Energía oscura

Retrato de la Galaxia Messier 101

El universo se desboca. Lo descubrió Edward Hubble que fue abogado antes que astrónomo. Los cuerpos celestes se alejan los unos de los otros como si apestaran. Dicen los cosmólogos que llegará un momento en que viajarán a mayor velocidad que la luz y dejaremos de verlos. Será como estar en una cueva a oscuras viendo como los murciélagos pasan volando y salen del cono de luz de nuestra linterna. No te preocupes, desapareceremos mucho antes de que se deje de ver el cielo cuajadito de estrellas.

Mientras tecleo, caigo en la cuenta de que los billones de átomos que vibran formando mis dedos, a lo mejor también huyen los unos de los otros. La culpa de este desaguisado la tiene, según los físicos, la energía oscura. No la llaman así porque consideren que tenga alguna tacha moral, simplemente es que no la “ven” porque es muy suya y no interactúa con ninguna otra fuerza conocida, salvo con la gravedad. Esta energía se reparte por todo el espacio, ejerciendo una presión que lo hincha como el aire que insufla el niño en un globo con la fuerza de sus carrillos.

Si pudiéramos meter todo el universo en un vaso de litro de los de cerveza sólo “veríamos” un culín de 49 mililitros, que es la parte detectable. Si nos lo bebiéramos, nos llevaríamos al coleto, sin darnos cuenta, otros 683 mililitros de energía oscura y 268 de materia oscura. Nosotros juraríamos que, salvo el culín que picaba y refrescaba la garganta, el resto era aire, o sea, nada.

En una esquina de ese cosmos desbocado, hay un insignificante pico de energía “visible” en forma de polvo y agua, la Tierra. Es no más una brizna de escoria excretada en los hornos nucleares de las estrellas que, agotado su combustible, colapsan sobre sí mismas y estallan. De las pavesas de esas cenizas surgimos nosotros, como surgió el agua de la combinación de dos moléculas de hidrógeno con una de oxígeno. Mientras el agua aprendió a solidificarse, a licuarse y a evaporarse en función de la temperatura, nosotros aprendimos a reconocer nuestra propia existencia y, lo que es peor, a saber que en un santiamén la perderíamos. Dice Lawrence Krauss que, “Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y, los átomos en la mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la física: todos somos polvo de estrellas”.

Si pierdes la conciencia y despiertas, te sobresaltas. Tu cerebro tarda unos segundos en abrir la puerta de los recuerdos, trastabilla en la oscuridad hasta que encuentra una explicación razonable. Pasó, por ejemplo, que ayer te inmolaste al dios Baco y hoy despertaste sobre la alfombra, con resaca de marea alta. O, tal vez, lo que encuentren tus neuronas en las estanterías de la memoria sea una mascarilla en la boca y un pinchazo anestésico que te veló la conciencia por unas horas, por eso estás en la cama de un hospital con una raja en el esternón.

Cuando te encuentras con la conciencia de que existes por primera vez, no tienes recuerdos de cómo llegó hasta ti. En las brumas de tu memoria no queda ni rastro. Tus ancestros tampoco dejaron escrito en la carta de tu código genético de dónde venían, ni de cómo llegaron hasta aquí, ni siquiera con qué propósito.

Ante este silencio, las mentes bullen como el agua hirviendo y buscan razones. Si todo efecto tiene una causa, ¿cuál es la causa del efecto de existir? El problema de buscar la causa última es que termina en un tirabuzón, como la cinta de Moebius: ¿Quién creó a nuestro Hacedor? Porque pueden existir hacedoress intermedios. Imagina que un ser de este universo, pero más evolucionado que nosotros, codificó la información y la envió hasta la Tierra cuando se daban los factores y contenía los elementos fundamentales para la vida: carbono, nitrógeno, oxígeno; seguramente ahora, desde su confín del cosmos, está estudiándonos igual que nosotros analizamos en el laboratorio, bajo el microscopio, una cepa de virus de la gripe. O imagina que, un ser inteligente de un universo ya colapsado escribió el código fuente para que, al estallar un nuevo Bing Bang, lo hiciera con el resultado de que surgiéramos nosotros. O, ponte en la tesitura de que el universo colapsa y vuelve a explotar, dado que no interactúa nada más que consigo mismo, vuelve a brotar la vida, y volvemos a repetirnos con las mismas acciones y omisiones como en el Día de la Marmota. En fin, la película Matrix nos indujo a pensar que podríamos ser una realidad virtual, un juego macabro que se desarrolla dentro de un lenguaje matemático. Y así, hasta el infinito y más allá buscando una causa que no dejará de ser un efecto que tendrá, a su vez, otra causa. Ya digo, ad nauseam.

Media vida de la especie humana se ha dedicado a buscar al Creador. Lo hemos encontrado en la luna, en el sol, en los animales, en mitos con virtudes de dioses y bajezas muy humanas que poblaban el Olimpo con vidas de telenovela. Los judíos redujeron la ecuación a una sola incógnita. Teníamos un único Progenitor. Según este pueblo, que lo dejó escrito en una epopeya en forma de libro sagrado, no nos creó por antojo, qué va. Debíamos de cumplir una interminable ristra de reglas morales, culinarias, medicinales, sacrificales y cuajadas de restricciones sobre dónde, cómo, cuándo y con quién practicar el sexo. Ah, y sobre todo, debíamos proclamarle y adorarle por siempre jamás. Si cumplías los mandamientos, tu polvo de estrellas resucitaría de entre los muertos y vivirías, tan ricamente, en el reino del Padre por los siglos de los siglos.

Si te animas a contarlas, sumarás unas cinco mil religiones que se insultan las unas a las otras denominándose sectas y, todas y cada una, se proclaman la única y verdadera. Todas te acojonan con unas tablas de la ley y, si la incumples, arderás eternamente en un infierno que será la delicia de los masoquistas. Sus fieles quieren tanto al prójimo que, te apostolan de palabra, de obra o, por las armas para que ingreses en su fe y te salves. Su dios lo sabe todo y todo lo puede. Sabe que te vas a condenar pero no moverá ni un dedo por ti. Ni una llamada ni un whatsapp. Callado como un muerto porque, dicen, te ha concedido libre albedrío. Hay que ser mala gente para dejar a un hijo pequeño atravesar un río caudaloso y profundo, y no mover ni un labio ni un dedo para salvarlo. Eso sí, de vez en cuando, echa una manita a los suyos en forma de milagro, sobre todo, para enderezar las batallas y que ganen los buenos. Como sus dioses y dogmas son inmutables por naturaleza, caen en solemnes torpezas como la de no renegar de la esclavitud hasta que la evolución ética y cultural de la especie, viene en considerar que es una aberración execrable. Se permiten la falta de piedad de prohibir el uso de un trozo de latex, que evitaría enfermedades y muertes, en aras de una falsa virtud de la pureza, porque siguen confundiendo la limpieza de corazón con la castidad. También condenan de palabra y obra a aquellos que, seguramente por una falta o exceso de hormonas durante el embarazo, tienen una tendencia sexual que no es del agrado de sus dioses. Te digo que, cada una de la cinco mil religiones, tienen más de mil preceptos en contra de la humanidad que degradan a sus dioses hasta hacerles parecer pequeños monstruos.

Darwin, viajando en el Beagle, observó que los seres vivos evolucionaban desde un antepasado común por un proceso de selección natural. Escribió el origen de las especies. Produjo un cataclismo. Su teoría, de la que se derivaba que el hombre procedía del mono, no gustó nada a sus congéneres. Hasta los hermanos Bosch en Badalona caricaturizaron su teoría, no sólo llamaron a su brebaje Anís del Mono, también etiquetaron la botella con el dibujo de un mono humanizado que, las malas lenguas insinúan, es el vivo retrato de Darwin. La ciencia fue demostrando que sus teorías casaban con las de Wallace y, combinadas con las leyes de Mendel se ajustaban, como un guante, a los nuevos avances en genética. Así que, la especie humana, aunque herida en su orgullo, resolvió que, en todo caso, seguía siendo la reina de la creación, y quedaba demostrado que cada individuo había llegado hasta aquí porque todos sus ancestros habían sido los mejores. Las religiones echaron espumarazos por la boca, como cuando la ciencia demostró que no éramos el centro del universo. Como los clérigos saben hacer de la necesidad virtud, en el momento en que las evidencias les llegaron hasta la garganta, resolvieron el tema con unos remiendos de urgencia en sus trajes teológicos. Resultó que dios no nos creó de sopetón, sino que diseñó un sistema para que fuéramos evolucionando. Era mucho más entretenido. Probablemente surgimos de moléculas de ARN o de nanocélulas. Los científicos no se ponen de acuerdo sobre si nuestra cuna fue la Tierra o, vinimos desde fuera en la incubadora de un cometa.

Lawrence Krauss defiende en su libro “Un universo de la nada” que, en el espacio vacío hierve una sopa de partículas entrando y saliendo de la existencia, de forma tan rápida que no podemos verlas, pero al interaccionar con la física cuántica y la gravedad, pueden dar lugar a partículas reales que producen billones de galaxias.

Y aquí seguimos, viajando sobre un grumo formado con pavesas de estrellas. Mirando un cielo que, desde esta esquina del cosmos, aparece velado por una espesa niebla que nos impide “ver” el 95% de lo que contiene. Para sofocar nuestros miedos, hemos construido cien miles de templos a mayor gloria de nuestros dioses. Algunos hombres de buena voluntad construyen Universidades y observatorios astronómicos, en los que plantan antenas y erigen telescopios o, los ponen en órbita. Hay hombres que desde cualquier rama del saber, desgastan sus ojos cada día esperando arrancar pequeñas ronchas a la niebla del universo. Es una lástima que haya muchos más hombres que dedican a condenar, desde los púlpitos, a sus semejantes por su modo de vida o por sus pensamientos. Más les valdría aprender de Mendel o de Lemaître que, siendo sacerdotes, abrieron ventanas al cosmos para que inundara de luz los vitrales de la ciencia.

J. Carlos

El infantilismo, esa epidemia que nos invade.

infantilismo

Entonces no había guarderías. No nos estabulaban como ganado. En mi pueblo, a los tres años, nos llevaban a la escuela de Marta para que aprendiéramos a leer con el Catón y a escribir con palillero de pluma, también sumábamos y restábamos. Marta era bajita, abultaba poco más que nosotros por lo que era fácil empatizar con ella. Se apoyaba en dos muletas, tenía la voz tan recia que parecía mentira que saliera de un cuerpo tan pequeño y de una persona que prodigaba tanta ternura. Encima del aula había un altillo donde Marta nos tenía dicho que, habitaba una “cabicuerna” y a los niños que se portaran mal los mandaría con aquel monstruo. Cuando nos desmandábamos y blandía la amenaza, agachábamos la cabeza y, de reojo, mirábamos al altillo. Nadie vio nunca aquel animal, pero todo soñamos con él alguna vez y, coincidimos en que tenía cuernos. Todos, en el recreo, juramos que, en uno u otro momento, habíamos oído bramar a la “cabicuerna”.

El mundo, como los motores de los coches, se hace cada vez más complejo. Ya nadie cambia las bujías ni calibra la distancia entre los platinos, entre otras cosas porque ya no existen esas piezas. Los motores, como el mundo, vienen cerrados para que no puedas acceder a ellos, además, contienen mucha cacharrería electrónica programada y críptica. No queda otra que ponerte en manos de los expertos. De chico los expertos del mundo eran tus padres, tus maestros y el cura que tenía siempre en la boca la palabra de Dios. En la juventud desarrollaste un espíritu crítico porque entre lo que te habían enseñado, y la realidad que tú observabas había una brecha considerable. Resulta que te habían mostrado una realidad en blanco y negro y descubriste que había no sólo una gama de grises, también estaban todos los colores del arco iris. Ahora te arrojan a la cara toneladas de terabytes de información para que parezca que puedes tomar decisiones razonadas, pero cuando metes las narices en ese océano de datos tienes la misma sensación que al abrir el capó del coche. Y, claro, lo dejas en manos del mecánico, el experto.

Los mecánicos del márquetin no te dicen con qué materiales están hechas las zapatillas, o qué edad tienen los niños que las cosen, cuántas horas trabajan al día y cuál es su salario. No necesitan hablarte de su ergonomía o flexibilidad. Les basta con un relato en video de veinte segundos que protagoniza un multimillonario futbolista haciendo filigranas con un balón y mostrando unos abdominales como forjados en hierro. De las aguas de colonia ignoras sus aromas o fragancias, desconoces si el fluido, además de H2O, contiene esencias de flores o si sólo le añaden compuestos químicos. Las compras porque una señorita con piernas de ensueño se pone cachonda cuando le alcanza la pituitaria y, a renglón seguido, se va desprendiendo, lascivamente, de sus prendas. Piensas, como un niño, que a ti te ocurrirá otro tanto si te vaporizas el cuello con esa marca.

En este infantilización masiva que nos invade y, aprovechando que hemos mudado el sentido crítico desde el cerebro hasta el lugar donde la espalda pierde su casto nombre, los hijos de la pérfida Albión han vuelto a la guardería. Allí les enseñaban que eran un imperio, que constituían una raza superior y que el mundo siempre se postraría ante ellos para cantar sus alabanzas. Quizá los expertos Nigel Farage y Boris Johnson exageraron un poco con lo del Brexit y no dijeron ni una sola verdad. También nuestro mecánico exagera para inflar la factura. La cuestión es que se han pegado un tiro en el pie y, de paso, han provocado un terremoto financiero y nos han hecho más pobres. Estamos acostumbrados. Cuando eran igual de piratas pero con pata de palo y parche en el ojo, también nos birlaban el oro con la aquiescencia de su Majestad, que repartía las patentes de corso y se llevaba un porcentaje de lo afanado. Si dentro de dos o tres años nos libramos de esa excrecencia en forma de lapa que lastraba a Europa por el oeste, estará bien pagada la recesión de un punto de PIB que inducirá la estúpida decisión de los hijos de la Gran Bretaña.

La epidemia de infantilismo, como la del Zika, no tiene fronteras, pero en España nos llevamos la palma. Nos dicen los expertos, mecánicos de la economía, que habrá que reducir las pensiones porque se financian con lo cotizado por los trabajadores, y cada vez hay menos trabajadores y más pensionistas. Nos lo creemos como nos creíamos que el lobo se comía a la abuelita. Sin embargo, nadie se pregunta por qué los gastos en defensa se financian con impuestos y las pensiones no. En las tarifas del IRPF el salario que ganas con el sudor de tu frente cotiza del 19,5% al 46%, en cambio, quienes tienen la suerte de tener capital (ahorro) y vivir de las rentas, sólo cotizan del 19,5% al 23,5%. Las grandes corporaciones aportan al erario público el 6% efectivo de sus ganancias, las pequeñas y medianas empresas aportan el 15%.

En los breves momentos en que nuestros candidatos dejaban de bailar, tocar la guitarra, andar en cintas estáticas y hacerse los campechanos en los platós de televisión, les oí  prometer que nos darían las chuches del empleo, los caramelos de las moderación y el sentido común; todos nos engolosinaban con la tarta de la recuperación y las guindas del cambio; hubo quien ofrecía el merengue de la bajada de impuestos y, hasta nos prometieron huevos Kinder con el cielo dentro. Algunos metían miedo con la “cabicuerna”. No escuché a nadie que prometiera aplicar el artículo 31.1 de la Constitución: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad.”

Ningún experto entrevistador preguntó al candidato del Gobierno por qué, durante su mandato, las rentas de trabajo aportaron más del 80% de las bases imponibles del IRPF, siendo que sólo se comen una porción del 45% de la tarta (Renta Nacional). Se conoce que los periodistas corifeos estaban más por amigarle con niños de guardería, que son un encanto, oiga, en vez de preguntarle si le parece bien que el 43,64% del total recaudado proceda de impuestos indirectos, que son regresivos porque gravan el consumo y afectan proporcionalmente más a medida que la renta es más baja.

Ganó el que prometió acabar con la corrupción a golpe de martillo, como hizo con los ordenadores de Bárcenas. El gallinero siempre claudica y elige a la zorra que menos miedo le da. Hasta su Ministro del Interior, al que pillamos en las cloacas del estado untando de mierda a los adversarios políticos, sacó un escaño más. Rivera anda llorando por los rincones porque ahora cae en la cuenta de que, mi voto vale la tercera parte que el de un soriano, un alavés o un gerundense. La otra vez, cuando se encontró con un buen manojo de escaños que venían de la misma ley no le vi echar ni una sola lágrima. Sánchez consiguió revalidar el título de peor resultado de la historia de su partido, dejándose otros cinco escaños en la gatera. Pero está contento como unas castañuelas porque el que braceaba a su izquierda se ha quedado más rezagado todavía. Iglesias quiso ser como Julio César, “el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”. Se nos trasvistió de socialdemócrata, comunista y patriota de los de bandera en ristre. Nos quiso seducir con un carácter agridulce como la comida china. Nos arrojó palabras como pompas en forma de corazón de colorines gay. Se la pegó. Anda echando la culpa a los votantes porque son como niños y se creyeron el cuento de la cabicuerna.

Supongo que la televisión y los medios son los mosquitos que inoculan el virus del infantilismo que padecemos. Pensé que las redes harían de antídoto, como las vacunas. Me equivoqué. El anonimato en las redes baja el sentido crítico hasta el culo, de hecho, están infestadas de pedorreras que terminan en una catarata de insultos. Te juro que he oído bramar en las redes con el mismo mugido que hacía la “cabicuerna” desde el altillo de la escuela de Marta.

J. Carlos

La revolución que se nos viene encima.

   impresora 3d

Tengo el descaro de asomarme a esta ventana con una cadencia errática. Trato de enhebrar unas líneas con un hilo argumental que se adapte a mis cortas medidas intelectuales, ideológicas y de pensamiento. Es un traje subjetivo, claro, para unos tirará de la sisa, para otros las mangas me vendrán largas, habrá quien considere que el traje me hace un adefesio, y aún, los habrá que estimen que el traje tiene un corte y una hechuras perfectas pero no encaja en mi defectuoso cuerpo. No es mi intención convencer, ni mucho menos adoctrinar. Sólo aspiro a que mis supuestas ironías te arranquen un sonrisa o, que te concedas unos segundos a repensar sobre las cuestiones que suscito.

Y ahí está mi calvario de cada semana. Qué tema, desde qué perspectiva y, sobre todo, cómo evito recaer en las mismas cuestiones. Me horrorizan los escritores que siempre escriben la misma novela, los músicos que revolotean incansablemente sobre las notas de la misma melodía, los pintores que se encastillan en una sola forma de reproducir su arte. Huyo de los que construyen muros mentales para encarcelar sus ideas o sus creencias. Pero una cosa es predicar y otra dar trigo.

El tema de hoy me encontró en el metro. Sucedió mientras viajaba en una de esas líneas con trenes cuyos vagones están unidos de forma que, en las rectas puedes ver todo el convoy. Mientras los viajeros hundían sus ojos en sus pantallas de móvil yo chasqué los dedos, hubo quien despegó la vista extrañado. Para disimular bajé los párpados, miré al suelo y, sin sonido, mi lengua y mis labios susurraron Eureka. Ya tenía de qué escribir. Recordé que en Barajas ya hace seis años, de camino a Méjico, subí a un tren sin conductor que une la Terminal 4 con la Terminal satélite. No hace tres meses que otro tren automático me llevó de la estación central de Copenague hasta el aeropuerto. En Estados Unidos ruedan, todavía en pruebas, camiones de diversas marcas de forma autónoma.

Desde que Watt en 1780 descubrió la máquina de vapor, los métodos de producción, transporte y comunicación dieron tal vuelco que, primero los artesanos y después los trabajadores, se alzaron en huelgas y manifestaciones contra el maquinismo porque, a su entender, hacían innecesaria la fuerza de trabajo del hombre y les condenaba al hambre y a la miseria. Las primeras protestas se produjeron en la cuna de la revolución industrial entre 1811 y 1816, dando lugar a un movimiento llamado ludista, en honor a Ned Ludd que en una manifestación destruyó dos telares. Durante todo el siglo XIX el movimiento permaneció latente, apareciendo y despareciendo como el Guadiana, mientras la ciencia daba un salto cualitativo con los inventos del teléfono, el cinematógrafo, la lámpara incandescente, el coche, el dirigible o el avión. Fue en el siglo siguiente cuando la técnica desarrolló esos inventos y, con los nuevos métodos de producción en cadena, cambiaron la faz de la Tierra. Liberaron, en parte, a la humanidad de los trabajos más penosos y se demostró que, el nuevo desarrollo fomentaba hábitos consumistas que retroalimentaban el sistema, y exigían más mano de obra. A fuer de ser sincero te diré que, por el camino hubo dos guerras mundiales que diezmaron la mano de obra y que alentaron las economías con la reconstrucción de las infraestructuras y las ciudades devastadas. Ya se sabe que, durante siglos, las guerras fueron las válvulas por donde se purgaban las economías recalentadas.

Después de la segunda guerra mundial la fuerza de trabajo había mermado considerablemente. Se calcula entre 55 y 60 millones de personas. Había que levantar infraestructuras y reconstruir un continente en ruinas. Se popularizan los electrodomésticos, los coches, los teléfonos, se abarata el transporte. Se consiguen, al socaire de la bonanza económica, y por un mejor reparto de la riqueza a la clase trabajadora, el acceso a vivienda digna, alimento básico y saludable, vestido. El estado de bienestar pone en pie la industria de la educación y de la salud. En suma que, durante dos décadas, de los 50 a los 70 del pasado siglo la mano de obra mantenía un cierto equilibrio con el sistema, a pesar del proceso de maquinización de las tareas repetitivas.

En los años 60 a resultas de los cambios sociales que, a duras penas se imponen a las creencias religiosas, la mujer consigue un cierto grado de emancipación y, con ella, una progresiva incorporación al trabajo. Se mantiene el equilibrio porque la olla económica sigue necesitando más leña que mantenga el fuego de una producción desaforada. Sin embargo, en las tres décadas siguientes, se observa un declive constante en las transferencias salariales frente a las transferencias empresariales. Hasta mediados de los 70, con un solo sueldo familiar se atendían todas las necesidades de sus miembros; después ya se precisan dos sueldos y, a medida que nos acercamos a los 90 se hace imprescindible disminuir el número de hijos si se quiere mantener un nivel digno de vida; demostrando de paso que, el mejor método anticonceptivo es el desarrollo económico de los pueblos.

Por acortar el cuento, te apunto que, en 1948 se inventó el transistor y nació la electrónica. La digitalización, vista en perspectiva, es un avance para la humanidad del mismo calado, o superior, que el de la rueda. Supone dotar a instrumentos creados por el hombre de una memoria dinámica.

Hasta el descubrimiento de la electrónica, el hombre sólo disponía de objetos en los que podía verter su memoria estática, ya fuera en las cuevas de Altamira, en las catedrales, en los libros, en los cuadros, en las fotos… La digitalización le ha permitido fabricar instrumentos y dotarlos de memoria dinámica para realizar tareas muy complejas y repetirlas ad nauseam. Es más, aprenden de la interacción con el medio y se reprograman para ser más eficaces. Están hechos a imagen y semejanza de cualquier ser vivo: tienen un buen número de sensores (sentidos) desde los que reciben inputs que procesan y evalúan para tomar decisiones, aprenden y se reprograman.

El procesamiento de datos le ha pegado un buen bocado al empleo. Justo es decir que, gracias a él, también se han creado un buen número de puestos. Ignoro si el balance ha sido equilibrado, esto es, lo ganado por lo perdido. La robotización industrial ha sido demoledora para el trabajo. En el transporte está en pañales todavía; hay robots que clasifican paquetes, incluso los meten en los contenedores; hay grúas en los puertos que estiban, desestiban y clasifican  millones de toneladas; pero todavía los medios en que viajan (barcos, trenes, camiones, aviones) necesitan mucho personal. La robótica médica, la de oficina, de servicios y la del hogar no han despegado todavía; hay camareros y recepcionistas robóticos en dos o tres establecimientos, entre ellos, en un barco crucero, pero como mera atracción de feria; faltan décadas, pero se llevarán millones de salarios.

La que supondrá una puntilla para el empleo, tal como lo conocemos, es la denominada impresora 3D. Tiene su origen en la impresora de chorro de tinta y, actualmente, ya son capaces de fabricar una pieza, por muy sofisticada que resulte, o un órgano humano, un plato de comida… Seguramente, en una década comprarás tu vajilla desde cualquier dispositivo, te enviarán unas líneas de programa, pondrás en marcha tu impresora y voilà. En década y media harás un pedido de un coche, un mueble, un electrodoméstico con todas las especificaciones que gustes; el programa viajará desde miles de kilómetros a la velocidad de la luz, pero se “imprimirá y ensamblará” en un gran almacén cerca de tu casa. Tardará escasos minutos y no viajará ni por aire, ni por carretera, ni por mar, ni en tren. ¿Te imaginas el desgarro laboral? Añádele drones, coches autónomos, aviones que vuelan solos, accesorios domóticos que conocen tus gustos, te hacen la casa, la compra, la comida, revisan todas tus constantes, te medican con criterio.

Que la humanidad se libre del trabajo manual será una fiesta. Habrá que repartir el magro trabajo creativo e “intelectual”. Disfrutaremos de mucho más tiempo de ocio, de los amigos y de la familia. Pero ¿de qué vive un asalariado sin curro? ¿Habrá un nuevo paradigma en el que el reparto de riqueza no sea sólo mediante la remuneración del capital y del trabajo? Hasta hoy la economía es una cadena con cinco eslabones: capital-remuneración-trabajo-salario-consumo. Si falla cualquiera de los eslabones se rompe la cadena. Con todo, el eslabón más débil es el consumo y si el salario no llega, el consumo se deprime, entra en un vórtice y se produce una crisis de demanda interna. En España nadamos en los bordes de ese vórtice que amenaza con tragarnos.

Aquí, el número de horas trabajadas en 2008 son las mismas que en 2016. Ya sé que el gobierno te dice que se crea empleo. No es cierto, no se crea empleo, sólo se reparte. ¿Sabes que la renta salarial sobre el PIB era del 50,3% en 2009 y que ha bajado al 44.2% en 2012? La demanda interna está en la UVI y según el doctor del Banco de España, un tal Linde, hay que cerrar un poco más el grifo del dispensador del oxígeno salarial. Y es que desde que Luis Ángel Rojo se bajó del sillón de gobernador lo deben rifar en una tómbola, le toca a cualquiera.

Mientras en España no nos llega el oxígeno a los pulmones, la Europa rica y pensante ya está adoptando medidas para hacer frente a la revolución de la memoria dinámica. Saben que han de reformular la ecuación de reparto de la riqueza sin menoscabo del funcionamiento del sistema de mercado. Saben que el abundante trabajo de hoy será una reliquia en una o dos décadas. Los europeos ricos “pagan” toda la educación de sus ciudadanos, “pagan” a los jóvenes hasta que encuentran un trabajo, “pagan” por tener hijos, “pagan” a los desempleados hasta buscarles un puesto de trabajo, “pagan” la salud de sus ciudadanos… porque todos “pagan” sus impuestos. En Suecia están implantando la semana de cuatro días de trabajo sin bajar los salarios. En Suiza, casi un 30% han votado en un referéndum que están dispuestos a que haya una paga –un salario mínimo- a todo ciudadano suizo por el hecho de serlo.

En el entretanto, nuestros políticos van a la guardería de la tele a jugar con los niños al corro de la patata.

J. Carlos

Fractura ética

tsunami

Los españoles tenemos la suerte de anidar en una franja de tierra con clima templado y sol abundante. La meteorología nos trata con guante de seda, aunque últimamente, por aquello del cambio climático, se le va la mano en algunas ocasiones. La estructura geológica que soporta la corteza peninsular es de las más estables del planeta. Y aunque estamos rodeados de agua por todos los flancos, salvo por el cordón umbilical que nos une a Europa, las olas no suelen enfurecerse ni rebelarse en forma de tsunamis. La orografía no es de menú del día como en otras latitudes; aquí tenemos a la carta mesetas inabarcables, cicatrices geológicas que dibujan cordilleras con un dédalo de valles y montañas, desiertos, océanos azules, mares verdes, playas mansas, playas bravas y, un manto vegetal donde enraízan casi todas las especies. No es extraño que por aquí hayan pasado cien pueblos, desde Finisterre hasta Gibraltar, buscando largos días de luz y noches cuajadas de estrellas.

Mientras nuestra geología terrestre permanece silente, aunque la falla sísmica mediterránea de vez en cuando levanta la voz, nuestra geología ética no acaba de asentarse. Hay dos fuerzas tectónicas, el dinero y el poder, que actúan sobre el subsuelo moral dando lugar a fracturas llamadas fallas. Las placas pueden reptar unas sobre otras produciendo pliegues sobre la corteza, sin producir cataclismos; pero cuando la magnitud supera el punto de ruptura hay un desplazamiento rápido de las placas que genera el terremoto y, si el epicentro se sitúa en el mar, se origina el tsunami.

Llevamos décadas con el subsuelo moral resquebrajado. Hemos asistido con la pasividad del cobarde al enriquecimiento amoral de nuestras élites. Hemos visto crecer, ante nuestros ojos, pliegues en nuestra corteza social que se transformaban en auténticas montañas de escándalos financieros y de latrocinios públicos. Vadeamos, mirando para otro lado, las olas de desahucios, las de la rapiña de las cajas de ahorro, las olas de las preferentes. Apenas se movió el suelo bajo nuestros pies mientras desmantelaban la sanidad y la educación. No nos asustó el fragor tectónico de las cuentas suizas, la lista Falciani, los papeles de Panamá. Permanecimos mudos cuando a nuestros próceres (empresarios, políticos, futbolistas, nobles y ricos por su casa) les pillaban con las manos en la masa de la Hacienda de todos. Votamos a los mismos partidos cuyos gestores encopetan las listas de los más de cien casos de corrupción que pululan en los juzgados, sin que nos tiemble el pulso.

Hay, sin embargo, un choque de placas tectónicas cuyo epicentro se  sitúa en los juzgados y en los platós de televisión, y que  sucede  cuando el gestor o sus patrocinadores hacen una Infanta o un Messi: “Confieso que soy tonto, firmaba sin conocimiento y no me enteraba de nada”. Es una fractura de la moral pública que debería producir una falla sísmica gigantesca o, al menos, un desgarro ético que, como la última gota de agua que rompe la tensión superficial, tendría que desbordar el vaso de nuestra paciencia. Sin embargo, para mi perplejidad, no se produce ningún cataclismo. Deduzco que, si nos dejamos robar impunemente y que se rían en nuestras narices sin que se genere ni un mísero terremoto en la corteza social, es que tenemos una fractura ética que recorre el subsuelo desde Gibraltar hasta Finisterre.

Lo malo es que las fuerzas telúricas siempre emergen por donde menos te lo esperas y, a lo peor, nuestra cobardía de estos años la pagamos con un terremoto en las urnas.

J. Carlos

Un sueño

Televisor curvo

La evolución que nos ha traído hasta aquí sólo tiene una regla, adaptarse al medio y multiplicarse. La durabilidad, la belleza, el orden, la armonía son conceptos que no entran en su vademécum. Vamos, que la evolución es un poco chapucera, te cuida con esmero hasta que estás en sazón para poner tu semilla y transmitir tus genes; después, si te he visto no me acuerdo. Desde aquí elevo mi más enérgica protesta a la madre Naturaleza por la chapuza del tracto urinario. Ya es de mal gusto que diseñe las cloacas del cuerpo y las haga coincidir con el conducto que transmite el placer de la vida y la vida misma. Pero hace falta tener mala leche para sacarte cada noche de la cama para vaciar la vejiga, por el simple hecho de contar los años en décadas. Como no hay mal que por bien no venga, ahora tengo la posibilidad de anotar dos veces mis sueños, a la llamada fisiológica y cuando suena el despertador.

La noche del lunes pasado, a la luz de los dígitos azules del reloj que marcaban las dos y veinte, garabateé unas líneas para recordar mi sueño. Ya te advierto que era estrambótico como todos los sueños. Sospecho que fue inducido por una estúpida teoría que se me ocurrió en uno de esos despertares mingitorios y, según la cual, hay una relación directamente proporcional entre el adelgazamiento y la curvatura de los vidrios de los televisores y la idiocia del pueblo. Te confieso que  deseché la teoría por absurda tan pronto como bajé la tapa del váter.

El sueño transcurría en un país donde el personal gastaba gran parte de su tiempo, en ver los programas que se emitían en pantallas estrechas y curvas como cuerpos de modelos de alta costura. Lo más granado de la programación  eran los coloquios eviscerados con un tufillo entre corrala y patio de vecinos. Horas interminables en que se sacaban los hígados los unos a los otros y luego lloraban, se abrazaban y besaban. En las series y películas estaban ausentes las pulsiones humanas, dominaban las cataratas de imágenes catastróficas, aderezadas con violencia y casquería. Los catedráticos, maestros, escritores, poetas, científicos y músicos estaban proscritos, a los espectadores no les alcanzaba el entendimiento y se aburrían. Para fomentar la participación del personal, sacaban los micrófonos de paseo y preguntaban a cualquier analfabeto por temas de especial relevancia, el entrevistado agarraba el micrófono como si fuera la teta de su madre y expelía  por la boca frases inanes, cojas de sujeto o de verbo o de predicado. Los espacios donde se tertuliaba sobre la gestión política, estaban copados por cuatro sabidillos cuya nómina y permanencia dependía del tono de voz, del insulto procaz y de la habilidad para tergiversar cualquier dato. Retransmitían un único espectáculo deportivo donde veintidós contendientes, en calzón corto, corrían detrás de una esfera de cuero con el afán de encajarla en el vano formado entre tres postes. Estos mozalbetes ganaban en un solo partido más de lo que cualquiera de los asistentes en toda su vida; aún así los jaleaban, vitoreaban y aclamaban como si hubieran descubierto la penicilina o la fisión nuclear. Los relatores del evento en la televisión, le ponían más devoción y adjetivos guerreros que si estuvieran contando in situ la batalla de las Termópilas. Horas después los comentaristas, exhaustos y roncos, seguían gritándose en el plasma curvo si la esfera había tocado una línea pintada de yeso sobre la hierba, mientras la imagen, captada por más de cincuenta cámaras, se proyectaba hipnóticamente. A nadie le importaba si con el coste del encuentro se hubiera podido construir y mantener un hospital durante un año. Daban otros espectáculos que levantaban pasiones, como el de torturar y matar en un coso de arena, por un carnicero vestido de luces, a un herbívoro hasta la muerte. Los había que sacaban en andas imágenes de madera seguidas por hileras de encapuchados, algunos se desnudaban la espalda y se la desollaban a latigazos. Los informativos eran tan sosos y estaban tan mediatizados que, habían creado un programa de humor para dar las noticias con píldoras de cachondeo. Incluso, emitían espacios de debate donde cedían el púlpito a delincuentes convictos que impartían clases de ética y moral públicas.

Luego el sueño me trasladó a un almacén inmenso sito en los arrabales. Las calles de las ciudades se habían quedado huérfanas de bares, restaurantes, mantequerías, fruterías, farmacias, librerías… Allí, en una mole de cincuenta pisos, tenías de todo. En la planta cuarta firmaba su libro la autora más vendida, la Princesa del pueblo, una iletrada que a duras penas sabía distinguir un sustantivo de un adjetivo, y que vivía de relatar los pormenores de un polvo añejo con un torero. En la undécima, el hijo de una folclórica, con pinta de pastor de cabras, convencido de que un pentagrama es un sudoku de cinco números, firmaba un disco que llevaba meses como número uno. En el piso vigésimo octavo servían tragos de botellas de colores rotuladas en inglés. En realidad agua con colorantes, unos centilitros de alcohol y unas pizcas de azúcar. La gente hacía cola a 5 € el chupito, convencida de que compraban unos sorbos de paz, de cariño, de paz o de armonía. En la terraza soleada de la última planta la gente depositaba su voto para elegir alcalde. Los rostros de los dos contendientes debatían en un plasma curvilíneo, de cuatro metros por seis, a ver quién era más corrupto, exhibían documentos de bancos suizos contra listas de papeles de Panamá. Sabían que aquel que demostrara más destreza en las artes del latrocinio público tendría las de ganar, los electores lo considerarían más listo y un buen ejemplo para los ciudadanos.

Cuando se lo conté a mi mujer exclamó: “¡Vaya pesadilla! Es como el Gran Hermano de Orwell”. Un mal sueño lo tiene cualquiera, le dije; además, añadí, nuestro televisor es plano como una tabla y obeso como una morsa.

J. Carlos

Alcantarillas

Alcantarilla

-Lo peor era el pestazo que se te metía en la ropa y en la piel. No había jabón que te lo quitara de encima.

Segis está sentado en un butacón de orejeras entelado en gris. Es delgado y de cuerpo menudo, tiene la piel cetrina; mueve los brazos y gesticula con las manos para hablar; las pocas veces que guarda silencio se reclina contra el respaldar, se queda tan quieto que parece como si el mueble lo hubiera engullido.

-La primera vez que bajé a las cloacas con mi padre tenía siete años, fue en el cuarenta y cinco. Al olor te acostumbras enseguida, pero las ratas son tan grandes como conejos. Yo he visto a tres ratas merendarse un gato.

Gertru, su mujer, es morena, pequeña y rechoncha. Tiene media melena lisa y muy blanca, con una raya en medio. Trae un platillo con un vaso de café con leche  para Segis lo deposita con mimo en una mesita auxiliar. Me pregunta si quiero un café.

-Gracias, pero ya he desayunado.

Se oye saltar el resorte del muelle de la tostadora en la cocina, la mujer se da la vuelta y encara el pasillo. Con una agilidad felina Segis coge la muleta que descansa sobre el lateral del butacón y se incorpora, camina hacia el armario botellero del mueble de donde saca una botella de Chinchón, hecha un chorro de anís en el café y desanda el camino para guardar la botella. En el momento que Gertru cruza la puerta del comedor con las tostadas, el aceite y el tomate, mi entrevistado ya se inclina hacia mí, trae en la mano una cajita de terciopelo.

– Es la medalla civil al mérito policial. Ya ve, me pasé más de treinta años esquivando a los maderos y, al final, estuve otros tantos colaborando con ellos.

Su mujer le deja el plato al lado del café, le tiende el brazo para que se apoye al sentarse y, aunque se resiste, le prende el pico de la servilleta en la camisa a cuadros, rojos y negros, para que no se manche. Mientras él unta el tomate en la tostada y se queja de que el matasanos le tenga prohibida la sal, ella me hace un gesto de complicidad llevándose los dedos a la nariz. Sonrío. La fragancia del anís se ha extendido y pica en el olfato.

-Hombre de tanto oler la mierda de toda la ciudad, la nariz se termina gastando –Afirma rotundo como un niño pillado en falta.

No le ha gustado el gesto de complicidad, ni mi amago de sonrisa. Ha fruncido el ceño, los ojos casi negros se le han hecho más chicos y me ha soltado de corrida:

-Pues sepa usted, plumilla, que en esta humilde casa entró un día Don Miguel Delibes y me dejó un libro dedicado, con su firma y todo. Las ratas, se llama. Anda Gertru acércaselo.

Junto con el libro, Gertru trae la botella de anís y dos copas, después de mediarlas y escanciar en el vaso de café hasta casi desbordarlo, se sienta en el brazo del butacón de Segis y brindamos los tres por la memoria de Don Miguel.

Es un libro de tapas duras forrado en plástico transparente. En la primera hoja, con grafía menuda y clara, Don Miguel había escrito: “Para el ratero de ciudad que conocí una tarde y me descubrió que la vida de las gentes se prolonga en las alcantarillas. Con profundo afecto”.

-Como le digo, empecé con ocho años, bajábamos con un farol de aceite; buscábamos pulseras, anillos, medallas o cadenas de oro y de plata. Los metales no abundaban. Y eso que, entonces, se lavaba a mano y era más fácil que las alianzas se colaran por el baño o por el fregadero.

Gertru le entrega una pastilla blanca.

-Es para el reúma, sabe usted. Pasó muchos fríos allá abajo. Aquello está siempre húmedo en verano y en invierno. Volvía siempre empapado.

Mientras Segis se toma la pastilla con un trago de café, Gertru se levanta y coge en su regazo una foto enmarcada en madera que ocupa el centro de la mesa de comedor, junto a un florero con magnolias de tela blanca.

-Es nuestro hijo Moisés. Éstos son nuestros nietos, Andrés y Julio. Y ésta es Maika, su mujer. Hacen muy buena pareja, trabajan en La Paz. Ella es enfermera y él celador, por eso los niños estudian medicina. Con un poco de suerte, terminan este año. Son mellizos, ¿Sabe?

-Qué guapos, le digo –Por hacerle la gracia a la abuela.

Son muy estudiosos. Mire qué ojazos azules y qué guapos y qué rubios. Son la viva estampa de su padre. Y tienen su misma estatura. A los abuelos nos sacan cabeza y media, a su lado parecemos enanos de circo.

Advierto que Gertru, mientras vuelve a poner la foto en su lugar, se seca una lágrima con la manga de la chaqueta de lana, se excusa y se pierde por el pasillo.

-¿Dónde estábamos –prosigue Segis- Ah, sí, durante la posguerra andábamos la mitad del tiempo con las tripas vacías, así que he cazado ratas, he comido su carne y la he vendido a carnicerías que la hacían pasar por gato o por liebre.

Se retrepa en el sillón, se queda pensativo, luego se acerca hacia mí y me confidencia.

-Perdone a mi mujer, es que a nuestro hijo, Moisés, le quitaron un riñón hace ocho meses y el otro lo tiene averiado. Está con eso de la diálisis a la espera de un trasplante.

Lo siento –dije-

En cuanto lo supimos, fuimos echando leches al hospital para ofrecerle nuestros riñones. Nos sacaron sangre y nos miraron por dentro con esas máquinas con que ven a los niños dentro de las barrigas de sus madres. Resulta que nos somos compatibles. No se lo hemos dicho todavía. Cómo se le dice a un hijo que los padres no son compatibles, siendo él de la profesión.

Gertru vuelve, ya sosegada, toma asiento sobre el brazo del sillón de Segis y, mientras le acaricia el cuello con la mano, le pide que me cuente las cosas extrañas que ha encontrado en las alcantarillas. Segis adelanta el tronco y va dibujando en el aire con las manos las cosas que se ha ido encontrando.

-De todo, mire usted, pistolas, cuchillos, móviles, serpientes. Antes de que me pregunte por los cocodrilos y caimanes le diré que jamás he visto a esos bichos. Eso sí, allí dentro he visto una familia de gitanos que estuvo viviendo durante unos meses en una galería, al lado del colector de Legazpi, muy cerca del río. Y alguna vez he tropezado con mendigos que pasaban las noches duras de invierno en las alcantarillas.

Da otro sorbo de café y anilla el brazo a la cintura a su mujer. Los dos vuelven los ojos hacia la foto que preside el salón.

-Mire qué color tan sonrosado tiene en la foto –dice Gertru- El domingo estuvieron aquí comiendo todos. El pobre Moisés tiene ahora la piel amarillenta, como de cera. Si fuera posible, le daría los dos riñones y me iría más contenta que unas pascuas al otro mundo. –caigo en la cuenta de que Gertru tiene el oído muy fino y ha escuchado nuestra conversación.

-Mujer, no te apures, ya lo han puesto en lista de espera. Pronto habrá un donante compatible y lo dejarán aviao –dice Segis-

-No Segis, ya decía Don Melchor, el cura de la parroquia, que en paz descanse, que los pecados tarde o temprano se purgan.

Acaricia el pelo a su mujer con una mano y con la otra levanta el vaso de café para que brindemos todos.

-Brindo porque aparezca pronto un riñón para Moisés. Y ahora sigamos que este señor –apunta hacia mí- tiene que llenar su columna dominical. ¿Cómo se titula su columna? Ah, sí, vidas estrafalarias o algo por el estilo, ¿no?

Así es, Vidas estrafalarias –asiento-

-En la etapa de colaboración con la policía hemos sacado de las cloacas manos cortadas y brazos y pies, bolsas de droga, armas, bombas, algún botín de joyería y documentos a medio destruir o chamuscados. Hasta una pintura famosa robada de un museo apareció dentro de un cilindro de aluminio. Estaba bien envuelto en cinta americana de la buena, de color plata. Pero cadáveres enteros no, nunca encontré cadáveres enteros.

-Cómo se enroló en la policía –le pregunto-

-No me enrolé, digamos que me dejaban hacer mi trabajo y yo, a cambio, colaboraba. Sepa usted que hay bandas de traficantes y terroristas que utilizan las alcantarillas como vía de escape y no diré más.

– ¿Le pagaban, le tenían en nómina?

-Digamos que después de perseguirme durante treinta años, se dieron cuenta de que tengo aquí, en el magín –se señala la cabeza con el dedo- todas las galerías y sus laberintos, con sus brazos, recodos y esquinas. Si cierro los ojos las recorro con la imaginación, lo mismo que usted puede recorrer con el dedo el mapa callejero de la ciudad. Y eso tiene un precio.

-Cuéntales lo del banco –le pide Gertru-

-Tal como lo dices, parece que lo hubiera robado yo –se ríe Segis-. Fue unos días después de lo del niño…

Gertru le da un codazo. En un instante, a la mujer se le ha ido toda la sangre de la cara. Él aborta la sonrisa, se muerde la lengua y se queda callado mirándola a los ojos. Sólo cuando advierte el gesto de ella haciendo girar el dedo índice sobre sí mismo, prosigue, aunque le tiembla la voz.

-Como le decía, vi una bolsa negra hundida en el agua estancada, la cogí con mi garfio, siempre llevaba un palo largo con un garfio en el extremo y, en el otro, una red de cuerda trenzada. Cuando la abrí me encontré quinientos billetes nuevecitos de a mil pesetas. Estamos hablando de pesetas del año sesenta y nueve, una fortuna ¿sabe usted?  Estuve una semana sin salir de casa. En la radio no daban noticias de ningún robo.

Gertru se ha apaciguado con el relato del marido, le han vuelto los colores y parece que está embebida en la memoria de aquellos recuerdos.

Con ese dinero –prosigue Segis- nos compramos este piso y los muebles. Meses más tarde se habló de un desfalco en el banco Urquijo de dos millones. Según dijeron, el cajero, antes de abrir la oficina, sacaba cada día de la caja fuerte cinco fajos de cien billetes, los metía en una bolsa de basura negra con varios ladrillos y la tiraba por una arqueta del patio. Por la tarde bajaba a las cloacas y la recogía.

¿Y lo del niño? –pregunto

-Tonterías de Segis, que ya chochea, va para setenta y nueve –intenta el quite Gertru- ¿Quiere otro poquito de anís o un café?

No, gracias. Dice usted que también aparecían niños. Pero ¿vivos? –pregunto-

-Sólo ocurrió una vez –toma la palabra Segis con la mirada clavada en la lámpara, seguramente para evitar los ojos de Gertru. A ella le tiemblan los labios.

– Había un cesto de mimbre varado en una isleta de basura que se acumula en un recodo del colector de Lagasca. Era verano, el agua no levantaba ni una cuarta. Dentro estaba un niño envuelto con sábanas bordadas, sólo se le veían los ojitos cerrados. Creí que estaba muerto, le toqué los mofletes, los tenía calientes. Subí a la calle por la primera atarjea, no me entretuve ni en cerrarla y, con el cestito bien apretado entre el brazo y las costillas, no paré de correr hasta casa. Gertru me mandó a la farmacia a por un bote de Pelargón.

-Fue hace cuarenta y siete años –prosigue Gertru-. Por la tarde, una vez limpio y comido, lo entregamos en un convento de las Hermanitas de la Caridad o de los pobres, ya no me acuerdo. Ellas sabrían qué hacer con él.

¿Y no le preguntaron de dónde procedía o dónde lo habían encontrado?

-A finales de los sesenta las monjitas no preguntaban nada –concluye Gertru para dar por zanjada la conversación.

¿Dónde estaba el convento? –pregunto.

Se miran ambos. Él se hunde en el sillón y carraspea. Ella se estira el vuelo de la chaquetilla de lana gris,

-Por Chamberí, creo –contesta en un titubeo

¿En qué calle?

-¿Tú te acuerdas Segis?

-Qué va. Ya sabes que tengo la memoria con más agujeros que el subsuelo de Madrid –contesta Segis.

Pues, dígame, al menos qué hábito llevaban las monjas? –le pido a Gertru

-Huy, es que nosotros –se acaricia nerviosa las manos- nunca hemos sido mucho de curas y monjas. No sé muy bien. Supongo que negro o, quizá, pardo. No nos acordamos. Perdónenos, hace tanto tiempo.

Gertru Se cruza de brazos, está a punto de las lágrimas. Segis permanece callado, inmóvil, metamorfoseado en el sillón.

Cerré la libreta, me levanté y le acaricié la cara con las dos manos

-Ahora sí me tomaría un café -le dije.

Volví a sentarme. Me tomé un café. Gertru me ofreció otra copa–pero de brandy, esta vez, por favor- Y me siguieron contando historias de cloacas por más de hora y media.

En el quicio de la puerta, a la despedida, les dije que, según mis pocos conocimientos de medicina, la sangre de los padres no tenía por qué ser compatible con la de los hijos. Gertru me plantó dos besos, Segis apoyó la muleta en la pared y me apretó tan fuerte la mano que me hizo daño en los nudillos.

J. Carlos

Conciencia

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La conciencia es esa tormenta química y eléctrica que sucede en nuestro cerebro y que nos hace sentir vivos, diferentes y únicos. Es la gran maga en el teatro de nuestra vida. No sólo nos ilusiona haciéndonos creer que todo lo que hacemos y decidimos se debe a nuestro libre albedrío, sino que  de un lugar casi vacío, apenas transitado por ondas y partículas separadas entre sí por distancias astronómicas, nos recrea un mundo repleto de imágenes en color que adquieren solidez si las tocamos, exhalan fragancias, emiten sonidos, gustan… La misma magia, más sofisticada eso sí, que la de la lluvia de fotones que rebota en una pantalla de cine y, al permear nuestra conciencia, ésta se saca de la chistera una película con la que reímos, lloramos, reflexionamos.

La conciencia es vaga. Se pasa más de la tercera parte de la vida hibernando. Se va a la cama contigo cada noche y se apaga, del mismo modo que tú apagas la televisión o una lámpara, para no gastar. Pasa de la gran empresa de tu cuerpo. No está ni se le espera cuando un ejército de glóbulos blancos lucha encarnizadamente contra el virus de la gripe. Tampoco le interesa el proceso de coagulación de la sangre para sanar tur heridas. Por no interesarse, ni siquiera se interesa por el intercambio de oxígeno de los glóbulos rojos en los alvéolos, ni de las sístoles y diástoles de tu corazón, ni de tus inspiraciones y espiraciones, ni de los movimientos peristálticos de tus intestinos. Suele despertar de su sopor cuando algún órgano le manda señales de dolor para hacerle saber que algo anda mal en la sala de máquinas. En los procesos externos también se desentiende en cuanto consigue que se conviertan en rutina, deja de estar pendiente de andar, montar en bici, conducir, escribir, teclear.

Es perezosa, sí, pero también “è mobile qual piuma al vento”, como nuestro Presidente en funciones. Rajoy sabe que existe, que es cabeza de un gobierno y de un partido, pero ignora todo lo demás. Ignora la diarrea crónica en las tripas del partido, desconoce el cáncer de la desigualdad que envenena la sangre del cuerpo social. Aunque dijo que no subiría los impuestos, ni recortaría en sanidad, educación y pensiones, fue aposentar el culo en la poltrona monclovita y dedicarse con alevosía a practicar a viceversa de lo predicado. Y así sigue,  ignorando las punzadas de dolor en el riñón de la sanidad, en los pulmones de la educación, y en el corazón del empleo; antes al contrario, en vez de sanar sus heridas les echa puñados de sal con los recortes, mordazas, reformas laborales, Wertadas, impuestos al sol.

Eso sí, la conciencia humana es altiva. Hasta Galileo nos creíamos el centro del universo. Y gran parte de la humanidad está convencida de que entre los trillones de átomos que simbiotizados nos conforman, se esconde un soplo divino y, cuando aquella simbiosis siguiendo la ley de la entropía, se desordene y cese el parloteo entre nuestras neuronas, nuestra conciencia volará impoluta y sabia al reino de los cielos y vivirá feliz ad eternum. Impensable para esta ideología antropocéntrica asignar al resto de formas de vida algún atisbo de conciencia. Todos los demás seres, sean animales o vegetales, los puso el Hacedor a nuestra disposición y servicio, así que los podemos desollar, hervir vivos como a las langostas o, torturar hasta la muerte entre vítores y aplausos como a los toros.

Hay otra conciencia más compleja, pero tan indolente y voluble como la de Rajoy, es la conciencia social. En la década de los 70, Milton Friedman, consiguió introducir en la gramática económica una serie de usos y giros que se conjugaban mal con la lengua real, al igual que conjugan mal los anglicismos estúpidos que importamos sin rubor a nuestro castellano, siendo que siempre hay en nuestro diccionario vocablos más precisos. Después vinieron Thatcher, Reagan, Blair, Bush, Aznar… y nos inocularon el nuevo abecedario como quien ha visto la luz y baja del Sinaí con las nuevas tablas ortográficas.

A resultas de lo cual nuestra conciencia social, aletargada, ha ido asimilando la nueva lengua como las tablas de la ley. Nos dicen que el dios mercado es omnipotente y perfecto, que funciona como el movimiento continuo sin gasto de energía; de forma que, cuando estalla una de sus múltiples burbujas, que pagamos a escote los ciudadanos, es algo positivo porque al igual que el bosque se quema para regenerarse, el mercado también necesita de vez en cuando un incendio para brotar con más brío. En el diccionario económico al uso se nos alerta de que, en cualquier sistema público, por obra de birlibirloque, se asientan sólo los vagos y maleantes, circunstancia que unida a la falta de competencia hace que, su gestión resulte más costosa y menos rentable que en la empresa privada, porque ésta es capaz de prestar un servicio mejor al mismo coste y obteniendo, además, un beneficio. Y nos lo creemos aunque cualquier ejemplo nos muestre lo contrario, sea la sanidad americana que es la más cara del mundo y la menos eficaz; aparte de que sea un sindios mercadear con la salud; sea la privatización sanitaria en Valencia o Madrid que es un fiasco y sale por un ojo de la cara; sea la privatización de la basura en cualquier municipio.

En el nuevo orden gramatical, hay una oración con su sujeto verbo y predicado bien ahormados, la de que el directivo que cobra quinientas veces más que la media de la plantilla de su empresa es porque él lo vale y aporta, al menos, el mismo valor que lo cobrado. Se constata machaconamente que estos directivos quiebran sus empresas o las hunden en bolsa o destruyen empleo, pero seguimos conjugando los dos mismos verbos: será porque lo vale. Así, mientras los salarios cayeron en España de 2010 al 2014 un 7%, los directivos del Ibex se subían el sueldo un 10%. Con esos salarios, que ya es halago, padecen el síndrome de hybris, aunque hay que ser idiota para pensar que un cerebro pesa más que otros quinientos cerebros tan bien amueblados como el suyo. El idiota no es el directivo que lo sabe o lo sospecha, el idiota eres tú que te lo crees.

La gramática parda de estos gurús económicos exige bajar los impuestos a los ricos y a las empresas, porque de lo contrario se van con su dinero a otra parte. Es como si en nuestra comunidad de propietarios viviera un rico por su casa y, para evitar que se vaya a vivir al edificio de enfrente, tuviéramos que pagar a escote sus cuotas de comunidad el resto de los vecinos. Del mismo modo, nos han inculcado la especie de que los impuestos sólo sirven para dar de comer a políticos corruptos, a funcionarios vagos e instituciones que no prestan eficazmente sus servicios. Lo que no dicen es que con los impuestos se mantiene nuestro patrimonio que trae turistas; se crean las infraestructuras que utilizan esas mismas empresas; se mantiene una judicatura y una policía que trabaja en mayor proporción para las empresas y los ricos que para la clase media; se remunera a los profesores que enseñan a nuestros hijos, a los investigadores que son la semilla de nuestro futuro, a los médicos que nos sanan; se pagan las pensiones con las que pueden vivir con dignidad nuestros mayores, a los legisladores que regulan los mercados y nuestra convivencia… Ya sé que hay quien se deja corromper entre los gestores públicos, también entre los que gestionan lo privado. Sin embargo, en la balanza de corruptores pesa mucho más el platillo de lo privado. Y si en una institución pública te trataran como te tratan cualquiera de los “centros de llamadas” de nuestras empresas más insignes, iríamos la mitad de la población a manifestarnos y correríamos a gorrazos a sus responsables públicos.

Esta lengua de nuevo cuño asevera que hay que grabar con el doble de impuestos a la riqueza que proviene del trabajo y del esfuerzo que aquella que produce el capital y la especulación; y de tanto oírlo nos parece tan natural como la salida del sol cada mañana. Hay otra máxima que nos sonrojaría si nuestra conciencia social no estuviera sumida en un sueño tan profundo, es aquella según la cual, las crisis económicas son tan naturales como las tormentas de verano. Nada tienen que ver la codicia, la especulación y la desregularización que permiten y alientan que unos pocos se jueguen nuestra riqueza en el casino del capitalismo con las cartas marcadas.

Estamos tan acostumbrados a santificar las leyes de la oferta y la demanda como se santifican las fiestas que, nuestras conciencias adormiladas ignoran que los oligopolios de telecomunicaciones, del sistema financiero, el eléctrico, el farmacéutico, etc. elaboran sus tarifas con la misma magia con que nuestros cerebros sacan de una lluvia de fotones una película de vaqueros. Si algún día se pudiera medir monetariamente la aportación real de cada directivo, cada empresa, cada institución a la riqueza colectiva, nos pegaríamos un tiro en el pie porque algunos directivos, empresas e instituciones no sólo no aportan valor, sino que restan.

Otra de las sandeces en las que caemos en el nuevo decurso idiomático es la de que las pensiones sólo han de sostenerse por los cotizantes, haciendo depender el condumio, la salud y la dignidad de las personas mayores del sólo esfuerzo de los trabajadores. Pareciera que la riqueza proveniente del capital y de las empresas hubiera caído como maná del cielo y fuera intocable o, como si los pensionistas no hubieran participado con su trabajo, su mente, su esfuerzo a la creación de ese bien tangible que se llama riqueza nacional. Pareciera que sólo el capital crea riqueza y puestos de trabajo y los pensionistas no contribuyeran a la economía colectiva vía consumo, con su experiencia y, a través de su colaboración en la ayuda y educación en la familia.

Y por no hacer la lista interminable, concluiré con un uso de este idioma del capitalismo salvaje que me sonroja sobremanera, la riqueza del trabajo es transparente para Hacienda y tiene una trazabilidad perfectamente delimitada, pero las otras formas de riqueza que, además, están gravadas a la mitad en los impuestos, gozan de opacidad y pueden tostar sus pieles al sol de paraísos fiscales.

¡Chapeau por Friedman y sus adláteres!, porque han creado una lengua con el orden subvertido de forma que, lo largo es corto y lo ancho, estrecho. Así que, nos tragamos sapos con la misma delectación que si degustáramos caviar beluga. Será porque tenemos la conciencia individual perezosa o porque la conciencia social está sesteando o, será que son unos magos geniales. Te apuesto un imperio a que quienes hablan con soltura ese idioma ganarán las próximas elecciones. Su gramática se basa en que la parte estrecha del embudo es para las clases medias esforzadas y trabajadoras, y el ancho para los ricos y especuladores. Es la misma lengua que se habla en los lupanares y en los casinos, aunque salpicada de anglicismos. Es la lengua de los trileros, te muestran en qué cubo está la bolita, pero cuando termina el juego, levantan el cubo y está vacío, tu dinero ha emigrado a sus bolsillos por arte de birlibirloque.

J. Carlos