Procesión

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De niño sabías que llegaba la primavera porque el cielo se mudaba varias veces al día, el sol se tapaba y destapaba con el manto de las nubes al antojo de los vientos. Sabías que llegaba la primavera porque el barro congelado y duro de las calles del pueblo se había metamorfoseado en una capa de tierra fina que se levantaba en polvareda al paso del ganado. La mitad de las fincas lucían un verde de más de una cuarta, la otra mitad tenían un barbecho recién arado con camellones parduzcos como cicatrices viejas. En las eras la hierba salía de su entumecimiento de hielo y de escarcha y, a corros, brotaban las margaritas. Los pardales y las golondrinas ya no pasaban el día tendidos en los cables de la luz  esperando la lumbre raquítica del sol, se entretenían en el aire, en bandadas, dibujando flechas que cambiaban de dirección con la cadencia de un ballet. Los caminos, a la tarde, formaban nubes de polvo que ascendían desde las pezuñas de las mulas y, los labradores que cabalgaban a horcajadas parloteaban y reían; a ratos, hacían un alto para esperar a los que iban afluyendo desde las fincas próximas y aprovechaban para liar un cigarro de picadura. De niño sabías que llegaba la primavera porque la ropa blanca volvía a tenderse al sol, y las sábanas con una piedra en cada esquina se ahuecaban al viento como velas de barco silbando susurros. Las campanas tañían con un sonido más puro, más metálico, habían dejado en el invierno ese tono lastimero que penetraba en tus oídos como si hubiera atravesado un tamiz de corcho. Los lugareños tenían la costumbre de no morirse durante esta estación porque las campanas no sabían doblar a muerto en primavera. Las mujeres buscaban una abrigada al sol sentadas en círculo en sillas de enea, llevaban las piernas embutidas en medias de lana, y cosían, bordaban y hacían encaje de bolillos desgastando la lengua. Sabías que llegaba la primavera porque empezaban las novenas y desfilaban a la tarde las señoras enlutadas con un velo negro en la cabeza y un rosario de cuentas en la mano. A la ermita, en la anochecida, le salía una luz de los ventanucos enrejados de la puerta, si te asomabas advertías candelas encendidas a los pies del crucificado; el capricho de las llamas producía olas de sombras que trepaban por las paredes, por momentos parecía que la ermita navegaba y tú con ella. Sabías que llegaba la primavera porque la luna crecía y crecía, hasta llenarse del todo; cuando parecía una canica gigante proyectada sobre la pantalla del cielo en blanco y negro, los santos y las vírgenes de la iglesia se cubrían con mantos negros. Entonces, los niños recorríamos las calles a la carrera, haciendo sonar las tinieblas porque las campanas se quedaban mudas por tres días, a fin de congregar a los feligreses a los santos oficios. De la ermita salía en andas el crucificado en procesión solemne, a sus espaldas discurrían dos filas de parroquianos con farolillos encendidos, las mujeres veladas delante, detrás los hombres; los niños, llevábamos una vela embutida en un círculo de cartón para no quemarnos la manos con la cera derretida, jugábamos a soplar el pábilo los unos a los otros para apagar la llama, si montábamos bulla los mayores distribuían pescozones sin más criterio que la cercanía entre nuestras cabezas y sus manos. El cura con casulla negra, rostro compungido y los ojos fijos en el cogote bamboleante de la talla, marcaba el comienzo de las estrofas: “Dulce Redentor, para mí era la pena de muerte, ya lloro mis culpas y os pido perdón. Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar…” Al doblar la última caseta de la carretera para desandar el camino, el aire del este causaba estragos en las llamas desnudas, incluso apagaba algunas guarecidas dentro de los farolillos de papel acordeón coloreado a franjas.

Recuerdo unos años más tarde esa misma procesión del Cristo en la cruz. Subía como siempre por la carretera en dos hileras disformes, las féminas habíais doblado la última caseta y los varones aún no la habíamos alcanzado. Se me encendieron las retinas cuando se cruzaron con tus ojos, después, hasta la iglesia, sólo entraba en mi ángulo de visión tu pelo ceñido en una gasa transparente que ondulaba hasta la cintura, tu chaqueta de lana color teja, tu vestido azul y tus pasos lentos. El sol a nuestra espalda se estaba poniendo, hubo un instante que tenía el mismo color que la llama de las velas. Por eso, ahora, cuando al atardecer la luz  mengua cierro los párpados y, si escucho el sonsonete monocorde: “Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar…”,  veo tu perfil alumbrado en oro viejo y tus pasos lentos, luego vuelves la cabeza y encuentro tu mirada.  Entonces sé que ha llegado la primavera.

J. Carlos

Autobuses

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Antes de que los reclamos publicitarios se adueñaran de todos los espacios, cuando la publicidad no salía de las marquesinas y de los escaparates de las tiendas, los autobuses tenían colores pacíficos y ventanas de vidrios transparentes desde las que huía el paisaje, hacia atrás, como un fugitivo. Desde hace unas décadas el márquetin, que tiene horror vacui y lo llena todo, ha desarrollado una piel para los autobuses con imágenes de cine, colores violentos y frases lapidarias que se adaptan a los ángulos de la carrocería como tatuajes. Las ventanas desaparecen tras la piel y el viandante tiene la sensación de que dentro transportan reses para el matadero. Ayer rodó por las calles de esta ciudad un vehículo envuelto en una calcomanía del color de la sangre aguada, sobreimpresionados en blanco figuraban dos siluetas de niño, uno más gordo con coletas y vestido, el otro más flaco en pantalón corto. Había sido fletado por la asociación Hazte Oír, declarada de “utilidad pública” por el que fue Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Sí, aquél que imponía medallas a las vírgenes y que tenía un ángel de la guarda de nombre Marcelo. Entre las dos pares de siluetas, como si sólo representaran el signo ortográfico de las comillas, las siguientes afirmaciones lapidarias: Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.

Total, que se ha armado la de San Quintín.

A mí me produce la misma ternura e hilaridad que, si los miembros de una tribu ignota del Amazonas me explicaran que la luna es una ilusión creada por el dios sol o, que la gravedad no es otra cosa que la mano del dios de las profundidades que nos tiene agarrados por los pies. Lo preocupante es que haya siete mil cotizantes que recaudan más de dos millones y medio de Euros para esa asociación. Lo inaudito es que la misma Administración que se gasta un riñón en transmitir la ciencia a nuestros púberes, considere a estos indocumentados promotores del interés general. Lo alarmante es cuánto de cerca están estos analfabetos científicos de los colegios e institutos. Lo aberrante es que pertenezcan a una determinada creencia religiosa y que sus dirigentes no digan esta boca es mía o, lo que es peor, los jaleen como hizo el señor Rouco Varela mientras ejerció de purpurado. Sin embargo, la sociedad española, que es mucho más ilustrada de lo que estos ultramontanos se creen, ha reaccionado inmediatamente ante la impostura y les ha salido el tiro por la culata. Seguramente faltaba un debate público sobre la transexualidad y esta asociación lo ha propiciado. Gracias. Se hacía preciso airear las aulas y limpiar la ciencia del aire fétido de las creencias religiosas. Había que explicar el terrible sufrimiento de aquellas personas a las que su cerebro les impone un sexo distinto de lo que indica su anatomía, al igual que a muchos amputados su cerebro les impone el dolor en el miembro inexistente. En definitiva, han abierto de par en par el tiempo y el espacio para abordar una legislación a nivel estatal, como ya existe en algunas de las Comunidades Autónomas, que evite la discriminación por “sentirse con un sexo que no es el propio.”

El común de los españoles debe saber que los transexuales no son viciosos, ni pecadores, ni están locos, simplemente la química de su cerebro ha funcionado de forma distinta a la tuya o a la mía. Basta que la madre durante el primer trimestre del embarazo tenga déficit de testosterona o de estrógenos o que, el bebé no sea capaz de asimilar o producir las cantidades suficientes de estas hormonas, para que el cerebro del feto decida que tiene un sexo distinto al que indica su entrepierna. Y, obviamente no es la única causa. La Organización Mundial de la Salud lo incluyó como síndrome médico en 1977 y no tiene nada que ver con las tendencias sexuales ni con travestismo.

Creo en la libertad de expresión y, aunque el fiscal anda buscando indicios de delito de odio, no creo que sea el caso. Sí lo sería, seguramente, en una sociedad retrógrada, poco evolucionada y acientífica donde esas frases enardecerían a cerebros deshabitados que correrían a maltratar, vejar o linchar a aquellos cuya “cabeza” discrepa de su par cromosómico. Otra cosa es el juicio “religioso” que se merecen, no parece muy cristiana su actitud de hacer sufrir al diferente porque no es como ellos. Tampoco queda muy bien parada su salud mental, de sus actitudes se infiere que sus cerebros no son un dechado de empatía. Lo que sí debe perseguir el fiscal es la actitud de estos padres con sus hijos y alumnos cuando por su ideología o creencias “discriminen y maltraten” a quienes sufran esta situación.

Como me temo que los poderes públicos no pueden hacer nada más allá que aplicar, cogidas por los pelos, ordenanzas municipales para inmovilizar el autobús, solicito a la jerarquía eclesiástica que se sirva encauzar a estas “asociaciones” ultracatólicas y a más de un obispo, con un poco de ciencia. Basta con un seminario impartido por neurólogos, psiquiatras, pedíatras, psicólogos de reconocido prestigio, para que les ilustren sobre la realidad objetiva de la química del cerebro.  Supongo que sus arraigadas creencias tridentinas no serán óbice para el buen fin de la operación, conozco a médicos con un profundo conocimiento de los mecanismos neuronales, que están convencidos que comulgan con el cuerpo de su dios todos los domingos. Caso de que el curso sea demasiado gravoso para las arcas de la Iglesia, conmíneseles, al menos y como penitencia, a leer algunos de los libros que más abajo reseño.

Bibliografía de urgencia:

-García Rodríguez, Fernando.- El sistema humano y su mente.

-Swaab, Dick.- Somos nuestro cerebro.

-Hare, Robert D.- Sin conciencia.

-Sacks, Oliver.-El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

-Harari, Yuval Noah.- Sapiens. De animales a dioses.

J. Carlos

Ficciones

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Afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens” que en la historia del hombre hubo un salto evolutivo esencial: la ficción. La especie que hoy epidemia el planeta hubo de echar mano de mitos y fantasías para que sus miembros cooperaran entre sí. Las bandas de homínidos que recolectaban y cazaban eran pequeñas, todos sus miembros se conocían y cooperaban entre ellos, pero recelaban de los miembros de otras bandas. Para crear tribus formadas por varias bandas era necesario un relato común que les uniera. Se necesitaba un nexo entre individuos que no se conocieran, un mito que sirviera de argamasa para conseguir la cooperación entre ellos. En principio la ficción tenía una trama simple, con dioses que se encarnaban en lo más cercano: animales, plantas, ríos. Después se hizo necesario crear la mitología heroica de los líderes y de los chamanes, contar la historia de la tribu fantaseada a la luz de la lumbre, imponer los códigos de conducta exigidos por los dioses, narrar la épica de las guerras contra otras tribus. Con el tiempo las tramas fueron adquiriendo una complejidad extraordinaria, dando lugar a las religiones, los reinos, las naciones, las historias, el derecho, el dinero, las instituciones, las sociedades anónimas. Son simples relatos, fantasías en las que confiamos y, gracias a las cuales, la evolución nos ha traído hasta aquí. Es cómico pensar que un trozo de papel que llamamos dinero nos sirva para adquirir alimento, vestido… proporcionado por el trabajo de otras personas. Gracias a esa fantasía y a que el resto de sapiens confían, como tú, en la magia de ese papel seguimos poblando el mundo y desalojando otras especies a marchas forzadas. A veces, hay excepciones, pequeños relatos que se van al carajo, ocurre cuando compras Preferentes o Valores filatélicos en la confianza de que al cabo de un tiempo te devolverán el dinero que depositaste y, de pronto, la fantasía se desvanece y no queda nada.

Estas ficciones modelan las estructuras sociales como el agua y el viento modelan los roquedales. Los artificios imperialistas y los nacionalistas fueron, y siguen siendo, elementos de cohesión para que cooperen millones de personas que no se conocen y viven en territorios diversos, del mismo modo que los artificios religiosos homologan creencias y códigos de conducta comunes que atraviesan países, razas y continentes. El artificio humano más extendido es el capitalismo, se ha extendido como una sopa ubicua a todo el orbe y sirve para engranar mecanismos de cooperación muy sofisticados, aunque a veces tan absurdos como el de las anchoas pescadas en el Cantábrico que viajan a China para desespinarlas y vuelven a Santander donde se enlatan. Estos relatos no son inocuos, es verdad que fomentan la cooperación y producen beneficios a la especie, pero no es menos cierto que han producido y producen mucho sufrimiento en forma de guerras, hambrunas, desigualdad…

En el siglo XX al final de las dos grandes guerras mundiales, la especie intentó, al menos en el terreno político, escribir una narración global a través de organismos relatores como la Sociedad de Naciones, en 1919, que fracasó y, posteriormente la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 1945, que aún persiste pero resulta de todo punto incapaz para hilar un relato común creíble. Las fantasías nacionalistas dificultan el fomento de relatos de mayor calado. Ni siquiera ficciones como la de la Europa Unida terminan de calar en el imaginario colectivo, algunos individuos piensan, como tal vez pensaban las bandas que se unificaban en tribus mayores, que su vida puede empeorar y sus relatos nacionales tan instalados en sus creencias van a terminar disolviéndose en  el conjunto superior.

Los relatos que nos contamos para cooperar se basan en la fe, en la confianza de que todo el mundo se los cree y colabora. Cuando me levanto por la mañana y salgo a la calle lo hago con la confianza de que alguien se ha levantado antes y la ha limpiado, que las farolas me alumbran porque otros producen la electricidad para mí, que si cruzo el paso de cebra el conductor parará porque cree que yo tengo preferencia y…, en fin, cuando compro el billete de metro lo hago en la creencia de que llegarán los vagones en el tiempo anunciado en el panel electrónico, me subiré y el conductor me llevará a mi destino. Cuando la confianza se quiebra y el relato no resulta verosímil el homínido se retrae y descree.

Si los relatores de las fantasías político-sociales te engañan y se corrompen, se te caen los palos del sombrajo y eres capaz de votar al primero que diga lo que quieres oír, aunque sea zafio, ignorante y filofascista. Si te estalla la crisis en plena cara porque algunas de las fantasías creadas por el hombre no se cumplieron, como la del progreso económico sin fin, te enrocas en tus relatos nacionalistas y prefieres el relato conocido de tus patrias y tus banderas, que el nuevo por conocer y votas el Brexit.

En los tiempos de descreimiento, cuando la confianza flaquea, cualquier mindundi, con un poco de prosopopeya, puede enardecer a una comunidad de homínidos con la ficción de la lengua, la cultura y la bandera; basta con una dosis letal de historia inventada con épicas fantásticas, odios ancestrales, victimarios, enemigos gigantes y una tierra prometida después de la travesía del desierto. Los relatos resultan tan mágicos que te pueden estar birlando la cartera y a ti nunca se te ocurrirá mirar los bolsillos del narrador.

Con que, cuidado con lo que crees y también con lo que descrees. La gravedad permanece con independencia de tu fe en ella, las ficciones humanas se desmoronan como un castillo de naipes si no gozan de tu confianza.

J. Carlos

El parto de los montes

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La corteza terrestre flota sobre la roca derretida del manto y se mueve. No es una envoltura uniforme, está estratificada en forma de placas tectónicas que chocan entre sí. Cuando esto sucede una de ellas se pliega y se hunde, mientras que la antagónica se levanta dando lugar al parto de los montes. La emoción social también navega sobre el magma político con la misma quietud aparente con que se mueve la corteza bajo nuestros pies, aunque de vez en cuando sus placas chocan y producen terremotos sociales o volcanes que expulsan lava revolucionaria.

En el caso de la Infanta y su marido, la Audiencia de Palma ha parido un ratón con el ánimo de atemperar el movimiento telúrico. Las juezas desconocen la física de la tectónica de placas. Desconocen que el monte Everest seguirá creciendo por más toneladas de ciencia jurídica que le echen encima. Se probó que el marido de la Infanta se asoció con otro delincuente para, prevaleciéndose del apellido Real, vender, a precio de  oro, informes y asesoramientos cuyo valor no alcanzaba al del papel y la tinta en que estaban escritos. Se constató que una caterva de políticos compró aquella “basura” porque el dinero no era suyo, era del contribuyente y, se les hacía el culo gaseosa por hacerse acreedores del “favor Real”. Se acreditó que otra caterva de gestores de empresas privadas adquirió la mercancía averiada por las mismas razones que los políticos: el dinero no era suyo y su nombre se anotaba en la lista de los “proveedores de la Casa Real”. No hubo denuncia por parte de los gestores privados, lógico, hubieran quedado como estúpidos. Tampoco los verdaderos perjudicados, los accionistas de esas empresas, dijeron esta boca es mía ni en los juzgados ni en las juntas generales, lo que nos da otra medida más de la podredumbre del sistema. Resultó probado que la Infanta compartía a pachas con su marido una sociedad donde afluían los resultados de la actividad delincuencial. Es un hecho que, para ahorrarse los gastos del servicio del palacio de Pedralbes, los trabajadores figuraban como empleados de la sociedad. Es otro hecho que la Infanta se pulió con la Visa Oro de la empresa más de un cuarto de millón de euros en flores, restaurantes, material escolar y música. Es universitaria y trabaja en una institución financiera, pero el fiscal y las juezas consideran probado que no se enteraba de que su príncipe azul trincaba la pasta para hacerla feliz. Es una lástima que ni en los resultandos ni en los considerandos de la sentencia nos expliquen si su ignorancia deriva de escasez intelectual, si emana de un estado de enamoramiento permanente, o viene de fábrica asociada a su cualidad de Infanta –ya se sabe que la realeza fue reacia durante siglos a mezclar en exceso sus genes y eso, al parecer, produce estragos- Lo que no nos extraña es que su abogado levite de felicidad al leer el fallo, por lo visto los milagros ya no sólo habitan en los libros religiosos para dar lustre a los dioses y a sus santos.

La Infanta también levita por encima de las dos placas tectónicas que han entrado en colisión, la placa de la crisis y la de la corrupción. Si uno se fija en la de la crisis y, más concretamente, observa la roca granítica y gris de ese currante que perdió el trabajo, después su casa y ahora da de comer a sus hijos con la caridad de la pensión de los abuelos; si, al otro lado ve la placa tectónica de la corrupción avanzando con una morosidad impune de siglos, apenas erosionada por algún contratiempo judicial que se solventa con un indulto; uno se pregunta: ¿cuál será la subducida y cuál emergerá como una cordillera? Me temo lo peor.

El problema de la Infanta es que por educación o por convicción está persuadida que ni ella ni su santo varón han hecho nada punible. Sabe que lo que vendía su marido no era un producto ni un servicio y, por tanto, su calidad era indiferente. Se limitaba a alquilar el apellido regio o, si quieres, comerciaba con el sueño de codearse con la familia más poderosa del reino, en el entendimiento de que al calor del armiño Real iban a surgir sugerentes amistades y florecientes negocios.

He ahí el dilema: ¿Está equivocada la Infanta? ¿O erramos nosotros confundiendo la realidad con nuestros deseos? De lo que no cabe duda es que el servilismo de algunas instituciones como la Agencia Tributaria o la Fiscalía, ha dejado al descubierto que nuestra condición de ciudadanos está lastrada todavía por un cierto vasallaje. Ya lo dijo el súbdito Rajoy para tranquilizar a sus mesnadas: “A la infanta le irá bien”. Y le fue tan bien que le salió a devolver.

J. Carlos

Estados

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Venimos del estado sólido de la política y transitamos durante cuatro décadas por el glaciar “perpetuo” de la dictadura. Asistimos esperanzados al cambio climático que sucedió con brusquedad tras la muerte del tirano. Fuimos testigos del deshielo de los grandes bloques institucionales que, tras desmoronarse, quedaban flotando en forma de icebergs. Más de uno impactó gravemente en la proa de la democracia. Nunca se sabrá si fue por astucia de los pilotos, por miedo de los pasajeros o, porque los que siempre medraron en la solidez de los hielos descubrieron que era más fácil seguir medrando en la liquidez de las aguas. El caso es que el noble arte de la política se licuó durante otros cuarenta años y conocimos todos los momentos de la mar. Conocimos las marejadas de los ruidos de sables, la mar muy gruesa de los asesinatos de Eta, Grapo y otros grupos de extrema derecha, la mar dura de la cal viva, la mar confusa del golpe de Estado, el temporal de la corrupción, y hasta la mar llana de la entrada en la Comunidad Económica Europea. Casi de seguido cundió el desencanto y nos fuimos alejando de las aguas de la política como de las aguas pútridas de los pozos negros. Si acaso, acudimos cada cuatro años, con la nariz tapada, a mediar de sobres las urnas de metacrilato con la misma desidia que aspaventamos una mosca de siesta veraniega.

Entonces llegó la crisis, la clase media cayó en la cuenta de que tras la hipoteca y las mensualidades del coche no había más certidumbre que la de mirar al cielo por si despejaban los nubarrones. Nos alcanzó el hartazgo de los políticos, economistas y sabidillos que trataban de explicar las zozobras con una cascada de palabras. Pero éstas ya no fluían de su boca, eran tan ligeras, tan huecas que se evaporaban al abandonar sus labios. Y la política se hizo gaseosa.

Ahí tienes a Mariano formando cúmulos de desarrollo vertical, como un gigante algodón de azúcar de feria. Si le echas un bocado comprobarás que es como pegarle una dentellada al aire y tan dulce como los millones que, según los jueces, acumularon algunos bajo el signo del charrán o de la gaviota. Por cierto, según la RAE el charrán es un ave marina, pero también un adjetivo con los significados de pillo y tunante.

Iglesias es más de formaciones lenticulares, como los círculos que forman su logo. Acaba de fumarse a Errejón como el que fuma un canuto de narcisismo, y va tan colocado que ha nombrado la humildad sin que le tiemblen las cuadernas. Un día de estos le dedicará a Íñigo aquella canción de La Romántica Balada Local: “Y miraré como te pierdes entre el humo del escape del bus”. De los intereses del pueblo, ya si eso, cuando se despierte de la modorra.

Allá arriba, en forma de tules como hilachas suaves de filamentos largos, están los cirros de Susana. Blanquean a brochazos el cielo de Andalucía pero se han disuelto como bruma ligera en el azul del resto del mapa. En el recuerdo, el golpe de estado sin tricornios en Ferraz. La autoridad competente, civil por supuesto, dice que está con ganas.

La política, pues, se ha hecho gaseosa y ha adoptado las propiedades de los gases: Sus moléculas se encuentran prácticamente libres, de modo que son capaces de distribuirse por todo el espacio y no tienen forma, se adaptan al recipiente que los contiene, por ejemplo, Rivera acaba de adaptarse al recipiente liberal huyendo de la olla exprés socialdemócrata. Tienen otra propiedad que espanta, pueden comprimirse con facilidad y, a partir de un punto crítico, explotan.

J. Carlos

Dos balas

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Abrí el sobre en el ascensor. Era blanco, de los que llevan plástico de burbuja por dentro y solapa autoadhesiva. Estaba mi nombre de pila escrito a mano en letras góticas, sin dirección. No había carta, sólo un cartucho de nueve milímetros con la vaina de un color dorado mustio y la bala con una pátina cobriza. Mientras me disponía a sacar la llave para abrir la puerta, volvieron a mi memoria detalles del día que me habían pasado desapercibidos, como el pájaro escarchado que yacía debajo de una acacia de camino al autobús o, el brillo de los gemelos del director cuando coincidimos en el ascensor. Son de oro y tienen  forma de pistola. “Intimidan, son una herramienta de trabajo”, me explicó un día tomando café. Entré en casa, dejé el maletín en el suelo y el puñado de cartas en la mesita de entrada. La niña vino corriendo a abrazarme, me acuclillé para recibirla, las puntas de mi bufanda escocesa tocaron el suelo.

-Qué pálido estás papá, y qué fría tienes la barba.

Durante la comida apenas probé bocado. Natalia levantó el cuchillo y el tenedor del filete, los mantuvo un segundo en el aire, como si trinchara sus propias palabras. Preguntó si había habido algún contratiempo en la presentación ante el comité de dirección.

-Qué va, al contrario –contesté- Cuando les muestras en la pantalla las curvas de ventas que suben en picado te consideran uno de los suyos, por un rato.  Al final todo sonrisas, palmadas en la espalda y promesas. Todo va bien mientras les engordes la cartera.

Fregando los platos me abrazó por detrás y sus labios buscaron un hueco en el cuello de mi camisa. Dijo que me notaba cabizbajo. Di la vuelta y la besé en la mejilla.  El sobre plegado con el cartucho estaba todavía en el bolso izquierdo de la chaqueta, lo había metido apresuradamente antes de salir del ascensor. Apenas pesaba unos gramos pero tenía la consistencia de una bomba. El estómago se me puso saltarín igual que el día de mi boda, cuando la prima de Natalia al borde del coma etílico amenazó con decirle que nos habíamos acostado la noche anterior. Iván estuvo al quite, como siempre. Fui al baño. Mientras obraba, cogí el cartucho y observé su brillo metálico bajo la luz halógena. Ni un rasguño, ni una marca. Arranqué el plástico del interior del sobre. Estallaron dos burbujas, sonaron como dos tiros con silenciador. Hice una pelota y la metí en el bolso. El papel del sobre los rasgué en pedacitos pequeños. Los espolvoreé sobre mis heces. La letra B, con trazos gruesos, remates y filigranas muy elaborados, quedó clavada, vencida hacia un lado. Apreté el botón de desagüe y bajé la tapa.

Cogimos el ascensor cargados con el equipaje de fin de semana. La niña buscó mi mano. Al cruzar el vestíbulo coincidimos con el vecino del quinto que estaba abriendo su buzón. Se quejó de la cantidad de correspondencia.

-Todo son facturas y extractos bancarios –dijo, después de saludar y hacerle una carantoña a la niña.

Lo primero que pensé al verle es que tiene libre acceso a munición de ese calibre. Es Comandante. Hará como dos años, en una reunión de la junta de vecinos, mantuvimos serias discrepancias. Él quería plantar un seto de arizónicas, yo me negué porque la niña es alérgica. Estupideces de los matasanos para sacar dinero a los incautos, dijo. Yo le llamé inculto con pistola. No me calzó un guantazo porque es más bajo que yo y le apalanqué la pechera con mi brazo, mientras con los suyos bogaba en el aire como si nadara. Unas reuniones más tarde hicimos las paces y la sellamos con un apretón de manos. Me regaló una metopa de artillería. Correspondí con una cartera de piel de Ubrique con su nombre repujado en la solapa.

Paranoias, me dije. Y lo debí decir en voz alta porque la niña preguntó, ¿qué dices papi?

La carretera de Colmenar era una serpiente de coches que se movía lenta y  espasmódicamente.

-Si hubiéramos salido media hora antes llegaríamos a tiempo, pero claro la señora necesita una eternidad para arreglarse –comenté.

-Hoy estás que muerdes, ya me contarás  qué mosca te ha picado –replicó Natalia.

Papi, ¿te ha picado una mosca mala? A Guille en la guarde le picó un bicho y el brazo se le puso así.

El resto del camino, silencio. La niña claudicó con el tedio de la carretera y se quedó dormida. Desde que había abierto el buzón a las tres de la tarde, todos los sucesos del día y de la semana y del mes habían perdido los rasgos de lo cotidiano y se habían convertido en pruebas forenses. Estaba el incidente de tráfico con un motero sesentón.  También la bronca en el fútbol que se saldó con un forcejeo y una peineta. Y las reiteradas llamadas de atención al hijo del vecino del cuarto que permite aliviar a su perro en la alfombra del portal. No parecían indicios suficientes, aunque hay gente muy desequilibrada y los adolescentes en plena tormenta de hormonas son imprevisibles. Podría ser una broma macabra o un error al consignar el destinatario.

Los paneles electrónicos informaban que en el kilómetro treinta y cuatro se había producido un accidente. Se nos echará la noche antes de llegar a Soto, pensé.

-Por favor, llama a Iván o a Maika y dile que no llegaremos antes de una hora u hora y media –pedí a mi mujer.

Entramos en la urbanización más allá de las siete. Dejé a Natalia en nuestro chalet para que abriera las ventanas unos minutos y dejara puesta la calefacción. La niña seguía durmiendo. No la desperté hasta que aparqué frente a la casa de Iván y Maika. En el salón, Andresito y sus primos aplaudieron la llegada de la niña porque ya podrían apagar las seis velas y comer la tarta. Cuando llegó Natalia, Maika la recibió con unas medias noches de jamón y su refresco favorito. Se abrazaron. Iván aprovechó para excusarse con sus cuñados, me tomó del brazo y me indicó que le siguiera, escaleras arriba, hasta el despacho. Desde que llegué, no había parado, cargaba con los niños a la espalda y levantaba las piernas trotando sobre el mismo sitio. Imita muy bien el relincho de los caballos. Cuando cerró tras de mí la puerta del despacho se le había borrado toda la fiesta de la cara, y los hombros se le vencían hacia abajo como si soportaran sacos de grano. Rodeó el escritorio, abrió un cajón y me enseñó un cartucho de nueve milímetros. Lo puso de pie sobre el tapete de la mesa. Brillaba igual que el mío, con ese dorado mustio.

-Lo recogí a mediodía del buzón de casa, venía en un sobre con mi nombre. No se lo he dicho a Maika –musitó, con hilo de voz, mientras se dejaba caer en la butaca y se recostaba contra el respaldo.

¿Y el sobre? -pregunté.

Levantó una pila de papeles a su derecha, lo cogió con dos dedos como si quemara y me lo entregó. La misma letra gótica de trazo grueso, negra, primorosa. Seguramente tinta china. Me derrumbé sobre uno de los confidentes, crucé los brazos sobre la mesa y agaché la cabeza. Mi cerebro hervía, aunque la sangre parecía congelada. Esto iba en serio. No era una broma de mal gusto, ni una bravata, ni siquiera un aviso. Era una sentencia de muerte. Los recuerdos del día y de la semana y del mes, hasta los más nimios, seguían adheridos como lapas, pero despojados ya de la paranoia, volvieron a la rutina de lo cotidiano. Saqué mi cartucho del bolsillo muy despacio, lo coloqué junto al otro. Parecían dos torres minúsculas con sus cúpulas bizantinas. Iván se llevó las manos a la cabeza. Comprendió como yo que, el secreto que nos había unido en vida nos llevaría a la muerte, y se echó a llorar.

-Joder, éramos unos críos –le oí balbucear entre sollozos.

Después de diez minutos de silencio largo, nos levantamos, nos dimos un abrazo y bajamos al salón. Los niños nos recibieron como animales de carga y se subieron a nuestros hombros para cabalgar. Luego nos asimos al salvavidas de la copa de whisky que ponía sordina a nuestras conciencias para matizar su bramido.

En la cama cerré los ojos, aunque ni el alcohol ni los somníferos consiguieron que conciliara el sueño. Sobre el cielo negro de mis párpados se proyectaban, una y otra vez, las escenas de una tarde lejana en el bosque, a la hora de la siesta. Estábamos los tres, dibujamos una diana en un roble con el pintalabios que ella, la hija del maestro, confesó haber quitado a su madre. La pistola era de mi padre, la guardaba en una caja de zapatos que estaba encima del armario. Disparamos por turnos, Iván fue el único que metió una bala en el tronco, aunque lejos de la diana. Luego, la pistola en la sien, danos un beso. Luego, la pistola en la boca, desnúdate. La pistola en el pecho, Échate. Quedó, rígida como una estatua yacente, con los brazos extendidos y la cabeza ladeada, perfilando una cruz en el suelo. No hubo un solo grito, ni un lamento. Mucho después los ojos desaguaron en las mejillas dos finas hileras de lágrimas. En la hierba, bajo las nalgas, me pareció ver unas gotas de sangre. Mientras Iván se abrochaba el pantalón, saqué el cargador, extraje dos cartuchos y se los tiré sobre el rebujo de la falda. Uno es de Iván, otro mío, para que recuerdes que en boca cerrada no entran balas, le dije. Y nunca habló.

J. Carlos

Uno de Enero de 2017

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Los años nacen el 1 de enero por estrategia militar. El pueblo belo se asentaba sobre una roncha de la piel de Hispania, en lo que hoy son tierras de la comarca de Calatayud. Segeda era su urbe más importante donde acuñaban su moneda y ejercían su comercio. En el 154 a.C. decidieron ampliar sus murallas para perfilar su expansión. A pesar de que pagaban religiosamente en denarios de plata su tributo al Imperio, Roma se opuso a la ampliación. Los belos se opusieron a Roma y se declararon las hostilidades. Se aliaron con los arévacos de Numancia, sabedores de que las tropas romanas llegarían en septiembre o en octubre cuando los días eran cortos, lluviosos y destemplados. Y es que los cónsules romanos se elegían en los idus de marzo, en honor al dios de la guerra, fecha en que principiaba el año. Julio César decidió adelantar a las calendas de enero el nombramiento de los cónsules y, con ello, el año 153 a.C. se adelantó como los niños prematuros, para que las tropas pudieran llegar a Hispania en pleno verano. La estrategia era buena, pero los celtíberos ganaron la batalla y regaron sus tierras con la sangre de 6.000 soldados del Imperio. Veinte años, más tarde, Roma terminó arrasándolos, aunque los numantinos después de trece meses de sitio, prefirieron desangrase a sí mismos antes de vivir esclavizados. Aquí hago una acotación: Al día primero de cada mes los romanos lo denominaban calendas por estrategia fiscal. Ese día el recaudador llamaba a gritos a los ciudadanos para que pagaran sus tributos. El libro en el que anotaban los pagos se llamaba calendario.

En la región de Madrid, en las calendas de enero, con el año recién parido, eran asesinadas dos mujeres. Ese día la temperatura ambiente en Rivas y en Hortaleza no remontó los 5º. Antes de que la sangre de las dos mujeres, cumpliendo el principio cero de la termodinámica, se igualaran a la temperatura ambiente, un magistrado del Supremo, Antonio Salas, con estrategia procesal escribió en su cuenta de Twiter que, la violencia de género “es un problema gravísimo (…) y es una manifestación más de la maldad”. Remató con el aserto de que: “si la mujer fuera más fuerte que el hombre, tal vez el problema fuera al revés”. Al día siguiente, en declaraciones a Aimar Bretos en la Cadena Ser, le traicionó el subconsciente, al considerar sensu contrario que la mujer es menos inteligente que el hombre: “si desde el principio quien hubiera tenido la sartén por el mango fuese la mujer porque es más fuerte, más inteligente, la que salía a cazar y el hombre se quedara con los niños, a lo mejor la maltratadora era la mujer”. Después, este probo funcionario, ha gastado horas e ingenio en los medios adoptando un sistema de defensa similar el que utilizan a diario los maltratadores: hacerse la víctima.

Es muy libre V.E. de criticar doctrinalmente la Ley de violencia de género. Yo tengo dudas, creo que razonables, respecto de si tener dos testículos o dos ovarios ha de implicar penas distintas por el mismo delito, siendo que se pueden aplicar agravantes como la fuerza, la posición social o moral, etc. Pero es una ley democrática que V.E. debe acatar como ciudadano y aplicarla como juez. Le recuerdo que no le cabe elevar recurso ante el Tribunal Constitucional porque este organismo la declaró conforme a nuestra Constitución y, si dentro de su competencia está aplicarla, solicite otro juzgado para no violentar su conciencia.

Si me permite, le diré que V.E, sigue en el mundo del blanco y el negro, del Ormuz y el Arimán, sin más matices que las cloacas del mundo, el demonio y la carne. A esa estrategia religiosa de santos varones, demonios y vírgenes, yo opongo la estrategia ética de la educación, la cultura, el progreso humano y social; incluso, si me apura, hasta el progreso económico porque nos hace mejores al satisfacer las necesidades básicas. Yo no era un niño malo cuando arrojaba gatos recién paridos a la laguna de los Terreros, por mandato superior o, cuando participaba, entre chanzas y alegrías, en la cruel matanza del cerdo. No era la maldad lo que me impelía a correr tras las niñas para, acosándolas y violentándolas, levantarles el vestido y  verles las bragas, ni cuando me metía con los más pequeños o, cuando llamaba nena o maricón al más desvalido. Era lo socialmente aceptable, como escopetear pájaros, cazar liebres o matar toros. Fue la educación y el progreso, la cultura y el estudio los que barrieron lejos de mí, y espero que de toda la sociedad, aquellos salvajismos. Una simple regla de tres aplicada a sus afirmaciones nos llevaría a la artera conclusión de que, en Estados Unidos los hombres de raza negra multiplican la maldad de los blancos por seis porque son seis veces más encarcelados, y la población pobre y analfabeta del mundo tendría una maldad ascendente, en progresión geométrica, respecto al resto de la población. Que hay gente mala y psicópatas, sin duda. También hay curas pederastas y bomberos pirómanos y jueces corruptos. Y los hay vagos que no leen ni estudian sobre el cerebro y el comportamiento humanos, materias sobre las que enjuician cada día. Si lo hicieran aprenderían que la educación y las pautas de igualdad y tolerancia, una vez que arraigan en la sociedad, son elementos mucho más fuertes que sus mágicas ideas religiosas sobre el bien y el mal. Yo, sin ir más lejos, ya no ahogo animales en lagunas, ni voy por ahí levantando las faldas a las señoras para verles las bragas.

Respecto al argumento de la fuerza superior del hombre sobre la mujer, a lo mejor V.E. me explica por qué a esos asesinos siempre le dan matarile a sus compañeras, pero no a sus madres o hermanas. En todo caso, si es por cuestión de fuerza, dejemos de gastar dinero en policías y jueces, exijamos a toda mujer antes de emparejarse un certificado de que posee el cinturón negro de Kárate en el grado 5 Dan.

Me malicio, sin embargo, que su estrategia es mover el nogal para recoger las nueces de la intransigencia. Son tiempos oscuros, donde cualquier excusa es buena para tildar de ideología los tímidos pasos de igualar en derechos y obligaciones a ambos sexos. Seguramente en la biblioteca de V.E. habrá profusión de manuales jurídicos, unas decenas de biblias y otros cuantos nuevos testamentos con pruebas de indecente manoseo, pero no encontraremos tratados de psicología, sociología, medicina forense, psiquiatría… Don Antonio afirma “no necesitar formación en violencia de género porque los jueces y fiscales ya la traen de casa”. Espero que su cirujano no piense lo mismo.

Empezó el calendario como siempre, con dos mujeres asesinadas por dos hombres. Fue al olor de su sangre que zumbó la moscarda de la ideología. Su estrategia imita a Numancia en lo militar y a Trento en lo religioso.

J. Carlos