Archivo mensual: mayo 2021

La Dictadura del griterío

Algunas buenas gentes, ignorantes del alfabeto de la naturaleza humana, pronosticaron que íbamos a salir mejores de esta pandemia. Me resulta enternecedor, por ingenuo, ese tipo de pensamiento mágico en el que una desgracia compartida, por obra del birlibirloque, va a producir un salto en la evolución que ha costado millones de años. De pronto íbamos a ser todos angelicales. Ilusos. Y todo porque presos en nuestra propia casa y en estado de pánico, adquirimos la costumbre, importada desde Italia, de aplaudir a los sanitarios a las ocho de tarde. Chocábamos las palmas y rendíamos cortesía a los únicos que podían salvarnos el culo como el perro mueve la cola ante quien le da de comer. Aquello duró lo que tardó en difuminarse el miedo cerval que nos atenazaba y encontrar un culpable de nuestras desdichas al que colgarle el sambenito. Los aplausos se tornaron en caceroladas.

Repetimos las mismas ordalías medievales, afortunadamente ahora incruentas, donde la plaza del pueblo con su patíbulo es sustituida por pantallas que alumbran en tu propia mano o en el salón de tu casa. Los inquisidores oficiantes en vez de curas y frailes ahora son políticos de todo pelaje, tertulianos, opinadores, spin doctors y tuiteros. El personal sigue el espectáculo mirando el cristal líquido y chillando en las redes con el mismo fervor enardecido con que exigía que rodaran cabezas y las ensartaran en las picotas. Bienvenido a la Dictadura del griterío donde se impone la certeza frente a la duda y el eructo mental frente al argumento científico. Hasta los médicos, vacunólogos, anestesiólogos, inmunólogos y demás ólogos les pones una cámara de televisión y caen rendidos a su erótica como el macho ante la mantis religiosa. Les oigo, entre atónito y asustado, excretar su opinión con la rotundidad de un imán en la mezquita y negar la posición contraria como el hooligan niega el penalti contra su equipo. He asistido a la desaparición de las pantallas de científicos que exponían dudas razonables, analizaban con cautela los pequeños detalles donde está la esencia de las cosas y, con humildad, decían que no opinaban por carecer de conocimientos suficientes o por falta de estudios concretos sobre el particular.

El circo mediático necesita ruido  y certezas. En España tienen el terreno abonado, ya dice el proverbio: Tres españoles, cuatro opiniones. Hay programas que me recuerdan al fontanero cuando viene a casa que siempre pone a caldo al que hizo la chapuza anterior. Va en el precio. Por eso tenemos unos medios de barra de bar. Es la cultura del Low cost, o como me gusta llamarla, la cultura Primark de usar y tirar cuya ropa es muy barata pero tan mala que no aguanta un lavado. Cinco tertulianos cuestan mil veces menos que un episodio de una serie o una hora de entretenimiento y música; sin embargo, cuestan más que un buen programa cultural, pero en este tiempo donde la ignorancia es un valor social no lo vería ni el Tato. Lo del valor social de la ignorancia lo explica Andrea Marcolongo en “Etimología para sobrevivir al caos”. El estudio y el conocimiento cotizan a la baja como los chicharros en Bolsa, la sensatez y el sentido común han dejado de ser signo de distinción y yacen en las escombreras de la historia. El ascensor social y el glamur están en la estulticia, la chabacanería y la simpleza gritona.

¿Cómo hemos llegado a esta Dictadura del griterío? Fomentando la ignorancia. Llevamos dos o tres décadas penalizando el esfuerzo y la disciplina.  Otras tantas aplicando en la educación, con ahínco, la cultura Primark con el resultado de una drástica caída del nivel cultural y un abaratamiento del lenguaje para manipularlo mejor. De resultas se ha activado el efecto Dunning-Kruger, relacionado con el sesgo cognitivo de superioridad ilusoria, según el cual los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su habilidad y autoestima, mientras que los individuos altamente competentes tienden a subestimarse. En suma, cuanto más zopenco más le abulta el ego y más se excitan sus cuerdas vocales. Su máxima: ¡Viva la ignorancia! y ¡arriba el griterío! porque yo lo valgo.

J. Carlos

El puzle

Conocí a Lara en casa de los abuelos. Mamá se había ido unos días antes con la barriga hinchada a la capital para que se la sacaran de las entrañas. Se acuclilló y me enseñó una carita arrugada y un bracito más pequeño que el de las muñecas. A los días, ya en casa, su piel se puso tersa y rosada y le asomaban unas pocas hebras de pelo del color del maíz en la cabeza. Me dejaban meter mi dedo índice en su manita y ella lo abarcaba todo con sus dedos y apretaba. Crecía muy deprisa. Le dije a mamá que en unos meses Lara sería más grande que yo y se echó a reír. Ya hacía muecas con la boca y fruncía los labios si le hacías carantoñas. Mientras mamá se dedicaba a las labores de la casa yo la cuidaba en su nido. Me gustaba contemplar con qué placidez dormía y cómo se estremecía, a veces, en sueños. Si se despertaba le enseñaba a jugar con mis cosas pero enseguida se echaba a llorar porque tenía hambre o frío y sólo mamá tenía la magia de calmarla.

Un día la saqué de su cuna y la metí en el baúl de madera donde guardaba mis juguetes, cerré la tapa para que nada la distrajera, se echó a llorar y me senté encima para que mamá no oyera su llanto. Cuando llegó mamá se descompuso, me apartó del baúl, sacó a Lara y le soplo en la boca. Papá volvió del trabajo antes de tiempo. Me hizo bajar los pantalones, se quitó el cinturón y lo hizo restallar en mis nalgas hasta que mamá llorando se interpuso entre los dos. Después me arrastró hasta el coche, cogió el baúl con todos mis juguetes dentro y condujo hasta el puente. Llovía. Frenó, bajamos y me colocó ante un vano del pretil del puente para que mirara las aguas revueltas del río. Sacó del maletero el baúl y lo arrojó al vacío. Fosforeció un relámpago iluminando las guarniciones de metal que se llevaba la corriente. Estalló el trueno por encima de nosotros, el puente vibró, trastabillé y quedé tendido en la acera temblando. Volvimos a casa. Mamá me secó, me cambió de ropa, me habló, me cantó pero no consiguió que saliera una palabra de mi boca. Creo que estuve varios días en cama sudando y temblando. El médico me puso varias inyecciones pero no consiguió que volviera hablar. Tampoco lo consiguieron, después, ni el logopeda ni el psicólogo. Empezaban las sesiones sujetándome la lengua con un palito de helado y me alumbraban la garganta con una linterna, después me hacían mover la lengua como si les hiciera burla. Una vez me dejaron jugar con el mismo puzle de una casa con chimenea y arbolito que papá había tirado al río con el baúl. Lo monté enseguida. Desde entonces mamá me compraba puzles de dinosaurios, de aves, de superhéroes y de coches con las piezas cada vez más pequeñas. Me hacía componerlos delante del doctor para que este exclamase: es muy inteligente para su edad, su hijo tiene un cerebro privilegiado. Mamá suspiraba satisfecha. Hace unos meses me llevó con ella al estudio fotográfico para que le ampliaran la foto que nos hicieron a los cuatro, cuando Lara cumplió los seis meses. La imprimieron en papel de lino. Después la llevamos a una imprenta donde le pegaron papel cartón, la troquelaron y sacaron mil piezas. Me costó dos días montarla. Mamá la enmarcó y la colgó en mi cuarto.

Desde que sucedió la tormenta papá llega a casa después de que se enciendan las farolas en la calle, se pone vino en la copa y se enfada con mamá. También se enfada conmigo. Me chilla como si fuera sordo y, como no hablo, se desabrocha el cinturón y, según le dé, lo agarra por la hebilla o por el final de la correa. Mamá me da friegas de alcohol y se acurruca conmigo por las noches. Un día llegó a casa cuando ya estaba dormido, vino a buscarme a mi cama, mamá se lo impedía, le dio un empujón y le tiró la copa a la cara. Hubo suerte porque mamá cayó al suelo y el vaso impactó sobre la foto del puzle. La manchó toda de vino y quedaron machacadas las piezas que forman el pecho izquierdo de mamá. Esa noche hubo revuelo en casa, vino el médico y una ambulancia. Los abuelos se quedaron a dormir en casa. A la mañana me dijo el abuelo que mamá estaba en el hospital malita del corazón. Le pedí que descolgara el cuadro. Me ayudó a lavarlo de las manchas de vino y desprendió las piezas magulladas con una navajita minúscula que tenía las cachas de lapislázuli. Nos llevó toda la tarde limpiarlas y recomponerlas con vapor de agua. El abuelo me dijo que como habíamos curado las piezas del pecho de mamá pronto su corazón se restablecería y volvería a casa. Volvió una semana después, más pálida. Me dio un abrazo de los que te quedan sin respiración y me regaló una caja alargada de cartón rojo que contenía, envuelto en papel de seda, un xilofón. Era más grande y sonaba mejor que el del primo Carlos. Le devolví el abrazo, esta vez no me importó que se me cortara la respiración, y le dije que el abuelo también me había regalado la navajita con la que habíamos curado su corazón. Se la enseñé. Papá me la quitó de las manos y se la guardó en el bolsillo de su chaqueta, dijo que no era regalo para un niño. Más tarde, en mi cuarto, puse una silla delante del cuadro. No llegaba. Alce el taburete sobre la silla. Me subí al taburete y, con el martillo del xilofón, machaqué la sien de la foto de papá, donde el pelo espeso y negro disimulaba el estropicio.

Todos los domingos papá se iba con sus amigotes de caza en el caballo del abuelo. Tenían la costumbre de pasar por casa donde mamá les ofrecía una copa sin bajarse de las monturas. A mí me hacían madrugar para la ceremonia de despedir a papá. Fuera de casa era otra persona, nos miraba cariñoso lanzando besos al aire y se volvía varias veces a decir adiós desde la cabalgadura. Mientras papá metía en las alforjas el almuerzo que le había preparado mamá y los demás charlaban, sin apearse, con la copa en la mano, me escabullí y fui al armario de mis padres. Enseguida di con la chaqueta de ante de papá y saqué del bolsillo izquierdo la navajita que me había regalado el abuelo. Abrí la hoja, y volví corriendo con la empuñadura en el puño derecho y la hoja disimulada en el puño izquierdo. Me acerqué por detrás hasta el caballo del abuelo que ya montaba papá. Mis ojos quedaban a la altura del corvejón de la pata trasera del caballo, alcé las manos y le di un picotazo en la cara interna del muslo. El caballo resopló y se encabritó. Mientras todos miraban al animal puesto de manos, cerré la hoja de la navaja y me la guardé en el bolsillo. Mamá corrió espantada hacia mí para librarme de sus patas. Papá, entretanto, caía a plomo y su sien  se estrelló contra el pomo dorado de la barandilla de la escalera de entrada.

La noche del día que enterramos a papá mamá vino como siempre a mi habitación a acostarme, contarme un cuento y desearme buenas noches. Fue entonces que hablé por primera vez desde el día de la tormenta. Le dije: buenas noches mamá. Me abrazó fuerte hasta dejarme sin respiración mientras lloraba y se reía a la vez. Nunca había vista a nadie hacer las dos cosas al mismo tiempo.

J. Carlos