Imperio occidental entretiene al mundo lanzando misiles en cuanto los fiscales le ponen en un brete, ya lo hicieron Clinton y Bush. Las empresas tecnológicas nos distraen a todos, como los magos, para que nos divirtamos con sus trucos, mientras nos roban la intimidad para comerciar con ella. Los bancos siguen multiplicando el dinero desde la nada, pero cuando para la música y hay que hacer el recuento, los que se quedan sin silla somos los contribuyentes y hemos de apoquinar, a escote, hasta completar lo que falta.

En este tiempo hemos roto multitud de barreras, prejuicios y tópicos, pero seguimos presos de las apariencias: Nos acantonamos en nuestras casas y nos tapamos de las miradas del de enfrente con persianas y cortinajes espesos, mientras navegamos por las redes sin pudor para demostrar nuestro ingenio, lo viajados que estamos, el conocimiento que tenemos y esa sensibilidad artística que nos adorna. Aprendimos en carne propia que los títulos académicos eran los botones del ascensor social, por eso conminamos a nuestros hijos para que acumularan títulos como si padecieran disposofobia, sin caer en la cuenta de que un trabajador manual también ha de formarse, y que un fontanero o un charcutero pueden ser más cultos, más felices y ganar más dinero que un licenciado. Por eso no es raro que nuestros políticos engorden sus currículos con licenciaturas, ingenierías, doctorados y másteres inexistentes porque nadie les pide que los acrediten; si fueran funcionarios de carrera o trabajadores de empresa tendrían que certificar sus conocimientos cuando los contratan y cuando opositan o concursan a cada puesto de trabajo. Lo raro es que haya ciudadanos que, al contrario que los políticos, tengan que borrar los títulos de sus currículos para trabajar de reponedores o de camareros.

Más asombroso es que haya políticos, como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Sra. Cifuentes, a quienes obsequian títulos sin cursar las asignaturas ni gastar un minuto de esfuerzo en hacer los trabajos correspondientes, que para eso la Universidad pública es su cortijo. El colmo es que, cuando les pillan in fraganti, persistan en la mentira con su mejor sonrisa y se apoltronen como los niños pequeños con su regalo para que no les apeen del machito.

Grotesco y zafio es que el Presidente de la Diputación de León, Sr. Martínez Majo afirme y se pregunte: “Vale, no tiene el máster y, ¿cuál es el problema?” Ninguno Sr. Presidente. Sólo pasó que con la dádiva se perpetraron varios delitos, se ha desprestigiado una Univeridad que pagamos todos los españoles y se han devaluado todos los títulos académicos de quienes cursan o cursaron en ella. Además, los alumnos de másteres  de toda España han quedado agraviados por comparación y se sienten gilipollas. Sólo pasó que a un gestor público en una democracia se le exige honradez; supongo que anda usted todavía en los andurriales de la dictadura donde la corrupción, el amiguismo y la francachela con lo público era la regla. Supongo, Sr. Presidente, que si contrata a un administrador de su patrimonio personal y le sorprende en un renuncio, le despedirá sin contemplaciones salvo, claro, que sea usted un imbécil. Por lo demás no hay novedad, la cosa está tranquila, tanto la detentadora de títulos falsos como usted mismo siguen en sus poltronas. Parece que la democracia ha encogido como el horizonte de aquellos hijos de la tierra que llenaron, en los sesenta, los extrarradios. Más patético todavía, si cabe, fue el aplauso atronador que sus conmilitones propinaron a la falsaria en Sevilla. Me recordó, por lo insalubre, a la ovación que ciento ochenta y tres diputados de ese mismo partido, puestos en pie, dedicaron al Sr. Aznar por meter a España de hoz y coz en la guerra de Irak.

Todo es pura apariencia en esta hoguera de las vanidades, la liquidez de las redes, los aplausos, el dinero, la inflación de títulos, la honradez…  Si me apuras, hasta estas líneas son mera apariencia.

J. Carlos

Favores

Cifu.jpg

Cuando se vivía en pueblos o barrios de ciudades abarcables, los comportamientos personales, al menos de puertas afuera, tenían un lustre ético y cívico porque el reproche social solía ser severo. Un desliz te ponía en boca de todos y, dependiendo de su gravedad, podías quedar marcado de por vida. El sistema era de evaluación continua de modo que una vida ejemplar quedaba arrumbada por una sola tropelía. No era un modelo perfecto, al contrario, demasiadas veces por envidia, celos, avaricia, soberbia o cualquier otra excrecencia de la naturaleza humana te colgaban un sambenito que no sólo desbarataba tu honor, sino que se extendía como una mancha de aceite a tus herederos.

La proliferación de espacios urbanos inabarcables propicia un anonimato que, desde el punto de vista individual, tiene algunos aspectos positivos tales como ensanchar la mente, aflojar los botones del corsé social, desembridar el pensamiento y aspirar la fragancia de la libertad; aunque desde el punto de vista social no pinta tan bien, ahí tienes la falta de cohesión social, el incivismo o el vandalismo por poner solo unos ejemplos. Quiero con ello asentar que, con este aluvión urbanita engordan las normas que regulan la convivencia ciudadana en la misma medida que adelgaza el reproche social. Vamos, que si ves a un individuo aliviando su vejiga en plena calle es aconsejable que no le llames la atención con un reproche, mejor limítate a llamar a la policía. Te lo escribo por experiencia propia.

Es un hecho que la urbe inabarcable te ha quitado de detrás del cogote aquellos ojos que, apostados tras los visillos, escrutaban tu vida y obra. También es un hecho que, hoy las nuevas tecnologías te han puesto en el foco de miles de pupilas embozadas en el velo de las redes sociales, esperando un desliz para organizarte un linchamiento mediático en forma de ordalía medieval por un quítame allá esas pajas. Pero éste es un mundo virtual en el que, generalmente, entrar o salir lo es a conveniencia. Si te prestas al juego puedes salir escaldado porque hay émulos de las viejas del visillo que se sienten ofendidos por casi todo y, con derecho a excretar sus prejuicios basados en los enciclopédicos conocimientos atesorados en sus gónadas. El último botón de muestras lo tienes en la youtuber Dulceida. En mala hora  se le ocurrió regalar unas gafas de marca a unos niños de Ciudad del Cabo y exponer sus fotos, la han puesto como chupa de dómine. Debe haber un código en los estrógenos o en la progesterona de los que están detrás de los visillos, que estipula que si eres niño pobre y negro solo te pueden regalar comida, lo demás es suntuario.

Hay, sin embargo, pequeñas parcelas de la sociedad que permanecen como aldeas abarcables donde el anonimato es imposible. Me refiero a todas aquellas profesiones que tienen una proyección social y/o mediática que las apuntala y sin cuyo concurso perderían gran parte de su pedigrí: Gestores de lo público, deportistas de élite, artistas, realezas, jerarcas religiosos y otras celebridades. Son profesiones que ejercen su primogenitura social a cambio del plato de lentejas del escrutinio público. El pacto es que ellos nos venden su relato de genialidad, ejemplaridad, honradez o bondad y, a cambio, nosotros los admiramos. Pero con una condición, que nos permitan meter la lupa hasta en los pliegues más íntimos de sus gestos. Por eso el Domingo de Ramos, cuando una cámara nos desveló el rifirrafe entre las dos consortes del anterior y actual Jefes del Estado, se nos hizo trizas el relato de ejemplaridad. Les pagamos con largueza con nuestros impuestos para que actúen en el cuplé de la monarquía y, en plena representación, se olvidaron el papel de maniquíes posantes, saludantes y sonrientes. Supongo que las expedientarán como a cualquier trabajador y les suspenderán de empleo y sueldo durante una temporada. El papel de madre y suegra peleándose por la foto de los nietos ya lo tenemos gratis en bautizos, comuniones y otros eventos familiares.

Cualquier profesional que desarrolla su labor, dentro de estas pequeñas aldeas abarcables por los medios, es consciente de que si comete una trapisonda recibirá un reproche social que repercutirá directamente en su bolsillo: teatros, cines e iglesias vacíos, mermas de contratos publicitarios, caída de la parrilla del programa de televisión o de radio, incluso la pérdida del empleo.

Por razones sociológicas, culturales y otras que no me caben en la cabeza, hay una profesión, la de los políticos, que no sufren el escrutinio exigible a cualquier administrador de los dineros del común y, lo que es inaudito, cuando los pillan con las manos en la masa no reciben el reproche social del que son acreedores. Incomprensiblemente les siguen votando. Hasta Trump se hizo eco de esta paradoja cuando dijo: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”.

En España tienes casos a patadas. El penúltimo es el caso Cifuentes. La otrora adalid contra la corrupción de su partido, la que no perdía ocasión para despegar los labios con desparpajo y proclamar su honradez, o sermoneaba a propios y a extraños con la cantinela del trabajo, la disciplina y el buen hacer. Resulta que le han regalado un máster, por su cara bonita y su cabellera rubia, para lucir enmarcado en el salón de su casa; igual que a Jesús Sepúlveda le regalaron un Jaguar para lucirlo en el garaje de su chalet. No es solo que haya cometido el mayor pecado mortal de un político: la mentira, o que la credibilidad en su palabra y su honradez valga menos que un grano de arena en el desierto del Sahara. No es tanto su contumaz relato de fantasía alegando que los másteres se aprueban sin ir a clase, sin exámenes, sin TFM. No basta con que esté enterrando en su mausoleo político a la Universidad Rey Juan Carlos, de la misma forma que los faraones de Egipto enterraban en sus pirámides a las esposas y sirvientes cuando morían. Ni siquiera que esté devaluando la carrera profesional de cientos de miles de alumnos que han visto como, en la bolsa de trabajo, sus títulos han quedado degradados al nivel de “chicharros”. No es solo porque en su narcisismo, que ha hecho metástasis con su sonrisa perpetua, nos considere tontos del culo con la obligación de creernos que, unos papeles con tinta fresca de sello de caucho son las tablas de la ley.

Lo penoso, lo sórdido de esta historia, es que ha demostrado ser muy mala persona. Con su afán de sostenella y no enmendalla ha dejado a los pies de la cárcel a aquellos profesores y administrativos que, por cadena de favores o temores clientelares, le fabricaron primero el título y después arroparon su engaño con sucesivas coartadas. Algunas tan estúpidas como falsificar el documento público del acta del Tribunal examinador. El catedrático Álvarez Conde calificó el acto falsario de reconstrucción, sin caer en la cuenta de que estaba cometiendo un posible delito de intromisión profesional, al emular a un cirujano plástico que reconstruye una cara averiada en un accidente; tampoco cayó en la cuenta de que según su particular diccionario penal, los delincuentes que se dedican a la falsificación de billetes son meros reconstructores.

El olor a cadaverina política que desprende la señora es nauseabundo, aunque la mantengan mientras los azules buscan sustituto y los naranjas rascan votos en el lento proceso de putrefacción. La terminarán enterrando después de quitarle los galones como a los oficiales degradados en el ejército, pero no se dignarán poner su nombre en la lápida, en el idioma de Rajoy pasará a denominarse: esa persona de la que usted me habla.

La señora, mala gente, ya digo, está dispuesta a dinamitar la cátedra, la profesión, incluso la libertad de aquellos que en su día le regalaron la joya de un máster para adornar su currículo. La susodicha se limita a mimetizar el comportamiento del cónsul Escipión, el cual, en vez de pagar la recompensa prometida a los asesinos de Viriato, los mandó ejecutar mientras les decía: Roma no paga a traidores.

Un amigo catedrático que tiene mucha retranca y más conchas a sus espaldas que la fachada de la Casa de las idem en Salamanca, tenía una frase genial para estos casos: “No sé por qué fulanito me mira mal si nunca le hice un favor”. Conque ten cuidado a quien le haces favores.

J. Carlos

Pececito

Patricia

Durante trece días me he sentido como un pez dentro de una pecera esférica, como aquellas que prohibió el alcalde de Monza, Giampietro Mosca, “porque un pez que está en una pecera tiene una visión distorsionada de la realidad”.

Durante trece días todos los medios plasmáticos han afilado sus imágenes para servirnos el drama de una familia que ha sufrido en sus carnes la maldad suprema: El asesinato de un hijo perpetrado por una persona del círculo íntimo. Un niño todavía, inocente, vivaz, alegre, generoso.

Afloran los sentimientos. Empatizas con los padres. Se te enciende la solidaridad ante el drama real que entra en tu casa como un vendaval de desolación. Te condueles de vivir lejos y no poder estar con las más de cinco mil personas que lo buscan. Al paso de los días te temes lo peor, empiezas a apostar por la muerte. Si te preguntas quién ha podido ser te contestas que las estadísticas son pájaros de mal agüero, en nueve de cada diez casos la mano que mata es de la familia.

La narración es canónica porque es la crónica de una muerte brutal en tres actos: Desaparición, búsqueda y desenlace con misterio resuelto y asesina confesa. Pero en trece días sobran escenas rutinarias repetidas hasta la saciedad en las que el relato se estanca sin novedades y hay que entretener al personal. Ahí entran los objetivos de las cámaras como garras sobre sus presas y los micrófonos carroñeros que arrancan el morbo a picotazos para arrojarlo a la masa. En los estudios centrales los tertulianos habituales y otros sobrevenidos lamen los huesos de los bulos y de las elucubraciones macabras hasta dejarlos mondos y lirondos. Hasta en Sálvame dejan de carroñear a los famosetes y de carroñearse entre sí para apuntarse también al buitreo. Todo sea por la audiencia que ha triturado records históricos.

El periodismo volvió a colapsar sobre sí mismo, se convirtió en un objeto masivo, un agujero negro donde quedó atrapada la sobriedad, la contención y hasta el decoro.

La pecera plasmática en que he vivido estos trece días distorsionó tanto la realidad que he visto al populacho intentar linchar a la asesina, vomitar su rabia y su venganza delante del cuartel de la guardia civil con insultos que no venían del estómago sino de las tripas. Supongo que quien participa en estas ordalías lo hace también como una forma de apuntalar su supuesta bondad frente a la maldad de la asesina, de reafirmar su pertenencia a la especie humana contra la bestia. Tal vez expíe sus culpas y expulse sus demonios en estas ceremonias medievales. He visto a Rafael Hernando utilizar la capilla ardiente de Gabriel para rascar un puñado de votos en su feudo.  Y he visto a sus señorías subir al estrado y, ante el atril del hemiciclo, comportarse como alimañas que luchan con las alas desplegadas por su trozo de carroña. A esas horas el cadáver del niño todavía seguía en una cámara frigorífica.

Afortunadamente, el mismo cerebro que es capaz de rellenar el punto ciego donde conecta el nervio óptico con la retina, modelar una imagen tridimensional aunque los datos que recibe sean de dos dimensiones y hasta de darle la vuelta a la imagen para percibir el suelo debajo y no el techo, pudo  eliminar también las distorsiones de la pecera plasmática. Por eso pude ver a los guardias civiles que, con lágrimas rodando sobre sus mejillas, acababan de descubrir el cadáver de Gabriel, defendían con sus cuerpos a la asesina en cumplimiento de su deber. Pude ver miles de rostros compungidos y silenciosos, centenares de manos componiendo altares al pececito, miradas rotas. Pude ver la bondad, infinita, en el rostro de Patricia Ramírez, la madre, que nos dio una lección de coraje y de humanidad: “Gabriel está ya en algún lugar con sus peces. La bruja mala del cuento ya no existe. Pido que no se extienda la rabia, que no se hable de esta mujer más”.

Que no se extienda la rabia. La frase es grande y se infla como el universo cuando la pronuncia la madre a la que acaban de robarle la vida de su único hijo y tres cuartas partes de la vida propia.

Qué suerte tuviste Gabriel de tener una madre como Patricia. Descansa en paz Pececito.

J. Carlos

Tomando un café

JCB_0423

La lluvia tiene la virtud de amansar el ruido del tráfico y barrer, hasta las alcantarillas, el hollín que flota en el aire. El mundo vegetal está risueño, recién lavado y recién bebido, preparando sus capullos para que estallen en primavera o exhibiendo ya las flores blancas y rosas de los almendros. La ciudad se ve desenfocada a través del tamiz de los hilos de agua, se le han mitigado los colores y los contrastes se han diluido por falta de sombras, es como si su estampa se hubiera editado con un programa fotográfico para modificarle el ajuste de blancos y la temperatura de color. Las calles brillan pulidas por el efecto de la lámina húmeda sobre el asfalto que refleja la grisura de las nubes.

Estoy sentado en un rincón de la cafetería, al lado de un ventanal cuajado de gotas que resbalan su liquidez con parsimonia, hay una taza de café humeante en el velador de mármol blanco veteado de grises con patas de forja. Al otro lado de la cristalera pasa una procesión de paraguas con colores desleídos.  Los transeúntes emboscan su mirada bajo las varillas y las telas para no tropezar con ojos ajenos; ladean los paraguas, los empinan o los bajan para evitarse, a veces, se chocan. Es curioso ver a la gente descabezada, sólo troncos que se mueven sobre unas extremidades que llevan las perneras del pantalón y los zapatos empapados; parecen personajes de una película fantástica que se encarnan en setas andantes. En la película Blade Runner siempre llovía, nos quedamos sin saber si Deckard era o no un replicante;  cierro los párpados y también me quedo sin saber si el mundo desaparece cuando dejo de mirarlo, ya sabes que los teóricos de la física cuántica afirman que la realidad sólo existe cuando la miramos.

Dentro, la humedad se condensa formando un sutil velo de vapor que amortigua el ruido estridente de la cafetera y el de los platillos, tazas y cucharillas cuando la camarera los alinea sobre el mármol de la barra, también atempera el sonido de las conversaciones. Alterno la vista de la calle con la del paragüero de latón situado a la entrada, mi paraguas es de marca y temo que algún alma ladina se equivoque de empuñadura y aproveche para librarse de su compra apresurada en el chino. No sería la primera vez. Afortunadamente, el aroma del café se impone sobre las ráfagas de aire que serpentean entre las mesas cada vez que los parroquianos entran o salen. Doy un sorbo a mi taza, el café resulta dulce al paladar con un regusto a nuez tostada con matices de vainilla. Hace días que las nubes tienen, como este velador, el color de las lápidas antiguas y,  a los que estamos acostumbrados a que el sol saque los colores vivos de las cosas casi a diario, se nos queda el ánimo como alelado y se nos encogen las entrañas. Me da por pensar en los cementerios construidos en los bajíos y sus tumbas anegadas con los pobres muertos dentro, flotando. Para espantar estos pensamientos pongo mis pupilas en línea con unos ojos castaños, grandes y limpios que acaban de entrar. Ni me mira. Advierto un rictus de incomodidad cuando aprieta sus labios y acelera su paso. Son micromachismos que se han quedado enquistados, al igual que tienes enquistada la sensación de inercia cuando entras o sales de una escalera mecánica en reposo. Debería aprender de las mujeres a no retener la mirada más allá de la mitad de lo que dura medio suspiro corto. La propia no cuenta, claro, a ella le puedo decir aquello que le escribió Julio Cortázar a su mujer, Carol Dunlop: “Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”. Por hacer algo mientras tomo el café, saco la cámara de su bolsa, la enciendo sólo para ver las fotos que he tirado y empezar el descarte, varias cabezas se yerguen y me dirigen miradas hoscas. ¿Quién les explica que está puesta la tapa negra en el objetivo y no los voy a retratar sin permiso? Opto por enfundar la máquina. Dos mesas más allá un señor de mediana edad se entera por teléfono de que su seguro no va a pagarle los desperfectos de la humedad que le ha causado el del tercero; al mismo tiempo nos enteramos todos los demás.

En una pantalla colgada en la pared como un cuadro costumbrista, aparecen riadas de mujeres que se manifestaron ayer en avenidas y plazas de toda España. Superpuestos se suceden bustos de políticos pillados en contradicciones que, vista la avalancha humana, terminaron luciendo lazos morados en las solapas y congratulándose del éxito de la convocatoria. Recordé aquella certera frase de Felipe González: “También se puede morir de éxito”. Lo siento por mis coterráneas, pero el poder cuando te abraza se comporta como un oso y más pronto que tarde te clavará las garras. De sobra sabe que estáis en la cresta de la ola coronadas por jirones de espuma, pero también conoce que las olas terminan cayendo y nunca se sabe cuándo llegará otra con semejante tamaño y envergadura. Aprovechadla antes de que se diluya en la superficie mansa del mar de los días. De súbito, el rostro del Gobernador del Banco de España acapara las sesenta y cinco pulgadas, por debajo, en unas letras que giran igual que las cotizaciones de Bolsa, leo sus declaraciones: “Muchos jubilados tienen vivienda y se ahorran el alquiler por lo que su pensión neta se incrementa”. Que es tanto como decir que, tener calzoncillos incrementa la pensión neta porque no se manchan los pantalones, y éstos aguantan menos lavadas y son mucho más caros de reponer. Les suele ocurrir a los necios, sacan el argumento del contexto y, cómo se queda aislado,  lo torean con el capote de la hipocresía. Las casas, Sr. Linde, las compraron nuestros padres con sudor y lágrimas engordando la cuenta de resultados de los bancos con los intereses, gastos y comisiones de las hipotecas, esos mismos bancos que usted pastorea por el módico salario de casi doscientos mil euros al año.

Doy un último sorbo de café, ahora me ha parecido notar un cierto punto de amargor en el paladar. Pago, me pongo el chaquetón, coloco la bolsa de la cámara en bandolera, recojo el paraguas y salgo a la lluvia. Aseguraría que la chica de ojos castaños, grandes y limpios me siguió con el rabillo del ojo. Los hombres tenemos la vista periférica muy menguada y,  no me atreví a mirarla directamente, así que no puedo jurarlo. Tampoco sabría decirte si tenía el ceño fruncido o raso.

J. Carlos

Víctimas

Foto de globos

Al inflar un globo el volumen de gas se incrementa al cubo, mientras la superficie lo hace al cuadrado. Esta ley física, que enunció Galileo en 1638, explica que el metabolismo del ratón sea más activo que el del elefante, ya que el animalito tiene, en proporción a su volumen, una superficie muy superior a la del elefante por lo que pierde mucho más calor. José Santolalla en su canal de Youtube, “Date un voltio”, resume este principio con un consejo: “Si vas al supermercado compra patatas grandes porque pelarás al cuadrado pero comerás al cubo”.

Antes de ahora ya te tengo escrito que abrigo la creencia de que gran parte de los principios de la física son aplicables a las relaciones humanas, especialmente a las políticas. Ahí tienes al PP que no creía en la ley de la gravedad, pensaba que el objeto masivo de la corrupción no iba a curvar el espacio-tiempo político y ya ves, está deslizándose cuesta abajo en las encuestas con la esperanza de quedar “enganchado” a la órbita de Cs, aunque sea en forma de satélite. Como te digo, hay movimientos sociológicos que producen fluctuaciones cuánticas, así sucedió en mayo del 68 en París o, sin ir más lejos, aquí en España donde seguimos registrando las ondas gravitacionales que produjo el estallido de la guerra civil hace casi ochenta y dos años; sólo así se explica que el dictador yazga en un mausoleo más alto y más ancho que la pirámide de Keops y tenga todas las mañanas flores frescas sobre su tumba.

A lo que íbamos, esa vieja ley física del cuadrado cubo se experimenta en aquellas sociedades con democracias endebles, donde brilla por su ausencia una educación cívica que enseñe a sus ciudadanos a serlo y, se formula como sigue: Mientras los derechos se incrementan al cubo, las responsabilidades lo hacen al cuadrado. Fíjate en España, seguramente el país con más papeleras del mundo resulta ser uno de los más sucios. Dentro de nuestra geografía, los vividores y ladrones viven muy bien del famoseo dando el do de pecho en la tele y en las revistas del papel cuché. Para que los españoles cumplamos la norma tienen que ponernos delante un radar o una cámara y detrás un policía o un juez, ah, y si nos pillan siempre tenemos una excusa razonable. Recuerdo a los padres de una adolescente que había muerto por un coma etílico que pretendían querellarse contra el ayuntamiento por permitir el botellón, pero no se planteaban por qué en dos ocasiones anteriores la policía municipal le había llevado, de madrugada, a su hija en estado comatoso por ingesta de alcohol. Nos quejamos ad nauseam de los gobernantes pero les seguimos votando, debe ser por eso que le damos la llave del BOE y le confiamos la administración de la riqueza nacional, cifrada en un billón de euros al año, a políticos que gestionan unas decenas de millones de un partido de los que ignoran su procedencia delincuencial, desconocen el tráfico de sobres y olvidan hasta el nombre de sus compañeros de gestión cuando les pillan con las manos en la masa. Aquí lo público se rompe, se destruye, se ensucia y, llegado el caso, se roba siguiendo la doctrina de la que fue Ministra del Cultura, Carmen Calvo, que afirmó aquello de que “el dinero público no es de nadie.

Como ciudadanos parece que estamos todavía en la preadolescencia, lo queremos todo y todo ya y si nos niegan algo nos apuntamos a la lista del martirologio. Se nos da genial. Ahí tienes a todos los implicados y procesados por corrupción, mala gestión u otros pecadillos financieros que no sólo niegan sistemáticamente la evidencia es que, además, se consideran víctimas propiciatorias, cuando no mártires. O el caso de los indepes catalanes, subvierten el orden constitucional y el estatutario, dan un golpe de estado incruento, amordazando a la oposición –que suma más votos que ellos-, financian sus presuntos delitos con dineros del contribuyente esquilmando hospitales, dependencias, colegios públicos… y, cuando les aplican la ley, en vez de de ser considerados como victimarios de la democracia, son elevados por sus acólitos a los altares como mártires.

Volviendo al ejemplo de la patata, la carne del tubérculo sería el volumen de derechos que crece al cubo, mientras la piel que, a estos efectos, vendría a representar las responsabilidades, sólo crece al cuadrado. Y es que, como ciudadanos, nos la pela.

J. Carlos

Vaya semanita

IMG-20180206-WA0005

La estadística es la ciencia del ahorro porque consiste en tomar una mínima muestra de la población y, con sus respuestas, proyectar matemáticamente el comportamiento global de la totalidad. Ya sé que estamos acostumbrados a los traspiés de las empresas que elaboran estudios estadísticos sobre la proyección del voto y denigramos esa disciplina, la estadística no tiene la culpa de que los encuestados mientan como bellacos. Pero deberías saber que para los científicos y los informáticos es tan necesaria como la aguja para la costura, sólo trabajan con muestras.

Si yo fuera estadístico y hubiera de estudiar la situación patria tomaría como muestra representativa algunos de los sucedidos en los últimos siete días.

El sábado la cantante Marta Sánchez se tiñó el pelo de gualda, se embutió en un vestido rojo, subió al escenario del teatro de la Zarzuela y, desde allí, pateó la entrepierna del himno nacional con unos ripios sensibleros que no firmaría ni un adolescente con las hormonas patrióticas en ebullición. Al parecer la muchacha tuvo una visión en Miami antes de perpetrar el magnicidio musical. Lo curioso es que a Rajoy y a Rivera les puso la testosterona por las nubes. Lástima que no le reventaran los higadillos como a mí, cuando me he enterado de que por el posado de sus carnes blancas en Interviú la ínclita cobró quince millones bien dispuestos en bolsas de plástico para que no los olieran los perros del fisco. Además vive en Florida, como el otro gran patriota, Julio Iglesias, que tampoco paga un duro a su queridíiiiiiiiisima Patria aunque juró bandera con sus hijos en el Juan Sebastián Elcano, en una ocasión en que el velero atracó por aquellas latitudes. Patriotas de boca, pulserita y bandera. Cuando paguen impuestos en España para hacer hospitales y pagar pensiones como hacemos los demás españoles podrán besar nuestra bandera y cantar nuestro himno, hasta tanto que no nos toquen nuestros símbolos.

Domingo, 18. Nos enteramos de que Pep Guardiola, entrenador de un equipo inglés, tiene un avión privado. Ignoramos si en el fuselaje, en el morro, o en la cola ha hecho pintar un lazo amarillo como el que luce en la solapa de sus chaquetas de buen corte y mejor paño. Como es un supremacista y está dolido porque el 155 dejó a su hermana sin cargo y sin sueldo de embajadora catalana en Copenague, cada vez que ve un micrófono se le hace la boca agua y nos inunda con una torrentera de adjetivos que califican como pacíficos a los golpistas. Las noticias nunca viajan solas, resulta que nos enteramos también de que el Ministro Zoido, que es un mal remedo de Filemón, mandó a sus esbirros por si en el tren de aterrizaje de la aeronave hubiera escondido a Puigdemont para franquearle la frontera española. Y es que la estulticia profesa al señor Ministro una adhesión inquebrantable.

Fue el martes cuando el Tribunal Supremo ofició el funeral del derecho a la libertad de expresión al confirmar la sentencia de tres años y medio de prisión que dictó la Audiencia Nacional contra un tal Valtonyc, de profesión rapero. Un torpe juntaletras cuya materia prima es el insulto, la provocación y el odio gratuito. Los jueces alegan que la culpa es del legislador que ha metido con calzador en el código penal tipos que en cualquier país democrático se sustancian por la vía civil o, como mucho, se tipifican como faltas. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Espero que los tribunales europeos la resuciten in extremis. En el entretanto, requiescat in pace.

Ese mismo día, Álvaro Pérez, El Bigotes, fue el invitado estrella del Congreso de los Diputados y nos contó el tango del PP. Traía el pelo engominado y  la camisa blanca con el cuello al descubierto como mandan los cánones. Usó un  lenguaje arrabalero y, a falta de bandoneones y violines, sacó el instrumento de su lengua que traía bien afilada de tanto lamer los barrotes de la cárcel de Valdemoro que, a estos efectos, son como piedras de amolar. El tango iba del cáncer de corrupción del PP que ha degenerado en metástasis y el partido está podrido. Está por ver si, con tal de salvarse, no acaban de llevarse al pudridero a las instituciones. A fe mía que lo intentan. Por lo demás, supimos que el contador de tangos había aprobado el curso de pochar y ahora se dedicaba al rebozo.

El miércoles los esclavistas de la CEOE proponían -¿en serio?- destopar la edad de 30 años a los contratos de formación. Es decir que, con 45, 50 o 60 años te puedan contratar como becario y echarte a la puta calle sin indemnización alguna. Nuestro código penal, por desgracia, contempla como delito la ofensa a los sentimientos religiosos, sin embargo, no tipifica como tal la ofensa a la dignidad humana.

Volvió a helar el jueves, fue un día jodido. Forges se nos fue horas antes de que al cómico Joaquín Reyes le denunciara un paisano de Torrejón creyendo que era Puigdemont en carne mortal. Hasta el parque de Europa se encaminaron seis policías nacionales seis, dispuestos a esposar al prófugo más famoso. Una vez deshecho el entuerto el vecino alegó que “no estaba la cosa para bromitas”. Nos perdimos la viñeta que, estoy seguro, hubiera compuesto el admirado humorista gráfico con esa estampa Berlanguiana. A las mismas horas expiraba también Casto Herrezuelo que regentaba, con su cuñada Loli, El Palentino. Todos los jueves tomamos café en ese bar mítico donde Alex de la Iglesia rodó su penúltima película. A eso de las cuatro y cuarto aparecía Casto con su pelo blanco y ondulado peinado hacia atrás, cara alargada y cobriza cincelada durante 79 años, cuerpo enjuto doblado como un junco y un saludo en la boca que acompañaba con un breve ademán de la mano. Café a un euro, cubata a tres. El fatídico jueves los pies nos llevaron a otra parte. Fue hacia las siete, al comienzo de una sesión de cine-forum presentada por Torres Dulce, cuando un amigo nos chateó la noticia. Se fueron dos españoles buenos que trabajaron siempre para los demás al filo de la calle, ni un centímetro más arriba. Uno dibujaba ideas que reflejaban fielmente la realidad del común; el otro tiraba cañas y servía pepitos de ternera a blancos y negros, mendigos y ricos, hipsters y rastafaris, locos y cuerdos.

A las 18:23 horas del viernes, 23, el hemiciclo del Congreso estaba mudo y casi vacío, si exceptuamos a las cuatro personas que lo deambulábamos. Hacía 37 años que el aire, a esa hora, había temblado con la balacera de los subfusiles disparados por los tricornios al mando de un tal Tejero. Hoy algunos de los que allí se sientan todavía creen que el golpe lo paró el pueblo. El pueblo se quedó en casa, acojonado, con las luces apagadas; los más valientes prepararon las maletas para salir huyendo. El golpe lo pararon, seguramente, los mismos que lo urdieron porque el tontoútil de Tejero no tenía el mismo guión y se plantó.

Ya te digo que con la muestra estadística de estos sucedidos no se puede proyectar ni quién ni cuándo gobernará Cataluña, ni cuántos titiriteros, cómicos, raperos, twiteros y demás parlantes terminarán en la trena. Y, aunque obtengamos el dato de la media, la moda, la mediana y la varianza tampoco descubriremos quién es el tal M. Rajoy que aparece en la contabilidad amanuense de Bárcenas.

J. Carlos