Navidad 2021

Querido amigo:

El día que Ernest Rutherford descubrió el protón no pudo conciliar el sueño pensando en el vacío, temía que al levantarse y apoyar el pie traspasara el suelo y cayera en la habitación inferior. Si ampliáramos un átomo de hidrógeno al tamaño de la Tierra, su protón tendría sólo 130 metros de diámetro y su electrón giraría a 6.400 Km de distancia, el resto está vacío. Afortunadamente nuestros ojos perciben sólo ciertas ondas electromagnéticas, y nuestro cerebro organiza ese flujo para que percibamos un mundo ordenado lleno de colores y texturas.

Nos horroriza el vacío. De muy niño, al despertar, no me atrevía a abrir los ojos hasta que mi madre venía a levantarme, tenía miedo de que el mundo no estuviera puesto todavía. Pensaba que el mundo lo tendían mis padres para mí cada mañana y lo replegaban por la noche. Así que apretaba con fuerza los párpados para no ver el vacío de la nada. Espanté aquella idea una Navidad que me llevaron a ver el nacimiento en la iglesia. Tenía un puente de corcho con la baranda rota que cruzaba un río de cristal de espejo, sobre sus márgenes de musgo mujeres arrodilladas lavaban ropa, otras, de pie, acarreaban agua. En los campos de papel de estraza, heno y aserrín había pastores mancos con ropa pintada cargando corderos al hombro. Al fondo, un gran palacio con almenas y, a sus puertas, dos soldados romanos custodiándolo. En medio, un establo sin techar con un pesebre donde yacía un niño desnudo, sobre un lecho de paja, con los ojos abiertos. Fue por la desnudez del niño en medio de una nevada hecha de guedejas de algodón, y por las figuras desvalidas e inertes siempre con el mismo gesto, y por los bueyes que no exhalaban vaho como los mulos en las cuadras, que deduje que si no eran capaces de recrear aquel mundo diminuto no podían tender el mío cada día.

Por horror vacui nos contamos relatos que expliquen la rareza de eso que hay fuera que llamamos universo y de esto que hay dentro que denominamos nosotros. El mito de las religiones cuenta con un Creador que puso en marcha el mecano del universo, de la misma forma que yo contaba con mis padres en la creencia de que tendían el mundo para mí cada mañana. El mito del progreso cuenta con la ciencia que, aplicando el método de la observación y el experimento, es tan precisa que conquistó su trono en el monte Olimpo y convirtió sus laderas en un despeñadero de dioses. El relato de la ciencia es incontestable, basta apuntar que, desde 1950 hasta hoy la población mundial se ha multiplicado por tres y la esperanza de vida humana ha escalado veinte años, pero no nos aclara ni quiénes somos ni qué hacemos aquí. Es como un vidrio traslúcido que deja pasar la luz pero tras de sí apenas se vislumbran perfiles de sombras.

Los relatos tienen su trovador y, al igual que el trovador en la Edad Media adaptaba sus poemas a mayor gloria del noble que pagaba, los trovadores de los mitos religiosos amoldan su doctrina a los intereses de los poderosos. El progreso es, como ya te dije, un trovador incontestable pero su brazo, la ciencia, está en gran parte en manos de las élites empresariales y políticas que acaparan los dividendos que rinde a la humanidad, sin importarles los desastres ambientales y climáticos, la pobreza, el hambre, las desigualdades y la dignidad de las personas. Estoy con el progreso, faltaría más, pero prefiero una ciencia más distribuida y más pública que cumpla con la primera ley de la robótica de Asimov: “No puede dañar a un ser humano, ni por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño”. No olvidemos que nos tienen a tiro de patíbulo con la proliferación de armas nucleares, químicas y biológicas. Y más ahora que estamos a las puertas de una nueva era, el trashumanismo, que cambiará la condición humana incrementando sus capacidades intelectuales, físicas y psicológicas, a través de la tecnología y la inteligencia artificial. Probablemente muchos de los conocimientos para su desarrollo ya los tenemos, y lo que es peor, alguien lo estará haciendo. Por eso es urgente una legislación ética universal que evite una nueva clase social genéticamente enriquecida.

Da vértigo. Uno piensa en el mito del titán Prometeo que robó a los dioses el fuego para dárselo a los hombres en una cañaheja. Zeus se vengó de la humanidad creando a Pandora que abriría el cofre. También castigó al titán, un águila comía su hígado cada día y por la noche, como era inmortal, le volvía a crecer. Tal vez, por ese vértigo, hay quienes abrazan el mito del pasado al abrigo de ideas recauchutadas de héroes y glorias imperiales, donde en realidad campaban la ignorancia, la miseria y la tiranía. Son cuentos de ruido y furia que parecen relatados por un idiota –dicho sea con permiso de Shakespeare-. Dan miedo.

De entre todos los mitos y todos los relatos, me quedo con aquel que ha permanecido veinte siglos. Lo propuso, ya crecido, aquel niño de quien ahora festejamos su natividad. Y no lo elijo por lo que mandata, imposible de cumplir porque va contra la ley natural de la supervivencia, sino por lo que significa: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Mi deseo: que tiendas cada día, para ti y para tu prójimo, un mundo pacífico y sereno.

22 de diciembre de 2021

J. Carlos

Alexa

He comprado el asistente virtual Alexa. Ha escrito Google que llega hoy. Me escribe tanto Google que si me carteara por correo ordinario petaría el buzón de mi casa cada día. En mis sueños de grandeza había un mayordomo con chaqué reglamentario, chaleco plateado, camisa de doble puño y guantes de algodón blanco que me traía el periódico y el café con una reverencia y un amago de sonrisa. Aunque tras tanto servilismo impostado yo temiera, cuando me acercaba la bandeja de plata  con la correspondencia y el abrecartas, que me lo clavara en un ojo como un acto de heroísmo que le redimiera de tantos años de humillación.

Como no  me puedo permitir esos lujos, me conformo con los mayordomos de juguete que tenemos todos: el móvil, el ordenador, el reloj, el aparato de televisión y, ahora, Alexa. No planchan, no cocinan… no te traen el café y, aunque los humilles no te van a clavar un estilete en el ojo. En cambio, te permiten acceder a su sabiduría enciclopédica, organizan tu agenda, notifican, compran, te comunican con la gente, planean tus rutas, miden tus pulsaciones, el nivel de oxígeno en sangre, monitorean tu sueño… Un cuento de hadas. A cambio, no discriminan entre el grano y la paja. Peor, dan más visibilidad a los  que encizañan, a los imbéciles y a los indocumentados porque generan más tráfico y, a más tráfico, más espacio publicitario que es lo que se monetiza. También te espían, como los mayordomos de verdad, sólo que estos sólo tienen dos orejas y dos ojos, mientras aquellos tienen tantas orejas y tantos ojos como aplicaciones te hayas bajado, incluso te otean desde las páginas o direcciones en las que entraste una sola vez y por error. Sí, te escuchan día y noche. Oyen tus ronquidos y ventosidades, el sonido apagado de tus pasos, el chasquido de un beso al aire o, el levísimo gemido en respuesta a una caricia inesperada. Un cuento de terror.

Te advierto que, aunque prescindas de estos mayordomos de juguete, te espía tu operadora, tu gobierno, el banco, el supermercado, la cámara del autobús, las de la calle y el bar, tu compañía de alarma, el laboratorio, el hospital…

Resulta fascinante que cualquier palabra que digas o escribas, cualquier itinerario que hagas, tus fotos, las compras que realices, los resultados de tu colonoscopia… viajen reducidas a dos dígitos a la velocidad de la luz hasta una granja de datos en Newport, pongamos por caso. Más increíble aún es que esos mismos datos se transporten por gentileza de otra aplicación hasta una nube en Langfang en China, que, en paralelo, sigan otros itinerarios con destino a centros de datos en Nevada, Las Vegas o Alcalá de Henares y así, hasta centuplicarse. Allí, miles de algoritmos los escudriñan y analizan como si despiezaran un cerdo. Una palabra como terrorismo o bomba atómica pude alertar a un algoritmo que trabaja para la CIA. La opinión política expresada al socaire de una copa entre amigos generará una etiqueta para una compañía de análisis sociológico o, te llevará a la cárcel en una dictadura. Y los datos de tu colonoscopia servirán para desarrollar conocimientos en un laboratorio y, también, para que tu compañía de seguros decida no prorrogarte la póliza al vencimiento.

En cualquier momento, me temo, alguna compañía tecnológica etiquetará los datos que le regalamos y que viajan dispersos a miles de destinos, con el objeto de unirlos, secuenciarlos y vendérnoslos. Se llamaría, “Sé todo lo que hiciste la última década”. Será nuestro propio reality show. Nos veremos y nos oiremos en las situaciones más ridículas y desde los ángulos más inesperados. Resultará extraño y demoledor hasta para los más narcisistas. En la versión 2.0 la compañía comercializará el nuevo modelo de producto: “Cómo te percibe el mundo”. Será similar pero mucho más sofisticado, de forma que ya no serás el protagonista y único actor. Ahora cada escena se completará con todo lo que han dicho, visto y opinado sobre ti los demás cuando tú no estabas presente, ya sean amigos, conocidos, familiares o aquel chisgarabís con quien hiciste la mili que sólo te nombra de pasada, después de cuarenta años, y te pone a caldo. ¿Te imaginas? Echaríamos de menos la hipocresía y añoraríamos la bendita ignorancia. Seguro que la tasa de suicidios y asesinatos subiría como la espuma para regocijo del planeta que vería reducida la presión ambiental.

Estos mayordomos para pobres no son inocuos. Son tramposos porque los algoritmos que utilizan priorizan el negocio frente a la ética y fomentan la polarización, el miedo y la idiocia. Las empresas que los manejan actúan como gobernantes coloniales, roban la materia prima –nuestros datos- y los usan sin escrúpulos en nuestra contra. Sus sociedades matrices radican en paraísos fiscales para eludir el pago de impuestos. Constituyen monopolios transnacionales que imponen sus precios y, como tienen tanta pasta, ahogan a la competencia o la compran a golpe de talonario para eludirla. También ensucian el planeta porque pastorear los datos, mantenerlos vivitos y guardar los que producimos cada día en el redil tiene un gasto eléctrico exponencial. A día de hoy, internet consume el diez por ciento de la energía eléctrica generada en el mundo, en 2030 será del treinta por ciento y dejará una huella de carbono similar a la de todo el transporte mundial.

Y te dejo, que Google y el portero me acaban de notificar la llegada de Alexa. La pienso volver loca. Aullaré para que piense que hay un perro en casa. Me haré pasar unos días por Honorio y otros por Maribel. Le formularé preguntas estúpidas para que me tome por idiota y preguntas audaces para que se joda.

Como me temo lo peor, a mis amigos les he enviado, por correo ordinario, una carta manuscrita en la que les pido encarecidamente que si me mentan sea para bien y, cuando no puedan sustraerse a la franqueza, atribuyan las descalificaciones que merezca a un tal Honorio o a una tal Maribel.

J. Carlos

Agoreros

             Estábamos toda la chiquillería menuda en la plaza, sentados con las piernas colgando sobre el murete de la acera que lindaba con la casa de Don Ángel, el cura. Era una de esas tardes de otoño recién estrenado con una quietud en el aire y un silencio prolongado de los perros que avisaba tormenta. Por donde caía el sol ascendían nubes negras. Isidoro, un chico muy mayor, de unos doce años, nos contaba con una voz de confidencia que, según había leído su padre en El Correo de Zamora, un cometa iba a impactar con la Tierra en los próximos días. Se demoraba, recreando con gestos, las escenas de los fuertes temblores que sucederían al impacto y desmoronarían las paredes de nuestras casas de adobe, y de seguido, si no nos habían matado los cascotes, un viento huracanado nos arrastraría por el aire como hojas secas. Mientras alzaba el brazo y surfeaba la mano al viento para ilustrar su relato, todas las cosas iban perdiendo la viveza del color y adquirían una pátina de un amarillo desvaído, casi ocre. El horizonte lejano empezó a echar chispas que serpenteaban como latigazos eléctricos y desaparecían. Se deshizo la reunión y cada uno corrió a su casa perseguido por los truenos que estallaban encima de nuestras cabezas y los relámpagos que encendían las calles. Antes de llegar a mi casa cayeron las primeras gotas que rebotaban sobre el suelo de la calzada y levantaban el polvo seco en círculos concéntricos. Ya en la cocina, sentado a la mesa camilla, recé para sosegar la angustia y pedí que las paredes aguantara aquel diluvio y tuviera unos días  más de vida hasta que llegara el cometa. Un relámpago iluminó la estancia con una fluorescencia fantasmagórica que duró un aleteo de mariposa, al ver la palidez en las caras de mis padres y el miedo en sus pupilas dilatadas deduje que nadie había escuchado mi plegaria.

El cura, en catequesis, nos relegaba al limbo porque todavía éramos niños, no se podía ir al cielo hasta que hicieras la primera comunión. Me angustiaba morirme siendo niño porque me quedaría en el limbo, separado de mis padres que irían al cielo. Por Semana Santa, Don Ángel, nos hablaba del infierno: imaginaos –clamaba desde el púlpito- mil años quemándote sin arder, un millón de años, mil millones de años…, pues ese tiempo es para la eternidad como un grano de arena en el desierto. En el colegio había un chico muy beato, dos cursos por encima del mío, que nos relataba, en la confianza de que no lo difundiríamos, el tercer secreto de Fátima: vendrían las hordas comunistas chinas a quemar España por los cuatro costados por no arrepentirnos de nuestros pecados. Recuerdo también unos ejercicios espirituales en Salamanca, los impartía un seglar en una casa de monjas. Su primera frase fue antológica: en todos los ejercicios en los que he participado como ponente, en todos –recalcó-, a los días se ha muerto uno de los participantes. Teníamos dieciséis años y las hormonas se nos quedaron paralizadas por el espanto. Las religiones y sus libros sagrados son los adalides de la agorería, necesitan profetizar males o desgracias imaginarias para infundirte miedo que sólo redimirás cumpliendo sus dogmas, a menudo, crueles.

 En la España pobre, oscura y gris del franquismo proliferaron programas de radio, televisión y revistas ilustradas que auguraban invasiones extraterrestres. Seguramente surgieron como secuela tardía de aquella dramatización que Orson Welles había realizado para la radio de la novela, La guerra de los mundos, de H. G. Wells y que indujo el pánico en millones de estadounidenses. Habían transcurrido varias décadas, pero aquí todo llegaba con mucho retraso. Confieso que era adicto a los programas de radio de Antonio José Álex y de los de televisión con el doctor Jiménez del Oso, incluso asistí a alguna conferencia del padre Pilón con el estómago encogido y el corazón desbocado. Eran tiempos de zozobra e ignorancia que es donde los agoreros encuentran el mejor caldo de cultivo.

Que la pandemia iba a dar una buena cosecha de agoreros junto con los profesionales que viven de ello, como Iker Jiménez y algunos curas y obispos, estaba cantado. Lo tenían fácil, bastaba con sacar el espantajo de siempre: que los seres imaginarios en que gran parte de la humanidad cree todavía, estaban enojados por no adorarlos ni cumplir sus mandamientos y nos enviaban las siete plagas: coronavirus, volcanes, superbacterias, desastre nuclear, terremotos, la escasez de productos y el gran apagón. Me esperaba este aluvión de negacionistas, antivacunas, terraplanistas… porque  “hay gente pa to” que dijo Rafael El Gallo cuando le presentaron a Ortega y Gasset como filósofo. Hay gente que prefiere una mentira amable que una verdad molesta. Los hay ignorantes y, ya se sabe, que la ignorancia es muy osada y cotiza al alza socialmente. Hay quien profesa por interés, son los egoístas, que se vacunen los demás y me aprovecho de la inmunidad de grupo. Era predecible la gran difusión de sus desafueros porque los dueños de las redes que propagan sus mensajes y los medios que los avientan ganan más cuánto más tráfico generan. Se podía anticipar también la avalancha de seguidores, es más cómodo mantenerse en la estulticia que hacer el esfuerzo de estudiar e informarse.

Lo que nunca imaginé es que hubiera un partido político que, sin atreverse a admitirlo, les hiciera de turiferario con el botafumeiro en una mano y el incienso del apocalipsis en la otra. Cuando la agorería entra en política no es por ignorancia. Que va. Al contrario, a falta de la fuerza de las armas o de la obediencia ciega religiosa, de sobras saben que el mejor instrumento para infundir el miedo es predecir un día sí y otro también la llegada del apocalipsis. No olvides que el miedo es la antesala al sometimiento y donde entra el miedo sale la libertad.

Que no te cuenten más cuentos. Decía el poeta de Tábara, León Felipe:que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos”.  Pues eso.

J. Carlos

 

Metaverso

            Hoy los nombres de las empresas se desbaratan con inusitada rapidez. Facebook no ha cumplido los 18, podríamos decir que no ha alcanzado la mayoría de edad, y ya tiene el nombre descompuesto. Así que Zuckerberg ha aplicado la máxima lampedusiana, cambiar la marca para que nada cambie. Es como si se te atrasara el Festina y, en vez de llevarlo a la relojería para que sustituyan la pieza averiada, le llamaras Seiko con el convencimiento de que se pondrá en marcha y las manecillas llegarán puntualmente a las horas. El reloj seguirá atrasando porque la física es muy tozuda. En cambio la conciencia humana es débil y se malea con el interés, es por eso que el ardid funcionará aunque sabemos que la nueva marca, Meta, seguirá esquilmando nuestros datos que son su materia prima, fomentando el odio y amparando la difusión de  noticias falsas porque multiplican el tráfico en sus páginas. En España también lo hacemos. Funciona. Ahí tienes a Convergència i Unió pillada con las manos en la masa del 3% (o del 10%, vaya usted a saber) que ha cambiado de nombre hasta dos veces y le siguen votando; o el PP, condenado en los tribunales por corrupción, que ni siquiera se plantea cambiar de nombre, le basta con anunciar que cambiará la sede y va el primero en las encuestas. La táctica es pueril y aún así hay que reconocer que hemos avanzado. Hay multitud de empresas criminales que no han necesitado cambiar su nombre para que sigamos comprando sus productos sin que la conciencia se nos turbe o arrebole: Siemens tenía una planta en Auswitch donde esclavizaba a sus famélicos pupilos, Hugo Boss diseñó y confeccionó todos los uniformes del ejército nazi, Bayer pertenecía a un consorcio que fabricaba el veneno con que gaseaban a los judíos, Juan March financió el golpe de estado contra el gobierno español en el 36 y creó la banca y la fundación que llevan su nombre. Podíamos añadir un centenar de ejemplos más de compañías, cuyas marcas veneramos, que ejercen la explotación infantil en minas de coltán en África, cosiendo ropa en Bangladesh o, manufacturando componentes en China. Saben que nuestra ética se amolda al territorio porque es líquida y nacionalista, por eso montamos un operativo complejo y carísimo para rescatar a tres perros atrapados por el volcán de La Palma, pero nos importa un bledo que mueran cientos de niños en el Mediterráneo buscando la Arcadia feliz.

El problema de Facebook no son sus fechorías que irá remendando de cara a la galería. Creará departamentos para censurar contenidos políticamente incorrectos y prohibir la difusión de aquellos bulos que espanten a sus anunciantes. El problema es que su negocio se agota. Ya tiene cada usuario su cuadernito digital para mostrar al mundo sus gustos, sus viajes, airear su vida y sus creencias. Fue un hallazgo en su momento porque cada quien satisface sus egos con los likes que recibe, desata su furia o manifiesta su admiración con los comentarios y, además, permite encontrar a gente que alguna vez pasó por tu vida o que quiere ahora conocerla. Pero el tiempo es implacable, se rutinizan los likes –te doy porque me das-, terminan por agotar los postureos y las poses de felicidad impostada; incomoda que se expongan tantas intimidades; soliviantan algunos artículos, gustos o ideologías que se comparten; sacan de quicio tanto gatito lindo, las frases lapidarias del Jodorowsky de turno y los versos estériles y los refranes baratos y tantos selfies. Facebok se agota, como se agota la industria del influencer. Son artefactos individuales donde el ingenio, si lo hay, se erosiona con tanta exposición porque enseguida se le ven las costuras. Los periódicos, la radio, la televisión, el cine y el teatro son obras colectivas donde la creatividad se multiplica con la suma de inteligencias y puntos de vista. Las buenas obras individuales como una novela, un ensayo, un cuadro requieren tiempo, además de agudeza, perseverancia y algo nuevo que expresar.

Lo del Metaverso es el gadget que se ha sacado Zuckerberg de la manga para seguir exprimiendo la teta digital. Nos pondrán unas gafas para pasear por el Prado desde casa, asistir al teatro, vivir una aventura medieval o tener una reunión de trabajo. Tendremos un avatar alto y guapo inmerso en una recreación más atractiva que la realidad, será cómo cuando el Tehcnicolor llegó a España que exhibía unos colores y una textura de una belleza que contrastaba con la agrisada realidad del franquismo. Nos venderán ropa y comida para el avatar, cuadros digitales, películas donde según precio podremos ser protagonistas, actores secundarios o meros comparsas, puticlubs con famosos y famosas disponibles… Hedonismo puro para una sociedad del ocio. Nvidia y BMW ya tienen un metaverso con una planta virtual donde analizan cada proceso de la cadena de montaje para conseguir mayor eficacia. Me imagino que también sirve para diseñar piezas de motores más eficientes, ensamblar nuevos materiales o reducir los coeficientes de rozamiento. Y no alardean porque no lo necesitan.

Lo que me resulta patético es la visión de los nuevos gurús. No porque vaticinen que en diez o veinte años lo digital será más importante que lo físico. Eso sólo me produce hilaridad. Siendo niño auguraban  que en veinte años los coches volarían y estaríamos colonizando los planetas del sistema solar. Lo que me produce grima es su ignorancia. Afirman que  antes nuestra atención solía estar al 99% en el mundo físico, la tele la hizo bajar al 85%, los ordenadores al 70% y los móviles al 50%. Olvidan que tenemos imaginación. ¿Quién no ha pasado tediosas horas en el aula o en el trabajo fuera de la realidad en mundos ideales? ¿Piensan que cuando paseo no sueño despierto, que mientras leo una novela no recreo cada escena, que cuando reflexiono no discurro por mi mente y traigo mis recuerdos, lecturas, conversaciones? Ignoran que cada vez que evoco a mis padres los resucito y hablo con ellos. Si entraran en mi mente constatarían que en mi imaginación he follado con más partenaires que Julio Iglesias y Brad Pitt juntos.

Lo más cerca que he estado de unas gafas virtuales fue paseando por la calle Preciados, donde El Corte Inglés colocó cuatro sillones dentro de un escaparate para que la gente probara el nuevo invento. Resultaba cómico ver a cuatro jóvenes, enmascarados con sus gafas negras, pulsando compulsivamente las teclas de sus consolas mientras eran vapuleados como si montaran un toro mecánico. El espectáculo eran ellos.

Esperaré a que los ingenieros salven el odioso adminículo de las gafas y proyecten directamente las imágenes sobre la retina. Quiero seguir en el mundo físico mientras me sumerjo en platós virtuales, como cuando imagino. Y me encantará montar en una mariposa, dar un paseo con Cervantes, asistir a una clase de Einstein, escuchar cómo me recita un poema al oído Alfonsina Storni, recorrer mis entrañas viajando en un nano robot, o pasar una noche con Cleopatra a las orillas del Nilo.

J. Carlos

Tufos fascistas

         En el colegio tuve un profesor con un brazo inerte por herida de guerra. Había sido alcalde de la localidad y profesaba la ideología fascista. Era incapaz de pegar al alumnado, pero cuando le importunábamos en demasía se congestionaba todo y nos imploraba callar con aspavientos de súplica religiosa. Después, ya callados y él un poco más sosegado, nos trasladaba la idea de que debería estar permitido poner, en fila y esposados, a los prisioneros de la cárcel de Zamora en la plaza pública para que cualquier ciudadano de bien pudiera propinarles unos buenos tortazos. Estimaba que era una forma digna de paliar el estrés que le infligíamos. Salvando las distancias, no deja de tener ese mismo tufo fascista el hecho de sofocar las frustraciones propias pegando “tortazos” en la plaza pública a otros congéneres por ser famosos, destacados en su profesión o pensar diferente. Basta ver Tele 5, darse un garbeo por Twiter, escuchar algunas tertulias, leer la mayoría de los titulares de periódico o escuchar a sus señorías en el pleno del Congreso los miércoles. Afortunadamente no hay tiros en la nuca ni maltrato físico, todavía. Suelen ser hostias en forma de insultos, injurias y falsedades para socavar el honor de las personas; además, ni siquiera las das tú, las ejercen otros por delegación expresa tuya. Tu mando y tu móvil son tu delegación. Somos la audiencia quienes delegamos para que lapiden mediáticamente a algunos de nuestros congéneres y eso nos entretiene y nos libera de nuestras propias frustraciones. Amélie Nothomb lo ha reflejado muy bien en su novela, Ácido sulfúrico, la trama es simple: un programa de televisión cuyo set es un campo de concentración plagadito de cámaras donde meten a la gente al azar, los torturan, los obligan a trabajos forzados, a pasar hambre y, como plato fuerte, ejecutan a dos personas al día. El programa rompe las audiencias.

En las redes es peor porque es común que los verdugos se escondan tras el anonimato y, cualquier ignorante se cree con derecho a exponer opiniones, insultar o sentirse afectadito por cualquier nimiedad. Antonio Muñoz Molina escribía gratis et amore una sección casi diaria en su Web titulada Escrito en un instante donde, no sólo permitía, sino que alentaba los comentarios de sus seguidores. Constituía un cenáculo extraordinario donde convergían buenas plumas y mejores cabezas, hasta que entraron unos cuantos verdugos que enfangaron el terreno de la cordialidad y, el autor con la nobleza, maestría y la elegancia que le caracteriza hizo mutis en 2014, sin un reproche. Nos quedamos huérfanos. El pasado domingo la escritora Elvira Lindo, por cierto, su santa, también se despedía de su columna en El Pais, supongo que por hartazgo de que ganen siempre los verdugos, y dejaba esta frase galdosiana: “He aprendido que las ideas en abstracto no son nada, que todo depende de quien las defienda, que la falta de escrúpulos está estrechamente relacionada con el fanatismo o con la maldad.” Ayer en el perfil de Facebook de Irene Vallejo, siempre repleto de comentarios elogiosos y agradecidos por transmitirnos su sabiduría y hacernos partícipes de sus eventos profesionales, surgió el prototipo de kapo del campo de concentración de la novela de Amélie, un tal Antonio que la acusaba de “¡exceso de protagonismo¡ porque el ejercicio de la escritura requiere, a mi juicio, invitación a la reflexión, al compromiso social y, cómo no, a la lectura”. Eso sí, un Kapo refinado que no se rebaja al insulto soez ni a la imprecación. Es más sutil y, por ende, más peligroso, porque lo que intenta es silenciarla. Su afán inquisidor no va de cómo ejerce su profesión, va de procurar el hartazgo de la autora para que cierre su página y deje de transmitirnos sus reflexiones y, especialmente, sus ideas que son las que al verdugo no le gustan.

En este juego macabro los intelectuales se repliegan a sus cuarteles de invierno, cuando más los necesitamos, hartos de insultos y amenazas de muerte. No son héroes. Se benefician los partidos totalitarios que se inflan a votos porque viven del ruido, la furia y la emoción primaria. Ganan los propietarios de redes y medios que entran en el juego o lo favorecen. Perdemos los ciudadanos que utilizamos el mando o el móvil por acción u omisión y nos callamos. Unos y otros ignoran que el cuerpo social no puede sobrevivir durante mucho tiempo en un ambiente  tóxico. Sus defensas naturales empiezan a reaccionar y segregar anticuerpos, y es que el personal también se cansa de ser verdugo gratis total con el mando o, ejercer de kapo con el móvil por unos miserables likes.

  J. Carlos

Volcán

            El 19 de septiembre era domingo y el parto del volcán nos pilló en el jardín del restaurante Torreblanca. Celebrábamos otro parto, el mío, que sucedió tal día hace unas cuantas décadas. Mientras mermábamos una botella de Ribera y dábamos satisfacción al paladar con hasta siete delicias gastronómicas, otros compatriotas, en otras latitudes, salían por pies de sus casas para salvar media vida dejando atrás la otra media. Mientras chocábamos nuestras copas sentados a un palmo de una fuente de piedra que acompasaba nuestro brindis con la melodía monótona de sus chorros de agua, otras gentes, en otras latitudes, huían con el vello de punta y el corazón encogido porque el infierno había quebrado la montaña Rajada y sus lenguas de fuego discurrían ya por sus faldas. La vida es poliédrica. A las tres de la tarde los vecinos de El Paraíso y de El Paso evacuaban sus hogares, su ganado, sus plataneras y se quedaban sin futuro. A esa misma hora los usuarios de las playas de Tazacorte, que se extienden a la vera del volcán, giraron sus tumbonas para admirar el hipnótico espectáculo. Al volver a casa ya no pudimos apartar los ojos de la pantalla donde la tierra herida parecía estar sangrando en géiseres de lava. Al día siguiente y al siguiente y al siguiente… el volcán dejó de serlo y se transformó en un plató de televisión donde los presentadores mediáticos, llegados desde Madrid, compungían el gesto entre el horror y el espanto. Sin apenas maquillaje para mostrar naturalidad peroraban palabras desusadas como colada, piroclasto, huella energética, tremor, domo, fumarola y, sin solución de continuidad, daban paso a un nuevo récord de la subida de la luz o la última trastada del sedicioso Puigdemont; después se recreaban en las imágenes desoladoras de quienes lo habían perdido todo y los entrevistaban para que viéramos la erupción de sus lágrimas cayendo como lava fría por sus rostros. Excitar el morbo multiplica la audiencia a cambio de pisotear la dignidad de las personas que en su desvalimiento no pueden defenderse. No hay nada que hacer, no es delito. Y si cambias de canal es peor porque te ofrecen, en riguroso directo, la diáspora en camionetas cargadas de ropa, colchones, electrodomésticos y cabezas gachas y miradas perdidas componiendo una estampa idéntica a los que han huido de tantas guerras. Sólo se salva la televisión pública canaria que informa, explica y muestra preservando escrupulosamente la dignidad de sus conciudadanos. No hay nada más digno que la resignación muda de quien lo ha perdido todo, ni nada más abyecto que exponer los jirones de las almas partidas en la plaza pública.

Siendo bachiller me explicaron la tectónica de placas con un proyector de filminas. Recuerdo el zumbido monótono de su ventilador y que emitía un cono de luz de un amarillo desvaído en el que flotaban las motas del polvo. En la pantalla se sucedían fotos en color de volcanes y terremotos. El profesor dejó congelada una filmina dibujada a mano donde se veía la corteza terrestre pintada en ocre flotando sobre un magma de un rojo incandescente. Como ven, dijo señalando una esquina con el puntero, en este punto la corteza es subducida por el manto y vuelve a convertirse en magma, éste a su vez, presionado por el peso de la corteza, sale despedido en forma de lava por las bocas de los volcanes al igual que sale el vapor por la válvula de una olla exprés produciendo nueva tierra. Así que, concluyó, las placas se mueven sobre la capa superior del manto como una cinta transportadora y el saldo de la corteza permanece constante: Lo que entra por lo que sale. Como era cura terminó con la metáfora de que la tierra se purifica mediante el fuego y que la colada, una vez fría, es un dechado de fertilidad. Estos días, oyendo el tremor del volcán de Cumbre Vieja advertí que se parecía al zumbido del proyector y recordé la idea de aquel profesor que pensaba la Tierra como un ser vivo que se engulle a sí misma para regenerarse después. En aquel entonces quise preguntarle por qué nuestros órganos no se fagocitaban también, de a poquitos, para purificarse y renacer. No me atreví.

Hoy pare la Tierra en La Palma, pare tierra nueva o renacida o resucitada que tanto da. Ni la ceniza ni los piroclastos ni la lava que arroja el volcán llevan códigos QR con su trazabilidad, por eso ignoramos si la nueva hornada fue subducida en el Pacífico, en Oceanía o en la península Ibérica. A lo mejor esa tierra en ascuas que hoy arrasa Todoque y los Llanos de Aridane fue transitada en su día por dinosaurios. ¿A quién le importa? Es un proceso natural y está estudiado y predicho, pero es una catástrofe para los palmeros que ven arder sus hogares y plantaciones y reducidos a ceniza sus recuerdos y vivencias. A los jóvenes se les ha desdibujado el futuro, aunque, seguramente, renacerán de nuevo, pero los mayores se han quedado sin horizonte porque ya no tienen tiempo. Entre tanta desdicha hay algo positivo de lo que sentirnos orgullosos: En una sociedad democrática y desarrollada se aplica el mismo principio de conservación que aprendí de aquel profesor que me explicó la tectónica de placas: Lo que entra por lo que sale. Entran los impuestos de todos para pagar a los científicos que alertaron a tiempo a la ciudadanía, a los guardias civiles, policías, bomberos, agentes de protección civil, Ume, etc. Y salen vivas y atendidas todas las personas damnificadas, salvados animales y algunos de sus enseres y recuerdos. Ojalá que de la solidaridad fiscal española y europea salga un futuro digno para todos ellos que reconstruya sus casas, sus pueblos, sus infraestructuras… y renazcan de nuevo. Si nos damos prisa puede que alcancemos todavía un tiempo nuevo para los viejos.

  J. Carlos

Justicia poética

            Xavier Novell es un personaje paradójico. Salir en los medios le hacía “sentir un temblor, un calor en todo su cuerpo que nunca había sentido”; aunque él confundía esos síntomas con el Espíritu Santo que descendía sobre él, según le contó en una entrevista a Luz Sánchez Mellado. En su afán de popularidad conquistó la púrpura de obispo y se salió del guión melifluo del nuevo gerifalte de su Iglesia, seguramente no por convicción, sino porque si quieres ganar espacio mediático tienes que remar contra corriente, distinguirte, significarte. Así que abrazó la doctrina del cardenal Rouco Varela, el neonacionalcatolicismo: misoginia, homofobia, odio por el que no se deja penetrar por el Espíritu Santo o es de diferente raza, creencia, pensamiento, tribu. Con esos mimbres y, como buen sembrador de asco al no catalán, se nos hizo también independentista. Y conquistó los medios, hasta la tv3, genuflexa, le brindó sus pantallas porque los sectarios se tocan y entre ellos practican la complicidad. Pero, al final, su discurso plano, intolerante y rancio cansaba. Cansaba su odio envuelto en falsa compasión. Cansaba su pretendida superioridad moral hija de su narcisismo o psicopatía, no nacida de la ciencia y el conocimiento, ni siquiera alumbrada por la doctrina social de su Iglesia. La paradoja es que lleva cuatro días acaparando primeras planas y todos los telediarios porque ha hecho mutis por el foro y, presuntamente, se ha retirado a los aposentos de una hembra para darse un buen chute de dopamina y dejar hacer a la testosterona. Vamos lo que viene haciendo media humanidad con la otra media desde que poblamos la Tierra.

            Me confieso enganchado al culebrón. Me da morbo, qué quieres que te diga, como cuando algún antivacunas desde la cama del hospital confiesa su error. Es verdad que después de saciar el morbo me da un ataque de ira porque me pregunto a cuántos infectó el interfecto antes de caerse del caballo, a cuántos mató su ignorancia y osadía o, cuántos eran de su propia familia o círculo de amistades. Lo mismo me pasa con el obispo, me da morbo la noticia, pero no puedo reprimir la ira cuando pienso en las mentes quebradas con esas terapias de conversión de homosexuales y con esos exorcismos que también fomentaba o practicaba. No puedo dejar de cabrearme con el daño que ha infligido desde su púlpito a feligreses y feligresas cuyas orientaciones sexuales él considera abominables y enfermizas. Me subleva la impunidad de toda esta gentuza fanática que, instalados en sus creencias y fantasías, infectan, matan, inoculan odio, fomentan el miedo, destrozan mentes sanas sin reproche alguno, ni penal ni social. Aprendamos de Vietnam que ha condenado a un ciudadano a cinco años de cárcel por propagar la Covid.

            También hay que preguntarse por la responsabilidad de la organización a la que pertenece. ¿Quién hace el casting para nombrar a sus cargos? En el caso que nos ocupa, no parece una persona muy equilibrada ni por su desarrollo profesional, ni por sus manifestaciones y comportamiento como cura primero y como obispo después. ¿Por qué sus superiores eclesiales no pararon antes sus desafueros? ¿Es que piensan como él? Parece que sí porque se han despachado alegando que rezan por él para librarlo de las garras de Satanás; resumiendo: ha sido la mujer mala quien lo ha seducido con sus carnes prietas y sus artes diabólicas que, para más inri, escribe novela erótica con tramas demoníacas; sólo le falta llamarse Eva. Por cierto, qué problema tiene esta organización con qué humano se la mete a quién y por dónde. Si estudiaran un poco sabrían que la homosexualidad es un comportamiento común en otros seres vivos desde primates hasta parásitos intestinales. Daría igual porque en su antropocentrismo no los consideran criaturas de Dios ni pueblo elegido, por eso no preguntan al cocinero si el pollo era maricón para preservar su pureza, sin embargo, sí preguntan por el día de la semana para no comerlo e incurrir en pecado. Es evidente que esa organización tiene un problema con el sexo y una fijación con mantenerse célibe, lo cual es preocupante porque suele ser gente dedicada a la enseñanza y, no parece prudente dejar solo en la cocina a quien sigue un régimen estricto de ingesta de calorías. Un afamado psiquiatra me explicó, tiempo ha, que “aplicando la psicología inversa se puede constatar que, muchas de las agresiones homófobas son perpetradas o inducidas por personas con inclinaciones homosexuales reprimidas, en cuanto al celibato, me dijo, saca tus propias conclusiones”.

             Me encanta que las personas respondan ante la comunidad por sus hechos, actitudes y manifestaciones, aunque sea indirectamente como es el caso, con justicia poética; lo que no es aceptable es que sólo respondan ante su amigo invisible que, al parecer, les perdona todo a cambio de una jaculatoria y unos golpes de pecho. Ojalá que las organizaciones respondieran también por sus miembros, especialmente, cuando les representan desde sus jefaturas o, al menos, pidieran perdón en vez de escudarse en fantasías demoníacas que sólo “existen” en novelas eróticas, en películas de terror y en mentes obtusas.

   Pero no olvides que los padres responden antes sus hijos por quién los educa y a quiénes los confían. Y los hijos siempre, por acción u omisión, te exigirán rendición de cuentas. 

J. Carlos

Alterpatía

            La gata Linda es menuda y desvalida, tiene una pata trasera tronzada por la rodilla que precariza su movilidad, así que maúlla tiernamente cuando quiere subirse a la mesa del despacho para tumbarse al calor de la lámpara. Hemos puesto un escabel al lado de la cama para facilitarle el brinco hasta nuestros pies donde duerme, ronca y, a veces, tiembla ligeramente con sus pesadillas. Tiene la cara redonda como un ovillo pequeño de lana, el pelo ceniciento moteado de blanco y unos ojos inmensos del color del limón maduro. Te pide caricias a cambio de un ronroneo, se acurruca entre tus piernas o se duerme en un brazo del sillón, a veces se alza hasta el filo del espaldar, retrae sus patas, y se queda quieta por horas como una esfinge. Es tan consciente de su impotencia que nunca saca las garras, ni muerde, sólo una vez salió de su boca un amago de bufido que daba más lástima que miedo. Cómo no la vas a querer, si mueve el muñón de la pata para rascarse la oreja izquierda porque su cerebro ignora que no puede alcanzarla. Y, sin embargo, cuando por la mañana viene detrás de mí maullando desesperada por la comida con su estrategia de desamparo, le digo: Si tuvieras la envergadura de un tigre no esperarías a que te llenara el cuenco porque me estarías devorando.

Con esta imagen quería explicarte el significado de alterpatía, palabra que no encontrarás en el diccionario. Si empatía es la capacidad de identificarse con alguien o algo compartiendo sus sentimientos o emociones, con alterpatía quiero expresar la capacidad de imaginar a alguien o algo en otras circunstancias extremas e identificar cuál serían sus actitudes. Así, si imagino que mi gata Linda fuera un tigre presumo que me convertiría en un plato suculento.

Confieso que los  telediarios y la lectura de periódicos me aburren porque no hacen más que echar decibelios a la misma tragicomedia política. Me exasperan sus guiones pautados y repetitivos hasta el hartazgo, con expresiones tan plagadas de lugares comunes que, si les quitas el volumen, sabes exactamente lo que van a decir. Ignoro cuándo se malbarataron los oficios de asesor político, plumilla, columnista y tertuliano y desde cuándo para ejercerlos se exige mucho pulmón y poco cerebro. Hay algunas excepciones que mantienen su lucidez en este páramo de mala baba como florece la amapola en la tierra yerma. Pues eso, para evitar el tedio me he inventado el juego de la alterpatía.

Se trata de imaginar, por ejemplo, a Rocío Monasterio como guardián de un campo nazi y conjeturar cuál sería su comportamiento. ¿Cómo se comportaría haciendo la travesía en patera hasta Canarias con su bebé en los brazos, de piel negra por supuesto?  O si fuera una pasajera más de un avión al que le explotan los motores en pleno vuelo. Supón que es una estudiante de arquitectura firmando planos y vendiendo viejos talleres de coches como lofts sin cédula de habitabilidad.

El juego admite infinidad de sujetos y alterpatías: Pablo Iglesias, Pablo Casado, Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso, Eduardo Inda… Resulta divertido, aunque se agota pronto porque es fácil adivinar su comportamiento en las distintas situaciones. No hace falta ser psicólogo ni acumular varios máster en las ciencias del comportamiento, son tan trasparentes y se exhiben tanto que se les ve venir.  

Un consejo: no practiques la alterpatía contigo mismo, a poco que seas objetivo puedes salir malparado. Y se trata de un divertimento no de ponerse a uno mismo en evidencia.

J. Carlos

La Dictadura del griterío

Algunas buenas gentes, ignorantes del alfabeto de la naturaleza humana, pronosticaron que íbamos a salir mejores de esta pandemia. Me resulta enternecedor, por ingenuo, ese tipo de pensamiento mágico en el que una desgracia compartida, por obra del birlibirloque, va a producir un salto en la evolución que ha costado millones de años. De pronto íbamos a ser todos angelicales. Ilusos. Y todo porque presos en nuestra propia casa y en estado de pánico, adquirimos la costumbre, importada desde Italia, de aplaudir a los sanitarios a las ocho de tarde. Chocábamos las palmas y rendíamos cortesía a los únicos que podían salvarnos el culo como el perro mueve la cola ante quien le da de comer. Aquello duró lo que tardó en difuminarse el miedo cerval que nos atenazaba y encontrar un culpable de nuestras desdichas al que colgarle el sambenito. Los aplausos se tornaron en caceroladas.

Repetimos las mismas ordalías medievales, afortunadamente ahora incruentas, donde la plaza del pueblo con su patíbulo es sustituida por pantallas que alumbran en tu propia mano o en el salón de tu casa. Los inquisidores oficiantes en vez de curas y frailes ahora son políticos de todo pelaje, tertulianos, opinadores, spin doctors y tuiteros. El personal sigue el espectáculo mirando el cristal líquido y chillando en las redes con el mismo fervor enardecido con que exigía que rodaran cabezas y las ensartaran en las picotas. Bienvenido a la Dictadura del griterío donde se impone la certeza frente a la duda y el eructo mental frente al argumento científico. Hasta los médicos, vacunólogos, anestesiólogos, inmunólogos y demás ólogos les pones una cámara de televisión y caen rendidos a su erótica como el macho ante la mantis religiosa. Les oigo, entre atónito y asustado, excretar su opinión con la rotundidad de un imán en la mezquita y negar la posición contraria como el hooligan niega el penalti contra su equipo. He asistido a la desaparición de las pantallas de científicos que exponían dudas razonables, analizaban con cautela los pequeños detalles donde está la esencia de las cosas y, con humildad, decían que no opinaban por carecer de conocimientos suficientes o por falta de estudios concretos sobre el particular.

El circo mediático necesita ruido  y certezas. En España tienen el terreno abonado, ya dice el proverbio: Tres españoles, cuatro opiniones. Hay programas que me recuerdan al fontanero cuando viene a casa que siempre pone a caldo al que hizo la chapuza anterior. Va en el precio. Por eso tenemos unos medios de barra de bar. Es la cultura del Low cost, o como me gusta llamarla, la cultura Primark de usar y tirar cuya ropa es muy barata pero tan mala que no aguanta un lavado. Cinco tertulianos cuestan mil veces menos que un episodio de una serie o una hora de entretenimiento y música; sin embargo, cuestan más que un buen programa cultural, pero en este tiempo donde la ignorancia es un valor social no lo vería ni el Tato. Lo del valor social de la ignorancia lo explica Andrea Marcolongo en “Etimología para sobrevivir al caos”. El estudio y el conocimiento cotizan a la baja como los chicharros en Bolsa, la sensatez y el sentido común han dejado de ser signo de distinción y yacen en las escombreras de la historia. El ascensor social y el glamur están en la estulticia, la chabacanería y la simpleza gritona.

¿Cómo hemos llegado a esta Dictadura del griterío? Fomentando la ignorancia. Llevamos dos o tres décadas penalizando el esfuerzo y la disciplina.  Otras tantas aplicando en la educación, con ahínco, la cultura Primark con el resultado de una drástica caída del nivel cultural y un abaratamiento del lenguaje para manipularlo mejor. De resultas se ha activado el efecto Dunning-Kruger, relacionado con el sesgo cognitivo de superioridad ilusoria, según el cual los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su habilidad y autoestima, mientras que los individuos altamente competentes tienden a subestimarse. En suma, cuanto más zopenco más le abulta el ego y más se excitan sus cuerdas vocales. Su máxima: ¡Viva la ignorancia! y ¡arriba el griterío! porque yo lo valgo.

J. Carlos

El puzle

Conocí a Lara en casa de los abuelos. Mamá se había ido unos días antes con la barriga hinchada a la capital para que se la sacaran de las entrañas. Se acuclilló y me enseñó una carita arrugada y un bracito más pequeño que el de las muñecas. A los días, ya en casa, su piel se puso tersa y rosada y le asomaban unas pocas hebras de pelo del color del maíz en la cabeza. Me dejaban meter mi dedo índice en su manita y ella lo abarcaba todo con sus dedos y apretaba. Crecía muy deprisa. Le dije a mamá que en unos meses Lara sería más grande que yo y se echó a reír. Ya hacía muecas con la boca y fruncía los labios si le hacías carantoñas. Mientras mamá se dedicaba a las labores de la casa yo la cuidaba en su nido. Me gustaba contemplar con qué placidez dormía y cómo se estremecía, a veces, en sueños. Si se despertaba le enseñaba a jugar con mis cosas pero enseguida se echaba a llorar porque tenía hambre o frío y sólo mamá tenía la magia de calmarla.

Un día la saqué de su cuna y la metí en el baúl de madera donde guardaba mis juguetes, cerré la tapa para que nada la distrajera, se echó a llorar y me senté encima para que mamá no oyera su llanto. Cuando llegó mamá se descompuso, me apartó del baúl, sacó a Lara y le soplo en la boca. Papá volvió del trabajo antes de tiempo. Me hizo bajar los pantalones, se quitó el cinturón y lo hizo restallar en mis nalgas hasta que mamá llorando se interpuso entre los dos. Después me arrastró hasta el coche, cogió el baúl con todos mis juguetes dentro y condujo hasta el puente. Llovía. Frenó, bajamos y me colocó ante un vano del pretil del puente para que mirara las aguas revueltas del río. Sacó del maletero el baúl y lo arrojó al vacío. Fosforeció un relámpago iluminando las guarniciones de metal que se llevaba la corriente. Estalló el trueno por encima de nosotros, el puente vibró, trastabillé y quedé tendido en la acera temblando. Volvimos a casa. Mamá me secó, me cambió de ropa, me habló, me cantó pero no consiguió que saliera una palabra de mi boca. Creo que estuve varios días en cama sudando y temblando. El médico me puso varias inyecciones pero no consiguió que volviera hablar. Tampoco lo consiguieron, después, ni el logopeda ni el psicólogo. Empezaban las sesiones sujetándome la lengua con un palito de helado y me alumbraban la garganta con una linterna, después me hacían mover la lengua como si les hiciera burla. Una vez me dejaron jugar con el mismo puzle de una casa con chimenea y arbolito que papá había tirado al río con el baúl. Lo monté enseguida. Desde entonces mamá me compraba puzles de dinosaurios, de aves, de superhéroes y de coches con las piezas cada vez más pequeñas. Me hacía componerlos delante del doctor para que este exclamase: es muy inteligente para su edad, su hijo tiene un cerebro privilegiado. Mamá suspiraba satisfecha. Hace unos meses me llevó con ella al estudio fotográfico para que le ampliaran la foto que nos hicieron a los cuatro, cuando Lara cumplió los seis meses. La imprimieron en papel de lino. Después la llevamos a una imprenta donde le pegaron papel cartón, la troquelaron y sacaron mil piezas. Me costó dos días montarla. Mamá la enmarcó y la colgó en mi cuarto.

Desde que sucedió la tormenta papá llega a casa después de que se enciendan las farolas en la calle, se pone vino en la copa y se enfada con mamá. También se enfada conmigo. Me chilla como si fuera sordo y, como no hablo, se desabrocha el cinturón y, según le dé, lo agarra por la hebilla o por el final de la correa. Mamá me da friegas de alcohol y se acurruca conmigo por las noches. Un día llegó a casa cuando ya estaba dormido, vino a buscarme a mi cama, mamá se lo impedía, le dio un empujón y le tiró la copa a la cara. Hubo suerte porque mamá cayó al suelo y el vaso impactó sobre la foto del puzle. La manchó toda de vino y quedaron machacadas las piezas que forman el pecho izquierdo de mamá. Esa noche hubo revuelo en casa, vino el médico y una ambulancia. Los abuelos se quedaron a dormir en casa. A la mañana me dijo el abuelo que mamá estaba en el hospital malita del corazón. Le pedí que descolgara el cuadro. Me ayudó a lavarlo de las manchas de vino y desprendió las piezas magulladas con una navajita minúscula que tenía las cachas de lapislázuli. Nos llevó toda la tarde limpiarlas y recomponerlas con vapor de agua. El abuelo me dijo que como habíamos curado las piezas del pecho de mamá pronto su corazón se restablecería y volvería a casa. Volvió una semana después, más pálida. Me dio un abrazo de los que te quedan sin respiración y me regaló una caja alargada de cartón rojo que contenía, envuelto en papel de seda, un xilofón. Era más grande y sonaba mejor que el del primo Carlos. Le devolví el abrazo, esta vez no me importó que se me cortara la respiración, y le dije que el abuelo también me había regalado la navajita con la que habíamos curado su corazón. Se la enseñé. Papá me la quitó de las manos y se la guardó en el bolsillo de su chaqueta, dijo que no era regalo para un niño. Más tarde, en mi cuarto, puse una silla delante del cuadro. No llegaba. Alce el taburete sobre la silla. Me subí al taburete y, con el martillo del xilofón, machaqué la sien de la foto de papá, donde el pelo espeso y negro disimulaba el estropicio.

Todos los domingos papá se iba con sus amigotes de caza en el caballo del abuelo. Tenían la costumbre de pasar por casa donde mamá les ofrecía una copa sin bajarse de las monturas. A mí me hacían madrugar para la ceremonia de despedir a papá. Fuera de casa era otra persona, nos miraba cariñoso lanzando besos al aire y se volvía varias veces a decir adiós desde la cabalgadura. Mientras papá metía en las alforjas el almuerzo que le había preparado mamá y los demás charlaban, sin apearse, con la copa en la mano, me escabullí y fui al armario de mis padres. Enseguida di con la chaqueta de ante de papá y saqué del bolsillo izquierdo la navajita que me había regalado el abuelo. Abrí la hoja, y volví corriendo con la empuñadura en el puño derecho y la hoja disimulada en el puño izquierdo. Me acerqué por detrás hasta el caballo del abuelo que ya montaba papá. Mis ojos quedaban a la altura del corvejón de la pata trasera del caballo, alcé las manos y le di un picotazo en la cara interna del muslo. El caballo resopló y se encabritó. Mientras todos miraban al animal puesto de manos, cerré la hoja de la navaja y me la guardé en el bolsillo. Mamá corrió espantada hacia mí para librarme de sus patas. Papá, entretanto, caía a plomo y su sien  se estrelló contra el pomo dorado de la barandilla de la escalera de entrada.

La noche del día que enterramos a papá mamá vino como siempre a mi habitación a acostarme, contarme un cuento y desearme buenas noches. Fue entonces que hablé por primera vez desde el día de la tormenta. Le dije: buenas noches mamá. Me abrazó fuerte hasta dejarme sin respiración mientras lloraba y se reía a la vez. Nunca había vista a nadie hacer las dos cosas al mismo tiempo.

J. Carlos