El parto de los montes

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La corteza terrestre flota sobre la roca derretida del manto y se mueve. No es una envoltura uniforme, está estratificada en forma de placas tectónicas que chocan entre sí. Cuando esto sucede una de ellas se pliega y se hunde, mientras que la antagónica se levanta dando lugar al parto de los montes. La emoción social también navega sobre el magma político con la misma quietud aparente con que se mueve la corteza bajo nuestros pies, aunque de vez en cuando sus placas chocan y producen terremotos sociales o volcanes que expulsan lava revolucionaria.

En el caso de la Infanta y su marido, la Audiencia de Palma ha parido un ratón con el ánimo de atemperar el movimiento telúrico. Las juezas desconocen la física de la tectónica de placas. Desconocen que el monte Everest seguirá creciendo por más toneladas de ciencia jurídica que le echen encima. Se probó que el marido de la Infanta se asoció con otro delincuente para, prevaleciéndose del apellido Real, vender, a precio de  oro, informes y asesoramientos cuyo valor no alcanzaba al del papel y la tinta en que estaban escritos. Se constató que una caterva de políticos compró aquella “basura” porque el dinero no era suyo, era del contribuyente y, se les hacía el culo gaseosa por hacerse acreedores del “favor Real”. Se acreditó que otra caterva de gestores de empresas privadas adquirió la mercancía averiada por las mismas razones que los políticos: el dinero no era suyo y su nombre se anotaba en la lista de los “proveedores de la Casa Real”. No hubo denuncia por parte de los gestores privados, lógico, hubieran quedado como estúpidos. Tampoco los verdaderos perjudicados, los accionistas de esas empresas, dijeron esta boca es mía ni en los juzgados ni en las juntas generales, lo que nos da otra medida más de la podredumbre del sistema. Resultó probado que la Infanta compartía a pachas con su marido una sociedad donde afluían los resultados de la actividad delincuencial. Es un hecho que, para ahorrarse los gastos del servicio del palacio de Pedralbes, los trabajadores figuraban como empleados de la sociedad. Es otro hecho que la Infanta se pulió con la Visa Oro de la empresa más de un cuarto de millón de euros en flores, restaurantes, material escolar y música. Es universitaria y trabaja en una institución financiera, pero el fiscal y las juezas consideran probado que no se enteraba de que su príncipe azul trincaba la pasta para hacerla feliz. Es una lástima que ni en los resultandos ni en los considerandos de la sentencia nos expliquen si su ignorancia deriva de escasez intelectual, si emana de un estado de enamoramiento permanente, o viene de fábrica asociada a su cualidad de Infanta –ya se sabe que la realeza fue reacia durante siglos a mezclar en exceso sus genes y eso, al parecer, produce estragos- Lo que no nos extraña es que su abogado levite de felicidad al leer el fallo, por lo visto los milagros ya no sólo habitan en los libros religiosos para dar lustre a los dioses y a sus santos.

La Infanta también levita por encima de las dos placas tectónicas que han entrado en colisión, la placa de la crisis y la de la corrupción. Si uno se fija en la de la crisis y, más concretamente, observa la roca granítica y gris de ese currante que perdió el trabajo, después su casa y ahora da de comer a sus hijos con la caridad de la pensión de los abuelos; si, al otro lado ve la placa tectónica de la corrupción avanzando con una morosidad impune de siglos, apenas erosionada por algún contratiempo judicial que se solventa con un indulto; uno se pregunta: ¿cuál será la subducida y cuál emergerá como una cordillera? Me temo lo peor.

El problema de la Infanta es que por educación o por convicción está persuadida que ni ella ni su santo varón han hecho nada punible. Sabe que lo que vendía su marido no era un producto ni un servicio y, por tanto, su calidad era indiferente. Se limitaba a alquilar el apellido regio o, si quieres, comerciaba con el sueño de codearse con la familia más poderosa del reino, en el entendimiento de que al calor del armiño Real iban a surgir sugerentes amistades y florecientes negocios.

He ahí el dilema: ¿Está equivocada la Infanta? ¿O erramos nosotros confundiendo la realidad con nuestros deseos? De lo que no cabe duda es que el servilismo de algunas instituciones como la Agencia Tributaria o la Fiscalía, ha dejado al descubierto que nuestra condición de ciudadanos está lastrada todavía por un cierto vasallaje. Ya lo dijo el súbdito Rajoy para tranquilizar a sus mesnadas: “A la infanta le irá bien”. Y le fue tan bien que le salió a devolver.

J. Carlos

Estados

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Venimos del estado sólido de la política y transitamos durante cuatro décadas por el glaciar “perpetuo” de la dictadura. Asistimos esperanzados al cambio climático que sucedió con brusquedad tras la muerte del tirano. Fuimos testigos del deshielo de los grandes bloques institucionales que, tras desmoronarse, quedaban flotando en forma de icebergs. Más de uno impactó gravemente en la proa de la democracia. Nunca se sabrá si fue por astucia de los pilotos, por miedo de los pasajeros o, porque los que siempre medraron en la solidez de los hielos descubrieron que era más fácil seguir medrando en la liquidez de las aguas. El caso es que el noble arte de la política se licuó durante otros cuarenta años y conocimos todos los momentos de la mar. Conocimos las marejadas de los ruidos de sables, la mar muy gruesa de los asesinatos de Eta, Grapo y otros grupos de extrema derecha, la mar dura de la cal viva, la mar confusa del golpe de Estado, el temporal de la corrupción, y hasta la mar llana de la entrada en la Comunidad Económica Europea. Casi de seguido cundió el desencanto y nos fuimos alejando de las aguas de la política como de las aguas pútridas de los pozos negros. Si acaso, acudimos cada cuatro años, con la nariz tapada, a mediar de sobres las urnas de metacrilato con la misma desidia que aspaventamos una mosca de siesta veraniega.

Entonces llegó la crisis, la clase media cayó en la cuenta de que tras la hipoteca y las mensualidades del coche no había más certidumbre que la de mirar al cielo por si despejaban los nubarrones. Nos alcanzó el hartazgo de los políticos, economistas y sabidillos que trataban de explicar las zozobras con una cascada de palabras. Pero éstas ya no fluían de su boca, eran tan ligeras, tan huecas que se evaporaban al abandonar sus labios. Y la política se hizo gaseosa.

Ahí tienes a Mariano formando cúmulos de desarrollo vertical, como un gigante algodón de azúcar de feria. Si le echas un bocado comprobarás que es como pegarle una dentellada al aire y tan dulce como los millones que, según los jueces, acumularon algunos bajo el signo del charrán o de la gaviota. Por cierto, según la RAE el charrán es un ave marina, pero también un adjetivo con los significados de pillo y tunante.

Iglesias es más de formaciones lenticulares, como los círculos que forman su logo. Acaba de fumarse a Errejón como el que fuma un canuto de narcisismo, y va tan colocado que ha nombrado la humildad sin que le tiemblen las cuadernas. Un día de estos le dedicará a Íñigo aquella canción de La Romántica Balada Local: “Y miraré como te pierdes entre el humo del escape del bus”. De los intereses del pueblo, ya si eso, cuando se despierte de la modorra.

Allá arriba, en forma de tules como hilachas suaves de filamentos largos, están los cirros de Susana. Blanquean a brochazos el cielo de Andalucía pero se han disuelto como bruma ligera en el azul del resto del mapa. En el recuerdo, el golpe de estado sin tricornios en Ferraz. La autoridad competente, civil por supuesto, dice que está con ganas.

La política, pues, se ha hecho gaseosa y ha adoptado las propiedades de los gases: Sus moléculas se encuentran prácticamente libres, de modo que son capaces de distribuirse por todo el espacio y no tienen forma, se adaptan al recipiente que los contiene, por ejemplo, Rivera acaba de adaptarse al recipiente liberal huyendo de la olla exprés socialdemócrata. Tienen otra propiedad que espanta, pueden comprimirse con facilidad y, a partir de un punto crítico, explotan.

J. Carlos

Dos balas

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Abrí el sobre en el ascensor. Era blanco, de los que llevan plástico de burbuja por dentro y solapa autoadhesiva. Estaba mi nombre de pila escrito a mano en letras góticas, sin dirección. No había carta, sólo un cartucho de nueve milímetros con la vaina de un color dorado mustio y la bala con una pátina cobriza. Mientras me disponía a sacar la llave para abrir la puerta, volvieron a mi memoria detalles del día que me habían pasado desapercibidos, como el pájaro escarchado que yacía debajo de una acacia de camino al autobús o, el brillo de los gemelos del director cuando coincidimos en el ascensor. Son de oro y tienen  forma de pistola. “Intimidan, son una herramienta de trabajo”, me explicó un día tomando café. Entré en casa, dejé el maletín en el suelo y el puñado de cartas en la mesita de entrada. La niña vino corriendo a abrazarme, me acuclillé para recibirla, las puntas de mi bufanda escocesa tocaron el suelo.

-Qué pálido estás papá, y qué fría tienes la barba.

Durante la comida apenas probé bocado. Natalia levantó el cuchillo y el tenedor del filete, los mantuvo un segundo en el aire, como si trinchara sus propias palabras. Preguntó si había habido algún contratiempo en la presentación ante el comité de dirección.

-Qué va, al contrario –contesté- Cuando les muestras en la pantalla las curvas de ventas que suben en picado te consideran uno de los suyos, por un rato.  Al final todo sonrisas, palmadas en la espalda y promesas. Todo va bien mientras les engordes la cartera.

Fregando los platos me abrazó por detrás y sus labios buscaron un hueco en el cuello de mi camisa. Dijo que me notaba cabizbajo. Di la vuelta y la besé en la mejilla.  El sobre plegado con el cartucho estaba todavía en el bolso izquierdo de la chaqueta, lo había metido apresuradamente antes de salir del ascensor. Apenas pesaba unos gramos pero tenía la consistencia de una bomba. El estómago se me puso saltarín igual que el día de mi boda, cuando la prima de Natalia al borde del coma etílico amenazó con decirle que nos habíamos acostado la noche anterior. Iván estuvo al quite, como siempre. Fui al baño. Mientras obraba, cogí el cartucho y observé su brillo metálico bajo la luz halógena. Ni un rasguño, ni una marca. Arranqué el plástico del interior del sobre. Estallaron dos burbujas, sonaron como dos tiros con silenciador. Hice una pelota y la metí en el bolso. El papel del sobre los rasgué en pedacitos pequeños. Los espolvoreé sobre mis heces. La letra B, con trazos gruesos, remates y filigranas muy elaborados, quedó clavada, vencida hacia un lado. Apreté el botón de desagüe y bajé la tapa.

Cogimos el ascensor cargados con el equipaje de fin de semana. La niña buscó mi mano. Al cruzar el vestíbulo coincidimos con el vecino del quinto que estaba abriendo su buzón. Se quejó de la cantidad de correspondencia.

-Todo son facturas y extractos bancarios –dijo, después de saludar y hacerle una carantoña a la niña.

Lo primero que pensé al verle es que tiene libre acceso a munición de ese calibre. Es Comandante. Hará como dos años, en una reunión de la junta de vecinos, mantuvimos serias discrepancias. Él quería plantar un seto de arizónicas, yo me negué porque la niña es alérgica. Estupideces de los matasanos para sacar dinero a los incautos, dijo. Yo le llamé inculto con pistola. No me calzó un guantazo porque es más bajo que yo y le apalanqué la pechera con mi brazo, mientras con los suyos bogaba en el aire como si nadara. Unas reuniones más tarde hicimos las paces y la sellamos con un apretón de manos. Me regaló una metopa de artillería. Correspondí con una cartera de piel de Ubrique con su nombre repujado en la solapa.

Paranoias, me dije. Y lo debí decir en voz alta porque la niña preguntó, ¿qué dices papi?

La carretera de Colmenar era una serpiente de coches que se movía lenta y  espasmódicamente.

-Si hubiéramos salido media hora antes llegaríamos a tiempo, pero claro la señora necesita una eternidad para arreglarse –comenté.

-Hoy estás que muerdes, ya me contarás  qué mosca te ha picado –replicó Natalia.

Papi, ¿te ha picado una mosca mala? A Guille en la guarde le picó un bicho y el brazo se le puso así.

El resto del camino, silencio. La niña claudicó con el tedio de la carretera y se quedó dormida. Desde que había abierto el buzón a las tres de la tarde, todos los sucesos del día y de la semana y del mes habían perdido los rasgos de lo cotidiano y se habían convertido en pruebas forenses. Estaba el incidente de tráfico con un motero sesentón.  También la bronca en el fútbol que se saldó con un forcejeo y una peineta. Y las reiteradas llamadas de atención al hijo del vecino del cuarto que permite aliviar a su perro en la alfombra del portal. No parecían indicios suficientes, aunque hay gente muy desequilibrada y los adolescentes en plena tormenta de hormonas son imprevisibles. Podría ser una broma macabra o un error al consignar el destinatario.

Los paneles electrónicos informaban que en el kilómetro treinta y cuatro se había producido un accidente. Se nos echará la noche antes de llegar a Soto, pensé.

-Por favor, llama a Iván o a Maika y dile que no llegaremos antes de una hora u hora y media –pedí a mi mujer.

Entramos en la urbanización más allá de las siete. Dejé a Natalia en nuestro chalet para que abriera las ventanas unos minutos y dejara puesta la calefacción. La niña seguía durmiendo. No la desperté hasta que aparqué frente a la casa de Iván y Maika. En el salón, Andresito y sus primos aplaudieron la llegada de la niña porque ya podrían apagar las seis velas y comer la tarta. Cuando llegó Natalia, Maika la recibió con unas medias noches de jamón y su refresco favorito. Se abrazaron. Iván aprovechó para excusarse con sus cuñados, me tomó del brazo y me indicó que le siguiera, escaleras arriba, hasta el despacho. Desde que llegué, no había parado, cargaba con los niños a la espalda y levantaba las piernas trotando sobre el mismo sitio. Imita muy bien el relincho de los caballos. Cuando cerró tras de mí la puerta del despacho se le había borrado toda la fiesta de la cara, y los hombros se le vencían hacia abajo como si soportaran sacos de grano. Rodeó el escritorio, abrió un cajón y me enseñó un cartucho de nueve milímetros. Lo puso de pie sobre el tapete de la mesa. Brillaba igual que el mío, con ese dorado mustio.

-Lo recogí a mediodía del buzón de casa, venía en un sobre con mi nombre. No se lo he dicho a Maika –musitó, con hilo de voz, mientras se dejaba caer en la butaca y se recostaba contra el respaldo.

¿Y el sobre? -pregunté.

Levantó una pila de papeles a su derecha, lo cogió con dos dedos como si quemara y me lo entregó. La misma letra gótica de trazo grueso, negra, primorosa. Seguramente tinta china. Me derrumbé sobre uno de los confidentes, crucé los brazos sobre la mesa y agaché la cabeza. Mi cerebro hervía, aunque la sangre parecía congelada. Esto iba en serio. No era una broma de mal gusto, ni una bravata, ni siquiera un aviso. Era una sentencia de muerte. Los recuerdos del día y de la semana y del mes, hasta los más nimios, seguían adheridos como lapas, pero despojados ya de la paranoia, volvieron a la rutina de lo cotidiano. Saqué mi cartucho del bolsillo muy despacio, lo coloqué junto al otro. Parecían dos torres minúsculas con sus cúpulas bizantinas. Iván se llevó las manos a la cabeza. Comprendió como yo que, el secreto que nos había unido en vida nos llevaría a la muerte, y se echó a llorar.

-Joder, éramos unos críos –le oí balbucear entre sollozos.

Después de diez minutos de silencio largo, nos levantamos, nos dimos un abrazo y bajamos al salón. Los niños nos recibieron como animales de carga y se subieron a nuestros hombros para cabalgar. Luego nos asimos al salvavidas de la copa de whisky que ponía sordina a nuestras conciencias para matizar su bramido.

En la cama cerré los ojos, aunque ni el alcohol ni los somníferos consiguieron que conciliara el sueño. Sobre el cielo negro de mis párpados se proyectaban, una y otra vez, las escenas de una tarde lejana en el bosque, a la hora de la siesta. Estábamos los tres, dibujamos una diana en un roble con el pintalabios que ella, la hija del maestro, confesó haber quitado a su madre. La pistola era de mi padre, la guardaba en una caja de zapatos que estaba encima del armario. Disparamos por turnos, Iván fue el único que metió una bala en el tronco, aunque lejos de la diana. Luego, la pistola en la sien, danos un beso. Luego, la pistola en la boca, desnúdate. La pistola en el pecho, Échate. Quedó, rígida como una estatua yacente, con los brazos extendidos y la cabeza ladeada, perfilando una cruz en el suelo. No hubo un solo grito, ni un lamento. Mucho después los ojos desaguaron en las mejillas dos finas hileras de lágrimas. En la hierba, bajo las nalgas, me pareció ver unas gotas de sangre. Mientras Iván se abrochaba el pantalón, saqué el cargador, extraje dos cartuchos y se los tiré sobre el rebujo de la falda. Uno es de Iván, otro mío, para que recuerdes que en boca cerrada no entran balas, le dije. Y nunca habló.

J. Carlos

Uno de Enero de 2017

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Los años nacen el 1 de enero por estrategia militar. El pueblo belo se asentaba sobre una roncha de la piel de Hispania, en lo que hoy son tierras de la comarca de Calatayud. Segeda era su urbe más importante donde acuñaban su moneda y ejercían su comercio. En el 154 a.C. decidieron ampliar sus murallas para perfilar su expansión. A pesar de que pagaban religiosamente en denarios de plata su tributo al Imperio, Roma se opuso a la ampliación. Los belos se opusieron a Roma y se declararon las hostilidades. Se aliaron con los arévacos de Numancia, sabedores de que las tropas romanas llegarían en septiembre o en octubre cuando los días eran cortos, lluviosos y destemplados. Y es que los cónsules romanos se elegían en los idus de marzo, en honor al dios de la guerra, fecha en que principiaba el año. Julio César decidió adelantar a las calendas de enero el nombramiento de los cónsules y, con ello, el año 153 a.C. se adelantó como los niños prematuros, para que las tropas pudieran llegar a Hispania en pleno verano. La estrategia era buena, pero los celtíberos ganaron la batalla y regaron sus tierras con la sangre de 6.000 soldados del Imperio. Veinte años, más tarde, Roma terminó arrasándolos, aunque los numantinos después de trece meses de sitio, prefirieron desangrase a sí mismos antes de vivir esclavizados. Aquí hago una acotación: Al día primero de cada mes los romanos lo denominaban calendas por estrategia fiscal. Ese día el recaudador llamaba a gritos a los ciudadanos para que pagaran sus tributos. El libro en el que anotaban los pagos se llamaba calendario.

En la región de Madrid, en las calendas de enero, con el año recién parido, eran asesinadas dos mujeres. Ese día la temperatura ambiente en Rivas y en Hortaleza no remontó los 5º. Antes de que la sangre de las dos mujeres, cumpliendo el principio cero de la termodinámica, se igualaran a la temperatura ambiente, un magistrado del Supremo, Antonio Salas, con estrategia procesal escribió en su cuenta de Twiter que, la violencia de género “es un problema gravísimo (…) y es una manifestación más de la maldad”. Remató con el aserto de que: “si la mujer fuera más fuerte que el hombre, tal vez el problema fuera al revés”. Al día siguiente, en declaraciones a Aimar Bretos en la Cadena Ser, le traicionó el subconsciente, al considerar sensu contrario que la mujer es menos inteligente que el hombre: “si desde el principio quien hubiera tenido la sartén por el mango fuese la mujer porque es más fuerte, más inteligente, la que salía a cazar y el hombre se quedara con los niños, a lo mejor la maltratadora era la mujer”. Después, este probo funcionario, ha gastado horas e ingenio en los medios adoptando un sistema de defensa similar el que utilizan a diario los maltratadores: hacerse la víctima.

Es muy libre V.E. de criticar doctrinalmente la Ley de violencia de género. Yo tengo dudas, creo que razonables, respecto de si tener dos testículos o dos ovarios ha de implicar penas distintas por el mismo delito, siendo que se pueden aplicar agravantes como la fuerza, la posición social o moral, etc. Pero es una ley democrática que V.E. debe acatar como ciudadano y aplicarla como juez. Le recuerdo que no le cabe elevar recurso ante el Tribunal Constitucional porque este organismo la declaró conforme a nuestra Constitución y, si dentro de su competencia está aplicarla, solicite otro juzgado para no violentar su conciencia.

Si me permite, le diré que V.E, sigue en el mundo del blanco y el negro, del Ormuz y el Arimán, sin más matices que las cloacas del mundo, el demonio y la carne. A esa estrategia religiosa de santos varones, demonios y vírgenes, yo opongo la estrategia ética de la educación, la cultura, el progreso humano y social; incluso, si me apura, hasta el progreso económico porque nos hace mejores al satisfacer las necesidades básicas. Yo no era un niño malo cuando arrojaba gatos recién paridos a la laguna de los Terreros, por mandato superior o, cuando participaba, entre chanzas y alegrías, en la cruel matanza del cerdo. No era la maldad lo que me impelía a correr tras las niñas para, acosándolas y violentándolas, levantarles el vestido y  verles las bragas, ni cuando me metía con los más pequeños o, cuando llamaba nena o maricón al más desvalido. Era lo socialmente aceptable, como escopetear pájaros, cazar liebres o matar toros. Fue la educación y el progreso, la cultura y el estudio los que barrieron lejos de mí, y espero que de toda la sociedad, aquellos salvajismos. Una simple regla de tres aplicada a sus afirmaciones nos llevaría a la artera conclusión de que, en Estados Unidos los hombres de raza negra multiplican la maldad de los blancos por seis porque son seis veces más encarcelados, y la población pobre y analfabeta del mundo tendría una maldad ascendente, en progresión geométrica, respecto al resto de la población. Que hay gente mala y psicópatas, sin duda. También hay curas pederastas y bomberos pirómanos y jueces corruptos. Y los hay vagos que no leen ni estudian sobre el cerebro y el comportamiento humanos, materias sobre las que enjuician cada día. Si lo hicieran aprenderían que la educación y las pautas de igualdad y tolerancia, una vez que arraigan en la sociedad, son elementos mucho más fuertes que sus mágicas ideas religiosas sobre el bien y el mal. Yo, sin ir más lejos, ya no ahogo animales en lagunas, ni voy por ahí levantando las faldas a las señoras para verles las bragas.

Respecto al argumento de la fuerza superior del hombre sobre la mujer, a lo mejor V.E. me explica por qué a esos asesinos siempre le dan matarile a sus compañeras, pero no a sus madres o hermanas. En todo caso, si es por cuestión de fuerza, dejemos de gastar dinero en policías y jueces, exijamos a toda mujer antes de emparejarse un certificado de que posee el cinturón negro de Kárate en el grado 5 Dan.

Me malicio, sin embargo, que su estrategia es mover el nogal para recoger las nueces de la intransigencia. Son tiempos oscuros, donde cualquier excusa es buena para tildar de ideología los tímidos pasos de igualar en derechos y obligaciones a ambos sexos. Seguramente en la biblioteca de V.E. habrá profusión de manuales jurídicos, unas decenas de biblias y otros cuantos nuevos testamentos con pruebas de indecente manoseo, pero no encontraremos tratados de psicología, sociología, medicina forense, psiquiatría… Don Antonio afirma “no necesitar formación en violencia de género porque los jueces y fiscales ya la traen de casa”. Espero que su cirujano no piense lo mismo.

Empezó el calendario como siempre, con dos mujeres asesinadas por dos hombres. Fue al olor de su sangre que zumbó la moscarda de la ideología. Su estrategia imita a Numancia en lo militar y a Trento en lo religioso.

J. Carlos

Navidad 2016

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 Querido amigo:

En estos tiempos se suceden los prodigios, ruedan coches autónomos que te llevan y te traen mientras echas un sueño, hay impresoras que inyectan en tres dimensiones y lo mismo te fabrican un puente, una casa, o te cocinan un plato sofisticado. Se suceden maravillas como las de producir carne en el laboratorio a partir de células madre  para que te puedas comer un entrecot de buey a la piedra sin remordimientos y, cada día se descubren nuevas fórmulas para someter al ejército de enfermedades que nos acosan, de forma que siga perdiendo batallas y cediendo terreno. También se suceden otros portentos casi milagrosos, aunque resulten menos llamativos, si hace años Watson y Crick nos abrieron el libro de la vida para poder leerlo, ahora ya tenemos correctores y editores que utilizan un sistema de corta y pega, como una especie de Photoshop genómico, con el que editan genes del sistema inmune para que ataquen células tumorales, o corrigen los defectos de nuestro propio ADN y nos libran de enfermedades hereditarias.

Los prodigios no vienen solos, se les adhieren como lapas paradojas y contradicciones; así, al mismo tiempo que algunos cerebros andan a la busca y captura del primer fotón que parió el Universo hace más de trece mil millones de años, otros cerebros diseñan bombas que revienten el mayor número posible de cuerpos. Al tiempo que parte de la humanidad progresa adecuadamente hacia la obesidad, hay otra parte que anda a la busca y captura de un bocado que llevarse a la boca y mitigue, por un rato, el dolor del hambre. Mientras en las fronteras se entronizan muros con coronas de púas y cuchillas, los desheredados y los desahuciados de las guerras se embarcan hacia un suicidio probable en el cementerio de los mares.

Es asombroso comprobar que, usan toda la cacharrería electrónica con la que ya compartimos la vida, para hacernos un seguimiento exhaustivo de donde estamos, qué decimos, donde compramos, qué escribimos… Dejamos una traza de nuestro paso por el mundo tan gruesa que podría volver a recorrerse cada minuto de nuestra existencia. Hasta los productos que compramos llevan estampado un código de barras con su trazabilidad. Sin embargo, el dinero no es trazable, recorre el mundo de punta a rabo en un segundo sin identidad y sin pasado. Supongo que es muy fácil hacerle un seguimiento electrónico que acabaría con buena parte de las corruptelas,  los fraudes fiscales y la delincuencia de cuello blanco. No interesa, claro. A los animales de compañía se les inyecta un microchip bajo al piel, pero a las pistolas, obuses o bombas inteligentes no interesa tenerlas trazadas no vaya a ser que el arma que reventó a mis soldados haya salido de mis propias fábricas, además, si supiéramos por dónde ha pasado y desde dónde se disparó, sería un juego de niños averiguar quiénes tienen las manos manchadas de sangre.  Hoy, los émulos de Robespierre, Danton y Marat, no basarían su revolución social en rebanar cuellos con el filo de la guillotina, se limitarían a dotar de inteligencia al dinero y las armas para que cumplieran con la primera ley de la robótica de  Asimov:Ningún robot causará daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano resulte dañado.” Si el dinero cumpliera esta ley, el banco no podría desahuciarte, ni la compañía de la luz cortarte el suministro para que te quemes, en un descuido, a la luz de una vela.

Hace algo más de dos mil años, a la especie humana le pasó desapercibido el nacimiento de un tal Jesús, que luego sería un revolucionario para unos, un profeta para otros, incluso un verdadero dios para otros cuantos. En todo caso, un hombre excepcional  del que apenas queda traza histórica, cinco líneas que le dedica Flavio Josefo, una y media Cornelio Tácito; pero cuya obra, con el paso de los siglos y la inestimable ayuda de un tal Pablo, el mayor experto en márquetin de todos los tiempos, es considerada como un auténtico prodigio. Y, efectivamente, hizo con su vida y con su obra un portento, recordó al ser humano que tenía, entre los recovecos del cerebro, una facultad adormecida por la falta de uso, la empatía. Él la llamó amor al prójimo porque todavía no existía la Psicología que, mucho más tarde, puso nombre a los gozos y tormentos que se generan dentro de la cavidad craneal, incluso a los inexistentes. La doctrina del tal Jesús se resume en la capacidad afectiva de ponerse en lugar del otro, comprenderle, tolerarle, sentir con su dolor y compartir sus alegrías. Ser empático con el rico y el poderoso es tan fácil como respirar.  Lo difícil es ponerse en la piel del lisiado, o meterse en los ojos marchitos de un ciego. Lo difícil es compartir el zarpazo del hambre con los desposeídos, o sufrir con los que claman en vano justicia. Lo difícil es sentir con los que huyen de las guerras, el aliento de las bombas en el cogote, o meterse en el corazón del padre a quién han desventrado un hijo en Alepo o en Berlín. Lo difícil es levantarse contra la barbarie, contra toda barbarie, también la de las cuchillas que tajan extremidades, y las de los muros que se levantan con nuestro dinero y nuestra callada aquiescencia.

La empatía, hoy como entonces, duerme apaciblemente en algún recoveco del cerebro, arrullada por las portentosas condiciones de vida que disfrutamos. Las pantallas tienen la mala costumbre de proyectar imágenes escabrosas que no llegan a despertarla del sopor, son tan frecuentes que nos han curtido la piel y el estómago. Y es que el horror constante satura nuestros sentidos al igual que el olfato se satura y se insensibiliza cuando el olor es persistente.

Estas líneas se resumen en un deseo: Que la Navidad saque de la modorra nuestra empatía.

J. Carlos

22 de diciembre de 2016

Resonancias

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Somos unos maestros en hacer de la necesidad virtud. Necesitamos del constante ejercicio respiratorio para vivir y sobre esta lacra -piensa que es como abrir y cerrar un fuelle más de mil veces a la hora- hemos construido la mejor forma de comunicarnos, el habla. Cuando apretamos el fuelle de los pulmones para soltar el aire, pasa por la laringe y atraviesa las cuerdas vocales y, antes de expulsarlo por la cavidad bucal, con ejercicios estrambóticos de la lengua dientes y labios, articulamos las palabras. Estos golpes de voz son unas nuevas extremidades, como las manos, que pueden acariciar otros oídos con la cadencia de una canción o de un poema y, también, pueden dispararse como balas que penetran y rasgan los tejidos de otras almas. Cuando conseguimos transmitir esos sonidos guturales en forma de signos escritos sobre piedra, cera, papiro y papel, salió de nuestros órganos de resonancia (nariz, boca y laringe) y el lenguaje se expandió como un arma contra la ignorancia y la estupidez. Con la imprenta de Gütenberg nacería la prensa, y la voz de unos pocos encontró una caja de resonancia tan potente como la pólvora. Hace poco más de siglo y medio León Scott consiguió grabar el sonido, pero no reproducirlo. Veinte años más tarde Edison logró grabar la voz humana y reproducirla. De seguido vinieron la radio y la televisión que, en cuestión de resonancia de voces, adquirirían la potencia de la dinamita. Desde hace una década, esos sonidos extraños que, modulados, escupimos de nuestras entrañas o tecleamos con nuestras manos, pueden seguir fonando en el aire de las redes sociales como un eco persistente. El resultado es similar al de las guerras actuales, por un lado bombardea la prensa, radio y televisión como ejércitos de tierra, mar y aire; por otro, hay un creciente número de guerrilleros especializados en la guerra de guerrillas, y un sinfín de francotiradores. El resultado es que cada vez caen más civiles en esta guerra sucia del lenguaje. Ahí van unos ejemplos.

Hace unos meses me llegó una petición de Change.org para que despidieran de un colegio a un maestro que, al parecer, había escrito palabras gruesas contra la familia de un torero que acababa de morir en el lance. Lo consideré una auténtica ordalía, un linchamiento. Me pareció el mismo modo de justicia que el que perpetraba la Santa Inquisición. Era una forma de ciscarse en los principios más básicos del ordenamiento jurídico, una vuelta a la Ley del Talión con la venganza como único principio. No me atreví a decirle al amigo a través del cual me llegó la petición, puesto que él había tenido responsabilidades en banca, qué le hubiera parecido que le practicaran el mismo tipo de auto de fe por las preferentes o las hipotecas “subprime” que le obligaron a vender. Hace siglos nos dotamos de un sistema de justicia, precisamente, para evitar las tropelías que se perpetraban en nombre de la religión o del Rey. No he vuelto a firmar más peticiones de Change.org por muy razonables que parezcan, si la organización no se respeta a sí misma permitiendo estas barbaridades, yo no voy a respetarla. Hace unas semanas, otro auto de fe contra el director de cine Fernando Trueba solicitaba a los usuarios de redes, el boicot a su película “La reina de España” por unas manifestaciones irónicas, seguramente desafortunadas. Antes del estreno se inició un juicio sumarísimo por aquellos que consideran que la patria es un trapo bicolor, tal vez los mismos que consideran muy español que los huesos de los padres o abuelos de otros españoles sigan “descansando” en cunetas, por no reabrir viejas heridas. Las suyas, claro. Que los otros las tengan abiertas les importa un comino. Cada cual es muy libre de ejercer su derecho a ver o dejar de ver según qué películas, y de decir o expresar su opinión contraria a las manifestaciones o posiciones de otras personas, faltaría más. Lo que no es de recibo es escudarse en el rebaño para ejercer una justicia divina (el Juicio de Dios) boicoteando una película, que mutatis mutandi sería como exponer al linchado en el Rollo de la localidad o colgado de la Picota. Hace unos días, también se desató la furia contra el anuncio de la lotería en televisión, porque el personaje de “Carmina” no era del agrado de las asociaciones de pensionistas. Se conoce que estaban disconformes “por la falta de sensibilidad hacia la figura del mayor con algún tipo de deterioro cognitivo”. ¿Nadie les explicó que se trata de ficción, de un simple anuncio publicitario? Demostraron los portavoces de estas asociaciones, y las muchedumbres en las redes que les secundaron, que tenían un cierto parecido con el personaje, al menos en lo del deterioro cognitivo. A este paso pronto veremos a los delincuentes y prostitutas lanzando “soflamas” contra el maltrato que le dan en el cine y la literatura. Después se levantarán en armas los tenderos y los fontaneros y los bomberos y todos los eros. Hoy mismo andan las redes desatadas y furibundas contra un cartel publicitario que cubre la fachada de un edificio de la Puerta del Sol de Madrid. Publicita una serie del célebre narcotraficante Pablo Escobar. Juega, a mi juicio, “ingeniosamente” con el lema de blanca Navidad. La coartada  de los inquisidores para solicitar su retirada es que, incita al consumo de droga, y zahiere la sensibilidad de las familias que sufren esa cruz. En fin, que de aquí a poco pedirán que las muchedumbres se alcen contra las nevadas y se excluyan toda la gama de blancos del código pantone.

No sólo se condena a cualquiera con la vileza y la ignorancia del rebaño sin los mínimos derechos de instrucción, defensa, juicio probatorio y sentencia, es que están poniendo en la picota la literatura, el cine y todas las bellas artes. Me malicio que, la resonancia de las redes han sacado de los bares a los aprendices de ayatolá, curas frustrados, jueces fracasados y demás ralea que peroraba sus inquinas y sus fobias beodas ante su parroquia o, las más de las veces, ante el camarero que asistía a la liturgia con cara amustiada y porque le va en el sueldo.

J.Carlos

Perspectiva II

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Para romper el plano la pintura inventó la perspectiva, de forma que las líneas paralelas dejaron de serlo y, si las prolongabas, terminaban convergiendo en un punto de fuga. Nuestros ojos tienen una visión estereoscópica, pero el cerebro la pone en perspectiva. Si van a chutar un penalti contra la portería de tu equipo la verás más grande, incluso el portero habrá menguado unos centímetros. Y al revés, cuando los delanteros de tu equipo están cerca de la meta contraria, los postes parece que se han juntado y el larguero ha perdido altura. Así que aunque tengamos unos ojos perfectos el cerebro modula la visión con su particular perspectiva. Hay muchas teorías al respecto. Una de ellas explica que se trata de un mecanismo de defensa de forma que, ante el inminente ataque de un león, lo veamos de mayor tamaño para incitar a las glándulas suprarrenales que suelten adrenalina a chorro y  que el corazón bombee sangre a tutiplén. Lo del mecanismo de defensa es muy socorrido, hay quien lo utiliza hasta para explicar que veamos de mayor tamaño a la luna y el sol en la línea del horizonte.

No acaba de convencerme el argumento de que el cuerpo se engañe a sí mismo para pegarse un susto y reaccionar. Aunque cosas más raras se han visto. Además el fenómeno de la perspectiva es polivalente, no sólo ocurre con el enemigo, se repite en otras circunstancias. Es enamorarte y la chica que hasta ayer era del montón de pronto es más esbelta, más guapa y más inteligente. A cualquier mindundi le cosen unos galones en las hombreras, le calzan una mitra episcopal o lo sacan tres veces en televisión y crece ante nuestros ojos. Ya no te digo si es el mandamás de una multinacional o, simplemente, es famoso o rico. La publicidad que, junto con el humor, es una de las industrias más ingeniosas, vive de venderte puntos de fuga para que, en perspectiva, parezcas más grande, despiertes más interés y, en suma, resultes más querible.

Hay otra derivada más amarga de estas ilusiones ópticas que crea nuestro cerebro, es la  que se produce con las ideologías y las creencias. Cualquier teoría, evidencia, o simple manifestación contra las mismas es visto como un anatema. Ni siquiera se analiza, se desecha, no vaya a ser que me convenza y arruine mis sentimientos. Y ahí está el quid, el cerebro antepone la óptica de las emociones y los sentimientos al caudal de impulsos que recibe del nervio óptico, por eso vemos “en perspectiva”. A veces este fenómeno produce miopías de tal calado que, una frase o una decisión de uno de los nuestros son jaleadas hasta el paroxismo; pero dicha o tomada, poco después, por uno de los suyos son poco menos que un delito de lesa patria. Supongo que es imposible borrar la perspectiva que nos impone el cerebro, pero hay formas de añadir distintos puntos de fuga que vayan asemejando la imagen que vemos a la realidad. Viajar, leer, estudiar, adentrarse en la ciencia…

Hace unos cinco años, en Plasencia, un gran escritor, Gonzalo Hidalgo Bayal nos recomendó leer, entre otros, a Fernando Aramburu. Sólo le había leído “Bambi sin sombra” y un libro de cuentos “El vigilante del fiordo”. En esta semana pespunteada de fiestas, le he leído “Patria”. Te la recomiendo porque se aprende mucho sobre las ideologías y sus perversas perspectivas, además te regala un montón de puntos de fuga, con un lenguaje preciso, minucioso y unos diálogos expresivos. Ojalá que otros analicen fuera ya de la perspectiva real de las balas, quién movía el árbol, quién cogía las nueces y quién moralmente sigue sin poder mirarse a la cara. Y te la recomiendo porque es una gran novela, y cuando se tiene ocasión de comulgar con el pan de la Literatura, todos los días parecen domingo.

J.Carlos