Liquidez

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Cualquier alteración de los accidentes en el mapa celeste en que navegamos,  a bordo de esta nave esférica llamada Tierra, tiende a quebrar el equilibrio de nuestras neuronas que se mueven como funambulistas en la cuerda floja de la existencia. Así las lunas nuevas y llenas avivan las mareas porque al estar en línea con el sol suman sus fuerzas de gravedad y tiran de la tierra y del agua; como esta última no es rígida se abomba. También se abomban nuestras neuronas y, durante esos ciclos, se nos desbordan las emociones. En nuestro hemisferio el verano es tórrido a pesar de que el flujo de fotones, ese cordón umbilical que nos une al útero del sol, debería radiar menos luz y calor porque el astro se encuentra más lejos de nosotros, pero sucede que nuestra nave tiene un ángulo de declinación y los rayos en verano nos caen a plomo. De resultas nuestras neuronas se calientan en demasía les entra la modorra y la ideas se licúan.

Sólo así se entiende que todos los medios hayan elevado a los altares el gesto gregario y estúpido de unos chavales que, en una piscina pública, se lanzaron al agua en camiseta desobedeciendo al socorrista, saltándose las normas y faltando a la más elemental higiene. Lo más insólito es que lo hicieron para solidarizarse con una persona transgénero, al parecer en proceso de cambio, que sentía pudor de bañarse con un cuerpo todavía en transformación. Supongo que mañana harán lo mismo con quien tenga una cicatriz que le afea una parte del cuerpo, o con aquel que se siente mal mostrando su prominente barriga cervecera. ¿Se solidarizarán también con los enfermos que sufren de incontinencias bañándose con ellos? A este paso veremos a las televisiones ensalzando ese mismo comportamiento cuando lo practiquen los devotos de religiones que exigen, para el baño público, tapar la mayor parte de la anatomía humana. Que el edil del ayuntamiento de Salinas de Alaña, Clemente Pérez, en vez de defender tanto el reglamento dictado por el Consistorio como la actuación del socorrista, se pusiera delante de la procesión de descerebrados y alegara que él hubiera hecho lo mismo dice muy poco de un gestor de lo público.

Mi apoyo y solidaridad a las personas que viven en un cuerpo físico con un género que no reconoce su propio cerebro. Abogo por su derecho al tratamiento físico y psicológico a costa del erario público. Creo que hemos de  seguir luchando contra la indigencia intelectual de las personas e instituciones que todavía les discriminan y conculcan sus derechos, contra quienes les insultan y les agreden, contra los que le faltan al respeto…  Pero también hay que luchar contra los que confundiendo el culo con las témporas pretenden compadecer a estas personas como si fueran menores de edad, otorgándoles el privilegio de saltarse la norma como un mero fuego de artificio que relumbra y al instante se extingue, mientras le niegan el derecho más elemental: ser un ciudadano con su amplio abanico de derechos y también de deberes. Ni más, ni menos, que cualquier otro ciudadano.

Ya te digo que este tiempo de sopor produce atonía hasta en los cerebros más privilegiados. Este domingo en su página de El País, Piedra de Toque, Mario Vargas Llosa se preguntaba si no sería justo respetar la voluntad de Patricia Aguilar, la chica ilicitana que sufrió un “secuestro” psicológico por el Príncipe Gurdjieff, ese chamán estafador peruano que la atrajo hasta Perú, se la benefició, le hizo una hija y la explotó al igual que a sus compañeras de harén. Se pregunta el escritor si “le abrirán quienes la desprogramen el camino de la normalidad”. Dado que ella no quiere que la “salven” porque está muy contenta con su suerte concluye el premio Nobel que, es mejor dejarla hacer lo que a ella le parezca. Sí señor, volvamos a la Edad Media, borremos el siglo de las luces, quememos las bibliotecas, las universidades, abjuremos de la medicina y de la psicología, hagamos papilla a martillazos los ordenadores y los servidores y cualquier otro soporte que pueda contener un bit de información científica, hagamos una pira con todos los móviles, coches, lavadoras…, desterremos la luz eléctrica de la faz de la Tierra. Volvamos a la mística borrega de los mitos, creencias y religiones. Éramos tan felices en la ignorancia hasta que se hizo la luz de la ciencia y nos desprogramó. Maldita sea.

Sepa Don Mario que fui un preadolescente que viví el tardofranquismo en aquella España que constituía la reserva espiritual de occidente. Vivía contento hasta que, sin duda por azares demoníacos, se apostaron bajo mis pestañas unas centenas de libros que me desprogramaron y de sus lecturas resultó aniquilada mi “normalidad” ignorante y gregaria. De entre esas páginas recuerdo sus novelas La ciudad y los perros, la Casa Verde y Conversaciones en la catedral.  Por eso, estimado maestro, yo le acuso por haberme despabilado el mito onírico de la fe y la ignorancia.

J. Carlos

 

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Instante

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          Más allá del morro del coche, la carretera se desliza hacia atrás como una cinta negra, sin fin. Las rayas pintadas de blanco se alargan a medida que te acercas y desaparecen, y vuelven a nacer y alargarse y a desparecer. El pie derecho se hunde en el pedal. Es una sensación placentera. Vas penetrando el aire, mientras el paisaje boscoso se perfila y le nacen los volúmenes poco a poco. La luz es de un blanco crudo que viene de más allá del horizonte y rebota en la bóveda celeste. Hace dos meses, en esta misma carretera, también amanecía y la luz también empezó con un brillo como de fósforo. Danielle dormía a tu lado, serena, con la melena roja cayendo en suaves ondas hasta su antebrazo.

El Ipod emite música de Wagner, son los acordes de la segunda ópera de El Anillo del Nibelungo. Las notas galopan. El humo del tabaco hace juego con tu sueño azul y te adormece. Toda la noche conduciendo. Los músculos del cuello se han endurecido, pesan, casi se diría que te duelen. Hay un momento en que el horizonte parece el cráter de un gigantesco volcán que va a estallar. Las montañas y los árboles y las señales de la carretera se hacen más nítidas, aunque tienen un halo anaranjado. El pie sigue hundiéndose en el pedal derecho y el automóvil traga más rápido los jirones de bruma. Aquella otra mañana nació limpia y seca. Era verano. Cuando miraste a Danielle dormía a tu lado, serena, la luz le pintaba de oro pálido los labios y le ponía un arrebol en las mejillas.

Los párpados te pesan, siempre te pesan en la frontera entre la noche y el día. Apenas los entreabres porque la luz crece muy rápido y te hiere. Los agitas como alas de mariposa para lubricar la cornea que ha secado el humo del tabaco. Dejas que caigan por un segundo largo. Cuando intentas abrirlos parece que se han anudado las pestañas y que no puedes deshacer los nudos. Bajas la ventanilla, te asomas y dejas que el chorro de aire frío te despabile el sopor. La tierra toda se tiñe de un alumbre rojo. Subes la ventanilla. Según tu recuerdo, hace dos meses y tres días también estaba naciendo el sol y también pesaban los párpados. Te adormecía el silencio y el rurún del coche y la respiración de Danielle que se había acompasado al ritmo de la tuya. Hasta en eso parecíais un solo ser. No pusiste la radio ni bajaste el cristal por no despertarla.

La cabalgata de las valkirias arranca de los metales las notas triunfales de los himnos. Wagner  siempre dibuja un mapa de sonidos en el vello de tu piel. Cabalgas en tu coche a la espera de que las valkirias te rescaten como a un héroe caído en la lucha y te lleven al Valhalla. Tienes prisa, que se aparten los demás que no son héroes ni han caído en la batalla de la vida. Disparas ráfagas de luz y aporreas el claxon cuando algún impertinente no se aparta a la derecha. Wagner alimenta la furia de tus recuerdos. Todos dijeron que te quedaste dormido. No es verdad. Apartaste la vista de la carretera del embalse sólo un segundo y miraste su cabello ungido de sol que parecía un incendio. Necesitaste otro segundo más para una caricia. Tenías que tocar ese fuego con tu mano.

Ahora, antes de que el puente gire a la izquierda, tienes en el horizonte media esfera de sol que parece una moneda partida de lava líquida. Si cierras los ojos sigues viendo el sol, también su melena roja cayendo prendida con hilos de fuego. La orquesta se desboca, son los últimos acordes. El pie derecho hunde el acelerador hasta su tope. Aferras con las dos manos el volante, sin girarlo, no quieres que trace la curva. Cuando abres los párpados que tapaban la luz en tu pupila tienes delante el pretil de aluminio que te separa de un abismo. No tocas el freno. Apenas oyes unos chasquidos al derrotar la baranda porque el golpe ha coincidido con el último estruendo de las trompas y timbales.

Estás suspendido en el aire. Viajas proyectado hacia la moneda incandescente que está emergiendo de la costura que une el cielo con la tierra. Recuerdas el grito de Danielle cuando el coche caía de pico al embalse, y la última imagen de su pelo flotando tras el vidrio de la ventana que tú intentabas partir a puñetazos, y los nudos de tu mano manando hilillos de sangre que colgaban en el agua.

En este leve instante en que la gravedad queda en suspenso adviertes que la montaña también mete sus faldas en el agua. ¿Será Danielle disfrazada de valkiria que viene a recoger al héroe caído y llevarlo en sus brazos al paraíso? Silencio. No tienes miedo. Vas hacia el camino de luz, volando. Necesitas un segundo más, sólo un segundo, como entonces, para acariciar su cabello ungido de sol.

 J. Carlos

Breve historia de un dedo

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Se conocieron en una fiesta de la Facultad de Medicina. Tardaron dos domingos en distanciarse de sus respectivos amigos. Hasta la cuarta semana no recalaron en el Retiro para adentrarse, con la tarde ya vencida, por los senderos más solitarios. Él esperó todavía a que las farolas se fueran encendiendo antes de pasarle el brazo por encima de los hombros. Empezó descuidadamente dejando que los dedos se deslizaran sobre la hombrera de su jersey. Lo hizo con la misma delicadeza con que se posa una mota de polvo. Como ella no rechazó aquel acercamiento terminó por descansar la mano entera y, minutos más tarde, el brazo ya rodeaba su cuello. Terminaron sentados en un banco, no muy lejos del estanque, bajo un fanal que alguna pedrada certera había dejado a oscuras. Eran tiempos difíciles y las aproximaciones se diseñaban como la estrategia militar en las batallas, cada centímetro de piel era una plaza conquistada y cada conquista te permitía seguir avanzando, aunque en ocasiones había que optar por retiradas tácticas.

Ella le retenía las manos entre las suyas, no tanto por acariciarlas sino por impedir los avances cada vez más audaces, y dijo aquello descuidadamente, porque los silencios estúpidos del enamoramiento exigían romperlos con algún comentario: “Qué curioso, el dedo pulgar de tu mano derecha no parece tuyo. Es como si fuera de otra mano. No sé, como si perteneciera a otra persona”. Él le explicó que siendo un niño, cascando nueces con una piedra, se aplastó el dedo. Perdió la uña, aunque por dentro de la cutícula, como si fuera un seno materno, vino a nacer otra que fue creciendo hasta cubrir la falange. La nueva nunca le gustó, era cuadrada y dura como un caparazón, además, siguió contándole, no pudo olvidar el proceso de tumefacción con aquel olor a podrido de la uña que terminó desprendiéndose. Ella se llevó el dedo a sus labios y él, con un rictus de asco, lo retiró.

Marga, es psiquiatra. Se casaron al poco de terminar la carrera. Por su profesión y por la convivencia diaria sabe que Sandro es obsesivo, que le perturba cualquier contratiempo. Sin embargo, ignora la angustia que sembró en el cerebro de su marido aquella observación insustancial dicha para ahogar un silencio, y de la que nunca han vuelto a hablar. También ignora que aquel mismo día compró unos guantes de piel de cabritilla en unos grandes almacenes y que, desde entonces, adquirió la costumbre de meter las manos en los bolsillos cuando no trabaja con ellas. Tampoco le extraña que hasta en casa, salvo con el servicio, cuando tiene la mano desnuda la cierra en un puño con el dedo dentro.

Están bien situados. Casa señorial en el barrio de Salamanca, coche de lujo para menguar el tedio de los desplazamientos en los múltiples viajes que gustan de hacer, dinero en la tarjeta para ir acomodando la vida a los placeres más refinados y paciencia e ingenio para ir gastando los años. Los viernes a la tarde van juntos al mismo salón de belleza de un afamado peluquero. Mientras peinan a Marga, a Sandro le hacen la manicura. Siempre le atiende la misma chica, ya ha aprendido que el dedo en el que se tiene que esmerar para contentar a su cliente es el pulgar derecho. Tiene que limarle las sucesivas capas que engrosan la uña, aplicarle después un esmalte incoloro y recortársela en pico para romper las líneas rectas porque crece roma y parece una tesela mal encajada. Al principio las clientas consideraron su presencia una rareza, con el paso de los años se han acostumbrado y, ni siquiera reprimen los comentarios subidos de tono sobre los cuerpos de los hombres que aparecen en las revistas.

La asistenta, Inés, está hoy desquiciada porque el señor –qué manía con cortar jamón para acompañar el vino de media mañana con la poca maña que se da- se ha rebanado el dedo pulgar con el cuchillo jamonero y se lo han llevado en ambulancia al hospital. Fue el señor quien se vendó la mano, recogió el apéndice ensangrentado de la mesa y lo envolvió en una servilleta. Para Inés ver sangre y descomponerse es todo uno. Por eso se limitó a acercarle el botiquín y, siguiendo sus instrucciones, llenar la cubitera de hielo. Quiso llamar a la señora pero él la persuadió de que no lo hiciera. “Estás hecha un manojo de nervios si la llamas ahora se va a asustar ya la llamaré yo más tarde” -le dijo. Cuando los enfermeros recogieron el estuche de madera de sisu con la tapa picada de agujeritos e incrustaciones de elefantes de latón, donde yacía el apéndice del señor entre cubitos de hielo, Inés corrió al dormitorio principal para buscar un pañuelo de seda del armario y se lo dio para que envolvieran el estuche.

Inés tiene los nervios sueltos y no acierta hoy con las tareas del hogar, primero se le ha roto un vaso en el lavavajillas, más tarde, al tirar del cable de la aspiradora se ha soltado el aplique del enchufe de la pared, y  ahora, al pasar el plumero por el último anaquel de la librería del gabinete donde el señor se pasa las horas dibujando planos, se le ha venido encima un álbum de fotos y ha quedado desarticulado sobre el parqué con la hojas abiertas. ¡Qué extraño! Todas son fotos de dedos. Pasa las páginas con rapidez, sólo hay instantáneas de uñas cuidadas y de dedos largos y esbeltos. Las imágenes le avivan el recuerdo del pulgar en el suelo desangrándose, como si tuviera vida propia, alejado de la mano de su señor, y se le escapa un hipido. ¡Pobre señor! Ahora se lo estarán cosiendo en el quirófano y a lo peor no le agarra bien como algunas plantas o pierde movilidad. Es delineante y lo necesita para dibujar. Se sienta con la cara anegada en lágrimas por la desgracia del señor. También llora por ella misma, le vienen los recuerdos en tumulto, porque aquel dedo ha recorrido en muchas ocasiones las formas de su cuerpo y le gusta tenerlo en su boca, succionarlo, pasar la lengua por esa uña que resbala como si fuera una concha de nácar y apretar la yema contra el paladar cuando el señor se viene.

Harta ya de llorar, se ha preparado una abundante comida porque la angustia le produce siempre una sensación de hambre. Como de costumbre, come de pie, en la cocina, con el plato en el aire sujeto con la mano y viendo la tele. Están dando las noticias de las tres de la tarde. La locutora narra un extraño suceso: “El joven modelo Honoré Chantal que aparece esta semana en la portada de Vanity Fair ha sufrido un atraco esta madrugada. Se sospecha de un ajuste de cuentas porque los delincuentes le han seccionado con un bisturí el dedo pulgar de la mano derecha, y se lo han llevado en la caja de madera de quemar incienso. Fuentes policiales confirman que, salvo la cajita y el dedo, no se han llevado ni dinero, ni joyas ni otros objetos de valor”. En el noticiario pasan, sin solución de continuidad, a comentar las jugadas más sobresalientes del fútbol dominguero. Inés, aburrida, viendo por tercera vez la imagen a cámara lenta del gol de Ronaldo se pregunta, qué contendría el paquete que trajo a primera hora de la mañana un motorista y que se empeñó en recoger personalmente el señor. Pronto es su cumpleaños. En el último le regaló el traje verde de satén de lino y seda para hacer de madrina en la boda de su hermana. El paquete envuelto en papel marrón abultaba poco, quizá un reloj o una pulserita, piensa. Se le escapa un suspiro. Hace un ademán con la mano como si espantara un pensamiento y se le abre la boca porque la desazón también cansa.

J. Carlos

El bolso

Bolso de Soraya

En el bolso de Soraya cabe el Estado. Si rebuscas, lo mismo te puedes encontrar el Rímel de una espía del CNI, la escaleta de un telediario, o el post-it dirigido al ministro Catalá para urgir el cambio en el Tribunal de la Gürtel que evitó la permanencia en prisión de la mujer de Bárcenas.

Mientras Rajoy se ausentaba del palacio de la Carrera de San Jerónimo, no tanto para entregarse a su pereza reglamentaria, que también, sino por evitar que las cámaras acreditaran la descomposición de su rostro y dieran fe de sus ojos hundidos en el cuévano de la derrota, el bolso de Soraya con todo el Estado dentro yacía inmóvil en el ataúd del escaño azul suplantando al cadáver político de su presidente. Era la metáfora perfecta de una presidencia desempeñada desde el desdén a los valores democráticos y la impudicia del latrocinio, desde la mordaza ciudadana y el vasallaje impuesto al legislativo y al judicial, desde los recortes sociales y el atropello de lo público.

Como la holgazanería no está reñida con el buen yantar, huyó del hemiciclo donde celebraban sus exequias y fue a refugiarse en el restaurante Arahy. No se ponen de acuerdo las crónicas sobre si le sirvieron el atún rojo especialidad de la casa o el solomillo de ternera gallega; tampoco especifican la marca del vino, apostaría a que se regó el gaznate con un Pingus del 2013. Como no tenía el día para postres pasó directamente a las copas, de whisky por supuesto. ¿Quién se lo iba a reprochar? Cuando ves en el plasma a Aitor Esteban subido al púlpito del Congreso que clava el último clavo de tu ataúd, el mismo Aitor que hace justo una semana te salvaba el culo por un puñado de monedas, se te queda la garganta más seca que la mojama.

Se desconoce si durante las ocho horas que duró la sobremesa tuvo ocasión de echar una cabezadita. En todo caso, me temo que sería corta y desasosegada. Los duelos nublan el cerebro y, aunque alejan la somnolencia, en el sopor anestésico del alcohol los pensamientos burbujean, explotan en su hervor y quedan flotando como telarañas negras:

-¿Quién se hará cargo de los gastos de asistencia de mi padre que hasta ahora asentaba en la contabilidad pública?

-Sin el poder vicario de la justicia no me libraré de testificar, incluso podrán imputarme por falso testimonio. Ya no te cuento si mi amigo Luis canta la ópera bufa de los papeles de Bárcenas y se acaba sabiendo que M. Rajoy es M. Rajoy, o sea, yo.

-Decía Soraya que si ganaba Sánchez se perderían seis mil quinientos puestos de trabajo, lo que no dijo es que eran la caterva de asesores, altos cargos, amigos, familiares, enchufados y demás ralea adosados en la Administración y en empresas públicas con el carné del partido en la boca. Con ese estropicio ¿cuánto durará el PP? ¿Cuánto duraré yo en el partido sin la argamasa del poder?

-¡Joder! Pronto puedo convertirme en esa persona de la que usted me habla.

Entre pelotazo y pelotazo (de whisky) tuvo ocasión de mandar a Dolores de Cospedal al Congreso para que recogiera su finiquito en directo ante las cámaras. De paso contraprogramaba a Albert Rivera que en ese preciso momento comenzaba su discurso. Mucho antes, recién sentados a la mesa, en el preciso momento en que el chef cubano, “Mundy”, se disponía a servirle un tazón de salmorejo cremoso, vibró su móvil. Andoni Ortuzar le comunicaba su sentencia de muerte. Guardó el aparato. Sin mirar a los presentes, que permanecían hieráticos expectantes, tomó la primera cucharada. “No está mal”, dijo. Volvió a llenar la cuchara y, antes de llevársela a la boca, ordenó: “Que pongan en marcha las trituradoras de papel”. Algunos compañeros de mesa dejaron el salmorejo intacto.

Al filo de las diez de la noche Rajoy se levantó. En el lavabo hizo cuenco con las manos para coger un poco de agua del grifo y restregarse los ojos para  disimular el ligero achispamiento que se reflejaba en sus pupilas. Por el quicio de la puerta se coló una conversación entre “Mundy” y un comensal que preguntaba el significado del nombre del restaurante. “Es una palabra india, significa cambio”. Mientras se secaba la cara con una toallita caliente masculló: “Joder con las metáforas”.

Los escoltas le franquearon el paso hasta su vehículo entre un enjambre de micrófonos y dos muros de cámaras. Ya en el coche, a través del cristal ahumado, miró la Puerta de Alcalá envuelta en conos de luz blanca. Ahí estaba viendo pasar el tiempo. Su tiempo. Por encima de El Retiro, en el horizonte, una luna recién nacida ya no era redonda del todo, tenía una dentellada. Como su historia.

Un perdedor, un parvenu le acababa de pegar un bocado a la historia de España y se había engullido unas cuantas páginas que eran suyas. Tan suyas como la soberbia, la altanería, la indolencia y una oratoria notable, aunque a veces naufrague en el retruécano.

J. Carlos

Soberbia y silencio

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El narrador de ficción siempre juega con ventaja. Toma de la mano al lector y lo coloca en primera fila para que no se le escape ni un diálogo, ni un gesto, ni una arruga de la ropa. Si es menester levanta la tapa de los sesos de los personajes para que el lector pueda ver lo que piensa, o les disecciona en canal el corazón para mostrarle el pálpito de las emociones y los recovecos donde se esconden los sentimientos. El narrador de periódico, igual que el historiador, lleva siempre la peor baza, es un mero voyeur que acumula evidencias aplicando el ojo a la cerradura y la oreja al parloteo. Como no le está permitido trepanar cerebros ni eviscerar a sus personajes se limita a bruñirles la cara del poliedro con la que quiere que el lector les mire. Ni uno ni otro son confiables, el uno porque construye meros artificios, el otro porque pretende contener el fluido de la realidad en el cuenco de las manos.

El único narrador confiable, al menos legalmente, es el juez. Fue una convención, sucedió que los dioses estaban en el más arriba y no se dignaban bajar para narrarnos, desde su omnisciencia, cómo se habían desarrollado los conflictos y los agravios entre los hombres. A falta de un relato único siempre terminábamos a palos o a bombazos. Para resolver esta tragedia decidimos nombrar a un narrador de entre nosotros y le otorgamos el beneficio de la credibilidad.

Ayer la Audiencia Nacional nos desveló el relato de la Gürtel. Todavía no es el último, de forma que no podemos levantar el adjetivo de presuntos a los veintinueve condenados hasta que el narrador Supremo estampe su firma. En esta penúltima narración, todavía presunta, se describen los hechos de estos apóstoles de la codicia con la misma precisión con la que un lapidario pule las facetas de un diamante hasta conseguir la talla princesa. Tiene una prosa densa, reiterativa, en la que viene a asentar y otorgar carta de naturaleza a todo aquello que ya conocíamos de sobra por los medios. Si deconstruyes la sentencia quitándo el polvo de la jerga jurídica y barriéndo el argot contable se queda reducida a una sola frase: “Qué escándalo, qué escándalo, he descubierto que aquí se juega”. La misma que pronunció el capitán Louis Renault en la película Casablanca.

También puedes destilar la sentencia. Es fácil. Se trataría de meter el millón de palabras en la caldera de un alambique, ponerle un fuego debajo hasta que el termómetro del capitel marque los 64º. Cuando el vapor empiece a condensarse en el serpentín habrá de aplicársele un poco de frío para que, por cambio de temperatura, se precipite el licor de la soberbia por la boca del caño. Son mil seiscientas ochenta y siete páginas que destilan una sola palabra, soberbia. A estos facinerosos abonados al pijerío les perdió la soberbia. Porque yo lo valgo. Estaban tan pagados de sí mismo que levitaban un palmo por encima del resto de los mortales. Militaban en una organización que tenía el poder y, no sólo disponía de una maquinaria precisa para saciar su codicia, también expedía los pasaportes a la impunidad. Fueron incapaces de advertir, ensimismados en su latrocinio, que la omertá sólo funciona cuando coses la boca del soplón a balazos. No fueron los policías o los jueces quienes encontraron el hilo de Ariadna, las delaciones surgieron del mismo seno de la organización criminal donde pace el Minotauro. Fuego amigo. Gestapos y gestapillos. Intereses contrapuestos. Luchas de poder intestinas. Envidias. Recelos. En suma, soberbia.

Resulta enternecedor, aunque sepas que es una burla a la inteligencia,  el espectáculo de los voceros de la organización política condenada repitiendo las mismas consignas como muñecos de cuerda a punto de pararse o descomponerse. Las frases son las mismas. El tono, con el tiempo, va decayendo y pasa de barítono a bajo como el de una misa de réquiem. La cara se les amustia al igual que amustia sus gestos el enterrador cuando se acerca a los deudos por ver si cae una propina.

Entretanto, el Minotauro perdido en el laberinto de su indolencia, necesita zamparse urgentemente siete Zapalanas y siete Ratos para saciar el apetito. Lleva casi una década dando cuenta del sacrificio de siete hombres y siete mujeres que le echan los suyos en el laberinto judicial y que, desorientados, acaban en las fauces de la bestia perdiendo hasta su identidad (esa persona de la que usted me habla). Ignoro si el Teseo que luche y mate al Minotauro será Bárcenas, harto ya de ser la puta del PP y encabronado ante la perspectiva de que las posaderas de su santa terminen calentando la taza del retrete de una celda. Lo que sí sé es que el héroe que acabe con la bestia no será ni Rivera, ni Sánchez, ni siquiera las urnas. Caerá abatido por los propios. El arma no serán los sobres de un blanco roto que contrastaba con el color mierda de los cigarros puros  con que los tapaban. Tampoco el tiro de gracia será la acreditación de que la identidad de M punto Rajoy coincide con el Minotauro. Me temo que caerá por algo tan ruin y tan poco sublime como los tarros de crema antiedad de la Cifuentes. Ya sabemos que los narradores de ficción y los historiadores cargan las tintas en la épica pero la realidad es siempre más prosaica.

Hay narradores que juegan magistralmente con los silencios, al fin y al cabo, una novela es como una sinfonía y la música es una concatenación armónica de sonidos y silencios. Los silencios pueden ser espesos como el del teléfono cuando tiene que sonar y no suena, breves como el que se sucede cuando las bocas van a sellarse en un beso, inquietantes como el de la naturaleza antes de que estalle la tormenta. También pueden ser broncos como el mutismo de Aznar. Recuerdo que Váquez Montalbán acuñó en un libro póstumo el concepto de “aznaridad”. No vivió para saber que además de los delirios de grandeza que enmascaraban su incompetencia, gastaría malos modos con su pupilo, zahiriéndole y denostándole, en cuanto éste se libró de su vasallaje. Murió sin sospechar que la aznaridad se resumiría en oponer un tupido silencio frente a las fechorías de su ejecutivo, cuya foto hoy podría orlarse con un “Se busca” porque como escribe Rubén Amón: “No está claro si Aznar tenía un Gobierno o si pretendía asaltar el tren de Glasgow”.

Para los que piensan que quien calla otorga -no es mi caso- todos los silencios son cómplices.

J. Carlos 

Perplejidad

casoplón

El tiempo es un pudridero porque obedece a la segunda ley de la termodinámica, “a cada instante el Universo se hace más desordenado”. Esto es, se produce un deterioro inexorable que tiende hacia el caos. Por eso las montañas se erosionan, las olas del mar desgranan las rocas en un desorden de arena y el cuerpo humano se precipita hacia una degradación polvorienta hasta confundirse con la misma tierra que habitó.

Coincidiendo con el séptimo aniversario de movimiento del 15 M que se asentó en la Puerta del Sol de Madrid, dos de sus adalides, Pablo Iglesias e Irene Montero, que con el viento a favor de aquellas protestas izaron las velas de un nuevo partido, se han comprado un casoplón. Aquel movimiento nació con el objetivo de moderar la entropía social –la velocidad con que se produce el desorden- que traía su causa de la crisis financiera. En aquel caos donde el espejo del futuro se hacía añicos y los jóvenes comprendieron que ya no tendrían trabajos normales como sus padres, ni salarios y pensiones dignas, ni educación gratuita, ni sanidad pública, fue fácil para Pablo e Irene inflar los pulmones y llenarse la boca con vocablos que encendían la cólera y alumbraban la esperanza: “Los partidos de la casta, las élites económicas, el miedo tiene que cambiar de bando…” Luego viene el pudridero del tiempo a desordenar las cosas y de aquellas aseveraciones: “los políticos que viven en grandes casas es lo peligroso” pasamos, con una entropía desbocada, a un chalet en la sierra con piscina de piedra, tres dormitorios con vestidor, comedor con dos ambientes, casa para invitados y una parcela en que podrán sembrar la tercera parte del césped del Bernabeu. La historia se repite, acuérdate de la Villa Meona del que fuera ministro socialista Miguel Boyer y de su segunda mujer, Isabel Preysler, que contaba con trece baños. Siempre supuse que este número obedecía más a la Cábala que a la necesidad.

No soporto la ruindad mental de quienes piensan que un rico no puede ser de izquierdas y, de serlo, ha de practicar la austeridad en el proceder, la frugalidad en la colación y la moderación en la bebida como si perteneciera a la Orden Franciscana y profesara el voto de pobreza. Pero tampoco soporto a los inquisidores que crucifican a los adversarios -“¿entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 € en un ático de lujo?”- y luego se gastan casi 700.000 € en una casa que no desentonaría con las que retrataba aquella vieja serie de Falcon Crest.

La perplejidad se manifiesta al advertir que las ideas, que tienen la pureza de las vírgenes, caen seducidas por la oratoria mística de los profetas y éstos, inexorablemente, terminan prostituyéndolas.

Como hemos dicho el cuerpo humano se precipita hacia la degradación, pero con la medicina y los conocimientos adquiridos hemos conseguido reducir la velocidad con que se desordena y arañarle unos cuantos años a la vida. Por el contrario en la España de Rajoy la degradación se acelera porque, como él mismo afirma, “a veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión”. Sin nadie que reduzca la entropía el caos está servido. Ahí tienes el caso de Cataluña. Durante los días 6 y 7 de septiembre próximo pasados, el Parlament catalán violó la Constitución y el Estatut, con la aprobación de las leyes del Referendum y la de Transitoriedad ante la impertérrita indolencia del mentado. Desde entonces acá la putrefacción política y social está tan avanzada que estamos atufando a Europa.

La última tufarada que envenenó el aire de la democracia española y europea se expelió ayer, fue con la toma de posesión como President de la Generalitat de un filofascista cuyos escritos afirman una supremacía trumpiana y una xenofobia cercana al apartheid practicado hasta 1992 en la República de Sudáfrica por la minoría blanca. Veasé: “Los cruces [de la raza del socialista catalán] con la raza del socialista español fueron aumentando y aumentando hasta llegar a mutar el propio ADN de los autóctonos”.

Este espécimen de ser humano, como buen narcisista, presume de conocernos a todos los españoles cuando afirma que “vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”. Supongo que ignora aquella anécdota de Churchill que cuando le preguntaron la opinión sobre los franceses contestó: “No sé, son muchos y no los conozco a todos”. Fue la mejor respuesta contra la xenofobia, el nacionalismo cateto y el estúpido odio al extranjero.

Para demostrarle humildemente que, siendo español sí sé utilizar esa palabra, me congratula expresarle los sentimientos que usted me suscita: Si goza de buena salud mental y su ideología es la que expresa en sus escritos, siento vergüenza no sólo de ser su compatriota sino también de pertenecer a la misma especie. Caso de que sufra alguna psicopatología social, me da lástima. La buena noticia es que medicado, en las manos de un buen facultativo y alejado del poder puede que no haga daño a nadie.

Seguramente, al contrario que usted, ni me siento ni me dejo de sentir orgulloso de mi patria, como no puedo sentirme orgulloso de tener los ojos castaños o la piel blanca. Nací aquí, me vino dado, al igual que me vino dado el cuerpo. Me siento un privilegiado por pertenecer a este grupo humano y trato, en mi modesta medida, de que las cosas vayan mejor para mis compatriotas. Claro que hay cosas de España que me gustan y otras  que me disgustan como me pasa con mi cuerpo. Ojalá que no hubiera patrias, sólo una, la única común de toda la humanidad. Sé que no le verán mis ojos, como sé que todo lo que usted representa va contra ese principio. ¿Sabe de qué estoy orgulloso? De mis principios porque no me vinieron dados, tuve que esforzarme para conseguirlos y luchar para que pervivan.

La perplejidad no es ya que la llamada izquierda catalana sea nacionalista, que también. O que voten a la derecha catalana que tras gobernar tres décadas largas, terminó arropándose en la estelada para ocultar la rapiña de las arcas públicas. O que después, coaligados con esa misma derecha que por vergüenza hubo de cambiar hasta de siglas, dieran un golpe de Estado juntos y, actuando de mamporreros, les ayudaran a mitigar la contestación social por el estropicio causado por los recortes más sanguinarios de todo el Estado que habían perpetrado el Sr. Mas y sus secuaces. La perplejidad es que hayan entronizado como representante de todos los catalanes a la marioneta de un prófugo, la cual, sin duda inspirada en Mein Kampf, considera “bestias con forma humana” a los catalanes que hablan español, pero no acémilas o bestias de carga, no; especifica que son “carroñeros, víboras, hienas”.

Al igual que Convergència tuvo que cambiar de nombre para blanquearlo, como hacen los delincuentes con el dinero robado o malversado, espero que Esquerra Republicana de Catalunya borre la primera palabra de su nombre para no sonrojar a la izquierda y para no burlarse de la inteligencia del común de los mortales.

J. Carlos

Huellas

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No importa la levedad con que pases por la vida, siempre dejarás un rastro.

Mientras el mar borraba las huellas que tus pies imprimían en la arena aquella tarde, ella se estremeció cuando descuidadamente tu mano rozó la suya. Seguramente se habrá olvidado de otras pieles que transitó en esa misma playa, pero guardará para siempre en la caja de caudales de sus sentimientos ese momento en que las yemas de tus dedos se encontraron fugazmente con los suyos. Lo escribió en un poema, a los dieciséis. Todas las primaveras, cuando la primera petunia de su maceta rompe el capullo y asoman los pétalos malvas con motas blancas, también se le asoma el recuerdo, aunque aquel mar de un verde óxido donde flotaban algas muertas ahora es turquesa y el sol escuálido de la tarde, emboscado entre nubes, está en todo lo alto porque los dos camináis juntos sin pisar vuestras sombras. Cada vez que regresa a la playa, que ya no es la de aquel verano, en un coche cargado de nietos, mucho antes de llegar al mar abre la ventanilla para oler el salitre y se le vuelve a erizar la piel evocando aquel instante tan lejano. La última vez que sintió una sacudida en la yema de sus dedos fue en el mismo instante que el anestesista le puso la mascarilla del oxígeno; cuando despertó sus dedos buscaban tus dedos y sus pies pisaban la arena de aquella playa, durante la sedación había condensado toda su vida en un sueño de verano, su cerebro tardó unos minutos en despegarla de aquel gesto tuyo y regresarla al futuro, cincuenta años después.

Si las palabras pudieran medirse por la cantidad de aire que desplazas mientras hablas, podrías constatar que a lo largo de la vida has desalojado unos cuantos millones de metros cúbicos que han hecho vibrar unos millares de tímpanos. Con la boca has conjugado el verbo amar, el verbo mentir, el verbo vender, el verbo enseñar…, pero esa miríada de sílabas se han diluido casi al mismo tiempo que las emitías porque su vida media es la de una exhalación. Tus palabras habrán provocado alguna tormenta al otro lado del mundo por el efecto mariposa o, quizá hayan quebrantado a tu prójimo porque, a veces, se transforman en armas de destrucción masiva que rompen amores y  amistades o, desgarran el corazón de los allegados con la misma precisión que lo haría una mano asesina con una navaja trapera. Lo que sí sé es, que  aquella mañana cegada por la niebla que emborronaba del vidrio de las ventanas las hojas de los árboles y el edificio de enfrente, mientras impartías la lección recorriendo peripatéticamente el pasillo de la clase, dijiste una frase lapidaria que tal vez la habías tomado prestada de un libro, pero aquel muchacho la anotó en su hoja de apuntes, la subrayó, la hizo suya y enderezó su vida quebrada por la desidia. Desde entonces la ha repetido unos cientos de veces viniera al caso o no, tantas que sus hijos cuando recita la primera palabra terminan la frase a dos voces. Todavía hoy, en una reunión anodina de trabajo, la escribe en su cuaderno de notas y la encuadra con filigranas y arabescos. Todavía hoy recuerda con precisión el color miel de los pupitres y tu voz y la manga de tu chaqueta manchada de tiza, aunque de evocar tantas veces aquel suceso, para ti tan nimio, se ha olvidado de la niebla y de que hacía un frío glacial en el aula porque se había estropeado la calefacción.

Será una traza mínima, si quieres, como aquella mañana en el metro que ibas leyendo de pie, recostado en la pared del vagón; el escritor sentado enfrente te había estado mirando sin pestañear desde que entró tres estaciones antes, cuando se apeó ya tenía el personaje principal de su novela. Nadie lo sabrá nunca, pero cada vez que se relee te está viendo a ti, embebido en un libro, casi sin pestañear, con una melena castaña discreta, los ojos de un verde intenso y un porte desmadejado como vencido por la melancolía.

Otras veces fue una impresión pasajera, un mero indicio que ignoras que alguien sigue buscando. Ella picoteaba la acera con su bastón blanco buscando el bordillo, le pusiste la mano en el antebrazo y le ayudaste a cruzar el paso de cebra a pasitos lentos. No sabía que tenías prisa, antes de darte las gracias te dijo que, su ceguera sobrevenida duraba ya dos meses y que era el primer día que se había aventurado sola a la calle. Desde hace medio siglo cada vez que se para en un semáforo y alguien se acerca, aspira hondo por ver si la casualidad le trae de nuevo tu fragancia.

Siempre habrá una huella que habrás dejado al pisar el camino de lo cotidiano, aunque no lo sepas, y permanecerá brillando como fósforo en la noche en el corazón que conmoviste hasta su último latido. Después el mar seguirá borrando playas para que otros, que también pasan por la vida con levedad, puedan dejar su rastro.

J. Carlos