Ayer se hizo el silencio. Hoy volvió la vida en un grito: No tinc por

Lazo negro Barcelona

La vida es agitación, ruido, bullicio. El horror enlentece la vida, la anestesia. Ayer en las Ramblas de Barcelona a partir de las cinco de la tarde sólo se oían los grillos. Faltaba el fragor del tráfico, las risas, el ajetreo de los bares, el mercadeo de las tiendas. Faltaba el chirrido de las ruedas de las maletas acarreadas por los turistas. Las conversaciones bajaron a media voz. Sobraban los muertos.

En Cambrils, recién caída la hoja del calendario, intentaron otra vez el espanto y se encontraron con una lluvia de fuego. Sólo les dio tiempo a  coser a un inocente a cuchilladas.

Los traficantes del terror tienen como primer objetivo silenciarnos, quebrarnos la palabra, y es verdad que la noche se quedó muda de duelo. Hoy Barcelona ha llenado las Ramblas de flores, de velas, de peluches porque hay niños muertos. Hoy Barcelona ha roto el silencio de los cementerios, está bullendo más que nunca, está agitada, cabreada, unida en un solo grito: “No tinc por”. Ayer, con la garganta cerrada por la rabia, Barcelona hizo colas interminables para donar su sangre, y tendió la mano de la hospitalidad abriendo las puertas de los taxis, las casas, los hoteles a todo aquel que lo necesitara. Ahí los traficantes del terror pincharon en hueso como pincharon en Madrid aquel fatídico 11 de marzo. Nunca un pueblo, una ciudadanía, una nación estuvo más unida ni fue más solidaria. Nunca como hoy en Barcelona o ayer en Madrid me sentí más orgulloso de ser español.

Hay príncipes y mulás que desde palacios forrados de oropeles maquinan, predican y ordenan estas orgías de sangre. Lo hacen en honor de un dios inventado para sojuzgar a sus pueblos y disfrutar de sus privilegios feudales. Seguramente ayer, a las cinco de la tarde, brindaron con champán porque la notoriedad de Barcelona propicia que su matanza rebote como el eco, llegue a todos los oídos y se refleje en todos los ojos del orbe. Pero en el fondo de sus menguadas mentes de pastores de cabras, tienen que admitir que nuestra sociedad funciona con la precisión del reloj del firmamento que veían sus abuelos en la noche del desierto. Les perturba que todos los engranajes de los cuerpos de seguridad, de emergencia y sanitarios mengüen los horrores de sus tropelías con una eficacia que jamás verán en las latitudes donde ejercen sus tiranías. Les desquicia que en el ejercicio de nuestra libertad, y no por imposiciones religiosas o militares, nos echemos a la calle a decirles que no tenemos miedo, al igual que antes tomamos las calles para gritarle a ETA: “Aquí tienes mi nuca”. Les trastorna que aquí, a diferencia de otras ciudades europeas, a las horas volvamos a llenar las Ramblas de agitación, ruido y bullicio.

Sí, con lo dientes apretados, con rabia y con enfado lloraremos a nuestros muertos. Todos sus muertos son nuestros muertos, así en Europa como en el resto del mundo, porque cada vez que revientan a un cristiano, a un judío, a un musulmán o a un ateo, están empujándonos dentro de su caverna. Una caverna oscura, teocrática y tirana que no es de este tiempo, se quedó varada allá por la Edad Media. Después de hartarnos de llorar volveremos a la vida, a nuestra vida digna, de igualdad, derechos humanos y solidaridad. Y lo haremos sonriendo  enseñándoles los dientes de nuestra libertad. Es lo que les jode.

J. Carlos

Coincidencias

Futuro

Te escribo estas líneas con el cerebro todavía alborotado, con una sensación de tumulto porque una parte de mis neuronas se han echado a la calle, a las barricadas. Se han sublevado contra mi gobierno mental que sostiene, todavía, una línea de pensamiento obsoleta. La revolución interna que se venía fraguando desde hace una década me ha estallado en los últimos días de julio, justo cuando las neuronas no están para estos trotes. Bastante tienen con quitarse el calor de encima y mantener la temperatura cinco o seis grados por debajo del ambiente exterior.

Todas las revoluciones necesitan, como las bombas, un iniciador o chispa para explotar. La revolución que se ha declarado en mi cabeza también ha tenido su chispa, la lectura de Homo Deus, que viene a ser la secuela de Homo Sapiens de Yuval Noah Harari. Ya te hablé con pasión de este autor en otras piezas de esta bitácora, Ficciones y Autobuses. Hoy, me repito y, seguramente, exagero. Estoy como el niño que acaba de estrenar ideas nuevas que andaban por ahí sin concretarse, hasta que viene una inteligencia superior, las saca a la superficie y te las presenta: “Aquí unas ideas”. “Aquí un lector”. “Un placer conocerlas”. “Gracias, igualmente”. Para resumir te diré que estos dos artefactos filosófico-históricos ofrecen una explicación, rigurosamente documentada, sobre cómo hemos llegado hasta aquí y una serie de pistas de cuál será el posible futuro de la especie. Créeme que no exagero cuando afirmo que, su visión de la historia será estudiada en todas las universidades en el siglo XXI con la misma intensidad con que lo fue El Capital de Marx en el XX; con una diferencia sustancial: éste estaba mal escrito y era más árido que el desierto de Atacama, mientras que aquellos tienen una prosa tan sencilla y exquisita como la de Bill Bryson o la de Carl Sagan.

Estos días, mientras me inyectaba en vena su lectura, casi como un yonqui, se sucedieron dos coincidencias que vinieron a echar leña al fuego revolucionario que ha prendido dentro de mi cráneo.

La primera la proporcionaba Facebook. Sus informáticos tuvieron que desconectar dos proyectos de Inteligencia Artificial (AI) porque se les iba de las manos. Se trataba de dos algoritmos, Alice y Bob diseñados para negociar entre ellos, en inglés, por el procedimiento de recompensa, como se hace con ratones de laboratorio; de forma que aprenden las tácticas a seguir cuando son recompensados y, cuando no lo son, aprenden las decisiones que no deben tomar. Al cabo de unos días se percataron de que el inglés resultaba ineficaz para sus propósitos y modificaron el lenguaje adoptando una estructura más eficiente. Los humanos, al reparar en que los algoritmos se entendían en un lenguaje incomprensible para ellos, los apagaron. No es la primera vez, la fundación OpenAI, de Elon Musk, hubo de paralizar también un experimento porque el algoritmo había desarrollado su propia forma de comunicarse. Por eso el fundador de Tesla afirma ahora que: “Hay que regular la inteligencia artificial antes de que se convierta en un peligro”. Google Brain, adelantándose a los acontecimientos, ha diseñado un botón de pánico para desconectar sus máquinas si se despendolan.

La otra coincidencia, que publicará mañana Nature, es la de que un equipo internacional de científicos ha conseguido, con la técnica de edición genómica CRISPR, corregir defectos congénitos en el genoma de embriones humanos. La noticia está en que lo han conseguido sin introducir errores adicionales. Ya te expliqué en este artículo, El Phoshop genómico y elefecto mariposa que investigadores chinos dirigidos por Junjiu Huang estaban cambiando los ladrillos del genoma de embriones humanos. La técnica no estaba muy depurada, así que la pared de la vida no encontraba la vertical porque los errores dejaban el enladrillado en malas condiciones. Era cuestión de tiempo que la ciencia resolviera esos “errores adicionales”. Por cierto, fue un investigador español, Francisco Mojica, de la Universidad de Alicante, el que descubrió en la arquea Haloferax mediterranei unas repeticiones palindrómicas en su genoma como barrera para luchar contra los virus. Eran los CRISPR.

Esas y otras coincidencias son las que te inducen a pensar que Harari puede tener razón y estamos a punto de abrazar una nueva religión: “El dataismo”.

En el siglo XVIII Locke, Hume y Voltaire nos convencieron de que Dios era producto de la imaginación humana y abrazamos la religión del Humanismo. Por si acaso dudábamos vino Nietzsche a certificar la muerte de Dios. Nos hicimos devotos del Humanismo porque con su ciencia y su inteligencia el ser humano mataba el hambre de la mayor parte de la especie, curaba enfermedades, reducía las guerras, incrementaba el bienestar y retrasaba la edad de la muerte sin necesidad de hacer rogativas a dioses o a santos.

A finales del XX hemos hecho dos descubrimientos sobrecogedores que nos abocan a renegar del Humanismo como antes renegamos de Dios. El primero se debe a Alan Turing que introdujo los conceptos de algoritmo y computación. Gracias a él hoy tenemos máquinas que, mediante un conjunto de instrucciones matemáticas tratan los datos que les suministramos y, no sólo nos superan en inteligencia, además, tienen la capacidad de aprender. Ahí tienes el sistema de Inteligencia Artificial Watson de IBM, una herramienta que ya se utiliza para tomar decisiones clínicas, industriales, financieras, etc. con mayor precisión y eficacia que un ejército de premios Nobel humanos. El segundo descubrimiento es que, tal vez, todos los organismos vivos no somos más que algoritmos bioquímicos y la vida solo consiste en procesar los datos o estímulos que recibimos. Bastaría con alterar los algoritmos o la entrada de datos para modificarnos. Nada nos impedirá reprogramarnos para tener el olfato de un perro, unos ojos que perciban todo el espectro de ondas electromagnéticas desde las de radio hasta los rayos gamma, o que el cerebro nos recompense con la sensación de un  orgasmo cuando nos venga en gana. Como advierto una mueca de escepticismo en ese fruncimiento de tu frente. Dime si modificar el genoma de un embrión humano no es la reprogramación de un algoritmo bioquímico.

Son ideas que sobrecogen. Lo sé. Es fácil imaginar a unos pocos ricos humanos con capacidades aumentadas que gozan de juventud y un tiempo de vida ilimitados, frente a legiones de parias humanos condenados a la enfermedad, la vejez y la muerte próxima.

O, puede que todo lo contrario. Lo bueno que tiene el futuro es que no está escrito, ni siquiera pautado en algoritmos.

J. Carlos

Con capa y sombrero de ala ancha

blesa-caza

Las dictaduras tienen las digestiones lentas. Cuando el pueblo consigue desalojarlas, sea por las bravas o por la muerte en la cama del dictador, cree que basta con tirar de la cadena del váter de la historia para que sus excrementos fluyan bajo tierra en las cloacas y, en el mejor de los casos, abonen como metáforas de la maldad humana los libros de texto.

En España, por ejemplo, hoy hace cuarenta años que estrenamos Cortes e Instituciones democráticas, los mismos años que duró la dictadura. Y aún seguimos corroídos por el ácido clorhídrico de la corrupción. Los partidos políticos se han travestido de Movimiento Nacional y han tejido una red clientelar que tupe todo el entramado de Administraciones Públicas. Mientras los partidos anglosajones cuando acceden al gobierno sólo pueden nombrar de Director General para arriba, en nuestro país cualquier puesto de trabajo en la Administración es de libre designación y, de existir algún reglamento específico que lo impida, se crea una empresa pública donde colocar a los familiares hasta el cuarto grado de afinidad y más allá. Las comisiones y regalías no son más que el corolario de este sindiós. O se apoquina la coima o no se trabaja con las Administraciones. Por eso, cuando veo una obra pública, una privatización o una subvención, por instinto, me echo la mano a los bolsillos con la certeza de que me están birlando un 3%, un 6%, un 10%. En ese sumidero desaparecen unos 8.000 millones de € al año.

Hay otra corrupción más dañina, heredada también de la dictadura, pero enraizada desde hace siglos en aquel rasgo patrio que universalizó la literatura del Siglo de Oro, la picaresca. Según el Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha), la cuarta parte del edificio económico no paga los gastos de comunidad. Es decir, 25 de los  100 vecinos utilizan los servicios comunes sin pagar un duro y, cuando los paganos los saludamos en el ascensor o en la escalera o en el portal se nos ríen en nuestra cara. Y eso no es un sumidero, es un pantano de tierra porosa por el que perdemos 90.000 millones de € al año (30.00 en cotizaciones a la Seguridad Social y 60.000 en Impuestos). Con ese pastón acabaríamos de un plumazo con el déficit de las pensiones, y podríamos revertir en un solo año todo lo recortado en educación, sanidad, inversión, obra pública, etc. durante la crisis y, todavía nos sobrarían para amortizar deuda.

Aquí, pues, se da la paradoja de que enterramos bajo tierra la cuarta parte de nuestra economía para esconderla, mientras las cloacas económicas discurren al aire libre por mitad de las calles, con la misma impunidad con que las aguas negras se arrojaban desde los balcones hace dos siglos y medio.

En marzo de 1766, el pueblo amenazó con asaltar el palacio real si no se destituía al Ministro Esquilache, que pretendía prohibir la tradicional capa y el sombrero de ala ancha por la facilidad de esconder armas. El rey, Carlos III, tuvo que destituirlo, amén de disolver la guardia valona y disminuir los precios de los alimentos básicos. Nadie le explicó al Marqués de Esquilache que aquella indumentaria no era un receptáculo de armas, sino un simple parapeto contra la carga que disparaban los orinales al grito de “agua va”.

Los medios de comunicación y los jueces llevan años mostrándonos como los orinales del Poder y del Dinero nos han estado enmerdando. Nos resbalaba por ese sombrero de ala ancha con el que nos inclinamos servilmente y escurría por esa capa hecha de paciencia secular. Pero algo está cambiando. Se amontonaron los abuelos, pancarta en ristre, alrededor de los coches que traían y llevaban a los corruptos a comparecer en el banquillo. No fue un motín, pero se te helaba la sangre. Comparecieron los delincuentes de cuello blanco ante los jueces gastando soberbia, perdonándonos la vida, con sus muletillas aprendidas en las películas de mafiosos: no sé, no me consta, no recuerdo… Leímos sus correos, escuchamos sus conversaciones… Y caímos en la cuenta de que su simpleza no daba para un guión de película de tercera. De todos los gastos con la tarjetas Black ni un mísero euro para comprar un libro o para ir al teatro o para pagarse un curso. Vinos caros, viajes, billetes de cajero, restaurantes de lujo y lencería con puntilla.

El pasado 19 de julio, cuando faltaban tres días para la efeméride de los cuarenta años de Cortes democráticas, Miguel Blesa se pegó un tiro. Fue durante trece años Presidente de Caja Madrid por méritos propios: Había estudiado la oposición con Aznar y era su amigo. Sus conocimientos bancarios iban más allá de lo que se podía presumir en un fontanero o en un echador de cartas, pero no mucho más. Supo corromper a sus aledaños para mantenerse en el cargo y regó con préstamos “incobrables” a sus íntimos, ente otras fechorías. El penúltimo corte de mangas que nos hizo desde su coche oficial blindado de medio millón, fue la estafa de las preferentes. Si sumamos toda su ruinosa gestión resulta un saldo de más de 1.000 millones de € por año que se mantuvo en el cargo. Rato vino después a redondear la cifra y duplicarla. El último corte de mangas nos la hizo con su escopeta, se cazó a sí mismo y, de paso, birló a las arcas públicas unos cuantos millones que resultarían de las responsabilidades civiles. Éstas se extinguen junto con las penales por el fallecimiento del reo ya que no existe condena en firme. Todo un acto de amor a la familia.

Estoy convencido de que si en vez de haberse cazado a sí mismo, hubiera cazado una cierva de descarte, habría llamado a su taxidermista de confianza. Lo que ignoro es, a quién o quiénes les hubiera mandado el trofeo de su cornamenta.

Hoy hace cuarenta años que estrenamos Cortes democráticas y aquí seguimos, embozados con capa y sombrero de ala ancha para no mancharnos.

J. Carlos

Génesis

Tierra

Si no fuera por Júpiter y por Saturno no estaríamos aquí. Parece ser que, Júpiter venía como un loco desde el extrarradio a estrellarse contra el Sol y en el camino hizo trizas a varios planetas más pequeños. Al concatenarse su órbita con la de Saturno, éste primero le frenó cuando ya estaba, como aquel que dice, a tiro de piedra del Sol y, después, lo lanzó a su órbita actual, lejos del astro rey. Con las escombreras de aquel desaguisado se formaron los planetas rocosos, entre ellos la Tierra. Sucedió hace unos 4.600 millones de años.

Te digo más, si no fuera por la Luna tampoco estaríamos aquí. Unos millones de años después de que Júpiter quedara atrapado en el sistema solar, la Tierra colisionó con otro cuerpo menor y la quebró. Un gran trozo salió disparado tratando de sortear el agujero en el espacio que produce la masa de nuestro planeta. No lo consiguió, quedó orbitando en ese punto en que ni cae sobre nuestras cabezas ni puede zafarse y huir, como si le uniera con la Tierra un cordón umbilical. Gracias a esa luna que cantan los poetas y levanta las aguas de los océanos, el eje de la Tierra está estabilizado, de otro modo, la influencia gravitatoria del Sol y de Júpiter lo habrían convertido en un mundo sin vida debido a los bruscos cambios de temperatura.

Mil millones de años después surgía la vida en el agua de nuestro planeta, sin que tengamos muy claro cómo brotó. Parece ser que unos cuantos átomos se ordenaron en moléculas orgánicas simples que, más tarde, adquirieron la habilidad para replicarse y copiar su material genético.

Por el estudio de los registros fósiles de los últimos 600 millones de años sabemos que ha habido cinco extinciones masivas de especies, cuyas razones hay que buscarlas en cambios climáticos que producían descensos y aumentos del nivel de los mares, impacto de meteoritos, explosiones volcánicas o, simplemente por la aparición de nuevos tipos de organismos que acababan con otras especies. La más letal fue la tercera que terminó con el 90% de las especies. La cuarta, paradójicamente, les vino de perlas a los dinosaurios porque se cargó a especies desafectas; ocurrió hace 210 millones de años. La última tuvo lugar hace 65 millones de años, la causa más probable fue el impacto de un cometa y provocó la desaparición de los dinosaurios que se las prometían tan felices. Todos estos avatares que afectaron a nuestros ancestros remotos nos traían al pairo porque no éramos todavía, nos faltaban algunos eslabones en la cadena de la evolución.

Se calcula que hace 3,5 millones de años apareció el primer homínido. Se llamaba Australopithecus, era enano, no levantaba más allá de un metro veinte; su cerebro también era pequeño, medio litro. Tuvo que transcurrir otro millón de años para que asentara sus reales el Homo Habilis y, sucesivamente, fueron llegando el Homo Erectus, el Heidelbergensis, el Neardentalensis, Denisoviensis y el Sapiens.

Nosotros, los Sapiens, somos unos recién llegados a esta nave, tenemos unos 150.000 años de antigüedad y contamos con un cerebro que alberga un litro más cuarto y mitad.  Los demás especímenes de la familia de los homínidos desparecieron sin dejar más rastro que un puñado de huesos y algunos utensilios. Nuestros primos más cercanos los Neardentalensis se esfumaron hace la friolera de 30.000 años. Antes de su extinción tuvimos ocasión de aparearnos con ellos, por eso en el genoma de los europeos se encuentra la huella genética Neardental. Al igual que los asiáticos y oceánicos tuvieron deslices con los denisovanos y así lo refleja su ADN. De lo que se deduce que siempre hemos sido de natural promiscuo.

Ha sido tal nuestro éxito en esta larga travesía que hoy somos la forma de vida más dañina que jamás pobló la Tierra. Sumados somos 7.350 millones de individuos y, cada día, crecemos a un ritmo de 158.000 personas –diferencia entre muertos y nacidos-. Nuestras prácticas gastronómicas exigen la tortura en campos de exterminio de 60.000 millones de animales al año, que se salda con un sacrifico diario de 345 millones, a lo que hay que sumar la ingesta de 140 millones de toneladas de peces. Cada kilo de carne, por ejemplo, exige el consumo de 15 kilos de cereal, 15.000 litros de agua, amén de abonos, pesticidas, fertilizantes y otros elementos contaminantes.

Dicen los expertos que caminamos hacia la sexta extinción masiva de especies. Esta vez no se esperan lluvias de meteoritos, ni impactos de cometas, ni nubes tóxicas exhaladas por erupciones volcánicas apocalípticas. Hemos allanado su hábitat, comportándonos como vulgares okupas, y seguimos esquilmando sus ecosistemas por tierra mar y aire; baste como botón de muestra la  tala de bosques a razón de 200.000 kilómetros cuadrados al año. Nuestras actividades agrícolas, ganaderas, industriales y de sistema de vida borran de la faz del planeta entre 30.000 y 50.000 especies al año y,  se calcula que en el año 2050 ya habremos exterminado a la mitad. El cambio climático, seguramente ya irreversible, sólo está acelerando el proceso. Desde la era preindustrial (1850) hemos incrementado la temperatura media global por encima de 1º C y, desde que existen registros se acredita que, 16 de los últimos 17 años han sido los más cálidos. Como epidemia somos letales para la vida en el planeta, mucho más que el Coronavirus, el Ébola y el Zika juntos lo son para los humanos.

Quién les iba a decir a los cronistas judíos escritores de El Génesis, que iban a ser los autores intelectuales de la sexta extinción, al poner en boca divina aquellos mandatos de: “Creced y multiplicaos”  y “Que (el hombre) domine a los peces del mar y a las aves del cielo, a todos los animales de la tierra, y a todos los reptiles e insectos».

No deja de ser notable que la vida haya sido fruto del azar y que se pueda extinguir por culpa de la inteligencia.

J. Carlos

Los catalanes y el punto de fusión.

Puigdemont y Junqueras

Los sociólogos deberían estudiar física y química. Cada vez estoy más convencido de que los grupos humanos se comportan como cualquier sustancia, de forma que modificando sus condiciones de temperatura o presión se obtienen distintos estados o fases sociales: sólido, líquido, gaseoso y plasmático.

Paralelamente podemos decir que, si cada estado de la materia queda definido por la fuerzas de unión de las partículas que la constituyen (moléculas, átomos e iones), cada estado social también se puede definir por las fuerzas de la unión de sus miembros.

Fíjate en la sociedad catalana. En junio de 2006 gozaban de un estado sólido, acababan de votar en referéndum un nuevo Estatuto, previamente aprobado por las Cortes españolas y el Parlamento catalán. Como cualquier materia en estado sólido sus miembros gozaban de una cohesión elevada, tenían una forma definida  con fuerzas elásticas que en caso de deformación la volvían a su configuración original, eran resistentes a la fragmentación, y la fluidez independentista era de muy baja intensidad. Rajoy y su partido se sintieron zaheridos en su solidez nacionalista española –los nacionalismos del mismo signo se repelen, como los imanes- y se rebelaron contra el Estatuto. Antes de su aprobación en referéndum ya pusieron en marmita a la sociedad catalana mediante mesas petitorias, que acreditaron cuatro millones de firmas. Después de su aprobación amontonaron la leña bajo la marmita al presentar recurso ante el Tribunal Constitucional. Este organismo tildó de inconstitucional los mismos artículos que siguen vigentes en otros Estatutos como el de Valencia y Andalucía.

La gasolina llevaba años evaporándose en los bidones de Esquerra Republicana de Catalunya, así que acudieron prestos a volcarlos sobra la leña seca. La caja de cerillas estaba en el bolsillo de Convergència i Unió, fue la mano de Artur Mas la que rascó el fósforo en el papel de lija aquel día de septiembre de 2012 cuando Rajoy, en el palacio de la Moncloa, le dijo que cerraba la buchaca fiscal. A partir de ahí, han aventado el fuego desde ambas orillas del nacionalismo más rancio para elevar la temperatura social y, como decía Shakespeare en Macbeth, han escrito “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”.

Desde el “España nos roba hasta el no pasarán”, se han sucedido cinco años de manifestaciones millonarias a favor del derecho de autodeterminación, una consulta el 9 de noviembre de 2014 en la que participaron 2,3 millones de personas, falseamiento descarado de la historia, mentiras de brocha gorda sobre las consecuencias económicas del Catalexit. Añádanse las huidas de empresas del territorio catalán con el miedo en la cuenta de resultados, la soledad internacional, las derivas autoritarias del gobierno autonómico con los medios de comunicación, etc. Para concluir, por ahora, al grito marxista de “¡Es la guerra¡ ¡Traed madera¡ ¡Más mádera¡”, en la convocatoria anunciada por el President de la Generalitat, Carles Puigdemont, hace apenas un mes, de un referéndum de autodeterminación para el 1 de octubre.

En la materia el paso del estado sólido al líquido es visible y constatable, incluso se puede determinar cuál es la presión o temperatura aplicables para que alcance el punto de fusión. En sociología los cambios son sutiles y los puntos de fisión variables y erráticos. Nadie en su sano juicio pensaría que por muy líquida que estuviera la sociedad alemana en la década de los treinta del siglo pasado, iba a ser cómplice del holocausto perpetrado a las órdenes de un cabo loco llamado Hitler. Por no ponernos tan dramáticos, nadie pensaba tampoco que la sociedad opulenta americana de nuestros días se estaba licuando, hasta el punto de votar a un niño rico y malcriado llamado Trump. Ni que a los hijos de la Gran Bretaña ya les había llegado el punto de fusión y, cuando al pijo de David Cameron, para librar una batallita dentro de su partido, convocó el referéndum la sociedad británica recalentada por la crisis y las posverdades de Nigel Farage y Boris Johnson, votó por el Brexit.

Se ignora el grado de agregación de la sociedad catalana en estos momentos, pero se observan elementos propios de la licuefacción, tales como: Una frágil cohesión interna, están más divididos que los niños ante una lluvia de chuches. Poseen un movimiento de energía cinética hacia su propio ombligo impulsado por dos sentimientos, uno de superioridad y otro de repulsión hacia todo lo que les es ajeno, sobre todo si es español. Al fluir, han perdido la forma y toman la del recipiente nacionalista que los contiene.

El problema de las sociedades líquidas es que son fácilmente manejables, aceptan todo tipo de recipientes. Igual se adaptan a las paredes de la botella nacionalista como hicieron los catalanes en la II República, que luego se pasan -como los demás españoles- cuarenta años vitoreando y laureando a un golpista y dictador llamado Franco y, otros cuarenta, acaudillados por una familia de ladrones.

J. Carlos

Defraudadores, defraudados y palmeros

 Messi y Ronaldo

Supongo que  a Cristiano Ronaldo le enseñaron a nadar para que cuando viera su reflejo en la superficie del agua no se ahogara como Narciso. Seguramente necesita ese ego hipertrofiado para dibujar sobre el lienzo del campo una Capilla Sixtina cada tarde de fútbol. Cada uno negocia con su ego como puede. Es innegable que los trazos mágicos que salen de sus pies y, especialmente, aquellas pinceladas casi puntillistas que terminan enredadas tras los tres travesaños, producen litros y litros de oxitocina, serotonina y dopamina que riegan los cerebros de los aficionados y les induce un estado de éxtasis beatífico. Y eso se paga muy caro. Para ser exactos, con lo que gana el portugués en un año se pagan mil ochocientos cirujanos. Los cirujanos son esos pequeños dioses, casi anónimos, que dibujan trazas primorosas con el pincel de sus bisturíes. De sus dedos no sale una Capilla Sixtina sobre el lienzo de un quirófano. Ni falta que hace, porque con sus manos, en un año, zurcen más de un millón de cuerpos. Con un salario mil ochocientas veces inferior al de Ronaldo obran el milagro de devolver cientos de miles de vida, otros cientos de miles vuelven andar, a ver, a oír… y, sobre todo, les arrancan el dolor para vivir con dignidad.

Los cirujanos, como los demás trabajadores, encuentran mermada su nómina cada mes porque Hacienda, con buen criterio, se queda con una parte para sufragar los costes de los servicios comunes. Las leyes tributarias atribuyen a la nómina la misma consideración que al cerdo, aprovechan todo, desde el hocico hasta el rabo, desde la oreja hasta la pezuña. Sin embargo, a las rentas que no provienen del trabajo por cuenta ajena les tienen la misma consideración que los franceses al pato, sólo aprovechan el hígado del animal. Como ves, las leyes tributarias son muy sibaritas. Esta falta de consideración hace que nuestro sistema recaudatorio tenga más goteras que una casa con techo de espadaña y, técnicamente, sea más propio de una república bananera que de un país perteneciente a la Europa unida. Circunstancia que aprovechan los grandes despachos fiscalistas –anormalmente poblados de ex inspectores de hacienda- para poner en práctica la denominada ingeniería financiera que, en román paladino, consiste en poner a la Hacienda Pública a cuatro patas y darnos por popa a los contribuyentes de nómina. Los ricos por su casa acuden a esos despachos de postín como las mocas a la mierda: Deportistas, cantantes, banqueros, duques, políticos, tratantes de blancas, mafiosos, reales personas, condes, madames, atracadores, criminales,  ladrones, famosos, modelos. Ya se sabe, la caridad empieza por uno mismo y la codicia es adictiva como el tabaco.

Uno, que es crédulo porque sus padres le educaron así, le gustaría creer en la inocencia de los Ronaldo, Messi, Neymar, Xabi Alonso, Mijatovic, Mourinho, Dani Alves, Di María, Imanol Arias, Ana Duato, Dani Pedrosa… Le gustaría creer que no les movió la codicia, que actuaban de buena fe, que se vieron sorprendidos por avispados asesores que engordaban sus minutas en la misma proporción que ocultaban “legalmente” sus obligaciones al fisco. Pero una cosa es ser crédulo y otra muy distinta gilipollas. ¿Por qué no le hicieron firmar a sus asesores un compromiso por el que asumían personalmente cualquier deuda que Hacienda les reclamara? Y más sencillo, cualquier contribuyente tiene el derecho a que los servicios de la Agencia Tributaria le haga la declaración de la renta, basta con pedir cita y llevar toda la documentación. ¿Por qué no lo hicieron?

Como ciudadano, sus vilezas, me producen asco. Su actitud impostada de inocentes víctimas me cabrea porque nos consideran idiotas al resto de contribuyentes. Escriban en un papel la cantidad defraudada y echen cuenta del número de cirujanos cuyas manos no pudieron salvar vidas, dar vista, oído, piernas, brazos… ni calmar el sufrimiento por culpa de su codicia. Pregúntense cuántos enfermos de hepatitis C han muerto el último año porque no se les pudo suministrar Sovaldi. Pregúntense por qué un usuario de la sanidad pública tiene que esperar cuatro meses para operarse y setenta y dos días para el especialista.

¿Saben? No les deseo que sufran un infarto y que la ambulancia que les asista carezca del equipamiento suficiente por falta de recursos. Tampoco les deseo que sufran un atentado que, hubiera podido evitarse con medios suficientes para hacer un seguimiento del terrorista. Ni que arda su hogar y los equipos de bomberos estén diezmados y mal pagados. No quisiera que sus hijos tengan que trabajar en laboratorios fuera de España por falta de inversión en ciencia y tecnología. Y es que no deseo el mal a nadie. ¿Pueden ustedes mirarse en un espejo y decirse lo mismo?

Lo más cruel de estas historias de egotistas insolidarios -a menudo delincuentes- es que, siempre hay una caterva de palmeros que les jalean, aplauden y exigen no sólo la condonación de sus deudas sino, además, su inimputabilidad. Son toxicómanos con el cerebro jibarizado, necesitados del chute de endorfinas que la vida y obra de estos personajillos les suministran. Incapaces de relacionar las actitudes delincuenciales de su ídolos, con el hecho de que su madre, inválida, muriera esperando que le concedieran una plaza en una residencia de ancianos solicitada cinco años antes.

En cuanto a las manifestaciones de apoyo y solidaridad de los Presidentes de sus clubs de fútbol y de algunos periodistas, me resulta tan natural como el calor en el verano. Es una prueba más de la bajeza moral y espíritu ruin que les adorna.

¡Ah!. Y las acciones de caridad que retransmiten en directo estos cuates para blanquear su imagen y dejarla hecha una patena, que se las metan por ahí. Seguramente les blanqueará el ojete que, tengo entendido, es tendencia entre el famoseo.

J. Carlos

A Liliana

selva amazónica

Mi querida Liliana:

Al recibo de ésta habré pasado a mejor vida. Me andan buscando. Son como perros de presa que huelen mi miedo y más pronto o más tarde darán conmigo. Dice mi confesor que será digna penitencia por mis muchos pecados. ¿Sabe?, le tengo ley al pendejo. Me enseñó a leer y a escribir y consiguió retenerme tres años en el seminario. A él confío estas líneas para que se las haga llegar cuando me quiebren. Ahí donde me ve, soy un devoto de Nuestra Señora de Chiquinquirá. A la Virgen me encomiendo al comenzar cada encargo. Casi siempre me escucha. Sólo dos veces terminó con una balacera.

Cuando recibí el encargo de secuestrarla elevé mi tarifa. Las mujeres dan más quehacer y si son jóvenes y guapas terminan volviendo locos a mis hombres. Soy un profesional y mis normas son muy estrictas: Respeto y buen trato pero prohibida la confraternización.

No está bien, perdone que le diga, que una mamacita adinerada vaya todos los viernes a la misma discoteca y vuelva de madrugada al palacete rosa de la playa siguiendo el mismo itinerario. Nos facilitó la faena. Al carro negro de sus guardaespaldas lo anulamos tirando sobre el asfalto una cadena de pinchos en la última curva, justo después de que pasara su Jaguar descapotado. Meros aficionados. Los desnudamos, nos quedamos con sus pistolas y sus móviles y los metimos en el maletero. Una vez que usted frenó ante el falso control policial con destellos azules y blancos, fui yo quien le tapó la boca con una gasa impregnada en cloroformo. Es corajuda, se aferró a mis dedos con las manos intentando zafarse. A pesar de que me cubría la cara con  un pañuelo, no pude evitar que el olor acre me amodorrara como si hubiera bebido aguardiente de caña. Sus manos cayeron inertes en su regazo. Ya no pudo ver la camilla en que la acomodamos, ni escuchar el ulular de la vieja ambulancia que se dirigió a un hangar del aeropuerto. Tampoco sintió cómo se elevaba la Cesnna sobre la pista punteada de luces verdes. Oficialmente trasportábamos un enfermo muy grave para un trasplante de hígado.

Hice el viaje en el asiento contiguo. Tuve que abrocharle dos botones de su camisa de satén blanco porque desvelaban algo más que el nacimiento de sus senos. Sentí un escalofrío cuando las yemas de mis dedos rozaron su piel. Durante el vuelo hube de estirar su falda de etamina varias veces porque su cuerpo flojo tendía a escurrirse en la banqueta. Cuando la avioneta puso el morro al noroeste su cabeza se deslizó hasta mi hombro y, durante la hora que demoró su sueño, ahorré cualquier movimiento.

Me cautivó la dignidad y el sosiego con que encaró la situación cuando al despertar con los ojos vendados y las muñecas atadas le expliqué su situación. En las otras ocasiones los rehenes al despertar me pedían agua y lloriqueaban. Usted muy digna, se limitó a preguntar la cifra del rescate. Le acerqué un vaso a los labios, aunque no me lo había pedido, el cloroformo reseca la boca. Después con una servilleta de papel le limpié una gota que había quedado rezagada en su barbilla. No movió ni un solo músculo.

El piloto avisó que estaba próximo el aterrizaje. Era una pista de tierra y el aparato dio varios bandazos. En vez de meter la cabeza entre las piernas, usted se irguió en el respaldo y permaneció impasible hasta que el aparato se detuvo. La estuve mirando largamente y con el índice le aparté la melena negra que le tapaba la cara. Gruñó. Fue mi mano la que le guió para bajar la escalerilla. Subimos al Jeep y rodamos a trompicones por caminos de tierra roja, en plena sabana. No le escuché ni una queja. Su comportamiento era singular, sus antecesores en el victimario siempre habían gimoteado y juntado las manos en un gesto de súplica. Creo que fue por entonces que comencé a admirarla. El viaje en canoa por el manglar fue un tormento de mosquitos. Hicimos un alto en la orilla para aliviar nuestras vejigas. Allí le quitamos el pañuelo negro que tapaba sus ojos. Sus pupilas resultaron de un azul purísimo, casi transparente. Rompí mis propias reglas al decirle que las fotos no le hacían justicia. Sólo perdió los nervios esa vez durante todo el tiempo que duró el cautiverio. Al poco de alejarse en la espesura volvió gritando: “cocodrilos, cocodrilos”. Se le dibujó un gesto de incredulidad en la frente cuando le expliqué que eran caimanes, que tomaban el sol en el recodo del río y que no atacaban al hombre, salvo para defenderse. Para tranquilizarla, le señalé los diez pares de ojos que flotaban en el agua salpicada de verdín. No sé si me escuchó, seguía temblando. Nos tienen miedo  -le dije- cuando nos vayamos volverán a tierra para calentar su sangre al sol.  La conduje hasta un matorral, me di la vuelta y esperé. Es estúpido, lo sé, la admiraba por su valor pero su nuevo miedo, lejos de cambiar mi parecer, me avivó un sentimiento antiguo, como de amparo.

Al otro día, ya asentados en aquella covachuela hecha con troncos, juncos y ramas, en medio del infierno selvático donde el calor y la humedad dificultan hasta la respiración, caí en la cuenta de que no habíamos traído ropa para usted. Le tuve que prestar unos pantalones y una camisa. Cuando volvió con la nueva indumentaria no pude sofocar la risa. No dijo ni una palabra pero creo que se guardó los reproches en la boca. Le sobraban tres palmos de todas partes. Esa noche ya no pude conciliar el sueño, sentía la quemazón en la yema de los dedos que habían tocado su piel y me cegaba el recuerdo de sus ojos transparentes. Temeroso de que una serpiente se arrastrara hasta su hamaca de juncos, atendía al ritmo de su respiración con la zozobra de quien escucha la de un recién nacido.

Mi compañero Waldo, negro como tizón y flaco como un junco, caminaba a diario por cuatro horas para comunicarse por teléfono con los jefes y recibir órdenes. Waldo no era su nombre de pila. Se hacía llamar así porque coincidía con el alias por el que todos le conocíamos: “Uve doble”. Cuentan que en una pendencia le marcaron a fuego esa letra en las costillas como al ganado. Yo me quedaba con usted y le inventaba pasatiempos. Ahora sabe pescar a lazo, con cuchillo y con cebo. Recuerdo una mañana, cruzábamos el arroyo sobre el sendero de piedras improvisado. Yo iba delante, usted dio un traspié y se vino sobre mí, faltó poco para caernos al agua. Le ofrecí mi mano hasta alcanzar la orilla, estuvo dudando, pero no me la dio. Tiene que acordarse de ese día, fue el día que encontramos un perezoso. Había bajado de los árboles para hacer sus necesidades. Cuando se disponía a trepar por el tronco lo agarré y lo puse en su regazo. Estuvo jugando con él por más de una hora. Luego estuvimos otro tanto viendo como ascendía lento, muy lento por las lianas. De vuelta me dijo que sólo los había visto por la televisión, en documentales.

La noche que tuvo una pesadilla nos asustó. Gritaba, cruzaba las piernas y se agarraba la entrepierna como si la estuvieran violando. Le toqué el hombro y le chisté en un susurro. Se despertó y se dio la vuelta bruscamente. Improvisé una nana para sosegarla, pero se volvió con los ojos encendidos por el odio y me preguntó, arrastrando las sílabas, ¿cuánto va a durar esto? Entonces se me hizo en el pecho un nudo de angustia.

Waldo trajo malas noticias, los jefes querían que le cortásemos el dedo anular de la mano derecha. Platiqué con él por más de dos horas. Le pedí que consiguiera un dedo de mujer en el que entrara su anillo de esmeralda, a cambio le cedía la mitad de mi parte en el negocio. Antes de partir me hizo sellar un pacto, hicimos un corte superficial en nuestras muñecas y las juntamos para que se fundieran nuestras sangres. Después me miró a los ojos y juró que si no cumplía me daría plomo.

Volvió con dos dedos y barba cerrada de cuatro días. Era una barba crespa que se cerraba por arriba con la corona de sus cejas. Me dijo que no había sido fácil encontrar mujeres blancas en aquellas latitudes. En cualquiera de los dos entraba el anillo, ensobramos el que más se ajustaba y lo enviamos. Los días siguientes estuvo hosco conmigo, me acusó de otorgarle demasiadas licencias y de incumplir mis propias reglas. Tuve que prometerle más plata para que dejara de importunarme. Usted es testigo de que mi comportamiento era muy profesional, al menos, cuando no estábamos solos.

Procuré ser más cuidadoso delante de Waldo. Pero cuando se ausentaba para comunicar con los jefes, me embargaba la ternura de la que nunca fui pródigo, seguramente porque nunca tuve con quién. La miraba pescando en el arroyo. Me reía cuando nadaba hasta un pequeño lago y los pantalones le hacían bolsas de agua por todas partes. Guardo con celo su imagen bajo la cascada que rompía sobre su cuerpo formando diminutos arco iris. Después ya tumbada al sol, sobre la hierba, a veces, contestaba mis preguntas y me hablaba de su vida, su familia, sus amigos… Fingía que la escuchaba con desgana, como una mera forma de pasar el tiempo, pero si se hubiese fijado habría visto la crispación en mis manos. Era tan difícil permanecer apartado y quieto teniéndola tan cerca y con el aire caliente de su voz rebotando en mis oídos.

El último día no paró de llover. Waldo volvió tarde, chorreando y con barro hasta las rodillas. Traía el ceño liso. Era buena señal. Los jefes afirmaban que las negociaciones habían concluido y que pronto se produciría el canje. Querían hablar conmigo al día siguiente. Recién parida la mañana eché la mochila a la espalda y comencé a caminar. Al poco, escuché un grito apagado, volví a la carrera sobre mis pasos. Todavía humeaba la fogata en que habíamos calentado el desayuno. El morocho la montaba con los pantalones en las pantorrillas. Le sobaba los pechos con una mano y empuñaba con la otra el cuchillo con la hoja pegada a su cuello. Me acerqué silencioso por detrás, le sujeté la frente con la mano izquierda y, con la derecha, le rebané el gaznate. Entonces, el tiempo se frenó. Un chorro de sangre dibujó un arco y un chorro de semen, como un escupitajo, se derramó sobre sus muslos. Los líquidos en los que huía la vida parecían suspendidos en el aire. El cuerpo, caía ingrávido, con la lentitud con que se mueve el perezoso. Quedó en el suelo, con las rodillas dobladas y las manos tapando la raja del cuello. La desnudez, que se extendía desde sus caderas hasta sus pantorrillas, era tan negra como la propia tierra.

Si no hubiese visto gotear sangre del cuchillo que aferraba mi mano, hubiese jurado que veía la escena desde lejos, sin participar. Entonces, el tiempo volvió a su ser. Usted se incorporó como un resorte cuando se vio libre del cuerpo, se subió los pantalones y entremetió la camisa. Tenía la cara salpicada de sangre que se diluía con la lluvia y resbalaba por sus mejillas. Dejé caer el cuchillo y con el dorso de la mano le limpié la sangre y las lágrimas. Dio un paso atrás como si mi mano quemara. Era la primera vez que mataba a alguien de los míos. Gajes del oficio. Sus hipidos producían espasmos en todo su cuerpo. Cuando sus gemidos se apaciguaron, me aventuré a tomarla del brazo. Esta vez no se retiró. También me permitió lavarle la cara y el pelo en el arroyo. En aquel momento pensé que eran señales de agradecimiento por haberle salvado la vida, ahora, con la distancia, creo que se compadecía de mí.

Cuando empezamos a caminar el cielo ya se había vaciado. Me pesaban las botas. Me dolían los huesos de tantos días a la intemperie. Cada paso que daba me estaba alejando de usted.  Me preguntó que adónde íbamos. Le respondí, ¿lo recuerda?: “Usted a la libertad y yo a por una bala que me andará buscando”. La vida entró en sus ojos. Reía y lloraba. A mí, por el contrario, la bola de angustia me atascaba la garganta y me robaba el aire. Quité el ramaje y las hojas que escondían la canoa, me ayudó a arrastrarla hasta la orilla. Usted miraba hacia delante con la cabeza alta, yo, cabizbajo, miraba el surco sobre la tierra roja que quedaba atrás. La vi temblar cuando los caimanes se desperezaron. Se quedó mirando absorta sus movimientos torpes, a bandazos, arrastrando sus pesadas colas en zizag hasta que entraban en el agua y se deslizaban con suavidad y sin esfuerzo. Durante la travesía caí en la cuenta de que se me habían gastado todas las palabras. Después de desembarcar le ordené que se pusiera su camisa de satén y su falda de etamina, debía de estar presentable cuando la encontraran. Fue la única vez que no volví la cabeza.

Afectuosamente suyo,

Jairo Escobar Restrepo.

J. Carlos