La Dictadura del griterío

Algunas buenas gentes, ignorantes del alfabeto de la naturaleza humana, pronosticaron que íbamos a salir mejores de esta pandemia. Me resulta enternecedor, por ingenuo, ese tipo de pensamiento mágico en el que una desgracia compartida, por obra del birlibirloque, va a producir un salto en la evolución que ha costado millones de años. De pronto íbamos a ser todos angelicales. Ilusos. Y todo porque presos en nuestra propia casa y en estado de pánico, adquirimos la costumbre, importada desde Italia, de aplaudir a los sanitarios a las ocho de tarde. Chocábamos las palmas y rendíamos cortesía a los únicos que podían salvarnos el culo como el perro mueve la cola ante quien le da de comer. Aquello duró lo que tardó en difuminarse el miedo cerval que nos atenazaba y encontrar un culpable de nuestras desdichas al que colgarle el sambenito. Los aplausos se tornaron en caceroladas.

Repetimos las mismas ordalías medievales, afortunadamente ahora incruentas, donde la plaza del pueblo con su patíbulo es sustituida por pantallas que alumbran en tu propia mano o en el salón de tu casa. Los inquisidores oficiantes en vez de curas y frailes ahora son políticos de todo pelaje, tertulianos, opinadores, spin doctors y tuiteros. El personal sigue el espectáculo mirando el cristal líquido y chillando en las redes con el mismo fervor enardecido con que exigía que rodaran cabezas y las ensartaran en las picotas. Bienvenido a la Dictadura del griterío donde se impone la certeza frente a la duda y el eructo mental frente al argumento científico. Hasta los médicos, vacunólogos, anestesiólogos, inmunólogos y demás ólogos les pones una cámara de televisión y caen rendidos a su erótica como el macho ante la mantis religiosa. Les oigo, entre atónito y asustado, excretar su opinión con la rotundidad de un imán en la mezquita y negar la posición contraria como el hooligan niega el penalti contra su equipo. He asistido a la desaparición de las pantallas de científicos que exponían dudas razonables, analizaban con cautela los pequeños detalles donde está la esencia de las cosas y, con humildad, decían que no opinaban por carecer de conocimientos suficientes o por falta de estudios concretos sobre el particular.

El circo mediático necesita ruido  y certezas. En España tienen el terreno abonado, ya dice el proverbio: Tres españoles, cuatro opiniones. Hay programas que me recuerdan al fontanero cuando viene a casa que siempre pone a caldo al que hizo la chapuza anterior. Va en el precio. Por eso tenemos unos medios de barra de bar. Es la cultura del Low cost, o como me gusta llamarla, la cultura Primark de usar y tirar cuya ropa es muy barata pero tan mala que no aguanta un lavado. Cinco tertulianos cuestan mil veces menos que un episodio de una serie o una hora de entretenimiento y música; sin embargo, cuestan más que un buen programa cultural, pero en este tiempo donde la ignorancia es un valor social no lo vería ni el Tato. Lo del valor social de la ignorancia lo explica Andrea Marcolongo en “Etimología para sobrevivir al caos”. El estudio y el conocimiento cotizan a la baja como los chicharros en Bolsa, la sensatez y el sentido común han dejado de ser signo de distinción y yacen en las escombreras de la historia. El ascensor social y el glamur están en la estulticia, la chabacanería y la simpleza gritona.

¿Cómo hemos llegado a esta Dictadura del griterío? Fomentando la ignorancia. Llevamos dos o tres décadas penalizando el esfuerzo y la disciplina.  Otras tantas aplicando en la educación, con ahínco, la cultura Primark con el resultado de una drástica caída del nivel cultural y un abaratamiento del lenguaje para manipularlo mejor. De resultas se ha activado el efecto Dunning-Kruger, relacionado con el sesgo cognitivo de superioridad ilusoria, según el cual los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su habilidad y autoestima, mientras que los individuos altamente competentes tienden a subestimarse. En suma, cuanto más zopenco más le abulta el ego y más se excitan sus cuerdas vocales. Su máxima: ¡Viva la ignorancia! y ¡arriba el griterío! porque yo lo valgo.

J. Carlos

El puzle

Conocí a Lara en casa de los abuelos. Mamá se había ido unos días antes con la barriga hinchada a la capital para que se la sacaran de las entrañas. Se acuclilló y me enseñó una carita arrugada y un bracito más pequeño que el de las muñecas. A los días, ya en casa, su piel se puso tersa y rosada y le asomaban unas pocas hebras de pelo del color del maíz en la cabeza. Me dejaban meter mi dedo índice en su manita y ella lo abarcaba todo con sus dedos y apretaba. Crecía muy deprisa. Le dije a mamá que en unos meses Lara sería más grande que yo y se echó a reír. Ya hacía muecas con la boca y fruncía los labios si le hacías carantoñas. Mientras mamá se dedicaba a las labores de la casa yo la cuidaba en su nido. Me gustaba contemplar con qué placidez dormía y cómo se estremecía, a veces, en sueños. Si se despertaba le enseñaba a jugar con mis cosas pero enseguida se echaba a llorar porque tenía hambre o frío y sólo mamá tenía la magia de calmarla.

Un día la saqué de su cuna y la metí en el baúl de madera donde guardaba mis juguetes, cerré la tapa para que nada la distrajera, se echó a llorar y me senté encima para que mamá no oyera su llanto. Cuando llegó mamá se descompuso, me apartó del baúl, sacó a Lara y le soplo en la boca. Papá volvió del trabajo antes de tiempo. Me hizo bajar los pantalones, se quitó el cinturón y lo hizo restallar en mis nalgas hasta que mamá llorando se interpuso entre los dos. Después me arrastró hasta el coche, cogió el baúl con todos mis juguetes dentro y condujo hasta el puente. Llovía. Frenó, bajamos y me colocó ante un vano del pretil del puente para que mirara las aguas revueltas del río. Sacó del maletero el baúl y lo arrojó al vacío. Fosforeció un relámpago iluminando las guarniciones de metal que se llevaba la corriente. Estalló el trueno por encima de nosotros, el puente vibró, trastabillé y quedé tendido en la acera temblando. Volvimos a casa. Mamá me secó, me cambió de ropa, me habló, me cantó pero no consiguió que saliera una palabra de mi boca. Creo que estuve varios días en cama sudando y temblando. El médico me puso varias inyecciones pero no consiguió que volviera hablar. Tampoco lo consiguieron, después, ni el logopeda ni el psicólogo. Empezaban las sesiones sujetándome la lengua con un palito de helado y me alumbraban la garganta con una linterna, después me hacían mover la lengua como si les hiciera burla. Una vez me dejaron jugar con el mismo puzle de una casa con chimenea y arbolito que papá había tirado al río con el baúl. Lo monté enseguida. Desde entonces mamá me compraba puzles de dinosaurios, de aves, de superhéroes y de coches con las piezas cada vez más pequeñas. Me hacía componerlos delante del doctor para que este exclamase: es muy inteligente para su edad, su hijo tiene un cerebro privilegiado. Mamá suspiraba satisfecha. Hace unos meses me llevó con ella al estudio fotográfico para que le ampliaran la foto que nos hicieron a los cuatro, cuando Lara cumplió los seis meses. La imprimieron en papel de lino. Después la llevamos a una imprenta donde le pegaron papel cartón, la troquelaron y sacaron mil piezas. Me costó dos días montarla. Mamá la enmarcó y la colgó en mi cuarto.

Desde que sucedió la tormenta papá llega a casa después de que se enciendan las farolas en la calle, se pone vino en la copa y se enfada con mamá. También se enfada conmigo. Me chilla como si fuera sordo y, como no hablo, se desabrocha el cinturón y, según le dé, lo agarra por la hebilla o por el final de la correa. Mamá me da friegas de alcohol y se acurruca conmigo por las noches. Un día llegó a casa cuando ya estaba dormido, vino a buscarme a mi cama, mamá se lo impedía, le dio un empujón y le tiró la copa a la cara. Hubo suerte porque mamá cayó al suelo y el vaso impactó sobre la foto del puzle. La manchó toda de vino y quedaron machacadas las piezas que forman el pecho izquierdo de mamá. Esa noche hubo revuelo en casa, vino el médico y una ambulancia. Los abuelos se quedaron a dormir en casa. A la mañana me dijo el abuelo que mamá estaba en el hospital malita del corazón. Le pedí que descolgara el cuadro. Me ayudó a lavarlo de las manchas de vino y desprendió las piezas magulladas con una navajita minúscula que tenía las cachas de lapislázuli. Nos llevó toda la tarde limpiarlas y recomponerlas con vapor de agua. El abuelo me dijo que como habíamos curado las piezas del pecho de mamá pronto su corazón se restablecería y volvería a casa. Volvió una semana después, más pálida. Me dio un abrazo de los que te quedan sin respiración y me regaló una caja alargada de cartón rojo que contenía, envuelto en papel de seda, un xilofón. Era más grande y sonaba mejor que el del primo Carlos. Le devolví el abrazo, esta vez no me importó que se me cortara la respiración, y le dije que el abuelo también me había regalado la navajita con la que habíamos curado su corazón. Se la enseñé. Papá me la quitó de las manos y se la guardó en el bolsillo de su chaqueta, dijo que no era regalo para un niño. Más tarde, en mi cuarto, puse una silla delante del cuadro. No llegaba. Alce el taburete sobre la silla. Me subí al taburete y, con el martillo del xilofón, machaqué la sien de la foto de papá, donde el pelo espeso y negro disimulaba el estropicio.

Todos los domingos papá se iba con sus amigotes de caza en el caballo del abuelo. Tenían la costumbre de pasar por casa donde mamá les ofrecía una copa sin bajarse de las monturas. A mí me hacían madrugar para la ceremonia de despedir a papá. Fuera de casa era otra persona, nos miraba cariñoso lanzando besos al aire y se volvía varias veces a decir adiós desde la cabalgadura. Mientras papá metía en las alforjas el almuerzo que le había preparado mamá y los demás charlaban, sin apearse, con la copa en la mano, me escabullí y fui al armario de mis padres. Enseguida di con la chaqueta de ante de papá y saqué del bolsillo izquierdo la navajita que me había regalado el abuelo. Abrí la hoja, y volví corriendo con la empuñadura en el puño derecho y la hoja disimulada en el puño izquierdo. Me acerqué por detrás hasta el caballo del abuelo que ya montaba papá. Mis ojos quedaban a la altura del corvejón de la pata trasera del caballo, alcé las manos y le di un picotazo en la cara interna del muslo. El caballo resopló y se encabritó. Mientras todos miraban al animal puesto de manos, cerré la hoja de la navaja y me la guardé en el bolsillo. Mamá corrió espantada hacia mí para librarme de sus patas. Papá, entretanto, caía a plomo y su sien  se estrelló contra el pomo dorado de la barandilla de la escalera de entrada.

La noche del día que enterramos a papá mamá vino como siempre a mi habitación a acostarme, contarme un cuento y desearme buenas noches. Fue entonces que hablé por primera vez desde el día de la tormenta. Le dije: buenas noches mamá. Me abrazó fuerte hasta dejarme sin respiración mientras lloraba y se reía a la vez. Nunca había vista a nadie hacer las dos cosas al mismo tiempo.

J. Carlos

La ley del péndulo

             Quien impera impone su relato. De EEUU nos llegan relatos toscos como el de Trump y relatos un poco más elaborados como el de la cultura de la cancelación. Todos ellos terminan permeando en las colonias en sucesivas oleadas. Quiero decir que aunque allí el relato se quede obsoleto porque el cacareo trumpista está demodé, aquí sigue en la lista de los más vendidos en el día del libro. Ahí tienes a un partido que llama niños a los fetos españoles y violadores a los niños negros que llegaron en pateras. A los relatos toscos se le ven pronto las costuras y terminan naufragando en su rancia gramática. Los más elaborados perduran en el tiempo aunque la física del movimiento armónico del péndulo los elevará hacia su punto máximo, después bajará para alcanzar el momento de equilibrio y seguirá, inexorable, hacia el extremo opuesto en que otro relato antitético se impondrá. Entre tesis y antítesis van sintetizando los valores y progresa la sociedad. El momento incómodo es cuando el péndulo está en su punto más álgido porque el odio puede desencadenar la guerra. A veces ni somos conscientes del peligro que nos acecha: cuando cayeron las bombas nucleares americanas en Palomares, ignorábamos que varios bombarderos B52 surcaban el globo terráqueo 24 horas al día, cargados con armamento nuclear, para responder a Rusia si era atacado suelo americano. La operación se llamaba Destrucción Mutua Asegurada. El título es un cuento mucho más escueto que el del dinosaurio de Monterroso y, desde luego, mucho más terrorífico.

            La cancelación consiste en una suerte de justicia colectiva para colgarle el sambenito a una persona o institución y aislarla social, económica y financieramente sin juicio contradictorio, sin derecho a la defensa y, las más de las veces, sin pruebas. Nos parece nuevo pero ya lo escribió Esquilo en Los persas, Cervantes en Numancia y Lope de Vega en Fuenteovejuna. Y lo sufrió, como nos ilustra Nieves Concostrina, Isidoro Gutiérrez, gobernador civil de Burgos, que fue linchado en la catedral de esa ciudad por una turbamulta alentada por el arzobispo y el clero, cuando se disponía a hacer inventario de los bienes en cumplimiento de un decreto del Ministerio de Fomento para la incautación de objetos de ciencia, arte o literatura. Muchas veces me pregunto sobre mi reacción si hubiera estado entre la multitud que asesinó y desorejó al gobernador, o cómo me habría comportado con mis vecinos judíos en la Alemania nazi o, si hubiera tenido las agallas de Julián Fuster Ribó, cirujano español y comunista que fue prisionero torturado en el Gulag ruso, vivió la rebelión y matanza del campo de Kergin y sobrevivió con su ética y bonhomía intactas, tal como nos lo narra Luiza Iordache Cârstea en Cartas desde el Gulag. Me contesto lo de siempre: ojalá que el destino no me ponga en esa tesitura porque no soy un héroe. Seguramente me dejaría arrastrar por el instinto gregario y acallaría la conciencia, que es tan dúctil como la plastilina, con todo tipo de justificaciones éticas y morales. La conciencia como el papel lo aguanta todo.

            Te confieso que me da miedo este puritanismo de los conversos. Los mismos que masacraron a los indios y esclavizaron a los negros ahora pretenden censurar, cuando no cercenar, libros, películas y otras obras de arte por lo que exponen o porque entienden que quienes la crearon no cumplen con las exigencias de su elevada moral actual. Leeré a Celine, veré las películas de Woody Allen, buscaré la biografía de Philip Roth aunque su biógrafo Blake Baylei haya sido acusado –que no condenado- por varias mujeres y sus editores hayan retirado su obra de las librerías… Para colmo de este fanatismo inquisitorial que nos retrotrae al Medievo, resulta que a los traductores al neerlandés y al catalán de la poeta Amanda Gorman los han vetado porque “para captar los matices de sus versos hay que ser negra”. Son tan estúpidos que están excluyendo a todos los lectores blancos porque tampoco captaríamos esos matices.  

             Como digo, todos los relatos del imperio nos llegan más pronto que tarde en sucesivas oleadas. Ya nos ha llegado la cultura de la cancelación a la política: al adversario se le cosifica llamándole rata o se le imputan delitos acusándole de criminal, los pobres de las colas del hambre son mantenidos, los niños llegados solos en pateras son violadores, las víctimas de amenazas de muerte se las inventan como estrategia publicitaria, los reos de sedición son presos políticos, a los rebeldes de la justicia se les otorga el mismo rango de exiliados que ostenta Machado… Cuánto tardarán, me pregunto, en cancelarnos a los jubilados otorgándonos la categoría de mantenidos.

             Las redes sociales son hoy los púlpitos donde antaño azuzaban los arzobispos a la turbamulta. También están avezados en esta vieja cultura del linchamiento los medios de comunicación, un buen ejemplo lo tienes en Tele 5. Durante veinte años canceló a Rocío Carrasco por mala madre y ahora, en un giro de guión, la santifica y la sube a los altares como mártir de malos tratos. Para cuadrar el drama ha cancelado a un tal Antonio David Flores, ex guardia civil condenado por malversación y ex marido de Rocío, a quien los directivos de la cadena le dieron de comer durante veinte años con tal de que maltratara de palabra en los platós a la hoy santificada. Y como la banca, siempre gana, da igual que el activo se llame Rocío o David o Isabel. Bien sabe Vasile que la audiencia seguirá las ordalías que ejecuten Jorge Javier Vázquez o Ana Rosa Quintana y, que la turbamulta escupirá indignada a quien le cuelguen el sambenito.

             No me da miedo el hombre ni el escorpión, lo que me da miedo es la naturaleza de ambos animales. Si un hombre, un grupo político, religioso, mediático, financiero consigue un poder superior lo utilizará en contra de los demás, está en su naturaleza como está en la del escorpión picarte. Por eso me fío más de las instituciones que surgieron cuando comprendimos que era más eficaz aplacar nuestra naturaleza depredadora y cooperar entre nosotros. Lo difícil es diseñar una arquitectura institucional con un sistema de contrapoderes que distribuya adecuadamente sus pesos. Entretanto confiemos en la física: cuando la cháchara estúpida y los linchamientos amainen en los medios y en las redes, por la ley del péndulo, tendrán más cabida la ciencia, la universidad y el arte. O eso espero.

J. Carlos

Preguntas

       

Son las ocho, vuelvo a casa,

vengo de coser la rutina diaria.

El cielo me mira con un ojo de luna llena.

¿Qué descubrirá cuando me vea?

¿Descubrirá la rueca del hastío

que me llevé por la mañana

para tejer las horas?

¿Descubrirá el encaje de bolillos

con que tapo mis miserias

para que no lo parezcan?

¿Descubrirá el hilo de seda

que me traigo cada noche

para ensartar los sueños?

¿Descubrirá la aguja de ganchillo

que llevo siempre conmigo

para bordar estos versos?

Descubrirá que por la noche no duermo,

he de zurcir los jirones del alma

para poder vestirla mañana.

J. Carlos

Transiciones

            La transición de cada día del mundo onírico al mundo real es traumática. Me refiero a ese instante en que te arranca la conciencia de ser tú mismo y te da pánico ser y te cansa la pesada carga de la supervivencia. La mente despierta con nubarrones como telarañas cuajados de miedos, pesares, quehaceres y problemas. Cada cual los disipa como puede: meditación, ducha urgente con agua helada, café cargado para espabilar la adrenalina, un par de jaculatorias, la ternura de un beso, una tabla de gimnasia… Recuerdo de muy niño que mi madre, harta de que hiciera caso omiso a sus requerimientos para levantarme de la cama, abría los ventanillos de madera para que entrara el sol, después me arrebataba la ropa de la cama y, por fin, abría las dos hojas de la ventana a la gélida intemperie. Un día, cansado de aferrarme con ambos puños al filo de la sábana y perder siempre la batalla, le pregunté: madre, ¿cuándo se acaban los días? Coincidió que pasaba por la calle el señor José Manuel que escuchó mi pregunta, la propaló en las herrerías del pueblo como si fuese una falta o un delito y pasé la niñez escuchando con retintín, casi como un mote, aquella frasecita.  Desde entonces cuando los párpados vencen la pesantez y se abren, me tiro de la cama como un resorte.

Te confieso que nunca he entendido por qué nos apagamos cada noche con esa mansedumbre de lo inevitable. Dicen los neurólogos que el cerebro necesita restaurarse como si la conciencia fuera un veneno que lo desajusta o un amante fogoso que lo deja hecho unos zorros. Pienso que la naturaleza nos preserva y cada noche nos divorcia de nosotros mismos para aliviarnos la carga. Volviendo a la transición, a ese momento raro en que te enciendes y recuerdas, vagamente, escenas fantasmagóricas que tú has protagonizado en sueños donde no se cumplen las leyes de la física y los sentidos están faltos de viveza como en una película difuminada por una tenue neblina. Las más de las veces son pesadillas que reavivan tus miedos: asignaturas que nos has aprobado, exámenes sorpresas que no estudiaste, trabajo que no sabes cómo abordar o del que te van a despedir, mujeres que te dejaron y te vuelven a dejar, caídas a pozos, depredadores que te persiguen y no puedes huir porque tienes los músculos paralizados, pérdidas lejanas que no han envejecido, también pérdidas recientes. Te confieso que, a veces, volver al mundo real y abrir los párpados es una bendición; los sueños pueden ser muy crueles porque gustan de ensañarse, con alevosía y nocturnidad, con tus miedos propios y los heredados por la especie.

Cada día, para reiniciarme, subo a El Retiro y, en abril, contemplo desde la plaza del Ángel Caído las dos hileras de castaños de Indias que flanquean el paseo hasta la fuente de la Alcachofa, en la linde con el estanque grande. El paseo se comba como una catenaria y cuando despunta el sol de soslayo, su luz tenue recién nacida atraviesa la celosía de las hojas y enciende los conos de flores blancas que nacen erectos de sus ramas como farolillos de fiesta.  Hay días que no hay ni un alma, sólo un rumor lejano de ciudad que despierta y, si sopla un poco el viento y el sol está naciendo, los racimos de flores titilan con una fluorescencia como de lava incandescente. Entonces piensas que, si se te hubieran acabado los días, te hubieras perdido este carrusel de belleza que te produce un escalofrío de placer y te borra de un plumazo las  pesadillas y las preocupaciones. Y así, reiniciado, sigo el paseo pisando charcos de luz, viendo mi sombra que se alarga hacia el oeste remontando setos, surcando hierba, recortándose en los troncos de los plátanos. A la orilla del estanque, viendo mi reflejo temblar en el agua, le pido a los hados que no se me acaben los días, que haya un mañana y otro abril y otros años, aunque sólo sea para volver a ver titilar las panículas de flores de los castaños a la luz de la amanecida.

J. Carlos

Sensaciones

No me quedan recuerdos de mis tres primeros años de vida, así que ignoro si en mi cerebro nacían pensamientos. De aquella etapa sólo me quedan sensaciones vagas, como la de que mis padres tendían el mundo para mí cada mañana y por la noche lo recogían y lo guardaban en algún armario secreto. No sabía con qué magia aparecían las sábanas tibias y la ventana y el cacho de sol que encendía las baldosas azules y todo lo demás, pero allí estaban cuando abría los ojos cada mañana. Admiraba a mis padres porque debía ser muy trabajoso extender todo aquello solo para mí y tener dispuesta la cocina cuando entrábamos en ella, el corral con las gallinas, las calles llenas de casas apretujadas, o los campos verdes que se extendían más allá de donde me alcanzaba la vista. A veces, giraba la cabeza de improviso por ver si les pillaba quitando el decorado a mi espalda. Nunca fui demasiado rápido. Que en todo aquel atrezo hubiese gente no me parecía tan mágico, eran marionetas, lo constaté una noche que me puse muy enfermo, abrí los ojos y descubrí que, mientras dormía, guardaban en mi habitación las marionetas de los abuelos, los tíos y también la del médico.

J. Carlos

El mundo gaseoso

Ahí fuera hay un mundo real, sólido, donde la gente trabaja, piensa, está ociosa, conversa, canta, enseña, pinta, ama y vive intercambiando servicios y cuidados mutuos en una organización complejísima y con una eficacia antes nunca lograda por la especie. Ahí fuera el personal es amable, te cede el paso, cumple las normas sanitarias, las de tráfico, las fiscales, salvan vidas en hospitales y donde las instituciones no llegan hay personas que dan de comer al hambriento. Ahí fuera recomponen mentes desmadejadas y corazones rotos y crean vacunas en un santiamén que salvan a millones de congéneres. Ayer mismo descubrieron una posible nueva partícula elemental que daría una explicación más aproximada del universo que habitamos.

Sin embargo, si sigues el acontecer del mundo real por los espejos deformantes de los medios informativos o las redes, constatarás que esto es un desastre del que solo se salvan el informante que es un dechado de saberes y tú que eres listo por leerle o seguirle. Por eso, cuando me acerco a un informativo a un periódico  a una tuitería o similar me parece estar viviendo el día de la marmota. Repiten una y otra vez, al estilo Vasile (Tele 5), el mismo mantra grosero y lisérgico donde los peores instintos y bajezas humanas se regurgitan y se rumian ante la mirada bovina del respetable. Lo real, lo sólido no vende. Por eso las primeras planas son gaseosas, las copan el analfabetismo funcional de Miguel Bosé y Victoria Abril y en un suelto, una vez al año, en página impar, cabe toda la sabiduría de Luis Enjuanes, por poner un ejemplo. Los dramas de Meghan Markle y Rocío Carrasco ocupan horas, días, semanas, meses en sus páginas y sus teles mientras las colas del hambre o la inmigración son piezas de relleno, por poner otro ejemplo. Las ayusadas de la muñeca que maneja el ventrílocuo Miguel Ángel Rodríguez en Madrid abren telediarios y suman votos a tutiplén, por añadir un ejemplo más. Y es que la posibilidad de que el mundo sólido y real tenga un reflejo fidedigno en su mundo gaseoso tiende a cero. En las redes es peor porque nacieron con el pecado original del anonimato, y abunda el espécimen que pide que le sujeten el cubata para arreglar el mundo en un tuit de cien caracteres, sin sujeto ni predicado. Lo único loable es que, aunque no te libras de sus epítetos, insultos y descalificaciones, evitas la tufarada de alcohol de su aliento y la estridencia de su voz aguardentosa.

Recuerdo que, allá por el 2001, acudí a la representación de La cena de los idiotas de Francis Veber, en el Teatro Infanta Isabel, desde entonces albergo la certeza de que, tanto Vasile como Zuckerberg, Dorsey y demás magnates de los medios, cuando nos congregan a sus cenáculos informativos nos toman por idiotas.

J. Carlos

El cine

El cine llegó una tarde de verano a la plaza del pueblo, vino en una furgoneta destartalada de la que bajaron una máquina que se llamaba proyector, y unas latas de latón donde se guardaban las bobinas de celuloide. A la noche mi padre me llevó de la mano a la panera donde se proyectaba la película sobre una sábana blanca. Estábamos al fondo y la gente delante se apelotonaba de a pie. El señor Felipe, un hombretón más alto que mi padre, me subió a hombros y desde allí vi el prodigio de un nuevo mundo que nacía en la superficie de la sábana y se extendía tras ella, hasta el infinito. Recuerdo que esa noche soñé que me había metido en el mundo de la película, vivía encerrado en el celuloide y viajaba de pueblo en pueblo dentro de una caja de latón. Mis padres me buscaban en la orilla de las lagunas y se asomaban, gritando mi nombre, a los brocales de los pozos.

Dos o tres años más tarde volvió el cine en la misma furgoneta, más ajada y sucia. Entonces vimos montar aquellas bobinas en la máquina y miramos al trasluz los fotogramas troquelados. Un operario nos explicó que el cerebro nos engañaba porque retiene unas milésimas de segundo cada imagen y al pasar 24 fotogramas por segundo se crea la ilusión del movimiento. Mirad esa nube –dijo- y cerrad los párpados para comprobarlo. Yo miré al sol y lo tuve dentro de los ojos toda la tarde. Esa noche, durante la proyección, abrí y cerré los párpados lo más rápido que pude para fijar un solo fotograma. No lo conseguí, pero se me quedó hospedada la idea de que era una ilusión ver las cosas como un suceso continuo, pensé que el mundo, como el cine, iba a 24 fotogramas por segundo. Cada tanto parpadeaba rápido en la calle, en la escuela y en las eras para parar el mundo y congelarlo en un solo fotograma. Mi madre creyendo que era un tic nervioso llamó a Don Javier, el médico. Me auscultó, sujetó mi lengua con el mango de un tenedor para mirar mi garganta y me hizo unas preguntas. Le dije la verdad. Le dio un ataque de risa.

Tuve que hacer la primera comunión para parar el mundo. Unos días antes fuimos a la capital en el autobús de línea, mamá llevaba en el regazo, envuelto en papel de seda rosa, el traje blanco de marinero herencia de mi hermano. En el estudio fotográfico me lo puse con mucho cuidado para no arrugarlo. Después de la sesión lo dobló con primor y lo volvió a guardar en el papel de seda. A la semana llegaron las fotos en un sobre duro. A mamá le parecieron caras, a papá estupendas, a mí se me hizo raro verme fosilizado en blanco y negro. Antes de devolverlas al papel cebolla en que venían envueltas caí en la cuenta de que la máquina de aquel fotógrafo parpadeaba más rápido que yo. Así que ya habían inventado una manera de parar el mundo.

Muchos años después habría de acordarme de aquella tarde en que llegó el cine a mi pueblo y de aquella otra en que intuí que el mundo iba a 24 fotogramas por segundo y que si parpadeaba tan rápido como una máquina fotográfica podía parar el mundo. Sucedió en el colegio, cuando el padre Eloy nos explicó que la energía no fluía continuamente sino que iba a saltos, en paquetes o cuantos, y que los electrones saltaban de una órbita a otra sin pasar por ningún camino intermedio. Imaginad –concluyó- que el espacio tiempo fuera una tela compacta pero vista al microscopio está llena de huecos entre los hilos. El empollón levantó la mano para manifestar que aquello resultaba antiintuitivo porque si la luna cambia de órbita tenía que seguir una trayectoria entre ambas. Se quedó tan ufano. El padre Eloy se encogió de hombros. Los demás guardamos silencio. Cerré los párpados con todas mis fuerzas y, antes de volver a abrirlos, volví a tener en los ojos el sol de mi niñez. Comprendí que mis recuerdos eran la bobina de la película de mi vida y podía volver a verlos en continuo o fotograma a fotograma. Lástima que, al igual que las tramas de las telas y que el espacio tiempo, tengan más huecos que un queso Gruyère.

J. Carlos

Las tribulaciones del Desemérito

Me imagino al Desemérito wasapeando a sus amigos con frases que, seguramente, emularían la de Lola Flores: “Si un Euro pusiera cada uno de vosotros (…) Y después me iría al estadio con todos los que han dado esos Euros para tomarme una copa con vosotros y llorar de alegría”. Ignoro si los términos fueron esos u otros similares, pero lo cierto es que alguien llamó a rebato. De los cientos de destinatarios apenas respondieron treinta y dos benefactores, aunque sólo diez cumplieron su palabra y tiraron de chequera. Y eso tiene que ser muy doloroso. Te rebajas a pedir una limosna a aquellos que deben a tus manejos la mayor parte de la fortuna que han amasado y ahora huyen de ti como la peste o, lo que es peor, te ignoran. Hay un sarcasmo que resume este fenómeno y refleja muy bien la crueldad de la naturaleza humana: “No sé por qué me mira mal fulanito si nunca le hice un favor”.

Así que diez colegas de francachelas, financieras o aristocráticas, han apoquinado más de cuatro millones de euros para que Su majestad confiese un segundo fraude a la Hacienda pública con el propósito de adelantarse a los requerimientos que le harían pasar por el escarnio de un juicio y, en su caso, el hospedaje gratis tras unos barrotes como el paria de su yerno. Su abogado, Javier Sánchez-Junco, ha debido persuadirle de que si en España no pisan la cárcel ni actores ni futbolistas no se van a atrever a enchironar a un rey. Detrás de los fraudes fiscales de periodistas y actores hay un criterio técnico, esto es, un aprovechamiento espurio de la interpretación de la ley; tras los fraudes fiscales del residente en Abudabi hay ocultación deliberada de fondos y, puede que ilícitos penales en el origen de los mismos.

Es difícil saber si el letrado es un genio o un insensato, sabe que ha abierto la veda para que la Agencia Tributaria revise los ejercicios fiscales de su representado desde el año 2014 al 2018 al interrumpir la prescripción. Además, al presentarla como complementaria en el Impuesto sobre la renta, tendrá que demostrar de qué rentas se nutría la Fundación Zagatka con cuyos fondos se pagaron ocho millones en viajes de avión con amantes, amigos y maletines de dinero -según tiene confesado a la justicia suiza el gestor de fondos Arturo Fasana-. No parece que las rentas declaradas deriven del trabajo porque el cargo de rey tiene una remuneración pacata y no le alcanza para tanto, ergo, provienen de comisiones o de rentas de otros activos. En el primer caso estaría destapando posibles delitos de blanqueo o de cohecho, y si alega que proceden de rentas de otros activos tendrá que precisar de qué activos, cómo los adquirió y por qué rendían unas rentabilidades tan suculentas.

Como los prestamistas-benefactores han sido rácanos y no han querido utilizar la figura de la donación porque Hacienda les cobraría hasta el 40% del importe donado, el prestatario tendrá que devolverles lo prestado en vida o trasladarle la deuda a sus herederos y, si no es reintegrado el préstamo en su totalidad, habrá de  considerarse como un acto de liberalidad y gravar a los donantes en consecuencia.

Llueve sobre mojado. El pasado 9 de diciembre quiso redimir su culpa con una primera regularización sobre las cantidades que recibió “gratis et amore” de su amigo Allen Sanginés-Krause (se conoce que para frecuentar a la realeza hay que tener apellidos compuestos). El hecho lo desvelaron sus nietos con el uso y disfrute desaforado de tarjetas “black” que les proveía el abuelo. Aquí el abogado tendrá que hacer encaje de bolillos porque para que sea exonerado del delito fiscal, el Código penal establece que ha de regularizarse “antes de que el Ministerio Fiscal o el Juez de Instrucción realice actuaciones que le permitan tener conocimiento de iniciación de diligencias”. Lo cierto es que el Ministerio Fiscal le comunicó que las iniciaba antes de que se dignara rascarse el bolsillo, aunque el abogado alega que no la han recibido. Debe ser que en Zarzuela el correo se tira a la basura como la dignidad de su antiguo inquilino.

El rey Juan Carlos está atribulado porque se creyó su propio mito y ahora se está desmoronando. Ignora que los mitos y leyendas son fruto de la ficción y de la necesidad. Anda buscando culpables bajo los granos de arena del desierto abudabí. Denuesta a los que le reían las gracias a cambio de favores y hoy se le ponen de perfil, denigra a todos los que alumbran mediáticamente sus desafueros y antes le lisonjeaban, detesta al pueblo desafecto que otrora le vitoreaba por calles y plazas. Como señala José Antonio Zarzalejos en su libro, Felipe VI. Un rey en la adversidad, “el rey emérito no es consciente de su comportamiento en los últimos tiempos.”

Dejemos los mitos y leyendas a la literatura y sepamos, de una vez, cuándo malbarató su dignidad y honradez, y cuánto burló la buena fe de los españoles desde la institución que encarnaba.

J. Carlos

Fenómenos emergentes

Aquella tarde de invierno que mi padre me llevó al campo se juntaron todos los pájaros y sombrearon el cielo con dibujos para mí. Tendría cuatro años. Ya había visto en las nubes la figura de Dios pastoreando el mundo y, en los atardeceres, contemplaba las lenguas de fuego que incendiaban el horizonte. Pero las nubes eran perezosas y tardaban en desdibujarse mientras las figuras de la bandada, moteadas de puntitos negros, se descomponían contra el celaje tostado del crepúsculo a una velocidad endiablada. Mi padre me había indicado que me sentara al comienzo de la linde, me tapó con una manta de cuadritos negros y blancos y él se fue a repartir sobre el trigo verde recién nacido, a puñados, el abono de una sembradera colgada sobre el hombro. Estaba lejos, no me oía, corrí hacia él con cuidado de no pisar los brotes. Cuando le alcanzaron mis gritos dio la vuelta y yo le señalé el cielo con el índice, aquel velo de pájaros había desparecido y el celaje tostado del crepúsculo estaba desnudo.

Muchos años después supe que eran estorninos que se juntan en bandadas para cooperar buscando alimento o defendiéndose de los depredadores. Lo curioso es que no tienen un plan definido, ni un líder que les arengue y les dirija, ni banderas y estandartes que seguir. Cada estornino decide individualmente con la sola intención de tapar huecos. El comportamiento en bandada se repite también en cardúmenes de peces, en enjambres de insectos, en manadas de animales terrestres, en bacterias e, incluso, en movimientos colectivos humanos. Es más, si estudias el comportamiento de la bolsa a largo plazo encontrarás paralelismos con las figuras “aleatorias”  que crea el movimiento de una bandada de pájaros. Son ejemplos de un fenómeno físico: el fenómeno emergente en el que el resultado es mucho más que la suma de las partes.

Un hormiguero o una colmena son organizaciones sumamente complejas y sofisticadas sin que nadie las coordine, ni sus individuos sean conscientes de que son una pieza clave para que todo funcione con la precisión de un reloj. Tampoco mi glóbulo blanco, que en este momento está aniquilando una bacteria dañina, es consciente de que está salvando la vida a un organismo formado por treinta billones de células humanas, treinta y ocho billones de bacterias y sesenta billones de virus que en perfecta sincronía cooperan y forman un ser humano. Ninguna de mis cien mil millones de neuronas tiene la más remota idea de que juntas han producido el fenómeno emergente de la conciencia y del pensamiento. Y ahí queríamos llegar: Casi todo lo que existe en el universo es fruto de fenómenos emergentes: el espacio tiempo que surgió como una malla arrastrada por la energía liberada en el big bang, las partículas elementales que vibran y maridan formando átomos, la luz que emerge de la radiación electromagnética, las nubes de gas cósmico que colapsan creando estrellas. Sin embargo, estamos rodeados de utilidades que no han emergido “espontáneamente” sino que derivan del fenómeno emergente que llamamos pensamiento. Si tuviésemos la ocasión de explorar todos los confines del universo y encontráramos una hoja escrita en un planeta remoto, colegiríamos que no ha surgido como fenómeno espontáneo sino que ha sido obra de alguna forma de vida pensante.

Seguramente uno de los fenómenos emergentes más importantes para el ser humano ha sido el de la escritura y el de los libros. El conocimiento se expandió, sobre todo a partir de la invención de la imprenta, y el progreso de la especie ha tenido un incremento exponencial. Este fenómeno nos lo cuenta Irene Vallejo, en El infinito en un junco, como un viaje y lo hace con la ternura de una madre, una prosa muy rica y una erudición magistral. Es la historia de la escritura y de los diversos artefactos en que la hemos estabulado para que las ideas, vivencias, conocimientos e historias humanas se transmitan por generaciones de forma que conecten los cerebros actuales con los que ya no están.

Lo que me pregunto es, ¿qué fenómeno emergente producirá la llegada de Internet? En teoría debería producirse un gran salto intelectual puesto que pone a treinta cm de los ojos todo el saber acumulado de la especie, y a golpe de clic el contacto inmediato con cualquier cerebro del planeta. Sin embargo, estamos abducidos por los artefactos tecnológicos como el que tiene un coche y, en vez de usarlo para desplazarse, viviera y comiera y durmiera en él sin moverlo. Nicholas Carr cree que son instrumentos que nos distraen y nos limitan hasta el punto de que reducen nuestra implicación en la forma más elevada del pensamiento. Es verdad que dificultan la concentración porque te demandan atención constante y los creadores de contenido, sabedores de que el bien escaso es la atención, te la roban a golpe de frases cortas como titulares. Es verdad que se atrofia el músculo de la memoria porque cualquier dato lo tienes en un repositorio digital con acceso inmediato. Es verdad que la información no pasa ningún filtro acreditativo así que los bulos y falsedades interesados son muy fáciles de transmitir. Y lo que es peor, cualquier analfabeto funcional cree que su parecer sobre cualquier materia tiene el mismo valor que el del catedrático experto en esa cuestión, confundiendo la libertad de expresión con la capacitación para emitir una opinión. Un dato preocupante es que el coeficiente intelectual parece que está decayendo en la última década, aunque hay quienes lo achacan a defectos estructurales en la prueba de test que lo mide.

Supongo que estamos en la adolescencia de internet y madurará con su desarrollo y, en todo caso, espero que la plasticidad del cerebro ponga remedio a los aspectos negativos. Pero el universo no tiene propósitos y los fenómenos emergentes surgen con independencia de la voluntad de los elementos que intervienen. El entendimiento humano descubrió la fuerza nuclear que unía a los átomos, y del fenómeno emergente del pensamiento surgió la fórmula para liberar esa energía en forma de electricidad beatífica y, por desgracia, también en forma de bomba nuclear.

J. Carlos